Ser realista

En una reunión de un grupo de trabajo para preparar un evento diocesano, se iban dando ideas y se hacían propuestas ambiciosas, que “sobre el papel” quedaban muy bien; pero uno de los miembros del grupo señaló las dificultades, problemas y consecuencias que conllevaría la ejecución de algunas de esas propuestas. Y el resto le dijo que “tenía que ser positivo y no pensar en los aspectos negativos”. Esta situación se repite a menudo y es una de las características de la sociedad actual: se huye de todo lo que signifique problemas, contrariedades, dificultades… y, cuando alguien es realista y señala esos aspectos no tan positivos, se le tacha de agorero o “cenizo”.

Es lo que le ocurrió al profeta Jeremías. A él le hubiera gustado poder ofrecer mensajes felices y pacíficos, pero la realidad que vivió le obligó a decir la verdad, aunque no gustase. Tuvo que sufrir mucho al denunciar la mala conducta del pueblo y anunciar la ruina de la ciudad de Jerusalén, que al final acabó ocurriendo. Y por ser realista, como hemos escuchado en la 1ª lectura, los dignatarios dijeron al rey: Hay que condenar a muerte a ese Jeremías, pues, con semejantes discursos, está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad y al resto de la gente. Ellos se apoderaron de Jeremías y lo metieron en el aljibe…

Jeremías experimentó en propia carne que ser realista y decir la verdad conlleva ser rechazado, también por los más cercanos, como hemos escuchado en el Evangelio: Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres…

La Palabra de Dios de este domingo nos invita a ser realistas, a “ser profetas”, y no callar ante los engaños, edulcoraciones y escapismos que tratan de ocultar la verdad de la realidad, por dura que ésta sea. Es cierto, como dijo san Juan XXIII en el discurso de apertura del Concilio Vaticano II, que “algunas personas… carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina […] Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente”. (11 de octubre de 1962)

Pero una cosa es ser “profeta de calamidades” y otra cosa es “ser profeta”, como lo fue Jeremías, porque “ser profeta” conlleva denunciar la realidad pero ofreciendo a la vez propuestas de transformación de esa misma realidad, como también hizo Jeremías, que proponía al pueblo, de parte de Dios, el camino para salir de la situación en la que se encuentran, aunque ese camino no fuera de su agrado, aunque el camino a seguir suponga “romper” con lo conocido y habitual.

Desde ahí cobran sentido las sorprendentes palabras de Jesús que hemos escuchado en el Evangelio. Jesús, que se había presentado a sí mismo como manso y humilde de corazón (cfr. Mt 11, 29), dice hoy algo que parece contradecirlo: He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Jesús no es ese personaje bonachón y acaramelado que a veces hemos presentado. Jesús ofrece la salvación de todos, y para ello hace falta “quemar” todo lo que impide la conversión y seguir su camino. Evidentemente, Jesús no está hablando del “fuego” que Santiago y Juan querían hacer bajar sobre los samaritanos (cfr. Domingo XIII – C), sino del fuego del Espíritu Santo, el fuego que “hace arder nuestros corazones” (cfr. Lc 24, 32) y nos impulsa a la misión, a la acción evangelizadora y transformadora.

¿Soy de los “positivos”, o soy realista? En el Bautismo somos ungidos “sacerdotes, profetas y reyes”: ¿Desempeño esta función profética? ¿Me ha acarreado algún problema, algún conflicto con otras personas? ¿Soy profeta de calamidades o, por dura que sea la realidad, propongo pistas de acción desde la Palabra de Dios? ¿Dejo actuar en mí el fuego del Espíritu?

La verdad de la realidad en la que estamos inmersos es demasiado dura como para apartar la mirada o no actuar en ella. Jesús fue realista y nosotros, sus discípulos misioneros, debemos serlo, como lo fue Jeremías y tantos que, a lo largo de la historia, han ofrecido el camino de Dios en medio de incomprensiones, persecuciones y martirios. Por eso, como decía la 2ª lectura: Teniendo una nube tan ingente de testigos, corramos, con constancia, en la carrera que nos toca… fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús. Y, desde Él, propongamos caminos de salvación que podremos recorrer si nos dejamos guiar por el fuego y la fuerza del Espíritu Santo.