El dinero

«No harán caso, aunque resucite un muerto»

Jesús siente un gran recelo hacia el dinero y así lo expresa en multitud de ocasiones. Llama bienaventurados a los pobres, alerta sobre la dificultad de los ricos para entrar en el Reino, considera necio al hombre de la parábola ufano de su riqueza que esa noche iba a morir, se entristece cuando el “joven rico” renuncia a seguirle porque tenía muchos bienes… y, en la parábola de hoy, nos muestra hasta qué punto se puede endurecer el corazón de un hombre por causa de su riqueza.

El dinero no es algo marginal en el evangelio, algo que se menciona de pasada, sino una línea clara y recurrente dentro del mensaje global y la concepción del Reino. Algo que nos interpela de manera especial, porque vivimos en una sociedad de ricos en la que el dinero ha dejado de ser un medio para convertirse en el fin por excelencia de nuestra vida. Y cuando esto sucede, el dinero se convierte en amo, en el peor amo que podemos tener, porque nos esclaviza, socava nuestra humanidad y nos arrebata la capacidad de compadecer, de ayudar, de perdonar, de servir…

La expresión que usa Jesús para alertarnos de la trampa mortal que encierra el dinero, es una de esas exageraciones geniales que emplea para hacer especial énfasis en algo importante: «No harán caso, aunque resucite un muerto» … Dicho de otro modo: “Si caéis en esa trampa, no tenéis salvación”.

Quizá convenga hacer un breve inciso sobre su expresión «bienaventurados los pobres»,porque puede ser malinterpretada. Jesús no llama bienaventurados a los míseros, e incluso en la versión de Mateo se matiza el término para referirlo a los “pobres de espíritu”. Es de suponer que se refiere a quienes no se dejan dominar por la ambición ni permiten que el dinero les esclavice; a quienes se conforman con lo que tienen y lo comparten con los que no tienen; a quienes se acostumbran a vivir con poco… es decir, a quienes son capaces de convertir el dinero en un talento para la construcción del Reino.

Y esta es una pauta excelente para establecer nuestra relación con el dinero, hasta el punto, que Jesús nos dice que seremos mucho más dichosos si la seguimos (lo cual es además muy razonable porque su seguimiento nos humaniza y nos mueve a caminar por la vida ligeros de equipaje).

Pero siendo realistas, en este mundo el dinero es necesario no solo para vivir el día a día, sino también para prevenir el futuro ante las infinitas incertidumbres que presenta la sociedad actual. Por eso la parábola de hoy resulta especialmente oportuna para nosotros los ricos, pues nos alerta del riesgo de que el permanente contacto con el dinero acabe endureciendo nuestro corazón, y nos invita a reflexionar sobre el efecto que está teniendo en cada uno de nosotros. Por fortuna se trata de una reflexión muy sencilla, pues basta con preguntarse hasta qué punto hemos perdido la capacidad de compromiso ante el cúmulo de desgracias ajenas que cada día asaltan nuestras vidas.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

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La indiferencia crea abismos

Si la compasión -capacidad de vibrar con el otro, ponerse en su piel, ver las cosas desde su perspectiva, desear su bien y ofrecerle ayuda eficaz- es el “alma” de la sabiduría y el test que verifica la autenticidad espiritual, su opuesto es la indiferencia.

De entrada, la indiferencia es un mecanismo de defensa para evitar ser removidos por las situaciones que ocurren a nuestro alrededor. De ese modo, podemos permanecer en nuestra zona de confort, sin cuestionamientos ni responsabilidad, porque “ojos que no ven, corazón que no siente”.

En un nivel más profundo, la indiferencia es expresión de egocentrismo y narcisismo, que nos mantienen girando como peonzas en torno al yo y a sus intereses, sin ni siquiera advertir lo que sucede junto a nosotros.

Y más hondamente aún, la indiferencia es hija de la ignorancia. Vivimos egocentrados porque somos ignorantes que ponen su identidad en el yo, con lo cual, vivimos identificados con lo que no somos y desconectados de lo que realmente somos.

Tal actitud aporta “beneficios” -como todo aquello que mantenemos, ya que, de otro modo, la modificaríamos-, en tanto en cuanto logremos ir “compensando”, en el día a día, nuestras carencias y malestares. Metidos en nuestra burbuja egoica, vamos tratando de sobrevivir con el menor malestar posible, sin ningún otro anhelo ni horizonte.

Sin embargo, detrás de ese aparente bienestar, lo que hay en realidad es un “abismo” que nos mantiene irremediablemente separados de nosotros mismos y de los demás. El egocentrismo crea fracturas y genera dolor, porque se asienta en la mentira. Si todo es uno -la realidad conoce diferencias, pero no separación-, negarlo en la práctica implica situarse en el error de partida, que crea inexorablemente abismos, mundos y personas fragmentados.

¿Qué hay en mí de indiferencia y de compasión?

Enrique Martínez Lozano

La riqueza, rival de Dios

Conviene recordar que Jesús en el evangelio de Lucas es, ante todo, el salvador, el que vino para librar al mundo de sus males. El mundo son todos los hombres y mujeres, el pueblo de Dios, todos los pueblos. No hay un pueblo “elegido” con privilegios, todos son objeto de su amor. El aspecto de Dios que prevalece en la obra de Jesús es el de la misericordia. Jesús muestra predilección por los más necesitados: los pobres, los pecadores, los enfermos, los descartados, las mujeres, los niños. Lucas presta especial atención a la fuerza del Espíritu Ruah en el acontecimiento cristiano, en el tiempo de Jesús y en el tiempo de los/las apóstoles. El Espíritu es la fuerza que hace posible el evangelio en el mundo.

Lucas insiste en las actitudes del discípulo/a: amor del prójimo en vez de observancia formalista de la Ley; el prójimo no es un concepto legal sino una relación que se crea, que se construye; esta actitud es la central y su realización concreta se llama servicio. Amor y servicio son la única grandeza y la única autoridad en un Reino en el que no existen tradiciones ni reglas de vida (a propósito de la pregunta que los fariseos hacen a Jesús sobre el ayuno y la comparación que él les pone del vino nuevo); a través del amor y el servicio el/la discípulo/a entra en una nueva relación con Dios llamándole Abbá, dirigiéndose a Él/Ella con plena confianza.

Pero dos obstáculos hacen imposible esa relación con Dios, en este texto del evangelio que sólo narra Lucas: la conciencia pagada de sí misma y la riqueza, rival de Dios y, por tanto, injusta, tentación constante que hace al ser humano sordo a la voz de Dios. Al discípulo/a se le exige la renuncia al dinero; eso le dará la verdadera felicidad.

En la primera lectura del libro de Amós (6,1a. 4-7), el profeta denuncia las falsas seguridades de quienes se hacen ídolos de sus creencias: riqueza, dominación, poder, mentira, soberbia, egoísmo, en definitiva, cualquier tipo de opresión. Concienciar de la servidumbre es comienzo de salvación. Ante la creciente brecha de desigualdad entre ricos y pobres, cabría preguntarse, ¿vivimos el servicio a los demás o nos aferramos a nuestras servidumbres?

El evangelio no deja para el más allá la solución de la pobreza y de la miseria, ya que al rico Epulón lo “condena” al castigo eterno, teniendo en cuenta el lenguaje mítico semita que utilizan los evangelios. Si bien Jesús manifiesta predilección por todos los que necesitaban liberación, su actitud no fue excluyente ni condenatoria sino abierta y de acogida con todos.

Jesús se dirige a los fariseos y les cuestiona lo que predican. Poco antes de este relato, les lanza una frase lapidaria: “No podéis servir a Dios y al dinero” (16,13), dirigida a todo aquel que vive esclavo de sus riquezas. Es la riqueza acumulada y no compartida la que impide entrar en la dinámica del Reino.          

El texto describe a dos personajes destacando el fuerte contraste entre ambos. En ningún momento se dice que el rico haya provocado la miseria del pobre y se encuentre en esa penosa situación por su culpa. Lo escandaloso es que ni siquiera se ha dado cuenta de su presencia; mientras él banquetea diariamente, el pobre, junto a su puerta, no tiene nada que llevarse a la boca. Vive cómodamente rodeado de su  bienestar, ignorando la vida de quien está a su lado. Su actitud es inhumana por su insensibilidad, por su indiferencia. En palabras del evangelio, por poseer un “corazón de piedra”.

También nosotros, hoy. Vivimos tan inmersos en nuestras comodidades, en nuestras seguridades, tal vez en nuestro hedonismo, que no queremos ver la miseria de nuestro mundo. El relato intenta sacudir la conciencia de quienes nos hemos acostumbrado a vivir en la abundancia teniendo a nuestro lado países y pueblos enteros viviendo en la más absoluta miseria. Una sociedad del bienestar que se ve incapaz de frenar la injusticia social mundial. Que nos permite vivir con la conciencia resignada pensando que la culpa es de todos, países ricos, imperialismos capitalistas, comunistas, totalitarismos nacionalistas, y de nadie en particular. Dos ejemplos:  

La ONU muestra un mapa de la pobreza global más allá del dinero. 1.300 millones de personas son pobres en todos los sentidos de la palabra porque no tienen apenas ingresos o carecen de acceso a agua potable, alimentos suficientes o electricidad. El 10% de la población mundial, 736 millones de personas, sobreviven cada día con menos de 1,90 dólares. Son extremadamente pobres… económicamente. Aunque estar por encima de este nivel de ingresos no asegura tener una vida digna.

Manos Unidas alerta: 274 millones de personas necesitarán ayuda humanitaria este 2022.

En todo caso, el evangelio no pretende solucionar un problema social sino denunciar una falsa e hipócrita actitud religiosa. El Reino que Jesús predica consiste en hacer de la humanidad una comunidad de hermanos. Nos invita a compartir los alimentos, los recursos, suficientes para todos, y convivir como hermanos, no como rivales o competidores. Los ricos dejarían de acaparar y los pobres dejarían de serlo. Todos creceríamos en humanidad. En el fondo, pobreza e injusticia es una realidad en la que todos participamos. Lo que se nos pide es romper la indiferencia, no poner excusas ante la incapacidad de unos y otros, estar atentos a las “llagas de nuestro mundo” permaneciendo activos ante el sufrimiento, descubrir y levantar a los Lázaros “de la puerta de al lado”, vivir el amor-compasión que Jesús practica entre los necesitados.

Y todo ello, sin pedir nada a cambio. Esa es la salvación que me hace más humana y más divina, que me religa con el Dios de Jesús. La medida de amor-servicio a los hermanos me abre, pues, a esa relación única, íntima con Dios. Todo lo demás son cálculos interesados.

¡Shalom!

Mª Luisa Paret

Lujo y miseria

Una parábola inspirada en una denuncia profética (Amós 6,1a.4-7)

La parábola del rico y Lázaro, exclusiva del evangelio de Lucas, se inspira en un texto del profeta Amós, elegido este domingo como primera lectura. Este profeta del siglo VIII a.C. vivió una situación muy parecida, en ciertos aspectos, a la de hoy: gente millonaria, que puede permitirse toda clase de lujos, y gente que llega a duras penas a fin de mes o incluso pasa hambre.

El profeta se dirige a la clase alta de las dos capitales, Jerusalén (Sión) y Samaria, y denuncia su forma lujosa de vida. El lujo se extiende a todos los ámbitos: al mobiliario, con lechos y divanes de marfil, mientras la inmensa mayoría de la gente duerme en el suelo; a la comida, a base de carne de carnero y de ternera, cuando los pobres se contentan con pan y agua, unas uvas y un poco de queso; a la bebida en copas refinadas o de gran tamaño (el término hebreo puede interpretarse de ambos modos); a los perfumes carísimos, mientras los pobres sólo huelen a sudor.

Y esta gente que se permite toda clase de lujos “no se duele del desastre de José”. José no es una persona concreta sino todo el país, conocido entonces como Casa de José porque sus tribus principales eran Efraín y Manasés, los dos hijos del patriarca José.

Lo que dice el profeta es que esa gente que vive con toda clase de lujos no se preocupa lo más mínimo del sufrimiento de millones de personas que lo pasan mal. Como castigo, les anuncia la invasión de un ejército extranjero que pondrá fin a sus orgías y los deportará.

El rico comilón (Epulón) y el pobre Lázaro (Lucas 16,19-31)

La parábola de Lucas, inspirada inicialmente en el texto de Amós, podemos dividirla en tres partes.

El rico y el pobre (vv.19-21). A Lucas le gusta presentar parejas de personajes antagónicos: Marta y María, los dos hermanos, el rico y su administrador injusto… Aquí elige un rico y un pobre. Del rico no dice el nombre, solo menciona su forma de vestir y su excelente comida. Se viste de púrpura y lino, tejidos valiosos, que se usan para los ornamentos sacerdotales (Ex 28,5). Su excelente comida le ha valido en España el nombre de Epulón, basado en la palabra epulabatur de la traducción latina.

Del pobre, en cambio, comienza dando su nombre, Lázaro, cosa atípica en las parábolas, que no dan nombre a los protagonistas. Lázaro significa «Dios ayuda», nombre que resulta irónico, porque Dios no parece ayudarlo. Su vestido son llagas que le cubren el cuerpo y lamen los perros. Comida no tiene. Desearía llenarse el vientre con los trozos de pan que se utilizaban para empapar en el plato y para limpiarse las manos, que luego se arrojaban bajo la mesa (J. Jeremias). La expresión «deseaba saciarse» recuerda al hijo pródigo en su época de hambre, pero este tuvo la posibilidad de buscar solución, volviendo a la casa paterna. El pobre está tirado a la puerta del rico, casi sin poder moverse.

Muerte y sepultura (v,22). Cosa nada extraña en un cuento, parece que los dos mueren el mismo día. Desde ese momento cambia su suerte. El pobre es llevado por los ángeles al seno de Abrahán, idea que no encuentra paralelo en la literatura bíblica, pero que expresa muy bien el excelente trato recibido por el pobre. Del rico se dice escuetamente que «fue sepultado». El autor del libro de Job habría descrito un cortejo fúnebre solemne: «Lo conducen al sepulcro, se hace guardia junto al mausoleo… Después de él marcha todo el mundo, y antes de él incontables» (Job 21,32-34). La parábola no menciona tanta pompa, ni siquiera un solo acompañante; solo dice que lo sepultaron, se hundió en la tierra, no en el seno de Abrahán.

El rico, Lázaro y Abrahán (vv.23-31). Los protagonistas son el rico y Abrahán. Lázaro no dice nada, se limita a pasarlo bien. Después de enterrarlo, el rico se encuentra en el Hades, término griego que designa originariamente al Dios del mundo subterráneo y, más tarde, a dicho mundo, un lugar de tormento, en el que las llamas provocan una sed terrible. Aunque ese espacio está separado del seno de Abrahán por un abismo infranqueable, se puede ver al patriarca y dialogar con él. Esto da lugar a un largo diálogo entre ellos, con tres peticiones del rico y las consiguientes repuestas del patriarca.

Primera petición (24-26). Lo que pide no puede ser menos: una gota de agua en la punta de un dedo de Lázaro, para apagar la sed. Abrahán comienza su respuesta en el mismo tono cariñoso. El rico lo ha llamado «padre» y él lo llama «hijo». Pero no le concede lo que pide, aduciendo dos argumentos. 1) La suerte se ha invertido: el que tenía todo lo bueno en esta vida, se ve ahora atormentado; el que solo tuvo males, ahora es consolado. Que el pobre reciba su premio después de haber sufrido tanto en esta vida es fácil de aceptar. En cambio, el castigo del rico es tan terrible que algún pecado debe haber cometido. En esta línea, lo que más debe intranquilizarnos (porque la parábola pretende sacudir la conciencia) es que el rico no es un explotador ni un criminal, no se dice que pagara un salario de miseria a sus obreros ni que se hubiera enriquecido con el narcotráfico. Lo que denuncia la parábola es su forma exquisita de vestir y de comer, sin fijarse en el pobre que está tendido a su puerta. Es la injusticia indirecta causada por el egoísmo. 2) Entre nosotros y vosotros existe un abismo infranqueable. La idea coincide con la del libro etiópico de Henoc, que habla de un abismo entre la región donde termina la gran tierra y un lugar desierto y terrible.

Segunda petición (v.27). El rico no ceja y plantea un deseo muy distinto, que a él no le beneficia en nada, pero sí a su familia. De nuevo sería Lázaro quien debería actuar, presentándose ante los cinco hermanos para darles un testimonio e impedir que vengan a este lugar de tormento. La respuesta de Abrahán es breve y seca: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen». No es fácil imaginar a cinco millonarios consultando la Biblia. ¿Qué espera el patriarca que saquen de su lectura? El mensaje social de la legislación del Pentateuco (Moisés) y de profetas como Amós, Isaías, Miqueas… es de una fuerza enorme. Si el lector no lo sabe, el rico lo ha captado de inmediato.

Tercera petición (vv.30-31). Lo que pretende el rico es la conversión de sus hermanos. Y esto se consigue mejor con la aparición de un muerto (Lázaro) que con mucha lectura. La respuesta de Abrahán niega que incluso el mayor milagro, la resurrección de un muerto, sirva de algo si no existe la actitud de escuchar a Dios. El v.31 recuerda lo ocurrido con otro Lázaro, el hermano de Marta y María. Después de su resurrección, muchos judíos creyeron en Jesús; pero algunos contaron a los fariseos lo que había hecho, y se decidió su condena a muerte (Jn 11,45-48). Y las comunidades cristianas, al escuchar este cuento, refrendarían que tampoco la resurrección de Jesús consiguió convencer a quienes se negaban a creer en él.

El cambio que introduce la parábola. Mientras Amós piensa que el castigo ocurrirá en esta vida, mediante la invasión de los asirios, Jesús lo desplaza a la otra vida. Él no se hace ilusiones; en esta vida, el rico seguirá disfrutando, y el pobre pasando hambre. Este cambio radical en el punto de vista ayuda a entender otras afirmaciones del evangelio de Lucas.

En el Magnificat, María pronuncia unas palabras que, aplicadas a nuestro mundo, resultan estúpidas o de un cinismo blasfemo cuando dice que Dios “a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”. A la luz de la parábola del rico y Lázaro queda claro cuándo tendrá lugar esa revolución.

Lo mismo afirma el comienzo del Discurso en la llanura, que contrasta la situación presente (ahora) con la futura. “Dichosos los pobres, porque el reinado de Dios les pertenece. Dichosos los que ahora pasáis hambre, porque seréis saciados. Dichosos los que ahoralloráis, porque reiréis… Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya recibís vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque pasaréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque lloraréis y haréis duelo” (Lc 6,20-25).

¿Dos textos trasnochados?

Tanto Amós como Jesús viven en una sociedad muy distinta de la nuestra (al menos de la del Primer Mundo). Entonces no existía la clase media. La riqueza se acumulaba en pocas manos, mientras la mayor parte del pueblo vivía en circunstancias muy duras. Aplicar la parábola a los multimillonarios de hoy día, jeques árabes, grandes industriales, artistas de cine, deportistas de élite… supondría dejar con la conciencia tranquila a los millones de personas que vivimos en circunstancias infinitamente mejores que la inmensa mayoría de la población mundial. Si ahora mismo resulta difícil resistir su mirada, mucho más difícil será cuando nos mire Dios.

José Luis Sicre

Comentario – Domingo XXVI de Tiempo Ordinario

(Lc 16, 19-31)

Este episodio del rico y el pobre Lázaro es uno de los textos típicos del evangelio de Lucas, con un fuerte acento en la misericordia, donde aparece también la predilección de Dios por los pobres. De hecho, el único motivo que se da para que Lázaro sea llevado por los ángeles a un lugar de consuelo son los males que soportó durante su pobre vida, es decir, simplemente su pobreza.

El evangelio invita a prestar atención a esas personas sumidas en la miseria y la angustia mientras estamos felices en nuestras comodidades y tratamos de no dejarnos cuestionar por su presencia. Y este texto nos muestra el lugar peculiar de la ayuda al hermano pobre en el camino de purificación y crecimiento. Aunque todo parezca estar bien, la indiferencia ante las necesidades del pobre nos coloca en un camino que lleva a la oscuridad y a la ruina.

También es destacable en este texto la importancia que se da a la Palabra de Dios, ya que si no le prestamos atención a sus exigencias, ni siquiera la resurrección de un muerto nos hará renunciar a nuestros apegos y a nuestra indiferencia. No se trata entonces de esperar que Dios haga algo prodigioso para que cambiemos de vida. Se trata de detenerse a ver la realidad: la propia vida, el sentido de lo que estamos haciendo, las necesidades que hay a nuestro alrededor. De ese modo podremos reconocer que la vida cómoda y egoísta que llevamos es verdaderamente desagradable. De hecho, hay personas que luego de disfrutar varios días de comodidad y de confort, comienzan a recordar el sufrimiento de los demás y entonces surge en sus corazones la pregunta: «¿Para qué estoy viviendo? ¿Qué estoy haciendo con mi vida?»

Pero la persona que se evade en las distracciones y escapa de las preguntas de su propio corazón, no cambia de vida aunque vea resucitar a un muerto.

Oración:

«Ilumíname Señor y toca mi corazón, para que pueda descubrirte en aquellos que pasan a mi lado y sólo se encuentran con mi indiferencia. Purifícame del egoísmo y de la comodidad que me encierran en mi pequeño mundo, insensible y ciego».

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Lectio Divina – Domingo XXVI de Tiempo Ordinario

Si no escuchan a Moisés y a los profetas,
no se convencerán ni aunque resucite un muerto

INTRODUCCION

“Lázaro yacía a las puertas de la casa del rico, pero éste no lo veía. ¿A dónde dirigía su mirada? ¿A los cielos para agradecer y bendecir a Dios por su riqueza?… ¿O iría repasando los nombres de los amigos invitados, para asegurarse de que no faltaba ni sobraba nadie?… ¿O miraba tal vez alrededor, para ver quienes le saludaban, quienes le aplaudían o quienes le felicitaban? No sabemos dónde dirigía su mirada ese hombre rico, pero ciertamente no la dirigía a Lázaro, ese mendigo asqueroso que yacía a las puertas de su casa.  Ese rico, sin duda, habría ido a la escuela, incluso conocería la Ley y los Profetas, pero no había aprendido a ver. Fue cuando dejó esta vida y atravesó las puertas de la muerte cuando, sumido en el dolor, levantó los ojos y vio. Pero ya era tarde” (Sergio César Espinosa).

LECTURAS BÍBLICAS

1ª lectura: Amós 6, 1ª-4-7,           2ª lectura: 1Timoteo: 6,11-16

EVANGELIO

Lucas (16,19-31):

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”. Pero Abrahán le dijo: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado. Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”. Él dijo: “Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”. Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. Pero él le dijo: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”. Abrahán le dijo: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».

MEDITACIÓN-REFLEXIÓN

1.- LA RIQUEZA ENVILECE EL ALMA. El término de comparación por parte del Señor no es de un rico que se permite el lujo de comer chuletas cada día y el pobre sólo come lentejas.  Se trata de un rico que derrocha… “banquetea”, come espléndidamente todos los días, bebe los mejores vinos y se viste de lino y púrpura. Acentúa las diferencias hasta provocar escándalo. Esto se ve más claro desde que sabemos que la costumbre era la de limpiar el primer plato con migas de pan y después echarlo a los perros. ¡Ni esto le daba!… ¿No pasa eso mismo ahora? Hay muchos miles de personas que se alimentan de lo que recogen en los basureros…

2.- LA RIQUEZA ENDURECE EL CORAZÓN. El dinero endurece el corazón. “Engarza en oro las alas del pájaro y ya nunca podrá volar al cielo”.  Tenemos entendimiento y voluntad para poder volar, pero el dinero nos rompe las alas. Ya no hablamos de solidaridad, igualdad, fraternidad… Sólo nos interesa lo que está a ras de tierra, el vuelo horizontal… La parábola del rico Epulón y Lázaro es, ante todo, el relato estremecedor de la “insensibilidad” del que más tiene ante el sufrimiento del más desgraciado. Esto, sin duda alguna, es lo primero que salta a la vista cuando se lee esta “historia ejemplar” (F. Bovon). En el Juicio Final, el Señor nos dirá: “Tuve hambre y no me disteis  de comer, tuve sed y no me disteis  de beber, estaba desnudo y no me vestisteis, en la cárcel y no me visitasteis…Y nosotros, asombrados, le diremos:: ¿Cuándo te vimos hambriento,  sediento, desnudo, encarcelado?… Y el Señor nos dirá: Ése ha sido vuestro problema: “que no me habéis visto” (Mt. 25,37-40).

3.- LA RIQUEZA OFUSCA LA MENTE. La persona normal es aquella que sabe que vivir es convivir, que nos necesitamos, que no somos pantallas sino puentes entre unos y otros. Y aquí en la parábola se dice que entre ricos y pobres se ha levantado una fosa tan honda que ya unos no pueden pasar donde están los otros.

a) A nivel individual estamos viendo cómo es frecuente oir quejarse a las personas mayores en las Residencias: No vienen a verme mis paisanos, mis vecinos; y a veces, ni siquiera mis hijos ni mis nietos a darme un beso. Se les cortan a los ancianos los puentes afectivos y sólo desean morirse. No mueren de hambre, ni de frío, ni de estar mal atendidos en la Residencia. Se mueren de asco, es decir, de soledad.

b) Pero los puentes también se cortan entre unas naciones y otras. Los países del primer mundo ya no se relacionan con los del tercer mundo. Los del Norte no se relacionan con el Sur…. Por eso mientras unos, los ricos, son cada vez más ricos, los otros, los pobres, son cada vez más pobres. Esto no entra en el plan de Dios que quiere que los bienes de este mundo estén bien repartidos y lleguen a todos.

PREGUNTAS

1.- ¿Estoy convencido de que la riqueza, sin compartir, hace que la vida sea cada día más vil y miserable?

2.- ¿Crees que, después de la pandemia, somos más solidarios, más humanos, más buenas personas?

3.- ¿Qué se me ocurre hacer para mejorar este mundo?

ESTE EVANGELIO, EN POESÍA, SUENA ASÍ:

Jesús nos presenta a un «rico»
con sus banquetes y fiestas
y a un «pobre» lleno de llagas,
hambriento, echado a su puerta.
Los ricos son egoístas
y esclavos de su «ceguera»:
Pasan de largo ante el pobre
sin fijarse en su miseria.
Los ricos también acusan
una incurable» sordera»,
pues no escuchan la Palabra
de Dios ni de los Profetas.
Al prescindir del Señor,
son «esclavos del sistema».
Sin Dios, su vida es «infierno»,
sin luz, vagan en tinieblas.
Jesús narra esta parábola
para que nos demos cuenta
de que «dar culto al dinero
es nuestra mayor pobreza».
Señor, Tú te identificas
con los pobres de la tierra.
Que nosotros descubramos
en sus vidas, tu presencia.
Que compartamos con todos
nuestro amor, nuestras riquezas,
como, ahora, compartimos
tu PAN, en la misma «Mesa».

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

Dos respuestas al Señor

No cabe duda de que el Cristianismo, humanamente hablando, parece una locura. A los escribas que rodeaban a Cristo en el pasaje evangélico que hoy leemos, las palabras del Señor más arriba transcritas les sonaban a blasfemia. ¡Que un hombre se atreva a perdonar los pecados! Esto, en principio, no se entiende. Y es que la pura razón poco nos dice en el terreno sobrenatural. Para entender a Cristo —en el sentido salvífico de la palabra— hace falta estar abierto a Dios y a su amor, a un ámbito divino en el que Dios habla y el hombre escucha… y responde.

San Juan evangelista nos sitúa en el centro del misterio cuando recoge aquellas palabras de Jesús: “Nadie puede venir a mí si mi Padre no le atrae” (Jn 6, 44). Es decir, la iniciativa en el plan divino de salvación la tiene el Padre: Él es el que atrae, Él es el que salva por medio de Cristo. Si pudiera darse un esfuerzo humano sin una atracción divina sería una empresa baldía, inútil, abocada al fracaso, por tener en sí misma una insuficiencia radical. Y, sin embargo, la salvación humana, que tiene en Dios su primera palabra, no puede verificarse sin una respuesta del hombre.

¿Cómo han respondido los hombres a la atracción de Dios? La escena evangélica de hoy es una de las muchas en las que podemos descubrir la respuesta. Cristo, el Rabí de Galilea, es la decisión redentora del Padre inserta en la historia humana. Cristo, que vive entre los hombres —también ahora aunque no sea visible a los ojos de la carne— y dialoga con ellos, va provocando con su sola presencia dos tipos de respuesta: una de adhesión, otra de rechazo.

En el Evangelio de hoy ese “judicium”, esa discriminación que se opera en los hombres ante la Persona de Cristo, es consecuencia de unas palabras conmovedoras del Maestro: “Hijo, ten confianza, tus pecados te son perdonados”. Esta es la atracción del Padre, la invitación amorosa, llena de poder y eficacia, a entrar en la vida divina. Los fariseos se aferran a la prudencia de la carne, a sus razonamientos: se cierran sobre sí mismos y rechazan la invitación divina, calificándola de blasfemia. La angustia del corazón ante esta negativa cuaja en esta pregunta que se nos viene a los labios: Pero ¿por qué, Señor, por qué hay tanta gente que no te recibe? Un versículo de San Juan desplaza el misterio de la cerrazón humana ante Cristo a una zona más tangible: “aunque la Luz vino al mundo, hay hombres que han preferido las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas” (Jn 3,19). El corazón apegado a las obras malas tiene horror de la luz y se aleja de Cristo….

¿Y el paralítico? Ni un gesto ni una palabra suya descubrimos en la narración de San Mateo. Pero el evangelista hace entrar en juego al grupo de amigos que le llevaban en camilla. Dice que Jesús, “viendo la fe de ellos”, hizo el milagro. La fe de sus amigos, que lo llevaban a Jesús. Jesús al paralítico le pidió también una respuesta de fe: “ten confianza”. Jesús, a la vista de aquellos hombres sencillos y creyentes, se llena de ternura y llama al paralítico “hijo”, le reconoce como suyo. Él y sus amigos son hombres de corazón bueno, hombres de “buena voluntad”. Por eso, cuando Dios Padre le atrae hacia Cristo, responde que sí. Y es que en medio del mundo, hay muchos hombres —también hoy— que prefieren la Luz a las tinieblas.

Pedro Rodríguez

El que ría el último, reirá mejor o al freír será el reír (dichos populares)

1.- El relato evangélico y las amenazas del profeta Amós, ambos textos de la misa del presente domingo, son extremadamente duros. El lenguaje que utilizan, por no ser de uso común, mis queridos jóvenes lectores, pueden emborronar las severas advertencias que contienen. Permitidme que, antes de empezar, os dé alguna explicación.

Por la Tierra Santa de aquel tiempo, no vagabundeaban elefantes como para que se pudiera disponer de sus colmillos en abundancia. Por otra parte, difícilmente se podría gozar de lechos cómodos y resistentes, si se hicieran de este apreciado producto. La realidad es que los reyes de Samaría, (la ciudad donde residían recibe el nombre posterior de Sebastye, a 11km de la actual Nablus), estos personajillos se daban buena vida. Sus muebles eran de maderas chapadas de marfil, se han encontrado antigüedades de tal índole por aquellos parajes, y el planteamiento de su existencia era nadar en la abundancia, a costa de injusticias, gozar de la vida, satisfaciendo sus antojos. Haciendo una transposición la narración hablaría de los que los que acumulan juegos digitales, no quiero mencionar marcas, se dan a la bebida cara, conseguida con selectos licores mezclados con preciados jugos. Visten ropa de marca, aunque no por ello resulte más útil, y gastan los más sofisticados perfumes, amén de exhibir relojes de alto precio. No saben desprenderse de su reproductor MP3, donde acumulan centenares de melodías de las que nunca llegarán a disfrutar, ni pueden pasar un minuto en casa sin tener su TV funcionando, aunque no la miren. Individuos así pueden fardar mucho pero están condenados al hastío y al fracaso. No hace falta que lo diga el profeta Amós, aunque resulta muy reconfortante saber que es doctrina revelada.

2.- La historieta, la parábola evangélica correspondiente al presente domingo, no carece de una cáustica ironía. No podemos pretender entenderla aceptando literalmente sus descripciones. Después de la muerte, sumergidos en la existencia eterna, no pueden existir distancias, ni necesidades sensoriales. Del espacio y del tiempo, ya lo sabéis, mis queridos jóvenes lectores, nos libramos al acabar nuestra realidad biológica, pero de alguna manera hay que expresarse y Jesús se adapta a las concepciones de aquel tiempo, que, por otra parte, continúan siendo las de muchas gentes de hoy en día. Si se expresara en nuestro lenguaje, Jesús, seguramente, nos diría que hubo un hombre potentado, ni siquiera el Maestro le da un nombre ficticio, no se lo merece. Este anónimo ricachón, tenía una bodega bien surtida y en su despensa guardaba los más afamados licores y aguardientes, con selectos jamones pata negra, salmón ahumado y el mejor caviar. Sus mansiones estaban adornadas con pinturas de las mejores firmas y el equipo musical lo renovaba cada vez que se comercializaba el más mínimo adelanto técnico que, por descontado, sus oídos eran incapaces de distinguir. Ni pasaba frío en invierno, ni calor en el verano. Sus vehículos eran todos de alta gama. ¡que bien se lo pasaba! Pero, como a cualquier hijo de vecino, le llegó la hora de la muerte.

No lejos del lugar del adinerado del relato, malvivía un pobre hombre, tan pobre, que el Señor que lo describe con simpatía le da nombre concreto, le llama Lázaro, como se llamaba su amigo de Betania. Ni siquiera podía regar una rebanada de pan en aceite, ni podía añadir sal al insípido mejunje que conseguía de algunas gentes. Mis queridos jóvenes lectores del Primer Mundo ¿os habéis dado cuenta de que el aceite de oliva es un lujo que no se pueden permitir millones de hombres y que la sal que nosotros tiramos en las carreteras cuando nieva, una pizca de ella, supone, para chiquillos de zonas desérticas o alejadas de los océanos, una golosina tan deseada como el mejor caramelo o bombón que a vosotros os puedan ofrecer? (acordaos de ello cuando la derramáis displicentemente o cuando os despreocupáis de la gran cantidad de aceite que sin necesidad ponéis en cualquier ensalada y posteriormente irá a parar a la cloaca. Son simples ejemplos de derroches que injustamente cometemos. El cualquier reunión podríais hacer una lista completa de nuestras abundancias y compararlas con las carencias de tantos otros)

3.- Llegará el día del gran encuentro. Sin que existan palacios, ni se sufra hambre, en un presente sobrecogedor, nos sentiremos próximos unos de otros y alejados por la historia personal de cada uno. Alejados si hemos vivido en la abundancia o simplemente sin sufrir necesidad, ignorando imprudentemente, al que sufría. Su dolor, su indigencia, tal vez decimos que son problemas que deben resolver las autoridades o las organizaciones asistenciales propiciadas por las Naciones Unidas. Es nuestra manera de querer huir de responsabilidades cristianas o de simple solidaridad.

Cada vez que en vuestra vida, por las calles o de viaje, os crucéis con un pobre, con alguien que sufre, que tal vez de asco, no dejéis de mirarle y procurad ayudarle hasta que él os sonría. En ese andrajoso, en ese marginado, en ese decaído, deprimido y de mirada perdida, se esconde el fiscal del Juicio Final, del último y definitivo existir. Aquel que determinará nuestro gozo o nuestro alejamiento de la felicidad. No es Dios quien condena, nuestra suerte o desgracia, la determinamos nosotros mismos. Generosidad o egoísmo son, particularidades que escogemos libremente, no lo olvidéis nunca.

Pedrojosé Ynaraja

¿Escuchamos?

Las olas de calor que hemos sufrido este verano, junto con los incendios forestales y la enorme sequía que padecemos, ha hecho que muchas personas hayan caído ahora en la cuenta de que lo del “cambio climático” es verdad. Desde hace muchos años hemos oído hablar de este tema, de las consecuencias que acarrearía, de las medidas que había que adoptar… pero hasta que hemos alcanzado temperaturas récord y se han quemado cientos de miles de hectáreas, no hemos empezado a convencernos de que el problema es real. Aun así, muchos siguen sin cambiar hábitos, pensando que ese problema no va con ellos y que su estilo de vida no tiene consecuencias.

A menudo oímos hablar acerca de graves situaciones y problemas generales pero que, como no nos afectan directamente, no provocan en nosotros ninguna reacción. “Oímos”, pero no escuchamos, no prestamos atención, y por eso no nos convencemos de la gravedad del problema. Y otro de esos graves problemas generales, del que hace mucho que oímos hablar, es el de la pobreza, el despilfarro de unos frente a millones de personas que mueren de hambre, de sed o de enfermedades que podrían curarse. Y así nos lo ha recordado la Palabra de Dios este domingo.

Ya en el siglo VIII antes de Cristo, Oseas denunciaba: Ay de aquéllos que se sienten seguros… Se acuestan en lechos de marfil, se arrellanan en sus divanes… se ungen con el mejor de los aceites, pero no se conmueven para nada por la ruina de la casa de José. Y en el Evangelio, Jesús nos ha ofrecido la parábola del pobre Lázaro: Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.

¿Cuántas veces hemos oído estas palabras? ¿Cuántas veces hemos oído lo que Cáritas y Manos Unidas, por ejemplo, nos dicen acerca de la pobreza y el hambre en el mundo? ¿Cuántas veces hemos oído las cifras estadísticas? ¿Cuántas veces hemos oído hablar de las consecuencias de una riqueza mal repartida, del crecimiento de las “bolsas de pobreza”? Y, más allá de ofrecer nuestro necesario donativo, ¿cuántas veces hemos “escuchado” de verdad esas palabras y han provocado en nosotros un cambio en nuestros hábitos de consumo y en nuestro estilo de vida?

Nadie puede considerarse “a salvo” de los problemas generales, menos aún “excusado” de hacer lo que pueda. Por eso, desde la llamada que la Palabra de Dios nos hace este domingo acerca de los pobres y del hambre, uniéndolo a los graves problemas como la guerra, el cambio climático, la crisis energética… hoy nos conviene “escuchar” algo que “oímos” al Papa Francisco hace más de dos años, en pleno confinamiento, en el momento de oración el 27 de marzo de 2020: “Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos. No podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad.

Hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo”.

En mi vida cotidiana, ¿voy a la mía o me siento unido a los demás, compartiendo un destino común? ¿Me he dejado absorber por lo material? ¿Cuido lo que alimenta, sostiene y da fuerza a mi vida? ¿“Escucho” las llamadas ante guerras, injusticia, pobreza, problemas medioambientales… o sólo “oigo” los datos pero no me siento interpelado ni reconozco mi parte de responsabilidad?

Como decía el final de la parábola: Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto. Ante los graves problemas que aquejan a la humanidad, no nos quedemos en “oírlos”. “Escuchemos” lo que Jesús Resucitado nos dice en su Palabra y a través del grito de los pobres para convencernos de la necesidad de adoptar un estilo de vida cada vez más evangélico, como decía san Pablo: busca la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre para que todos puedan tener parte en los bienes que Dios ha puesto en este mundo para todos sus hijos.

Comentario al evangelio – Domingo XXVI de Tiempo Ordinario

Para superar el abismo

La primera y la segunda lectura presentan respectivamente dos géneros de vida diametralmente opuestos. El primero de ellos, denunciado por el profeta Amós, bien podría ser calificado de un “consumismo avant la lettre”. Completamente centrado en el disfrute personal y sin medida, su pecado más grave no consiste, en realidad, en ese mismo disfrute, sino sobre todo en el olvido y el desprecio hacia la suerte de los que sufren. Es una suerte que reclama la atención y la ayuda de los que tienen los medios para aliviarla en todo o en parte, pero que deciden que el sufrimiento ajeno no va con ellos (aunque es más que probable que la excesiva riqueza de estos sea la causa directa de la excesiva pobreza de aquellos). Por eso, advierte el profeta, los que así actúan acabarán padeciendo una suerte similar a la de los que han despreciado. Y es que las riquezas de este mundo son efímeras, y quien se entrega a ellas como a un absoluto está labrando su propia perdición. El segundo género de vida camina en dirección contraria: Pablo exhorta a su discípulo Timoteo a comportarse como un “hombre de Dios”, y enumera las cualidades que deben adornarlo: justicia, piedad, fe, amor, paciencia, delicadeza. No hay que ver aquí una sucesión jerárquica. Son cualidades propias de quien no vive en la disolución, sino en la tensión de un combate, el combate de la fe, que significa el testimonio de vida de quien cree en Jesucristo. Jesucristo es el camino que nos lleva a una vida plena, a una vida de total comunión con Dios y con los hermanos. Pero esa comunión empieza ya en esta vida: quien cree en Jesucristo no puede estar ocioso ni ocuparse sólo de su propia satisfacción, física o espiritual: ha de ser alguien que se dedica a tender puentes de comunión, y que, en consecuencia, se duele “del desastre de José”, esto es, que no permanece impasible ante el sufrimiento de los demás y trata de superar los abismos que separan a los seres humanos y que son la causa de esos sufrimientos.

El rico Epulón, que banqueteaba espléndidamente cada día, es la figura que en la parábola de Jesús encarna a los disolutos de Amós. Como ya se ha dicho, su mayor pecado no es la gula (o la lujuria que iría muy posiblemente aparejada), sino su insensibilidad, su ceguera para ver la necesidad del que, a la puerta de su casa, ansiaba saciarse con las migas de su mesa, pero que no fue objeto de su compasión, y fue tratado peor que los perros que merodeaban por allí. Frecuentemente la gula, la lujuria, el exceso de sensaciones referidas a uno mismo, nos hacen egoístas, nos ciegan para percibir las necesidades de los otros: su hambre y sed, su desnudez y enfermedad, su falta de afecto y autoestima.

La situación descrita es clara y sencilla. No es Dios el responsable del hambre y los sufrimientos del pobre Lázaro. Los abismos que median entre ricos y pobres, entre víctimas y verdugos, entre poderosos y débiles, no están escritos en las estrellas, ni son el producto de un destino inevitable, ni son, por tanto, insuperables. Los hemos creado nosotros. Y podemos y debemos superarlos nosotros y, precisamente, en esta vida, en este mundo, en este tiempo en que vivimos. Después ya será demasiado tarde. No hay aquí absolutamente nada de justificación de la injusticia en nombre de una futura recompensa en el más allá. Al contrario, percibimos aquí toda la seriedad de la denuncia contra toda forma de injusticia, y de la llamada a tomar medidas reparadoras en esta vida, pues después será demasiado tarde.  

Precisamente porque la vida es una cosa seria, no hay que tomársela a broma, ni podemos pasarla banqueteando (o, más probablemente, trabajando sólo para poder banquetear). Esta vida limitada en el espacio y el tiempo es el tiempo de nuestra responsabilidad, en el que decidimos nuestro destino, nuestro “tipo” (el del disoluto, o el del hombre de Dios) y, en cierta medida, la fortuna de los que están cerca de nosotros. Lo que hagamos en este tiempo y espacio, que Dios nos ha cedido por completo, quedará así para siempre. Esos abismos que hemos de superar construyendo puentes de justicia, misericordia, ayuda y compasión, se harán insuperables una vez concluido nuestro periplo vital. Insisto, la vida es cosa seria. Hay cosas con las que no se debe jugar. La verdadera fe religiosa es una llamada a esa seriedad de la vida, a la libertad responsable, al testimonio de fe, con el que vamos construyendo ese camino que nos vincula con los demás y nos conduce a la vida eterna, a la vida plena.

Pero, ¿no es esta responsabilidad excesiva para nuestras pobres espaldas? Pues somos débiles y limitados en el conocimiento y en la voluntad. ¿No es demasiado para nosotros exigirnos que decidamos nuestro destino definitivo en los avatares cambiantes de la historia?

En realidad, Dios no nos ha dejado solos. En nuestra conciencia y también en la Revelación encontramos múltiples indicadores que nos ayudan a tomar la decisión correcta, el modo de superar los abismos, de encontrar el camino que nos lleva “la casa del Padre”. Es cierto que  hay situaciones conflictivas y difíciles en las que no es tan sencillo acertar con la solución correcta. Pero nadie nos pide imposibles. Si tenemos buena voluntad, lo importante es que tratemos de hacer las cosas lo mejor que podamos. Además, estamos en proceso y también se puede aprender de los errores. No se nos pide ser perfectos, sino adoptar una orientación fundamental que deseche la de la primera lectura y adopte la de la segunda.

Pero podría objetarse, ¿por qué Dios no nos da esas indicaciones de modo más claro y explícito, por medio de signos maravillosos que obliguen nuestro asentimiento? Eso es lo que significa “que resuciten los muertos”: un “milagrón” al que no podamos oponer la menor duda. Se podría replicar que si Dios nos hablara así, nos avasallaría con su fuerza y podríamos sentir que el espacio de nuestra libertad quedaba indebidamente invadido. Su palabra no sería un diálogo respetuoso con el espacio de nuestra libertad, ni daría oportunidad a una respuesta basada en la fe, es decir, en la confianza. Ahí, claro, está el riesgo de nuestro posible “no” a su oferta. Pero ese riesgo es inherente al respeto de la libertad. Además, el “milagrón” no tendría efecto, pues lo importante aquí es un corazón bien dispuesto. Eso es lo que quiere decir Jesús con eso de que “si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto”. Los que se dedican a banquetear, a vivir en la superficialidad, a ocuparse sólo de sí mismos, no suelen estar para milagros de ningún género: si no ven al pobre tirado en su puerta, menos van a ver a un muerto resucitado.

Para ver a uno y a otro hacen falta otras actitudes, precisamente las que enumera Pablo en su carta a Timoteo: voluntad de justicia, piedad (para con Dios y para con los hombres), fe y amor, también esas virtudes menores, pero tan necesarias en la vida, que aquí se resumen en la delicadeza. Sólo así se clarifica nuestra mirada para ver al pobre que sufre y al muerto que resucita: uno y otro son Jesucristo, que sufre en los pobres y con-padece con todos los que padecen (y, ¿quién no padece de un modo u otro?), y que por ese sufrimiento llegó al extremo de la muerte, cancelando así todos los abismos y conquistando para nosotros la vida eterna.

A la luz de la parábola que Jesús nos ha contado hoy, podemos volver ahora a las dos primeras lecturas para examinar a qué género de vida se asemeja más la nuestra, y para tomar decisiones que nos ayuden a superar abismos en vez de a crearlos y ahondarlos. La voz de la ley y los profetas que nos ayuda en esta tarea es la voz de la Iglesia, por medio de la cual nos está hablando cada día el mismo Dios. Escuchémoslo.

José María Vegas, cmf