No he venido a traer la paz

«He venido a prender fuego a la Tierra, y ¡cuánto deseo que ya esté ardiendo!»

Jesús crece en el seno de una sociedad de desiguales; de gente aceptada por Dios y gente rechazada por Él. Escucha en la sinagoga que Dios derrama bendiciones sobre los puros y envía calamidades a esa gran mayoría del pueblo que se ve condenada a una vida de miseria y exclusión por causa de sus pecados. A él se le revuelven las entrañas ante la tragedia de aquella pobre gente rechazada y desalentada, y se siente cada vez más incómodo dentro de esa fe que los condena de por vida…

Y se acaba rebelando.

Sale de su casa y se echa a los caminos de Galilea a proclamar que Dios no es el juez que nos castiga por nuestros pecados, sino el padre que nos ama incondicionalmente como aman las madres. Sabe que esta concepción de Dios choca de bruces con la de los letrados y los fariseos, pero no se arredra ni duda en alimentar un permanente enfrentamiento con ellos que a la postre le iba a costar la vida. Los tres primeros capítulos de Marcos muestran el grado de confrontación que desde el principio provoca con su actitud.

A aquella «chusma maldita que no conoce la Ley» —según expresión de los fariseos— les dice que no son unos pobres desgraciados como todos aseguran, sino que poseen la dignidad de hijos de Dios y son herederos de su Reino; que son los más importantes a Sus ojos, por delante de los sacerdotes, los doctores y los fariseos.

Y no solo les habla, sino que cura sus enfermedades, les enseña y se ocupa de ellos como nadie lo había hecho jamás… Para aquellos míseros, malditos, desarrapados, excluidos, marginados, empecatados, abandonados, ignorados, a veces cojos o ciegos, casi siempre impuros, aquello es el reino de Dios en la tierra. Ya no hay que esperar más; está allí, junto a ellos.

Y quieren hacerle Rey.

Las autoridades se sienten violentamente agredidas por ese impostor que arrastra tras de sí a la gente, porque si lo suyo prevalece, todo su poder y su influencia acabarán por desaparecer. Cuando sube a Jerusalén y ven el entusiasmo que suscitan sus palabras, temen que su fuego se transmita a la gente y haga arder la sociedad entera.

Y se conjuran para matarlo.

En definitiva, Jesús declara la guerra a la opresión, a la injusticia, a las leyes injustas, y tienen que matarlo para que su fuego no calcine las estructuras de Israel y a sus dirigentes con ellas. Nosotros en cambio somos gente de paz que convivimos en muy buena armonía con la sociedad de consumo y la injusticia atroz que ésta provoca; porque una cosa es tener fe en Jesús, y otra, muy distinta, que esa fe altere demasiado nuestro modo de vida o perturbe nuestro estatus…

Y es que, como decía Ruiz de Galarreta: «Ni la Palabra nos quema por dentro, ni nosotros hacemos arder a la sociedad»

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Paz y división

Parece que el texto que antecede no solo no habría salido de los labios de Jesús, sino que se trataría de un vaticinio ex eventu. Es decir, habría sido escrito después de que aquellas primeras comunidades hubieran experimentado la división en sus propias familias, como consecuencia de la adhesión al nuevo movimiento religioso. Para cuando se escriben esas frases, lo descrito en ellas en forma de profecía para el futuro, ya había sucedido: de la misma manera que los seguidores de Jesús empezaron a ser excomulgados de la sinagoga, sintieron igualmente el rechazo por parte de aquellos miembros de la propia familia que se situaban en una posición contraria.

Ambas reacciones son frecuentes en la historia de los grupos humanos: quienes adoptan un camino nuevo suelen alejarse de los demás, en una actitud con ciertos tintes sectarios; por el otro lado, quienes se oponen a las innovaciones tienden a juzgar, descalificar y condenar a los primeros.

Más allá de la anécdota, es inevitable que en todo grupo humano existan tensiones, consecuencia de ser diferentes. La tensión estimula y enriquece cuando es bien vivida. Por el contrario, cuando no se asume ni gestiona de manera adecuada, se convierte en conflicto y enfrentamiento.

Mientras, en el primer caso, la diferencia es vivida como factor de enriquecimiento, en el segundo se absolutiza en ella misma, olvidando cualquier otra referencia.

Todo ello invita, desde mi perspectiva, a cuestionarnos en qué tipo de consciencia nos vivimos. Si nos movemos en una consciencia de separatividad, las diferencias se absolutizan y desembocan en conflicto tan irremediable como doloroso y estéril. Si estamos anclados en la consciencia de unidad, comprendemos que, aun siendo diferentes, somos lo mismo. Y es esta comprensión la que nos permite reconocer, permitir, aceptar y gestionar las tensiones sin fomentar la división o separación excluyente.

¿Cómo vivo las inevitables tensiones? ¿Desde qué tipo de consciencia?

Enrique Martínez Lozano

Vivir desde el fuego liberador

Quizá el Evangelio de este domingo nos resulta muy sorprendente por las palabras que Lucas pone en boca de Jesús. Se trata de un texto complejo que, leído al pie de la letra, nos puede confundir, incluso generar cierto rechazo en los tiempos que corren; un texto que, sacado de contexto, resultaría casi ofensivo y decepcionante.

Sin embargo, son palabras que tienen una lógica aplastante como consecuencia de todo lo tratado en los versículos anteriores. Este breve texto, situado en la cuarta parte del Evangelio de Lucas, narra diferentes momentos del camino de Jesús hacia Jerusalén. En uno de esos momentos instruye a los discípulos para revelarles actitudes y valores imprescindibles que son esenciales en su movimiento: confianza, fidelidad, servicio, autenticidad, coherencia, pasión, radicalidad y libertad, entre otros.

Comienza con una afirmación decisiva, típica de un texto profético, algo apocalíptico, de moda en algunos grupos judíos de la época, pero con un lenguaje sagaz y denso, inesperado y desconcertante: “Vine a poner fuego sobre la tierra, ¡y cómo quisiera que ya estuviera ardiendo”. Es esta la esencia de todo el mensaje más allá de la confusión que puedan provocar sus palabras. El fuego al que se refiere Jesús no es el que asola bosques sino el fuego interior que nace de la energía y pasión por vivir en libertad y en plenitud, una pasión transformadora que nada tiene que ver con una vida raquítica y centrada en la creencia dogmática o en una práctica ritual vacía de calor.

Es el mismo fuego de Pentecostés que movilizó a los creyentes para salir “sin vergüenza y sin miedo” a mostrar al mundo la presencia de Dios en lo profundo de cada vida humana. Sin duda, este fuego despierta, calienta, dinamiza y renueva. Jesús expresa su deseo de que ya arda este fuego, pero no parece ser una realidad en sus destinatarios. Es quizá una de las frustraciones que vivió porque sus contemporáneos no parecían muy dispuestos a comprometerse de fondo con la nueva imagen de Dios y del ser humano revelada por él: un Dios que forma parte de la humanidad y un ser humano pleno que forma parte de la divinidad como única manera de expresarse en nuestra historia.

Jesús es consciente de que su mensaje transformador no es neutral y que, tomado en serio, va a generar división porque es necesario tomar postura con audacia y libertad en esta nueva ruta que propone. Esta es la fuerza de Jesús y de su movimiento: ser totalmente parcial y no intentar dar a la razón a todos para generar una falsa paz que haga la vista gorda ante la injusticia, la opresión, el sometimiento; una ilusoria paz llena de inmovilismo y vacía del fuego de una vida auténtica.

Ante Jesús sólo vale posicionarse y activar la valentía, confianza, siempre en una clara conexión con Dios y con la energía que de Él brota. A veces preferimos el bienestar emocional, las aguas tranquilas, las cebollas de Egipto (como le ocurrió al Pueblo de Israel en tiempos de esclavitud) sacrificando la libertad personal y una vida llena de sentido. Por eso, Jesús avisa de esa posible división tras posicionarse en lo esencial del Evangelio. Y no es una mera práctica religiosa, sino que se trata de revindicar la dignidad personal, la libertad, la simetría en las relaciones, la igualdad de derechos, asuntos que pueden incomodar a quienes ejercen su soberanía en vidas de otros(as) porque pierden el control y el poderío. Dejo a los lectores (as) que lleven estas palabras a sus contextos personales, de pareja, familiares, laborales, religiosos, para tomar la temperatura de esta realidad hasta donde sea posible.

Resulta llamativo que los ejemplos que usa Jesús para ilustrar la división que podría provocar, se centra en vínculos generacionales y de género. Toda una simbología que apunta hacia una incomprensión y conflicto por elegir vivir desde la raíz de lo que nos hace ser. Nada llamativo en el contexto de este evangelio porque Lucas escribía a comunidades donde algunos miembros habían sido rechazados por sus familias al hacerse cristianos. En aquel tiempo, bautizarse y entrar en la comunidad era una decisión radical que transformaba la vida. Quizá, ahora, salir de la zona de confort personal, social, elegir salir de una religión acomodada y burguesa, no tiene nada que ver con un cambio de lugar, de entorno, sino con una nueva posición ante la vida, ante la Trascendencia y ante la realidad que vivimos y somos.

Pero no nos ocurre sólo a nivel personal. También comunidades, iglesias, instituciones, grupos humanos y religiosos han decidido vivir con el fuego escondido para hacerlo inofensivo, rendido ante las injusticias reales, en una apatía gigante ante las grandes desigualdades y marginaciones humanas por temor a perder el «status».  Jesús sabía que podría ser causa de división entre los muchos adeptos del inmovilismo. Por eso despertó la ira de los funcionarios del templo y de todos los que se consideraban amos de la verdad. El fuego que trae Jesús, ese que todos llevamos dentro en pequeñas ascuas, no es aceptado ni comprendido por quienes sirven y aman por obligación moral, por quienes están saturados de doctrinas y/o deseosos de poder.

Este texto tan duro puede ser un aviso para que nos planteemos la dirección de nuestras decisiones de cada día. No se trata de crear divisiones y disputa allá donde vayamos. Se trata más bien de vivir la vida y la fe como una opción arriesgada y aceptar pagar un alto precio, en numerosas ocasiones, por vivir en verdad y honestidad. Que cada uno (a) mire su saldo de fuerza para vivir este fuego de la autenticidad, coherencia, libertad y capacidad de transformación de nuestro mundo y de nuestros pequeños mundos.

¡No nos encerremos en un confinamiento personal, social, eclesial, para no dar los grandes o pequeños pasos a los que nos mueve este Fuego liberador!

Rosario Ramos

Comentario – Domingo XX de Tiempo Ordinario

(Jn 6, 51-59)

Los evangelios suelen presentarnos un Jesús paciente, que habla de amor, que invita al perdón y a la comprensión. El mismo evangelio de Lucas, al que pertenece este texto, pone el acento en las delicadezas de Jesús y en su mensaje de misericordia.

Pero esa sería una visión parcial, que podría llevarnos a imaginar a Cristo como un ser desprovisto de firmeza, como alguien sin decisión ni convicciones sólidas, y hasta poco masculino. Esa imagen no motiva ciertamente a una conversión seria, a tomar el camino de Dios como una opción que se apodera de toda la vida y que merece una decisión valiente y apasionada.

Por eso este texto es sumamente importante. Jesús quiere derramar un fuego que purifique: él no resiste los egoísmos, las mediocridades, la falsedad, la falsa paz. El encuentro con Dios cuando es verdadero quema (Is 1, 25; 4, 4; 9, 17; Zac 13, 9), quiere quitarnos esa comodidad a la que nos aferramos cuando nos apegamos a nuestras imperfecciones.

Pero una fe que rechaza las purificaciones y los desafíos no es más que un barniz de religiosidad, una apariencia piadosa que no alcanza ni siquiera para ocultar el vacío de una vida sin sentido.

Y Jesús ansia recibir su bautismo, que es la Pasión (Mc 10, 38-39); porque la Pasión del Señor será causa de división. Unos no la tolerarán y tomarán a Cristo como un fracasado, y otros deberán aceptar al Cristo crucificado con todas las consecuencias que eso implique.

En el evangelio de Lucas encontramos ese anuncio de Cristo como causa de contradicción (2, 34-35). Y habrá que optar por él aun cuando los lazos familiares exijan otra cosa. Él está por encima de una falsa paz familiar, y ningún discípulo puede avergonzarse de él y negarlo aun cuando los mismos parientes se opongan a su fe. La opción por Cristo es cosa seria.

Oración:

«Derrama tu fuego Señor, quema los ídolos que dominan mi vida y la hunden en el vacío, y le quitan el gozo, y paralizan el dinamismo de la entrega. Infunde en los creyentes la decisión y el coraje para tomar en serio el mensaje del evangelio con todas sus consecuencias».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Sin lucha la vida es imposible

Como colofón a la larga instrucción sobre la confianza y la vigilancia, Jesús habla brevemente de sí mismo de una manera enigmática. ¿Qué clase de fuego trae al mundo? ¿Qué significa ese bautismo? ¿De qué paz está hablando? Son frases que no es fácil colocar en un contexto que las hagan significativas para nosotros. Debemos estar muy atentos para no llegar a conclusiones descabelladas.

No se trata de un fuego destructor, como el que provocó Elías o como el que anunciaba el Bautista. Se trata del fuego que purifica y da Vida. Jesús viene a traer fuego, pero nosotros nos defendemos con uñas y dientes contra todo lo que pueda consumir nuestro yo. El bautismo era signo de pruebas terribles, las aguas caudalosas del AT que destruyen todo lo que encuentran a su paso. Está haciendo clara alusión a su muerte, la gran prueba que demostrará la autenticidad de su ser.

¿Cómo podremos armonizar estas palabras: “no he venido ha traer paz, sino división”, con aquellas otras: «La paz os doy, mi paz os dejo?» La primera lectura nos habla de la guerra que le hicieron a Jeremías por ser auténtico. Pablo nos habla de la guerra que debemos hacernos a nosotros mismos. Todo lo que hay de terreno y caduco en nosotros debe ser demolido para que surja lo eterno. Solo de esa manera podemos alcanzar la verdadera consumación a la que estamos llamados.

1.- Tenemos en primer lugar la paz romana, que se consigue con violencia. Los romanos, cuando conquistaban un país, ponían allí sus tropas, y nadie se movía. Es una paz que nace de la injusticia, nunca puede ser auténtica ni duradera. Es una paz injusta. Es una paz que se sigue dando también hoy, a escala internacional y a escala doméstica. Por ejemplo la paz que existe en muchos matrimonios, porque uno de los miembros está anulado y ya no tiene posibilidad de rechistar.

2.- Existe otra clase de paz que podíamos llamar la paz justa: Es la que se da entre personas o países que dialogan, que defienden posturas distintas, pero que saben atender y respetar los derechos de los demás. Sería un equilibrio de intereses que puede impedir la guerra. Solo por eso sería una paz positiva, aunque no se trata de la verdadera paz, porque no es suficiente evitar los conflictos para alcanzar la paz.

3.- La paz que equivaldría a la ausencia de problemas. ¡Que me dejen en paz! ¡Mucho cuidado! Es una trampa. Es la paz de los cementerios. Es una paz que anula la vida, porque la vida es, por naturaleza, lucha, superación de obstáculos. Si llegáramos a conseguir esa paz y en la medida que la consigamos, dejamos de vivir, estamos ya muertos. Incluso la vida biológica es constante lucha. Mucho más la Vida trascendente exige de nosotros una actitud de constante superación.

4.- La paz que Jesús propone es el equilibrio que un ser humano alcanza cuando es lo que tiene que ser sin dejarse arrastrar por las fuerzas que tienden a deteriorar su humanidad. Esta es la autentica paz. Esta es la paz (Shalom) que los judíos se deseaban al saludarse y al despedirse. Esta es la base de la paz verdadera. Esa armonía con uno mismo lleva a estar en armonía con los demás y con Dios. Esta paz es la consecuencia de un descubrimiento de lo trascendente en nuestro ser.

Tenemos paralelamente cuatro clases de guerra que debemos analizar:

1.- La guerra que se hace para someter al otro, para subyugarlos y utilizarlo, para ponerlo a nuestro servicio y anularlo como persona libre. Es la ley de la selva. Es el fruto del egoísmo más feroz. Surge siempre que utilizamos la superioridad biológica, mental o psicológica para machacar al otro. Es la guerra más frecuente y dañina.

2.- La guerra que hace el que está sometido, para salir de su situación. A primera vista, parece lo más natural del mundo, pero hay que tener mucho cuidado de no caer en la misma violencia contra la que se lucha. La Iglesia ha bendecido a través de la historia cañones y bombardas. Y sin embargo todo el evangelio es un canto a la no-violencia, que supera la opresión sin entrar en su misma dinámica. Esta actitud es la clave del mensaje de Jesús: ni oprimir a nadie ni dejarse oprimir.

3.- La guerra que hace el egoísta a otro solo por ser auténtico. Esta guerra no debemos provocarla, pero tampoco debemos temerla. Esto no es fácil, porque, la mayoría de las veces, actuamos pensando más en nuestro falso yo que en nuestro verdadero ser. Con frecuencia, lo que determina que obremos de una o de otra manera, es la respuesta que vamos a obtener de los demás. Si tratamos de no molestar a los demás, antes o después dejaremos de ser auténticos.

4.- La guerra de la que habla Pablo, la que debemos hacernos a nosotros mismos. Dentro del ser humanos existen fuerzas que le mantienen en tensión. Tenemos que pelear contra aquellas partes de nosotros mismos que nos impiden alcanzar mayor humanidad. Con frecuencia caemos en la trampa de creer que los instintos son malos. Para nada. Solo el ser humano es capaz de tergiversar los instintos y hacerlos malos poniéndolos al servicio del falso yo y deteriorándose como humano.

Con todos estos datos, cada uno podrá descubrir, qué paz hay que buscar y qué paz hay que evitar, qué guerra debemos evitar a toda costa, y qué “guerra” debemos aceptar como la cosa más natural del mundo. Pero debemos estar muy atentos, porque la diferencia es a veces muy sutil. El falso yo que creemos ser puede hacernos creer que estamos luchando por nuestro bien y solo estamos potenciando ese falso ser. Si no tomamos conciencia de la diferencia, la guerra está perdida.

Jesús se presenta como la misma causa del conflicto. La actitud de Jesús no es la causa de la división. Jesús no viene a garantizar una paz exterior como esperaban lo judíos de su Mesías. La paz o la guerra exterior no afectarán para nada a la interioridad de los que le sigan. Mi paz os doy, pero yo no la doy como la da el mundo, dijo Jesús con toda claridad. La paz de Jesús consistiría en alcanzar una armonía interna, más allá de las luchas que toda vida proporciona.

En resumen podíamos decir que en estos versículos se presenta la figura de Jesús como el modelo de ser humano. Debemos afrontar toda nuestra vida como un bautismo, como una inmersión en aguas abismales que en la tradición judía son el signo de lucha y sufrimiento. Pero ese fuego y ese bautismo son positivos porque de ellos surgirá la verdadera paz. Las tensiones e incluso rupturas violentas no las origina Jesús, sino los que deciden rechazarle.

Fray Marcos

Lectio Divina – Domingo XX de Tiempo Ordinario

He venido a prender fuego a la tierra…

INTRODUCCIÓN

“El fuego de una persona se ve en sus ojos. El de Jesús era tremendamente cálido cuando miraba a aquel hombre excluido por la lepra, a la mujer condenada por adulterio, aquella otra con hemorragias, apartada de toda relación, a Pedro después que le abandonó. En las miradas que les regaló, pudieron ellos volver a encender sus vidas. “Era un fuego ardiente dentro de sus huesos y, aunque intentaba contenerlo, no podía” (Jer. 20,9). (Mariola López).

LECTURAS BÍBLICAS

1ª lectura: Jeremías 38,4-6.8-10         2ª lectura: Hebreos 12,1-4

EVANGELIO

Lucas 12,49-53 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!  ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra.

REFLEXIÓN

El evangelio de hoy resulta desconcertante si lo queremos entender al pie de la letra. “He venido a traer fuego a la tierra” ¿Acaso Jesús es un pirómano? “No he venido a traer la paz sino la guerra” ¿En qué quedamos? ¿No es la “paz” la primera palabra que resonó en Belén en el nacimiento de Jesús y  la primera que nos trajo el Espíritu Santo  después de la Resurrección? “Debo ser bautizado con un bautismo de sangre”. ¿Está invitando Jesús a sus comunidades cristianas a un baño de sangre a causa de las guerras de religión? ¡No! Hay que entender estas palabras en el mismo sentido simbólico que fueron dichas.

1.- HE VENIDO A TRAER FUEGO A LA TIERRA. No olvidemos que Dios se manifestó a Moisés en el desierto en una “Zarza que ardía sin consumirse”. Y es una imagen fantástica, sugerente, evocadora. Un Dios que arde en llamaradas de amor; un amor que no puede acabarse ni consumirse. Cuando Jesús nos dice que desea que “todo este mundo esté ardiendo” nos está diciendo que un mundo ardiendo en llamaradas de amor, sería el verdadero sueño de Dios. El amor es el verdadero motor de la vida. Una persona no es nada si no es amada por otra. Vivimos para amar y ser amados. Y el único mandamiento que nos dejó Jesús, como su testamento antes de morir, fue éste: “Amaos unos a otros como Yo os he amado”. Un mundo donde el amor sea su pan, su vino, su aire, su sol, su suelo, su cielo…

2.- NO HE VENIDO A TRAER LA PAZ. Quiere decir que Jesús no ha venido a traer cualquier tipo de paz, sino la auténtica, la definitiva, la que es el cúmulo de todos los bienes (Shalom). A Jesús no le va la paz como “mera ausencia de guerras”. Es eso y mucho más. ¿Un matrimonio  está en paz cuando no se tira los trastos a la cabeza? La paz es fruto de la justicia, de la equidad, de la solidaridad,  del amor. Tampoco le gusta a Jesús la “paz de los cementerios”. Allí hay mucha paz, pero no hay vida. Cuando en un matrimonio, o en un colectivo cualquiera se dice: “Ese tema no se puede tocar” ¡Ni nombrarlo! ¡Así habrá paz! ¿Cómo se puede construir la paz con miedo a la verdad? Según Jesús, hay que desenmascarar las “falsas paces” y vivir la paz que nos ofrece el Evangelio.

3.- HE VENIDO A PONER DIVISION. Jesús ha venido precisamente a lo contrario.  ¿Qué quiere decir Jesús con estas palabras enigmáticas? En esta vida está mezclado el bien y el mal; la verdad y la mentira; el odio y el amor. Y a Jesús le toca la tarea de dividir, aclarar, poner las cosas en orden. Con Jesús se crea una nueva humanidad, un modo nuevo de ser persona. Jesús viene a apoyar todo lo que es bueno para que la persona crezca, madure, se realice, llegue a plenitud. Los que siguen este camino, necesariamente deben separarse de los que se sienten bien en la otra manera de vivir: acumulando, avasallando, pisoteando los derechos de los demás, siendo ellos los importantes. Para Jesús no es lo mismo la fidelidad que la infidelidad; no es lo mismo la honestidad o la corrupción; no es lo mismo la generosidad que la avaricia etc. Jesús viene a clarificar lo que está bien y lo que está mal. No todo es igual. Y en los que entren en su grupo, deben optar por el nuevo proyecto de Jesús. Si a eso se llama “división” pues bendita la división que nos separa del mal y nos pone en el camino del bien.

PREGUNTAS

1.- ¿Estoy dispuesto a crear un mundo que “arda” en llamaradas vivas de amor?

2.- ¿Estoy dispuesto a luchar contra tantas “paces” camufladas, engañosas y vivir en la paz que trae Jesús?

3.- ¿Quiero clarificarme por dentro y cortar por lo sano con un mundo roto, corrupto, injusto, desleal? ¿A qué me comprometo?

ESTE EVANGELIO, EN VERSO, SUENA ASÍ:

Jesús proclama un Mensaje
que, más que beso, es «hoguera».
Él vino, con su Evangelio,
a traer «fuego» a la tierra.
Ya lo dijo Simeón:
«El Niño será bandera
de división», entre gente
que piensa de otra manera.
El Mensaje de Jesús
no produce «indiferencia»:
Unos aceptan su «paz»,
otros le juran la «guerra».
A Jesús y a su Evangelio
es difícil dar respuesta
porque chocan dos estilos
de entender nuestra existencia.
En el mundo, en las familias,
hay opiniones diversas:
Muchos no creen en Dios
y le oponen resistencia.
Nosotros, Señor, tomamos
un compromiso a conciencia.
Hemos optado por Ti
con todas sus consecuencias.
Señor, buscando tu “paz”
Rezamos en tu presencia.
Queremos ser “brasas nuevas”
En la hoguera de tu Iglesia.

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

ORACIÓN POR LA PAZ.

Señor Jesús, ten piedad de nosotros y concédenos la paz y la unidad, no permitas que nos soltemos de tus manos y danos un corazón capaz de amar como tú nos amas. María Madre nuestra, auxílianos en estas difíciles horas de la tribulación, se nuestra fuerza y consuelo. Cúbrenos con tu manto y que la sangre de tu bendito Hijo nos proteja de todo mal.

Un evangelio climáticamente incorrecto

En el contexto de tres olas de calor extremo y de numerosos incendios forestales, parece de mal gusto que Jesús se presente como un gran pirómano ansioso de pegar fuego al mundo. Y no para ahí la cosa. Los europeos concebimos el mes de agosto como un momento de vacaciones, de descanso, al menos para muchos. Y las lecturas de este domingo no ayudan a descansar. Comienzan hablando del profeta Jeremías, arrojado a un aljibe para que muera (1ª lectura). Sigue la carta a los Hebreos hablando de Jesús, que soportó la cruz, y nos recuerda que todavía no hemos derramado sangre en nuestra lucha con el pecado (2ª lectura). Y el evangelio, al deseo de Jesús de pegar fuego al mundo, añade que no ha venido a traer paz, sino división, incluso en el ámbito más íntimo de la familia.

No sé qué se atreverán a decir muchos sacerdotes en la homilía. Algunos quizá opten por el sabio consejo: “En tiempo de sandías, no hay homilía”. Pero ofrezco algunas ideas a cualquiera que desee conocer mejor los textos.

Después de las enseñanzas de los domingos anteriores sobre la oración, la riqueza, la vigilancia, centradas en lo que nosotros debemos hacer, en el evangelio de este domingo Jesús nos sorprende hablando de sí mismo: de su misión y su destino. Lo hace con un lenguaje tan enigmático que los comentaristas discuten desde los primeros siglos el sentido de estas palabras.

Presupuesto necesario para entenderlo es conocer la mentalidad apocalíptica, de la que Jesús participa en cierto modo. Según ella, el mundo malo presente tiene que desaparecer para dar paso al mundo bueno futuro, el Reinado de Dios.

Lucas va a introducir algunos cambios importantes en esta mentalidad, reuniendo tres frases pronunciadas por Jesús en diversos momentos: la primera y la tercera hablan de la misión de Jesús (prender fuego y traer división); la segunda, de su destino (pasar por un bautismo). Esta forma de organizar el material (misión – destino – misión) es muy típica de los autores bíblicos.

La misión: prender fuego

He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!

Lo primero que viene a la mente es un campo ardiendo, o el fenómeno frecuente en la guerra del incendio de campos, frutales, casas, ciudades… Esta idea encaja bien en la mentalidad apocalíptica: hay que poner fin al mundo presente para que surja el Reino de Dios. Esta interpretación me parece más correcta que relacionar el fuego con el Espíritu Santo.

El destino: la muerte

Tengo que pasar por un bautismo.

También esta imagen es enigmática, porque “bautizar” significa normalmente “lavar”; por ejemplo, los platos se “bautizan”, es decir, se lavan. Esa idea la aplica Juan Bautista al pecado: cuando la persona se sumerge en el río Jordán, se lavan sus pecados; al mismo tiempo, simbólicamente, la persona que entra en el agua muere ahogada y sale una persona nueva. El bautismo equivale entonces a la muerte y el paso a una nueva vida. Así lo usa Jesús en un texto del evangelio de Marcos, cuando dice a Juan y Santiago: ¿Sois capaces de beber la copa que yo he de beber o bautizaros con el bautismo que yo voy a recibir? (Mc 10,38). Jesús ve que su destino es la muerte para resucitar a una nueva vida.

La misión: dividir

¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.

Estas palabras se podrían interpretar como simple consecuencia de la actividad de Jesús: su persona, su enseñanza y sus obras provocan división entre la gente, como ya había anunciado Simeón a María: este niño “será una bandera discutida”.

Pero Jesús habla de una división muy concreta, dentro de la familia, y eso favorece otra interpretación: Jesús viene a crear un caos tan tremendo (simbolizado por el caos familiar), que Dios tendrá que venir a destruir este mundo y dar paso al mundo nuevo. Parece una interpretación absurda, pero conviene recordar lo que dice el final del libro de Malaquías: “Yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible: reconciliará a padres con hijos, a hijos con padres, y así no vendré yo a exterminar la tierra” (Mal 3,23-24). De acuerdo con estas palabras, Dios ha pensado exterminar la tierra en un día grande y terrible. Sin embargo, para no tener que hacerlo, decide enviar al profeta Elías, que restablecerá las buenas relaciones en la familia (padres con hijos, hijos con padres), como símbolo de las buenas relaciones en la sociedad: la situación mejora y Dios no se ve obligado a exterminar la tierra.

Jesús dice todo lo contrario: hace falta acabar con este mundo, y por ello él ha venido a traer división en el seno de la familia.

La unión de las tres frases

¿Qué quiere decirnos Lucas uniendo estas tres frases? Que Jesús anhela y provoca la desaparición de este mundo presente para dar paso al Reinado de Dios, pero que ese cambio está estrechamente relacionado con su muerte.

¿Tiene sentido todo esto para nosotros?

Este mensaje apocalíptico resulta lejano al hombre de hoy. De hecho, Lucas lo matiza y modifica en el libro de los Hechos de los Apóstoles: los cristianos no debemos estar esperando el fin del mundo, aunque pidamos todos los días que “venga a nosotros tu reino”; nuestra misión ahora es extender el evangelio por todo el mundo, como hicieron los apóstoles. Y la idea de la segunda venida de Jesús cede el puesto a una distinta: el triunfo de Jesús, glorificado a la derecha de Dios.

* * *

Por una feliz casualidad, la segunda lectura ofrece cierta relación con el evangelio: el destino de Jesús sirve de ejemplo a los cristianos. La imagen de partida es fácil de entender para los antiguos cristianos, conocedores de las Olimpiadas griegas: un estadio lleno de espectadores que contemplan el espectáculo.

Jesús, como cualquier atleta, se entrena duramente, en medio de grandes renuncias y sacrificios; sabe, además, que competirá en un ambiente adverso, hostigado y abucheado por los espectadores. Pero no se arredra: renuncia a pasarlo bien, aguanta, soporta, y termina triunfando.

Ahora nos toca a nosotros coger el relevo. Hay que despojarse de todo lo que estorba, correr la carrera sin cansarse ni perder el ánimo. Incluso en una época de descanso y vacaciones, es bueno recordar el ejemplo de Jesús, su entrega plena.

José Luis Sicre

Con todo tu corazón

Hace un par de semanas, la parábola del fariseo y del publicano nos llevó a considerar la humildad cristiana; una de las virtudes más incomprendidas –veíamos– en el mundo moderno. Hoy, este doble pasaje de San Lucas (el primer mandamiento y la parábola del buen samaritano) conduce nuestra reflexión hacia la caridad –el mandato nuevo de Cristo-. Y aquí sucede tres cuartos de lo mismo: el mundo no sabe qué es la caridad predicada por Cristo. Creo haber leído en alguna parte más o menos estas palabras: “Si hemos de iniciar la penosa labor para el retorno a una sociedad verdaderamente cristiana, nada parece de mayor importancia que dar al hombre moderno una idea correcta de la caridad”. Oigamos, pues, a Jesús que nos la explica en el Evangelio de la Misa de hoy qué es el Amor, con mayúscula.

Este es el mandamiento divino: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo”. La segunda parte del precepto fue después elevada por el mismo Cristo a un grado más alto, al que llamó mandatum novum, el mandamiento nuevo: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. Y los teólogos han acuñado la definición de la virtud de la caridad: “Amor a Dios y al prójimo por Dios”. Tiene, pues, la caridad un doble objeto: Dios y los hombres. Pero un único motivo, una única fuerza motriz: Dios mismo, su Amor: ¡Él nos amó primero! A Dios le ama el cristiano por sí mismo, por su Bondad infinita que le llevó a hacerse Hombre con nosotros: “por ser vos quien sois”, que decimos desde niños al recitar el acto de contrición. Y a los demás hombres –a todos los hombres– les ama el cristiano “por Dios”: es decir, porque participan de la bondad divina (aunque muchas veces no se ve por dónde…) y son también hijos de Dios.

¿De dónde viene esta capacidad, esta fuerza para amar a Dios y al prójimo por Dios? De Dios mismo: es un Don de Dios. Al recibir la gracia santificante, con ella recibimos las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Por tanto, la caridad, en la que radica la perfección de la vida cristiana, es una virtud esencialmente sobrenatural, es decir, regalada sin mérito por nuestra parte, puesta por Dios gratuitamente en el alma.

La caridad conecta, ciertamente, con profundas aspiraciones del ser humano, pero como tal no puede existir sin la fe y la esperanza; cosa que se olvida con frecuencia y se habla de la “caridad” de los paganos o de los ateos, utilizando el nombre de esta virtud, que es un don de Dios, para designar una simple actitud humanitaria o un desvaído sentimiento de camaradería.

No puede, pues, haber caridad separada de Dios, porque es Dios mismo quien pone esa semilla sobrenatural en el alma. Por eso, la verdadera caridad –la caridad cristiana– es inmensamente superior a todo humanitarismo. El cristiano –hombre de fe y de esperanza, basándose en su amor a Dios, ama a su prójimo con el amor de Dios. Lo demás no es caridad, no es verdadero amor: es “otra cosa”. Porque la razón de que los hermanos se amen entre sí no puede ser otra que el común amor al mismo Padre: “vuestro Padre, que está en los cielos…”.

Y sin embargo, esta virtud de la caridad –que es sobrenatural: queda bien claro– es, a la vez profundamente humana. El hombre es una unidad: lo divino no puede separarse de lo humano. De ahí que el acto “sobrenatural” de caridad se expresa normalmente en hechos sencillos y corrientes: humanos, “naturales”. No queda confinada la caridad a una vaporosa esfera espiritual: su campo de acción es, por el contrario, la vida ordinaria: la familia, el trabajo, el deporte, la vida de relación. Hechos de la vida corriente —por ejemplo, atender a un herido en la carretera—, que Jesús ilustró con esa maravillosa parábola del buen samaritano. Sugiero releerla y meditarla a lo largo de la semana.

Pedro Rodríguez

Ser realista

En una reunión de un grupo de trabajo para preparar un evento diocesano, se iban dando ideas y se hacían propuestas ambiciosas, que “sobre el papel” quedaban muy bien; pero uno de los miembros del grupo señaló las dificultades, problemas y consecuencias que conllevaría la ejecución de algunas de esas propuestas. Y el resto le dijo que “tenía que ser positivo y no pensar en los aspectos negativos”. Esta situación se repite a menudo y es una de las características de la sociedad actual: se huye de todo lo que signifique problemas, contrariedades, dificultades… y, cuando alguien es realista y señala esos aspectos no tan positivos, se le tacha de agorero o “cenizo”.

Es lo que le ocurrió al profeta Jeremías. A él le hubiera gustado poder ofrecer mensajes felices y pacíficos, pero la realidad que vivió le obligó a decir la verdad, aunque no gustase. Tuvo que sufrir mucho al denunciar la mala conducta del pueblo y anunciar la ruina de la ciudad de Jerusalén, que al final acabó ocurriendo. Y por ser realista, como hemos escuchado en la 1ª lectura, los dignatarios dijeron al rey: Hay que condenar a muerte a ese Jeremías, pues, con semejantes discursos, está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad y al resto de la gente. Ellos se apoderaron de Jeremías y lo metieron en el aljibe…

Jeremías experimentó en propia carne que ser realista y decir la verdad conlleva ser rechazado, también por los más cercanos, como hemos escuchado en el Evangelio: Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres…

La Palabra de Dios de este domingo nos invita a ser realistas, a “ser profetas”, y no callar ante los engaños, edulcoraciones y escapismos que tratan de ocultar la verdad de la realidad, por dura que ésta sea. Es cierto, como dijo san Juan XXIII en el discurso de apertura del Concilio Vaticano II, que “algunas personas… carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina […] Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente”. (11 de octubre de 1962)

Pero una cosa es ser “profeta de calamidades” y otra cosa es “ser profeta”, como lo fue Jeremías, porque “ser profeta” conlleva denunciar la realidad pero ofreciendo a la vez propuestas de transformación de esa misma realidad, como también hizo Jeremías, que proponía al pueblo, de parte de Dios, el camino para salir de la situación en la que se encuentran, aunque ese camino no fuera de su agrado, aunque el camino a seguir suponga “romper” con lo conocido y habitual.

Desde ahí cobran sentido las sorprendentes palabras de Jesús que hemos escuchado en el Evangelio. Jesús, que se había presentado a sí mismo como manso y humilde de corazón (cfr. Mt 11, 29), dice hoy algo que parece contradecirlo: He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Jesús no es ese personaje bonachón y acaramelado que a veces hemos presentado. Jesús ofrece la salvación de todos, y para ello hace falta “quemar” todo lo que impide la conversión y seguir su camino. Evidentemente, Jesús no está hablando del “fuego” que Santiago y Juan querían hacer bajar sobre los samaritanos (cfr. Domingo XIII – C), sino del fuego del Espíritu Santo, el fuego que “hace arder nuestros corazones” (cfr. Lc 24, 32) y nos impulsa a la misión, a la acción evangelizadora y transformadora.

¿Soy de los “positivos”, o soy realista? En el Bautismo somos ungidos “sacerdotes, profetas y reyes”: ¿Desempeño esta función profética? ¿Me ha acarreado algún problema, algún conflicto con otras personas? ¿Soy profeta de calamidades o, por dura que sea la realidad, propongo pistas de acción desde la Palabra de Dios? ¿Dejo actuar en mí el fuego del Espíritu?

La verdad de la realidad en la que estamos inmersos es demasiado dura como para apartar la mirada o no actuar en ella. Jesús fue realista y nosotros, sus discípulos misioneros, debemos serlo, como lo fue Jeremías y tantos que, a lo largo de la historia, han ofrecido el camino de Dios en medio de incomprensiones, persecuciones y martirios. Por eso, como decía la 2ª lectura: Teniendo una nube tan ingente de testigos, corramos, con constancia, en la carrera que nos toca… fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús. Y, desde Él, propongamos caminos de salvación que podremos recorrer si nos dejamos guiar por el fuego y la fuerza del Espíritu Santo.

Comentario al evangelio – Domingo XX de Tiempo Ordinario

OJALÁ ESTUVIERA YA ARDIENDO


               La segunda lectura de hoy comenzaba así: Hermanos, una nube ingente de espectadores nos rodea. Se refiere a los grandes personajes del AT de los que ha venido hablando en capítulos anteriores.  A ellos nosotros podríamos añadir otra lista, seguramente más larga, de testigos y santos que se han jugado el pellejo por ser fieles al Señor. En su gran mayoría fueron personajes incómodos para su tiempo, por su estilo de vida y por los valores que intentaban vivir con radicalidad: el puro Evangelio. No pocas veces encontraron oposición y rechazo dentro de la propia Iglesia.

            Todos esos espectadores están contemplándonos, como preguntándonos: «¿Y vosotros qué?¿estáis corriendo la carrera que os toca? ¿tenéis puestos los ojos fijos en Jesús o en otras cosas?».  Porque al mirarle se hace evidente que soportó la cruz y el desprecio, y la oposición de los pecadores. Porque el Reino que él anunciaba y al que dio comienzo… provocó y provoca el rechazo de muchos.

          El Jesús que nos encontramos en el Evangelio de hoy es muy poco «dulce», bastante intranquilizador y que plantea las cosas claras: ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz?  No, sino división. Y también: He venido a prender fuego en el mundo.  Es decir: Que seguir a Jesús no es cómodo, no es tranquilo, no estamos exentos de desprecios y rechazos, como tampoco lo estuvo él. Por ejemplo: Hay que estar dispuesto a beber el mismo cáliz que él bebió; hay que negarse a sí mismo, tomar la cruz y seguirle cada día. Por eso son muy relevantes las palabras de la carta a los Hebreos: Quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata.

             Y es que hoy, los cristianos necesitamos bastantes dosis de aguijón, salir de nuestra mediocridad.  No basta con ser buenas personas o no hacer cosas mal vistas; no es suficiente con ir a misa los domingos y rezar un poco de vez en cuando o hacer alguna obra de caridad.  Tenemos que convertirnos en profetas, al estilo de Jeremías, y hacer oír nuestra voz:

          – Hacen falta cristianos que se tomen en serio el mundo de la política, donde nos jugamos tantas cosas, y nos muestren lo que es la ética, honestidad y la vocación de trabajar generosamente por los demás.

– Hace falta que los cristianos se impliquen mucho más en la educación de los niños y jóvenes: los planes de estudios, las materias a las que se da prioridad y a las que no, los sistemas de evaluación…

– Es necesario que se oiga mucho más la voz de los cristianos en el mundo del trabajo y de los sindicatos y de los medios de comunicación.

– Es urgente que los cristianos unamos nuestras voces y acciones en la defensa de la vida en todas sus dimensiones y de la ecología

– El mundo de hoy necesita testigos del amor, cristianos que vivan muy en serio el sacramento del matrimonio y demuestren que, con ayuda de Dios, se puede ser fiel y feliz

– Hace falta poner freno a este consumo desenfrenado que se hace a costa de los países más pobres y de la gente más pobre, y en el que la riqueza esté en muy pocas manos

– Los cristianos tenemos mucho que enseñar sobre lo que significa la tolerancia, ya que sabemos que todos los hombres somos hermanos, por encima de razas, religiones, sexo y opciones personales.

– Es necesario que los cristianos demos ejemplo de cómo se puede querer y cuidar a nuestros mayores, a los enfermos, y a los marginados de todo tipo. Que se nos vea participar en voluntariados y acciones solidarias.

– Necesitamos que los que nos llamamos cristianos, no nos avergoncemos de serlo y expresarlo, que no nos lo guardemos para dentro, y que construyamos una Iglesia y unas comunidades cristianas mucho m´s participativas y bastante menos clericales (sinodalidad)

          Las palabras «ardientes» de Jesús en el Evangelio brotan de un corazón apasionado, que desea grandes cambios, que quiere purificar (destruir) con el fuego del Espíritu todo lo que no es de Dios, todo lo que impide el avance del Reino, todo lo que no es proyecto de Dios. Y ese corazón apasionado... le llevará hasta la Pasión (su bautismo de fuego).

          Este mundo necesita un vuelco. Necesita discípulos de Jesús más comprometidos y renovadores. Mientras haya tanto sufrimiento, tanta injusticia, tanto «antirreino», no podemos vivir conformados, amodorrados, en el «limbo». ¡Ay si hablan bien de vosotros!, decía Jesús. Pues no: tendremos que plantar cara a quien sea, incluso dentro de la propia familia, entre los amigos, y hasta dentro de la propia Iglesia, porque hay muchas opciones y estilos de vida, y opiniones y criterios… incompatibles con el Evangelio.

       Termino con estas palabras de Hebreos: «No os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado». Contra el pecado del mundo, y el pecado de «conformarnos» y dejarlo todo como está. Corramos, con constancia, en la carrera que nos toca.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf