Lectio Divina – Miércoles XXXIII de Tiempo Ordinario

«¡Muy bien, siervo bueno!; ya que has sido fiel en lo mínimo, toma el gobierno de diez ciudades»

1.- Oración introductoria.

Señor, hoy la parábola que nos trae el evangelio es una llamada a trabajar, a no ser ociosos, a no ser una carga para los demás, a no vivir del cuento, a no ser un parásito para la sociedad. San Pablo lo diría más claro: “El que no quiere trabajar no tiene derecho a comer”. Pero también nos llama a ser responsables, a aprovechar el tiempo, a prepararnos para presentarnos ante el Señor con los deberes hechos.

2.- Lectura reposada del Evangelio. Lucas 19, 11-28

En aquel tiempo, dijo Jesús una parábola, pues estaba Él cerca de Jerusalén, y creían ellos que el Reino de Dios aparecería de un momento a otro. Dijo pues: Un hombre noble marchó a un país lejano, para recibir la investidura real y volverse. Habiendo llamado a diez siervos suyos, les dio diez minas y les dijo: «Negociad hasta que vuelva.» Pero sus ciudadanos le odiaban y enviaron detrás de él una embajada que dijese: «No queremos que ése reine sobre nosotros.» Y sucedió que, cuando regresó, después de recibir la investidura real, mandó llamar a aquellos siervos suyos, a los que había dado el dinero, para saber lo que había ganado cada uno. Se presentó el primero y dijo: «Señor, tu mina ha producido diez minas.» Le respondió: «¡Muy bien, siervo bueno!; ya que has sido fiel en lo mínimo, toma el gobierno de diez ciudades.»

Vino el segundo y dijo: «Tu mina, Señor, ha producido cinco minas.» Dijo a éste: «Ponte tú también al mando de cinco ciudades.» Vino el otro y dijo: «Señor, aquí tienes tu mina, que he tenido guardada en un lienzo; pues tenía miedo de ti, que eres un hombre severo; que tomas lo que no pusiste, y cosechas lo que no sembraste.» Díctele: «Por tu propia boca te juzgo, siervo malo; sabías que yo soy un hombre severo, que tomo lo que no puse y cosecho lo que no sembré; pues ¿por qué no colocaste mi dinero en el banco? Y así, al volver yo, lo habría cobrado con los intereses.» Y dijo a los presentes: «Quitadle la mina y dádsela al que tiene las diez minas.» Dijéronle: «Señor, tiene ya diez minas.» «Os digo que a todo el que tiene, se le dará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará.» «Pero a aquellos enemigos míos, los que no quisieron que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos delante de mí.» Y habiendo dicho esto, marchaba por delante subiendo a Jerusalén.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-Reflexión

Todos los días, al comenzar la Eucaristía, pedimos perdón al Señor por un pecado que después nos olvidamos de confesar: el pecado de “omisión”. Creemos que sólo es pecado el mal que hacemos y no caemos en la cuenta de que también es pecado el bien que dejamos de hacer.  Es más, al final de la vida, estamos convencidos de que Dios es Padre Misericordioso y nos perdonará nuestros errores, nuestros fallos, nuestros pecados. Pero, ¿qué pasará con los pecados de omisión? El bien que no hicimos para siempre quedará sin hacer. A eso va la parábola de hoy. El que ha recibido diez minas y ha negociado con ellas hasta conseguir otras diez, será recompensado con diez ciudades. Lo mismo el que recibió cinco y consiguió otras cinco, recibirá cinco ciudades. Pero ¿qué pasará con el que ha enterrado la mina? Será castigado. No podemos presentarnos ante el Señor “con las manos vacías”. El tiempo perdido no puede ser rescatado. Las horas vacías rodarán vacías por toda la eternidad sin que nadie, ni Dios, las pueda llenar de sentido. Trabajemos con los dones que Dios nos ha dado a cada uno, sin tener envidia de aquel a quien Dios le ha dado más porque tendrá una responsabilidad mayor. Pero trabajemos conscientes de que los dones y cualidades que el Señor nos ha entregado para que las trabajemos no son nuestros. No somos dueños sino administradores. Notemos la inmensa diferencia que hay entre la “mina” que nos entrega (una moneda de la Grecia antigua equivalente a 100 dracmas) y la “ciudad” que nos regala. A un dueño tan espléndido, sólo cabe el agradecimiento y no la exigencia.

Palabra del Papa

“El significado de esto es claro. El hombre de la parábola representa a Jesús, los siervos somos nosotros y los talentos son el patrimonio que el Señor nos confía. ¿Cuál es el patrimonio? Su Palabra, la Eucaristía, la fe en el Padre celeste, su perdón… en definitiva, tantas cosas, sus más preciosos bienes. Este es el patrimonio que Él nos confía. ¡No sólo para custodiar, sino para multiplicar! Mientras en el lenguaje común el término «talento» indica una notable cualidad individual – por ejemplo, talento en la música, en el deporte, etcétera –, en la parábola los talentos representan los bienes del Señor, que Él nos confía para que los hagamos rendir. El hoyo excavado en el terreno por el «siervo malo y perezoso» indica el miedo del riesgo que bloquea la creatividad y la fecundidad del amor. Porque el miedo de los riesgos en el amor nos bloquea. ¡Jesús no nos pide que conservemos su gracia en una caja fuerte! No nos pide esto Jesús, sino que quiere que la usemos para provecho de los demás… Y nosotros ¿qué hemos hecho con ellos? ¿A quién hemos «contagiado» con nuestra fe? ¿A cuántas personas hemos animado con nuestra esperanza? ¿Cuánto amor hemos compartido con nuestro prójimo? Son preguntas que nos hará bien hacernos”. (Ángelus de S.S. Francisco, 16 de noviembre de 2014).

4.- ¿Qué me dice hoy a mí este texto que acabo de meditar. (Silencio)

5.-Propósito. Me haré esta pregunta al final del día. ¿He aprovechado bien los dones que Dios me ha regalado hoy?

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, te doy gracias porque en este rato he aprendido a ser responsable, a llenar mi vida de sentido, a ser agradecido por lo que me has dado. Reconozco que sólo si me siento un regalo tuyo, puedo hacer de mi vida “una donación” para los demás. Haz que nunca me guarde para mí los dones que me das sino que los entregue en beneficio de los demás, y en especial de los más necesitados.

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Comentario – Miércoles XXXIII de Tiempo Ordinario

Lc 19, 11-27

Cuando la gente escuchaba las palabras de Jesús -anunciando que la salvación había venido para Zaqueo-, añadió una parábola, porque estaba cerca de Jerusalén, lo que hacía creer que el reino de Dios iba a apuntar de un momento a otro.

Pascua está cerca. Multitud de peregrinos suben para celebrarla. Es el aniversario de la Liberación de Egipto. Todo el mundo se imagina que ha llegado para Jesús la hora del triunfo, y que el Reino de Dios «aparecerá de modo visible» … quizá dentro de pocas horas se aclamará al «Hijo de David» con ramos verdes en las manos.

Los discípulos de Emaús, dentro de diez días, decepcionados dirán: «Nosotros esperábamos que era aquél que había de liberar Israel» (Lucas 24, 21)… y, cincuenta días más tarde, los Doce, le preguntarán aún :¿Es ahora que vas a restablecer la realeza en Israel?» (Hechos 1, 6)
En el tiempo en que Lucas escribía su evangelio, algunos burlones seguían dudando: «¿Qué hay de la promesa de su venida? Nuestros padres murieron y desde entonces todo sigue como desde que empezó el mundo. (7/ Pedro 3, 4) ¡Pues, sí! Dios parece hacerse esperar. No es muy visible el esplendor de su Reino.

¡Dios, muéstrate! ¡Muestra quién eres! ¿Cuándo vas, por fin, a reinar verdaderamente?

Escuchemos la respuesta de Jesús a esa pregunta capital

Un hombre noble se marchó a un país lejano para conseguirse el título de rey y volver después. Llamó a diez empleados suyos y les repartió diez onzas de oro, encargándoles: «Negociad, mientras vuelvo…»

¡Los contemporáneos de Jesús esperaban un Reino muy inmediato!
Jesús les hace comprender que habrá antes un plazo, una demora, durante la cual nos confía unas responsabilidades. No hay que «soñar», hay que «negociar»…

Sus conciudadanos, que lo aborrecían, enviaron detrás de él una delegación que dijese: «¡No queremos a éste por Rey!»

Los contemporáneos de Jesús hubieran querido un Reino esplendoroso, vencedor.

Jesús les da a entender que antes de su inauguración, habrá una revuelta contra ese «rey»: «¡Fuera ese! ¡suéltanos a Barrabás!» (Lucas 23, 18)

La Pasión de Dios… El rechazo de Dios es un fenómeno histórico inquietante. Jesús lo anunció. Es un fenómeno actual, un hecho de todos los tiempos.

Por otra parte, Jesús tenía en cuenta un acontecimiento histórico reciente: Arquelao, de quien precisamente dependía la ciudad de Jericó, había ido a Roma para pedir el título de Rey al Emperador Augusto… una delegación judía de cincuenta notables intrigó para que no le fuera concedido tal título…

Cuando volvió mandó llamar a los empleados para enterarse de lo que había ganado cada uno con lo que había recibido... Además de los detalles propios de Lucas volvemos a encontrar, más o menos, la trama de la «parábola de los talentos» relatada por san Mateo 25, 14,30, en un contexto escatológico equivalente.

El tiempo que precede al «Reino de Dios aparente» es un tiempo en el que Dios reina ya, pero no de modo visible. Es el tiempo de la persecución.

Es el tiempo de la fidelidad en la prueba. El tiempo de la perseverancia.

Es el tiempo del trabajo para Dios: de «negociar, de hacer fructificar lo que se nos ha confiado»
Es el tiempo de ser fiel en «las cosas pequeñas» (Lucas 16, 10) en la espera de recibir mayores responsabilidades: los empleados, que negociaron bien una moneda de plata, obtuvieron el gobierno de una ciudad.

Es el tiempo de la Iglesia. Es el DÍA de HOY.

Noel Quesson
Evangelios 1

Un reinado desde la cruz

1. Con este domingo y la semana que de él depende se concluye el largo tiempo ordinario y se clausura el año litúrgico. Hoy se nos presenta la grandiosa visión de Jesucristo Rey del Universo; su triunfo es el triunfo final de la creación. Cristo es a un mismo tiempo la clave de bóveda y la piedra angular del mundo creado.

A Jesucristo corresponde, por pleno derecho, el título de Rey. El es dueño absoluto de todo y de todos. Por él fueron creadas todas las cosas. Dios Padre puso en sus manos las realidades visibles y las invisibles. Nada escapa de su mano y estamos bajo su dominio. En él se encuentra la plenitud de la verdad y de la vida. Todo le pertenece. Sin embargo, su reino no es como los reinados de este mundo, que con frecuencia se imponen a base del poderío económico, militar o político. Su reino es de servicio, de entrega generosa y desinteresada al bienestar de la humanidad. Reina dando la vida por nosotros desde la cruz. Sin su sacrificio en la cruz, no se entiende su reino.

Cristo reina naciendo en un pesebre, a orillas de una pequeña población, lejos de Jerusalén y sus palacios, acompañado solo de María y José. Con esto, nos enseña que lo que nos hace valer no es tener todas las cosas materiales a nuestra disposición, sino las actitudes y los comportamientos. La felicidad, nos dice, no depende de la abundancia de bienes que alguien posea, sino de su capacidad de servir y de hacer algo por los demás. Los egoístas, que presumen de hacer lo que quieren, acaban sufriendo su propia soledad y se destruyen a sí mismos.

Cristo reina haciendo el bien a todos, con un amor preferente hacia los pobres. Por ellos, hace hasta milagros; es decir, pone su poder divino al servicio de los marginados. Su reinado es de amor; por eso, libera de sus males a los enfermos y multiplica los panes para los hambrientos; perdona los pecados y ordena al demonio salir de las personas; da órdenes a los elementos de la naturaleza y éstos le obedecen; defiende a las mujeres y a los niños; habla como quien tiene autoridad.

Cristo reina siendo dueño de sí mismo. No se deja atar por los instintos y vence las tentaciones del enemigo; supera los límites de la ley judía, cuando ésta impide hacer el bien a quien lo necesita; con libertad se enfrenta a fariseos, saduceos, sumos sacerdotes y autoridades civiles, cuando tiene que defender los derechos de Dios, la verdad y el amor al prójimo. Deja desconcertado al mismo Pilato, quien no puede menos que reconocer no haber encontrado en él culpa alguna.

Cristo reina desde la cruz. No acepta que las multitudes lo proclamen rey, porque en ese momento se prestaría a confusión y lo tomarían como un líder político, que venía a liberarlos de la opresión de los romanos. Desde la cruz, no hay duda de que su reino es de otro estilo. Nos libera de muchas cadenas, pero no tiene un proyecto político o económico, que pretendiera imponer a judíos o romanos. Tampoco quiere reinar por medio de las armas, a pesar de que algunos de sus propios apóstoles con ellas lo querían defender. Reina asumiendo el dolor, la injusticia, la burla, la incomprensión y la muerte, sin resentimiento y sin odio; más bien con amor, perdonando y haciendo el bien incluso a sus enemigos.

El letrero en escritura griega, latina y hebrea que había sobre la cruz de Jesús muestra la realeza que celebramos hoy: Jesús es rey porque nos salva. Nos salva, renunciando a salvarse a si mismo porque podría descender de la cruz. Esta salvación que nos incluye a todos, nos permite decir: «Jesús acuérdate de mí, cuando llegues a tu Reino.» Y la fe nos permite advertir que desde hoy estamos en su reino.

2.- A lo largo de todo el año litúrgico hemos reflexionado y celebrado nuestra experiencia humana a la luz del hombre-Jesús en quien creemos como Hijo de Dios. Sus múltiples facetas de salvador, amigo, pobre, misericordioso su sufrimiento y afectos, nos conciernen a nosotros como parte de nuestra propia vida. Pero lo que más nos pertenece de Él es su muerte y resurrección. Por eso san Pablo decía: «Todo subsiste en Él». A la luz de la vida de Jesús un creyente toma conciencia del sentido de su vida. Por eso su reinado no tiene nada que ver con el dominio de un jefe temporal. «Mi reino no es de este mundo» le dijo a Pilatos; este es un reino que está dentro del corazón del hombre. Dios ha querido conquistar el corazón del hombre por la humildad de Jesús en la cruz.

El hombre para sentirse rey, necesita ser elevado, pero la paradoja de Jesús es que es elevado en una cruz. ¿Cómo puede subsistir un reino desde la cruz? Porque es un reinado que se ejerce desde el amor; y ese amor que se niega y otras veces se ridiculiza, es lo único que subsiste en lo más profundo del hombre. Si Jesús reina en el corazón del hombre reinará también en la sociedad. Nuestra manera de vivir en la casa, en la empresa, el estudio, el campo o la ciudad, es el momento y el lugar de dar testimonio de la presencia del reino de Cristo, desde la cruz. Este es un reinado desde la cruz porque no se sirve de nosotros sino que nos sirve y nos libera.

3. No somos dueños de este reino sino herederos, es decir, llamados a reinar con Cristo. En la cruz estamos llamados a dominar todo aquello que nos esclaviza y que, finalmente, nos conduce a la muerte. Entre lo que más nos domina esta el orgullo y el egoísmo. Jesús, en la cruz, los vence; y finalmente vence la muerte, nuestro último enemigo, el último fruto de nuestro mal, como síntesis de todas nuestras esclavitudes. La cruz es el trono real al que estamos todos llamados a subir para reinar con Él y vencer la muerte y todos los signos de la muerte que conviven con nosotros.

¡Qué distintos son los que reinan según los criterios de este mundo! Hay quienes se imaginan reinar por su belleza física, por su musculatura, por sus títulos universitarios, por su habilidad en los negocios, por el cargo que tienen, por su facilidad de palabra para agredir e insultar, por su astucia en el manejo de las armas, por su pericia en usar las leyes para su conveniencia, por sus influencias y por su amistad con personas importantes. Hay quienes se sienten reyes porque abusan del poder que tienen, sea económico, político, cultural, partidista e incluso religioso.

4. Los cristianos que nos hemos decidido a seguir el Evangelio de Jesús, estamos seguros de que él es el «camino, la verdad y la vida.» Parece paradójico que los cristianos nos gloriemos en proclamar Rey a quien muere en la debilidad aparente de la Cruz, que desde este momento se transforma en fuerza y poder salvador. Lo que era patíbulo e instrumento e muerte se convierte en triunfo y causa de vida. No deja de ser sorprendente volver a leer en este domingo, para celebrar el reinado universal de Cristo, el diálogo entre Jesús y el malhechor que cumpliendo su condena estaba crucificado junto a Él. Ante el Rey que agoniza entre la indiferencia de las autoridades y el desprecio del pueblo que asiste al espectáculo del Calvario, suena estremecida la súplica del «buen ladrón», que confiesa su fe y pide: «acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».

El Reino nuevo de Cristo, que es necesario instaurar todos los días, revela la grandeza y el destino del hombre, que tiene final feliz en el paraíso. Es un Reino de misericordia para un mundo cada vez más inmisericorde, y de amor hacia todos los hombres por encima de ópticas particularistas. Es el Reino que merece la pena desear. Clavados en la cruz de la fidelidad al Evangelio se puede entender la libertad que brota del amor y se hace realidad «hoy mismo». Eso es lo desconcertante del cristianismo, imposible de aceptar sin la acción del Espíritu Santo. Sin embargo, en ese silencio del Padre, en esa obediencia sin límite del

Hijo se revela al mundo que existe un Reino que no es de este mundo: en él amar, perdonar, hacerse pequeño y servir es el modo de reinar.

Antonio Díaz Tortajada

El rey que hizo siervo

1.- Hemos asistido al despliegue, a lo largo de estos últimos doce meses, de la Palabra de Jesús: meditando su vida, saboreando sus hechos y contemplando sus milagros. ¿Somos conscientes de a quién seguimos y por qué le seguimos? Después de estas vivencias con dos palabras lo podemos resumir y transmitir: ¡Cristo es nuestro Rey!

Cristo es el colofón de nuestro viaje aunque, sus esquemas, no sean el “todo” de nuestra vida y, mucho menos, no hagamos de ella un reino con los parámetros de su peculiar formar de entender la autoridad, el servicio, el amor, etc. Acostumbrados a vitorear a reyes y príncipes (en tronos de oro, con sangre azul y cómodamente situados) nos descoloca un Jesús que presume de la cruz como bandera de entrega, perdón y sello de lo mucho que Dios nos ama. ¿Se puede hacer y dar algo más por el hombre?

2. -Cuando se acerca el tiempo litúrgico de Adviento me viene a la memoria aquella sugerente leyenda:

En cierta ocasión un rey decidió, por sí mismo, descender de sus palacios para ver cómo vivía su pueblo. La corte que le rodeaba, insistentemente, se empeñaba en informarle con variados intereses que todo estaba bien. Pero el rey, una noche, se escapó del palacio real, disfrazado de pordiosero y empezó a recorrer las calles y las plazas de sus súbditos.

Al llegar a una casa, además de lamentos, escuchó que no había pan para la numerosa familia. Y, siguiendo más adelante, comprobó que una muchedumbre, se burlaba de los más desgraciados y de aquellos otros a los que la buena suerte no les había acompañado en la vida. Para más sorpresa y estupor del monarca le hicieron saber que, en aquellos aledaños del castillo, existía hambre, miseria, soledades, tristeza e injusticias. Por ello mismo, durante un largo tiempo, decidió quedarse para compartir y combatir aquella misma suerte de los que consideraba sus hijos. Solo después, aquel pueblo que se sintió acompañado por aquel rey humillado, gritó con voz potente: ¡Este si que es nuestro Rey!

3. – Jesús, ni más ni menos, es aquel Dios que se ha compartido nuestro mismo vestido de humanidad sufriendo y gozando con nosotros el día a día. Es aquel que ha estado durante este pasado año en medio de nosotros animándonos y mostrándonos el camino que conduce a la auténtica felicidad.

**Jesús, simplemente Jesús, es aquel que nos ha invitado –domingo tras domingo y día tras día- a entender las cosas de Dios desde la verdad y con la fuerza de la verdad.

**Jesús, sólo Jesús, es aquel que nos ha ayudado a descifrar misterios, dudas, batallas y sufrimientos que, a la luz de Dios, recobran una dimensión nueva.

4.- Ciertamente, Jesucristo, es aquel original y desconcertante rey que sin meter mucho ruido se ha colado en nuestras casas, corazones y hasta en nuestra misma iglesia:

**para que sepamos que no andamos solos.

**que nuestras fatigas son sus cansancios;

**que nuestras cruces son astillas de aquella otra gigantesca que El llevó

**podemos contar con El para enfrentarnos a un mundo donde se vive como reyes pero donde se muere como pobres por no haber sido siervos.

Llega el Adviento y, no puede ser de otra manera, lo hemos de comenzar con el convencimiento firme y sereno de que Jesús es quien mejor puede regir y dirigir los destinos del mundo. Sin El estamos llamados a un viaje sin retorno.

Necesitamos, hoy más que nunca, de un punto de referencia para el rearme moral y ético de nuestro mundo basado en la verdad, la vida, la justicia, la santidad, la gracia, el amor y la paz.

No hay peor cosa que el vasallo que juega a ser rey, o una familia descabezada. ¡Cuántos de los que nos rodean, hablan, dictan, gobiernan, dicen y legislan viven muy lejos los auténticos problemas del pueblo haciendo sufrir a sus súbditos!

¿Jesucristo Rey? ¡Por supuesto! Y hoy más que nunca. Es quien mejor nos conoce, quién mejor nos gobierna y quien mejor nos orienta para no arrodillarnos sino es sólo y exclusivamente ante Dios.

Javier Leoz

¿Qué me quiere decir hoy Jesús?

El buen ladrón – Lucas 23, 35-43

En aquel tiempo, las autoridades y el pueblo hacían muecas a Jesús, diciendo: – A otros ha salvado; que se salve a sí mismo si él es el Mesías de Dios, el elegido. Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: – Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo. Había encima un letrero es escritura griega, latina y hebrea: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malechores crucificados lo insultaba diciendo: – ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros. Pero el otro lo increpaba: – ¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada. Y decía: – Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Jesús le respondió: – Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.

Explicación

Los tiempos o momentos difíciles que Jesús anunció a sus amigos, también los vivió él, cuando le persiguieron las autoridades, le traicionaron los amigos, le dejaron solo, y le maltrataron hasta matarle en la cruz, condenado como si fuera un malhechor. Cuando estaba crucificado, algunos le decían con burla: ¡Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo ! Uno de los crucificados con él, sin embargo le dijo: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino. Y Jesús le respondió: Hoy estarás conmigo en el paraíso. Te lo aseguro.

Evangelio dialogado

Te ofrecemos una versión del Evangelio del domingo en forma de diálogo, que puede utilizarse para una lectura dramatizada.

Narrador: Hoy es la fiesta de Cristo Rey del Universo. Es la historia de un rey que murió crucificado. Un rey que no se parece en nada a los reyes de aquí abajo. Habla de un rey crucificado y de un reino muy distinto a los reinos de este mundo. Recordemos el momento:

+ Cuando crucificaron a Jesús, las autoridades y el pueblo se burlaban de él, diciendo:

Niño1: A otros ha salvado, que se salve a sí mismo si de verdad es el Mesías de Dios.

Niño 2: Eso es, que se salve a sí mismo si es el Mesías de Dios, el Elegido.

Narrador: Se burlaban también de él los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:

Niños: Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.

Narrador: Había encima de la Cruz un letrero en escritura griega, latina y hebrea: “ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS”.
Uno de los malhechores crucificados le insultaba diciendo:

Malhechor1º: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.

Narrador: Pero el otro malhechor le regañaba.

Malhechor2º: ¿Ni siquiera tú, estando en el mismo suplicio, tienes temor de Dios?

Malhechor1º: Si es Dios… ¿por qué le han condenado como a nosotros?

Malhechor2º: Nuestra condena es justa, recibimos el pago de lo malo que hicimos, pero éste no ha hecho nada malo.

Narrador : Y dirigiéndose a Jesús le dice:

Malhechor2º: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.

Jesús: Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.

Fr. Emilio Díez Ordóñez y Fr. Javier Espinosa Fernández

Comentario al evangelio – Miércoles XXXIII de Tiempo Ordinario

Talentos desperdiciados

«¿Cuál es el lugar más rico de la tierra?», preguntó el Gurú. Los discípulos nombraron varias ciudades de la tierra. El Gurú descartó todas sus respuestas y dijo: «El lugar más rico de la tierra es el cementerio. Allí yacen enterrados muchos ricos talentos y posibilidades nunca realizadas». ¡Qué verdad! Dios envía a cada niño con maravillosos potenciales; pero ¡cuántos de ellos se realizan! Permanecen sin realizar debido a muchas razones, aunque no todas son culpa del individuo. No damos a nuestros hijos fe en los talentos que Dios les ha dado; los tachamos de inadecuados por su nacimiento, clase, sexo, raza, color, etc. A veces les imponemos nuestros sueños incumplidos, expulsando los suyos propios. Supongo que al final del día, seremos responsables no sólo de no realizar los talentos que se nos han dado, sino también de no ayudar a los que nos rodean a convertirse en quienes están destinados a ser.

Paulson Veliyannoor, CMF

Meditación – Miércoles XXXIII de Tiempo Ordinario

Hoy es miércoles XXXIII de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 19, 11-28):

En aquel tiempo, Jesús estaba cerca de Jerusalén y añadió una parábola, pues los que le acompañaban creían que el Reino de Dios aparecería de un momento a otro. Dijo pues: «Un hombre noble marchó a un país lejano, para recibir la investidura real y volverse. Habiendo llamado a diez siervos suyos, les dio diez minas y les dijo: ‘Negociad hasta que vuelva’. Pero sus ciudadanos le odiaban y enviaron detrás de él una embajada que dijese: ‘No queremos que ése reine sobre nosotros’.

»Y sucedió que, cuando regresó, después de recibir la investidura real, mandó llamar a aquellos siervos suyos, a los que había dado el dinero, para saber lo que había ganado cada uno. Se presentó el primero y dijo: ‘Señor, tu mina ha producido diez minas’. Le respondió: ‘¡Muy bien, siervo bueno!; ya que has sido fiel en lo mínimo, toma el gobierno de diez ciudades’. Vino el segundo y dijo: ‘Tu mina, Señor, ha producido cinco minas’. Dijo a éste: ‘Ponte tú también al mando de cinco ciudades’. Vino el otro y dijo: ‘Señor, aquí tienes tu mina, que he tenido guardada en un lienzo; pues tenía miedo de ti, que eres un hombre severo; que tomas lo que no pusiste, y cosechas lo que no sembraste’. Dícele: ‘Por tu propia boca te juzgo, siervo malo; sabías que yo soy un hombre severo, que tomo lo que no puse y cosecho lo que no sembré; pues, ¿por qué no colocaste mi dinero en el banco? Y así, al volver yo, lo habría cobrado con los intereses’.

»Y dijo a los presentes: ‘Quitadle la mina y dádsela al que tiene las diez minas’. Dijéronle: ‘Señor, tiene ya diez minas’. ‘Os digo que a todo el que tiene, se le dará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y aquellos enemigos míos, los que no quisieron que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos delante de mí’».

Y habiendo dicho esto, marchaba por delante subiendo a Jerusalén.

El tema central de la predicación de Jesús fue el anuncio de la llegada del reino de Dios. Nos anuncia que Dios, llevado de su loco amor hacia nosotros, está dispuesto, si le dejamos, a entrar en nuestro corazón, a reinar en él, a dirigir toda su vida. Este reinado de Dios, para el que quiera, ya ha comenzado en esta tierra, pero no ha llegado a su plenitud. En esta tierra además de dejar reinar a Dios en nuestro corazón, a veces, le damos la espalda y dejamos que incluso los contrarios a Dios reinen en nuestro corazón.

Jesús nos promete que después de nuestra muerte y resurrección, Dios será el único rey que reine en nuestra vida y todos sus contrarios serán aniquilados. Lo que nos pide durante nuestro trayecto terreno es que trabajemos con los talentos recibidos. “Negociad mientras vuelvo”. Pero no de cualquier manera, sino en la línea de Jesús, en la línea del amor, del perdón, de la fraternidad, de la sencillez, del desprendimiento…La única manera de que Dios sea el Rey de nuestro corazón.

Fray Manuel Santos Sánchez O.P.

Liturgia – Miércoles XXXIII de Tiempo Ordinario

MIÉRCOLES DE LA XXXIII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de la feria (verde)

Misal: Para la feria cualquier formulario permitido, Prefacio común.

Leccionario: Vol. III-par.

  • Ap 4, 1-11. Santo es el Señor Dios, el todopoderoso; el que era y es y ha de venir.
  • Sal 150. Santo, Santo, Santo es el Señor Dios, el todopoderoso.
  • Lc 19, 11-28. ¿Por qué no pusiste mi dinero en el banco?

Antífona de entrada          Cf. Sal 27, 8-9
El Señor es fuerza para su pueblo, apoyo y salvación para su Ungido. Salva a tu pueblo, Señor, y bendice tu heredad, sé su pastor por siempre.

Monición de entrada y acto penitencial
Hoy, en la Eucaristía, pediremos de un modo especial perdón al Señor por nuestros pecados; porque todos nosotros somos miembros de una Iglesia que es a la vez santa y necesitada de purificación.
Así pues, conscientes de esta realidad, comencemos la celebración poniéndonos ante la presencia de Dios, y sincerándonos con Él en unos momentos de silencio, reconozcamos nuestra pobreza y debilidad, e imploremos su gracia y su perdón.

• Tú que acoges a todos. Señor, ten piedad.
• Tú que eres el camino seguro. Cristo, ten piedad.
• Tú que eres la vida en plenitud. Señor, ten piedad.

Oración colecta
ESCUCHA, Señor,
nuestras súplicas y perdona nuestros pecados,
para que recibamos juntamente tu perdón y tu paz.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Presentemos ahora, hermanos, nuestras peticiones a Dios Padre, que no quiere que nada ni nadie nos separe de su amor.

1.- Por la Iglesia y por todos los cristianos; para que seamos uno en Cristo y el mundo crea. Roguemos al Señor.

2.- Por los jóvenes que el Señor llama a consagrar su vida; para que sean generosos y sirvan al Evangelio con convicción. Roguemos al Señor.

3.- Por los gobernantes de las naciones; para que trabajen por el bien común y defiendan los valores permanentes del hombre. Roguemos al Señor.

4.- Por los enfermos, los agonizantes, los tristes y todos los que sufren; para que encuentren en Jesucristo paciente un consuelo y alcancen un día el premio de su gloria. Roguemos al Señor.

5.- Por todos nosotros; para que alimentados con el Cuerpo y Sangre de Jesús, vivamos diariamente lo que celebramos en la Eucaristía. Roguemos al Señor.

Recibe, Dios y Padre nuestro, las oraciones que te hemos presentado, y danos tu gracia para que aguardemos vigilantes la llegada de tu reino. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
ACEPTA, Señor,
este sacrificio de reconciliación y alabanza
y concédenos que, purificados por su eficacia,
te ofrezcamos el obsequio agradable de nuestro corazón.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Cf. Sal 144, 15
Los ojos de todos te están aguardando, Señor; tú les das la comida a su tiempo.

Oración después de la comunión
DESPUÉS de recibir con este sacramento el perdón de los pecados,
te pedimos, Dios de misericordia,
que por tu gracia no volvamos a pecar
y que podamos servirte con sincero corazón.
Por Jesucristo nuestro Señor.