Lectio Divina – Viernes XXIV de Tiempo Ordinario

Le acompañaban los Doce, y algunas mujeres…

1.- Introducción.

Señor, te agradezco que hayas incorporado a la mujer a tu misión, a la construcción del Reino. En medio de un contexto totalmente machista, Tú optaste a favor del feminismo de una manera clara y contundente. No tuviste prejuicios contra ellas, las defendiste del tabú de la sangre, las elevaste a la categoría de seres libres, capaces de escuchar tu palabra y seguirte. Haz que yo sepa mirarlas como Tú, con la mirada del corazón.

 2.- Lectura reposada del evangelio. Lucas 8, 1-3

En aquel tiempo, Jesús iba caminando por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Es verdad que, a la hora de la primera creación, el protagonismo lo tuvo un hombre: Adán; pero en la segunda creación, Dios, a la hora de elegir un medio eficaz para entrar en el mundo, pensó en clave femenina. Siempre me impresionan las palabras de Pablo: “Al llegar la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Gal. 4,4). En el relato del evangelio de hoy Jesús fue un osado. Sabía que “la mujer casada que acompañaba a los profetas era repudiada por su marido y era motivo suficiente para casarse con otra” (J. Jeremías), Pero Jesús rompe los esquemas sociales y culturales a la hora de optar por un auténtico feminismo, incluso incorporando a las mujeres a su propia misión evangelizadora. Y fue una mujer, María Magdalena, la que dio a los discípulos la noticia de que Cristo había Resucitado. Fueron unos ojos de mujer los primeros que vieron el rostro del resucitado; unos oídos de mujer los que escucharon el primer nombre pronunciado por Él: ¡María! Y unos labios de mujer los primeros que besaron los pies del nuevo Adán.

Palabra del Papa

“Es indudable que debemos hacer mucho más a favor de la mujer, si queremos dar más fuerza a la reciprocidad entre hombres y mujeres. Es necesario de hecho, que la mujer no solamente sea más escuchada, sino que su voz tenga un peso real, un prestigio reconocido en la sociedad y en la iglesia. El modo mismo con el cual Jesús ha considerado a las mujeres -el evangelio lo indica así- era un contexto menos favorable del nuestro, porque en esos tiempos la mujer era puesta en segundo lugar. Pero Jesús la considera de una manera que da una luz potente que ilumina un camino que lleva lejos, del cual hemos recorrido solamente un tramo. Aún no hemos entendido en profundidad cuales son las cosas que nos puede dar el genio femenino de la mujer en la sociedad. Tal vez haya que ver las cosas con otros ojos para que se complemente el pensamiento de los hombres. Es un camino que es necesario recorrer con más creatividad y más audacia”. (Audiencia de S.S. Francisco, 15 de abril de 2015).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Silencio)

5.- Propósito: Dar gracias a Dios por habernos dado a María la madre de Jesús, por madre nuestra.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor Jesús, yo te agradezco que hayas sido tan valiente y no te haya importado incorporar a las mujeres a la misión de extender a todas partes tu Reino. Y, de un modo especial, te agradezco que hayas querido venir a este mundo a través de una mujer llamada María. Ella es, como dice P Claudel, “el sacramento de la ternura maternal de Dios”. Haz que sepamos empaparnos de esta ternura infinita.

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Sin Ti nada hay bueno para Mí

No deja de sorprendernos la actualidad de la denuncia de Amós que presenta un duro alegato contra los estafadores que arruinaban y engañaban a los pobres. (Am 8,4). Lo que deseaba Pablo en sus días y que refiere la primera carta a Timoteo, también lo queremos nosotros hoy, aquí y ahora: que podamos vivir unos tiempos tranquilos (1Tm 2,2). En el evangelio, Jesús parece aplaudir el ingenio de un administrador infiel; pero lo que Jesús quiere dejar claro es: “No podemos servir a Dios y al dinero”, ya que el dinero se erige en Dios y nos esclaviza (Lc 16,13).

Líbrame, Señor de la codicia:
de atarme a las riquezas, como el que se sujeta
con un cinturón de seguridad al avión que vuela a su destino…

Líbrame, Señor y hazme prudente:
que me ofrezca sin esperar nada a cambio,
que exprima lo mejor de mí mismo en favor de mis hermanos,
que trabaje con los dones que me has dado
de manera que me sirvan de camino para llegar a Ti.
Que sea mi riqueza vivir para hacer tu voluntad.
Porque Tú eres mi riqueza y sin ti nada hay bueno para mí.

Líbrame, Señor, de toda codicia:
la del espíritu y la técnica, la de la fama y el dinero:
ídolos que me hacen orgulloso e insensible
y que, inconscientemente, exigen su ración diaria
de sangre y de lágrimas ajenas.

Líbrame, Señor, y hazme prudente,
para que no te busque por interés
sino porque tus promesas superan todas mis demandas;
para que te busque porque eres la mejor oferta posible,
para que te quiera porque siempre esperas de mí lo mejor,
para que te ame porque experimento que tú me amas desde siempre.
Porque Tú eres mi riqueza y sin ti nada hay bueno para mí.

Líbrame, Señor, de toda codicia:
la del brillo pasajero, la de la moneda de dos caras,
la que nunca satisface mi ansiedad
ni llena el vacío de la trascendencia…,
y que, inconscientemente, exigen su ración diaria
de sangre y de lágrimas ajenas.

Líbrame, Señor, de toda codicia,
porque Tú eres mi riqueza y sin ti nada hay bueno para mí.

Isidro Lozano

Comentario – Viernes XXIV de Tiempo Ordinario

Lc 8, 1-3

Lucas es el único que menciona los «nombres de las mujeres que acompañaban a Jesús a lo largo de sus viajes.

Jesús iba caminando por pueblos y aldeas, proclamando la «Buena» Noticia.
Es preciso, de vez en cuando, volver a meditar, sobre ese tema: «evangelio»… ¿«eu -aggelion», en griego? «buena noticia» en castellano.

Así, ¡lo que Jesús proclama es algo bueno!

Un predicador no debería jamás hablar sobre una cuestión de Fe, sin haber experimentado antes, en el fondo de su ser ¡de qué manera el «sujeto que se propone tratar» es algo «bueno» para el hombre! ¡El Reino de Dios es una buena noticia!

Un catequista no debería jamás presentar ni una sola lección de catecismo, sin haber experimentado antes, en el fondo de sí mismo de ¡qué modo, lo que dirá a los niños, es «bueno» para ellos!

Un cristiano no debería jamás hablar de su Fe a incrédulos o indiferentes sin haber valorado antes ¡cuan «buena» es para él esa Fe! De otro modo ¿cómo podría «proclamarla» ?

Lo acompañaban los doce, y algunas mujeres…

El pasado martes vimos a Jesús hacer una resurrección en atención a una mujer, la viuda de Naím. Ayer Jesús rehabilitaba a una mujer, la pecadora, en casa de Simón. Ningún evangelista, sino Lucas, asignó un mayor papel a las mujeres : pensemos en la función esencial de María en los relatos de la infancia de Jesús… pensemos en el episodio de Marta y María (Lucas, 10, 38) que es él el único en relatarlo.

Mujeres que Jesús había curado de malos espíritus y de enfermedades…

Lucas insiste, algo machaconamente pensamos, sobre ese punto: ¡eran antiguas endemoniadas! Esta afirmación subraya que, para el Antiguo Testamento, como para muchas viejas civilizaciones, la mujer estaba marcada, por una especie de «interdicto», objeto de fuerzas misteriosas (Lucas 4, 38; 13, 16; 8, 43).

Las mismas mujeres acabaron por someterse a esa trágica «marginación»: la Samaritana, a quien Jesús pidió agua, se sorprende de que un judío se atreva a hablar a una mujer. (Juan 4, 9). Vemos pues que Jesús libera totalmente a la mujer: ni en su mente ni en sus actitudes concretas hace diferencia alguna entre el hombre y la mujer.

El evangelista afirma que, con los Doce, había un grupo de mujeres que seguían a Jesús.

María, «Magdalena» de sobrenombre… -¡que había sido liberada de siete demonios!-, Juana, mujer de Kuza, el intendente de Herodes… Susana… y muchas más…

No olvidemos que los rabinos de la época excluían a las mujeres del círculo de sus discípulos. No olvidemos que según la organización del Judaísmo de aquel tiempo las mujeres apenas formaban parte de la comunidad: podían participar al culto de la sinagoga, pero no estaban obligadas a ello. La liturgia empezaba cuando, por lo menos, diez hombres estaban presentes, mientras que a las mujeres no se las contaba.

Ahora bien, la tradición nos relata que las primeras apariciones del resucitado fueron hechas a las mujeres (Lucas 24, 10) y precisamente a las que Lucas anota aquí. Habiendo acompañado a Jesús desde el comienzo de su ministerio público, todo como los Doce, eran iguales a los hombres para el anuncio de la «buena nueva».

Que le ayudaban con sus bienes.

Realismo del evangelio: se necesita dinero para poder anunciar el evangelio. Si los Doce y Jesús parecen tan libres, sin cuidados materiales, ¡es porque hay mujeres que cuidan de ellos! Trabajo capital que permite todo el resto. ¿Soy una acomplejada por mis tareas humildes? o bien ¿sé darles un valor divino?

Noel Quesson
Evangelios 1

No se puede servir a Dios y al dinero

Los peligros del dinero

El profeta Amós defiende a los pobres y oprimidos, y dice palabras de condena para los que se aprovechan de la debilidad ajena. Aunque no siempre el dinero es injusto, hay que reconocer que es peligroso, porque el dinero nos puede hacer crueles, opresores, tramposos… Amós nos asegura que Dios toma postura por los indefensos y los pobres.
Jesús, en el evangelio, con una parábola que nos puede parecer extraña, nos da una lección siempre actual. El amo no alaba las injusticias del administrador, pero resalta su previsión del futuro. Jesús quisiera que sus seguidores fueran inteligentes y avispados.

Cómo usar el dinero

Es legítimo tener y buscar el dinero porque lo necesitamos para la vida, para el bienestar de la familia y el progreso del mundo e, incluso, para las cosas de la evangelización.
Si nos dejamos esclavizar por él, caemos en la desautorización tan repetida por Jesús. El dinero no nos puede hacer olvidar que hay otros valores más importantes en la vida. Es un aviso para la desenfrenada carrera a la que la sociedad de consumo nos empuja. El negocio no es el ideal supremo; el dinero puede bloquear nuestra paz interior, y nuestra apertura hacia el prójimo y hacia Dios. Porque no podemos servir a Dios y al dinero.

Si olvidamos el destino universal de los bienes de este mundo, descuidamos el plan de Dios y nos constituimos en injustos poseedores exclusivos, cerrándonos a la necesidad de los demás: El profeta Amós se indigna ante esta falta de justicia y caridad para con los más débiles, y, en la parábola de hoy, Jesús no dice cuál es ese uso que hay que hacer del dinero: cómo se puede, con el dinero injusto, ganarse amigos para cuando nos hace falta. Lo hará el próximo domingo con la parábola del rico Epulón.

Inteligentes también para las cosas del espíritu

Si olvidamos que somos administradores, más que dueños absolutos, corremos el peligro de dejarnos seducir por el dinero y utilizarlo de un modo poco inteligente. El dinero tiene una particular fascinación y se nos pega fácilmente a los dedos. Debemos defendernos de su brillo y saberlo relativizar. Debemos usar de los bienes de este mundo de modo que consigamos lo principal, que no nos impidan caminar hacia la meta. Que yo sepa nadie pregunta por su billetera el día de su muerte. Tendríamos que ser tan sagaces para las cosas espirituales como lo somos para las económicas y materiales de nuestra vida.

Existen dos mundos: el de la seguridad falsa que me da el dinero y el de la confianza en Dios. Entre ellos no hay comunicación posible. Y hay que decidirse por uno de los dos: O Dios o el dinero.

Isidro Lozano

Provocación y sorpresa

«Los hijos de este mundo son más sagaces
en sus proyectos y asuntos
que los hijos de la luz en los suyos» (Lc 16, 8b).

¿Y si Tú nos estuvieras poniendo
frente al auténtico dilema de nuestra vida?
¿Y si Tú nos estuvieras despertando
para que nos diéramos cuenta
quién manda en nosotros?
¿Y si Tú nos estuvieras invitando
a tomar conciencia de quiénes somos
en tu proyecto y sueño?
¿Y si Tú nos estuvieras animando
a vivir día a día con sagacidad y sabiduría
en vez de situarnos en una u otra orilla?

Pues en cada uno de nosotros
conviven la luz y las tinieblas,
y la experiencia nos dice
que, cuando nuestro ego se halla en juego,
activamos medios, recursos, tácticas,
argucias, estratagemas,y decisiones…,
con tal de salir airosos y asegurar la supervivencia
-la seguridad, el dinero, el status, lo mío-.

Pero, ¿qué ocurre cuando está en juego la luz que somos?
¿Qué hacemos con lo mejor de nosotros mismos?
¿Dónde está nuestra sagacidad para ganar amigos y vida?
¿Dónde nuestra sabiduría para que el reino
atraiga, emocione, enamore y agarre?

Si pusiéramos tanta motivación,
tantos medios, astucia y sabiduría
para que nuestra verdadera identidad
-la luz que somos y portamos- se manifestara,
nuestro mundo sería bien diferente
y tu mensaje y buena noticia resplandecería
en plazas y calles, oteros y valles,
sendas y autopistas,
lugares de refriega y oasis.

¡Qué ironía la tuya
al confrontarnos con nosotros mismos, y no con otros,
y poner al descubierto
que nos manejamos sabia y astutamente
en los asuntos que conciernen a las tinieblas
y no tanto en los que tienen que ver
con la luz, la vida y la buena noticia!

«Los hijos de este mundo son más sagaces
en sus proyectos y asuntos
que los hijos de la luz en los suyos» (Lc 16, 8b).

Florentino Ulibarri

La misa del domingo

El Evangelio de este Domingo trae la parábola de un hombre rico que despide a su administrador por haber estado haciendo un mal uso de sus bienes. Antes de marcharse, sin embargo, es instado por el dueño de la hacienda a presentarle las cuentas de su gestión.

Una cosa le preocupa a quien ha vivido regaladamente a expensas de un hombre rico, aprovechándose de sus bienes para beneficio personal: ¿qué hacer para no quedar en la miseria, si no puede ya trabajar como un joven y si mendigar le da vergüenza?  Una idea astuta le viene a la mente: granjearse la amistad y gratitud de los deudores de su antiguo señor, rebajándoles significativamente la cantidad de lo debido. Llamándolos uno por uno hace que escriban recibos con cantidades inferiores a las realmente debidas: cincuenta medidas de aceite en vez de cien, ochenta cargas de trigo en vez de cien, y así sucesivamente. Él calcula que la condonación de una parte significativa de la deuda será retribuida posteriormente por las personas favorecidas. Es una manera muy astuta de hacer uso de los bienes materiales para granjearse amigos que luego puedan ayudarlo cuando se encuentre desempleado.

Sin hacer una evaluación moral de la acción del administrador el Señor Jesús alaba su sagacidad y alienta a los “hijos de la luz”, es decir, a sus discípulos, a imitar la astucia —no los métodos deshonestos— de “los hijos de este mundo”, aquellos que viven y luchan buscando grandezas humanas, puestos importantes, éxitos mundanos, quienes para alcanzar sus propios fines son siempre tan sagaces.

El Señor Jesús pronuncia finalmente la enseñanza central de esta parábola: «Gánense amigos con el dinero injusto, para que, cuando les falte, los reciban a ustedes en las moradas eternas».

¿Por qué califica el Señor el dinero de “injusto”? San Cirilo decía al respecto: Jesús «declara injusta por naturaleza toda posesión que uno posee por sí misma, como bien propio, y no la pone en común con los necesitados». Es decir, por “dinero injusto” no sólo hay que entender la riqueza que se obtiene o aumenta por medios injustos (ver 1ª. lectura) sino también aquella riqueza a la que uno incluso habiéndola obtenido honestamente se aferra egoístamente, negándole su carácter social. Una excesiva abundancia de dinero o bienes se torna injusta cuando no se usa en favor de aquellos que viven de modo infrahumano por carecer de ellos.

El Señor invita a un cambio de conducta cuando declara que «de esta injusticia es posible hacer una obra justa y benéfica, ofreciendo alivio a alguno de esos pequeños que tienen una morada eterna ante el Padre» (San Cirilo). De este modo uno tendrá amigos «cuando [el dinero] llegue a faltar», es decir, en el momento de la muerte, cuando las riquezas ya no acompañarán más al rico ni podrán salvarlo, cuando sólo lo acompañarán sus buenas obras y la caridad que haya podido hacer con aquel dinero durante su peregrinación por este mundo. Entonces los amigos que habrá ganado lo recibirán en las moradas eternas.

Luego de exponer la parábola, el Señor enuncia una serie de sentencias sobre las riquezas. Entre otras dirá: «No pueden servir a Dios y a Mamón». Normalmente el término griego mammonas se traduce por dinero. Procede del arameo mamón, que en sentido amplio significa riqueza y posesión. En la sentencia mencionada el Señor habla de Mamón casi como si fuese una persona real, opuesta a Dios. Se convierte en su servidor el hombre codicioso, aquel que permite que su corazón se apegue a las riquezas y bienes materiales, haciendo que sirvan sólo a sus intereses personales. Un hombre así se engaña a sí mismo si cree que puede al mismo tiempo amar a Dios. La verdad es que «ningún siervo puede servir a dos señores, pues odiará a uno y amará al otro o será fiel a uno y despreciará al otro». Entre Dios y Mamón, hay que elegir a quién quiere uno servir, porque no se puede estar bien con los dos al mismo tiempo.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Los bienes materiales son necesarios a todos. Son queridos por Dios mismo para el hombre, para su subsistencia, su desarrollo y pacífica convivencia. ¿Quién puede subsistir sin ellos? Por tanto, es lícito a todo hombre procurar, poseer, administrar y aumentar, para sí mismo y para sus seres queridos, los bienes materiales: dinero, bienes muebles o inmuebles.

Sin embargo, hay también un enorme peligro con respecto a los bienes materiales, en sí mismos útiles y necesarios como hemos dicho. La posesión de riquezas o la aspiración a poseerlas es capaz de trastornar completamente al ser humano, de volverlo avaro, egoísta, insensible a las necesidades de sus hermanos humanos, astuto para el mal, implacable y cruel. Por dinero, por el afán de “tener”, el ser humano es capaz de robar, engañar, traicionar, cometer fraudes, ir a la guerra, asesinar. En efecto, «por amor a la ganancia han pecado muchos» (Eclo 27, 1).

Pero si las riquezas no son malas en sí mismas y si su posesión es lícita al hombre, ¿en qué consiste su peligro? La ruina para el hombre está en entregarles el corazón, en hacer del dinero un ídolo ante el cual se es capaz de ofrecer cualquier sacrificio. De allí que aconseja el salmista: «A las riquezas, cuando aumenten, no apeguéis el corazón» (Sal62[61], 11). Quien es seducido por el dinero, ya no es él quien posee las riquezas, sino las riquezas que lo poseen a él. Cree que es su dueño y seño, cuando en realidad no es sino su esclavo.

El apego del corazón o amor a las riquezas trae consigo al mismo tiempo un ‘aborrecimiento’ de Dios, aún cuando quien padece el yugo de esta esclavitud esté convencido de que ama a Dios. Se engaña a sí mismo quien dice amar a Dios cuando tiene el corazón apegado a los bienes materiales. El amor a las riquezas divide interiormente a la persona, la aparta de Dios y se expresa en la injusticia que vive con respecto a sus hermanos humanos, tanto a nivel personal como también social, generando estructuras injustas, sistemas en los que se explota a los demás en beneficio de unos pocos. La codicia es un acto que va contra el amor de Dios y por lo tanto es una idolatría. Por ello el desapego del dinero (ver 1 Tim 3, 3; Heb 13, 5-6), el no poner la confianza en él y más bien hacer un sabio uso de él para beneficiar a los demás es una condición fundamental en la vida cristiana.

Es por lo tanto esencial que nos preguntemos con toda sinceridad: ¿Está mi corazón apegado a los bienes materiales que poseo, sean muchos o pocos? ¿Le pertenece mi corazón verdaderamente a Dios? ¿O hago del dinero un ídolo, el fin último de mi vida? ¿Comprendo que soy administrador de los bienes que poseo, aún cuando los haya conseguido con mi solo esfuerzo? ¿Soy consciente de que tengo una responsabilidad social mayor, mientras más bienes poseo?

San Francisco de Sales, «para impedir que te engañe y que este cuidado de los bienes temporales degenere en avaricia», recomienda al alma amiga de Dios «practicar con mucha frecuencia la pobreza real y efectiva, en medio de todos los bienes y riquezas que Dios nos haya dado». Así por ejemplo recomienda: «Despréndete siempre de alguna parte de tus haberes, dándolos de corazón a los pobres… Es cierto que Dios te lo devolverá, no sólo en el otro mundo, sino también en éste, porque nada ayuda tanto a prosperar como la limosna… Ama a los pobres y a la pobreza… complácete en hablarles; no te enfades de que se acerquen a ti en las iglesias, en las calles y en todas partes. Sé con ellos pobre de palabra, hablándoles como una amiga, pero sé rica de manos, dándoles de tus bienes, ya que eres poseedora de riquezas».

Comentario al evangelio – Viernes XXIV de Tiempo Ordinario

Las mujeres en la Iglesia

Los estudiosos del Nuevo Testamento confirman que, en comparación con las obras literarias de la época, los evangelios contienen un número inusualmente alto de referencias a las mujeres. Según algunos estudiosos, de todos los fundadores de religiones y sectas, Jesús es único en su acogida y afirmación de las mujeres. Jesús fue lo suficientemente humilde como para aprender incluso de una mujer pagana: la mujer sirofenicia que le recordó que los gentiles no debían ser excluidos de la misericordia de Dios (cf. Mt 15,27). En una época en la que el testimonio de una mujer sólo tenía la mitad de peso que el de un hombre, Jesús eligió a María Magdalena para ser apóstol de los apóstoles, para ser la primera portadora de la buena nueva de su resurrección. El evangelio de hoy atestigua cómo las mujeres se sintieron libres y bienvenidas para ser sus seguidoras. Si Jesús acogió a hombres y mujeres sin ninguna discriminación, nuestras parroquias, comunidades de fe y hogares deben convertirse también en lugares en los que las mujeres desempeñen un papel importante en el discipulado, la evangelización y el liderazgo.

Paulson Veliyannoor, CMF

Meditación – San Cornelio y san Cipriano

Hoy celebramos la memoria de San Cornelio y san Cipriano.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 17, 11b-19):

En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura.

»Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada. Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad».

Hoy celebramos la memoria de dos mártires muy importantes de la Iglesia del siglo III. Aunque sufrieron martirio en lugares y años distintos, son celebrados en una misma festividad porque juntos trabajaron por la unidad de la Iglesia, cuestión por la cual Jesucristo había intercedido: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros» (Jn 17,11).

Cornelio fue ordenado obispo de Roma el año 251, después de un tiempo de fuerte persecución de los cristianos. Destacaba por su humildad, prudencia y bondad. Su pontificado quedó marcado, sobre todo, por la resolución del problema de los “lapsi” (los que habían negado la fe durante las persecuciones): ante el rigorismo del cismático Novaciano, la Iglesia propuso la misericordia que acoge al pecador. Sin embargo, este pontificado duró poco: al segundo año, Cornelio es encarcelado por el Emperador y desterrado a Civitavecchia, donde murió al año siguiente. Su cuerpo fue llevado a Roma y sepultado en las catacumbas de san Calixto.

Cipriano nació en Cartago hacia el año 200, de familia pagana. Movido por el ejemplo y las palabras de verdad de un santo sacerdote llamado Cecilio, se convirtió a Cristo, se hizo bautizar y empleó todos sus bienes para socorrer a los pobres. Poco tiempo después, fue ordenado presbítero y, el año 248, fue escogido obispo de su ciudad. En tiempos muy difíciles gobernó con sabiduría su Iglesia africana y trabajó mucho por la unidad de la Iglesia. Las “Actas de su martirio” conservan admirablemente documentado el proceso judicial, con su confesión pacífica y valiente, así como su martirio, perdonando y dando al verdugo que lo decapitaba unas 25 monedas de oro…

Pidamos a Dios nuestro Señor, que puso delante de la Iglesia a san Cornelio y a san Cipriano, como pastores entregados y mártires valientes, que, por su intercesión, nos conceda ser fortalecidos en la fe y en la constancia, y trabajar sin desfallecer por la unidad de la Iglesia.

Rev. D. Josep Mª MANRESA Lamarca

Liturgia – San Cornelio y san Cipriano

SANTOS CORNELIO, papa y CIPRIANO, obispo, mártires, memoria obligatoria

Misa de la memoria (rojo)

Misal: Oraciones propias, antífonas del común de mártires (para varios mártires) o de pastores, Prefacio común o de la memoria. Conveniente Plegaria Eucarística I.

Leccionario: Vol. III-par

  • 1Cor 15, 12-20. Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido.
  • Sal 16. Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.
  • Lc 8, 1-3. Las mujeres iban con ellos, y les servían con sus bienes.

O bien: cf. vol. IV.


Antífona de entrada             Sal 33, 20-21
Aunque el Justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor; él cuida de todos su huesos, y ni uno solo se quebrará.

Monición de entrada y acto penitencial
Recordamos hoy en una misma celebración a los santos Cornelio, papa, y Cipriano, obispo de Cartago. Los dos muy unidos en vida, fueron mártires de Cristo a mediados del siglo III. El primero, muerto en el destierro; el segundo, ejecutado por la espada.
De san Cipriano nos han llegado algunos escritos: cartas pastorales y su tratado sobre la unidad de la Iglesia. Pero es sobre todo un pastor cuya influencia se deja sentir no solo en el norte de África sino también en las Iglesias de España.

Yo confieso…

Oración colecta
OH, Dios,
que has puesto al frente de tu pueblo
como abnegados pastores y mártires invencibles
a los santos Cornelio y Cipriano,
concédenos, por su intercesión,
ser fortalecidos en la fe y en la constancia
para trabajar con empeño por la unidad de tu Iglesia.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Oremos, hermanos, y pidamos al Padre que inspire Él mismo nuestra oración.

1.- Por la santa Iglesia de Dios. Roguemos al Señor.

2.- Por el papa N., por nuestro obispo N., por el clero y por todo el pueblo fiel. Roguemos al Señor.

3.- Por los que gobiernan los pueblos y trabajan por la paz y el bien común. Roguemos al Señor.

4.- Por los que sufren, los presos, por los emigrantes, los parados y por cuantos se sienten marginados. Roguemos al Señor.

5.- Por todos los que nos encontramos aquí, reunidos en la fe, la devoción y el temor de Dios. Roguemos al Señor.

Que te sean gratos, Padre nuestro, los deseos de tu Iglesia suplicante; para que tu misericordia nos conceda lo que no podemos esperar de nuestros méritos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
RECIBE, Señor, los dones de tu pueblo
ofrecidos en honor de la pasión de tus santos mártires,
y lo que dio fortaleza en la persecución
a los santos Cornelio y Cipriano,
nos dé también a nosotros
constancia en las adversidades.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de la comunión          Lc 22, 28-30
Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo os transmito el reino -dice el Señor-; comeréis y beberéis a mi mesa en mi reino.

Oración después de la comunión
CONCÉDENOS, Señor,
por este sacramento que hemos recibido,
ser confirmados por la fuerza de tu Espíritu
a ejemplo de los santos mártires Cornelio y Cipriano,
para dar fiel testimonio de la verdad del Evangelio.
Por Jesucristo, nuestro Señor.