La “pequeña semilla” en nuestro interior

1.- La idea del crecimiento de la semilla que nos ha explicado el Señor Jesús en su parábola es, al mismo tiempo, muy bello e inquietante. Es verdad, claro, que los conocimientos científicos de la época de Jesús no eran como los de ahora y que la desaparición bajo tierra, y el futuro crecimiento de la planta sin que el agricultor supiera muy bien como, no es un misterio para nosotros. Pero también es verdad que muchas cuestiones de nuestra vida cotidiana y, sobre todo, las relacionadas con la naturaleza, producen esa idea de que las cosas crecen solas, casi milagrosamente, y que por supuesto Dios está detrás de ellas.

2.- Y así, muchas veces, una palabra nuestra, o un acto aparentemente sin importancia puede tener una dimensión importante que nosotros no aparecíamos en el momento en que acometemos dicho acto. Es verdad que ello puede tener semejanza con la forma secreta que crece la semilla en el interior de la tierra. Y también es verdad que podemos sembrar para bien o para mal. A favor de la construcción de un mundo mejor, cercano y coherente, con la Palabra de Dios, o, desgraciadamente, en una dirección muy contraria. Ello nos podría servir para meditar en todos aquellos actos nuestros que pueden influir a los demás.

3.- Jesús quiere decirnos que no hemos de temer que algo comience con aparente poco tamaño o valor reducido. Con el tiempo puede llegar a ser algo muy grande. Es una parábola para ilustrar el predecible crecimiento del Reino de Dios y, por supuesto, es metáfora válida para profetizar sobre el crecimiento de la futura Iglesia, del cristianismo. No se puede negar que da un poco de vértigo pensar lo que fue el grupo primigenio de los seguidores de Jesús y lo que hoy es el contexto global de los cristianos. Además de la importancia, tamaño y capacidades de nuestra Iglesia Católica, no podemos olvidar los millones de hermanos que se agrupan y viven el pensamiento de Jesús de Nazaret en otras Iglesias cristianas.

4.- Es más que llamamiento el primer crecimiento de la Iglesia, tanto en Jerusalén como en Asia o en Europa en poco más de cien años, tras la muerte de Jesús. Pero se ha seguido con ese crecimiento, y aunque ahora tengamos la idea de que todo se está reduciendo en Europa y, en general, en lo que llamaríamos el ambiente occidental, tal vez habría que matizar que ese crecimiento continúa en África y Asia. La pequeña semilla –el grano de mostaza—debe ser una idea permanente en el futuro de nuestros trabajos relacionados con el amor de Dios y el cariño por nuestros hermanos: cualquier gesto positivo, por insignificante que puede parecer al principio, podría transformar nuestras vidas. Por eso, tiene mucho de torpeza aplicarnos solamente a las “grandes cosas” o a los “proyectos rutilantes”. La tendencia a lo faraónico es una tentación que tenemos todos siempre. Y es que ya sabemos que la humildad no es una de las virtudes más extendidas.

5.- Y viene al caso, entonces, decir con palabras de Pablo de Tarso, en su carta a los Corintios porque “todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir el premio o el castigo por lo que hayamos hecho en esta vida”. No se trata de apostillar cualquier comportamiento inadecuado con la amenaza del castigo, pero Pablo sabía perfectamente lo que de decía. La misericordia del Señor es infinita y su justicia también. Y, asimismo, muchos de nuestros actos no comportan la aceptación del crecimiento de la “pequeña semilla” en nuestro interior y eso es complejo y grave. Dejemos que Dios actúe que sus semillas crezcan de acuerdo con su ley y que nosotros, un día, descubramos con júbilo que la semilla de Dios echa brotes en nuestro corazón y nuestra conciencia.

Ángel Gómez Escorial

Sembradores preocupados y desanimados

Recientemente, en la parroquia hacíamos un repaso de la cantidad de niños, jóvenes y adultos que durante un tiempo han participado en los Equipos de Vida y otros grupos, en las reuniones de formación, catequesis, Eucaristías, oraciones, retiros… pero que no se han integrado en la comunidad parroquial sino que, en un momento dado, dejaron de venir, sin más. Y comentábamos que esta situación nos produce preocupación y, sobre todo, desánimo, porque no sabemos qué más podemos hacer y, encima, lo que hacemos no parece ser lo adecuado, a la vista de la realidad. Como dijo el Papa Francisco: “los frutos son reducidos y los cambios son lentos, y uno tiene la tentación de cansarse” (EG 277). Y “la misma dificultad para abordar el problema hace que todo siga igual y que se siga gestionando simplemente con dignidad aquello que existe”. (Instrumentum laboris Sínodo Valenciano “Una Iglesia evangelizada y evangelizadora”).

Las dos parábolas que hoy hemos escuchado, la de la semilla que crece por sí sola y la del grano de mostaza, nos hacen diferentes llamadas a todos los que hemos sido llamados a ser “sembradores” del Reino de Dios, como ese hombre que echa simiente en la tierra, ya sea en la parroquia, en nuestros hogares, en nuestros trabajos… y que compartimos esa preocupación, desánimo y cansancio.

En primer lugar, estas parábolas son una llamada a no depositar nuestra esperanza en nuestros esfuerzos y trabajos, por bienintencionados que sean, porque la verdadera fuerza está en la semilla: “Creámosle al Evangelio que dice que el Reino de Dios ya está presente en el mundo, y está desarrollándose aquí y allá, de diversas maneras: como la semilla pequeña que puede llegar a convertirse en un gran árbol”. (EG 278)

También estas parábolas nos recuerdan que hay unos límites que debemos aceptar y respetar: la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola. El crecimiento, la maduración y los frutos de lo sembrado no están en nuestras manos porque, como hemos dicho, “la Palabra tiene en sí una potencialidad que no podemos predecir. El Evangelio habla de una semilla que, una vez sembrada, crece por sí sola también cuando el agricultor duerme. La Iglesia (o sea, cada uno de nosotros) debe aceptar esa libertad inaferrable de la Palabra, que es eficaz a su manera, y de formas muy diversas que suelen superar nuestras previsiones y romper nuestros esquemas”. (EG 22)

En consecuencia, otra llamada es a aprender a descubrir los signos del Reino de Dios, porque “donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable. En medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto. Habrá muchas cosas negras, pero el bien siempre tiende a volver a brotar y a difundirse”. (EG 276).

¿Me siento “sembrador” del Reino de Dios? ¿Dónde efectúo esa siembra? ¿He podido observar algún fruto? Si no ha sido así, ¿caigo en la preocupación, el desánimo y el cansancio? ¿Estoy convencido de que el crecimiento, la maduración y los frutos de lo sembrado no están en mis manos? ¿Creo en la fuerza propia de la semilla? ¿Sé descubrir los signos del Reino?

El Señor nos llama a ser sembradores de su Reino, de palabra y de obra, en los ámbitos en los que se desenvuelve nuestra vida. Y como en esa misión experimentaremos la falta de frutos, el Señor nos ha ofrecido estas parábolas para que no seamos sembradores preocupados y desanimados. Meditémoslas y tengamos también presentes estas palabras del Papa Francisco:

“Como no siempre vemos esos brotes, nos hace falta una certeza interior y es la convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos. Esta certeza es lo que se llama «sentido de misterio». Es saber con certeza que quien se ofrece y se entrega a Dios por amor seguramente será fecundo. Tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. A veces nos parece que nuestra tarea no ha logrado ningún resultado, pero la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, no es tampoco una organización humanitaria, no es un espectáculo para contar cuánta gente asistió gracias a nuestra propaganda; es algo mucho más profundo, que escapa a toda medida. El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos entregamos pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca”. (EG 279)

Comentario al evangelio – Domingo XI de Tiempo Ordinario

SEMILLAS QUE CRECEN


         Estas parábolas parecen haber sido presentadas por Jesús ante la sensación de la gente en general, y de los discípulos en particular, de que su misión no responde a las expectativas judías que se tenían con respecto a la llegada del Reino. Una decepción ante la lentitud, la «pobreza de medios», y la pequeñez o discreción de los resultados obtenidos hasta el momento. Como también reflejaría la sensación de desánimo de las primeras comunidades, una vez que Jesús ya no está físicamente con ellos. Es el propio «contenido» del Reino de Dios tal como lo entienden, lo que ha de ser «corregido». Y Jesús echa mano de algunas parábolas. Hoy reflexionamos sobre dos de ellas.

        § «Con el Reino de Dios «sucede» como le «sucede» a un hombre que echa semilla en tierra». El sembrador/hombre podría ser el mismo Jesús, tal como se presenta en otras parábolas. Pero también cualquiera de los discípulos empeñados en continuar la misión de Jesús. Lo primero que se señala es que se echa semilla «en la tierra». El hombre está hecho de tierra, de buena tierra, y ha recibido múltiples semillas. Dios nos ha sembrado, no sólo una vez, sino muchas, como hacen todos los sembradores. Las semillas nos hablan de vida. Hay muchas semillas de vida ya plantadas en mí, y otras que irán llegando y que darán fruto. Los evangelios están llenos de referencias a la vida: Jesús sana, es pan de vida, agua de vida, sacia el hambre de las multitudes, ofrece las claves de la felicidad (bienaventuranzas), multiplica los panes, rehabilita e integra en la comunidad, perdona, etc. La palabra que sale de mis labios no vuelve a mí sin producir efecto. (Isaías 55,10-11). La presencia del Reino en mí y en tantos otros.

Así que lo primero que han de saber sus discípulos es que su tarea principal es sembrar, no cosechar. No deben vivir pendientes de los resultados. No tienen que andar preocupados por la eficacia ni el éxito inmediato. Su atención se centrará en sembrar bien el Evangelio. Los colaboradores de Jesús han de ser sembradores. Nada más. Como dice José Ángel Buesa (1910-1982): 

Alza la mano y siembra, con un gesto impaciente,
en el surco, en el viento, en la arena, en el mar…
Sembrar, sembrar, sembrar, infatigablemente:
En mujer, surco o sueño, sembrar, sembrar, sembrar…
Hay que sembrar un árbol, una ansia, un sueño, un hijo.
Porque la vida es eso: ¡Sembrar, sembrar, sembrar!

        Por lo tanto, siembra, padre, siembra catequista, siembra profesor, siembra evangelizador, siembra sanitario, siembra cuidador, siembra, seas quien seas, con constancia y con esperanza, aunque tal vez te dé la sensación de que estás sembrando en el asfalto. A veces, cuando menos se espera, la semilla nace, crece y da fruto. Incluso puede ocurrir que no lleguemos a ver el tallo germinado de la semilla. No importa, Dios se encargará de hacer fecundo.

El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos entregamos, pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca.»  (Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 279).

            § En segundo lugar: LA ESPERANZA Y PACIENCIA. Probablemente lo más duro y necesario de un labrador sea la esperanza. Cuando se siembra es porque se espera la cosecha. Nadie siembra por sembrar, para pasar el rato. Se siembra para crear vida: Toda siembra supone que hay que saber esperar (esperanza) con calma y paciencia.  

          Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida. A veces nos parece que nuestra tarea no ha logrado ningún resultado, pero la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, no es tampoco una organización humanitaria, no es un espectáculo para contar cuánta gente asistió gracias a nuestra propaganda; es algo mucho más profundo, que escapa a toda medida. Quizás el Señor toma nuestra entrega para derramar bendiciones en otro lugar del mundo donde nosotros nunca iremos.

(Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 279).

En cuanto a la PACIENCIA… pues este relato me parece sugerente. Y como tal os dejo que os sugiera su lectura, sin más comentario. 

EL JARDÍN DE SAPO

Rana estaba en su jardín. Se le acercó, de paso, Sapo.

– Rana, qué jardín más bonito tienes -le dijo.

– Sí -respondió Rana-. Es muy bonito, pero tengo que emplear mucho tiempo en cuidarlo.

– Me gustaría tener un jardín -dijo Sapo.

– Aquí tienes algunas semillas de flores. Siémbralas en tu campo, y pronto tendrás un jardín.

– ¿En cuánto tiempo? -preguntó sapo.

– Muy pronto -le respondió Rana.

Sapo corrió a casa, sembró las semillas y pensó: Ahora las semillas empezarán a crecer. Sapo se paseó arriba y abajo unas cuantas veces. Las semillas no empezaban a crecer. Pegó su cabeza a la tierra y dijo con fuerte voz: -¡Venga, semillas, comenzad a crecer!

Se agachó de nuevo hasta el suelo. Las semillas no empezaron a crecer. Sapo puso su cabeza más cerca todavía de la tierra y gritó: – ¡Ahora, semillas, empezad a crecer!

Rana pasaba por el sendero. -¿Qué es todo ese ruido? -preguntó.

– Mis semillas no crecen -se quejó Sapo.

– Naturalmente -dijo Rana-. Déjalas tranquilas durante unos días. Deja que el sol caiga sobre ellas y que reciban la lluvia. Pronto empezarán a crecer tus semillas. 

Aquella noche Sapo miró por la ventana.

– Caramba -dijo-. Mis semillas no han empezado a crecer. Deben tener miedo a la oscuridad.

Sapo se fue al jardín llevando unas cuantas velas.

– Les leeré un cuento -dijo-, y así perderán el miedo.

Sapo leyó un largo cuento a sus semillas. Al día siguiente les cantó unas cuantas canciones. Al otro día les leyó unos poemas. Al día siguiente les tocó unas piezas de música. 

Sapo miró la tierra. Las semillas seguían sin crecer.

– ¿Qué voy a hacer? ¡Deben ser las semillas más miedosas del mundo!

Entonces, Sapo se sintió muy cansado y se durmió.

– Sapo, Sapo -le dijo Rana-, despierta. ¡Mira el jardín!

Sapo miró su jardín. Unas pequeñas plantas verdes empezaban a asomar de la tierra.

– Al fin -gritó sapo-, ¡mis semillas han dejado de tener miedo a crecer!

– Ahora tú también tendrás un hermoso jardín -le dijo Rana.

– Sí -asintió Sapo, pero Rana, tenias razón. Ha sido un trabajo muy difícil. 

ARNOLD LOBEL

     § En tercer lugar: la opción por LO PEQUEÑO. La comunidad cristiana formada por Jesús es de origen muy humilde. Jesús inicia su obra, el pueblo de la Nueva Alianza, con un puñado de pescadores, hombres de pueblo sin poder, sin preparación y sin dinero. La primera comunidad de Jerusalem está compuesta por lo más humilde de la sociedad judía. Lo mismo sucede con las comunidades de Pablo: “Y si no, hermanos, fijaos a quiénes llamó Dios: a los ignorantes, a los plebeyos, a los débiles, a los que no cuentan” (1Cor 1, 26-29). Aquellos diminutos granos de mostaza llegarían a ser con el tiempo árboles con ramas suficientes para que se cobijaran personas de todo el imperio romano.

LAS PEQUEÑAS COSAS

Son cosas chiquitas.
No acaban con la pobreza,
no nos sacan del subdesarrollo,
no socializan los medios de producción y de cambio,
no expropian las cuevas de Alí Babá.
Pero quizá desencadenan la alegría de hacer,
y la traducen en actos.
Y, al fin y al cabo,
actuar sobre la realidad y cambiarla
aunque sea un poquito,
es la única manera de probar
que la realidad es transformable. (Eduardo Galeano)

                 En momentos cruciales de la vida, Dios puede pedirnos opciones y decisiones drásticas o difíciles. Pero lo más frecuente es que nos pida la siembra de pequeños gestos: un detalle de cordialidad hacia quien vive deprimido, una sonrisa acogedora a quien está solo, un gesto de simpatía o solidaridad hacia quien se siente abandonado o necesitado, la colaboración con un movimiento o grupo humanitario,  una afectuosa llamada de teléfono, una alabanza oportuna, una palabra de estímulo… Cuando nacen de lo hondo del corazón, son semillas del Reino que pueden dar mucho fruto, pueden producir estímulo, amistad, fe. Con pequeños esfuerzos se pueden dar grandes alegrías. “Si fuera sacerdote… si tuviera más tiempo… si tuviera autoridad… si estuviera más preparado”… Actuar sobre la realidad y cambiarla aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable. Es cuestión de hacer lo posible.

            El reino de Dios no necesita medios espectaculares, sino servidores/sembradores pobres e incondicionales. Jesús empezó sembrando su palabra, pero al final de su vida comprendió que tendría que sembrarse a sí mismo: Si el grano de trigo caído en tierra no muere, permanece él solo; en cambio, si muere, produce mucho fruto (Jn 12, 2-4).  

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf
Imagen superior José María Morillo, e inferior de José Luis Cortés

Meditación – Domingo XI de Tiempo Ordinario

Hoy es domingo XI de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 4, 26-34):

En aquel tiempo, Jesús decía a la gente: «El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega».

Decía también: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra». Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado.

Hoy, Jesús nos ofrece dos imágenes de gran intensidad espiritual: la parábola del crecimiento de la semilla y la parábola del grano de mostaza. Son imágenes de la vida ordinaria que resultaban familiares a los hombres y mujeres que le escuchan, acostumbrados como estaban a sembrar, regar y cosechar. Jesús utiliza algo que les era conocido —la agricultura— para ilustrarles sobre algo que no les era tan conocido: el Reino de Dios.

Efectivamente, el Señor les revela algo de su reino espiritual. En la primera parábola les dice: «El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra» (Mc 4,26). E introduce la segunda diciendo: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios (…)? Es como un grano de mostaza» (Mc 4,30).

La mayor parte de nosotros tenemos ya poco en común con los hombres y mujeres del tiempo de Jesús y, sin embargo, estas parábolas siguen resonando en nuestras mentes modernas, porque detrás del sembrar la semilla, del regar y cosechar, intuimos lo que Jesús nos está diciendo: Dios ha injertado algo divino en nuestros corazones humanos.

¿Qué es el Reino de Dios? «Es Jesús mismo», nos recuerda Benedicto XVI. Y nuestra alma «es el lugar esencial donde se encuentra el Reino de Dios». ¡Dios quiere vivir y crecer en nuestro interior! Busquemos la sabiduría de Dios y obedezcamos sus insinuaciones interiores; si lo hacemos, entonces nuestra vida adquirirá una fuerza e intensidad difíciles de imaginar. 

Si correspondemos pacientemente a su gracia, su vida divina crecerá en nuestra alma como la semilla crece en el campo, tal como el místico medieval Meister Eckhart expresó bellamente: «La semilla de Dios está en nosotros. Si el agricultor es inteligente y trabajador, crecerá para ser Dios, cuya semilla es; sus frutos serán de la naturaleza de Dios. La semilla de la pera se vuelve árbol de pera; la semilla de la nuez, árbol de nuez; la semilla de Dios se vuelve Dios».

Fr. Faust BAILO

Liturgia – Domingo XI de Tiempo Ordinario

XI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Misa del Domingo (verde)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Gloria. Credo. Prefacio dominical

Leccionario: Vol. I (B)

  • Ez 17, 22-24. Yo exalto al árbol humilde.
  • Sal 91. Es bueno darte gracias, Señor.
  • 2Cor 5, 6-10. En destierro o en patria, nos esforzamos en agradar al Señor.
  • Mc 4, 26-34.Es la semilla más pequeña, y se hace más alta que las demás hortalizas.

Antífona de entrada          Sal 26, 7. 9
Escúchame, Señor, que te llamo. Tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.

Monición de entrada y acto penitencial
Terminado el ciclo pascual, volvemos al ritmo de los domingos del Tiempo Ordinario, en los que Jesús, el Señor, nos convocará para escuchar su Palabra y compartir la mesa de su amor.

Abramos, pues, los corazones a la gracia de esta celebración, para que la semilla del Reino de Dios pueda arraigar en nosotros con fuerza y podamos dar fruto en nuestro mundo; y confiando en la misericordia de Dios, comencemos la celebración de los sagrados misterios pidiéndole humildemente perdón por nuestros pecados.

• Tú, que siembras en nosotros tu palabra. Señor, ten piedad.
• Tú, que nos llamas a dar fruto. Cristo, ten piedad.
• Tú, que quieres reunir a todos los hombres en tu reino. Señor, ten piedad.

Gloria

Oración colecta
OH, Dios, fuerza de los que en ti esperan,
escucha con bondad nuestras súplicas
y, pues sin ti nada puede la fragilidad de nuestra naturaleza,
concédenos siempre la ayuda de tu gracia,
para que, al poner en práctica tus mandamientos
te agrademos con nuestros deseos y acciones.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Credo
Como miembros de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica, confesemos ahora nuestra fe.

Oración de los fieles
Elevemos ahora nuestras súplicas confiadas al Señor, nuestro Dios, que es bueno y siempre nos escucha, rogándole que su bondad supla lo que no podemos esperar de nuestros méritos.

1.- Por la Iglesia, que ha recibido la misión de sembrar el reino de Dios en el mundo; para que sea perseverante y paciente en su tarea. Roguemos al Señor.

2.- Por las vocaciones sacerdotales; para que nunca falten quienes siembren en el surco de nuestros corazones la semilla del reino, y la rieguen con los sacramentos. Roguemos al Señor.

3.- Por responsables de la educación; para que no se desalienten en su difícil empeño y respeten el ritmo del crecimiento de la buena semilla. Roguemos al Señor.

4.- Por los que se sienten fracasados y sin ilusión en sus vidas; para que encuentren estímulos, y sepan confiar y esperar. Roguemos al Señor.

5.- Por todos nosotros; para que seamos la tierra buena y bien dispuesta, y la semilla del reino de Dios, sembrada en nosotros, alcance su desarrollo. Roguemos al Señor.

Oh Padre, que con profusión siembras en nuestros corazones la semilla de la verdad y la gracia, mira con bondad nuestra oración y concédenos cultivar con paciencia evangélica y acoger con humilde fe el grano que has plantado, sabiendo que hay más amor y justicia cada vez que tu palabra produce fruto en nuestras vidas. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
OH, Dios que, según la doble condición
de los dones que presentamos,
alimentas a los hombres
y los renuevas sacramentalmente,
concédenos, por tu bondad,
que no nos falte su ayuda
para el cuerpo y el espíritu.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Sal 26, 4
Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida.

Oración después de la comunión
SEÑOR, esta santa comunión contigo que hemos recibido,
anticipo de la unión de los fieles en ti,
realice también la unidad en tu Iglesia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Bendición solemne
— Dios todopoderoso
os bendiga con su misericordia
y os llene de la sabiduría eterna.
R./ Amén

— Él aumente en vosotros la fe
y os dé la perseverancia en el bien obrar.
R./ Amén

— Atraiga hacia sí vuestros pasos
y os muestre el camino del amor y de la paz.
R./ Amén

— Y la bendición de Dios todopoderoso,
del Padre, del Hijo + y del Espíritu Santo,
descienda sobre vosotros y permanezca para siempre.
R/. Amén.

Santoral 13 de junio

SAN ANTONIO DE PADUA, Doctor de la Iglesia (1231 d.C.)

A pesar de que Antonio era de nacionalidad portuguesa y había nacido en Lisboa, adquirió el apellido por el que lo conoce el mundo, de la ciudad italiana de Padua, donde vivió hasta su muerte y donde todavía se veneran sus reliquias.

Vino al mundo en 1195 y en la pila bautismal se le llamó Fernando, nombre éste que cambió por el de Antonio al ingresar en la Orden de Frailes Menores, por devoción al gran patriarca de los monjes y patrono titular de la capilla en que recibió el hábito franciscano. Sus padres, jóvenes miembros de la nobleza de Portugal, dejaron que los clérigos de la Catedral de Lisboa se encargaran de impartir los primeros conocimientos al niño, pero cuando éste llegó a la edad de quince años, fue puesto al cuidado de los canónigos regulares de San Agustín, que tenían su casa cerca de la ciudad. Dos años después, obtuvo permiso para ser trasladado al priorato de Coimbra, por entonces capital de Portugal, a fin de evitar las distracciones que le causaban las constantes visitas de sus amistades. Una vez en Coimbra, se dedicó por entero a la plegaria y el estudio; gracias a su extraordinaria memoria retentiva, llegó a adquirir, en poco tiempo, los más amplios conocimientos sobre la Biblia. En el año de 1220, el rey Don Pedro de Portugal regresó de una expedición a Marruecos y trajo consigo las reliquias de los santos frailes-franciscanos que, poco tiempo antes, habían obtenido alláun glorioso martirio. Fernando que por entonces había pasado ocho años en Coimbra, se sintió profundamente conmovido a la vista de aquellos despojos y, al mismo tiempo, nació en lo íntimo de su corazón el anhelo de dar la vida por Cristo. Fernando comprendió al punto que, como canónigo regular, nunca llegaría a realizar su aspiración y, desde aquel momento, buscó ansiosamente u n a oportunidad de poner en práctica sus deseos. La ocasión se presentó poco después, cuando algunos frailes franciscanos llegaron a hospedarse en el convento de la Santa Cruz, donde estaba Fernando; éste les abrió su corazón y fue tan empeñosa su insistencia, que a principios de 1221, se le admitió en la orden. Casi inmediatamente después, se le autorizó para embarcar hacia Marruecos a fin de predicar el Evangelio a los moros. Pero no bien llegó a aquellas tierras donde pensaba conquistar la gloria, cuando fue atacado por una grave enfermedad que le dejó postrado e incapacitado durante varios meses y, a fin de cuentas, fue necesario devolverlo a Europa. La nave en que se embarcó, empujada por vientos contrarios, se desvió de la ruta y Fray Antonio se encontróen Messina, la capital de Sicilia. Con grandes penalidades, viajó desde la isla a la ciudad de Asís donde, según le habían informado sus hermanos en Sicilia, iba a llevarse a cabo un capítulo general. Aquella fue la gran asamblea de 1221,el último de los capítulos que admitió la participación de todos los miembros de la orden; estuvo presidido por el hermano Elías como vicario general y San Francisco, sentado a sus pies, estaba presente. Indudablemente que aquella reunión impresionó hondamente al joven fraile portugués. Tras la clausura, los hermanos regresaron a los puestos que se les habían señalado, y Antonio fue a hacerse cargo de la solitaria ermita de San Paolo, cerca de Forli. Hasta ahora se discute el punto de si, por aquel entonces, Antonio era o no era sacerdote; pero lo positivo es que nadie ha puesto en tela de juicio los extraordinarios dones intelectuales y espirituales del joven y enfermizo fraile que nunca hablaba de símismo. Cuando no se le veía entregado a la oración en la capilla o en la cueva donde vivía, estaba al servicio de los otros frailes, ocupado sobre todo en la limpieza de los platos y cacharros, después del almuerzo comunal.

Mas no estaban destinadas a permanecer ocultas las claras luces de su intelecto. Sucedió que al celebrarse una ordenación en Forli, los candidatos franciscanos y dominicos se reunieron en el convento de los Frailes Menores de aquella ciudad. Seguramente a causa de algún malentendido, ninguno de los dominicos había acudido ya preparado a pronunciar la acostumbrada alocución durante la ceremonia y, como ninguno de los franciscanos se sentía capaz de llenar la brecha, se ordenó a San Antonio, ahí presente, que fuese a hablar y que dijese lo que el Espíritu Santo le inspirara. El joven obedeció sin chistar y, desde que abrió la boca hasta que terminó su improvisado discurso, todos los presentes le escucharon como arrobados, embargados por la emoción y por el asombro, a causa de la elocuencia, el fervor y la sabiduría de que hizo gala el orador. En cuanto el ministro provincial tuvo noticias sobre los talentos desplegados por el joven fraile portugués, lo mandó llamar a su solitaria ermita y lo envió a predicar en varias partes de la Romagna, una región que, por entonces, abarcaba toda la Lombardía. En un momento, Antonio pasó de la oscuridad a la luz de la fama y obtuvo, sobre todo, resonantes éxitos en la conversión de los herejes, que abundaban en el norte de Italia, y que, en muchos casos, eran hombres de cierta posición y educación, a los que se podía llegar con argumentos razonables y ejemplos tomados de las Sagradas Escrituras.

Además de la misión de predicador, se le dio el cargo de lector en teología entre sus hermanos. Aquella fue la primera vez que un miembro de la Orden Franciscana cumplía con aquella función. En una carta que, por lo general, se considera como perteneciente a San Francisco, se confirma este nombramiento con las siguientes palabras: “Al muy amado hermano Antonio, el hermano Francisco le saluda en Jesucristo. Me complace en extremo que seas tú el que lea la sagrada teología a los frailes, siempre que esos estudios no afecten al santo espíritu de plegaria y devoción que está de acuerdo con nuestra regla”. Sin embargo, se advirtió cada vez con mayor claridad que, la verdadera misión del hermano Antonio estaba en el pulpito. Por cierto que poseía todas las cualidades del predicador: ciencia, elocuencia, un gran poder de persuasión, un ardiente celo por el bien de las almas y una voz sonora y bien timbrada que llegaba muy lejos. Por otra parte, se afirmaba que estaba dotado con el poder de obrar milagros[1] y, a pesar de que era de corta estatura y con cierta inclinación a la corpulencia, poseía una personalidad extraordinariamente atractiva, casi magnética. A veces, bastaba su presencia para que los pecadores cayesen de rodillas a sus pies; parecía que de su persona irradiaba la santidad. A donde quiera que iba, las gentes le seguían en tropel para escucharle, y con eso había para que los criminales empedernidos, los indiferentes y los herejes, pidiesen confesión. Las gentes cerraban sus tiendas, oficinas y talleres para asistir a sus sermones; muchas veces sucedió que algunas mujeres salieron antes del alba o permanecieron toda la noche en la iglesia, para conseguir un lugar cerca del pulpito. Con frecuencia, las iglesias eran insuficientes para contener a los enormes auditorios y, para que nadie dejara de oírle, a menudo predicaba en las plazas públicas y en los mercados. Poco después de la muerte de San Francisco, el hermano Antonio fue llamado, probablemente con la intención de nombrarle ministro provincial de la Emilia o la Romagna. En relación con la actitud que asumió el santo en las disensiones que surgieron en el seno de la orden, los modernos historiadores no dan crédito a la leyenda de que fue Antonio quien encabezó el movimiento de oposición al hermano Elías y a cualquier desviación de la regla original; esos historiadores señalan que el propio puesto de lector en teología, creado para él, era ya una innovación. Más bien parece que, en aquella ocasión, el santo actuó como un enviado del capítulo general de 1226 ante el Papa, Gregorio IX, para exponerle las cuestiones que hubiesen surgido, a fin de que el Pontífice manifestara su decisión. En aquella oportunidad, Antonio obtuvo del Papa la autorización para dejar su puesto de lector y dedicarse exclusivamente a la predicación. El Pontífice tenía una elevada opinión sobre el hermano Antonio, a quien cierta vez llamó “el Arca de los Testamentos”, por los extraordinarios conocimientos que tenía de las Sagradas Escrituras.

Desde aquel momento, el lugar de residencia de San Antonio fue Padua, una ciudad donde anteriormente había trabajado, donde todos le amaban y veneraban y donde, en mayor grado que en cualquier otra parte, tuvo el privilegio de ver los abundantísimos frutos de su ministerio. Porque no solamente escuchaban sus sermones multitudes enormes, sino que éstos obtuvieron una muy amplia y general reforma de conducta. Las ancestrales disputas familiares se arreglaron definitivamente, los prisioneros quedaron en libertad y muchos de los que habían obtenido ganancias ilícitas las restituyeron, a veces en público, dejando títulos y dineros a los pies de San Antonio, para que éste los devolviera a sus legítimos dueños. Para beneficio de los pobres, denunció y combatió el muy ampliamente practicado vicio de la usura y luchó para que las autoridades aprobasen la ley que eximía de la pena de prisión a los deudores que se manifestasen dispuestos a desprenderse de sus posesiones para pagar a sus acreedores. Se dice que también se enfrentó abiertamente con el violento duque Eccelino para exigirle que dejase en libertad a ciertos ciudadanos de Verona que el duque había encarcelado. A pesar de que no consiguió realizar sus propósitos en favor de los presos, su actitud nos demuestra el respeto y la veneración de que gozaba, ya que se afirma que el duque le escuchó con paciencia y se le permitió partir, sin que nadie le molestara.

Después de predicar una serie de sermones durante la primavera de 1231, la salud de San Antonio comenzó a resentirse y se retiró a descansar, con otros dos frailes, a los bosques de Camposampiero. Bien pronto se dio cuenta de que sus días estaban contados y entonces pidió que le llevasen a Padua. No llegó vivo más que a los aledaños de la ciudad. El 13 de junio de 1231, en la habitación particular del capellán de las Clarisas Pobres de Arcella recibió los últimos sacramentos y pasó a recibir su recompensa en la vida eterna. Al morir tenía tan sólo treinta y cinco años de edad. Durante sus funerales se produjeron extraordinarias demostraciones de la honda veneración que se le tenía. Los paduanos han considerado siempre sus reliquias como el tesoro más preciado.

San Antonio fue canonizado antes de que hubiese transcurrido un año desde su muerte; en esa ocasión, el Papa Gregorio IX pronunció la antífona “O doctor optime” en su honor y, de esta manera, se anticipó en siete siglos a la fecha del año 1946, cuando el Papa Pío XII declaró a San Antonio “Doctor de la Iglesia”. En este relato tan suscinto ha sido imposible describir o discutir algunos de los muchos milagros atribuidos al santo; pero ya sea que los hiciera o no, durante su vida en este mundo, lo que verdaderamente le ha otorgado el título de “Milagroso San Antonio” es la interminable lista de favores y beneficios que ha obtenido del cielo para sus devotos, desde el momento de su muerte. Por regla general, a partir del siglo XVII, se ha representado a San Antonio con el Niño Jesús en los brazos; ello se debe a un suceso que tuvo mucha difusión y que ocurrió cuando San Antonio estaba de visita en la casa de un amigo. En un momento dado, éste se asomó por la ventana y vio al santo que contemplaba, arrobado, a un niño hermosísimo y resplandeciente que sostenía en sus brazos. En las representaciones anteriores al siglo XVII aparece San Antonio sin otro distintivo que un libro, símbolo de su sabiduría respecto a las Sagradas Escrituras. En ocasiones se le representó con un lirio en las manos y también junto a una muía que, según la leyenda, se arrodilló ante el Santísimo Sacramento que mostraba el santo; la actitud de la muía fue el motivo para que su dueño, un campesino escéptico, creyese en la presencia real. San Antonio es el patrón de los pobres y, ciertas limosnas especiales que se dan para obtener su intercesión, se llaman “pan de San Antonio”; esta tradición comenzó a practicarse en 1890. No hay ninguna explicación satisfactoria sobre el motivo por el que se le invoca para encontrar los objetos perdidos, pero es muy posible que esa devoción esté relacionada con un suceso que se relata entre los milagros, en la “Chronica XXIV Generalium” (Nº. 21): un novicio huyó del convento y se llevó un valioso salterio que utilizaba San Antonio; el santo oró para que fuese recuperado su libro y, al instante, el novicio fugitivo se vio ante una aparición terrible y amenazante que le obligó a regresar al convento y devolver el libro.

Lo que se ha escrito en torno a San Antonio de Padua es tan abundante, que se puede decir, sin temor a errores, que sólo lo supera en cantidad lo que se ha escrito en torno a San Francisco de Asís. En 1931, el padre Pou y Martí, publicó un sumario de las fuentes de información más importantes, en el periódico Antonianum, vol. VI, pp. 225-252; pero aun esta lista tuvo que ser complementada como se hizo en Analecta Bollandiana, vol. LI (1933), pp. 451-456. A pesar de todo esto, los conocimientos positivos que tenemos sobre la vida detallada de San Antonio, son extremadamente escasos y su biografía depende casi exclusivamente de las narraciones anónimas, cuya colección se titula con la primera palabra del escrito: Assidua y que fueron editadas originalmente en la Portugalliae Monumento Histórica, vol. I (1856), pp. 116-130. Todo esto se puede consultar con mayor comodidad en la edición de L. de Kerval, S. Antonii de Padua Vitae Duae (1904). De esta fuente, ampliada por varias adiciones, proceden la mayoría de los documentos coleccionados en BHL, n.n. 587-602. Probablemente, el más importante de los textos que han salido a luz recientemente, sea el del obispo Jean Rigaud, Vita B. Antonii; fue editada en 1900 por F. M. d’Araules y, tal vez sea el único texto que nos suministre informaciones auténticas sobre las predicaciones del santo en el sur de Francia. La leyenda que se conoce con el nombre de la Laurentiana, publicada en 1902 por Fr. Lemmens, es digna de tomarse en cuenta, puesto que, según las investigaciones realizadas, se ha comprobado que fue escrita a mediados del siglo trece. Hay asimismo una obra útil en el estudio de F. Conconi (1930), quien publicó los mejores textos de las leyendas más antiguas. También existe la posibilidad de que algunos de los sermones atribuidos al santo que se han conservado, nos proporcionen la esencia de sus discursos y un testimonio del espíritu que le inspiraba. En tiempos modernos se han publicado numerosas bicgrafías de San Antonio; una de las más voluminosas, pero no de las más críticas, es la de D. M. Sparacio, S. Antonio di Padova, taumaturgo (1923); tiene más de un millar de páginas en dos volúmenes a cuarto. Una obra más corta, pero bastante aceptable, es la que escribió en italiano N. Dal-Gal con el título de San Antonio di Padova, taumaturgo francescano (1907). Un tratamiento más amplio del asunto bajo otro título: Il santo di Padova nella storia, es la obra escrita por el padre Dal-Gal en 1933. Entre las biografías en francés, citaremos la de L. de Chérancé (1906), I. Boucard (1897), W. Vian, con traducción inglesa en 1936 y otras. El libro Antonius von Padua in Leben und Kunst (1931), de B. Kleinschmidt, es un trabajo muy valioso por la atención con que se trata el aspecto artístico de la devoción a San Antonio. En inglés hay una excelente traducción de la biografía escrita por el canónigo A. Lepitre en la serie Les Saints; también hay trabajos originales en inglés, como los de C. M. Antony (1911), E. Guillat-Smith (1926), R. Maloney (1931), R. M. Huber (1949) y Alice Curtayne (1950). En 1949, los frailes conventuales de Padua publicaron un volumen de estudios para conmemoración del santo.

Alban Butler


[1] Se ha discutido muy ampliamente la cuestión de si San Antonio realizó milagros durante su vida. Véase a Felder, “Die Antonius Wunder” (1933), p. 156.

Laudes – Domingo XI de Tiempo Ordinario

LAUDES

DOMINGO XI de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Señor, ábreme los labios.
R/. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Se reza el invitatorio cuando laudes es la primera oración del día.

Ant.  Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva. Aleluya.+

SALMO 94: INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendición al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso”.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Cristo,
alegría del mundo,
resplandor de la gloria del Padre.
¡Bendita la mañana
que anuncia tu esplendor al universo!

En el día primero,
tu resurrección alegraba
el corazón del Padre.

En el día primero,
vio que todas las cosas eran buenas
porque participaban de tu gloria.

La mañana celebra
tu resurrección y se alegra
con claridad de Pascua.

Se levanta la tierra
como un joven discípulo en tu busca,
sabiendo que el sepulcro está vacío.

En la clara mañana,
tu sagrada luz se difunde
como una gracia nueva.

Que nosotros vivamos
como hijos de luz y no pequemos
contra la claridad de tu presencia.

SALMO 92: GLORIA DEL SEÑOR CREADOR

Ant. El Señor es admirable en el cielo. Aleluya.

El Señor reina, vestido de majestad,
el Señor, vestido y ceñido de poder:
así está firme el orbe y no vacila.

Tu trono está firme desde siempre,
y tú eres eterno.

Levantan los ríos, Señor,
levantan los ríos su voz,
levantan los ríos su fragor;

pero más que la voz de aguas caudalosas,
más potente que el oleaje del mar,
más potente en el cielo es el Señor.

Tus mandatos son fieles y seguros;
la santidad es el adorno de tu casa,
Señor, por días sin término.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor es admirable en el cielo. Aleluya.

CÁNTICO de DANIEL: TODA LA CREACIÓN ALABE AL SEÑOR

Ant. Eres alabado, Señor, y ensalzado por los siglos. Aleluya.

Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor,
Ensalzadlo con himnos por los siglos.

Ángeles del Señor, bendecid al Señor;
cielos, bendecid al Señor.

Aguas del espacio, bendecid al Señor;
ejércitos del Señor, bendecid al Señor.

Sol y luna, bendecid al Señor;
Astros del cielo, bendecid al Señor.

Lluvia y rocío, bendecid al Señor;
Vientos todos, bendecid al Señor.

Fuego y calor, bendecid al Señor;
fríos y heladas, bendecid al Señor.

Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;
témpanos y hielos, bendecid al Señor.

Escarchas y nieves, bendecid al Señor;
noche y día, bendecid al Señor.

Luz y tinieblas, bendecid al Señor;
rayos y nubes, bendecid al Señor.

Bendiga la tierra al Señor,
ensálcelo con himnos por los siglos.

Montes y cumbres, bendecid al Señor;
cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

Manantiales, bendecid al Señor;
mares y ríos, bendecid al Señor.

Cetáceos y peces, bendecid al Señor;
aves del cielo, bendecid al Señor.

Fieras y ganados, bendecid al Señor;
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Hijos de los hombres, bendecid al Señor;
bendiga Israel al Señor.

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;
siervos del Señor, bendecid al Señor.

Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;
santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.

Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo,
ensalcémoslo con himnos por los siglos.

Bendito el Señor en la bóveda del cielo,
alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.

Ant. Eres alabado, Señor, y ensalzado por los siglos. Aleluya.

SALMO 148: ALABANZA DEL DIOS CREADOR

Ant. Alabad al Señor en el cielo. Aleluya. +

Alabad al Señor en el cielo,
+ alabad al Señor en lo alto.

Alabadlo, todos sus ángeles;
alabadlo, todos sus ejércitos.

Alabadlo, sol y luna;
alabadlo, estrellas lucientes.

Alabadlo, espacios celestes
y aguas que cuelgan en el cielo.

Alaben el nombre del Señor,
porque él lo mandó, y existieron.

Les dio consistencia perpetua
y una ley que no pasará.

Alabad al Señor en la tierra,
cetáceos y abismos del mar,

rayos, granizo, nieve y bruma,
viento huracanado que cumple sus órdenes,

montes y todas las sierras,
árboles frutales y cedros,

fieras y animales domésticos,
reptiles y pájaros que vuelan.

Reyes y pueblos del orbe,
príncipes y jefes del mundo,

los jóvenes y también las doncellas,
los viejos junto con los niños,

alaben el nombre del Señor,
el único nombre sublime.

Su majestad sobre el cielo y la tierra;
él acrece el vigor de su pueblo

Alabanza de todos sus fieles,
de Israel, su pueblo escogido

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alabad al Señor en el cielo. Aleluya.

LECTURA: Ez 37, 12b.14

Así dice el Señor: «Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que yo soy el Señor. Os infundiré mi espíritu, y viviréis; os colocaré en vuestra tierra, y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago». Oráculo del Señor.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cristo, Hijo de Dios vivo, Ten piedad de nosotros.
V/ Cristo, Hijo de Dios vivo, Ten piedad de nosotros.

R/ Tú que estás sentado a la derecha del Padre.
V/ Ten piedad de nosotros.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cristo, Hijo de Dios vivo, Ten piedad de nosotros.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo.

Benedictus. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR. Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por la boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo.

PRECES

Invoquemos a Dios Padre, que, por mediación de su Hijo, envió el Espíritu Santo, para que con su luz santísima penetrar las almas de sus fieles, y digámosle:

Ilumina, Señor, a tu pueblo.

Te bendecimos, Señor, a ti que eres nuestra luz,
— y te pedimos que este domingo que ahora comenzamos transcurra todo él consagrado a tu alabanza.

Tú que, por la resurrección de tu Hijo, quisiste iluminar al mundo,
— haz que tu Iglesia difunda entre todos los hombres la alegría pascual.

Tú que, por el Espíritu de la verdad, adoctrinaste a los discípulos de tu Hijo,
— envía este mismo Espíritu a tu Iglesia para que permanezca siempre fiel a ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que eres luz para todos los hombres, acuérdate de los que viven aún en las tinieblas
— y abre los ojos de su mente para que te reconozcan a ti, único Dios verdadero.

Por Jesús hemos sido hechos hijos de Dios; por esto, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, pues el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia para guardar tus mandamientos y agradecerte con nuestras acciones y deseos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

¿Fuerza de Dios o esfuerzo humano?

Con la fuerza del Espíritu que se nos vertió generosamente en Pentecostés, asombrados por la gran familia de la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu), con el sabor que dejó en nuestro paladar cristiano la Solemnidad del Corpus Christi nos adentramos de lleno, sin demasiadas interrupciones, en el tiempo ordinario. Un espacio que, aun siendo normal, nunca dejará de ser extraordinario. Ser cristiano no es un “hoy sí y mañana no” sino todo lo contrario: en la vida cotidiana, guiados por la fe (como señala hoy San Pablo), intentaremos dar gusto a Dios con nuestras buenas acciones, confianza y, sobre todo, con nuestra opción por el Reino de Dios.

1.- La Nueva Evangelización, a la cual nos invita constantemente el Papa Benedicto XVI, no depende tanto del escenario que nosotros preparemos al mundo de la fe cuanto de las verdades que seamos capaces de proponer, defender e impulsar aquí y ahora. No lo tendremos fácil. Entre otras cosas porque, la realidad con la que nos rozamos, está acostumbrada a ver pronto lo que se siembra, a recoger antes que después lo que se trabaja o a invertir con tal de ganar.

El Reino de los cielos, en una de las parábolas de hoy, va en dirección opuesta a todo ello: su crecimiento es silencio, a veces insignificante pero continuo.

¿De quién depende la extensión y el desarrollo del Evangelio? ¿De los hombres? ¿De nuestros talleres y reuniones, dinámicas y escritos? ¿Está en manos, tal vez, de los medios a nuestro alcance: técnicos, pastorales o humanos?

Cuando un agricultor derrama su semilla en la tierra, prescindiendo de si está dormido o despierto, esa semilla va robusteciéndose, explota y la tierra la devuelve con creces en espiga o en un fruto determinado. Así es el Reino de Dios. Importante el factor humano pero, la tierra que lo hace fructificar, crecer, desarrollarse y expandirse, es la mano poderosa de Dios. Una cosa es decirlo (fácil) pero otra, muy distinta, creerlo con todas las consecuencias: los condicionantes externos ayudan, por supuesto, pero sin los internos (sin la fuerza del Espíritu) todo quedaría relegado a lo humano.

2. También es verdad que los brazos cruzados no son la mejor imagen para el apostolado de nuestros días. El Papa Benedicto XVI, no hace mucho tiempo, nos recordaba que el sacerdote ha de trabajar las 24 horas del día. El ocio es, hoy más que nunca, un serio inconveniente a la hora de sembrar el amor de Dios en las generaciones jóvenes. ¿Cómo podríamos combinar el fenómeno del deporte con la vivencia religiosa del domingo? ¿Por qué hay tiempo para todo en los niños pero, en cambio, no hay lugar para la catequesis, la eucaristía o la oración?

Al escuchar el evangelio de este domingo se nos presenta ante nosotros un gran reto: ¿estamos sembrando en la dirección adecuada? ¿Hemos estudiado a fondo la tierra en la que caen nuestros esfuerzos evangelizadores? ¿No estaremos desgastando inútilmente nuestras fuerzas cuando, la realidad de las personas, de la iglesia local, de las personas o de la sociedad es muy diferente a la de hace unos años?

3. En cierta ocasión en el campo de un labrador crecía con fuerza una especie extraña. Tal es así que, el buen hombre, la trataba de igual forma que al resto de los frutales. Un día llegó un vecino y le preguntó: ¿Cómo es que te molestas tanto en cuidar, abonar, regar y podar esa planta que, al contrario que las otras, no da ningún fruto? Y, el dueño de la finca, contestó: ¡Tengo miedo a que el campo se quede demasiado desierto, sin nada! Aunque sé que no producen fruto…por lo menos adornan.

San Gregorio Magno (uno de los Padres de la Iglesia) solía decir: «El hombre echa la semilla en la tierra, cuando pone una buena intención en su corazón; duerme, cuando descansa en la esperanza que dan las buenas obras; se levanta de día y de noche, porque avanza entre la prosperidad y la adversidad. Germina la semilla sin que el hombre lo advierta, porque, en tanto que no puede medir su incremento, avanza a su perfecto desarrollo la virtud que una vez ha concebido. Cuando concebimos, pues, buenos deseos, echamos la semilla en la tierra; somos como la hierba, cuando empezamos a obrar bien; cuando llegamos a la perfección somos como la espiga; y, en fin, al afirmarnos en esta perfección, es cuando podemos representarnos en la espiga llena de fruto».

4.- DAME FE COMO UN GRANO DE MOSTAZA, SEÑOR

Para que, orando, me olvide de todo lo que me rodea
y, viviendo, sepas que Tú habitas en mí.
Para que, creyendo en Ti, anime a otros a fiarse de Ti
A moverse por Ti
A no pensar sino desde Ti
¿Me ayudarás, Señor?
¿Será mi fe como el grano de mostaza?
Dame la capacidad de esperar y soñar siempre en Ti
Dame el don de crecer
y de robustecer mi confianza en TI
Dame la alegría de saber que, Tú, vives en mí
Dame la fortaleza que necesito para luchar por TI

DAME FE COMO UN GRANO DE MOSTAZA
Sencilla, pero obediente y nítida
Radical, pero humilde y acogedora
Soñadora, pero con los pies en la tierra
Con la mente en el cielo, pero con los ojos despiertos
Con los pies en el camino, pero con el alma hacia Ti
¿Me ayudarás, Señor?
Dame fe, como un grano de mostaza
¿Será suficiente, Señor?

Javier Leoz

Comentario – Domingo XI de Tiempo Ordinario

Jesús recurre al lenguaje parabólico para hablar del Reino de Dios. Lo compara con una semilla caída en tierra (no por azar, sino por la acción voluntaria de un sembrador) que va creciendo, porque tiene su propia potencia y dinamismo, sin que el sembrador sepa cómo, del mismo modo que una madre puede no saber cómo va creciendo el embrión que palpita en su vientre.

Lo compara también con un grano de mostaza, que, siendo una semilla tan pequeña, crece hasta convertirse en un arbusto donde pueden anidar los pájaros. Por tanto, algo muy pequeño en sus orígenes, pero con una capacidad de desarrollo tal que puede llegar a convertirse en algo grande y complejo. Sucedería como con la misma vida (animal y humana) en sus estadios más complejos, que comienza siendo una simple célula con un núcleo que contiene toda la información (el ADN) necesaria para su multiplicación y desarrollo posterior.

Eran parábolas que tenían su anticipo y precedente en la literatura profética, como nos recuerda el profeta Ezequiel: Arrancaré –decía él poniendo esta comparación en boca del mismo Dios- una rama del alto cedro y la plantaré en la montaña más alta de Israel, para que eche brotes y dé frutos y se haga un cedro nobleAnidarán en él aves de toda pluma… Y todos los árboles silvestres sabrán que yo soy el Señor.

El sueño de Israel, como el de la mayoría de los pueblos que empiezan a ser conscientes de su poderío, era convertirse en una nación poderosa y dominadora (como el cedro frondoso). Pero sus aspiraciones político-militares se vieron truncadas por el destierro y la esclavitud. En este momento histórico se había convertido en un árbol destrozado y carente de frutos: un cedro noble, pero caído. Dios le había hecho pasar por la aflicción del destierro y la sumisión a un pueblo extranjero. Era el destierro de Babilonia, que se prolongó durante setenta años. Pero tras la herida vendrá la cura; tras la purificación, la restauración.

           Dios había decidido tomar una rama, el brote más frágil y tierno del árbol, para plantarla de nuevo en Sión, la montaña más alta de Israel. Ese brote era el resto: lo que quedaba de aquella nación orgullosa y prepotente después del exilio, un pueblo purificado y humilde, los pobres de Yahvé. Ellos serán los que restauren el templo de Jerusalén e inicien un período de recomposición conforme a la Ley y a sus tradiciones, y en su tierra.

De este resto saldrá el Mesías-Salvador, brote de la raíz de Jesé. Y del Mesías, el Reino y la Iglesia: al principio, una semilla muy pequeña: una palabra que llama, que enseña, que guía, que esclarece, que anuncia… y un grupo de seguidores congregados en torno a esa Palabra que pervive tras su muerte y se revela más fuerte que la muerte, que sigue congregando y haciendo discípulos, que crece hasta cambiar la faz del Imperio, hasta transformar, como la levadura, esa sociedad pagana, hasta entonces hostil al cristianismo, en sociedad cristiana; hasta hacer de perseguidores como Saulo de Tarso apóstoles dispuestos al martirio.

Vivimos tiempos de descristianización o de retorno a un paganismo de carácter ateo, aunque no por ello carente de formas idolátricas que persiguen casi miméticamente llenar el vacío dejado por la ausencia de Dios. En semejante terreno (o erial) difícilmente puede prender la buena semilla del evangelio, aun siendo ésta muy resistente a las inclemencias del tiempo y a la aridez de terrenos desérticos, pedregosos o salvajes.

A veces, la semilla que parecía muerta comienza a germinar de nuevo, revive, al impacto de un acontecimiento que acaba provocando una profunda conmoción, al modo de una descarga eléctrica. El sembrador que esparce la semilla o el pastor que sale tras la oveja perdida no se dan fácilmente por vencidos. A la vista de este panorama, los últimos papas han hablado de la necesidad de una nueva evangelización en la que se supone una nueva siembra, pero no con una semilla distinta de la empleada en la primera, y ya antigua, evangelización.

Tal vez, como el antiguo pueblo de Israel, necesitamos una cura de humildad, un tomar conciencia de nuestra fragilidad y pequeñez, y de la necesidad que tenemos de Dios para crecer personal y eclesialmente; pues Él y sólo Él es el que da el crecimiento. Nosotros podremos sembrar, abonar, labrar y regar la tierra, pero el crecimiento lo da Él. Confiemos, por tanto, en Él.

Su palabra podrá encontrar en un determinado momento histórico más dificultades para germinar y crecer, porque las condiciones de la siembra y de la tierra no sean las mejores. Puede que el viento de la incredulidad haya resecado y endurecido demasiado el terreno; puede que la dejadez y la indolencia de los labradores haya favorecido el crecimiento indiscriminado y nocivo de malas hiervas, de cardos y espinas; puede que la tierra en la que se deposita la semilla haya perdido profundidad por falta de reflexión o exceso de distracciones. Son los obstáculos que encuentra la semilla en su germinación y desarrollo.

Pero la palabra de Dios no ha perdido su eficacia ni su potencia, porque es de Dios y Dios sigue vivo, aunque muchos lo imaginen o lo deseen muerto. Y para Dios no hay obstáculos. Dios lo puede todo. Dios puede vencer las resistencias de las libres voluntades, de las voluntades más rebeldes. Esta es la confianza que debe animar a los evangelizadores, pero estos no deben olvidar nunca que para evangelizar a los demás antes tienen que haberse dejado evangelizar ellos mismos; pues el primer modo de evangelizar –como recordaba Pablo VI- es el testimonio de una vida cristianamente vivida.

Por ahí tiene que comenzar toda evangelización: por una vida vivida en justicia, en honestidad, en caridad, en paciencia, en mansedumbre, en humildad. La palabra se incorporará para dar razón de este modo de vida. Sólo así será creíble y eficaz.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Domingo XI de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XI de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Acuérdate de Jesucristo,
resucitado de entre los muertos.
Él es nuestra salvación,
nuestra gloria para siempre.

Si con él morimos, viviremos con él;
si con él sufrimos, reinaremos con él.

En él nuestras penas, en él nuestro gozo;
en él la esperanza, en él nuestro amor.

En él toda gracia, en él nuestra paz;
en él nuestra gloria, en él la salvación. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

LECTURA: Hb 13, 20-21

Que el Dios de la paz, que hizo subir de entre los muertos al gran Pastor de las ovejas, nuestro Señor Jesús, en virtud de la sangre de la alianza eterna, os ponga a punto en todo bien, para que cumpláis su voluntad. Él realizará en nosotros lo que es de su agrado, por medio de Jesucristo; a él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cuántas son tus obras, Señor.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

R/ y todas las hiciste con sabiduría.
V/ Tus obras, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Jesús anunciaba el reino de Dios con muchas parábolas.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Jesús anunciaba el reino de Dios con muchas parábolas.

PRECES
Recordando la bondad de Cristo, que se compadeció del pueblo hambriento y obró en favor suyo los prodigios de su amor, digámosle con fe:

Muéstranos, Señor, tu amor.

Reconocemos, Señor, que todos los beneficios que hoy hemos recibido proceden de tu bondad;
— haz que no tornen a ti vacíos, sino que den fruto, con un corazón noble de nuestra parte.

Oh Cristo, luz y salvación de todos los pueblos, protege a los que dan testimonio de ti en el mundo
— y enciende en ellos el fuego de tu Espíritu.

Haz, Señor, que todos los hombres respeten la dignidad de sus hermanos,
— y que todos juntos edifiquemos un mundo cada vez más humano.

A ti, que eres el médico de las lamas y de los cuerpos,
— te pedimos que alivies a los enfermos y des la paz a los agonizantes, visitándolos con tu bondad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Dígnate agregar a los difuntos al número de tus escogidos,
— cuyos nombres están escritos en el libro de la vida.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, pues el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia para guardar tus mandamientos y agradecerte con nuestras acciones y deseos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.