Astucia para vivir con acierto

La parábola no reclama una lectura literal, justificando, en este caso, un comportamiento manifiestamente deshonesto o incluso corrupto. Leída en clave simbólica, constituye, más bien, una invitación a desarrollar la agudeza para “acertar” en la vida, acierto que no consiste en tener dinero -calificado como “injusto”-, sino en “ganar amigos que reciban en las moradas eternas”.  

En esa misma clave, la expresión “moradas eternas” se refiere a aquello en nosotros que es permanente (eterno). Descubrirlo, reconocerlo y vivirlo es acertar; ignorarlo significa vivirnos desconectados de nuestra verdad profunda.         

Lo permanente solo puede ser lo no nacido, ya que todo lo que nace está llamado a morir. ¿Y qué es lo no nacido o lo permanentemente estable, sino la consciencia misma (la vida)?          

El mundo de los objetos o de las formas -todo aquello que puede ser observado- se halla sometido a la ley de la impermanencia: en cambio constante hasta finalmente desaparecer. Absolutizar los objetos y absolutizar el yo como si constituyera nuestra verdadera identidad, es caer en la ignorancia, con sus secuelas de confusión y de sufrimiento.         

Vivir con acierto -con sabiduría-, por el contrario, significa trascender la identificación con las formas, particularmente con el yo, y anclarnos en Eso que es consciente, lo que observa y no puede ser observado, lo único realmente real (“eterno”, en lenguaje religioso).

A ello se han referido las tradiciones sapienciales con términos como “desapego”, desapropiación, desasimiento o, más recientemente, desidentificación, con una invitación nítida: no te identifiques con -ni te reduzcas a- nada que sea impermanente.

¿Cómo entiendo y vivo la desidentificación?

Enrique Martínez Lozano

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Las parábolas

Es ésta una parábola desconcertante y controvertida sobre la que los especialistas no terminan de ponerse de acuerdo. Es posible que Jesús quiera decirnos que nos irían mejor las cosas si la astucia que mostramos para las cosas del mundo la aplicásemos a la construcción del Reino… pero no lo sabemos.

Lo que sí sabemos es que el género parabólico es un género característico de Jesús, hasta tal punto, que tanto Mateo como Marcos llegan a decir que sólo hablaba a la gente en parábolas.

Es frecuente confundir las parábolas con alegorías, lo que puede dificultar su correcta interpretación. Una parábola tiene un solo mensaje global, y los detalles son solo elementos narrativos sin significado. Hay parábolas —como la del hijo pródigo— que presentan dos cumbres, pero esto no cambia el concepto general de “parábola” que aquí estamos exponiendo. Las alegorías son relatos en los que cada detalle tiene un carácter simbólico y representa algo. Lo vemos en la parábola del sembrador, cuyo perfil alegórico es la excepción a la regla general.

Jesús se dirige a la gente en parábolas para que todos le entiendan. De hecho, toma sus parábolas de la vida cotidiana y, en muchos casos, de los sucesos de actualidad que a la sazón la gente está comentando en la calle. Eso sí, en un momento dado del relato, le imprime un giro paradójico, sorprendente, al objeto de captar la atención de quienes le escuchan y grabar mejor el mensaje central en su mente.

Hay quien sostiene que hablaba en parábolas para hacer más difícil su comprensión, y citan a Mateo (13, 10) para afirmarse en su tesis: «A vosotros se os comunica el secreto del reinado de Dios: a los de fuera se les propone en parábolas, de modo que por más que miren, no vean». Pero nada más lejos del estilo de Jesús, lo que revela el riesgo de sacar conclusiones de un texto suelto sin tener en cuenta las líneas de fuerza que se desprenden de la lectura del conjunto del evangelio.

Durante muchos siglos se ha minusvalorado la importancia de las parábolas a la hora de interpretar el mensaje evangélico, pero hoy en día se admite de forma generalizada que si prescindimos de las parábolas nos quedamos sin mensaje. Las parábolas nos dicen lo más profundo que se puede decir de Dios y del ser humano, y lo hacen a través de imágenes porque su contenido no podría expresarse a través del lenguaje conceptual propio de nuestra cultura. Algunos pensamos que Jesús ha hecho la mejor teología de la historia a través de estos relatos sencillos al alcance de todos.

Pero quizá lo más importante para nosotros los cristianos sea su capacidad de interpelar; de hacer que nos sintamos aludidos y comprometidos. Como decía Ruiz de Galarreta: «Más que dar un mensaje, las parábolas provocan la necesidad de dar una respuesta».

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Lectio Divina – Sábado XXIV de Tiempo Ordinario

SALIO EL SEMBRADOR A SEMBRAR…

1.- Oración – Introductoria.

Señor, hoy quiero acercarme a tu evangelio con un corazón limpio, transparente, dúctil, maleable, como cera blanda donde se marquen bien tus palabras. Y te pido que la semilla de tu Palabra sea abundante. El buen sembrador nunca se cansó de sembrar. Yo también quiero sembrar, sembrar el mundo de paz, de bondad, de sencillez, de amor.

2.- Lectura reposada del evangelio Lucas 8, 4-15

En aquel tiempo, se le juntaba a Jesús mucha gente, y viniendo a él de todas las ciudades, dijo en parábola: Salió un sembrador a sembrar su simiente; y al sembrar, una parte cayó al borde del camino, fue pisada, y las aves del cielo se la comieron; otra cayó sobre terreno pedregoso, y después de brotar, se secó, por no tener humedad; otra cayó en medio de abrojos, y creciendo con ella los abrojos, la ahogaron. Y otra cayó en tierra buena, y creciendo dio fruto centuplicado. Dicho esto, exclamó: El que tenga oídos para oír, que oiga. Le preguntaban sus discípulos qué significaba esta parábola, y él dijo: A vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás sólo en parábolas, para que viendo, no vean y, oyendo, no entiendan. La parábola quiere decir esto: La simiente es la Palabra de Dios. Los del borde del camino, son los que han oído; después viene el diablo y se lleva de su corazón la Palabra, no sea que crean y se salven. Los del terreno pedregoso son los que, al oír la Palabra, la reciben con alegría; pero éstos no tienen raíz; creen por algún tiempo, pero a la hora de la prueba desisten. Lo que cayó entre los abrojos, son los que han oído, pero a lo largo de su caminar son ahogados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no llegan a madurez. Lo que en buena tierra, son los que, después de haber oído, conservan la Palabra con corazón bueno y recto, y dan fruto con perseverancia.

3.- Qué dice el texto

Meditación-reflexión.

Ya hemos comentado en otro lugar que en las parábolas hay que distinguir tres etapas:

a) La parábola tal y como fue dicha por Jesús.

b) la parábola predicada por los apóstoles y discípulos (pensemos que desde la muerte de Jesús hasta que se escribe el primer evangelio de Marcos han pasado casi cuarenta años).

c) La parábola tal y como la escribió el evangelista.

Normalmente las explicaciones de las parábolas son cosecha de la comunidad primitiva. ¿Qué quiso decir Jesús en esta parábola? En esta parábola, tal y como fue dicha por Jesús, hay que destacar:

a) La alegría del sembrador. Salió el sembrador con su juventud, su alegría, su canción por el monte y ¡su semilla! La estima más que nadie, pero no se la guarda en el zurrón, sino que la esparce.

b) La abundancia de la semilla. El sembrador derrocha la semilla y lo deja todo sembrado: los caminos, las piedras, los espinos. Lo importante para Jesús es no cansarse de sembrar el bien. No dar nada por perdido. No decir nunca: de aquí no se puede sacar nada.

c) Al final habrá una gran cosecha. En tiempo de Jesús una buena

cosecha daba el siete por uno. Pensar en un 30, 60 o 100 es impensable, Pero la cosecha es de Dios y es abundante. Lo nuestro es sembrar. El fruto se lo dejemos a Dios.

Palabra del Papa

“Para hablar de salvación, se recuerda aquí la experiencia de cada año que se renueva en el mundo agrícola: el momento difícil y fatigoso de la siembra, y la alegría tremenda de la recogida. Una siembra que se acompaña con las lágrimas, porque se tira lo que todavía se podría convertir en pan, exponiéndose a una espera llena de inseguridades: el campesino trabaja, prepara el terreno, esparce la semilla, pero, como tan bien ilustra la parábola del sembrador, no sabe dónde caerá esta semilla, si los pájaros se la comerán, si se echará raíces, si se convertirá en espiga. Esparcir la semilla es un gesto de confianza y de esperanza; es necesario el trabajo del hombre, pero luego se entra en una espera impotente, sabiendo que muchos factores serán determinantes para el buen resultado de la recogida y que el riesgo de un fracaso está siempre presente. […] En la cosecha todo se transforma, el llanto termina, deja su lugar a gritos de alegría exultante. Benedicto XVI, 13 de octubre de 2011.

4.- Qué me dice hoy a mí esta parábola ya meditada. (Silencio)

5.- Propósito. Desde que me levanto hasta que me acuesto no dejo de sembrar el bien, aunque no vea ningún fruto.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi

Gracias, Señor, por tu capacidad de escucha, por tu capacidad de espera, por tu capacidad de aguante, con nosotros. Jamás das nada por perdido. Jamás dices: de este no se puede esperar nada. Tú, Señor, siempre animando, apoyando, levantando. No te asustan nuestras caídas, nuestras demoras, nuestros cansancios, nuestros retrocesos. Siempre nos ofreces una nueva oportunidad. ¡Qué bueno eres siempre con nosotros! ¡Gracias!

¿Qué vas a hacer por tu vida?

1- La parábola de este domingo tiene muchas lecturas. Una de ellas, la que convendría destacar, es que el futuro de nuestra eternidad depende -en parte- de lo que hacemos en la realidad, en nuestro hoy, en el aquí y ahora.

El famoso adagio “donde está tu corazón ahí está tu tesoro” resume el contenido del evangelio de este día. Ser honrado, entre otras cosas, implica permanecer fiel en aquello que estimamos que es beneficioso para nosotros y, a la vez, para los demás.

Cuando nos afanamos en poner seguridad en nuestras casas, a nuestras joyas, vehículos y riquezas es porque tememos que nos falle en un futuro el bienestar; los andamiajes que, aparentemente, cubren la fachada de nuestra dicha o de la suerte que nos aplaude.

Pero nuestra vida, la terrena, necesita de un “seguro” que la blinde frente a diversos ataques que la debilitan e intentan convertirla en algo efímero, pasajero y sin ningún tipo de trascendencia.

2.- ¿Qué podemos hacer? En primer lugar no hacer definitivo lo que es totalmente tangencial. Si ponemos en el centro de la felicidad lo que debiera de figurar en su extrarradio (dinero, placer, comodidad), cuando se quiebra todo ello, nos quedamos tan desnudos que no hay consuelo que valga. ¿Dónde –entonces- quedan los amigos que juraron siempre serlo?

En segundo lugar pensemos que, aún siendo nosotros administradores de los bienes que disfrutamos, el dueño es Dios. ¿Qué estamos haciendo con todo nuestro patrimonio? ¿Cómo y en qué lo estamos empleando, mejorando y acrecentando? ¿Qué dirección toman nuestras riquezas y aquello que nos sobra ante determinadas necesidades? ¿Apuntamos lo que damos o, por el contrario, ofrecemos con mano tendida, generosa y sin exigir nada a cambio?

3. Un día, tarde o temprano, el Señor nos preguntará: ¿qué es eso que me cuentan de ti? ¿En qué has invertido y aprovechado tanto y cuanto puse en tu camino?

No podemos correr el riesgo de sentirnos potentados absolutos. Como muchos administradores que, a la corta o la larga, dejarán detrás de sí una estela de generosidad o de tacañería, un camino marcado por el desprendimiento o por la ansiedad en el acaparar.

Demos gracias a Dios porque es mucho con lo que nos recreamos. Y, por lo tanto, miremos –en justicia y con ojos bien abiertos- hacia aquellos hermanos nuestros que tan sólo son regentes de desgracias y de pobreza, de injusticias y de vacío, de indigencia o de mala suerte.

Demos gracias a Dios porque, el Evangelio de este domingo, nos invita a la “santa astucia”. A trabajar con previsión de futuro. A mirar, por encima de la azotea de nuestra fortuna, a ese otro gran raudal que se esconde en el cielo y al cual hemos de llegar desprendiéndonos de aquello que, para Dios, es simple hojalata que se queda en la tierra.

Demos gracias a Dios porque, frente a El, todo lo que ensalzamos como grandeza, colosal, brillante y diamante…es carcoma o simple bisutería. Y, esto hermanos, no es demagogia ni poesía barata. Debe de ser así. Cuando uno descubre a Jesús y lo pone en el centro de su existencia…todo lo demás gira en torno a su servicio y volcado en gran parte hacia los demás.

Pregunta importante la del final de esta reflexión: ¿Cómo estamos administrando nuestra vida? ¿En qué estamos invirtiendo nuestro tiempo y nuestros afanes? La respuesta dará, ni más ni menos, la calidad de autenticidad cristiana que llevamos en el día a día.

4.- QUIERO SER ASTUTO, SEÑOR

Y codiciar, con la inteligencia que Tú me has dado,
lo que será de mi vida en un futuro en el cielo
Y trabajar, con los recursos que Tú me has enriquecido,
los bienes que dispongo en la tierra
Y brindar al servicio de los demás, con la caridad,
lo que en generoso servicio quedará grabado en la eternidad
Y borrar de mi memoria, para que sólo quede en la tuya,
detalles y manos abiertas con aquellos que llamaron a mi puerta
Y apartar, con visión de futuro, con la presencia del Espíritu
lo que, ante Ti, vale poco o nada
Y pensar, con visión de futuro, con la presencia del Espíritu
lo que, ante Ti, es capital de eternidad
QUIERO SER ASTUTO, SEÑOR

Con tus cosas para nunca perderlas
Con tu fortuna para no malograrla
Con tu Palabra para no olvidarla
Con tu presencia para no vivir de espaldas a ella
Con tu voz para poder escucharla
Con tu soplo para dejarme empujar por él
QUIERO SER ASTUTO, SEÑOR

Para que nadie me aparte de Ti
Para que no me deslumbre ni el oro ni el dinero
Para que no te haga nunca de menos
Para que guarde lo que merezca la pena
Para que no extorsione ni oprima a nadie
QUIERO SER ASTUTO, SEÑOR

Pero, eso sí –Señor—astuto a lo divino
Amén.

Javier Leoz

Comentario – Sábado XXIV de Tiempo Ordinario

Lc 8, 4-15

Salió el sembrador a sembrar. Una parte del grano cayó:

  • en la vereda, lo pisaron y los pájaros se lo comieron…
  • en la roca y al brotar se secó por falta de humedad…
  • entre zarzas y éstas, brotando al mismo tiempo lo ahogaron…

Una siembra lamentable, laboriosa.

Todos los mesianismos judíos esperaban una manifestación brillante y rápida de Dios. Jesús parece querer rebajar su entusiasmo: el «Reino de Dios» está sujeto a los fracasos.. . va progresando penosamente en medio de un montón de dificultades… ¡Mucha paciencia es necesaria!
Como Jesús, ¿me atrevo yo a mirar de cara las dificultades de mi vida personal… de mi medio familiar o profesional… de la vida de la Iglesia?…

Otra parte cayó en tierra buena, brotó y dio el ciento por uno.

Mateo y Marcos hablaban de rendimientos diferenciados según la calidad de la tierra: treinta por uno… sesenta por uno… ciento por uno…

Lucas se contenta con un solo rendimiento: ¡el más elevado! ¡Cada grano de trigo produce otros cien!

Un buen ejemplo, una vez más, de la adaptación del evangelio: La preocupación de Lucas no ha sido solamente reproducir, palabra por palabra, los menores detalles de sus predecesores. El evangelio es viviente. Quedando a salvo lo esencial del mensaje, cada predicador le da una vida nueva. Lucas se beneficiaba de una más larga experiencia de la vida de la Iglesia y podía ya poner el acento sobre tal o cual punto, según las necesidades de la comunidad a la que se dirigía.

Aquí, por ejemplo, en el crecimiento del Reino de Dios pasa del «nada» al «todo»… del fracaso total de la semilla, a su éxito total. Porque, a diferencia de Mateo y de Marcos, quiere insistir solamente sobre la perseverancia en el fracaso.

Quién tenga oídos para oír, ¡que oiga!

Jesús invita a estar atentos.

Lo sabemos muy bien: se puede soslayar… no oírle. Señor, agudiza nuestras facultades de atención, de recogimiento, para poder oír.

A vosotros, os ha sido dado el poder comprender los misterios del reino de Dios.
A los demás, en cambio, se les habla en parábolas, así, viendo no ven y oyendo no entienden.

Dios no es injusto; sino que respeta la libertad.

«La propuesta» divina no es tan evidente que llegue a forzar nuestro asentimiento. Es uno de los Pensamientos de Pascal: «Hay claridad suficiente para alumbrar a los elegidos, y bastante oscuridad para humillarlos. Hay suficiente oscuridad para cegar a los réprobos, y bastante claridad para condenarlos y hacerlos inexcusables.» (443) «Si hay un Dios, es infinitamente incomprensible… Somos pues incapaces de conocer quién es Él, ni si Él es.» «¿Quién censurará a los cristianos no poder dar razón de su creencia, ellos que profesan una religión de la que no pueden dar razón? Si la dieran, no serían consecuentes; y es siendo faltados de prueba que no son faltados de sentido.» (343) ¡El mismo Jesús no ha querido convencer «a la fuerza»!

Lo que cae en buena tierra, son los que, después de haber oído la Palabra, la conservan con corazón bueno y recto, y dan fruto con su perseverancia.

¡Perseverancia! ¡Uno de los más hermosos valores del hombre!

¡Ah, no! El Reino de Dios no es un «destello» estrepitoso y súbito: viene a través de la humilde banalidad de cada día, en el aguante tenaz de las pruebas y de los fracasos. Para mejor descubrir a Dios, para entrar en sus misterios, es necesario, cada día, con perseverancia, tratar de llevar a la práctica lo que ya se ha descubierto de El: ésta es condición para entrar y adelantar en su intimidad.

Noel Quesson
Evangelios 1

Fieles en lo poco

1.- “Escuchad esto los que exprimís al pobre y despojáis a los miserables…» (Am 8, 4) Amós guardaba ovejas por los campos de Tecua; también descortezaba sicómoros. Y un día Yahvé le sacudió de pies a cabeza. Entonces el profeta sintió escocer en su propia carne toda la tragedia que sufría la gente de su pueblo, toda la tremenda injusticia social en que la gente vivía. Los ricos abusaban de los pobres aprovechándose de su situación privilegiada. Los hacían trabajar sin descanso, malpagaban su trabajo, pisoteaban los derechos más sagrados de la persona.

Dios no podía quedar impasible ante esa situación. El pecado de injusticia contra los pobres enseña Santiago (St 5,4) es de los que claman al cielo. Por eso la voz de Dios se oye clara y enérgica, como un rugido, dirá el profeta. También hoy se explota al pobre por parte de ciertos poderosos, que abusan de su poder, enriqueciéndose injustamente a costa de los demás.

La Iglesia clama con la voz misma de Amós, lo vuelve a proclamar ante todos los hombres que han sido llamados a ser discípulos de Cristo y quizá no son consecuentes con su fe. Los Sumos Pontífices defienden en sus encíclicas sociales a quienes son víctimas del egoísmo y la ambición de los de arriba, recuerda con valentía los deberes de justicia que todo hombre tiene, más acuciantes y graves en los que poseen el capital.

«Jura el Señor por la gloria de Jacob que nunca olvidará vuestras acciones…» (Am 8, 7) No se puede acusar a la Iglesia de silencio, no se puede decir que haya callado consintiendo en las injusticias para con los más necesitados. No, la Iglesia nunca ha sido cómplice de los poderosos, no apoya la injusticia sino que la condena con todas sus fuerzas.

No obstante, los inicuos agentes de la injusticia siguen su marcha, no escuchan esas palabras de condena, esos consejos y normas para promover un mundo más justo. Por eso los pobres siguen oprimidos, sufriendo mientras que el corazón se les llena de odio ante el aumento de las riquezas mal adquiridas.

Pero de Dios nadie se ríe. Su palabra sigue viva, su maldición está ahí: Cambiaré en duelo vuestra fiestas, y en lamentos vuestras canciones. Si, llegará un día en que la justicia divina se impondrá y cada uno pagará con creces el mal que hizo. Ese enriquecimiento viene a ser, dice Santiago en su epístola, como el engorde para el día de la matanza.

2.- «El Señor se eleva sobre todos los pueblos, su gloria sobre el cielo…” (Sal 112, 1) La altura es para los hombres un signo de grandeza. Mientras más digna sea una persona, más alto decimos que está. Sirviéndose de este valor comparativo habla el salmista para referirse a Dios, a quien presenta por encima de todos los pueblos, más arriba incluso que los mismos cielos. Y, en efecto, Dios es el ser más excelso de cuantos existen, es la fuente misma de la existencia. Nada ha sido hecho sin Él y en Él todo subsiste.

Después de preguntar sobre quién es como el Señor nuestro Dios que se eleva en su trono, el salmista proclama también que ese mismo Señor y Dios se baja para mirar al cielo y a la tierra. Es decir, pregunta sobre quién como Él desciende de su grandeza, para preocuparse de lo que está por debajo de Él. Con ello nos enseña el salmista que si grande es Dios por estar tan alto, tanto o más lo es por bajar de su altura, y ocuparse de cuanto existe con una Providencia que atiende a todos y cada uno de nosotros, con el mismo interés que el padre más bueno que exista.

«Levanta al desvalido, alza de la basura al pobre…» (Sal 112, 7) Es lógico que al pensar en Dios lo imaginemos según nuestras propias categorías. Corremos, incluso, el peligro de hacernos un Dios deforme; que pensemos que Dios, lo mismo que suele ocurrir con los grandes de la tierra, se preocupe de favorecer a los ricos y a los poderosos, olvidándose de los pobres y los débiles. En los potentados de la tierra es natural que suceda así, ya que esa grandeza es mantenida muchas veces por esos otros que, aunque menos poderosos, tienen sin embargo en su mano el poder de derrocar al que está constituido en el poder supremo.

Dios no. Dios es autónomo, es plenamente soberano. Su poder brota de su propia grandeza y magnitud. Él no necesita halagar a nadie, inclinarse injustamente hacia uno u otro lado con merma de la justicia. Por eso Dios acude al que más lo necesita, al desvalido y al pobre, preocupándose de atender a sus necesidades, sin hacer demagogia ni obrar de cara a la galería. Ante esta realidad jamás hemos de dar cabida a la tristeza o al desaliento: antes al contrario, el optimismo ha de ser la tónica ordinaria de nuestra vida, por muy pobres y desvalidos que nos veamos.

3.- «Te ruego, pues, lo primero de todo…» (1 Tm 2, 1) San Pablo escribe a Timoteo, aquel joven discípulo que le acompañó en sus correrías apostólicas. Cuando se escribe esta epístola, Timoteo se encuentra al frente de una de aquellas comunidades cristianas, a las que el apóstol inició en la fe. En esta carta, como en la segunda que escribe también a Timoteo y en la de Tito, Pablo comunica a sus discípulos una serie de normas y consejos para el buen gobierno de aquellos cristianos. Y en estas palabras, inspiradas por el Espíritu Santo, tienen hoy la misma validez de entonces.

En este párrafo, que consideramos en presencia de Dios, la liturgia nos propone la obligación que tenemos los cristianos de hacer oraciones, plegarias, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por cuantos están en el mando, para que podamos llevar una vida tranquila y apacible, con toda piedad y decoro. Llama la atención que Pablo diga que se ore y ruegue por los que mandan, supuesto que en ese momento es Nerón quien imperaba. Y sin embargo, el Apóstol encarece la conveniencia de que se ruegue a Dios, para que se compadezca del emperador y les conceda la paz que todos necesitan para vivir con tranquilidad.

«Eso es bueno y grato ante los ojos de nuestro Salvador…» (1 Tm 2, 3) Cuántas veces hacemos distinciones entre las personas; confeccionamos nuestros catálogos particulares y clasificamos a unos como buenos y a otros como malos. En consecuencia amamos a unos y odiamos a otros, pedimos a Dios por los que nos interesan y olvidamos a los que no nos importan. El cristiano tiene que estar abierto a todos. La Iglesia es portadora de amor y comprensión, no de odios y violencias. Siempre ha sido así y siempre ha de serlo. También hoy, también aquí.

En la llamada oración de los fieles se van formulando al Señor una serie de peticiones. Pues bien, la segunda petición suele referirse siempre a los gobernantes de todo el mundo, para que Dios les asista en el cumplimiento de su difícil misión. Vamos a rogar por nuestros gobernantes, para que sean íntegros, honrados, fuertes, comprensivos, justos. Y vamos también a formular el propósito de colaborar con la autoridad, de obedecer a sus órdenes y cumplir sus leyes, siempre que no vayan contra la Ley de Dios. Y al mismo tiempo vamos a responsabilizarnos para que en nuestro mundo, en nuestra patria, haya concordia y paz, justicia y amor.

4.- “Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes» (Lc 16, 1) La parábola de hoy nos habla del balance de una gestión. Con ello se nos recuerda que todos y cada uno de nosotros hemos de rendir cuentas ante el Señor de toda nuestra vida, hemos de entregar un balance de nuestra gestión. Y según sea el resultado, así será la sentencia que el Juez supremo dicte en aquel día definitivo. A lo largo de nuestra vida vamos recibiendo bienes de todas clases, materiales y espirituales, vamos disponiendo de meses y de años, de horas y de minutos.

Son dones que Dios nos concede para que los negociemos, para que los aprovechemos en orden a nuestro beneficio y al de los demás. Con la ayuda de lo alto podemos, y debemos, transformar todos esos bienes terrenos en gloria eterna, conseguir que un día el divino Juez se llene de alegría al decirnos que nos hemos portado bien y que merecemos un premio inefable y eterno. Qué astuto era aquel administrador infiel, qué afán ponía en sus asuntos, cuánto se jugaba por solucionar sus problemas. El Señor da por supuesto lo inmoral de su conducta, pero reconoce al mismo tiempo la eficacia de su actuación, la inteligencia de que hizo alarde para salir de su apurada situación. Compara esa manera de proceder de un granuja con la actuación de los que son buenos. Y concluye que los hijos de las tinieblas son más astutos en sus asuntos que los hijos de la luz en los suyos. A pesar de que los primeros persiguen sólo unos bienes caducos, mientras que los que alcanzan los hijos de Dios son unos bienes superiores e imperecederos.

De todo ello se concluye que hemos de poner más empeño y más cuidado en nuestra vida de cristianos, que hemos de luchar, dispuestos a cuantos sacrificios sean precisos por lograr que el amor de Cristo, para que su paz y su gozo se extiendan más y más entre los hombres. No nos dejemos ganar por los que sólo buscan su provecho personal y el logro de una felicidad pasajera y aparente, pongamos cuanto esté de nuestra parte, para que el Evangelio sea una realidad viva en nuestro mundo.

Termina el pasaje evangélico con una sentencia de enorme valor práctico: el que es que es fiel en lo poco, también lo será en lo mucho. Se subraya así la importancia de las cosas pequeñas, lo decisivo que es ser cuidadoso en los detalles, en orden a conseguir la perfección en las cosas importantes. En efecto, quien se esfuerza por afinar hasta el menor detalle, ese logra que su obra esté acabada, evita la chapuza. Es cierto que para eso es preciso a veces el heroísmo, una constancia y una rectitud de intención que sólo busca agradar a Dios en todo. Pero sólo así agradaremos al Señor y nos mantendremos siempre encendidos, prontos y decididos a cumplir el querer divino.

Antonio García Moreno

Tráfico de influencias

1.- “… y el amo felicitó al administrador injusto”. ¡Lo qué nos faltaba! ¡Qué el mismo Señor Jesús alabe la corrupción y el tráfico de influencias! Yo creo que el hilo conductor del pensamiento de Jesús está en aquellas palabras: “dinero injusto”, “lo menudo, o sea sin importancia, el vil dinero, o sea despreciable, lo ajeno, o sea lo que no es tuyo…”

a).- El Señor no habla de la riqueza injusta, sino de dinero injusto y eso le pone a uno tan nervioso que hasta la calderilla que llevamos en el bolsillo se mueve y tintinea.

No es injusto el dinero que ganamos con el sudor de nuestra frente, pero cuando cerramos los ojos y echamos a volar la imaginación por los campos desiertos de Somalia con cientos de miles de niños muertos de hambre, o el hambre endémica en otros países tercermundistas, hasta la calderilla se nos hace injusta, es injusta esa situación tan terrible, nos amarga la cerveza en un día de calor. Es injusta la distribución del dinero aunque sea calderilla.

b).- Otra palabrita del Señor es eso de menudo, insignificante, pequeño, como si el Señor ya conociera las monedas de un céntimo de euro –o de dólar, que se parecen—que se pierden entre los dedos de la mano.

Ese es el valor que da Jesús al dinero, el de un centimito sin apenas valor, sin importancia. Y hay que ver el valor que damos nosotros a un montón de esas monedas, pero junto a un billete de 500 euros –o su equivalencia en monedas—no nos parece nada menudo, sin importancia… ¿Estará Jesús equivocado o nosotros?

c).- Tal vez el equivocado sea Jesús, pero Él insiste en que ese dinero es vil, despreciable, mentiroso, como aquellas cuentas de cristal que se abrían en grandes arcones, ante los ojos de los indios, para cambiarlas por oro de verdad.

Y esto es lo que el Señor nos aconseja, que seamos espabilados, despiertos, para cambiar el despreciable y menudo dinero por oro de verdad, eso que nos quema en los bolsillos por injusto, que lo damos para ganarnos amigos.

d).- Sobre todo, que ese dinero no es nuestro es ajeno, ajeno a mí y por eso un día tendré que dejarlo todo aquí y marcharme como vine al mundo. Ajeno porque el único señor de todo y todos es Dios, y Él nos lo da para que lo administremos

2.- Y lo que el Señor no entiende es que nos duela tanto usar ese dinero que no es nuestro. Si fuera nuestro, y tuviéramos que extender un cheque de nuestra cuenta, yo creo que Dios entendería nuestra tacañería, pero no tenemos chequera, ni cuenta, no es nuestro, no nos lo podemos llevar. ¿Entonces, por qué nos cuesta dar de lo ajeno? Simplemente porque en lugar de servirnos del dinero servimos al dinero, estamos atados al dinero como esclavos de él, lo servimos, lo adoramos, los hacemos nuestro Dios.

Aprendamos la viveza, el talento de aquel administrador que con el dinero ajeno (como el nuestro) supo ganarse amigos. Derrochemos el dinero ajeno en manos que se tienden a nosotros escuálidas, amarillentas, frías ya por la cercanía de la muerte… Para ellos nos presta el Señor su dinero, menudo, vil y despreciable, pero necesario para administrarlo bien a favor de los demás.

José María Maruri SJ

Los manejos de un astuto

1.- “Entonces un hombre rico llamó a su administrador y le dijo: ¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido”. San Lucas, Cáp. 16. Miembros del sanedrín, funcionarios de Herodes, terratenientes y comerciantes conformaban la clase rica de Jerusalén en tiempos de Jesús. Había entre ellos negociantes de grano y fabricantes de vino y aceite, que empleaban administradores y obreros. A veces las mercancías se pagaban en dinero. Otras se permutaban o se daban en préstamo hasta la próxima cosecha. Todo esto lo aprendemos en las parábolas del Maestro.

Un día Jesús nos habló de un mayordomo, capaz seguramente, que sin embargo fracasó de buena o mala fe en su tarea, y perdió por lo tanto el favor de su amo. Éste lo llamó a cuentas, aunque dándole tiempo para explicar su gestión. Entonces aquel hombre saca relucir su astucia: ¿Qué voy a hacer cuando me quiten el empleo? “Para cavar no tengo fuerzas. Mendigar me da vergüenza”. Resuelve pues ganarse a los deudores de su señor falsificando las facturas. Cuando me despidan, se dijo, encontraré “quién me reciba en su casa”.

2.- La parábola presenta dos ejemplos, aunque pudieron ser otros más, de las trampas que fraguó mayordomo: ¿Cuanto debes a mi señor? – Cien barriles de aceite. – Toma de inmediato tu recibo y escribe cincuenta. ¿Le adeudas a mi amo cien cargas de trigo? Pronto. Cambia tu documento y ya no debes sino ochenta. Jesús orienta su parábola desviándola luego de la realidad. Así convenía para presentar su enseñanza. Porque el rico estafado no se enoja con su mayordomo. Más bien lo alaba por labrarse un futuro, así fuera de una forma injusta. Y termina el Maestro: “Los hijos de este mundo son más sagaces que los hijos de la luz.” Más tarde san Pablo, llamará también “hijos de la luz e hijos del día” a los fieles de Tesalónica. Es decir cristianos, que se empeñan en el proyecto de Dios.

3.- Otro día Jesús había indicado a sus discípulos que el Reino de Dios “padece violencia y solamente los violentos lo arrebatan”. Entendemos que esta violencia significa el esfuerzo cotidiano, la lucha con las fuerzas negativas que nos asedian. Ahora el Maestro nos habla de la astucia. La cual se identifica con un sentido común, avisado y prudente, que ofrece soluciones acertadas a situaciones imprevistas.

Los santos que la Iglesia nos presenta como ejemplo, fueron ante todo creativos y originales, en las circunstancias adversas que vivieron. De igual manera, los notables que recuerda la historia, se enfrentaron a una dolorosa realidad y la trasformaron positivamente. Ante el mundo de hoy esa astucia, recomendada por el Señor, podría traducirse como honradez a toda prueba, capacidad de iniciativas y sobre todo, solidaridad. No valemos como creyentes del montón, con cuyo esfuerzo el mundo actual no cambiará ni un milímetro.

4.- Aquel mayordomo despedido confesaba que para cavar no servía, de mendigar tenía vergüenza. Sin embargo los cristianos de este siglo podemos ahondar en nuestro propio corazón y en aquél del vecino, para desenterrar muchos talentos, con los cuales es posible reconstruir el mundo. Podemos mendigar, no por las calles, pero sí en el entorno familiar y social, a favor de los más necesitados.

Gustavo Vélez, mxy

El dinero injusto

1.- ¿Cuándo es justo o injusto el dinero que tenemos? No es fácil encontrar una definición general y exacta sobre el dinero injusto. En cada caso concreto, muchas veces nos resultará difícil decidir si el dinero que tiene una persona es justo o injusto. Tampoco ahora a nosotros, en el contexto cristiano y homilético en el que nos movemos, nos importa demasiado establecer definiciones. Nos bastará decir que llamamos dinero injusto al dinero adquirido por medios injustos y al dinero que retenemos, pero que no necesitamos. Yo, arriesgando mucho, me atrevo a decir que para el evangelista Lucas el dinero de los ricos de su tierra y de su tiempo era siempre un dinero injusto. En el tiempo y en la sociedad en la que escribe Lucas había pocos ricos y muchísimos pobres. Y Lucas tenía muy claro que el Maestro había sentido siempre una predilección especial por los pobres. La pregunta que se hacía Lucas, y que podemos hacernos ahora cada uno de nosotros, es esta: ¿Tiene uno derecho a vivir como rico, a retener un dinero que no necesita, si está rodeado de pobres que no tienen dinero suficiente para vivir? Es verdad que el evangelista Lucas, en el caso concreto del administrador infiel, se está refiriendo al dinero que éste había obtenido por medios injustos. Pero, si leemos con detención todo el evangelio de Lucas, comprobaremos fácilmente que Lucas creía que a un rico le iba a costar entrar en el reino de los cielos tanto como a un camello pasar por el hondón de una aguja.

2.- Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero… en lo ajeno. Sí, más de una vez he oído decir que para conocer a un buen cristiano no es suficiente verle rezar en la iglesia, hay que ver cuál es su actitud ante el dinero. Evidentemente, una persona que busca y ama el dinero injusto, es decir el dinero que no necesita para vivir o que ha conseguido por medios injustos, no es una persona cristiana, por mucho que rece en la iglesia o en su casa. El que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado. El que no es honrado con el hermano necesitado, tampoco es honrado con Dios. El uso que hacemos del dinero es, sin duda, una buena piedra de toque para saber cuál es nuestra calidad de cristianos. Con el dinero se pueden conseguir, sin duda, muchas de las cosas materiales que más nos gustan, por eso la tentación del dinero es una tentación universal y de cada día. Es bueno, justo y necesario, tener el dinero que necesitamos, pero es también una tentación muy humana desear, buscar y retener el dinero que no necesitamos. Pidamos a Dios que no nos deje caer en esta tentación.

3.- Escuchad esto, los que exprimís al pobre, despojáis a los miserables. El profeta Amós se refería directamente a los ricos comerciantes de su tiempo, pero, desgraciadamente, sus palabras siguen siendo palabras acusadoras para los ricos de todos los tiempos. Muchas naciones se han hecho ricas exprimiendo a naciones pobres y muchas personas se han hecho ricas despojando a sus jornaleros y a sus empleados de un salario justo que les deben, pero que no les dan. La tremenda y lacerante desigualdad económica en la que vive nuestra sociedad actual no es una desigualdad querida por nuestro Dios cristiano; es una necesidad impuesta por el Dios Dinero al que nuestra sociedad sirve y da culto. Yo creo que el profeta Amós no rebajaría ni un milímetro la intensidad de sus críticas, si hablara hoy a los ricos de nuestro tiempo. Pero le crucificarían inmediatamente, claro.

4.- Quiero que recen en cualquier lugar, alzando las manos libres de ira y divisiones. San Pablo nos exhorta a rezar continuamente los unos por los otros, para que podamos llevar una vida tranquila y apacible, con toda piedad y decoro. Sabe muy bien el apóstol que la paz y la tranquilidad de la sociedad depende en gran parte de los que ocupan cargos, por eso nos dice que recemos en primer lugar por ellos. En nuestras oraciones, y en nuestras acciones, debemos tener siempre como modelo a nuestro Salvador, Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. No debe ser nunca la ira, ni la ambición, las que guíen nuestras oraciones, sino el deseo sincero de que todos podamos vivir en paz y tranquilidad. Dios quiere que todas las personas seamos buenas y felices, en esta vida y en la otra. No seamos nosotros, con nuestro orgullo y nuestra ambición, los que nos opongamos a los buenos deseos de Dios.

Gabriel González del Estal

Compromiso imposible

El mensaje de Jesús obliga a un replanteamiento total de la vida; quien escucha el Evangelio intuye que se le invita a comprender, de manera radicalmente nueva, el sentido último de todo y la orientación decisiva de su conducta.

Es difícil permanecer indiferente ante la palabra de Jesús, al menos si uno sigue creyendo en la posibilidad de ser más humano cada día. Es difícil no sentir inquietud y hasta cierto malestar al escuchar palabras como las que hoy nos recuerda el texto evangélico: «No podéis servir a Dios y al Dinero».

Es imposible ser fiel a un Dios que es Padre de todos y vivir al mismo tiempo esclavo del dinero y del propio interés. Solo hay una manera de vivir como «hijo» de Dios, y es vivir como «hermano» de los demás. El que vive solo al servicio de sus dineros e intereses no puede ocuparse de sus hermanos, y no puede, por tanto, ser hijo fiel de Dios.

El que toma en serio a Jesús sabe que no puede organizar su vida desde el proyecto egoísta de poseer siempre más y más. A quien vive dominado por el interés económico, aunque viva una vida piadosa y recta, le falta algo esencial para ser cristiano: romper la servidumbre del «poseer» que le quita libertad para escuchar y responder mejor a las necesidades de los pobres.

No tiene otra alternativa. Y no puede engañarse, creyéndose «pobre de espíritu» en lo íntimo de su corazón, pues quien tiene alma de pobre no sigue disfrutando tranquilamente de sus bienes mientras junto a él hay necesitados hasta de lo más elemental.

Tampoco podemos engañarnos pensando que «los ricos» siempre son los otros. La crisis económica, que está dejando en paro a tantos hombres y mujeres, nos obliga a revisar nuestros presupuestos, para ver si no hemos de reducirlos para ayudar a quienes han quedado sin trabajo. Sería un buen test para descubrir si servimos a Dios o a nuestro dinero.

José Antonio Pagola