Bienaventurados los payasos

1.- Podéis intentarlo si queréis, pero recomiendo que sea un joven con buenas piernas para correr, cuando paséis a través de la aduana de los pedigüeños que hay a la puerta de la iglesia y decidles con cara de alegría: “felices vosotros los pobres”

–O si asistís al atropello de algún motorista, tratando de sortear la línea de fuego entre el atropellado y el atropellante, le decís al motorista: “hombre, alégrate de tener un brazo roto”.

O al amigo que acaban de jubilarle anticipadamente de un buen puesto, dadle la enhorabuena, pero mejor por teléfono.

Nuestras bienaventuranzas y las del Señor no encajan. Nos alegra que nos toque la lotería, de conseguir un puesto de mando y hasta habrá alguien que se alegre en aparecer en alguna revista del corazón.

2.- Esas bienaventuranzas, estas felicitaciones, estas alegrías, precisamente a los pobres, a los perseguidos, a los marginados, es una manera de proclamar solemnemente ante la multitud que escucha a Jesús que el Reino de Dios está ya en el mundo, como tantas veces lo habían anunciado los profetas: que Dios es el aliado de esos marginados, sean de la raza o nación que sean, que el Señor viene a exigir la restitución de esos derechos conculcados por otros hombres.

3.- Además el Señor viene a decirnos que no convirtamos la vida en una mascarada de gigantes y cabezudos, donde todos tratamos de suplir nuestra pequeñez subiéndonos a los zancos del poder, de los títulos, de los puestos, de la fama, de ser el centro del mundo o, al menos, de nuestro mundillo.

Donde tratamos de suplir nuestra delgadez entitativa con muchas hojas superpuestas como la alcachofa, de vestidos ricos, de joyas, de cuentas corrientes completas, de coches fantásticos. Y si el vecino tiene un televisor de plasma yo quiero otro.

Estúpida mascarada en la que todos nos vemos metidos… infantilismo. Es bueno que el niño sea infantil, pero a su tiempo, porque si con el paso de los años el hombre sigue siendo infantil algo falla en el cerebro.

4.- El Señor nos enseña una vez más que hay una felicidad y una alegría que no la da este mundo.

** Que son más felices los desprendidos que dan con facilidad que los que viven esclavos de la Bolsa y de los tipos de interés.

** Los mansos, los no violentos, que los viven para satisfacer su sed de venganza.

** Los que tienen hambre de equidad, de que todos seamos hermanos, que los que hambrean pisotear bajo la bota del poder a los demás.

** Los ricos en misericordia con manos siempre extendidas para apoyar a los lo necesitan, que los que se cruzan de brazos ante el hambre, el dolor y la soledad de sus hermanos.

** Los íntegros de corazón, los que miran siempre lo bueno que hay en la gente, que los que andan rebuscando por los rincones de la humanidad su suciedad permanente

** Los que saben sembrar paz en la discordia, que el que echa leña al fuego.

** Que es infinitamente feliz el que pasa por el mundo haciendo el bien, aunque le tomen por tonto y por payaso, que esa es la definitiva bienaventuranza del Señor. “Bienaventurados los payasos que pasan por este mundo haciendo nacer la sonrisa en los rostros endurecidos por el dolor, y en las mejillas húmedas por las lágrimas”.

Pues busquemos una colocación, un buen puesto, de payasos en el Circo Ambulante del Reino de los Cielos.

José María Maruri, SJ

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Las Bienaventuranzas

1.- En el sermón del monte Jesús de Nazaret nos señaló un camino perfecto para alcanzar la felicidad. Es el camino de la humildad y de la confianza en Dios. Pero la verdad es que este camino de felicidad del que hablan las Bienaventuranzas del evangelio no parece interesar demasiado a la gente de nuestro tiempo. Mucha gente piensa que las bienaventuranzas del evangelio prometen una felicidad a muy largo plazo y que se trata, además, de una felicidad utópica, que no se da nunca en este mundo. La gente, en general, busca la felicidad de otra manera y quiere conseguirla aquí y ahora. No quieren ser felices desde la pobreza, ni desde el dolor, ni desde el hambre, ni desde la persecución. Tampoco les consuela demasiado la promesa de que algún día será suyo el Reino de los Cielos, o que heredarán la tierra, o que, al fin, serán definitivamente consolados. La felicidad que parece buscar el hombre de hoy está unida casi siempre al bienestar material, y a la salud, y al triunfo social, en esta vida. Esa es la felicidad que ellos buscan. La felicidad de la que hablan las bienaventuranzas les parece una felicidad irrealizable, al menos en esta vida. En este contexto, somos nosotros, los cristianos, los que deberemos demostrar, con nuestras palabras y con nuestra vida, que la felicidad que nos prometen las bienaventuranzas del evangelio es una felicidad real, interior y profunda, que empieza ya, ahora, en esta vida y que además nos hará plenamente felices en la otra vida.

2. – Estad alegres y contentos porque vuestra recompensa será grande en el Cielo. Dios no ha prometido nunca a sus hijos una felicidad que esté libre y exenta de dolor en esta vida. No libró del dolor a su propio hijo y tampoco nos va a librar a nosotros de la cruz de cada día. Lo que sí nos ha prometido es que si aceptamos el dolor como él lo aceptó, es decir, con humildad y con amor, su yugo será suave y su carga ligera. En este sentido, la felicidad de la que hablan las Bienaventuranzas no nos vendrá por la ausencia de dolor, sino por la humildad y el amor con la que aceptemos el dolor. En esta vida, el dolor es inherente a la misma vida, pero el dolor no tiene por qué ser enemigo de la felicidad. El dolor aceptado como Cristo lo aceptó puede y debe ser un dolor purificador y salvador. Nos purifica en esta vida y nos llena el alma de consuelo, porque sabemos que nos está haciendo dignos de recibir la recompensa en el Cielo.

3. – Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor. Este pueblo pobre y humilde del que nos habla el profeta Sofonías es el pueblo que realmente podrá disfrutar de la felicidad de la que nos hablan las Bienaventuranzas del evangelio. No se trata tanto de una pobreza y una humildad material y física, sino de una pobreza y una humildad del corazón. No son las personas y los pueblos de corazón soberbio los que reciben la promesa de la felicidad evangélica. Son los humildes, los que saben que no son, ni pueden ser nunca del todo autosuficientes y, por eso, ponen su confianza en el Señor.

4. – Ha escogido la gente baja del mundo… de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. De eso se trata, de saber que, en definitiva, Dios es nuestro único Señor. No podemos gloriarnos ni de nuestras riquezas, ni de nuestra salud, ni de nuestro prestigio social, porque todo esto tanto puede acercarnos como alejarnos de la verdadera felicidad; hay muchos ricos soberbios que son infelices y hay muchos pobres humildes que respiran felicidad. La verdadera felicidad mana más del corazón, que de las cosas externas. A un corazón humillado nunca lo desprecia el Señor, el único que, en definitiva, puede darnos la verdadera felicidad. Lo importante es, como ya decía San Pablo, que nada nos aparte del amor de Cristo, ni riqueza, ni pobreza, ni salud, ni enfermedad. La verdadera felicidad, la felicidad de la que nos hablan las Bienaventuranzas, es siempre un don de Dios, un don que Dios ha prometido a los que confían en él. Llenemos nuestro corazón de confianza en Dios y Dios llenará nuestro corazón de felicidad. Una confianza y una felicidad activa y humilde, orante y trabajadora. Esto es lo que nos enseñó con su vida Jesús de Nazaret; esto es lo que nos han enseñado, durante siglos, los verdaderos seguidores del Cristo.

Gabriel González del Estal

I Vísperas – Domingo IV de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO IV de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

No sé de dónde brota la tristeza que tengo.
Mi dolor se arrodilla, como el tronco de un sauce,
sobre el agua del tiempo, por donde voy y vengo,
casi fuera de madre, derramado en el cauce.

Lo mejor de mi vida es dolor. Tú sabes
cómo soy; tú levantas esta carne que es mía;
tú, esta luz que sonrosa las alas de las aves;
tú, esta noble tristeza que llaman alegría.

Tú me diste la gracia para vivir contigo;
tú me diste las nubes como el amor humano;
y, al principio del tiempo, tú me ofreciste el trigo,
con la primera alondra que nació de tu mano.

Como el último rezo de un niño que se duerme
y, con la voz nublada de sueño y de pureza,
se vuelve hacia el silencio, yo quisiera volverme
hacia ti, y en tus manos desmayar mi cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén.

SALMO 121: LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundad
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

SALMO 129: DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela a la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela a la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

LECTURA: 2P 1, 19-21

Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones. Ante todo, tened presente que ninguna predicción de la Escritura está a merced de interpretaciones personales; porque ninguna predicción antigua aconteció por designio humano; hombres como eran, hablaron de parte de Dios, movidos por el Espíritu Santo.

RESPONSORIO BREVE

R/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

R/ Su gloria sobre los cielos.
V/ Alabado sea el nombre del Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Sentado Jesús en lo alto, sobre la montaña, enseñaba al pueblo, y sus discípulos lo rodeaban.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Sentado Jesús en lo alto, sobre la montaña, enseñaba al pueblo, y sus discípulos lo rodeaban.

PRECES
Invoquemos a Cristo, alegría de cuantos se refugian en él, y digámosle:

Míranos y escúchanos, Señor.

Testigo fiel y primogénito de entre los muertos, que nos has librado de nuestros pecados por tu sangre,
— no permitas que olvidemos nunca tus beneficios.

Haz que aquellos a quienes elegiste como mensajeros de tu Evangelio
— sean siempre fieles y celosos administradores de los misterios del reino.

Rey de la paz, concede abundantemente tu Espíritu a los que gobiernan las naciones,
— para que atiendan con interés a los pobres y postergados.

Sé ayuda para cuantos son víctimas de cualquier segregación por causas de raza, color, condición social, lengua o religión,
— y haz que todos reconozcan su dignidad y respeten sus derechos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

A los que han muerto en tu amor, dales también parte en tu felicidad,
— con María y con todos tus santos.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, creador y dueño de todas las cosas, míranos y, para que sintamos el efecto de tu amor, concédenos servirte de todo corazón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado III de Tiempo Ordinario

La divinidad de Jesús transforma nuestras tempestades en calma

Invocación al Espíritu Santo:

Dios tú que has iluminado los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, concédenos que, animados por este mismo Espíritu, conozcamos la verdad, y gocemos siempre de sus divinos consuelos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Lectura. Marcos capítulo 4, versículos 35 al 41:

Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: “Vamos a la otra orilla del lago”. Entonces los discípulos despidieron a la gente y condujeron a Jesús en la misma barca en que estaba. Iban además otras barcas.

De pronto se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua. Jesús dormía en la popa, reclinado sobre un cojín. Lo despertaron y le dijeron: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Él se despertó, reprendió al viento y dijo al mar: “¡Cállate, enmudece!” Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma. Jesús les dijo: “¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?” Todos se quedaron espantados y se decían unos a otros: “¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?”

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

(Se lee el texto dos o más veces, hasta que se comprenda).

Indicaciones para la lectura:

Tengamos en cuenta que para Marcos es de vital importancia el enunciar los milagros de Jesús, que como manifestación del poder de Dios suscitan la fe en quien los presencia. En esta ocasión toca el turno a la demostración de que el poder de Dios no encuentra límites ante las fuerzas de la naturaleza, sino que estas se someten a la voz de su creador.

Meditación:

Han pasado más de dos mil años desde que Jesucristo fundó la Iglesia. Han pasado más de dos mil años de cristianismo y parece que todo se viene abajo; parece que las nuevas doctrinas religiosas están tomando el puesto de la Iglesia, pero no es así.

La Iglesia parece naufragar en la tempestad del mundo y en los problemas que se le presentan; pero cada vez que los hombres dudamos se alza una voz que parece despertar de un largo sueño: ¡No temáis, tened fe! Y el mar vuelve a la calma; la barca de Pedro sigue su rumbo a través de los años, los siglos y los milenios.

Cristo no está lejos de nosotros; duerme junto al timón, para que cuando nuestra fe desfallezca, cuando estemos tristes y desamparados, Él tome el timón de nuestra vida.

Además, en el mar de nuestra vida brilla una estrella; relampaguea en el cielo de nuestra alma la estrella de María, para que no perdamos el rumbo.

Oración:

Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la cruz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda creatura; pues por medio de él fueron creadas todas las cosas; celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todas las cosas: haciendo la paz por la sangre de su cruz con todos los seres, así del cielo como de la tierra.

Contemplación:

Catecismo de la Iglesia Católica numeral 515: Desde los pañales de su natividad hasta los vinagres de su pasión y el sudario de su resurrección, todo en la vida de Jesús es un signo de su misterio. A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que en él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente. Su humanidad aparece, así como el sacramento, es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena, conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora.

Oración final:

Señor, la tormenta más grande que debo combatir diariamente es el pecado. Necesito esforzarme constantemente para no caer en la tentación y decidirme, con entusiasmo y confianza, a conquistar la santidad mediante la caridad. Por eso te pido me ayudes a ser perseverante en mis propósitos.

Propósito:

Ante las dificultades, preocupaciones y angustias, decir la jaculatoria: ¡Jesús, en ti confío!

La propuesta de Jesús para ser feliz

1.- Todos deseamos vivir felices. Nos esforzamos arduamente en toda nuestra vida para alcanzar la felicidad. Pero la felicidad pareciera como el rayito del sol del invierno que aparece y desaparece en el tiempo menos pensado. Muchos de nosotros creemos que para ser feliz se necesita alcanzar cierto nivel material, social y ambiental. En cierta forma esas condiciones no son del todo equivocadas. Lo cierto es que lo material y lo ambiental pueden ser condiciones secundarias, pero no la razón céntrica de la felicidad. La base de la verdadera felicidad está en el corazón. Jesús señaló el auténtico camino que conduce a la felicidad. Son las nueve propuestas de las Bienaventuranzas.

2.- Seguir a Jesús es obtener la felicidad plena. Frente a la felicidad artificial e incompleta que ofrece el mundo, Jesús nos promete y hace realidad en nosotros el Reino de Dios. Las Bienaventuranzas proponen un ideal de vida que, como todo ideal, es inalcanzable en su totalidad. Los pobres de espíritu, los que lloran, los sufridos, los que tienen hambre y sed de la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia, los que son insultados o calumniados por causa de Jesús son felices porque Dios está con ellos, no porque en sí la miseria, el llanto o la incomprensión sean buenos. El cristiano no es un masoquista, sino que es haciendo el bien como encuentra la felicidad. Tenemos que estar alegres y contentos porque nuestra recompensa será grande en el Cielo. Pero no sólo se nos promete la felicidad futura, pues ya en este mundo somos felices. Bien decía Baden Powel, fundador del movimiento scout, que “la mejor manera de ser feliz es hacer felices a los demás”. En cambio, los satisfechos y egoístas son infelices, porque han puesto su confianza en sí mismos en lugar de ponerla en Dios. Jesús invierte el orden de valores de este mundo, lo pone todo al revés. Por eso su mensaje es revolucionario….Muchas veces se ha querido deformar u ocultar la exigencia radical del Evangelio. Pero sus palabras son claras, no hay duda de que el que quiera seguirle tiene que estar dispuesto a vivir de otra manera. Le criticarán, se meterán con él, será rechazado, pero tiene la seguridad de que va a ser feliz. Muchas veces tendrá que ir a contracorriente por defender valores evangélicos que contrastan con los valores del mundo. Pero el cristiano debe ser consecuente y afrontar el riesgo que supone seguir a Jesús de Nazaret.

3.- Los pobres de espíritu son felices. La respuesta del Salmo coincide con la primera Bienaventuranza: “Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Es el resumen de todo lo que va a decir después. Si vaciamos nuestro corazón de la codicia y la ambición, vendrá la paz y el gozo del Reino de Dios. Mientras que el corazón está lleno de codicia y ambición, no podrá gozar de la paz ni de la felicidad, porque aquellas estarán siempre peleando, discutiendo y destruyendo a la persona. El medio que estuvo rodeando a Adán y Eva era un ambiente perfecto para gozar de felicidad y de paz. No había dolor, ni lamento ni lágrima, había abundancia de todo porque así lo deseaba Dios; era un lugar realmente hermoso y perfecto, pero ellos no fueron felices. ¿Por qué? Porque el corazón de ellos estuvo lleno de ambición. Entró la ambición que sobrepasó los límites; quisieron ser igual a Dios, no estuvieron contentos con lo que eran y se alejaron de El. Si tenemos frío hemos de acercarnos a la hoguera que nos calienta, pero si nos alejamos continuaremos helados. Nuestro orgullo nos hace incapaces de reconocer a Aquel que es el Amor que calienta nuestra vida. Sólo los humildes pueden encontrar al Señor, como nos dice el profeta Sofonías y recalca Pablo en la Primera Carta a los Corintios: Dios ha escogido a lo débil del mundo para humillar el poder. Ser pobre de espíritu no tiene nada que ver con ser apocado o medroso. Las Bienaventuranzas son palabras que nos transmiten alegría, consuelo, esperanza y fortaleza. Jesús predicó las Bienaventuranzas porque las vivía. En este domingo le pedimos que también nosotros sepamos vivir según “el espíritu de las Bienaventuranzas”.

José María Martín OSA

Homilía – Sábado III de Tiempo Ordinario

En el Evangelio de la misa de hoy, San Marcos relata que al levantarse la tormenta en el lago de Genezaret, mientras los discípulos luchaban contra la tormenta, Jesús dormía.

No fue suficiente la habilidad de los apóstoles para superar la situación. Fue necesaria la intervención del Señor para calmar al viento y a las olas.

Con frecuencia también se levanta la tempestad a nuestro alrededor o dentro de nosotros. Parece que nuestra pobre barca no aguanta más y que corre el riesgo de hundirse. Y puede darnos la impresión de que Dios guarda silencio; y las olas se nos vienen encima. Las dificultades de nuestra vida nos superan. Puede tratarse de enfermedades, dificultades económicas, la falta de un trabajo, problemas con los hijos o en el matrimonio.

Pero si por encima de la tempestad que nos ensordece, acudimos al Señor con confianza, por más malo que parezca el momento que estamos pasando, Él nos ayudará a superarlo.

Si depositamos nuestra confianza en el Señor podremos encarar los problemas con serenidad.

La virtud de la serenidad es una rara virtud que nos enseña ver las cosas desde el ángulo de la fe y darles su verdadero valor.

Nos falta la serenidad cuando deformamos la realidad y hacemos de un grano de arena una montaña. Cuantas veces, los problemas que hoy nos parecen insalvables, al cabo de un tiempo nos damos cuenta de su insignificancia.

La confianza en el Señor nos va a dar la serenidad de la mente, para no ser esclavos de nuestros nervios, o víctimas de nuestra imaginación.

La confianza en el Señor nos va a dar la serenidad del corazón, para no vernos consumidos por la ansiedad ni por la angustia.

La confianza en el Señor nos va a dar también la serenidad en nuestra acción, para evitar el derroche inútil de nuestras fuerzas.

Pero nadie puede ser sereno si no deposita su esperanza en Jesús y no lucha por adquirir esta virtud cristiana, que nace de la fe y se fundamenta en la fortaleza y la templanza.

Las pasiones son una realidad en nosotros.

La imaginación puede turbar nuestras mentes.

Los nervios existen en todos nosotros.

Necesitamos depositar, como Santa Teresa nuestra confianza en el Señor. Ella decía

Nada te turbe, nada te espante

Todo se pasa, Dios no se muda,.

La paciencia todo lo alcanza,

Quien a Dios tiene, nada le falta

Solo Dios basta

Pidamos a María, ella que frente a las muchas dificultades y dolores que debió pasar durante su vida, mantuvo siempre la confianza en el Señor y la serenidad del corazón y de la mente, que nos ayude a luchar con firmeza y perseverancia para adquirir la virtud de la serenidad, con la seguridad de que siempre vamos a contar con el auxilio del Señor para calmar la tempestad que nos amenaza.

Comentario – Sábado III de Tiempo Ordinario

Marcos 4, 35-40

a) Después de las parábolas, empieza aquí una serie de cuatro milagros de Jesús, para demostrar que de veras el Reino de Dios ya ha llegado en medio de nosotros y está actuando. 

El primero es el de la tempestad calmada, que pone de manifiesto el poder de Jesús incluso sobre la naturaleza cósmica, ante el asombro de todos. Es un relato muy vivo: las aguas encrespadas, el susto pintado en el rostro de los discípulos, la serenidad en el de Jesús. El único tranquilamente dormido, en medio de la borrasca, es Jesús. Lo que es señal de una buena salud y también de lo cansado que quedaba tras las densas jornadas de trabajo predicando y atendiendo a la gente. 

El diálogo es interesante: los discípulos que riñen a Jesús por su poco interés, y la lección que les da él: «¿por qué sois tan cobardes? ¿aún no tenéis fe?». 

b) Una tempestad es un buen símbolo de otras muchas crisis humanas, personales y sociales. El mar es sinónimo, en la Biblia, del peligro y del lugar del maligno. También nosotros experimentamos en nuestra vida borrascas pequeñas o no tan pequeñas. Tanto en la vida personal como en la comunitaria y eclesial, a veces nos toca remar contra fuertes corrientes y todo da la impresión de que la barca se va a hundir. Mientras Dios parece que duerme.

El aviso va también para nosotros, por nuestra poca fe y nuestra cobardía. No acabamos de fiarnos de que Cristo Jesús esté presente en nuestra vida todos los días, como nos prometió, hasta el fin del mundo. No acabamos de creer que su Espíritu sea el animador de la Iglesia y de la historia. 

A los cristianos no se nos ha prometido una travesía apacible del mar de esta vida. Nuestra historia, como la de los demás, es muchas veces una historia de tempestades. 

Cuando Marcos escribe su evangelio, la comunidad cristiana sabe mucho de persecuciones y de fatigas. A veces son dudas otras, miedo o dificultades de fuera, crisis y tempestades que nos zarandean. 

Pero a ese Jesús que parece dormir, sí le importa la suerte de la barca, sí le importa que cada uno de nosotros se hunda o no. No tendríamos que ceder a la tentación del miedo o del pesimismo. Cristo aparece como el vencedor del mal. Con él nos ha llegado la salvación de Dios. El pánico o el miedo no deberían tener cabida en nuestra vida. Como Pedro, en una situación similar, tendríamos que alargar nuestra mano asustada pero confiada hacia Cristo y decirle: «Sálvame, que me hundo». 

«La fe es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve» (1ª lectura, I) 

«Para que le sirvamos con santidad y justicia en su presencia todos nuestros días» (salmo, I) 

«He pecado contra el Señor» (1ª lectura, II)

«Señor, me abrirás los labios y mi boca proclamará tu alabanza» (salmo, II) 

«¿Por qué sois tan cobardes? ¿aún no tenéis fe?» (evangelio)

J. ALDAZABAL
Enséñame tus caminos 4

El enigma de la felicidad

“Jesús subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos. Y él se puso a enseñarles: Dichosos los pobres en el espíritu”… San Mateo, Cáp. 5.

1.- Sobre el camino para encontrar la dicha ya hemos comprobado que es imposible ponernos de acuerdo. Se dan tantas opiniones cuantos seres humanos. Sin embargo, hemos de agradecer a la publicidad. Sus magos ya descubrieron el misterio y nos lo cuentan, día y noche, por todos los medios: Para ser felices basta usar determinado jabón, esta loción, aquella ropa de marca. Usted logrará la dicha de inmediato al comprar tal automóvil último modelo, o este apartamento de las más exclusivas especificaciones. No lo piense dos veces.

Pero a algunos nos quedan ciertas dudas sobre el tema. ¿Será posible que ese ávido anhelo que a tantas generaciones ha torturado, se sacie de manera tan rápida y sencilla? Entonces preferimos atenernos a quienes conocen más a fondo nuestro corazón. Y en el caso de nosotros los cristianos, a la enseñanza de Jesús de Nazaret.

2.- El Maestro, en uno de sus discursos más notables, habló a sus oyentes sobre los caminos de la felicidad. San Mateo nos lo cuenta de manera solemne: “Al ver Jesús tanta gente, subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos. Entonces él se puso a hablar enseñándoles”. Presenta el Señor ocho sentencias, en las cuales indica las maneras de alcanzar una dicha verdadera y estable. Y va al fondo del problema. Si somos o no somos felices, ello no depende de cuanto acumulemos a nuestro alrededor. Tampoco de los triunfos y trofeos que decoren nuestra historia personal. Menos aún porque impongamos a los demás los propios esquemas mentales y criterios.

3.- ¿Vuelve entonces a aparecer nuestra felicidad como un enigma? Pudiera ser. No obstante comprobamos que la dicha nos sale al encuentro cuando no la buscamos directamente. Al procurar el bien del prójimo, ella revienta de modo silencioso en la mitad del alma. Cuando nos adherimos a ciertas causas de honradez y de justicia. Cuando sabemos padecer algún tiempo, porque la meta está distante, pero el objetivo es valioso y estable. Entonces destila en nuestro interior un agua fresca y transparente que llamamos alegría, bienestar, plenitud.

Alguien podría afirmar que este Sermón de Montaña contiene cierta manipulación religiosa. O semeja un juego de palabras. Quizás aquellos que lo escucharon de labios de Jesús, tampoco alcanzaron a medir su sentido. Menos aún su importancia.

Pero de ahí en adelante muchos discípulos de Cristo hemos ensayado, aunque tímidamente, tales caminos de felicidad. Comprobando que a pesar de sus borrosas y ásperas apariencias, ellos ofrecen paz al corazón. Porque allí nos sentimos ciudadanos del Reino, con todas las prerrogativas y privilegios. Y empezamos entonces a ser consolados. Y en cierta forma, dueños de la historia. Además se nos da garantizada la misericordia del Señor.

4.- Hasta aquí habló el predicador aquel domingo. Lo demás nos tocará a cada uno de nosotros. Es decir, atrevernos por estos senderos misteriosos, sabiendo que a su vera acechan el hastío, la incertidumbre, el tedio de buscar sin encontrar de inmediato. Y también muchas formas de publicidad que ofrecen prosperidad barata de oropel. Sin embargo confiamos que Jesús no defrauda, cuando indica la ruta hacia una felicidad sin desengaños.

Gustavo Vélez, mxy

La carta magna del Reino de Dios

1. Algo más.- Buscad la justicia, buscad la moderación, quizá así podáis libraros el día del juicio de Dios. Sofonías mira a esos que son humildes, a esos que pasan desapercibidos, a esos que no suenan, esos que no brillan. Ellos serán los que se verán libres el día de la ira del Señor. Son hombres sencillos que cumplen la ley de Dios sin ostentación, sin aparato externo, hombres que buscan la justicia haciéndola una realidad en sus propias vidas.

Es lo que importa, es lo único necesario. Vivir cara a Dios, buscar en la vida sólo una cosa, hacer su justicia, cumplir su voluntad. Sin añorar el aplauso de los hombres, sin pretender su beneplácito, sin intentar obtener sus alabanzas. Hacer lo que hay que hacer, sencillamente, continuamente. Esperando del Señor la recompensa. Al fin y al cabo Él es el único que sabe pagar, el único que sabe apreciar justamente nuestro esfuerzo.

Una vez más brota del mensaje profético la promesa de una liberación, la esperanza de una restauración que reúna en un pueblo nuevo a todos los hijos de Dios, dispersos por los mil rincones de la tierra. Ese pueblo nuevo resurgirá con la llegada de Cristo. Él, como otro Moisés, librará a los suyos del peso de la esclavitud.

Ahora, tras la muerte y resurrección de Jesús, ya está formado ese pueblo. Es cierto que por el Bautismo nos integramos a Él, somos parte de la Iglesia de Cristo. Pero no hay que olvidar que el ser cristiano lleva consigo algo más. Supone una vida recta, una vida sincera. Una vida sin embustes ni hipocresías. Amar la verdad es ciertamente no decir mentiras, pero es ante todo vivir de acuerdo con lo que se cree. Por eso sólo el que es auténtico, el que es sincero, el que es honrado pertenece realmente al pueblo de Dios.

2. Las bienaventuranzas.- El Sermón de la Montaña es considerado con razón como la Carta Magna del Reino de Dios. De hecho san Mateo, el evangelista del Reino, nos presenta este largo discurso del Señor al principio de su ministerio público, como un exordio en el que se recogen los principales puntos del mensaje de Cristo. Es cierto que en él se entremezclan diferentes temas, pero en todos ellos hay un espíritu común, un mismo latido de sencillez y de humildad, de alegría y de paz.

Ante esta página evangélica que presenta las bienaventuranzas, lo primero que hay que decir es que son palabras que Cristo dirige no sólo a los discípulos sino también a las muchedumbres que, como se dice al final del Sermón, escuchaban con admiración las palabras del Rabí de Nazaret. Esto significa, en contra de lo que algunos opinan, que el Señor se dirige a todos cuando nos pide esa santidad y perfección que suponen las bienaventuranzas. Es decir, todos estamos llamados a ser santos. Aunque la santidad que a cada uno nos pide el Señor no tiene las mismas características, sí tiene las mismas exigencias de un grande y profundo amor.

También es preciso aclarar algunos conceptos que se contienen en este maravilloso pasaje y que no siempre se han entendido en su sentido correcto. Así, por ejemplo, se ha querido ver en la pobreza una situación meramente material, como si el Señor hablara únicamente de aquellos que no tienen nada. O también se ha dicho que la justicia de que habla la cuarta o la última bienaventuranza, es simplemente la justicia entendida en sentido estricto de justicia distributiva o de justicia social.

Es cierto que san Lucas, en el pasaje paralelo, nos refiere que Jesús dijo bienaventurados los pobres, sin más, porque vuestro es el Reino de Dios. San Mateo nos aclara el tema al decir los pobres de espíritu, o en el espíritu como traducen otros. Podemos decir, ante todo, que aunque san Mateo no nos lo hubiera aclarado, era obvio que el pobre a que se refiere el Señor es el mismo que aparece en otros pasajes de la Biblia y que se identifica con el que es humilde y lo espera todo de Dios, el que vive despegado de las riquezas y las pospone siempre al querer del Señor.

Por otra parte, la justicia también tiene su propio sentido en el lenguaje bíblico. Equivale a santidad y abarca, por tanto, además de la mera justicia, la caridad. Así dice Jesús que es preciso cumplir toda justicia, esto es, todo lo que Dios ha dispuesto. O afirma que lo único importante es buscar el Reino de Dios y su justicia. Casi podríamos decir que justicia es lo mismo que justeza. Por eso ser perseguido por causa de la justicia es serlo a causa de cumplir la voluntad de Dios, de ser justos.

Antonio García Moreno

El silencio en torno a la Palabra

1.- Las bienaventuranzas producen una especial atención entre los fieles. El silencio es total mientras que la voz del sacerdote desgrana una tras otra las sublimes promesas que hace Jesús de Nazaret desde la Montaña. Ha ocurrido hoy aquí y acontece siempre. Son dos mil años escuchando un mensaje enigmático pero de una belleza considerable, que como otras muchas cosas de la vida de Cristo tienden a la paradoja. Parece como si todo lo que estuviera ofreciendo fuera negativo porque nadie quiere ser pobre, ni perseguido, ni hambriento, ni llorar en espera de consuelo.

Y, sin embargo, en el fondo de todas esas cosas enunciadas está la gran felicidad. Hay que no reparar en los bienes y riquezas y hacerse pobre de verdad. Se ha dicho muchas veces que quien se considera pobre en el espíritu termina siéndolo en la práctica. Los perseguidos por ser justos -por su justicia- acrisolaran aún más el seguimiento al Señor que eso es la justicia que «exige» Cristo. Y a su vez, aquellos que esperan que el mundo les haga justicia la encontraran en el aliento fraternal de otros hermanos que, como ellos, esperan la llegada de Jesús y la conversión de todos los hombres. Dice también Jesús que nos perseguirán por ser amigos y seguidores de Él. Y que debemos estar contentos.

2.- Según se avanza en la conversión más realidad se hacen las bienaventuranzas. Más cerca están de cumplirse en nuestra vida. No debemos quedarnos en la superficie o en su especial belleza concretada en el lenguaje. Ni siquiera sentirnos satisfechos por la escena de la predicación: Jesús en lo alto y los Apóstoles, discípulos y seguidores escuchándoles sentados en la alta hierba. Cristo nos dio un mensaje dirigido directamente a nuestro corazón y debe ser la llave que vaya abriendo las compuertas más secretas de nuestra comunión con el Señor. Pero no es fácil ese convencimiento que inunda de luz el enigmático mensaje de las bienaventuranzas. Hemos de rezar mucho y pedir que nuestro corazón y entendimiento se abran a la eficacia vivificadora de la Palabra del Señor. Un día, no muy lejano. Las palabras que forman el discurso de las Bienaventuranzas tomaran vida y comenzaremos a comprender mejor lo que Jesús quiere de nosotros.

3.- Sofonías habla de la búsqueda que los humildes hacen del Señor. Añade palabras como justicia, moderación. Aconseja el no contar mentiras… El texto de Sofonías configura y dirige el pensamiento para mejor escuchar las bienaventuranzas. San Pablo, a su vez, dibuja la sencillez de los seguidores de Cristo. Ni los sabios, ni los poderosos están en la asamblea del Señor. Y, probablemente, eso sigue ocurriendo en nuestras Iglesias. Los ricos y poderosos están de paso. No se puede profundizar en el mensaje de Cristo sin humildad, sin el reconocimiento de nuestra pobreza personal –y colectiva– y sin, por supuesto, el deseo de ser pobres. Primero, en el espíritu; después, en la realidad.

No debemos de dejar pasar la oportunidad que nos ofrece este domingo cuarto del Tiempo Ordinario. Y así “enfrentarnos” al contenido profundo de las bienaventuranzas. Hemos de meter en nuestro corazón esos mensajes que Jesús nos da. Son fundamentales para nuestro crecimiento como seguidores de Cristo y aliviadores de las dificultades que sufren los hermanos.

Ángel Gómez Escorial