Los perros le lamían las llagas

Los protagonistas de la parábola

A primera vista esta parábola establece una especie de ley de compensación: el que en esta vida recibe bienes en la otra lo pasará mal, y el que lo pasa mal en esta vida, en la otra lo pasará bien. Nada más lejos de la realidad. Ni el rico es malo por ser rico, ni el pobre es bueno por ser pobre. Cada uno labra su propio futuro.

La parábola, pues, presenta a dos personas. Una innominada, se llama el rico por su afán de comer bien. El otro tiene nombre propio, Lázaro, que significa ayudado de Dios.

Del rico no se dice que maltrata al pobre, que lo echa a patadas, que lo apalea. Nada de eso. Simplemente lo ignora, no lo ve ni se da cuenta de que existe. Todo él está inmerso en los manjares, en el vino, en la música; no se da cuenta ni de sus hermanos. Sus perros tienen mejores ojos que él y reconocen en Lázaro un ser necesitado. Y le cuidan como hace un perro con otro perro. Esos perros son más compasivos que su amo.

Un rico especialista en vivir para sí

El rico, en resumen, no es más que uno de tantos egoístas, que no vive más que para sí, sin ojos para la necesidad de los demás. Por eso, a nadie le interesan sus problemas, sus enfermedades, su familia, sus hermanos… Se le deja solo, en la soledad que él eligió absorbido por el placer, el dinero o el poder. No se acuerda de sus hermanos, como para acordarse de Abrahán o de Dios. Nada le importa hasta que se encuentra en la absoluta soledad de la muerte. Necios llama Dios a estos hombres, preocupados por acumular riquezas y despreocupados del destino de su vida. El beber y el comer han cerrado sus ojos. Toda su preocupación es el número de platos, el número de cuenta, el número del examen de su vida… Y ya es tarde. Toda una vida, afanado en buscar una solución falsa, un número engañoso, toda una vida perdida.

Cuando ya no hay tiempo para más y las riquezas no sirven

Al otro lado del abismo, es tarde para darse cuenta de que necesitó de Lázaro, de Abrahán, de Dios; tarde para ocuparse de unos hermanos que banquetearon con él, que se sentaron en los mismos consejos de administración y, tal vez, tomaron medidas injustas para con los demás. Si ni los hombres ni Dios, pudieron abrirle los ojos, tampoco un resucitado servirá para nada. Ya es tarde, el examen ha terminado.

Esta es la convicción profunda de Jesús. La riqueza no hace crecer al hombre, sino que lo destruye y deshumaniza, pues lo va haciendo indiferente, apático e insolidario ante la desgracia ajena.

Isidro Lozano

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Lectio Divina – Viernes XXV de Tiempo Ordinario

¿Quién dice la gente que soy yo?

1.- Oración Introductoria.

Jesús, me impresiona la cantidad de veces que aparece en el evangelio que estabas “orando a solas”. Tenías necesidad de apartarte, de separarte incluso físicamente de todo y de todos, para “abismarte” en ese mar infinito del amor del Padre. Desde esa experiencia, se explica todo: la cercanía con todas las personas, especialmente con aquellas que, por cualquier motivo o prejuicio, se sienten lejos de ese Padre. Gracias por esas experiencias tuyas tan maravillosas.

2.- Lectura reposada del evangelio: Lucas 9, 18-22

Un día en que Jesús oraba a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos le respondieron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado». «Pero ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro, tomando la palabra, respondió: «Tú eres el Mesías de Dios». Y él les ordenó terminantemente que no lo dijeran a nadie. «El Hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día».

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Para el evangelista Lucas, cuando Jesús quiere decir o hacer algo importante, siempre lo hace en “clima de oración”. Aquí se nos dice: “Jesús oraba a solas”. ¿Nos hemos detenido alguna vez en pensar en esos ratos largos de oración de Jesús a solas? Normalmente lo hacía en la montaña, “cuando todavía era muy oscuro” (Mc. 1,35). Y tal vez el no habernos detenido en algo tan esencial para Jesús, ha servido para que el verdadero rostro del Padre lo hayamos desdibujado. Porque el resultado de esa oración inefable y misteriosa de Jesús con el Padre, Jesús lo condensa en una palabra ABBA. Este es el gran mensaje de Jesús: que nuestro Dios es un Papá maravilloso. Cuando Jesús nos invita a decir Abbá no sólo quiere enseñarnos a orar sino que quiere que vivamos esa experiencia inefable que Él tiene con el Padre. Sólo desde esa experiencia, Jesús se atreve a preguntarnos por su persona. Sólo aquel que haya vivido una experiencia de cariño y de ternura con ese Abbá, está capacitado para responder por la figura de Jesús. Se equivocó Pedro, aunque le dijo que era “El Mesías”. Estaba pensando en otro tipo de “mesianismo”. Y nos equivocamos todos si no estamos en la onda con Jesús. ¿Quién es Jesús? El amado del Padre, el enamorado del Padre, el entusiasmado por ese Padre, el identificado con ese Padre, el que sólo tiene una ocupación y preocupación: el que caigamos en la cuenta de todo lo que nos quiere y que no puede hacer otra cosa que querernos con infinito amor. Él está al tanto de todo y sólo quiere que nos abandonemos en Él.

Palabra del Papa  

“En el Evangelio del día retrata en la forma de testigo valiente a Pedro, el que a la pregunta de Jesús a los apóstoles: «¿quién decís vosotros que soy yo?», afirma: «Tú eres el Cristo» […]. Esta primera pregunta: ¿quién soy yo para vosotros, para ti? – a Pedro, solamente se entiende a lo largo de un camino, después de un largo camino, un camino de gracia y de pecado, un camino de discípulo. Jesús, a Pedro y a sus apósteles, no ha dicho ‘¡Conóceme!’ ha dicho ‘¡sígueme!’ Y este seguir a Jesús nos hace conocer a Jesús. Seguir a Jesús con nuestras virtudes, también con nuestros pecados, pero seguir siempre a Jesús. No es un estudio de cosas que es necesario, sino una vida de discípulo. Es necesario un encuentro cotidiano con el Señor, todos los días, con nuestras victorias y nuestras debilidades. Pero también es un camino que nosotros no podemos hacer solos. Y para ello es necesaria la intervención del Espíritu Santo. Conocer a Jesús es un don del Padre, es Él que nos hace conocer a Jesús; es un trabajo del Espíritu Santo, que es un gran trabajador. No es un sindicalista, es un gran trabajador y trabaja en nosotros siempre. Hace este trabajo de explicar el misterio de Jesús y de darnos este sentido de Cristo. Miramos a Jesús, a Pedro, a los apóstoles y sentimos en nuestro corazón esta pregunta: ‘¿quién soy yo para ti?’ Y como discípulos pedimos al Padre que nos dé el conocimiento de Cristo en el Espíritu Santo, que nos explique este misterio”. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 20 de febrero de 2014, en Santa Marta).

4.- Qué significa hoy para mí este texto que acabo de meditar. (Silencio).

5.- Propósito: Me preguntaré con toda sinceridad; ¿Qué supone Jesús hoy para mí? ¿Es algo o es alguien? Y si alguien. ¿es el centro de mi vida?

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora le respondo con mi oración.

          Me encanta, Señor, que todos los días comience mi Lectio con una oración y termine con otra. La lectura de la Palabra de Dios debe estar impregnada de oración. Muchas veces, Señor, me he atrevido a hablar, a predicar, sin haber orado. ¡Cuánta palabra de Dios malograda! Te pido perdón. Pero todavía tengo tiempo para rectificar. Quiero rezar tu palabra y hablar desde esa riqueza interior.

Antes que la caridad está la justicia

1.- San Pablo en la Primera Carta a Timoteo anima a la práctica de varias virtudes: la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Es curioso, pero la primera de todas es la justicia. No hay caridad (amor) sin justicia, la piedad desligada de la justicia puede ser falsa, la fe que no se traduce en obras está muerta, la paciencia y la delicadeza no son enemigas de la denuncia y del compromiso solidario con los oprimidos.

2.- ¿Cómo podríamos hacer una adaptación actual de la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro? Puede ser ésta: En un país de África, en una zona devastada por la guerra y la sequía, vivía un pobre hombre que se moría de sed y de hambre. Su aspecto escuálido apareció un día en el telediario. Era una imagen desagradable que «estropeaba» la opípara comida que cada día disfrutaba la familia. Tras las imágenes de la orgía disoluta de la «gente del corazón», parecía de mal gusto que las agencias internacionales sirvieran esta escena. Nadie sabía donde estaba exactamente ese país, pues África es un continente desconocido para la gran masa. Y ya se sabe… lo que no sale en los medios de comunicación, no existe. Pero ese día la noticia produjo un escalofrío en todos los miembros de la familia. Pero duró sólo un instante, pues a continuación entraba el presentador de la sección de deportes comentando la catástrofe que había ocasionado en el club de los galácticos la dimisión de su entrenador.

Durante más de diez minutos esta noticia y sus comentarios correspondientes ocupó la pantalla del televisor. La otra imagen, la del pobre desnutrido, pronto se borró de la memoria de toda la familia. No se volvió a saber nada de aquél hombre, pero la realidad es que murió unas horas después. Muchas familias lo vieron, pero sólo alguna reaccionó. ¿Qué les dirá nuestro Padre del cielo cuando lleguen a las moradas eternas? ¿Qué justificación a su indolencia podrán aducir todos aquellos que vieron el telediario? Seguro que el Padre abriría las puertas de su mansión a aquel pobre hombre.

3.- La parábola no invita a la pasividad, pues al fin y al cabo el hombre hambriento será acogido por el Padre. Las lecturas denuncian la desigualdad y el injusto reparto de las riquezas que es mayor cada día. ¿Cómo puede justificarse que el 1 % de la población rica posee más que el 57 % restante, o que las 358 personas más ricas del mundo disfruten de una renta superior a 2.600 millones de personas. Los bienes de la tierra están mal repartidos y esto es una injusticia sangrante. Dios quiso el destino universal de los bienes, que han sido creados por Dios para que puedan disfrutarlos todos los hombres.

Si en alguna parte del mundo hay hambre, entonces nuestra celebración de la Eucaristía queda de algún modo incompleta en todas partes del mundo. En la Eucaristía recibimos a Cristo hambriento en el mundo. El no viene a nosotros solo, sino con los pobres, los oprimidos, los que mueren de hambre en la tierra. Por medio de él estos hombres vienen a nosotros en busca de ayuda, de justicia, de amor expresado en obras. Como señaló en cierta ocasión el P. Arrupe, no podemos recibir dignamente el pan de Vida si al mismo tiempo no damos pan para que vivan aquellos que lo necesitan, sean quienes sean y estén donde estén. Porque el mundo es, hoy día, una aldea global en la que todos somos conciudadanos. ¿A qué me comprometo yo cuando recibo la Sagrada Comunión? Es una pregunta exigente y vital. Y también apremiante. Quiera Cristo, a quien recibimos, dar a cada uno de nosotros la valentía para no rehusar este don de nosotros mismos, no echarnos atrás ante él, no ponerle límites. Ojalá seamos nosotros tan generosos con él, como él lo es con nosotros.

José María Martín OSA

Comentario – Viernes XXV de Tiempo Ordinario

Lc 9, 18-22

Un día, mientras Jesús estaba orando en un lugar solitario, estaban con El los discípulos…
Jesús se pone en oración siempre que va a suceder algo importante, cada vez que un viraje decisivo asoma en su vida humana.

Estamos siempre tentados de no tomarnos en serio esa oración, porque más o menos decimos: «pero, vamos a ver, era el Hijo de Dios ¿qué necesidad tenía de orar?…» O bien minimizamos la densidad de esa oración, reduciéndola a ser sólo un modelo para nosotros: «Jesús oró para enseñar a sus discípulos a hacerlo…» En fin nos aventuramos a refugiarnos en la «visión beatífica» y decimos: «siendo Hijo de Dios vivía continua y fácilmente en la contemplación íntima de su Padre, estaba en constante oración…»

Ahora bien, los momentos en los que Lucas afirma que Jesús oró, son, evidentemente, todos ellos momentos de gran tensión humana: la oración de Jesús era, humanamente, una oración real… pedía efectivamente la ayuda de su Padre a fin de tener la fuerza humana necesaria para poder realizar su misión… no representaba una farsa, realmente buscaba luz y valor.

Les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy Yo?» Contestaron ellos: «Juan Bautista. Otros, en cambio, que Elías, y otros un profeta de los antiguos, que ha resucitado.»

Encontramos de nuevo los mismos fenómenos de opinión pública.

Jesús les preguntó; «Y vosotros, ¿quién decís que soy?» Jesús les pide una respuesta personal. ¡Hay que tomar posición!

Pues no basta ir repitiendo las opiniones oídas, si uno no se compromete personalmente.

Jesús oró en primer lugar por esto: se encontraba ante la incertidumbre respecto de sus amigos. ¿Lo seguirían verdaderamente? ¿Vacilarían solamente, no dirían «ni sí ni no», como tantos contemporáneos?

Pedro contestó: «El Mesías de Dios.»

Se podría traducir por: «el Ungido de Dios», «el Cristo de Dios». Esto era lo que Jesús había ya afirmado al principio de su ministerio, cuando leyó, en la sinagoga de Nazaret, el pasaje de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha conferido la unción para llevar la buena nueva a los pobres» (Lucas 4, 18). Ahora Pedro, después de estar un año viviendo con Jesús, lo reconoce en nombre de los Doce. Sobre Jesús, sobre su persona, sobre su identidad profunda, sólo podemos atenernos a lo que Él nos ha revelado de sí mismo.

Señor, dinos «quién eres». Y concédenos tener plena confianza en ti.

Pero Jesús les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Lo hemos visto en San Marcos, los sueños populares sobre el Mesías eran demasiado políticos y revanchistas. Jesús no quería representar el papel de Mesías potente y victorioso. Pide que no se diga que Él es el Mesías… antes de la Pasión y Resurrección.

Y nosotros, ¿qué papel pedimos a Jesús?

¿Estamos dispuestos a seguirlo desinteresadamente?

Y añadió: «Es preciso que el Hijo del hombre padezca mucho, sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los letrados, sea ejecutado y resucite al tercer día.»

Jesús ha rezado también por todo esto: siendo consciente de que iba a desempeñar ese papel de «mesías sufriente» veía perfilarse su muerte sobre el horizonte de su juventud. Si habló de ello este día, inmediatamente después de la profesión de Fe de Pedro fue porque lo había estado pensando más en la oración que precedió al diálogo. En fin, probablemente Jesús oró también para que sus apóstoles no se quedaran demasiado vacilantes ante ese anuncio dramático. Señor, que esté seguro de que continúas orando por nosotros, para que nuestra Fe no vacile. Gracias

Noel Quesson
Evangelios 1

Recuerda tu pasado

1.- Tener buen corazón, y buenos sentimientos en él, es la clave de la felicidad y de la verdadera riqueza. Cuando uno pasa por la vida siendo rico Epulón “sin corazón”, sin recordar su pasado por camino de rosas y ajeno a los Lázaros que le rodean corre el riesgo de quedarse al margen de la felicidad que produce el vivir con menos cuando se comparte con los demás. Es bueno y ventajoso ir incorporando, en esos kilómetros de bendición que Dios nos ha concedido, a otros amigos nuestros a los que la suerte les dio la espalda.

¿Dónde está la felicidad? En el principio de los tiempos se reunieron varios demonios para hacer una de las suyas.

Uno de ellos dijo:

–Debemos quitarles algo a los hombres, pero, ¿qué?

Después de mucho pensar uno dijo:

–¡Ya sé!, vamos a quitarles la felicidad, pero el problema va a ser dónde esconderla para que no la puedan encontrar.

Propuso el primero:

–Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del mundo.

A lo que inmediatamente repuso otro:

–No, recuerda que tienen fuerza, alguna vez alguien puede subir y encontrarla, y si la encuentra uno, ya todos sabrán donde está

Luego propuso otro:

–Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar

Y otro contestó:

–No, recuerda que tienen curiosidad, alguna vez alguien construirá algún aparato para poder bajar y entonces la encontrará.

Uno más dijo:

–Escondámosla en un planeta lejano a la Tierra.

Y le dijeron:

–No, recuerda que tienen inteligencia, y un día alguien va a construir una nave en la que pueda viajar a otros planetas y la va a descubrir, y entonces todos tendrán felicidad.

El último de ellos era un demonio que había permanecido en silencio escuchando atentamente cada una de las propuestas de los demás. Analizó cada una de ellas y entonces dijo:

–Creo saber dónde ponerla para que realmente nunca la encuentren.

Todos se volvieron hacia él asombrados y preguntaron al mismo tiempo:

–¿Dónde?

El demonio respondió:

–La esconderemos dentro de ellos mismos, en su corazón, estarán tan ocupados buscándola fuera que nunca la encontrarán.

Todos estuvieron de acuerdo y desde entonces ha sido así: el eterno, moderno y actual Epulón, sigue viviendo en nosotros, desde el momento en que nos pasamos la vida buscando la felicidad sin saber que la llevamos consigo en las entrañas y cuando la ofrecemos cuando ponemos el corazón en los demás.

2.- Hay hombres y mujeres que nacen con estrellas y otros que viven en un constante accidente: estrellados.

**Existen hombres y mujeres que ponen toda su ilusión en la apariencia y en el tener frente aquellos otros que cabalgan en el lomo de la indigencia.

**Hay personas que cuidan su corazón como el mejor tesoro y el mejor espacio para ser felices. Otros, en cambio, prefieren los sueños palaciegos, el glamour de los títulos y el señorío del dinero que adultera y corrompe las entrañas de la humanidad.

3.- Ojalá sepamos cumplir con lo esencial y esforzándonos por escuchar lo que nos dicta el corazón: acoger a los demás fructifica en un no estar ya nunca solos, ahora en la tierra, y un día por, intereses acumulados, junto a DIOS.

No hay nada peor que un corazón embravecido y ensombrecido por las seducciones del día a día y de espaldas a tantas realidades no tan halagüeñas como las nuestras.

Curar y cuidar el corazón debe ser un objetivo de este recién iniciado curso, entre otras cosas, porque Dios no habla tanto por lo extraordinario cuanto en lo ordinario de cada día. Y, ahí, nosotros tenemos mucho que ver y otro tanto que hacer. ¿Lázaro o Epulón? ¡Ese es el permanente dilema para alcanzar y dar felicidad!

Javier Leoz

Tenían más dicha los perros

1.- Un profeta, Amós, que vivió siete siglos antes de Cristo, pero que se encuentra con una situación social muy parecida a la nuestra: Su voz no pertenece a los siglos perdidos; su voz se hace actualidad hoy. Un Cristo que nos cuenta una parábola tan terrible, de la suerte que se transforma del rico y el pobre en esta vida y en la otra; no es un cuentecito que Cristo contaba para endulzar los oídos de hace veinte siglos; es la amonestación seria de un Dios que nos dice para qué nos ha creado y cuál es el uso que hay que hacer de las cosas.

Aquí, el profeta Amós describe ese imperio de las tinieblas bajo el aspecto del lujo; esa vida muelle, qué bien la describe el profeta, a pesar de ser un pastor del desierto de Judea enviado contra su voluntad por el mismo Dios al reino del norte de Israel, donde bajo el imperio de Jeroboam II, una sociedad en bonanza, en paz, no sabe aprovechar este signo de la paz para adorar a Dios y agradecérselo, sino para hacer una vida muy lujosa.

“Os acostáis en lechos de marfil, tumbados sobre las camas. Coméis los carneros del rebaño y las terneras del establo“. Son esas terneras que se alimentan sólo de leche y naturalmente su carne es muy blandita y esto gusta a los sibaritas del norte; “Canturreáis al son del arpa, bebéis vinos generosos, os ungís con los mejores perfumes y no os doléis de los desastres de José“.

2.- Y Cristo en su parábola, como haciendo un eco a esa vida muelle señala: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino, y banqueteaba espléndidamente cada día“. Podrá preguntar el rico epulón y los ricos del norte de Galilea, y todos aquellos que se dan a la vida muelle, comodona: ¿Qué pecado hay en eso? Parece que no hay pecado. Y, el primero de los pecados es el haber subvertido el sentido de la propiedad. Como decían los paganos, definiendo la propiedad privada; “Jus utendi et abutendi“, derecho de usar y de abusar; si es mío, ¿por qué no voy hacer lo que me da la gana?

No, el derecho de propiedad tiene unos límites, los que señala aquí la lectura sagrada en san Pablo a Timoteo. Dios le da la vida a las cosas del mundo y tienes que ver para qué las ha creado Dios. Y si es cierto que la propiedad privada es un derecho, sin embargo tiene, una función social. Producir más sí, pero para el bien común. Los bienes que Dios ha creado para todos tienen que canalizarse por estructuras hacia al bien, hacia la felicidad de todos, y que no se dé este terrible contraste señalado por las lecturas de hoy: mientras él se banqueteaba, un pobre ni siquiera comía las migajas que caían de su mesa.

3.- Y aquí tenemos las consecuencias de esta vida muelle, los errores tremendos. Además de ese falso concepto de propiedad, lo más terrible es esto: Metaliza, hace insensibles a los hombres. Qué es lo que aquí denuncia Jesucristo cuando dice que mientras el rico se banqueteaba, Lázaro “estaba echado en su portal cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba. Hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas“ Tenían más dicha los perros, los cuales podían comer los mendrugos con que el rico se limpiaba sus manos o los platos y se los tira al perro, y el pobre siquiera eso quería y ni eso se le daba. O como dice la primera lectura, también, después de describir esas orgías; “Y no os doléis de los desastres de José“. José era la tribu que se consideraba como más pobre, más necesitada; y los necesitados de José, pues eran como la expresión de la pobreza suma, de la miseria. Mientras unos, pues tienen abundancia, son insensibles. Este es el pecado grave, la insensibilidad.

¿Por qué no compartir, como dicen los profetas, hasta nuestras pobrezas? Es una traición, según el profeta Amós, contra la alianza con Yahvé. Si Dios había hecho una alianza con este pueblo, “seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios“, pero con la condición de que se sintieran todos pueblo de Dios, hermanos unos de otros. Tanto era así que leemos una ley en el Levítico que “la tierra no puede venderse para siempre, porque la tierra es mía, ya que vosotros sois para mí como forasteros y huéspedes“. Era el concepto de los ricos de Israel de que ellos eran como renteros de Dios, como que Dios les había rentado unas tierras; la propiedad privada la consideraban a la luz de Dios y el pobre era el representante de Dios al que había que pagarle esa renta de la tierra. De allí que el rico y el pobre debían de sentarse a compartir juntos como dos limosneros. Dios le da limosna al rico y Dios, por el rico, le quiere dar limosna también al pobre.

4.- Qué hermoso sería este concepto bíblico de pobreza y riqueza. No es malo tener. Ojalá todos fuéramos ricos. Lo malo es la insensibilidad. Lo bello es que el que tiene dé, y comparta como hermano, como compañero de mendicidad con el pobre. Tú eres un mendigo. Yo también soy un mendigo; porque lo que tengo Dios me lo ha prestado, prestado. A la hora de la muerte tengo que devolvérselo todo. Compartamos pues, esto que es de mutuo regalo de Dios. Alabemos los dos al Señor. Como desaparecerían la violencia, los odios, las luchas de clase.

Dios ha dado a todos para que todos hagamos del mundo, creado por Dios para felicidad de todos, una antesala de ese reino de los cielos. La Iglesia es consciente de que en este mundo no tendremos un paraíso perfecto, pero sí, tenemos la obligación de reflejar en este mundo imperfecto, algo del reflejo amoroso de la eternidad. Y los cristianos que de veras vivimos la esperanza de ese cielo, debemos vivir esperando ese más allá, tratando de ganárnoslo precisamente haciendo la justicia y el amor en esta tierra.

Hay una relación bien directa, entre la esperanza de salvación del más allá de mi muerte y el trabajo presente temporal, y que nadie que sea injusto en esta tierra tendrá parte en el reino de los cielos, donde reina la justicia y el amor.

5.- Y estos dos episodios de Amós y de Jesucristo nos están diciendo, como los profetas, como la voz de Dios llegaba para anunciarles precisamente esa esperanza y para hacer a los hombres más justos, más humano, más comprensivos; porque además, y esto es más grave todavía, otra gran derivación del lujo, de ese abuso de propiedad privada, de ese afán de tener y de vivir cómodamente y no importarle nada el prójimo, esta otra insensibilidad mucho más horrorosa y trágica, la insensibilidad frente a Dios.

Oyeron el final de la parábola, cuando el rico desde el infierno, le pide al padre Abrahán que mande un profeta, un mensajero a sus cinco hermanos que todavía están en la tierra abusando de sus propiedades, para que se conviertan y no vayan a caer en ese lugar donde él ha tenido la desgracia de caer. Y la respuesta de Abrahán es terrible: “Allá tienen a Moisés y a los profetas“Allá tienen la Iglesia que predica; allá tienen sus predicadores de la justicia social y del reino de Dios, que los oigan. “No, padre Abrahán –dice aquél desde el infierno– si va un muerto, le atenderán mejor“. Y la respuesta es tremenda, cuando dice, al terminar la parábola: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto“. Qué terrible sentencia.

¿Cuál es el buen uso, pues, entonces, de las riquezas, de los bienes? En la segunda lectura de hoy, tenemos unas normas preciosísimas. Dice san Pablo a Timoteo, su discípulo, en primer lugar: “Siervo de Dios“. Tenemos que considerarnos así. Dios es el Señor y todas las cosas, dice san Pablo, han sido hechas por ese Dios que da la vida al mundo por medio de Jesucristo, que ha de volver a tomar cuenta a los hombres de cómo han manejado ese mundo creado por Dios. Es el “el único poseedor de la inmortalidad. Habita en una luz inaccesible y ningún hombre ha visto ni puede ver. A él, honor e imperio eterno“.

Cuando nuestra vida sea así, teocéntrica, Dios en el centro de mi vida y desde Dios derivar mis relaciones con los prójimos, desde Dios derivar el uso de las cosas que Dios ha creado, desde Dios, centro que ilumina mi ética, sería honrado, honesto, no diría la mentira, no distorsionaría las noticias, no calumniaría; porque sé que Dios me va a pedir cuentas. Desde Dios, y luego, desde allí, san Pablo deriva: “Practica la justicia, la religión, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Combate el buen combate de la fe“.

6. La escatología es lo final, la esperanza que nosotros esperamos, el más allá que en las lecturas de hoy queda bellamente iluminado. Como terminó la primera lectura de Amós, anunciando no un infierno del más allá, sino un infierno de esta tierra. Pocos años después de estas denuncias de Amós vino el imperio de Asiría y se cumplió esto que dice Amós en el último versículo de hoy: “Por eso irán al destierro a la cabeza de los cautivos. Se acabó la orgía de los disolutos“. De Dios nadie se ríe. Su ley imperará para siempre. Y este Dios, que es amor para nosotros, se convierte en justicia cuando no se ha sabido captar la invitación del amor. Por eso Dante, en la puerta del infierno, al describir en La Divina Comedia el infierno, dice esta palabra paradójica: “Amor mi fecce que mi fa parlare“, me hizo el amor que me hace hablar. ¿Es posible que el amor de Dios haya hecho el infierno? Aquí lo tenemos en la lectura de hoy, el amor de un enamorado menospreciado. Escojamos ser los pobres de Yahvé.

Antonio Díaz Tortajada

La misa del domingo

Luego de proponer a sus discípulos la parábola del administrador infiel e invitar a usar las “riquezas injustas” para ganar amigos en el Cielo, el Señor sentencia: «No pueden servir a Dios y al Dinero» (Lc 16,13). El apego a las riquezas necesariamente conduce a un desprecio de Dios, muchas veces sutil e inconsciente.

En seguida el evangelista comenta que al escuchar aquella enseñanza algunos fariseos «se burlaban de Él» (Lc 16,14). ¿Por qué reaccionan de ese modo? Porque, según explica San Lucas, ellos «eran amigos del dinero» (allí mismo). Como son “amigos del dinero” consideran que es un disparate total la oposición que el Señor establece entre Dios y el dinero. Además, como hombres dedicados al estudio de la Ley, probablemente fundamentan su amor a las riquezas con la misma Escritura: en el libro de Moisés estaba escrito que la prosperidad material era una bendición de Dios, un premio en la vida terrena a quien observaba fielmente los mandamientos divinos (ver Lev 26,3-5). Por tanto, ¿no era absurdo afirmar que el dinero era “injusto” y que la acumulación de las riquezas lo hacía a uno enemigo de Dios? Aquellos fariseos pensaban sin duda que el Señor desvariaba al enseñar semejante oposición.

La respuesta del Señor será dura: «Ustedes son los que se la dan de justos delante de los hombres, pero Dios conoce sus corazones; porque lo que es estimable para los hombres, es abominable ante Dios» (Lc 16,15). ¿Qué es estimable para los hombres? La riqueza, así como el hacerse amigo de hombres ricos. ¿Qué es abominable para Dios? La riqueza que se convierte en un ídolo para el hombre, volviéndose “injusta”.

El Señor afianza esta enseñanza con una parábola, que habla del destino final de un rico y de un pobre que está a su puerta. Ambos son hijos de Abraham, ambos son miembros de un mismo pueblo. Mientras el judío opulento no parece encontrar mejor uso para su dinero que banquetearse regaladamente todos los días con sus amigos, su hermano está echado a la puerta de su casa anhelando saciar su hambre con las sobras de la mesa del rico. Su situación de abandono y miseria absoluta no despiertan la atención ni la compasión del rico, que preocupado tan sólo de gozar de sus riquezas permanece indiferente e insensible ante el sufrimiento de Lázaro. El contraste que plantea el Señor en su parábola es muy fuerte.

Entre ricos insensibles y pobres necesitados de todo, Dios está de parte de estos últimos. Esto queda claramente indicado en la parábola ya desde el mismo nombre que el Señor le pone al pobre: Lázaro. Este “detalle” es tremendamente significativo, más aún cuando es la única parábola en la que el Señor pone nombre a alguno de sus personajes. En la mentalidad oriental el nombre era un elemento esencial de la personalidad del portador. El nombre expresa una realidad. Lo que no tiene nombre no existe. Un hombre sin nombre es insignificante y despreciable. El hombre es lo que su nombre significa (ver 1Sam 25,25). Lázaro es la forma griega del nombre hebreo Eleazar, que significa “Dios es (su) auxilio”. Así el pobre Lázaro, despreciado e innominado para los hombres poderosos, es para Dios una persona que merece su amor, su compasión y su auxilio. En cambio, el rico que cierra sus entrañas a Lázaro carece para Él de nombre.

Este auxilio de Dios a favor del pobre quedará de manifiesto definitivamente a la hora de la muerte: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces». Mientras que Lázaro es acogido en el seno de Abraham porque encontró en Dios su auxilio, el rico se encuentra lejos del “seno de Abraham” por usar sus riquezas de un modo mezquino y egoísta, por negar compartir aunque sea las migajas de su mesa opulenta con quien hundido en la más absoluta miseria suplicaba un poco de alivio y auxilio echado a la puerta de su casa. Lázaro por la fe en Dios habrá ganado la vida eterna (ver 2ª. lectura), mientras que el rico epulón la habrá perdido. Por no escuchar rectamente a Moisés y a los profetas se encontrará en un lugar de eterno tormento. El abismo que existe entre ambos es símbolo de una situación o estado que no puede cambiar, que es eterno.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

En la parábola vemos que se condena el hombre que en vida posee riquezas no por la posesión de las mismas, sino en cuanto que, disponiendo de medios en abundancia, los derrocha para su deleite personal sin darle siquiera las sobras al indigente que está sentado a la puerta de su casa. Totalmente cerrado en sí mismo, absorto en el disfrute de sus bienes, permanece insensible e indiferente ante las necesidades del pobre Lázaro. Su hambre no le interesa, sus heridas no despiertan su compasión, su sufrimiento no lo conmueve, su dolor no le duele. El corazón de este rico está totalmente endurecido.

Y yo, ¿soy rico? Quizá sí, quizá no. Quizá vivo ajustado, o quizá vivo con cierta holgura, o quizá sin ser muy rico tengo alguna abundancia de bienes. Sea como fuere, ¿puedo excusarme y decir: “esta parábola no se aplica a mí porque yo no soy rico”? De ninguna manera. Y es que la pregunta que debo hacerme no es si soy rico o no, sino: ¿descubro en mí las mismas actitudes de aquel rico? ¿Pienso que cada cual se las tiene que arreglar en la vida como pueda, y que no me atañe el destino del pobre? ¿Me quejo de que los pobres no hacen sino pedir y pedir?

La lección de esta parábola está dirigida ciertamente a los ricos, especialmente a aquellos que carecen de toda conciencia social, pero también va para todos aquellos que aunque no sean ricos de hecho lo son “de corazón”, pues viven tan apegados a los bienes que poseen y tan concentrados en mantener su propia “seguridad económica” o “estatus de vida” que se vuelven ciegos y sordos a las urgentes necesidades de aquellos que están sentados “a la puerta de su casa”. El Señor advierte que el egoísmo, el apego al dinero y riquezas, la avaricia, la mezquindad, la indiferencia ante las necesidades de los demás, el desinterés por el destino de los demás, el desprecio del pobre, traen consigo gravísimas consecuencias para toda la eternidad. Quien no abre su corazón al amor, a sí mismo se excluirá de la comunión de amor que Dios le ofrece más allá de esta vida, un estado de eterna soledad y ausencia de amor que se llama infierno.

El Señor nos invita a ser buenos administradores de los bienes que poseemos, sean muchos o pocos, haciéndonos sensibles al sufrimiento de los menos favorecidos, cultivando actitudes de generosidad, de caridad y de solidaridad cristiana hacia todos aquellos que en su indigencia material o espiritual tocan a la puerta de nuestros corazones. Así estaremos ganando para nosotros la vida eterna, así estaremos preparándonos a participar de la comunión de Amor con Dios y con todos los santos de Dios, por los siglos de los siglos.

Los Lázaros

Los lázaros,
los hijos de la calle,
los parias de siempre,
los sin techo,
los sin trabajo,
los desarraigados,
los apátridas,
los sin papeles,
los mendigos,
los pelagatos,
los andrajosos,
los pobres de solemnidad,
los llenos de llagas,
los sin derechos,
los espaldas mojadas,
los estómagos vacíos,
los que no cuentan,
los marginados,
los fracasados,
los santos inocentes,
los dueños de nada,
los perdedores,
los que no tienen nombre,
los nadie…

Los lázaros,
que no son aunque sean,
que no leen sino deletrean,
que no hablan idiomas sino dialectos,
que no cantan sino que desentonan,
que no profesan religiones sino supersticiones,
que no tienen lírica sino tragedia,
que no acumulan capital sino deudas,
que no hacen arte sino artesanía,
que no practican cultura sino costumbrismo,
que no llegan a ser jugadores sino espectadores,
que no son reconocidos ciudadanos sino extranjeros,
que no llegan a protagonistas sino a figurantes,
que no pisan alfombras sino tierra,
que no logran créditos sino desahucios,
que no innovan sino que reciclan,
que no suben a yates sino a pateras,
que no son profesionales sino peones,
que no llegan a la universidad sino a la enseñanza elemental,
que no se sientan a la mesa sino en el suelo,
que no reciben medicinas sino lamidas de perros,
que no se quejan sino que se resignan,
que no tienen nombre sino número,
que no son seres humanos sino recursos humanos…

Los lázaros,
los que se avergüenzan y nos avergüenzan,
pueblan nuestra historia,
fueron tus predilectos
y están muy presentes en tu evangelio.

Los lázaros
pertenecen a nuestra familia
aunque no aparezcan en la fotografía,
y serán ellos quienes nos devuelvan la identidad
y la dignidad perdidas.

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes XXV de Tiempo Ordinario

Indagación apreciativa

Parece que todo el mundo necesita aprecio y afirmación, ¡incluso el Hijo de Dios! Es alentador darse cuenta de que Jesús se preocupaba por lo que sus propios amigos/hermanos/discípulos pensaban de él. También encontramos a Dios, el Padre, afirmando al Hijo en momentos cruciales de su vida. Ahora tenemos a Pedro, en nombre de sus discípulos (y de la Iglesia) respondiendo con la misma afirmación, que Jesús reconoce como procedente de su propio Padre. Jesús necesitaba esta afirmación, tanto para sí mismo como para los discípulos, antes de revelar el destino del Misterio Pascual que le esperaba. Un método de intervención actualmente popular entre las empresas y organizaciones es la «indagación apreciativa», que busca afirmar lo que es bueno, positivo y constructivo en las personas y tratar de aprovecharlas. ¡Qué maravilloso y sanador sería, si pudiéramos aplicar una dinámica similar a nuestra vida cotidiana, para afirmar y apreciar a aquellos con los que compartimos nuestra vida, a los que normalmente tendemos a dar por sentados!

Paulson Veliyannoor, CMF