Homilía – Domingo VI de Tiempo Ordinario

Jesús no ha venido a destruir la Ley dada por su Padre, vino a completarla.

Jesús nos enseña a ir al corazón de la Ley, que es el amor. Jesús nos enseña a meter…. la Ley en nuestros corazones.

Los que quieren pertenecer al Reino de Dios, tienen que cumplir también la nueva Ley de este Reino, que son las Bienaventuranzas.

Y nuestra fidelidad en el seguimiento de Cristo no puede ser algo externo, de simple cumplimiento, debe ser algo interno.

Lo que nos mueve a obedecer a Dios y cumplir su voluntad es el amor,…. es el amor de hijos que aman la voluntad del Padre.

Jesús nos dice que no vino a cambiar una sola coma de la ley, sino que vino a completarla y perfeccionarla. Y el cumplimiento de esa ley, los mandamientos del Antiguo testamento y el mandamiento del amor y las bienaventuranzas son los medios que Dios puso a nuestro alcance para que seamos realmente hombres y mujeres felices. Dios creó al hombre y conoce sus necesidades. Los mandamientos no son imposiciones que tratan de limitar nuestra libertad, que son de otra época, son verdaderos caminos de felicidad.

El que nos propongamos hacer vida los mandamientos, es una muestra de obediencia a Dios a quien amamos como Padre y en quien confiamos ciegamente como niños.

Y así como en el plano humano, cuando está presente el amor, no hay cosas a cumplir más grandes y otras secundarias, sino que tratamos de cumplir con todo lo que como padres tenemos que hacer, o como esposos, así también debe ser nuestra relación con Dios. Para los que aman de verdad, no hay mandamientos secundarios. Cuando hay amor, se cuidan todos los detalles

Uno de los rasgos fundamentales de Jesús es su fidelidad al Padre.

Jesús cumple la voluntad del Padre. Su vida es un continuo conocer y cumplir la voluntad de su Padre.

En cambio nosotros demasiadas veces buscamos el camino de la facilidad. Y en ese camino, nos proponemos unos cuantos preceptos fundamentales y un mínimo de exigencia morales, y vivimos nuestro cristianismo con eso sólo. Vivimos un cristianismo mezquino.

Es como que dejamos de lado algunos mandamientos del Señor, teniéndolos como sin importancia y eso nos hace sentirnos hombres libres, hombres de nuestra época.

Y eso nos ocurre porque no hay verdadero amor a Dios.

El amor, hay que manifestarlo en los detalles. Sin esos detalles no hay amor.

Las exigencias del evangelio son mayores que las del Antiguo Testamento.

En este tiempo de cuaresma, vamos a pedirle a nuestra madre María que nunca olvidemos las palabras de Jesús, ni tratemos de sacarle valor a los mandamientos antiguos y nuevos del Señor. El cumplimiento por amor de los mandamientos de Dios, es el camino más seguro de la felicidad.

Y pidámosle también, que nos dé la fortaleza para no caer en la tentación de acomodar las leyes de Dios a nuestro parecer de hombres.