Comentario – Miércoles XXVI de Tiempo Ordinario

Alguien, quizá atraído por su mensaje o fascinado por su personalidad, le dijo en cierta ocasión a Jesús: Te seguiré a donde vayas. Parece dispuesto a todo. No pone condiciones. Manifiesta estar dispuesto a seguirle vaya donde vaya, a tierra de paz o a tierra de conflictos. ¿También a la cárcel? Pero Jesús en respuesta le pone en guardia. Seguirle a él supone seguir a alguien que no tiene dónde reclinar la cabeza: Las zorras tienen madriguera y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.

Seguir a Jesús significa exponerse a no tener la seguridad de un lugar dónde reposar; tal vez vivir a la intemperie; quizá vivir en permanente itinerancia y tener que dormir al raso más de una noche. No le presenta, por tanto, un seguimiento halagüeño, sino más bien sembrado de dificultades y carencias. El que se dispone a seguir a un hombre que ha adoptado semejante estilo de vida deberá compartir con él ese mismo estilo. Es inevitable. Si le sigue habrá de compartir con él sus disfrutes y sus carencias, sus éxitos y sus fracasos, su crédito y su descrédito.

El evangelista no nos dice cómo reaccionó aquella persona tan dispuesta al seguimiento de Jesús tras el futuro de austeridad que éste le presenta. Lo que sí dice es que Jesús llamó a otros. Sígueme, le dijo al primero. Y este le contesta que tiene algo que hacer, que tiene una urgencia: Déjame primero ir a enterrar a mi padre.

Parece que ante esta tarea filial, lo razonable hubiese sido condescender con este deseo. Todos esperábamos de Jesús una respuesta similar a ésta: «Ve a enterrar a tu padre, pues es tu deber como hijo, y luego vuelve. Yo puedo esperar». Pero no es eso lo que Jesús le contesta, sino esto otro: Deja que los muertos entierren a sus muertos, tú vete a anunciar el Reino de Dios.

Es una respuesta que nos deja, como tuvo que dejar al propio interesado, desconcertados, casi helados. La urgencia de anunciar el Reino de Dios es tal que hay que dejar cualquier otra tarea, por urgente y piadosa que parezca. Es tal la importancia que Cristo concede a este cometido que está implicado en su propio seguimiento, que todo lo demás tiene que dejarse para aquellos que no han captado esta prioridad en la vida, para los muertos, que podrán enterrar a sus muertos; porque aquí, de lo que ahora se trata es de invitar a la vida y facilitar el acceso al Reino de los cielos.

A un tercero le sucede algo parecido: Te seguiré –le dice-, pero déjame primero despedirme de mi familia. También esto parece razonable. Es su familia. Le unen a ella lazos afectivos muy fuertes. Ha sido su vida y su sostén durante muchos años. ¿Qué supone un último abrazo de despedida? Pues, a juicio de Jesús, mucho: El que echa mano del arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de los cielos.

Jesucristo entiende que en esta necesidad afectiva de despedida de la familia hay un fuerte apego familiar que le mantendrá con la mirada vuelta hacia atrás, hacia esa familia que deja. Y en semejante actitud no se puede trabajar en una tarea que exige el empeño de todas las energías. Éste, al parecer, no vale para la evangelización.

Jesús está reclamando de sus seguidores una concentración total en la misión que les encomienda, que no es otra que su propia misión: la de extender (anunciando y actuando) el Reino de Dios, algo que exige todas las energías de las que uno disponga, la entrega de la propia vida. Ello obliga a renunciar a todo lo demás, y por tanto a abandonar trabajos y a romper lazos afectivos o ataduras que impidan o reduzcan la dedicación.

Son las exigencias evangélicas. Y tales exigencias suelen parecernos desmedidas; pero son las exigencias del que se presenta como nuestro Salvador y como Aquel que está dispuesto a dar la vida por sus ovejas. Son las exigencias del que de hecho dio la vida por nosotros: exigencias martiriales. En definitiva, son las exigencias del amor llevado hasta el extremo.

José Ramón Díaz Sánchez-Cid
doctor en Teología