Hoy se termina la orgía de los disolutos

1.- San Lucas tiene una capacidad narrativa que muchas veces ha sido calificado como “autor cinematográfico”. Y así es. Muchos de sus relatos evangélicos parecen modernas sinopsis de esas que dan paso a un completo guión para una película. Y, entre ellos, el que hemos escuchado este domingo: el relato del rico comilón, que no recibe nombre en el relato de Lucas, y del pobre Lázaro. Tiene dos historias, o si se quiere mejor, dos secuencias muy diferenciadas. La primera se desarrolla en la casa de un personaje rico –llamado desde antiguo Epulón que significa que come, que da banquetes–, donde todos los días se celebraban suculentos banquetes, a los cuales asistía desde lejos el pobre y enfermo Lázaro sin que le llegará ni unas miguitas del tanto manjar. Los perros, que si se pueden mover, y que seguramente merodearían cerca de la mesa del rico, se acercaban a consolar al enfermo abriendo, lamiéndole las muchas llagas que su postración le producía.

La siguiente escena es más tremenda y, probablemente, de mayor atractivo para esos espectadores que gustan de cosas truculentas. El pobre ha muerto y descansa en el seno de Abrahán que no es otra cosa que el cielo, la gloria, la salvación. El rico también ha muerto y sufre la sed del infierno. Y se establece una conversación. La escena hace pensar que los tres personajes están cerca, pues pueden hablar, digamos que con normalidad. No a gritos. Pero una barrera infranqueable les separa. Viven ya en dos mundos incomunicados. Bueno, y hasta ahí el guión, el relato. El cual, desde luego, como en todas las parábolas que narraba Jesús de Nazaret tienen su ritmo argumental, pero interesa su fondo, interesa que lo que se quiere enseñar con tan excelentes relatos.

2.- Muchos comentaristas opinan que el rico ni siquiera se apercibía de la presencia de Lázaro. Y dicen esto –yo estoy de acuerdo—no para disculparle sino para describir mejor la ceguera que producía su gula. Obsesionado por la comida y por la calidad y cantidad de los alimentos presentados, no tenía ojos para otra cosa, probablemente ni siquiera para sus amigos o familiares, aquellos que incluso le acompañaban, día a día en sus festines. Merece la pena detenerse un poco en la ceguera que produce la obsesión por comer, porque ella está perfectamente visible en nuestro tiempo. Y tiene mayor “delito” que en los tiempos de Lázaro y Epulón porque la eficacia de los medios periodísticos muestran con mucho detalle las amplias zonas del planeta donde la gente –y sobre todo los niños y los ancianos—mueren de hambre, mientras que en el llamado “primer mundo” malgastamos comida o empleamos mucho dinero para obtener unos manjares a todas luces innecesarios.

3.- Jesús de Nazaret continúa mostrando sobre todo el exceso y la injusticia en que vivía su mundo, su época. Como decíamos, el rico Epulón seguía ciego sin ver a Lázaro mientras que este moría de hambre y de enfermedad. Hay muchos Epulones en nuestra época y todos lo somos un poco –o un mucho—cada vez que solo pensamos en la categoría y calidad de nuestras mesas mientras que otros pasan hambre. No se trata de sea aguafiestas. Ni de condenar una mesa bien puesta. Hay personas expertas en cocina que con unos alimentos corrientes y de bajo precio, son capaces de preparar platos suculentos y de un gran aprovechamiento alimenticio. Las buenas cosas que nos trae la vida son también obra de Dios. Lo que no es de Dios, y solo muestra de nuestro egoísmo es que ni siquiera lo básico, aquello que permite la vida, como puede ser una alimentación pobre, pero suficiente, no llegue a tantos millones de personas. La avaricia por la comida es una de las características de un pecado llamado gula y, ciertamente, es también una fórmula de idolatría. Sinceramente, deberíamos meditar especialmente hoy nuestros excesos con la comida. Tienen mucho de injusticia respecto a los más necesitados, pero también hacen daño. Nos hacen daño, producen enfermedades y también es una falta grave destruir nuestra salud.

La primera lectura es del profeta Amós y esté en perfecta correspondencia con el Evangelio de Lucas. Como lo ha estado en los domingos anteriores respecto a la avaricia y a la misericordia. Amós hoy nos muestra una frase terrible pero muy expresiva: que yo interpreto como: “hoy se termina la orgía de los disolutos”. Y no es otra cosa que una aproximación muy gráfica a la escena de Lucas que hemos escuchado hoy. Dice: “bebéis vinos generosos, os ungís con los mejores perfumes y no os doléis del desastre de José. Por irán al destierro, a la cabeza de los cautivos. Se acabó la orgía de los disolutos.”

4.- La otra secuencia de Lucas nos muestra la vida futura. La justicia tras la muerte. El rico sufre una sed inconmensurable. Mendiga una gota de agua. Pero ya no es posible atenderle. Lázaro no puede traspasar el muro invisible que separa a las dos situaciones. Pero lo que más llama la atención es la demanda del rico pidiendo que alguien que ya ha pasado por estos sufrimientos –¿él mismo Epulón?—vaya a la tierra a contar sus desdichas para evitar futuros sufrimientos a sus hermanos. El Patriarca Abrahán le contesta con que tampoco creerían a un muerto y que ya cuentan los vivos con la Ley de Moisés. La lección de Abrahán es profunda, pero muy sencilla: la ceguera de Epulón le impedía ver no solo su propia perdición, si no la de su propia familia, la de sus amigos. Y es que él en vida, solo tenía ojos para el goce personal, lo demás no tenía importancia. Si reflexionamos un poco veremos como en nuestro caso, y en muchas ocasiones, hemos desenfocado gravemente gestos y apetencias que en su base son normales para convertirlas en auténticas obsesiones negadoras de la realidad, y de lo que es peor: del amor a nuestros semejantes. Hay adicciones terribles, a las que, sin duda, se llega por ausencia de voluntad en evitarlas, pero que tienen una capacidad “de enganche” que, en parte, podría justificarlas. Ese es el caso de un drogadicto o de un alcohólico. Pero, ¿no es verdad que una droga como la cocaína aparece hoy en fiestas de prestigio, en lo equivalente al banquete de Epulón? Y, asimismo, ¿la adicción sin retorno al alcohol no surge de las mesas bien dotadas? En fin meditemos hoy en la injusticia tremenda que hoy nos muestra Jesús de Nazaret con la parábola del pobre Lázaro.

5.- Son muy notables las primeras palabras que hemos escuchado hoy de San Pablo en el fragmento de nuestra segunda lectura que pertenece a la primera carta a Timoteo –que también leemos en estos domingos. Esas frases de Pablo son: “Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza”. ¿A que nos apuntábamos todos a tener esas características en nuestra vida cotidiana? Claro que si. Se acercan, sin duda, a los dones del Espíritu Santo que el mismo Pablo ha definido en varias ocasiones. Y es que las Cartas a Timoteo tienen un alto grado de catequesis próxima y de inmediata aplicación. Pablo sigue educando en la distancia a su discípulo querido, a su heredero en el apostolado y en el orden presbiteral. Y la capacidad de expresión del apóstol de los gentiles es, siempre, de enorme ayuda para todos. Hoy, también, deberíamos incluir en nuestra meditación cotidiana esa relectura pausada del fragmento de la Primera Carta a Timoteo para sacar enseñanza inmediata y de manera muy fácil.

Y, bueno, el epílogo es sencillo: nada de lo hagamos puede acometerse con injusticia o con desprecio –o ceguera—ante las necesidades de nuestros hermanos. Por que no nos engañemos: ¿no es la carencia de alimentos una forma terrible de la explotación económica de los más favorecidos?

Ángel Gómez Escorial

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Lectio Divina – Sábado XXV de Tiempo Ordinario

El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres

1.- Introducción.

Señor, ¡qué difícil nos lo has puesto! El camino de la cruz nos repugna, nos tira hacia atrás, no lo podemos entender. No lo entendía Pedro, ni los apóstoles, ni tampoco nosotros. Pero Tú, Señor, ya has pasado por él, has ido por delante, no te has echado atrás a pesar de que tu carne se resistía. Señor, si Tú no nos ayudas, no podemos aceptar la cruz. Es demasiado pesada para nosotros. Si no somos capaces de llevarla, haznos, al menos, tus Cireneos.

2.- Lectura sosegada del evangelio:  Lucas 9, 43-45

En aquel tiempo, entre la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: Poned en vuestros oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres. Pero ellos no entendían lo que les decía; les estaba velado de modo que no lo comprendían y temían preguntarle acerca de este asunto.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

La cruz humanamente no se entiende. Sólo se puede vislumbrar desde “el amor desmedido” como le pasó a Jesús. Para una persona que ama poco, todo le parece mucho; pero para una persona que ama mucho, todo le parece poco. A Jesús le pareció poco el haberse encarnado, el haber pasado por la vida “como uno más, como uno de tantos”; le pareció poco todo lo que tuvo que padecer en su pasión. En el paroxismo del amor, no le retuvo ni siquiera la muerte en Cruz. El volver al Padre sin haber podido expresar el inmenso amor que nos tenía  suponía para Él un sufrimiento más grande que la misma muerte en cruz. Jesús sintió por dentro una enorme satisfacción cuando pudo decir: “todo está cumplido”. Todo el amor ha llegado a plenitud. Qué bonito debe ser morir tomando entre las manos el libro de la existencia y poder decir como Jesús ¡Misión cumplida!

Palabra del Papa

“El Hijo del hombre va a ser entregado a las manos de los hombres»,  estas palabras de Jesús congelan a los discípulos que pensaban en un camino triunfal. Palabras que se mantenían misteriosas para ellos porque no entendían el sentido y tenían miedo de interrogarlo sobre este argumento. Tenían miedo de la Cruz. El mismo Pedro, después de esa confesión solemne en la región de Cesarea de Felipe, cuando Jesús dice esto otra vez, reprendía al Señor: ‘¡No, nunca, Señor! ¡Esto no!’ Tenía miedo de la Cruz, pero no solo los discípulos, no solo Pedro, ¡el mismo Jesús tenía miedo de la Cruz! Él no podía engañarse, Él sabía. Tanto era el miedo de Jesús que esa tarde del jueves sudó sangre; tanto era el miedo de Jesús que casi dijo lo mismo que Pedro, casi… «Padre, aparta de mí este cáliz. Pero que ¡se haga tu voluntad!» ¡Esta era la diferencia!». La Cruz nos da miedo también en la obra de evangelización, pero está la regla que el discípulo no es más grande del Maestro. Está la regla que no hay redención sin la efusión de la sangre, no hay obra apostólica fecunda sin la Cruz”. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 28 de septiembre de 201, en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto que ya he meditado. (Silencio)

5.-Propósito. Aceptaré hoy todo lo que no me guste, lo que me haga sufrir. Y así seré discípulo de Jesús.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Gracias, Señor, porque hoy me he asomado un poco al misterio de la Cruz, es decir, al misterio de tu amor, y me he quedado sin palabras. El amor que nos tienes únicamente puede expresarse por el misterio del amor más grande, el amor más fuerte, el amor más escandaloso, el amor más desinteresado, el amor más sacrificado. Entre admirado y avergonzado, te digo: ¡Dame un poco de tu amor!

¿Parábola o realidad?

1.- Es grande nuestra ceguera. La parábola llamada del «Rico Epulón y el pobre Lázaro» es propia de Lucas. Junto a la llamada del «Hijo Pródigo» constituyen la base de la teología de lucana. Si la parábola del «Hijo Pródigo» pone su acento en la misericordia de Dios, la de este domingo señala la justicia de Dios, derivada de su misericordia. El nombre Epulón significa «convidado», o «comensal». En latín «épulo» es aquél que da un convite, o también el invitado. En castellano lo asociamos con aquél que come y bebe mucho. Pero en realidad, el rico en la parábola no tiene nombre, el pobre sí: Lázaro. Quizá es una forma de manifestar que el más importante no es siempre el que se piensa, pues Dios hace una opción por aquél que lo está pasando mal. El rico no se daba cuenta del sufrimiento de Lázaro aquí abajo. Sin embargo, lo reconoce en la estancia de los muertos. ¿Es necesario que las cosas vayan mal para que nos demos cuenta de nuestra ceguera con respecto a nuestro prójimo sufriente?

2.- Pobres y ricos. Las riquezas son, de suyo, indiferentes, pero ejercen una seducción poderosa; el hombre hace de ellas fácilmente su dios: entonces se nubla Dios y el corazón se llena de egoísmo. La pobreza no es de por sí sola virtud, pero bien aceptada es camino para la salvación eterna. No puede establecerse una especie de dicotomía entre pobres y ricos, como si éstos fueran los malos y aquellos los buenos. La pobreza no condujo a Lázaro al cielo, sino la humildad; las riquezas no impidieron al rico entrar en el seno de Abrahán, sino su egoísmo y poca solidaridad con el prójimo. Hace falta una civilización del amor y de la solidaridad. Hoy a escala mundial hay naciones bien alimentadas y otros muchos pueblos hambrientos. El apego a los bienes de este mundo corrompe el corazón del hombre y destruye toda posibilidad de sentido fraternal. Por eso, no basta redescubrir el valor de la pobreza, sino que es preciso abrirse a la solidaridad con los demás

3.- Una Parábola muy actual. La parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro no es cosa del pasado, es de lo más actual, sólo que multiplicados los Lázaros por millones y en situación más hiriente y escandalosa. Este amor preferencial… no puede dejar de abarcar las inmensas muchedumbres de hambrientos, mendigos, sin techo, sin cuidados médicos y, sobre todo, sin esperanza de un futuro mejor, no se puede olvidar la existencia de esta realidad. Ignorarlo significaría parecemos al “rico Epulón”, que fingía no conocer al mendigo Lázaro, postrado a su puerta. Esta dramática realidad ni depende de Dios, ni Dios la quiere. Él ha preparado para todos sus hijos el banquete de la vida en la mesa de la creación. En esta mesa se ofrecen, en abundancia desbordante, los frutos de la tierra, el alimento y la bebida, con posibilidades de renovarse y multiplicarse. Se ofrecen asimismo variedad de bienes y servicios culturales y sociales, y los alimentos del espíritu, como el pan de la amistad, el vino de la alegría, los platos fuertes del amor y la solidaridad. En el banquete de la creación no se excluye a nadie y se respeta la dignidad de cada ser humano. La creatividad está en todas las mentes.!.Ojalá que la fraternidad viviera en todos los corazones!. De ti depende que tengan un sitio en tu mesa.

4.- El peor mal es la indiferencia. El grito de los que están fuera apenas se escucha. Y los que están fuera gritan cada vez menos, porque no tienen ya fuerzas, y mueren por miles cada día a causa del hambre y la miseria. Tendemos a poner, entre nosotros y los pobres, un doble cristal. El efecto del doble cristal, hoy tan aprovechado, es que impide el paso del frío y del ruido, diluye todo, hace llegar todo amortiguado, atenuado. Y de hecho vemos a los pobres moverse, agitarse, gritar tras la pantalla de la televisión, en las páginas de los periódicos y de las revistas misioneras, pero su grito nos llega como de muy lejos. No llega al corazón, o llega ahí sólo por un momento. Lo primero que hay que hacer, respecto a los pobres, es por lo tanto romper el «doble cristal», superar la indiferencia, la insensibilidad, echar abajo las barreras y dejarse invadir por su grito y auxilio. Los pobres no son un número, tienen nombre y apellido. Decía la madre Teresa de Calcuta que el peor mal de nuestro mundo es la indiferencia.

José María Martín OSA

Comentario – Sábado XXV de Tiempo Ordinario

Lc 9, 43-45

Entre la admiración general por todo lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos…

San Lucas, según el plan de su evangelio, termina así la actividad de Jesús en Galilea. Pronto Jesús «emprenderá resueltamente el camino hacia Jerusalén»

Las primeras actuaciones de Jesús significaron un cierto éxito. Ahora bien, Jesús mismo temió que sus discípulos preferidos se dejaran arrastrar por ese entusiasmo ficticio de la gente. Jesús no se deja aturdir por la admiración general de la que es objeto; considera humildemente el sencillo papel que su Padre le ha encomendado representar.

Mesías-pobre, Mesías-humillado, Jesús los prepara a no desconcertarse por el sacerdocio que Él ha elegido: un sacerdocio sacrificial en que El será la víctima.

«El Hijo del hombre»…

Al utilizar ese título, Jesús no abdica en absoluto de su grandeza. Esa expresión alude directamente a un célebre pasaje del profeta Daniel.

«Yo contemplaba en las visiones de la noche.

«Y he aquí que en las nubes del cielo venía,

«Como un Hijo de hombre.

«Se dirigió hacia el Anciano (Dios) y fue llevado a su presencia.

«A él se le confirió el Imperio, el Honor y la Realeza. «Y todos los pueblos, naciones y lenguas le servirán. «Su Imperio es un Imperio eterno que nunca pasará.

«Y su Reino no será destruido jamás» (Daniel 7, ¡3-14).

«… Lo van a entregar en manos de los hombres.»

Con esa expresión, Jesús aludía directamente a un célebre pasaje del profeta Isaías:
«No tenía belleza ni esplendor, despreciable y desecho de la humanidad.

«Era despreciado y no se le tenía en cuenta.

«Fue oprimido y Él se humilló.

«Y no abría la boca, como un cordero conducido al degüello.

«Fue herido de muerte.» (Isaías 53, 2-12).

Pero ellos no entendían ese lenguaje; les resultaba tan oscuro que no captaban el sentido.

Los Doce no entendían nada en todo esto.

Jesús superpuso dos concepciones del Mesías, opuestas aparentemente:

El Hijo del hombre evoca una imagen de «transcendencia»… un Mesías que participa de la grandeza de Dios…

El Servidor, evoca una imagen de pobreza, de indigencia total… un Mesías sin poder alguno.

El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres.

En san Lucas, este es pues el segundo anuncio de la Pasión; y lo sitúa justo en el momento que «la gente estaba admirada». Ocasión ésta de profundizar en la conciencia íntima de Jesús: el sacrificio de su vida, que termina su «viaje aquí abajo», y que relatan los cuatro evangelistas, ¡no es simplemente un episodio, el último… es el centro! Jesús pensaba en ello desde mucho tiempo. Se preparó detenidamente. Y trató, en vano, de preparar a sus apóstoles.

Se comprende que la Eucaristía, que es el «signo actual» que nos ha sido dado, tenga una tal importancia en la vida de la Iglesia: es en verdad el «memorial» de lo más señalado en la vida de Jesús.

Y tenían miedo de preguntarle sobre el asunto.

Efectivamente, los apóstoles no quieren abordar ese asunto con El, porque interiormente rehusan la muerte de Jesús. No comprendieron que era su mayor acto de amor. Pero, ¿y nosotros? ¿Hemos comprendido todo lo que la misa representa?

Noel Quesson
Evangelios 1

Drama en dos actos

1.- “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado a su portal, cubierto de llagas”. San Lucas, Cáp. 16. En la antigua región de Samaria, se han descubierto artísticos relieves tallados en marfil, probablemente importados de Egipto. Lo cual confirma las diatribas del profeta Amós contra los ricos egoístas de su tiempo. «Bebéis generosos vinos y os ungís con preciosos perfumes. Ay de vosotros que os recostáis en lechos de marfil y no os doléis de los desastres de los pobres”. Porque los ricos epulones, es decir derrochadores y ostentosos han existido siempre.

2.- Jesús, en una de sus parábolas nos habla de uno «que vestía de púrpura y de lino», tejidos de gran precio. Aficionado además a los placeres de la mesa, pues «banqueteaba espléndidamente todos los días». El Maestro presenta en dos actos un doloroso drama, o mejor una cruel tragedia. Echado a la puerta de aquel acaudalado, estaba un mendigo, cubierto de llagas. Es gráfica la descripción de San Lucas: «Deseaba saciarse con lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba”. Y un pintoresco apunte: Hasta los perros callejeros, más compasivos que el poderoso, se acercaban a lamerle las llagas al pordiosero, a quien el mismo Jesús o quizás el evangelista llamó Lázaro. Es decir, “Dios ayuda”.

3.- La trama se interrumpe de improviso porque los dos personajes mueren. Cambia entonces el escenario y la ubicación de los actores: “Al mendigo los ángeles lo llevan hasta la mesa de Abraham. Murió también el rico y lo enterraron. Y estando en el infierno”… Nunca fue el Señor tan tajante, como en esta parábola, al presentarnos el premio o el castigo más allá de la muerte. ¿Pero de qué era culpable aquel? No lo señala el Maestro como homicida, adúltero, blasfemo o ladrón. Gastaba su dinero, conseguido con los propios sudores. Observaría el sábado de forma escrupulosa, sin omitir las abluciones previas a las comidas. Pagaría el diezmo y las primicias de sus cosechas. Fue sepultado en el infierno, porque no tuvo corazón para el necesitado.

4.- En este segundo acto cuenta San Lucas cómo aquel poderoso, caído ahora en desgracia, suplica a Abraham le envíe a Lázaro, siquiera con una gota de agua a refrescarle la lengua. Pero el patriarca se muestra inexorable: “Recuerda que recibiste en vida tu bienes y Lázaro a su vez, males”. “Además entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso”. Mucho mayor que aquel que hubo entre la mesa abastecida del epulón y el hambre del mendigo. Tampoco acepta Abraham que Lázaro regrese a la tierra, para advertir a la familia del rico las graves consecuencias que puede ocasionar el egoísmo, allá en ultratumba. “Tienen a Moisés y a los profetas, responde el padre de los creyentes. Que los escuchen”.

5.- Pudiera ocurrir que un ángel listo, vestido de civil, se dedicara a repartir copias de esta parábola en ciertos círculos sociales. También por algunas juntas directivas, reuniones políticas, celebraciones y homenajes. Igualmente en las salas de velación y a la puerta de las corporaciones de ahorro y crédito. Imagino que de inmediato lo expulsarían de estos recintos. Porque en verdad perturba el libre ejercicio de nuestras actividades.

Gustavo Vélez, mxy

El más importante aviso

1.- «Esto dice el Señor Todopoderoso: ¡Ay de los que se fían de Sión, confían en el monte de Samaría!…» (Am 6, 1) La palabra de Amós sigue sonando con rabia. Son acentos duros, acentos que queman, que escuecen, que hieren en lo más vivo. Hoy su protesta es contra los que confiaban en Dios, pensando tenerlo propicio por el sólo hecho de que su templo estuviera sobre el monte Sión en Jerusalén, o sobre el monte Garizim, en Samaría. Se fiaban de sus prácticas religiosas, creyendo que dando culto a Dios ya se podía faltar, impunemente, a los más sagrados deberes de justicia y de caridad.

Son situaciones que no han pasado, situaciones que todavía se dan. Sí, hay quienes piensan que con asistir a Misa, con comulgar de cuando en cuando, con rezar determinadas oraciones o dar algunas limosnas, ya está todo arreglado. Y viven completamente al margen de lo que es el camino señalado por Dios, seguros de que al final todo se solucionará, de que habrá tiempo de arrepentirse. Y mientras llega ese momento, tan lejano al parecer, viven como paganos, sin pensar más que en sí mismos.

«Os acostáis en lechos de marfil, tumbados en camas; coméis los carneros del rebaño y las terneras del establo…» (Am 6, 4) Amós era un hombre de campo, rudo y recio, acostumbrado a las inclemencias del tiempo, curtido por el viento y el sol del desierto. Por eso tenía una sensibilidad especial para reaccionar contra toda aquella molicie que contemplaban sus ojos. Y se querella contra esa vida fácil y comodona de sus coetáneos, les echa en cara su culto al confort, su vida aburguesada y muelle.

Son hombres que no luchan, que no se esfuerzan, que no son capaces de enfrentarse con la dificultad, que la soslayan, escogiendo el camino más ancho… El confort excesivo destruye al hombre, le corrompe, le pudre. El que no está habituado al sacrificio acaba convirtiéndose en un hombre inútil, débil, un ser derrotado antes de la lucha. Si no hay esfuerzo, no hay fortaleza. Y sin fortaleza el hombre no puede realizarse, salvarse a sí mismo. El que no pone empeño en la vida, acabará prematuramente sumergido en la muerte.

2.- «Él hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos… “(Sal 145, 7) En contraste con los poderosos de la tierra, se nos presenta a Dios que se compadece de los débiles y de los oprimidos, dándoles pan y también la libertad. Es cierto que esos dones tienen unas característica peculiares. Y así, en el caso de la justicia, se trata de una realidad que alcanzará su plenitud después de la muerte con una duración eterna. En cuanto al pan de que se habla, hay que decir que se trata sobre todo de un pan que sacia el hambre del alma.

Respecto de la libertad es preciso saber que es distinta de esa libertad, en realidad libertinaje, que consiste sólo en hacer en cada momento lo que a uno le apetece, sin pensar en las consecuencias. Así se suele entender por la mayoría de los hombres. En cambio, la libertad que da Dios es mucho más rica y útil. La otra está muchas veces podrida e impulsa al hombre a hacer el mal para su propia perdición. Es una libertad que en realidad está encadenada al capricho del hombre, una libertad aherrojada a las pasiones y volubles deseos del hombre. La libertad de Dios, en cambio, es la que surge del más apasionado y limpio amor, aquella que hace en cada momento lo mejor y lo hace porque le da la gana, actuando siempre con rectitud y gustosamente.

«El Señor abre los ojos al ciego…» (Sal 147, 8) Ábrenos los ojos, Señor. Estamos muchas veces cegados por los mil espejuelos que relumbran sin cesar a nuestro alrededor. Nos creemos libres y somos esclavos de nosotros mismos. Nos parece que hemos conquistado la libertad, y en el fondo lo que ocurre es que se han desatado las fuerzas del mal y cada uno campa por sus respetos, imponiéndose la ley del más fuerte o del más audaz.

Necesitamos la luz de Dios, el buen sentido de la razón, para conocer lo que nos conviene y lo que nos perjudica. Es preciso también que tengamos fortaleza para seguir los dictámenes del buen juicio, y desechar con energía y decisión cuanto se oponga a nuestro bien y al de los demás. Todo eso será posible si nos apoyamos en el Señor, si recurrimos a Él en los momentos de dificultad. Si aceptamos libremente los mandamientos de la Ley de Dios todo irá bien, seremos realmente libres. Entonces lo que en apariencia es una rémora para volar, será, por el contrario, el apoyo y la fuerza, las alas para el más alto y libre vuelo.

3.- «Practica la justicia, la religión, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza…» (1 Tm 6, 11) La primera palabra de esta segunda lectura de hoy es ya de por sí todo un programa de vida. Practica la justicia, dice san Pablo, es decir cumple tu deber, ponlo por obra, haz lo que tienes que hacer. Cuántas veces nos quedamos en las palabras, cuántas veces todo se reduce a promesas, a bellos proyectos, elucubraciones más o menos utópicas, a fantasías carentes de toda realidad posible, a sueños juveniles. Hablamos y ya está. Sólo eso, decir esto, proponer aquello. Sin acabar de dar el paso hacia lo real… Cuánto se parlotea, por ejemplo, sobre la justicia. Es como el tema de moda que sirve de estribillo a mucha gente. Que si los sueldos son en su mayoría sueldos de hambre, que si los patronos no cumplen con sus deberes, que si los trabajadores no rinden lo que deben, que si no hay derecho a que unos ganen tanto y otros tan poco, que si no es justo que algunos tengan tales o cuales privilegios, que si se considera una limosna lo que en realidad habría que darlo en justicia, etc.

Si todas esas palabras no se hubieran pronunciado, y en lugar de hablar se hubiera pasado a la práctica, seguro que el problema ya estaría solucionado. Si sólo la mitad de los que hablan de justicia dieran la cuarta parte de lo que tienen, me atrevo a decir que no habría ni una décima parte de la injusticia que existe. Pero claro, es más cómodo decir «justicia, justicia, pero no por mi casa». Vamos, pues, a callar y a ser generosos y justos de una vez.

«Combate el buen combate de la fe» (1 Tm 6, 12) Por otro lado, tengamos en cuenta que además de las justicia hay otras virtudes, pues ocurre que por querer tener bien echados los cimientos, resulta que no acabamos de pasar a las paredes. No olvidemos que el edificio sólo puede llamarse tal cuando, al menos, se cubren aguas. Y pensemos también que, para que esté habitable, han de rematarse muchos detalles. Comparar la vida espiritual con un edificio es una metáfora ya muy antigua, pero no por pierde vigencia. Examinemos, pues, cómo está el edificio del alma.

Volviendo a la justicia, no olvidemos, que además de justos para con los otros, hay que serlo también y ante todo con el Señor. Con este Dios nuestro que está tan cerca de nosotros y que habitualmente solemos ignorar. Es muy importante la virtud de la religión, esa que procura dar a Dios el culto y la dedicación que Él se merece, la gratitud continua a sus beneficios, la correspondencia a su infinito amor.

4.- «Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal…“ (Lc 16, 20) Jesús hablaba con plena franqueza, decía con libertad lo que tenía que decir, tanto a los de arriba como a los de abajo, tanto a los ricos como a los pobres. Tocaba, además, todos los temas. En muchas ocasiones sus palabras aquietan el alma, en otras inquietan al hombre. Habla de premio pero también de castigo. Nos refiere cuán grande es el amor y la misericordia del Padre, pero nos advierte también cuán terrible es su ira y su eterno castigo. Él nos quiere transmitir la verdad, pero toda la verdad, esa que nos libera y nos redime, si la aceptamos con el entendimiento y la acatamos con la voluntad, luchando para que toda nuestra vida se acople a las enseñanzas del Evangelio.

Hoy nos habla el Señor de aquel ricachón que se daba la gran vida, sin reparar siquiera en el pobre Lázaro que mendigaba a la puerta de su casa, ávido de recibir unas migajas de las muchas que se caían de la mesa del rico epulón. Sólo los perros se le acercaban para lamerle las llagas. El hombre rico estaba tan abismado en sus negocios y en sus francachelas que no veía, porque no quería ver, la miseria que rodeaba su grandeza.

Pero la muerte iguala al poderoso y al débil. Ambos murieron y ambos fueron enterrados. El uno con gran pompa y festejos, el otro de modo sencillo. Uno fue a reposar en un gran nicho de mármol, el otro en la blanda tierra. Sin embargo, tanto uno como otro fueron pasto de los gusanos y la podredumbre. Sus cuerpos, que sin nada llegaron a la tierra, despojados de todo volvieron a ella. Pero ahí no terminaba su historia, pues, digan lo que digan, en el hombre hay un algo distinto de los animales, y ese algo se llama alma inmortal.

El tribunal de Dios no admite componendas, no hace distinciones entre el rico y el pobre. Sólo mira en el libro de la vida donde se hallan escritas las buenas y las malas acciones. Según sea el balance, así es la sentencia. Aquel que, en su abundancia, se olvidó de la necesidad ajena, fue arrojado al infierno. En cambio, el que nada tuvo y aceptó con humildad su pobreza, fue llevado por los Ángeles al descanso y la paz. Es verdad que no podemos hacernos una idea clara del infierno, ni tampoco del cielo. Pero lo cierto es que ambas realidades existen y que en una se sufre lo indecible y sin remedio, mientras que en la otra realidad se goza plenamente y sin fin.

Casi siempre se habla del fuego, también del llanto y las tinieblas, de la desesperación que hace rechinar los dientes, de la sed insaciable, de la separación insalvable, de la imposibilidad de amar y de ser amado. Es la más terrible amenaza, el último y tremendo recurso que el Amor, sí el Amor, tiene para atraernos y salvarnos. Es verdad que la lejanía de ese castigo, aunque quizá sea mañana, nos puede dejar indiferentes. Peor para nosotros. Luego no diremos que nadie nos avisó.

Antonio García Moreno

El abismo insondable

1.- Más de uno ha escrito que, si le permitieran pedirle a Dios alguna explicación, le preguntaría por qué permite que exista tanta desigualdad social y económica entre los habitantes de este planeta llamado tierra. Nacemos desiguales, vivimos desiguales y hasta morimos desiguales. Y el caso es que con lo que a unos cuantos ricos opulentos y Epulones les sobra tendrían para vivir miles y millones mendigos Lázaros. Sin embargo, el abismo entre ricos y pobres es hoy tan inmenso e insalvable como era hace años y siglos. La respuesta, claro está, es, teóricamente al menos, fácil y clara. Es el precio y consecuencia de nuestra libertad. Dios no ha cavado la zanja ni ha ahondado el abismo inmenso que separa a los ricos de los pobres. Hemos sido nosotros los que, con nuestro egoísmo y nuestras ambiciones, hemos hecho realidad esta separación tan angustiosa, tan escandalosa y tan pecaminosa que hoy sigue existiendo entre ricos y pobres. Dios no sólo no ha ayudado a los ricos a ser más ricos, sino que ha mostrado siempre predilección por los más pobres. Jesús de Nazaret vivió y murió luchando contra esta injusta desigualdad. No consiguió mucho, pero su palabra y su ejemplo nos dicen a los cristianos que debemos seguir luchando hasta el final, hasta la muerte, para conseguir que el abismo sea cada día un poco menos hondo e insalvable.

2.- Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto. Parece evidente que el rico Epulón, el rico opulento, conocía la Ley y los Profetas tan bien por lo menos como el mendigo Lázaro. Seguro que los ricos de la “cristiana” Europa conocen la Biblia y, en concreto, los Evangelios, tan bien o mejor que los musulmanes de la empobrecida África. Pero la triste realidad de cada día es que muchas pateras siguen hundiéndose en el abismo que separa estos dos continentes. No son las leyes o, al menos, no son sólo las leyes las que van a conseguir que los pobres de África consigan salvar el abismo que les separa de los ricos de Europa. Tampoco esperemos que algún muerto venga del más allá para abrirnos los ojos. Somos nosotros los que tenemos que cristianizar cada día nuestro corazón, actuar como verdaderos discípulos de Jesús de Nazaret, matar el egoísmo y resucitar el amor, convertirnos al evangelio; sólo así conseguiremos que el abismo vaya desapareciendo poco a poco. No olvidemos que fue al mendigo Lázaro al que metió Dios en su seno, mientras el rico Epulón se consumía devorado por las llamas.

3.- ¡Ay de los que se fían de Sión…! Un domingo más, el profeta Amós sigue diciendo a los ricos, en nombre de Dios, que sus riquezas son efímeras y pasajeras, con fecha de caducidad, porque, en ningún caso, van a poder llevar sus riquezas al otro mundo. Es evidente que el dinero bien usado, sobre todo el dinero compartido, es un bien bendecido por Dios; en cambio, el dinero malgastado es un mal, maldecido por Dios. No podemos vivir sin dinero y debemos hacer lo posible para tener y obtener el dinero que necesitamos; pero debemos compartir con el pobre el dinero que tenemos y no necesitamos. Una persona cristiana no puede tener como objetivo prioritario el ganar más dinero, porque sabe que el dinero es un bien subordinado al bien de la justicia, del amor, a la consecución de un mundo más justo y más fraterno.

4.- Combate el buen combate de la fe. En este final de la Carta a Timoteo el autor da unos consejos generales, en sintonía con todo el mensaje de la carta. El hombre de Dios practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Esto es lo que debe hacer todo buen discípulo de Cristo, hasta que llegue la manifestación final. Si todo el mensaje del evangelio se resume y se condensa en el amor, el buen combate de la fe tiene que manifestarse en la práctica de estas virtudes. Sin justicia y sin amor no se hará nunca realidad el Reino de Dios. Los cristianos, que queremos que el Reino de Dios empiece a realizarse ya aquí, en esta tierra, tenemos que luchar con justicia y con amor contra esos abismos inmensos de los que nos hablan en este domingo el profeta Amós y el evangelista Lucas. Queremos un mundo de hermanos en el que podamos vivir dignamente como personas, todos los que nos llamamos y somos hijos de Dios. Sin opulentos Epulones y sin mendigos Lázaros.

Gabriel González del Estal

Don Morcilla

1.- Este es un sucedido en el examen de ingreso en la Universidad de Madrid en junio de 1941. (Ya ha llovido, ¡eh!) Sentados en una inmensa aula comenzamos a desentrañar un larguísimo problema. Allá en el fondo de una pizarra se veía un número: uno, uno, cuatro, cinco. Sonó el timbre, fuimos entregando el examen con la cabeza baja seguros del suspenso. Sólo uno de mis compañeros salió eufórico porque había conseguido igualar el resultado del problema con aquel uno, uno, cuatro, cinco de la pizarra, que por otra parte no era más que las once cuarenta y cinco, hora final del examen. Su euforia se convirtió en rabia, pero ya no tenía remedio. Todo el examen persiguiendo una solución que no lo era.

2.- Esta es la enseñanza de la parábola de hoy. No es un documento gráfico del infierno. Ni nos dice, aunque lo parezca, que al final se dará la vuelta a la tortilla y los pobres irán al cielo y los ricos al infierno. Hay una hora señalada para el final del examen, que el examen es irrepetible, que el examen del mañana se realiza hoy.

3.- El rico de la parábola se ha identificado tanto con sus banquetes, que no tiene nombre y habría que llamarle por su principal ocupación: don Banquete, o, aun mejor, don Morcilla. Tremendo que una persona viva tan embebida con algo, tan olvidado de todo y todos, que se convierta en logotipo de su profesión, que pensar en él, nos traiga a la imaginación trampantojos y zancadilla, cuentas de banco, juego a la bolsa, aplausos de multitudes histéricas. A nadie le interesa quien es, sus problemas, sus enfermedades, se llega a perder la noción de que nació de un padre y una madre, tuvo hermanos. Se le deja solo en la soledad que él mismo se ha metido, absorbido por el placer, el dinero, el deseo de poder

Se ha dicho de Marilyn Monroe que se suicidó porque su fama de símbolo sexy impidió que nadie la considerara como ella misma, como un ser humano, con sus silencios, su deseo de paz y cariño. Fue un símbolo estalló como un símbolo.

4.- Esta es la tremenda tragedia de nuestro don Morcilla de la parábola. El beber y el comer han cerrado sus ojos, tanto que ni siquiera a Lázaro, que tiene a la puerta, ve. Ven mejor sus perros. Tampoco ve a sus hermanos que banquetean con él. Mucho menos a Abrahán, ni a Dios.

Toda su preocupación es ese número de la pizarra que cree ser el número de platos que ha comido, el número de una cuenta corriente, el número de votos conseguidos y ese número no es más que entregar el examen y ya es tarde. Toda una vida afanados por buscar una solución falsa, un número engañoso, toda una vida perdida…

Al otro lado del abismo es tarde para darse cuenta de que necesitó de Lázaro, de Abrahán, de Dios, tarde para ocuparse de unos hermanos que banquetearon con él, que se sentaron en los mismos consejos de administración y, tal vez, tomaron medidas tremendas para los demás.

Si en vida ni los hombres, sus hermanos, ni dios y su Palabra, pudieron abrir los ojos cegados por los banquetes, el dinero, el poder, tampoco un muerto resucitado servirá para nada. Y es tarde… el examen ha terminado.

José María Maruri, SJ

Nuevo clasismo

Conocemos la parábola. Un rico despreocupado que «banquetea espléndidamente», ajeno al sufrimiento de los demás, y un pobre mendigo a quien «nadie da nada». Dos hombres distanciados por un abismo de egoísmo e insolidaridad que, según Jesús, puede hacerse definitivo, por toda la eternidad.

Adentrémonos algo en el pensamiento de Jesús. El rico de la parábola no es descrito como un explotador que oprime sin escrúpulos a sus siervos. No es ese su pecado. El rico es condenado sencillamente porque disfruta despreocupadamente de su riqueza sin acercarse al pobre Lázaro.

Esta es la convicción profunda de Jesús. Cuando la riqueza es «disfrute excluyente de la abundancia», no hace crecer a la persona, sino que la deshumaniza, pues la va haciendo indiferente e insolidaria ante la desgracia ajena.

El paro está haciendo surgir un nuevo clasismo entre nosotros. La clase de los que tenemos trabajo y la de los que no lo tienen. Los que podemos seguir aumentando nuestro bienestar y los que se están empobreciendo. Los que exigimos una retribución cada vez mayor y unos convenios cada vez más ventajosos y quienes ya no pueden «exigir» nada.

La parábola es un reto a nuestra vida satisfecha. ¿Podemos seguir organizando nuestras «cenas de fin de semana» y continuar disfrutando alegremente de nuestro bienestar cuando el fantasma de la pobreza está ya amenazando a muchos hogares?

Nuestro gran pecado es la indiferencia. El paro se ha convertido en algo tan «normal y cotidiano» que ya no escandaliza ni nos hiere tanto. Nos encerramos cada uno en «nuestra vida» y nos quedamos ciegos e insensibles ante la frustración, la crisis familiar, la inseguridad y la desesperación de estos hombres y mujeres.

El paro no es solo un fenómeno que refleja el fracaso de un sistema socioeconómico radicalmente injusto. El paro son personas concretas que ahora mismo necesitan la ayuda de quienes disfrutamos de la seguridad de un trabajo. Daremos pasos concretos de solidaridad si nos atrevemos a responder a estas preguntas: ¿necesitamos realmente todo lo que compramos? ¿Cuándo termina nuestra necesidad y cuándo comienzan nuestros caprichos? ¿Cómo podemos ayudar a los parados?

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – Sábado XXV de Tiempo Ordinario

¡Carpe Diem!

El beato Carlo Acutis, el niño prodigio de la informática que se convirtió en el beato de la generación del milenio, comentaba así «Nacemos originales, pero muchos viven como fotocopias». ¡Cuánta verdad! Si los jóvenes hicieran del «¡Carpe Diem!» ¡(=aprovechar el día) su lema y buscaran realizar el destino soñado para el que habían sido creados, única y amorosamente, por Dios! Esto es lo que el Eclesiastés aconseja a los jóvenes: realiza tus sueños, pero teniendo en cuenta a Dios y tu deber de dar cuenta de tu vida. No serán los años de la vida lo que importe, sino la calidad de la vida vivida. Dicha calidad sólo puede alcanzarse cuando uno se compromete audazmente con la vida, hace preguntas de exploración no sólo a las personas que le rodean, sino también a Dios, a diferencia de los tímidos discípulos del evangelio de hoy, que tenían miedo de preguntar a Jesús el significado de sus palabras. Si se hubieran atrevido a preguntar, habrían recibido respuestas que habrían iluminado su camino.

Paulson Veliyannoor, CMF