Comentario – Miércoles XXVI de Tiempo Ordinario

Lc 9, 57-62

Jesús subía hacia Jerusalén. Por el camino uno le dijo: «Te seguiré por doquiera que vayas.»

Meditaremos tres casos de «vocaciones».

En el primero es el hombre mismo que se presenta y toma la iniciativa. Viene para proponer a Jesús: ¿me quieres contigo? Pero lo hace con cierta pretensión presuntuosa. ¡Está muy seguro de sí mismo! «Te seguiré por doquiera que vayas». Se cree fuerte, sólido, generoso.

Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.»

Es, evidentemente, una especie de puesta en guardia. Jesús advierte a ese hombre que para seguirle, no basta el entusiasmo. Es curioso ver como Jesús pone por delante la «dificultad» de seguirlo, en el mismo momento en que la aldea no ha querido recibirlo, en el mismo momento en que un hombre generoso se ofrece para seguirle, incondicionalmente.

Jesús pone en primer lugar la falta de confort, la pobreza de su situación.

Seguir a Jesús es ser partícipe de su destino.

Esto subraya que Jesús es consciente de ir hacia su destino trágico en Jerusalén: ser discípulo de Jesús es estar preparado a ser rechazado como Él lo estuvo, es no tener seguridad…

Señor, yo también quisiera siempre seguirte a donde Tú vayas… Pero ahora ya sé y la historia nos ha enseñado «dónde» ibas. Y el Gólgota me espanta, te lo confieso. Ciertamente que no podré seguirte si no me das la fuerza; pero tampoco me atrevo demasiado a pedírtela.

A otro le dijo: «Sígueme.»

En este segundo caso, es Jesús el que llama.

El hombre respondió: «Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre.» Jesús le replicó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos.»

Esa réplica inverosímil suena como una provocación.

En Israel, dar sepultura era una obligación sagrada… y ¡es un acto sumamente natural en todas las civilizaciones! Esas palabras del evangelio, esas exigencias exorbitantes, nos sitúan ciertamente ante un dilema:

-o bien Jesús es un loco que no sabe lo que dice…

-o bien Jesús es de otro orden distinto al terrestre, más allá del humano…

Tratemos de entender esa dura palabra. El término «los muertos» tiene dos sentidos diferentes en la misma frase: en uno de los casos tiene el sentido habitual, se trata de los «difuntos»… pero en el otro caso se refiere a los que todavía no han encontrado a Jesús, y Jesús se atreve a decir de ellos que están «muertos». ¡Ser discípulo, seguir a Jesús es haber pasado de la muerte a la vida! Es haber entrado en otro mundo, ¡que no tiene nada en común con el mundo habitual!

Tú ve a anunciar el reino de Dios.

El discípulo sólo tiene una cosa a hacer, ante la cual desaparece todo lo restante: «anunciar el reino de Dios». Es radical, absoluto. Esto no admite retraso alguno.

Otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia.» Jesús le contestó: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios.»

¿Quién es pues Jesús para pedir tales rompimientos? Y sin embargo Jesús nos ha pedido también que amemos a nuestros padres, y ha dado testimonio de un afecto delicado a su madre al confiarla a san Juan en el momento de su muerte. Pero, Dios, nos pide que renunciemos por El a todas las dulzuras familiares. Esto lo había ya exigido Elías a su discípulo. (I Reyes 19, 19-21).

El servicio del Reino de Dios, ¿tendrá aún en adelante, hombres de ese temple?

Noel Quesson
Evangelios 1