Misa del domingo

El Bautista proclama en el desierto de Judea: «ha llegado el Reino de los Cielos» (Mt 3,2). Prepararse para este gran acontecimiento requería una conversión, arrepentirse del mal cometido y enmendar toda conducta inicua. El signo visible de ese arrepentimiento y deseo de llevar una vida nueva era el bautismo que él ofrecía en las aguas del río Jordán. El bautismo de Juan simbolizaba sepultar la vida antigua de pecado para renacer a una vida de justicia. Muchos, movidos por la prédica ardorosa de Juan y llevados por un deseo sincero de conversión, acudían a él para recibir este “bautismo de conversión”.

En su prédica Juan no dudaba en denunciar abiertamente el pecado y el mal que veía en el pueblo de Israel. De esta denuncia no se libró ni siquiera Herodes Antipas, hijo de Herodes “el Grande”. Su padre había mandado construir el fastuoso templo de Jerusalén, cuyas piedras y exvotos admirarán los discípulos de Jesús. Era también su padre quien había mandado matar a todos los niños de Belén, menores de dos años, a fin de eliminar al Niño Jesús. Tenía por hermano a Arquelao, y por medio hermano a Herodes Filipo. Al morir su padre, el emperador Augusto le otorgó la tetrarquía de Galilea y Perea.

El tetrarca Herodes, para escándalo público, repudiando a su esposa legítima había tomado por mujer a Herodías, la mujer de su medio hermano Herodes Filipo. Juan no calló. Le decía: «No te es lícito tenerla» (Mt 14,4; ver Mc 6,18, Lc 3,19). Por instigación de Herodías (ver Mt 14,3) y para acallar su incómoda voz, Herodes mandó prenderlo. Y aunque él hubiese preferido matarlo, no lo hacía por temor a la sublevación de la gente que lo tenía por profeta (ver Mt 14,15). Herodías, que también quería verlo muerto por el odio que le tenía, no podía cumplir su inicuo deseo. Imaginamos que de muchos modos y maneras le habría insistido a Herodes para que lo mate, pero a él le bastaba tenerlo encarcelado (ver Mc 6,20).

Es durante este encarcelamiento que Juan, al oír hablar «de las obras del Mesías», «mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”».

Llama la atención que quien manda a sus discípulos a hacer esta pregunta es el mismo que poco antes, cuando bautizaba en el Jordán, había dicho de Él: «Este es por quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que Él sea manifestado a Israel». Es de Él de quien había dado incluso testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él» (Jn 1,30-32; Mt 3,16-17; Mc 1,9-11) y también: «Yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios» (Jn 1,34). ¿Por qué entonces manda a preguntar ahora a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?”».

Conviene entender que para ese momento Juan tenía muchos discípulos y ejercía una fuerte influencia sobre multitudes, y «como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Mesías» (Lc 3,15). Juan, no cabe duda, era un personaje muy importante. Pero, ¿era él el enviado de Dios? Juan sabía perfectamente que Jesús era el Mesías, ¿pero cómo hacer para que sus discípulos y seguidores entendiesen que el Señor Jesús, y no él, era en realidad el Cristo? ¿Cómo “disminuir” él para que Jesús creciese? (ver Jn 3,30)

Coinciden los Padres de la Iglesia en afirmar que si Juan envía a sus discípulos con esta pregunta no es porque él dude, sino para que sus discípulos crean que Jesús es el Mesías esperado por Israel. ¿Y qué mejor que el testimonio de las mismas obras? Por ello el Señor Jesús responde: «Vayan y cuéntenle a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, y los cojos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio». En Él se cumple lo que Isaías había anunciado: «Miren a su Dios… viene en persona a salvarlos. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará». Él es el Mesías, es Dios mismo que viene a salvar a su pueblo, y con Él ha llegado el tiempo de una nueva creación caracterizada por el reflorecimiento exuberante de todo aquello que se encontraba muerto, seco y estéril.

«¡Dichoso el que no se escandalice de mí!», dirá el Señor. Dichoso el que acepta que Él es verdaderamente el Mesías, el Cristo, el único Salvador del mundo, y que fuera de Él no hay otro salvador.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

En el tercer Domingo de Adviento la Iglesia, tomando las palabras del Apóstol Pablo, nos invita a llenarnos de gozo: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres… El Señor está cerca» (Flp 4,4-5). ¿No es propia la alegría en el corazón de aquellos que experimentan esa cercanía y presencia del Señor?

A un cristiano que por lo común anda triste o incluso amargado, le falta Cristo. Está terriblemente vacío, porque el Señor está ausente de su vida. Sin Cristo su vida se va consumiendo y marchitando poco a poco (ver Jn 15,4-5) hasta que la tristeza, el vacío, la desolación e incluso la desesperanza se apoderan de su corazón. En cambio, la presencia del Señor Jesús en el corazón humano es siempre fuente de vida, de reconciliación, de paz, de amor auténtico y en consecuencia de una alegría profunda, serena, desbordante. En efecto, la alegría que los creyentes estamos llamados a experimentar, la alegría de saber que el Señor está cerca, de tenerlo con nosotros y en nosotros, es una alegría que no se puede contener, una alegría que por sí misma se difunde e irradia a los demás.

Y aunque el cristiano en algunos momentos experimente también la natural tristeza por los problemas, las pruebas o sufrimientos que forman parte de esta vida, la confianza en el Señor, la serena alegría de saber que está cumpliendo el Plan de Dios y la paz interior no lo abandonan (ver 2Cor 7,4).

Habría que preguntarnos y cuestionarnos si al vernos sin esta alegría que brota de andar en la presencia del Señor muchos se hacen la idea de que la vida del cristiano es una vida triste, aburrida, y que el cristianismo sólo produce personas amargadas. No son pocos los que por otro lado se sorprenden tanto cuando se encuentran con un cristiano feliz. Se impresionan profundamente ante tanta alegría que una persona o una comunidad de creyentes irradia y se cuestionan profundamente al no encontrar en otro lado una alegría tan auténtica y profunda. Al toparse con esta alegría se dicen a sí mismos: “¡yo también quiero esa alegría para mí!”. El encuentro con un cristiano que irradia la alegría que encuentra en el Señor es no pocas veces el inicio de una conversión, pues es una alegría que cuestiona a quienes en el mundo buscan tanto y no hallan esa verdadera alegría que colme sus anhelos más profundos. ¡Sí! ¡La alegría cristiana es la manera más convincente de atraer a otros al encuentro con el Señor, es el anuncio más eficaz de la Buena Nueva que el Señor Jesús nos ha traído!

Consciente de esta verdad, procura mostrarte siempre alegre (ver 1Tes 5,16, 2Cor 6,10). Cuanto hagas, hazlo por el Señor y por amor a Él (ver Col 3,23), hazlo con alegría y no con disgusto, ni a regañadientes, quejándote y murmurando de todo. ¡Aparta todo eso de ti! A veces tendrás que hacerte un poco de violencia, porque no estás con el mejor de los ánimos. Pero si haces ese esfuerzo y se lo pides al Señor, tu disposición interior irá cambiando y verás que incluso lo que te molesta e impacienta, lo que se te hace pesado, se te hará más ligero y llevadero. Claro que no se trata de fingir la alegría. Pero tampoco podemos consentir estados de ánimo que se reflejen en actitudes cansinas, tristes, desesperanzadas, amargadas. Así, pues, el empeño será doble, tanto externo como interno: mientras procuro mostrarme siempre alegre he de procurar también que el Señor esté en mí para que esa alegría brote de mi corazón con naturalidad. Para ello una vida espiritual intensa, por la que aspiramos a estar en continua presencia de Dios, se hace necesaria para quien de verdad quiere experimentar e irradiar ininterrumpidamente la alegría y el gozo de tener al Señor muy dentro.

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