¿Dónde está el carbonero?

1.- Lo digo muy en serio y sin el menor atisbo de ironía: me hubiera gustado haber conocido al carbonero de la fe, ese que dio origen a la frase “tener la fe del carbonero”, que, al parecer, es una fe fuerte y sin titubeos. En mi Madrid natal, ya hace años había carbonerías. Y muchas porque el carbón se utilizaba para encender y mantener las cocinas de muchos hogares. Luego se amplió la red de gas ciudad o surgió el gas licuado y embotellado. De todos modos, permanecieron más tiempo carboneros y carbonerías que surtían a las calefacciones centrales del carbón. Hoy ya apenas hay de esas tampoco. Por tanto, me va a costar trabajo encontrar al carbonero de tan conocida frase. Y por ello tendré que construir mi calidad y cantidad de fe, con la ayuda de Dios, por mis propios medios y por los que me faciliten mis hermanos y hermanas compañeras compañeros de la misma fe.

Y como parece que el día está de recuerdos quiero citar aquí una frase de don Miguel de Unamuno que aparece al final del prólogo a la edición española –se publicó originariamente en francés durante su exilio en Paris– el ensayo “La agonía del cristianismo”. Hay que decir que Unamuno utiliza la palabra agonía como lucha, en su mejor traducción desde el griego “agoní”. Dice: “Tú (lector) a tu agonía, y yo, a la mía, y que Dios nos las bendiga” ¿Tiene sentido, no? La fe, su mantenimiento, su cohesión, su fuerza, será siempre lucha. Yo, al menos no lo entiendo de otra manera. Y por eso envidio al carbonero de fe firme. Pero supongo que también envidiarían al carbonero en cuestión los apóstoles que ese día le pidieron al Señor Jesús que aumentara su fe.

2.- Y el Señor confirma y entiende el fenómeno de la poca fe en la que viven sus apóstoles. Les dice que si tuvieran fe como un grano de mostaza –la semilla más pequeña de las que se conocían entonces—moverían montañas o transplantarían en el mar una morera. Y de hecho en esa situación de carencia de fe pasan los tres años de vida pública del Señor, con el gran drama por el abandono que supone su detención por las autoridades religiosas judías y su ejecución como un criminal en el terrible tormento de la cruz y por parte de una piqueta de la guarnición romana en Jerusalén. Tuvo que ser la Resurrección y la Ascensión lo que movilizó con fuerza a los amigos íntimos de Jesús de Nazaret, a sus apóstoles y seguidores más cercanos. ¿Fue eso fe? Pues creo que no. Fue certeza. Más pruebas objetivas no podrían haber tenido. De hecho, los muchos milagros, algunos enormes como la resurrección de Lázaro o del hijo de la viuda de Naím y no menos “débiles” como las dos multiplicaciones de alimentos para cinco mil personas… Y, en fin, habría que llegar a la mañana de Pentecostés cuando, por fin, y gracias al Espíritu Santo los apóstoles –y especialmente Pedro—aparecen ante el pueblo “borrachos” de fe y de sabiduría. Tampoco quiero dejar de citar, aquí y ahora, la frase del Señor Jesús cuando bendice, ya resucitado, y ante la incredulidad de Tomás, a los que han creído y creerán sin ver. (Jn 20,29). Esa es una cita para nosotros, para los que nunca hemos visto al Señor con los ojos de la cara, aunque le atisbemos con los ojos del corazón. Y llegamos, sin demasiados tropiezos, a la idea clara de que sin el concurso de Dios, del Espíritu Santo, la fe como tal es imposible. Por tanto lo que nos hace Jesús en el fragmento del Evangelio de Lucas que se ha proclamado hoy es valorar el poder de la fe. Él recibiría con alegría esa demanda de los apóstoles.

3.- Tendemos con demasiada frecuencia a basar todos nuestros trabajos en torno a las cuestiones fundamentales que ha de tener en el alma un cristiano –la fe, la esperanza y el amor—en nuestro único esfuerzo, sin rogar el concurso y la ayuda de Dios. Tal vez hemos interpretado mal esa segunda parte del evangelio de hoy cuando Jesús nos enseña a decir que “somos unos pobre siervos, que hemos hecho lo que tenemos que hacer”. En realidad, nada podremos hacer solos. Solo el apoyo divino nos llevará a la compresión de muchas cosas. Pero el grito constante de muchos, en toda época y situación, “Señor auméntanos la fe” es un reconocimiento de nuestra poquedad. Lo malo es cuando parece que lo tenemos todo y lo creemos todo, como si fuera un compromiso exclusivamente personal con una idea, con un dogma, con una creencia. Ya los fariseos cambiaron la fe por normas. Y a Dios le metieron en una jaula de oro, pretendiéndole situar en una religión hecha a la medida por unos cuantos. La fe llega desde la humildad y la fe crece cuando nos desnudamos de todo lo que nos vuelve engreídos y soberbios.

4.- San Pablo lo explica muy bien en su primera Carta a Timoteo. La fe, necesaria para dirigir un rebaño de hermanos y para subsistir ante los muchos ataques a la conciencia cristiana que el desarrollo de la vida cotidiana trae, pues es don del Espíritu. Y él lo dice con palabras muy exactas que no me resisto a reproducir: “No tengas miedo de dar la cara por nuestro Señor y de mí, su prisionero. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que de Dios te dé. Ten delante la visión que yo te di con mis palabras sensatas y vive con fe y amor cristiano. Guarda este precioso depósito con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros”. Y la base de todo esto lo explica con claridad meridiana el profeta Habacuc: “El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe”.

Puede que haya almas siempre favorecidas por Dios que Él haya puesto en ellas una fe a prueba de todo. A veces, uno tiene la idea de que el rescoldo de la fe permanecerá siempre y no se apagará. Para otros, tal vez, ese rescoldo es llama fulgurante. Pero hemos de desconfiar de aquellas situaciones en las que la fe se presenta como una isla, como un sobre cerrado, como algo que no está en relación con Dios y con los hermanos. De verdad, solo es posible acercarse a la fe con humildad y saber que es un trabajo muy personal y muy constante, no desde la jactancia, ni de la falsa seguridad, pero sí desde la confianza que Dios nunca nos dejará solos. Y aquí os dejo, hermanos, vosotros con vuestra lucha, y yo con la mía, y que Dios la bendiga.

Ángel Gómez Escorial

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