La psicología del pecado

«Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde»

El capítulo quince de Lucas expresa de forma sencilla la esencia misma de la buena noticia. A través de las tres parábolas que lo componen, Jesús nos dice que Dios no es el que nos juzga, el que nos aparta de sí por causa de nuestros pecados y nos condena si hemos pecado. Dios es el que nos busca cuando estamos perdidos; el que sale cada atardecer al camino a esperar nuestro regreso; el que nos restituye a nuestra condición de Hijos sin que medie ningún mérito para ello.

El protagonista indiscutible de la parábola del hijo pródigo es el paterfamilias que da al traste con su dignidad y la mitad de su hacienda porque ha recuperado al hijo que estaba perdido, pero hoy queremos extraer de este texto universal una enseñanza sobre la psicología del pecado.

En primer lugar, el pecado es error. El hijo pequeño se va porque piensa que va a vivir mejor lejos de la casa de su padre, pero se equivoca y arruina su vida.

Nuestra condición humana se ve atraída por lo que no le conviene y es propensa a engañarse acerca del bien y el mal. Nos apetece lo que no merece la pena; nos fascina lo que nos perjudica. Por eso, nuestra condición de pecadores significa, básicamente, que no sabemos distinguir; que nos sentimos atraídos por cosas que nos parecen buenas, pero que estropean nuestra vida y hacen daño a los demás. Una buena definición de pecado podía ser ésta: “Preferir el mal engañados por su apariencia de bien”.

Pero no cabe duda de que el pecado tiene también una componente de debilidad, de esclavitud, que, unida al error, nos arrastra a perder la dignidad e incluso la identidad; como le ocurre al hijo de la parábola. Pablo, en su carta a los romanos, se lamenta amargamente de ello: «Realmente, mi proceder no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. Y, si hago lo que no quiero, en realidad ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí»

«Me esclaviza la ley del pecado», dice Pablo en esa misma carta. El evangelio no nos considera libres sin más, sino esclavos del pecado, y desde esa óptica, el papel de Dios no es el del juez que juzga a personas libres y responsables, sino el del padre que ayuda a sus hijos a que vean mejor y se liberen de sus cadenas.

Finalmente, también podemos concebir el pecado como una pesada carga de la que Dios quiere librarnos. Como decía Ruiz de Galarreta: «Habitualmente hablamos del pecado cometido, pero rara vez del pecado padecido». Jesús nos libera de esa carga proponiéndonos un modo de vida mucho más atractivo que el que nos ofrece el mundo; nos descubre un tesoro escondido que, cuando alguien lo encuentra, renuncia a todo lo demás porque todo lo demás deja de tener valor para él.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

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Gratuidad y alegría

Muchos de nosotros hemos sido educados en la idea del mérito y el ideal de perfección. No dudo de que nuestros educadores, formados también en esas mismas claves, lo hicieron con la mejor intención.

Sin embargo, ambas claves conllevan riesgos graves, ya que, en la práctica, refuerzan el voluntarismo, el moralismo, el orgullo espiritual, el fariseísmo, la represión -y el consiguiente descuido- de la propia sombra, el juicio rápido a los otros -a quienes se mide con la vara del mérito y de la “perfección”- y el olvido de la gratuidad como dimensión básica de la existencia.

Estos elementos permiten captar la ironía de Jesús cuando habla de “los justos que no necesitan arrepentirse”. Quienes se hallan asentados en el pedestal de la “perfección” -quienes se creen “justos”- no pueden sino mirar con desprecio a los “pecadores”. Sin advertir que en ellos mismos ha desaparecido la actitud más clara de madurez -o de perfección bien entendida-: la gratuidad. Por el contrario, quienes reconocen y aceptan su propia sombra no caerán en la trampa de creerse por encima de los demás. El autoconocimiento constituye, sin duda, la mejor escuela de humildad.

Quien sabe que todo es gracia, aun valorando el esfuerzo e incluso el mérito, no hace de estos el “ideal” de vida, sino que vive en apertura, disponibilidad y gratitud, sin apropiarse de algo que no es suyo.

La vivencia de la gratuidad es, al mismo tiempo, la fuente de la alegría. Alegría que desaparece cuando predomina la apropiación y la dinámica del ego. Y es sustituida por la sensación de carga, la tensión y, con frecuencia, por el resentimiento más o menos amargado.

Para quien recibe todo como regalo y aprende a vivir diciendo “sí” a la vida, se abre el manantial de la alegría y de la compasión. O, como dice Jesús, la “alegría en el cielo”.

¿Qué lugar ocupa la gratuidad en mi vida?

Enrique Martínez Lozano

Comentario – Domingo XXIV de Tiempo Ordinario

(Lc 15, 1-32)

Este capítulo presenta las tres parábolas de la misericordia: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo. Pero las tres van dirigidas a los fariseos, que eran incapaces de alegrarse por los pecadores que se acercaban a Jesús.

Por eso, la parábola del hijo pródigo es ante todo la parábola del Padre misericordioso, pero también la del hermano envidioso e insensible, incapaz de comprender a su hermano y de alegrarse por su regreso.

En las parábolas de la oveja y de la dracma perdida, se muestra que Dios busca todas las maneras posibles para hablarnos de su amor y de su misericordia. Además, las dos parábolas indican que el amor de Dios no es general, como si nos quisiera a todos en multitud, o de lejos, sino que su amor es particular, porque su afecto sin límites y su inteligencia infinita le permiten estar plenamente atento a todos y a cada uno en particular.

El hijo, que había optado por la independencia, vuelve renunciando a sus derechos de hijo y pidiendo ser un empleado dependiente. Pero el Padre conmovido no es capaz de aceptar ese trato. La inmensidad de su amor no puede estrecharse dentro de límites mezquinos. El responde sobreabundantemente, ennoblece al hijo arrepentido y hace fiesta.

Los detalles de esta parábola brindan una gran riqueza al relato: el deseo de independencia y lejanía, el derroche, la humillación y las privaciones, el recuerdo de la casa paterna y todo lo bueno que era, el arrepentimiento, el retorno, la espera del Padre, su compasión y su alegría, el festejo, la recuperación de la dignidad perdida y la vida nueva del hijo.

El hijo que descansa en el pecho de su padre luego de haberse desgastado en el desenfreno y en el desorden, es una invitación a volver al Padre con confianza para sanar en él nuestras propias heridas y comenzar otra vez como nuevas criaturas

Oración:

«Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras. Lo que hagas de mí te lo agradezco. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal que tu voluntad se cumpla en mí… Me entrego en tus manos sin medida, con una infinita confianza, porque tú eres mi Padre».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Un milagro y una anécdota

Jesús está invitado a comer, nos dice el evangelista, en casa de uno de los principales fariseos. Cristo, que ha venido a salvar a todas las almas, no desaprovecha ninguna circunstancia de la vida social para acercarse a hombres y mujeres e iluminarles con la luz de su palabra. Y he aquí a Nuestro Señor —Dios hecho Hombre, insistíamos el domingo pasado —, viviendo las costumbres y el estilo de vida de sus conciudadanos: hoy acepta una invitación a almorzar. Hace unos días, con motivo de la fiesta de San Mateo, el publicano Apóstol (21 de este mes), Cristo asistía a un gran banquete en un ambiente completamente distinto: publicanos, recaudadores de impuestos amigos de Mateo, gente despreciada por los fariseos. Hoy, en cambio, el Señor entra en casa de uno de estos últimos y se encuentra rodeado de la “élite” de Israel: doctores de la Ley y fariseos. El ambiente es hostil a Jesús y, sin embargo, el Señor se acerca a aquellos hombres —que le terminarán llevándole a la Cruz — con la esperanza de que alguno se deje tocar por sus palabras. Estemos atentos, porque el Señor habla hoy a aquel grupo de hombres… y a cada uno de nosotros, cristianos de nuestro tiempo.

Un milagro y una anécdota: este es el evangelio de hoy. Un hombre que recobra la salud por la misericordia de Dios. Después, ya en la casa, Jesús se encuentra con una escena ridícula: hombres sesudos que pierden la gravedad y corren para conseguir los puestos principales del banquete. Jesús, de pie en la puerta de la estancia, contempla el ir y venir. Y al sentarse cuenta la parábola que leemos al final del pasaje de hoy. Leyéndola no podemos menos de sonreír, imaginando el sonrojo de los “bienpensantes” de Israel ante la discreta advertencia de Cristo. El Señor nos contó esta parábola hace veinte siglos, pero —hasta en los detalles— es hoy de una novedad escandalosa…

Poco antes, a la entrada de la casa, el Señor había curado a un hombre enfermo. Era día de sábado. Conocía bien Jesús que el descanso sabático, preceptuado en la Ley de Moisés, había degenerado entre aquellos hombres que burlaban el espíritu de la Ley a la vez que cumplían escrupulosamente la letra. Los fariseos dejaban sufrir a un hombre en sábado y se las arreglaban para socorrer a un asno. Y la Ley quedaba “cumplida”… El Señor Jesús no desaprovecha la ocasión de hacer llegar la luz, con motivo de la curación del hidrópico, a aquel conjunto de hombres. Sus palabras son como un preludio de ese culto en espíritu y en verdad propio de los adoradores que el Padre busca (cfr. Jn 4, 23). No lo entendieron los principales de Israel —lo entendería después una mujer samaritana, junto al pozo de Sicar (Jn 4, 29) —, y el Evangelista se limita a decirnos que “a esto no lo podían replicar”.

Una anécdota y un milagro. Cristo, Nuestro Señor, con motivo de lo grande y con motivo de lo pequeño se mete en nuestros corazones y habla. Se trata simplemente de estar a la escucha y pedirle la energía necesaria para practicar lo que oímos.

Pedro Rodríguez

Lectio Divina – Domingo XXIV de Tiempo Ordinario

¡Alegraos conmigo!

INTRODUCCION

En las parábolas debemos distinguir bien entre el núcleo fundamental y las partes accesorias. Jesús quiere que nos fijemos en lo nuclear de la parábola. Pues bien, el gran especialista en parábolas, Dr. Joaquín Jeremías ha analizado bien ese núcleo en estas tres parábolas de misericordia. Y ha llegado a esta conclusión: Lo esencial de estas parábolas es la “insensatez”. Es insensato un pastor que, por ir a buscar una oveja que se le ha perdido, abandona las otras noventa y nueve en el establo. Es insensato un padre que trate de esa manera tan exquisita a ese hijo que es una verdadera calavera. Y es insensata la mujer que se pasa la noche buscando una moneda (de escaso valor) y al amanecer invita a celebrarlo con los amigos y vecinos. Conclusión: Ha llegado un momento en que Dios ha perdido el juicio, y se ha vuelto loco, pero loco por amor a los hombres y mujeres de este mundo.

LECTURAS BÍBLICAS

1ª lectura: Ex.32,7-11.13-14.           2ª lectura: 1Tim. 1,12-17

EVANGELIO

Lc.15,1-32:

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: “Ese acoge a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo esta parábola: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: “Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”. Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta». También les dijo: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes.  No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.  Recapacitando entonces, se dijo: «Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.  Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Y empezaron a celebrar el banquete.  Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.  Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”». Palabra del Señor

REFLEXIÓN

1.- LOS PROTAGONISTAS DE ESTAS HISTORIAS. Hasta ahora hemos hablado de los protagonistas de esta manera: Parábola de la “oveja perdida”. Y hemos dado el protagonismo a la oveja, Hemos hablado de la parábola del “hijo pródigo”. Y hemos creído que el protagonista era el hijo. Y también hemos hablado de la “moneda perdida” Y hemos dado el protagonismo a la moneda. ¡Y nos hemos equivocado! El protagonista es el pastor, es la mujer y es el padre.  A Jesús ni se le pasó por la cabeza hacer una parábola para describir las miserias de ese hijo. Pero empleó todo el tiempo en hacer una presentación bella, tierna, encantadora de la bondad del Padre. En realidad, el protagonista es Dios en forma de “pastor”, en forma de “padre” y en forma de “mujer”. Y esto último nos extraña profundamente dado el concepto que se tenía de la mujer en su tiempo.

2.- EN ESTAS PARÁBOLAS SE NOS REVELA EL VERDADERO ROSTRO DEL PADRE. Y digo que se nos “revela” porque son parábolas-revelación. Lo dice muy bien la introducción a este capítulo quince: Los pecadores se acercan a Jesús “para escucharlo”. Lo siguen por todas partes y les encanta sus palabras. Los fariseos y los escribas (aquellos que el pueblo tenía como santos) también acudían, pero no para escucharle, sino para criticarle, para llevarle la contraria, y difamarle. Ante esto, Jesús responde con estas parábolas. Quiere justificar su modo de proceder. Y es como si les dijera a los escribas y fariseos: Os pasáis la vida con la Biblia en las manos y no tenéis ni idea de lo que es Dios. Ahora os lo voy a explicar a ver si os enteráis de una vez. 

En las tres parábolas, pero de una manera especial en la del Padre Bueno, llama la atención los gestos exagerados: Un padre nunca entregaba la herencia a sus hijos en vida. Un padre nunca sale a esperar al hijo; es el hijo el que debe venir a reverenciar al padre. Y más exagerado que lo dibuje “corriendo”. ¿Qué pretende el evangelista? Darnos a conocer el “amor exagerado, escandaloso de Dios”. Hagamos hipótesis: a) El hijo le pide que le reciba en casa, pero como sirviente. Podría haber dicho: Concedido. Pero no lo hizo.  b) Podría haberle perdonado todo, pero con una amonestación: si vuelves a hacer lo mismo, no entras más. No lo hace. c) Podría haberle perdonado todo y dejarlo en la misma situación que tenía antes de irse. De este episodio, olvídate. Para mí sigues siendo el mismo. Y tampoco lo hace. ¿Qué es lo que hace? Lo que el hijo de ninguna manera podría ni sospechar: Le besa, le abraza, le pone el anillo, le calza, le  viste y mata para él el ternero reservado para la fiesta. Ese Padre es lo que un hijo no puede ni pensar. Conclusión: Si alguien piensa que esta parábola del Padre la hizo Jesús para decirnos que Dios es bueno, no ha entendido nada. Si saca la conclusión de que Dios es exageradamente bueno, escandalosamente bueno, sí la ha entendido. 

3.- EL HIJO MAYOR. La parábola se completa con la postura de este hijo. Aparentemente es el bueno, el servidor, el que no se ha ido nunca de la casa, pero no acepta ni a su Padre ni a su hermano. No acepta al Padre porque le reprocha: “Hace tantos años que te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya y jamás me diste un cabrito para merendar con mis amigos”. El Padre se limita a decirle: “hijo tú siempre estás conmigo” Tú siempre estás como hijo, y me molesta que te sientas esclavo, jornalero. No quiero en casa “siervos que me sirvan” sino hijos que me quieran. Y, “como todo lo mío es tuyo”, el que no hayas cogido un cabrito o diez cabritos, que son tuyos, es tu problema. Tampoco acepta al hermano: “Ese hijo tuyo” …se avergüenza de llamarlo hermano. La tragedia de este Padre es que tiene dos hijos: uno se le ha ido de casa; y el otro se ha quedado en casa, pero no como hijo, sino como siervo. ¿Qué desea el Padre? Que entren los dos hermanos en la fiesta del amor.

PREGUNTAS.

1.- ¿Le dejo a Dios ser protagonista de mi vida? ¿Me fío plenamente de Él?

2.- ¿Estoy convencido de todo lo que Dios me ama?  ¿Hasta el punto de hacerme feliz experimentando su amor?

3.- ¿Llevo dentro de mí un hermano mayor? ¿Me limito con servir a Dios? ¿O me agrada el tener hermanos y hermanas? ¿He descubierto que la fraternidad es la gran fiesta de la vida?   

ESTE EVANGELIO, EN VERSO, SUENA ASÍ

Publicanos, pecadores,
gente de baja ralea,
se acercaban a Jesús
y compartían su mesa.
Al verlo, los fariseos
y letrados, con soberbia,
criticaban a Jesús
y expresaban sus protestas.
Jesús habla de un pastor
que perdió una mansa «oveja»,
de una mujer que, en su casa,
perdió una rica «moneda».
Al encontrar sus «tesoros»,
los dos cantan y se alegran.
Lo mismo le pasa a Dios,
cuando un hijo se le acerca.
Dios es misericordioso.
A nadie cierra la puerta,
Es su mayor alegría
que un pecador se convierta.
Señor, que jamás a nadie
excluyamos de tu Iglesia.
Al que piensa que está «dentro»,
su orgullo lo deja «fuera».
Que nos encontremos todos
felices en tu presencia.
Todos, Señor, en tu casa,
celebrando una «Gran Fiesta».

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

ORACIÓN POR LA PAZ

Señor Jesús, ten piedad de nosotros y concédenos la paz y la unidad, no permitas que nos soltemos de tus manos y danos un corazón capaz de amar como tú nos amas. María Madre nuestra, auxílianos en estas difíciles horas de la tribulación, se nuestra fuerza y consuelo. Cúbrenos con tu manto y que la sangre de tu bendito Hijo nos proteja de todo mal.

Escala de valores

1.- Se dice de vosotros, mis queridos jóvenes lectores, que no tenéis valores ni motivaciones en vuestra vida. De aquí deducen vuestro comportamiento nada satisfactorio, según piensan. Recuerdo ahora una tira cómica de aquella procaz Mafalda. Al oír decir a un adulto que observaba a un joven de desgreñada y larga cabellera: esto es el acabose, le salta ella y dice: esto es el continuose del empezose de ustedes. Muchos de los que se quejan de vosotros no se dan cuenta de que la manera que ellos viven no os resulta a vosotros nada apetecible. Ya se sabe, quien se escapa del sendero trazado y se aleja del montón, es de inmediato vilipendiado y rechazado. Ser, aparecer y comportarse como los demás, siguiendo las modas, es el supremo ideal de muchos. Cada uno debe seguir las reglas y costumbres de los suyos, cualquier desvío, creen ellos, supone caer en el error o en la culpa.

2.- El comportamiento social de Jesús no era tampoco entonces tal como sus contemporáneos esperaban de un serio rabino. No se le caían los anillos por relacionarse con los marginados. Más aún buscaba esta compañía, sin pretender codearse con gente importante. El fragmento del evangelio de hoy relata dos parábolas a cual más bella. El buen pastor se separa del rebaño en busca de la oveja perdida. Arriesga su labor para salvar a un simple cordero. Nuestro Buen Pastor se afana a asistir a una única persona, si lo precisa ¡qué bondad la de nuestro maestro! ¡Qué esperanza debe anidar en nuestro interior, al percatarnos de que, si un día nos perdemos, Él saldrá en nuestra búsqueda hasta conseguir salvarnos! Permitidme que os haga una reflexión. Si me estáis leyendo ello significa que pertenecéis al equipo fiel al Señor. Alegraos de ello, pero si por ventura vierais que Dios un día concede ayuda a uno que no es de los nuestros, que algún representante suyo, sacerdote o monitor cristiano, pone todo su interés en alguno que está fuera, no os sintáis ofendidos, no reclaméis su atención, no queráis que os dedique sus desvelos. Observad su bien obrar y alegraos de que su mensaje vaya extendiéndose.

Cuando uno sufre, no cuesta demasiado acompañar en su dolor. Cuando uno está ansioso nos contagia sus preocupaciones y las vivimos, de alguna manera, como nuestras. Lo que cuesta es alegrarse con el triunfo del otro, gozar que sea afortunado. La mujer aquella de la parábola había perdido la moneda que, a parte de su valor intrínseco, se veía acrecentado por ser la que había constituido su dote. Se alegraba ella y esperaba que con ella se alegrasen sus vecinas. El amor a una persona se demuestra más al gozar con sus triunfos y fortunas, que al lamentar sus desgracias. Los ángeles así se comportan, dice el Señor.

3.- La otra parábola, la más larga, la conocida como del hijo pródigo, es uno de los más bellos relatos de la literatura antigua del Medio Oriente. Comúnmente nos fijamos en la actitud del padre que espera, acoge y perdona al que ha sido mal hijo, y no erramos al aprender su enseñanza, pero no podemos ignorar que Jesús ponía el acento en el orgullo y prepotencia del hermano mayor, aquel que se sentía bueno de toda la vida, porque nunca se había alejado de la casa. Este es el proceder de muchos hombres que no aprecian más que en el provecho que se pueda sacar de sus trabajos. Aquel que aporta más dinero, o aumenta con su labor diaria el patrimonio, se cree el mejor, sin pensar que los sentimientos, los buenos sentimientos, son con frecuencia lo de más valor. Muchos padres están más deseosos del amor de sus hijos que de los beneficios que puedan aportar. ¡Cuantos abuelos están deseosos de que cualquier nieto, el que más alejado y desviado haya vivido, venga un día a darle un beso y aprecia el gesto emocionado de quien le tenía olvidado por mucho tiempo como el regalo más preciado. ¡Mucho más que el que le tiene cedida a perpetuidad una habitación de lo que había sido su antigua mansión!

Pedrojosé Ynaraja

1Tim 2, 1-8 (2ª lectura Domingo XXV de Tiempo Ordinario)

¡Para que vivamos en paz!

Seguimos la lectura de la 1Tim del domingo pasado con un trozo que es bien actual a causa de las responsabilidades de los que dirigen las naciones. Se piden oraciones por ellos para que acierten en sus decisiones. Hoy, en estos momentos, en que el mundo vive la confrontación armada en distintos territorios; en que las decisiones de los jefes de Estado ya no es solamente una responsabilidad política, sino ética; o es ética en cuento es política, no podemos ignorar el sentido de esta lectura de hoy. El mundo vive en guerra; la guerra se hacen con armas poderosas: se venden, se compran, mueren muchos inocentes; se hacen promesas de tregua y siguen hablando los cañones. Hay intereses internacionales en esos conflictos. Es necesario elevar las manos al cielo para pedir la paz y la concordia, sin cólera, sin odios ni rencores.

Dios, el Señor del mundo, tiene otra estrategia para la humanidad: la salvación y la paz. La afirmación de que “Dios quiere que todos los hombres se salven” no debería perderse nunca de vista en el planteamiento de la vida ética y social de la humanidad. El proyecto de Dios es un proyecto de vida, de felicidad y de solidaridad. El autor de la carta lo plantea –como si fuera Pablo-, como un verdadero proyecto ético cristiano. Debemos aceptar a los dirigentes, especialmente los que han sido elegidos democráticamente (aunque en el texto se hable con la mentalidad de reyes y gobernantes). Pero no tenemos por qué callar ante sus injusticias y estrategias de poder. El cristiano vive en el mundo y debe saber vivir en libertad. Pero esa libertad está inserta en su corazón, porque el cristiano se siente verdaderamente hijo de Dios.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Dios es Padre

1. – Casi siempre, cuando pedimos algo a Dios Padre le pedimos que ejerza su poder y no su cariño. Si rogamos por la salud de un enfermo vamos a solicitar su curación rápida –y milagrosa– y no que ese Dios que es Padre envíe todo su amor al entorno difícil del enfermo. Han pasado diez mil años desde los inicios de los conocimientos históricos del Viejo Testamento y acabamos de cumplir los dos mil años de la llegada del Hombre Dios a la tierra y, sin embargo, seguimos igual. Nuestra imagen de Dios rezuma poder, no amor. Y es ahí donde más nos equivocamos.

Las historias que se cuentan en el Antiguo Testamento son repetitivas. Dios Padre ruega a su pueblo elegido que vuelva. Ese pueblo es díscolo, olvidadizo y malvado. Pero Dios espera su arrepentimiento. Duplica sus alianzas y olvida el incumplimiento para tener cerca a sus hijos. Es todo una historia amor sublime. Jesús, su Hijo, será el rostro visible del Dios invisible. Y además mostrará esa condición entrañable del Dios poderoso. Es para Él y para nosotros Abba –papá, papaíto–, pendiente de sus hijos y dispuestos a perdonarlos siempre. La Redención significa, sobre todo, el conocimiento exacto de Dios –tras haber asumido la carne humana– del pecado de los hombres. El sufrimiento existió y Jesús experimentó la tortura física y psicológica de los pecados de todos los hombres.

2. – La historia de Jesús en la tierra fue muy dramática. Él acudía hecho hombre para incluir en la existencia humana de todos los tiempos una presencia divina en, precisamente, las experiencias humanas. Y, sin embargo, los contemporáneos de Cristo decidieron darle la espalda, odiarle e instrumentar la muerte más dura y afrentosa que podía darse: la crucifixión, reservada a los delincuentes de más baja estofa. Nuestra aproximación argumental a la Pasión de Cristo nos lleva a descubrir que el mal del Malo está presente, que es activo y que, por supuesto, no es una invención. Dios quiso –mediante la Encarnación de su hijo– acercar al hombre a la naturaleza divina. Y el demonio quiso evitar con todo su poder tal camino. Lugo, ciertamente, el gran amor de Dios por la humanidad generó el enorme poder de la Resurrección de Jesús y la glorificación de su cuerpo humano. Esa herencia –primogénito entre los muertos– iba a ser para todos los hombres, que fehacientemente eran ya, «poco inferior a los ángeles». Se había producido la más grande derrota del Maligno.

3. – Hemos de acoger con sosiego y esperanza las lecturas de este Domingo Vigésimocuarto del Tiempo Ordinario. Los textos están elegidos muy bien, dentro de la sorprendente maestría «ideológica» que tiene la Liturgia. Por un lado tenemos el fragmento del Éxodo. En varias ocasiones el pueblo liberado se rebela contra Dios por la dureza del camino en el desierto. A veces es Moisés quien ruega al Señor piedad, pero otras en el mismo Dios Padre quien envía a su colaborador Moisés a que los anime. En este relato se demuestra que, en muchas ocasiones, el hombre prefiere la esclavitud cómoda que la libertad sin pan. El Éxodo iba a ser a su vez un camino de liberación y de reencuentro con Dios. Sin duda, Egipto –la estancia allí– corrompió religiosamente al Pueblo de Israel. Hacia falta ese peregrinaje duro, para volver a encontrar a Dios. Pero el camino no fue imposible. No faltó el agua, ni el alimento. Algunas veces, nosotros mismos hoy debemos desear ir al Desierto para encontrar a Dios. El mundo cómodo actual, su tendencia a la paganización, su ausencia de amor por los demás, nos debe llevar al Desierto. A la mayoría nos falta un tiempo de reflexión en soledad, solo en presencia de Dios, para abandonar muchos de los contrasentidos que encadenan nuestra vida. Y de ahí ha de surgir un arrepentimiento jubiloso que haga más objetiva nuestra vida, alejada de los pertinaces engaños del Maligno.

San Pablo, con su estilo directo, refleja la misión más importante de Jesús: su capacidad para reconciliar a los hombres con Dios Padre. El perdón de los pecados, ejercido en proximidad existencial, fue –sin duda– una gran novedad para esos tiempos. Era, por supuesto, Dios quien perdonaba los pecados. Cristo lo hizo de manera material y dejó como herencia a la Iglesia esa facultad. «Podéis fiaros y aceptar sin reserva lo que os digo: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores…». Y esa novedad permanece en nosotros gracias al Sacramento de la Reconciliación.

4. – El texto del Evangelio de esta semana es largo. En las acotaciones del Misal Romano indica que se puede prescindir de la lectura de la parábola del Hijo Pródigo. Es posible que se quiera dar más «posición» a la «primera parte», a la búsqueda de la oveja perdida para que no se diluya con uno de los relatos más bellos de toda la Biblia: el Regreso del Hijo Pródigo. Pero sea como sea, se complementa muy bien y merece alargar la lectura y la reflexión al respecto. Va ser San Lucas quien mejor nos presente siempre esa idea de Dios como Padre amoroso. Pero como decíamos antes la globalidad del relato bíblico es la búsqueda cariñosa del Dios Poderoso de su pueblo díscolo. Lo que da una profundidad impresionante a nuestra fe es el conocimiento de que Dios es amor. Y a partir de ahí el amor es un ingrediente fundamental para la existencia humana. Lo contrario, el desamor, el odio, es la personificación del Mal.

Una de nuestras mayores obligaciones solidarias como seguidores de Cristo es lograr la conversión de los otros hombres para que reine la alegría en nosotros y en el Cielo. El ejercicio del Apostolado es insoslayable y cada uno deberá encontrar como mejor hacerlo. En la mayoría de las ocasiones Dios llama mediante «segundas personas». La conversión siempre necesita de una mano amiga. Dios puede hacerlo de otra manera y ahí está la caída del caballo de San Pablo o la cancioncilla misteriosa –toma y lee– que escuchó Agustín en el jardín. Pero la mayoría de las veces es un voz amiga la que te acerca a Dios. O un libro. Siempre hay alguien cercano que te pone en la vía más cercana para tomar el tren de Dios. No podemos, pues, obviar nuestra dedicación a la conversión de los demás, aunque como parafraseando a San Pablo no podemos olvidar la nuestra propia. Nunca terminamos de estar convertidos del todo y ese es un camino constante.

Lo importante para la reflexión de este domingo será el amor grande que el Padre nos tiene y, de hecho, el hace posible nuestra vuelta. Lo que ocurre es que dentro del uso de nuestra libertad nosotros debemos avanzar voluntariamente a su encuentro y recibir su abrazo aún en el camino, cuando El nos ha divisado a lo lejos. Reiteramos lo dicho al principio: las lecturas de esta semana deben de ser meditadas y contempladas de manera muy especial, porque en ellas se expresa esa realidad, a veces no entendida, ni admitida y que es la ternura de Dios hacía nosotros.

Ángel Gómez Escorial

¿A quién le importa?

De vez en cuando aparece en los medios una triste noticia: es encontrado el cadáver de una persona que llevaba semanas o meses muerta, pero nadie se había dado cuenta. Podemos imaginarnos el sentimiento de soledad que experimentarían estas personas, día tras día, sabiendo que nadie las esperaba, que nadie las echaría en falta. Un sentimiento que afecta también a personas que sufren una soledad peor, que es la de sentirse solas estando acompañadas. Quizá nos sentimos así y, parafraseando el estribillo de una canción de Alaska y Dinarama, podemos preguntarnos con verdadero dolor: “¿A quién le importa lo que yo haga, a quién le importa lo que yo diga?”

El Evangelio de hoy corresponde al capítulo 15 de san Lucas, conocido como el de “las parábolas de la misericordia”: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo, aunque esta última deberíamos denominarla, en consonancia con las otras, “los hijos perdidos”.

Un denominador común de estas tres parábolas es la pérdida. Y en un primer momento, podríamos preguntarnos: “¿A quién le importa que se hayan perdido?”

Teniendo cien ovejas, por una que se pierda, ¿a quién le importa? No merece la pena ir a buscarla.

Teniendo diez monedas, por una que se pierda, ¿a quién le importa? Podrán tener un valor sentimental, pero no merece la pena el trabajo de encender una lámpara, barrer la casa y buscar con cuidado… seguramente lo que pensaríamos sería: “Ya aparecerá”, y no perderíamos más tiempo.

En cuanto a los dos hijos… El menor realmente insultó a su padre pidiéndole la parte que le tocaba de la fortuna. Es como si le hubiera dicho: “No puedo esperar a que te mueras para heredar”. Y se fue porque quiso, nadie le echó, así que: “¿A quién le importa lo que le pase? Él se lo buscó”.

En cuanto al hijo mayor, aunque no se había ido físicamente de casa, también estaba “perdido”, porque ni conocía a su padre ni era consciente de lo que significaba estar siempre con él. Pero: “¿A quién le importa su indignación y sus protestas? Ya se dará cuenta y se le pasará el enfado”.

Pero hay otro denominador común de estas tres parábolas: la misericordia de Dios. Si nos preguntamos a quién le importan esas pérdidas, la respuesta es muy clara: “A Dios”.

Dios es ese Pastor al que le importa una sola oveja perdida y, por eso, deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada. Dios es esa Mujer a quien le importa una sola moneda perdida y, por eso, enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado hasta que la encuentra.

Sobre todo, Dios es ese Padre al que le importan todos sus hijos, y que, cuando su hijo menor todavía estaba lejos, se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.

Dios es ese Padre que, cuando vio que su hijo mayor no quería entrar en el banquete, salió e intentaba persuadirlo con amor y paciencia: Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo.

Y el Evangelio de hoy no son simplemente “palabras bonitas”. En la 2ª lectura hemos escuchado la experiencia vivida por san Pablo: de estar perdido (antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente). Y, después, de haber descubierto que a Dios le importaba: (Pero Dios tuvo compasión de mí porque no sabía lo que hacía pues estaba lejos de la fe).

Todos podemos “perdernos” o sentirnos perdidos en algún momento: a veces porque somos como esa oveja, que buscamos “otros pastos”, otros “dioses”, como el pueblo de Israel en la 1ª lectura; otras veces somos como esa moneda, y no sabemos cómo nos hemos perdido, cómo nos hemos metido en la situación en que nos encontramos; otras veces somos como el hijo menor, queremos “disfrutar de la vida”, hacer lo que queramos, vivir sin Dios; otras veces somos como el hijo mayor, y Dios es para nosotros un opresor que sólo nos da trabajo y pocas alegrías; otras veces, como a san Pablo, nos pesa nuestro pasado y dudamos de que Dios pueda aceptarnos.

Todos podemos identificarnos con cualquiera de estas experiencias de vida. Todos podemos sentirnos perdidos aunque estemos rodeados de gente, y preguntarnos: “¿A quién le importa lo que yo haga?”. Y puede ser que realmente no haya nadie a quien le importe; pero hoy el Señor nos recuerda que a Dios Padre sí que le importa, y que siempre va a estar buscándonos y esperándonos.

Comentario al evangelio – Domingo XXIV de Tiempo Ordinario

El arrepentimiento de Dios… y el nuestro

Durante el año litúrgico C leemos dos veces la parábola del Hijo pródigo: en el domingo cuarto de Cuaresma y, junto con las otras parábolas de la misericordia, en este domingo 24 del tiempo ordinario. Pero no se trata de una mera repetición: el diferente acento lo marcan las respectivas primera y segunda lectura. Allí se insistía en el arrepentimiento del hombre, llamado a reconciliarse con Dios. Ahora, en cambio, se mira sobre todo a la actitud de Dios ante el pecador; se puede decir que se subraya el arrepentimiento de Dios: “el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo”. Esto nos invita a reflexionar sobre la imagen que tenemos de Dios y, tal vez, a modificarla. No se trata de nuestro “concepto teórico” de Dios, pues Dios no cabe en ningún concepto y los desborda a todos. La cuestión es práctica y existencial, pues trata de su actitud ante nosotros: es ahí donde descubrimos que Dios nos supera y sorprende. Un Dios que se arrepiente… ¿Qué quiere decir esto? ¿Cuál es la actitud de Dios ante el mal y el pecado?

Son muchos los que acusan a Dios de permanecer indiferente ante el mal del mundo. Aquí se apoya uno de los argumentos más fuertes contra la existencia de Dios, que se esgrimió sobre todo en la cultura moderna. Aunque, todo hay que decirlo, la no existencia de Dios, lejos de resolver el problema del mal lo hace irresoluble.

Otros, en cambio, piensan que Dios reacciona ante el pecado humano castigando a los pecadores. Aunque esta mentalidad era popular en la antigüedad, todavía pervive hoy en diversas religiones e, incluso, entre no pocos cristianos. Desgracias individuales y colectivas se contemplan como consecuencias más o menos directas del pecado humano y de la actividad punitiva de Dios. Así que, contra los que se quejan de que Dios permanezca impasible ante el mal, encontramos aquí una respuesta que, la verdad, no nos sirve de mucho consuelo. Porque, si antes se quejaban de la inactividad divina, ahora alzarán la voz contra su indebida intromisión en asuntos de estricta competencia humana… ¿En qué quedamos? ¿Interviene Dios o no interviene? ¿Queremos nosotros que intervenga, o preferimos que no lo haga? Y, si sí, ¿en qué sentido?

Posiblemente, para responder adecuadamente a estas difíciles preguntas, lo mejor es dejar de filosofar (aun sin tener nada contra esa noble actividad) y ponerse a la escucha de la Palabra, que nos dice que Dios no permanece impasible ni ocioso ante el mal y el pecado, pero que lo que hace nada tiene que ver con la actividad punitiva que le atribuyen algunos.

La Palabra propone como trasfondo de la actitud de Dios hacia el hombre tres pecados de especial gravedad. En la primera lectura se habla de idolatría, esto es, de la divinización indebida de realidades naturales. En la carta a Timoteo Pablo se acusa a sí mismo con dureza y sin tapujos (“blasfemo, perseguidor, insolente”) de haber perseguido a Cristo; no es que haya adorado a un falso dios, sino que se ha opuesto al verdadero. En estos tiempos de subjetivismo rampante nos cuesta aceptar el discurso sobre el verdadero Dios, la verdadera religión y, en consecuencia, el pecado de haberse opuesto a la Verdad en nombre de lo que uno consideraba verdadero. En realidad, Pablo concede los derechos de la conciencia errónea al mitigar su autoacusación (“yo no era creyente y no sabía lo que hacía”), pero no por eso se considera justificado. El ser humano no tiene sólo el deber de actuar de acuerdo a lo que le parece bueno y verdadero, sino también el de buscar con sinceridad lo que lo es realmente. Por fin, el evangelio personifica en el hijo pródigo el pecado de negación del padre y la depravación de una vida desenfrenada y egoísta.

¿Cuál es la reacción de Dios ante estos (y otros) pecados? La primera lectura parece atribuirle el propósito de castigar a los idólatras borrándolos de la faz de la tierra. Sólo ante la oposición e intercesión de Moisés Dios “se arrepiente” de su propósito y aplaca su ira. Pero, ¿qué significa esto? ¿Hay que entenderlo al pie de la letra? ¿Es que acaso hemos de aceptar que Moisés era mejor que el mismo Dios? Sería absurdo. El “arrepentimiento” de Dios ante la intercesión de Moisés es un bello recurso literario, que subraya que, si bien el pecado del hombre es autodestructivo, Dios reacciona con la misericordia y el perdón. El papel de Moisés como intercesor ante Dios a favor del pueblo nos recuerda que el hombre participa de los designios salvíficos de Dios, que Dios mismo se apoya en la mediación humana y, en definitiva, aquí se anticipa proféticamente la mediación exclusiva y definitiva de Jesucristo.

Pablo confirma en la carta a Timoteo lo que acabamos de decir con tanta claridad, que apenas cabe más comentario que releer esas palabras llenas de fuerza y confianza sobre el derroche de gracia, de amor, de compasión y de paciencia que Dios se gasta con nosotros.

Por si quedaban dudas, las parábolas de la misericordia deberían ser el argumento definitivo. Dios no sólo perdona, salva y recrea, sino que, cuando el hombre “se pierde”, sale a su encuentro, lo busca con ahínco y esmero, sin ahorrar esfuerzos. Así lo ha manifestado en Cristo, que para encontrar y salvar al pecador ha ido hasta el extremo de la muerte.

Se dice que los pastores conocen a sus ovejas una por una y no en “rebaño”. Así nos conoce y nos busca Dios. Somos para él más valiosos que la moneda perdida de la mujer de la segunda parábola, que seguro que no había perdido unos céntimos, sino el pan de sus hijos. Cualquiera entiende qué supone perder la garantía el sustento propio y de los suyos. Pero Jesús ahonda aún más su enseñanza sobre la misericordia: somos más que una oveja conocida por el nombre, o el tesoro que nos promete la supervivencia; para Dios somos como el hijo único, amado con un amor exclusivo, que es como los buenos padres y, sobre todo, las buenas madres quieren a cada uno de sus hijos, por muchos que tengan. Un amor exclusivo es un amor incondicional, que sale al encuentro del hijo perdido “cuando estaba todavía lejos”, un amor que no reprocha ni castiga, sino que abraza, recrea y festeja la vuelta a casa. Dios, en efecto, tiene una actitud activa ante el pecado y el mal, pero también respetuosa hacia la libertad humana, a la que no fuerza si ésta no presta su acuerdo. Y es que el perdón de Dios es incondicional, pero nosotros podemos recibirlo sólo si nos abrimos a él. De ahí la necesidad del arrepentimiento.

La idea del castigo divino por el pecado se parece más a una proyección nuestra que clama venganza y se cierra a la misericordia. Es precisamente un género de pecado que no aparecía en el listado anterior: es el pecado del hijo mayor, de los que se pretenden justos y niegan el perdón de los “perdidos” que vuelven a casa, y exigen para ellos los castigos adecuados. Es el pecado de los fariseos, para los que Jesús cuenta estas parábolas, con las que quiere purificar nuestra imagen de Dios, al revelarlo como un Padre lleno de amor. El fariseo (de entonces y de siempre) mira a Jesús con mirada torva y bien puede retorcer el argumento, oponiendo ahora que, entonces, ese Dios bonachón consentiría el mal al no castigarlo. Pero ya hemos dicho que no es verdad, que lo que Dios ha hecho es lo máximo que se puede hacer: en Cristo ha tomado sobre sí el pecado del mundo hasta el extremo de la cruz, para convertir la muerte en vida, el pecado en gracia.

Pero no nos convirtamos nosotros en fariseos de los fariseos, considerando que son estos últimos los que no tienen remedio. Pablo, al fin y al cabo, era un fariseo y fue el que descubrió en su propia vida que lo que no podía la ley, sí lo podía la gracia. Y es que la imagen de Dios que la Palabra nos trasmite hoy es precisamente la de un Padre que espera activamente el regreso de sus hijos, y que no desespera de ninguno, ni siquiera de los buenos.

José María Vegas, cmf