Auméntanos la fe

1.- «¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches? ¿Te gritaré ‘violencia’ sin que me salves?» (Hab 1, 2) ¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas?… El profeta profiere sus quejas ante el Señor, recurre a él con la misma confianza con que se recurre a un amigo, un buen amigo que además lo puede solucionar todo.

¡Cuándo aprenderemos a recurrir a Jesús del mismo modo! A Jesús que no dudó un momento en dar su vida por nosotros. A Jesús que es el Primogénito del Padre Eterno, el Creador de cielos y tierra, el Supremo Juez de todos los hombres. Enséñanos a orar, te dijeron un día tus discípulos. Ahora también nosotros te lo decimos. Enséñanos a orar, a tratarte con una gran confianza, enséñanos a levantar nuestros ojos hasta los tuyos cuando se nos carguen de sombras y de lágrimas.

«La visión espera su momento, se acerca su término y no fallará; si tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse» (Hab 2,3) Dios responde al profeta, como responde siempre al que recurre confiadamente a la fuerza de su amor… Todo esto que sucede ahora tiene su final. Entonces se verán las cosas con claridad, entonces se explicarán muchas cosas que ahora aparecen como absurdas y hasta contradictorias.

El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá de la fe. Aquí está la solución de las penas y pesares del profeta Habacuc. Y aquí está el consuelo para nuestras preocupaciones y nuestras fatigas. La fe, esa virtud que nos hace ver la vida de una forma distinta a como aparece a primera vista, la fe como una luz que nos hace sonreír ante la dificultad, que nos da la paz y la calma en medio del dolor y el sufrimiento. Sí, el justo vive de la fe. Vive, aunque parezca morir. Vive, sí, y vive una vida distinta de la meramente animal. Su vida es la vida misma de Dios.

2.- «Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la roca que nos salva, entremos en su presencia…» (Sal 94, 1-2) Cada vez que consideramos los textos inspirados, hemos de actualizar la presencia de Dios, pensar que el Señor está junto a nosotros musitándonos sus palabras, queriéndonos decir algo que quizá no acabamos de comprender, o de aceptar. Tengamos presente que esa palabra inspirada nunca intenta un monólogo, sino iniciar un diálogo.

Los primeros versículos de este salmo responsorial nos invitan a entrar en la presencia de Dios, a que nos acerquemos hasta su divina grandeza para aclamarle como Señor y Salvador nuestro. Vamos a hacer caso a esta exhortación, pongamos un poco de más esfuerzo y recojamos nuestros sentidos, para centrar nuestra atención en quien está a nuestro lado, lo mismo que un Padre bueno que mira a su hijo lleno de ternura y de compasión.

Perdóname, Señor -díselo tu también-, que me olvide con tanta frecuencia de que estás muy cerca de mí. Perdona, sobre todo, que viva como si Tú no estuvieras presente, como si fueras el gran ausente de mi vida. Ayúdanos a recordar que es todo lo contrario, que estás muy dentro de nuestra alma, que deseas que contemos contigo, que nos refugiemos en Ti.

«Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro» (Sal 94, 7) Entrar en su presencia, darnos cuenta de que nos ve, que nos oye y nos escucha. Quizá es necesario que seamos tan torpes como somos, ya que si percibiéramos con claridad que Dios está presente, caeríamos abrumados por su grandeza divina, nos postraríamos sin atrevernos a levantar los ojos. De todos modos vamos a tomar conciencia, repito, de que estamos delante de Dios y vamos a ser más respetuosos con él, más delicados en nuestras palabras y en nuestros actos. Porque él es nuestro Dios, el único y verdadero Dios.

Junto a su grandeza, vamos a tener en cuenta su amor por nosotros, su infinita misericordia. Vamos a encender nuestro corazón en agradecimiento por tantos dones recibidos, en correspondencia filial y amorosa… No endurezcamos el corazón como lo endurecieron los israelitas en el desierto. Ya está bien de resistir a la voz de Dios. Dejemos nuestros malos caminos y recorramos los senderos que nos conducen a la salvación, los que transcurren en la presencia de Dios.

3.- «No tengas miedo en dar la cara por nuestro Señor» (2 Tm 1, 8) Pablo sigue dando consejos a su discípulo y amigo Timoteo. Sus palabras están cargadas de esa experiencia que dan los años, de esa luz que da una ancianidad lúcida y serena. Entre otras cosas le exhorta a la valentía en el confesar sin miedo a Cristo Jesús. Cuánto sabe san Pablo de eso, cuántas veces ha dado la cara por el Señor. Cuando escribe esas líneas está cargado de cadenas precisamente por haber tenido la osadía de hablar con entusiasmo del Mesías Redentor del mundo, por haber proclamado la ley del amor en un mundo de odios, por haber predicado la belleza de una vida limpia en medio de una sociedad podrida.

Dios no nos ha dado -dice el Apóstol- un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio. Para que, pase lo que pase, nunca nos venza el miedo, para que sea donde sea nos demos a conocer como cristianos. Para que nunca tengamos complejo de inferioridad ante nadie. Para que sepamos hablar de nuestra fe sin rubor ni cortedad. Energía, fortaleza, amor, buen juicio. Cualidades todas que han de estar presentes en nuestro modo de hacer las cosas y de decirlas. Vamos a pedírselo al Señor, vamos a decirle que queremos vencer el respeto humano, que deseamos ser y parecer cristianos, en todo momento y en todo lugar.

«Toma parte en los duros trabajos del Evangelio» (2 Tm 1, 8) Hay que tomar parte en la tarea inmensa de evangelizar el mundo. Ningún cristiano puede estar en las gradas del espectador, nadie ha de considerarse relevado de este servicio, no hay circunstancias que puedan justificar una postura de cómoda inhibición. El ser cristiano es algo dinámico. Cuando uno se hace discípulo de Cristo, ha de escuchar siempre las pala¬bras del Maestro que dicen «ven y sígueme», es decir, inicia la marcha, camina, muévete, vence la inercia hacia una postura horizontal, ponte en pie, sigue el ritmo de mis pasos.

Perdónanos, Señor, perdónanos. No acabamos de entenderte, no acabamos de hacerte caso, no acabamos de ser cristianos de veras. Perdona nuestra indolencia y danos el coraje de ser de otra manera… Vive con fe y con amor cristiano. Guarda este tesoro con la ayuda del Espíritu Santo que habita entre nosotros. Sí, el Espíritu de Dios nos asiste, la fuerza viva de la divinidad nos sostiene, el viento impetuoso y divino nos empuja. Pero no olvidemos que hay que desplegar las velas, es preciso agarrar con energía el timón. De lo contrario el barco seguirá inmóvil, agitado quizá pero sin moverse de su sitio, con peligro de hundirse.

4.- «Si tuvierais fe como un granito de mostaza…» (Lc 17, 6) Auméntanos la fe, dicen los Apóstoles al Señor. Es una súplica que recuerda la de otro personaje evangélico que ansía la curación de un ser querido y, al sentirse sin la fe suficiente, exclama: «Señor, yo creo, pero ven en ayuda de mi fe». Se desprende de todo esto que la fe es, sobre todo, un don de Dios que hay que pedir con humildad y constancia, confiando en su poder y en su bondad sin límites. Por eso, la primera consecuencia que hemos de sacar del pasaje evangélico que consideramos es la de acudir con frecuencia a Dios nuestro Señor, para pedirle, para suplicarle con toda el alma que nos aumente la fe, que nos haga vivir de fe.

Es tan importante la fe, que sin ella no podemos salvarnos. Lo primero que se pide al neófito que pretende ser recibido en el seno de la Iglesia es que crea en Dios Uno y Trino. El Señor llega a decir que el que cree en Él tiene ya la vida eterna y no morirá jamás. San Juan dirá en su Evangelio que lo que ha escrito no tiene otra finalidad que ésta: que sus lectores crean en Jesucristo y, creyendo en Él, tengan vida eterna. San Pablo también insistirá en la necesidad de la fe para ser justificados, y así nos dice que mediante la fe tenemos acceso a la gracia.

En contra de lo que algunos pensaron, y piensan, la fe de que nos hablan los autores inspirados es una fe viva, una fe auténtica, refrendada por una conducta consecuente. Santiago en su carta dirá que una fe sin obras es una fe muerta. El mismo san Pablo hablará también de la fe que se manifiesta en las obras de caridad, en el amor verdadero que se conoce por las obras, no por las palabras. Podríamos decir que tan importantes son las obras para la fe, que si no actuamos de acuerdo con esa fe terminamos perdiéndola. De hecho lo que más corroe la fe es una vida depravada. Por eso dijo Jesús que los limpios de corazón verán a Dios, porque es casi imposible creer en él y no vivir de acuerdo con esa fe.

La fe, a pesar de ser un don gratuito, es también una virtud que hemos de fomentar y de custodiar. El Señor que nos ha creado sin nuestro consentimiento, no quiere salvarnos si nosotros no ponemos algo de nuestra parte. De ahí que hayamos de procurar que nadie ni nada enturbie nuestra fe. Tengamos en cuenta que ese frente es el que nuestro enemigo ataca con más astucia y virulencia. Hoy de forma particular se han desatado las fuerzas del mal para enfriar la fe. El Señor viene a decir que al final de los tiempos el ataque del Maligno será más fuerte, conseguirá enfriar la caridad de muchos. Formula, además, una pregunta que nos ha de hacer pensar y también temer. Cuando vuelva el Hijo del Hombre -nos dice-, ¿encontrará fe en el mundo?

A la petición de los Apóstoles responde el Señor hablándoles del poder de la fe, capaz de los más grandes prodigios. Con un modo hiperbólico de decir subraya Jesús la importancia y el valor de fe. En efecto, quien cree es capaz de las más grandes hazañas, no temerá ni a la vida ni a la muerte, verá las cosas con una luz distinta, vivirá siempre sereno y esperanzado… Pidamos al Señor que nos aumente la fe, luchemos para mantenerla íntegra, para vivir siempre en conformidad con lo que creemos.

Antonio García Moreno

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