Comentario – Lunes XXVII de Tiempo Ordinario

Lc 10, 25-37

En esto, un Doctor de la Ley le preguntó a Jesús: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar vida eterna?»

¿Me hago yo también esa misma pregunta?

¿Qué respuesta personal y espontánea daría yo a esa pregunta? La vida… La vida eterna…

Si nuestra vida terminara con la muerte, seríamos los más desgraciados de los hombres. La vida temporal, la que tiene un término, es corta. Todo lo finito es corto. Y si bien hay en ella algunas alegrías, habitualmente es difícil soportarla, sobre todo conforme van pasando los años: toda la literatura, antigua y moderna es copiosa en señalar lo trágico de la «condición humana». Sería ingenuo cerrar los ojos a esa realidad.

Siempre los hombres han esperado «otra vida». Jesús también habló a menudo de ella, y aun decía que esa vida eterna ya ha comenzado, está en camino, si bien inacabada, naturalmente.

¿La deseo? ¿Pienso en ella? ¿Comienzo a vivirla?

Jesús le preguntó: «¿Qué está escrito en la Ley?»

En lugar de contestar a la pregunta, del jurista, Jesús le propone a su vez otra pregunta, obligándole a tomar, él, posición.

¡La vida eterna no es ciertamente una pregunta que los demás podrían resolver en mi lugar!

El jurista contestó: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda la mente… Y a tu prójimo como a ti mismo»… Jesús le dijo: «Bien contestado. Haz eso y tendrás la vida.»

El Doctor de la Ley citó el Deuteronomio, 6,5 y el Levítico 19, 18. Amar, amar a Dios y al prójimo. No es pues algo nuevo. No es original. Todas las grandes religiones tienen en común esa base esencial. Esto forma ya parte del Antiguo Testamento. El mensaje de Jesús se basa primero en esa gran actitud, eminentemente humana.

¿Quién es mi prójimo?

Es ahí donde empieza toda la novedad ciertamente revolucionaria del evangelio. Lucas nos aporta aquí un relato escenificado por Jesús. Lucas es el único evangelista que nos ha comunicado esa página admirable que, de otra parte está en la línea recta de todo el evangelio. ¡El amor al prójimo, para Jesús, va hasta al «enemigo»! Es preciso repetírnoslo.

Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó… lo asaltaron unos bandidos y lo dejaron medio muerto, al borde del camino… Pasó un sacerdote, luego un levita que lo vieron y pasaron de largo… Pero un samaritano…

Hemos visto en Lucas 9, 52-55 cuan detestados eran los samaritanos.

¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo…?

Jesús da completamente la vuelta a la noción de prójimo. El legista había preguntado «quién es mi prójimo» -en sentido pasivo-: en este sentido los demás son mi prójimo. Jesús le contesta: ¿«de quién te muestras tú ser el prójimo»? -en el sentido activo-: en este sentido somos nosotros los que estamos o no próximos a los demás.

El prójimo, soy «yo» cuando me acerco con amor a los demás.

No debo preguntarme: ¿«quién es mi prójimo»?, sino ¿«cómo seré yo el prójimo del otro, de cualquier otro hombre?» Cerca de mí, ¿quiénes son los despreciados, mal considerados, difíciles de amar?

El samaritano al verlo le dio lástima, se acercó a él y le vendó las heridas, lo montó en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada… ¡Anda, haz tú lo mismo!

Amar, no es ante todo un sentimiento; es un acto eficaz y concreto.

Noel Quesson
Evangelios 1

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