Comentario – Martes XXVI de Tiempo Ordinario

Lc 9, 51-56

En el plan de Lucas, con el pasaje que leemos hoy comienza una nueva parte de su evangelio, que irá hasta el capítulo 184.

-Primero Jesús comenzó su ministerio en Galilea. -Luego, sube a Jerusalén para morir allí y resucitar…

Como se acercaba el tiempo en que Jesús fuese llevado de este mundo…

La fórmula es solemne.

El texto griego es aún mucho más penetrante: «Como se iban cumpliendo los días de su asunción…»

Esta muerte que se va acercando no es un azar, es un «cumplimiento». Y ¡es también un «levantamiento» una ascensión! Todo el misterio pascual, su fase sombría y su fase luminosa es evocada aquí.

…se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén.

Lucas subraya que es una decisión muy deliberada. Jesús quiere ir hasta el fin, hasta el cumplimiento de su destino… y lo hace con «resolución.»

La marcha hacia Jerusalén, ciudad de su pascua, es una partida memorable. Para Lucas, Jesús ya no regresará más a Galilea, su pequeña patria.

«Mi vida, nadie la toma, soy Yo quien la da.» Contemplo ese instante decisivo en el corazón de Jesús. Señor, ayúdanos en las decisiones valientes que a veces hemos de tomar.

Envió mensajeros por delante; yendo de camino entraron en una aldea de Samaría para prepararle alojamiento, pero se negaron a recibirlo porque se dirigía a Jerusalén.
Los judíos fieles consideraron cismáticos a los Samaritanos cuando éstos construyeron un templo rival al de Jerusalén en la cumbre del monte Garetzim. Despreciados por los judíos, se tomaban su revancha ocasionando toda clase de molestias a los peregrinos que atravesaban su país para subir a Jerusalén.

Jesús no evita pasar por esa tierra en la que un racismo y un desprecio recíproco hacía estragos. Jesús quiere a todos los hombres.

Ante ese rechazo, los discípulos Santiago y Juan le propusieron: «Señor ¿quieres que ordenemos que caiga fuego del cielo y acabe con ellos?»

Era el castigo que Elías infligió a sus adversarios (2Reyes 1, 10). El espíritu de poder está siempre ahí, en el corazón de los hombres. Y lo que es peor que todo: ¡que es de ese modo, como nosotros nos imaginamos el comportamiento de Dios! Esos pobres discípulos creían ser los intérpretes de Dios, y ¡cuan seguros estaban de poseer la verdad! Creían disponer del «fuego divino» para juzgar a esos Samaritanos. Fácilmente, también nosotros tenemos quizá deseos de ese género: que Dios intervenga y destruya de una vez a sus enemigos, que muestre su Poder.

Jesús se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea.

El espíritu de Jesús es un espíritu de no violencia, de misericordia.

Jesús pide a sus discípulos que respeten los plazos de la conversión: el descubrimiento de la verdad es lento, muy lento, en el corazón del hombre.

Jesús nos da aquí la verdadera imagen de Dios. El, que siendo Todopoderoso, no interviene como potentado para doblegar a los que le están sujetos o a sus enemigos, sino que, humildemente, pobremente, espera la conversión, a la manera de un padre o de una madre.

«Y se marcharon a otra aldea.» Como hacen los pobres cuando se les despide.

Contemplo a Jesús marchándose hacia otra aldea… Señor, me interrogo sobre mis impaciencias… Ante mis propios pecados, mis propios fracasos, ante los rechazos de los demás, ante las lentitudes o los retrasos de la Iglesia… Danos, Señor, tu divina paciencia.

Noel Quesson
Evangelios 1

Anuncio publicitario