Generosos/as o gratuitos/as en la Comunidad del Reino

La parábola del administrador infiel sorprende e incluso desconcierta porque de entrada parece que Jesús no solo no cuestiona el modo de actuar del administrador astuto, sino que parece alabar su conducta. La cuestión sin embargo no está en el contenido concreto de la historia sino en lo que Jesús espera de quien ha decidido seguirlo.

Las parábolas presentan hechos cotidianos fácilmente reconocibles por l@s oyentes para invitarl@s a imaginar realidades diferentes. A quienes las escuchan no se les pide que analicen pormenorizadamente los contenidos, los interpreten y saquen conclusiones, se les pide que se dejen interpelar, que conecten con la experiencia que subyace al relato y se abran a valorarla de una forma nueva. En definitiva, el mensaje de una parábola no está tanto en lo que cuenta sino en lo que puede evocar en nosotr@s eso que se cuenta.

Desde este modo de entender el uso de las parábolas vamos a intentar acercarnos a la invitación que Jesús estaba haciendo a quienes lo escuchaban y también a nosotr@s hoy con la parábola que recuerda Lucas.

El contexto socio-económico de la parábola

En tiempos de Jesús era frecuente que los propietarios ricos contrataran a un administrador que les gestionase sus propiedades. Estas personas tenían poder para arrendar tierras, hacer prestamos o liquidar deudas en nombre del dueño. Con estas operaciones cobraban comisiones y por tanto era normal que buscasen hacerlas sacando el máximo beneficio. Por otro lado, si la transacción salía mal y eran considerados responsables de las pérdidas que pudiesen acarrear al dueño, podían llegar incluso a ser encarcelados si no podía pagar. Si su actuación, además, dañaba la reputación de su amo y era denunciado podía ser castigado públicamente.

En el Israel antiguo quien arrendaba una tierra podía pagar con un tanto por ciento de la cosecha, con una suma fija por el producto o con dinero a través de un contrato de alquiler. Era frecuente que los campesinos se endeudasen por los excesos de impuestos o por malas cosechas lo que los llevaba a perder las tierras y convertirse en siervos o incluso en esclavos. Esto ponía cada vez más tierra en manos de un numero pequeño de los terratenientes y agrandaba la brecha entre una minoría rica y una mayoría cada vez más pobre.

El administrador de la parábola y su modo de actuar se entiende en este contexto y sería fácilmente reconocible por quienes escuchaban a Jesús.

Un relato provocador

El protagonista de la parábola había usado los bienes que administraba en su propio beneficio. Al ser denunciado y despedido busca una salida que le permita tener apoyos cuando se haga pública su situación y así no acabar en la miseria. Lo que el administrador buscaba era ganarse amigos entre los deudores del propietario para tener quien le ayudase al perder su puesto. Su estrategia fue rebajar lo que aquellas personas debían renunciando a la comisión que le correspondería tras el cobro de la deuda.

Llama la atención la rapidez y astucia de su maniobra para asegurarse el futuro, pero también sorprende la generosidad del propietario estafado que lo despide, pero no le exige devolver lo robado ni lo denuncia. Incluso, cuando conoce lo que ha hecho tras ser despedido lo felicita por su sagacidad para asegurarse un futuro.

En una sociedad en la que la mayoría de la gente vive en el límite de la pobreza y están, a menudo, a merced de la generosidad o compasión de quienes poseen riqueza para poder sobrevivir, este relato resultaría provocador en boca de Jesús. L@s oyentes podrían hacerse muchas preguntas ante la parábola. Podrían evocar situaciones vividas, podrían indignarse ante la falta de ética del administrador o considerar insuficiente la respuesta del propietario. Pero Jesús los está invitando, sobre todo, a dar un paso más: a valorar su modo de situarse ante los bienes materiales y el valor que les otorgan.

Un nuevo espacio de lectura

La parábola, sin duda, resulta un tanto enigmática y es necesario entenderla en el marco de la reflexión que Lucas hace, a lo largo de su evangelio, en relación con el uso de los bienes. Lucas se dirige a una comunidad que vive la posesión y el reparto de lo que se posee con cierta conflictividad y por eso para él es importante iluminar con frecuencia esta situación y dar claves para afrontarla.

La audiencia de Lucas es heterogénea social y económicamente y esas diferencias no eran fáciles de articular en el marco de las exigencias que planteaba la aceptación del mensaje del Reino de Dios. Ricos y pobres deben ahora compartir honor y bienes (Hch 2, 42-46) y en esta redistribución la generosidad de los ricos/as juega un papel fundamental. Ellos y ellas están llamados a compartir sin esperar nada a cambio, resocializando sus valores desde el lugar social de los/las que tienen menos.

En este contexto, escuchar la parábola del administrador injusto les recuerda que si alguien así es capaz de ser “generoso” para poder sobrevivir después de perder el empleo, cuanto más quienes pertenecen a la comunidad de Jesús. Estos no solo han de ser generosos/as sino gratuitos/as en su modo de compartir y de administrar los bienes recibidos.

Cuando alguien rico había decidido seguir a Jesús tenía no solo que compartir con los pobres sino vincular su vida con ellos/as pues solo así podían de verdad formar parte de la comunidad inclusiva del Reino (cf. 12,21.33) y crear espacios donde la justicia fuera el horizonte del compartir (Lc 16, 9).

Esta actitud, sin embargo, no debía ser algo puntual o fruto de un acto heroico sino un modo de vida. Para ello, era necesario mantenerse fiel cada día en lo cotidiano y en lo pequeño (Lc 16, 10-12), compartiendo no solo los bienes sino el compromiso de luchar contra cualquier injusticia producida por el egoísmo e insensibilidad de muchos/as ricos/as.

Todo ello dejaba en evidencia la dificultad de vivir coherentemente la fe en el Dios que Jesús había anunciado si se permanencia apegado/a a las riquezas (Lc 16, 13) creyendo que poseerlas era un signo de honorabilidad. Jesús había dicho que “no había venido a ser servido sino a servir” y por tanto la honorabilidad en la comunidad de creyentes en él, nacida del servicio que igualaba desde abajo a tod@s los miembros, se adquiría poniendo los bienes al servicio de todos y todas.

Dentro de las dificultades de comprensión que entraña esta parábola lo importante en ella no es juzgar las conductas de los protagonistas del relato sino plantearnos el recto uso de los bienes, en el ámbito personal y comunitario, desde los criterios que brotan del servicio y la gratuidad como Lucas les proponía a la comunidad a la que dirigió su evangelio.

Carme Soto Varela

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Creer que podemos servir a Dios es idolatría

Comienza indicando que la parábola va dirigida a los discípulos; pero al final dice: “estaban oyendo esto los fariseos que son amates del dinero”. Esta frase nos indica la falta de precisión a la hora de determinar los destinatarios de esta parábola y la del rico Epulón que leeremos el domingo que viene. Debemos tener en cuenta que a las primeras comunidades cristianas solo pertenecieron pobres. Solamente a principios del s. II se empezaron a incorporar personas importantes de la sociedad. Si los evangelios se hubieran escrito en esa época se hubiera matizado más.

Jesús hablaba para que le entendiera la gente sencilla. Hay explicaciones demasiado rebuscadas. Por ejemplo: Que el administrador, cambiando los recibos, no defrauda al amo, sino que renuncia a su propia comisión. No parece verosímil que el administrador se embolsara el 50% de los recibos de su señor. Otra explicación demasiado alambicada es que el administrador hizo lo que tenía que hacer, es decir, ceder sus bienes a los que no pueden pagar su deuda. Por eso es alabado el administrador. En este caso perderían sentido las últimas palabras del relato.

Seguramente Lucas ya modifica el relato original, añadiendo el adjetivo de “injusto”, tanto para el administrador como para el dinero. Este añadido dificulta la interpretación de la parábola. En primer lugar porque no se entiende que se alabe al administrador injusto. En segundo lugar porque podemos devaluar el mensaje al pensar que se trata de desautorizar solo la riqueza conseguida injustamente. La riqueza injusta se descalifica por sí misma; no es el tema de la parábola. En el relato se trata de la riqueza que, aunque sea “justa”, puede convertirse en dios.

Debemos evitar toda demagogia. Pero no podemos ignorar el mensaje evangélico. En este tema, ni siquiera la teoría está muy clara. Hoy menos que nunca, podemos responder con recetas a las exigencias del evangelio. Cada uno tiene que encontrar la manera de actuar con sagacidad para conseguir el mayor beneficio, no para su falso yo sino para su verdadero ser. Si somos sinceros, descubriremos que en nuestra vida confiamos demasiado en las cosas externas y demasiado poco en lo que realmente somos. Con frecuencia, servimos al dinero y nos servimos de Dios.

“Los hijos de este mundo son más sagaces con su gente que los hijos de la luz”. Esta frase explica el sentido de la parábola. No nos invita a imitar la injusticia que el administrador está cometiendo, sino a utilizar la astucia y prontitud con que actúa. Él fue sagaz porque supo aprovecharse materialmente de la situación. A nosotros se nos pide ser sabios para aprovecharnos en el orden espiritual. Hoy la diferencia no está entre los hijos del mundo y los hijos de la luz sino en la manera que todos los cristianos tenemos de tratar los asuntos mundanos y los asuntos espirituales.

No podéis servir a Dios y al dinero. No está bien traducido. El texto griego dice mamwna.  Mammón era un dios cananeo, el dios dinero. No se trata, pues, de la oposición entre Dios y un objeto material, sino de la incompatibilidad entre dos dioses. Servir al dinero significaría que toda mi existencia está orientada a los bienes materiales. Sería tener como objetivo buscar por encima de todo el placer sensorial y las seguridades que proporcionan las riquezas. Significaría que he puesto en el centro de mi vida el falso yo y buscar la potenciación y seguridades de ese yo.

Podemos dar un paso más. A Dios no le servimos para nada. Si algo dejó claro Jesús fue que Dios no quiere siervos sino personas libres. No se trata de doblegarse con sumisión externa a lo que mande desde fuera un señor poderoso. Se trata de ser fiel al creador, respondiendo a las exigencias de mi ser. Servir a un dios externo, que puede premiarme o castigarme, es idolatría y, en el fondo, egoísmo. Hoy podemos decir que no debemos servir a ningún “dios”. Al verdadero Dios solo se le puede servir sirviendo al hombre. Aquí está la originalidad del mensaje cristiano.

Es curioso que ni siquiera cuestionemos que lo que es legal puede no ser justo. El dinero es injusto, no solo por la manera de conseguirlo, sino por la manera de gastarlo. Las leyes que rigen la economía están hechas por los ricos para defender sus intereses. No pueden ser consideradas justas por parte de aquellos que están excluidos de los beneficios del progreso. Unas leyes económicas que potencian la acumulación de las riquezas por parte de unos pocos, mientras grandes sectores de la población viven en la miseria, no podemos considerarlas justas.

Lo que nos dice el evangelio es una cosa obvia. Nuestra vida no puede tener dos fines últimos, solo podemos tener un “fin último”. Todos los demás objetivos tienen que ser penúltimos, es decir, orientados al último (haceos amigos con el dinero injusto). No se trata de rechazar esos fines intermedios, sino de orientarlos todos a la última meta. La meta debe ser “Dios”. Entre comillas por lo que decíamos más arriba. La meta es la plenitud, que para el ser humano solo puede estar en lo trascendente, en lo divino que hay en él, no en lo biológico.

“Ganaos amigos con el dinero injusto”. Es una invitación a poner todo lo que tenemos al servicio de lo que vale de veras. Utilizamos con sabiduría el dinero injusto cuando compartimos con el que pasa necesidad. Lo empleamos sagazmente, pero en contra nuestra, cuando acumulamos riquezas a costa de los demás. Nunca podremos actuar como dueños absolutos de lo que poseemos. Somos simples administradores. Hace poco tiempo oí a De Lapierre decir: Lo único que se conserva es lo que se da. Lo que se guarda, se pierde.

El tema de las riquezas, planteado desde la pura renuncia, no tiene solución. La programación lleva siempre a posturas artificiales que no puede cambiar mi actitud fundamental. Si de verdad quieres ser rico no te afanes en aumentar tus bienes sino en disminuir tus necesidades. Con demasiada frecuencia compramos el dinero demasiado caro. Esto quiere decir que no seguimos el consejo del evangelio que nos invita a ser sagaces. Descubre que lo que forma parte de ti es tu mayor riqueza.

Lo que tenemos debemos subordinarlo siempre a lo que somos. Somos plenitud, somos totalidad. De lo esencial no nos falta nada. Si echamos algo en falta podemos estar seguros de que pertenece a lo accidental. Bebemos los vientos buscando lo que nos falta y no somos capaces de vivir lo que ya tenemos. No necesito más de lo que tengo sino menos. La invitación del evangelio es a vivir con menos necesidades materiales y buscando crecer en el orden espiritual.

Fray Marcos

Elogio del administrador ladrón y tramposo

Que en una empresa, un banco, o un partido político, haya un administrador ladrón, que incluso hace trampas para disimular sus robos, no tiene nada de extraño. Que algunos de sus amigos o partidarios lo aprueben y defiendan, también puede ocurrir. Pero que Jesús ponga de modelo a un sinvergüenza, a un administrador ladrón y tramposo, es algo que desconcierta y escandaliza a mucha gente. Por eso, la traducción litúrgica no pone la alabanza en boca de Jesús, sino en la del “amo”; una opción bastante discutible. De hecho, Juliano el Apóstata (s. IV) usaba la parábola para demostrar la inferioridad de la fe cristiana y de Jesús, su fundador. El cardenal Cayetano (s. XVI) y Rudolph Bultmann (s. XX) la consideraban ininteligible; otros muchos piensan que es la más difícil de entender. [Quien desee conocer los diversos problemas puede consultar mi comentario El evangelio de Lucas. Una imagen distinta de Jesús (Verbo Divino, 2021), 355-360].

La ironía de la parábola (Lucas 16,1-9)

La principal dificultad para entender la parábola radica en que Jesús se basa en unos presupuestos contrarios a los nuestros:

1. Nosotros no somos propietarios sino administradores. Todo lo que poseemos, por herencia o por el fruto de nuestro trabajo, no es propiedad personal sino algo que Dios nos entrega para que lo usemos rectamente.

2. Esos bienes materiales, por grandes y maravillosos que parezcan, son nada en comparación con el bien supremo de “ser recibido en las moradas eternas”.

3. Para conseguir ese bien supremo, lo mejor no es aumentar el capital recibido sino dilapidarlo en beneficio de los necesitados.

La ironía de la parábola radica en decirnos: cuando das dinero al que lo necesita, tú crees que estás desprendiéndote de algo que es tuyo. En realidad, le estás robando a Dios su dinero para ganarte un amigo que interceda por ti en el momento decisivo. Jesús alaba a ese buen ladrón y lo pone de modelo.

La idolatría del dinero (Lucas 16,10-13)

En la versión larga, el evangelio de este domingo termina con unas palabras muy famosas: No podéis servir a dos amos, no podéis servir a Dios y al dinero.

Jesús no parte de la experiencia del pluriempleo, donde a una persona le puede ir bien en dos empresas distintas, sino de la experiencia del que sirve a dos amos con pretensiones y actitudes radicalmente opuestas. Es imposible encontrarse a gusto con los dos. Y eso es lo que ocurre entre Dios y el dinero.

Estas palabras de Jesús se insertan en la línea de la lucha contra la idolatría y defensa del primer mandamiento («no tendrás otros dioses frente a mí»). Para Jesús, la riqueza puede convertirse en un dios al que damos culto y nos hace caer en la idolatría. Naturalmente, ninguno de nosotros acude a un banco o una caja de ahorros a rezarle al dios del dinero, ni hace novenas a los banqueros. Pero, en el fondo, podemos estar cayendo en la idola­tría del dinero. Según el Antiguo y el Nuevo Testamentos, al dinero se le da culto de tres formas:

1) mediante la injusticia directa (robo, fraude, asesinato, para tener más). El dinero se convierte en el bien absoluto, por encima de Dios, del prójimo, y de uno mismo. Este tema lo encontramos en la primera lectura, tomada del profeta Amós.

2) mediante la injusticia indirecta, el egoísmo, que no hace daño directo al prójimo, pero hace que nos despreocupemos de sus necesidades. El ejemplo clásico es la parábola del rico y Lázaro, que leeremos el próximo domingo.

3) mediante el agobio por los bienes de este mundo, que nos hacen perder la fe en la Providencia.

Unos casos de injusticia directa: Amós 8, 4-7

Amós, profeta judío del siglo VIII a.C. criticó duramente las injusticias sociales de su época. Aquí condena a los comerciantes que explotan a la gente más humilde. Les acusa de tres cosas:

1) Aborrecen las fiestas religiosas (el sábado, equivalente a nuestro domingo, y la luna nueva, cada 28 días) porque les impiden abrir sus tiendas y comerciar. Es un ejemplo claro de que “no se puede servir a Dios y al dinero”.

2) Recurren a trampas para enriquecerse: disminuyen la medida (el kilo de 800 gr), aumentan el precio (la guerra de Ucrania es un ejemplo que pasará a la historia) y falsean la balanza.

3) El comercio humano, reflejado en la compra de esclavos, que se pueden conseguir a un precio ridículo, “por un par de sandalias”. Hoy se siguen dando casos de auténtica esclavitud (como los chinos traídos para trabajar a escondidas en las fábricas de sus compatriotas) y casos de esclavitud encubierta (invernaderos; salarios de miseria aprovechando la coyuntura económica, etc.).

Reflexión final

Puede resultar irónico, incluso indignante, hablar del buen uso del dinero y de los demás bienes materiales cuando la preocupación de la mayoría de la gente es ver cómo afronta la crisis económica que se avecina. Sin embargo, Jesús nunca ofreció un camino cómodo a sus seguidores. Tanto la parábola como la enseñanza siguiente y el texto de Amós nos obligan a reflexionar y enfocar nuestra vida al servicio de los más necesitados.

José Luis Sicre

Mandatum Novum

El Evangelio que la Iglesia nos propone esta semana es la versión según San Mateo del mismo pasaje de la vida de Cristo que hace unos cuantos domingos leíamos en la versión de San Lucas: un escriba que interroga al Señor acerca del primer mandamiento de la Ley de Dios. Mateo y Lucas nos transmiten al unísono el mismo mensaje (Lucas en boca del escriba, Mateo en palabras de Jesús): “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu entendimiento. El segundo es semejante al primero: amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

En aquella ocasión —domingo XII después de Pentecostés—, el texto de San Lucas nos dio ocasión para puntualizar uno de los aspectos de la virtud de la caridad: concretamente su carácter sobrenatural, que no es obstáculo —veíamos— para que esa virtud sobrenatural se manifieste en actos ordinarios y corrientes, naturales, “humanos”.

El texto que hoy leemos en el Misal incluye unas palabras en la respuesta de Cristo al escriba, que debieron quedar muy prendidas en el corazón del Apóstol San Mateo. El Señor, una vez enunciado el precepto del amor a Dios y al prójimo por Dos, agregó: ”De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas”. Y estas palabras de Jesús son las que van a orientar nuestra meditación evangélica.

La excelencia de la caridad, es decir, su carácter de primer mandamiento, ya sería de por sí suficiente para darnos una idea del papel preponderante que el “mandatum novum” debe desempeñar en la vida de un cristiano. Pero estas palabras tan gráficas de Jesús —de la caridad “penden” la Ley y los Profetas— resaltan al máximo la importancia de la caridad, al darnos a entender la influencia que ejerce sobre la vida moral.

Todas las demás virtudes están como “prendidas” en la caridad, que es como decir que de ella les viene su “valor” a los ojos de Dios. Ciertamente pueden darse virtudes morales en un hombre que no tenga caridad: no todo acto realizado al margen de la caridad es ipso facto malo. Pero esas virtudes carecerán, como dice un autor contemporáneo, “de ese fundamento sustancial en toda actividad virtuosa que es el deseo firme y ardiente en todo del fin supremo: Dios”.

Esta verdad fundamental la expresaba San Pablo en los albores del Cristianismo con aquellas palabras famosas de la primera carta a los Corintios: “Si hablase las lenguas de los hombres y de los ángeles mas no tuviese caridad, no soy sino una campana que suena o un címbalo que retiñe” (1 Cor 13, 1).

La conclusión de nuestro comentario es clara: si no crecemos en la caridad, que va directa a Dios y al prójimo por Dios, estamos perdiendo el tiempo, porque nuestros esfuerzos, en todo caso, corren por un camino que no acaba en Dios. En cambio, el hombre que va avanzando en la “amistad con Dios y con los hijos de Dios”, que eso es la caridad, arrastra en su movimiento a todas las virtudes, pues el amor de Dios es la fuente de todo mérito y la esencia del Cristianismo.

Pedro Rodríguez

Comentario – Domingo XXV de Tiempo Ordinario

(Lc 16, 1-13)

Este texto nos habla de un administrador deshonesto, que al saber que está por perder su puesto, se enfrenta a una situación angustiante que le exige decisiones astutas y urgentes. Está por quedarse en la calle, y necesita asegurar su futuro. Por eso, reduce parte de la deuda a los deudores de su jefe; de esa manera se gana su amistad para que luego lo reciban y lo auxilien cuando quede en la calle.

El texto parece indicar que lo que hizo este administrador no era honesto. Muchos comentadores han hallado una salida: decir que el porcentaje de la deuda que el administrador perdonó a los deudores era en realidad lo que le correspondía a él como ganancia por lograr cobrar las deudas. También hoy, cuando algunas deudas parecen incobrables, se le ofrece al cobrador un porcentaje alto para estimularlo a buscar la manera de cobrar esas deudas, y a veces se concede hasta el 50 % de la deuda. En ese caso, este administrador no habría sido deshonesto, porque estaba disponiendo del porcentaje que le correspondía por el cobro.

Tanto en esta parábola como en otras, no se trata de explicar los detalles, sino de captar la enseñanza de fondo. Aquí se nos invita a usar el dinero con inteligencia, haciendo el bien, compartiendo, dando limosna, porque de esa manera acumulamos un tesoro en el cielo: «El que se apiada del pobre presta dinero al Señor» (Prov 19, 17). Acumulando dinero no estamos obrando astutamente, porque el dinero acumulado, que nos encierra en nuestros propios intereses, no nos brinda ninguna riqueza sobrenatural y nos aleja del camino de la fraternidad. Es mejor usar el dinero para ganar amigos que nos recibirán en el cielo. Sólo así nuestro futuro está asegurado. Cabe recordar una anécdota. Dicen que cuando los herederos de Alejandro Magno, ante su muerte inminente, le preguntaban dónde había escondido sus tesoros, él respondía: «en los bolsillos de mis amigos».

Oración:

«Señor, ilumíname para que no me engañe a mí mismo creyendo que es la acumulación de bienes lo que asegura mi futuro. Lo que tú me pagarás abundantemente es lo que yo haga entregado con generosidad. Por eso, Señor, enséñame a ver que lo que me queda para el futuro son mis obras de amor al hermano».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Astucia

1.- Os puede desconcertar, mis queridos jóvenes lectores, la lectura del evangelio del presente domingo. Hablo de las sentencias finales, pues la historieta tiene una cierta gracia. Que a uno le despidan de la empresa multinacional es una casi común realidad de hoy en día. Se le llamará reducción de personal, liquidación o desplazamiento de lugar de producción, se le llamará como se quiera, el caso es que hay gente que, de la noche a la mañana, se encuentra de patitas en la calle, aunque no la hayan echado de una productora global donde laboraba. A veces, como en el caso de la parábola, el interfecto se lo merece. No os habrá chocado la narración, de aquí que, tal vez, no os hayáis fijado en las sentencias finales. Voy a dedicarles unas cuantas líneas a algunas, no a todas.

Es posible que en catequesis, en clases de religión o en actividades semejantes, se os recomiende la piedad, a veces insulsa. No hay duda que desde pequeños os han dicho que debéis evitar las peleas entre hermanos o compañeros. También que no digáis mentiras. Es evidente que estos consejos son buenos, pero sinceramente, si os quedáis con su sólo cumplimiento, ser cristiano pensareis, resulta un poco aburrido. Una vida bastante pasiva. Yo no sé, mis queridos jóvenes lectores, si conocéis un poco la panorámica espiritual de hoy en día. Me temo que os hablan más de la superabundancia de CO2 o del agujero de la capa de ozono, cuestiones que no os niego son importantes, pero se pretende ignorar la penuria de valores de honradez, el atractivo que tiene la heroicidad del martirio y otras muchas cosas más, precisas todas ellas, para vivir en plenitud el cristianismo. A mí personalmente, me preocupa más una realidad acuciante: con frecuencia, cada uno procura por sí mismo, el simple filete de una cualquiera de nuestras comidas, vale más que lo que puede consumir durante todo un día, mucha gente del Tercer Mundo. Aquella sabrosa carne, o aquel apetitoso pastelito, conseguido gracias al gran comercio o a industrias multinacionales, opresoras de naciones que poseyendo riquezas naturales no están capacitadas para administrárselas, en las que estamos sumergidos, resultan ser alimentos injustos. (No pueden faltar en la dieta los hidratos de carbono -los macarrones que tanto os gustan- ni la fruta con su fibra, no hay que olvidarlo. Pero ¿os habéis dado cuenta de que cuando estáis diciendo que no queréis aquel plato de pescado azul, el de mejor valor alimenticio, estáis despreciando a tanta gente joven que debe contentarse con una ración de manioc, adornado con insectos secos? No os extrañe que el Señor, a una tal riqueza de la que gozamos, la llame injusta.

3.- ¿Qué solución nos propone? ¿Debemos irnos al bosque a vivir de vegetales silvestres? ¿Debemos dejar de comer y caer en la consabida anorexia? Ambas actitudes serían erróneas y nada solucionarían. Con nuestras riquezas, aquel dinero que os dan para chucherías o para poder ir al cine, ganaos amigos, es decir, colaborar en ayuda al Tercer Mundo o al Cuarto Mundo, que tal vez esté próximo a vosotros. Dejar de pretender que os compren ropa de marca o de beber refrescos caros. El organismo humano necesita agua, (se dice que un 80% de él se compone de H2O), pero no es preciso que venga vehiculado en cualquier cola. Con lo que dejáis de gastar, al darlo generosamente, os procuraréis amigos pobres, anónimos. Serán ellos los que, al morir vosotros, os abrirán las puertas del Reino de los Cielos.

Os he dicho que seguramente no os han recomendado que aprendáis a practicar una virtud cristiana que, como tal, es bastante desconocida: la astucia. Los antiguos pueblos semitas la apreciaban en gran manera, aunque a veces, como en el caso del comportamiento de Jacob con su hermano, vaya acompañada de trampa engañosa, proceder que no es bueno. Nosotros, frecuentemente, ignoramos esta picardía, de aquí que, siendo tantos los cristianos, observemos lamentablemente, como dirigentes y organizadores de la cosa pública sean amos tiránicos, que gobiernen de acuerdo con intereses personales o de partido, más que procurando el bien común general. Mis queridos jóvenes lectores, no os toca ahora pretender ser dirigentes políticos o líderes sindicales, pero podéis influir en vuestra clase, en vuestro taller, en vuestro equipo, en vuestra pandilla, preparándoos para influir cuando seáis adultos en el bien colectivo.

4.- En otro momento el Señor Jesús nos pidió que fuéramos astutos como serpientes, no lo olvidéis, aunque, para que no nos alejáramos de la nobleza, nos dijo que cándidos como palomas. Vivir un cristianismo así, honrado, fiel, austero, pero con un buen puñado de astucia se convierte en una existencia más interesante que un viaje a la Antártica o una expedición al Amazonas. Sin olvidar que de unos tales desplazamientos podemos conseguir fotografías o traernos souvenires, pero nunca la seguridad de que tenemos reservada, para cualquier momento en que nos llegue, una plaza eterna en la compañía feliz del equipo de Jesús o de la pandilla de María, que es lo mismo.

Pedrojosé Ynaraja

Lectio Divina – Domingo XXV de Tiempo Ordinario

No podéis servir a Dios y al dinero

INTRODUCCIÓN

«No podéis servir a Dios y al dinero». Empecemos por aclarar que en el texto griego dice mammona. Mammón era un dios cananeo, el dios dinero. No se trata, pues, de la oposición entre Dios y un objeto material, sino de la incompatibilidad entre dos dioses. No podemos pensar que todo el que tiene una determinada cantidad de dinero en el banco o tiene una finca, está ya condenado. Servir al dinero significaría que toda mi existencia está orientada a los bienes materiales. Sería tener como objetivo de mi vida el hedonismo, es decir, buscar por encima de todo el placer sensorial y las seguridades que proporcionan las riquezas. Significaría que he puesto en el centro de mi vida, el falso yo y sólo busco la potenciación y seguridades de ese yo; todo lo que me permita estar por encima del otro y utilizarlo en beneficio propio”. (Fray Marcos)

LECTURAS BÍBLICAS:

1ª lectura: Amós 8, 4-7;       2ª lectura: 1Tim 2, 1-8

EVANGELIO

Lucas 16, 1-13:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante él de derrochar sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo “¿Qué es eso que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque en adelante no podrás seguir administrando». El administrador se puso a decir para sí:“¿Qué voy a hacer, pues mi señor me quita la administración? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa” Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi amo?”. Este respondió: “Cien barriles de aceite”. Él le dijo: “Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta”. Luego dijo a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?”. Él contestó: “Cien fanegas de trigo”. Le dice: “Toma tu recibo y escribe ochenta”. Y el amo alabó al administrador injusto, porque había actuado con astucia. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz. Y yo os digo: ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas. El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto. Pues, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Si no fuisteis fieles en lo ajeno, lo vuestro, ¿quién os lo dará? Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero».

REFLEXIÓN

1.- NO PODEMOS SERVIR A DIOS Y AL DINERO. El que sirve a Dios como Padre de todos, no puede desentenderse de los hermanos. Si Dios ha creado los bienes de este mundo para “todos”, no puede ser justo que unos pocos tengan casi todo y otros muchos se mueran de hambre. El que sirve al dios “dinero” no se preocupa de los demás. Y uno que sólo vive para su egoísmo personal, se hace cada día menos persona. En este sentido se puede llegar hasta el extremo de “vender al pobre por un par de sandalias”. (1ª lectura). Hay que tener presente que no podemos confundir lo legal con lo justo. Hay incluso cristianos que opinan así: Puesto que lo que tengo lo he conseguido legalmente, nadie me podrá convencer de que no es exclusivamente mío. Los cristianos debemos regirnos por la ley del amor y, siguiendo esta ley, el dinero es injusto no solo por la manera de conseguirlo, sino también por la manera de gastarlo. No podemos derrochar en cosas superfluas cuando hay hermanos nuestros que no tienen lo necesario.

2.- LOS HIJOS DE ESTE MUNDO SON MÁS ASTUTOS QUE LOS HIJOS DE LA LUZ. Un texto muy actual si tenemos presente nuestra situación concreta en el terreno de la fe. Nuestras iglesias están casi vacías y la fe cada vez cuenta menos en nuestro mundo. Todos somos conscientes de que tenemos la mejor mercancía, pero nos faltan estrategas, nos falta audacia y nos sobra comodidad. Los católicos hemos confundido lamentablemente el verbo IR CON EL VERBO VENIR. ¡Que vengan!  Que vengan a bautizarse, a pedir la confirmación, a casarse por la Iglesia y aquellos que no pueden venir porque han muerto, ¡que me los traigan! Pero el evangelio no habla de venir sino de IR. “Id a mi viña” (Mt. 20,4). “Id a todo el mundo y predicad el evangelio” (Mt. 28,19). Si un día de verano, cuando aprieta el calor, ves a dos personas bajo una sombrilla y con la Biblia en la mano llamando en las casas, podéis dudar si se trata de unos mormones, unos evangelistas, o unos testigos de Jehová… Pero lo que no dudamos, lo que podemos asegurar, es que esos “no son católicos”. Los católicos, comenzando por los curas, nos quedamos tranquilos en casa viendo la T.V. Y tal vez criticando a los que salen. Los últimos papas nos hablan de “Iglesia en salida”, de “nuevos métodos”…, pero los católicos somos unos comodones. Y ¡así nos luce el pelo!

PREGUNTAS

1.- ¿Estoy dando más importancia al dinero que a Dios? ¿En qué se nota?

2.- ¿Qué podríamos hacer los cristianos para que el evangelio   fuera más atrayente? ¿A qué nos podríamos comprometer?

Este evangelio, en verso, suena así:

Jesús alaba la «astucia»
de un Gerente que, en sus cuentas,
perdonó sus» comisiones»,
y así, rebajó   las deudas.
Contentos todos deudores,
por tan graciosa «sorpresa»,
lo aceptaron como amigo,
le abrieron todas sus puertas.
Para Jesús, son astutos
los hijos de las tinieblas
e invita a sus seguidores
a obrar con igual cautela:
«Ganaos buenos amigos
con las injustas riquezas,
para que luego os reciban
en las moradas eternas».
Jesús desea que obremos
con fe, con inteligencia.
No puede ser el dinero
el «dios» de nuestra existencia.
Dios Padre es nuestro Señor
en el cielo y en la tierra
y es la construcción del Reino
nuestra verdadera meta.
Danos «astucia», Señor,
para hacer una gran siembra,
y tu Reino estallará
en espléndida cosecha.

(Compuso estos versos José Pérez Benedí)

Los dos administradores

1.- Siempre ha extrañado este evangelio de Lucas que hemos escuchado hoy. El ingenio tramposo del administrador no parece apropiado para la línea de pensamiento que muchos –en todos los tiempos—han querido adivinar en Jesús. No es honradez, precisamente lo que demuestra ese empleado. Pero, bajo mi punto de vista, creo que a este administrador hay que medirle con otro rasero y compararle con el que nos refiere Mateo en su capítulo 18, versículos 23 al 34. Es aquel siervo que tras habérsele perdonado una deuda de muchos millones de euros, no quiso perdonar –maltratándole físicamente—a un deudor propio que le debía poco más de 100 euros. Ciertamente, Jesús, en el evangelio de San Mateo, explica esta parábola al hilo del perdón, del necesario perdón a todos y en todas las ocasiones. El administrador de Lucas, 16, 1-3, también obtiene el perdón de una muy mala administración, aunque llegara a obtenerlo con inteligencia. El único que perdía era el más rico, el amo, el que lo tiene todo y puede perdonar lo que quiera. Sus deudores se ven beneficiados por el “descuento” realizado por el administrador y, sin duda, se lo agradecerán en el futuro. Pero el administrador de Mateo, 18, 23-34, no valora el beneficio de un perdón por valor de muchos millones y exige con violencia, como avaro que es, una cantidad ridícula en comparación con la se le ha perdonado a él.

2.- Jesús de Nazaret tiene una forma de pensar muy alejada de lo convencional, de lo que suele estar bien entre la mayoría. Además no tiene nada, ni quiere tenerlo. Avisa en muchas partes del relato evangélico que el dinero es peligroso y que la avaricia es una especie de idolatría. El mayor pecado que podía cometer un judío era ser idólatra, adorar a los ídolos que no ven, ni oyen, y no hacerlo ante el Dios vivo. Tampoco Jesús quiere convertirse en árbitro del reparto de una herencia. Se entristece, asimismo, ante la “adicción” que tiene por el dinero aquel joven que quiere seguirle –y que Jesús miró con afecto y ternura—pero que no es capaz de librarse de la influencia de su fortuna. El administrador ingenioso adopta un cierto papel de reparto, las nuevas deudas acreditadas son mucho menores y van dirigidas, obviamente, a quienes no han podido pagar hasta entonces, sin duda por no tener o estar más necesitados que el amo. El Señor define, además, el dinero adeudado como injusto es clara alusión a que pocas veces las grandes fortunas proceden de procederes justos.

3.- Es en, cualquiera de los casos, esas últimas palabras del Evangelio de Lucas donde Jesús explica su valoración del dinero y de donde nosotros tenemos que aprender. Y así en el caso del administrador que nos describe San Lucas pues también se puede pensar que el dinero del amo fuera injusto y ganado con “facilidad”, porque nadie perdona 100 millones de euros –más de 130 millones de dólares—si se han obtenido con mucho esfuerzo, aunque sea una enorme cantidad. Jesús ha vuelto a burlarse del dinero y de los que lo poseen. Y quiere dar ejemplos que devalúan el poder y el valor del dinero. De ahí que bien pueda verse una relación entre los dos administradores citados.

4.- Y si recordamos lo dramático que conlleva la narración del fragmento ya aludido de Mateo con la historia del administrador cruel y avaro. No menos podemos dejar de observar la dureza de lo que el Profeta Amos nos ha contado hoy en la primera lectura. Es una advertencia a los explotadores, a los defraudadores, a quienes abusan de la pobreza de los más pobres para explotarlos y aprovecharse de su indigencia. Amos dice que el Señor Dios no olvidará jamás esa mala conducta. Y este aspecto –insisto muy dramático—nos recuerda a un párrafo de casi al final de la Carta de Santiago (Sant. 5, 1-6) donde se condena, con enorme dureza, a los empresarios que estafan y esclavizan a los trabajadores. De hecho el que estafa, roba, oprime económicamente lo hace por avaricia, por tener más dinero que le corresponde, utilizando la fuerza para conseguirlo. Ya Amos se adelantaba más de 700 años al juicio del Apóstol Santiago, pero estando éste último influenciado –como no podía ser de otra forma—por el pensamiento de Jesús de Nazaret.

5.- Por tanto la enseñanza de hoy está muy clara y no permite equívocos. La adoración del dinero es un vicio muy duro. La gente cambia hasta de humor cuando se dedica solo a pensar en su dinero. Yo mismo he podido advertir en algún amigo que entregado solo a ganar dinero, ha dejado de tener amor por el gente, incluso por su gente y su familia. Hemos de tener cuidado con obsesionarnos por el dinero. Hemos de ir por la vida ligeros de equipaje y admitir el dinero como un instrumento para vivir adecuadamente. Pero, desgraciadamente, hay muchos adoradores del dinero, incluso entre los pobres, entre algunos pobres.

6.- Merece la pena, por otra parte, glosar el fragmento que de la Primera Carta a Timoteo aparece en nuestra segunda lectura de hoy. Ha sido la base, durante siglos, para confeccionar las preces de nuestras Eucaristías. Las oraciones de los fieles siguen conservando la estructura de este discurso de Pablo en su comunicación a sus discípulo Timoteo. Hay que rezar todos por todos y, además, insistentemente. Y, también, por el “emperador”, por los gobernantes para que su buena gestión nos haga vivir en paz y sin perturbaciones que estorbaran el ejercicio de nuestra fe. Como se sabe las lecturas litúrgicas de cada domingo están sabiamente relacionadas para ofrecer una enseñanza coherente y eficaz. La invocación de Pablo para orar por todos no es, para nada, un desajuste respecto al consejo importante de no poder el corazón en el dinero. Al contrario, cuando rezamos por los gobernantes, por los responsables políticos o administrativos lo que estamos pidiendo es que todos ellos sean excelentes seguidores de Jesús de Nazaret y no detentadores del poder y de la jerarquía para su beneficio personal o de solo unos pocos. Lo que pedimos es que sean dignos, honrados y creadores de situaciones aprovechables para el bien común. E, incluso, cuando en la oración de los fieles pedimos por el Papa y los Obispos elevamos nuestra oración para algo igual: que ellos sean fieles a la doctrina de Jesús y sepan llevar a su pueblo por el camino que el Maestro señaló. La avaricia, la vanagloria por el poder, la ausencia de humildad no tienen nada que ver con lo que Cristo dice. Por eso, uno de los títulos del Papa más cristiano es aquel dice que “es el servidor de los siervos de Dios”, el último para ser primero en el Reino.

En fin, reflexiones hoy sobre la pobreza que necesitamos en nuestras vidas y que a veces no es solo de falta de dinero, también de ausencia de soberbia o de dificultad para servir a los demás. Jesús no tenía donde recostar la cabeza, pero nadie de los que acudían a Él salían con las manos vacías. Confiemos en Jesús y lo demás que necesitamos se nos dará por añadidura.

Ángel Gómez Escorial

No podéis servir a Dios y al dinero

1- El peligro de las riquezas. Como todos los domingos la Primera Lectura, el Salmo y el Evangelio guardan entre sí una estrecha relación. La sentencia con la que culmina el Evangelio de Lucas en este día nos aclara el tema central de la Palabra de Dios: «No podéis servir a Dios y al dinero». Lucas es el evangelista de la misericordia, pero también el que defiende a los pobres y oprimidos, porque seguramente estaba dirigido a una comunidad en la que había grandes diferencias sociales y económicas. Los bienes de este mundo pueden considerarse como una bendición de Dios, pero suponen también un grave peligro en la medida en que nos esclavizan y nos hacen «materialistas», con el consiguiente olvido de Dios y de todo lo espiritual.

2- Dios toma partida por lo pobres Lo que denuncia el profeta Amós es la riqueza fruto de la injusticia. Amós es uno de los «doce profetas menores», el más antiguo de ellos: predicó en el siglo VIII antes de Cristo. Nació en la aldea de Téqoa (cerca de Belén), donde se dedica al oficio de cultivar higos y a sus rebaños. Pero predica en el Reino del Norte, unos treinta años antes de la conquista de los Asirios. Es curioso, pero el Reino está viviendo un período de prosperidad económica, que hace que sus habitantes se olviden de Dios y reine la corrupción moral y religiosa. Seguro que además de los que se aprovecharon de la bonanza económica la inmensa mayoría vivía sumida en la miseria. ¿No pasa esto mismo en nuestra sociedad opulenta, la llamada «sociedad del bienestar»?. Muchos millones de personas en la Tierra pasan hambre, tienen que buscarse la vida emigrando a otros países en pateras y barcos que se hunden en el mar. Hay muchos explotadores que incluso tratan a sus semejantes como esclavos y les extorsionan hasta que «pagan la deuda» asumida en su peligroso trayecto por la mar. Dios toma partida por los pobres y llega a decir que «no olvidará jamás vuestras acciones». En cambio, como proclamamos en el Salmo 112 «Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para sentarlo con los príncipes».

3- Jesús en el Evangelio no alaba la injusticia. No hay que tomar al pie de la letra el «Ganaos amigos con el dinero injusto». Lo que alaba es la astucia en el proceder. Nos anima a no dejarnos engañar por los criterios de este mundo y a emplear los medios adecuados para poner en práctica el Evangelio. Ser cristiano no es ser ingenuo o apocado, es estar despierto y saber emplear los medios necesarios frente a la astucia de los que quieren imponer otros valores que no son los evangélicos. Obligándonos a elegir entre Dios y el dinero, Jesús nos invita a la felicidad que produce un espíritu liberado y desinteresado, frente a la esclavitud de lo material. El capítulo 16 de Lucas termina con la narración de la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro.

4- Una nueva imaginación de la caridad y de la justicia. El gran pecado es no saber «compartir». Hace falta una nueva imaginación de la caridad, que debe partir siempre de la justicia. Mohamed Yunus, premio Nóbel de la Paz 23006, llamado «El banquero de los pobres», ha declarado que «la paz está amenazada por la injusticia del sistema económico, social y político, por la ausencia de democracia y por las violaciones de los derechos humanos. Se puede decir más alto, pero no más claro: la paz se consigue combatiendo la pobreza y favoreciendo la justicia. El sí ha tenido imaginación. Es el fundador del Banco Grameen, que se dedica a dar micro-créditos a los bangladesís más pobres, aquellos que no pueden acceder a ningún tipo de crédito, pues carecen de todo. No se les pide ningún aval, como hacen los demás bancos y la restitución del crédito es cuestión de un código de honor, según palabras del propio Yunus. Estos micro-créditos permiten el autoempleo y aliviar su situación de miseria. Es una manera de luchar contra la pobreza de manera efectiva y más allá de las buenas palabras. También fue claro al decir que la pobreza existe porque queremos que exista, pues hacemos muy poco por combatirla. Y puso el ejemplo de que si el hombre quiso llegar a la luna y lo consiguió, seguro que acabaría con la pobreza si se lo propusiera. Es una pena que para algunas cosas pongamos todo nuestro empeño, pero para otras seamos tan perezosos….. Y es que la solidaridad comienza en nuestra cabeza y en nuestro corazón. Por lo menos, no colaboremos a la injusticia. Es sangrante ver cómo muchos de los que nos llamamos cristianos «regateamos» a la hora de pagar un salario justo a las personas que cuidan de nuestros mayores o realizan servicios que nosotros no queremos realizar. Jesús nos invita a ser honrado en lo menudo, en nuestros pequeños asuntos. Construir un mundo más justo no es un sueño imposible. Comenzar a soñar es comenzar a cambiar.

José María Martín OSA

Fieles en lo poco

Hablando de relaciones de pareja y de lo necesario que es guardarse fidelidad entre ambos, una persona me respondió: “Ah, mientras no me pille…” Para esta persona, lo único que contaba era no ser pillada en una infidelidad; mientras eso no ocurriera, no le suponía ningún problema ser infiel a su pareja. Pero la infidelidad no hay que entenderla sólo en el ámbito de la pareja: hay muchos tipos de infidelidad: en política, en economía, en el trabajo, en la sociedad… Muchos ámbitos en los que no somos fieles a los principios y compromisos que deberían guiar nuestro actuar. De vez en cuando en los medios de comunicación surge alguna noticia porque “pillan” a algún personaje público en una infidelidad, del tipo que sea, y nosotros nos escandalizamos y nos preguntamos cómo han sido capaces de hacerlo

La tentación de la infidelidad, del fraude, siempre ha existido, como hemos escuchado en la 1ª lectura, en la que el profeta Amós denuncia la injusticia de los comerciantes, que se aprovechan de los humildes de la tierra reduciendo el peso y aumentando el precio y modificando las balanzas con engaño.

Por eso, no debemos escandalizarnos hipócritamente por esos casos de infidelidad más mediáticos: la infidelidad, en sentido amplio, llevada a cabo con esa actitud de “mientras no me pillen…” la podemos tener también nosotros, que nos llamamos cristianos y la aplicaríamos en los aspectos más ordinarios de nuestra vida: apropiarnos de algo que no es nuestro, saltarnos alguna norma, no declarar todos nuestros ingresos, no pedir facturas, dejar de cumplir alguna obligación, hacer algo que no deberíamos… Esos actos, a pesar de saber que son objetivamente malos, no nos crearían ningún problema de conciencia “mientras no me pillen”.

Por eso hoy Jesús nos hace una llamada a la fidelidad, en sentido amplio: el que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel. La mayor parte de nuestra vida está constituida por hechos cotidianos, poco importantes, pero ahí, en ese “poco”, debemos “entrenarnos” y aprender a ser fieles, a cumplir nuestras obligaciones y compromisos, a no defraudar la confianza depositada en nosotros, para luego poder ser fieles en los grandes momentos y acontecimientos de nuestra vida.

Porque si en ese “poco” de nuestro día a día nos dejamos llevar por la actitud de “mientras no me pillen”, se cumple lo que Jesús ha advertido: el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto. Nos acostumbramos a ser repetidamente infieles y esa actitud la continuamos aplicando en circunstancias de mayor importancia, hasta que “nos pillan” y las consecuencias son desastrosas.

Con el Señor no hay que ser piadosos, hay que ser sinceros, y hoy nos invita a reconocer con sinceridad nuestras infidelidades en lo poco, en lo cotidiano. Cómo, cuándo, en qué y con quién aplico la actitud de “mientras no me pille”. Sean del tipo que sean esas infidelidades en lo poco, acaban teniendo consecuencias negativas en lo mucho, en lo más importante de nuestra vida.

Y, junto con este reconocimiento de nuestras infidelidades, también debemos reconocer nuestras fidelidades en lo poco. Cómo, cuándo, en qué y con quién, en nuestra vida cotidiana sí que nos guiamos por los principios, valores y compromisos propios de nuestro ser cristianos. Porque si en lo poco de cada día nos acostumbramos a ser fieles aunque nadie “nos pille”, también lo seremos en lo mucho.

La actitud basada en “mientras no me pillen” es un signo de inmadurez, humana y, más aún, cristiana, porque deja de lado algo esencial: que a Dios no podemos ocultarle nada, que Él “ya nos ha pillado” porque de lejos penetras mis pensamientos (cfr. Sl 138), porque Él ve en lo secreto (cfr. Mt 6, 4) y todo está patente y descubierto a los ojos de Aquél a quien hemos de rendir cuentas (Hb 4, 13).

No se trata de vivir con miedo desde una imagen de Dios como el “Ojo en el cielo que todo lo ve” y guardar una fidelidad puramente formal por temor al castigo, mientras en nuestro interior seguimos deseando poder ser infieles “mientras no nos pillen”. Se trata de vivir contentos sabiéndonos en presencia de Dios en todo momento, porque Él nos estimula a “ser” verdaderamente fieles en lo poco de nuestra vida cotidiana, porque es lo mejor para nosotros, para los demás y para el mundo entero.