Pasión por el Reino

Cuesta mucho trabajo en todas las épocas defender la verdad, pero es la única posibilidad de futuro, como nos demuestra con su vida el profeta Jeremías (Jr 38,4). Por eso, el discípulo del Señor ha de cumplir con su deber sabiendo que con la ayuda de Dios, no sin dificultades, llegará a la meta (Hb 12,2). No podemos olvidar que estamos llamados a ser signos de contradicción como lo fue Jesús; un Jesús manso y pacífico, pero que ha venido a traer a la tierra fuego, división y la verdad por encima de todo (Lc 12,51).

Señor, te has acercado a mi existencia,
has soplado sobre los rescoldos
de mi corazón cansado…,
y la luz, el calor, el fuego y la vida
han surgido gratis,
como un manantial alegre y nuevo
que ha inundando todo mi ser.

Derribaré cuanto se interponga
entre nosotros, Señor:
mis miedos, mis apegos, mis trampas,
mis seguridades, mis murallas,
mis pecados, mis conciertos y desconciertos,
mi insensatez…
y hasta algunos de mis pensamientos sobre ti.

Señor, puedes entrar
hasta las alcobas más íntimas de mi corazón;
no te retengas a las puertas de mi casa.
Llevo ensayando cada mañana palabras de bienvenida,
y, despojado de todo,
excepto de mi deseo de estar contigo,
te esperaré, mi Dios, con los ojos despiertos,
con la tierra de mi vida bien labrada,
desnudo de cuanto me aleja de ti,
limpio y fresco como el rocío de la mañana,
enamorado…, sí, enamorado de Dios.

Llena mi corazón de paz,
de esa paz que solo tú, mi Dios, puedes dar.
Yo solo quiero la brisa de tu presencia
y el abrazo de tu amor.

Gracias, mi Dios,
porque te has acercado a mi existencia,
en esta mañana de domingo,
para regalarme tu paz y tu perdón.

Sobre un texto de Florentino Ulibarri.

Isidro Lozano