Lectio Divina – Lunes XXIX de Tiempo Ordinario

¡Necio! Esta misma noche te van a pedir cuenta

1.- Oración introductoria.

Señor, he dado un vistazo al evangelio del día y me ha dado vértigo. Me he quedado con esta sola palabra: ¡Necio!  Yo no quiero ser necio, sino cuerdo; quiero aprovechar esta vida que Tú me has dado como un regalo. Quiero poner mi corazón en lo que no perece, en lo que es eterno. Señor, líbrame del apego al dinero y dame la gracia de poner mi corazón en Ti y sólo en Ti.

2.- Lectura reposada del Evangelio: Lucas 12, 13-21

Uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». Él le respondió: «¡Hombre! ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?» Y les dijo: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes». Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: «¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?» Y dijo: «Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea.» Pero Dios le dijo: «¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?» Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios».

3.- Qué dice el texto

Meditación-Reflexión

Comenzamos con unas palabras de Pablo: “En Cristo hemos sido enriquecidos con toda clase de bienes” (Ef. 1,3). Desde este momento, la división entre ricos y pobres ya no se hace por razón del dinero, sino por relación a Jesucristo. Son ricos los que poseen a Cristo y pobres los que no lo poseen. La parábola de Jesús nos habla de la pobreza de un hombre rico, que ha acumulado muchos bienes y no sabe qué hacer con ellos. Si nos fijamos bien, es un hombre que está solo, y sólo habla consigo mismo: ¿Qué haré?…edificaré…diré a mi alma… ¿Qué tipo de persona es ésta que no tiene relación con nadie? ¿Qué tipo de hombre es éste que sólo sabe hablar consigo mismo? Si la esencia de la persona es el ser sociable, el relacionarse con los demás, el participar con los otros…, he ahí un hombre que no es hombre. La riqueza le ha anulado, le ha deshumanizado, le ha despersonalizado. El propio evangelio le llama ¡Necio! Y eso que sólo hablamos de este mundo. ¿Y su futuro?  Lo tiene muy negro. En cambio, el que se ha enriquecido con la riqueza de Dios, que es Jesucristo, será feliz ya aquí en este mundo y después por toda la eternidad.

Palabra del Papa

“En la Liturgia resuena la palabra provocadora de Eclesiastés: «vanidad de vanidades… todo es vanidad». Los jóvenes son particularmente sensibles al vacío de significado y de los valores que a menudo les rodean. Y lamentablemente pagan las consecuencias. Sin embargo el encuentro con Jesús vivo, en su gran familia que es la Iglesia, llena el corazón de alegría, porque lo llevan de verdadera vida, de un bien profundo, que no pasa y no se marchita: lo hemos visto sobre los rostros de los jóvenes en Río. Pero esta experiencia debe afrontar la vanidad cotidiana, el veneno del vacío que se insinúa en nuestras sociedades basadas en el beneficio y en el haber, que engañan a los jóvenes con el consumismo. El Evangelio de este domingo nos llama la atención precisamente sobre lo absurdo de basar la propia felicidad en el haber. El rico se dice a sí mismo: «Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, como, bebe y date buena vida». Pero Dios le dijo: «Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?». Queridos hermanos y hermanas la verdadera riqueza es el amor de Dios, compartido con los hermanos. Ese amor que viene de Dios y hace que lo compartamos y nos ayudamos entre nosotros. Quien experimenta esto no teme a la muerte, y recibe la paz del corazón. Confiamos esta intención, esta intención de recibir el amor de Dios y compartirlo con los hermanos, a la intercesión de la Virgen María” (Ángelus de S.S. Francisco, 4 de agosto de 2013).

4.- Qué me dice ahora a mí este texto que acabo de meditar. (Guardo silencio)

5.-Propòsito. Hoy y no mañana, hago una opción radical de seguir a Jesús como el único tesoro de mi vida.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, gracias porque hoy tu Palabra me ha dado un fuerte aldabonazo en mi cabeza y ha cambiado mis pensamientos y mi proyecto de vida. He visto con claridad el engaño que supone el poner el corazón en las riquezas y en los bienes de este mundo. A la hora de la muerte, sólo me van a proporcionar desasosiego y remordimientos. Me sentiré profundamente vacío. Por eso hago el compromiso de poner el corazón en Jesucristo, el Buen Pastor, el que me acompaña a la verdadera vida, una vida en plenitud.

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Comentario – Lunes XXIX de Tiempo Ordinario

Lc 12, 13-21

Lucas es el único, de entre los cuatro evangelistas, que nos relata la página siguiente. Reconocemos, una vez más, su insistencia sobre la «pobreza».

Uno del público le pidió a Jesús: «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia.»
El derecho de sucesión estaba regido, como siempre en Israel, por la ley de Moisés (Deuteronomio 21, 17). Pero se solía pedir a los rabinos que hicieran arbitrajes y dictámenes periciales. En este caso una persona va a Jesús para que influya sobre su hermano injusto.

Le contestó Jesús: «¿Quién me ha nombrado juez o arbitro entre vosotros?»

¡Notemos bien este rechazo!

Se ha pedido a Jesús asumir una tarea temporal. El ha rehusado. Es una tentación constante de los hombres pedir al evangelio una especie de garantía, una sacralización de sus opciones temporales. Anexionar el evangelio a su partido o a su interés.

La razón de ese rechazo, Jesús la da muy clara: no ha recibido ningún mandato, ni de Dios ni de los hombres para tratar de esos asuntos temporales.

El Concilio Vaticano II ha insistido varias veces sobre ese principio esencial de una autonomía relativa de las «instituciones temporales»: «Es de suma importancia distinguir claramente entre las responsabilidades que los fieles, ya individualmente considerados, ya asociados, asumen, de acuerdo con su conciencia cristiana… y de los actos que ponen en nombre de la Iglesia en comunión con sus Pastores… La Iglesia no está ligada a ningún sistema político. »(G. S. 76) El Concilio en ese sentido, no deja de repetir a los laicos que se atengan a su conciencia y a su propia competencia: «Que los cristianos esperen de los sacerdotes la luz y el impulso espiritual, pero no piensen que sus pastores vayan a estar siempre en condiciones de tal competencia que hayan de tener al alcance una solución concreta e inmediata por cada problema, aun grave, que se les presente.» (G. S. 43).

Luego, dirigiéndose Jesús a la multitud dijo: «Cuidado, guardaos de toda codicia porque la vida de una persona, aunque ande en la abundancia, no depende de sus riquezas.»

Está claro que Jesús no renuncia a decir algo sobre asuntos temporales.

Jesús recuerda un principio esencial. Se mantiene a ese nivel y deja a los jueces y magistrados que hagan la aplicación al caso concreto.

Y les propuso esta parábola: «Un hombre rico… cuyas tierras dieron una gran cosecha… decidió derribar sus graneros y construir otros más grandes para almacenar más grano y provisiones. Se dijo: «Tienes reservas abundantes para muchos años. Descansa. Come. Bebe. Date la buena vida.» Pero Dios le dijo: «Estás loco: Esta misma noche te van a reclamar la vida.»

Tenemos aquí en profundidad, la razón por la cual varias veces Jesús ha rehusado intervenir en lo «temporal»: afirma, de modo rotundo, que el horizonte del hombre no se acaba aquí abajo, y que es por «esa otra parte» de la vida del hombre -la parte esencial para Jesús-, tan fácilmente olvidada en beneficio de la vida temporal -Come, bebe, date la buena vida-, por la que Jesús no ha dejado nunca de «tomar partido» y de «movilizar» a todos los que quieren hacerle caso. El hombre que olvida o descuida esa «parte» de la vida está «loco», dice Jesús.

Eso le pasa al que amontona riquezas «para sí» y no es rico «para Dios.»

El uso que hacemos del dinero lo cambia todo: quien lo usa «para sí», está loco, quien lo usa «para Dios» es un sabio. Fórmula lapidaria que condena cualquier egoísmo, cualquier esclavitud del dinero.

Noel Quesson
Evangelios 1

El que se humilla será enaltecido

En la primera lectura del libro del Eclesiástico observamos claramente cuáles son las preferencias de Dios: los humildes, los pobres, los oprimidos, los huérfanos, las viudas… “Escucha las súplicas del oprimido, no desoye los gritos del huérfano o de la viuda”, “los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan”. En la antífona del salmo lo observamos también: “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha”. De esta manera se nos prepara para escuchar la parábola del fariseo y el publicano del evangelio.

En la segunda lectura, con la que terminamos de leer las cartas de Pablo a Timoteo, observamos como ante la proximidad del final, Pablo observa el pasado y se siente feliz por todo el camino recorrido: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe”. Sabiéndose un ganador por todo lo realizado y vivido espera el premio por parte de Dios: “me aguarda la corona merecida”. Reconoce que no es mérito suyo el ganar este premio, sino que el Señor es quien le ayudó y le dio fuerzas para anunciar su mensaje. Pablo expresa también su confianza en que Dios no le abandonará, sino que seguirá ayudándole librándole de todo mal, con la esperanza firme de que tras su muerte le llevará al cielo.

En el evangelio vemos como Jesús nos quiere hacer reflexionar sobre la oración con la parábola del fariseo y el publicano. En primer lugar, debemos tener claro a quien está dirigida porque ahí nos da la clave de su comprensión: “a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos, y despreciaban a los demás”. Jesús rechaza estas actitudes y se los hace ver con esta parábola.

Tenemos que tener claro que nuestra actitud y nuestra postura ante Dios no puede ser de soberbia, de orgullo, de autosuficiencia, de mirar por encima del hombro a los demás, sino que tiene que ser una actitud humilde, desde la sencillez y humildad. Jesús no quiere que adoptemos una actitud de soberbia en nuestra oración y en nuestra vida porque sabe que eso nos hace daño y, en vez de acercarnos, nos aleja de Dios.

Si nos detenemos en la parábola, observamos como el fariseo ora erguido, cumple con todo lo que la ley mosaica le imponía, e iba aún más allá. Y eso lo hace bien, y le hace sentirse seguro ante Dios. Se centra en su buena vida espiritual. Observemos que le habla de los diezmos que da y de los ayunos que hace, pero no habla nada de sus obras de caridad. Ahí se encuentra su problema.

El publicano, al entrar en el templo se quedó atrás. Piensa que no merece estar en aquel lugar tan sagrado… Dice el texto que no se atrevió a levantar los ojos al cielo y se golpea el pecho reconociendo que era un pecador. No presenta a Dios ningún mérito como si hizo el fariseo, pero hace algo aún más importante: se acoge a la misericordia de Dios porque sabe que es un pecador. Seguro que no era muy dado a rezar, pero esta vez Jesús alabó su oración sincera.

Fijándonos en nuestra vida, ¿Con quién nos asemejamos más: con el fariseo o con el publicano? Ojalá que un día se cumpla en nosotros aquello de que “el que se humilla será enaltecido” para poder ser transformados, bendecidos, justificados por Dios.

Fr. Dailos José Melo González OP

Lc 18, 9-14 (Evangelio – Domingo XXX de Tiempo Ordinario)

La verdadera religión según Jesús

El texto del evangelio es una de esas piezas maestras que Lucas nos ofrece en su obra. Es bien conocida por todos esta narración ejemplar (no es propiamente una parábola) del fariseo y el publicano que subieron al templo a orar. No olvidemos el v. 9, muy probablemente obra del redactor, Lucas, para poder entender esta narración: “aquellos que se consideran justos y desprecian a los demás”. Los dos polos de la narración son muy opuestos: un fariseo y un publicano. Es un ejemplo típico de estas narraciones ejemplares en las que se usan dos personajes: el modelo y el anti-modelo. Uno es un ejemplo de religiosidad judía y el otro un ejemplo de perversión para la tradiciones religiosas de su pueblo, sencillamente porque ejerce una de las profesiones malditas de la religión de Israel (colector de impuestos) y se “veía obligado” a tratar con paganos. Es verdad que era un oficio voluntario, pero no por ello perverso. Las actitudes de esta narración “intencionada” saltan a la vista: el fariseo está “de pie” orando; el publicano, alejado, humillado hasta el punto de no atreverse a levantar sus ojos. El fariseo invoca a Dios y da gracias de cómo es; el publicano invoca a Dios y pide misericordia y piedad. El escenario, pues, y la semiótica de los signos y actitudes están a la vista de todos.

Lo que para Lucas proclama Jesús delante de los que le escuchan es tan revolucionario que necesariamente debía llevarle a la muerte y, sin embargo, hasta un niño estaría de parte de Jesús, porque no es razonable que el fariseo “excomulgue” a su compañero de plegaria. Pero la ceguera religiosa es a veces tan dura, que lo bueno es siempre malo para algunos y lo malo es siempre bueno. Lo bueno es lo que ellos hacen; lo malo lo que hacen los otros. ¿Por qué? Porque la religión del fariseo se fundamenta en una seguridad viciada y se hace monólogo de uno mismo. Es una patología subjetiva envuelta en el celofán de lo religioso desde donde ve a Dios y a los otros como uno quiere verlos y no como son en verdad. En realidad solamente se está viendo a sí mismo. Esto es más frecuente de lo que pensamos. Por el contrario, el publicano tendrá un verdadero diálogo con Dios, un diálogo personal donde descubre su “necesidad” perentoria y donde Dios se deja descubrir desde lo mejor que ofrece al hombre. El fariseo, claramente, le está pasando factura a Dios. Esto es patente y esa es la razón de su religiosidad. El publicano, por el contrario, pide humildemente a Dios su factura para pagarla. El fariseo no quiere pagar factura porque considera que ya lo ha hecho con los “diezmos y primicias” y ayunos, precisamente lo que Dios no tiene en cuenta o no necesita. Eso se han inventado como sucedáneo de la verdadera religiosidad del corazón.

El fariseo, en vez de confrontarse con Dios y con él mismo, se confronta con el pecador; aquí hay un su vicio religioso radical. El pecador que está al fondo y no se atreve a levantar sus ojos, se confronta con Dios y consigo mismo y ahí está la explicación de por qué Jesús está más cerca de él que del fariseo. El pecador ha sabido entender a Dios como misericordia y como bondad. El fariseo, por el contrario, nunca ha entendido a Dios humana y rectamente. Éste extrae de su propia justicia la razón de su salvación y de su felicidad; el publicano solamente se fía del amor y de la misericordia de Dios. El fariseo, que no sabe encontrar a Dios, tampoco sabe encontrar a su prójimo porque nunca cambiará en sus juicios negativos sobre él. El publicano, por el contrario, no tiene nada contra el que se considera justo, porque ha encontrado en Dios muchas razones para pensar bien de todos. El fariseo ha hecho del vicio virtud; el publicano ha hecho de la religión una necesidad de curación verdadera. Solamente dice una oración, en muy pocas palabras: “ten piedad de mí porque soy un pecador”. La retahíla de cosas que el fariseo pronuncia en su plegaria han dejado su oración en un vacío y son el reflejo de una religión que no une con Dios.

Fray Miguel de Burgos Núñez

2Tim 4, 6-8. 16-18 (2ª lectura Domingo XXX de Tiempo Ordinario)

La victoria del evangelio

Leemos el texto de la 2Timoteo en que el autor, como si fuera el mismo Pablo, se nos presenta en los últimos días de su vida, antes del martirio, sintiéndose abandonado de casi todos, pero no está solo: el Señor le acompaña. Es uno de los textos más elocuentes y bellos del epistolario paulino. La tradición es segura en cuanto al martirio del Apóstol de los gentiles, y aquí es descrita como una experiencia martirial. Es como un examen de conciencia evangélico lo que podemos escuchar y meditar en este domingo, que se proyecta elocuentemente en una dimensión sacramental de la vida cristiana, que debe ser una vida verdaderamente apostólica.

Con metáforas e imágenes desbordantes se habla de la muerte como la victoria del evangelio. Se percibe claramente que la muerte del Apóstol no es el final; como tampoco es para nosotros nuestra muerte. Su vida ha sido como una carrera larga, competitiva, por una corona, la de la justicia, que Dios otorga a los que se mantienen fieles. Por otra parte, los elementos autobiográficos de que se encuentra abandonado y en disposición de ser juzgado, son también parte de esa lucha hasta el final de quien ha hecho una opción por el evangelio con todas sus consecuencias. No le preocupa su autodefensa, sino que el evangelio sea conocido en todas partes.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Eclo 35, 12-14.16-18 (1ª lectura Domingo XXX de Tiempo Ordinario)

El culto que agrada a Dios

El texto del Eclesiástico, o Sirácida, se enmarca originariamente en la descripción de la verdadera religión. Se pretende poner de manifiesto la relación estrecha que debe haber entre el culto y la vida moral. Por ello aparece, por una parte, la relación entre justicia y plegaria; de ahí que en primer lugar se hable de la rectitud y la justicia del Señor que se preocupa de los pobres y los débiles, de los humildes e indefensos. Y es después cuando se ensalza la plegaria perseverante de quien se siente pobre delante de Dios, de quien necesita de Él por encima de todas las cosas. Pero ¿hay alguien que no necesita de su misericordia y bondad? Dios no tiene preferencias de personas, aunque se preocupe especialmente de los indefensos, y el culto que le agrada debe estar en sintonía con la voluntad sincera de conversión.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Comentario al evangelio – Lunes XXIX de Tiempo Ordinario

Cultivar el sentido de la vocación

Cuando la cosecha es abundante, ¿se negará el Señor de la mies a enviar obreros para recoger la cosecha? De ninguna manera. Por eso, si tenemos escasez de vocaciones, quizá no sea Dios quien nos falla, sino que nosotros le fallamos a él con nuestro «no» múltiple a su llamada. Dios sigue llamando a la gente para que trabaje en su viña, pero nosotros estamos muy ocupados con nuestros propios asuntos mundanos, como los invitados a las bodas (cf. Lc 14, 15-24), o somos totalmente ajenos a la llamada. En muchas parroquias se hacen oraciones y adoraciones especiales por el aumento de las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa; pero, sinceramente, ¿cuántos padres animan a sus hijos a considerar esa vocación? Por supuesto, uno puede trabajar por el Reino de Dios de múltiples maneras como laico; pero ¿cultivamos en nuestros hijos este sentido de vocación para dar testimonio de Cristo en el mundo secular como miembros laicos de la Iglesia de Cristo? Que la vida de San Lucas nos inspire.

Paulson Veliyannoor, CMF

Meditación – San Ignacio de Antioquía

Hoy celebramos la memoria de San Ignacio de Antioquía.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 12, 24-26):

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará».

Hoy contemplamos la imagen del grano de trigo que muere dando mucho fruto (cf. Jn 12,24): es Cristo mismo, no sólo metafórica o simbólicamente, sino literalmente. No se trata de simples palabras bonitas. Jesús, en efecto, nos regaló anticipadamente su sacrificio de la Cruz haciéndose “pan” para nosotros. He aquí las palabras textuales que pronunció en el Cenáculo: «Tomad y masticad todos de él, porque esto es mi cuerpo triturado por vosotros». ¡Cristo se ha hecho trigo para que podamos comerlo con fruto! 

San Ignacio de Antioquía, obispo y mártir contemporáneo de la era apostólica (35-108), vivió un martirio de sorprendente semejanza con el de Cristo. En primer lugar, porque al igual que el Maestro no encontró la muerte en un abrir y cerrar de ojos. Jesús desveló desde el comienzo de su ministerio público cuál iba a ser su destino: sabía a dónde se dirigía y esperaba con gran deseo su hora (cf. Lc 12,50). 

El obispo mártir de Antioquía, por su parte, recorrió como preso un largo itinerario desde Siria hasta la Roma imperial, donde iba a ser ejecutado. El viaje hacia el martirio duró varias semanas. Durante este itinerario, Ignacio escribió 7 preciosas cartas a diversas comunidades cristianas (Éfeso, Filadelfia, Esmirna…). Estos escritos son un testimonio privilegiado de la fe y vida de las primeras generaciones cristianas. Ignacio, como Cristo, sabía muy bien a dónde se dirigía. Impresionan el ardor, la ilusión y el amor con que esperaba el martirio. 

Hay, además, un segundo aspecto del martirio de san Ignacio de Antioquía que recuerda especialmente la entrega de Jesús. En su carta “Ad Romanos” afirma que deseaba «ser trigo de Dios, molido por los dientes de las fieras y convertido en pan puro de Cristo». ¡Qué fruto tan bello!: identificado con Jesús-crucificado y asemejado con Jesús-Eucaristía. Han pasado los siglos y nunca nos ha faltado el fruto de la Eucaristía: ¡Dios nos lo ha puesto a nosotros mucho más fácil que a san Ignacio! ¡Ojalá que no nos falten la pureza y el ardor de san Ignacio de Antioquía!

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench

Liturgia – San Ignacio de Antioquía

SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, obispo y mártir, memoria obligatoria

Misa de la memoria (rojo)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio común o de la memoria. Conveniente la Plegaria Eucarística I.

Leccionario: Vol. III-par

  • Ef 2, 1-10. Nos ha hecho revivir con Cristo y nos ha sentado en el cielo.
  • Sal 99. El Señor nos hizo y somos suyos.
  • Lc 12, 13-21.¿De quién será lo que has preparado?

O bien: cf. vol. IV.


Antífona de entrada          Ga 2, 19-20
Estoy crucificado con Cristo, vivo yo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.

Monición de entrada y acto penitencial
Hoy se celebra la memoria de san Ignacio, obispo y mártir, discípulo del apóstol san Juan y segundo sucesor de san Pedro en la sede de Antioquía. En tiempo del emperador Trajano fue condenado al suplicio de las fieras y trasladado a Roma, donde consumó su glorioso martirio el año 107. Durante el viaje, escribió siete cartas dirigidas a diversas Iglesias, en las cuales exhortaba a los hermanos a servir a Dios unidos con el propio obispo, y a que no le impidiesen ser inmolado como víctima por Cristo.

Yo confieso…

Oración colecta
DIOS todopoderoso y eterno,
que embelleces el cuerpo místico de tu Iglesia
con el testimonio de los santos mártires,
haz que el glorioso martirio que hoy celebramos
nos alcance protección constante,
corno fue causa de gloria eterna para san Ignacio de Antioquía.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Oremos a Dios Padre.

1.- Por la Iglesia, signo de Cristo en medio del mundo. Roguemos al Señor.

2.- Por los que tienen alguna responsabilidad sobre los demás. Roguemos al Señor.

3.- Por los que mueren de muerte violenta. Roguemos al Señor.

4.- Por los que matan, secuestran, destruyen. Roguemos al Señor.

5.- Por nosotros. llamados a trabajar por la paz y la reconciliación. Roguemos al Señor.

Que tu bondad nos conceda, Señor, lo que nuestras acciones no merecen. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
LA ofrenda de nuestra piedad
sea grata a tus ojos, Señor,
que aceptaste a san Ignacio de Antioquía,
trigo molido de Cristo,
como pan inmaculado por el padecimiento del martirio.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Trigo de Cristo soy: seré molido por los dientes de las fieras, a fin de llegar a ser inmaculado pan.

Oración después de la comunión
SEÑOR, el pan del cielo
que hemos recibido en la fiesta de san Ignacio de Antioquía,
nos alimente
y nos ayude a ser cristianos de nombre y de obra.
Por Jesucristo, nuestro Señor.