Lectio Divina – Sábado XIX de Tiempo Ordinario

“Dejad que los niños se acerquen a mí”

1.- Oración Introductoria.

Jesús, este texto donde Tú apareces defendiendo a los niños y acariciándoles, siempre me ha conmovido.   Tu vista siempre se va detrás de lo pequeño, lo que no cuenta, lo que la gente desprecia. Y así, acariciando a un niño, quieres acariciar a todos los niños del planeta donde todavía no se les reconoce sus derechos. Hazme sensible a tantos niños del mundo que son explotados, vendidos, exiliados.

2.- Lectura reposada del evangelio. Mateo 19, 13-15

En aquel tiempo, le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y rezara por ellos, pero los discípulos les regañaban. Jesús dijo: Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el Reino de los Cielos. Les impuso las manos y se marchó de allí.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

La cercanía de Jesús con los niños es una de las estampas más bellas del Evangelio. Los niños, con los ojos bien abiertos, van descubriendo la vida con sorpresa, con admiración. Por aquello de que no tienen pasado, tampoco tienen prejuicios ni con animales ni con las personas. Si un niño entra en un autobús, como pronto se cansa, salta al pasillo y, en unos momentos, se ha ganado a todos: de unos recibe un caramelo, de otro una sonrisa, o una caricia. Para él todos son de casa, todos son sus “tatos”. El niño es como el “Icono” de un paraíso perdido. El mismo Isaías, dirá: “el niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente” (Is. 11,8). Para los niños el mundo es un juego. Los niños nos aportan transparencia, frescura, sencillez. Pero, en este texto concreto, probablemente Jesús habla de los niños como representación de las personas sin derechos. En el siglo primero las personas marginadas eran “los esclavos, las viudas y los niños”. El hecho de que Jesús acariciara a un niño tiene un valor simbólico. En ese gesto quiere acariciar a todas las personas marginadas de la sociedad, a todos aquellos a quienes no se les reconocen sus derechos.

          Palabra del Papa.

“Pequeños grandes maestros de la vida. Como los niños es el Reino de los cielos. ¿Qué pasaría si hiciera de mi vida una continua imitación de los niños? Todos ellos nacen sencillos, sin malicia. Ciertamente no son siempre sonrisas, pero incluso en su llanto conservan sencillez. Son recipientes de amor y dispensadores de confianza; y colocan simplemente su corazón en su madre, en su padre, en aquél que les ofrezca una atención… Hoy quisiera pedirte un corazón como el tuyo, que sepa mirar más allá, siempre más allá, para detenerme ante las «minuciosidades» y aprender a conocerte. Enséñame a mirar con tus ojos a los niños, enséñame a maravillarme en ellos, enséñame a cuidar de ellos, quiero ver tu rostro en cada uno y aprender de estos «maestros de la vida» que me muestran cómo caminar en ella, siendo recipientes de tu amor y donadores de confianza, como fuiste Tú también” (Catequesis de S.S. Francisco, 8 de abril de 2015).

4.- Qué te dice hoy a ti este texto ya meditado. (Guardo silencio).

5.-Propósito. Hoy voy a acercarme a una persona que viva marginada y le voy a regalar mi compañía.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, después de este rato de oración, quiero pedir por la cantidad de niños que, actualmente, viven solos o abandonados; por todos los niños marcados para siempre con la huella de una violación; por tantos niños huérfanos a causa de las guerras. Que yo vea en ellos también a tantas personas, muy queridas por Dios, y muy amenazadas por los hombres.

ORACIÓN POR LA PAZ.

Señor Jesús, ten piedad de nosotros y concédenos la paz y la unidad, no permitas que nos soltemos de tus manos y danos un corazón capaz de amar como tú nos amas. María Madre nuestra, auxílianos en estas difíciles horas de la tribulación, se nuestra fuerza y consuelo. Cúbrenos con tu manto y que la sangre de tu bendito Hijo nos proteja de todo mal.

Advertencias a aburridos, apáticos y otros rebaños de borregos semejantes

1.- Acordaos, mis queridos jóvenes lectores, de la lista de campeones que se nos dio en la segunda lectura del domingo pasado. Abraham, Sara, Jacob… Yo los recuerdo con mucha más admiración que la que he sentido junto a un campeón o campeona olímpicos, o al encontrarme con un futbolista de la máxima categoría liguera. Pero el texto de hoy añade que, por muy importantes que fueran estos héroes bíblicos, por muy ejemplar que fuera su Fe, es preciso que tengamos la mirada puesta en Jesús y a Él tratemos de imitar, encontrando en su modo de proceder, un ejemplo para nuestra vida. No lo olvidéis, si por fortuna se nos diera la ocasión de que el mismo Elías se pusiera a nuestro lado, no sería capaz de otra cosa que de infundirnos coraje con sus palabras o animarnos con sus vítores. El Señor, además de todo esto, nos da su Gracia. Gracia santificante, que nos convierte en superhombres, sin doparnos. Porque la Gracia, siendo divina, se comporta como células madre espirituales, se identifica con nuestro ser, curándolo y fortificándolo.

2.- El cristianismo no está pensado para vagos. Aquellos que les guste que les den todo hecho. Aquellos que no quieran coger la fruta del árbol, porque les gusta más comprar en un supermercado un jugo elaborado, sin tenerlo que pelar, ni siquiera tener que masticar el fruto, estos no son aptos para el Reino de los Cielos. Aquellos que les guste desplazarse solitarios en su vehículo, o que los lleve su padre, para no encontrarse, ni siquiera tener ocasión de enredarse en un lío, los tales, tienen poco valor, son poco apreciados en la lidia de este mundo.

Porque, nos guste o no, en el mundo surgen conflictos. Unos, consecuencia de la maldad de ciertos hombres, otros de características temperamentales. Todos tenemos esquinas que rozan y molestan a los demás. Pero en algunos casos, circunstancias que aparecen sin tenerlas previstas, costumbres que al iniciarse fueron buenas, pero que después degeneraron, exigen actitudes, denuncias, protestas, manifestaciones, definiciones de principios que crean molestias. Jesús decía que había venido a traer fuego a la tierra, a que, como consecuencia, surgieran enemistades entre allegados. No se trata de odios. ¡Cuánto amor hay en ciertas reprimendas! ¡Cuánto cariño en planteamientos que resulta incómodo clarificarlos!

3.- Soy viejo, os lo he dicho otras veces, mis queridos jóvenes lectores, mi vida no la he pasado estirado en un colchón de pétalos de rosa. No he recibido galardones, ni mimos de las gentes, pero os aseguro que el amor de Dios, su compañía en los momentos que se me ha exigido ser valiente, y además pensar que es preciso proclamar la verdad, aunque incomode al superior, ha valido mucho más, que si me hubieran llenado de grandezas.

No os entretengáis en el ejemplo de las nubes, que nos ha trasmitido el evangelio. Jesús hablaba en la baja Galilea, junto al lago, a 250 m. bajo el nivel del Mediterráneo. Goza el lugar de un microclima peculiar. Tal vez Él os diría ahora: vosotros que sabéis cuando es preciso que metáis en la mochila un impermeable, o que cambiáis de rumbo cuando el camino que seguís observáis que no os permitirá encontrar una fuente. Vosotros que al encontrar ciertas señales comprendéis que vuestro viaje será más lento de lo pensado, vosotros que sabéis tantas cosas de esta índole ¿no sabéis que vivimos unos tiempos que exigen que los cristianos seamos gente enérgica? ¿Qué no nos durmamos?

Pedrojosé Ynaraja

Comentario – Sábado XIX de Tiempo Ordinario

Mt 19, 13-15

Acercaron a Jesús unos niños, para que les impusiera las manos y rezara por ellos.

Me imagino esa escena: madres que llevan a sus hijos pequeños… Jesús los acaricia… a la vez que ora por ellos… el niño sonríe, o se enfada.

En todo gesto de amor, pasa una gracia divina. Jesús amaba a los niños.

Pero los discípulos les regañaron.

En la mentalidad judía, aun siendo el niño una bendición, se le consideraba oficialmente como un ser insignificante que no adquiere total importancia hasta su entrada adulta en la sinagoga, a los doce años.

Era corriente esa mentalidad: ¡los mismos apóstoles acostumbraban a regañar a los chiquillos! Jesús no está de acuerdo. Para El, un niño cuenta, es alguien.

Jesús les dijo: «Dejad a los niños y no les impidáis que vengan a mí porque de los que son como éstos, es el reino de los cielos.»

Los primeros cristianos muy pronto interpretaron estas palabras como una toma de posición de Jesús en favor del bautismo de los niños pequeños.

Hoy vuelve a plantearse esa cuestión y no sin razón, pues se insiste en la importancia de la «fe» implicada en el sacramento… y algunos padres reconocen no tener la fe necesaria para educar a su hijo en el mínimo de vida de Iglesia capaz de alimentar a su hijo… entonces, prefieren esperar a que el hijo decida cuando tenga la edad. Incluso en el caso de que esta actitud sea la única prudente, conviene no olvidar la frase de Jesús en el evangelio. Con pretexto de «libertad para cuando sea mayor» ¿no sucede a veces, en ciertos casos, que se influye sobre la libertad de los hijos pero en sentido inverso, «impidiéndoles» participar en algunos actos religiosos que ellos, en su conciencia infantil, desearían? Los descubrimientos recientes de la psicología están en la misma línea de Jesús al revelar ¡la importancia de los «primeros años» para la orientación de toda una vida! y, después de todo, ¿ quién puede decir todo aquello de que son capaces los niños?

El reino de los cielos es de los que son como ellos…

Jesús los pone como ejemplo a los mayores.

En primer lugar en el sentido de que no tenemos derecho a excluirlos arbitrariamente del Reino misterioso del Padre al que sin duda están en mejor concordancia que nosotros. Y luego, en el sentido, también, de que nada es más opuesto al Reino de Dios como la suficiencia orgullosa y razonadora de ciertos adultos que quieren juzgarlo todo según su propia norma. Se consideran centro del mundo. Su punto de vista es el único verdadero. Y ¡ellos, pobres, no creen más que lo que comprenden!

Jesús había dicho: «Bendito seas Padre… porque si has escondido estas cosas a los «sabios y entendidos» se las has revelado a los «pequeños» (Mateo II, 25) Es éste, sin duda, el sentido que hay que atribuir a la invitación de adoptar un «espíritu de infancia».

El niño espontáneamente concuerda con el misterio. Cuanto más técnico va siendo nuestro mundo matemático, científico y programático… la palabra de Jesús resulta tanto más actual: Cada vez será más necesario conservar ¡un rincón de infancia en el corazón, un rincón de poesía, un rincón de ingenuidad y de frescor, un rincón de misterio! Evidentemente no se trata aquí de abogar para la regresión a los infantilismos. » Danos, Señor, el verdadero espíritu de infancia.

Noel Quesson
Evangelios 1

La urgencia del Reino de Dios

1.- Este evangelio no debe valernos para dar carta de naturaleza, para legalizar, esas tradicionales peleas o rencores con las suegras… O las tan frecuentes diferencias entre hijos y padres… O entre cuñadas…

Como me decía una señora al preguntarla por los hijos:

–Los hijos bien. Lo malo es cuando entran los alemanes…

En fin, los “alemanes” eran las nueras o los yernos.

Que este evangelio no sirva para cristianar situaciones, que con sentido común y cariño se pueden superar. “Cada uno en su casa y Dios en la de todos” es un lema familiar muy en su punto entre los hogares de los padres y los hogares de los hijos. Mucho cariño, pero una cierta distancia.

2.- El evangelio de hoy viene a subrayar una vez más la urgencia del Reino de Dios, la dedicación que nos pide, la toma de postura cuando llegue el momento, que el fuego es siempre caliente y arde, no admite medias tintas.

El evangelista lo está escribiendo para una comunidad que lo necesitaba, porque abrazar el cristianismo, por parte de un de un miembro de una familia judía o pagana, podía suponer la expulsión de ella o aún la persecución sangrienta. ¿Hoy mismo, qué no supondría para un musulmán hacerse cristiano? Compañeros míos –jesuitas—se vieron aislados de la familia al recibir el bautismo.

Pero no hay que tomar el avión para sentirse “bicho raro”, si nos decidimos a ser simplemente honrados en no admitir “mordidas”, en pagar nuestros gastos personales no a cuenta de la empresa o del gobierno, en mostrarnos católicos en ambientes “agnósticos (no empleemos la palabra hostil que dicen que ahora no estamos en tiempos de persecución religiosa

Y qué más ridículo que un hombre o una mujer que quieran ser fieles a su matrimonio, cuando los que triunfan son los trotacatres. Y quien entiende a un chico o a una chica que quieran vivir alegres y bullangueros, pero sin revolcarse en el fango.

3.- Mucha decisión, mucho fuego, se necesita para enfrentarse con amigos, con compañeros de trabajo, con personas a las que se estima de verdad, pero que con un peligro para seguir a Cristo no por ser inmorales, sino amorales, que piensan que todo es permitido si, supuestamente, no se hace daño a nadie.

En estos casos, Jesús no ha venido a poner paz, sino división… ¡Que Él nos dé el valor, el fuego que a Él le llevó a la muerte en la cruz…!

José María Maruri, SJ

Como el oro en el crisol

1.- “Dijo Jesús: He venido a prender fuego en el mundo y ojalá ya estuviera ardiendo. ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división”. San Lucas, Cáp. 12. Todos los pueblos han visto en el fuego un elemento sagrado. La mitología griega nos cuenta de Prometeo, quien robó el fuego de los dioses. Los cristianos acompañamos con candelas nuestra liturgia y en la noche de Pascua encendemos un cirio, que representa a Cristo, vencedor de la muerte. Para el pueblo judío el fuego significó la acción de Dios en la historia, que a unos purifica como el oro en el crisol. Y a otros destruye.

2.- La frase del Señor: “He venido traer fuego a la tierra y ojalá ya estuviera ardiendo”, bien se pudiera traducir: “Yo soy el fuego que viene de lo alto. Ojalá todos se acerquen a mí para purificarse”. También dijo Jesús: “¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división”. Una forma de complementar la sentencia anterior, según se usa en hebreo.

3.- Aquí el Maestro no reniega de la paz que ha predicado en tantas ocasiones. Nos dice que hemos de enfrentarnos a todo aquello que nos impida vivir el Evangelio. Al purificarnos con su fuego, se producen divisiones y rupturas. Y pone el ejemplo de una familia: Tres estarán contra dos. Los padres contra los hijos. La suegra contra la nuera. Sin embargo sería exageración afirmar que todo lo humano atenta contra el plan de Jesús. Algún autor sugiere que la vida cristiana ha de ser la travesía nocturna de un tren expreso. Conviene entonces cerrar las ventanillas, para que nada temporal nos contamine. Nada más descabellado. Sería despreciar la obra portentosa del universo. Desconocer el prodigio de la persona humana, con todas las maravillas de su cuerpo y de su espíritu. ¿Entonces cómo atizaremos ese fuego? ¿Cómo propiciaremos aquella división? Los grandes místicos llevaron su experiencia cristiana a insospechadas cumbres de purificación y de victoria.

4.- A nosotros los del común, Dios nos invita a un proyecto más simple. Cada día madrugaremos a los deberes diarios, tratando de vencer nuestros defectos. Nos golpean la incertidumbre económica, las dolencias corporales, las fallas del prójimo, nuestras propias caídas. Pero mañana y tarde presentamos todo ello, ante ese fuego de Dios. San Juan de las Cruz entendió a cabalidad que Dios purifica y transforma en amor todo lo nuestro: “Oh llama de amor viva, que tiernamente hieres, de mi alma en el más profundo centro”… Y de otra parte, mientras sea mayor el combustible que acercamos a la hoguera, más resplandeciente será su incendio.

5.- Pero alguien podrá acusarnos de vivir un cristianismo ingenuo. De centrarnos únicamente en lo nuestro, mientras olvidamos la calamidades que agobian a innumerables hermanos, en tantos lugares de la tierra. “Toda esta tragedia de mi diócesis, decía un obispo, estamos tratando de leerla en clave de purificación. Los niños abaleados, los inocentes que caen abatidos, los campesinos llenos de miedo, los desplazados… El Señor sabe que cada día, nos vamos purificando, como oro en el crisol, para iniciar una sociedad nueva”. Resignación, dirán algunos. Fe y esperanza, decimos los discípulos de Cristo, mientras nos empeñamos por hacer posible lo imposible.

Gustavo Vélez, mxy

El fuego de Dios

1.- «En aquellos días, los príncipes dijeron al rey: Muera ese Jeremías, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad » (Jr 38, 4) El profeta proclama con audacia el mensaje que Dios ha puesto en sus labios. Son palabras que maldicen, que hieren. Palabras que anuncian la verdad, palabras que no sonaban bien a los oídos del pueblo, palabras que exigían fidelidad heroica a Dios, palabras que no admitían arreglos ni componendas. Por eso le atacan con audacia y con rabia, le acosan sin piedad, le acorralan como jauría de perros hambrientos. Le calumnian, mienten sin pudor. Intentan ahogar su voz, taparle la boca, reducirlo violentamente al silencio. Y casi llegan a conseguirlo.

Hoy también sucede lo mismo. Hay voces que caen mal, palabras que no se conforman con las tendencias hedonistas del momento. Profetas que hablan en nombre de Dios, que transmiten el mensaje divino hecho de renuncias a las malas inclinaciones, profetas que condenan con claridad y valentía la cómoda postura de los que quieren facilitar el áspero camino que conduce a la Vida, los que quieren ensanchar la estrecha senda que marcó Cristo con su vida y con sus palabras. Y también hoy se trata de tapar la boca al profeta, se intenta que sus palabras se pierdan en el silencio.

«Ellos cogieron a Jeremías y lo arrojaron en el aljibe de Melquías, príncipe real, en el patio de la guardia, descolgándolo con sogas» (Jr 38, 6) En el aljibe no había agua, sino lodo, y Jeremías se hundió en el lodo. Había sombras densas en el fondo de la cisterna, olor nauseabundo de aguas podridas, barro sucio y luctuoso que pringaba. El profeta está pagando el precio de su audacia, de su atrevimiento en decir la verdad de Dios sin paliativos ni tapujos. No importa la persecución, no importa el no caer bien, el desprecio o la sonrisa burlona. No importa el juicio desfavorable, el ser llamado con los peores apelativos del momento. El verdadero profeta es fiel hasta los peores extremos, hasta la renuncia más dura que darse pueda.

Fidelidad a la doctrina católica. Fidelidad a lo que es depósito de la revelación divina, a ese conjunto de verdades que, partiendo del mismo Cristo, ha venido enseñando y defendiendo el Magisterio auténtico de nuestra Santa Madre la Iglesia Católica y Apostólica. Hay que afrontar con gallardía el momento difícil que atravesamos, hay que defender la verdad, la santa doctrina. Cueste lo que cueste, digan lo que digan, duela a quien duela.

2.- «Yo esperaba con ansia al Señor; Él se inclinó y escuchó mi grito» (Sal 39, 2) Hay momentos en los que todo parece perdido, existen problemas para los que la solución se nos hace imposible. Y, en uno de esos momentos, el salmista ha dirigido su mirada hacia el Señor, lleno de ansia y de congoja, como quien ya no tiene más esperanza que aquella que se apoya en Dios. Y el Señor se inclinó desde la grandeza divina hasta la pequeñez humana, escuchó el grito de angustia de aquel hombre para el que todo estaba perdido… Me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa, -recuerda el salmista cuando ya todo había pasado- afianzó mis pies sobre roca y aseguró mis pasos.

Quizás no te hayas visto nunca en una situación similar y por eso no llegues a comprender los sentimientos de este hombre. Pero quién sabe si algún día tú también te encuentras en circunstancias parecidas de desesperación y ansiedad. Ojalá entonces vuelvas también los ojos hacia el Señor, persuadido de que se inclinará hacia ti y escuchará tu grito.

«Me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios» (Sal 39, 4) De la ansiedad y la zozobra, el salmista ha pasado al gozo y a la alegría. Un cántico le brota espontáneo de sus labios, una melodía que celebra la bondad de Dios que no abandona a quien recurre a él, confiado y seguro del poder y amor divinos. Muchos al verlo quedaron sobrecogidos y confiaron en el Señor. Con estas palabras se nos está insinuando que también nosotros hemos de confiar siempre en Dios. No hace falta que la situación sea insostenible para que volvamos los ojos a Dios. En todo momento hemos de confiar en él y levantar de cuando en cuando nuestro corazón al Señor.

Yo soy pobre y desgraciado -sigue diciendo el texto sagrado- pero el Señor se cuida de mí. Tú eres mi auxilio y mi liberación, Dios mío, no tardes… Es bonito ver la sencillez con la que este hombre habla con el Altísimo. No tardes, le dice, date prisa en socorrerme. Apresúrate, dile tú, no te retrases. No sea que cuando llegues sea ya demasiado tarde. Ven, Señor Jesús.

3.- «Hermanos: una nube ingente de espectadores nos rodea…» (Hb 12, 1) En el tiempo en que se escribe la carta a los hebreos eran muy frecuentes los juegos olímpicos, competiciones deportivas que electrizaban a las masas, tanto o más que hoy. Apoyado en este fenómeno humano, el autor sagrado saca comparaciones para transmitir a sus lectores determinadas verdades y enseñanzas prácticas… La vida del cristiano viene a ser como una gran carrera de obstáculos en la que es necesario combatir para no quedar descalificados. Lo mismo que un buen deportista se esfuerza por estar siempre en forma, así nosotros hemos de procurar no perder facultades. Para ello hay que someterse a un entrenamiento continuo, renunciar a cuanto pueda mermar nuestra capacidad de generosidad y de entrega.

Pensemos que son muchos los que contemplan nuestra carrera. Somos un espectáculo, dijo san Pablo, para los hombres y para los ángeles. Dios mismo se recrea en nuestra lucha y desea que salgamos vencedores. No le defraudemos, no hagamos inútiles las esperanzas que ha puesto en cada uno de nosotros. Corramos con denuedo. Pongamos en esta gran carrera, tan divina y tan humana, el mismo empeño, por lo menos, que pone un buen deportista al practicar su deporte favorito.

«Recordad al que soportó la oposición» (Hb 12, 3) Quitemos lo que nos estorba, cortemos cuanto nos ata, cuanto nos frena en la marcha decidida hacia Dios. Abandonemos el pecado y corramos en esta carrera que es la vida. Que nunca nos desalentemos, que nunca nos retiremos, que jamás nos demos por vencidos. Pongamos nuestra mirada en el que nos ha llamado, en el que nos fortalece y empuja: Jesús, que renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del Padre.

Recordad -sigue diciendo el texto sagrado- al que soportó la oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado… Muchas veces nos viene el desánimo, nos rendimos ante las dificultades, nos entristecemos ante nuestros fracasos.

No podemos dejarnos vencer nunca. Hay que reincorporarse con rapidez. La verdadera derrota consiste en permanecer caído. No seamos indolentes ni desconfiados. Dios nos espera después de cada tropiezo, nos echa una mano para que nos levantemos. Sólo hemos de agarrarnos a él y comenzar otra vez, cada día, con esta carrera tan corta que es nuestra pobre vida.

4.- «He venido a prender fuego en el mundo…» (Lc 12, 49) En ocasiones se puede pensar que el Evangelio es un libro sin aristas, y que las palabras de Jesús fueron siempre suaves y dulces. Sin embargo, no es así siempre. Muchas veces, más de las que creemos, el tono de las intervenciones de Cristo se carga de energía y poderío, las suyas son palabras ardientes y penetrantes, estridentes casi. Por eso pensar que el Evangelio es un libro irenista, o de consenso, es un error de grueso calibre. No, el Evangelio no contiene una doctrina acomodaticia ni fácil, no es tranquilizadora para el hombre, no es el opio del pueblo como decía uno de los santones del comunismo.

En el pasaje de esta dominica oímos a Jesús que dice haber traído fuego a la tierra para incendiar al mundo entero. ¡Y ojalá estuviera ya ardiendo!, añade con fuerza. Sí, sus palabras son brasas incandescentes, fuego que devora y purifica, que enardece y enciende a los hombres que lo escuchan sin prejuicios, que ilumina las más oscuras sombras y calienta los rincones más fríos del alma humana. El Evangelio es, sin duda, una doctrina revolucionaria, la enseñanza más atrevida y audaz que jamás se haya predicado. La palabra de Cristo es la fuerza que puede transformar más hondamente al hombre, la energía más poderosa para hacer del mundo algo distinto y formidable.

Nuestro Señor Jesucristo ha prendido el fuego divino, ha iniciado un incendio de siglos, ha quemado de una forma u otra todas las páginas de la historia, desde su nacimiento hasta nuestros días, y hasta siempre. Es verdad que en ocasiones nosotros, los cristianos, ocultamos con nuestro egoísmo y comodidad, con nuestras pasiones y torpezas, la antorcha encendida que él nos puso en las manos el día de nuestro bautismo. Pero el fuego sigue vivo y hay, gracias a Dios, quienes levantan con valentía el fuego de Dios, el fuego del amor y de la justicia, el fuego de la generosidad y el desinterés, el fuego de una vida casta y abnegada, el fuego de la verdad que no admite componendas.

¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz?, nos pregunta Jesús también a nosotros. Quizá tendríamos que responderle que sí, que pensamos que su mensaje es algo muy bello, pero algo descabellado y teórico; un mensaje de amor mutuo que se reduce a buenas palabras, que es compatible con una vida aburguesada y comodona. Si eso pensamos, o si vivimos como si eso fuera el Evangelio, estamos totalmente equivocados, hemos convertido en una burda caricatura el rostro de Jesucristo, hemos apagado en lugar de avivarlo el fuego de Dios. Vamos a rectificar, vamos de nuevo a prender nuestros corazones y nuestros entendimientos en ese celo encendido, varonil y recio, que consumía el espíritu del Señor.

Antonio García Moreno

¿A qué ha venido Jesús de Nazaret?

1.- ¡Muera ese Jeremías, porque está desmoralizando a los soldados! Esta es una vieja historia en la que el que anuncia lo peor es acusado de ser el autor de ello. Se trata de matar al mensajero para evitar la responsabilidad. En el caso de Jeremías la palabra que tiene que anunciar le molesta y le complica la vida. La vida y la misión del profeta no es fácil. A Jeremías le meten en prisión y a punto estuvo de perder la vida. Pero él fue honrado al avisar del peligro inminente de la llegada de los babilonios. Intentan acallar su voz, pero el desastre va a venir precisamente porque no le escucharon. Nosotros debemos ser consecuentes. Aunque no esté de moda ser cristiano, aunque nos critiquen o se metan con nosotros, tenemos que anunciar la verdad y denunciar el peligro que acecha a nuestro mundo cuando los criterios dominantes son los del materialismo o los de la violencia. Cristo Jesús soportó la cruz, despreciando la ignominia, nos dice la Carta a los Hebreos. Ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Por eso nos invita a no perder el ánimo en nuestra lucha contra el pecado. El salmo 39 nos invita a volvernos más bien hacia Dios, en la desgracia. Nos consuelan las palabras del salmista: «Dios se inclinó sobre mí para escuchar mi clamor… El asentó mis pies». Distinta esta actitud de confianza de la de los falsos agoreros que anuncian toda clase de desgracias sin proponer solución. Ya advirtió Juan XXIII que desconfiáramos de los profetas de desgracias que se creen enviado por Dios para oscurecer nuestro universo.

2.- «He venido a prender fuego al mundo». El fuego era un elemento importante en la vida de Israel: para cocer los alimentos, para calentarse, para alumbrarse. También se servían de él para destruir lo que era contagioso y malo, como los ídolos. En el Templo se debía siempre mantener el fuego del altar de los holocaustos para los sacrificios. El fuego es frecuentemente relacionado con la aparición de Dios (a Moisés en una brasa ardiente, en la columna de fuego en el desierto, cuando Ezequiel es escogido como profeta, el día de Pentecostés en forma de lenguas de fuego…). El fuego es calor y luz, signo del Espíritu. El fuego está también ligado a la purificación de Dios y al juicio final. Es sin duda este aspecto del fuego del que Jesús habla cuando dice haber venido para traer fuego sobre la tierra. El fuego de su amor purificará el mundo el día de la Pasión, de ahí el deseo de Cristo: «¡Cuánto desearía que ya estuviera encendido!».

3.- «No he venido a traer la paz». Jesús quiere decir que no ha venido a traer la falsa paz. La paz verdadera no es la de la tranquilidad (cuando tranquilidad viene de tranca y de miedo), ni la paz de la falta de compromiso, ni la falsa paz basada en la injusticia. La verdad, la libertad y la justicia son difíciles de establecer en la tierra. El pacifismo cristiano no es aprobación del desorden o de la división. Para que «estalle» la paz es necesario provocar cierta violencia interior para no quedarnos tranquilos con nuestro cristianismo acomodado y aburguesado. Cristo viene a despertar nuestra conciencia, a provocarnos en cierto modo. La respuesta a esta provocación puede generar falta de comprensión en la familia. ¿Qué decir cuando un hijo opta por irse al Tercer Mundo o abraza la vocación sacerdotal o religiosa? En muchos casos se produce la división en la propia familia, «el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la jija contra la madre». Jesucristo no ha venido al mundo para dejar las cosas como están, para tranquilizar nuestras conciencias, para que nos olvidemos de las sangrantes injusticias de nuestro mundo. La paz que El anuncia se basa en la justicia y en la lucha por la transformación de las estructuras injustas. No es simplemente ausencia de guerra, es trabajo constante para derribar lo que impide la consecución de un mundo más humano.

José María Martín, OSA

El fuego traído por Jesús

Por los caminos de Galilea Jesús se esforzaba por contagiar el «fuego» que ardía en su corazón. En la tradición cristiana han quedado huellas diversas de su deseo. Lucas lo recoge así: «He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!». Un evangelio apócrifo más tardío recuerda otro dicho que puede provenir de Jesús: «El que está cerca de mí está cerca del fuego. El que está lejos de mí está lejos del reino».

Jesús desea que el fuego que lleva dentro prenda de verdad, que no lo apague nadie, que se extienda por toda la Tierra y que el mundo entero se abrase. Quien se aproxima a Jesús con los ojos abiertos y el corazón despierto va descubriendo que el «fuego» que arde en su interior es la pasión por Dios y la compasión por los que sufren. Esto es lo que le mueve y le hace vivir buscando el reino de Dios y su justicia hasta la muerte.

La pasión por Dios y por los pobres viene de Jesús, y solo se enciende en sus seguidores al contacto de su Evangelio y de su espíritu renovador. Va más allá de lo convencional. Poco tiene que ver con la rutina del buen orden y la frialdad de lo normativo. Sin este fuego, la vida cristiana termina extinguiéndose.

El gran pecado de los cristianos será siempre dejar que este fuego de Jesús se vaya apagando. ¿Para qué sirve una Iglesia de cristianos instalados cómodamente en la vida, sin pasión alguna por Dios y sin compasión por los que sufren? ¿Para qué se necesitan en el mundo cristianos incapaces de atraer, dar luz u ofrecer calor?

Las palabras de Jesús nos invitan a dejarnos encender por su Espíritu sin perdernos en cuestiones secundarias o marginales. Quien no se ha dejado quemar por Jesús no conoce todavía el poder transformador que quiso introducir él en la Tierra. Puede practicar correctamente la religión cristiana, pero no ha descubierto todavía lo más apasionante del Evangelio.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – Sábado XIX de Tiempo Ordinario

Bendición de los niños

«¡Dejad a los niños!» debe sonar repetidamente como un mandato en la conciencia del mundo moderno por muchas razones, empezando por el tema del aborto y hasta el tema del cambio climático. El mundo parece tener la actitud de los discípulos de la historia de hoy: los niños son una molestia para el mundo de los adultos. Quien opta por el aborto lo hace porque el bebé en el vientre materno, por la razón que sea, se ha convertido en un estorbo y una molestia para su vida pacífica. Sometemos a los estudiantes a un tipo de sistema educativo que pretende moldear el mundo según nuestros propios deseos y proyectos. Gastamos imprudentemente los recursos del mundo sin preocuparnos por su impacto en la ecología y, por tanto, dejamos a nuestros hijos un mundo en el que es casi imposible vivir. Jesús impuso las manos a los niños y los bendijo. Nosotros también podemos tender la mano y bendecir a nuestros hijos contando con sus intereses y su futuro.

Paulson Veliyannoor, CMF

Meditación – Sábado XIX de Tiempo Ordinario

Hoy es sábado XIX de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 19, 13-15):

En aquel tiempo, le presentaron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos». Y, después de imponerles las manos, se fue de allí.

Hoy, Cristo nos arranca una sonrisa cuando le vemos contravenir a los discípulos por alejarle los niños. Pero hoy también Dios nos tiene que decir: «Dejad que los niños vengan». En ningún lugar de la «Biblia» encontraremos la menor concesión para la «anti-natalidad». No existen amores replegados; el amor es expansivo porque la fecundidad es el camino natural para transmitir la alegría del «amar y saberse amado».

En la sexualidad la persona humana está conducida al Creador en su máxima cercanía, en su suprema responsabilidad. Cada individuo es una criatura de Dios, y al mismo tiempo un hijo de sus padres: hay una interrelación entre la creación divina y la fertilidad humana. La sexualidad es algo poderoso, y eso se ve en que pone en juego la responsabilidad por un nuevo ser humano que nos pertenece y no nos pertenece, que procede de nosotros y, a la vez, no viene de nosotros.

—Señor, aumenta nuestro amor a los hijos: ¡el mundo ganará mucho!

REDACCIÓN evangeli.net