La consecuencia del pecado

1.- La primera lectura y el evangelio nos introducen en el mundo triste de la enfermedad, en una de sus expresiones más dolorosas, la lepra. Desde la lepra, la enfermedad, consecuencia del pecado, el profeta Eliseo y el mismo Cristo toman actitudes de liberación. Si la enfermedad es una triste consecuencia del pecado, hay que librar al hombre del pecado y de su consecuencia.

La marginación, el hambre, el analfabetismo, la desnutrición y tantas otras cosas miserables que entran por todos los poros de nuestro ser, son consecuencias del pecado, del pecado de aquellos que lo acumulan todo y no tienen para los demás; y también, del pecado de los que no teniendo nada, no luchan por su promoción. Son conformistas, haraganes, no luchan por promoverse. Pero muchas veces no luchan, no por su culpa; es que hay una serie de condicionamientos, de estructuras, que no lo dejan progresar. Es un conjunto, pues, de pecado mutuo. Es la cultura del pecado y la muerte.

Y de ese pecado institucionalizado, injusticia hecha ambiente, de allí derivan situaciones que las lecturas de hoy nos las plastifican en la figura del leproso de Siria que llega a buscar redención junto a un profeta de Dios y en la angustia de diez leprosos que gritan a Cristo: “Señor, ten piedad de nosotros“.

2.- En estos enfermos cabe mirar hoy esta muchedumbre lánguida que grita, desde su marginación, una liberación que no les llega de ninguna parte. Y la Iglesia fiel a Jesucristo sería cruel, si como los sacerdotes del evangelio dan media vuelta, se van de largo y no se fijan en el pobre herido del camino. Cristo se enfrenta, y el profeta Eliseo también, a la situación. La lepra había inspirado unas leyes terribles en el pueblo de Dios. El que se encuentra marcado con esa enfermedad espantosa, tiene que salir de la comunidad humana y tiene que irse a vivir a los montes y cada vez que se acerca a una persona tiene que gritar: “Inmundo, inmundo“. Sonaba como un grito de sepulcro esa voz de los pobres leprosos que desde los caminos gritaban al que se acercaba para que se apartara de ahí: “Inmundo, sucio, no te acerques, te vamos a contaminar”.

Esta angustia los obligaba a reunirse, sociedad en el dolor. El hombre tiene derecho a asociarse, aunque sea un leproso, un campesino, un obrero. Un hombre que necesita surgir de su postración se apoya en otros. Cristo ve acercarse una organización de leprosos. Por cierto, uno de ellos era samaritano, y los samaritanos y los judíos no se entendían. Este samaritano no se sentía mal, sino al contrario, se sentía hermano de sus enemigos políticos, los judíos, y con ellos va al encuentro del Señor.

Naamán era un extranjero y por una noticia de una muchacha, una sirvienta de su casa que era judía, que le dice: “En mi tierra hay un profeta, él te podría curar”. Aquel hombre con todo el orgullo de su casta, su situación social, al fin atiende la vocecita de aquella sirvienta. Y va y sucede lo que hoy se ha leído. Cuando llega al profeta Eliseo, Eliseo le dice: “Vete a bañarte siete veces en el río Jordán”. La primera reacción de Naamán es de soberbia: “¿Para esto he hecho un viaje tan largo? ¿Qué acaso no hay ríos más buenos en mi tierra? Y hoy el profeta me manda simplemente una cosa; ni siquiera se ha dignado venir él”. Y el criado de Naamán le dice: “Si te hubiera mandado una cosa más difícil, la harías por tu salud. Cuándo más que es simplemente meterte al río siete veces. Obedece”. Y obedece; y cuando se sale del río ya purificado de su lepra, este hombre corre al profeta Eliseo para decirle la palabra de la fe: “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra, más que el de Israel. Recibe este presente”. Y Eliseo no quiso recibir nada.

Figura simpática la de Eliseo. Pertenece al libro de los Reyes. Todavía no son los profetas los protagonistas de la historia de Israel. Los reyes son, entre los cuales se destaca Salomón y David, que le han dado la constitución política al Reino de Israel. Pero siempre junto a esos reyes había hombres como los confesores, como los predicadores que actualmente tenían los reyes católicos. Uno de éstos era Elíseo, una especie de confesor del rey, que el soplo de la palabra divina llegaba a la política de los reyes a través de sus profetas. Y dichosos los gobernantes que atendían la voz de sus profetas y pobres los gobernantes que despreciaban las voces de los profetas. De esto están llenas estas páginas del libro de los Reyes.

Uno de esos profetas que compartían su vida entre el consejo de la corte, donde iba a aconsejar al rey Jeroboán, y su vida común de los hermanos profetas (se llamaban esas comunidades donde los profetas en oración, en meditación, escuchaban la palabra de Dios para llevarla luego al mundo), Eliseo, que comprendió en su meditación y en su misma actuación frente a la corte que él no era más que un instrumento de Dios, tenía de sí un concepto tan humilde, que cuando este sujeto del milagro le quiere ofrecer grandes cantidades de dinero que traía para recompensar al que le hiciera el favor de limpiarlo, no le recibe nada. Le dice el profeta: “Juro por Dios, a quien sirvo, que no aceptaré nada”.

(El sacerdote como Eliseo tiene que sentir: Todo lo que doy es de Dios. La palabra que hoy estoy dando es de Dios. Si por ella me alaban, me aplauden y yo me quedo con esos aplausos, yo le robo a Dios. Mi palabra no es mía, es de Dios. Si alguien se quisiera enriquecer egoístamente, valiéndose de su ministerio sacerdotal, estaría cometiendo un sacrilegio. “Lo que recibisteis gratuitamente –nos dice la Biblia– dadlo gratuitamente”. Y el pueblo sabe responder. No nos podemos quejar. Y como san Pablo, decimos, con tal de tener con qué comer, con qué vestirnos, dónde vivir, es suficiente.)

El profeta oye una confesión más humilde de aquel que es asirio. Entonces –le dice– permite que entreguen a tu servidor una carga de tierra de este reino que puede llevar un par de mulas, porque en adelante tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios de comunión a otro Dios que no sea el Señor. He aquí un convertido, un pagano que no conocía al Dios de Israel, y por la actitud de un profeta lo conoce y se convierte en un adorador del verdadero Dios.

3.- En este mundo de la enfermedad y de la conversión nos encontramos a los diez leprosos del evangelio. ¡Qué triste figura! Queremos pensar en el dolor humano, en la desgracia de la humanidad, en los quejidos del sufrimiento en la noche, la tristeza del que llega teniendo que dejar su familia para internarse en un hospital. Pensemos en las largas colas de enfermos esperando en nuestros hospitales para buscar un poco de salud que no lo llegan a encontrar. Y pensemos, también, en el enfermo de familia.

La sociedad civil se organiza y puede desplazar a la Iglesia en su obra de beneficencia, no importa; la Iglesia siempre tendrá una mística muy especial para el sufrimiento, que no la pueden dar todas las técnicas de médicos y de enfermos y de hospitales bien equipados. Esos centros, esas técnicas, muchas veces cosifican, es decir, hacen del enfermo una cosa. Ya casi ni se le llama por su nombre, sólo el número, el enfermo número tal, como si fuera algo irracional. Se olvida que el enfermo es ante todo una persona, que necesita cariño, que necesita caridad, que necesita la ternura de un corazón, que no basta una enfermera muy técnica en poner inyecciones y transfusiones, pero que trata al enfermo de cualquier manera.

Es necesario humanizar las relaciones con los que sufren, con los que parecen inútiles. El gran misterio nos lo deja Cristo: en el día del juicio nos va a juzgar en la medida en que tratamos al necesitado, porque “todo lo que hiciste con uno de ellos, conmigo lo hiciste”.

Es necesario promover todo el hombre. Y aquí tenemos, cuando Cristo se preocupa del enfermo del cuerpo, lo está salvando no sólo en su alma. Hay una espiritualidad peligrosa en nuestro tiempo, como una reacción contra el lenguaje nuevo de la Iglesia, que habla de liberación, de derechos humanos, que protesta por los ultrajes de la persona, que reclama los abusos del poder político. Contra esa actitud leal de la Iglesia se reacciona, diciendo que la Iglesia tiene que predicar sólo la espiritualidad, sólo de un Dios, de un reino de los cielos, y que no nos preocupemos de la tierra. No se dan cuenta que están descoyuntando el evangelio, que Cristo que vino a salvar a los hombres tuvo cuidado, también, de sus cuerpos; y a los diez leprosos, como Eliseo a Naamán, los cura, usando el ministerio de los sacerdotes: “Vayan a mostrarse a los sacerdotes”.

4.- Cristo respeta las leyes eclesiásticas de su tiempo, como las debemos de respetar todos. Si los sacerdotes de hoy hubiéramos caído en las tremendas deficiencias del sacerdocio en tiempo de Cristo, allí está Cristo dándonos el ejemplo, respeto a las leyes que están en manos de los sacerdotes: “Vete a mostrar a los sacerdotes”. Y cuando iban de camino quedaron curados por su obediencia. De seguro que continuaron llegando al sacerdote para que impusiera las manos y los incorporara, ya sanos, al pueblo de Dios.

Pero este samaritano, precisamente el enemigo político del pueblo de Jesús, vuelve ante Jesús el judío, pero que es Dios, y de rodillas, de bruces, cantando gloria a Dios, le da gracias porque lo ha curado. He aquí el hombre que siente que la promoción de la Iglesia no solamente es el perdón de su pecado, sino que también le ha dado salud a su cuerpo. La Iglesia está empeñada hoy en cómo no se puede separar la promoción humana, el cuidado de los cuerpos, de los derechos humanos de la tierra, de esta obra de evangelización de la Iglesia; de tal manera que no hay por qué poner una dicotomía entre los derechos de Dios y los derechos del hombre, como si el que habla de los derechos de Dios se olvidara de los derechos del hombre o viceversa. Cuando hablamos de los derechos del hombre, estamos pensando en el hombre imagen de Dios, estamos defendiendo a Dios.

Este leproso que curó el profeta Eliseo, venía de un país extranjero. Cristo lo hace notar una vez en su evangelio, cuando dice: “Había muchos leprosos en Israel en tiempos de Eliseo; sin embargo, a ninguno de ellos fue enviado, sino a Naamán, el Sirio”. Un Sirio, un pagano, uno que vivía más allá de las fronteras, y en aquel tiempo no ser judío era ser considerado como perro, como extraño. Si un perro, un extraño, viene al profeta inspirado por Dios, sabe que Dios es padre de todos los hombres, que para Dios no hay quienes se sientan a la mesa y quienes se quedan como perros a recibir las migajas, que para Dios todos son comensales del gran banquete de la vida que él nos ha servido

La Iglesia desde todos los tiempos se ha preocupado por llevar la promoción a todos los pueblos de la tierra, no para apoderarse del poder de nadie. La Iglesia no pretende el poder de la tierra, pero sí pretende implantar en el poder de la tierra el reino de Dios, que hará más justo el poder de la tierra y hará más comprensivo al pueblo gobernado cuando lo ilumine un sentido de justicia y de verdadera promoción, cuando se sienta que la participación en política es un derecho que se respeta en todos los ciudadanos; porque a todos los hombres la Iglesia les predica su participación como hijos de Dios, con los talentos que cada uno ha recibido para el bienestar de todos.

5.- A través de esa promoción del cuerpo, Cristo ha logrado la promoción del espíritu. El milagro de Naamán termina con esta palabra hermosísima: “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel, y permíteme llevar tierra de este reino, para no adorar de aquí en adelante más que al Dios verdadero“. Allá termina la promoción, en unir al hombre con Dios. Y el leproso agradecido: volvió, dando gloria a Dios, a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Así termina la promoción de la Iglesia, postrando los hombres ante Cristo…

Antonio Díaz Tortajada

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