Vísperas – Lunes XXV de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

LUNES XXV TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Hora de la tarde,
fin de las labores.
Amo de las viñas,
paga los trabajos de tus viñadores.

Al romper el día,
nos apalabraste.
Cuidamos tu viña
del alba a la tarde.
Ahora que nos pagas,
nos lo das de balde,
que a jornal de gloria
no hay trabajo grande.

Das al vespertino
lo que al mañanero.
Son tuyas las horas
y tuyo el viñedo.
A lo que sembramos
dale crecimiento.
Tú que eres la viña,
cuida los sarmientos

SALMO 10: EL SEÑOR, ESPERANZA DEL JUSTO

Ant. El Señor se complace en el pobre.

Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
«Escapa como un pájaro al monte,
porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?

Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo odia.
Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.

Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor se complace en el pobre.

SALMO 14: ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA: Col 1, 9b-11

Conseguid un conocimiento perfecto de la voluntad de Dios, con toda sabiduría e inteligencia espiritual. De esta manera, vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificaréis en toda clase de obras buenas y aumentará vuestro conocimiento de Dios. El poder de su gloria os dará fuerza para soportar todo con paciencia y magnanimidad, con alegría.

RESPONSORIO BREVE

R/ Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.
V/ Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

R/ Yo dije: Señor, ten misericordia.
V/ Porque he pecado contra ti.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.
Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.

PRECES

Demos gracias a Dios, nuestro Padre, que, recordando siempre su santa alianza, no cesa de bendecirnos, y digámosle con ánimo confiado:

Trata con bondad a tu pueblo, Señor

Salva a tu pueblo, Señor,
— y bendice tu heredad.

Congrega en la unidad a todos los cristianos,
— para que el mundo crea en Cristo, tu enviado.

Derrama tu gracia sobre nuestros familiares y amigos:
— que difundan en todas partes la fragancia de Cristo.

Muestra tu amor a los agonizantes:
— que puedan contemplar tu salvación.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Ten piedad de los que han muerto
— y acógelos en el descanso de Cristo.

Terminemos nuestra oración con las palabras que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Nuestro humilde servicio, Señor, proclame tu grandeza, y, ya que por nuestra salvación te dignaste mirar la humillación de la Virgen María, te rogamos nos enaltezcas llevándonos a la plenitud de la salvación. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

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Lectio Divina – Lunes XXV de Tiempo Ordinario

Nadie enciende una lámpara y la pone debajo del celemín

1.-Oración-Introductoria.

Hoy, Señor, te pido en esta oración, que mi vida esté iluminada por tu luz. Tú eres la “luz del mundo”. Tú quieres que este mundo esté iluminado por tu luz. Todo pecado es oscuridad. Y Tú me mandas ir  a quitar del mundo las sombras de la mentira,  del egoísmo y de la ambición.  Pero yo no puedo iluminar si antes no he sido iluminado por Ti. Señor, que tu luz me haga ver la luz,

2.- Lectura reposada del Evangelio: Lucas 8, 16-18

En aquel tiempo Jesús dijo a la muchedumbre: «Nadie enciende una lámpara y la cubre con una vasija, o la pone debajo de un lecho, sino que la pone sobre un candelero, para que los que entren vean la luz. Pues nada hay oculto que no quede manifiesto, y nada secreto que no venga a ser conocido y descubierto. Mirad, pues, cómo oís; porque al que tenga, se le dará; y al que no tenga, aun lo que crea tener se le quitará».

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión.

Cristo es “la luz del mundo” (Jn. 8,12). Y este mundo debe estar iluminado por esta luz. Esta luz no es patrimonio de unos pocos sino de todos: los cristianos, los musulmanes, los budistas, los ateos. “De su plenitud todos hemos recibido” (Jn. 1,16). Nosotros, los cristianos, hemos sido llamados para difundir esta luz, para llevarla hasta los últimos rincones del mundo. Pero nadie puede iluminar si antes él no ha sido iluminado; nadie puede incendiar si antes él no arde por dentro. De San Juan Bautista Jesús hizo este elogio: “Era una lámpara que ardía y lucía” (Jn. 5,35). ¿Qué elogio haría Jesús de nosotros hoy? ¿Somos personas transparentes, entusiastas, gozosas con lo que llevamos entre manos? ¿O estamos fríos, tibios, apagados? Si esta es nuestra situación, ¿Podemos decir a Cristo que puede contar con nosotros? En la primera comunidad de los cristianos se acuñó esta palabra griega: “parresía”. Y esto significa: decir lo que hay que decir, venciendo el miedo. ¿Tenemos miedo a decir la verdad? ¿Guardamos la luz debajo del celemín? Si nosotros ofrecemos un cirio al Señor o a la Virgen, queremos que se encienda y no se apague, ni que lo retiren al poco de haber sido encendido. Queremos que se consuma hasta el final. Dios nos ha puesto a todos nosotros como “cirios encendidos” ¿Seguimos encendidos? ¿Nos cansamos de brillar? ¿O estamos ya apagados?

Palabra del Papa

“Esta asamblea brilla en los diversos sentidos de la palabra: en la claridad de innumerables luces, en el esplendor de tantos jóvenes que creen en Cristo. Una vela puede dar luz solamente si la llama la consume. Sería inservible si su cera no alimentase el fuego. Permitid que Cristo arda en vosotros, aun cuando ello comporte a veces sacrificio y renuncia. No temáis perder algo y quedaros al final, por así decirlo, con las manos vacías. Tened la valentía de usar vuestros talentos y dones al servicio del Reino de Dios y de entregaros vosotros mismos, como la cera de la vela, para que el Señor ilumine la oscuridad a través de vosotros. Tened la osadía de ser santos brillantes, en cuyos ojos y corazones reluzca el amor de Cristo, llevando así luz al mundo. Confío que vosotros y tantos otros jóvenes aquí en Alemania sean llamas de esperanza que no queden ocultas. «Vosotros sois la luz del mundo». Dios es vuestro futuro. Amén”. Benedicto XVI, 24 de septiembre de 2011.

4.- Qué me dice hoy a mí esta palabra que acabo de meditar. (Guardo silencio)

5.- Propósito: Hoy miraré con buenos ojos a todas las personas, también a los que no creen, también a los emigrantes.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, gracias porque en este rato de oración he aprendido que no basta ser luz, hay que alumbrar; ni basta estar bautizado, hay que dar testimonio; ni basta encender el cirio de la vida y apagarlo cuando me parece; hay que tenerlo siempre encendido. Ayúdame, Señor, a ser consecuente con mi fe.

Comentario – Lunes XXV de Tiempo Ordinario

Lc 8, 16-18

Jesús decía a sus discípulos: «Nadie enciende una lámpara para cubrirla con una vasija o ponerla debajo de la cama...» Se dice a veces, y es verdad, que la mentalidad moderna se ocupa mucho de rendimiento y de eficacia. Pero en todo tiempo el hombre ha buscado el rendimiento máximo para sus empresas: es una característica del hombre creado por Dios. Sí, dice Jesús, cuando se enciende una lámpara se la coloca en el lugar más adecuado para que alumbre al máximo.

Se la pone sobre un candelero, para que los que entran vean la luz.

Me gusta, Señor, descubrir que eres una persona práctica y procuras la eficacia.

En medio de ese mundo moderno tan apegado al rendimiento, ayúdanos a comprender ese valor humano, que tan firmemente recomienda el evangelio.

¡Dar fruto en abundancia, si es un árbol!

¡Dar ciento por uno, si es una semilla!

¡Iluminar todo el entorno, si es una lámpara!

Pero cuidado a no aplicar esta exigencia… a los demás solamente.

Yo, en mi vida ¿tengo una verdadera solicitud por «hacer que la luz rinda» al máximo su resplandor y claridad?

Pues nada hay oculto que no quede manifiesto, y nada secreto que no llegue a ser conocido y manifiesto.
San Lucas cita esta parábola como una especie de conclusión al discurso de Jesús: es ciertamente la «Palabra de Dios» esa luz que hay que colocar y presentar en su máximo valor.

¿Tengo yo esa solicitud?

Jesús piensa en sus propias palabras: cuando las pronuncia ante el pequeño auditorio de sus primeros discípulos, sabe que son aún como una luz «escondida», pero Jesús entrevé el día en el cual el evangelio será proclamado «a plena luz». ¿Procuro que mi vida y mis palabras, en ocasiones oportunas, sean evangelizadoras?

¿Guardo mi fe solamente como un «secreto» personal? ¿Considero mi religión como un «asunto privado»? ¿Se sabe, a mi alrededor que soy cristiano que amo a Dios y a todos los hombres mis hermanos, como Cristo nos enseña? ¿Por medio de qué signos visibles, se traduce exteriormente mi Fe?

Estad atentos al modo como escucháis y aprendéis…

Hay que «ser luz» antes de querer alumbrar a los demás; porque esa luz, que es divina, hay que recibirla primero. «Estad atentos… escuchad…» Hay muchos modos de escuchar. La calidad de la luz depende de esa disposición. En un aula de alumnos, en un grupo que escucha una conferencia, hallamos todos los grados de recepción. Algunos asistentes están soñolientos, distraídos y no retendrán nada de lo que se ha dicho. Otros están allí, ávidos, activos, los ojos fijos en el que habla, la inteligencia despierta, el bolígrafo en la mano sobre el bloc de notas, dispuestos a contestar, si se hace una pregunta…

¿Cuál es mi avidez por la luz, por la Palabra de Dios? ¿Cómo me esfuerzo para conocerla mejor? ¿Cuánto tiempo le dedico? ¿Con qué atención? ¿Cuál es el rendimiento de mi atención?

Porque al que tenga se le dará; y al que no tenga, aun lo que crea tener se le quitará…

Sí, es una verdad popular, de experiencia: se pierden los dones que no se hacen fructificar… se atrofian los músculos que no se hacen actuar… se apaga poco a poco la Fe que no se lleva a la práctica.

Noel Quesson
Evangelios 1

Se abre un abismo inmenso

Ver o no ver. Los coprotagonistas de la parábola

La parábola marca muy bien las diferencias situacionales del rico y Lázaro, los dos coprotagonistas. Los vestidos de lujo, ostentación y festejos del rico, dejan de manifiesto que Lázaro debía de ir poco bien vestido al dejar a la vista sus heridas repugnantes; las fiestas y disfrutes del rico, son desconocidos por Lázaro; contrasta la mansión del rico, mientras que Lázaro está tumbado a su puerta, así como sus nombres: el rico no tiene nombre, no tiene compasión, no tiene identidad, mientras que Lázaro significa, “Dios me ayuda” y no digamos ya sus actitudes: el rico no necesita de nadie, ni de Dios, se siente seguro, es inconsecuente porque sus riquezas le han cegado y no ve, mientras que Lázaro está enfermo, tiene hambre y es ignorado, excluido, nadie la ayuda, pero espera en su Dios.

En las parábolas de la misericordia, de la compasión hay un denominador común: EL VER o NO VER. El buen samaritano vio al herido y actúo, el sacerdote y el levita le vieron, pero dieron un rodeo; el padre, ve venir al hijo pródigo y se alegró, mientras que el hijo mayor cuando vio venir a su hermano, protestó y exigió; Jesús ve a los discípulos y los llama, ve a la multitud y se conmueve como cuando Yahvé ve la esclavitud de su pueblo en Egipto, le duele a él mismo, se solidariza en el dolor y se alía con él.

La realidad de la vida

Depende donde estemos situados para ver las cosas y las personas de distinta manera. Cuando estamos satisfechos y bien, pensamos que todo el mundo está así o, mejor, ni pensamos cómo están los demás, nos da igual. Perder la tensión por los hermanos, la sensibilidad por el reino de Dios es desfondarnos, es colocar una barrera que, siendo invisible, a la vez es infranqueable, hasta tal punto que nos aísla para no ver al otro. La riqueza obstaculiza el hacer un mundo más justo y, es peor todavía, si el rico se siente a gusto con esa distancia que produce.

Realidad de la muerte en la vida misma

El rico es enterrado con todo lujo de detalles y solemnidad y va al reino de la muerte, pero es juzgado no por ser rico, sino por su indiferencia, por no compartir, por ignorar, por su ceguera e insensibilidad nada más salir de su casa, de sus refugios. Nada se dice de Lázaro, fue llevado por los ángeles sin funeral ni nada.

Nuestra realidad

Somos ricos y lázaros conviviendo en la misma sociedad y hasta en la misma comunidad, familia y persona. Situados a un lado o a otro vemos claro u oscuro. Si tenemos trabajo, cariño, compañía, vida autónoma, todo resuelto nos parece que no existen los de la otra orilla. Nuestra instalación o acomodación nos hace perder la perspectiva y tensión por otras personas. El poder excluyente y deshumanizador de las riquezas o talentos cambian nuestra realidad.

No falta incluso nuestra apreciación al ver a los de la otra orilla como algo normal, pues son víctimas que se han ganado su situación por holgazanes, atrevidos que sufren las consecuencias hirientes y escandalosas a causa de su dejadez. Bien es cierto que hay situaciones causadas por el fracaso de sistemas político o sociales (paro, guerras, mala distribución de las riquezas…), pero en ello va incluido el fracaso de cristianos que satisfacemos nuestras necesidades sin compartir (aunque demos limosnas), que compramos y gastamos más de la cuenta o en lo que no es necesario

Imposible vivir en la apatía, sin sensibilidad ante el sufrimiento. Podemos evitar el contacto directo con los sufrimientos (Lázaros) y creer que la aflicción del dolorido no nos afecta, distrayéndonos de ello. Incluso, podemos implicarnos, porque es más fácil cuando el dolor está lejos, pero lo que hacemos es reducir el dolor a mínimos o a estadísticas y ya está. Es lo que sucede cuando contemplamos en los medios de comunicación realidades sangrantes, haciéndolas más soportables. Nunca podremos ocultar algo que llevamos dentro, que nos constituye como humanos: el reconocer las necesidades comunes que tenemos todos.

No abrir abismos insalvables:ni familiares (padres-hijos); ni comunitarios, ni sociales. Como instrumento necesario para evitarlos, usar la comunicación, el acercamiento concreto de la compasión, no bastan las limosnas. Nuestra felicidad está en nosotros mismos, no en las riquezas y sus esclavitudes. Ya que el Señor es nuestra riqueza, somos libres ante otras riquezas, pues aun siendo bendiciones, es más cristiano no dejarnos anestesiar por ellas, sino dominarlas.

Los socavones en la vida cristiana están motivados por la falta de comunicación en su mayoría de veces, por envidias, celos, malos entendidos, comunicaciones que enreda el diablo, encumbrándonos y creyéndonoslo; otras veces los conflictos personales nos aíslan y autoexcluimos de la convivencia; sin olvidar cuando nos asociamos por conveniencia para luchar contra no se quien ni qué.

La escucha de la Palabra de Dios (“escuchar a Moisés y los profetas”). El interés del rico para que sus hermanos no corran por los mismos caminos que él se resuelve con la escucha de la Palabra, con los contravalores vividos y propuestos por Jesús en el evangelio. El evangelio regenera y su fuerza salvadora crea puentes de encuentro por encima del tiempo y de los gustos personales. Si, además, lo celebramos en la Eucaristía, banquete de todos los hijos, donde nos necesitamos y entendemos que las necesidades de los demás son demandas proféticas, pues es urgente aliviar el dolor de los sufrientes, como lo hizo Jesús.

Fr. Pedro Juan Alonso O.P.

Lc 16, 19-31 (Evangelio Domingo XXVI de Tiempo Ordinario)

¡Construyamos el cielo como Dios quiere, no el infierno!

El evangelio de Lucas cierra el famoso capítulo social que el domingo pasado planteaba cuestiones concretas para los cristianos, como el amor al dinero o a las riquezas y la actitud que se debe mantener (Lc 16). Se cierra con la famosa parábola del pobre Lázaro y el rico epulón, que es lo opuesto a la parábola con la que se abría el mismo. El rico epulón es el motivo para poner de manifiesto, en la mentalidad de Lucas, lo que espera a los que no son capaces de compartir sus riquezas con los pobres. Y no ya solamente dando limosnas, sino que la parábola es mucho más concluyente: la situación de Lázaro se produce por la actitud del que se viste de púrpura y lino y celebra grandes fiestas. Esta narración parabólica da mucho de sí para hablar, hoy más que nunca, de las diferencias sociales; del empobrecimiento mundial, de la deuda que muchos pueblos del Tercer y Cuarto mundo no pueden soportar. Y se hablará, incluso, del “infierno” que muchos se merecen… Veamos algunos aspectos.

La culpabilidad del rico siempre está en oposición a alguien que vive miserablemente y a quien él debería haber sacado de ese mal. De ahí que la figura de Lázaro, el pobre, aparezca en toda la narración como punto de referencia del rico, no solamente mientras están los dos en este mundo, sino muy especialmente en el más allá. Cuando el rico vive su situación de desgracia, ya irreversible según la ideología del texto, pide y ruega que Lázaro le refresque su lengua con la punta de sus dedos (v. 24); o que se le mande para que advierta a sus hermanos (v. 27). ¿Es un adorno literario, pasivo, para confirmar lo que se ha definido en el v.25? Es mucho más que eso. No intentemos definir el “infierno” al pie de la letra de la narración, con llamas o algo así: ¡sería una equivocación teológicamente imperdonable! Consideramos que se quiere poner el dedo en la llaga como conciencia crítica expresada de una forma semiótica por la figura del pobre, que tiene un nombre propio, a quien él debería haber liberado. Y es que la riqueza en sí no es neutra, ni se recibe nunca como bien discriminatorio, como muchos defendían en la mentalidad del judaísmo del tiempo de Jesús y del cristianismo primitivo.

La acumulación de riquezas es injusta; pero es más injusta todavía cuando al lado (y hoy, al lado, por los medios de comunicación, son miles de kilómetros) hay personas que ni siquiera tienen las migajas necesarias para comer. A nosotros nos parece que la culpabilidad de los ricos (o de los pueblos ricos) que se comportan frente a los miserables como el de nuestro ejemplo está absolutamente presente desde el principio al final de la narración, y esto sin recurrir a una alegorización excesiva de la misma. Pero no deja de ser curioso que el rico ni siquiera tiene nombre. Es un rico sin nombre… ¡qué curioso!. En la parábola, por el contrario, quien tiene nombre propio es Lázaro. No es eso lo que sucede precisamente en nuestro mundo de relaciones sociales injustas. Los ricos salen en todos los periódicos y hablan de ellos todas las revistas financieras y del corazón. Y además, el rico sin nombre bien que sabe el nombre que tiene el pobre: ¡Lázaro!, signifique lo que signifique (Eleazar, en hebreo significa “Dios es mi ayuda”). ¡Todo esto da que pensar en la parábola que Jesús ha inventado, no solamente de una historia, sino de muchas historias reales!

El rico es culpable frente a Lázaro, no frente a los pobres en general, que siempre puede ser una excusa; frente a una persona con nombre propio que se ha encontrado en su vida. Eso, desde luego, no quita que también se pueda hablar de la esperanza de los pobres frente al Dios justo, aquí representado por Abrahán. El abismo, pues, entre los ricos y los pobres, según Lucas quiere poner de manifiesto, puede y debe cambiarse en el presente. El futuro se hace en el presente y quien sabe cambiar su presente, cambia también el futuro. Este es el objetivo final también de la narración sobre el rico epulón y el pobre Lázaro, como lo era del administrador de la injusticia que supo repartir el dinero acumulado de su señor para hacerse amigos; no se lo guardó para él. Pero los que usan las riquezas sólo para sí… se están cerrando el futuro.

Fray Miguel de Burgos Núñez

1Tim 6, 11-16 (2ª lectura Domingo XXVI de Tiempo Ordinario

Perseverancia en la fe, como confianza

El texto de la carta a Timoteo es una llamada a la lucha por la fe. El hombre piadoso, religioso, sabe que en este mundo, mantener la fe, no es fácil, porque las cosas de Dios y del evangelio no se imponen por sí mismas. Otros dioses, otros poderes, roban el corazón de los hombres y es necesario mantener la perseverancia. Pero esta virtud no es la cerrazón en una ideología, sino la dinámica que nos abre al proyecto futuro de Dios. Este mundo tiene que ir consumándose en la justicia, en la solidaridad, en el amor…hasta que llegue la manifestación de la plenitud de Dios, que nos ha revelado Jesucristo.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Am 6, 1-7 (1ª lectura Domingo XXVI de Tiempo Ordinario)

La justicia, ahora, tiene que ver con nuestra felicidad futura

Una de las “invectivas” más fuertes y acres del profeta Amós es ésta que se lee en este domingo y que nos recuerda las situaciones más escandalosas de la sociedad de consumo. El profeta de la justicia social sabe advertir contra aquellos que se refugian en un “boom económico” como está viviendo en esos instantes el reino del Norte, Israel, cuya capital, Samaría, era muy lujosa. Una sociedad de consumo es bien injusta desde todos los puntos de vista: los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres en la medida en que el lujo, el dinero, el poder, es sólo de unos pocos. El profeta no callará.

Pero vemos que el profeta no pretende pedir apretarse el cinturón ante una crisis que se avecina; el problema es más de raíz: el pueblo elegido tiene que vivir según los criterios de Dios que pide la justicia y la igualdad para todos. Su ideología no es la de un hombre desfasado, sino la de aquél que siente que Dios no puede soportar la irresponsabilidad humana. Llegará, como llegó, la crisis, la destrucción por medio de la gran potencia Asiria. La injusticia trae destrucción; siempre ha sido así. La conciencia crítica de los profetas es una alerta siempre necesaria. Molestan nuestra comodidad, pero son imprescindibles para nuestra conciencia adormecida.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Comentario al evangelio – Lunes XXV de Tiempo Ordinario

Regla de las 10.000 horas

La «Regla de las 10.000 horas», que hizo famosa Malcolm Gladwell en su libro Outliers, puede ayudarnos a entender lo que quiere decir Jesús cuando afirma: «A quien produzca se le dará más; pero a quien no produzca, se le quitará incluso lo que parece tener». Basándose en sus estudios sobre personas de alto rendimiento, Gladwell concluye que si uno practica una habilidad durante unas 10.000 horas, puede convertirse en un experto en ella. Aunque recientes investigadores han encontrado agujeros en sus conclusiones y han argumentado que la práctica es uno de los muchos elementos que contribuyen al éxito, nadie puede negar que la práctica es uno de los elementos más significativos. Si no utilizas una habilidad, la pierdes. Cuanto más utilices la habilidad, más hábil te volverás. Lo mismo ocurre con los dones espirituales y los frutos del Espíritu: Cuanto más los practiques, más de ellos tendrás.

Paulson Veliyannoor, CMF

Meditación – Lunes XXV de Tiempo Ordinario

Hoy es lunes XXV de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 8, 16-18):

En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «Nadie enciende una lámpara y la cubre con una vasija, o la pone debajo de un lecho, sino que la pone sobre un candelero, para que los que entren vean la luz. Pues nada hay oculto que no quede manifiesto, y nada secreto que no venga a ser conocido y descubierto. Mirad, pues, cómo oís; porque al que tenga, se le dará; y al que no tenga, aun lo que crea tener se le quitará».

Hoy recordamos que Jesucristo se presentó como «luz del mundo». Es tarea de la «Doctrina social de la Iglesia» proyectar esta luz sobre el mundo, impregnando de un modo efectivo los corazones de los hombres y las estructuras terrenales. Esta enseñanza social de la Iglesia es «caritas in veritate in re sociali», anuncio de la verdad del amor de Cristo en la sociedad. 

Dicha doctrina es servicio de la caridad, pero en la verdad. El desarrollo, el bienestar social, una solución adecuada de los graves problemas socioeconómicos que afligen a la humanidad, necesitan esta verdad. La fe cristiana se ocupa del desarrollo, no apoyándose en privilegios o posiciones de poder, sino sólo en Cristo, al cual debe remitirse toda vocación auténtica al desarrollo humano integral. El Evangelio es un elemento fundamental del desarrollo porque, en él, Jesucristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre.

—Señor, precisamente porque tú pronuncias el «sí» más grande al hombre, yo no puedo dejar de abrirme a la vocación divina para realizarme.

REDACCIÓN evangeli.net

Liturgia – Domingo XXV de Tiempo Ordinario

LUNES DE LA XXV SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de feria (verde)

Misal: Cualquier formulario permitido, Prefacio común.

Leccionario: Vol. III-par

  • Prov 3, 27-34. El Señor detesta al perverso.
  • Sal 14. El justo habite en tu monte santo, Señor.
  • Lc 8, 16-18. La lámpara se pone en el candelero para que los que entren vean la luz.

Antífona de entrada          Sal 118, 137. 124
Señor, tú eres justo, tus mandamientos son rectos. Trata con misericordia a tu siervo.

Monición de entrada y acto penitencial
Hermanos, comencemos la celebración de los sagrados misterios guardando silencio en nuestro corazón, y poniendo nuestra vida en manos de Dios, que es nuestro auxilio y liberación, pidámosle que venga en nuestra ayuda y se de prisa en socorrernos, pidiéndole humildemente perdón por nuestros pecados.

• Señor, salvador nuestro. Señor, ten piedad.
• Cristo, redentor nuestro. Cristo, ten piedad.
• Señor, mediador nuestro. Señor, ten piedad.

Oración colecta
OH, Dios, por ti nos ha venido la redención
y se nos ofrece la adopción filial;
mira con bondad a los hijos de tu amor,
para que cuantos creemos en Cristo
alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Elevemos, hermanos, fervientes oraciones a Dios, nuestro Padre.

1.- Para que proteja y guíe a su Iglesia santa. Roguemos al Señor.

2.- Para que el Señor llene de su gracia a los obispos, sacerdotes y ministros. Roguemos al Señor. 

3.- Para que conceda a todo el mundo la justicia y la paz. Roguemos al Señor.

4.- Para que socorra a los que están en algún peligro. Roguemos al Señor. 

5.- Para que a nosotros mismos nos conforte y conserve en su servicio. Roguemos al Señor.

Te pedimos, Dios de bondad, que te muestres favorable a las oraciones de los que te suplican. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
OH, Dios,
autor de la piedad sincera y de la paz,
te pedimos que con esta ofrenda veneremos dignamente tu grandeza
y nuestra unión se haga más fuerte
por la participación en este sagrado misterio.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Mt 10, 39
El que pierda su vida por mí, la encontrará para siempre, dice el Señor.

Oración después de la comunión
CONCEDE, Señor, a tus fieles,
alimentados con tu palabra
y vivificados con el sacramento del cielo,
beneficiarse de los dones de tu Hijo amado,
de tal manera que merezcamos
participar siempre de su vida.
Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.