¿Hasta cuando? ¿Por qué?

A nadie nos gusta esperar. Cuando estamos esperando el autobús o el tren, o en la consulta del médico, o para que nos atiendan en cualquier sitio, y vemos que van con retraso, empezamos a ponernos nerviosos y a protestar, aunque nuestras protestas no suelen servir para solucionar el problema. Muchas veces el retraso no se debe a mala voluntad, sino a circunstancias de fuerza mayor que impiden que se cumplan los horarios y planes previstos, y no nos queda otra que aguantarnos y esperar que pronto podamos dejar de esperar.

Tampoco nos gusta esperar a que Dios actúe, ya sea en temas personales como en temas sociales, eclesiales, en los grandes problemas y retos de la humanidad… Vemos necesaria una actuación urgente de Dios, y se lo pedimos insistentemente, hacemos oraciones, ayunos, penitencias… pero esa actuación no se produce, y decimos como el profeta Habacuc: ¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que me oigas, te gritaré: ¡Violencia!, sin que me salves? ¿Por qué pones ante mí destrucción y violencia…?

Todos hemos hecho a Dios estas dos preguntas, “¿Hasta cuándo?” y “¿Por qué?”, ante situaciones difíciles a las que no se ve final ni solución, unas veces con dolor, otras veces con enfado y rabia, y no hay que asustarse de ello: con Dios no tenemos que ser “piadosos”, con Dios tenemos que ser sinceros, y tanto valor tiene la oración que se hace en estado de paz interior como la que hacemos con rabia. A lo largo de toda la Biblia encontramos personajes que han suplicado, llorado y gritado a Dios en su oración. El mismo Jesús, como nos recuerda la Carta a los Hebreos, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte (Hb 5, 7).

Y Dios no se hace el sordo ante esas preguntas nuestras, como también decía la 1ª lectura: la visión tiene un plazo, pero llegará a su término sin defraudar. No es que Dios se haga de rogar, sino que, como dice el autor de la segunda carta de san Pedro: no olvidéis una cosa, que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día. El Señor no retrasa su promesa, como piensan algunos, sino que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos accedan a la conversión (2Pe 3, 8-9).

Se nos olvida que los tiempos de Dios no tienen por qué coincidir con los que nosotros creemos más adecuados. Dios reconoce que, desde nuestro punto de vista, nos puede parecer que su actuación lleva retraso, por eso también ha dicho: si se atrasa, espera en ella, pues llegará… Y nos hace una llamada: el justo por su fe vivirá. La fe es la que nos hace entrar en la dinámica de Dios y, aunque no entendamos su proceder, aprender a esperar en “sus tiempos”, no en “nuestros tiempos”. Por eso también es totalmente legítima la petición que los Apóstoles hicieron al Señor: Auméntanos la fe, porque ante las angustias, tristezas y problemas que nos amenazan necesitamos entrar en la dinámica que Dios. Y Jesús nos responde lo mismo: Si tuvierais fe como un granito de mostaza… No es cuestión de cantidad, sino de calidad. Y ya tenemos lo necesario para tener una fe de “calidad”.

Como nos decía la 2ª lectura, te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti… y ese don de Dios es el Espíritu santo que habita en nosotros. Cuando nos parezca que la acción de Dios lleva retraso, cuando algo nos haga preguntarnos “¿Hasta cuándo?” y “¿Por qué?”, invoquemos al Espíritu Santo para recordar que Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza.

¿Cómo reacciono cuando algo se atrasa y debo esperar? ¿Pienso que Dios “se atrasa” a la hora de atender nuestras peticiones? ¿Soy de verdad sincero con Dios en la oración? ¿Qué me hace gritarle “¿Hasta cuándo?” y “¿Por qué?”? ¿Le pido que aumente mi fe? ¿Me acuerdo de que ya tengo lo necesario para tener una fe de “calidad”? ¿Invoco al Espíritu Santo con frecuencia?

Como hemos repetido en el Salmo: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor. Es verdad que hay muchas situaciones, cada vez más, que necesitamos que sean atendidas por Dios, y nos parece que se atrasa, No dudemos en preguntarle “¿Hasta cuándo?” y “¿Por qué?” pero al mismo tiempo “vivamos por la fe”. Aunque somos esos siervos inútiles, pidamos al Espíritu Santo que cada día nos dé espíritu de fortaleza, de amor y de templanza, para tomar parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios, mientras esperamos con fe esa acción de Dios que tanto necesitamos.

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