El reino tiene un precio

«Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos … e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío»

Jesús no se lanza a los caminos de Galilea para conseguir la raquítica salvación de media docena de perfectos, sino para cambiar el mundo. Aspira a una humanidad de Hijos que se realice amándose como hermanos, y eso no se alcanza con gente tibia y poco comprometida, sino con personas que tiren para adelante sin mirar lo que dejan atrás. No pide otra cosa que lo que él ya ha aceptado en grado superlativo, y esto da a su propuesta un valor especial.

Y visto desde esta perspectiva, el texto de Lucas se entiende mucho mejor. En él se nos dice dos cosas importantes: una, que la búsqueda del Reino es lo primero —por delante de lo más querido por nosotros, como es la familia—, y la otra, que quien acepta la misión debe medir bien sus fuerzas porque éste es un camino que acarrea renuncias y sacrificios.

Tradicionalmente se ha entendido que esa renuncia debía estar basada en el esfuerzo ascético, pero una lectura rigurosa del evangelio nos dice que la cosa es justo al revés; que no se trata de dejarlo todo a base de fuerza de voluntad con la esperanza de encontrar el tesoro, sino de encontrar el tesoro y renunciar a todo lo demás porque todo lo demás ha perdido su valor a nuestros ojos. Como decía Ruiz de Galarreta: «No es primero la renuncia para llegar a la alegría: es primero la alegría, y de ella se derivan las renuncias».

Pero el camino que propone Jesús tiene dos obstáculos imponentes. El primero es encontrar el tesoro, porque el mundo nos propone otros tesoros mucho más palpables que lo ocultan. El segundo es tener el valor necesario para aceptar la apuesta. Podemos estar convencidos de que su propuesta es nuestra mejor opción de felicidad, pero carecer del valor necesario para atrevernos a iniciar el camino que nos propone.

Hay un hecho que juega a nuestro favor, y es ver que las personas que sí se han atrevido, no sienten las renuncias como tales, sino como liberación. Porque el Reino nos invita a renunciar a lo que no merece la pena; a lo que estropea nuestra vida. Nos invita a no conformarnos con poco, nos invita a la plenitud, a saberse querido por Dios, a ser conscientes de nuestra misión, a convertirnos en protagonistas de la aventura humana, y, en definitiva, a encontrar el sentido profundo de nuestra vida.

Pedro, Santiago, Juan, María Magdalena… fueron sus primeros seguidores, y el evangelio muestra su proceso de conversión: le conocieron, quedaron fascinados por él, y solo después, lo dejaron todo y le siguieron. Lo primero es conocerle y fascinarse, no hay otro camino, pero hoy Jesús es un valor a la baja del que es difícil oír hablar (y mucho menos oír hablar con rigor) ni siquiera en las eucaristías; y no digamos en otros foros cristianos.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

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¿Desde dónde tomar las decisiones?

La invitación evangélica a hacer “cálculos” lúcidos antes de emprender una acción importante -esa es la tarea del discernimiento- me lleva a plantear la cuestión acerca de la toma de decisiones.

En principio, una decisión puede nacer de tres lugares diferentes: de las necesidades, del superyó o de la docilidad a lo que la vida quiere vivir en nosotros.

Las necesidades son una llamada a decidir. Pero, entre ellas, podemos distinguir las “normales” (adecuadas) y las desproporcionadas. Alimentarse, protegerse, cuidar la integridad psíquica, etc., pertenecen a las primeras. Acumular sin medida, buscar el aplauso de los demás o pretender imponerse a ellos son ejemplos de desproporción. Sin duda, la desproporción hará que las decisiones tomadas desde ella sean erradas porque, más allá de la intención con la que se hagan, nacen de una mentira.

Las decisiones pueden nacer también del superyó, es decir, desde una instancia moralista, previamente internalizada, que se expresa en constantes “deberías”. También en este caso nacerán viciadas, ya que conllevan un componente de alienación: la persona, aun sin ser consciente de ello, queda alienada a exigencias externas. Siguiendo imperativos provenientes de algún tipo de autoridad -parental, social, religiosa…-, la persona termina desconectada de sí misma: son otros los que han decidido por ella y en su lugar.

Las decisiones acertadas nacen de la docilidad a la vida. En cierto sentido, puede decirse que “pasan” a través de nosotros, pero tienen su origen “más allá” de nosotros. Dicho con más precisión: no soy yo quien elige; elige la vida. Lo que a mí me toca es decir “sí” y fluir con ella.

A primera vista y a falta de experiencia en ello, alguien podría decir que nos hallaríamos ante otra alienación: al final, no decido yo. Sin embargo, la comprensión nos permite ver que la vida no es “algo” al margen de nosotros, sino que constituye nuestra verdadera identidad. De ahí que ser dóciles a la vida, entregarnos a ella, es identificarnos con lo que realmente somos. No elige el yo que, erróneamente, creemos ser, sino la vida que somos.

Es cierto que también aquí cabe el engaño: alguien puede pensar que es la vida quien decide cuando, en realidad, se trata de una elección egocéntrica. El criterio que puede ayudarnos a superar tal tipo de trampas se llama desapropiación. Advierto que es la vida la que decide porque en la decisión no busco apropiarme de nada, sino que, más bien al contrario, solo pretendo ser dócil.

Cuando se recibe el regalo de la comprensión, se advierte que ya no «se toman» decisiones; no hay nada que decidir: es la vida la que decide. Solo queda decir “sí”. En ese momento, la pregunta que surge no es: “qué quiero vivir” o “qué le pido a la vida”, sino “qué quiere la vida vivir en mí”.

¿Confío en la sabiduría de la vida y me ejercito en vivir diciendo sí?

Enrique Martínez Lozano

Comentario – Lunes XXIII de Tiempo Ordinario

Lc 6, 6-11

Otro sábado Jesús entró en la sinagoga y se puso a enseñar... «Todavía»… un día de sábado. Era otro sábado.

Esto subraya esa costumbre de Jesús, esa fidelidad regular. Cada sábado Jesús asistía a la reunión de plegaria. Ayúdame, Señor, en mis «fidelidades» necesarias… en las regularidades que he decidido… Hay cantidad de experiencias humanas -y la oración es una de ellas que no adquieren un valor decisivo más que a condición de que las vayamos repitiendo a fin de que, como un gota a gota incansablemente renovado, calen en la vida.

Había allí un hombre que tenía el brazo derecho atrofiado… Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado y encontrar de qué acusarlo. Jesús conocía sus pensamientos…

Muchas veces los evangelistas subrayan que Jesús era un «conocedor del corazón humano» (Juan 1, 48; 2, 24; 4, 17; 6,61) Esto era, en El, un don divino, pero que, por razón de la ley de encarnación, se expresaba en forma de una agudeza psicológica particular. Así nos encontramos a veces con personas dotadas de una facultad especial para leer en los corazones… y adivinar, por señales casi imperceptibles, ciertas realidades escondidas. Humanamente eso viene de una «atención al otro», de una capacidad de «ponerse en lugar de los otros».

Dijo al hombre del brazo atrofiado: «Levántate y ponte ahí en medio de todos.»

El texto no dice que el hombre pidiera el milagro. Jesús toma la iniciativa precisamente porque prestaba atención a ese desgraciado.

Señor, danos esa delicada atención de simpatía por los que sufren. Haznos «descubrir» las penas ocultas.

«Os pregunto: ¿Qué es lo que está permitido en sábado, hacer el bien o hacer el mal; salvar una vida o acabar con ella?

Tratemos de comprender bien lo que se juzga detrás de esa pregunta. Los fariseos tenían un tal sentido del «honor de Dios», que era preciso cuidar de su Gloria ante todo: el descanso obligatorio del sábado tenía ese sentido.

Ahora bien Jesús no viene a discutir ese sentido de la Gloria de Dios; pero, en lugar de considerarla una mera observancia legalista, va hasta el fondo de la razón que justifica el sábado; entiende que la Gloria de Dios es exaltada en primer lugar por el «bien» que se hace a los desgraciados, por la «vida salvada» a alguien. Si contraviene a una tradición, no es para destruir el sábado, sino para honrarlo en profundidad. Liberar a un pobre enfermo de su mal, es, para Jesús, un modo más verdadero de santificar el «día del Señor» que dejar a un hombre en el sufrimiento, por el pretendido honor de Dios.

Ayúdanos, Señor, a superar las sumisiones y las obediencias formales: haz que comprendamos desde el interior lo que Dios nos pide cuando nos pide algo… haz que captemos que Dios no es ante todo un amo que desea doblegar a las personas, sino un Padre que ha dado unas leyes para el bien de sus hijos, un Salvador que desea «hacer el bien… salvar vidas».

Entonces, echando una mirada a todos, le dijo al hombre: «Extiende tu mano». Lo hizo y su mano quedó normal. ¡Es importante la mano!

Una vez más, Dios hizo el «bien».

Ellos, furiosos, discutían qué podrían hacer con Jesús.

¡Se sospecha de El que prefiere el hombre a la Gloria de Dios!

¡Se estancan en las reglas formales del sábado que prohibían cualquier trabajo!

Noel Quesson
Evangelios 1

Comentario – Domingo XXIII de Tiempo Ordinario

(Lc 14, 25-33)

Amar a Jesús es entregar lo más profundo del corazón al que derramó su sangre para purificarlo, al que puede darle sentido y luz, al que tiene el derecho de ser Señor de ese corazón.

Ningún otro ser humano puede ejercer ese dominio santo, porque sólo Jesús es Dios. Por eso, ni siquiera el padre o la madre pueden ocupar ese lugar. Ellos han sido instrumentos del Señor para darnos la vida y deben ser amados y honrados, pero no pueden ocupar el lugar de Cristo, porque no pueden darnos lo que sólo él puede comunicar a nuestras vidas. Tampoco los hijos pueden ocupar ese lugar; no son ellos los que pueden darle a nuestra vida su último sentido, ni otorgarnos la salvación, aun cuando podamos dar nuestra vida por amor a ellos.

Y Jesús invita a tomar la cruz, como él la tomó. No se trata de buscar cruces, sino de aceptar la que haya que llevar por el Reino. Pero es tomar la cruz para seguirlo. Porque no es la cruz el centro de todo, sino el seguimiento de Cristo, su persona y la atracción de su amor.

Luego este texto parece cambiar de tema, y nos presenta el ejemplo del que no calculó bien y no pudo terminar la torre, y del que calcula la cantidad de hombres que tiene, antes de ir a la guerra. Parece una invitación a ser previsores, pero la conclusión de estos dos ejemplos es: «de la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a sus bienes no puede ser mi discípulo». Eso significa que antes de colocarnos en el camino para seguir a Jesús, tenemos que tener la decisión clara de renunciar a nuestros bienes; antes de decirle a Jesús que queremos seguirlo, tenemos que hacer el cálculo y descubrir si verdaderamente estamos dispuestos a renunciar a todo. Porque si no es así, nuestra vida cristiana está enferma desde el principio, y no podrá desarrollarse; la torre no podrá ser completada y la batalla no podrá ser vencida.

Oración:

«Señor, enséñame a no tomar con negligencia y superficialidad el camino que me propones; ayúdame a descubrir que ese camino no es una parte de mi vida, sino todo, y que para tomarlo en serio tengo que estar dispuesto a entregártelo todo».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Dejad de poseer

Quisiera iniciar mi comentario refiriéndome, por un momento, a la segunda lectura de este domingo.

Filemón 1, 15-1…Si te dejó por algún tiempo fue tal vez para que ahora lo recobres definitivamente, y no ya como esclavo, más que como esclavo, como hermano querido…

La lectura del evangelio, reforzada por las líneas de la carta de Pablo a Filemón, es un grito profético, que parece lo estoy oyendo desde los bosques ardiendo, desde las inundaciones, desde las guerras…

Y ese grito es un imperativo, que denota urgencia, inminencia, necesidad: DEJAD DE POSEER para tratar a todas, a todos, a Todo lo creado, no como esclavos, sino como hermanas y hermanos queridos.

Así nos hablan los profetas del medio ambiente sobre la situación del Planeta. La Tierra está enferma, nos está diciendo que tiene una fiebre alta, y eso es malo, muy malo, para la vida.

La causa de la infección es el ego; ese ego que busca poseer personas y cosas, y que trata a la naturaleza de forma posesiva, arrancándole la vida, como una violación de sus derechos básicos, sin ningún tipo de relación de intimidad, de complicidad. La trata como si fuese de su propiedad, como si la poseyera, como si fuera su esclava.

Pablo nos dice en este precioso texto donde vemos como el cristianismo está aboliendo la esclavitud, algo que no podemos obviar, que el rico Filemón, dueño de Onésimo es invitado a recibirle ahora como a hermano querido. Menudo cambio: de esclavo a hermano querido.

Nos dicen los profetas del Planeta que así es como tenemos que cambiar individualmente y como colectivos: tratar a las personas y a la Tierra, al agua, los bosques, de usarlos a relacionarnos familiarmente con ellos. Ese cariño que se fragua en una relación lo opuesto a posesiva: relación de igualdad, de respeto, de diálogo… es el medio, la herramienta que sana todas las distancias y diferencias, y nos hace ser y tratarnos de diferente manera.

Parece que algo de esta relación más cercana, ya se ha obtenido con los animales domésticos, pero no deja de haber una búsqueda de beneficio propio siempre.

Si así tratáramos al Planeta, al mundo vegetal, al mundo de las aguas, cada vez más escasas, a los mares y océanos en estado febril, todo sería diferente.

¿Y si así se tratara a la mujer? El eje del Planeta volvería a su Centro, la armonía dentro de la diversidad se haría una realidad. El Reinado de Jesús emergería con toda su fuerza, y a ello nos invita el Evangelio de hoy, tantas veces interpretado erróneamente.

En el fondo nos dice una cosa: en caso de conflicto de intereses en tu vida, en tus decisiones, siempre tiene que prevalecer la adhesión a Jesús. Y esta, por encima de la familia, siempre interesada, también por encima de tus intereses personales, ya que esa adhesión es la garantía para la igualdad, la justicia respetuosa.

Vivimos en una cultura occidental cristianizada culturalmente pero no en el corazón. Por eso seguimos tolerando, con cierta indiferencia, las desigualdades.

Hace años, una mujer latinoamericana muy comprometida y formada nos comentó a un grupo de mujeres preocupadas por la desigualdad infinita de la mujer en la iglesia, que la teología de la liberación no había progresado en LA porque de fondo el varón seguía siendo exasperadamente machista, poseedor de su mujer… Dijo ella, conocida de todos, pero por respeto no citaré su nombre: en las reuniones, en la calle, en los textos, todo era igualdad, pero cruzando la puerta de casa, la mujer “seguía siendo propiedad del varón, de hecho”.

También este es el trato que se le ha dado, y se sigue dando a la Tierra: es “mía”, la puedo explotar, contaminar, cementar, no cuidar.

¿Queremos acabar con la injusticia? Dejemos de “poseer”. Y así, como Pablo le invita al rico Filemón, quien entre líneas, parece decirle: deja de creer que porque compartes tus bienes eres bueno, más bien, empieza a tratar al que era tu esclavo como a un hermano querido, y yo creo que Jesús añadiría, y entonces, serás discípulo mío.

Y si al esclavo añadimos la esclava, el panorama se abre como un abanico inabarcable de rostros de mujeres a nuestro alrededor, que nosotros, los seguidores de Jesús, todavía tenemos que mirar y valorar de modo distinto: la chica de la limpieza, la señora que cuida a mi madre, las mujeres africanas y afganas, las ucranianas…no son de otra pasta, son mi hermana, y tienen sentimientos y necesidades y añoranzas, mucha añoranza de su país, de sus hijos, de sus raíces, de vivir en su casa y no en la de los ancianos que cuidan, de cuidar de su madre y no de la mía… pero como dicen ellas “no me queda otra”.

Pero a nosotros nos cuesta verlas como a nuestras hermanas queridas.

Si dejamos de “poseer” el rango que nos auto adjudicamos por ser Europeos, o blancos, o cultos…y compartimos lo que somos y tenemos, empezaremos a ver hermanas y hermanos. Y seremos discípulas. Sí, entonces Jesús nos invitará a ser del grupito que “lo va pillando” para que siga su mensaje y su persona viva, a través de nosotros, en el tiempo y en todo lo que está vivo.

Hoy Jesús nos mueve a preocuparnos también por tantas jóvenes, que por lo menos en Europa, vemos desconcertados por ese cambio tan radical de paradigma, de realidad, que hace que su futuro, incluso su vida en el Planeta se vea cuestionada, algo que los que tenemos ya unos años, jamás cruzó por nuestra mente.

Las estadísticas dicen que en España se han triplicado los suicidios e intentos de suicidio estos últimos años en mujeres jóvenes. ¿Por qué? Estas personas tienen un panorama nada fácil a nivel laboral, a nivel profesional, a nivel religioso. Hay que proponer nuevos paradigmas, y apoyarlos, con sus proyectos y procesos, antes de que sea demasiado tarde.

¿Podemos decir que la fiebre de la Tierra, es paralela a la inestabilidad que las mujeres con futuro experimentan? Ambas realidades son consecuencia de un mundo entendido con mente de varón, donde lo que importaba era la productividad. También por una Iglesia que margina a la mujer y donde la espiritualidad no es una buena invitada. No en formas y lenguaje de hoy.

Hermana querida Tierra y generación de jóvenes adultas, quisiéramos poder decir “contad con nosotras”.

Magda Bennásar Oliver, sfcc

Lectio Divina – Domingo XXIII de Tiempo Ordinario

Renunciar a todo para seguir a Jesús

INTRODUCCION

“El seguimiento de Jesús no puede consistir en una renuncia, es decir en algo negativo. Se trata de una oferta de plenitud, no de renunciar a nada. Mientras sigamos hablando de renuncia, es que no hemos entendido el mensaje. No se trata de renunciar a nada, sino de elegir lo mejor para mí. No es una exigencia de Dios, sino una exigencia de nuestro verdadero ser. Jesús vivió esa exigencia. La profunda experiencia interior le hizo comprender a dónde puede llegar el ser humano si despliega todas sus capacidades. Esa plenitud fue también el objetivo de su predicación. Jesús nos indica el camino. Ni siquiera su familia tenía una importancia decisiva. «¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos? Los que hacen la voluntad de mi padre…»  (Fray Marcos)

LECTURAS BÍBLICAS

1ª lectura: Sabiduría 9,13-18;      2ª lectura: Filemón 9b-10.12-17

EVANGELIO

Lucas 14, 25-33:

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no pudo acabar”. ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío». Palabra del Señor

MEDITACIÓN-REFLEXIÓN

1.-Primera Lectura: (Sabiduría 9,13-18): ¿Quién puede conocer a Dios? La pregunta sobre Dios es muy antigua: Hierón, personaje famoso de Sicilia, preguntó al filósofo Simónides (s. VI a. de Cristo) por Dios. Le pidió un día…al día siguiente le pidió dos…a los dos le pidió cuatro…a los cuatro, ocho… ¡Te estás burlando de mí! No, cuanto más lo estudio más incapacitado me encuentro de hablar de Él. Sabia respuesta.  “Un Dios comprendido por el hombre no sería Dios. Está en otra esfera”. (San Agustín).  El camino para conocer a Dios no es el de la soberbia sino el de la humildad. El científico inglés Stephen Hawking afirmó que la ciencia no le deja espacio a Dios. En cambio, el sabio más famoso del s. XX, Einstein dijo: “El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir”. La primera vez que los astronautas rusos llegaron al espacio, afirmaron: “Hemos dado la vuelta al mundo y no hemos encontrado a Dios por ninguna parte”. En cambio, los norteamericanos, hombres creyentes, llevaron una Biblia y la abrieron en la primera página: “Al principio Dios creó el cielo y la tierra”. La cerraron y, emocionados, se pusieron a rezar.

2.-Segunda Lectura: (Filemón 9b-10.12-17). El que sigue a Jesús cambia de vida. Filemón era un cristiano rico y tenía un esclavo Onésimo, que se portó mal con él…y estaba pagando condena en la cárcel. Allí le conoció Pablo y le hizo cristiano. San Pablo se encariñó de él y lo consideró como un hijo engendrado por él en la fe. Al final de la condena le escribe Pablo a Filemón: Quizás se apartó de ti para que lo recobres ahora para siempre; y no como esclavo, sino mucho mejor: como hermano querido. Si yo lo quiero tanto, tanto más lo has de querer tú, como hombre y como cristiano. “Si me consideras compañero tuyo, recíbelo a él como a mí mismo”. El que sigue a Jesús, descubre a Dios como Padre y considera a cada hombre o mujer como un hermano o una hermana. Esta es la gran revolución del amor que tiene el evangelio.

3.- Tercera lectura. Evangelio: Lucas (14,25-33): ¿De verdad que Jesús sólo quiere que le amemos a Él? El seguir a Jesús está basado en el amor. Pero el amor que nos pide no está reñido con el verdadero amor al padre o a la madre. Si el seguimiento es incompatible con el amor a la familia es que está mal planteado. El amor que nos pide el evangelio está más allá del que nace del sentimiento, pero no estará nunca en contra. Seguir a Jesús nos enseñará a amar más y mejor a nosotros mismos, también a nuestros familiares y amigos.

Lo único que nos mandó Jesús es que “nos amáramos unos a otros como Él nos ha amado” (Jn. 13,34). Cuando nos amamos con ese amor de Cristo, nuestro corazón se llena de un amor maravilloso, nosotros nos realizamos plenamente, y hacemos felices a otras personas.  ¿Qué más pueden desear unos padres que recibir el cariño apasionado de sus hijos? ¿Qué más pueden desear unos esposos que quererse como cuando se conocieron y se enamoraron?  Lo que les duele a los padres es un amor frío, distante, obligado. Lo que no pueden soportar los esposos es un amor cansado, aburrido o sospechoso. El amarnos como Jesús nos ama es la mayor garantía del auténtico y verdadero amor. Lo único que nos prohíbe el evangelio es “amar sin amor”. Si el segundo mandamiento es semejante al primero, nos debemos amar con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Sólo cuando nos amamos como Jesús nos ama, está feliz y contento nuestro Padre Dios.

PREGUNTAS

1.- ¿De verdad conocemos a Dios? ¿Lo conocemos con la cabeza o con el corazón?¿Tenemos alguna experiencia de lo que Dios nos ama?

2.- Hace mucho que conocemos a Jesús. ¿Nos ha servido para cambiar nuestra vida? ¿Estamos convencidos de que con Jesús la vida es mucho más bonita?

3.- Cristianos son los que se aman en Jesús. ¿Experimento yo esa energía vital? ¿Corre el amor de Jesús en mí como la sangre por mis venas?

ESTE EVANGELIO, EN VERSO, SUENA ASÍ.

Nadie construye una «torre»
sin poner fuertes cimientos.
Nadie es tan tonto que ponga
«batalla perdida» en juego.
Nosotros somos discípulos
de Jesús, nuestro Maestro.
Él pone las «condiciones»
para el que sale a su encuentro.
Jesús dice claramente
que Él es el «amor primero»,
por encima de la vida,
la familia y el dinero.
Jesús va a Jerusalén
a morir en un madero
y todos sus «seguidores»
pagarán el mismo precio.
A veces, somos cristianos
con poco convencimiento,
con una fe rutinaria,
por temor, por cumplimiento.
Es preciso decidirse
por Jesús y su Evangelio,
dispuestos a vender todo
por la alegría del Reino.
Señor, es dura la cruz,
pero son suaves tus besos.
Danos las «cruces» que quieras
y «hombros» que aguanten su peso.

(Compuso estos versos: José Javier Pérez Benedí)

ORACIÓN POR LA PAZ

Señor Jesús, ten piedad de nosotros y concédenos la paz y la unidad, no permitas que nos soltemos de tus manos y danos un corazón capaz de amar como tú nos amas. María Madre nuestra, auxílianos en estas difíciles horas de la tribulación, se nuestra fuerza y consuelo. Cúbrenos con tu manto y que la sangre de tu bendito Hijo nos proteja de todo mal.

Con corazón de carne como el tuyo

Naim es una pequeña ciudad del sur de Galilea, cerca ya de Samaria, a pocos kilómetros en dirección Sureste de Nazaret. Jesús llegó allá en su predicación itinerante, seguido por gran cantidad de discípulos. Y ya en las puertas de la ciudad contemplaron el cortejo fúnebre, que salía. Y en las mismas puertas, Cristo hace uso de su omnipotencia: y un hombre joven, que había muerto, recobra la vida.

Son tres las resurrecciones milagrosas, operadas por Cristo, que conocemos a través de los evangelios. La primera es ésta de Naim, en el comienzo de la vida pública, recogida por el evangelista Lucas. La segunda nos la cuentan los tres sinópticos: se trata de la hija de Jairo, un personaje de Cafarnaum (Mt 9, Mc 5, Lc 8). La última y más conocida es la resurrección de Lázaro (Jn 11), en Betania, pocas semanas antes de la Pasión y Muerte del Señor.

Tres resurrecciones: una niña, un chico joven, un hombre maduro, como para demostrarnos el dominio absoluto que Cristo tiene sobre la vida y la muerte, dominio que culminaría en su propia resurrección.

Y sin embargo, tanto como la Divinidad, en estos milagros aparece radiante la Humanidad de Cristo. Nuestro Dios es un Dios hecho Hombre, metido en las vidas de los hombres: un Dios hecho carne para demostrar a los hombres que Dios también ama con un corazón humano.

La escena de Naim y las otras dos emocionan. En Cafarnaum, un padre de familia, angustiado, que corre hacia Jesús: Ven, Señor, que mi hija se muere y si tú vienes vivirá… Cristo no se resiste a los ruegos de un padre por su hijo y nos dice el evangelista que “se marchó con él”: “et ibat cum illo”.

Lázaro era amigo de Cristo, amigo personal. ¡Dios tiene amigos! Y no permite que mueran. “Jesús es tu amigo. —El Amigo. —Con corazón de carne, como el tuyo. —Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro… Y tanto como a Lázaro, te quiere a ti” (Camino, 422).

Cafarnaum y Betania. Los ruegos de un padre, la amistad de un amigo. Esos fueron los motivos inmediatos de ambos milagros. Pero ¿y Naim? Allí no hay un hombre que corre a Cristo, ni dos hermanas que envían un mensaje: “Señor, el que amas está enfermo”. En Naim no hay más que silencio, cortado por los sollozos de una mujer. Va detrás de los que llevan a su hijo único a enterrar. Era viuda… Dice San Lucas que “el Señor, al verla, se llenó de misericordia hacia ella”. “Noli flere: no llores” Y, después, el milagro….

El Señor nos mira y nos ve con esos “ojos, de mirar amabilísimo”. Nos ama y se preocupa de nosotros en medida esencialmente desproporcionada a nuestras peticiones. Aquella mujer no pedía nada, lloraba en desconsuelo. Pero Jesús “la mira” y derrama Amor a manos llenas.

La lección es clara: hay muchas cosas buenas en cada vida humana claramente inmerecidas, que son puro regalo de Dios, regalo directo podríamos decir: porque nos mira y se mueve a misericordia. No podemos ser tan romos, tan rudos en el terreno espiritual que no descubramos el amor de Dios traspasando nuestras vidas en mil detalles. Entonces comprenderemos muy bien ese otro punto de Camino “¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y… no me he vuelto loco? (n. 425).

Pedro Rodríguez

Adula, que conseguirás votos

1.- Seguramente, mis queridos jóvenes lectores, habréis escuchado que os dicen: vosotros sois la esperanza de la sociedad, del pueblo o de la Iglesia, depende de quien a vosotros se os dirige. Pues yo no os diré esto. Vosotros, vuestras personas mientras permanezcan vivas, representáis el porvenir de lo que sea. El que ese porvenir imaginemos sea halagüeño, depende de vuestra voluntad, de vuestro estado de ánimo, de si encontráis por el camino acicates que os ilusionen, personas que os ayuden y a la vez exijan. Principalmente, depende de que en el horizonte espiritual, vislumbréis algo que os atraiga y os ilusione. Como estoy hablándoos en cristiano, para que vuestro futuro sea esperanzador, es preciso que no dejéis de tener siempre presente que el futuro de un ser humano no se acaba con la muerte, característica esta de la existencia vegetal y animal, sino que tenemos una puerta abierta a la eternidad. Que en esa puerta se encuentra Cristo, pero que, sin dejarla desamparada, también es verdad que Él mismo se hace compañero de ruta. Tal vez no lo reconozcamos, tal vez ni buscándolo a nuestro alrededor sepamos verlo, pero, sin ninguna duda, no se aparta de nosotros, si caminamos.

2.- Jesús no ofrece en el evangelio del presente domingo palabras aduladoras. Él no pretende conseguir votos, para poder auparse en el poder. El programa que os propone es un plan de vida exigente. A ninguno de vosotros os gusta que os exijan. Preferís palabras amables, promesas fáciles, elogios personales. Ningún político de turno sería capaz de hablaros como lo hace Cristo hoy. Si lo hiciera, fracasaría completamente. Pero debéis reconocer que quienes se dirigen a vosotros con palabras lisonjeras, a menudo, no cumplen lo que os prometen, os dan facilidades y pretenden ilusionaros con valores positivos pero de valor mediocre, así que después, si por fortuna llegáis a poseerlos, os encontráis hueros de gozo y os sentís engañados.

3.- Recuerdo que en Burgos, siendo yo muy joven, se sentaba junto a mí un chico clasificado como «niño prodigio» en el ámbito de la música. En la primera ocasión que se me presentó, acudí a escucharle en un concierto. Después, durante una aburrida clase de matemáticas, comentamos su actuación y sus facultades. Él me habló de su profesor. Fue una cosa que no entendía entonces. Si él era tan capacitado ¿para qué necesitaba un maestro? Llegó él a ser un director de orquesta de categoría mundial. Aquel chiquillo superdotado, precisaba de alguien que le corrigiera, de alguien que le señalara un horizonte lejano y difícil, al que debía aspirar.

Después he conocido situaciones paralelas. Grandes deportistas, campeones mundiales de su especialidad, tenían su entrenador. En ambos casos, en el del músico o en del deportista, los pedagogos eran desconocidos por el gran público, pero imprescindibles para el candidato. Vosotros, mis queridos jóvenes lectores, por el bautismo, sois personas superdotadas, predestinadas a ser campeones de santidad. El Señor hoy os señala unas normas, os marca unas reglas. Si queréis seguirle, es preciso que lo dejéis todo y os entreguéis a un duro entrenamiento. Quien quiere triunfar en atletismo debe dejar de fumar, prescindir de drogas, llevar una vida sana, hacer cada día ejercicio corporal y el descanso nocturno apropiado. Lo mismo, el que quiere ser santo, debe desprenderse de todo lo que arrastraba pringado a su persona, dificultando su progreso. Él Señor habla de esposa, hijos y familiares. A vosotros, seguramente, os diría que debéis dejar de malgastar en cosas superfluas, en lujos innecesarios, dejar de pensar en ropa de marca, en salidas nocturnas, con compañeros que os desvíen de vuestra vocación cristiana.

4.- Os diría, probablemente, que debéis pensar en vuestros coetáneos del Tercer Mundo y a favor de ellos emplear vuestros ahorros. Que ser cristiano, a veces, supone tener que sacrificar muchas inclinaciones que para los demás les resultan normales, porque desconocen las promesas que hemos recibido y que nosotros no podemos ni olvidar, ni prescindir, si queremos luchar para alcanzarlas. Como el deportista de elite no ceja nunca en su propósito de aspirar a una medalla olímpica, absteniéndose de costumbres habituales para el vulgar hijo de vecino.

Para una tan sublime aspiración es necesario que tengamos bien calculadas nuestras posibilidades. Las que ya gozamos y las que podemos conseguir. Para participar en una competición el atleta deportista debe poseer un equipo adecuado, desde el calzado hasta el uniforme. ¿Quién se atrevería a ir a unas olimpíadas en alpargatas y tejanos? Debe saber también, que es preciso una talla adecuada, vista fina y agilidad, para ciertos deportes, de otro modo deberá dejar de aspirar a participar en partidos de baloncesto y tal vez aceptar otras palestras. Pero en el estadio cristiano, el que está dispuesto a entregarse a la lucha noble, con seguridad podrá subir al podio.

Ser santo es la mejor y mayor aspiración. Renunciar a serlo es lo único que nos puede entristecer. En nuestra mano, con la colaboración de la Gracia, este ideal es posible mantenerlo. No lo olvidéis nunca.

Pedrojosé Ynaraja

Comentario al evangelio – Domingo XXIII de Tiempo Ordinario

Posponer para mejor amar

El evangelio de hoy comienza con unas palabras enigmáticas, casi escandalosas, que parecen contradecir, no sólo el espíritu del evangelio mismo, centrado todo él en el mandamiento nuevo del amor, sino, incluso, los (viejos) mandamientos de la ley de Dios, que, en el cuarto de ellos, nos mandan honrar padre y madre. Al exponer las condiciones para ser discípulos suyos, Jesús dice que para ello es preciso “odiar” a padre, madre, mujer (marido), hijos, hermanos y hermanas, incluso a sí mismo. Es verdad que el texto en español que hemos leído está edulcorado, y no dice “odiar”, sino “posponer”. Si leemos diversas traducciones de este pasaje, podemos encontrar términos tan variados como “odiar” (así, por ejemplo, la Biblia de Jerusalén), posponer, despreciar, etc. La versión griega usa, de hecho, el verbo “miseo”, que significa literalmente odiar. ¿Es que la fe y el amor a Jesús y a Dios conllevan un conflicto con las relaciones humanas, precisamente, las más inmediatas, de modo que elegir la fe y el amor a Dios implica renunciar o, al menos, dejar en segundo plano aquellas?

En realidad, parece que detrás del verbo “odiar” usado por Lucas se esconde una insuficiencia del arameo subyacente, que carece del matiz que nosotros expresamos en el verbo “preferir”. Esta forma de entender ese extraño “odiar” (o “aborrecer”, o “posponer”) lo confirma la versión de este pasaje en el Evangelio de Mateo, que se expresa positivamente: “el que ama a su padre o a su madre, o a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (10, 37).

Efectivamente, Jesús nos llama a una elección radical y sin componendas, que significa ponerlo a él absolutamente en el primer lugar, en la cumbre de los afectos y de las preferencias. Sólo de esta forma radical y sin medias tintas es posible seguirle de verdad, ser realmente discípulo suyo. Pero esta preferencia radical y exclusiva, que conlleva “posponer” hasta los lazos afectivos más inmediatos, no significa una disminución o debilitación del amor que debemos a los nuestros, a nuestros padres, hermanos, mujeres o maridos, hijos, etc. Al contrario, la elección absoluta a favor de Jesús como nuestro único Señor y Maestro sana, purifica y fortalece nuestra capacidad de amar a todos, y también a los más cercanos, porque le da una medida nueva. Esa medida es, precisamente, el mismo Cristo y el amor con que nos ha amado: en él la medida del amor es el amor sin medida. La apostilla “incluso a sí mismo” (en otras traducciones se dice “incluso a su propia vida”) aclara esto último: es Cristo el que ha despreciado su propia vida, al entregarla en la Cruz por nosotros. De ahí, también, la alusión a la Cruz: para caminar en pos de Jesús y ser discípulo suyo es preciso aceptar y tomar la cruz. Y esto no significa otra cosa que la disposición a amar hasta la entrega total de la propia vida. Amar dando la vida (despreciando la propia vida) significa tomar la decisión de amar sin condiciones, de poner el amor por encima de cualesquiera intereses, aficiones, valores que puedan disputarle a la fuente del amor (que es el mismo Cristo) el primer puesto en nuestros afectos, en el “ordo Amoris” de nuestro corazón.

Preferir a Jesús de manera exclusiva y sin componendas es conectarse a la fuente del amor verdadero, el mismo Dios. Es cierto que todo amor humano viene de Dios. Pero todos sabemos hasta qué punto el amor humano está herido, enfermo, debilitado y condicionado por el egoísmo, y, por tanto, dificultado por múltiples intereses, aficiones y valores que rivalizan continuamente en nosotros por ese “primer puesto” que Jesús reclama para sí. Y esta anemia de nuestros amores se manifiesta también en las relaciones más cercanas e inmediatas. ¡Cuántas veces los propios padres se quitan de encima a sus hijos pequeños, que les reclaman atención y amor, poniéndoles una película de dibujos en la tablet para que no les molesten mientras, por ejemplo, ven un partido de fútbol o se dedican a leer el periódico! Muchos matrimonios acaban mal por la incapacidad de tomar sobre sí la cruz de las inevitables limitaciones y defectos del otro. Muchos vínculos familiares se rompen por disputas ideológicas o económicas, a veces por grandes herencias, a veces por cuatro perras miserables…

Poner a Jesús en el primer lugar y preferirle por encima de todo significa valorar más el tesoro de la relación, de los vínculos familiares, de la amistad, etc., que nuestras aficiones o ideas particulares, la razón que creemos tener, o la fortuna grande o pequeña que tanto nos tienta, pero que no nos podremos llevar a la tumba. Ahora podemos entender también, por qué Jesús, al final de su llamada a una elección radical para ser sus discípulos, incluye además la renuncia a todos los bienes. No significa esto que todos, ni siquiera la mayoría, hayan de despojarse de todo lo que tienen para poder ser cristianos, sino que también debemos anteponer nuestra fe en Jesús a todo interés material, a todo egoísmo que grava e impide nuestra capacidad de amar.

El seguimiento de Cristo es una empresa que merece ser ponderada con cuidado. Emprenderla sin la disposición necesaria, pretendiendo compaginar la fe con actitudes y formas de relación incompatibles con ella, es iniciar un camino a ninguna parte, afrontar una batalla perdida de antemano. Si para construir torres y ganar batallas hay que contar con los medios adecuados, también para poder llegar a ser verdaderos discípulos de Jesús tenemos que estar dispuestos a hacer acopio de los medios necesarios, cultivando en nuestra vida las actitudes acordes con la fe que profesamos. En realidad, la adquisición de estos medios puede hacerse sólo en contacto vivo con el Maestro, que nos los enseña, y con su gracia y nuestra cooperación los va haciendo crecer en nosotros. No se puede aprender a tomar la propia cruz más que en la escuela de Aquel que entregó su vida en la Cruz; no es posible preferir a Cristo antes que la propia vida más que si estamos vitalmente vinculados por la fe, la oración y los sacramentos con el que despreció su propia vida por amor nuestro.

Algo de esto nos enseña Salomón en la primera lectura. Él, considerado el hombre más sabio de su tiempo, tiene que reconocer que todos los conocimientos humanos, filosóficos o científicos, que con gran esfuerzo y no pocos errores vamos acumulando, no se pueden comparar con la sabiduría que Dios otorga a los que están abiertos a su enseñanza, y que sólo de Él es posible recibir, la sabiduría que salva, la sabiduría del amor. Jesús es el Maestro de esta sabiduría, que Dios nos ha enviado. ¡Cuantos cristianos sencillos, no especialmente formados, hacen gala de una sabiduría vital, fruto de una fe sinceramente vivida, que grandes especialistas, con muchos títulos académicos, son incapaces de alcanzar! La sabiduría de Salomón se expresa mejor que en los libros que leyó o que escribió, en el humilde reconocimiento de las limitaciones de su razón y sus conocimientos.

Decíamos al principio que esa aparente contradicción entre amar a Cristo y a los propios se resuelve cuando entendemos que preferir a Jesús es el mejor modo de amar de verdad y sin egoísmo a padres, hijos y hermanos. Al leer la carta de Pablo a Filemón, esa joya de la primera generación cristiana, entendemos, además, que gracias a esa preferencia por Cristo nuestra capacidad de amar se amplía infinitamente, supera toda barrera y alcanza a todos. En Cristo, el Hijo de Dios, comprendemos que todos los hombres, sin excepción, son de verdad, sin metáforas, hermanos nuestros. Sin grandes proclamas ni manifiestos (de esos que tanto gustan hoy, pero que suelen quedarse en papel mojado) contra la monstruosa inhumanidad de la esclavitud, Pablo se limita a descubrirle a su amigo y discípulo Filemón que Onésimo, su esclavo, su propiedad, es, en realidad, hermano suyo en Cristo. Sin solemnes alardes ideológicos, Pablo había lanzado la carga de profundidad que habría de terminar con esa institución odiosa y contraria al plan de Dios. Y ahí vemos con toda claridad, con toda su fuerza, hasta qué punto preferir a Cristo por encima de todo es el mejor modo de amar a todos con un amor puro y un corazón indiviso, de superar barreras y conflictos, de poner las bases de un mundo nuevo y fraterno.

José María Vegas, cmf

Meditación – Domingo XXIII de Tiempo Ordinario

Hoy es Domingo XXIII de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 14, 25-33):

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.

»Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar. ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.»

Hoy, como la vida no está muy quieta hay que caminarla. Para permanecer en el amor de Jesús, salimos a caminar las calles de nuestra ciudad, con la certeza alegre de que Él está a nuestro lado. La alegría del amor del Señor nos hace caminar juntos como peregrinos, sintiéndonos pueblo fiel de Dios; vinculados con los demás.

No podemos hacer memoria de Jesús quedándonos instalados en nuestro propio yo. El cristiano es peregrino, caminante. Jesús nos dijo que Él es el Camino y para permanecer en un Camino hay que caminarlo. No “se permanece” estando quieto. Pero tampoco yendo a mil, chocando y atropellando: Jesús no nos quiere ni quietos ni atropelladores; nos quiere pacíficamente laboriosos en el camino. Él nos marca el ritmo.

—Así caminaba María: ella, apenas recibido el anuncio del Ángel, se levantó y se puso en camino para ir a servir a su prima. Ella acompañó a su Hijo en el camino de la Cruz y acompaña a la Iglesia hacia la casa del Padre.

REDACCIÓN evangeli.net