Comentario – Sábado XXVII de Tiempo Ordinario

Lc 10, 17-24

Los setenta y dos discípulos volvieron muy alegres de la «misión».

La maldición de las ciudades hostiles no debe hacernos olvidar este otro aspecto: Efectivamente, los primeros misioneros se encontraron con el fracaso, y tuvieron que sacudir el polvo de sus pies en alguna ocasión… pero también obtuvieron éxitos: se les escuchó y su trabajo apostólico dio mucho fruto. ¡Y regresaron muy alegres!

Y contaron: «Señor, hasta los demonios se nos someten por tu nombre.»

Es esto lo único que retuvieron: las potencias del mal se retiraron; y, felices, lo contaban a Jesús.

¿Me ha sucedido alguna vez «contar» a Jesús mis empresas apostólicas?

Jesús les dijo: «Yo veía a Satanás que caía del cielo como un rayo…»

Mientras trabajaban en los pueblos y aldeas, Jesús estaba en oración, y «veía»… lo invisible. Contemplaba su victoria espiritual.

¿Estoy yo también convencido de que Jesús «ve» lo que estoy tratando de hacer? ¿Y de que Él trabaja conmigo?

Os he dado poder sobre toda fuerza enemiga, y nada podrá haceros daño.

Escucho y me repito estas palabras.

«Sin embargo, no os regocijéis porque se os someten los espíritus; más bien regocijaos porque vuestros nombres están escritos en el cielo.»

Jesús aporta un matiz a la alegría de sus amigos: no son los «medios» lo que cuenta ante todo, sino el «fin»… no es la batalla contra el mal lo que debe alegrarnos, ante todo, sino la participación al Reino de Dios…

«Vuestros nombres están escritos en el cielo»: imagen bíblica corriente, lenguaje simbólico concreto para decir que hay hombres elegidos y salvados. (Apocalipsis3,5; 13, 8; 17, 8; 20, 12; 21, 27; Daniel 2, 1).

Entonces se llenó de gozo en el Espíritu Santo.

Trato de contemplar detenidamente ese estremecimiento, esa alegría expresada, esa felicidad que se traduce corporalmente… y que florecerá también en oración.

Se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo: «Bendito seas Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque si has ocultado esas cosas a los sabios y entendidos se las has revelado a la gente sencilla, a los pequeñuelos…»

Es, una vez más, el eco de la primera bienaventuranza: «¡Felices los pobres!» La alegría de Jesús se transforma en «Acción de gracias» al Padre. Su júbilo pasa a ser «eucaristía» . El trabajo misionero de sus amigos fue también una participación a la obra del Padre.

Y, ¿de qué se alegra Jesús? De que los «pequeños» los pobres entienden los misterios de Dios, en tanto que los doctores de la Ley, los intelectuales de la época, los que figuraban… ellos, se cierran a la revelación.

Esta experiencia de la misteriosa predilección de Dios era muy corriente en la Iglesia primitiva. Conviene volver a leer en ese contexto / Corintios 1, 26-31.

Delante de Dios, ¿hago el entendido? ¿Me considero un sabio en las cosas divinas? O bien, me dispongo a recibir la «revelación» del Padre con la sencillez de un niño, de un «pequeño» ?

Sí, Padre, bendito seas, por haberte parecido eso bien. Mi Padre me lo ha enseñado todo; quien es el Hijo lo sabe sólo el Padre; quien es el Padre, lo sabe sólo el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar… ¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis!

¡No, ciertamente, si los grandes de este mundo permanecen cerrados a las maravillosas realidades invisibles, incognoscibles para la ciencia, no tendrán esa suerte!

Por el contrario, dichosos los que aceptan dejarse introducir en ese misterio de las relaciones de amor entre el Padre y el Hijo… relaciones absolutamente perfectas, símbolos y modelos de todos nuestros propios amores.

Noel Quesson
Evangelios 1

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