La misa del domingo

San Lucas no explicita el contexto en el que los Apóstoles se dirigen al Señor para pedirle que aumente su fe. San Mateo, en cambio, sitúa la expresión del Señor «si tuvieran fe como un grano de mostaza» en el momento en que los Apóstoles le preguntan por qué ellos no han podido expulsar el demonio que tenía poseído a un hombre. El Señor responde: «Por su poca fe», añadiendo inmediatamente: «yo les aseguro: si tienen fe como un grano de mostaza, dirán a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará, y nada les será imposible”» (Mt 17,20).

San Mateo en su Evangelio escribe que en otra ocasión, al ir de camino, el Señor sintió hambre. Vio una higuera llena de follaje y se acercó a ella para buscar algún fruto para comer. Como no lo encontró, le dirigió a aquel árbol estas palabras: «¡Que nunca jamás brote fruto de ti!» (Mt 21,19). Más tarde, al pasar nuevamente por aquel mismo lugar (ver también Mc 10,12-14.19-23), los discípulos notaron que aquella higuera se había secado de raíz. El Señor entonces les dijo: «Yo les aseguro: si tienen fe y no vacilan, no sólo harán lo de la higuera, sino que si aún dicen a este monte: “Quítate y arrójate al mar”, así se hará» (Mt 21,20-21).

De un modo o de otro, los Apóstoles toman conciencia de su poca fe y anhelan tener una fe más fuerte, firme, sólida. Al ver en el Señor Jesús al Hijo que confía absolutamente en el Padre, al verlo realizar obras tan maravillosas en Su Nombre, le piden con toda humildad y sencillez: «¡Auméntanos la fe!». Puede entenderse esta súplica como un: “¡enséñanos qué hacer para que nuestra fe en Dios y en sus designios crezca y se haga fuerte! ¡Ayúdanos a acrecentar nuestra fe tan pobre y frágil!”. Pero también hemos de entenderla como una humilde súplica al Señor para que Él infunda en ellos el don de la fe. Creer en Dios no es tan sólo una adhesión mental y cordial que brota de la confianza que se le pueda tener a Él y a todo lo que Él revela. La fe en Dios es ante todo un don divino, una gracia sobrenatural que antecede y sostiene todo esfuerzo humano por acrecentar y hacer fecunda esa fe.

Luego de esta primera enseñanza San Lucas recoge en el Evangelio de este Domingo otra enseñanza del Señor: «¿Quién de ustedes que tenga un criado arando o pastorean­do… etc?». La versión litúrgica traduce el término griego doulon por criado. Sin embargo, más preciso sería traducirlo como siervo. Sobre esta calificación podemos decir que en el Antiguo Testamento es frecuente la designación de Israel como “siervo de Dios”, siendo los israelitas designados como “siervos suyos”. Dios los liberó muchas veces de servidumbres esclavizantes y los invitó a pasar a su libre servicio. Obedecer a Dios implicaba un servicio libremente aceptado y amorosamente corroborado: «si no les parece bien servir al Señor, elijan hoy a quién han de servir» (Jos 24,15). El servicio ofrecido a Dios, a diferencia de aquel ofrecido a otros dioses o ídolos, nunca es esclavizante, sino libre y auténticamente liberador.

María, miembro conspicuo de este pueblo elegido de Dios, se designó a sí misma como la doulé Kyriou, es decir, la sierva del Señor (Lc 1,38). Los siervos en las parábolas son hombres de absoluta confianza. Su señor los envía a realizar misiones específicas como por ejemplo recolectar ganancias (ver Mt 21,34-36), convocar a los invitados para su boda (ver Mt 22,4.6), encargarse de la administración de su casa (ver Lc 15,22; 19,13).

El de siervos fue a la vez un título que asumieron los primeros cristianos. Al reconocer a Jesucristo como el Hijo de Dios y Señor de todo, no tardaron en llamarse a sí mismos siervos de Cristo (ver Gál 4,6-7; Rom 8,15-16; 1Cor 7,22; Ef 6,6). ¿Pero no se contradecía este título con las palabras dirigidas por el Señor a sus discípulos la noche de la última Cena: «no los llamo ya siervos… a ustedes los he llamado amigos» (Jn 15,15)? No hay contradicción alguna, pues en aquella misma ocasión también les dijo el Señor a sus discípulos: «Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando» (Jn 15,14). La obediencia no es exclusiva de un siervo, lo es también de quien quiera ser amigo del Señor Jesús.

Resulta extraño que aquel siervo de la parábola que ofrece el Señor en el Evangelio de este Domingo deba calificarse a sí mismo de inútil o “bueno para nada” una vez que ha cumplido fielmente con todas sus tareas. Inútil sería propiamente aquel que no cumple con sus tareas. Al calificarse a sí mismo de “inútil” el siervo de la parábola reconoce en realidad que, a pesar de haber cumplido fielmente su tarea, no tiene derecho a ponerse por encima de su señor y reclamar un trato que no le corresponde. No por cumplir bien su deber el siervo merece sentarse a la mesa del amo para ser servido por él. El siervo no debe perder de vista que su lugar es servir a su señor. Del mismo modo, el creyente debe servir al Señor, no servirse de Él o buscar que Él lo sirva y haga lo que él quiere.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

«¿Hasta cuándo pediré auxilio, Señor, sin que me escuches? ¿Te gritaré: “Violencia”, sin que me salves? ¿Por qué me haces ver desgracias, me enseñas injusticias, me pones delante violencias y destrucción, y surgen pleitos y contiendas?» (Hab 1,2-3). Con este grito que el profeta eleva al Cielo empieza la primera lectura del Domingo. ¿No es este el grito que muchos creyentes también hoy elevan a Dios cuando se hallan en medio del dolor, del sufrimiento, de alguna prueba que parece nunca acabar y que los lleva al borde de la desesperación? Quien sufre una terrible injusticia y daño, quien pierde el trabajo y no tiene con qué sustentar a su familia, quien padece una enfermedad difícil de sobrellevar, quien sufre la pérdida de un ser amado, eleva también al Cielo semejantes quejas: “¿Por qué a mí? ¿Dónde estás Dios? ¿Por qué no me escuchas?” ¡Cuántas veces escuchamos a estas personas decir: “he perdido mi fe, pues Dios no responde a mis ruegos, o porque Él me ha quitado a mi abuela, a mi hijo, etc.”! Pero, ¿es Dios quien no nos escucha? ¿O somos nosotros quienes por tener el corazón endurecido no escuchamos a Dios? 

En la Carta a los Hebreos leemos: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Heb 1,1-2). A lo largo de la historia Dios ha hablado a su criatura humana de muchos modos, una y otra vez, y sobre todo ha hablado fuerte en su Hijo, el Señor Jesús: Él nos ha enseñado todo lo que tenemos que saber para ganar la Vida eterna y nos ha gritado su amor desde la Cruz. Su voz sigue resonando hoy en los Evangelios y en Su Iglesia. 

¡Pero qué pocas veces escuchamos verdaderamente al Señor, porque escuchar implica necesariamente hacer lo que Él nos dice! En efecto, la verdadera fe no consiste principalmente en creer que “si se lo pido con fe” Dios me va a hacer tal milagro, o me va a liberar inmediatamente de la prueba terrible que estoy pasando, o me va a solucionar todos mis problemas y males. Sin duda puede hacerlo y lo hace si en sus amorosos designios considera que es lo mejor, pero antes que este “creo en ti para que Tú me escuches a mí y hagas lo que yo te digo”, la fe es un “creo en ti y te escucho para hacer lo que Tú me digas”. Cree y confía verdaderamente en Dios quien, como el “siervo inútil” de la parábola, “hace lo que le es mandado”.

Al considerar de este modo la fe, descubro inmediatamente lo pequeña y frágil que es mi fe. ¿Qué puedo hacer para que aumente?

La fe es un don de Dios, por ello lo primero que debo hacer es pedírselo al Señor cada día con mucha humildad e insistencia, con esta o semejante oración: “Señor, ¡aumenta mi fe! Que pueda creer firmemente en Ti, en tus palabras y promesas, como supieron creer Santa María y los Apóstoles”.

Lo segundo es conocer cada día mejor qué es lo que enseña el Señor Jesús. Para ello es importante leer los Evangelios con frecuencia y meditar las enseñanzas de Cristo, familiarizarnos con ellas. Decía San Ambrosio: «A Dios escuchamos cuando leemos sus palabras». Al hacer esta lectura recordemos que debemos entender las enseñanzas del Señor como la Iglesia las entiende y enseña. La Escritura no puede estar librada a nuestra “libre interpretación”. Por ello también es importante instruirnos sobre las verdades fundamentales de la fe, leyendo continuamente y estudiando el Catecismo de la Iglesia Católica.

Finalmente es necesario esforzarme por poner en práctica lo que Él nos enseña: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5). La fe crece, madura y se consolida cuando pasa a la acción, cuando se manifiesta en nuestra conducta, en nuestras opciones cotidianas.

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