Lectio Divina – Sábado XXII de Tiempo Ordinario

“El Hijo del hombre es señor del sábado”

1.- Oración introductoria.

Señor, qué sensación de alivio, de bienestar, de libertad interior, me dan tus palabras: “El Hijo del Hombre es Señor del sábado”. Tú eres mi único Señor y no quiero a nadie que me esclavice. Te serviré a ti solo y a nadie más. ”No me mandes ya más mensajeros que no saben decirme lo que quiero”.  Te serviré a Ti y te serviré por amor. Y seré libre. Y no seré ya más esclavo de nada ni de nadie.

2.- Lectura reposada del evangelio: Lucas 6, 1-5

Un sábado, Jesús atravesaba un sembrado; sus discípulos arrancaban y comían espigas desgranándolas con las manos. Algunos de los fariseos dijeron: ¿Por qué hacéis lo que no es lícito en sábado? Y Jesús les respondió: ¿Ni siquiera habéis leído lo que hizo David, cuando sintió hambre él y los que le acompañaban, ¿cómo entró en la Casa de Dios, y tomando los panes de la presencia, que no es lícito comer sino sólo a los sacerdotes, comió él y dio a los que le acompañaban? Y les dijo: El Hijo del hombre es señor del sábado.

3.- Qué dice el texto

Meditación-reflexión.

Dos colosos se enfrentan mutuamente: el coloso de la Ley que, en tiempo de Jesús, mandaba, obligaba, tiranizaba a las personas en nombre de Dios y el coloso del hambre que, desde hace mucho tiempo, tiraniza a la humanidad. La interpretación de la Ley había caído en extremos ridículos. No se podía frotar los granos de trigo en la mano para poder comerlos. Era un trabajo que no estaba permitido hacer en sábado. Según alguna ley de los esenios, «si a una madre se le cae en sábado el niño que lleva en sus brazos, no puede trabajar agachándose para recogerlo: debe dejar que llore el niño. La observancia del sábado está por encima de toda consideración”.  Jesús se rebela contra toda interpretación de la ley que va en contra de las personas. “El Hijo del hombre es Señor del sábado”. Y, por eso, puede dejar en libertad a todos los hombres y mujeres esclavizados por el sábado. Si Dios es amor, todas las leyes que no sean vehículo o expresión del amor, están mal situadas. Donde el hombre pone leyes, Jesús pone amor. Y su testamento fue éste: “Amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn. 13,34).

Palabra del Papa

“La Palabra de Jesús va al corazón porque es Palabra de amor, es palabra bella y lleva al amor, nos hace amar. Estos cortan el camino del amor: los ideólogos. Y también el de la belleza. Y se pusieron a discutir ásperamente entre ellos: «¿Cómo puede éste darnos de comer su carne?». ¡Todo un problema de intelecto! Y cuando entra la ideología en la Iglesia, cuando entra la ideología en la inteligencia del Evangelio, no se entiende nada. Son los que caminan sólo por el camino del deber: es el moralismo de cuantos pretenden realizar del Evangelio sólo lo que entienden con la cabeza. No están en el camino de la conversión, esa conversión a la que nos invita Jesús: Y estos, por el camino del deber, cargan todo sobre las espaldas de los fieles. Los ideólogos falsifican el Evangelio. Toda interpretación ideológica, independientemente de donde venga –de una parte, o de otra– es una falsificación del Evangelio”. (S.S. Francisco, 19 de abril de 2013).

4. Qué me dice hoy a mí esta palabra que acabo de meditar. (Silencio).

5.-Propósito: No hacer nada que no esté impulsado por la ley del amor.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración

Señor, hoy te quiero agradecer que hayas venido a este mundo para hablarnos de Dios. Las religiones –también la judía y también la católica- nos han hablado de un Dios con muchas normas, muchas leyes, muchas ataduras a la conciencia. Y vienes Tú y nos dices: sólo una ley. La ley del amor. Amar a Dios y amar a los hermanos. ¡Qué alivio! ¡Qué bien se vive, se camina y se respira con Jesús!  Gracias, Señor, el Libertador.

 ORACIÓN POR LA PAZ

Señor Jesús, ten piedad de nosotros y concédenos la paz y la unidad, no permitas que nos soltemos de tus manos y danos un corazón capaz de amar como tú nos amas. María Madre nuestra, auxílianos en estas difíciles horas de la tribulación, se nuestra fuerza y consuelo. Cúbrenos con tu manto y que la sangre de tu bendito Hijo nos proteja de todo mal.

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El desprendimiento como condición para seguir a Jesús

1- ¿Qué hombre conoce el designio de Dios? Los sabios de todos los tiempos han buscado la verdad y el sentido de la vida. Los astrólogos han buscado en los astros el destino de los hombres. Hoy se ha puesto de moda de nuevo el ansia de descubrir el propio futuro acudiendo al horóscopo o al adivino de turno que descifra la carta astral. Sabemos que son estafadores que se aprovechan de la ingenuidad y de la falta de seguridad que sufren muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo. También en el siglo I un judío de Alejandría se pregunta ¿quién rastreará las cosas del cielo? El sabio, que utiliza el seudónimo de Salomón, llega a la conclusión de que nuestros razonamientos son falibles, que apenas conocemos las cosas terrenas. Dios es el que nos concede la auténtica sabiduría, iluminando nuestra oscuridad. Cuando descubrimos la verdad aprendemos lo que Dios quiere de nosotros y alcanzamos la felicidad (la salvación). Fue el gran anhelo de San Agustín «Señor, que yo te conozca a Ti que me conoces. Que yo te conozca como soy conocido por Ti». Encontró, después de una larga búsqueda, la verdad y, con la verdad, encontró la felicidad: «La búsqueda de Dios es la búsqueda de la felicidad. El encuentro con Dios es la felicidad misma».

2- Hay muchas dificultades que nos impiden el encuentro con Dios. Jesús nos advierte en el Evangelio de la dificultad que suponen ciertas ataduras para descubrirle y seguirle. Cierto día, el cardenal Wisseman discutía con un filósofo utilitarista sobre la excelencia de Dios. A los contundentes y clarísimos raciocinios del obispo respondía el filósofo con mucha flema: «No lo veo, yo no lo veo…». Wisseman tuvo entonces un rasgo ingenioso. Escribió en un papel la palabra «DIOS» y colocó encima una libra esterlina. El materialista inglés abrió los ojos con sorpresa. Le dice el obispo:

– ¿Qué ve usted?

– Una libra esterlina.

– ¿Nada más?

– Nada más.

Muy tranquilo entonces, Wisseman quitó la libra esterlina y dijo a su compañero:

– ¿Y ahora, qué ve usted?

– Veo «DIOS».

– ¿Qué os impedía ver a Dios?

El filósofo utilitarista se calló como un muerto.

3- El desprendimiento, condición para seguir a Jesús. En el texto original de Lucas se nos pide «odiar al padre, madre, mujer, hijos…». Se trata de una manera de hablar hebraísmo (manera de hablar): Jesús no nos predicó el odio, sino el desprendimiento. Jesús nos pide un compromiso radical con su misión, no le valen las medias tintas. Pero a los que le tienen confianza, El le devuelve cien veces más. Jesús nos deja libertad de elección y nos advierte claramente de los riesgos y dificultades que entraña la aventura de seguirle. No es una decisión que pueda ser tomada a la ligera, en un momento de euforia. Hace falta seriedad, inteligencia, un programa serio y comprometido de vida, aceptación de la cruz. Para poder decidirse hace falta hacer una opción clara por Jesús de Nazaret y con las exigencias del Reino. El texto litúrgico dice que tenemos que «posponer» muchas cosas cuando se opta por Jesucristo. Libertad, disponibilidad, amistad con Jesús, compromiso de vida, radicalidad son las condiciones para seguir a Jesús hoy y siempre. Todo ello debe hacerse con alegría y contando con la ayuda de la comunidad cristiana.

4- El proyecto de Jesús de Nazaret es utópico, pero no imposible ni fantástico. Hay que construir el edificio (la torre), calculando los gastos y todos los pormenores para asentar sólidamente nuestra decisión. Jesús es muy claro: «El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío». Hay que posponerlo todo, los bienes materiales también. hay que poner en práctica el desprendimiento para conseguir la «libertad de espíritu». El filósofo utilitarista estaba cegado por el dinero. ¿Qué es lo que te impide a ti hoy seguir a Jesús?, ¿de qué tienes que desprenderte? Debemos recuperar la utopía en el seguimiento de Jesús. La utopía despierta las aspiraciones y deseos más profundos y desencadena una serie de compromisos concretos que llenan de ilusión el corazón de una persona y dota de una fuerza impresionante. Todo nace del amor a Jesús y de la pasión por la construcción del Reino. El Papa Juan Pablo II subrayó en la «Veritatis splendor» que «seguir a Cristo es el fundamento esencial y original de la moral cristiana». El seguimiento de Jesús no se limita a la aceptación histórica de Jesús –conocimiento–, sino conlleva la identificación con su persona –amor– y se extiende a la atención compasiva hacia los pobres y marginados –la misión–. Merece la pena seguir a Jesús. El es la fuente de la vida auténtica y de la felicidad plena.

José María Martín OSA

Comentario – Sábado XXII de Tiempo Ordinario

Lc 6, 1-5

Ya hemos meditado este episodio, relatado por los tres evangelios sinópticos. Lucas, que escribía para paganos, poco habituados al legalismo judío, resume la escena sin repetir todos los argumentos sacados de la Ley y que Mateo relataba para sus lectores palestinos (Mateo 12,5-7)

Un sábado atravesaba Jesús por unos campos de trigo.

Jesús en plena naturaleza estival, al iniciarse la recolección.

Sus discípulos arrancaban espigas y, frotándolas con las manos, se comían el grano.
Gesto tan natural, tan anodino, tan sencillo, tan maquinal. ¡Es agradable mascar un grano de trigo tan harinoso!

Unos fariseos les dijeron: «¿Por qué hacéis lo que no está permitido en sábado?»
No es éste el primer caso en el que Jesús parece violar la regla sabática. A menudo Jesús se encontró con gente de mente estrecha que interpretaba, a su manera minuciosa, las prescripciones rituales.

De hecho, sin embargo, no puede decirse que Jesús infringiera la Ley de Moisés, porque en ninguna parte estaban formuladas tales interdicciones. Pero las tradiciones, la Mischna, al correr de los tiempos habían añadido toda clase de detalles a la Ley: ¡se contaba con treinta y nueve gestos prohibidos en sábado!

No deja de tener importancia pensar que Jesús nos ha liberado también de todo esto.
El hombre tiene una fastidiosa tendencia a dar una importancia desmesurada a los «medios», olvidando a veces el fin. Debo atenerme a lo esencial.

En mi Fe, en las costumbres religiosas, en los ritos, he de ver primero su finalidad, su objetivo profundo… y pensar que los modos de expresión pueden cambiar.

Jesús contestó:

La libertad de Jesús frente a las prescripciones de detalle no es pues un simple reflejo espontáneo: es una actitud reflexiva, que El mismo justificará.

¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y sus hombres sintieron hambre? Entró en la casa de Dios, tomó los panes dedicados -que sólo a los sacerdotes les está permitido comer-, comió él y les dio a sus hombres.

¡Esa respuesta debió parecer especialmente escandalosa! ¿Por qué? Era la justificación de la violación de los ritos sagrados ¡apoyándose solamente en el «hambre»! Porque tenían hambre hicieron lo que estaba prohibido.

Sí, en la obra de Dios no hay dos momentos opuestos. Lo que Dios quiere es que el hombre «viva». Cuando Dios lo creó con estómago, y cuando le dio los frutos y los animales como alimento, empezaba ya su gran Proyecto… y cuando Dios pide al hombre que se encuentre con El en los ritos sagrados, continúa su mismo Proyecto…

¡Cuánto realismo en esa respuesta de Jesús!

¿Cómo ha podido el cristianismo parecer a veces deshumanizante, menospreciador del cuerpo y de las realidades humanas?

Mi cuerpo, ¿es importante para mí? ¿Qué haría sin él? Incluso la oración, la actividad más espiritual, es imposible sin ese buen compañero.

Y «el Verbo se hizo carne», se hizo cuerpo.

Y Jesús añadió: «El Hijo del hombre es señor del Sábado.»

¡Dios bien sabía que el sábado era una institución sagrada! Ahora bien, Jesús afirma tener derecho a rechazar los detalles rituales concernientes al sábado para volver a encontrar la intención primitiva del legislador. Hoy también, si la Iglesia introduce algún cambio en sus costumbres, lo hace siempre apelando a una tradición más profunda.

Noel Quesson
Evangelios 1

El «chip» que Dios nos puso

1.- Acostumbrados a nacer bajo el paraguas de una religión determinada (en este caso la católica) podemos olvidar que la fe exige riesgos, condiciones, actitudes, compromisos concretos e incluso alguna que otra renuncia personal.

“Si quieres llegar a la cumbre despójate del peso de tus espaldas” (X. Medium)

Nos mira el Señor y nos dice que, aquel que no deje detrás de sí muchas cosas, no puede ser discípulo suyo. Que tenemos que utilizar y desplegar todos los medios a nuestro alcance para construir su Reino.

En el día de nuestro Bautismo, Dios, sin percatarnos de ello, nos puso un “chip” con un potencial que se irá desarrollando, desvelando a lo largo de nuestra vida: LA FE

Lo cierto es que, con el paso del tiempo, en la medida que vamos configurando nuestro ser y nuestra historia al espíritu del Evangelio es cuando podemos discernir si estamos en “onda” con el satélite de Jesús de Nazaret o si, por el contrario, hace tiempo que nuestra vida cristiana quedó a la deriva y, por lo tanto, ese “chip” quedó fuera de servicio por no haber sido actualizado y cuidado. Siempre que uno adquiere un componente electrónico, junto con él, nos viene el manual de instrucciones en diversos idiomas para ponerlo en funcionamiento.

2.- El cristianismo también tiene una serie de puntos que son imprescindibles para que no quede inservible e inaudible en nuestro mundo y ante los cuales (entre otras muchas) pueden darse las siguientes reacciones:

-A unos no les hace falta echarles ni un vistazo tan siquiera. Son tan listos que se lo saben todo. Se permiten hasta el lujo de decir qué es lo más o menos importantes para vivir el evangelio.

-Otros están tan pendientes de su normativa y de sus leyes (aunque hay que reconocer que cada día son los menos) que no dejan respiro para que cumpla su cometido: la libertad de los hijos de Dios

-Otros más, por otra parte, intentan con sudor y sufrimiento, contrariedades y creatividad que no se pierda el origen, el principio y el fundamento del mismo: actuar y vivir según la mente de Jesús.

-Y, finalmente, hay otros que adquirieron el elemento de la fe pero pronto lo guardaron sin más preocupación como quien guarda un libro, sin leerlo, en la estantería de su casa. Son los que creen que lo importante es estar bautizado pero viviendo de espaldas al compromiso adquirido. Aún recuerdo en un programa televisivo la declaración de un contertulio: “soy socio de la iglesia pero nunca voy a ella”. Como si uno fuera miembro de un equipo deportivo y jamás viese ni asistiese a un solo partido de fútbol.

3.- Luces, sombras, alegrías y cruces se presentan delante de nosotros a la hora de vivir con cierta radicalidad el mensaje de Jesús. Encandila y gusta el personaje de Jesús de Nazaret pero, no sé hasta qué punto, lo que nos dice es acogido y llevado hasta sus últimas consecuencias.

Esa, precisamente, es nuestra cruz: la distancia que nos separa entre lo que queremos y entre lo que vivimos, entre el Evangelio y el otro “evangelio rebajado” en nuestra propia vida: creer no es camino fácil.

Esa es, entre otras muchas, la cruz que llevamos sobre nuestros hombros: saber que siempre es más cómodo el aplauso que la crítica, el halago que el profetismo, el casamiento con el ambiente que la denuncia de todo lo que le corrompe: creer implica ir contracorriente y pedir a Dios fuerza para seguir adelante. “Casi todos vienen a mí para que les alivie la Cruz; son muy pocos los que se me acercan para que les enseñe a llevarla”. San Pío de Pieltrecina

4.- Ante estas dos implicaciones que nos sugiere Jesús (dejar todo atrás y cargar con la cruz) sólo hemos de ver una clara intencionalidad por su parte: estar abiertos a todos despegándonos de lo “mío” o de “lo nuestro”. Y, el “padre o la madre” de los que habla va más allá del mero ámbito familiar: es todo aquello que estorba para dar razón de nuestra fe y quedarnos replegados cómodamente en nosotros mismos.

Javier Leoz

Para ser discípulos

1.- “Mucha gente acompañaba a Jesús y él les dijo: Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser mi discípulo”. San Lucas, Cáp. 14. De un santo fraile del siglo XVII leemos: “Asiduo a los ayunos y penitencias, se excedía igualmente en la oración, de tal manera que apenas tenía trato con los hermanos. Sin embargo, algunos lo sorprendieron en su celda, cantando al son de la vihuela que siempre llevaba consigo”.

Parece que el cronista identifica como santidad lo primero de su biografiado y como imperfección lo segundo. Una herencia de aquel dualismo griego y también de la filosofía estoica, que tanto marcaron el cristianismo en tiempos pasados. Se entendía al hombre como un compuesto de cuerpo y alma. Y cuanto contribuyera a rebajar a aquél tratando de liberar el espíritu, era considerado virtuoso. Sin embargo las cosas no son así. Cuando Dios se hizo hombre santificó todo lo nuestro.

2.- Por lo cual aquella enseñanza de Jesús: “Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío”, hemos de asimilarla dentro de un marco plenamente humano. No somos ángeles disminuidos ni animales promovidos, como apunta un autor. Somos sencillamente hombres y mujeres.

Para ser discípulos suyos el Señor nos presenta tres etapas: En primer lugar, tomar la cruz. Los rabinos nunca se refirieron de modo figurado a este “tormento crudelísimo”, que los fenicios inventaron y adoptaron más tarde muchos pueblos.

Fue original de Jesús la comparación de la cruz con nuestro deber diario, el cual, en ciertas circunstancias, pesa enormemente. Además el relato de otros evangelistas nos presenta una segunda condición: “Niéguese a sí mismo”. Aquí el Señor se refiere a un orden de vida. No se trata de rechazar todo lo placentero, pero sí aquellas fuerzas negativas que conducen al mal. Y en tercer lugar Jesús nos invita a caminar detrás de él. Los evangelistas usan aquí un verbo griego que significa literalmente “ser acólitos de Dios”, el cual se repite hasta 79 veces en el Evangelio. Se nos habla de una cercana compañía. De una disposición para servirle en todo momento. Pero ese Cristo invisible se nos descubre en los cristos visibles que son los pobres.

3.- Vale también pensar que en todos los pasajes donde Jesús habla de renuncia, – un término que podríamos traducir por intercambio – no se refiere nunca a destrucción. Nos presenta el negocio de la salvación, para el cual es necesario abandonar aquellos elementos que nos devalúan, para atesorar bienes reales. Dejar de lado ciertos valores inferiores, a cambio de otros excelentes. En cuya elección juega un papel primordial la conciencia.

Es el itinerario de quienes, pobres y frágiles, aceptamos al Señor. Es el proceso de un niño hacia la mayoría de edad. Un día decide economizar dulces para adquirir luego un juguete. Pero más adelante éste no vale, pues aspira a comprar unos patines. Luego podría negociar éstos para hacerse a una bicicleta. Y cuando necesite un costoso libro de química, renuncia a la bicicleta, pues es más importante su carrera. Y así más tarde, cuando abandone el hogar para formar una nueva familia.

Así en la vida de la fe. Nos la pasamos negociando, hasta lograr los bienes definitivos y eternos que el Señor nos promete.

Gustavo Vélez, mxy

Un alto precio, pero no equitativo

1.- «¿Qué hombre comprende el designio de Dios, quién comprende lo que Dios quiere…?» (Sb 9, 13) Los planes de Dios, sus intenciones, sus pensamientos están ocultos a los hombres. Los deseos, las motivaciones humanas son más o menos previsibles. Muchas veces sabemos lo que nuestro interlocutor piensa con sólo mirarle a los ojos. Sabemos qué es lo que desea, qué es lo que está buscando. Con Dios no ocurre lo mismo. Él se escapa a nuestras previsiones, está por encima de nuestros cálculos. Y a menudo nos sorprende su forma de actuar, nos extraña quizá su pasividad, su prolongado silencio. Y nos preguntamos, inútilmente, el porqué de las cosas.

Hoy nos dice el sabio inspirado por Dios: Los pensamientos de los mortales son mezquinos y nuestros razonamientos son falibles; porque el cuerpo es el lastre del alma y la tienda terrestre abruma la mente del que medita… Por eso ante Dios sólo nos queda en ocasiones el silencio por respuesta, la aceptación rendida de cuanto Él quiere disponer. Conscientes de que sus planes son siempre justos e inapelables. Contentos al pensar que, además de inteligente como nadie, Dios es sobre todo amor.

«Pues, ¿quién rastreara las cosas del cielo, quien conocerá tu designio?» (Sb 9, 17) Señor, si tus planes están escondidos para los hombres, Tú puedes mostrarlos con el fulgor de tu luz, esa luz que luce en las tinieblas y que las tinieblas no sofocaron, esa luz verdadera que, con su venida a este mundo ilumina a todo hombre.

Sí, la tierra oscura, sumergida en la negra noche, ha visto surgir la luz. El día ha despertado y todo brilla en mil colores y formas. La luz, tu luz nos ha penetrado en el alma, sembrando el gozo y la alegría en nuestros corazones, porque sabemos lo que buscas, lo que intentas desde el principio de los tiempos.

Salvar a los hombres, a todos. Esa es tu voluntad, tu deseo de universal salvación. Y para que esa redención no fuera como una limosna que nos humillase, permites que podamos cooperar a nuestra propia salvación, conquistar con nuestro pequeño esfuerzo, sostenido por tu gracia, ese Reino maravilloso que tú has proclamado.

2.- «Tu reduces el hombre a polvo…» (Sal 89, 3) Así acabaremos todos, convertidos en polvo sucio entre los jirones podridos de una mortaja. Un día u otro la muerte llamará a nuestra puerta y le tendremos que abrir sin más remedio, dejando que nos robe la vida por joven y feliz que sea.

Nuestra vida pasa como una nube que no deja huella en el firmamento, como el humo que el viento disipa y borra. Para Dios, nos dice también el salmo, mil años son como un día que ya pasó, como una vigilia nocturna que acaba con el alba. Nuestro tiempo es como la flor del campo que por la mañana florece y por la tarde se cierra arrugada y marchita ya.

Nos parece que vamos a vivir siempre, o nos parece que todavía nos quedan muchos años por delante. Vivimos sin pensar en la muerte, sin darnos cuenta que el tiempo se nos va para no volver, sin enterarnos que estos años de aquí abajo son tan sólo el tránsito obligado para llegar al puerto definitivo, al destino de nuestro viaje.

«Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato» (Sal 89, 12) Si comprendiéramos el verdadero sentido de nuestra vida, tendríamos un corazón sensato y no este nuestro loco corazón, tan sin rumbo a menudo, volando por derroteros de perdición. Por eso malgastamos neciamente el capital de nuestro tiempo. Y lo que nos habría de servir para alcanzar la felicidad eterna, sólo sirve para arruinarnos en esta vida y en la otra.

Somos como niños inconscientes que tienen entre sus manos diamantes de alto precio que, sin saber lo que valen, los tiran para cortar tangencialmente el agua. Se nos pasan así los días, sin pena ni gloria, caminando con las manos vacías hacia el tribunal de Dios.

Vamos a despertar de nuestra somnolencia, vamos a pensar en lo poco que vale esta vida si no la usamos para ganarnos la otra, esa que nunca acabará y que está hecha de gozo y de paz. Aún estamos a tiempo para vivir como quien ha de morir. Sólo así moriremos como quien entonces va a comenzar a vivir.

3.- «Yo, Pablo, anciano y prisionero por Cristo Jesús…» (Flm 9) La carta a Filemón es la más breve de todas las que escribe san Pablo. La más breve y podemos decir que también la más entrañable, la más efusiva, la más llena de ternura. Pablo está prisionero y además se siente viejo, le pesan los años más que las cadenas que le aprisionan.

El Apóstol le habla a Filemón de esta situación personal suya, para que se acuerde de la amistad que les une y así se disponga a concederle lo que le quiere pedir. Algo por otra parte que no es para él mismo. Pablo se olvida de sus necesidades y le pide por Onésimo, el esclavo de Filemón que le fue rebelde y que ahora se ha convertido al cristianismo.

Bonito ejemplo para cada uno de nosotros, interesante lección que hemos de aprender. Olvidarnos de nuestros problemas, no tener en cuenta nuestros pesares y pensar en el modo de aliviar a los demás. Que nunca el peso de nuestro dolor nos aplaste de tal modo que seamos insensibles al dolor de los demás.

«Quizás se apartó de ti para que le recobres para siempre…» (Flm 15)

Pablo no alude a que la esclavitud va contra los derechos humanos, no insinúa una reivindicación de la libertad del esclavo fugitivo. Y sin embargo, sus palabras van muchos más lejos. El Apóstol no usa la fuerza ni la violencia, él recurre a la persuasión del amor, una fuerza mil veces mayor y de gran eficacia. Le explica a Filemón, el amo burlado, que su esclavo Onésimo volverá a la casa de su dueño. Pero volverá bautizado, hecho un hijo de Dios, hermano suyo en la fe… Palabras audaces e inesperadas, palabras llenas de luz que hacen comprender la grandeza de la dignidad humana trascendida por el amor de Dios.

Si yo lo quiero tanto -continúa el anciano encadenado- cuánto más lo has de querer tú, como hombre y como cristiano… Este es el único camino para que no haya esclavos, es la única solución para que la libertad del hombre sea una realidad. Sí, el amor romperá las cadenas de cualquier servidumbre, el amor vencerá al odio, hará imposible la lucha de clases y las liberaciones falsas y violentas.

4.- «Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío» (Lc 14, 26) Como en otras ocasiones, también en la que nos refiere hoy el texto sagrado encontramos a Jesús rodeado de mucha gente. Era fácil seguir al joven rabino de Nazaret, que hablaba con autoridad, amaba a los niños y prefería a los humildes. No obstante, el Señor les dice que para seguirle hay que posponerlo todo a su amor: los padres, la mujer y los hijos, incluso uno mismo ha de estar en segundo plano respecto de Jesucristo. La doctrina no puede ser más clara en lo que respecta a las exigencias que comporta, el Maestro no palió las dificultades, podríamos decir que incluso parece exagerarlas un poco.

De aquí que no hemos de extrañarnos de que a veces nos cueste el ser fieles al Evangelio, que en ocasiones llegue hasta ser heroico cumplir con la voluntad divina. Por otra parte, podemos pensar que quien no nos ha engañado en cuanto a las dificultades, tampoco nos engaña en cuanto a la promesa y el premio para quienes le sean siempre fieles. Es cierto, por tanto, que hemos de luchar con denuedo cada día contra todo aquello que se opone a Dios, contra todo obstáculo que se interponga entre el Señor y nosotros; aunque ese obstáculo sean nuestros seres más queridos, o nuestro propio provecho personal.

El premio es tan grande y tan duradero que exige un precio elevado pero no equitativo, pues por mucho que se tenga que sufrir o sacrificar nunca pagaremos adecuadamente los bienes que el Señor nos ha preparado para toda una eternidad. Por eso estemos persuadidos de que vale la pena sufrir un poco durante unos años, para poder un día gozar mucho y para siempre.

Posponerlo todo al amor de Dios no significa, por otra parte, que uno haya de prescindir del amor a nuestros padres o demás familiares, ni que hayamos de anularnos a nosotros mismos. No se trata de destruir, prescindir o anular, sino de trascender, de sublimar, de elevar a un plano sobrenatural aquello que de por sí es sólo natural. Así, quien se haya entregado al servicio de Dios mediante una consagración a Él, no está exento de querer a sus padres, a los que quizá ha disgustado con su entrega. Tendrá que quererlos y cuidarlos si es preciso, estar atento a sus necesidades y procurar atenderlas. En cuanto a uno mismo, decíamos que Dios no quiere la anulación de nuestra persona sino su perfeccionamiento. Lo que hay que destruir es lo que de malo o torcido llevamos en nuestro interior, todas esas inclinaciones y deseos, claros o larvados, que nos incitan al mal.

Termina diciendo el Señor que quien no renuncia a todos sus bienes, no puede ser su discípulo. El Maestro no se limita a decir claras las cosas, además las repite. Ojalá aprendamos bien su lección y, con la ayuda de lo alto, sepamos dar un sentido nuevo, trascendente y sobrenatural, a cuanto constituye el entramado de nuestra vida.

Antonio García Moreno

Si tú me dices ven, lo dejo todo

1.- En los libros de espiritualidad de hace unos cuantos años se hablaba mucho de la “opción fundamental”. Era algo parecido al tema de la vocación. Si yo creo que Dios me llama a la vida religiosa, o al matrimonio, o a irme a misiones, o a dedicarme a la pintura, o a ser un buen arquitecto, subordino todo lo demás a la consecución de este objetivo primero y fundamental. Es no andar con términos medios, o con paños calientes, o con ambigüedades paralizantes. Una vez que tengo claro lo que quiero ser y lo que debo ser, toda mi vida se orienta en esta dirección, dejando necesariamente a un lado muchas otras cosas que también podría y sabría hacer, pero que no son compatibles con mi “opción fundamental”. El elegir una cosa supone siempre renunciar a otras muchas. Ser libre, en definitiva, es saber decir sí a una cosa, aceptando responsablemente las consecuencias de la decisión libremente adoptada. Las personas volubles, las que caminan al son de sus caprichos momentáneos, suelen ser personas poco eficaces y, desde luego, poco de fiar.

2.- Si alguno se viene conmigo y no pospone a… no puede ser discípulo mío. Las frases que aparecen hoy en este evangelio son frases rotundas y bastante tajantes y duras. Es cierto que hay que entenderlas en el contexto geográfico y cultural en el que fueron dichas. Jesús iba camino de Jerusalén, camino de una muerte casi segura en la cruz. Les dice a los que le acompañaban que se decidan: si quieren seguirle han de dejarlo todo, familia, bienes, cualquier comodidad personal, y seguirle sin dinero y sin alforjas. No tienen otra alternativa: o seguirle a él, dejando todo lo demás, o no seguirle y quedarse con su familia y sus bienes. La palabra <seguir> tiene en este caso un sentido vocacional, geográfico y de riesgo vital. Los que no le sigan en su camino a Jerusalén no podrán llamarse discípulos suyos. No dice que no podrán salvarse, o que serán malditos de su Padre, dice que no podrán ser discípulos suyos, porque él va a continuar, de todos modos, su camino hasta la cruz y, en tiempos de Jesús de Nazaret, los verdaderos discípulos caminaban siempre detrás de su maestro. Si seguimos leyendo el texto evangélico, veremos que no deberemos decir sí alegremente, sin haber examinado antes con realismo nuestras propias fuerzas. Si honradamente creemos que no vamos a poder seguirle hasta el final del camino, es mejor que busquemos otros caminos alternativos que sean también buenos y que estén más adaptados a nuestras reales fuerzas, para no fracasar estrepitosamente.

3.- Quién conocerá tu designio, si tú no le das sabiduría. La ciencia no lleva necesariamente hasta Dios. Hay muchos científicos que son ateos. Hasta Dios nos lleva la sabiduría. En este texto del libro de la Sabiduría, la palabra “sabiduría” podemos traducirla como “Espíritu de Dios”, espíritu santo que Dios envía a los que se lo piden con corazón sencillo y humilde. La experiencia de cada día nos dice que nuestros razonamientos son falibles y nuestros pensamientos mezquinos. Es sabio el que deja que su corazón esté gobernado y dirigido por el Espíritu de Dios, el que busca cumplir en cada momento la voluntad de Dios. No siempre es fácil acertar para hacer todo lo que hacemos según la voluntad de Dios, pero debemos intentar que, al menos, nunca nos falte la intención sincera y decidida de caminar por el camino que creemos que Dios nos marca.

4.- Que lo recobres ahora para siempre no como esclavo, sino como hermano querido. Si los “señores” de todas las edades hubieran tenido en cuenta las frases que Pablo dice a su amigo Filemón, sobre el trato que este debía dar al esclavo Onésimo, seguro que la esclavitud hubiera desaparecido en la sociedad hace ya muchos siglos. Ya sabemos que Pablo no condena como anticonstitucional o legalmente pecaminosa la práctica de la esclavitud. Sería pedir demasiado a una persona del siglo primero. Pero los consejos que Pablo da al “dueño” sobre el trato y el recibimiento con el que debía tratar al “esclavo” son consejos del todo cristianos y, evidentemente, revolucionarios para aquel tiempo. Tratar a los demás no como esclavos, sino como hermanos queridos, es, por desgracia, una realidad poco frecuente aún en las empresas, comunidades y hasta familias de este mundo pecador en el que vivimos. Cristo quiere que seamos más servidores que señores y Pablo, en su comportamiento habitual, gastó y desgastó su vida en servicio a los demás y por amor al evangelio.

Gabriel González del Estal

Seguidores lúcidos

 

Es un error pretender ser «discípulos» de Jesús sin detenernos a reflexionar sobre las exigencias concretas que encierra seguir sus pasos y sobre las fuerzas con que hemos de contar para ello. Nunca pensó Jesús en seguidores inconscientes, sino en personas lúcidas y responsables.

Las dos imágenes que emplea Jesús son muy concretas. Nadie se pone a «construir una torre» sin reflexionar sobre cómo debe actuar para lograr acabarla. Sería un fracaso empezar a «construir» y no poder llevar a término la obra iniciada.

El Evangelio que propone Jesús es una manera de «construir» la vida. Un proyecto ambicioso, capaz de transformar nuestra existencia. Por eso no es posible vivir de manera evangélica sin detenernos a reflexionar sobre las decisiones que hay que tomar en cada momento.

También es claro el segundo ejemplo. Nadie se enfrenta de manera inconsciente a un adversario que le viene a atacar con un ejército mucho más poderoso sin reflexionar previamente si aquel combate terminará en victoria o será una derrota. Seguir a Jesús es enfrentarse con los adversarios del reino de Dios y su justicia. No es posible luchar a favor del reino de Dios de cualquier manera. Se necesita lucidez, responsabilidad y decisión.

En los dos ejemplos se repite lo mismo: los dos personajes «se sientan» a reflexionar sobre las exigencias, los riesgos y las fuerzas con que cuentan para llevar a cabo su cometido. Según Jesús, entre sus seguidores siempre será necesaria la meditación, el debate, la reflexión. De lo contrario, el proyecto cristiano puede quedar inacabado.

Es un error ahogar el diálogo e impedir el debate en la Iglesia de Jesús. Necesitamos más que nunca deliberar juntos sobre la conversión que hemos de vivir hoy sus seguidores. «Sentarnos» para pensar con qué fuerzas hemos de construir el reino de Dios en la sociedad moderna. De lo contrario, nuestra evangelización será una «torre inacabada».

José Antonio Pagola

 

Comentario al evangelio – Sábado XXII de Tiempo Ordinario

No ver el bosque por los árboles

Una vez leí una anécdota sobre una familia. Era la época en la que el libro Baby and Child Care del Dr. Benjamin Spoke era la última palabra en materia de cuidado infantil. Como muchas madres de la época, esta madre primeriza de la historia también tenía su ejemplar del libro. Un día, su bebé recién nacido lloraba sin cesar. El bebé había dormido bien y estaba bien alimentado al despertar. ¿Por qué vuelve a llorar? La madre recurrió al libro para averiguarlo. Y el bebé siguió llorando. Todo el tiempo, la abuela estaba observando la escena. Al final, perdiendo la paciencia, la abuela le gritó a la madre: «¡Por el amor de Dios, deja el libro y coge al niño

Los fariseos del evangelio de hoy son como la madre primeriza de la historia. Sus cabezas están totalmente enterradas en la Ley y no miran a los discípulos y ven su necesidad humana. Al centrarse en las minucias, se perdieron el panorama más amplio.

Paulson Veliyannoor, CMF

Meditación – San Gregorio Magno

Hoy celebramos la memoria de San Gregorio Magno.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 22, 24-30):

En aquel tiempo, los discípulos se pusieron a discutir sobre quién sería considerado mayor. Pero Jesús les dijo: «Los reyes de las naciones las dominan, y los que tienen potestad sobre ellas son llamados bienhechores. Vosotros no seáis así; al contrario: que el mayor entre vosotros se haga como el menor, y el que manda como el que sirve. Porque, ¿quién es mayor: el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Sin embargo, yo estoy en medio de vosotros como quien sirve. Vosotros sois los que habéis permanecido junto a mí en mis tribulaciones. Por eso yo os preparo un Reino como mi Padre me lo preparó a mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino, y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel».

Hoy Jesús da una gran lección a sus discípulos sobre la naturaleza y el sentido de la autoridad, que no es un poder despótico sobre los demás, sino un servicio que ayuda a crecer al prójimo para que se encamine por la ruta del bien y llegue a ser de veras hijo de Dios. El modelo de autoridad en la Iglesia es el mismo Jesucristo; y a él se configuró san Gregorio Magno, Papa, en la vida cristiana y en su ministerio pastoral. Por amor al prójimo, aceptó la carga pastoral cuyo ejercicio Dios le pedía, cuando su deseo era la vida monástica.

Jesucristo, con sus palabras y su ejemplo, enseñó a sus discípulos este principio: «Que el mayor entre vosotros se haga como el menor, y el que manda como el que sirve» (Lc 22,26), y lo ratificó con la entrega de su vida para nuestra salvación: «Yo estoy en medio de vosotros como quien sirve» (Lc 22,27). Imitando a Cristo, san Gregorio Magno hizo de este principio el eje de su vida, sin deseo alguno de protagonismo ni de afán por estar encima de los demás, sino todo lo contrario, con un anhelo de buscar la santidad en el amor y servicio al prójimo por amor a Dios que se lo pedía. 

Sin embargo, san Gregorio, en medio del trajín que su ministerio le ocasionaba, ya que tenía que preocuparse de muchos asuntos temporales, siempre sintió añoranza por el monacato, que había dejado atrás para asumir el cargo pastoral que a veces se le hacía pesado; anhelaba una vida más recogida para contemplar y orar con mayor intensidad, pero fue obediente a Dios y así lo expresó: «Por amor a Cristo, cuando hablo de Él, ni a mí mismo me perdono». San Gregorio fue siempre un gran contemplativo en la acción.

Rev. D. Joaquim MESEGUER García