Lectio Divina – Natividad de la Bienaventurada Virgen María

Natividad de María

Se encontró encinta por obra del Espíritu Santo

1.- Introducción.

Señor, a todos nos gusta celebrar el día de nuestro nacimiento. Mucho más el nacimiento de tu madre que también es madre nuestra. Tú que como Dios no tuviste la experiencia de tener una madre, tanto te gustó que al final nos la dejaste a todos por madre, de modo que nadie en la vida se sintiera solo o huérfano. Gracias, Señor, por el regalo de tu madre.

2.- Lectura reposada del evangelio. Mateo 1, 18-23

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: Dios con nosotros.

3.- Qué dice la Palabra de Dios.

Meditación-reflexión.

          La explicación tradicional a este texto no convence demasiado porque deja en mal lugar a San José, un hombre justo y bueno. Es verdad que San José no quiere denunciarla porque, aunque sólo estaba desposada, la ley mandaba apedrear a estas mujeres en caso de adulterio. Pero no convence su decisión de repudiarla en secreto, es decir, darle el divorcio para que se pudiera casar con otro. Otra explicación es posible. En aquel tiempo, la presencia de Dios, asustaba, y por eso, uno tendía a retirarse. Al tener la Virgen los signos claros de que Dios estaba con ella de una manera especial, San José, quiere separarse “porque cree que no la merece, que era demasiado para él”. Es lo mismo que le ocurrió a Pedro cuando pescaba en el lago. No había pescado nada en la noche (tiempo propicio para la pesca) y sin embargo, a la mañana siguiente, y en el mismo sitio, Jesús le dice que eche las redes. Al venir una pesca tan abundante, cree en el milagro, cae en la cuenta de quién es Jesús y le dice:” Apártate de mí que soy pecador” (Lc. 5,8). San Pedro no se cree digno de seguir a un hombre “tan lleno de Dios”. En ambos casos, no se retira el cuerpo, se retira el alma con toda humildad. En ambos casos les pacifica la palabra de Dios: ¡No tengáis miedo! Esto viene de Dios y vosotros sois unos privilegiados.

Palabra del Papa

“Ella se nos presenta como un vaso siempre rebosante de la memoria de Jesús, Sede de la Sabiduría, al que podemos acudir para saber interpretar coherentemente su enseñanza. Hoy nos ofrece la posibilidad de captar el sentido de los acontecimientos que nos afectan a nosotros personalmente, a nuestras familias, a nuestros países y al mundo entero. Donde no puede llegar la razón de los filósofos ni los acuerdos de la política, llega la fuerza de la fe que lleva la gracia del Evangelio de Cristo, y que siempre es capaz de abrir nuevos caminos a la razón y a los acuerdos. Bienaventurada eres tú, María, porque has dado al mundo al Hijo de Dios; pero todavía más dichosa por haber creído en él. Llena de fe, “has concebido a Jesús antes en tu corazón que en tu seno” (San Agustín) para hacerte Madre de todos los creyentes” (Papa Francisco. 1-enero-2016).

4.- Qué me dice hoy a mí esta palabra ya meditada. (Silencio)

5.-Propósito. Haré un rato de oración dando gracias a Dios por María.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, en esta vida todo lo que nace es bello: el nacimiento de un río, el nacimiento del día, el nacimiento de una flor. No digamos nada del nacimiento de una persona. ¿Qué diremos del nacimiento de María, que nos dio a la Luz a Jesús? Gracias, Señor, por esta madre tan bella, tan agraciada, tan buena. Tú la disfrutaste mientras viviste en este mundo y después nos la dejaste a todos nosotros para que fuera también nuestra madre. Nunca olvidaremos este precioso regalo que nos hiciste.

ORACIÓN POR LA PAZ

Señor Jesús, ten piedad de nosotros y concédenos la paz y la unidad, no permitas que nos soltemos de tus manos y danos un corazón capaz de amar como tú nos amas. María Madre nuestra, auxílianos en estas difíciles horas de la tribulación, se nuestra fuerza y consuelo. Cúbrenos con tu manto y que la sangre de tu bendito Hijo nos proteja de todo mal.

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Comentario – Jueves XXIII de Tiempo Ordinario

Lc 6, 27-38

En el pasaje de hoy Lucas resumió varios consejos importantes, dados por Jesús y que Mateo había agrupado en el sermón de la Montaña. Son unas actitudes evangélicas esenciales.

A vosotros que me escucháis os digo: «Amad a vuestros enemigos…»

Estamos demasiado habituados a «saber», teóricamente, esas palabras.

Sin embargo, para Jesús, no se trata de algo intelectual ni teórico. Esos «enemigos» a los que se refiere los detalla en los ejemplos siguientes:

Los que os odian. Los que os maldicen… Los que os injurian… Los que os pegan… El que te quita la capa… El que te roba…

Toda esa gente no son ideas, ni fantasmas irreales, sino personas de carne y hueso.

Hay que atreverse a buscar, a nuestro alrededor, las personas que más nos cuesta amar… Las que nos «dañan» de una u otra manera…

Amadlas… Hacedles bien… Deseadles el bien… Rogad por ellas… Dad… No reclaméis…

Todo esto no son ideas, ni sentimientos… sino actos reales, actitudes concretas.

No, no es fácil vivir el evangelio… ¡no es «agua de rosas»!

Tratad a los demás como queréis que ellos os traten.

Ponerse en el lugar de los demás.

¡Cuán difícil es esto, Señor! Ven a nosotros.

Si amáis a los que os aman ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Si hacéis bien a los que lo hacen a vosotros… También los pecadores hacen otro tanto.  Si prestáis sólo cuando esperáis cobrar… También los pecadores se prestan unos a otros con intención de cobrar el equivalente.

Mateo tomaba como comparación a «los publícanos y a los paganos». (Mateo 5, 46-47). Lucas, para no herir a sus lectores, paganos convertidos o paganos a convertir, traduce las palabras de Jesús a un lenguaje comprensible para ellos y habla de «pecadores»: es exactamente el mismo pensamiento pero en un lenguaje más moderno.

Sí, el pensamiento esencial de Jesús es que nuestro «amor» ha de ser universal, liberándose de las comunidades naturales -la familia, el medio, la nación, la raza -en las cuales se ejerce casi espontáneamente. La solidaridad no es un bien en sí, hay que decirlo: también los pecadores, los malvados, los opresores, los egoístas… pueden establecer entre ellos solidaridades muy interesadas, orientadas en provecho propio y contra los demás.

El «amor sin fronteras» es muy exigente: más allá de todas las leyes psicológicas y sociales, por lo tanto muy naturales y reales, ¡nuestro amor debe alcanzar las dimensiones mismas de toda la humanidad, enemigos y adversarios comprendidos!

Amad a vuestros enemigos, haced el bien sin esperar nada en cambio…

Es un amor desinteresado, gratuito.

Así tendréis una gran recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los malos y los desagradecidos. Sed misericordiosos, como Vuestro Padre es misericordioso.

Así, no se trata solamente de un rebasar «cuantitativo» -amar a más personas en todo el vasto mundo-, sino de un rebasar «cualitativo» -amar como Dios ama, imitando el amor infinito, y ser con ello un signo del amor del Padre que ama a todos los hombres, incluso a «sus enemigos»-.

No juzguéis… No condenéis… Perdonad… Dad…

Dejo resonar en mí cada una de esas palabras, una a una, una después de otra.

Y las llevo a la oración.

Noel Quesson
Evangelios 1

Comentario – Jueves XXIII de Tiempo Ordinario

(Lc 6, 27-38)

Con mucha insistencia y con palabras muy convincentes, Jesús presenta un ideal cristiano que no puede ser comprendido con criterios meramente humanos. El amor a los enemigos sólo se entiende desde la fe y sólo se vive con el amor que el Señor nos regala. Ese amor a los enemigos, a los que nos hacen daño y nos odian, se expresa fundamentalmente en tres actitudes: tratarlos bien, desearles el bien y rezar por ellos. Por lo tanto la actitud más opuesta al evangelio sería la de desearles el mal, la sed de venganza. En el fondo, este ideal consiste en tratarlos a ellos como desearíamos ser tratados por ellos.

San Pablo expresaba este pedido de Jesús diciendo: «No te dejes vencer por el mal, mejor vence el mal con el bien» (Rom 12, 21). Cuando las pasiones nos sugieren venganza, los criterios del Reino nos dicen que responder con la misma moneda es crear una espiral de violencia que termina dañándonos a todos.

Pero además, Jesús nos hace ver que este amor a los enemigos es el signo de que estamos viviendo a otro nivel, es lo que verdaderamente distingue a los cristianos, de los que se mueven por criterios meramente humanos. En el fondo, se trata de «dar gratis», de no tratar a alguien basándonos en lo que recibimos de él, sino de dar sin esperar. Aquí se supera la mera justicia, se va más allá, más lejos y más profundo, y se comienza verdaderamente a ser hijos del Padre celestial, que es bueno también con los ingratos. Finalmente, este texto nos resume la imitación de Dios en la misericordia, que se expresa cuando no juzgamos y cuando hacemos el bien. Esa misericordia es lo que hace que nuestras acciones agraden al Padre, de manera que él usará con nosotros la misma medida que usemos nosotros con los demás (para juzgarlos y para dar).

Oración:

«Padre Dios, inmensamente misericordioso, que siempre das gratuitamente a buenos y malos, sin esperar nada, solamente que actuemos nosotros de la misma manera con los demás, toca mi corazón y llénalo de tu generosidad y de tu compasión».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

El Padre pródigo en amor

1.- El Salmo Penitencial (nº 50) y el Evangelio de la Misericordia (las tres Parábolas del capítulo 15 de Lucas) transmiten una feliz noticia: que Dios es misericordioso y bueno con nosotros. En el fragmento del salmo se expresan dos sentimientos: el reconocimiento de nuestro pecado ante Dios y la seguridad de ser renovados por su Espíritu en lo más íntimo de nuestro ser. El pecado es una infidelidad al amor que Dios nos tiene, y no una mera infracción de un código externo. El pecado nos separa de Dios, principio de vida. El perdón que Dios nos regala es una nueva creación, una renovación interior expresada mediante la imagen de «un corazón nuevo». La purificación profunda que el salmista pide a Dios produce la restauración de las relaciones con Dios. El pecador arrepentido se siente perdonado por Dios y quiere que todos los conozcan: «Señor, me abrirás los labios y mi boca proclamará tu alabanza». Quiere que todo el mundo experimente la misericordia de Dios y se hace pregonero de su amor. Dios acepta como única ofrenda «un corazón quebrantado y humillado».

2.- En evangelio de Lucas se describen tres parábolas de la misericordia: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo. En los tres relatos se repiten los binomios, perdido-encontrado y tristeza-alegría. La lejanía de Dios es lo que produce la pérdida y su cercanía la posibilidad del encuentro. La tristeza por la soledad experimentada lejos de Dios se transforma en alegría tras el encuentro. Es Dios quien toma la iniciativa de buscar al extraviado, simbolizado en la oveja perdida, la moneda o el hijo pródigo. Es Dios el auténtico protagonista de las tres parábolas.

3. – La intención de Lucas en la llamada «Parábola del Hijo Pródigo» es manifestar la ternura de un Dios que nos invita a estar a su lado. Dios Padre refleja en su rostro los rasgos de la vida. El da vida a aquellos que, libremente, deciden seguirle. Dios Padre nos da vida porque es Amor. Habitar en la casa del Padre es gozar de la misericordia y el cariño de Dios. El hijo menor representa al discípulo autosuficiente que se ha alejado del camino. Lejos de la casa del padre no hay vida verdadera, sino desgracia y muerte. Pero el discípulo decide volver al buen camino y allí goza de la profundidad de la vida. El Padre lo acoge de nuevo y, de alguna manera, vuelve a engendrarlo. La acogida paternal y amistosa del Padre devuelve a aquel hombre la certeza de sentirse querido y lo rehabilita como persona.

4.- El hermano mayor es el paradigma del cristiano que siempre se ha creído en el camino adecuado, pero le ha faltado lo más importante: el amor que supone el encuentro personal con el Dios que nos da vida. Había vivido en la misma casa del Padre, ha pertenecido desde su bautismo a la Iglesia, quizá ha trabajado duramente en defensa de su fe, pero no ha experimentado el gran gozo del amor del Padre. Por eso pone dificultades a la misericordia, no entiende a una Dios que perdona siempre sin límites.

El Padre es el auténtico protagonista de la Parábola, que debería llamarse mejor «Parábola del Padre Pródigo en amor», o «Parábola del Padre que sale al encuentro y perdona». El Dios de Jesucristo es el Dios de la vida. Cuando nos alejamos de El nuestra vida se debilita. Cuanto más estemos lejos del fuego de su amor, más frío tendremos. Nos sentimos solos y abandonados, como la oveja perdida. Cuando nos cerramos a su amor, como el hijo mayor, nos invade la rutina, la desesperación y el desamor. Lo más significativo que nos enseña la parábola no es ni nuestra huída ni nuestra cerrazón, lo más importante es la misericordia y la ternura de Dios, que quiere que vivamos de verdad. Hemos de darnos cuenta de que Dios nos lleva en la palma de la mano, solo quiere nuestra autorrealización personal. Esta es la invitación que el Padre nos hace, ¿la aceptamos?

5.- La actitud de Dios es la acogida, la comprensión y el perdón. Es semejante a lo que me contó hace unos días un joven: «Una mañana cuando me dirigía al trabajo en mi coche recién estrenado fui golpeado levemente en el parachoques por otro automóvil. Los dos vehículos se detuvieron y el chico que conducía el otro coche bajó para ver los daños. Yo estaba asustado, reconocía que la culpa había sido mía. Me daba terror tener que contarle a mi padre lo que me había sucedido, sabiendo que sólo hacía dos días que mi padre lo había comprado. El otro chico se mostró muy comprensivo tras intercambiar los datos relativos a las licencias y el número de matrícula de ambos vehículos. Cuando abrí la guantera para sacar los documentos me encontré que con un sobre donde vi una nota de puño y letra de mi padre, que decía: «hijo, en caso de accidente, recuerda que a quien quiero es a ti, no al coche».

Yo pensé al escuchar este relato: si esto lo hacen los padres y los amigos, cuánto más Dios que es Padre misericordioso. Pensé además, que Dios nos da siempre una nueva oportunidad y comprendí qué entrañables eran las palabras que escribió San Agustín tras su conversión. «Ahora te amo a ti sólo, a ti sólo sigo y busco, a ti sólo estoy dispuesto a servir, porque tú sólo justamente señoreas. Manda y ordena, te ruego, lo que quieras, pero sana mis oídos para oír tu voz». Comprendí qué es la auténtica conversión y lo que significa el amor misericordioso de Dios.

José María Martín OSA

Por encima de lo nuestro

Tú eres el Dios
sobre el que todos opinamos,
el Dios que todos buscamos,
el Dios que todos abandonamos,
el Dios con el que todos luchamos.

Pero, a la vez,
Tú eres el Dios que nos recreas,
que nos encuentras
aunque no te busquemos,
que permaneces fiel
cuando te dejamos,
que nos vences y convences.

Tú eres el Dios
del que todos hablamos,
el Dios al que todos usamos,
el Dios que todos desfiguramos,
el Dios al que todos intentamos
comprar.

Pero, a la vez, Tú eres el Dios
que nos habla con amor,
que nos respeta y cuida con pasión,
que nos da identidad y rostro,
que se muestra insobornable
en su gratuidad.

Tú eres el Dios que cree en nosotros,
el Dios que espera en nosotros,
el Dios que ama en nosotros,
por encima de nuestros gestos,
hechos y palabra.

Florentino Ulibarri

Notas sobre el texto, contexto y pretexto – Domingo XXIV de Tiempo Ordinario

El capítulo 15 de Lucas nos presenta el tema de la búsqueda y el encuentro de lo que esta perdido… abordándose de esta manera la misericordia de Dios. Se nos presentan en serie las tres parábolas que la ilustran: la de la oveja, la moneda y la de los hijos «perdidos», o mejor, del «padre misericordioso». El marco de la enseñanza no puede pasar desapercibido: recaudadores y descreídos se acercaban a Jesús provocando el enojo de los jefes religiosos. Se fraguaba en el judaísmo la posterior prohibición de contacto con irreverentes e impíos para todo observante de la Ley de Moisés. La respuesta es la audacia del Evangelio como Buena Noticia para los alejados… de la legalidad.

Comentario al evangelio – Natividad de la Bienaventurada Virgen María

¡Feliz cumpleaños, mamá!

La genealogía presentada en el evangelio de hoy indica que ningún acontecimiento de la historia de la salvación es un hecho aislado. Cada acontecimiento, al igual que cada nacimiento, está vinculado a todo lo demás, dentro del gran diseño de Dios. El nacimiento de María, por tanto, está íntimamente ligado a todo lo que le precede y le sigue. Así lo destaca la liturgia del día: «Celebremos con alegría el nacimiento de la Virgen María, de la que ha nacido el Sol de Justicia…. Su nacimiento constituye la esperanza y la luz de la salvación para todo el mundo…. Su imagen es luz para todo el pueblo cristiano». San Agustín subraya así el significado de su nacimiento: «Ella es la flor del campo de la que brotó el precioso lirio del valle. Por su nacimiento se cambia la naturaleza heredada de nuestros primeros padres». El nacimiento de María está ligado a nuestras vidas, a través del Hijo del que fue mediadora y por el que se convirtió también en nuestra Madre. Hoy es el cumpleaños de nuestra Madre.

Paulson Veliyannoor, CMF

Meditación – Natividad de la Bienaventurada Virgen María

Hoy celebramos la fiesta de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 1, 1-16.18-23):

Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham: Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos, Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zara, Fares engendró a Esrom, Esrom engendró a Aram, Aram engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Naassón, Naassón engendró a Salmón, Salmón engendró, de Rahab, a Booz, Booz engendró, de Rut, a Obed, Obed engendró a Jesé, Jesé engendró al rey David.

David engendró, de la que fue mujer de Urías, a Salomón, Salomón engendró a Roboam, Roboam engendró a Abiá, Abiá engendró a Asaf, Asaf engendró a Josafat, Josafat engendró a Joram, Joram engendró a Ozías, Ozías engendró a Joatam, Joatam engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amón, Amón engendró a Josías, Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando la deportación a Babilonia.

Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel engendró a Zorobabel, Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliakim, Eliakim engendró a Azor, Azor engendró a Sadoq, Sadoq engendró a Aquim, Aquim engendró a Eliud, Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Mattán, Mattán engendró a Jacob, y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. Así que el total de las generaciones son: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones; desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones.

La generación de Jesucristo fue de esta manera: su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en Ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: «He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel», que traducido significa: «Dios con nosotros».

La gran profecía anunciada por los profetas y anhelada por el pueblo de Israel, a lo largo de los siglos, se orienta a la llegada del Mesías. Es el punto final de un camino que estuvo salpicado por la esperanza de que, pese a todas sus infidelidades, Dios no abandonaría a su pueblo, sino que enviaría a quien establecería una Nueva y definitiva Alianza. María va a tener un especial protagonismo al convertirse en la madre de esa gran promesa, Jesús. Ella es esa “virgen que concebirá y dará a luz un hijo”, tal como anunció Isaías.

El hecho de su nacimiento es lo que hoy celebramos. Desde antiguo esta fiesta, posiblemente desde el siglo V en Oriente, ha sido una llamada a recordar el comienzo de su historia. Lo que sabemos de su vida más allá de los textos evangélicos, lo sabemos por el protoevangelio apócrifo de Santiago. Los evangelios no nos cuentan nada del acontecimiento que hoy conmemoramos. La presencia de María en los textos sagrados está toda orientada a Jesús, el Hijo de Dios. Por eso, no necesitamos datos concretos del contexto de lo que fue su llegada a este mundo. Sabemos lo que definió su vida: su entrega y fidelidad al plan de Dios para que se hiciera en ella lo que la Palabra del Señor pedía. De esa entrega y fidelidad surge todo lo que significa María en la historia de la salvación.

El evangelio nos habla del nacimiento de Jesús en medio de una familia sencilla que pone frente a nosotros a María y a José. María con su seguridad de haber respondido a la petición de Dios para traer al mundo a Jesús y a José con sus dudas e incertidumbres ante lo desconocido. Ellos ofrecieron a Jesús el marco para desarrollar su vida en Nazaret y recibir lo que todo hombre que llega a este mundo necesita: amor hecho de ejemplos concretos de vida.

El comienzo de todo nos retrotrae al acontecimiento fundamental en la vida de María que no es otro que la Anunciación. María es contemplada como el mejor ejemplo de lo que significa vivir en cristiano. Ella es madre y discípula; ella es modelo de disponibilidad y entrega a la voluntad de Dios. Su “hágase en mi según tu palabra” es una manifestación plena de confianza en Dios a quien entrega su vida.

La fiesta de su nacimiento nos recuerda que la Virgen María vino al mundo sin pecado original; por eso es pura, santa y así recibirá al autor de la gracia dispuesta de la forma más digna para acoger a Jesús, para ser la madre de Dios hecho hombre.

Celebrar la natividad de la Virgen María nos sitúa ante la figura de la Madre del Señor, para aprender a estar disponibles, para acoger y aceptar lo que Dios tiene reservado a cada uno, asumiendo con todas las consecuencias, nuestra aportación a la obra de la salvación.

San Juan Damasceno (675-749) predicó, un 8 de septiembre en la Basílica de Santa Ana, en Jerusalén, un hermoso sermón que sirve de colofón a este comentario:
“¡Ea, pueblos todos, hombres de cualquier raza y lugar, de cualquier época y condición, celebremos con alegría la fiesta natalicia del gozo de todo el Universo. Tenemos razones muy válidas para honrar el nacimiento de la Madre de Dios, por medio de la cual todo el género humano ha sido restaurado y la tristeza de la primera madre, Eva, se ha transformado en gozo. Ésta escuchó la sentencia divina: parirás con dolor. A María, por el contrario, se le dijo: Alégrate, llena de gracia!”.

Alabemos a Dios por su misericordia. Ensalcemos a María, madre nuestra por su generosidad al aceptar ser la Madre del Salvador y madre nuestra.

Fray Salustiano Mateos Gómara O.P.

Liturgia – Natividad de la Bienaventurada Virgen María

NATIVIDAD DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA, fiesta

Misa de la fiesta (blanco)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Gloria. Prefacio I de la Bienaventurada Virgen María (en la Natividad). No se puede decir la Plegaria Eucarística IV.

Leccionario: Vol. IV

  • Miq 5, 1-4a. Dé a luz la que debe dar a luz.
  • Sal 12. Desbordo de gozo con el Señor.
  • Mt 1, 1-16. 18-23. La criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo.

Antífona de entrada
Celebremos con alegría el Nacimiento de la bienaventurada Virgen María: de ella salió el Sol de justicia, Cristo, nuestro Dios.
Monición de entrada
Hoy es la fiesta de la Natividad de la bienaventurada Virgen María, de la estirpe de Abrahán, nacida de la tribu de Judá y de la casa del rey David, de la cual nació el Hijo de Dios, hecho hombre por obra del Espíritu Santo, para liberar a la humanidad de la antigua servidumbre del pecado.
Al nacer la Virgen María comenzó a cumplirse la promesa de salvación que Dios había hecho a su pueblo. La vida de la Virgen María nos enseña a alabar a Dios por las gracias que le otorgó y por las bendiciones que por ella derramó sobre el mundo. Podemos encomendar nuestras necesidades a ella.

Yo confieso…

Se dice Gloria.

Oración colecta
CONCEDE, Señor, a tus servidores
el don de la gracia del cielo,
para que, cuantos hemos recibido las primicias de la salvación
por la Maternidad de la Virgen María,
consigamos aumento de paz en la fiesta de su Nacimiento.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Dios, Padre de los pobres y de los humildes, ha elegido a María para templo de su gloria. A él dirigimos nuestra confiada oración.

1.- Por la santa Iglesia: para que acogiendo con humildad y fe el don de la salvación, sea, cada vez más, canal de gracia y de perdón para la humanidad. Roguemos al Señor.

2.- Por todos los pueblos de la tierra: para que al compartir los bienes materiales, culturales y espirituales descubran el camino seguro de fraternidad que Dios quiere de nosotros. Roguemos al Señor.

3.- Por los más necesitados de nuestra sociedad: para que reciban la ayuda y el calor por parte de quienes, como María, consagran su vida al servicio de los demás. Roguemos al Señor.

4.- Por todos nosotros, para que el espíritu de gratitud y de alabanza que brilló en la Virgen María nos haga fieles y agradecidos tanto en los momentos de prueba como en los de alegría. Roguemos al Señor.

Padre misericordioso, tú que conoces nuestro corazón, ven en ayuda de nuestra debilidad y, por intercesión de María, Virgen orante, escucha nuestras súplicas. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
SEA nuestro socorro, Señor,
la humanidad de tu Unigénito,
y el que al nacer de la Virgen
no menoscabó la integridad de su Madre,
sino que la santificó,
nos libre del peso de nuestros pecados
y vuelva nuestra ofrenda aceptable para ti.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

     O bien:
AL celebrar con gozo
el nacimiento de santa María Virgen,
te presentamos, Señor, nuestros dones
y te suplicamos que nos auxilie la humanidad de tu Hijo,
que se dignó encarnarse de la misma Virgen.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio I de la bienaventurada Virgen María: en la Natividad o II-V.

Antífona de comunión          Is 7, 14; Mt 1, 21
Mirad: la Virgen da a luz un Hijo que salvará a su pueblo de sus pecados.

Oración después de la comunión
QUE se alegre tu Iglesia, Señor,
fortalecida con los santos sacramentos,
y se goce en el nacimiento de santa María Virgen,
que fue para todo el mundo esperanza y aurora de salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Bendición solemne
Dios, que por su bondad quiso redimir al género humano
mediante la maternidad de la Virgen María,
derrame sobre vosotros una abundante bendición.
R/. Amén.
Que experimentemos siempre y en todas partes
la protección de la Virgen María,
por quien recibieron al autor de la vida.
R/. Amén.
Y todos vosotros,
reunidos para celebrar con amor esta fiesta en su honor,
recibamos los dones de la alegría espiritual
y los premios eternos.
R/. Amén.
Y la bendición de Dios todopoderoso,
del Padre, del Hijo + y del Espíritu Santo,
descienda sobre vosotros y permanezca para siempre.
R/. Amén.