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Testimonios de las catorce obras de misericordia

Si «el nombre de Dios es Misericordia», como dice el Papa, sus apellidos bien pueden ser los 14 modos que desde hace siglos propone la Iglesia para vivir y practicar el amor de Dios: las obras de misericordia. Estos son testimonios reales de cómo se puede vivir el Año de la Misericordia.

1. Dar de comer al hambriento

El comedor que las Siervas de Jesús tienen en el barrio de Vallecas (Madrid) sirve 500 comidas diarias, más las que reparte en tuppers a familias que, con toda lógica, prefieren dar de comer a sus hijos en casa. Y aunque el menú cambia, el cariño de las monjas y de los voluntarios es aquí el pan nuestro de cada día. Aquí se da de “comer al hambriento” Sor Encarnación, responsable del comedor, explica que “en el comedor se ven todos los tipos de miseria que hacen sufrir a las personas. Esas miserias las metemos en el corazón de Jesús, que siempre mira por los pobres. En su vida pública, Jesús no dejó de dar de comer a los hambrientos, y hoy lo sigue haciendo y pidiéndonos que lo hagamos en su nombre”. Por lo que ve cada día, saber que “hay mucha gente que pasa hambre en España, familias enteras, aunque no lo digan por vergüenza. Y los católicos no podemos vivir como si no lo supiésemos”. “El Año de la Misericordia es un buen momento para que quien pueda ayude en un comedor, o dando comida. Así daremos de comer al hambriento en nombre de Dios, y daremos de comer a Cristo, que dijo que cuando ayudábamos al necesitado, con Él lo hacemos”, concluye.

2. Dar de beber al sediento

“El agua es fuente de vida para la naturaleza y para las personas. Y al revés: cuando no se tiene acceso a ella, es sinónimo de esterilidad, de enfermedad y de muerte, sobre todo para los más indefensos y los más débiles, como los pobres y los niños”. Las palabras de Ángel Berna, un aragonés que lleva 40 años en Guatemala, suenan con la convicción de quien habla desde la experiencia diaria. A través de la ONG MejorHa, socia local de Manos Unidas, en el departamento de Chiquimula, en el llamado Corredor Seco de Guatemala, Berna coordina un proyecto para recuperar y aprovechar el agua de lluvia. A través de una infraestructura sencilla, varias comunidades tienen, por primera vez en años, acceso al agua “para usos tan elementales como regar los cultivos, asearse, lavar los alimentos antes de consumirlos, limpiar los hogares, tratar sus excretas, e incluso beber”. Ni una gota se desperdicia. Porque en Ciiquimula “hay más niños que se mueren por las diarreas y los vómitos que les causa la falta de higiene y por comer alimentos sin lavarlos que por falta de comida”. “Y no sabes cómo le ha cambiando la vida a estas personas – dice Berna: la limpieza y el acceso al agua no solo han reducido la basura acumulada, las moscas y las enfermedades; les ha devuelto su dignidad, se sienten más persona”.

Cuidar del agua para dar de beber al sediento no es solo ayudar a canalizarla o no malgastarla, sino cuidar del medio ambiente: “El cambio climático es una realidad y los empobrecidos lo sufren más, porque se están alterando los ciclos de las cosechas, y los efectos de las sequias y de fenómenos como el Niño y la Niña están acabando con cosechas enteras de maíz y frijol, que son el principal sustento de estas comunidades”, dice Berna. Por eso, “cuidar del agua y del medio ambiente, y apoyar a quienes trabajamos en ello, es hacer que la misericordia de Dios restaure la dignidad de los pobres”.

3. Dar posada al peregrino

Por si fuese poco complicada la vida de un matrimonio con cuatro hijos (una, «algo pachucha») y en el que los dos cónyuges son enfermeros (con sus horarios, sus guardias…), Daniel y su mujer han remodelado su casa y su vida para acoger al peregrino. Literalmente: «Los dos somos laicos de espiritualidad comboniana, y cuando vimos que ya no podíamos irnos de misiones por nuestra situación familiar, pedimos a Dios que nos mostrase cómo le podíamos ayudar a trabajar por la justicia». Y el Espíritu Santo movió ficha. Como si explicase que ha hecho unas reformillas en casa, Daniel cuenta que «vimos la necesidad de acoger a inmigrantes africanos que llegaban saltando la Verja, porque eran los que peor lo tenían por su situación legal, sanitaria y psicológica. Y abrimos una casa de acogida para subsaharianos». Casa en la que ellos vivían hasta hace unos meses, y que ahora visitan cada día junto a 15 voluntarios que ayudan a los inmigrantes a aprender español, a trabajar, a arreglar sus papeles… «Son parte de la familia y les ayudamos en lo que podemos, pero sin paternalismos: están con nosotros año y medio, y después les ayudamos a buscar una salida laboral. Pero se lo tienen que currar ellos». Porque dar techo es, según dice, «ayudar al hermano ante lo que pueda venir».

4. Vestir al desnudo

A quienes viven en la calle o están atravesando graves dificultades económicas, las ofertas del Black Friday y de las rebajas navideñas les suenan a ecos imposibles. Sin embargo, a esas personas «también les gusta elegir un tipo de ropa concreto, probársela y ver si les sienta bien. Es algo tan elemental como vestir conforme a la edad y al gusto de cada uno». Así lo explica Raquel Saiz, responsable del proyecto Arrropa de Cáritas Burgos, una empresa de inserción laboral que ha dado una vuelta

de tuerca al tradicional ropero de parroquia. «En Arrropa recogemos ropa de segunda mano que la gente deja en contendores especiales situados en la calle, la tratamos, la etiquetamos y la ponemos a la venta a precios que van desde los 50 céntimos hasta los ocho euros. Así, quien tiene necesidad viene a una tienda, elige su ropa como cualquier otra persona y no tiene la sensación de estar viviendo solo de la caridad, porque aporta una pequeña cantidad que en ocasiones es para ellos un esfuerzo». Este modo de trabajar ha permitido que se creen varios puestos de trabajo para personas con dificultades de inserción en el mercado laboral, derivadas de la bolsa de trabajo de Cáritas Burgos. «Aquí no solo vestimos al desnudo, sino que revestimos a la persona con el valor humano que tiene como criatura de Dios».

5. Visitar al enfermo

Elena lleva casi 20 años (más de la mitad de su vida) vinculada a la atención desinteresada de personas mayores e impedidas. Una obra de misericordia –la de visitar al enfermo–, que en los últimos años lleva a cabo junto a otros voluntarios de la parroquia de Nuestra Señora de la Visitación, en el distrito madrileño de Moratalaz, una zona cada vez más envejecida de la capital.

Una tarde por semana, Elena recorre las calles de su barrio para visitar a personas ancianas que viven solas o tienen sus capacidades muy mermadas. Entre este grupo «de jóvenes de entre 86 y 95 años» hay feligreses habituales, y también «personas que no creen en Dios pero que piden esta visita porque se lo recomienda un vecino que sí va a la parroquia». Elena lleva a cabo una labor de acompañamiento personal y espiritual: «Queremos que vean que no están solos, que siguen formando parte de la vida de un barrio en el que viven desde hace años. También rezamos con ellos, les leemos el Evangelio, escuchamos lo que nos cuentan, charlamos de todo…». En resumen, «estamos con ellos para que nos sientan cercanos y para que sientan cerca a Dios. No maquillamos su realidad, que a veces es bastante dura, sino que intentamos que la vivan desde Dios». Una tarde de visita es capaz de alegrar toda la semana de quien la recibe, pero Elena se quita méritos: «Es un deber de justicia para restaurar el respeto que todo mayor o enfermo se merece. Es lo que nos pide Dios».

6. Socorrer a los presos

Una cárcel no es, por definición, la clase de lugar al que una persona va voluntaria y gustosamente. A no ser que esa persona sea un mercedario como el padre José Juan Galve, superior en la Provincia de Aragón de la Orden de la Merced, cuyo carisma original es socorrer a los presos. «El trabajo de la Iglesia en la cárcel –dice el padre Galve– tiene muy mala prensa, porque es un entorno que parece muy agresivo para una persona normal». Y es verdad que «en la cárcel hay gente mala y peligrosa, que no quiere cambiar», pero «sobre todo hay pobreza material e indigencia afectiva, espiritual y psicológica». Cada vez que visita una prisión, como la cárcel Modelo de Barcelona, tanto él como los voluntarios de pastoral penitenciaria «llevamos la misericordia de Dios, su amor que es más fuerte que todos nuestros delitos, y la dignidad que nos da ser hijos de Dios, a personas que no han sabido lo que es ser amados, que se dan por perdidos o que pensaban que nadie podría perdonarles». Y cuando la Iglesia socorre a los presos, tanto en la cárcel como con los ya exconvictos, «es impresionante ver lo que Dios hace en un corazón que se le entrega: restaura su vida, devuelve esperanza, sana heridas y adicciones, hace madurar y ver que todo acto tiene consecuencias, y levanta la mirada del que siente vergüenza. Solo la misericordia de Dios es capaz de hacer algo así».

7. Enterrar a los muertos

¿De qué sirve la misericordia con el cuerpo, cuando uno ya está muerto? ¿Por qué la Iglesia dice que enterrar a los difuntos es una obra de misericordia? «Pues porque la muerte es un momento tan esencial de la vida, del que nadie se libra y que abre la puerta a la eternidad, que es necesario hacer presente el amor de Dios; y porque al cuerpo, que ha sido creado por Dios y ha sido templo del Espíritu Santo, hay que tratarlo con dignidad». La explicación es del hermano Hermenegildo, superior de la comunidad de Hermanos Fossores de la Misericordia de Guadix. El carisma de los fossores es cuidar los cementerios (en España lo hacen en Logroño y Guadix) para ocuparse de las exequias y consolar a las familias.

«Algunas personas –explica– dicen que lo que hacemos nosotros ellos no lo harían ni por todo el dinero del mundo. Y yo respondo que por todo el dinero del mundo tampoco lo haríamos. Lo hacemos para llevar el amor de Dios a otros en el momento del duelo». Porque «ante la muerte, sobre todo si es de alguien cercano, lo natural es que aflore el dolor, pero la presencia de un católico en un entierro o en un funeral debe ser garantía de calor humano, de acompañamiento, de esperanza y de oración».

8. Enseñar al que no sabe

Algo especial tendrá la enseñanza cuando el mismo Jesucristo se dejó llamar «Maestro». Acaso por eso la Iglesia considera que enseñar al que no sabe es una obra de misericordia de primer orden. La primera de las siete obras espirituales, y que Ana María Pérez vive de forma poliédrica. Y decimos poliédrica porque Ana ejerce como profesora de Matemáticas para adultos en Guadalajara, aunque antes ha dado clase a adolescentes en varios institutos públicos, además de impartir cursos y talleres organizados por el Instituto Bíblico Oriental de Cistierna, en León, para menores y mayores de edad, en los que mezcla Matemáticas, copto, cultura egipcia y Sagradas Escrituras. «Sin la enseñanza –explica–, el ser humano no tiene verdadera libertad, no crece por dentro. Y si el surco de la fe no lo abonamos con razones y con el patrimonio del conocimiento que los hombres han ido construyendo durante siglos, la vida interior queda inmóvil». Algo que se aplica lo mismo al sustrato semítico del Evangelio que a una ecuación de segundo grado, pues «enseñar algo a quien lo desconoce ayuda a construir a la persona para que vaya siendo más como Dios la ha pensado, si se enseña desde el amor al otro, desde la humildad de quien entrega lo mejor que tiene, y con una visión trascendente del educando, en quien el educador reconoce un signo de la misericordia divina».

9. Dar consejo al que lo necesita

«La vida familiar es preciosa, pero chico, el matrimonio y la paternidad tienen muchos recovecos, y hay momentos en los que parece que solo hay problemas… Es ahí donde muchas parejas tiran la toalla, y es ahí donde nosotros entramos para mostrar que casi todos tenemos los mismos problemas, para rebajar la tensión y el dramatismo, y para explicar cómo se pueden salvar los escollos». Así resume Joaquín Chacón lo que, junto a su mujer Catalina Aguilera, hacen desde el Centro de Orientación Familiar Juan Pablo II, de Lucena, en Córdoba. «Nuestra labor –afirma– es acompañar como matrimonio a otras familias que buscan solucionar sus problemas. Quedamos con ellos, les escuchamos, intentamos detectar lo que les pasa y les aconsejamos, desde nuestra experiencia y desde la formación que recibimos en el COF, sobre el mejor modo de salvar sus obstáculos; o bien los derivamos a un especialista si es necesario». Porque, en esencia, «ante una persona que necesita un consejo, cualquier católico puede seguir esos pasos: vencer la indiferencia ante sus problemas, ponerte en la piel del otro, evitar juzgar, y aconsejar si estás seguro de algo, o derivarlo a quien pueda ayudarle mejor que tú». Y así, la misericordia de Dios le gana el terreno al aislamiento, al egoísmo y a la desorientación.

10. Corregir al que está en error

El juez de menores Emilio Calatayud se le conoce por sus sentencias ejemplares, como por ejemplo cuando ha condenado a un ladrón de 16 años a aprender a leer, o a otro menor a terminar la Secundaria. Porque aunque su cargo en los juzgados de Granada le brinda la ocasión de castigar impasiblemente al que delinque, Calatayud prefiere apostar por una justicia que «muestre al chaval por qué y en qué se ha equivocado, cuáles son las consecuencias de sus actos, y les dé una oportunidad para enmendarse y para enmendar el daño que han causado».

Según Calatayud, «el 80% de los menores que yo juzgo no son en rigor delincuentes, sino chicos y chicas que han hecho algo mal por inmadurez y a los que les han pillado. Hay otro 20% que sí, que obra mal conscientemente, pero la mayoría son carne de cañón». El juez granadino aplica unas pautas que valen para cualquier situación en la que se deba corregir al que yerra: «Para no perder la perspectiva, conviene pensar qué habría hecho yo si hubiese vivido su situación personal, familiar, afectiva… Luego, considerar que no hay nadie que esté absolutamente perdido, sobre todo si es joven. Después, no ahorrarle la verdad: todos los actos tienen consecuencias y obrar mal lleva a un mal camino». Y por último, «escoger la mejor consecuencia para él, de la que pueda extraer la mejor lección, dándole oportunidades para cambiar y sin menospreciarlo como persona». Algo que es más fácil cuando se ve en el que yerra un sujeto de la misericordia de Dios…

11. Perdonar las injuria

Tener un hermano es sinónimo de tener un compañero de juegos, un confidente de secretos, un cómplice para travesuras, un apoyo en los problemas…, y un contrincante para peleas, discusiones y piques varios. Que se lo digan a Mariano y a Alfonso, de 8 y 5 años, que como buenos hermanos pasan del amor a la colleja, y de la colleja al abrazo, en un abrir y cerrar de ojos. Mejor no preguntamos qué cosas hace el otro para que se enfaden con él, y pasamos directamente a por qué se piden perdón después de una trifulca: «Pues porque si no perdono –dice Alfonso–, sigo enfadado y con rabia, y me quedo peor. Y encima él también se queda triste y salimos perdiendo todos». A Mariano se le nota la catequesis con la que la diócesis de Alcalá de Henares le prepara para la Comunión: «A veces perdonar me cuesta, porque estoy demasiado enfadado, y no quiero reconocer que a lo mejor he hecho algo mal. Pero cuando pides perdón, se lo estás pidiendo también a Jesús, que nos enseña que no perdonar es malo». «Lo que dice mi hermano es verdad –añade Alfonso–, porque Jesús nos va ayudando a que no nos volvamos a pelear, y a que si lo hacemos, nos cueste menos ir pidiendo perdón». Unas palabras que cualquier adulto puede hacer suyas cada vez que tenga que perdonar… si quiere «hacerse como un niño».

12. Consolar al triste

Envuelta en mantas y con los signos que tiñen el rostro de quien se pasa el día pidiendo en la calle, Dori es una figura habitual para quien transita por la calle Arenal, de Madrid. Pero, lejos de lo que pintan las apariencias, Dori da mucho más de lo que recibe: conoce y se ocupa de algunas personas sin hogar; dio techo a un hombre que mendigaba en la calle con la vida familiar rota; y pregunta a los feligreses habituales por sus problemas, sus enfermedades y sus familias. «Es lo que nos dijo Nuestro Señor: que todos tenemos problemas y que tenemos que cuidarnos unos a otros. Como yo he tenido muchos problemas –Dori arrastra un largo historial familiar y personal de enfermedades, maltratos y desequilibrios–, me figuro lo que piensa y lo que sufre la gente, y puedo hablarles mejor, y decirles que pasen a la iglesia a hablar con Dios, que les quiere mucho», dice arrebujándose en sus mantas. Y da un consejo evangélico, de cita libre, para consolar al triste: «No juzgar mal al otro. Lo decía Jesús: “Que tire la primera piedra el que tenga una mota en el ojo y no una viga”».

13. Soportar con paciencia los defectos del otro

El entorno laboral es terreno abonado para roces y discusiones, donde los defectos propios y ajenos pueden aliarse en una combinación fatal. «En casi todos los trabajos suelen darse los mismos problemas –dice Rafael Jiménez, responsable de Recursos Humanos del grupo hotelero NH–: egoísmo, prepotencia, pereza, falta de colaboración, guerrillas internas… Y lo importante es no dejar que esos defectos, esos fallos y esos pecados, que son muy humanos, ganen terreno». Por eso, Jiménez explica que «la paciencia con los compañeros, los jefes y los empleados es clave para crear un clima positivo, en el que se valore más al otro por lo que tiene de bueno que por lo que no me gusta». Y del mismo modo que pasa «en el matrimonio, en la familia o con los amigos», en ocasiones «la paciencia tiene que ir de la mano de la mansedumbre y de la humildad, para saber pedir perdón incluso cuando uno no tiene la culpa». Solo cuando la miseria humana se ve acorralada por el buen corazón, «que es reflejo del amor de Dios, el que falla logra ir venciendo sus defectos, y el que está a su lado, ir venciendo su impaciencia».

14. Rogar por vivos y difuntos

«Ninguna de las obras de misericordia, ni las espirituales ni las corporales, pueden vivirse ni practicarse sin la oración. Aunque la Iglesia la ponga la última de la lista, rogar al Señor por vivos y difuntos es la base de todas las obras buenas que el Espíritu inspira en el mundo». La voz serena del hermano Alfonso Lora, superior de la comunidad de cistercienses contemplativos de Oseira, en Orense, remarca cada palabra para subrayar que «todas las cosas importantes de la vida tienen que ver con Cristo». «Nuestra vida de monjes, como la de cualquier contemplativo, no tiene otro objetivo que entregarnos por entero a Dios con el trabajo y la oración. Sin embargo, que el mundo viva de la oración es responsabilidad de todos los católicos», recuerda. Porque «cada vez que rezamos, acudimos a la fuente de la misericordia: Cristo. Él intercede por nosotros ante el Padre, nos escucha, nos va cambiando el corazón, y nos une a los hermanos vivos, purgantes o victoriosos en el cielo». En este Año de la Misericordia, «la llave que nos abrirá el corazón a las otras trece obras de misericordia es la vida de la gracia que surge de la oración», concluye.


Reportaje del semanario Alfa y Omega.

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Amante que no se rinde ante el desamor (Os 2,16-17.18.21.25) (1)

Juan José Bartolomé

«Nuestro pecado o alejamiento de Dios enciende en él una llama de amor más intenso, un deseo de devolvernos y reinsertarnos en su plan de salvación […]. Dios es bueno. Y no sólo en sí mismo; Dios es –digámoslo llorando- bueno con nosotros. Él nos ama, busca, piensa, conoce, inspira y espera. Él será feliz –si puede decirse así–el día en que nosotros queramos regresar.»(2)

Oseas inicia su actividad en los últimos años del reinado de Jeroboam II (782-753 a.C.; cfr. 2 Re 14,25-28), uno de los más períodos más gloriosos del reino de Israel, en el que la paz favoreció el cultivo del campo, la reactivación del comercio y vio una considerable expansión territorial. Profeta desde 750, permanecerá en su ministerio unos 25 años, hasta la caída de Samaria y la desaparición del Israel (722-721), que él mismo había vaticinado (1,4; 13,11). Muerto Jeroboam, el reino entró en una etapa turbulenta: la vida cotidiana se vuelve precaria; las grandes fortunas desaparecen; se agravan las desigualdades sociales; el poderío asirio amenaza constantemente y las políticas de alianza que surgen son contradictorias. Asesinatos en la corte y usurpaciones están al orden del día. Oseas convivirá con seis reyes diversos, de los cuales cinco morirán trágicamente. Y la fidelidad del pueblo está cediendo ante la atracción que ejerce la religión cananea (Baal: 2,10-19; 11,2; 13,1; toro de Betel: 8,4- 7; 10,5-6; 13,2).

Para hacer más perceptible la profecía, Oseas representará en su propia existencia – pagando personalmente– el drama de su Dios. Y lo describirá acudiendo a dos metáforas: la del marido traicionado (2,4-15) y la del padre amantísimo (11,1-4). Las dos formas de amor humano más excelso, frágiles y profundos, van a ser imágenes de un Dios que no se cansa, que no descansa, hasta que recupera su amor perdido.

El libro tiene tres partes: 1,2-3,5 deja entrever la difícil relación de Yhwh, el primer marido (2.4.9.15.17) con Israel (2,4.7.9.14.16) narrando la relación del profeta con Gomer, «una mujer, ligada a la prostitución…, porque el país no hace sino prostituirse, apartándose del Señor» (1,2): Israel piensa que los dones de la tierra vienen de sus ‘amantes’ (2,7.9.12.14-15). 4,1-11,11: critica el culto de un pueblo que no conoce a Dios (4,1.6) y la política de alianzas con potencias extranjeras (7,11-12; 8,9.13) que lo llevan a romper el pacto con Dios; la infidelidad no es de ahora, sino que se ha dado a lo largo de toda la historia (9,10-14; 11,1-8). 12,1-14,9: Yhwh enjuicia también a Judá, anuncia la muerte de Efraín para, finalmente, afirmar su restauración.

1. El texto

Llamado por Dios para anunciar la destrucción de Israel cuando éste estaba en el cénit de su prosperidad, Oseas inicia su ministerio viviendo en primera persona el mensaje que debe transmitir. Puesto que Israel no deja de prostituirse, Dios le impone desposar una prostituta (1,2), una joven doncella que habría ofrecido su virginidad en un templo para asegurarse una maternidad fecunda. El enviado tiene que parecerse al que lo envía, sentir en propia carne lo que proclamará sobre su Dios.

Su misión personal implicará de lleno su vida matrimonial. No podrá reservarse para si ni su más estricta intimidad; tendrá que crear una familia que sea ‘palabra viva’ del amor traicionado de su Dios. Le nacerán tres hijos, «los hijos de su prostitución», probablemente ilegítimos, considerados dones del dios al que su mujer había consagrado su virginidad. El profeta acepta la paternidad, dándoles un nombre. Pero tendrá que darles el nombre que Dios le impone: su drama es, en realidad, el de Dios. Los hijos, sus nombre, van a reflejar el malestar de Dios: «Yizrael», el primero, se llama como el lugar donde se realizó la matanza que dio el trono a la dinastía reinante (2 Re 9-10) y que señala su inminente ruina: otro Yizrael, otra masacre (1,4- 5). «No-compadecida», el nombre de la segundogénita, es insólito: es una negación, una rareza, y describe la decisión que ha tomado Dios; el tiempo de la ternura y misericordia ha pasado: «ya no tendré más compasión de la casa de Israel, ni los soportaré más» (1,6). El tercero tendrá que llamarse «No-mi-pueblo», «porque – levanta acta Dios – ni vosotros sois mi pueblo, ni yo existo para vosotros» (1,8; cfr. Éx 6,7; Lev 26,12; Dt 27,9). Tremenda constatación, pues es la neta confesión del fracaso personal como Aliado: ni Dios va a mostrar entrañas de misericordia, ni Israel se ve a sí mismo como pueblo de Dios.

«El número de los hijos de Israel será como la arena del mar, que no se puede medir ni contar; y en el lugar donde se decía de ellos: “vosotros no sois mi pueblo”, se dirá de ellos: “¡Hijos del Dios viviente!”»

La elección, que había comenzado cuando Dios se presentó como el que «el que era para ellos» (Éx 3,12.14), se ha desvanecido. Pero Dios no se amilana ni flaquea. Empecinado, promete que Israel será tan multitudinario que «no se podrá medir ni contar», repitiendo el antiguo juramento de que llegaría a ser innumerable, «como las arenas del mar» (2,1). Está dispuesto a empezar de nuevo: donde ya se está diciendo que Israel no es su hijo, se le va a proclamar «hijos del Dios viviente» (2,1). Más aún, Israel se reunirá con Judá, asegurándose así la reconstrucción nacional; juntos crecerán tanto que se bendecirá a Dios que los sembró en la tierra. El pueblo será suyo y conocerá su misericordia (2,3).

4 «Acusad, a vuestra madre, acusadla, porque ella ya no es mi mujer ni yo soy su marido, para que aparte de su rostro la prostitución y sus adulterios de entre sus pechos.

5 Si no, la despojaré dejándola desnuda, la dejaré como el día de su nacimiento, la convertiré en un desierto, la dejaré como una tierra árida, la mataré de sed.

6 No tendré compasión de sus hijos, porque son hijos de prostitución. 7 Sí, su madre se ha prostituido. Se cubrió de vergüenza la que los concibió, cuando decía: “Me iré detrás de mis amantes, que me dan mi pan y mi agua, mi lana y mi lino, mi aceite y mis bebidas”.

8 Por eso yo cierro tu camino con espinos, lo rodeo de una cerca, no encontrará sus senderos.

9 Perseguirá a sus amantes pero no los alcanzará, los buscará sin encontrarlos.

Entonces se dirá: “Voy a volver a mi primer marido, porque estaba entonces mejor que ahora”.

10 Y es que ella no comprendía que era yo quien le había dado trigo, mosto y aceite virgen, quien le había prodigado plata y oro: los convirtieron en ídolos.

11 Por eso volveré a recuperar mi trigo en su sazón, el mosto en su estación; le arrancaré mi lana y mi lino, que cubrían su desnudez. 12 Entonces descubriré su infamia a la vista de sus amantes, y nadie la salvará de mi mano.

13 Pondré fin a toda su alegría: su fiesta, su novilunio y su sábado, a todas sus celebraciones.

14 Devastaré su viña y su higuera, de las que decía: “Son mi salario, me lo dieron mis amantes”. Las convertiré en selva, las devorará el animal salvaje.

15 Le pediré cuentas de los días en que quemaba incienso a los ídolos. Ataviada con su anillo y su collar, corría detrás de sus amantes, y a mí, me olvidaba» . Oráculo del Señor.

El porvenir soñado es tan estupendo como cruel la realidad. La soledad de Dios es total; tanto como para reconocer que ya no existen vínculos entre El y su elegido (cfr. Éx 3,12: «Yo estoy contigo»). Para poder hablar en nombre de ese Dios, Oseas, trascurridos unos nueve años de matrimonio, tiene que soportar el abandono de su mujer («ella ya no es mi mujer, ni yo soy su marido»). Y, puesto que es ya público, incitar a sus propios hijos en su contra (2,4) para que, recapacitando, deje de correr tras nuevos amantes y mejores bienes (2,7). Siglos lleva soportando Dios la infidelidad de su Pueblo, que no confía en él y busca cuanto imagina necesitar en otros dioses, olvidando que el único que lo «sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud», se había comprometido a «no tener otros dioses frente a mí» (Éx 20,2-3).

Amante traicionado como su Dios, el profeta deberá, tras experimentar la traición de su esposa, hacer suyo el plan que Dios ha urdido para reconquistar Israel: la abandonará, desnuda y avergonzada, en el desierto. Más aún, la convertirá en desierto, en tierra árida, sin frutos; la matará de sed; la dejará sin dones: si ella no renuncia a su infidelidad, su marido la privará de su protección y de alimentos (2,4- 7; cfr. Éx 21,10). Probará a aislarla, cerrando sus caminos; encerrada en una empalizada, no encontrará la salida que la lleve hasta sus amantes; por más que los persiga, nunca los alcanzará. Los castigos inciden donde se han dado las culpas. Los esposos, Dios y Oseas, se empeñan en imposibilitar la traición de sus esposas: se las llevan al desierto donde no podrán celebrar a sus dioses/señores (exilio); se les priva de bienes para que reconozcan quién se los garantizaba (carestía); se les cierran los caminos y se las acorrala entre cercas para que no sigan a la caza de amantes (cautividad).

Tan vana será su búsqueda de amantes que quizá – se ilusiona Dios – empiece a pensar en volver a su dueño, «porque estaba entonces mejor que ahora» (2,9). Despechado, el esposo amante, procura el mal a su esposa, para que recuerde lo bien que se había sentido cuando estaban juntos. Pero no basta, porque no entiende que cuanto tiene proviene de su señor. Tendrá que quitárselo todo: alimentos y vestidos; imposibilitarle la alegría y las fiestas, convertir sus viñas e higueras en selva y pasto de animales. Deshonrada «a la vista de sus amantes, nadie la salvará de mi mano» (2,12). Pero no la entregará a las llamas (Gén 38,24; Lev 21,9) ni la hará apedrear (Dt 22,23-24), como merecería. La dureza de las actuaciones emprendidas desvelan más al desesperado amante que al esposo traicionado. Y es que, concluye Yhwh con amargura, Israel «corría detrás de sus amantes, y a mí, me olvidaba» (2,15): sufre porque no es amado, ni siquiera respetado, como correspondería.

La actuación del marido no se reduce a prevenir la infidelidad. Toma una decisión sorprendente. Se va a emplear a fondo para ganarse de nuevo el amor perdido; no se resigna, por más dolido que se sienta, a condenarlo; se propone conquistarlo implicándose emocionalmente. Porque quiere ser amado, se esfuerzo por ganarse a su pueblo.

16 «Por eso, yo la persuado, la llevo al desierto, le hablo al corazón, 17 le entrego allí mismo sus viñedos, y hago del valle de Acor una puerta de esperanza. Allí responderá como en los días de su juventud, como el día de su salida de Egipto».

Antes de lograr la conversión de su Pueblo – y para conseguirla –, Dios mismo se convierte al perdón. Aprovecha que por un momento pensó en volver a él (2,9: «Voy a volver a mi primer marido, porque estaba entonces mejor que ahora»), para volver a ella y reconquistarla. Los cuatro verbos que describen su actuación y su secuencia son relevantes: están cargados de afecto. La llevará al desierto (2,16), donde inició su historia de amor (13,4-5: «Yo soy el Señor, tu Dios, desde la tierra de Egipto; no conoces a otro dios fuera de mí, ni a otro salvador, sino a mí. Yo te conocí en el desierto, en una tierra ardiente»), donde por no haber no hay ni baales. No se impondrá, la seducirá, cortejándola amablemente (textualmente «hablándole al corazón», cfr. Gén 34,3; Jue 19,3; Rut 2,13). Anuncia un nuevo exilio, probablemente, donde por no contar con nadie sólo podrá contar con su Dios, que solo usará con ella un amor y una generosidad desconocidas, «porque el Señor, tu Dios, es un Dios compasivo; no te abandonará, ni te destruirá, ni olvidará la alianza que juró a tus padres» (Dt 4,31). Abandonado, Dios jamás ha pensado en pagar con la misma moneda. Y le promete allí mismo, en el desierto – promesa de enamorado – viñedos, quintaesencia de la posesión de la tierra en paz (2 Re 18,31), y un camino de regreso a la tierra y a la Alianza.

18 Aquel día —oráculo del Señor— me llamarás “esposo mío”, y ya no me llamarás “mi amo”. 19 Apartaré de su boca los nombres de los baales, y no serán ya recordados por su nombre.

20 Aquel día haré una alianza en su favor, con las bestias del campo, con las aves del cielo, y los reptiles del suelo. Quebraré arco y espada y eliminaré la guerra del país, y haré que duerman seguros. 21 Me desposaré contigo para siempre, me desposaré contigo en justicia y en derecho, en misericordia y en ternura,22 me desposaré contigo en fidelidad y conocerás al Señor.

23 Aquel día yo responderé —oráculo del Señor—, yo responderé con los cielos, y ellos responderán a la tierra. 24 La tierra responderá con el trigo, el mosto y el aceite nuevo, y ellos responderán a “Dios-siembra”. 25 Yo la sembraré para mí en el país, tendré compasión de “No compadecida”, y diré a “No mi pueblo”: “Tú eres mi pueblo”; y él dirá: “Mi Dios”».

Tan seguro está de la fuerza de su amor y de la eficacia de su estrategia como amante, que no duda de la reacción positiva de su pueblo: «responderá como en los días de su juventud, como el día de su salida de Egipto» (2,17; cfr. 11,1; Éx 13,3). Oseas reduce el primer éxodo al tiempo de amor primerizo. Y en consecuencia describe con énfasis evidente la que será su inmediata réplica: con una triple repetición de la fórmula «aquel día» (2,18.20.23), enmarcada como va por la solemne declaración «oráculo del Señor» (2,18.23), Dios en persona anuncia la recuperación de su proyecto salvífico; lo tiene ya tan pensado, programado incluso, que lo puede describir. No descansará hasta que su amada, de nuevo desposada, descanse en su brazos. Hasta entonces seguirá soñando “ese día”.

Ese día llegará cuando Israel vuelva a reconocerlo como su compañero y no como su señor, literalmente como su hombre, no como su amo y dios: llegará el día – y la declaración está puesta en boca de Israel – en el que ya no habrá más alianza que la del matrimonio con Yhwh. Y para que la restauración de la alianza sea permanente, Dios impedirá que se pronuncien los nombres de los dioses, que se les recuerde. No es que no prohíba que se los invoque, es que no se podrá, pues sus nombres serán olvidados. Yhwh, en aquel día, no tendrá ya concurrente, ni Israel dioses alternativos a los que dar culto. Será realidad lo que se esperaba: «no invoquéis el nombre de dioses extraños; ni se oiga en vuestras bocas» (Éx 23,13b). Es significativo que sea el mismo Yhwh quien imponga lo que siempre ha pedido, exclusividad en la relación con su pueblo (Dt 12,3), pero que lo haga después de que Israel se declare su esposa: un día, Yhwh hará realidad el deseo de Israel.

Liberado de los dioses, hasta de su memoria, Yhwh se aliará con animales y enemigos en nombre y a favor de Israel (2,20); una nueva relación con el entorno hostil, animal y humana, entra dentro de la actuación salvífica divina. Antes de aliarse con Israel, Yhwh se hará aliado de la creación, sólo con la parte que representa un peligro para Israel (el orden es el de Gén 1,30), y con los imperios, las naciones que desean apropiarse de su pueblo: el pacto no es todavía con Israel, sino ya en beneficio suyo; no lo dejará indefenso…, podrá dormir tranquilo. Firmando tratados con bestias salvajes (cfr. 2,14: «Devastaré su viña y su higuera… Las convertiré en selva, las devorará el animal salvaje».) y potencias extranjeras (cfr. 2,5: «la convertiré en un desierto, la dejaré como una tierra árida») evitará que las amenazas por El anunciadas se tengan que cumplir; quien las emitió, es ahora quien se encarga, mediando, de imposibilitarlas. No entra en negociaciones, aunque se sujetará a pactos; es El quien establece la alianza, que crea seguridad para los suyos (cfr. 1,5-7)

Sin dioses y en paz, Israel podrá volver a ser lo que Yhwh más quiere: casarse con su pueblo. Repite tres veces su propósito: «me desposaré contigo»; no será una simple reconciliación, sino un nuevo matrimonio: perpetuo, y no temporal como fue el primero; ornado con las cualidades que faltó al anterior: «justicia y derecho, misericordia y ternura». El doble binomio es significativo: la nueva relación será equitativa y apasionada. Yhwh, esposo, se compromete en pagar la dote nupcial (Dt 22,29) respetando la justicia y prometiendo ternura. Ambas asegurarán la fidelidad, que estuvo al origen de la primera alianza (Dt 4,40), ese recíproca lealtad, devoción y dependencia mutua que mantienen vivo el pacto entre aliados. La fidelidad es la vía al auténtico conocimiento: lo que Yhwh no había recibido (2,10.15; 4,1.6; 6,6) lo obtiene ahora: El y sus dones son acogidos y ‘reconocidos’.

Una nueva, última, promesa divina, introducida como su palabra directa, empeña la intervención de Dios «responderá» de que el cielo cubra de agua la tierra, de que la tierra aporte sus frutos, lo que Dios le había dado y retirado (2,10); lluvia del cielo y fertilidad de la tierra eran prerrogativas de los baales cananeos. Dios se hace único responsable de que Israel, contando con ellos lo reconozca como Dador, como verdadero Yisrael «Dios-siembra» (2,24); Yhwh, no un fecundo valle, será la panera de Israel, el que le asegure alimento en abundancia. Más aún, Yhwh sembrará a Israel en su suelo, para que no pierda ya más la tierra donada: en ella enraizada, se compadecerá de sus hijos, que retornarán a ser su pueblo. Entonces, sólo entonces, Yhwh volverá a ser aclamado como su Dios (cfr. 2,10.15; Lev 26,45). Los nuevos nombres de los hijos sellan la nueva alianza.

2. La vida

Porque no se sentía respetado y era desatendida su voz, Dios necesitó de un portavoz que viviera en carne propia su propio drama. Amante traicionado, Dios eligió Oseas para, habiendo experimentado el desamor que sufría, convertirlo en palabra viviente de desventura. Siempre andará Dios, un Dios a quien su pueblo ya no escucha, en búsqueda de creyentes que le presten su vida para representarlo. Oseas no fue profeta solo por proclamar la palabra de Dios; tuvo que parecerse a quien lo enviaba y sufrir idéntico desengaño, para poder hablar de Dios a sabiendas de lo que decía. Tendrá que elegir mujer propia a quien fue amante de muchos; tendrá que adoptar como hijos a quien engendraron otros padres; tendrá que tener una familia que no puede reconocer como suya. Al igual que su Dios.

Solo quien sabe de traiciones puede hablar fehacientemente de un Dios traicionado. Pocos evangelizadores hoy quieren pagar con la propia vida la palabra que anuncian, ni padecer, junto a su Dios, el mismo abandono. Porque no son ‘com-pasivos’ con el Dios que anuncian, no logran compadecerse de un pueblo que no quiere saber nada de su Dios. Por temor a sufrir de desamores, no están dispuestos a ser portavoces de un Dios malquerido. Las consecuencias no pueden ser menos funestas: la desolación de un Dios despechado queda ignorada, silenciada. Y el pueblo de Dios persiste en su deslealtad.

Menos mal que Dios no se da por vencido. Y menos mal que cuenta con un profeta dispuesto a convertir su drama personal en palabra de Dios. Ambos, esposos engañados, urden un plan para ganarse de nuevo a sus amadas; les procurarán males y desgracias, mientras están lejos de ellos, para que recuerden lo bien que se encontraban cuando estaban junto a ellos. El mal experimentado en la ausencia de Dios puede ser el camino de regreso a El, por Él ideado e impuesto; sufrir carencias o desgracias no es malo, si nos hace sentir nostalgia del Dios que hemos perdido. Si el mal nos hace daño, y lo advertimos, estamos en condiciones de buscar el Bien que nos falta. Por mal que nos parezca, la estrategia del Dios amante es hacernos sentir que sin El no podemos estar bien. Es por pura compasión que Dios nos acosa con el mal, cuando lo hemos dejado en busca de otros bienes.

Como buen amante, el Dios traicionado trata con dureza a quien le es desleal. Y es sufre cuando no es correspondido, y se encela si no es respetado. Prueba su amor indefectible el que se sienta herido por nuestras deserciones. Cuando más dolido esté, menos resignado a perdernos se muestra. Si con el mal infringido no ha logrado recuperarnos, intentará amarnos sobre manera; en lugar de castigarnos con justicia, nos abrumará con su misericordia. Para conseguir nuestra conversión, se convertirá El, de nuevo, en tenaz e incansable amante. Su compasión prevalecerá sobre el desengaño, una terco ternura sobre su cariño maltratado. Para merecernos ese Dios, no hace falta ser bueno. Basta con haberle sido infiel. Y para lograr que vuelva a nosotros, no tenemos que volver a El. Basta con que El lo quiera. Abandonado Él, no desampara a quien lo dejó plantado.

Un Dios así, que se ‘convierte’ y reconquista a su pueblo, necesita de amantes traicionados que sepan, cuando hablen de Él, lo que dicen porque lo han experimentado. Un profeta que no conozca el desengaño amoroso no resulta creíble cuando habla de un Dios desengañado. Sin heridas en la vida personal mal se puede representar un Dios que ha sido lastimado. El Dios que nos ha escogido como sus mensajeros cuenta que nuestras vidas sean imagen visible de su mensaje. Es el precio que hay que pagar por tener un Dios, tierno amante.

Tan seguro está Dios de la fuerza de su amor que puede predecir con exactitud el día de la recuperación de su pueblo: aquel día volverá a descansar entre sus brazos su amada. No hay que pasar por alto que mientras el castigo y la destrucción están garantizados (1,4-9; 2,4-15), la salvación es todavía sólo una promesa. Pero el simple hecho de que a Dios le siga interesando su pueblo, lo convierte en rehén de su elección: no ha dejado de amarlo, ni siquiera cuando era traicionado; no ha dejado de sufrir, porque siempre lo ha querido. Todo el trabajo lo va a llevar a cabo Dios: a su pueblo se le pide – y para ello le es anunciado con tiempo – que se deje hacer, que permita ser amado. Y es que cuanto promete Dios no va condicionado a un cambio de conducta: Dios, amándola de nuevo y mejor, pretende lograr la conversión: de amada por El en amante de El.

En la relación con su Dios lo que más cuesta al creyente no es volver cuando se ha alejado, sino no dudar de su amor cuando se le ha traicionado. Que nos ame antes incluso de conocerlo, puede ser una agradable sorpresa. Que nos siga amando cuando lo hemos dejado de amar, por amar a otros, es misterio incomprensible. No permanece indiferente frente a nuestra indiferencia, se siente herido por nuestra frialdad, lo maltratan nuestras infidelidades, porque nos ama sin medida. Por no perdernos está incluso dispuesto a perderse el respeto, a pasar por la humillación de su amor no correspondido. Nuestro Dios es un Dios que, fiel a si mismo, no puede consentirse ser infiel a nosotros. Querámoslo o no, siempre seremos para El su pueblo, siempre será para nosotros nuestro Dios.

3. Mi Dios

Mira que eres ocurrente, Señor: llamaste a Oseas para que fuera portavoz de tu desengaño y anunciador de desgracias cuando tu pueblo vivía en el cenit de su gloria, ebrio de poder. No parece muy acertado elegir, en tiempo de bonanza, profetas de desventuras. Y es que no te fijas en cómo vemos nosotros la realidad ni siquiera en si nos sentimos a gusto con ella; te riges por lo que ven tus ojos y siente tu corazón. Nos juzgas no según nuestras obras, sino conforme a tu plan de salvación. Guiado por tu amor, no te dejas llevar por las apariencias; persigues siempre nuestro bien. Quizá por eso, no te entendemos bien cuando nos hablas, ni te escuchamos cuando nos avisas.

Te tengo miedo, lo reconozco, Señor. Temo que me hayas elegido para revivir tu propio drama; temo que para hacerme portavoz tuyo me obligues a experimentar desamor e infidelidades. ¿Por qué no me ahorras sufrimientos que conoces tan bien porque los has padecido? Pero, ¿podría sería creíble yo si hablara de males sin haberlos probado antes? ¿Cómo representarte dignamente si no sé por experiencia lo que digo, si te conozco solo de oídas, si desconozco lo que pasa por tu corazón? ¿Cómo hablar de tu amor herido sino sé que se siente cuando me hiere quien amo?

No desesperes de mí. Confía en el poder, en la imaginación, de tu amor. Y si no logras que me convierta a Ti, conviértete Tu a mi. Mírame, compasivo y sálvame de mi mismo. Llévame donde pueda oírte solo a Ti, aunque sea un desierto; si allí me hablaras al corazón, se agrandaría mi capacidad para escucha; me sería más fácil escucharte. Empéñate en reconquistarme. Gáname para ti. Hazte adorable a mis ojos y en mi corazón, y no me volveré a perder otra vez buscando a amantes a quienes adorar. No me abandones, por más veces que yo te haya dejado. No tomes en cuenta mi desvarío. Quiero volver contigo y revivir los días felices en que Tu eras mi único Dios.

Enamórame de ti. Tu no puedes dejar de quererme, porque soy tuyo. Volvamos al amor primero, cuando Tu llenabas mi corazón y saciabas mis afanes. Sé que puedo contar con ello, porque tu me eres fiel y no puedes renegar de tu promesa. Aparta de mi boca, borra en mi corazón, los nombres de todos los señores a los que he servido. Quiero oír de nuevo tu palabra de compromiso: soy tu esposo, no tu amo; soy tu amante, no tu dueño.

Reconozco que nunca te he merecido. Ni cuando me conquistaste por vez primera, ni cuando ahora me quieres reconquistar. Y no me explico qué puedas ver en mi que tanto te atraiga. Puesto que no encuentro en mí el motivo, tendrá que estar en ti. Me admira que tengas necesidad de mi para amar y ser amado. Esa es la fuerza que guía tu actuación y tu debilidad, que te hace vulnerable a mi menosprecio. Ellas son mi oportunidad, mi buenaventura. Vuelve a usar tu misericordia y ternura conmigo. Si las siento en mi corazón, si te descubro en él, te conoceré íntimamente y me habrás conquistado. No tardes, pues, en volver a desposarte conmigo. Acepto ser amado por ti para siempre.

Compadécete de mi, como me has prometido. Haberte causado dolor es la mejor prueba de lo mucho que te importo. Que mi pecado te siga hiriendo, para que yo sepa que me sigues deseando. Que mi ausencia te duela, para que no me quepa duda de que me echas en falta. Saber que me necesitas me ayudará a volver a Ti, enternecido ante tanta ternura. Serás mi Dios, si me muestras tu compasión; seré tu amado, si eres misericordioso.


1 Texto para Forum.com.
2 PABLO VI, Homilía (23 junio 1968): Insegnamenti VI (1968), 1176-1178.

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José C. Rey García Paredes, CMF

 

Escribí estas reflexiones hace unos meses. En este año de la vida consagrada he podido encontrarme con religiosas y religiosos de varios países (Oriente y Occidente, Norte y Sur). Pero, al llegar de nuevo aquí, a Europa me he topado con este breve texto que escribí a vuela (¡no pluma!, sino vuela-ordenador) después de concluir la lectura de un libro que me llegaba al alma. Se trataba de un autor: Francis Spufford, anglicano, esposo de la Reverend Dr Jessica Martin. Y de un título: Impenitente, una defensa emocional de la fe (en inglés Un-apologetic). Estas líneas le deben mucho, sus expresiones y palabras. Especialmente al último capítulo titulado “Consecuencias”. Lo que Francis Spufford refiere a una iglesia anglicana en minoría, puede ser referido a una vida consagrada “pequeña minoría”.

Las imágenes de perfección no son para nosotros. En otros tiempos era así como se explicaba nuestra identidad: institutos de perfección, tendencia a la perfección. Tampoco las imágenes de la “excelencia”. Creemos, eso sí que el ser humano puede mejorar. Eso nos reconforta, pero no podemos creer que la humanidad pueda alcanzar un estado en el que todos nuestros deseos se encuentren en misteriosa armonía y nuestros corazones bien limpios y desinfectados. Eso no va a ocurrir. Bonhoeffer definía al santo como “un pecador de quien Dios ha tenido misericordia”.

El reino de Dios es nuestra utopía, nuestro sueño. Es un sueño imposible de realizar en el ambiente del poder. También el Reino es una imposibilidad para nuestros esfuerzos y programas. Pero creemos que el Reino de Dios cambia la forma del mundo presente y tira de nosotros sin parar y nos prometa una plenitud y una bondad más allá de nuestros límites. Vemos presente el Reino allí donde descubrimos plenitudes y bondades que jamás habríamos sido capaces de imaginar, de administrar. Y llegamos a esa visión porque hemos emprendido el camino de lo imposible.

Mi vida consagrada se está ahorrando muchas tentaciones del poder, gracias a su estado de declive. Existe la creencia entre los poderosos de que nuestro declive nos debería preocupar mucho. Piensan que deberíamos vivir en un estado permanente de agonía; que deberíamos gritar de abatimiento y de humillación por haber perdido la antigua posición de dominio que ocupábamos en la Iglesia o en la sociedad. Pero yo no creo que esto sea del todo cierto. Hay algunos aspectos beneficiosos en el estado de la vida consagrada: su inclusividad para rehacerse a partir de muchos pueblos y culturas, su disponibilidad para ayudar a todo el que pueda necesitarlo, tantas oraciones secretas que laten en nuestros corazones, tantos actos de fe y tantas súplicas internas y externas de perdón… El peso del poder es una carga que una vez desaparecida no se echa de menos.

Quizá los y las más mayores añoremos otros tiempos: cuando éramos muchos más – mayoría en nuestras instituciones-, mayoría en el ámbito eclesial. Cuando éramos el “plan B”, alternativo a los proyectos que no salían, cuando nos consideraban y nos considerábamos “iglesia por defecto”: si los demás no oraban, nosotros sí; si los demás no tenían una gran implicación en la misión, nosotros sí; si los demás llevaban una vida relajada, nosotros sí. Pero esa vida religiosa comenzó a morir hace tiempo Y hoy no existe.

Gracias a eso, la vida religiosa no es vehículo de la ambición de nadie. La vida religiosa se ha desligado de la soberbia de los soberbios. Gracias a eso, cada vez se cuenta menos con ella para integrarla en la casta de los “dignatarios”. Gracias a eso, ya no pensamos que para llegar a Dios necesitamos una jerarquía que va del pobre al rico, del rico al rey y del rey a Dios. Ni tenemos la pretensión de ir ascendiendo en una escala de peor a mejor. Gracias a eso, nuestra forma anómala, extraña de vivir, se hace visibile de nuevo. Podemos mostrar y los demás pueden distinguir mejor “nuestra alternativa””nuestra vocación contracultural”: pueden ver que no “somos tanto”, que somos unos pecadores de lo que Dios tiene misericordia. Vamos, ¡que molamos poco! Que somos incompletos, incapaces de convertirnos en una de esas personas tan dueñas de sí mismas que aparecen en los folletos o en la calculadora sin amor que es el Hombre Económico.

Sí, somos pocos, somos una pena. No remontamos. Y eso es bueno. Aunque sería agradable que en la Iglesia hermanos nuestros en la fe nos trataran mejor y no esgrimieran algunas personas burdas caricaturas de la vida consagrada, como a veces ocurre en los blogs religiosos, poniendo en ridículo nuestros defectos físicos o juzgándonos solo por fotografías o nuestra apariencia. ¡Menos mal que Jesús “no juzgaba por apariencias!” (Mc 12,14; Jn 7,24).

Sería agradable que nuestros hermanas en la fe comprendieran que una vida cristiana sin metáforas, sin poesía, no sirve de guía a quienes no pueden entenderse a sí mismos sino a través de la metáfora. Sería agradable que la gente comprenda que el mundo tiene su hechizo, su encanto y que es imposible desechizar el mundo: para eso estamos nosotros, para ser testigos minoritarios de su encanto.

Los y las jóvenes dentro de la vida religiosa europea pueden decir: ¡somos una pequeña minoría! Y esto es, puede ser, una buena noticia. Es cierto, de todos modos, que se trata de una minoría con poca o ninguna influencia en el conjunto de la Iglesia de la sociedad. Pero, he aquí lo que decía Nietzsche:

Ser independiente es cosa de una pequeña minoría, es el privilegio de los fuertes.

Nuestros monasterios, conventos, casas religiosas seguirán abiertas, aunque no sean tantos los que llamen a nuestras puertas. Seguirán ofreciendo un estilo de vida en el que se ofrecerá quietud, meditación, conversación permanente con Dios. Seguirán ofreciendo trampolines para lanzarse a una misión que no será agotadora, sino simbólica –sobre todo-, dinamizadora de la sociedad solidaria. Serán espacios donde la gente podrá venir para verse en el espejo y descubrir cómo somos y aceptar nuestra belleza natural y limitada sin maquillajes, sin photoshop, aceptándonos y descubriéndonos en el escenario de la Creación: “y vió Dios que era bello-bueno” y de la hermandad (¡qué bello-bueno los hermanos unidos!” (Salmo 133)..

Los monasterios, conventos, casas, seguirán abiertas aunque dentro queden ya unos pocos ancianos y ancianas y algunos jóvenes. En ellos latirá la alegría. Serán personajes de luz, y desde allí serán “sal de la tierra”, “luz del mundo”. Jesús seguirá mirándonos desde el centro de la multitud enfurecida. Dios seguirá ahí, iluminándonos. Abrirán sus puertas como “hospederías del Espíritu”: simplemente cómo territorios para los “sin papeles” que sienten nostalgia de lo sagrado.

Los monasterios, conventos, casas serán los lugares de Dios; allí donde se tiene la sensación de que Dios existe. Y que está, sigue estando, a pesar de que este mundo no es ya el que Él soñó y creó; y todavía no es aquel que Jesús liberó e inaguró con la llegada del Reino. Cuando conseguimos acallar nuestros ruidos durante un rato, tenemos la sensación de que Dios existe. Por eso tiene sentido actuar emocionalmente como si existiera. Tiene sentido desafiar el tiempo condicional. Es una sensación de esperanza, una sensación realista, una sensación de seguir intentándolo a pesar de ser pocos, a pesar del agotamiento.

La sensación recomendada por nuestra incómoda hada de los cielos, que dice: “No seas cauto. Que no te sorprenda ninguna crueldad humana. Pero no temas. Pueden repararse muchas más cosas de las que crees”1.


1 Francis Spufford, Impenitente: una defensa emocional de la fe, Colección Noema. Turner Publicaciones, Madrid, 2014

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Koldo Gutiérrez, SDB

“El hombre se resiste a caminar si no presiente
una puerta abierta hacia el futuro”

(Teilhard de Chardin)

El Señor llama a tu puerta, pide permiso para entrar en tu vida, te invita a vivir un encuentro de amor y de ternura. Él llama y si abres, si aceptas la invitación, experimentarás la misericordia de Dios revelada en Jesús, el rostro de la misericordia divina. Él hará de ti una persona misericordiosa como el Padre.

1. La misericordia y el discernimiento en el Papa Francisco

Cuatro días después de ser elegido, el Papa Francisco saludaba al Pueblo de Dios reunido para el rezo del Ángelus en la Plaza de San Pedro. En su saludo decía que acababa de leer un hermoso libro del cardenal Kasper cuyo título era “la misericordia”. De manera sencilla introducía el tema de la misericordia que está siendo un tema clave para entender su pontificado.

Unos cuantos años, al ser nombrado Obispo auxiliar de Buenos Aires, Jorge Bergoglio había escogido como lema de su pontificado “miserando atque eligendo” (“mirándolo con misericordia lo eligió”). Esta expresión está tomada de una homilía de San Veda el Venerable donde comentando el relato de la vocación del publicano Mateo dice: “Jesús mirándolo con misericordia lo eligió”. En este lema episcopal podemos ver trazadas las claves fundamentales con las que el Papa Francisco está ejerciendo su pontificado: la misericordia y el discernimiento.

a) A los cincuenta años de la clausura del Concilio Vaticano II

Con ocasión de los cincuenta años del final del Concilio Vaticano II, Francisco ha propuesto celebrar un “Año Santo de la misericordia”. El Concilio había comenzado tres años antes. Juan XXIII en la sesión de apertura decía que la Iglesia quiere usar mejor la medicina de la misericordia que la severidad. Este mensaje caló profundamente en los padres conciliares. De este mismo modo, en la sesión de clausura, el día de la Inmaculada del año 1965, Pablo VI hablaba de una Iglesia misericordiosa afirmando que la espiritualidad del samaritano había penetrado todo el Concilio.

Cincuenta años después de esta sesión de clausura, también en un día de la Inmaculada, el Papa Francisco abría oficialmente en la basílica de San Pedro la Puerta Santa, dando inicio a un “Año santo de la Misericordia”. Tres semanas antes había abierto otra Puerta Santa esta vez en Bangui, capital de la República de Centro África, uno de los lugares del mundo más castigados por la pobreza, la violencia terrorista y la guerra. No es descabellado decir que al abrir la Puerta Santa en Bangui el Santo padre está indicando que le gustaría que para hablar de la misericordia fijemos nuestra mirada en los pobres y en los graves problemas del mundo.

b) La Puerta santa pone en relación cielo y tierra

Una puerta pone en relación dos espacios. ¿Qué espacios pone en relación la Puerta Santa de la misericordia? Traspasar esta puerta permite experimentar en la propia vida la misericordia que Dios regala. Traspasar esta puerta es desear ser misericordiosos como el Padre. Quien ha experimentado misericordia, quien se ha sentido querido y perdonado, está preparado para ejercer misericordia.

La puerta es Cristo. “La Puerta simboliza al mismo Jesús. Cuando pasamos por ella manifestamos nuestra confianza en él y el deseo de una verdadera conversión. Jesús nos anima a salir al encuentro de los demás para llevarles su amor” (Francisco).

En el capítulo 10 de su evangelio, San Juan presenta a Jesús como la puerta por donde se podrá entrar y salir (Juan 10, 9). El evangelista afirma que Jesús es el Buen Pastor que conduce a sus ovejas a sí mismo porque Él mismo es la puerta que lleva a la vida. Quien entra en el ámbito de Dios, a través de Jesús, llega a la plenitud de la vida: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Juan 10, 10). Santa Teresa de Jesús lo entendió perfectamente y por eso decía a sus hermanas que por esa puerta debemos entrar, por Cristo en su humanidad.

Jesús pone en relación lo divino y lo humano, el cielo y la tierra. Atravesar la puerta que es Jesús lleva hasta la plenitud de la vida que nos ofrece el misterio de Dios. Atravesar la puerta que es Jesús lleva a ese espacio donde están los pobres y los problemas del mundo, la situación del ser humano y de la creación entera. Ese es el espacio de la misión donde el Señor envía a la Iglesia con un mensaje de vida y esperanza. Esta Iglesia misionera es la Iglesia en salida de la que gusta hablar el Papa Francisco.

2. La perenne actualidad de la misericordia

Tenemos en nuestra memoria el recuerdo de experiencias que nos han hecho daño y de otras experiencias que nos han hecho bien. Estas últimas han iluminado con su alegría nuestro corazón y han hecho de nosotros mejores personas. De entre estas experiencias transformadoras, la misericordia ocupa un lugar destacado, y se deja acompañar por la compasión y el consuelo.

En este tiempo hablamos mucho de la misericordia, ojalá sepamos hacer misericordia. Está claro que la misericordia está teniendo un renovado protagonismo en la pastoral de una Iglesia que quiere caminar junto a los hombres y mujeres de este tiempo, dejándose iluminar por el misterio de amor misericordioso y fiel que es Dios.

a) Dios misericordioso y fiel

“Misericordia es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad” (MV 2). En la Sagrada Escritura puede verse que la misericordia es la palabra que mejor expresa cómo es y cómo actúa Dios. La Escritura, al hablar de Dios, dice de Él que es misericordioso y fiel. Con esta convicción podemos leer la Escritura entera, así como nuestra propia vida personal y la vida de nuestras instituciones. Es de un gran consuelo poder reconocer que Dios me ha sido misericordioso y fiel a lo largo de mi vida; que, en este momento, me está siendo misericordioso y fiel; y que tengo la confianza de que en el futuro me será misericordioso y fiel.

La misericordia no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la que Dios revela su amor, un amor como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. “Cuando Israel era joven lo amé y de Egipto llamé a mi hijo. Cuando más lo llamaba, más se alejaban de mí… Pero era yo quien había criado a Efraím, tomándolo en mis brazos; y no recocieron que yo los cuidaba. Con lazos humanos los atraje, con vínculos de amor. Fui para ellos como quien alza un niño hasta sus mejillas. Me incliné hacia él para darle de comer… ¿Cómo podría abandonarte Efraím, entregarte, Israel?” (Oseas 11. 1-4, 8).

b) Jesús revela el rostro misericordioso de Dios

La misericordia es el principal atributo de Dios y se ha manifestado de una manera singular en Jesucristo. Jesús revela el rostro misericordioso del Padre, con sus palabras y sus gestos revela la misericordia de Dios. Es decir, a través de Jesús, Dios ha revelado que me ama, que me tiene misericordia, perdón, ternura.

Podemos decir que la misericordia es la clave para entender el Evangelio y toda la vida cristiana. Para el Papa Francisco el corazón del Evangelio está en el mensaje de la misericordia divina.

Por eso, el Santo padre propone que contemplemos el misterio de la misericordia porque encierra una fuente de alegría, de serenidad y de paz. En definitiva, la misericordia divina es condición para nuestra salvación. Flay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia que recibimos en Jesús para poder ser también nosotros mismos signos eficaces de la misericordia del Padre. Un Año santo es un tiempo oportuno.

c) Una Iglesia misericordiosa para un mundo herido

Para Francisco “la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo” (MV 12).

El Papa habla de la Iglesia como el Pueblo santo de Dios que es sacramento de misericordia. “La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (EG 114).

Francisco gusta hablar de la Iglesia en femenino. Dice de la Iglesia que es madre y maestra. La Iglesia es una madre de corazón abierto que sale al encuentro de todos. El Papa también habla de una Iglesia como discípula que sabe escuchar a su Señor y al Pueblo santo de Dios.

El Papa quiere una Iglesia misericordiosa para un mundo herido. Así se expresaba en una entrevista a la revista la Civiltá cattolica: “Lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla”.

d) Una Pastoral de la misericordia

Que el Papa propone una pastoral de la misericordia queda claro cuando afirma: “Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios. A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros” (MV 5).

De esta manera estamos llamados a vivir de misericordia porque a nosotros en primer lugar hemos experimentado misericordia. ¿Qué puede ser desarrollar una pastoral de la misericordia? En la bula Misericordiae Vultus se proponen estos cuatro pasos: anunciar la misericordia; ser misericordiosos como el Padre; salir hasta las periferias existenciales; encargarse del anuncio alegre del perdón.

e) ¿Justicia o misericordia?

Muchas veces se dice que lo importante es la justica. ¿Son incompatibles la justicia y la misericordia? ¿Puede darnos alguna luz la Escritura?

Jonás fue un profeta que recibió el mandato de Dios para predicar la conversión a los habitantes Nínive. Cuando el profeta recibió este mandato se sintió contrariado e intentó huir a Tarsis, el lugar que había encontrado más alejado de Nínive. ¿Por qué huyó? Él mismo lo explica: “Me apresuré a huir de mi tierra porque sé que eres un Dios misericordioso” (Jonás 4,2). A Jonás no le gustaba que Dios fuese misericordioso porque pensaba que los ninivitas no merecían ninguna misericordia. ¿Qué quería Jonás para los Ninivitas? El profeta quería que Dios aplicara toda su justicia contra aquel pueblo porque consideraba que los ninivitas no merecían la misericordia de Dios. El relato no oculta el enfado de Jonás y deja ver la tristeza que anida en el corazón del profeta que incluso se desea la muerte. Un mundo sin misericordia puede generar mucha tristeza.

En el evangelio de San Lucas encontramos otro ejemplo. Me refiero a la parábola del padre misericordioso. En este relato se habla de un padre que acoge y perdona con inmenso amor a su hijo que había abandonado su casa y que había dilapidado su fortuna y su dignidad viviendo perdidamente. En esta ocasión lo que me interesa es destacar la actitud del hijo mayor. Este se entristeció por el regreso de su hermano. El hijo mayor consideraba que no era justo el proceder misericordioso de su padre. Un mundo sin misericordia puede generar mucha tristeza y soledad.

En la ceremonia que sirvió para la apertura de la Puerta Santa en la basílica de San Pedro se siguió esta secuencia: Francisco desde fuera de la basílica llamó a la puerta exclamando “¡Abrid las puertas de la justicia!” Desde el interior se abrieron las puertas dando paso al espacio de la misericordia. Los cristianos afirmamos el valor de la justicia y, al mismo tiempo, afirmamos un valor más radical: la misericordia.

¿Son incompatibles la justicia y la misericordia? “Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla. Por esto Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón” (MV 21).

A algunos podría parecer que esta reflexión es solo un bello discurso teológico. Creo que no es así. En la Iglesia hemos escuchado últimamente algunas voces que afirman que cuando se destaca mucho la misericordia estamos construyendo una religión de plastilina. No lo ve así el Papa Francisco quien, citando a Santo Tomás de Aquino, afirma: “En sí misma la misericordia es la más grande de las virtudes ya que a ella pertenece volcarse en otros y, más aún, socorrer sus deficiencias. Esto es peculiar del superior, y por eso se tiene como propio de Dios tener misericordia, en la cual resplandece su omnipotencia de modo máximo” (EG 37). La omnipotencia de Dios se hace concreta en su infinita misericordia.

f) El primado de la Gracia y la jerarquía de verdades

Encontramos argumentos de peso cuando el Santo padre habla del primado de la gracia y de la jerarquía de verdades.

“El principio de la primacía de la gracia debe ser un faro que alumbre permanentemente nuestras reflexiones sobre la evangelización” (EG 112). ¿Por qué es tan importante el primado de la gracia? La gracia sitúa al hombre en lo que tenemos que reconocer como don y regalo, no como conquista o mérito. De esta manera hay que afirmar que podemos tener muchas cualidades pero eso no significa que nos encontremos aún cerca de Dios que se nos ha revelado lleno de amor y misericordia en Jesucristo. Es decir, la gracia acerca por puro amor a Dios misericordioso y fiel.

También propone el Papa, como había hecho el Concilio Vaticano II, la necesidad de una jerarquía de verdades. “Todas las verdades reveladas proceden de la misma fuente divina y son creídas con la misma fe, pero algunas de ellas son más importantes por expresar más directamente el corazón del Evangelio. En este núcleo fundamental lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado” (EG 36). Con la misericordia tocamos la verdadera identidad del cristianismo que habla de un Dios que, por su misericordia, se abaja hasta el punto de hacerse hombre y morir en una cruz por puro amor. Esto es lo que vamos a celebrar en estos días de Navidad.

3. La Navidad es un misterio de Misericordia

Después de detenerme en ofrecer unas consideraciones sobre la misericordia quiero proponer una meditación de Navidad partiendo de algunos textos del Evangelio de San Lucas, al que se califica como el evangelio de la misericordia. Basta recodar las tres parábolas del capítulo 15 en las que Lucas habla de un pastor que sale en busca de una oveja perdida, de una mujer que se alegra por haber encontrado una moneda que había extraviado, de un padre misericordioso que recupera a un hijo que se había alejado de su casa. Ya en el capítulo 10 de su evangelio había hablado del buen samaritano que es misericordioso con aquel hombre herido. Estos textos han traspasado fronteras, culturas y religiones.

Tenemos en los tres primeros capítulos de San Lucas una obertura del Evangelio porque en estos textos el evangelista deja ver los temas que después va a desarrollar: el amor misericordioso de un Dios que ha querido abajarse haciéndose uno de nosotros en Jesucristo; el proyecto de Dios que regala salvación en Jesucristo; la disponibilidad del ser humano, visible en María, para la colaboración con el plan de salvación de Dios.

En esta meditación me fijo especialmente en María y veo en ella a la Iglesia de quien la madre del Señor es modelo. Por eso, hablo de una Iglesia que acoge el mensaje de la salvación, una Iglesia que sale hasta las periferias existenciales, una Iglesia portadora de la misericordia salvadora de Dios.

a) Una Iglesia que acoge el mensaje de la salvación

La escena de la anunciación empieza con vigor: ¡Alégrate! Este saludo es fundamental para entender no solo el resto del relato, sino la verdad del Evangelio y de la vida cristiana.

Gabriel dirige la palabra a María por tres veces: “El Señor está contigo”; “Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús”; “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…el que va a nacer se llamará Hijo de Dios”. María responde al ángel de tres maneras: la primera reacción es temor y conmoción; después pregunta “¿Cómo sucederá…?”; y después dice “Aquí tienes a la esclava del Señor”. Lucas describe en María a la primera y perfecta cristiana. Es cierto que abrirse a la voluntad de Dios, decir “hágase…”, es la clave fundamental de la vida cristiana.

Como María, en el proceso de acoger en nosotros la voluntad de Dios, podemos vivir momentos de miedo y de conmoción, hacer preguntas, pero lo fundamental es abrirse a la voluntad de Dios. Antes de llegar hasta aquí, María pregunta, medita en su corazón, dialoga consigo misma sobre el significado del anuncio. Lucas dibuja la escena en un ambiente de serenidad y de silencio. El silencio es como un respirar hacia dentro y el hablar es como un respirar hacia fuera.

Acaba el relato diciendo “y el ángel la dejó”. El ángel deja a María pero la misión permanece. Ella mientras tanto va madurando la cercanía interior de Dios.

Cuando el ángel se va llegan las dificultades. A pesar de todas las dificultades en María quedarán como bálsamo aquellas palabras: ¡No temas!

Una Iglesia en salida hasta las periferias existenciales

María es para nosotros el modelo para acoger la misericordia de Dios, “El señor ha hecho en mi maravillas”, y para ejercer la misericordia de los sencillos, “se puso en camino”.

María podría haber pensado que debía prepararse para ser madre, que ya tenía bastante con cuidarse ella misma y cuidar a la criatura que llevaba en su seno, sin embargo se puso en camino hacia la montaña de Judá para ayudar a su prima Isabel. ¿Quién estaba poniendo en movimiento a María? La presencia de Jesús en sus entrañas impulsa a María a ponerse en camino. El amor de Dios cuando ha enraizado en nuestras entrañas pone en camino y envía.

Cuando llega a casa de su prima, María saluda a Isabel quien aprecia su generosidad y nota que el niño que lleva dentro salta en su interior. Isabel manifiesta a María su agradecimiento, “¿quién soy yo?”, y hace una bienaventuranza de la fe, “dichosa tú que has creído”. Como respuesta a estas palabras de Isabel, María quiso dar voz a todos los pobres de la historia cantando la misericordia de Dios.

En esta escena tenemos una fotografía de la Iglesia en salida que va a las periferias existenciales con intención de ayudar y servir. Una Iglesia que lleva en sus entrañas al Salvador no queda encerrada en sus dificultades. Salir es abrir una vía de conexión con los otros, es tener en el centro de la existencia al Señor, es atender al envío de quien ha escuchado y visto el clamor de su pueblo.

Una Iglesia portadora de la misericordia salvadora de Dios

La escena del nacimiento de Jesús es única. Vemos la fragilidad del Salvador, que fue depositado en uno de los comederos, así como la presencia de la creación entero simbolizada en los animales y las estrellas. Vemos la colaboración del Pueblo santo de Dios concretado en los sencillos: María, José y los pastores. Vemos la alegría que tare la fe, la fuerza que acompaña a la esperanza y la vida que surge del amor.

“Mientras estaban en Belén, le llegó a María el tiempo del parto, y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre porque no había sitio para ellos en la posada” (Lucas 2, 6-7).

Lucas pone en escena un coro de ángeles que cantan: ¡Gloria a Dios en lo alto del cielo, y en la tierra paz a los hombres que gozan de su favor! Nosotros gozamos del favor del Señor y de su elección. Nosotros, como todo el Pueblo, dice el evangelista. Vemos en estas palabras del ángel que evangelio y paz van unidos.

“Había en aquellos campos unos pastores que pasaban la noche al raso velando sus rebaños. Un ángel del Señor se les apareció y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Entonces les entró un gran miedo, pero el ángel les dijo: ‘No temáis, pues os traigo una buena noticia de gran alegría, que lo será también para todo el pueblo: Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre’. Y de repente se juntó al ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: ‘Gloria a Dios en lo alto del cielo, y en la tierra paz a los hombres que gozan de su favor’“ (Lucas 2, 8-14).

Este es el texto que leemos en la Misa de Gallo, la víspera de Navidad. En la escritura cuando habla un ángel lo que cuenta es el significado de lo que está aconteciendo. Es decir Lucas dice que el núcleo del evangelio es una buena noticia; Jesús. De él dice que es el Salvador, el Mesías, el Señor.

El que los pastores sean quienes reciben el anuncio del ángel es un detalle significativo. Jesús es buena nueva para los humildes, los despreciados y los pobres. En el resto del evangelio se irá contando esta buena nueva a través de las curaciones, las comidas de Jesús, la acogida a los que sufren y a los pecadores.

Lucas adorna su evangelio con una gran alegría. En estos capítulos pone tres himnos llenos de música, de esperanza, gozo y alegría. Encierran en sí la esperanza de los primeros cristianos, también las esperanzas de los cristianos de todas las épocas. Los recordamos porque son habituales en la liturgia de las Horas: Benedictus, Magnificat y Nunc Dimitís. Estos himnos unen lo que nosotros muchas veces separamos: espiritualidad y pasión por este mundo. Nuestra celebración de Navidad siempre ha estado unida a expresiones de gozo, de paz y de alegría. Es una forma adecuada de vivir la Navidad.

Acabo este apartado recordando que todo Adviento ha supuesto un tiempo de preparación, un tiempo de cambio y conversión. Arrepentirse es apartarse de los señores de este mundo y volverse a Dios, regresar a Dios. Arrepentirse es “ir más allá de la mentalidad que tienes”. Esta perspectiva de la conversión es muy actual y costosa para todos. Cuando también en nosotros va quedando el poso de ver las cosas sólo desde mi manera, mi mentalidad, mis esquemas… convertirnos es asumir los sentimientos de Cristo Jesús. Recordemos las palabras de San Pablo: “No hagáis nada por ambición o vanagloria, antes con humildad tened a los otros por mejores…Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Fil 2,3).

Convertirse, por lo tanto, es mirar de una manera diferente, la mirada del Señor. Quisiera resaltar un detalle que para mí es significativo. Cuando los sabios se encontraron con el Señor, volvieron por otro camino. El Señor cambia nuestra vida. Un encuentro, una experiencia, produce un cambio.

¿De quién viene la Paz del mundo de Cristo o de tantos otros señores que reclaman nuestra atención? Lo importante de la Navidad no son los espumillones, bien lo sabemos, sino los medios para hacer posible esa paz en la tierra que quiere el Señor.

4. Una Pastoral Juvenil mística y de la misericordia

El símbolo de la Puerta Santa que une lo divino y lo humano, el cielo y la tierra, me anima a proponer una Pastoral Juvenil mística y de la misericordia.

a) Una Pastoral Juvenil mística

Hablar de una Pastoral Juvenil mística puede sonar extraño. Algunos unen la palabra mística a tener experiencias extraordinarias. Si fuera así resulta difícil comprender que una espiritualidad que quiere ser de lo cotidiano pueda ser mística. Por eso, creo que es importante explicar qué entendemos por mística.

Cuando hablo de mística me refiero a la experiencia de la fe. “La experiencia mística,…, no es más que una de las modalidades de la experiencia de la fe” (Martín Velasco). Por lo tanto, una Pastoral Juvenil mística es una Pastoral Juvenil de la experiencia de la fe.

Han pasado cuarenta años de aquellas palabras de Karl Rhaner: “el cristiano del futuro o será un místico, es decir, una persona que ha experimentado algo o no será cristiano. Porque la espiritualidad del futuro no se apoyará ya en una convicción unánime, evidente y pública, ni en un ambiente religioso generalizado, previos a la experiencia y a la decisión personales”. Este es el momento oportuno para hacer visible al cristiano místico, al joven cristiano místico, para apostar por una pastoral juvenil mística.

Una Pastoral Juvenil mística pone en relación cielo y tierra, quiere encontrar los mejores caminos pedagógicos para acompañar hasta la experiencia de Dios, y propone atravesar la puerta de la fe.

Poner en relación cielo y tierra

Los seres humanos somos criaturas de contexto. Vivimos en un contexto que llamamos de secularización. La secularización es un fenómeno complejo y dinámico que no significa siempre lo mismo ni tampoco es semejante en todas las partes. De este proceso quiero hacer notar que hoy hay muchas personas que orientan su vida sin necesidad de la religión. Me interesa hacer ver la pérdida del sentido de transcendencia visible en el alejamiento de la fe en Dios. Para muchos Dios no es algo necesario para entender la vida y desplegar la existencia. En Europa parece que Dios no interesa, especialmente el Dios revelado en Jesucristo. Esta situación es un gran reto pastoral.

Si miramos la historia del primer cristianismo podemos ver que desde muy pronto las comunidades cristianas se preguntaron cómo estar presentes en este mundo. San Pablo propuso dos criterios: “No os acomodéis a este mundo” (Rom. 12, 2) y “examinad todo y retened lo bueno” (1 Tes. 5,21). San Mateo expresó esto de manera distinta: “Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo” (Mat. 5,5). Según el evangelista, los cristianos están en medio del mundo como sal y, al mismo tiempo, tienen algo que ofrece como luz. Estos criterios los encontramos dos siglos después en la carta a Diogneto. “Los cristianos no se distinguen del resto de la humanidad ni en la localidad, ni en el habla, ni en las costumbres… Su existencia es en la tierra, pero su ciudadanía es en el cielo”. Una Pastoral Juvenil mística pone en relación tierra y cielo.

Porque estamos en medio del mundo como la sal es posible conectar con las preguntas de sentido de los hombres, sus deseos de felicidad, la apuesta por un mundo más justo que ilusiona a tantos jóvenes. Porque estamos en medio del mundo como la luz podemos abrir una ventana al cielo. La Pastoral Juvenil quiere escuchar y comprender las preguntas que se hacen los jóvenes de hoy, busca abrir a la experiencia de Dios. Queremos poner en relación cielo y tierra.

No podemos olvidar que el fundamento de nuestra fe es Dios y que quien pone a Dios en el centro de su existencia tiene energía para preguntarse por el hombre. La pregunta más desafiante en la secularizada sociedad europea es la pregunta por Dios que va acompañada por la pregunta sobre quién es el hombre a los ojos de Dios. En Pastoral Juvenil la pregunta sobre Dios es fundamental y también es fundamental la pregunta sobre el hombre, sobre el joven, a los ojos de Dios.

Acompañar hasta la experiencia de Dios

Si he hablado de la crisis de Dios, hablaré ahora de la pasión por Dios. Si he destacado la importancia de la pregunta sobre Dios, destacaré ahora la necesidad de acompañar hasta la experiencia de Dios. Una pregunta puede abrir a una experiencia y una experiencia puede plantear muchas preguntas.

Desde mi punto de vista se puede afirmar que una Pastoral Juvenil mística busca proponer caminos pedagógicos para despertar y suscitar el deseo de la fe, iniciar y acompañar hasta la experiencia de Dios.

Por eso, la Pastoral Juvenil mística es mistagógica. La mistagogía es el proceso que encamina hasta el encuentro con el misterio de Dios revelado en Jesucristo por la gracia del Espíritu. Los primeros pasos para este camino mistagógico consisten en despertar el deseo de Dios, hacer consciente de la propia interioridad, ayudar a conectar con las preguntas por el sentido, reconocer estar habitado por una Presencia. “Aquí tiene el proceso mistagógico un paso decisivo: el del reconocimiento de esa Presencia como centro de la propia vida, con el consiguiente descentramiento del sujeto que culmina con la entrega de sí mismo a Dios” (Marín Velasco).

Mistagogo es el educador que ayuda, propone y acompaña hasta la experiencia de Dios. ¿Qué propone? Sin duda que podrá proponer muchos caminos, dejamos apuntados algunos: el encuentro con testigos coherentes, las celebraciones litúrgicas, la experiencia de oración personal y comunitaria, la propuesta de compromisos, distintas reflexiones que ayudan a vivir y a pensar.

La importancia del IEF

“Esta sociedad comenzó siendo una simple catequesis” (CC 34). La educación en la fe es una de las características fundamentales del carisma salesiano. No podemos olvidar esta prioridad.

Como sabéis hemos renovado la redacción del Itinerario de educación en la fe. Para hacer este proceso hemos intentado dialogar con la cultura y nos hemos dejado iluminar por las nuevas perspectivas teológicas y pastorales. En este momento estamos intentando acabar el proceso de renovación de los materiales.

El Rector Mayor, don Ángel Fernández Artime, decía estas palabras en el discurso de clausura del CG 27: “Me atrevo a pedir a cada Inspectoría que también se destine a los hermanos más capaces para cuidar la pastoral juvenil y vocacional, con verdaderas propuestas evangelizadoras, desarrollando itinerarios sistemáticos de educación en la fe, privilegiando la atención a la persona y al acompañamiento personal de las mismas, proponiéndoles valientes desafíos en el discernir sus proyectos de vida, con propuestas igualmente valientes para todo tipo de vocaciones en la Iglesia, también la vocación específica salesiana en sus diversas formas, e implicando a la comunidad toda” (Discurso de clausura de don Ángel Fernández Artime, CG 27).

En estas palabras hay algunas intuiciones que viene bien no olvidar: la necesidad de itinerarios de educación en la fe, la importancia del acompañamiento, la dimensión vocacional, el valor de la comunidad.

b) Una Pastoral Juvenil de la misericordia

He hablado de un Pastoral Juvenil mística. En este texto cuando hablo de mística me refiero a la experiencia de fe. Desde la perspectiva cristiana van unidas fe, esperanza y caridad. Una Pastoral Juvenil de la fe es una Pastoral Juvenil de la esperanza y de la caridad. Una Pastoral Juvenil mística es una Pastoral Juvenil de la misericordia.

Para hacer una Pastoral Juvenil de la misericordia necesitamos tener los ojos bien abiertos y el corazón lleno de compasión. Lo vemos en Jesús y, siguiendo sus huellas, lo vemos en los santos que han permitido que su corazón se llenara de la compasión de Jesús y que han mirado la realidad iluminados sus ojos con la fe.

Viene a mi memoria el recuerdo del viaje del Papa Francisco a Filipinas. En este viaje una muchacha, que siendo niña había sido esclavizada sexualmente, preguntó al Papa: “¿Por qué Dios permite que ocurran estas cosas a los niños?”. El Papa dejó sus papeles, expresó que esta pregunta no tiene respuesta, y fijándose en Jesús habló de lo importante que es saber llorar compartiendo el dolor de quienes sufren. Francisco dejó ver que tenía los ojos abiertos y un corazón compasivo.

¿Supo hacer Don Bosco hacer una Pastoral de misericordia? Quizás sea este uno de los rasgos más visibles de su propuesta pastoral. Don Bosco con los ojos bien abiertos supo ver la difícil situación en la que se encontraban muchos jóvenes a mitad del siglo XIX en un caótico Turin. Nuestro santo vivió con corazón compasivo la situación de aquellos jóvenes, y busco’ la manera para poder ayudarles atendiendo sus necesidades básicas, enseñándoles, formándolos en un oficio, buscándoles trabajo, consolando sus desdichas, dando alegría y esperanza en sus vidas.

Estando en el hospitalito de Santa Filomena de la Marquesa Barolo, Don Bosco escribió en el año 1846 un libro titulado “Ejercicio de devoción sobre la Misericordia de Dios”. Como es habitual en Don Bosco se acercó a la misericordia divina con olfato pedagógico, y propuso a sus jóvenes experimentar la misericordia a través los sacramentos de la reconciliación y de la eucaristía, así como mediante la paternidad de los educadores.

Ejercitar las obras de misericordia

En la cuarta semana de los EE de San Ignacio, cuando el ejercitante ya lleva hecho un largo camino espiritual, estamos preparados para hacer la “meditación para alcanzar amor”. En ella, San Ignacio propone estos dos criterios: “el amor se demuestra más con hechos que con palabras”, y “más vale dar que recibir”. El primero de estos criterios propone ser concretos. El segundo invita a estar descentrado de sí mismo y estar dispuestos a la donación.

En esta misma lógica, no extraña que para el Año santo de la misericordia, Francisco proponga que ejercitemos, con hechos mejor que con palabras, las obras de misericordia corporales (dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos) y las obras de misericordia espirituales (dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos).

Una Pastoral Juvenil de la misericordia buscará concretar estas obras de misericordia. ¿Qué pide cada una de las obras de misericordia a la Pastoral Juvenil? Tenemos los criterios para responder estas preguntas: ojos abiertos, corazón compasivo, hechos más que palabras, donación y generosidad.

El sacramento de la misericordia

Queriendo explicar los motivos por los que ha propuesto un Año santo para la misericordia, Francisco decía: “Este es el tiempo favorable para curar las heridas, para no cansarse de encontrarse con quienes esperan ver y tocar con las manos los signos de la cercanía de Dios, para ofrecer a todos, la vía del perdón y de la reconciliación”.

Este año es una oportunidad para acercarnos al perdón. Hay un perdón recibido y un perdón ofrecido. Una Pastoral Juvenil de la misericordia tiene en el perdón, recibido y ofrecido, uno de sus principales argumentos. La misericordia divina vence las resistencias y rebeliones del hombre encorvado sobre sí mismo y le abre a la conversión y a la recuperación de la filiación divina. Además no es coherente recibir la misericordia de Dios y vivir después rencor, cólera, venganza. De esta manera puede leerse la parábola del siervo despiadado (Mt 18, 23-35).

“Dios está siempre disponible al perdón y nunca se cansa de ofrecerlo de manera siempre nueva e inesperada. Todos nosotros, sin embargo, vivimos la experiencia del pecado. Sabemos que estamos llamados a la perfección, pero sentimos fuerte el peso del pecado… En el sacramento de la Reconciliación Dios perdona los pecados, que realmente quedan cancelados; y sin embargo, la huella negativa que los pecados tienen en nuestros comportamientos y en nuestros pensamientos permanece. La misericordia de Dios es incluso más fuerte que esto. Ella se transforma en indulgencia del Padre que a través de la Esposa de Cristo alcanza al pecador perdonado y lo libera de todo residuo, consecuencia del pecado, habilitándolo a obrar con caridad, a crecer en el amor más bien que a recaer en el pecado” (MV 22).

Somos pecadores perdonados. No cabe duda que este Año de la Misericordia es un estímulo para buscar la manera para que los jóvenes se acerquen al sacramento de la reconciliación.

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En su misericordia Dios pone a prueba nuestro corazón

Sor Linda Pocher, FMA

Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

«La misericordia de Dios – escribe el Papa Francisco – es su responsabilidad para con nosotros. Él se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos felices, serenos y llenos de alegría» (MV9). De esta verdad fundamental de nuestra fe, que el Papa no se cansa de proclamar continuamente, están tejidas las páginas de la Biblia. A los habitantes de Jerusalén que, en el sufrimiento del destierro, se creen abandonados por Dios, Él responde por boca del profeta: ¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré” (Is 49,15). Y sin embargo, a pesar de la seguridad que la Palabra de Dios nos ofrece de la fidelidad del Padre, de la cercanía de Jesús precisamente en los momentos de dolor y del poder del Espíritu que puede devolver la vida a los muertos (Ez 37,1-14), cuando nuestra vida se ve sacudida por el sufrimiento, el abandono, la incomprensión, también nosotros nos preguntamos: si verdaderamente Dios es bueno y misericordioso, ¿por qué permite todo esto? Esta pregunta resuena también, angustiosamente, de un parte a otra de la Escritura: la encontramos en boca de los profetas y de los sabios, la encontramos frecuentemente en el libro de los Salmos (Sal 21,2; 41,4; 87,6). La hallamos incluso en boca de Jesús en la cruz que, antes de morir, grita: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34). ¿Cómo es posible, pues, conjugar estas dos realidades: la continua promesa de fidelidad por parte de Dios y la continua experiencia por parte del hombre de sentirse abandonado?

Detengámonos en la experiencia de Jesús. Ciertamente la agonía en la cruz es el momento más terrible de su aventura terrena: ¡un misterio de amor y de dolor tan grande que nunca llegaremos a entenderlo totalmente, ni siquiera en el cielo! Sin embargo, si con humildad nos dejamos guiar por el Espíritu y la Escritura, podemos intuir las coordenadas fundamentales según las cuales Jesús ha vivido el sufrimiento y la muerte, de modo que puedan convertirse en puntos claves de nuestra vida. La primera coordenada nos la ofrece Juan: el momento en que Jesús muere abandonado en la cruz, es – según su evangelio – el momento culmen de la manifestación de la “gloria” de la Trinidad, o del amor misericordioso, capaz de salvar, curar, liberar. Cierto que San Pablo añade que para ver esta “gloria” se requieren los ojos de la fe: la cruz, en efecto, es “escándalo para los Judíos, necedad para los paganos”, pero para los que creen es “potencia y sabiduría de Dios” (1Cor 1,22-25). Lo cierto es que, sin el abandono en la cruz, no podría haber ni resurrección, ni efusión del Espíritu: si el corazón del Hijo no hubiese sido traspasado por la lanza (Jn 19,34), sus riquezas no hubie- ran podido derramarse sobre nosotros.

Pero esto no es todo: la segunda coordenada nos la ofrecen Mateo, Marcos y Lucas, cuando nos dicen que el ministerio de Jesús se inicia con una terrible prueba: cuarenta días de soledad y hambre en el desierto, durante las cuales el Hijo de Dios somete su corazón a la tentación (Lc 4,1-13). Ante las propuestas descabelladas del demonio, Él demuestra su total confianza en el Padre y su determinación de serle fiel hasta la muerte. Es importante subrayar que es el Espíritu Santo quien “conduce” a Jesús en la prueba del desierto. A continuación, también Jesús vivirá guiado por el Espíritu Santo, toda su vida pública como una subida imparable hacia Jerusalén, el lugar del sufrimiento y de la entrega total de sí. En este camino hacia la cruz, de fuerza o por grado, se encuentran también implicados sus discípulos, los cuales, precisamente ante la cruz estarán sometidos a la prueba, apareciendo como una cuadrilla de oportunistas y cobardes, como los primeros necesitados de perdón y redención. Solamente después de haber experimentado el fondo de la propia pobreza, podrán renacer de lo alto, del Espíritu y convertirse en verdaderos imitadores del Maestro.

En resumen, el sufrimiento, la soledad, el abandono, no parecen ser, para Jesús, “accidentes pasajeros”, sino una parte importante de la experiencia del cristiano.

Rememoro los momentos de sufrimiento, de prueba, vividos en mi vida: ¿Cómo los he afrontado? ¿Han dejado en mí rencor, dudas sobre la bondad y misericordia de Dios?

Te buscábamos angustiados

El paso por la prueba y el sufrimiento es tan necesario que hasta María – ¡la Inmaculada que no tiene necesidad de purificación! – ha sido llevada por Jesús por esta vía, más aún, ha sido precisamente ella la primera en aprender a atesorar la experiencia del sufrimiento y del abandono por parte de Dios. Lo podemos descubrir meditando en el episodio del encuentro de Jesús en el Templo. La familia de Nazaret había ido, como todos los años, a Jerusalén para celebrar la Pascua, pero a la vuelta, Jesús se había quedado en el Templo “sin que sus padres lo supiesen” (Lc 2,43). Podemos suponer que hasta ese momento, Él había sido un niño manso y obediente, no un rebelde travieso. También por esto, probablemente, los pa- dres no sentían la necesidad de tenerle bajo control, por lo que tuvieron que sentirse totalmente desconcertados al haberlo “perdido”.

Renè Laurentin subraya el hecho de que el evangelista Lucas “describe la angustia de María con una palabra muy fuerte que, en otro lugar, emplea para describir las penas del infierno (Lc 16,24-25)”. ¿Qué es, en efecto, el infierno sino la experiencia de haber “perdido” la comunión con Dios, en el pleno conocimiento de que esto ha sucedido por propia culpa? Ciertamente los padres, en aquellos tres interminables días de búsqueda, habrán temido lo peor para el muchacho, que les había sido confiado directamente por Dios y se habrán sentido abrumados por el pesado de tal responsabilidad. Lo cierto es que aquí se cumple por vez primera la profecía de Simeón (Lc 2,35). La sorpresa consiste en el hecho de que el primer golpe de “espada” que traspasa el alma de María es asestado precisamente por el Hijo. “¿Por qué has hecho esto?” Es, en efecto, la pregunta desconcertante que brota del corazón de la Madre, al descubrir que el muchacho no se había perdido, sino que deliberadamente había decidido no seguir a sus padres. En su respuesta, Jesús emplea “por primera vez, uno de los procedi- mientos… más desconcertantes de su enseñanza: emplea para responder el término empleado en la pregunta, pero con significado totalmente diverso, un significado espiritual. “Tu padre”, dice María refiriéndose a José, el padre adoptivo. “Mi Padre”, responde Jesús, sin transición; pero se trata del Padre celestial. Además Jesús parece contradecirse al afirmar que debe ocuparse de las cosas del Padre, es decir, obedecer solamente a Dios, mientras que después, vuelve a Nazaret, sometiéndose a la madre terrena y al padre adoptivo. En realidad hay que comprender que aquí el joven Jesús ha realizado un gesto profético: la anticipación de su muerte en obediencia al Padre, que ha de cumplirse treinta años después en la misma ciudad y con ocasión de la misma fiesta. También entonces la Madre tendrá que dejar pasar tres días de angustia y de muerte, antes de poder volver a encontrar a su Hijo resucitado

María y José, se dice, “no comprendieron” el signo. Ciertamente, porque solo a la luz de la resurrección se ha desvelado el significado de un sufrimiento libremente abrazado por amor, pero ellos comenzaron a probar una primera y muy oscura prefiguración en el signo de abandono y de la incomprensión. Sin embargo, María, ante las pruebas futuras, que serán cada vez mayores, demostrará, con su docilidad y su comportamiento haber aprendido la lección: Todo lo que el Hijo hace o que le sucede, forma parte del plan amoroso del Padre, que no es un Dios caprichoso. El Padre sabe lo que es bueno para nosotros, el Hijo se fía y lo mismo María. No hay que tener miedo ni perder la esperanza, ni siquiera ante las apariencias más contrarias, porque en verdad “todo sirve para el bien de los que aman a Dios” (Rem 8,28).

Meditemos el pasaje de Lucas 2,41-50, pidiendo a María permiso para entrar en el secreto de su corazón, y aprender de Ella a vivir con fe el tiempo de la prueba.

Preparados para la tentación

María aprende pronto, porque en Ella no hay obstáculos a la Gracia, ni siquiera cuando se presenta en la forma de la prueba. Lo que no significa menos sufrimiento, sino al contrario: cuanto más libre es el corazón, más sensible es. La diferencia reside en que Ella no recalcitra, como hacemos nosotros normalmente, sino que se deja llevar por el Espíritu y por el Hijo, que pueden convertir desde el primer momento su dolor en algo extraordinariamente fecundo. En nuestro caso, si aprendemos a ser dóciles, el primer fruto de la prueba es el permitirnos medirnos a nosotros mismos, tomar conciencia de nuestra pobreza y de poner con autenticidad nuestra vida en manos de Dios. En la prueba, en efecto, experimentamos la lejanía de Dios y, en esa soledad nos damos cuenta de que no podemos nada sin Él. Este descubrimiento doloroso nos purifica del orgullo y nos libera de la presunción permitiendo finalmente a Dios quitar de nuestro corazón lo que nos impide gozar totalmente de su amor por nosotros. La prueba del sufrimiento y del abandono se convierte entonces en experiencia de la misericordia de Dios, que también así cuida de nosotros, preocupándose de nuestra ma- duración en la fe, en la esperanza y en el amor.

“Hijo –leemos en el Eclesiástico- si te acercas a servir al Señor, prepárate para la prueba” (Eclo 2,1). Precisamente porque la prueba del sufrimiento y del abandono es tan im- portante en nuestra maduración, el enemigo de nuestra salvación está al acecho, para aprovechar nuestra debilidad e impedirnos cosechar los frutos que mediante ella Dios nos prepara. El arma empleada por el enemigo es la tentación: es decir, la propuesta de una alternativa en apariencia más fácil o atrayente de aquello que sabemos es la voluntad de Dios para nosotros. Con sus propuestas el enemigo pretende debilitar vuestra fe, la esperanza y la caridad y conducirnos a romper voluntariamente la comunión con Dios.

La primera tentación a la que tenemos que ponernos en guardia consiste en pensar que Dios verdaderamente se ha olvidado de nosotros, o que el dolor es una prueba de su indiferencia, de su inexistencia o maldad. Al contrario, podemos estar seguros de que cuando experimentamos el abandono de Dios, significa que Él nos está pidiendo que demos un paso hacia Él, que nos está preparando un bien mayor que debemos “conquistar” colaborando con su gracia. La segunda tentación consiste en pensar que la situación en que nos encontramos es imposible de vencer y supera completamente nuestras fuerzas. Contra este pensamiento conviene recordar que, a pesar de las apariencias en contra, Dios no priva nunca de la gracia necesaria y suficiente para resistir en el tiempo de la prueba. ¡El espíritu Santo recibido en el Bautismo nunca jamás nos abandona! La tercera tentación es la de la “fuga de consolación”, de descuidar el propio deber (en familia, en el trabajo o en la oración) para buscar placeres fáciles que puedan atemperar el dolor. Algunos ejemplos: la comida, el shopping, el éxito por encima de todo, relaciones afectivas o sexuales desordenadas… Ante estas tentaciones es necesario, por un lado ser pacientes consigo mismo y por otro, intentar aferrarse sólidamente a la roca de la oración y del cumplimiento exacto de nuestro deber, algo que de momento puede ser lacerante, pero de lo que se sigue pronto abundante serenidad y alegría. Obviamente, confiándose con humildad y trasparencia a un guía experto y serio, so pena de “desperdiciar” la ocasión de la prueba.

Preguntémonos en la oración: ¿A qué tentaciones estoy más frecuentemente expuesto? ¿En qué clase de “fuga de consolación” tiendo a caer en los momentos de dificultad?

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Para colorear el logo del Año de la Misericordia.

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