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Archive for the ‘Comentario a la Palabra de Dios’ Category

Conozco a gente potente y poderosa, aparentemente. Conozco a gente pequeña, como un gusanillo, aparentemente. Cada vez me quedo más con estos últimos. Voy aprendiendo que la gente que cuida mucho su imagen y su apariencia, suelen tener abandonado su interior, sus raíces, su verdad. Y me confirma en preferir a los pequeños saber que nuestro Dios también los prefiere y se cuida de los gusanillos y las orugas de Israel… Porque es lo que somos: pequeños. Y así, paradójicamente, crecemos.

Juan bautista es buen ejemplo de ello: no ha nacido de mujer uno más grande, aunque el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él.

¿Podrían decir esto de nosotros? No lo sé, pero al menos sé que me gustaría seguir esta senda. Ser pequeños y que la pequeñez no nos impida hacer grandes cosas, porque el mundo y nuestra Iglesia, necesita la grandeza de los pequeños. No tengo duda. Yo lo necesito y cada vez más prefiero a las oruguitas de Jacob que a los gigantes que nos amilanan con pura fachada. «El que tenga oídos, oiga».

Rosa Ruiz

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Oración preparatoria

Señor Jesús, en este Adviento hazte experiencia en lo profundo del corazón, en medio de Tu pueblo, en el cada día, y así acoja Tu evangelio. Dame Tu sabiduría y Tu gracia para abrirme de tal modo a Tu vida que ella se encarne en consecuencias e implica- ción real. Envíame Tu Espíritu y dame Tu mismo fuego en el corazón. AMEN.

 

Lc 3, 10-18

«10Y las muchedumbres le preguntaban [[a Juan]], diciendo: “Así pues, ¿qué haremos(= debemos hacer)?”.

11Pero, respondiendo, les decía: “El que tiene dos túnicas, que dé al que no tiene, y el que tiene alimentos, que haga lo mismo”.

12Pero fueron también unos publicanos a ser bautizados, y le dijeron: “Maestro, ¿quéharemos (= debemos hacer)?”.

13Pero él les dijo: “No exijáis más de lo que os está fijado”.
14Pero le preguntaban también unos soldados, diciendo: “¿Qué haremos (= debemos hacer) también nosotros?”.
Y les dijo: “No extorsionéis a nadie, ni denunciéis falsamente, y contentaos con vuestros salarios”.

15Pero estando expectante el pueblo y pensando todos en sus corazones acerca deJuan si no sería él el Cristo, 16declaró Juan diciendo a todos: “Yo os bautizo con agua; pero viene el más fuerte que yo, a quien no soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. 17En su mano tiene el bieldo para aventar su parva y recogerá el trigo en su granero, pero quemará la paja con fuego que no se apaga”. 18Así, exhortando con otras muchas cosas, evangelizaba al pueblo»

¡PALABRA DEL SEÑOR!

 

CONTEXTO

Este evangelio también forma parte de la presentación de la misión y destino de Juan Bautista (Lc 3,1-20), y recoge la mayor parte de su proclamación (vv. 7-18; faltan los vv. 7-9). Es, pues, la segunda parte, la parte central, del tríptico dedicado a Juan Bautista. Después seguirá el breve relato de su destino (vv. 19-20). Y, de inmediato, la entrada en escena del Jesús adulto y en misión.

 

TEXTO

Podemos estructurar el texto en 3 partes, sucesivamente más breves:

a) vv. 10-14: tras la intervención de Juan hablando a la gente, en la que exhorta a “darfrutos dignos de conversión” (vv. 7-9, que no aparecen en el evangelio de hoy, pero conviene leer), los vv. 10-14 nos presentan la reacción de tres tipos de personajes (gente, publicanos y soldados), todos con la misma pregunta: ¿qué debemos hacer?El bautismo de Juan conlleva un determinado comportamiento ético; en sentido general, la experiencia de Dios tiene consecuencias directas en la vida; y, también,“las personas de Dios” saben cuestionar y reorientar la vida de quienes les tratan.

b) vv. 15-17: se centra en el pueblo (laos, término técnico para designar a Israel), en sus dudas sobre la identidad de Juan (v. 15), y en una solemne declaración de Juan, en la que se contrapone al auténtico Mesías que viene (el más fuerte que yo) (v. 16) y la previsión (¿acertada?) de la actuación de tal Mesías (v. 17).

c) v. 18: sumario brevísimo de la actuación de Juan. Aparece de nuevo el término“pueblo” y un verbo central del evangelio de Lucas: evangelizar, es decir, proclamar la Buena Noticia, que es la acción que, continuamente, desarrollaba Juan.

 

ELEMENTOS A DESTACAR

• Gente, publicanos, soldados… todos preguntan lo mismo: ¿qué debemos hacer?Son importantes las consecuencias prácticas del encuentro con Dios, de modo que la espera de Adviento, como tiempo de preparación para el Encuentro, tiene que provocar esa misma pregunta: ¿qué debo hacer?

• Los “tipos” de personajes son especiales, marcados algunos por el estigma de su oficio: todas las personas, en sus concretas situaciones o marcas, están llamadas a un nuevo inicio, a una vida en relación con Dios por medio de sus anunciadores.

• El “hombre de Dios”, el profeta Precursor, llega hasta los corazones de las gentes y provoca el descubrimiento, no de él, sino de quien es precursor, de Jesús: apropiación de lo divino (mensaje, comportamiento moral) para un descentramiento de sí mismo, señalando siempre al Otro, al Mesías. Ejerce verdaderamente depuente, es un auténtico acceso a Dios. Todo un ejemplo para los creyentes de hoy.

• ¡Qué suerte tenía Juan, que le llegaba tanta gente para dejarse instruir por él!Pero… ¡qué suerte tenía aquella gente, que podía encontrar verdaderamente a una“persona de Dios”! Para poder hablar de Él hay que ser de Él y tener una hondaexperiencia de Él. Así nos capacita y nos urge para la misión.

• “Exhortando con muchas otras cosas evangelizaba…”: pluralidad de modos y maneras, creatividad, inserción en la realidad… ¿Cómo ser hoy, aquí y ahora anun- ciador/a de la Buena Nueva de Jesús?

 

Paso 1 Lectio: ¿Qué dice el texto? Atiende todos los detalles posibles. Imagina la escena. Destaca todos los elementos que llaman la atención o te son muy significativos. Disfruta de la lectura atenta. Toma nota de todo lo que adviertas.

Paso 2 Meditatio: ¿Qué me dice Dios a través del texto? Atiende a tu interior. A las mociones (movimientos) y emociones que sientes. ¿Algún aspecto te parece dirigido por Dios a tu persona, a tu situación, a alguna de tus dimensiones?

Paso 3 Oratio: ¿Qué le dices a Dios gracias a este texto? ¿Qué te mueve a decirle? ¿Peticiones, alabanza, acción de gracias, perdón, ayuda, entusiasmo, compromiso? Habla con Dios…

Paso 4 Actio: ¿A qué te compromete el texto? ¿Qué ha movido la oración en tu interior? ¿Qué enseñanza encuentras? ¿Cómo hacer efectiva esa enseñanza?

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A veces Vivimos como si no supiéramos que Dios nos sostiene. Vivimos como si olvidáramos que Dios no se cansa nunca, que actúa siempre, que es infatigable. ¿Acaso no lo sabes, es que no lo has oído, no lo has experimentado?

Si realmente no lo olvidáramos, correríamos sin cansarnos, nos enfrentaríamos al mal sin que nos dañara, no nos vencería el desánimo, no caminaríamos con la cabeza gacha. Y aprenderíamos del corazón de Jesús, un corazón manso y sencillo. Porque no confundiríamos la mansedumbre con la pusilanimidad o cobardía; no mezclaríamos la sencillez con la falta de profundidad.

Nos equivocamos cuando caemos en la tentación de abandonar supuestos yugos (lo que nos ata, nos condiciona, nos compromete, nos cansa) para alcanzar otra supuesta paz. Confundimos el yugo que nos une a Dios y a nuestra propia verdad con otras hipotecas y peajes.

El de Jesús es un yugo y una carga ligera que nos des-carga. ¡No solo eso! Viviendo así descansamos a otros. Y si no, mira a esas personas libres, centradas, fuertes, humildes… Esas personas que nos hacen sentir bien solo con su presencia. Esos que andan en amor, y como decía San Juan de la Cruz, ni cansan ni se cansan.

Rosa Ruiz

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El consuelo es un bien preciado que quizá hemos desvirtuado. Hay consuelos que vienen como un susurro, como una caricia y otros consuelos nos gritan, nos zarandean, nos quieren espabilar, como nos dice Isaías.

Se puede llegar a un grado de acomodo y falso bienestar, que ni siquiera sabemos decirnos de dónde nos viene la tristeza o la falta de motivación. Es entonces cuando un grito a tiempo, aunque molesto, es la mejor caricia y el mejor de los consuelos. Nos saca de nuestra “zona de confort”, nos obliga a mover ficha.

Eso sí, para que un grito nos consuele tiene que venir de alguien que nos conozca y nos quiera. Como Dios: ¡abrid caminos, moveos, haced algo!, ¡vuestros desconsuelos vienen de vuestra propia indiferencia y seguridad!, ¿no lo veis?

Dicho de otra forma: ¿no nos haría mucho bien dejar de sentirnos parte de las 99 ovejas seguras y reconocer la necesidad que todos tenemos de que nos busquen, nos encuentre, nos cuiden?, ¿acaso no tenemos todos alguna dimensión de nuestra vida algo perdida, alejada, necesitada de un buen pastor?

Y por si fuera poco, este Buen Pastor nuestro, trae con Él mismo su salario. Su recompensa le precede. Antes que llegue a tomarnos en brazos ya habremos notado todo el bien que nos reporta. Solo hay que dejar que venga a por nosotros. Él en persona nos cuida.

Rosa Ruiz

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La primera lectura de Isaías es un canto a la esperanza. La esperanza de verdad, la honda, la que duele, la que no ve apenas nada y solo intuye… y cree y hasta ama. No es magia. Es gracia. Cuando alguien es capaz de ver y desear y anunciar que la estepa florecerá o que el desierto estará alegre, es que guarda un tesoro muy grande dentro. Es que espera mucho.

Es una esperanza que nunca se queda sola en casa. Siempre tiene vocación de caminante, de pregonera, de hacedora con otros: ¡Sed fuertes, no temáis, está viniendo!

A nosotros nos toca ver las señales de esa esperanza que YA nos rodea y nos habita. Si no ha comenzado YA, es que no es esperanza o al menos, no es esperanza cristiana. Son buenos deseos, nostalgia, ensoñaciones…

Podríamos leer esta lectura cada día hasta que notáramos que realmente nos ha germinado dentro del corazón y las entrañas. Sería una fuerza interior arrebatadora. ¿Será algo así ese poder que percibían en Jesús?

Ese poder que desde dentro cura las parálisis de los demás, como en el evangelio de hoy. Unas veces no caminamos porque nos fallan las piernas, los recursos, las ganas. Otras veces más bien pareciera que la parálisis viene de caminos que se cierran, senderos anegados, rutas imposibles… Pero nuestro Dios viene en persona, cura parálisis y abre caminos. Más aún: podrás caminar por ti mismo, con tu camilla incluso, porque con Dios habrá caminos rectos. Y eso que ahora se te parece como camino imposible, lo llamarán “Vía sagrada”.

Él ha dicho que lo hará y queremos creerle.

Rosa Ruiz

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Aquí y ahora, en este momento

      La esperanza tiene un tiempo concreto. La esperanza no es algo que quede siempre en un futuro borroso y sin formas. La esperanza condiciona nuestra forma de vivir aquí y ahora. La esperanza nos hace pensar en algo que da sentido a lo que sucede aquí y ahora, en este momento, en mi vida y en la de mis hermanos, en el mundo y en el universo. En Adviento nuestra esperanza, la confianza en que este presente nuestro tiene sentido, encuentra sus raíces en el relato, repetido cada año y nunca asimilado del todo, del nacimiento de Jesús. A ese recuerdo se orienta todo el Adviento. 

      Pero hace falta que nos demos cuenta de que el relato del nacimiento de Jesús no es un mito de la antigüedad. No es una historia inventada para justificar unos determinados comportamientos o creencias. Es algo que sucedió en un momento histórico determinado, en un lugar geográfico concreto. El nacimiento de Jesús es la encarnación de Dios. Y esa encarnación es real. No es una visión. No es una novela de ficción. No es un sueño. Jesús fue un personaje histórico. Se relacionó con personas concretas. El Evangelio de Lucas se esfuerza por presentarlo en conexión con los hechos históricos del momento. Si Jesús fue bautizado por Juan, entonces Lucas nos informa de que Juan comenzó su ministerio profético “en el año quince del reinado del emperador Tiberio”. Y da más información histórica. 

      No es baladí recordar que la encarnación sitúa a Dios en nuestra historia, en un momento y un tiempo concreto. Eso significa que nuestra vida cristiana, la que se desarrolla y despliega a partir de la fe y esperanza en la salvación que Dios nos ofrece en Jesús, se vive y experimenta en lo concreto de nuestra historia. Eso significa que nuestra relación con Dios no tiene lugar fuera de esta historia sino en esta historia. 

      El Adviento nos hace bajar de las alturas, nos hace salir del silencio de nuestros cuartos y capillas, de nuestras iglesias y rituales. Nos invita a ir a la calle, a mezclarnos con el ruido de la gente, de los coches, de los vendedores, de los pobres que piden limosna y de las sirenas de la policía. El Adviento nos recuerda que ahí es donde encontramos a Dios. El primer sacramento, el más auténtico y real de todos, es la persona humana. Cualquier persona humana es signo y presencia de Dios. Cuando Dios escogió acercarse a nosotros, lo hizo asumiendo un rostro concreto, el de Jesús. Desde entonces, cualquier rostro –y quizá con más fuerza, los más sucios, los más desgarrados, los más sufrientes– es sacramento de la presencia de Dios entre nosotros. Hoy, aquí y ahora, volvemos la mirada a nuestros hermanos y hermanas y descubrimos que Jesús, el que viene, da sentido a nuestro compromiso por hacer un mundo más justo y más fraterno. 

Para la reflexión

      ¿Soy consciente de que mi vida cristiana se juega en la relación con mis hermanos y hermanas? ¿Veo en ellos y ellas la presencia de Dios que me llama a construir su Reino? ¿Me comportaría de otra manera si viera en su rostro a Jesús? ¿Cuáles serían las diferencias?

Fernando Torres, cmf

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Inmaculada Concepción: el diálogo de Dios con la humanidad

La persona de María, su Inmaculada Concepción y su maternidad virginal, no son una especie de “meteorito” caído del cielo, sin relación con el conjunto de la realidad del universo y de la historia humana, tal como los entendemos en el seno del cristianismo. Al contrario, descubrimos una íntima conexión entre la realidad de María como persona singular y la lógica salvífica de Dios, que se manifiesta en el mismo acto de la creación.

Dios creó el mundo “de la nada” de modo que en este mundo no había ni la más mínima sombra de mal: el mundo salió de las manos de Dios, no sólo “bueno”, sino “muy bueno” (cf. Gn 1,31), es decir, puede decirse que salió de sus manos “lleno de gracia”.
Por otro lado, el pecado, incluso si se considera algo muy radical, no destruye totalmente eso “muy bueno” y, por eso, no excluye la dignidad del hombre como imagen de Dios, si bien la deforma y oscurece. Y, por ello mismo, el pecado no elimina la esperanza de la salvación, que consiste en vivir de acuerdo con esa dignidad.

¿Cómo reacciona Dios ante el pecado del hombre? O, dicho de otra forma, ¿cómo nos mira Dios? Dios no actúa en la historia sin la colaboración humana. La historia de la salvación es la historia de un diálogo. Dios continúa volviendo a la tierra a “la hora de la brisa” (Gn 3, 8) y busca al hombre que, a causa del pecado, se esconde del rostro de Dios y con gran dificultad consigue mirar al rostro de sus semejantes.

Una consecuencia del pecado consiste precisamente en que el hombre tiene los ojos muy abiertos para el mal, sobre todo, desde luego, para el mal de los otros: “Cómo es que miras la brizna en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu ojo” (Mt 7,3). Por eso, con frecuencia, prestamos gran atención al pecado ajeno, a lo negativo en los otros, a lo que nos molesta, a lo que oculta el bien que portan en sí, más que al bien que, sin duda, también hay en ellos.

Dios, que ve con total claridad el pecado y el mal, nos mira, sin embargo, de otro modo: Dios es capaz de ver eso “muy bueno” que Él creó: el corazón no manchado por el pecado, su propia imagen presente en la creación por medio del hombre. Dios mira así y busca con su mirada aquella realidad capaz de conversar con Él “a la hora de la brisa”, de respetar el árbol del conocimiento del bien y del mal. Es decir, Dios busca en el hombre lo que de amable hay en él: “En ese pondré mis ojos, en el humilde y en el abatido que se estremece ante mi palabra” (Is 66, 2).

Así nos mira Dios, buscando lo bueno, lo sano que hay en el mundo, su propia obra. Dios busca, mira, y encuentra… a María: “Ha mirado la humildad de su sierva” (Lc 1, 48).

María es lo mejor de la humanidad, la obra “muy buena” de Dios, como en el momento mismo de la creación: es la llena de gracia. Y si en la historia de la humanidad ha habido un ser humano, una mujer como María, significa que nuestro mundo no es sólo, ni sobre todo, algo despreciable y definitivamente corrompido, en él no todo está perdido y sin esperanza.

En esta luz podemos entender el dogma de la Inmaculada Concepción, que tiene un enorme significado no sólo como una especial gracia exclusivamente para María, sino que ilumina nuestra comprensión de Dios y del hombre. En María Dios encontró un apoyo para acercarse y encontrarse con nosotros: “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). Y si María fue inmaculada desde la concepción, nosotros hemos sido elegidos por Dios en Cristo antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados ante él por el amor (Ef. 1, 4).

Pero para poner su tienda entre nosotros, como ya hemos dicho, Dios requiere la cooperación humana. Dios entra en el mundo del hombre pidiendo permiso. En María, la humanidad responde Sí a esta petición. El sí de María es el sí de la humanidad, imagen de Dios, capaz de responder a su llamada y acogerlo en su casa. 

En la Anunciación María representa a la humanidad entera, a lo mejor de ella. En ella Dios encontró por fin con quien conversar “a la hora de la brisa”. María, sierva del Señor, escucha y acoge la Palabra y la cumple, y se alza frente a Eva que pretendió ser igual a Dios. Y así María “concibió del Espíritu Santo” (cf. Lc 1,26-38). 

José M. Vegas CMF

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