I Vísperas – Domingo XXIV de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XXIV de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

No sé de dónde brota la tristeza que tengo.
Mi dolor se arrodilla, como el tronco de un sauce,
sobre el agua del tiempo, por donde voy y vengo,
casi fuera de madre, derramado en el cauce.

Lo mejor de mi vida es dolor. Tú sabes
cómo soy; tú levantas esta carne que es mía;
tú, esta luz que sonrosa las alas de las aves;
tú, esta noble tristeza que llaman alegría.

Tú me diste la gracia para vivir contigo;
tú me diste las nubes como el amor humano;
y, al principio del tiempo, tú me ofreciste el trigo,
con la primera alondra que nació de tu mano.

Como el último rezo de un niño que se duerme
y, con la voz nublada de sueño y de pureza,
se vuelve hacia el silencio, yo quisiera volverme
hacia ti, y en tus manos desmayar mi cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén.

SALMO 121: LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundad
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

SALMO 129: DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela a la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela a la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

LECTURA: 2P 1, 19-21

Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones. Ante todo, tened presente que ninguna predicción de la Escritura está a merced de interpretaciones personales; porque ninguna predicción antigua aconteció por designio humano; hombres como eran, hablaron de parte de Dios, movidos por el Espíritu Santo.

RESPONSORIO BREVE

R/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

R/ Su gloria sobre los cielos.
V/ Alabado sea el nombre del Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado.

PRECES
Invoquemos a Cristo, alegría de cuantos se refugian en él, y digámosle:

Míranos y escúchanos, Señor.

Testigo fiel y primogénito de entre los muertos, que nos has librado de nuestros pecados por tu sangre,
— no permitas que olvidemos nunca tus beneficios.

Haz que aquellos a quienes elegiste como ministros de tu Evangelio
— sean siempre fieles y celosos administradores de los misterios del reino.

Rey de la paz, concede abundantemente tu Espíritu a los que gobiernan las naciones,
— para que atiendan con interés a los pobres y postergados.

Sé ayuda para cuantos son víctimas de cualquier segregación por causas de raza, color, condición social, lengua o religión,
— y haz que todos reconozcan su dignidad y respeten sus derechos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

A los que han muerto en tu amor, dales también parte en tu felicidad,
— con María y con todos tus santos.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Muéstrate propicio con tus hijos, Señor, y multiplica sobre ellos los dones de tu gracia, para que, encendidos de fe, esperanza y caridad, perseveren fielmente en el cumplimiento de tu ley. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

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Lectio Divina – Sábado XXIII de Tiempo Ordinario

No hay árbol bueno que dé fruto malo

1.- Introducción.

Señor, estamos viviendo en un tiempo en que faltan principios sólidos, convicciones profundas, a la hora de obrar. No vale el decir que esto es lo que hace todo el mundo. Yo quiero asentarme en la verdad del Evangelio. En él se recoge el actuar de Jesús. Yo, Jesús, quiero seguirte, poner mis pies en las huellas que dejaron los tuyos, apoyarme en Ti y en tus palabras. No basta saberlas. Ellas son mi roca cuando las pongo en práctica. Señor, ayúdame a cumplirlas.

2.- Lectura reposada del evangelio:  Lucas 6, 43-49

En aquel tiempo decía Jesús a sus discípulos: No hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca. ¿Por qué me llamáis: Señor, Señor, ¿y no hacéis lo que digo? Todo el que venga a mí y oiga mis palabras y las ponga en práctica, os voy a mostrar a quién es semejante: Es semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre roca. Al sobrevenir una inundación, rompió el torrente contra aquella casa, pero no pudo destruirla por estar bien edificada. Pero el que haya oído y no haya puesto en práctica, es semejante a un hombre que edificó una casa sobre tierra, sin cimientos, contra la que rompió el torrente y al instante se desplomó y fue grande la ruina de aquella casa.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

En la Biblia, lo verdadero es lo firme, lo sólido. Según esto, la fe no consiste en “creer lo que no se ve” como nos han dicho de niños, sino apoyar nuestra vida en lo sólido, en lo seguro, en lo que permanece. Y en este evangelio, Jesús nos dice que aquello que da seguridad es el escuchar sus palabras y ponerlas en práctica. Y sabemos que las palabras de Jesús, antes de ser predicadas, han sido vividas por Él. Y nosotros, los que cada día leemos y escuchamos sus palabras, nos debemos preguntar: ¿Es Jesús mi roca? ¿Me siento seguro con Él? ¿Es Jesús capaz de hacerme feliz? Hay mucha gente indecisa, insegura, y vienen a nosotros y nos hacen preguntas. ¿Qué debemos decirles? Por supuesto, no les demos teorías, no les digamos que “doctores tiene la Santa Iglesia que sabrá responder”. Con mucha humildad y sencillez, les podemos decir: Hace muchos años que conozco a Jesús y trato de seguirle. Tengo, como todo el mundo, problemas, dificultades, enfermedades, pero estando con Él no me hundo, no tiro la toalla, encuentro paz y alegría interior. Cuando alguna vez peco y conscientemente me aparto de ÉL, me siento mal. Y sólo volviendo a Él encuentro la paz profunda, el gozo verdadero. A mí, con Jesús me ha ido bien, me va bien. ¿Por qué no pruebas tú?

Palabra del Papa Francisco

“No todos los que me dicen ‘Señor, Señor’, entrarán en el Reino de los Cielos, estos hablan, hacen, pero les falta otra actitud, que es precisamente la base, que es precisamente el fundamento del hablar, del actuar: les falta escuchar. Por eso Jesús continúa: ‘Quien escucha mis palabras y las pone en práctica”. El binomio hablar-actuar no es suficiente… nos engaña, tantas veces nos engaña. Y Jesús cambia y dice: “el binomio es el otro, escuchar y actuar, poner en práctica: ‘quien escucha mis palabras y las pone en práctica será como el hombre sabio que construye su casa sobre la roca. Quien escucha las palabras, pero no las hace suyas, las deja pasar, no escucha seriamente y no las pone en práctica, será como el que edifica su casa sobre arena. Cuando Jesús advierte a la gente sobre los ‘pseudoprofetas’ dice: ‘por sus frutos les conoceréis’. Y de aquí, su actitud: muchas palabras, hablan, hacen prodigios, hacen cosas grandes, pero no tienen el corazón abierto para escuchar la Palabra de Dios, tienen miedo de la Palabra de Dios y estos son ‘pseudocristianos’. Es verdad, hacen cosas buenas, es verdad, pero les falta la roca”. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 25 de junio de 201, en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a m í este texto ya meditado. (Silencio).

5.-Propósito. A lo largo del día, me haré esta pregunta: ¿En quién estoy apoyando yo mi vida? ¿Es Jesús el que realmente ocupa el centro de mi corazón?

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, te confieso que hoy tu palabra me ha tocado por dentro. Puedo pasar toda mi vida leyendo la Biblia, asistiendo a la Eucaristía, creyéndome cristiano y, sin embargo, puedo estar perdiendo, malogrando estos preciosos años de vida que me regalas. Señor, no quiero vivir de fachada, de apariencia, de teorías. Quiero asentar mi vida sobre la roca firme de tu Palabra hecha carne y vida en mí. ¡Ayúdame, Señor!

ORACIÓN POR LA PAZ

Señor Jesús, ten piedad de nosotros y concédenos la paz y la unidad, no permitas que nos soltemos de tus manos y danos un corazón capaz de amar como tú nos amas. María Madre nuestra, auxílianos en estas difíciles horas de la tribulación, se nuestra fuerza y consuelo. Cúbrenos con tu manto y que la sangre de tu bendito Hijo nos proteja de todo mal.

¡Tiempo de volver!

1.- Reiniciamos en muchas parroquias, o a punto de hacerlo, el curso pastoral. Y, en este tiempo de vuelta a la normalidad, a la responsabilidad, una vez más nos encontramos con el rostro de un Dios misericordioso y bueno. Bueno, y además, con todos:

Con aquel que ha llevado, por diversas circunstancias, una vida tortuosa y alejada de Dios es recibido en la casa de Dios para que lo acoja con lo que más a Dios gusta emplear: su misericordia

Con aquel otro, que gastó inútilmente sus talentos, se pone de rodillas en el cenit de su vida esperando lo que sólo Dios es capaz de dar con creces: olvido de sus pecados por no haber estado a altura de las circunstancias o haber sido un simple cántaro agrietado en su vida loca y vacía.

Con aquel otro que intentó cumplir con unos mínimos o aquel otro vanidoso por haber cumplido al cien por cien con su cometido de hijo… es puesto a los pies de la cruz para que Dios perdone también su orgullo, soberbia o su egocentrismo

La figura del PADRE, tal vez, no resuena con excesiva fuerza en muchos momentos de nuestra vida:

-Cuando nos sentimos dueños y señores de lo que acontece.

-Al pensar que es más fácil vivir sin referencia a El y nos perdemos en una huída sin ton ni son con mucho ruido, errantes, pesarosos y sin horizonte.

-Si creemos que el destino depende exclusivamente de los hilos humanos y nos alteramos cuando, ese mismo destino, nos devuelve mil y una bofetadas cruentas en el rostro de la felicidad que profesábamos.

Pero la figura del PADRE tiene vigencia especial:

-Cuando en el atardecer de nuestras locuras sentimos que una vida sin Dios son años sin vida.

-Al rebobinar la película de nuestras correrías y ver las secuencias que nos han producido cicatrices y soledades, lágrimas y sufrimientos, desgarro y hasta divorcio con nuestra propia dignidad humana

-Cuando echamos una mirada atrás y vemos humear la casa del Padre donde El sigue esperando, cociendo y tostando en el horno de su misericordia el pan del perdón y de la generosidad, del encuentro deseado o de unas faltas que (para el Padre) nunca existieron en el hijo.

-Cuando en el roce con el mundo somos testigos de ingratitudes y de menosprecios y añoramos las caricias de la casa paterna, la palabra oportuna, el consejo certero o el abrazo de consuelo.

-Cuando nos sentimos incomprendidos por aquellos de los cuales esperábamos tanto y nos dejaron enterrados, crucificados con el recuento y el recuerdo de nuestros defectos.

2.- Siempre pensamos que la felicidad la podemos alcanzar fuera y lejos de nuestra propia casa. No somos, unos, impuros y, otros, puros ni, aquellos, plantas venenosas y los de más allá plantas perfumadas. Eso sí…Dios a todos trata por igual. ¡Qué matemática tan rara la de Dios!.

Dios respeta nuestra libertad. Sufre, estoy convencido, al sentir y contemplar a este mundo nuestro tan de espaldas a El. No me cuesta esfuerzo imaginar a un Dios, con lágrimas en sus ojos, al comprobar cómo la vieja Europa va alejándose montada en el Euro o muriendo en trenes de muerte, amenazada por la inseguridad o la ansiedad de los que tienen sed de sangre. Qué bien lo expresó la semana pasada el Papa Benedicto en su viaje apostólico a Austria: “Occidente está en crisis; sin verdad no puede distinguir entre el bien y el mal, entre la verdad y la mentira”

Sufre Dios por el despiste del hombre, pero deja que actuemos en libertad, e incluso a pesar de que muchos hagan dentellada o lancen pedradas contra la casa del Padre. Hoy el hombre, que escapa lejos de Dios, que vive embelesado en su propio rigor y sistema, siente de momento pocas ganas de volver hacia atrás.

¿Qué ocurrirá cuando el capital vacíe de falsas alegrías el corazón del hombre?

¿Qué ocurrirá cuando el hombre sienta que está arruinado porque gastó lo que aparentemente ganó?

¿Se acostumbrará el ser humano a cambiar el traje de señor por el de esclavo?

En nuestros colegios y comunidades, parroquias y grupos se va a iniciar un nuevo curso apostólico. Todas iniciativas que se retoman son un buen “buscador” para encontrar esas sendas de vuelta atrás y dar con los caminos que van derechos a la casa donde se vive más y mejor: la casa del Padre

Acaba el verano y nos adentramos en el otoño; ojala nos despojemos de tanta hojarasca y vuelva a resurgir, con la ayuda del Señor, nuestro aprecio por las cosas de Dios.

3.- VOLVERÉ, SEÑOR, PERO EMPÚJAME
VOLVERÉ, SEÑOR, PERO EMPÚJAME
De mis miedos y temores, hacia la seguridad en tus brazos
De mis angustias y ansiedades, al descanso de tu Palabra
De mis tristezas, a la alegría de saber que estás conmigo

VOLVERE, SEÑOR, PERO EMPÚJAME
Porque tengo miedo de intentarlo, y quedarme a mitad del camino
Porque tengo miedo de verte, y nunca encontrarte
Porque tengo miedo de volver, y mirar hacia atrás
Porque tengo miedo de pensar, y arrepentirme

VOLVERÉ, SEÑOR, PERO EMPÚJAME
Para dar con tu casa donde siempre hay una fiesta
Para entrar en tu jardín donde siempre es primavera
Para acostarme en tu pecho en el que siempre uno se siente reconocido
Para adentrarme en tu hogar y saber que siempre hay sitio

VOLVERÉ, SEÑOR, PERO EMPÚJAME
Para que no vacile y supere mis propios errores
Para que no malgaste los muchos talentos que me regalaste
Para que no exija más de lo que pueda ofrecer
Para que regrese y sea feliz de poder de nuevo verte

VOLVERÉ, SEÑOR, PERO EMPÚJAME
Y si por lo que sea dudo, dame fortaleza para triunfar
Y si por lo que sea caigo, levántame con tu Espíritu
Y si por lo que sea digo “imposible”, toca con tu mano mi mente pesimista
VOLVERÉ, SEÑOR, PERO… EMPÚJAME PARA LLEGAR HASTA TU HOGAR

Javier Leoz

Comentario – Sábado XXIII de Tiempo Ordinario

Lc 6, 43-49

No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano. No se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimia uva de los espinos.

Jesús quiere recordarnos que es el «fondo» del hombre lo que permite juzgar sus actos. La calidad del fruto depende de la calidad del árbol. El «corazón», es decir, «el interior profundo» del hombre es lo esencial.

Es necesario que los gestos exteriores correspondan a una calidad de fondo. Que, por ejemplo, nuestros gestos religiosos provengan de una «fe interiorizada».

Señor, transforma mi corazón, ese centro profundo de mi personalidad: hazlo «bueno» como se dice de un fruto ¡qué bueno es! como se habla de un buen pan, sabroso, gustoso, agradable. Que mi vida sea verdaderamente un «buen fruto» del que los demás puedan alimentarse y gozarse. Que el hombre sea bueno, éste es el plan de Dios.

El hombre «bueno», de la bondad de su corazón saca el «bien». El que es «malo», de la maldad de su corazón saca el «mal».

HOY… ¿qué voy a sacar del tesoro de mi corazón? ¿Es mi

corazón un tesoro de bondad? ¿Qué personas esperan algún bien de mí, alguna alegría?
Ayuda, Señor, a todos los hombres a dar cosas buenas a sus hermanos.

Porque lo que rebosa del corazón, lo habla la boca.

Es la aplicación de la breve parábola precedente sobre el árbol y el fruto a la palabra del hombre.

¿Por qué me invocáis «Señor, Señor», y no hacéis lo que os digo?

Aplicación del mismo pensamiento a la oración.

Si queremos que nuestras oraciones sean válidas, nuestra vida entera ha de ser también válida. Es del fondo del ser, del hondón de la vida, de la voluntad que procura complacer a Dios… de donde salen las verdaderas plegarias. Las oraciones que salen, sólo de la punta de los labios no corresponden a nada.

¡Jesús prefiere los actos buenos a las palabras pías!

Todo el que se acerca a mí, escucha mis palabras y las pone en obra…

Esa fórmula es muy matizada y completa para expresar la vida cristiana:

  • la fe, concebida como una vinculación a la persona de Jesús…
  • estar a la escucha de la Palabra de Dios…
  • la práctica religiosa, como un poner en obra esa voluntad divina…

¿Me «acerco a Jesús»? ¿Cómo se traduce eso, concretamente? ¿«Oigo sus palabras»? ¿Cuál es mi esfuerzo o mi negligencia en este punto? ¿«Las pongo en práctica?» En mis jornadas, en mis comportamientos?

Se parece a uno que edificaba una casa: cavó, ahondó y asentó los cimientos sobre roca; vino una crecida, rompió el río contra aquella casa y no se tambaleó porque estaba bien construida.

Jesús es una persona eficaz, que desea que nuestras vidas sean también eficaces: Dios quiere que nuestras obras sean logradas, que nuestra vida sea «sólida» Para Jesús, esa solidez no existe más que si «uno se acerca a Él, si se le escucha y si se pone en obra lo que Él dice.»

¡La Fe, una solidez, una roca, unos cimientos que permiten construir!

Por el contrario, el que las escucha y no las pone en práctica se parece a uno que edificó una casa sobre tierra, sin cimientos. Rompió contra ella el río y en seguida se derrumbó, y la destrucción de aquella casa fue completa.

Severa advertencia para los que «no practican».

Noel Quesson
Evangelios 1

Respuesta al aire libre

1.- Yendo Jesús por las aldeas de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Y vosotros quién decís que soy yo? Pedro le contestó: Tú eres el Mesías”. San Marcos, Cáp. 7. Entre los niños respondones y aquellos que no atinan a contestar en clase, hay mucha diferencia. Pero esto no viene al caso. Aquí se trata de la respuesta de Pedro a Jesús. El Señor ha preguntado a su auditorio: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Quería evaluar el nivel de comprensión de su mensaje. El grado de adhesión a su persona. Varios del grupo respondieron, aportando comentarios callejeros: “Unos dicen que eres Juan Bautista, otros, que Elías y otros, uno de los profetas”. Los rabinos de entonces comentaban que algunos profetas volverían a preparar la llegada del Mesías. Pero el Maestro vuelve a preguntar, orientando ya sus palabras hacia los más cercanos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?”. Pedro, en nombre del grupo, toma la palabra: “Tú eres el Mesías”. Es lacónico el texto de san Marcos.

2.- Otros evangelistas lo entregan más extenso. Esto ocurrió muy cerca de Cesárea de Filipo, una ciudad vecina al monte Hermón. Antes se alzaba allí otra población griega, Paneas, dedicada al dios Pan, el protector de los bosques. Sobre la adhesión espontánea de Pedro construimos nosotros nuestras respuestas de fe, ante el Señor Jesús. Aunque Él bien sabe, como en la historia del apóstol, que una cosa es responder de momento, bajo el impulso de una emoción pasajera. Y otra muy distinta mantenernos firmes ante Él, en toda circunstancia.

En épocas pasadas ciertos grupos cristianos identificaron la respuesta al Señor con el culto. Sólo en el templo podríamos confesar nuestra fe. Pero hoy, al releer el evangelio, descubrimos las numerosas respuestas que hemos de dar a Dios al aire libre. Ya no es tan importante entonces, la construcción de suntuosas catedrales, sino la ayuda concreta a los necesitados. Ya es tan válido celebrar hermosas liturgias, sino procurar que el mensaje de Jesús cale en las conciencias. Ya no es tan urgente redactar magistrales teologías, sino anunciar un evangelio encarnado en la vida. Los discípulos de Cristo hemos de salir del “Sancta Sanctorum”, para situarnos en el Atrio de los Gentiles. Hemos de repetir “Tú eres el Mesías”, desde otros códigos más existenciales y humanos.

3.- Todo esto lo predicaron los profetas del Antiguo Testamento, aunque con distintos palabras. Sin embargo su reclamo golpea oídos sordos, cuando las comunidades creyentes se casan con el poder, o con el dinero. Rabindranath Tagore cuenta cómo el rey expulsó de su territorio a un ermitaño, por no honrar con su presencia el nuevo templo de la capital. El viejo seguía orando, inclinado sobre la hierba, con la cúpula del cielo a sus hombros.

— Dios no está allí respondió el solitario. Gastaste numerosos muchos kilos de oro en levantar esa maravilla. Pero fue en aquel año, cuando el fuego devastó la región y los pobres vinieron en vano hasta tu puerta. Miserable, te dice Dios: No quieres dar casa a tus hermanos y pretendes levantar la mía.

Sin embargo el rey desterró al ermitaño. Pero éste dijo al despedirse: Me voy tranquilo. Iré a encontrarme con mi Dios, al cual tú desterraste del corazón hace ya tiempos.

Gustavo Vélez, mxy

Retornar siempre

1.- «Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto…» (Ex 32, 7) Otra vez el pueblo escogido se ha olvidado de Dios, le vuelve la espalda y busca un dios más fácil, más hecho a la corta medida de sus corazones. Un dios manejable, un dios al que traigan y lleven de un lado para otro. Por eso los hebreos se hicieron un becerro de oro, un ídolo semejante al que habían visto en Egipto. Pobre corazón del hombre fabricándose dioses a su corta medida. Un amuleto, unos cuernos, una herradura, un gesto, una palabra, un número…

Otras veces el ser adorado es un hombre, una voz, un rostro, unas piernas que dan patadas o, en el peor de los casos, unos billetes verdes o azules, aunque estén viejos y manchados… Y ante todo eso se postra, por todo eso se afanan, se sacrifican sin escatimar nada. La historia, de un modo o de otro, se repite. Todos los hombres somos iguales, pueblo de dura cerviz, que se empeña en seguir su propio camino, en lugar de recorrer el que Dios ha señalado… Ojalá que reconozcamos nuestro pecado de idolatría y lo abandonemos. Ojalá volvamos nuestros ojos al Dios verdadero, el que de veras nos libra y nos salva.

«Entonces Moisés suplicó al Señor su Dios: ¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo?» (Ex 32, 11) No te enfades, Señor, con nuestra absurda actitud, no te llenes de ira al vernos tan lejos de ti, tan cerca de esos diosecillos de nuestro cine y nuestro deporte, tan creídos en el poder mágico de cosas sin sentido. Al fin y al cabo somos hijos tuyos, obra de tus manos. Estamos bautizados, hemos sumergido en el agua a nuestro hombre viejo, lo hemos matado para hacer posible la resurrección de este hombre nuevo. Somos conquista de Cristo, Él nos ha ganado en el brutal combate del Calvario.

Y nos dice el texto sagrado que el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo… Repite tu gesto, tu perdón. Sí, no tomes en cuenta nuestras chiquilladas. No descargues el duro golpe de tu puño. Perdónanos una vez más. Y que tu perdón, tantas veces repetido, nos haga rectificar seriamente nuestra torcida ruta y encaminemos, decididamente, nuestros pasos hacia ti.

2.- «Misericordia, Dios mío, por tu bondad…» (Sal 51, 1) De nuevo la Santa Madre Iglesia pone en nuestros labios el salmo «misereare», el canto encendido del pecador que se arrepiente, la fervorosa plegaria de un corazón compungido, la oración humilde que tanto agradó a Dios que le arrancó el perdón y la compasión por David. Un salmo penitencial por excelencia que cada uno ha de repetir, pesaroso y apenado por haber ofendido a Dios, que tanto nos ama. Hay que rectificar de continuo. Esta es la historia de nuestra vida espiritual. Sí, es preciso convertirse cada día, puesto que cada día nos estamos desviando del recto camino. Sólo los soberbios no rectifican, los orgullosos que permanecen obstinados en su actitud torcida.

Pidamos misericordia al Señor de la bondad, roguemos que por su inmensa compasión borre nuestra culpa, lave del todo nuestro delito y limpie nuestro pecado. Es este salmo una oración de gran consuelo para los que sabemos de nuestra debilidad y malicia. Palabras que suavizan las heridas de los pobres pecadores que luchamos por no serlo.

«Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme…» (Sal 51, 12) Además de implorar el perdón divino, hemos de suplicar humildemente que nos transforme. Que cambie nuestro corazón, tan sucio y egoísta en ocasiones, y que lo haga sencillo y generoso. Un buen corazón que sepa negarse a sí mismo y volcarse en los demás, que sepa de entregas y desinterés, de amores nobles y limpios.

Pidamos a Dios con el salmista que no nos arroje lejos de sí, que no nos despoje de su Espíritu, que no nos eche de su presencia, que no nos prive de su cariño. Sin Dios la vida carece de sentido, se transforma en muerte. Sólo Dios llena el corazón del hombre, y satisface los más íntimos anhelos.

Señor, me abrirás los labios -pídeselo tú también-, y mi boca pregonará tu alabanza. Haznos experimentar la dulzura de tu perdón, la riqueza de tus dones, para poder luego proclamar tu grandeza y llenar de gozo y de luz la triste y oscura existencia de tantos hombres.

3.- «Doy gracias a Cristo Jesús nuestro Señor, que me hizo capaz, se fió de mí…» (1 Tm 1, 12) San Pablo recuerda su vida y se llena de gratitud hacia ese Dios que tanto le ha favorecido en su vida. El Apóstol confiesa una vez más que hubo un tiempo en que fue perseguidor de la Iglesia, blasfemo de Cristo, violento y duro con los cristianos Pero Dios tuvo compasión de mí -nos dice-, Dios derrochó su gracia conmigo, dándome la fe y el amor cristiano.

También nosotros tenemos motivos para estar agradecidos, también nosotros hemos sido objeto de la misericordia divina. Sí, muchas veces el Señor se ha compadecido de nuestra miseria y ha derrochado su gracia y su perdón. Nos ha dado la fe y ha infundido en nuestro corazón el amor de Cristo.

Dios se ha fiado de mí, podemos afirmar también. Nos ha entregado este tesoro maravilloso que nos conduce a la vida eterna, la Eucaristía, el Pan de su Palabra y de su Cuerpo. Vamos, por tanto, a esforzarnos por no defraudar esa confianza de Dios para con cada uno, vamos a serle muy fieles

«Que Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero…» (1 Tm 1, 15) Pablo sigue hablando en el mismo tono de confidencia, con un claro afán de comunicarnos sus experiencias personales, a fin de que nos aprovechemos de ellas. Soy el primer pecador, dice con sencillez, y por eso Dios se compadeció de mí, para que en un pecador se mostrara toda la paciencia de Cristo, pudiendo así ser modelo de los que creerán y alcanzarán la vida eterna.

Dios se ha fiado de nosotros, decíamos antes. Y deseábamos no defraudarle, y corresponder a esa confianza. Pero en el fondo también sabíamos que era muy posible una nueva traición, una nueva deslealtad. Y quizá eso nos frenara en nuestro propósito y deseo. Sin embargo, hay que desechar ese temor. Primero porque Dios es infinitamente poderoso y puede remediar nuestra flaqueza. Después porque mientras hay vida hay esperanza, y detrás de una caída siempre está Dios, dispuesto a levantarnos, a perdonarnos y recomponer lo que se haya roto. Animados por eso vamos a intentarlo otra vez, vamos a intentarlo siempre. Ya que Dios se ha fiado de nosotros, vamos nosotros a fiarnos de él.

4.- «Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos…» (Lc 15, 2) Jesús, rodeado de publicanos y pecadores, escandaliza a la gente honorable de su tiempo. Ellos, los nobles y los sacerdotes, no podían admitir que quien pretendía ser el Mesías, el Rey liberador de Israel, alternara con aquella chusma. Por eso le criticaban y murmuraban entre ellos. El Señor, como siempre, sabe lo que está ocurriendo y pronuncia entonces las más bellas y entrañables parábolas que salieron de sus labios, la de la oveja perdida y la del hijo pródigo.

¿Cómo no ha de ir el pastor en busca de la oveja perdida, cómo se va a quedar tranquilo mientras no la encuentre? Dejará, eso sí, en lugar seguro el resto del rebaño, pero luego recorrerá el valle y la montaña, palmo a palmo, para llamar con silbos de amor a la oveja extraviada. Y eso es lo que hace Cristo con cada uno de nosotros, pobrecitas pecadores, hasta que logra encontrarnos, malheridos quizás y hambrientos, tristes y solos.

Sí, Jesús es el Buen Pastor que busca a sus ovejas a riesgo de su propia vida, el que se alegra cuando la encuentra, el que la acaricia y la consuela, el que carga con ella sobre sus hombros y vuelve dichoso al redil, porque apareció la que ya se daba por perdida. Para que entendamos lo que nos quiere decir, añade la parábola de la mujer que pierde una dracma y lo revuelve todo hasta dar con ella. Y, a renglón seguido, por si todavía estuviera oscura su doctrina de perdón y de amor, expone la parábola del hijo pródigo. Ese hijo menor, el más querido quizá, que pide su heredad con afán de independencia y de libertad, para abandonar a su padre y malgastar lo que tanto sacrificio y trabajo había costado. Conducta cruel y absurda que revivimos en nosotros mismos cada vez que cometemos un pecado mortal.

Aquel libertino pronto pagaría con creces su insensatez y su maldad, pronto gustaría la amargura de la soledad, el abandono de los que le festejaban cuando tenía dinero y le volvieron la espalda cuando se le acabó. Allí, entre aquellos cerdos, rumiaba su dolor y su vergüenza, lloraba en silencio al recordar la casa de su padre cuyos jornaleros vivían mil veces mejor que él. Recuerdo de la bondad y cariño de su padre que le hace renacer a la humilde esperanza de su perdón, aunque ya no pueda ser como antes, aunque ya no sea considerado como un hijo. Se contentaría con ser el último de sus criados. Incluso así estaría mucho mejor que entonces. En un arranque de valor y de humildad decide volver, sin importarle presentarse harapiento y vencido.

Cada atardecer se asomaba al camino aquel padre que no podía olvidar a su hijo menor y perdido, deseando su retorno con toda el alma. Por eso cuando le ve venir sale corriendo a su encuentro, lo estrecha entre sus brazos, le besa, ríe gozoso y también llora. Jesús piensa en el Padre que tanto ama a sus hijos, que no ha dudado en entregar al Unigénito para redimir a los pecadores. Reflexionemos en todo esto, dejemos de una vez el andar tras del pecado, retornemos una vez más, siempre que haga falta, pobres hijos pródigos hasta la casa paterna, donde Dios nos espera con los brazos abiertos.

Antonio García Moreno

Las preferencias de Dios

1.- Leyendo las lecturas de este domingo, parece, a primera vista, que las preferencias de Dios son totalmente distintas a las de los hombres. A nosotros nos gusta, generalmente, ser amigos de las personas buenas, ir al bar con los que pueden invitarnos, aplaudir a los que triunfan y criticar a los que no son de los nuestros. En cambio, en las lecturas de hoy se nos dice que Dios prefiere a los pecadores, se alegra más por el encuentro de la oveja perdida que por las noventa y nueve restantes, da una fiesta por la vuelta del hijo casquivano y reprende al hijo mayor, cumplidor y serio. ¿Querrá esto decir que Dios prefiere el pecado a la virtud? Por supuesto que no; busca al pecador, precisamente para que deje de serlo y se alegra con la oveja perdida precisamente porque ya ha sido encontrada. Yo creo que cualquier buen padre y cualquiera buena madre hace lo mismo: prefiere al hijo enfermo, para que se cure, busca con angustia al hijo que se ha ido de casa, para que vuelva a ella, y va al encuentro del pobre y del necesitado, para ayudarle a salir de su miseria. En realidad, si lo miramos bien, las preferencias de Dios son las mismas que las de toda persona buena y de corazón cristiano. Lo que pasa es que nosotros muchas veces no actuamos como personas buenas y no nos dejamos guiar por nuestro corazón cristiano. Y, claro está, en estos casos las preferencias de Dios son muy distintas de las nuestras.

2.- El Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo. Por amor a los buenos y por su intercesión Dios perdona a los malos. Este texto del Éxodo expresa muy bien, con un lenguaje muy humano, la predilección de Dios por su pueblo y la eficacia de la intercesión de las personas buenas. Era un pueblo de dura cerviz, obstinado y recalcitrante. Pero era su pueblo, un pueblo que, tradicionalmente, había sido dirigido y gobernado por personas justas, bondadosas y temerosas de Dios: Abrahán, Isaac, Israel y ahora Moisés. En un momento de ira, Dios no aguanta más a este pueblo infiel e idólatra y piensa en consumirlo. Pero Moisés le recuerda que se trata de su pueblo y que se trata de un pueblo en el que han vivido y viven aún muchos amigos suyos. Y por amor a su pueblo y por amor a sus amigos Dios perdona al pueblo infiel e idólatra. Es un texto que puede ayudarnos a no perder la esperanza, cuando creamos que la sociedad marcha por caminos equivocados. Nosotros, con nuestra palabra, con nuestra oración y con nuestras obras, podemos ayudar a la sociedad a que encuentre el camino de la paz, de la justicia y del amor, el camino de Dios.

3.- Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero. Pablo se mira a sí mismo y reconoce la predilección de Dios hacia él, y cómo Dios le salió al encuentro cuando él era blasfemo, perseguidor e insolente, y le derribó del caballo. A partir de este momento, Pablo será un fiel discípulo de Cristo y cantará eternamente las misericordias de Dios para con él. Cristo le amó de una manera especialmente visible cuando él era pecador, precisamente para que dejara de serlo. El amor de Dios busca siempre salvar lo que está perdido, porque es un amor salvador y redentor. Nuestros pecados no deben nunca hundirnos en la desesperanza, porque Dios va a tener siempre su mano tendida para que podamos, agarrados a ella, levantarnos y emprender un nuevo camino.

4.- Me pondré en camino a donde está mi padre. El hijo pródigo no decidió volver al padre por amor, sino impulsado por la necesidad. Y, sin embargo, el padre le acoge con los brazos abiertos y con el corazón lleno de alegría. Lo importante era que el hijo perdido había vuelto a casa, había sido encontrado. ¡El corazón de este Padre es pura bondad, puro amor! No pregunta, simplemente acoge; no juzga, simplemente perdona y ama. A nosotros nos resultará siempre difícil llegar a este amor, tan desinteresado y puro, un amor que sólo se fija en la felicidad del otro, olvidándose incluso de uno mismo: un amor de padre. Pero cada día debemos ponernos en camino, avanzar hacia ese amor de padre y madre, hacia un amor generoso y gratuito. Seguro que el Padre misericordioso, como el de la parábola, va a estar siempre esperándonos.

Gabriel González del Estal

Hijos únicos de Dios

1. – Creo que la conmovedora enseñanza de estas tres parábolas es que a nuestro Padre Dios su casa le parece vacía si faltamos sólo de nosotros. Como al pastor al que le quedan 99 ovejas pero le falta una muy querida. Como a la pobre mujer a la que le quedan la gran mayoría de sus monedas pero necesita esa una. Como al Padre que tiene un hijo fiel en casa, pero no puede dormir pensando en el que anda lejos.

Es como si para nuestro Padre Dios cada uno fuésemos sus hijos únicos. Cada uno de nosotros tenemos un hueco en el corazón de Dios y ningún otro hijo por bueno y cariñoso que sea puede ocupar ese sitio que quedará siempre vacío mientras que yo no vuelva.

3.- Quizá el hombre pueda huir, pueda prescindir de Dios, pueda ocupar su mente sin pensar en el buen Padre que le espera, pero Dios no pueda pasarse sin ese hijo que le falta. La casa podrá estar llena de otros hijos alegres y alborotadores que la llenan con su alegría a pesar de su cariño a ellos Dios siente su casa triste y vacía.

No conocemos el corazón de Dios cuando al ver gente que deja la Iglesia, o sacerdotes o religiosos abandonan escandalosamente su fe o su vocación, pensamos que son ramas podridas que es mejor que sean arrancadas. Cada arranque le cuesta una herida al corazón de Padre Dios, que ya nunca podrá dejar de pensar en el hijo perdido.

Cuando regresamos a la Casa del Padre la mayor alegría no es la nuestra, la mayor alegría es la del Padre que nos recibe y abraza. Y dice a todos “felicitadme”. No dice “felicitad a mi hijo”, no. Dice: felicitadme a mí porque la alegría es mía.

No conocemos a Dios los que creemos estar en la casa del Padre y negamos nuestra misericordia y la de Dios a los que llamamos pecadores. Si ellos se alejaron de la Casa paterna, nosotros, quedándonos en Casa, estamos distantes de Dios.

3 – El más perdido, el más alejado del Padre podría decir esta oración al encontrarse definitivamente con Él:

«Señor, soy uno de esos trastos que anda con un pie en tu Iglesia y otro fuera. Los que tu Iglesia margina, porque nos hemos marginado nosotros. Ahora me doy cuenta de que mi alforja está vacía y mis flores mustias y marchitas. Me espanta mi pobreza, y sólo me anima tu bondad de la que siempre he oído hablar bien y sólo me anima tu bondad de la que siempre he oído hablar bien.

Me siento ante Ti como un canastillo roto, pero con mi barro puedes hacer otro a tu gusto.

Señor, si me pides cuentas te diré que mi vida fue un fracaso. Que he volado muy bajo. Mi vida es como una flauta: está llena de agujeros. Tómala en tus manos y que la música de tu amor al pasar por ella lleve a esos hombres y mujeres, que tú llamas mis hermanos la melodía festiva de que aún personas como yo no somos anónimos para Ti y que tenemos en tu corazón un hueco que llenar y que de otra manera quedará siempre vacío.”

José María Maruri, SJ

La mejor metáfora de Dios

La parábola más conocida de Jesús, y tal vez la más repetida, es la llamada «parábola del padre bueno». ¿Qué sintieron los que oyeron por vez primera esta parábola inolvidable sobre la bondad de un padre preocupado solo por la felicidad de sus hijos?

Sin duda, desde el principio quedaron desconcertados. ¿Qué clase de padre era este que no imponía su autoridad?, ¿cómo podía consentir la desvergüenza de un hijo que le pedía repartir la herencia antes de morirse?, ¿cómo podía dividir su propiedad poniendo en peligro el futuro de la familia?

Jesús los desconcertó todavía más cuando comenzó a hablar de la acogida de aquel padre al hijo que volvía a casa hambriento y humillado. Estando todavía lejos, el padre corrió a su encuentro, le abrazó con ternura, le besó efusivamente, interrumpió su confesión y se apresuró a acogerlo como hijo querido en su hogar. Los oyentes no lo podían creer. Aquel padre había perdido su dignidad. No actuaba como el patrón y patriarca de una familia. Sus gestos eran los de una madre que trata de proteger y defender a su hijo de la vergüenza y el deshonor.

Más tarde salió también al encuentro del hijo mayor. Escuchó con paciencia sus acusaciones, le habló con ternura especial y le invitó a la fiesta. Solo quería ver a sus hijos sentados a la misma mesa, compartiendo un banquete festivo.

¿Qué estaba sugiriendo Jesús? ¿Es posible que Dios sea así? ¿Como un padre que no se guarda para sí su herencia, que no anda obsesionado por la moralidad de sus hijos y que, rompiendo las reglas de lo correcto, busca para ellos una vida dichosa? ¿Será esta la mejor metáfora de Dios: un padre acogiendo con los brazos abiertos a los que andan «perdidos» y suplicando a los que le son fieles que acojan con amor a todos?

Los teólogos han elaborado durante veinte siglos discursos profundos sobre Dios, pero ¿no es todavía hoy esta metáfora de Jesús la mejor expresión de su misterio?

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – Sábado XXIII de Tiempo Ordinario

Garantizar los buenos frutos

Para producir buenos frutos, un árbol debe crecer sano. Para crecer sano, el árbol necesita un buen abono, agua óptima y luz solar. Así, la producción de buenos frutos depende de la alimentación constante que se le proporcione al árbol. Lo mismo ocurre con el Espíritu. ¿Qué garantiza que nuestras almas estén bien regadas y abonadas? Una vida de sacramentos por la que nos alimentamos regularmente de la gracia de Cristo. Esto es lo que Pablo pide retóricamente, refiriéndose a nuestra participación eucarística: «El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es una comunión con la sangre de Cristo?». Al permanecer en comunión con Cristo, como el sarmiento está unido en comunión con la vid, nos nutrimos de su Espíritu y producimos los frutos del Espíritu (cf. Ga 5,22-23). Sin él, no podemos hacer nada (cf. Jn 5,5).

Paulson Veliyannoor, CMF