Solo este extranjero ha vuelto para dar gracias

Experiencia de vida

No me acuerdo ya cuándo conocí a D. Manuel. Era el maestro del pueblo. Supe, cuando rondaba la veintena de años, que D. Manuel era republicano y que, por eso, nunca habíamos visto la bandera en la escuela, ni habíamos aprendido a cantar el carasol. También supe por información indirecta que D. Manuel, para salvar su vida, estuvo encerrado tres días en el pozo de la casa de un vecino. D. Manuel asistía con nosotros a misa todos los domingos con una actitud ejemplar. Puedo decir que fue y ha sido mi maestro. Una placa en la antigua escuela del pueblo recuerda su labor: «A D. Manuel Pérez Quirós, el Maestro».

Quiero, hoy, dar gracias a D. Manuel y a gente como él que han influido positivamente en mi vida: Valentín, el primer salesiano que conocí, Olegario, a quien creo debo el ser lo que soy, a Antonio, Salvador, María, Pepe, Trini, Emilio, Mari… Algunos, como mis padres, viven ya para siempre en los brazos de Dios.
Un gracias hoy por tantos días de silencio y falta de agradecimiento.

Iluminación de la Palabra

La curación de Naamán, el sirio, es una historia con sus más y sus menos, con sus indecisiones y sus mediaciones, pero, que al final logra su único y verdadero sentido: Dios quiere el reconocimiento de quien ha sido objeto de su don… Naamán lleva consigo ‘tierra’ de Israel para poder adorar al único Dios, viva donde viva.
Por otra parte, el relato de los diez leprosos ejemplariza un camino de conversión que solo un leproso, de los diez, supo recorrer. Y este era samaritano. Los diez se reconocen curados. Pero solo uno, por ser agradecido, participa del encuentro con el Señor de la vida y de la salvación.
A los diez les tocó la lotería; a uno solo y solo a uno, la salvación.

La peor lepra a los ojos de Dios

«Déjame llevar una carga de tierra de Israel, porque en adelante yo no tendré otro Dios que no sea el Señor», fue la reacción de Naamán, el sirio.
«¿Dónde están los otros nueve? El que volvió a dar gracias era un samaritano».
Dios quiere salvar a todos; pero parece que los extranjeros son más receptivos a la salvación que ofrece. Para tenerlo en cuenta, por si acaso.

Dos encuentros y nueve desencuentros. La curación gratuita no les hizo hombres agradecidos, ni creyentes: solamente a uno y este era un extranjero. No podemos andar por el mundo sin agradecer la vida, la fe, la compañía, el cariño… Que nuestra vida sea una eucaristía, un agradecimiento.

Isidro Lozano

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