Vísperas – Miércoles XXVI de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

MIÉRCOLES XXVI TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Padre: has de oír
este decir
que se me abre en los labios como flor.

Te llamaré
Padre, porque
la palabra me sabe a más amor.

Tuyo me sé,
pues me miré
en mi carne prendido tu fulgor.
Me has de ayudar
a caminar,
sin deshojar mi rosa de esplendor.

Por cuanto soy
gracias te doy:
por el milagro de vivir.
Y por el ver
la tarde arder,
por el encantamiento de existir.

Y para ir,
Padre, hacia ti,
dame tu mano suave y tu amistad.
Pues te diré:
solo no sé
ir rectamente hacia tu claridad.

Tras el vivir,
dame el dormir
con los que aquí anudaste a mi querer,
dame, Señor,
hondo soñar.
¡Hogar dentro de ti nos has de hacer! Amén.

SALMO 61: LA PAZ EN DIOS

Ant. Aguardamos la alegre esperanza, la aparición gloriosa de nuestro Salvador.

Sólo en Dios descansa mi alma,
porque de él viene mi salvación;
sólo él es mi roca y mi salvación,
mi alcázar: no vacilaré.

¿Hasta cuándo arremeteréis contra un hombre
todos juntos, para derribarlo
como a una pared que cede
o a una tapia ruinosa?

Sólo piensan en derribarme de mi altura,
y se complacen en la mentira:
con la boca bendicen,
con el corazón maldicen.

Descansa sólo en Dios, alma mía,
porque él es mi esperanza;
sólo él es mi roca y mi salvación,
mi alcázar: no vacilaré.

De Dios viene mi salvación y mi gloria,
él es mi roca firme,
Dios es mi refugio.

Pueblo suyo, confiad en él,
desahogad ante él vuestro corazón,
que Dios es nuestro refugio.

Los hombres no son mas que un soplo,
los nobles son apariencia;
todos juntos en la balanza subirían
más leves que un soplo.

No confiéis en la opresión,
no pongáis ilusiones en el robo;
y aunque crezcan vuestras riquezas,
no les deis el corazón.

Dios ha dicho una cosa,
y dos cosas que he escuchado:

«Que Dios tiene el poder
y el Señor tiene la gracia;
que tú pagas a cada uno
según sus obras.»

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Aguardamos la alegre esperanza, la aparición gloriosa de nuestro Salvador.

SALMO 66: QUE TODOS LOS PUEBLSO ALABEN AL SEÑOR

Ant. Que Dios ilumine su rostro sobre nosotros y nos bendiga.

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Que Dios ilumine su rostro sobre nosotros y nos bendiga.

CÁNTICO de COLOSENSES: HIMNO A CRISTO, PRIMOGÉNITO DE TODA CRIATURA

Ant. Por medio de él fueron creadas todas las cosas, y todo se mantiene en él.

Damos gracias a Dios Padre,
que nos ha hecho capaces de compartir
la herencia del pueblo santo en la luz.

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,
y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,
por cuya sangre hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible,
primogénito de toda criatura;
porque por medio de él
fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres, visibles e invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades;
todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.
Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.

Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres:
los del cielo y los de la tierra,
haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Por medio de él fueron creadas todas las cosas, y todo se mantiene en él.

LECTURA: 1P 5, 5b-7

Tened sentimientos de humildad unos con otros, porque Dios resiste a los soberbios, para dar su gracia a los humildes. Inclinaos, pues, bajo la mano poderosa de Dios, para que, a su tiempo, os ensalce. Descargad en él todo vuestro agobio, que él se interesa por vosotros.

RESPONSORIO BREVE

R/ Guárdanos, Señor como a las niñas de tus ojos.
V/ Guárdanos, Señor como a las niñas de tus ojos.

R/ A la sombra de tus alas escóndenos.
V/ Como a las niñas de tus ojos.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Guárdanos, Señor como a las niñas de tus ojos.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Haz, Señor, proezas con tu brazo: dispersa a los soberbios y enaltece a los humildes.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Haz, Señor, proezas con tu brazo: dispersa a los soberbios y enaltece a los humildes.

PRECES

Aclamemos, hermanos, a Dios, nuestro salvador, que se complace en enriquecernos con sus dones, y digámosle con fe:

Multiplica la gracia y la paz, Señor.

Dios eterno, mil años en tu presencia son como un ayer que pasó;
— ayúdanos a recordar siempre que nuestra vida es como hierba que florece por la mañana, y por la tarde se seca.

Alimenta a tu pueblo con el maná, para que perezca de hambre,
— y dale el agua viva, para que nunca más tenga sed.

Que tus fieles busquen los bienes de arriba y aspiren a ellos,
— y te glorifiquen también con su trabajo y su descanso.

Concede, Señor, buen tiempo a las cosechas,
— para que la tierra dé fruto abundante.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Que los difuntos puedan contemplar tu faz,
— y que nosotros tengamos un día parte en su felicidad.

Con el gozo que nos da el saber que somos hijos de Dios, digamos con plena confianza:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, tu nombre es santo, y tu misericordia llega a tus fieles de generación en generación; atiende, pues, las súplicas de tu pueblo y haz que pueda proclamar eternamente tu grandeza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

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Lectio Divina – Miércoles XXVI de Tiempo Ordinario

“TE SEGUIRÉ ADONDE QUIERA QUE VAYAS”

1.- Oración introductoria.

Señor, al iniciar esta oración, me quedo con esas palabras tuyas: “El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. Ese vacío de cosas materiales me encanta. Ojalá pueda decirte: No me interesan las cosas de este mundo: ni la fama, ni el poder, ni el dinero. Sólo me interesas Tú. ¿Qué me podrías dar mejor que tu persona?  Todo el mundo sin Ti es una nadería. Tú y sólo Tú es aquel a quien yo quiero y a quien yo necesito.

2.- Lectura reposada del Evangelio:  Lc. 9, 57-62

Mientras iban caminando, uno le dijo: «Te seguiré a donde quiera que vayas». Jesús le dijo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro dijo: «Sígueme». El respondió: «Déjame ir primero a enterrar a mi padre». Le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios». También otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa». Le dijo Jesús: Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios».

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

En estos pocos versículos del texto, aparece por tres veces el verbo “seguir”. Es, claramente, una escena de seguimiento. Pero hay que tener en cuenta una cosa: De las 92 veces que aparece el verbo “seguir” en los evangelios, sólo 17 se refiere a los discípulos, todas las demás son para el pueblo fiel. La vocación a seguir a Jesús es para todos. A veces nos desconcierta el hecho de que Jesús no dejara nada escrito. Siempre que esto sucede, el protagonismo en el futuro es para la “obra escrita” y no para el autor. A Jesús le interesaba que sus discípulos dijeran sí a su persona, le siguieran, hicieran suya su vida. Discípulo de Jesús es el que sigue a Jesús, vive al aire de Jesús, y lleva adelante su proyecto, es decir, el Reino de Dios. Después, esos mismos discípulos se encargarán de poner por escrito lo que Jesús supuso en sus vidas, el cambio radical que se originó en sus personas, y la experiencia maravillosa que tuvieron después de haberle conocido. Eso, ni más ni menos, es lo que significa “seguir a Jesús”. Y eso es lo que Jesús nos pide hoy a todos nosotros.

Palabra del Papa.

“Jerusalén es la meta final, donde Jesús, en su última Pascua, debe morir y resucitar, y así llevar a cumplimiento su misión de salvación. Desde ese momento, después de esa “firme decisión”, Jesús se dirige a la meta, y también a las personas que encuentra y que le piden seguirle les dice claramente cuáles son las condiciones: no tener una morada estable; saberse desprender de los afectos humanos; no ceder a la nostalgia del pasado. Pero Jesús dice también a sus discípulos, encargados de precederle en el camino hacia Jerusalén para anunciar su paso, que no impongan nada: si no hallan disponibilidad para acogerle, que se prosiga, que se vaya adelante. Jesús no impone nunca, Jesús es humilde, Jesús invita. Si quieres, ven. La humildad de Jesús es así. Él invita siempre, no impone (S.S. Francisco, 30 de junio de 2013).

4.- Qué me dice hoy a mí esta palabra ya meditada. (Guardo silencio).

5.- Propósito: Hoy me preguntaré durante el día: ¿Qué haría Jesús en este momento? Trataré de imitarle.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración. Señor, al acabar esta oración, te agradezco tus exigencias, es decir, el tomar en serio el seguimiento. Naturalmente, no interpretando tus palabras al pie de la letra, como si Tú te opusieras a que enterremos a los padres o nos despidamos de la familia. Lo que Tú quieres es que descubramos con gozo la maravillosa aventura de seguirte y no nos arrepintamos nunca de esa elección. Ese Jesús que me ha mirado, me ha llamado, y ha puesto toda su confianza en mí, no se merece el feo desplante de mirar a otro lado.

Comentario – Miércoles XXVI de Tiempo Ordinario

Lc 9, 57-62

Jesús subía hacia Jerusalén. Por el camino uno le dijo: «Te seguiré por doquiera que vayas.»

Meditaremos tres casos de «vocaciones».

En el primero es el hombre mismo que se presenta y toma la iniciativa. Viene para proponer a Jesús: ¿me quieres contigo? Pero lo hace con cierta pretensión presuntuosa. ¡Está muy seguro de sí mismo! «Te seguiré por doquiera que vayas». Se cree fuerte, sólido, generoso.

Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.»

Es, evidentemente, una especie de puesta en guardia. Jesús advierte a ese hombre que para seguirle, no basta el entusiasmo. Es curioso ver como Jesús pone por delante la «dificultad» de seguirlo, en el mismo momento en que la aldea no ha querido recibirlo, en el mismo momento en que un hombre generoso se ofrece para seguirle, incondicionalmente.

Jesús pone en primer lugar la falta de confort, la pobreza de su situación.

Seguir a Jesús es ser partícipe de su destino.

Esto subraya que Jesús es consciente de ir hacia su destino trágico en Jerusalén: ser discípulo de Jesús es estar preparado a ser rechazado como Él lo estuvo, es no tener seguridad…

Señor, yo también quisiera siempre seguirte a donde Tú vayas… Pero ahora ya sé y la historia nos ha enseñado «dónde» ibas. Y el Gólgota me espanta, te lo confieso. Ciertamente que no podré seguirte si no me das la fuerza; pero tampoco me atrevo demasiado a pedírtela.

A otro le dijo: «Sígueme.»

En este segundo caso, es Jesús el que llama.

El hombre respondió: «Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre.» Jesús le replicó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos.»

Esa réplica inverosímil suena como una provocación.

En Israel, dar sepultura era una obligación sagrada… y ¡es un acto sumamente natural en todas las civilizaciones! Esas palabras del evangelio, esas exigencias exorbitantes, nos sitúan ciertamente ante un dilema:

-o bien Jesús es un loco que no sabe lo que dice…

-o bien Jesús es de otro orden distinto al terrestre, más allá del humano…

Tratemos de entender esa dura palabra. El término «los muertos» tiene dos sentidos diferentes en la misma frase: en uno de los casos tiene el sentido habitual, se trata de los «difuntos»… pero en el otro caso se refiere a los que todavía no han encontrado a Jesús, y Jesús se atreve a decir de ellos que están «muertos». ¡Ser discípulo, seguir a Jesús es haber pasado de la muerte a la vida! Es haber entrado en otro mundo, ¡que no tiene nada en común con el mundo habitual!

Tú ve a anunciar el reino de Dios.

El discípulo sólo tiene una cosa a hacer, ante la cual desaparece todo lo restante: «anunciar el reino de Dios». Es radical, absoluto. Esto no admite retraso alguno.

Otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia.» Jesús le contestó: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios.»

¿Quién es pues Jesús para pedir tales rompimientos? Y sin embargo Jesús nos ha pedido también que amemos a nuestros padres, y ha dado testimonio de un afecto delicado a su madre al confiarla a san Juan en el momento de su muerte. Pero, Dios, nos pide que renunciemos por El a todas las dulzuras familiares. Esto lo había ya exigido Elías a su discípulo. (I Reyes 19, 19-21).

El servicio del Reino de Dios, ¿tendrá aún en adelante, hombres de ese temple?

Noel Quesson
Evangelios 1

Comentario – Miércoles XXVI de Tiempo Ordinario

Alguien, quizá atraído por su mensaje o fascinado por su personalidad, le dijo en cierta ocasión a Jesús: Te seguiré a donde vayas. Parece dispuesto a todo. No pone condiciones. Manifiesta estar dispuesto a seguirle vaya donde vaya, a tierra de paz o a tierra de conflictos. ¿También a la cárcel? Pero Jesús en respuesta le pone en guardia. Seguirle a él supone seguir a alguien que no tiene dónde reclinar la cabeza: Las zorras tienen madriguera y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.

Seguir a Jesús significa exponerse a no tener la seguridad de un lugar dónde reposar; tal vez vivir a la intemperie; quizá vivir en permanente itinerancia y tener que dormir al raso más de una noche. No le presenta, por tanto, un seguimiento halagüeño, sino más bien sembrado de dificultades y carencias. El que se dispone a seguir a un hombre que ha adoptado semejante estilo de vida deberá compartir con él ese mismo estilo. Es inevitable. Si le sigue habrá de compartir con él sus disfrutes y sus carencias, sus éxitos y sus fracasos, su crédito y su descrédito.

El evangelista no nos dice cómo reaccionó aquella persona tan dispuesta al seguimiento de Jesús tras el futuro de austeridad que éste le presenta. Lo que sí dice es que Jesús llamó a otros. Sígueme, le dijo al primero. Y este le contesta que tiene algo que hacer, que tiene una urgencia: Déjame primero ir a enterrar a mi padre.

Parece que ante esta tarea filial, lo razonable hubiese sido condescender con este deseo. Todos esperábamos de Jesús una respuesta similar a ésta: «Ve a enterrar a tu padre, pues es tu deber como hijo, y luego vuelve. Yo puedo esperar». Pero no es eso lo que Jesús le contesta, sino esto otro: Deja que los muertos entierren a sus muertos, tú vete a anunciar el Reino de Dios.

Es una respuesta que nos deja, como tuvo que dejar al propio interesado, desconcertados, casi helados. La urgencia de anunciar el Reino de Dios es tal que hay que dejar cualquier otra tarea, por urgente y piadosa que parezca. Es tal la importancia que Cristo concede a este cometido que está implicado en su propio seguimiento, que todo lo demás tiene que dejarse para aquellos que no han captado esta prioridad en la vida, para los muertos, que podrán enterrar a sus muertos; porque aquí, de lo que ahora se trata es de invitar a la vida y facilitar el acceso al Reino de los cielos.

A un tercero le sucede algo parecido: Te seguiré –le dice-, pero déjame primero despedirme de mi familia. También esto parece razonable. Es su familia. Le unen a ella lazos afectivos muy fuertes. Ha sido su vida y su sostén durante muchos años. ¿Qué supone un último abrazo de despedida? Pues, a juicio de Jesús, mucho: El que echa mano del arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de los cielos.

Jesucristo entiende que en esta necesidad afectiva de despedida de la familia hay un fuerte apego familiar que le mantendrá con la mirada vuelta hacia atrás, hacia esa familia que deja. Y en semejante actitud no se puede trabajar en una tarea que exige el empeño de todas las energías. Éste, al parecer, no vale para la evangelización.

Jesús está reclamando de sus seguidores una concentración total en la misión que les encomienda, que no es otra que su propia misión: la de extender (anunciando y actuando) el Reino de Dios, algo que exige todas las energías de las que uno disponga, la entrega de la propia vida. Ello obliga a renunciar a todo lo demás, y por tanto a abandonar trabajos y a romper lazos afectivos o ataduras que impidan o reduzcan la dedicación.

Son las exigencias evangélicas. Y tales exigencias suelen parecernos desmedidas; pero son las exigencias del que se presenta como nuestro Salvador y como Aquel que está dispuesto a dar la vida por sus ovejas. Son las exigencias del que de hecho dio la vida por nosotros: exigencias martiriales. En definitiva, son las exigencias del amor llevado hasta el extremo.

José Ramón Díaz Sánchez-Cid
doctor en Teología

El justo vive de fe

1. El profeta Habacuc vivió posiblemente en los tiempos de la invasión de los caldeos y de los asirios a la tierra santa. Él, como los profetas mirando el futuro, como que confunde dos planos: El plano de la injusticia interna de su pueblo y el plano del castigo justiciero de Dios, por medio de un ejército invasor que va a castigar, como azote, los pecados de Israel. Y él comprende que Dios castigue al pueblo por el pecado, pero lo que no comprende es cómo un pueblo más pecador que el de Israel sea escogido por Dios para venir a cometer injusticias mucho mayores que las que va a castigar. Y entonces es cuando, problematizado este pobre hombre, se enfrenta a Dios con un problema parecido al del reino del libro de Job, el problema del mal, que ahora podríamos traducir también nosotros en nuestros problemas y podíamos como Habacuc preguntar: “¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches? ¿Te gritaré violencia sin que me salves? ¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas?” El libro es precioso. Sólo tiene tres capítulos. Fijémonos sobre todo en el capítulo segundo, donde el profeta explaya esta preocupación y en forma de quejas contra Dios, escribe cinco imprecaciones.

La primera contra la explotación económica: “Ay de quien amontona lo que no es suyo y se carga de prendas empeñadas”. Está denunciando aquí el atropello del pobre, de la pobre mujer que no tiene con qué dar de comer a sus hijos y va a empeñar o a prestar dinero y se lo dan a usura: “Amontonan prendas empeñadas”.

Segundo, se queja contra el pillaje avasallador: “Ay de quien gana ganancia inmoral para su casa, para poner su nido en alto y escapar a la garra del mal”. Aquí, dice el profeta que los mismos palacios erigidos con esta usura claman: Sus piedras, sus adornos son testigos de esa sanguijuela humana que es el usurero. ¿De qué sirve tener un bonito palacio si es fruto del pillaje o del robo?

Se queja en tercer lugar contra el genocidio: viene este ejército invasor y mata a nuestra propia gente. “Ay de quien edifica” –son palabras del profeta que parecen escritas para nuestros días– “Ay de quien edifica una ciudad con sangre y funda un pueblo en la injusticia”. Sobre fundamentos de injusticia y de sangre, de atropello y torturas, no puede ser firme una ciudad, una civilización.

En cuarto lugar, el profeta se queja contra la corrupción de los pueblos oprimidos: “Ay del que da de beber a sus vecinos y les añade su veneno hasta embriagarlos para mirar sus desnudeces”. Y describe aquí con pinceladas, diríamos, pornográficas, los vicios de la lujuria de la carne en que se solazan nuestros pueblos.

Y finalmente, el profeta sanciona la idolatría: “Ay de quien dice al madero: despierta; y a la piedra muda: Levántate”. Sí, están cubiertas de oro, pero ni un soplo en su interior. Naturalmente que ya nosotros no tenemos aquellas idolatrías de los caldeos y de los asirios, pero el oro sigue siendo un becerro que muchos adoran. Y por adorar ese becerro de oro, sus riquezas, son capaces de atropellar todos los derechos, mandar a matar, destruir y calumniar, decir todos los epítetos contra una Iglesia que no hace otra cosa que reclamar lo del profeta: Ay de vosotros los idólatras, que hacéis de vuestro oro un dios, pero que no tiene vida por dentro. Es metal que metaliza también del corazón, cuando se postran ante él.

2.- Ante estos problemas que son la realidad de la historia, el pecado en el mundo, la respuesta de Dios se oye en la primera lectura ya: “El Señor me respondió: Escribe la visión. La visión espera su momento, se acerca su término y no fallará; si tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse. El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe”.

El justo vive por su fe. La fe es la única que puede darnos una respuesta adecuada a tantas injusticias. Donde parece que reina la injusticia, el atropello, la fuerza bruta, el justo como que se siente inerme. Qué poco podemos, desde la Iglesia, débil, rebatir los atropellos de la dignidad del hombre. Sin embargo, tenemos la fuerza vigorosa de Dios, la fe. El justo vive de fe. Esta es la vida que yo quisiera para todos los corazones.

Cuando Cristo, nuestro Señor, en su evangelio también nos invita a la fe: “Ah dice: Si tuvierais fe como un granito de mostaza, haríais prodigios parecidos a esto” –que no es más que una figura retórica en el evangelio, pero que quiere expresar una realidad– “le diríais a una morera, arráncate de raíz y trasládate al mar, y os obedecería“.

¿Qué es la fe? Copiamos el pensamiento del concilio Vaticano II, cuando en el documento sobre la divina revelación después de decirnos cómo Dios se revela no sólo en la naturaleza, de tal manera que aún el que no es cristiano, simplemente es un hombre racional, puede descubrir en las flores, en los frutos, en las estrellas, en la naturaleza, la existencia de un Dios; pero eso se llama revelación natural. Pero además de esa revelación natural, nos dice el Concilio, Dios ha querido revelarse Él mismo y sus designios de misericordia y de amor por medio de su palabra, que es el Hijo de Dios, que se hizo hombre y que dejó, también, esa revelación encomendada a una Iglesia. Entonces, el Concilio pregunta: ¿Qué debe hacer el hombre cuando conoce que Dios ha hablado? He aquí la respuesta: Cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe. Por la fe –aquí viene una bonita descripción de la fe– por la fe “el hombre se entrega entera y libremente a Dios. Le ofrece el homenaje total de su entendimiento y voluntad, asistiendo libremente a lo que Dios revela”.

Mirad qué belleza. Tal vez habíamos tenido nosotros, de nuestra infancia, un concepto muy intelectual de la fe. Y es que antes del Vaticano II vivíamos la doctrina del Concilio Tridentino, que tuvo que enfrentarse contra los abusos de la fe que predicaron los renovadores de Lutero, el cual, dicen que enseñaba que con tal de tener confianza en Dios nos salvaríamos, aunque pecáramos fuertemente. Se le atribuye a Lutero esa frase que, históricamente, no sé si será cierto, pero que decía: “Peca fuertemente; con tal que creas fuertemente, te salvarás”. Contra este error nefasto, que puede llevar a muchos pecadores a una confianza ilusoria, el concilio de Trento condenó esa confianza temeraria y enseñó que la fe era aceptar las verdades de Dios, las cosas que Dios enseña. Y así tuvimos nosotros un concepto de fe intelectual. Y un rey decía, cuando le preguntaron: “¿Cómo anda tu cristianismo?”– “Pues, en materia de fe, muy bien, porque no es más que creer; pero en materia de moral ando muy mal”. Se separaba la fe y la moral.

3.- Cuando ya se superó ese error protestante, el concilio Vaticano II enseña otra vez la fe bíblica, la fe que Lutero quiso interpretar, pero que interpretó falsamente, con abuso. La interpreta la Iglesia en esta frase que hemos leído: “Por la fe, el hombre se entrega entera y libremente a Dios. Le ofrece el homenaje total de su entendimiento y de su voluntad, asintiendo libremente a lo que Dios revela”. No es sólo aceptación de verdades, es aceptación de la voluntad de Dios. No es sólo entrega de mi mente a las verdades de Dios; es entrega de mi mente y de mi corazón a lo que Dios quiere.

¿Queremos un acto de fe preciosísimo a los ojos de Dios? Oigamos a María, cuando Dios le pide el consentimiento de la colaboración en la redención. “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”. Este es un acto de fe, una aceptación del misterio de Dios sin comprenderlo; pero una aceptación del que es omnipotente y todo lo sabe. Yo no lo entiendo, pero lo acepto. En sus manos no soy más que un pequeño instrumento. Por eso, no comprendo el misterio de la historia; por eso, no comprendo que la injusticia se improvise y que otras injusticias mayores sean escogidas por Dios para castigar menores injusticias. No lo entiendo, pero sí entiendo que me entrego a Dios y que El es el dueño de la historia y que los mismos azotes de Dios serán también echados al fuego cuando ya sean inútiles para sus designios amorosos.

4.- Después, el concilio Vaticano II dice que la fe no es una cosa que brote de nosotros solos. Fijémonos mucho en esto porque la fe no depende de uno mismo. Para dar esta respuesta de la fe, dice el Concilio, “es necesaria la gracia de Dios que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón. Lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos el aceptar y creer la verdad”

De ahí que la fe es un don sobrenatural, es un regalo de Dios. Dichoso el que tiene fe. Así se explica la súplica de los apóstoles: “Señor, auméntanos la fe”. El que no tenga fe, y yo se que muchos de los que me escuchan no tiene fe, o por lo menos se glorían fanfarronamente de no tener fe. No es ninguna gracia quien no tiene fe. Es un mendigo, es un ciego. Mientras los que tienen fe contemplan los bellos paisajes de la voluntad de Dios, el que no tiene fe es un miope, un ciego, no ve, no tiene fe. Pidamos a Dios que nos devuelva la vista, pidamos al Señor que nos saque de esa oscuridad y tinieblas en las que vivimos sumergidos.

La fe es un don de Dios, y ese don de Dios no lo niega al que se lo pide. Más aún, dice el Concilio, es una ayuda que se adelanta. Antes de que se la pidamos ya está dentro de nuestro corazón, deseando que pidamos ese don.

El Concilio dice cómo esa fe no termina nunca. Para que el hombre pueda comprender cada vez más profundamente la revelación, el Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe con sus dones. Hay un trabajo exquisito del Espíritu Santo en el corazón de cada hombre, de cada comunidad.

Pablo escribe con estos términos: “Aviva el fuego de la gracia de Dios que recibiste cuando te impuse las manos“. Los sacramentos no son otra cosa que el contacto, la presencia, el encuentro de un hombre con Cristo mismo, a través de su ministro.

Y luego la Iglesia, nos está diciendo esta palabra; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, de amor, de buen juicio. “No tengas miedo de dar la cara por nuestro Señor y por mi” –la Iglesia– “Por mí, su prisionero“. Pablo estaba prisionero entre cadenas y se sentía que era la Iglesia perseguida, prisionera; pero desde las cadenas puede decir a todos sus hijos: “Yo, Iglesia perseguida, soy el rostro de Cristo. No te avergüences de ser mi hijo”. Ay de los que se avergüenzas de la Iglesia y de los que continúan la campaña difamatoria contra la Iglesia. Se ríen de su propia madre.

“Toma parte en los duros trabajos del evangelio según la fuerza que Dios te dé. Ten delante la visión” Leamos otra vez la palabra que Dios le dice a Habacuc: “La visión escríbela, y a tu tiempo verás que cumplo. Dichoso el justo que vive de fe”.

Así Pablo, Iglesia, nos dice: “Ten delante la visión que yo te di con mis palabras sensatas y vive con fe y amor cristiano”. Amor, el amor verdadero que se inspira en la fe, el amor sereno que no teme a las violencias, ni echa mano de las violencias, porque no le hacen falta. Le basta creer, entregarse a Dios, no comprender sus horas, los martirios que él nos prueba en la vida, saber que llegará su hora. Tardará pero llegará. Esta es la esperanza que la Iglesia quiere conservar, y por eso San Pablo, hablando por la Iglesia, dice: “Guarda este tesoro con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros”.

Antonio Díaz Tortajada

¿Qué me quiere decir hoy Jesús?

Poder de la fe – Lucas 17, 5-10

En aquel tiempo los apóstoles dijeron al Señor: – Auméntanos la fe. El Señor contestó: – Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esta morera: «Arráncate de raiz y plántate en el mar», y os obedecería. Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: «En seguida, ven y ponte a la mesa»? ¿No le decís: «prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo; y después comerás y beberás tú»? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que tenmíamos que hacer».

Explicación

A Jesús debemos decirle muchas veces: ¡Auméntanos la fe !, porque en él no creemos mucho, ya que no compartimos, ni estamos atentos a ayudar a quien lo necesite, ni perdonamos, ni hacemos las paces, ni damos de lo nuestro sin esperar nada a cambio, ni amamos a los que nos insultan, ni defendemos a los indefensos del abuso de los grandes. ¿ No veis cómo nos falta creer más en Jesús, para vivir como él nos dice ? Por eso debemos decirle muchas veces : ¡ Auméntanos la fe !

Evangelio dialogado

Te ofrecemos una versión del Evangelio del domingo en forma de diálogo, que puede utilizarse para una lectura dramatizada.

Narrador: En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor:

Apóstol 1: Auméntanos la fe.

Jesús: Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa montaña:
«Arráncate de raíz y plántate en el mar”.
Y os obedecería.

Apóstol 2: Señor, tenemos fe en ti, pero nos falta confiar de verdad en lo que nos dices.

Jesús: Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: En seguida, ven y ponte a la mesa?

Apóstol 1: Señor, eso no se hace con los que sirven en la casa.

Jesús: Tenéis razón. Le diríais: Prepárame de cenar, arrodíllate y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú.
Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.

Fr. Emilio Díez Ordóñez y Fr. Javier Espinosa Fernández

Comentario al evangelio – Miércoles XXVI de Tiempo Ordinario

Dios primero

Mientras cursaba mis estudios de teología, teníamos un profesor del tratado de la Gracia que trataba de hacer entender la primacía de Dios de esta manera: «Si no mencionas la frase ‘primacía de Dios’ en el examen final, te suspenderé». Ni que decir tiene que, durante el examen, mencioné la frase tantas veces como pude y aprobé con nota. Los relatos vocacionales del evangelio de hoy subrayan esta primacía y prioridad de Dios en la vida. No se puede responder a la llamada de Dios de forma fragmentaria. Una vez que elegimos responder, debe ser absoluta e irrevocable, y todos los demás compromisos y relaciones quedan en un lejano segundo plano. Una vez que abrazamos la llamada, debemos quemar los puentes que quedan atrás. Una vez que pongamos las manos en el arado, no debemos mirar atrás ni volvernos, ¡a menos que hayamos estado arando en dirección contraria a la de Dios!

Paulson Veliyannoor, CMF

Meditación – Miércoles XXVI de Tiempo Ordinario

Hoy es miércoles XXVI de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 9, 57-62):

En aquel tiempo, mientras iban caminando, uno le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le dijo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro dijo: «Sígueme». El respondió: «Déjame ir primero a enterrar a mi padre». Le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios». También otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa». Le dijo Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios».

Hoy, el Evangelio nos invita a reflexionar, con mucha claridad y no menor insistencia, sobre un punto central de nuestra fe: el seguimiento radical de Jesús. «Te seguiré adondequiera que vayas» (Lc 9,57). ¡Con qué simplicidad de expresión se puede proponer algo capaz de cambiar totalmente la vida de una persona!: «Sígueme» (Lc 9,59). Palabras del Señor que no admiten excusas, retrasos, condiciones, ni traiciones…

La vida cristiana es este seguimiento radical de Jesús. Radical, no sólo porque toda su duración quiere estar bajo la guía del Evangelio (porque comprende, pues, todo el tiempo de nuestra vida), sino -sobre todo- porque todos sus aspectos -desde los más extraordinarios hasta los más ordinarios- quieren ser y han de ser manifestación del Espíritu de Jesucristo que nos anima. En efecto, desde el Bautismo, la nuestra ya no es la vida de una persona cualquiera: ¡llevamos la vida de Cristo inserta en nosotros! Por el Espíritu Santo derramado en nuestros corazones, ya no somos nosotros quienes vivimos, sino que es Cristo quien vive en nosotros. Así es la vida cristiana, porque es vida llena de Cristo, porque rezuma Cristo desde sus más profundas raíces: es ésta la vida que estamos llamados a vivir.

El Señor, cuando vino al mundo, aunque «todo el género humano tenía su lugar, Él no lo tuvo: no encontró lugar entre los hombres (…), sino en un pesebre, entre el ganado y los animales, y entre las personas más simples e inocentes. Por esto dice: ‘Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza’» (San Jerónimo). El Señor encontrará lugar entre nosotros si, como Juan el Bautista, dejamos que Él crezca y nosotros menguamos, es decir, si dejamos crecer a Aquel que ya vive en nosotros siendo dúctiles y dóciles a su Espíritu, la fuente de toda humildad e inocencia.

Fray Lluc TORCAL

Liturgia – Miércoles XXVI de Tiempo Ordinario

MIÉRCOLES DE LA XXVI SEMANA DE TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de la feria (verde)

Misal: Cualquier formulario permitido, Prefacio común.

Leccionario: Vol. III-par.

  • Job 9, 1-12. 14-16. El mortal no es justo ante Dios.
  • Sal 87. Llegue hasta ti mi súplica, Señor.
  • Lc 9, 57-62. Te seguiré adondequiera que vayas.

Antífona de entrada          Cf. Dan 3, 31. 29. 30. 43. 42
Cuanto has hecho con nosotros, Señor, es un castigo merecido, porque hemos pecado contra ti y no hemos obedecido tus mandamientos; pero da gloria a tu nombre y trátanos según tu gran misericordia.

Monición de entrada y acto penitencial
Jesús se entregó totalmente a su misión. Él exige de nosotros la misma entrega al reino de Dios de justicia y amor; exige eso no solo de sus apóstoles, sino también de todos los que “le siguen” – de nosotros. Se nos pide un compromiso “radical”, es decir, que vaya a las “raíces” en las profundidades de nuestro ser; y tiene que ser consistente; es un compromiso y una entrega que no miran atrás, sino que tienen sus ojos puestos tanto en el presente como en el futuro.

Yo confieso…

Oración colecta
OH Dios, que manifiestas tu poder
sobre todo con el perdón y la misericordia,
aumenta en nosotros tu gracia,
para que, aspirando a tus promesas,
nos hagas participar de los bienes del cielo.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles

1.- Por la Iglesia, para que Cristo, por medio de ella, llegue a ser más visible y reconocido, sobre todo por su voluntad de servir a Dios y a su pueblo con su cariñosa preocupación por los pobres, y por su continua conversión al evangelio, roguemos al Señor.

2.- Por todos los cristianos que afirman seguir a Jesús, para que vivan de verdad sin miedo según las exigencias del evangelio y den testimonio de Cristo crucificado y resucitado, roguemos al Señor.

3.- Por todos los que sufren en sus cuerpos y en sus corazones, por los que trabajan por la justicia en el mundo y por la paz entre las gentes, para que encuentren fortaleza por su unión con Jesucristo muerto y resucitado, roguemos al Señor.

Oración sobre las ofrendas
CONCÉDENOS, Dios de misericordia,
aceptar esta ofrenda nuestra
y que, por ella, se abra para nosotros la fuente de toda bendición.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Sal 118, 49-50
Recuerda la palabra que diste a tu siervo, Señor, de la que hiciste mi esperanza; este es mi consuelo en la aflicción.

    O bien:          Cf. 1 Jn 3, 16
En esto hemos conocido el amor de Dios: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos.

Oración después de la comunión
SEÑOR, que el sacramento del cielo
renueve nuestro cuerpo y espíritu,
para que seamos coherederos en la gloria de aquel
cuya muerte hemos anunciado y compartido.
Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.