Lectio Divina – Viernes XXII de Tiempo Ordinario

“Los discípulos de Juan ayunan… Los tuyos, comen y beben”

1.- Oración introductoria.

Señor, me encanta esta manera que tienes de relacionarnos con Dios. Siempre nos habían dicho que el camino para ir a Dios era el del sacrificio, el de la tristeza, el del ayuno, el de las penitencias. Pero Tú, rompes con todo eso y nos dices que el camino para ir a Dios es el camino del amor. Y el amor es gozo, plenitud, realización, libertad. Gracias, Señor, por esta manera tan positiva, tan fascinante, tan cautivadora que tienes para hablarnos de Dios y de su Reino.

2.- Lectura reposada del evangelio: Lucas 5, 33-39

En aquel tiempo los escribas y fariseos le dijeron a Jesús: Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y recitan oraciones, igual que los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben. Jesús les dijo: ¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán en aquellos días. Les dijo también una parábola: Nadie rompe un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo; de otro modo, desgarraría el nuevo, y al viejo no le iría el remiendo del nuevo. Nadie echa tampoco vino nuevo en odres viejos; de otro modo, el vino nuevo reventaría los pellejos, el vino se derramaría, y los odres se echarían a perder; sino que el vino nuevo debe echarse en odres nuevos. Nadie, después de beber el vino añejo, quiere del nuevo porque dice: El añejo es el bueno.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

La respuesta de Jesús a aquellos fariseos es realmente “sorprendente”. Les viene a decir: Mientras que yo “soy el novio de esta fiesta” no cabe ayunar ni estar tristes. Lo cual significa que Jesús es la fiesta de esta vida. El que está con Jesús no puede estar triste. La tristeza sólo viene cuando Él se va. A los cristianos no nos han enseñado a disfrutar de la vida con Jesús. Jesús ha venido “para que tengamos vida y ésta en abundancia” (Juan 10,10). En este mundo nos acostumbramos a tener vida, a vivir sin grandes pretensiones, a no pedirle demasiado a la vida; pero con Jesús podemos soñar con una vida plena, libre de todo lo que nos estorba, de todo lo que nos ata, de manera que nuestro corazón se quede libre para amar. Los fariseos estaban atados a la ley, a las costumbres, a las tradiciones. Con Jesús llega lo nuevo, el vino nuevo que rompe los odres ya viejos y agrietados del pueblo judío. Vivir con Jesús es como “respirar el aire fresco y puro de la montaña”.

Palabra del Papa

“La libertad cristiana está en la docilidad a la Palabra de Dios. Debemos estar siempre preparados a acoger la «novedad» del Evangelio y las «sorpresas de Dios». La Palabra de Dios, que es viva y eficaz, discierne los sentimientos y los pensamientos del corazón. Y para acoger verdaderamente la Palabra de Dios, hay que tener una actitud de «docilidad». La Palabra de Dios es viva y por eso viene y dice lo que quiere decir: no lo que yo espero que diga o lo que me gustaría que dijera. Es una Palabra libre y también una sorpresa porque nuestro Dios es un Dios de las sorpresas. La libertad cristiana y la obediencia cristiana son docilidad a la Palabra de Dios”. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 20 de enero de 2014, en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí esta palabra ya meditada. (Guardo silencio)

5.- Propósito: Vivir este día con un tono alegre y festivo.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, hoy he aprendido que Tú has venido a vivir con nosotros para cambiar las cosas, para no dejar todo como estaba. Y una de las cosas que has venido a cambiar es nuestra capacidad de disfrutar, de divertirnos, de pasarlo bien, por el hecho de estar contigo. Y el camino para esa felicidad no es otro sino el del amor, el mismo que Tú nos has marcado. Mientras Tú estás con nosotros, no cabe ni la tristeza, ni la soledad, ni la angustia. Tú eres la sal, la gracia, la alegría de la vida.

ORACIÓN POR LA PAZ

Señor Jesús, ten piedad de nosotros y concédenos la paz y la unidad, no permitas que nos soltemos de tus manos y danos un corazón capaz de amar como tú nos amas. María Madre nuestra, auxílianos en estas difíciles horas de la tribulación, se nuestra fuerza y consuelo. Cúbrenos con tu manto y que la sangre de tu bendito Hijo nos proteja de todo mal.

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Comentario – Viernes XXII de Tiempo Ordinario

Lc 5, 3-39

Los fariseos y sus escribas dijeron a Jesús: «Los discípulos de Juan tienen sus ayunos frecuentes y sus rezos, y los de los fariseos también, en cambio los tuyos comen y beben.»

En el Antiguo Testamento, el ayuno y la abstinencia de vino eran signos de austeridad, ligados a la espera del mesías. Simbólicamente significaban: «los tiempos son malos, estamos insatisfechos, hemos perdido el gusto de vivir… que venga de una vez el tiempo de la consolación y de la alegría, cuando el mesías estará aquí.»

Jesús les contestó: «¿Queréis que ayunen los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?»
La respuesta es clara. Los tiempos mesiánicos han llegado. El tiempo de la alegría ha comenzado.

¡Los tiempos mesiánicos no están parados! ¡El tiempo de la alegría, de la intimidad con Jesús no se ha cerrado! ¿Por qué sucede que los cristianos parezcan personas tristes, tan a menudo? Siendo así que poseen la más extraordinaria fuente de alegría: «el Esposo está con ellos.»

Llegará el día en que se lleven al novio, y entonces, aquel día, ayunarán.

Con esto el ayuno toma una nueva significación, toda ella orientada al recuerdo del esposo, que se ha marchado lejos. Así, pues, nuestra «alegría», la más profunda debiera estar fundada enteramente sobre la presencia o la ausencia de Jesús.

Toda nuestra vida se juega sobre ese doble signo. ¡Cuántas alegrías… y tristezas… que no valen la pena!

Y les decía esta parábola: «Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para echársela a un manto viejo; porque el nuevo se queda roto, y al viejo no le irá el remiendo del nuevo.»

Marcos y Mateo subrayan solamente que no sirve de nada remendar un manto viejo, porque el tejido nuevo tira del viejo. Lucas es más radical: entre lo nuevo y lo viejo hay una incompatibilidad total… ¡cortar un manto nuevo para remendar otro viejo es estropear los dos!

Jesús es consciente de que aporta una novedad radical: el mundo antiguo ha desaparecido, se acabó.
¿Por qué sucede, tan a menudo, que los cristianos aparezcan como gente vuelta hacia el pasado?

¿Y yo? ¿Miro hacia el pasado o hacia el porvenir? Tengo aún «ante» mí una maravillosa aventura. Falta mucho todavía para que mi corazón sea «nuevo», para que descubra más y mejor el amor de mis amigos, de mi cónyuge, de mis hijos. No, nada queda estereotipado, nada está acabado. La evangelización se encuentra solamente en sus comienzos, lo mismo que la Iglesia.
Alegría humilde y discreta: descubrir todo lo que en este momento Dios está en trance de renovar, de hacer «nuevo».

Incluso la vejez puede ser «vida ascendente» Mi verdadero nacimiento es «mañana», cuando entraré por fin en la vida ¿Vivo yo en tensión hacia ese día de renovación?

Nadie echa tampoco vino nuevo en odres viejos, porque si no el vino nuevo revienta los odres; el vino se derrama y los odres se echan a perder. No, el vino nuevo hay que echarlo en odres nuevos.

En esta otra corta parábola la insistencia está todavía en la incomparabilidad. El evangelio excluye el compromiso: un poco de la vieja religión y un poco de la nueva…

La nueva Alianza, a pesar de la continuidad con la Antigua, es verdaderamente una novedad: ¡Dios hecho hombre!

Nadie, después de beber el vino añejo, quiere el nuevo, porque dice: «¡El añejo es el bueno!»

Bajo una apariencia contradictoria, es exactamente la misma lección: después de haber saboreado el «buen vino» no se saborea gustosamente el menos bueno… ¡su «bouquet» es incompatible! Quedémonos con el «bueno» ¡Danos, Señor, tu vino!

Noel Quesson
Evangelios 1

Pero también puedo ser discípulo

Podría seguir así,
tirando más o menos como hasta ahora,
manteniendo el equilibrio prudentemente,
justificando mis opciones y decisiones,
diciendo sí aunque todo sea a medias…
Pero también puedo ser… discípulo.

Más que nunca quiero ser dueño
de mis hechos, pasos y vida,
no renunciar a la libertad conseguida,
entregarme a los míos con cariño,
y tener esa serena paz del deber bien cumplido…
Pero también puedo ser… discípulo.

Puedo cargar con mi cruz, quizá con la tuya;
también complicarme la vida
y complicársela a otros con osadía,
hablar de tu buena noticia
y sembrar nuevas utopías…
Pero también puedo ser… discípulo.

Anhelo hacer proyectos,
proyectos vivos y sólidos
para un futuro más humano y solidario;
deseo trabajar, ser eficaz,
dar en el clavo y acertar…
Pero también puedo ser… discípulo.

Soy capaz de pararme y deliberar,
escuchar, contrastar y discernir;
a veces, me refugio en lo sensato,
otras, lanzo las campanas al vuelo
y parece que rompo moldes y modelos…
Pero también puedo ser… discípulo.

Puedo entretenerme en cosas buenas,
agradecer, día a día, mi tarea, mi suerte,
mis amigos, mis estudios,
mi vida sana y solvente;
puedo construir torres y puentes…
Pero también puedo ser… discípulo.

No siempre acabo lo que emprendo;
otras arriesgo y no acierto,
o me detengo haciendo juegos de equilibrio;
me gusta dejar las puertas abiertas, por si acaso.
y la agenda con huecos…
Pero también puedo ser… discípulo.

Florentino Ulibarri

Misa del domingo

El Señor Jesús es acompañado por mucha gente: «grandes multitudes iban con Él», dice el texto griego, literalmente traducido.

Es de notar que el Evange­lista no dice que estas multitudes «lo seguían». Este término San Lucas lo reserva exclusivamente para los discípulos, y establece una diferencia entre quienes solamente acompañan al Señor Jesús sin comprometerse radicalmente con Él y quienes “lo siguen” o “caminan detrás de Él”, es decir, quienes lo toman como guía y maestro, quienes viven de acuerdo a sus enseñanzas y ejemplo. Si los primeros son multitud, los más comprometidos suelen ser tan sólo unos pocos.

¿A qué se debe que sean tan pocos los seguidores comprometidos del Señor? Ser discípulo de Cristo es sumamente exigente. El Señor habla con claridad de las exigencias de este seguimiento y afirma que no puede ser su discípulo quien no “odia” o “aborrece” a quienes más debería amar, es decir, a «su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas». Utilizamos el término “odiar” pues es la traducción literal de la palabra griega misei, utilizada por el Evangelista.

Sin embargo, no hay que entender esta expresión en sentido literal, como si el Señor Jesús exigiese un sentimiento de odio hacia las personas más queridas. Se trata, en cambio, de un modo de expresión hebreo para significar que el amor a Él debe estar por encima de todo otro amor o afecto humano, por más fuerte que ese amor sea. Por tanto, el Señor Jesús exige hacia su persona un amor supremo por el que el discípulo debe estar dispuesto a sacrificar incluso los vínculos más sagrados.

Pero las exigencias para el discípulo no se detienen allí: el que quiera seguir al Señor Jesús debe estar dispuesto asimismo a posponerse «incluso a sí mismo», es decir, a renunciar a su propia vida antes que negar al Señor. En resumen, el discípulo debe estar dispuesto a renunciar a lo que uno más se apega por amor a Él.

¿Pero cómo puede exigir el Señor Jesús un amor semejante? ¿No es esto una arrogancia inaudita, puro fanatismo? ¿En qué se diferencian sus exigencias de las de muchos exaltados caudillos que a lo largo de la historia han exigido a sus seguidores sacrificarlo todo y sacrificarse por ellos? Ciertamente sería puro fanatismo si Jesucristo fuese un hombre más, pero no lo es si Él verdaderamente es Dios. En este caso la exigencia del Señor Jesús coincide plenamente con el primer mandamiento: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza» (Dt 6, 4-5; ver Lc 10,27). Quien ama al Señor Jesús sobre todo, no hace otra cosa que amar a Dios sobre todo y sobre todos.

Este amor supremo exigido por el Señor Jesús no se opone al recto amor debido a los padres, mujer, hijos, hermanos, o hacia sí mismo, sino que al contrario reordena esos amores y los lleva a su plenitud. Quien ama al Señor sobre todo, aprende a amar como Él y con sus mismos amores. Quien ama a Dios sobre todo y se nutre de ese amor divino, llega a amar plenamente como ser humano, con un amor que viene de Dios mismo. Quien en cambio no ama a Dios sobre todo, sino que antepone cualquier amor humano o amor egoísta al amor a Dios, manifestado en Cristo Jesús, queda vaciado del amor verdadero, quedará finalmente solo, defraudado, vacío.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Como entonces, también hoy los que “van con Cristo” por el camino son una muchedumbre. ¡Los católicos somos más de mil millones en el mundo entero! ¿Pero cuántos de entre esos millones de católicos bautizados son verdaderamente discípulosde Cristo?

En su Evangelio Lucas marca una diferencia fundamental entre “seguir” al Señor e “ir con Él de camino”. El que “va de camino” con Cristo lo ve como un gran hombre, un maestro sabio, alguien que acaso tiene que resolver inmediatamente sus problemas cuando sufre, pero que no se compromete con Él a fondo. ¡Cuántos lo siguen sólo mientras todo va bien, pero dejan de acompañarlo cuando sienten cansancio y fatiga, o cuando tienen otros asuntos “más importantes” que atender (ver Mt 22, 3-5), o cuando el lenguaje del Señor se torna “demasiado duro” (ver Jn 6, 60.66), cuando las exigencias y renuncias que propone son demasiado costosas (ver Mc 10, 21-22)! Sí, son muchedumbre los que acompañan al Señor un trecho, mientras no les pida sino aquello que están dispuestos a darle, mientras no les pida cargar sino la cruz que ellos quieren elegir y están dispuestos a cargar. En realidad, lo buscan y lo acompañan mientras algo puedan obtener de Él: una milagrosa curación (ver Mc 1, 32-37), un bien material (ver Lc 12, 13), la pronta solución de un problema, etc.

El seguimiento del Señor implica, en cambio, estar con Él siempre, implica seguirlo adonde Él vaya, permanecer junto a Él en las buenas y en las malas, no sólo cuando todo resulta fácil sino también cuando la cuesta se hace empinada. Y yo, ¿abandono al Señor cuando me pide “demasiado”? ¿Lo abandono por aferrarme a mis bienes materiales? ¿Antepongo el amor humano al amor al Señor? ¿Prefiero “sentirme querida”, consintiendo una situación de pecado, en vez de vivir como Él me enseña?

El Señor Jesús amó a María tanto como ningún hijo podrá jamás amar a su madre.  Sin embargo, su amor al Padre lo llevó a cumplir fielmente su misión, aunque ello significase separarse de su Madre totalmente y verla sufrir tanto al pie de la Cruz. Su inmenso amor a María no fue un obstáculo para dar la vida, para sacrificarse Él mismo en favor de la humanidad entera. Al contrario, el amor a su Madre y a cada uno de nosotros lo impulsó a entregarse totalmente al cumplimiento de su misión reconciliadora.

Seguir verdaderamente al Señor Jesús implica necesariamente hacerse su discípulo, es decir, tomarlo como Maestro, ponerse a la escucha de sus enseñanzas, aprender de su estilo de vida, asumir sus criterios de juicio, su visión de la realidad, su aproximación a las cosas y a las personas. Ser discípulo de Cristo implica por sobre todo entrar en un proceso de transformación interior, sólo posible por la acción del Espíritu Santo en nosotros, proceso por el que nos vamos asemejando cada vez más a Él (ver Ef 4, 13; Gál2, 20).

A quien quiera ser cristiano no sólo de nombre sino también de hecho, el Señor le pide amarlo a Él por sobre todas las cosas y personas, por más sagrados e intensos que sean los vínculos que nos unen a ellas. Al amarlo a Él sobre todo y sobre todos, el Señor Jesús nos enseña que el amor a nuestros padres, parientes, amigos y a todos los seres humanos se purifica, se eleva, adquiere finalmente una dimensión divina. Ese amor durará por toda la eternidad.

Comentario al evangelio – Viernes XXII de Tiempo Ordinario

¿Por qué rápido?

Ayunar por ayunar no es beneficioso para el alma. El ayuno realizado con fines egoístas es perjudicial. Cuando uno ayuna con los propósitos correctos y con el espíritu adecuado, sabrá cuándo empezar y cuándo terminar. He aquí algunas ideas de Mahatma Gandhi, que definió el ayuno como satyagraha (aferrarse a la verdad):

«El ayuno y la oración son, por tanto, un proceso de purificación muy poderoso, y lo que purifica necesariamente nos permite cumplir mejor nuestro deber y alcanzar nuestro objetivo. Por lo tanto, si el ayuno y la oración parecen a veces no responder, no es porque no haya nada en ellos, sino porque el espíritu correcto no está detrás de ellos …. No hay oración sin ayuno, tomando el ayuno en su sentido más amplio. Un ayuno completo es una negación completa y literal de uno mismo. Es la oración más verdadera. ‘Toma mi vida y que sea siempre, sólo, toda para Ti’ no es, no debe ser, una mera expresión de labios o figurada».

Paulson Veliyannoor, CMF

Meditación – Viernes XXII de Tiempo Ordinario

Hoy es viernes XXII de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 5, 33-39):

En aquel tiempo, los fariseos y los maestros de la Ley dijeron a Jesús: «Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y recitan oraciones, igual que los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben». Jesús les dijo: «¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán en aquellos días».

Les dijo también una parábola: «Nadie rompe un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo; de otro modo, desgarraría el nuevo, y al viejo no le iría el remiendo del nuevo. Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino nuevo reventaría los pellejos, el vino se derramaría, y los pellejos se echarían a perder; sino que el vino nuevo debe echarse en pellejos nuevos. Nadie, después de beber el vino añejo, quiere del nuevo porque dice: ‘El añejo es el bueno’».

Les habló de la novedad.  Como a  Nicodemo les pidió “nacer de nuevo”. Los discípulos de Jesús han descubierto no sólo una doctrina nueva sino el “hombre nuevo”. Novedad del evangelio que también Pablo encontró después y que le da la libertad que hemos escuchado en la lectura precedente.

San Pablo VI experimentó lo mismo, por eso le entusiasmaba hablar de Jesús, y transmitía así en una de sus homilías:

“Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios vivo; él es quien nos ha revelado al Dios invisible, él es el primogénito de toda criatura, y todo se mantiene en él. Él es también el maestro y redentor de los hombres; él nació, murió y resucitó por nosotros.

Él es el centro de la historia y del universo; él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza; él, ciertamente, vendrá de nuevo y será finalmente nuestro juez y también, como esperamos, nuestra plenitud de vida y nuestra felicidad.

Yo nunca me cansaría de hablar de él; él es la luz, la verdad, más aún, el camino, y la verdad, y la vida; él es el pan y la fuente de agua viva, que satisface nuestra hambre y nuestra sed; él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano. Él, como nosotros y más que nosotros, fue pequeño, pobre, humillado, sujeto al trabajo, oprimido, paciente. Por nosotros habló, obró milagros, instituyó el nuevo reino en el que los pobres son bienaventurados, en el que la paz es el principio de la convivencia, en el que los limpios de corazón y los que lloran son ensalzados y consolados, en el que los que tienen hambre de justicia son saciados, en el que los pecadores pueden alcanzar el perdón, en el que todos son hermanos.

Éste es Jesucristo, de quien ya habéis oído hablar, al cual muchos de vosotros ya pertenecéis, por vuestra condición de cristianos. A vosotros, pues, cristianos, os repito su nombre, a todos lo anuncio: Cristo Jesús es el principio y el fin, el alfa y la omega, el rey del nuevo mundo, la arcana y suprema razón de la historia humana y de nuestro destino; él es el mediador, a manera de puente, entre la tierra y el cielo; él es el Hijo del hombre por antonomasia, porque es el Hijo de Dios, eterno, infinito, y el Hijo de María, bendita entre todas las mujeres, su madre según la carne; nuestra madre por la comunión con el Espíritu del cuerpo místico.

¡Jesucristo! Recordadlo: él es el objeto perenne de nuestra predicación; nuestro anhelo es que su nombre resuene hasta los confines de la tierra y de por los siglos de los siglos.”

Manto viejo, vino nuevo: lo viejo ha pasado; el tiempo de salvación ha llegado.  La parábola tomada de la vida pero con sus rasgos extraños, despierta también nuestra atención. No se vierte vino nuevo, en fermentación, en odres usados.

No seamos como aquella gente religiosa que se oponía al gozo de los discípulos. No nos aferremos, como ellos, en las antiguas formas de religiosidad, sino que el Espíritu de Jesús nos encuentre abiertos a los caminos nuevos, y adaptados  a las nuevas exigencias.  Somos ahora los discípulos gozosos, vivos y alegres de Jesús.

Monjas Dominicas Contemplativas

Liturgia – Viernes XXII de Tiempo Ordinario

VIERNES DE LA XXII SEMANA DE TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de la feria (verde)

Misal: Cualquier formulario permitido. Prefacio común.

Leccionario: Vol. III-par

  • 1Cor 4, 1-5. El Señor pondrá al descubierto los designios del corazón.
  • Sal 36. El Señor es quien salva a los justos.
  • Lc 5, 33-39. Les arrebatarán al esposo, entonces ayunarán.

Antífona de entrada             Sal 32, 11. 19
Los proyectos de su Corazón subsisten de edad en edad, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.

Monición de entrada y acto penitencial
El corazón, en el lenguaje bíblico, representa el lugar donde residen nuestros sentimientos y, sobre todo, nuestro amor. Celebrar el Sagrado Corazón de Jesús significa, por tanto, actualizar la presencia de su amor inmenso al Padre y a nosotros; este amor ha llegado a su extremo en la prueba máxima de dar la vida por nosotros y ahora lo celebramos, aquí presente, en la eucaristía.

• Tú, que eres manso y humilde de Corazón. Señor, ten piedad.
• Tú, que nos salvas del pecado. Cristo, ten piedad.
• Tú, que nos amas con un amor inmenso. Señor, ten piedad.

Oración colecta
DIOS todopoderoso,
concede a quienes,
alegrándonos en el Corazón de tu Hijo amado,
recordamos los inmensos beneficios de su amor hacia nosotros,
merecer recibir una inagotable abundancia de gracia
de aquella fuente celestial de los dones.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Oremos con la confianza puesta en Cristo, por quien tenemos libre acceso a Dios Padre.

1.- Por la Iglesia, nacida del corazón de Cristo. Roguemos al Señor.

2.- Por los que gobiernan los pueblos buscando la justicia y el respeto de los derechos humanos. Roguemos al Señor.

3.- Por los que se sienten cansados y agobiados por tantos trabajos y sufrimientos. Roguemos al Señor

4.- Por los enfermos y los moribundos. Roguemos al Señor.

5.- Por nosotros, que conocemos y celebramos el amor de Cristo. Roguemos al Señor.

Dios, Padre nuestro, que nos has manifestado tu amor en el corazón de tu Hijo, escucha nuestras súplicas. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
MIRA, Señor,
el inefable amor del Corazón de tu Hijo predilecto,
para que los dones que te presentamos sean ofrenda aceptable a ti y
expiación de nuestras culpas.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Cf. Jn 7, 37-38
Dice el Señor: «El que tenga sed que venga a mí, y que beba el que cree en mí: de sus entrañas manarán ríos de agua viva».

Oración después de la comunión
SEÑOR,
que el sacramento de la caridad encienda en nosotros
el fuego del amor santo por el que,
cautivados siempre por tu Hijo,
aprendamos a reconocerle en los hermanos.
Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.