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Archive for the ‘Comentario a la Palabra de Dios’ Category

El espectáculo de la primera lectura es digno de ser tenido en cuenta. Aquellas familias reales se sentían no servidores del pueblo que Dios les había encomendado sino dueños de sus vidas y destinos. Su función principal era la de luchar entre ellos tratando todos de quedarse con la porción mayor del pastel. El deseo de poder y de riquezas les llenaba de tal modo que no tenían tiempo para dedicarse a otras cosas. Lo peor de todo el resultado: terminaban matándose entre sí, destrozándose unos a otros. ¡Tantos esfuerzos para nada! ¡Tanta inteligencia derrochada para terminar muriendo en un enfrentamiento fratricida! ¡Tanto deseo de conseguirlo todo para, en realidad, perderlo todo!

Como siempre Jesús nos vuelve al sentido común, a lo que es más importante en la vida. ¿Creéis que es posible servir al mismo tiempo a vuestros deseos de poder y de riquezas y a la fraternidad del Reino que es lo que Dios quiere que hagamos? Es imposible. Son cosas que no pueden caminar juntas. Ya decía Mafalda, aquella niña argentina genial que Quino dibujó tantas veces, que es imposible amasar una fortuna sin antes hacer harina a los demás. Es un poco exagerado pero tiene mucho de verdad. 

Pero Jesús va más allá. No sólo se trata de que no se pueda servir a dos señores. Es que además uno de esos señores, el de las riquezas y el poder, no es en realidad un señor. Es más bien el atajo que nos lleva a la soledad y a la muerte. Vivir agobiados por esos deseos es perdernos lo mejor de la vida, que es el encuentro gozoso con los hermanos, el trabajo común para construir un mundo mejor y más justo. Donde nadie sea excluido y, como consecuencia, yo, cada uno de nosotros, también tenga un lugar. Donde puedo vivir en comunidad sin sentirme amenazado. Donde pueda vivir en paz. 

Porque aquellos que buscan sólo el poder, las riquezas, el estar por encima de los demás, viven siempre amenazados, tienen miedo. Los demás son siempre una amenaza. Por arriba que hayan llegado en la escala social siempre están amenazados de caer. Y, quizá porque han subido mucho, la caída es mucho más dura. Los que se entregan a esas pasiones no conocen la paz ni el descanso, no conocen el gozo de dar la mano al hermano y compartir las esperanzas y las alegrías, y también los dolores y las penas, con los que nos rodean. Viven siempre solos y atemorizados. No conocen la verdadera amistad porque desconfían de todos. No vale la pena vivir así. 

Lo que Jesús nos dice es que vale mucho más la pena trabajar por la fraternidad y la justicia, por la vida de todos, por el bien de todos. Ahí sí que podemos encontrar la felicidad, la paz, la tranquilidad. Sin agobiarnos. Sin vivir atemorizados. Porque sabemos que, buscando el Reino de Dios y su justicia, todo lo demás se nos dará por añadidura.

Aristibulo Lorente, cmf

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El mensaje del Evangelio de hoy es bien sencillo y fácil de entender: tenemos que ser inteligentes y orientar nuestra vida para conseguir lo más valioso, el mejor tesoro que podamos alcanzar. Así de simple. Así de sencillo. Lo que pasa es que a veces, demasiadas veces, nos equivocamos y terminamos poniendo nuestro corazón en cosas que ni son tesoro ni son nada, que se desvanecen entre los dedos de nuestras manos como se escapa la arena de la playa. 

Para que lo entendemos mejor, se nos pone el ejemplo de la primera lectura. No es más que un relato de aquellos primeros reyes de Israel. No fueron muy allá los descendientes de David. Enseguida se corrompieron y anduvieron en luchas entre ellos. Unos para quitarle el trono a los otros y los otros para defenderse de los que se lo querían quitar. La historia de siempre, mil veces repetidas a lo largo de los siglos de vida de la humanidad en la faz de la tierra. 

Atalía había conseguido arrebatar el trono a la familia de su hijo. Para ello, no dudo en exterminar a sus propios nietos (no eran tiempos en los que estuviesen de broma a la hora de vencer en la batalla). Ya se sentía segura. Tenía el trono. Tenía el palacio. Tenía una buena vida asegurada. Pero pasó lo que pasa habitualmente: que no había atado todos los cabos y se le escapó vivo uno de sus nietos. Por ahí le llegaron a Atalía todos los males. Solo fue cuestión de tiempo que terminase ella también, acosada, acorralada y muerta. 

Jesús nos centra en la enseñanza que debemos aprender de esta historia y de tantas historias parecidas. Hay que buscar y trabajar por alcanzar los verdaderos tesoros, los que no se come la polilla ni la carcoma. 

Seamos realistas todo lo material está llamado a pasar, a deteriorarse, a desaparecer. El que pone su corazón en los tesoros materiales está perdiendo el tiempo y, probablemente, se terminará quedando más sólo que la una. 

Pero Jesús señala a otros tesoros en los que sí vale la pena poner el corazón. Jesús habla de los tesoros del cielo. Nosotros hoy con nuestro lenguaje hablaríamos del amor y el cariño, e la relación, de la fraternidad, de la justicia. Hablaríamos de abrir la mano para tender puentes, para encontrarse con el hermano. Ahí, con seguridad, encontraremos el verdadero tesoro: en la amistad, en el cariño, en el amor (¿les suena a algo aquello de que “Dios es amor”?). Esa luz ilumina la vida con tal fuerza que nos hace olvidar la oscuridad. 

Para terminar y confirmar: ¿no han oído muchas veces decir a las personas que dedican su vida al servicio amoroso a los más pobres que se sienten felices y amados por ellos, que reciben mucho más de lo que dan? Es que en el amor todo lo que se da se recibe mil veces de vuelta. Con la ventaja de que ese tesoro no se lo comen ni las polillas ni las carcomas, ni el tiempo ni la enfermedad.

Aristibulo Lorente, cmf

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¿Alguno pensaba que Jesús no iba a hablar de la oración? Como no podía ser de otra manera, Jesús enseñó a sus discípulos a orar. 

Nosotros entendemos por oración ese momento de recogimiento, de volverse a uno mismo, de centrarse en lo más profundo de nosotros mismos para, desde ahí, volvernos a Dios, levantar nuestra mirada a lo alto. Por el camino parece que hay que despojarse de las preocupaciones y cosas de este mundo. La oración nos lleva a lo alto en contraposición a este mundo bajo en el que nos solemos mover. En la oración se contraponen lo alto, el lugar donde está Dios, y lo bajo, que es el lugar donde estamos nosotros, junto con el barro, las limitaciones, el mal y tantas otras cosas. Todas esas cosas parece que son un peso que nos impide subir a lo alto, donde está Dios y el bien y la paz. 

Tengo la impresión de que Jesús entendía la oración de otra manera. La oración de Jesús parece más bien una correa de transmisión entre el cielo, lo alto, y la tierra, lo bajo. Lo de arriba se hace presente aquí abajo. El “santificado sea tu nombre” se une al “venga tu reino”. No se trata de que nosotros nos vayamos arriba sino que el reino de Dios Padre venga a nosotros, a este mundo, aquí abajo. 

La voluntad de Dios se tiene que hacer tanto en el cielo como en la tierra. Y ya sabemos cuál es la voluntad de Dios: el reino, la fraternidad, la buena vecindad y cariño y amor entre todos los que formamos su familia. Vamos a suponer que esa voluntad se realiza ya en el cielo. Queda pendiente lo de que se realice en la tierra. Pero eso, al tiempo que lo pedimos, está claro que es en gran parte responsabilidad nuestra. Es aquello de “a Dios rogando y con el mazo dando” que dice el refranero popular. 

Y seguimos pidiendo algo tan humano, tan material, tan de abajo, como el pan nuestro de cada día: ese mínimo que nos mantiene en vida, que nos da la vida. Hasta el perdón que esperamos recibir de Dios, de lo alto, está mezclado –casi como una condición– con nuestra propia capacidad de perdonar a los demás. 

Ya vemos que en la oración de Jesús no hay muchas distancias entre lo alto y lo bajo. Este mundo se mezcla totalmente con el de arriba. La voluntad de Dios no es que estemos en el silencio de un eremitorio, mirando hacia arriba, dejando de lado las preocupaciones de este mundo. Hasta en la oración nos invita a abajarnos, a mancharnos con el barro de este mundo hasta hacer de él el lugar del Reino, donde hay pan y perdón para todos, donde la mesa de la fraternidad, la mesa del Reino, no excluye a nadie porque está abierta a todos. Y una mesa como esa no es lugar de silencio sino de algarabía, de alegría y gozo, el que producen los hermanos y las hermanas cuando se encuentran y celebran su fraternidad. 

La oración que Jesús enseñó a los discípulos nos abaja, nos centra en los hermanos, nos invita a preparar la mesa para todos y a compartir la fraternidad. ¡Eso es el Reino!

Aristibulo Lorente, cmf

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Bendigamos al Señor con Zacarías (Lc 1, 68-69)

«Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo;
según lo había predicho desde antiguo, por boca de sus santos profetas.
Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró
a nuestro padre Abrahán.
Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de las manos de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia todos nuestros días.
Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que viene de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz».

 

Lc 1, 57-66.80

«57Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz y tuvo un hijo. 58Y oyeron sus vecinos y parientes que el Señor había hecho gran misericordia con ella, y se alegraban con ella.

59Y sucedió que al octavo día fueron a circuncidar al niño y le llamaban con el nombre de su padre, Zacarías. 60Pero su madre, respondiendo, dijo: “No; sino que será llamado Juan”. 61Y le decían a ella: “No hay nadie en tu parentela que es llamado con ese nombre”. 62Así que preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. 63Y, pidiendo una tablilla, escribió: “Juan es su nombre”. Y todos quedaron admirados. 64E, inmediatamente, fue abierta su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios.

65Y sucedió que sobrevino un miedo sobre todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; 66y todos los que las oían las ponían en su corazón, diciendo: “Pues ¿qué será este niño?”.Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él.

— — —
80Y el niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y estaba en los desiertos hasta el día de su manifestación ante Israel».

¡PALABRA DEL SEÑOR!

 

CONTEXTO

Al coincidir el domingo con la fiesta del nacimiento de San Juan Bautista-Precursor, dejamos el evangelio de Marcos para leer este precioso relato del evangelio de Lucas. El tercer evangelio presentaen paralelo a Juan y Jesús, de modo que así destaca el papel dePrecursor (más que de “Bautista”) de Juan respecto a Jesús. Así, elevangelio comienza con el anuncio del nacimiento de Juan (Lc 1,5- 25), al que sigue la anunciación de Jesús (1,26-38). Después nos narra la visitación de María a Isabel (encuentro de las dos gestantes)(Lc 1,39-56). Vuelve el paralelo en los dos nacimientos y acontecimientos posteriores, primero el de Juan (Lc 1,57-79), luego el de Jesús (Lc 2,1-38). Y todavía hay un tercer paralelo en señalar la vida oculta de ambos, de Juan (Lc 1,80) y de Jesús (Lc 2,39-40). Estainsistencia en presentar paralelamente a ambos, a Jesús y su precursor, ¿no es una sugerencia impactante para que haya también un paralelo entre Jesús y sus sucesores, nosotros?

 

TEXTO

El texto nos narra tres episodios: el nacimiento de Juan (vv. 57-58); el rifirrafe del nombre en el momento de la circuncisión y el impacto creado por Juan (vv. 59-66); la vida oculta de Juan (v. 80). En medio de los vv. 66 y 80 se encuentra el famoso Benedictus, el cántico de Zacarías, padre de Juan, que presentamos en la Oración. La estructuración del texto nos la facilita la expresión “Y sucedió que” (unelemento narrativo típico de Lucas), que subdivide en dos el episodio central de la circuncisión (vv. 59-64 y vv. 65-66). Un aspecto llamativo: el paso de la alegría (v. 58) a la admiración (v. 63) y el temor (v. 65): expresión de que una alegría natural por el nacimiento de un niño, pasa a sobrecoger por unos acontecimientos que denotan la intervención de Dios. Una insistencia: la cuestión del nombre del niño y cómo será llamado.

 

ELEMENTOS INTERESANTES

• El juego de los nombres: Zacarías (“Dios recuerda”) y Juan (“Dios es misericordia”). El niño será llamado “Dios es misericordia”, porquecon él comienza la etapa decisiva de la historia de la salvación: las promesas de Dios se están cumpliendo en él, que será el Precursor deJesús (“Dios salva”). En nuestro anuncio de Jesús también tiene que manifestarse, ante todo, que “Dios es misericordia”. ¿Qué “nombre”merecería nuestro anuncio del evangelio?

• Juan es el protagonista; aparece en cada parte del texto: “hijo” (v. 57); “niño” (vv. 59.66.80). En todo, Juan es Precursor de Jesús. Es un “tipo” o “modelo” de la Iglesia y de cada creyente, para anunciar al Salvador, para prepararle el camino. Para eso hay que “crecer” y “fortalecerse en el espíritu”: ¿Sentimos que crecemos y nos fortalecemos en nuestra vida cristiana y en los compromisos que de ella se derivan?

• La mujer, la madre del niño, Isabel, se opone a una tradición ancestral y la cambia. No le hacen caso en primera instancia, pero Zacarías confirmará su decisión. ¿Qué nos sugiere este hecho? ¿Esatendida la voz de “la mujer” en nuestros ambientes?

 

Paso 1 Lectio: ¿Qué dice el texto? Atiende todos los detalles posibles. Imagina la escena. Destaca todos los elementos que llaman la atención o te son muy significativos. Disfruta de la lectura atenta. Toma nota de todo lo que adviertas.

Paso 2 Meditatio: ¿Qué me dice Dios a través del texto? Atiende a tu interior. A las mociones (movimientos) y emociones que sientes. ¿Algún aspecto te parece dirigido por Dios a tu persona, a tu situación, a alguna de tus dimensiones?

Paso 3 Oratio: ¿Qué le dices a Dios gracias a este texto? ¿Qué te mueve a decirle? ¿Peticiones, alabanza, acción de gracias, perdón, ayuda, entusiasmo, compromiso? Habla con Dios…

Paso 4 Actio: ¿A qué te compromete el texto? ¿Qué ha movido la oración en tu interior? ¿Qué enseñanza encuentras? ¿Cómo hacer efectiva esa enseñanza?

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Los hombres y las apariencias. Los hombres y la imagen que damos ante los demás. Para algunos el cuidado de esa imagen es el trabajo más importante de su vida. Y el que pensarán los demás la mayor preocupación. Tanto que a veces lo más importante no es lo que hagamos o no hagamos sino que los demás lo vean o no lo vean. Y esto, claro está es extensible a hombres y mujeres. No vaya a ser que alguien piense que sólo estoy hablando del sexo masculino. 

Hace mucho años, en mis primeros tiempos de sacerdote, vino una señora a hablar conmigo. Estaba triste y amargada. Resulta que junto con otros matrimonios formaban un grupo de amigos. Y resulta que ella estaba teniendo una “aventura” que otro, que era del grupo pero que casualmente no era su marido. La señora venía a hablar conmigo triste. Pero no por haber tenido esa “aventura” que podía llevar a destrozar la familia del otro y su propia familia. No. Nada de eso. Su tristeza provenía del hecho de que, parece ser, algunos de los otros se habían enterado de la historia y se la estaban cotilleando unos a otros. Más o menos, venía a quejarse de lo malos que eran aquellos que estaban aireando su “aventura”. 

Esto que me sucedió con aquella señora, lo he ido viendo muchas veces a lo largo de mi vida. Mucha gente que se preocupa no con haber metido la pata o hecho algo que no debían hacer sino por el hecho de que se llegue a saber. Porque, claro, eso afecta a su imagen pública. ¿Qué van a pensar los demás?

Una vez más, Jesús nos hace una llamada al realismo. Nos invita a dejar de lado la imagen, la apariencia, y a centrarnos en la realidad. Lo importante no es que nos vean orando sino que recemos de verdad. Lo importante no es que nos vean ayudando a los pobres, sino que dediquemos parte de nuestro tiempo y recursos a ayudarlos, aunque no nos vea nadie hacerlo. Lo importante no es que nos vean ayunando sino ayunar de verdad de las injusticias y de todas las cosas malas que anidan a veces en nuestro corazón. Dicho en palabras más actuales: lo importante no es salir en la foto sino actuar en la realidad. Ser lo que somos independientemente de que nos vean o no nos vean. 

Es cierto que en este mundo a veces parece que sólo existe lo que sale los medios de comunicación, en la prensa, en la televisión. Tenemos que ser capaces de mirar un poco más adentro, un poco más allá, de la fachada. Estoy seguro que nos encontraremos con montones de personas que viven haciendo el bien, entregados al servicio de los más necesitados, sin hacer ruido, sin salir en la prensa, sin salir en la foto. Pero dando el callo. Esos son los que han entendido bien el mensaje de Jesús. ¡Enhorabuena!

Y para nosotros, pues menos preocuparnos de la imagen y las apariencias y más hacer lo que tenemos que hacer. Como nos pide Jesús.

Aristibulo Lorente, cmf

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Los planteamientos demasiado radicales nos dejan descolocados. En realidad. La mayoría de nosotros somos vitalmente conservadores. Preferimos dejar las cosas como están para ver como quedan. Y no nos cuesta mucho aplicar aquello que nos decían en la escuela de pequeños de que “los experimentos con gaseosa” (para los que no sepan lo que es la “gaseosa” baste saber que es un bebida inocua y dulce que se da a los niños). Vamos que cualquier cosa que nos suene a revolucionaria en principio nos asusta. Porque nos asusta lo desconocido. Y terminamos prefiriendo lo malo conocido que lo bueno por conocer. 

Por eso lo que nos dice Jesús en el Evangelio nos deja fuera de lugar, sin respuesta. De verdad, que nos cuesta entenderle y mucho más vivirlo. Hay que amar a los enemigos y rezar por los que nos persiguen. Y, en este caso, amar no se refiere a una actitud etérea y flotante sin consecuencias prácticas. Ya sabemos todos que para Jesús eso de amar es algo que tiene mucho que ver con la vida diaria, con la relación, con el cariño, con la atención a las necesidades del otro, con el servicio… Así que cuando dice “amar a los enemigos”, está refiriéndose a que les tenemos que servir, atender y tratar con cariño en sus necesidades. Algo enormemente práctico y concreto. 

Lo malo es que el argumento que utiliza Jesús para convencernos de que hay que amar a los enemigos, no se puede discutir. Ahí está Dios, el padre y origen de todo, que hace salir el sol –la vida– sobre todos sin distinción, sobre malos y buenos. Además, si solo hacemos el bien a los que nos lo hacen, que premio tendremos (esta parte del argumento se dirige sobre todo a los que actúan sólo pensando en el premio que van a recibir). Por otra parte, si actuamos así, ¿en qué nos vamos a diferenciar de los malos?

Y al final, nos da el último argumento, el definitivo. Nosotros, los hijos, estamos llamados a ser como nuestro Padre del cielo: perfectos. Perfectos en el amor. Sin condiciones. Sin límites. Como es el amor. Para siempre y para todo. 

El argumento de Jesús es irrebatible. Pero aún así, después de tantos siglos, nos cuesta entender, y mucho más, llevar a la práctica el consejo de Jesús: “Amad a vuestros enemigos  rezad por los que os persiguen.” En muchas ocasiones seguimos prefiriendo amar a los nuestros y dejar de lado a los otros, a los que hablan diferente, o tienen una religión diferente, o pertenecen a una raza diferente. Seguimos haciendo distinciones allí donde nuestro Padre Dios no distingue porque para él todos somos hijos e hijas, todos amados por igual. 

Menos mal que en la Iglesia tenemos esa organización que se llama “Caritas”. Está presente en todos los países. Y, que yo sepa, es una institución de la iglesia que se dirige a todos, que atiende a todos los necesitados, los pobres, los marginados, sin hacer distinciones de ningún tipo. Los hombres y mujeres de Caritas nos recuerdan que es posible hacer realidad las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy.

Aristibulo Lorente, cmf

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La primera lectura es un relato actual, actualísimo, de lo que puede hacer el poder cuando no es capaz de limitarse, cuando se convierte en un poder abusador y todopoderoso. Frente a ese poder el débil no puede hacer nada. El que está en el poder puede hacer lo que quiera. Siempre encontrará una justificación, siempre encontrará un requiebro legal para decir que ha actuado según la ley. Y, cuando no es así, tendrá, valga la redundancia, el poder suficiente para esconder lo que ha hecho, para echar la culpa a otro, y salir con bien del apuro. No sólo con bien, sino consiguiendo sus objetivos. Así ha sido en tiempo de Ajab, rey de Israel. Y en los tiempos actuales. La impunidad suele dormir en la misma cama que el poder. No hace falta poner ejemplos porque seguro que todos los lectores tienen más de uno en la cabeza. Podemos lanzar la mirada a nuestros gobernantes pero también a los vecinos o a los miembros de nuestras familias. Y no será difícil que encontremos algún ejemplo concreto de esta realidad. 

Frente a esta realidad que pone frente a nosotros la primera lectura, de dentro nos sale un grito, un clamor: “No hay derecho”. Y brota con más fuerza porque los más afectados por esas actitudes de los que están en el poder, suelen ser siempre los más débiles, los pobres de nuestro mundo. “No hay derecho”. Así se expresa con fuerza el salmo responsorial.

Pero no nos podemos quedar en la primera lectura y en el salmo responsorial. Luego viene el Evangelio. Y Jesús parece que hace un planteamiento completamente opuesto. Por sus palabras entendemos que es consciente del problema. Sabe, porque vive en este mundo y no en uno imaginario, que hay personas que abusan de los demás, que agravian a los demás, que abofetean, que quieren poner un pleito con el objetivo único de quitarle la túnica al que solo tiene una, que te piden un favor pero que nunca van a ser capaz de hacerte un favor a ti. Todo eso lo sabe Jesús. Son los ejemplos que él mismo pone. Sacados de la vida. 

Pero Jesús da una respuesta diferente. Su “No hay derecho” tiene otras consecuencias sorprendentes. Lo que hay que hacer es ofrecer la otra mejilla, dar la capaz directamente al que nos la quiere quitar, ahorrándole el pleito, hacer el favor al que nos lo pide y hacerlo con exceso: acompañar dos millas al que nos pide que le acompañemos una y dar al que nos pide prestado. 

Vamos a ser sinceros: nos cuesta entender esta posición de Jesús. Nos cuesta más llevarlo a nuestra vida. Lo que nos sale de dentro es defender nuestros derechos y los derechos de los pobres. Y, si es necesario, aplastar al poderoso abusón y abusador. Lo que nos sale de dentro es el “ojo por ojo y diente por diente.” Pero Jesús se mueve en la órbita del Reino. Y eso es otra cosa, otra forma de mirar a la realidad, otra forma de construir la relación entre las personas. 

La verdad es que, bien pensado, llevamos muchos años aplicando el “ojo por ojo y diente por diente” y nos ha ido como nos ha ido. Tenemos una historia plagada de guerras, venganzas sin fin y sangre. Podríamos probar con lo que nos dice Jesús. Igual esta historia comenzaba a ir de otra manera. Más fraterna y más al estilo del Reino del que tanto habló Jesús.

Aristibulo Lorente, cmf

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