Lectio Divina – Viernes XXIII de Tiempo Ordinario

¿Podrá un ciego guiar a otro ciego?

1.-Oración introductoria.

Señor, en la oración de esta mañana, me obligas a preguntarme: ¿Por qué sólo te fijas en lo malo de tus hermanos y no te fijas en lo malo que hay dentro de ti? Para escandalizarte de la Iglesia no es necesario ir al Vaticano. Mira dentro de ti mismo, baja al sótano de tu corazón y descubrirás que el escándalo está dentro de ti. Gracias, Señor, porque nos enseñas a ser realistas, ser auténticos y a desterrar el fariseísmo.

2.- Lectura reposada del evangelio. Lucas 6, 39-42

En aquel tiempo ponía Jesús a sus discípulos esta parábola: «¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo por encima del maestro. Todo el que esté bien formado, será como su maestro. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: «Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo”, ¿no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano.

3.- Qué dice el texto

Meditación-Reflexión

Es muy corriente que nos fijemos sólo en lo malo, en lo negativo de nuestros hermanos. Es verdad que, al mirarnos en profundidad, siempre encontramos “charcos” que nos salpican. ¿Por qué no cambiamos nuestra mirada? Porque en cada persona, además de charcos, hay fuentes, bosques, prados, bonitos jardines que, por no haberse fijado nadie en ellos, están sin descubrir. No estamos acostumbrados a los “sondeos en positivo”. No nos atrevemos a decir a las personas los valores y cualidades que tienen. No se trata de hacerlos soberbios, sino que reconozcan lo maravilloso que Dios ha sido con ellos. Si en una comunidad, yo hago el propósito de instalarme en lo bueno y positivo del hermano que tengo a mi lado, yo viviré feliz en ese “jardín interior” y no quedaré afectado por la basura que, a lo largo del camino, se va acumulando en algún rincón de la huerta. El beneficio que me reporta el respirar de las plantas y flores, me llevará instantáneamente a tratar de eliminar, también con mi servicio generoso, los deshechos de una mala convivencia.  Bella y bonita la mirada del Papa San Pablo VI sobre el mundo:” Que lo sepa el mundo: La Iglesia lo mira con profunda comprensión, con sincera admiración y con sincero propósito, no de condenarlo sino de servirlo; no de despreciarlo, sino de valorizarlo; no de condenarlo, sino de confortarlo y de salvarlo”.

Palabra autorizada del Papa

“Quien juzga se equivoca, simplemente porque toma un lugar que no es suyo. Pero no solo se equivoca, también se confunde. Está tan obsesionado con lo que quiere juzgar, de esa persona -¡tan tan obsesionado!- que esa idea no le deja dormir. … Y no se da cuenta de la viga que él tiene. Es un fantasioso. Y quien juzga se convierte en un derrotado, termina mal, porque la misma medida será usada para juzgarle a él. El juez que se equivoca de sitio porque toma el lugar de Dios termina en una derrota. ¿Y cuál es la derrota? La de ser juzgado con la medida con la que él juzga. El único que juzga es Dios y a los que Dios da la potestad de hacerlo. Jesús, delante del Padre, ¡nunca acusa! Al contrario: ¡defiende! Es el primer Paráclito. Después nos envía el segundo, que es el Espíritu Santo. Él es defensor: está delante del Padre para defendernos de las acusaciones. ¿Y quién es el acusador? En la Biblia se llama «acusador» al demonio, satanás. Jesús nos juzgará, sí; al final de los tiempos, pero mientras tanto intercede, defiende”. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 23 de junio de 2014, en Santa Marta).

4.- Qué me dice este texto hoy a mí. Guardo silencio.

5.-Propósito. Hoy no juzgo a nadie. Necesito todo el tiempo para descubrir la viga que tengo en mis ojos.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, hoy me invitas a realizar una bonita tarea: “mirar lo bueno, lo bello, lo grande que hay en el corazón de cada persona”. Es la mejor manera de constatar el derroche de dones, que has derramado en la creación, obra de tus dedos. En vez de dedicarme a constatar “vigas de maldad”, ¿Por qué no dedicarme a observar las briznas de ternura y de cariño que has puesto en el corazón de cada uno? Dame, Señor, la mirada del corazón.

ORACIÓN POR LA PAZ

Señor Jesús, ten piedad de nosotros y concédenos la paz y la unidad, no permitas que nos soltemos de tus manos y danos un corazón capaz de amar como tú nos amas. María Madre nuestra, auxílianos en estas difíciles horas de la tribulación, se nuestra fuerza y consuelo. Cúbrenos con tu manto y que la sangre de tu bendito Hijo nos proteja de todo mal.

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Comentario – Viernes XXIII de Tiempo Ordinario

Lc 6, 39-42

En los dos pasajes de hoy y de mañana, encontraremos una serie de sentencias de Jesús bastante heteróclitas enlazadas unas a otras por palabra enlace -la «medida», el «ojo», el «árbol» la «boca», la «casa»-: esta repetición de palabras que se suscitan unas a otras es un procedimiento usado por las civilizaciones orales, que no tienen escritura, para memorizar algunas palabras. Tenemos con ello un buen testimonio del cuidado con el que las primeras gene

raciones cristianas conservaron, no en «libros» sino en su «memoria y en su corazón», las palabras de Jesús. ¿No podría yo también aprender de memoria ciertas sentencias de Jesús?

¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo?

Sed lúcidos, decía Jesús, a través de esa imagen concreta. No os dejéis arrastrar sin verificar antes dónde vais y a quien seguís.

Hay falsos conductores, falsos profetas que engañan al pueblo… Tened los ojos muy abiertos.

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo, y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?

(palabra enlace: el ciego, el ojo)

Sed lúcidos, primero, para vosotros mismos, decía Jesús a través de esa otra imagen concreta. Vosotros que desconfiáis tanto de los falsos-conductores, de los falsos-profetas, que criticáis tan fácilmente a vuestros responsables, o a vuestros hermanos… mirad pues en el fondo de vuestra propia vida… ¡Abrid los ojos sobre vosotros mismos! Criticaos; sed vosotros objeto de vuestra propia crítica. Vosotros que percibís tan fácilmente los defectos de la Iglesia, de los sacerdotes, de los cristianos que no piensan como vosotros sobre ciertos puntos… Procurad también tener en cuenta vuestros propios defectos.

¿Cómo te permites decirle a tu hermano: «Hermano, déjame que te saque la mota del ojo», sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo…? ¡Te equivocas! Sácate primero la viga de tu ojo.»

El traductor, aquí, ha estado muy amable y ha suavizado el apostrofe de Jesús. El texto griego auténtico es mucho más fuerte: «¡Hipócrita! sácate primero la viga de tu ojo.» Y nosotros, ¿no tratamos también a veces de suavizar el evangelio? ¡No nos gustan las palabras fuertes! Sobre todo si nos van dirigidas.

De nuevo hay que hacer notar, que no se trata sólo de los demás… Ciertamente es a mí a quién Jesús dice que soy hipócrita cuando critico a los demás.

¡Cuánto más agradable sería la vida a nuestro alrededor si fuéramos más exigentes con nosotros que con los demás; si nos aplicáramos todos los buenos consejos que prodigamos a los demás; si tuviéramos el mismo afán en mejorarnos a nosotros mismos, que el que tenemos en mejorar a los demás!

¿No habéis notado que, cuando algo va mal, siempre echamos la culpa a «los otros»?: si los gobiernos hicieran esto… si los sindicatos no hicieran tal cosa… si los patronos se portaran de ese modo… si los obreros fueran de esa otra manera… si los sacerdotes hicieran mejor su trabajo… si mi esposo, si mi esposa… si mis vecinos…

Sácate primero la viga de tu ojo, entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano.
La «revisión de vida» es un ejercicio espiritual eminentemente evangélico: se trata de reconsiderarse a sí mismo, de revisar, de repasar la propia vía y los propios compromisos . ¡ Sería una horrenda caricatura de la revisión de vida si la transformáramos en una empresa de crítica de los demás!

Señor, haznos lúcidos y clarividentes; así podremos intentar ayudar a nuestros hermanos a ver también más claro.

Noel Quesson
Evangelios 1

Los pecadores se acercaban a escucharle

Las parábolas de la misericordia

Hoy queremos analizar tres formas de comportamiento de Dios para nosotros: las parábolas de la misericordia. La primera tiene que ver con elementos inanimados: una moneda; la segunda, con seres animados: una oveja que se pierde y la tercera, con las personas: dos hermanos «muy especiales» y un Padre fuera de serie.
Aunque tú fueras esa moneda perdida, aunque te comportes como una «cosa», Dios no deja de buscarte; para él nunca estás perdido. Si tú fueras la oveja perdida, el pastor te buscaría hasta encontrarte… Aunque te comportes como un animal, Dios no deja de buscarte, porque no soporta que uno de sus hijos se pierda. Y la parábola del Padre bueno nos deja sin palabras…, porque parece que el hijo que se marchó, al final, es el que está con el Padre y el que no se movió de casa, aparece como insensible ante todo lo que está pasando en la vida de su hermano y en el corazón de su Padre ¿Con qué hijo nos identificamos? Da lo mismo, porque nunca estamos perdidos para Dios.

¿Dónde está Dios?

Las parábolas nos recuerdan que Dios no puede sufrir que el hombre se pierda. Su mayor alegría es la vida y la felicidad de los hombres. Por eso la pregunta ante las tragedias que asolan a la humanidad: ¿Dónde está Dios? Si Dios es realmente nuestro Padre y Señor del mundo, ¿por qué se calla, dónde se oculta? ¿Dónde está Dios?
Dios está en el corazón mismo de nuestro sufrimiento. Dios ha sufrido y sufre con nosotros. Dios no nos salva a los hombres arrancándonos del mundo y de los riesgos de esta vida terrestre. Dios nos salva en el mundo, encarnándose en nuestra impotencia, en nuestros miedos y en nuestro dolor.
Dios está en todo hombre que sufre. El silencio incomprensible de Dios no es el silencio de alguien lejano e indiferente. Es el silencio de un Dios que sufre junto a nosotros y habita desde dentro nuestro dolor.
Dios está siempre a nuestro lado, porque no soporta que sus hijos estén lejos de él. Porque quiere su felicidad y lejos de él la felicidad es siempre una trampa, un engaño.

Aprendamos la lección de la misericordia

Somos insustituibles para Dios. Dios siempre cuenta con nosotros, y por eso quiere estar donde estamos nosotros… Y por eso nos busca como una mujer su moneda extraviada, como un pastor su oveja perdida, como un Padre a sus hijos tanto a los que se van como a los que se quedan.

Qué bien si aprendiéramos la lección de la misericordia de Dios.

Isidro Lozano

Misa del domingo

Los fariseos se entregaban totalmente al estudio de la Ley dada por Dios a Moisés así como de las “tradiciones de los padres”. Sus miembros se daban al riguroso cumplimiento de su propia interpretación de la Ley, especialmente en lo tocante al descanso sabático, a la pureza ritual y a los diezmos. El nombre con el que conocemos a esta facción religiosa de los judíos procede del arameo “perissayya” y del hebreo “perusim”, que se traduce literalmente por “los separados”. Este calificativo, impuesto probablemente por sus adversarios, refleja el hecho de la separación radical de la muchedumbre a la que les llevó su estricta observancia de la Ley, pues consideraban “impuros” a todos aquellos que a diferencia de ellos incumplían la Ley, especialmente a quienes vivían en pecado público, como las prostitutas y los recaudadores de impuestos, también llamados “publicanos”. En resumen, los fariseos no se juntaban con “los pecadores”, y menos aún comían con ellos.

Se entiende entonces por qué se escandalizan ante la actitud del Señor Jesús: «Éste acoge a los pecadores y come con ellos» (Lc 15, 1), murmuraban entre ellos. ¿No era Él también un maestro? ¿Cómo podía permitir que se le acercasen «los publicanos y los pecadores a escucharle»? Peor aún, ¿cómo podía compartir con ellos la mesa, signo de acogida, de comunión?

El Señor Jesús quiere hacer entender una vez más a aquellos fariseos y escribas de duro corazón que Dios es un Padre misericordioso que se preocupa por la vida y el destino de todos sus hijos, no sólo de los fariseos. Quiere hacerles entender que Dios es un Padre clemente que, porque para Él lo más importante es recuperar cada hijo perdido, está siempre dispuesto al perdón. Y porque es Padre que ama, es capaz de abrazar y acoger al más pecador de los pecadores, cuando vuelve arrepentido a Él. Lejos del corazón de Dios Padre está tratar al hijo como merecen sus culpas, con un castigo proporcionado a sus pecados, con el rechazo, con el desprecio, despojándolo de su dignidad de hijo. Todo lo contrario, el amor del Padre es tan grande que no duda en enviar a su propio Hijo para «buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 10). Es por ese amor que «Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores» (2ª. lectura).

Las dos primeras parábolas presentadas por San Lucas quieren expresar con cuánto empeño busca Dios a su criatura humana, que por su pecado se ha “perdido” y alejado de Él. Dios sale en su busca y hace todo lo que está a su alcance para hallarla. La alegría que experimenta el pastor al encontrar su oveja extraviada o la mujer al hallar la moneda perdida es análoga a la alegría que Dios experimenta por un pecador que se convierte.

El proceso de ruptura, la posterior conversión y reconciliación de un pecador es descrito magníficamente con la parábola llamada del “hijo pródigo”, aunque más propiamente debería llamarse parábola del Padre misericordioso.

En esta parábola los fariseos están representados por el hijo mayor que no comprende la actitud del padre, que reclama para sí un trato mejor y para su hermano el castigo y rechazo. Aquel hijo, aunque siempre había permanecido en la casa del padre, se hallaba lejos de él porque su corazón no sintonizaba con el corazón misericordioso del padre. Cegado por la ira, por el enojo, reclamaba un trato duro. Su corazón estaba cerrado a la misericordia, por tanto era incapaz de compartir el gozo que el padre experimenta al recuperar a su hijo. Así se mostraban aquellos fariseos que pensaban que estaban cerca de Dios porque cumplían la Ley, cuando en realidad estaban lejos de su corazón por su falta de misericordia, algo que continuamente les reclama el Señor: «Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mt 9, 13; ver también: Mt 12, 7; 23, 23; Lc 10, 37).

La salvación y reconciliación que el Señor Jesús vino a traer no es exclusiva para los fariseos o para los judíos, sino que es un don del amor de Dios Padre para todos los hombres de todos los pueblos y de todas las generaciones, incluyendo a quienes menos lo merecen pero más lo necesitan. El Hijo de Dios ha venido a buscar y salvar también a los gentiles (Lc 7, 1ss), a los samaritanos (Lc 10, 33ss; 17, 16ss), a publicanos y prostitutas que desean volver a la casa del Padre (Lc 5, 32; 15, 1ss), a los despreciados por la sociedad (Lc 4, 18; 6, 20; 7, 22; 14, 13; 18, 22; etc.). Para Dios nadie está excluido, absolutamente todo ser humano es sujeto de redención porque es sujeto de su amor y misericordia.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Las lecturas de este Domingo hablan de una realidad presente en la historia de la humanidad, presente en nuestra propia historia personal: el pecado. Insistimos en que es una realidad, aunque en nuestra sociedad cada vez más olvidada de Dios se busque negar, ignorar, dejar atrás, diluir, sustituir con otros nombres o explicaciones: «un defecto de crecimiento, una debilidad psicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, etc.» (Catecismo de la Iglesia Católica, 387).

¿Qué es el pecado? No se puede comprender lo que es el pecado sin reconocer en primer lugar que existe un vínculo profundo del hombre con Dios. El pecado «es rechazo y oposición a Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 386), «es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente» (Catecismo de la Iglesia Católica, 387). Es un querer ser dios pero sin Dios, es querer vivir de espaldas a Él, desvinculado de los preceptos y caminos que en su amor Él señala al ser humano para su propia realización. El pecado es un acto de rebeldía, un “no” dado a Dios y al amor que Él le manifiesta. Todo esto queda retratado en la actitud del hijo que reclama su herencia: quiere liberarse del padre, salir de su casa para marcharse lejos y poder gozar de su herencia sin límites ni restricciones.

El pecado, que es ruptura con Dios, tiene graves repercusiones. Quien peca, aunque crea que está recorriendo un camino que lo conduce a su propia plenitud y felicidad, entra por una senda de autodestrucción: «el que peca, a sí mismo se hace daño» (Eclo 19, 4). Al romper con Dios, fuente de su vida y amor, todo ser humano sufre inmediatamente una profunda ruptura consigo mismo, con los demás seres humanos y con la creación toda.

¿Qué hace Dios ante el rechazo de su criatura humana? Dios, por su inmenso amor y misericordia, no abandona al ser humano, no quiere que se pierda, que se hunda en la miseria y en la muerte, sino que Él mismo sale en su busca: «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). «Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores» (1 Tim 1, 15). Dios en su inmenso amor ofrece a su criatura humana el don de la Reconciliación por medio de su Hijo. Es el Señor Jesús quien en la Cruz nos reconcilia con el Padre (ver 2 Cor 5, 19), es Él quien desde la Cruz ofrece el abrazo reconciliador del Padre misericordioso a todo “hijo pródigo” que arrepentido anhela volver a la casa paterna.

Por el Sacramento del Bautismo el Don de la Reconciliación alcanza a todo ser humano: «El Bautismo, dando la vida de la gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 405; ver 1263-1265). De este modo hemos sido reconciliados con Dios, con nosotros mismos, con los demás y con toda la creación.

Pero además de este sacramento «Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1446). En el sacramento también llamado de la reconciliación se da verdaderamente el encuentro de nuestra miseria con la misericordia del Padre, el abrazo entre el hijo pródigo y el Padre misericordioso. Allí todos nuestros pecados, incluso los más vergonzosos o graves, los que ni otros ni nosotros mismos nos perdonamos, encuentran verdaderamente el perdón de Dios. ¡El amor de Dios es siempre más grande que nuestros pecados!

¿Soy consciente del regalo inmenso que significa este sacramento? ¿O desprecio yo el modo como Dios mismo ha querido que su misericordia llegue a mí, pensando que “yo no necesito contarle mis pecados a un cura”, y que “yo me confieso directamente con Dios”? La confesión no es invento de los curas. Cristo mismo quiso que el perdón ofrecido por Dios fuese administrado por sus ministros: «A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos» (Jn20, 23). La costumbre protestante de confesarse “directamente con Dios” despreciando el sacramento de la reconciliación, va en contra de la voluntad misma del Señor Jesús.

Y tú, ¿cargas con algún pecado vergonzoso o “imperdonable” en tu consciencia? ¿No quieres volver al Padre, humilde y arrepentido? ¿No quieres alcanzar el perdón y la paz de tu corazón? ¿Te retiene el miedo o la vergüenza? ¡Vence tu vergüenza, tu miedo o tu inercia! ¡Busca humilde y arrepentido el perdón de Dios en el Sacramento de la Misericordia del Padre, el Sacramento de la Reconciliación! Para que una vez perdonado y reconciliado, fortalecido por la gracia divina, puedas nuevamente vivir día a día conforme a tu dignidad de hijo o hija amada del Padre. Perdonado y reconciliado, ¡haz brillar en ti, mediante una conducta santa, la Imagen de quien es el Hijo por excelencia, la Imagen de Cristo mismo!

La misericordia es el alma de Dios

En la conversación entre Dios y Moisés sobre las infidelidades del pueblo prevalece siempre el perdón de Dios y una nueva oportunidad para seguir siendo el pueblo elegido (Ex 32, 14). La carta a Timoteo revela que el propio Pablo ha sido un buen ejemplo de la misericordia divina, siendo ahora uno de los pilares más importantes de la Iglesia (2 Tm 1, 12). Y las parábolas sobre la misericordia de Dios, la oveja perdida y la moneda encontrada y la del Hijo Pródigo, muestran la bondad, la ternura y el amor sin límites de Dios Padre por la conversión de un pecador (Lc 15, 20).

Hijo mío,
no te rindas,
por favor no cedas…
aunque el sol se esconda y se calle el viento…

Gracias, Padre,
por el amor con que me envuelves,
por la alegría que hallas en cada uno de nosotros,
porque miras con cariño mi fragilidad,
porque te abajas hasta mí para comprender lo que soy
y empujarme a una vida mejor.

Hijo mío,
no te rindas,
porque aún hay fuego en tu alma,
aún hay vida en tus sueños…
porque cada día es un comienzo nuevo…

Gracias, Padre,
porque estoy alegre a pesar de mis trabajos y preocupaciones;
estoy alegre con la alegría profunda de saberme hijo tuyo
y hermano de todos los hombres.
Gracias, Padre,
porque mi corazón aún se estremece y llora
por cada hermano que sufre, lucha y sueña
que la vida puede ser de otra manera.

Hijo mío,
no te rindas,
porque cada día es un comienzo nuevo…,
porque esta es la hora y el mejor momento,
porque no estás solo,
porque YO te quiero.

Gracias, Padre bueno. Amén.

Sobre un texto de Mario Benedetti.

Isidro Lozano

Comentario al evangelio – Viernes XXIII de Tiempo Ordinario

Puntos ciegos

En 1955, los psicólogos Joseph Luft y Harrington Ingham crearon conjuntamente el concepto de «Ventana de Johari», que traza un mapa de lo que nosotros y los demás conocemos de nosotros mismos. En los cuatro cuadrantes de esta ventana de conciencia se encuentra el «punto ciego», esa parte de nuestro ser que los demás conocen pero que nosotros desconocemos. Jesús habla hoy de cómo juzgamos a los demás, mientras permanecemos felizmente ajenos a nuestros propios puntos ciegos. Un signo de madurez humana es la creciente conciencia de los propios puntos ciegos. Esa conciencia lleva a un conocimiento más profundo de uno mismo y a una mayor compasión por los demás, pues para entonces habremos sabido que, como seres humanos, somos más parecidos que diferentes en nuestros puntos ciegos. Podemos seguir intentando ofrecer correcciones, pero en privado, con respeto y fraternidad, y sin deshonrar al otro. Y, si el otro aún persiste en sus puntos ciegos, también sabremos soportar la carga del otro y cumplir así la ley de Cristo (cf. Gál 6,2).

Paulson Veliyannoor, CMF

Meditación – Viernes XXIII de Tiempo Ordinario

Hoy es viernes XXIII de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 6, 39-42):

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: «¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo por encima del maestro. Todo discípulo que esté bien formado, será como su maestro. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo’, no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano».

Proyección lo llama el psicoanálisis clásico freudiano al mecanismo de defensa utilizado por la persona en la que impulsos, sentimientos y deseos propios se atribuyen a otro objeto (sea persona, fenómeno, cosa externa).

La cuestión viene de lejos. Ya el autor sagrado recrea en el relato de la caída (Gén 3) un escenario cuyo denominador común se concentra en que el ser humano, a toda costa, busca eximirse de su actuación errada, buscando para ello -a tiempo y destiempo- un chivo expiatorio donde depositar el contubernio montado, quedando así inmaculado (según su planteamiento) y por ello con derechos para arbitrar los despropósitos ajenos, intentando a toda costa enmendar la plana al que ha sentado en el banquillo de los acusados.

El Maestro es categórico al respecto, formulando una cuestión que le sirve para sajar la ceguera y actuar como colirio para la misma: «– ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?» (Lc 6,39)

Hoyo que simboliza parálisis en el crecimiento integral del ser humano por abundancia de oscuridad, que no es otra cosa que ausencia de luz. Bien lo recita el refranero popular con aquello de: «Consejos vendo y para mí no tengo».

La parábola que el texto lucano pone en boca de Jesús, se convierte en piedra de claveque sostiene la estructura de la naturaleza esencial que somos, haciendo frente a las trampas en que se mueve el falso yo, invitándonos a transitar de manera permanente el camino del conocimiento de uno mismo, pudiendo decir con San Pablo: «Corro, no al azar; lucho, no contra el aire; sino que entreno mi cuerpo y lo someto, no sea que, después de proclamar para otros, quede yo descalificado» (1ª Cor 9, 26-27).

El apóstol de los gentiles es sabedor del peligro de los maquillajes, lifting y demás postizos que son garante de una «corona que se marchita» (v. 25); de facto, de disfrute limitado con la consiguiente insatisfacción.

La corona incorruptible, de la que se hace vocero S. Pablo, invitando a acoger -a tiempo y a destiempo-, al que es la Buena Noticia, con rostro y nombre concreto: Jesús, llamado el Cristo.

Aquel del que se canta según la oda de Gat, de los hijos de Coré, en el Salmo 83: «Dichoso el que encuentra en ti su fuerza y tiene tus caminos en su corazón»(v.6)

La sociedad de cada tiempo y la nuestra en grado superlativo vende el sentido de la vida en estuche de programas emocionales de felicidad, diseñados a medida del ego y por ello, infectados de autorreferencialidad, -como insiste hasta la saciedad el papa Francisco-, siendo por ello botín de cajón desastre.

La Buena Noticia no se cifra en estar exentos de problemas, combates, contrariedades, contratiempos, sino que «cuando atravesamos áridos valles, los convertimos en oasis» (v.7), porque quien se definió como  «el Camino» (Jn 14,6) se convierte en camino del caminante… y entonces se encarnan aquellas letras del poema de D. Antonio Machado: «Al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar»…la de los perfectísimos, inmaculados… doctorcillos de la vida que se dedican a sacar pajas en ojo ajeno, teniendo vigas en los propios.

Ea!, que a cada uno se nos tome la tensión ocular… la del corazón, por si tenemos que pedir cita para revisión oftalmológica.

Sor Mª Ángeles Calleja O.P.

Liturgia – Viernes XXIII de Tiempo Ordinario

VIERNES DE LA XXIII SEMANA DE TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de la feria (verde)

Misal: Cualquier formulario permitido. Prefacio común.

Leccionario: Vol. III-par

  • 1Cor 9, 16-19. 22b-27. Me he hecho todo para todos, para ganar a algunos.
  • Sal 83. ¡Qué deseables son tus moradas, Señor del universo!
  • Lc 6, 39-42. ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego?

Antífona de entrada             Sal 85, 1-3
Inclina tu oído, Señor, escúchame. Salva a tu siervo que confía en ti. Piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día.

Monición de entrada y acto penitencial
El evangelio de hoy considera todo lo referente al fenómeno de la visión: los ciegos no pueden mostrar el camino a otros, ojos heridos distorsionan lo que ven en otros y no pueden ver sus propios defectos. — Habríamos de tener nosotros una ceguera “amable y comprensiva” para las faltas de los otros. Por otra parte, miremos primero dentro de nuestros corazones;  éste es quizás el camino para amar un poco más a los hermanos.

            Yo confieso…

Oración colecta
SEÑOR Dios nuestro:
Tú eres justo y santo, 
y, sin embargo, eres paciente y tolerante con nosotros.
Pero nosotros, aun tardos en aprender, somos discípulos 
de nuestro único Maestro, Jesucristo. 
Él vio las faltas de la gente,
pero había venido no para condenar
sino para perdonar y salvar.
Te pedimos, Señor:
Danos ojos limpios y claros para mirar 
dentro de nuestro corazón y nuestra conciencia, 
pero empáñalos tenuemente con las sombras del amor
cuando veamos las faltas de los que nos rodean.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.

Oración de los fieles
Con todo el corazón, oremos, hermanos, a Dios, nuestro Padre.

1.- Por la paz y unidad de la Iglesia. Roguemos al Señor.

2.- Por el papa, los obispos, los sacerdotes y los religiosos. Roguemos al Señor.

3.- Por la vocación a la fe de los pueblos que no conocen a Jesucristo. Roguemos al Señor.

4.- Por cuantos ejercen autoridad en el mundo. Roguemos al Señor.

5.- Por los presos, los emigrantes, los parados, los desterrados y los pobres. Roguemos al Señor.

6.- Por nosotros, por nuestros familiares, amigos y conocidos. Roguemos al Señor. 

Escucha, Dios de misericordia, la oración de tu pueblo, que tu bondad nos conceda lo que nuestras acciones no merecen. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
SEÑOR Dios nuestro:
Tu Hijo Jesucristo 
hizo brillar su luz en nuestra oscuridad;
él abrió los ojos de los ciegos.
Danos, como tu mejor don, 
a tu Hijo aquí en esta eucaristía,
para que abra nuestros ojos
a tu amor que perdona 
y a tu bondad, presente y perceptible 
en la gente que nos rodea.
Concédenos todo esto 
en nombre de Jesucristo nuestro Señor.

Antífona de comunión          Cf. Sal 103, 13. 14-15
La tierra se sacia de tu acción fecunda, Señor, para sacar pan de los campos y vino que alegre el corazón del hombre.

Oración después de la comunión
OH Dios, Padre nuestro:
Tú nos has permitido a todos nosotros,
aun con nuestras faltas y hábitos molestos,
participar en esta eucaristía, 
banquete de hermandad y unidad
de Jesucristo tu Hijo.
Ayúdanos a aceptarnos mutuamente 
también en la vida de cada día,
y a cubrir los defectos de los otros
con el suave manto de la comprensión y el amor.
Que sepamos vencer al mal con el bien
y traer tu paz a esta nuestra tierra,
por el poder de Jesucristo nuestro Señor.