Vendrán de Oriente y Occidente y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios

Hemos comido y bebido contigo…

Alguien pregunta a Jesús acerca de un tema muy importante para el hombre y la mujer religiosa del judaísmo del siglo I. Probablemente existía una vaga idea sobre la poca cantidad de personas que se salvarían, porque cumplir la Torá para obtenerla era algo realmente difícil sino imposible. Jesús no responde a la pregunta -como es habitual- sino que prefiere exhortar a sus oyentes. Se dirige a todos no solamente al que preguntó. Exhorta a esforzarse… se comprende que la tarea no es fácil porque la puerta es angosta.

Ser discípulo y discípula de Jesús tiene su cuota de esfuerzo, dedicación, y trabajo arduo. A veces, es posible que pensemos que todo “está bien”, que no necesitamos convertirnos, transformarnos, seguir creciendo… Es probable que estemos “muy confiados” con lo que somos y hacemos -cualquiera sea el estado de vida y compromiso que tengamos-. Entonces, si nos dejamos tocar por estas palabras de Jesús y las acogemos seriamente, es imposible no sentirse sacudidos, interpelados: “Señor, ábrenos… si hemos comido y bebido contigo”; “no sé quienes sois… alejaos de mí, malhechores.En el griego la frase es más fuerte: hacedores del mal, obradores de injusticia, labradores de maldad… (ergátai adikías).

Es llamativa la relación de la imagen de la eucaristía con el argumento que dan los que se quedan afuera: comer y beber contigo; has enseñado en nuestras plazas… ¿es suficiente participar de la eucaristía y escuchar las enseñanzas de nuestros pastores? Según el evangelista Lucas: NO. Nuestras experiencias personales y comunitarias nos pueden mostrar la evidencia: podemos comer y beber con el Señor, conocer sus enseñanzas, y sin embargo, seguir obrando maldades e injusticia….

Después de la seria advertencia de Jesús viene una profecía tremendamente consoladora: vendrán muchos del norte y del sur; del oriente y occidente. Y esto conecta claramente con la primera lectura.

Reunir a todas las naciones y lenguas

La profecía del Trito-Isaías es quizá uno de los textos más bellos del cuerpo profético. Se anuncia una salvación universal, no solo para el pueblo de Israel sino para todos los pueblos de la tierra. ¡Y esto es maravilloso! Ese es el Dios en el que creemos los cristianos: un Dios que quiere la salvación de todos los pueblos, sin distinción.

Si tenemos la plena convicción de esto, entonces, no podemos quedarnos tranquilos, quietos o acomodados en nuestros respectivos lugares “de confort”, sino hacer realidad la invitación del Papa Francisco: “ser iglesia en salida…”

Y no porque queremos hacer proselitismo de la institución o la religión sino mas bien, porque queremos compartir la alegría de la salvación, la experiencia del amor misericordioso del Dios de Jesús, la profunda convicción de ser hermanos y hermanas de todos.

Por lo tanto, el corazón del creyente no puede discriminar, excluir, separar, dejar de lado a ninguna persona, cualquiera sea su condición, procedencia, creencia, etc.

Anunciar el Evangelio a toda la creación

El brevísimo salmo de hoy -paradójicamente- es una permanente exhortación a la misión, la evangelización, la predicación, a la pastoral en todas sus formas y posibilidades. Es el bajo continuo que siempre debemos escuchar en todas nuestras celebraciones, oraciones, reuniones, o encuentros.

¿Estás dispuesto a compartir la buena noticia: que la misericordia de Dios es firme y permanece para siempre?

Fr. Edgar Amado D. Toledo Ledezma, OP