Lectio Divina – Viernes XIX de Tiempo Ordinario

“Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”

1.- Oración Introductoria.

Hoy, Señor, quiero pedirte por tantas parejas que fracasan; por tantos hombres y mujeres que se quisieron mucho y, con el paso del tiempo, llegan a odiarse, incluso a matarse. Los sueños de Dios sobre el matrimonio eran bellísimos, las intenciones no podían ser mejores: ponerles en un Jardín de delicias.   ¿Qué ha pasado? ¿Qué está pasando? Te pido que ayudes a tantas parejas malogradas, a tantos niños que, sin ninguna culpa, tienen que pagar muy caro los errores de sus padres.

2.- Lectura reposada del evangelio Mateo 19, 3-12

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron para ponerlo a prueba: ¿Es lícito a uno despedir a su mujer por cualquier motivo? Él les respondió: ¿No habéis leído que el Creador en el principio los creó hombre y mujer, y dijo: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, ¿y serán los dos una sola carne”? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Ellos insistieron: ¿Y por qué mandó Moisés darle acta de repudio y divorciarse? Él le contestó: Por lo tercos que sois os permitió Moisés divorciaros de vuestras mujeres; pero al principio no era así. Ahora os digo yo que si uno se divorcia de su mujer –no hablo de prostitución- y se casa con otra, comete adulterio. Los discípulos le replicaron: Si ésa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse. Pero Él les dijo: No todos pueden con eso, sólo los que han recibido ese don. Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos por el Reino de los Cielos. El que pueda con esto, que lo haga.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión.

Jesús, en este texto, quiere luchar contra distintos frentes:

  1. Quiere dejar bien clara la intención de Dios al comienzo de la Creación. El paraíso, el hecho de no encontrar Adán a nadie que le arrancara de su soledad, el sueño profundo por parte de Dios (como diciendo que en este asunto Adán no interviene, sino que es obra directa de Dios). El asombro y fascinación de Adán ante Eva, indica que la intención de Dios y el sueño de Dios es que los matrimonios fueran plenamente felices. A ese sueño nunca se puede renunciar.
  • La ley de Moisés permitiendo el divorcio es por la “dureza de corazón”. Notemos que Jesús no recrimina nada a Moisés, sino que trata de comprenderlo al verse obligado a dar una solución ante problemas concretos que se le presentan; pero mantiene en pie la voluntad del Creador.
  • En lo que Jesús no puede estar en absoluto de acuerdo es en el modo de promulgar una ley donde sólo el varón tiene derecho a divorciarse y nunca la mujer. “Si uno se casa con una mujer y… descubre en ella “algo vergonzoso” le escribe el acta de divorcio, se la entrega y la echa de casa” (Dt. 24,1).    Por eso, en el lugar paralelo de Marcos 10,12 se dice: “y si ella repudia a su marido y se casa con otro comete adulterio”.  Está hablando a paganos y Marcos descubre muy bien la intención de Jesús.
  • Tampoco Jesús está de acuerdo en la interpretación laxista de la escuela de Hillel, donde se podía despedir a la mujer por cualquier motivo: porque se le había quemado la comida, o simplemente se había cansado de ella y ya no le gustaba. (La otra   escuela de Sammai era más rigurosa). Por tanto, Jesús quiere reconducir al matrimonio a su prístina pureza, como corresponde a los “hijos del reino”, trata de comprender a los de “corazón duro”, y aprovecha la ocasión para hablar en contra de un “machismo escandaloso” y de una ley injusta en relación con la mujer.

          Palabra del Papa.

“Cuando imagino un corazón, lo imagino siempre de carne, rojo, palpitante, sano, fuerte, vigoroso, y transmitiendo vida. Pero podría también imaginar cómo es la imagen que representa a los fariseos el día de hoy: un corazón de piedra. Es un corazón muerto, grisáceo, seco, inmóvil, resistente, es un corazón que pesa, que causa dolor y transforma todo en muerte… «Nosotros debemos caminar con estas dos cosas que Jesús nos enseña: la verdad y la comprensión. Y esto no se resuelve como una ecuación matemática, sino con la propia carne: es decir, yo cristiano ayudo a esa persona, a aquellos matrimonios que atraviesan una dificultad, que están heridos, en el camino de acercamiento a Dios. Permanece el hecho que la verdad es aquella, pero esta es otra verdad: todos somos pecadores, en camino. Y siempre está este trabajo por hacer: cómo ayudar, cómo acompañar, pero también cómo enseñar a    aquellos que se quieren casar, cuál es la verdad sobre el matrimonio.» (Homilía de S.S. Francisco, 20 de mayo de 2016, en santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto. (Guardo silencio)

5.-Propósito. A la luz de este texto intentaré conciliar el capítulo cuarto y octavo de “Amoris laetitia” del Papa Francisco.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra. Y ahora yo le           respondo con mi oración.

Señor, tengo dentro de mí dos sentimientos encontrados: Me encanta tu plan, tu proyecto original sobre el matrimonio. Le dotaste de los elementos necesarios para que las parejas fueran felices. Pero la historia es tozuda y cada día nos encontramos con escenas muy desagradables y que a tantas personas les hacen sufrir mucho. Ayuda, Señor, a tantas parejas en situaciones conflictivas.

ORACIÓN POR LA PAZ.

Señor Jesús, ten piedad de nosotros y concédenos la paz y la unidad, no permitas que nos soltemos de tus manos y danos un corazón capaz de amar como tú nos amas. María Madre nuestra, auxílianos en estas difíciles horas de la tribulación, se nuestra fuerza y consuelo. Cúbrenos con tu manto y que la sangre de tu bendito Hijo nos proteja de todo mal.

Comentario – Viernes XIX de Tiempo Ordinario

Mt 19, 3-12

Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre…

Si uno repudia a su mujer… y se casa con otra, comete adulterio.

Jesús lanza una verdadera llamada a favor de la indisolubilidad del matrimonio. El conjunto del texto va, de modo manifiesto, en este sentido: la unión matrimonial transforma unos amantes, que podrían serlo sólo de paso, en «compañeros de eternidad». «¡Lo que Dios ha unido!»

No todos pueden entender esta palabra, sino sólo los que han recibido el don.

Esa frase misteriosa de Jesús responde a una cuestión que expusieron los apóstoles: «El matrimonio, así concebido, es demasiado hermoso, demasiado difícil. Si esto es así, más vale no casarse».

De ese modo, para Jesús la más alta concepción humana del amor conyugal es un «don de Dios». La doctrina de Jesús no será entendida por todos.

¡Señor, concédenos amar indisolublemente, fielmente, infinitamente… como Tú! ¡Definitivamente!

Salva de lo efímero nuestros amores, Señor. Esto supone muchos combates, día tras día.

Hay gentes que no se casarán… porque son incapaces por naturaleza… Otros porque han sido mutilados por los hombres… Pero los hay que no se casarán «por razón del reino de Dios». El que pueda con eso, que lo haga.

Por segunda vez, y sobre otro asunto, pero muy próximo en el fondo, aludes, Señor, a una cierta intuición misteriosa que es dada por Dios: esa palabra de Jesús es «abierta», hace alusión a una cierta afinidad, a una cierta capacidad de recibirla, a un «carisma» personal. No puede erigirse en ley general en la Iglesia, ni en el mundo; pero es un camino abierto, distinto del matrimonio: el celibato, la continencia voluntaria.

Es muy notable la insistencia de Jesús en dos puntos:

1.° La libertad que requiere esta decisión, que no es impuesta ni «por la naturaleza», ni por la fuerza.

2.° La motivación profunda de esta decisión voluntaria: «El Reino de Dios». Dice Jesús: hay quienes renuncian al matrimonio y a toda vida sexual para comprometerse con todo su ser en el «Reino», y teniendo, como amor casi exclusivo, a Dios. Así Jesús realza a un muy alto nivel el amor conyugal, dándole un horizonte eterno… y abre la hipótesis de un celibato de muy alto nivel, que tiene ese mismo horizonte.

Nota breve sobre la excepción de Mateo: «salvo en caso de unión ilegal».

Mateo es el único evangelista que introduce ese paréntesis, en una frase de Jesús que no tolera ningún motivo de repudio. El término griego debería más bien traducirse por «en caso de impudicia», o «en caso de prostitución». Parece que lo que Mateo tiene aquí en cuenta es el caso de aquellos que vivían juntos sin estar casados. En ese caso no hay divorcio en sentido estricto sino más bien restablecimiento de una situación normal. La tradición ortodoxa oriental ve en ello, por el contrario, una base para permitir un nuevo casamiento al consorte que ha sido víctima de un adulterio. Esta interpretación no la admite la Iglesia católica por lo menos como regla codificada por la ley; pero acepta que en lo concreto es la misericordia la que ha de resolver a veces ciertas situaciones excepcionales. Esto no hace más que subrayar la indisolubilidad fundamental del matrimonio en su dinamismo normal: los dos serán uno… para siempre.

Noel Quesson
Evangelios 1

Comentario – Viernes XIX de Tiempo Ordinario

(Mt 19, 3-12)

Jesús afirma que la práctica del divorcio no era una ley de Moisés, sino una permisión (permitió), como una tolerancia frente a una costumbre y una debilidad. Pero para Jesús eso no corresponde al plan original de Dios, que une a los esposos como una sola carne para que nunca se separen.

Por eso Jesús reafirma el rechazo al adulterio, pero con una característica destacable: el varón no tiene derecho a repudiar a la mujer, y si lo hace no tiene derecho a una nueva unión. El texto antiguo (Deut 24, 1-3) daba amplios poderes al varón para liberarse de la mujer si luego de casado descubría en ella algo que no le agradara, y así dejaba a la mujer a merced de los caprichos del varón. De hecho, la pregunta que le hacen a Jesús es si el varón puede repudiar a la mujer «por cualquier cosa» (v. 3). Jesús elimina esa superioridad despótica y arbitraria del varón y coloca las cosas en su lugar. Las exigencias son las mismas para los dos.

El matrimonio para Jesús no es un simple acuerdo de dos que alegremente deciden convivir por una conveniencia egoísta y para satisfacer sus necesidades primarias; es mucho más que eso, porque es hacerse «una sola carne», y en el matrimonio es Dios mismo el que sella la unión.

Al percibir en las palabras de Jesús la tremenda seriedad del matrimonio los discípulos se asombran, habituados como estaban a la realidad social de su época, donde el varón tenía amplias libertades para cambiar de mujer. Y llegan a decir que, si es así, es mejor no casarse. Pero Jesús responde que eso, que humanamente es difícil de comprender -una fidelidad para toda la vida puede vivirse gracias a un «don de Dios» (v. 11). Y completa su explicación mostrando que esa fidelidad es posible puesto que también es posible que algunos renuncien a la sexualidad por el Reino de Dios, aunque también eso parezca difícil de aceptar (v. 12).

Oración:

«Señor, otorga la gracia de la fidelidad a los que se han unido en matrimonio; concédeles que se sientan realmente una sola carne, que vivan el gozo de pertenecerse el uno al otro a pesar de todo y sepan superar las dificultades que amenazan al amor».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Pasión por el Reino

Cuesta mucho trabajo en todas las épocas defender la verdad, pero es la única posibilidad de futuro, como nos demuestra con su vida el profeta Jeremías (Jr 38,4). Por eso, el discípulo del Señor ha de cumplir con su deber sabiendo que con la ayuda de Dios, no sin dificultades, llegará a la meta (Hb 12,2). No podemos olvidar que estamos llamados a ser signos de contradicción como lo fue Jesús; un Jesús manso y pacífico, pero que ha venido a traer a la tierra fuego, división y la verdad por encima de todo (Lc 12,51).

Señor, te has acercado a mi existencia,
has soplado sobre los rescoldos
de mi corazón cansado…,
y la luz, el calor, el fuego y la vida
han surgido gratis,
como un manantial alegre y nuevo
que ha inundando todo mi ser.

Derribaré cuanto se interponga
entre nosotros, Señor:
mis miedos, mis apegos, mis trampas,
mis seguridades, mis murallas,
mis pecados, mis conciertos y desconciertos,
mi insensatez…
y hasta algunos de mis pensamientos sobre ti.

Señor, puedes entrar
hasta las alcobas más íntimas de mi corazón;
no te retengas a las puertas de mi casa.
Llevo ensayando cada mañana palabras de bienvenida,
y, despojado de todo,
excepto de mi deseo de estar contigo,
te esperaré, mi Dios, con los ojos despiertos,
con la tierra de mi vida bien labrada,
desnudo de cuanto me aleja de ti,
limpio y fresco como el rocío de la mañana,
enamorado…, sí, enamorado de Dios.

Llena mi corazón de paz,
de esa paz que solo tú, mi Dios, puedes dar.
Yo solo quiero la brisa de tu presencia
y el abrazo de tu amor.

Gracias, mi Dios,
porque te has acercado a mi existencia,
en esta mañana de domingo,
para regalarme tu paz y tu perdón.

Sobre un texto de Florentino Ulibarri.

Isidro Lozano

La misa del domingo

El Señor sigue su marcha decidida a Jerusalén, y en el camino comparte con sus discípulos el vivo anhelo que arde en su corazón: «He venido a prender fuego sobre la tierra, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!». El Señor es plenamente consciente de su identidad y de su misión, de dónde viene y para qué ha venido al mundo. Él es Jesús, es decir, Dios que salva al pueblo de sus pecados, el Verbo encarnado que procede del Padre y que por obra del Espíritu divino se encarnó de María Virgen para la reconciliación del ser humano.

«He venido a prender fuego sobre la tierra, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!». ¿De qué fuego se trata? ¿Es un fuego real, un fuego que consume, calcina y destruye todo, tal y como lo desearon Santiago y Juan al verse rechazados por los samaritanos (Ver Lc 9, 54)? Ese, ciertamente, no es ese el fuego que Él anhela que encienda el mundo (Ver Lc 9, 55).

El fuego real es liberación de energía, quema, consume, se expande, transforma en fuego lo que toca. El fuego del que habla el Señor expresa una realidad espiritual, invisible. Lo experimenta análogamente aquél que ve encenderse su corazón en el amor de Dios: «Ardo en celo por el Señor» (1 Re 19, 9), afirma el profeta Elías. Del mismo profeta leemos en la Escritura: «surgió el profeta Elías como fuego, su palabra abrasaba como antorcha» (Eclo 48, 1). El profeta Jeremías utiliza también la imagen del fuego al narrar la experiencia de su propia vocación y misión: «había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajada por ahogarlo, no podía» (Jer 20, 9).

El fuego del amor divino arde intenso en el corazón del Señor Jesús. Es ese fuego con el que Él anhela vivamente encender “el mundo”, es decir, otros corazones. Mas para lograr su cometido y anhelo sabe que tiene que pasar primero por un “bautismo”: debe ser “sumergido” (la palabra griega baptizein significa sumergir) en la muerte para resurgir victorioso de ella por su Resurrección. Pasado este “bautismo” el Señor podrá derramar el fuego del amor divino en los corazones humanos (Ver Rom 5, 5). Es así como llevará a cabo su más vivo anhelo.

En una segunda parte del Evangelio el Señor anuncia que no ha venido a traer paz a la tierra, sino división. «¿Qué dices, Señor? —comenta San Cirilo— ¿No has venido a dar la paz, cuando eres nuestra paz (Ver Ef 2, 14), estableciendo la unión entre el Cielo y la tierra por tu Cruz (Ver Col 1, 20), tú que has dicho: “Os doy mi paz” (Jn 14, 27)?». ¿Cómo hay que entender este anuncio del Señor?

La división que trae es real, es una división que se dará incluso en el seno de las mismas familias: «una familia de cinco estará dividida: tres con­tra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra». Mas este conflicto y división no se debe a que Él quiera sembrarla, sino a que ante Él nadie podrá quedar indiferente: o se está con Él, o se está en contra de Él (Ver Lc 11, 23). La división se produce por la guerra que harán a sus discípulos los “enemigos de la Cruz”, aquellos que rechazan a Cristo y su Evangelio. Los apóstoles y discípulos de Cristo deben estar preparados para soportar la guerra que les harán, deben estar dispuestos incluso a morir por el Señor (Ver Mt 10, 16-36).

Este rechazo no era novedad. También los profetas enviados lo habían experimentado antes de la llegada del Mesías, al cumplir fielmente con su misión. Jeremías (1ª. lectura), por anunciar aquello que Dios le mandaba proclamar a su pueblo, termina siendo arrojado en un pozo para que muera allí. Por ser incómoda, su voz busca ser acallada.

Todo discípulo de Cristo debe estar dispuesto a experimentar el odio, el rechazo, la oposición del mundo e incluso de sus propios familiares. El discípulo de Cristo debe tener los ojos fijos en el Señor Jesús (Ver 2ª. lectura), quien «soportó la Cruz» y «soportó tanta oposición de los pecadores», de modo que alentado por tal ejemplo él mismo no desfallezca falto de ánimo en la prueba y permanezca fiel al Señor y al anuncio de Su Evangelio, hasta derramar su sangre si es preciso.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

«He venido a prender fuego sobre la tierra, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!» (Lc 12, 49), había dicho el Señor a sus discípulos en la perspectiva de su próxima Pasión, Muerte y Resurrección. Ese fuego que habría de arrojar sobre la tierra, ¿no era acaso el don del Espíritu, Fuego del Divino Amor? ¡Sí, con ese Fuego se encienden y arden los corazones humanos en el amor a Dios y a los hermanos humanos con el mismo amor con que Cristo amó!

Recordamos que en Pentecostés los apóstoles y discípulos reunidos en torno a Santa María recibieron el Espíritu que descendió sobre ellos en forma de lenguas de fuego, encendiendo sus propios corazones y «mostrando de este modo que la predicación evangélica estaba enteramente destinada a poner fuego en los corazones» (San Francisco de Sales). Así, encendidos con ese Fuego divino, con ardiente corazón, inmediatamente se pusieron a predicar la Buena Nueva a todos los pueblos, con el anhelo de encender también ellos el fuego en el mundo entero.

¡A mí me toca hoy acoger ese Fuego del divino Amor en mi corazón! ¡A mí me toca dejarme enardecer totalmente por él, para que trasformándome en amor yo mismo, cada vez más y completamente, pueda encender otros corazones humanos por el anuncio del Evangelio, tocándolos con esas como “lenguas de fuego” que brotan de todo aquél o aquella en quien arde fuerte el amor a Dios.

El Señor, nuestro Amigo, nos invita a compartir también hoy sus anhelos, nos alienta prender fuego en el mundo entero con una vida encendida en el amor a Él, con una vida santa y luminosa por las obras. ¡Seamos como antorchas ardientes que disipen las tinieblas de muchas mentes y enciendan el amor a Dios en muchos corazones! ¡Con ardor anunciemos a Cristo y su Evangelio, a tiempo y destiempo!

Comentario al evangelio – Viernes XIX de Tiempo Ordinario

El matrimonio como pacto

Hace poco, un amigo mío de muchos años celebró las bodas de plata de su matrimonio. Salvo los primeros años, su vida matrimonial ha sido una experiencia infernal. Maltratado física, emocional y espiritualmente por su mujer, ha sufrido y sigue sufriendo tiempos oscuros. ¿Ha pensado alguna vez en el divorcio? Por supuesto; pero para él, el divorcio no es una opción. Entiende que su esposa tuvo una infancia abusiva que parece exteriorizarse en su relación. «Dios me la ha traído como compañera de vida y, por tanto, así será. Hago todo lo posible por comprenderla y seguir trabajando en nuestra relación, pero nada de divorcio, porque no es la voluntad de Dios». En él veo la fidelidad de Yahvé hacia la descarriada Jerusalén, tal como la narra Ezequiel en la primera lectura de hoy. Dado que el matrimonio es cada vez más frágil en el mundo actual, recemos por la fidelidad de la alianza entre las parejas casadas.

Paulson Veliyannoor, CMF

Meditación – Viernes XIX de Tiempo Ordinario

Hoy es viernes XIX de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 19, 3-12):

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos que, para ponerle a prueba, le dijeron: «¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?». Él respondió: «¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre».

Dícenle: «Pues ¿por qué Moisés prescribió dar acta de divorcio y repudiarla?». Díceles: «Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así. Ahora bien, os digo que quien repudie a su mujer -no por fornicación- y se case con otra, comete adulterio».

Dícenle sus discípulos: «Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse». Pero Él les dijo: «No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda».

Hoy, Jesús explica que la narración bíblica de la creación habla de la soledad del primer hombre, Adán, al cual Dios quiere darle una ayuda. Ninguna de las otras criaturas puede ser esa ayuda que el hombre necesita, por más que él haya dado nombre a todas las bestias, incorporándolos así a su entorno vital. Entonces Dios, de una costilla del hombre, forma a la mujer…

En el trasfondo de esta narración se pueden considerar concepciones como la que aparece también en el mito relatado por Platón, según el cual el hombre era originariamente esférico, porque era completo en sí mismo y autosuficiente. Pero, en castigo por su soberbia, fue dividido en dos por Zeus, de manera que ahora anhela siempre su otra mitad y está en camino hacia ella para recobrar su integridad.

—En la narración bíblica no se habla de castigo; pero sí aparece la idea de que el hombre es de algún modo incompleto, constitutivamente en camino para encontrar en el otro la parte complementaria para su integridad

REDACCIÓN evangeli.net

Liturgia – Viernes XIX de Tiempo Ordinario

VIERNES DE LA XIX SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de la feria (verde)

Misal: para la feria cualquier formulario permitido. Prefacio común.

Leccionario: Vol. III-par.

  • Ez 16, 1-15. 60. 63. Eras perfecta con los atavíos que yo había puesto sobre ti; y te prostituiste.
    O bien: Ez 16, 59-63. Me acordaré de mi alianza contigo, y tú te avergonzarás.
    • Salmo: Is 12, 2-6. Ha cesado tu ira y me has consolado.
  • Mt 19, 3-12. Por la dureza de corazón permitió Moisés repudiar a las mujeres; pero, al principio, no era así.

Antífona de entrada          Cf. Sal 16, 15
Yo aparezco ante ti con la justicia, y me saciaré mientras se manifestará tu gloria.

Monición de entrada y acto penitencial
Dios revela algunas cualidades de su mismo amor en el amor entre esposo y esposa. Es un amor que revela intimidades, en el que una persona se abre a la otra lo más íntimamente posible. Es un amor que acepta a la otra persona tal como ella es y está dispuesto a compartir todo de manera conjunta. Es un amor que sacrifica todos sus intereses personales por su cónyuge. Es un amor fiel. Es también un amor creativo, que despierta lo mejor que hay en la otra persona. ¿No es esto acaso una imagen del amor de Dios y, a la inversa, no es el amor Trinitario de Dios y su amor hacia nosotros el modelo de todo amor humano?

Yo confieso…

Oración colecta
OH, Dios, tu nombre es amor:
Todos los que te aman te conocen,
todos los que no logran amar
nunca pueden haberte conocido.
Tú nos libres de separar lo que tú has unido:
esposos y esposas, padres y sus hijos
tu Hijo Jesús y su Iglesia,
los amigos en sus penas y alegrías.
Que todos vivan en un amor creativo y eterno.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Hermanos: en esta oración pública y comunitaria que vamos a hacer, no se limite cada uno a orar por sí mismo o por sus necesidades, sino oremos a Cristo el Señor por todo el pueblo.

1.- Por los hogares construidos sobre un amor generoso y desinteresado, para que por su medio nosotros entendamos mejor las profundidades del amor de Dios. Roguemos al Señor.

2.- Por las familias rotas a, y por cónyuges que se han fallado mutuamente, para que la gente les muestre comprensión y Dios les muestre su misericordia. Roguemos al Señor.

3.- Por todos los que han renunciado al matrimonio a causa del reino de Dios, para que nunca se dejen llevar por la crisis de la soledad, sino que tengan corazones grandes y bondadosos, abiertos a todas las personas y a todas las necesidades. Roguemos al Señor.

Atiende benignamente nuestras súplicas, Señor, y escucha las oraciones de tus fieles. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
OH Dios, Padre nuestro:
alrededor de esta mesa
abastecida con un poco de pan y vino
celebramos nuestro común amor en comunidad
y recordamos el amor de Jesús.
Que tu Hijo nos acompañe
dondequiera que compartamos el mismo alimento
y caminemos juntos en fidelidad y confianza.
Haznos guardianes de la felicidad
de los unos y los otros.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Cf. Sal 83, 4-5
Hasta el gorrión ha encontrado una casa; la golondrina, un nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor del universo, Rey y Dios mío. Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre.

Oración después de la comunión
OH Dios de la Alianza, siempre fiel:
Tú nos has dejado el amor a nuestro cuidado
no como un producto acabado
sino como una tarea para toda la vida.
Que el amor de Jesús
marque nuestro amor
con inquebrantable fidelidad y generosidad
para que pueda capear todas las tempestades
y siga creciendo en profundidad
hasta que lo corones con tu eterna alegría.
Por Jesucristo, nuestro Señor.