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Archive for the ‘Comentario a la Palabra de Dios’ Category

Hace ta algunos años escuchaba un programa de televisión con motivo de la beatificación de Escrivá de Balaguer. Como siempre en esos programas de debate, los responsables habían intentado que entre los participantes hubiese unos que estuviesen a favor y otros en contra. El programa se desarrollaba según lo previsto. Hasta que uno de los que estaban en contra comenzó a sacar algunas historias de juventud de Escrivá de Balaguer. Intentaba desautorizar así la beatificación. Si había hecho aquellas cosas, no merecía semejante premio.

Lo curioso fue que entonces intervino un teólogo, llamado allí precisamente por ser de los de en contra. Dijo, con muy buen tino, que lo que hubiese hecho Escrivá de Balaguer en su juventud tenía relativamente poca importancia, que la santidad no es algo con lo que se nace sino algo que se va haciendo poco a poco, a base de entrega, de encuentro con Jesús, de asimilar la buena nueva del Evangelio en la propia vida. Por eso decía aquel teólogo que era relativamente poco importante lo que hubiese hecho en su juventud Escrivá, que lo importante era ver el proceso y cómo había terminado.

Lo dicho se puede aplicar perfectamente a Mateo, el apóstol y evangelista que hoy celebramos. Era un publicano cuando Jesús se lo encontró. Para entendernos, uno que había hecho el juego a los romanos invasores y colaboraba con ellos en la recaudación de impuestos. Hoy cualquiera diría que los funcionarios de Hacienda no son necesariamente malos, que tienen una profesión que es un servicio a la sociedad. Un servicio necesario. Pero no era así en aquella época. Los romanos subcontrataban el cobro de los impuestos a los publicanos. Y no se preocupaban más. Estos abusaban del pueblo porque del mismo cobro de impuestos sacaban su beneficio. Mateo era uno de estos. Uno de los explotadores que se aprovechaban de la situación para hacerse ricos a costa de los demás. Pero Jesús vino a llamar a los pecadores. Cuando Mateo se encontró con Jesús, se le abrió la puerta a una vida nueva. Escuchó el “sígueme” de Jesús y lo siguió. ¿Y nosotros? ¿Estamos dispuestos a cambiar de vida? ¿O vamos a dejar que Jesús pasé de largo sin escucharle?

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La lectura de san Pablo nos centra en lo más fundamental del mensaje evangélico: “que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras.” Ahí está lo más esencial de nuestra fe. Olvidarnos de eso, significa olvidarnos de casi todo. La vida y la muerte de Jesús son el testimonio más vivo y luminoso del amor de Dios para con nosotros que ha habido nunca. Y su resurrección es la confirmación de ese amor de Dios que quiere nuestra vida y nos abre a una esperanza que es más fuerte que la muerte. Hasta ahí todo claro.

Pero nos podemos hacer la pregunta por quién es ese Cristo de que habla Pablo. No es una figura celestial o angélica. No es un superhombre ni nada parecido. Es Jesús de Nazaret. Su vida se nos relata en los Evangelios. Fue un hombre normal, anduvo por nuestros caminos, se sentó a nuestra mesa, tuvo una forma concreta de actuar. En realidad, su forma de actuar, de hablar, fue el modo concreto como se nos reveló Dios. Dios es el que resucitó a Jesús de entre los muertos. Pero Dios es también el que se nos manifiesta cuando Jesús se relaciona con los fariseos, con los pecadores, cuando cura a los enfermos, cuando cuenta las parábolas y cuando entona las bienaventuranzas. Así es Dios. Lo vemos en los gestos y las palabras de Jesús.

El Evangelio de hoy es muy iluminador a este respecto. Jesús entra a comer en casa de un fariseo. Tiene una actitud abierta. No condena a nadie. En los Evangelios vemos a los fariseos como enemigos de Jesús. Pero no parece que Jesús esté cerrado a ellos. Le invitan a comer y va. Sin problema. Claro que eso no significa que actúe como ellos esperarían que actuase. Cuando la pecadora se acerca a él, Jesús no aparta sus pies. Deje que le toque y le haga impuro. Y de paso denuncia el rigor y la falta de corazón de los fariseos. Dios es Dios de misericordia, de perdón. Dios es amor y sólo el que ama mucho es capaz de perdonar mucho. Así es Jesús. Así es Dios.

Por eso no conviene olvidar que el Cristo resucitado de que habla Pablo es este mismo Jesús que en sus palabras y gestos manifiesta y revela a Dios.

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Oración

Señor y Hermano Jesús:
Tú dijiste que “tu Padre nos enviaría en tu nombre el Espíritu Santo y que Él nos recordaría lo que nos enseñaste y nos los explicaría todo”.
Tú conoces la pobreza y la aridez de nuestro corazón.
Te pedimos que tu Espíritu nos lo refresque, nos lo ilumine, nos haga entender tu Evangelio.
Nos lleve sobre todo a fiarnos de Ti y de tu Padre, a seguirte en fe confiada y amorosa, y a poner nuestro grano de arena para construir paz y vida en nuestro entorno. AMEN, ASI SEA.

 

Mc 9, 30-37

«30Y saliendo de allí, iban caminando por Galilea y no quería que se supiera, 31porque iba enseñando a sus discípulos y les decía: “El Hijo del hombre será entregado en manos de hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará”. 32Pero ellos no entendían lo que decía y tenían miedo a preguntarle.

33Y llegaron a Cafarnaún y, una vez en casa, les preguntaba: “¿De qué discutíais por el camino?”. 34Pero ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor.

35Y, sentándose, llamó a los Doce y les dice: “Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos”. 36Y tomandoun niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: “El que reciba a uno de estos niños en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino al que me ha enviado”».

¡PALABRA DEL SEÑOR!

 

CONTEXTO

Después del primer anuncio de la Pasión, de la reacción negativa de Pedro y de la enseñanza de Jesús sobre las condiciones del discipulado (Mc 8,31-38), el evangelio de Marcos nos narra el episodio de la Transfiguración (9,1-13), un “adelanto” de la Resurrección de Jesús, como para “quitar miedo” al anuncio de Jesús; y luego nos cuenta un largo episodio de exorcismo (9,14-29) en donde aparece clara la necesidad de la fe y oración para afrontar la lucha contra el mal. Es en ese momento cuando llega el evangelio de hoy, que presenta el segundo anuncio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Como Pedro en el primer anuncio, los discípulos no entienden o no quieren entender, siguen con miedo y con sus pretensiones humanas de grandeza y éxito. Jesús vuelve a instruirles con la figura de un niño como modelo discipular y con la actitud de humildad y servicio como marcas del verdadero discipulado. La figura de los niños o pequeños seguirá siendo importante después de nuestro evangelio (Mc 9,42-50; 10,13-16), antes de que llegue el tercer anuncio del destino de Jesús (Mc 10,32-34).

 

TEXTO

El texto de hoy, formado por dos pequeñas unidades (vv. 30- 32 y 33-36) tiene una forma global de tríptico, en el que aparecen: a) el segundo anuncio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús (vv. 30-31); b) la reacción negativa del grupo de discípulos, que hace de transición entre las dos unidades textuales (vv. 32-34); c) la enseñanza de Jesús (vv. 35-36). Es el mismo esquema que aparece en los tres anuncios del destino de Jesús. Aquí el anuncio es un poco más genérico que el primero, la reacción negativa de los discípulos es más acentuada, y la enseñanza de Jesús está acompañada de un gesto (la figura del niño puesto en medio de los discípulos). La estrategia narrativa de Marcos quiere incidir en la dificultad de los discípulos para comprender bien todo el proyecto de Jesús, que incluye el sufrimiento y un estilo de vida a contracorriente de los valores habituales. Todo un desafío a nuestro seguimiento hoy.

 

ELEMENTOS A DESTACAR

• Insistencia en el camino (tres referencias): el camino evoca un proceso en el que los discípulos van aprendiendo a ser verdaderos discípulos, pese a sus resistencias, sus miedos y sus ambiciones. En ese camino, Jesús les enseñalas auténticas características del discipulado. Hoy son “ser último de todos” y “servidor de todos”. Eso supone darla vuelta completamente a los valores dominantes: ¿Estamos dispuestos a vivir de una manera tanalternativa? ¿Qué valores destacamos nosotros? ¿Son los que enseña Jesús?

• La actitud de los discípulos se nos cifra en tres aspectos:no entender, tener miedo y callar. ¿Reflejan nuestra vida de fe? El texto incide en la importancia que daba Jesús a la enseñanza a los suyos; el miedo y Jesús son como elagua y el fuego: incompatibles; y el “hablar francamente”es una característica de Jesús solicitada también a sus seguidores. ¿Comprendemos bien lo que Jesús enseña, conocemos bien su proyecto de vida y de salvación? ¿Qué miedos nos impiden un mayor compromiso cristiano? ¿Cómo es nuestro testimonio de fe en los ambientes en que nos movemos?

• La figura del niño como el modelo que deben acoger (asumir) los discípulos nos indica el valor de la insignificancia y la confianza absoluta en otro. Un niño pequeño no puede sobrevivir sin la asistencia de sus padres o tutores. Es el ejemplo de Jesús para indicarnos que nosotros, como discípulos, no podemos sobrevivir sin Jesús y sin Dios, el que le envió, y que a ellos debemos una confianza ilimitada. ¿Vivimos como niños nuestra relación con Jesús y con Dios?

 

Paso 1 Lectio: ¿Qué dice el texto? Atiende todos los detalles posibles. Imagina la escena. Destaca todos los elementos que llaman la atención o te son muy significativos. Disfruta de la lectura atenta. Toma nota de todo lo que adviertas.

Paso 2 Meditatio: ¿Qué me dice Dios a través del texto? Atiende a tu interior. A las mociones (movimientos) y emociones que sientes. ¿Algún aspecto te parece dirigido por Dios a tu persona, a tu situación, a alguna de tus dimensiones?

Paso 3 Oratio: ¿Qué le dices a Dios gracias a este texto? ¿Qué te mueve a decirle? ¿Peticiones, alabanza, acción de gracias, perdón, ayuda, entusiasmo, compromiso? Habla con Dios…

Paso 4 Actio: ¿A qué te compromete el texto? ¿Qué ha movido la oración en tu interior? ¿Qué enseñanza encuentras? ¿Cómo hacer efectiva esa enseñanza?

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Siempre tenemos una buena razón para disculparnos. Siempre encontramos el modo de justificarnos para seguir haciendo lo que nos gusta hacer, para no movernos de donde estamos o para no responder a las urgencias que nos impone el dolor y el sufrimiento de los hermanos.

Jesús lo dice, hasta con una cierta gracia, en el Evangelio de este día. Ve que sus contemporáneos no le escuchan ni le hacen caso. Prefieren mirar para otro lado. Ni danzan ni lloran. Ni escucharon a Juan Bautista ni al Hijo del hombre. Para todo encontraron razones que dejaron tranquilas sus conciencias. Su vida podía seguir tranquila. Juan el Bautista era un radical extremo. Eso, ya se sabe, no es bueno. Por el contrario, Jesús estaba con la gente, se acercaba a todos. Y claro, ya se sabe que un hombre de Dios debe mantener una cierta distancia con la gente, sobre todo con los pecadores, para poder ser creíble.

El problema es que el mensaje cristiano, en su sencillez, es radical. Absolutamente radical. Si alguno no se lo cree, puede volver atrás y leer la primera lectura. Pablo explica cuál es el carisma mejor. Habla del amor. Dice que lo demás son tonterías. Lo que vale es el amor. Sin amor todo lo demás es inútil, pérdida de tiempo. Y el amor es entrega total. Supone una preocupación constante y eficaz por el bienestar del otro. No es impuesto. No puede ser obligado por ley. Brota de dentro, de la comprensión profunda de que somos hermanos y hermanas, hijos todos de Dios, miembros de la única familia. Cuando nos damos cuenta de que el otro es siempre carne de mi carne, nace el amor, la verdadera preocupación. La vida del otro es la mía. Su libertad es la mía. Su bienestar y felicidad son míos. Si él no es libre, si no está bien, si no es feliz, yo no puedo ser libre ni estar bien ni ser feliz.

Por eso, cuando escuchamos palabras de este estilo tan radical como las de Pablo, preferimos hacer como aquellos contemporáneos de Jesús: miramos para otro lado y nos decimos a nosotros mismos alguna frase que tranquilice nuestras conciencias y nos deje seguir viviendo como antes, con nuestra pequeños odios y rencores, con nuestros egoísmos, con nuestras soledades. Y nos alejamos sin comprender que lo que Jesús nos ofrece es la única posibilidad de vivir una vida verdaderamente plena.

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La muerte es siempre dolorosa e incomprensible. Marca una separación, una distancia, que nos resulta insoportable. Se nos rompen las entrañas de puro dolor. Siempre es así. Pero la muerte de un joven es más dolorosa si cabe. Es una vida truncada sin haber conseguido sus objetivos mínimos, sin haber tenido la oportunidad de llegar a su plenitud. Podemos comprender entonces un poco el dolor de la madre. Ver morir a un hijo es duro. Más cuando éste es joven.

Jesús llega a la ciudad, ve la procesión, se acerca y se compadece. Devuelve la vida al chico y la vida a la madre. De un golpe. Ahí está toda la historia. Así es Dios. No pregunta. No pone condiciones. No le interesa saber si aquella viuda y su hijo difunto eran judíos ortodoxos, adoradores de alguna deidad extraña o vete a saber qué. El dato es irrelevante. Lo único que cuenta para Jesús es el dolor, el sufrimiento de aquella mujer. Así es Dios. Es un dato a tener en cuenta también en nuestra vida y para el funcionamiento de nuestras parroquias y comunidades cristianas. La gente lo entendió a la primera: “Dios ha visitado a su pueblo.” En la acción de Jesús vieron la mano de Dios. Dios se identificaba para aquella gente como el que curaba, el que resucitaba, el que daba la vida y la esperanza.

Luego viene la comunidad cristiana. Tratamos de seguir los pasos de Jesús. Tratamos de hacer como él hijo para ser testigos de la presencia de Dios en nuestro mundo. Nos hemos terminado convirtiendo en una comunidad muy compleja. Millones de creyentes. Cientos de lenguas y culturas diversas. Una organización complicada (parroquias, diócesis, conferencias episcopales, unidades pastorales, carismas, comunidades laicales, religiosos y religiosas, seglares, movimientos, universidades, monjes y monjas…). Todos, no hay que dudarlo, con muy buena voluntad. Pero la misma complejidad y variedad provoca que surjan los conflictos. Es inevitable. Hay diversos y abundantes servicios en la comunidad cristiana. Como dice Pablo, hay apóstoles, profetas, maestros, los que tienen el don de curar, el don de gobierno, el don de interpretar lenguas… pero todos al servicio de una única fe, de un solo objetivo: dar testimonio de la presencia de Dios en nuestro mundo, del Dios que cura, que resucita, que da vida y esperanza. Quizá, por esto mismo, termina Pablo diciendo aquello de que deberíamos aspirar a los carismas mejores.

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Las dos lecturas de este día son bien sabrosas y dignas de recibir nuestra atención. Pero  podemos tener el peligro de fijarnos en los elementos o puntos más llamativos y dejar otros aspectos, también muy interesantes, en la sombra.

En la primera lectura Pablo alude a la tradición que ha recibido, procedente del Señor. Se trata de la institución de la Eucaristía. Sin duda que es el punto central de esa lectura. Sin duda, que ya hemos meditado muchas veces en esas palabras que todos los días se oyen en la celebración de la Eucaristía.

El Evangelio parece que está escogido adrede porque es el relato de la curación del criado del centurión. Es éste el que pronuncia las palabras que los cristianos llevamos repitiendo en la celebración de la Eucaristía desde hace siglos, justo antes de recibir la comunión: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa…”

Son dos buenos puntos para nuestra meditación. Los dos relacionados con la Eucaristía. Los dos nos hablan de la entrega gratuita del Señor. No somos dignos pero el amor y la entrega es más fuerte que cualquier indignidad. El amor es así. Y el amor de Dios lo es más.

Son dos puntos tan luminosos que es posible que dejen en la oscuridad otras líneas de estas lecturas que también tienen su interés. Por ejemplo, el hecho de que, si Pablo relata la institución de la Eucaristía es a propósito de la desunión manifiesta con que parece que los corintios celebraban la Eucaristía. Cada uno mirando a su propio interés, a lo suyo, sin importarle un pimiento lo que les sucediese a los otros, si tenían para comer o si se quedaban con hambre. Pablo acentúa así un elemento esencial de la Eucaristía: la celebra siempre una comunidad unida en todo. Sin unidad ni hay Eucaristía ni presencia ni nada que valga la pena. Unidad, claro, basada en el respeto y el cariño.

En el Evangelio también hay que rescatar otro hecho que queda en la sombra: Jesús cura al criado de un centurión, un romano. Dice de él que tiene una fe como no ha visto en todo Israel. Interesante recordar que para Jesús no hay fronteras, idiomas, culturas… La fe marca un punto de unión que es el que nos hace participar conscientemente de la mesa de la Eucaristía.

Son dos pequeños asuntos que pueden quedar en la sombra en estas lecturas pero que completan e iluminan el significado de los primeros.

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Es tiempo de decidirnos por Jesús

      En la vida hay tiempos y momentos que exigen decisiones serias, que luego deben ser asumidas con todas sus consecuencias. Jesús puso a los apóstoles ante una de esas decisiones en aquel diálogo que tuvo con ellos cerca de Cesarea de Filipo. Les pidió, ni más ni menos, que se definieran ante él. Hoy la pregunta resuena también para nosotros. “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” No es baladí la cuestión. Pedro da la impresión de que es capaz de responderla casi de golpe. A bote pronto. Pero no es difícil darse cuenta de que su respuesta no tiene mucho peso. En realidad no había entendido nada o casi nada. Cuando Jesús les comienza a explicar lo que significa que él es el Mesías, entonces Pedro se empeña en tratar de disuadirlo. Pero Jesús se desentiende de él y sigue planteando lo que va a ser su vida y la vida de sus seguidores. “El que quiera venirse conmigo…”

      Es que el cristiano puede ser que encuentre resistencia en los que le rodean o en la sociedad. El ambiente le puede hacer más difícil ser cristiano. Es verdad. Pero hay otra resistencia que proviene de dentro de la persona. Es la resistencia a la Palabra de Dios. A ella alude la lectura del profeta Isaías: “El Señor me ha hecho oír sus palabras y yo no he opuesto resistencia”. El profeta no la opuso pero nosotros quizá sí. Quizá nos da miedo asumir las consecuencias de seguir a Jesús, de comportarnos como cristianos en nuestra familia o en nuestro barrio, de acercarnos a los más débiles y necesitados y compartir con ellos nuestro tiempo o nuestros bienes, de perdonar con generosidad como Dios nos perdona. Hay que ser fuertes a veces para ser cristiano y amar a todos como Dios nos ha amado en Cristo. En nuestros oídos vuelven a resonar las palabras de Jesús: “El que quiera venirse conmigo…”

      Porque ser cristiano no es cuestión de pegar un grito en un momento determinado, decir “Sí, yo quiero seguir a Jesús”, y luego olvidarse de lo dicho y seguir como si nada hubiese cambiado en nuestra vida. Ser cristiano significa comportarse como tal no sólo los domingos sino también los días de entre semana. No vaya a ser que se nos presente el apóstol Santiago y nos pregunte (segunda lectura): “¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no lo demuestra con obras?” Se puede decir más alto pero no más claro. Además, sabemos que es verdad. La fe se demuestra en las obras, en la forma de relacionarnos con nuestros hermanos y hermanas, en nuestra capacidad para compartir la vida y lo que tenemos, en nuestra capacidad de amar sin medida y perdonar con generosidad. Decidirnos por Jesús no sólo es confesar como Pedro en Cesarea que es el “Mesías”. Decidirnos por Jesús es vivir las consecuencias cada día de nuestra vida. 

Para la reflexión

      ¿Qué creemos que nos pide Jesús que hagamos para seguirle? ¿Nos cuesta escuchar su Palabra? ¿Nos comportamos siempre como cristianos? ¿En que podríamos mejorar para ser más coherentes entre nuestro ir a misa los domingos y lo que hacemos el resto de los días?

Fernando Torres

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