Lectio Divina – Viernes II de Tiempo Ordinario

Designó a estos Doce

Invocación al Espíritu Santo:

Señor, envíanos la luz del Espíritu Santo a nuestros corazones abatidos e ignorantes para que, avanzando siempre por el camino de tus mandatos, nos renovemos interiormente con tu presencia, y nos llenemos de gozo estando en gracia contigo.

Lectura. Marcos capítulo 3, versículos 13 al 19:

Jesús subió al monte, llamó a los que él quiso, y ellos lo siguieron. Constituyó a doce para que se quedaran con él, para mandarlos a predicar y para que tuvieran el poder de expulsar a los demonios.

Constituyó entonces a los Doce: a Simón, al cual le impuso el nombre de Pedro; después, a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, a quienes dio el nombre de Boanergues, es decir “hijos del trueno”; a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo y a Judas Iscariote, que después lo traicionó.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

(Se lee el texto dos o más veces, hasta que se comprenda).

Indicaciones para la lectura:

En esta perícopa evangélica nos habla de las necesidades de una humanidad enferma, Jesús elige a un grupo de personas a las cuales confiere su propia misión y autoridad. Es una elección solemne, como sugiere el lugar en que se realiza: un monte, expresión de la cercanía con Dios y escenario de las grandes revelaciones divinas. Es una elección bajo el signo de la gratuidad; cuenta tan solo la voluntad de Jesús, su predilección y su amor.

Es una elección con doble finalidad: estar con él y enviarlos a predicar: contemplación y actividad son dimensiones complementarias. Es finalmente, una elección que recae sobre doce, número que, al hacer referencia a las doce tribus del antiguo Israel, indica el deseo de Jesús de preparar el nuevo Israel, el Israel de los últimos tiempos, el verdadero pueblo de Dios: la Iglesia.

Meditación:

La proclamación de la Buena Nueva del Reino necesita discípulos que se sumen a la misión del Maestro. Éstos son, primeramente, un grupo creado, es decir, formado específicamente para un proyecto; además, son Doce (v. 14), porque se trata de constituir un grupo que tendrá la responsabilidad de ser el punto de partida para la formación de una nueva comunidad, de un nuevo pueblo de Dios que ahora sí, con autenticidad y generosidad, transparente la voluntad de Dios.

No es un grupo perfecto; de hecho, uno de ellos, Judas Iscariote, será un traidor (v. 1 9); no se trata de minimizar la coherencia, sino de enfatizar la honestidad. En segundo lugar’ es un grupo que debe ser cercano a Jesús, pero, al mismo tiempo, sensible a su proyecto; la intimidad con el Maestro debe tener su correspondiente en el involucramiento en sus planes; por eso, son llamados para estar con él y para comprometerse en la predicación de la Buena Nueva (v. 14).

Por último, llama la atención que este grupo no es llamado de la nada, sino que es entresacado de un grupo más amplio de discípulos; de esta manera, la cercanía con el Maestro no les da más poder ante los demás, sino que les otorga mayor responsabilidad en la coherencia.

Compartamos con alguien de nuestra comunidad algunas de las convicciones que nos presenta el evangelio de hoy.

Oración:

Señor, ayúdame a reemprender siempre el camino, quiero ser tu discípulo y misionero y para ello necesito ser fiel, cada día, en los detalles, en las cosas pequeñas, que valen mucho para construir la fidelidad, y por medio de ella, la santidad. Renueva mi decisión de apoyarme siempre en Ti más que en mis propias fuerzas. Que acuda siempre a mis compromisos, a mi formación, a mi dirección espiritual, dispuesto a dejarme moldear por Ti.

Contemplación:

Nosotros como discípulos de Jesús debemos participar de la misión profética de Cristo para acoger cada vez mejor en la fe la Palabra de Cristo, y anunciarla como los apóstoles a todo el mundo con el testimonio de la vida y de la palabra, y mediante esa evangelización entregarnos para que con eficacia realicemos la misión de Cristo.

Propósito:

Que mi testimonio de vida lleve a los demás a un encuentro con Cristo.

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Homilía – Viernes II de Tiempo Ordinario

Este pasaje del Evangelio nos nuestra el momento en que Jesús eligió a los doce, a quienes lo acompañaran.

El evangelio nos dice que Jesús llamó a los que Él quiso.

Dios llama a quien quiere, y no hay obstáculo de ninguna índole que impida que Jesús nos llame. No importa nuestra profesión, no importa nuestra vida pasada. En algún momento de nuestras vidas, Jesús, puede llamarnos.

El Señor no se guía con criterios humanos para elegir a sus apóstoles. Por eso cuando el Señor llama a cada una a ejercer algún tipo de apostolado, nunca podemos pensar, yo no puedo, yo no estoy capacitado….

Cuando el Señor llama, la obra es suya no nuestra, Él nos da la gracia para poder realizar aquello para lo que nos escogió.

Decía Santo Tomás que a quienes Dios elige para una misión los prepara y dispone de suerte que sean idóneos para desempeñar aquello para lo que fueron elegidos.

Para aquellos Doce, comenzó aquel día una vida nueva junto a Cristo. Uno de ellos, Judas, no fue fiel, a pesar de haber sido expresamente elegido.

Los demás, al pasar de los años, recordarían aquel momento de su elección como el más trascendental de su vida. De estos hombres quiso servirse el Señor, a pesar de que ninguno de ellos, desde un punto de vista humano, tenía las condiciones requeridas para una tarea de tanta envergadura.

Sin embargo, fueron dóciles y recibieron las gracias oportunas y también los cuidados particulares de parte de Dios. Por eso llevarían a cabo la misión encomendada por el Señor, hasta los confines de la tierra.

Jesús eligió a esos hombres y los hizo partícipes de su misión, pero también les concedió poderes. Quizás hoy no sean tan visibles las obras y prodigios operados por los discípulos de Jesús, pero sin duda son muchas las maravillas de gracia y de amor que obran en las almas propias y de los demás, y el poder del demonio se va disminuyendo a medida que avanza el poder del Espíritu, que empuja a los verdaderos discípulos de Jesús en su apostolado.

Al llamar dice el evangelio: instituyó a los doce, es decir fundó su Iglesia, sobre el fundamento de los apóstoles y la fundó organizadamente, institucional y estructurada, con una jerarquía apostólica, a la que Él encomendó el gobierno y la dirección de la misma.

Habrá en la Iglesia de Dios diversidad de funciones y ministerios, pero siempre supeditados a la línea jerárquica y magisterial de quienes han sido puestos por Jesucristo al frente de su Iglesia, para regirla y gobernarla y para preservarla de todo error tanto en materia de dogma como de fe.

Por eso nosotros, miembros de la Iglesia de Jesucristo, debemos ser respetuosos de las normas que surgen de nuestros pastores, de nuestros obispos, del Papa, porque Cristo quiso que su Iglesia fuese una Institución, con autoridades.

Esas autoridades, tienen de parte de Cristo todas las gracias necesarias para llevar adelante la misión de redención que Cristo vino a traer al mundo.

Comentario – Viernes II de Tiempo Ordinario

Marcos 3, 13-19

a) Marcos nos cuenta la elección de los doce apóstoles.

Por una parte está la multitud que oye con gusto la predicación de Jesús y se aprovecha de sus milagros. Por otra, los discípulos, que creen en él y le van reconociendo como el Mesías esperado. Ahora, finalmente, él elige a doce, que a partir de ahora le seguirán y estarán con él en todas partes.

Apóstol, en griego, significa «enviado». Estos doce van a convivir con él y los enviará luego a predicar la Buena Noticia, con poder para expulsar demonios, como ha hecho él. O sea, van a compartir su misión mesiánica y serán la base de la comunidad eclesial para todos los siglos.

El número de doce no es casual: es evidente su simbolismo, que apunta a las doce tribus de Israel. La Iglesia va a ser desde ahora el nuevo Israel, unificado en torno a Cristo Jesús.

b) «Llamó a los que quiso». Es una elección gratuita. También a nosotros nos ha elegido gratuitamente para la fe cristiana o para la vocación religiosa o para el ministerio sacerdotal.

En línea con esa lista de los doce, estamos también nosotros. No somos sucesores de los Apóstoles -como los obispos- pero sí miembros de una comunidad que forma la Iglesia «apostólica».

No nos elige por nuestros méritos, porque somos los más santos ni los más sabios o porque estamos llenos de cualidades humanas.

Probablemente también entre nosotros hay personas débiles, como en aquellos primeros doce: uno resultó traidor, otros le abandonaron en el momento de crisis, y el que él puso como jefe le negó cobardemente. Nosotros seguro que también tenemos momentos de debilidad, de cobardía o hasta de traición. Pero siempre deberíamos confiar en su perdón y renovar nuestra entrega y nuestro seguimiento, aprovechando todos los medios que él nos da para ir madurando en nuestra fe y en nuestra vida cristiana.

Como los doce, que «se fueron con él» y luego «los envió a predicar», también nosotros, cuando celebramos la Eucaristía, «estamos con él» y al final de la misa, cuando se nos dice que «podemos ir en paz», en realidad «somos enviados» para testimoniar con nuestra vida la Buena Noticia que acabamos de celebrar y comulgar.

«Haré con la casa de Israel una alianza nueva» (1ª lectura, I)

«Perdonaré sus delitos y no me acordaré ya de sus pecados» (1ª lectura, I)

«Muéstranos, Señor tu misericordia y danos tu salvación» (salmo, I)

«Misericordia, Dios mío, misericordia, que mi alma se refugia en ti» (salmo, II)

«Llamó a los que quiso y se fueron con él» (evangelio)

J. ALDAZABAL
Enséñame tus caminos 4

Discípulo en prácticas

Si me llamas,
te seguiré sin dudar
aunque el camino sea desconocido y duro.

Si me hablas,
callaré y creeré en Ti
aunque tu voz destroce mis planes y sueños.

Si quieres podarme,
me dejaré podar
aunque mi savia se desparrame en tierra sin nombre.

Si me acrisolas al fuego,
me dejaré purificar
aunque pulverices mis deseos y posesiones.

Si me invitas,
entraré en tu casa y en tu corazón
aunque sea pobre y mendigo.

Si me quieres contigo,
iré a donde quieras,
aunque no me gusten leyes y obediencias.

Y si me miras con amor,
intentaré acoger tus anhelos
aunque los mimbres de mi ser no sirvan para ello.

Florentino Ulibarri

Misa del domingo

 Luego del arresto de Juan Bautista el Señor Jesús «se dirigió a Galilea». Mas no retorna ya a Nazaret, la ciudad que lo vio crecer y trabajar, sino que «se estableció en Cafarnaúm». Cafarnaúm era una ciudad floreciente ubicada en la ribera noroeste del Mar de Galilea o Lago de Gennesaret. Era la cuidad en la que vivían Simón, llamado Cefas (Pedro) por el Señor, y su hermano Andrés. Ambos se dedicaban a la pesca.

En Cafarnaúm el Señor estableció su “centro de operaciones”. Pedro lo hospedaba en su casa, y allí acudía mucha gente para escuchar al Maestro o para llevarle a sus enfermos y para ser curados (ver Mc 1,29.32ss). Desde allí iba y venía recorriendo «toda Galilea, enseñando en las sinagogas y procla¬mando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolen¬cias del pueblo».

Con el inicio de su predicación y ministerio público en Galilea el Señor Jesús da cumplimiento a una antigua profecía: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló». La primera lectura es continuación de este pasaje tomado del profeta Isaías, citado por el Evangelista.

Zabulón y Neftalí eran dos de las doce tribus del pueblo de Israel. En la distribución territorial que se hizo en tiempos de Josué estaban situadas en el territorio de Galilea, una región ubicada al norte de la Palestina, calificada en los tiempos de Isaías como “tierra de gentiles”. Como “gentiles” se designaba a los pueblos extranjeros y a sus habitantes. Ya que no adoraban al Dios verdadero los judíos los consideraban paganos y enemigos de Israel. Al territorio de Galilea se le llamaba tierra de gentiles puesto que muchos inmigrantes paganos habitaban allí, mezclados con la población judía.

En cuanto al relato de la predicación inicial del Señor, tal como lo refiere Mateo, es importante notar que su primera exhortación es un llamado a la conversión: «Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos». El mensaje del Señor busca en primer lugar la reconciliación de los seres humanos con Dios, fundamento de la reconciliación del ser humano consigo mismo, con sus hermanos humanos y con la creación toda. El Señor ha venido con poder para restituir la comunión entre Dios y los hombres, para restituir la vida divina en todo ser humano. Ésa es su misión.

Su misión se asemeja a la pesca: se trata de arrancar a los seres humanos de las profundidades del mar, que para los judíos era el símbolo del dominio del mal y de la muerte. El Señor ha venido a devolver al ser humano a su hábitat natural, a restituir su condición humana y a elevarlo a la participación de la vida divina. Dios, en Jesucristo, sale al encuentro de su criatura humana. Pero no basta el Don de la Reconciliación: también es necesaria su acogida, la respuesta que se verifica en la conversión del hombre, en su decisión de volver a Dios, en el compromiso decidido por abandonar el mal para caminar a la luz del Señor.

El Señor Jesús dio comienzo a la predicación de la Buena Nueva invitando a todos a la conversión «porque está cerca el Reino de los Cielos». Este Reino «brilla ante los hombres en la palabra, en las obras y en la presencia de Cristo… Los milagros de Jesús, a su vez, confirman que el Reino ya llegó a la tierra… Pero, sobre todo, el Reino se manifiesta en la persona misma de Cristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre» (Lumen gentium, 5).

Luego de este llamado a la conversión que el Señor hace a todos encontramos en el relato evangélico la narración de un llamado muy particular que el Pescador de hombres por excelencia dirige a algunos: «Vengan, síganme, y los haré pescadores de hombres». A Simón, a Andrés, a Santiago y a Juan los invita a dejarlo todo y seguirlo de cerca, con la promesa de hacer de ellos pescadores de hombres.

La respuesta de aquellos cuatro hombres es impactante: «Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron… Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron». Responden al llamado con prontitud, con radicalidad, sin aferrarse ni a su trabajo, ni a sus proyectos personales, ni a los profundos y fuertes lazos familiares.

Queda manifiesto que desde el inicio de su ministerio público el Señor Jesús asocia a algunos a su misión reconciliadora. Para esta misión de anunciar el Evangelio el Señor no se circunscribe a los Doce, sino que a lo largo de la historia va llamando también a otros, como es el caso de San Pablo, elegido y enviado por el Señor «a anunciar el Evangelio» (2ª. lectura). De esta manera la Iglesia «recibe la misión de anunciar el Reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese Reino» (Lumen gentium, 5).

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Reconocemos y creemos que el Señor Jesús es el Hijo de Dios, el enviado del Padre a quien hay que escuchar para alcanzar la vida eterna (ver Lc 9,35). ¿Y cuál es la primera palabra que brota de sus labios al iniciar su ministerio público? «¡Conviértanse!». ¡Ésa es también la primera palabra que el Señor nos dirige a cada uno, que te dirige a ti y a mí hoy! ¡Conviértete!

El imperativo “conviértanse” es la traducción usual del término griego metanoéite, que se traduce literalmente por: cambien de mente. ¿Es que puede haber un verdadero y duradero cambio de vida si no nos despojamos de la forma de pensar, si no abandonamos los criterios y juicios que nos llevan a obrar de un modo muy distinto al que Dios nos enseña? Un auténtico cambio de conducta y de vida requiere desde el inicio de un cambio de mentalidad, de forma de pensar. Uno vive como piensa. Si pienso “como todo el mundo piensa”, actuaré “como todo el mundo actúa”. Y aunque muchos viven de acuerdo a lo que “sienten”, también bajo esos sentimientos o emociones subyacen ciertos modos de pensar.

El Señor a todos nos invita a la metanoia, a un cambio radical de vida que hunde sus raíces en un cambio de mente, al abandono de ciertos criterios o modos de pensamiento propios de un mundo que vive de espaldas a Dios para sustituirlos por los criterios divinos. La conversión no es tan sólo hacer un esfuerzo esporádico por cambiar ciertas conductas pecaminosas, por evitar hacer lo que “está prohibido”. Si no vamos a la raíz, si no vamos al origen de nuestro actuar vicioso y pecaminoso, fracasaremos en el intento por cambiar la conducta equivocada. Un cambio de vida implica reformar los pensamientos o procesos mentales que nos llevan a obrar el pecado, implica al mismo tiempo “tener la misma mente de Cristo” (ver 1Cor 2,16), implica llegar a pensar como Cristo mismo pensó o pensaría en la circunstancia concreta en la que me encuentro. Si pienso como Cristo piensa, me iré educando a tener los mismos sentimientos de Cristo y obraré como Cristo mismo obraría. De ese modo tendré una total sintonía con Él, una comunión de mente, corazón y acción. De nada servirá cambiar de conducta si no cambio de forma de pensar, si no adquiero una unidad de mente con Cristo.

¿Pero quién puede asemejarse de este modo al Señor Jesús? Alcanzar esa meta evidentemente no es tarea fácil, pero tampoco es imposible. Esta transformación es ante todo obra del Espíritu en nosotros (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1989). Sin embargo, la Gracia, sin la cual nada podemos, necesita ser acogida, requiere de nuestra continua y decidida acogida y cooperación (ver 1Cor 15,10).Continua, porque la conversión nunca termina, es un empeño de toda la vida. En esta vida nadie podrá decir jamás: “ya estoy convertido del todo”. Por ello, es importante que en respuesta al llamado que el Señor me hace a cambiar de mente y a la consecuente conversión, me pregunte cada día: ¿Qué criterios subsisten en mí que debo cambiar? ¿Pienso como Cristo, o pienso como el mundo? Unido a estas preguntas, el examen de conciencia diario es y será siempre un instrumento fundamental de transformación para quien quiera tomarse en serio el llamado a la santidad.

Finalmente, aunque a todos el Señor nos invita a esta conversión y a una conversión continua a lo largo de toda nuestra vida, a algunos les pide más: «Ven conmigo». Como al inicio, Cristo sigue llamando a algunos a dejarlo todo para seguirlo de cerca, para ser de sus íntimos, para anunciar su Evangelio, para hacerlos «pescadores de hombres». Por ello, todo joven que verdaderamente cree en Dios y en su enviado Jesucristo, tiene el deber y necesidad de ponerse ante el Señor y preguntarle sin miedo: ¿Qué quieres de mí Señor? ¿Qué quieres que haga? ¿Es mi vocación la vida matrimonial? ¿O me llamas a la vida consagrada, a dejarlo todo para que siendo libre de todo y de todos pueda ganar a los más que pueda (ver 1Cor 9,19) mediante el anuncio de tu Evangelio? Si el Señor te llama, si toca fuerte a la puerta de tu corazón, no le des la espalda, no te marches como el joven rico. Tampoco dilates tu respuesta. Alentado por el ejemplo de los primeros apóstoles, dile tú también: “aquí estoy Señor, aquí me tienes, para hacer tu voluntad”.

Si eres padre o madre, y si alguno de tus hijos te confía que experimenta el llamado, el Señor te pide que lo apoyes y alientes a responder, que no que te conviertas tú en obstáculo a su llamado. No te niegues a entregarle al Señor un hijo o una hija. No les obligues a diferir su respuesta imponiéndoles condiciones. ¡Cuántas vocaciones se pierden de este modo! Recuerda que tus hijos son un Don de Dios, no una pertenencia tuya. Él te los ha confiado, de ellos deberás responder ante Dios mismo. Entrégaselos cada día al Señor, y no te aferres a ellos si Él te los pide.

Comentario al evangelio – Viernes II de Tiempo Ordinario

TAN GRATUITO Y TAN CARO

El evangelio de hoy relata la llamada de Jesús a los Doce. Llevamos toda la semana contemplando esa soberana libertad de Jesús, esa autoridad inusitada que desconcierta a quien le escucha. Del mismo modo, eligió a sus compañeros más cercanos: a los que Él quiso, sin “casarse” con nadie, sin dejarse llevar por nada.

Un pequeño detalle: Jesús fue llamando mientras subía a la montaña. Su manera de llamar es progresiva, nunca terminada… es gerundio. Sin dejar de subir la montaña, junto a ellos, los llama, porque quiere y como quiere. Y ahí entramos todos. Esa libertad genuina de Jesús transmite una gratuidad tan grande que lejos de rebajar la exigencia de quien es llamado, le hace más consciente del alto precio de la llamada.

Nada hay más “caro” que lo “gratuito”:

La gracia cara es el tesoro oculto en el campo por el que el hombre vende todo lo que tiene; es la perla preciosa por la que el mercader entrega todos sus bienes; es el reino de Cristo por el que el hombre se arranca el ojo que le escandaliza; es la llamada de Jesucristo que hace que el discípulo abandone sus redes y le siga. La gracia cara es el Evangelio que siempre hemos de buscar, son los dones que hemos de pedir, es la puerta a la que se llama. Es cara porque llama al seguimiento, es gracia porque llama al seguimiento de Jesucristo; es cara porque le cuesta al hombre la vida, es gracia porque le regala la vida (…) La gracia es cara porque obliga al hombre a someterse al yugo del seguimiento de Jesucristo, pero es una gracia el que Jesús diga: «Mi yugo es suave y mi carga ligera» (D. Bonhöeffer)

Rosa Ruiz Aragoneses

Meditación – Viernes II de Tiempo Ordinario

Hoy es viernes II de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 3, 13-19):

En aquel tiempo, Jesús subió al monte y llamó a los que Él quiso; y vinieron donde Él. Instituyó Doce, para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios. Instituyó a los Doce y puso a Simón el nombre de Pedro; a Santiago el de Zebedeo y a Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso por nombre Boanerges, es decir, hijos del trueno; a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el mismo que le entregó.

Es la llamada de Cristo, el soplo de Dios, que llama a los que quiere y los invita al seguimiento. En este caso habla de “doce”, cuyos nombres aparecen citados, uno a uno, incluyendo en la lista a Judas Iscariote, el que lo entregó. En otro lugar se habla de setenta y dos elegidos y enviados a predicar la Buena Nueva del Dios misericordioso, paternal y maternal, a todas las gentes porque nos quiere junto a Él, fieles a sus mandatos, seguidores de la Nueva Alianza. Y hay un detalle que me gustaría reseñar: cuando se acercan a Jesús ofreciéndose o pidiendo permiso para seguirle, el seguimiento termina fracasando. Dios llama a quien quiere, cuando quiere y como quiere. Es posible que alguno nos sintamos fuera de sitio en el seguimiento. Si nos paramos a pensar si estamos en nuestro lugar, aquel que Dios nos ha marcado, o nos hemos ido caprichosos a otro, aparentemente más atractivo, pero que no es nuestro, puede que terminemos gustando el fracaso y desertemos.

Ahora estamos con un nuevo año recién estrenado y no parece que estemos siguiendo las leyes de la Nueva Alianza. Parece que volvemos a dar la espalda a Dios y a dejar sus mandatos de lado mientras ejercitamos nuestras ambiciones, no pocas veces revestidos con ropajes eclesiásticos. Parece que aún quedan lejos los tiempos en los que las lanzas sean podaderas y las espadas arados.

Pero esto no debe desanimarnos. Puede que la paz mundial esté lejos de nuestras posibilidades, pero siempre estará en nuestras manos conseguir la paz con nuestros hijos o padres, con los vecinos, con cualquiera que pase a nuestro lado. Poco cuesta un simple saludo cordial cuando nos cruzamos en la calle, poner cara amistosa cuando cedemos el paso en la cola de comulgantes, en lugar de esa cara adusta y antipática que solemos llevar.

Y recordemos: la misericordia y la fidelidad se encuentran.

D. Félix García O.P.

Liturgia – San Fructuoso

SAN FRUCTUOSO, obispo y AUGURIO y EULOGIO, diáconos, mártires, memoria libre

Misa de la memoria (rojo)

Misal: Antífonas y oraciones propias de san Fructuoso y compañeros, el resto del común de mártires (para varios mártires); Prefacio común o de la memoria.

Leccionario: Vol. III-impar

  • Heb 8, 6-13. Mejor es la alianza de la que es mediador.
  • Sal 84. La misericordia y la fidelidad se encuentran.
  • Mc 3, 13-19. Llamó a los que quiso para que estuvieran con él.

O bien: cf. vol. IV.


Antífona de entrada
Abrasados por el amor de Cristo más que por el fuego de las llamas, Fructuoso, Augurio y Eulogio, como los tres jóvenes arrojados al horno, daban con su alegría manifiesto testimonio de la resurrección que esperaban.

Monición de entrada y acto penitencial
En el evangelio, Marcos nos da un resumen del ministerio de Jesús en Galilea. En el evangelio de ayer oímos cómo los fariseos no querían ver, estaban ciegos para él y cómo le atacaban en materia legal; la muchedumbre se congrega en torno a él a causa de su poder curativo; no tanto para convertirse. Los demonios conocen quién es Jesús, pero, naturalmente, no creen en él. — Aquí nos encontramos con diferentes actitudes, pero no con la fe auténtica, todavía. Por eso quizás Marcos impone silencio a los malos espíritus. — Ofrezcamos esta eucaristía junto con Cristo, nuestro único Salvador y Mediador, que intercede siempre por nosotros.

Yo confieso…

Oración colecta
SEÑOR,
que concediste al obispo san Fructuoso dar su vida por la Iglesia
extendida de Oriente a Occidente y quisiste que sus diáconos,
Augurio y Eulogio, lo acompañaran al martirio llenos de alegría,
haz que tu Iglesia viva siempre gozosa en la esperanza y se consagre,
sin vacilaciones, al bien de todos los pueblos.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Suba nuestra oración a Dios Padre todopoderoso, que quiere iluminar y salvar a todos los hombres.

1.- Para que muchos puedan encontrar hoy a Jesús, le acojan en su , y crean profundamente en él, roguemos al Señor

2.- Para que Jesús toque los corazones de muchos hombres y mujeres y los cure de su pecado y egoísmo,  roguemos al Señor

3.- Para que todas las iglesias que reivindican a Cristo como su cabeza encuentren un día en él la unidad, aunque la ruta sea larga y difícil, roguemos al Señor.

Escucha, Dios todopoderoso, las súplicas de tu pueblo; y concédenos lo que te pedimos, confiados en tu bondad. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
RECIBE, Señor,
las ofrendas que te presentamos en la fiesta de los santos Fructuoso, Augurio y Eulogio,
y haz que estos misterios, que dieron fortaleza a los mártires en la persecución,
nos ayuden a nosotros a no desfallecer en las adversidades.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de la comunión          2Co 4, 11
Nos están entregando a la muerte por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.

Oración después de la comunión
SEÑOR,
que el sacramento recibido,
memorial de la pasión de tu Hijo por la salvación de los hombres,
avive el fuego de nuestra caridad, para que,
a ejemplo de los santos Fructuoso, Augurio y Eulogio,
no dudemos en ofrecer la vida por el bien de los pueblos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

San Fabián, papa

Era romano. Sucedió al papa Antero el año 236. La muerte violenta de Maximino hizo que viniera una relativa calma para la Iglesia. Elegido papa, Fabián organizó la Iglesia. Dividió Roma en siete regiones y designó un diácono para cada una de ellas.

Mostró su valor en conservar la pureza de la fe y de la vida cristiana. Parece que a él se debe que una misión de obispo llevara la fe a las tierras de Francia.

Hizo llevar a Roma los restos mortales de Ponciano e Hipólito, que se habían visto unidos, en la muerte, en la minas de Cerdeña, después de haber estado discutiendo toda su vida. Les dio sepultura eclesiástica en las catacumbas de Calixto. Por cierto, el cadáver de Fabián fue descubierto allí mismo en 1915.

Murió mártir durante las persecuciones de Decio, el 20 de enero del año 250. Había gobernado la Iglesia durante trece años y ocho días. Debido a la violencia de las persecuciones, después de su muerte, la sede papal quedó vacante durante  dieciocho meses.

Causa impresionante respeto saber la vida de estos mártires de la primera etapa de la Iglesia. Verdaderamente, ser cristiano entonces era toda una hazaña. Y serlo, siendo papa, el colmo de los colmos. Naturalmente, murió mártir.