Lectio Divina – Viernes XXXIV de Tiempo Ordinario

Estad en vela, pues, orando en todo tiempo

1.- Oración introductoria.

Señor, hoy vengo a la oración y lo primero que quiero pedirte es que me enseñes a orar. Los judíos rezan mirando a Jerusalén; los musulmanes, mirando a la Meca. Y nosotros, los cristianos, ¿hacia dónde tenemos que mirar? Tú, Señor, mirabas al cielo, donde estaba tu Padre Dios. El Padre era tu comida, tu bebida, tu obsesión. No le llamabas Yavé  sino Abbá-Papá. El día en que nos enseñaste a orar de esa manera fue el día más bonito de nuestra historia humana. Se acabó para siempre el Dios del miedo y apareció entre nosotros el Dios de la ternura.

2.- Lectura reposada del evangelio: Lucas 21, 34-36

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Dos cosas nos piden el Señor en este evangelio: “Tened cuidado» y “orad en todo tiempo”. ¿Qué debemos cuidar? En primer lugar la Naturaleza que Él nos ha regalado. Cuidar la tierra, los ríos, los montes, los mares… Cuidar los animales… y sobre todo, cuidar a las personas.  Cuidar significa “mimar”, mirar todo con ojos de admiración. Jesús se queda extasiado ante un atardecer “cuando el cielo se arrebola” (Mt. 16,2). “Y ante la belleza y hermosura de los lirios en primavera” (Mt. 6,28). “Y ante el vuelo de los pajaritos a quienes su Padre les alimenta” (Mt. 6,26). Pero la auténtica mirada de Jesús es ante las personas: “Llora al ver llorar a María, hermana de Lázaro” (Juan 11,33);  mira  con  mirada  de  cariño  a  un joven ( Mc. 10,21); mira con infinita  ternura a una  mujer pecadora que le ha besado sus pies, se los ha perfumado y los ha secado con sus cabellos” (Lc. 7,44-46). Y queda horrorizado porque unos viejos verdes quieren apedrear a una mujer sorprendida en adulterio. Yo no te condeno. “Vete en paz y no peques más” (Jn.8,11).  También Jesús nos pide que recemos. Pero que lo hagamos como Él, sin muchas palabras. Que lo hagamos diciendo sólo una palabra Abbá-Papá. Y que nos quedemos estremecidos, sobrecogidos, al sentirnos como niños pequeños, queridos tiernamente por Él.

Palabra del Papa

“Una pregunta está presente en el corazón de muchos: ¿por qué hoy un Jubileo de la Misericordia? Simplemente porque la Iglesia, en este momento de grandes cambios históricos, está llamada a ofrecer con mayor intensidad los signos de la presencia y de la cercanía de Dios. Éste no es un tiempo para estar distraídos, sino al contrario para permanecer alerta y despertar en nosotros la capacidad de ver lo esencial. Es el tiempo para que la Iglesia redescubra el sentido de la misión que el Señor le ha confiado el día de Pascua: ser signo e instrumento de la misericordia del Padre. Por eso en el Año Santo tiene que mantener vivo el deseo de saber descubrir los muchos signos de la ternura que Dios ofrece al mundo entero y sobre todo a cuantos sufren, se encuentran solos y abandonados, y también sin esperanza de ser perdonados y sentirse amados por el Padre. Un Año Santo para sentir intensamente dentro de nosotros la alegría de haber sido encontrados por Jesús, que, como Buen Pastor, ha venido a buscarnos porque estábamos perdidos”. (Homilía de S.S. Francisco, 11 de abril de 2015).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Guardo silencio)

5.-Propósito. Tener en este día un cuidado especial con las personas con quienes me voy a relacionar.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, hoy te doy gracias porque tienes una mirada penetrante, que contempla, cuida, mima, acaricia. Dame la fuerza de esa mirada para que sepa contemplar la naturaleza, los animales y, sobre todo a  las personas, como las miras Tú. Que todo lo que voy a realizar en este día quede envuelto con el calor de una mirada.  ¡Gracias, Señor!

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Comentario – Viernes XXXIV de Tiempo Ordinario

Lc 21, 29-33

Jesús acaba de anunciar el «fin de Jerusalén» y, simbólicamente o realmente, el «fin del mundo»… sus venidas al mundo eran el presagio de su venida definitiva. Su gran preocupación es tratar de evitar a sus apóstoles toda angustia y pánico.

Cuando empiece a suceder esto poneos derechos y alzad la cabeza…

La Iglesia anda «encorvada» bajo el peso de las pruebas y de las persecuciones, Jesús le pide de enderezarse, de alzar la cabeza.

Lo que, para mucha gente, aparece como una destrucción y un juicio terribles, para los creyentes, por el contrario, debe aparecer como el comienzo de la salvación…

Porque vuestra redención está cerca.

Esta palabra, tan frecuente en san Pablo (Corintios 1, 30; Romanos 3, 24; 8, 23; Colosenses 1, 14) sólo es usada en esas citas, y en ninguno de los evangelios. El término «redención» procede del latín «redemptio»; mejor sería traducirlo directamente del griego «apolutrósis» por el término «liberación».

«¡Vuestra liberación está cerca!»

Señor, ayúdame a considerar todo acontecimiento de la historia, como una etapa que me acerca a la «liberación».

Y les puso una comparación: Fijaos en la higuera o en cualquier otro árbol: Cuando echan brotes, os basta verlos, para saber que el verano ya está cerca.

Me agrada esa comparación.

Un árbol en primavera. ¿Qué hay de más hermoso? ¿de más prometedor? Me imagino una higuera o un manzano lleno de brotes tiernos. Después del invierno es una promesa del verano. Guardo unos momentos esta imagen en mi imaginación.

Para Jesús la cercanía del «fin» es un acercarse a la primavera.

¡El verano está cerca!

La Pasión empezará dentro de unos días (Lucas 22) Cuando esos sucesos anunciadores del fin de Jerusalén, del fin del mundo, de vuestro fin personal… comenzarán, ¡enderezaos, levantad la cabeza, porque vuestra liberación está cerca, viene el verano!

Del mismo modo, también vosotros, cuando veáis que suceden todas estas cosas, sabed que el reino de Dios está cerca.

«Los hombres se morirán de miedo en el temor de las desgracias que sobrevendrán en el mundo.»

«Vosotros, ¡enderezaos! ¡El Reino de Dios está cerca!» Prácticamente en Palestina no hay primavera, de tal modo es rápido el paso del invierno al verano: ¡toda la naturaleza florece de una vez!

Con esto, Jesús da a sus amigos unas imágenes de la muerte… y del fin del mundo. De otra parte distingue netamente a los creyentes de los demás hombres que están espantados.

Más que contestar a la pregunta de sus amigos sobre la fecha de la destrucción del Templo, Jesús les indica las actitudes que deben tomar. «De lo que estáis contemplando, días vendrán en los que no quedará piedra sobre piedra. -Maestro, ¿cuándo sucederá?-Cuando esto suceda, enderezaos» La primera actitud ante los anuncios escatológicos, es… ¡la esperanza!

El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán…

La segunda actitud, es…¡la confianza! La certeza de que Dios no puede fracasar, que las palabras divinas son sólidas, no son frágiles, ni caducas.

En el DÍA de HOY, ¿dan los cristianos testimonio de esa seguridad tranquila de la que Jesús daba prueba, pocos días antes de su muerte?

¡Señor, danos una fe más sólida!

Noel Quesson
Evangelios 1

Comentario – Viernes XXXIV de Tiempo Ordinario

(Lc 21, 29-33)

Este texto nos indica simplemente que antes de la venida gloriosa de Jesús habrá necesariamente algunos signos que los creyentes podrán descubrir si miran las cosas desde la fe. Ahora mismo las criaturas nos están anunciando que todo se termina, que esta historia tiene un final.

Luego se nos invita a descubrir esos signos, así como uno descubre la llegada de la primavera cuando se ve que las higueras comienzan a brotar. Advirtamos que el símbolo de la higuera no es negativo ni terrorífico. Así como los brotes anuncian la explosión de vida de la primavera, de la misma manera tenemos que imaginar la venida gloriosa de Jesús como una explosión de vida nueva y de luz (Is 18, 5), como un canto de esperanza. Pero por más que podamos ver signos, no conocemos el día ni la hora. Los signos nos sirven para prepararnos, para no vivir como si este mundo nunca fuera a terminar, pero a través de ellos no podemos tener certeza sobre el momento exacto de la venida del Señor.

Cuando Jesús dice que «no pasará esta generación (v. 32) no se refiere al fin del mundo, sino a la llegada del Reino de Dios con poder que se produjo en su resurrección. Vemos así que en este capítulo 21 de Lucas se anuncia el triunfo de Jesús en su resurrección, la caída de Jerusalén, y la segunda venida de Jesús al fin de los tiempos. Las tres cosas entremezcladas. Esta unión de temas puede dar lugar a confusiones, porque estas tres cosas no se cumplen al mismo tiempo. De hecho Jerusalén cayó antes de que terminara el siglo primero, y sin embargo el mundo no se terminó. Y este texto nos dice que luego de la caída de Jerusalén la ciudad viviría un tiempo de dominación por los paganos (v. 24). Pero en general todo este capítulo 21 de Lucas nos quiere indicar que los sufrimientos son pasajeros, porque de alguna manera el bien siempre termina triunfando sobre el poder del mal. Dios siempre es más poderoso.

Oración:

«Señor, ayúdame a recordar que todo se acaba, que debo gozar de las cosas sabiendo que no son eternas y que no son ellas el centro de mi corazón, porque fui creado para ti, y mi corazón sólo estará satisfecho cuando descanse en ti».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Comentario, Viernes XXXIV Tiempo Ordinario

(Lc 21, 29-33)

Este texto nos indica simplemente que antes de la venida gloriosa de Jesús habrá necesariamente algunos signos que los creyentes podrán descubrir si miran las cosas desde la fe. Ahora mismo las criaturas nos están anunciando que todo se termina, que esta historia tiene un final.

Luego se nos invita a descubrir esos signos, así como uno descubre la llegada de la primavera cuando se ve que las higueras comienzan a brotar. Advirtamos que el símbolo de la higuera no es negativo ni terrorífico. Así como los brotes anuncian la explosión de vida de la primavera, de la misma manera tenemos que imaginar la venida gloriosa de Jesús como una explosión de vida nueva y de luz (Is 18, 5), como un canto de esperanza. Pero por más que podamos ver signos, no conocemos el día ni la hora. Los signos nos sirven para prepararnos, para no vivir como si este mundo nunca fuera a terminar, pero a través de ellos no podemos tener certeza sobre el momento exacto de la venida del Señor.

Cuando Jesús dice que «no pasará esta generación (v. 32) no se refiere al fin del mundo, sino a la llegada del Reino de Dios con poder que se produjo en su resurrección. Vemos así que en este capítulo 21 de Lucas se anuncia el triunfo de Jesús en su resurrección, la caída de Jerusalén, y la segunda venida de Jesús al fin de los tiempos. Las tres cosas entremezcladas. Esta unión de temas puede dar lugar a confusiones, porque estas tres cosas no se cumplen al mismo tiempo. De hecho Jerusalén cayó antes de que terminara el siglo primero, y sin embargo el mundo no se terminó. Y este texto nos dice que luego de la caída de Jerusalén la ciudad viviría un tiempo de dominación por los paganos (v. 24). Pero en general todo este capítulo 21 de Lucas nos quiere indicar que los sufrimientos son pasajeros, porque de alguna manera el bien siempre termina triunfando sobre el poder del mal. Dios siempre es más poderoso.

Oración:

«Señor, ayúdame a recordar que todo se acaba, que debo gozar de las cosas sabiendo que no son eternas y que no son ellas el centro de mi corazón, porque fui creado para ti, y mi corazón sólo estará satisfecho cuando descanse en ti».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

La misa del domingo

El profeta Isaías habla en nombre de Dios y denuncia una grave situación: «Hijos crié y saqué adelante, y ellos se rebelaron contra mí» (Is 1,2). Israel se ha apartado de los caminos de Dios: «¡Ay, gente pecadora, pueblo tarado de culpa, semilla de malvados, hijos de perdición! Han dejado a Yahveh, han despreciado al Santo de Israel, se han vuelto de espaldas» (Is 1,4). En Jerusalén ya no se encuentra justicia ni equidad. Asesinatos, robos, alianzas con los bandidos, sobornos, búsqueda de ventajas, injusticias con los huérfanos y las viudas parecen ser el pan de cada día en esta sociedad que al dar la espalda al Dios único se ha llenado de ídolos, de adivinos y evocadores. Rebeldes a Dios se han vuelto altaneros y altivos. Su sacrificio se ha vuelto detestable porque mezclan falsedad y solemnidad y aunque menudean en la plegaria sus manos están manchadas de sangre inocente (ver Is 2,6-17).

En este contexto Dios invita a su pueblo a la conversión, al cambio de conducta: «lavaos, limpiaos, quitad vuestras fechorías de delante de mi vista, desistid de hacer el mal, aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda» (Is 1,16-17). Con el recto obrar es como han de purificarse de todo pecado, es por la obediencia a Dios como alcanzarán su bendición (ver Is 1,18-19).

En medio de esta situación dolorosa, fruto del rechazo de Dios y del abandono de sus leyes, la mirada del profeta se dirige esperanzada hacia los “días futuros”. Isaías ve cómo “al final de los días” confluirán hacia Jerusalén los gentiles y pueblos numerosos, reconociendo a Dios como Dios único, acudiendo a Él para ser instruidos en sus caminos, para marchar por sus sendas, sometiéndose a su señorío y reinado, haciendo de Él el juez de pueblos numerosos. Entonces habrá paz, las armas se transformarán en herramientas para el progreso humano y también la casa de Jacob caminará finalmente «a la luz del Señor». Aquel día sería anhelado por generaciones.

Contrasta esta mirada esperanzada de la ciudad santa con el anuncio devastador del Señor Jesús sobre la destrucción de Jerusalén y su Templo: «¿Ven todo esto? Yo les aseguro no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derruida» (Mt 24,2). Los discípulos entonces le dijeron: «Dinos cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo» (Mt 24,3). En su mente la destrucción física de Jerusalén y del Templo esta asociada al fin del mundo y a la venida gloriosa del Señor al final de los tiempos, es decir, al momento en que terminará un período de la historia para comenzar uno nuevo con la venida gloriosa del Mesías de Dios y la restauración definitiva del Reino de Israel.

En este diálogo y contexto introduce el Señor la comparación con los días de Noé: «Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre». Su última venida tendrá un carácter repentino y tomará por sorpresa a muchos por la despreocupación en la que viven con respecto a Dios, a sus leyes y a su venida final. Sin embargo, el Señor que ya vino al encarnarse de María Virgen por obra del Espíritu Santo, volverá nuevamente al final de los tiempos para un juicio y para instaurar la nueva Jerusalén, objeto de las promesas divinas: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva… Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios… Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: “Esta es la morada de Dios con los hombres”. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo, y Él, Dios-con-ellos, será su Dios» (Ap 21,1-3).

Ante el acontecimiento de su venida última y ante la ignorancia sobre la hora o día, el Señor enseña que sólo cabe una actitud sensata: velar y estar preparados en todo momento. Y para insistir más aún en la necesidad de este estar preparados el Señor pone a sus discípulos otra comparación: «si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón estaría vigilando y no lo dejaría asaltar su casa». Del mismo modo, el saber que vendrá y la ignorancia del momento mueven a una persona sensata a mantenerse siempre vigilante.

También el apóstol Pablo (2ª. lectura) invita a los creyentes a estar preparados. El suyo es un llamado a “despertar del sueño” dado que «la noche está avanzada» y «se acerca el día». Este “pasar de las tinieblas a la luz” se realiza mediante un esfuerzo serio de conversión que consiste en un proceso simultáneo de despojamiento y revestimiento. De lo que hay que despojarse es de las obras de las tinieblas como los son las orgías y borracheras, las lujurias y lascivias, las rivalidades, pleitos y envidias. De lo que hay que revestirse en cambio es de las armas de la luz, más aún, hay que “revestirse” interiormente de Cristo mismo.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

«El número de los días del hombre mucho será si llega a los cien años. Como gota de agua del mar, como grano de arena, tan pocos son sus años frente a la eternidad» (Eclo18,9-10). Así medita y reflexiona quien es verdaderamente sabio y sensato.

Quienes creemos en Dios y en su Hijo, el Señor Jesús, no podemos tener una mirada miope, de corto alcance, una mirada que se enfoque solamente en este mundo y en esta vida. Nuestra mirada tiene que ir más allá de lo pasajera que es nuestra vida en este mundo presente (ver 1Cor 7,31), tiene que fijarse en lo que viene después de nuestra muerte y no pasará jamás (ver 2Cor 4,18), tiene que fijarse en la ETERNIDAD. ¡Eso es lo que no puedo perder de vista mientras voy de peregrino en este mundo, porque eso es lo que debo conquistar! ¿De qué me servirá ganar el mundo entero, si al hacerlo, pierdo la vida eterna?

Esta eternidad ciertamente es un don de Dios, un regalo que brota del amor que Él me tiene y de su deseo de hacerme partícipe de su misma vida y felicidad. Mas como todo don y regalo he de acogerlo libremente. En efecto, de que yo le diga “sí” al Señor y del consecuente recto ejercicio que haga día a día de mi libertad, orientando mi vida y mis obras según Dios y sus leyes, depende que alcance la vida eterna que Dios me ofrece y promete: «Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1Cor 2,9).

En este nuestro peregrinar conviene recordar que cada cual recibirá «conforme a lo que hizo durante su vida mortal» (2Cor 5,10; ver Mt 25,31ss; Mt 10,39; Lc 9,25). Lo que yo merezca quedará sellado y definido en el momento de mi muerte. El día de mi muerte, desconocido para mí, el Señor vendrá a mí. Detrás de mi muerte me encontraré con Cristo. Con Él me encontraré cara a cara para un juicio, que será un juicio sobre el amor. Si soy hallado semejante a Él en el amor, entraré en eterna comunión de amor con Él, junto con el Padre y el Espíritu, y con todos los santos. Si no soy hallado semejante a Él escucharé aquellas terribles palabras: «no te conozco» (ver Mt 25,12), y seré echado fuera de su Presencia. No es castigo, sino consecuencia de la propia opción de rechazar a Dios en mi vida presente.

El no saber en qué momento será la “venida final” (Mc 13,33) o el encuentro definitivo con el Señor a la hora de mi muerte, debe llevarme a estar preparado en todo momento, para que no llegue de improviso y me encuentre “dormido” (ver Mc 13,35-37). La viva conciencia de que llegará ese momento y el no saber ni el día ni la hora es razón poderosa para mantenerme siempre alerta, vigilante, en vela, buscando aprovechar el tiempo presente para despojarme de «las obras de las tinieblas» y revestirme «con las armas de la luz», como recomienda el Apóstol San Pablo (Rom 13,12).

El tiempo de Adviento es un tiempo privilegiado para, de cara al Señor que viene, renovarme en un espíritu de conversión que me lleve a estar preparado cada día, porque hoy mismo puede ser ese día. Atendiendo a la exhortación del Apóstol, esforcémonos por despojarnos de algún vicio y practicar la templanza o moderación al tomar los alimentos o bebidas alcohólicas (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1809), la castidad y pureza en nuestra relación con las personas (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 2345; 2348-2356), el perdón y la caridad frente a las injurias recibidas (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1970-1972; 2302-2303), entre otras prácticas apropiadas para este tiempo.

Recordemos que este espíritu de conversión y diaria vigilancia no debe estar motivado tanto por temor sino más bien por amor al Señor que viene. Quien anhela intensamente la llegada de Aquel a quien ama mucho, quien inflamado de amor ansía el Encuentro y Comunión con el Amado, se mantiene esperando, despierto y preparado para cuando Él venga.

Afirmación de fe, hoy cuando vengas

Creemos en Jesús,
presente en la alegría y esperanza del pueblo
marcado por una historia de sufrimiento y pobreza.

Creemos en Jesús,
presente en las personas que atraviesan situaciones críticas
a causas de las decisiones de otras personas.

Creemos en Jesús,
presente en los jóvenes marginados y sin trabajo
por causa de las estructuras que hemos creado.

Creemos en Jesús,
presente en los refugiados que huyen y no son acogidos
porque los sentimos como un estorbo y nos dan miedo.

Creemos en Jesús,
presente en el pobre que sufre,
en el triste y sin futuro,
en el perseguido y encarcelado,
en los emigrantes y exiliados,
en los niños explotados y abandonados,
en las mujeres humilladas y ninguneadas,
en las personas sin dignidad y sin salario…

Creemos en Jesús,
presente en los ciudadanos sin derechos,
en los creyentes perseguidos por la sociedad y su iglesia,
en las persona que luchan por un mundo nuevo,
en sus seguidores y mártires, aún sin reconocimiento.

Creemos en Jesús,
presente en todos los calvarios y cruces
que hemos levantado a lo largo del camino
por defender nuestras conquistas e intereses.

Creemos en Jesús,
y reafirmamos nuestra esperanza en él,
y en la fuerza sanadora y liberadora
de su amor derramado en nosotros y nosotras..

Creemos en Jesús, vivo y presente
en nuestro mundo e historia,
en nuestra sociedad e iglesia,
y en nuestra vida, cada día.

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes XXXIV de Tiempo Ordinario

Palabras perdurables

Fareed Zakaria, célebre periodista estadounidense, fue galardonado con el Padma Bhushan, el tercer premio civil más importante de la India, su país de origen. Fareed, aunque expresó su gratitud por el premio, declinó cortésmente estar presente en persona para aceptarlo. ¿Su razón? La fecha de la ceremonia de entrega del premio coincidía con las fechas del viaje de vacaciones que había prometido a sus hijos. Si un padre humano honra las palabras dadas a sus hijos, ¡cuánto más lo hará Dios! «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán», dice Jesús. He aquí un ejercicio para hacer: Identifica unos 7-9 versículos del Evangelio, una sana mezcla de palabras tranquilizadoras y desafiantes de Jesús, escríbelos y llévalos en tu cartera. En tiempos apocalípticos, saca y lee las palabras tranquilizadoras; en tiempos de demasiada comodidad, enfréntate a sus palabras desafiantes. Porque él siempre es fiel a sus palabras.

Paulson Veliyannoor, CMF

Meditación – Viernes XXXIV de Tiempo Ordinario

Hoy es viernes XXXIV de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 21, 29-33):

En aquel tiempo, Jesús puso a sus discípulos esta comparación: «Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya echan brotes, al verlos, sabéis que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que el Reino de Dios está cerca. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán».

La parábola del evangelio de hoy se sitúa al final del discurso de Jesús sobre las señales del fin. La higuera que retoña nos está indicando que el verano se aproxima. Ya se está pasando el invierno de la desolación y persecución; los campos del verano ya están en mies y los árboles dan su fruto. Así también vosotros, cuando veáis éstas señales, sabed que está cerca el reino de Dios.

Y añade que los de esta generación lo verán; ya se lo anunció a Natanael en su primera llamada: “veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre” (Jn 1, 51).

El reino nace en el corazón que le ama, pero no es fácil identificar estas señales con el reinado de Dios porque ya  dijo Jesús a los fariseos que le pedían un signo, que no se le darían más  señal, que el signo de Jonás (c.f. Mt 12,39).

Finalmente, cuando  juzgaron a Jesús en el consejo del sanedrín éste respondió: “El Hijo del hombre estará sentado desde ahora a la derecha del poder de Dios”. (Lc 22,69). Cielo y tierra pasarán más sus palabras no pasarán.

Monasterio Ntra. Sra. de la Piedad – MM. Dominicas

Liturgia – Viernes XXXIV de Tiempo Ordinario

VIERNES DE LA XXXIV SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de feria (verde)

Misal: Para la feria cualquier formulario permitido

Leccionario: Vol. III-par

  • Ap 20, 1-4. 11 – 21, 2. Todos fueron juzgados según sus obras. Vi la nueva Jerusalén que descendía del cielo.
  • Sal 83. He aquí la morada de Dios entre los hombres.
  • Lc 21, 29-33. Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios.

Antífona de entrada          Sal 83, 10-11
Fíjate, oh, Dios, escudo nuestro; mira el rostro de tu Ungido, porque vale más un día en tus atrios que mil en mi casa.

Monición de entrada y acto penitencial
Para el cristiano, la muerte es la culminación de toda una vida de entrega y de amor a Cristo. Es el momento de la entrega total y definitiva, y el momento también de nuestro encuentro con el Señor, a quien, sin verlo, procuramos amar y servir en esta vida. Supliquemos hoy al Señor que todo esto sea una realidad para cada uno de nosotros, cuando nos llegue la hora de pasar de este mundo al Padre.

Y para celebrar dignamente estos sagrados misterios, pidamos humildemente perdón a Dios por nuestros pecados.

• Tú que entregaste tu vida para salvarnos. Señor, ten piedad.
• Tú que no quieres que ninguno se pierda. Cristo, ten piedad.
• Tú que nos tienes preparada una casa en el cielo. Señor, ten piedad.

Oración colecta
OH, Dios,
que nos has creado a imagen tuya
y has querido que tu Hijo se sometiera a la muerte por nosotros,
concédenos vivir siempre vigilantes en la oración,
para que podamos salir sin pecado de este mundo
y descansar con alegría en el regazo de tu misericordia.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Oremos a Dios nuestro Padre, pues sabemos que está cerca la llegada de su reino.

1.- Por la Iglesia; para que sea siempre un signo transparente de la Buena Noticia de Dios. Roguemos al Señor.

2.- Por los jóvenes, para que no tenga miedo y sigan a Jesucristo, el amigo siempre fiel, sin regatearle amor, entrega y firmeza. Roguemos al Señor.

3.- Por los gobernantes de nuestro país y de todos los países; para que tengan como objetivo hacer posible la paz y una justa distribución de la riqueza. Roguemos al Señor.

4.- Por las familias que sufren divisiones y rupturas; para que se esfuercen con buena voluntad para superar los rencores y los agravios mutuos. Roguemos al Señor.

5.- Por nosotros, los que nos hemos reunido en esta Eucaristía; para que vivamos siempre en el amor y la gracia del Señor. Roguemos al Señor.

Dios Padre nuestro, cuya palabra es eterna y permanece para siempre, concede a tu pueblo lo que te ha pedido con fe y dale la luz del Espíritu para que anuncie a todo el mundo la llegada de tu reino. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
ACEPTA Señor, nuestras ofrendas
en las que vas a realizar un admirable intercambio,
para que, al ofrecerte lo que tú nos diste,
merezcamos recibirte a ti mismo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Sal 129, 7
Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

Oración después de la comunión
DESPUÉS de recibir en estos misterios
la prenda de la inmortalidad,
te suplicamos, Señor,
el auxilio de tu amor en el momento de nuestra muerte,
para que, superados los ataques del enemigo,
seamos renovados en el seno de tu gloria eterna.
Por Jesucristo nuestro Señor.