De la paradoja a la guerra

1. – Hay en la enseñanza de Jesús una continua tendencia a la paradoja. En un momento dice que es manso, pacífico y humilde y que su yugo –su cruz— es suave y ligero. Pero ahora –consignada en la lectura de este domingo vigésimo del Tiempo Ordinario— afirma que no ha venido al mundo al traer la paz, sino la división. El uso de la paradoja –patrimonio también de la espiritualidad de Oriente— ayuda reflexionar más, a no quedarse en la superficie. Una parte muy importante del Reino de Jesús está en el pensamiento, en la capacidad de discernimiento del hombre. No es posible quedarse, respecto a Cristo, en la superficie o en la aceptación no reflexiva de lo que los demás dicen del Él.

2. –Y luego está la “guerra” anunciada por Cristo en la que, incluso, parece que ni siquiera la familia se va a encontrar desprovista de división. En las palabras de Cristo que leemos hoy había –sin duda— referencias a lo que ya iba a ocurrir en su tiempo. La Redención no iba a ser, en la Palestina de entonces, pacífica. Los planteamientos liberalizadores y santificadores de Jesús van a tropezar fuertemente con el fariseísmo generalizado, que había convertido la relación con Dios en un asunto casi estrictamente jurídico. Las posiciones muy estructuradas del “establishment” judío tenían que impedir cualquier cambio. Pero Jesús tampoco podía transigir con esa locura humana que había convertido al Dios Padre –al Abba de sus oraciones– en una especie de enrevesado código penal. El dominio del mal –y del Maligno– iba a impedir la redención pacifica entonces y aplazar su consecución al final de los tiempos.

3. – La lucha continúa. Es fácil aproximar o mezclar las motivaciones políticas en el quehacer religioso. Los intentos de “absorción” e instrumentación de la religión son permanentes. La Iglesia Católica también ha caído en ese problema. Aunque está dotada de una fuerte personalidad de independencia frente al poder temporal y su camino de purificación sea constante a través de la historia. Muchos somos testigos, de mayor o menor importancia, de lo que fue el Concilio Vaticano II y como esa acción comunitaria de toda la Iglesia abre unos caminos de purificación evidente. La sociedad civil –o política— no ha reaccionado de la misma manera y también hemos conocido el intento de instrumentación –de derecha a izquierda— contemporáneo que va desde el llamado nacionalcatolicismo hasta la infiltración del marxismo leninismo –en algunos casos con dependencia orgánica de Estados comunistas—en la llamada Teología de la Liberación. Es obvio que la cercanía a cualquiera de esas dos posiciones iba a traer guerra. ¡Y tanto que la trajo!

4. – Sobrecoge la alusión de Cristo a la “guerra familiar”. Pero existe. Los fenómenos de división que hemos encontrado en la sociedad también van a aparecer en el seno de la familia. La familia –pieza fundamental de la convivencia humana— también impone a veces reglas que están en contradicción con la doctrina de Jesús. Todavía en muchas partes de la Tierra, el conglomerado familiar se utiliza como sistema, casi imbatible, de opresión política y económica. Y oponerse a esos dictados de los clanes puede traer más problemas que las acciones realizadas en el contexto más amplio de toda una sociedad.

5. – Tampoco hay que descartar la guerra interna. Nuestra alma puede ser un escenario cercano a un campo de batalla, cuando Cristo quiere llevarnos a su camino. En toda conversión hay una lucha fuerte interna que, a veces, parece inaguantable. Cristo libera interiormente. La búsqueda constante de la verdad nos hace más objetivos. La auténtica sintonía con Jesús no es –para nada– una alienación. Bien al contrario. Porque desaparece el uso de la mentira –respecto a nosotros mismos y a los demás— y porque se añade un principio de objetividad a la hora de examinar nuestras conductas. Los intentos autojustificatorios y culpabilizantes de los otros, desaparecen. Pero hasta que se llega a eso hay que luchas y, por supuesto, hay división interna.

6. – Y tras la lucha llega la paz, tal como después de la tempestad arriba la calma. El Señor Jesús nos va a ayudar siempre a encontrar la paz y la calma. Sin embargo, lo que no podemos pretender es encontrar calma y paz sobre bases equivocadas y fraudulentas. El Reino de Dios está basado en la libertad, la paz, la justicia, el amor… Es más que obvio que muchos se oponen a la libertad; no aman la paz, porque la guerra les es más rentable; crean su propia justicia para seguir oprimiendo y el amor es solo -para esos muchos- otro tipo de instrumentación y abuso respecto a lo que deberían ser tratados como hermanos. Con tal antagonismo la paz parece imposible. Pero esta paz llegará un día de manera total y vendrá de la mano de Jesús.

Ángel Gómez Escorial

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De la espera y de la alerta

Si en el evangelio del domingo pasado Jesús nos habló de la importancia que hemos de dar a los bienes de aquí abajo, buscando los de arriba, la palabra de Dios nos habla este domingo de la espera y de la alerta. Muchas veces nos pasa que necesitamos ver y tener en mano aquello que consideramos importante. Sin embargo, la fe es precisamente lo contrario: la espera de lo que todavía no tenemos en mano y que tampoco vemos, pero que sabemos que Dios nos lo ha prometido. Por eso debemos estar alerta, como nos dice hoy el Evangelio.

1. No he venido a traer paz, sino división. El fuego con el que Jesús quiere prender fuego a la tierra no es otra cosa sino el amor inmenso de Dios, que Jesús desea que llegue a todo el mundo. Ese amor, manifestado hasta sus últimas consecuencias en la cruz, el bautismo con el que Jesús ha sido bautizado y que Él mismo anuncia en el Evangelio. Pero este amor de Dios no es comprendido por todos, por ello trae división y discordia. La verdad no tiene muchos amigos, por ello las palabras de Cristo en el Evangelio, cuando son vividas de forma auténtica por los cristianos, traen divisiones y persecuciones. Así lo han vivido los hombres de Dios a lo largo de toda la historia. Ya en el Antiguo Testamento encontramos el ejemplo de los profetas, como Jeremías al que hemos escuchado en la primera lectura, que nos narra cómo fue arrojado a un pozo con la intención de que muriese. Vivió Jeremías otras muchas persecuciones, igual que los primeros cristianos, muchos de los cuales murieron mártires. Incluso en nuestros días seguimos escuchando noticias de persecución a los cristianos, y no aparecen en televisión ni una pequeña parte de las persecuciones que se producen en todo el mundo contra aquellos que han decidido tomarse en serio el seguimiento de Cristo. Quizá nosotros estamos también viviendo algo así, algún familiar o amigo que no comprende nuestra fe, que nos ataca de algún modo. Se cumple entonces lo que Jesús nos dice hoy en el Evangelio.

2. Señor, date prisa en socorrerme. Pero en medio de las dificultades y las persecuciones, los cristianos no podemos desesperarnos. Más bien al contrario, hemos de acudir al Señor. En el salmo de la Eucaristía de hoy hemos dirigido juntos una súplica de auxilio al Señor. Esta súplica es urgente, tiene prisa, pues los sufrimientos por causa de la fe no son fáciles de sobrellevar. Por eso pedimos a Dios que venga en nuestro socorro. Quizá puedas estar pensando que tú ahora no te encuentras en una situación de dificultad en la que necesites pedirle a Dios que venga de prisa en tu auxilio, pero si te das cuenta, cuando rezamos, no lo hacemos sólo en nombre propio, sino que también rezamos en nombre de toda la Iglesia. Por eso, al pedirle hoy al Señor que venga en nuestra ayuda, ponemos en nuestros labios la súplica de muchos otros cristianos que sí están sufriendo, y en su nombre le pedimos a Dios que los socorra pronto, de prisa.

3. Corramos, con constancia, en la carrera que nos toca. El autor de la Carta a los Hebreos nos da un ejemplo de cómo vivir la vida cristiana en medio de las dificultades. Apoyándose en el testimonio de los mártires de los primeros siglos, de cuyo martirio fue testigo el autor de esta Carta así como sus mismos lectores, el pasaje de la segunda lectura nos invita a correr en la carrera que nos toca. Este ejemplo, que en repetidas ocasiones usó también san Pablo, añade que no sólo basta con correr, sino que además, para poder correr más ligeros y llegar antes a la meta, hemos de deshacernos de aquello que nos estorba. De todos es sabido que, si pretendemos hacer una carrera, no podemos cargarnos con peso, pues el peso que carguemos de más nos impedirá correr y ganar. El peso del que nos habla la Carta a los Hebreos es nuestro propio pecado. El pecado nos estorba y nos asedia. Por ello, la palabra de Dios nos invita hoy a dejar atrás nuestro pecado y nuestras miserias, todo aquello que nos aleja de Dios y nos impide correr con ligereza, y nos llama a correr la carrera de la fe teniendo los ojos fijos en Jesús, que es quien inicia y completa nuestra fe.

Muchas veces tenemos la tentación de coger el camino fácil, el que no nos cansa ni nos hace padecer, el que nos lleva más rápido a la alegría y al descanso. Peor en la fe, el camino fácil no es el mejor. En la segunda lectura hemos escuchado el testimonio del mismo Jesús que, en lugar de buscar el gozo inmediato, la alegría fácil, soportó el suplicio de la cruz, siendo despreciado por todos. Este es el camino de la fe, un camino incomprendido por muchos, despreciado por otros, pero que nosotros, con la ayuda de Dios, recorremos con alegría imitando a Cristo, que se entregó por nosotros.

Francisco Javier Colomina Campos

La paz de Cristo y la paz del mundo

1.- ¿Pensáis que he venido a traer al mundo la paz? No, sino división. Son múltiples los textos en los que se nos dice que Cristo sí vino al mundo a traernos la paz. Por citar sólo algunos textos que sabemos de memoria todos los cristianos, podemos recordar lo que todos los días oímos en nuestras eucaristías. Después del Padrenuestro, rezamos siempre: Señor Jesucristo que dijiste a tus apóstoles <la paz os dejo, mi paz os doy> e inmediatamente después el sacerdote desea a todos los fieles que <la paz del Señor esté con todos vosotros> e invita a todos los fieles a darse mutuamente la paz. Al terminar nuestras eucaristías despedimos a los fieles diciéndoles: <Podéis ir en paz>. El mismo Cristo cuando se hace presente entre sus discípulos, después de la resurrección, siempre les saluda diciendo: <la paz esté con vosotros>. Podríamos añadir textos y textos del evangelio, de san Pablo y de los santos Padres, en los que se dice muy claramente que Cristo es nuestra paz, pero no es necesario. ¿Cómo explicar entonces este texto del evangelio según san Lucas en el que el mismo Cristo nos dice que él no ha venido al mundo a traer la paz, sino la división? La explicación más clara la tenemos en un texto del evangelio según san Juan en el que se nos dice literalmente: <os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo> (Jn 14, 27). La paz que nos da Cristo no es simple ausencia de guerras, o simple sumisión a las autoridades, es, sobre todo, lucha esforzada contra la injusticia. La justicia y la paz se besan, como se nos dice en distintos textos de la Biblia, dándonos a indicar que sin justicia social y moral no puede haber paz evangélica. Mirando a la vida de Cristo esto lo vemos muy claramente: Cristo no vivió en paz con las autoridades sociales y religiosas de su tiempo, sino en franca oposición. Por eso le mataron, porque denunció la injusticia de los injustos y criticó valiente y públicamente a los que querían hacer de su interesada y mundana justicia un arma con la que hacer callar a los que vivían explotados y marginados. La paz de Cristo, la paz del evangelio es enemiga muchas veces de la paz del mundo.

2.- Muera ese Jeremías, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad y a todo el pueblo. Esto es lo que le decían los príncipes al rey Sedecías. El profeta Jeremías sabía muy bien que oponerse violentamente al ejército babilónico sólo iba a traer a los habitantes de Jerusalén ruina, destrucción y la muerte de muchos inocentes. Los príncipes, en cambio, querían la guerra y le forzaron al rey a arrojar al profeta al aljibe donde no había agua, sino lodo, para que muriera y les dejara en paz. La vida del profeta Jeremías se ha comparado muchas veces con la vida de Cristo, porque Jeremías sufrió persecución, destierro y muerte, por predicar la verdad de Dios frente a la interesada verdad de las autoridades de su pueblo. Decir la verdad de Dios, del evangelio, a las autoridades civiles muchas veces lleva consigo persecución y muerte. El buen cristiano, el buen discípulo de Cristo, tiene que estar dispuesto siempre a predicar la verdad del evangelio, aunque su lucha por la justicia le lleve a la marginación y a la misma muerte. Esto es lo que hizo el profeta Jeremías y esto es lo que hizo nuestro Señor Jesucristo.

Gabriel González del Estal

Sin fuego no es posible

En un estilo claramente profético, Jesús resume su vida entera con unas palabras insólitas: «Yo he venido a prender fuego en el mundo, y ¡ojalá estuviera ya ardiendo!». ¿De que está hablando Jesús? El carácter enigmático de su lenguaje conduce a los exégetas a buscar la respuesta en diferentes direcciones. En cualquier caso, la imagen del «fuego» nos está invitando a acercarnos a su misterio de manera más ardiente y apasionada.

El fuego que arde en su interior es la pasión por Dios y la compasión por los que sufren. Jamás podrá ser desvelado ese amor insondable que anima su vida entera. Su misterio no quedará nunca encerrado en fórmulas dogmáticas ni en libros de sabios. Nadie escribirá un libro definitivo sobre él. Jesús atrae y quema, turba y purifica. Nadie podrá seguirlo con el corazón apagado o con piedad aburrida.

Su palabra hace arder los corazones. Se ofrece amistosamente a los más excluidos, despierta la esperanza en las prostitutas y la confianza en los pecadores más despreciados, lucha contra todo lo que hace daño al ser humano. Combate los formalismos religiosos, los rigorismos inhumanos y las interpretaciones estrechas de la ley. Nada ni nadie puede encadenar su libertad para hacer el bien. Nunca podremos seguirlo viviendo en la rutina religiosa o el convencionalismo de «lo correcto».

Jesús enciende los conflictos, no los apaga. No ha venido a traer falsa tranquilidad, sino tensiones, enfrentamiento y divisiones. En realidad, introduce el conflicto en nuestro propio corazón. No podemos defendernos de su llamada tras el escudo de ritos religiosos o prácticas sociales. Ninguna religión nos protegerá de su mirada. Ningún agnosticismo nos librará de su desafío. Jesús nos está llamando a vivir en verdad y a amar sin egoísmos.

Su fuego no ha quedado apagado al sumergirse en las aguas profundas de la muerte. Resucitado a una vida nueva, su Espíritu sigue ardiendo a lo largo de la historia. Los discípulos de Emaús lo sienten arder en sus corazones cuando escuchan sus palabras mientras camina junto a ellos.

¿Dónde es posible sentir hoy ese fuego de Jesús? ¿Dónde podemos experimentar la fuerza de su libertad creadora? ¿Cuándo arden nuestros corazones al acoger su Evangelio? ¿Dónde se vive de manera apasionada siguiendo sus pasos? Aunque la fe cristiana parece extinguirse hoy entre nosotros, el fuego traído por Jesús al mundo sigue ardiendo bajo las cenizas. No podemos dejar que se apague. Sin fuego en el corazón no es posible seguir a Jesús.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 17 de agosto

Hoy miramos culturalmente a los niños con ternura. ¡Son tan indefensos, tan débiles! Y pensamos que lo que Jesús nos quiso decir fue que hay que protegerlos y cuidarlos. Nos sentimos tranquilos. Eso ya lo sabemos y lo hacemos.

Pero, en realidad, Lo que Jesús nos dice es más serio. Los niños, en aquella época, eran considerados simplemente como no personas. Carecían de cualquier derecho social hasta que llegaban a la mayoría de edad.

Como otros grupos en aquella sociedad estaban marginados. De ellos es el Reino de Dios, y de gente como ellos, es decir, de tos marginados, de los que son considerados como nada.

Para entrar en el Reino hay que hacerse como aquellos niños. De algún modo hay que marginarse de esta sociedad, salirse de sus carriles. No podemos jugar a dos barajas.

El que sigue a Jesús tiene que dejar este estilo de mundo. Hay que hacerse como los marginados, para allá. desde los márgenes y las fronteras, aprender otra forma de ser personas, un nuevo litise de vida más acorde con el Reino.

Sábado XIX de Tiempo Ordinario

Hoy es 17 de agosto, sábado XIX de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 19, 13-15):

En aquel tiempo, le presentaron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos». Y, después de imponerles las manos, se fue de allí.

Hoy nos es dado contemplar una escena que, desgraciadamente, es demasiado actual: «Le presentaron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían» (Mt 19,13). Jesús ama especialmente a los niños; nosotros, con los pobres razonamientos típicos de “gente mayor”, les impedimos acercarse a Jesús y al Padre: —¡Cuando sean mayores, si lo desean, ya escogerán…! Esto es un gran error.

Los pobres, es decir, los más carentes, los más necesitados, son objeto de particular predilección por parte del Señor. Y los niños, los pequeños son muy “pobres”. Son pobres de edad, son pobres de formación… Son indefensos. Por esto, la Iglesia —“Madre” nuestra— dispone que los padres lleven pronto a sus hijos a bautizar, para que el Espíritu Santo ponga morada en sus almas y entren en el calor de la comunidad de los creyentes. Así lo indican tanto el Catecismo de la Iglesia como el Código de Derecho Canónico, ordenamientos del máximo rango de la Iglesia (que, como toda comunidad, debe tener sus ordenamientos).

¡Pero no!: ¡cuando sean mayores! Es absurda esta manera de proceder. Y, si no, preguntémonos: —¿Qué comerá este niño? Lo que le ponga su madre, sin esperar a que el niño especifique qué es lo que prefiere. —¿Qué idioma hablará este niño? El que le hablen sus padres (de otra manera, el niño nunca podrá escoger ninguna lengua). —¿A qué escuela irá este niño? A la que sus padres le lleven, sin esperar que el chico defina los estudios que prefiere…

—¿Qué comió Jesús? Aquello que le puso su Madre, María. —¿Qué lengua habló Jesús? La de sus padres. —¿Qué religión aprendió y practicó el Niño Jesús? La de sus padres, la religión judía. Después, cuando ya fue mayor, pero gracias a la instrucción que había recibido de sus padres, fundó una nueva religión… Pero, primero, la de sus padres, como es natural.

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench

Liturgia – Sábado XIX de Tiempo Ordinario

SÁBADO DE LA XIX SEMANA DE TIEMPO ORDINARIO o SANTA MARÍA EN SÁBADO, memoria libre

Misa de sábado (verde) o de la memoria de santa María (blanco)

Misal: Para el sábado cualquier formulario permitido / para la memoria de santa María en sábado del común de la bienaventurada Virgen María o de las «Misas de la Virgen María»; Prefacio común o de la memoria.

Leccionario: Vol. III-impar.

  • Jos 24, 14-29. Elegid hoy a quién queréis servir.
  • Sal 15. Tú, Señor, eres el lote de mi heredad.
  • Mt 19, 13-15. No impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos.

Antífona de entrada          Sal 53, 6. 8
Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida. Te ofreceré un sacrificio voluntario dando gracias a tu nombre, que es bueno.

Monición de entrada y acto penitencial
Hermanos, al celebrar la memoria del Dulce nombre de la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, comencemos la celebración de la Eucaristía reconociéndonos pecadores y necesitados de la misericordia divina, y vayamos al encuentro del Señor arrepentidos y confiados.

Yo confieso…

Oración colecta
MUÉSTRATE propicio con tus siervos, Señor,

y multiplica compasivo los dones de tu gracia sobre ellos,
para que, encendidos de fe, esperanza y caridad,
perseveren siempre, con observancia atenta, en tus mandatos.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Oremos juntos, hermanos, a Dios Padre, que nos invita a tener un corazón sencillo como el de los niños.

1.- Por los que ahora estamos reunidos en esta Eucaristía, compartiendo la alegría y la fe, por nuestras familias y nuestros amigos. Roguemos al Señor.

2.- Por las vocaciones sacerdotales, a la vida religiosa y al laicado cristiano. Roguemos al Señor.

3.- Por los que todavía no creen en Cristo y por los que se han alejado de Él. Roguemos al Señor.

4.- Por nuestro pueblo (ciudad) y nuestra nación, por nuestras autoridades y gobernantes. Roguemos al Señor.

5.- Por la Iglesia, por todos los que compartimos la alegría de ser cristianos. Roguemos al Señor.

Atiende, Dios de bondad, las oraciones que te hemos dirigido, y concédenos aceptar tu Reino como niños para poder acercarnos así confiadamente a tu Hijo Jesucristo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas
OH, Dios, que has llevado a la perfección del sacrificio único

los diferentes sacrificios de la ley antigua,
recibe la ofrenda de tus fieles siervos
y santifica estos dones como bendijiste los de Abel,
para que la oblación que ofrece cada uno de nosotros
en alabanza de tu gloria,
beneficie a la salvación de todos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Sal 110, 4-5
Ha hecho maravillas memorables, el Señor es piadoso y clemente. Él da alimento a los que lo temen.

Oración después de la comunión
ASISTE, Señor, a tu pueblo
y haz que pasemos del antiguo pecado

a la vida nueva
los que hemos sido alimentados
con los sacramentos del cielo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.