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Archive for the ‘Cuaresma’ Category

Un árbol es bueno cuando da frutos buenos. Y para que llegue a darlos, el árbol requiere muchos cuidados.

Lo primero que hay que hacer es preparar la tierra para plantarlo; ha de estar la tierra bien regada, sin malas hierbas ni piedras que impidan a sus raíces extenderse y agarrar profundamente la tierra.

Después, es necesario tener una gran paciencia para permitirle crecer a su ritmo. También es necesario darle tiempo para reponer fuerzas, para recobrar la salud. En una palabra, hay que estar pendientes de él con un gran cuidado. Al árbol hay que darle también sus oportunidades.

Hay que podar las ramas secas para que la savia pueda llegar sin dificultad hasta las ramas más pequeñas y más alejadas del tronco.

Hay que apuntalarlo para que resista las tempestades. Si es frágil y está mal cuidado, resistirá poco y será arrancado de cuajo. HAY QUE PRESERVARLO DE LOS BICHOS QUE SE COBIJAN EN ÉL Y LE destruyen quitándole las fuerzas.

Hay que preocuparse de él en todo momento. ¡Entonces sí que será capaz de dar los frutos esperados, sabrosos y nutritivos!

Nosotros somos parecidos a los árboles. Nuestros frutos son nuestras obras y nuestras palabras. Si permanecemos plantados en la Palabra de Jesús, en su Evangelio, entonces daremos frutos -nuestras obras y palabras- en las cuales se podrá saborear la Palabra de Jesús. Si nos preocupamos de que nuestras raíces estén asentadas en Jesús; entonces nuestros frutos serán frutos de amor y no de odio.
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Los “gentiles” probablemente son no judíos que simpatizan con el judaísmo y que han subido a Jerusalén para celebrar la Pascua.

“Betsaida” estaba situada al norte del lago de Galilea. Tenía una población formada por judíos y no judíos. “Felipe” no sólo es de un lugar como éste, de mezcla, sino que lleva un nombre griego, como “Andrés”. Son, interlocutores aptos para los “gentiles”.

“La hora” no es un momento cronológico. Todo el evangelio de Juan se mueve entre la hora de Jesús que tiene que llegar [Jn 2, 4; 7, 30; 8, 20] y la llegada de dicha hora [Jn 12, 23; 13, 1; 17, 1]. En este caso, un signo de su gloria futura, como es la venida de los “gentiles” a la comunidad de Jesús, marca que ya “ha llegado la hora”.

Con la imagen del grano que muere para poder dar fruto, Jesús dice a los discípulos que tendrá que sufrir la pasión y muerte. Pero la pasión conducirá a una resurrección fecunda. Es importante el contraste entre “queda infecundo” y “da mucho fruto”.

El mensaje sobre la pasión-muerte-resurrección de Jesús se acompaña de un mensaje sobre la “vida” del discípulo. Equivale a “el que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará” [Mt 10, 39].

Con la expresión “donde esté yo, allí también estará mi servidor” no se indica un espacio físico, sino una relación personal [Jn 8, 29] con Jesús [Jn 14, 3; 17, 24].

“Glorifica tu nombre”. El nombre, en la Biblia, expresa y manifiesta la persona. Jesús pide que Dios acabe su obra de amor entre los hombres mediante la muerte y la resurrección que él mismo experimentará. La expresión nos recuerda al “Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre” [Mt 6, 9].

“Mundo” se tiene que entender como lugar donde se manifiestan los poderes hostiles a la soberanía de Dios: el diablo [Jn 6, 70; 8, 44; 13, 2], Satanás [Jn 13, 27].

“Elevado” aparece como opuesto a “caído”. Jesús “elevado” -crucificado y glorificado- hace posible el reconocimiento, la fe [Jn 2, 22; 8, 28; 19, 35-37]. Muerte y resurrección son indisociables.

Los “gentiles” representan a todos los pueblos que se abren al Evangelio. Quieren ver a Jesús. “Ver” es la mirada de la fe: creer.

Los apóstoles son “enviados” a los pueblos para que puedan “ver” (creer) a Jesús. El Jesús a quien podrán “ver” es el de la Pascua, muerto y resucitado (”cae en tierra y muere” para dar “mucho fruto”). No podemos creer (“ver”) si no es en el misterio de la cruz, donde se manifiesta la gloria de Dios (”elevado”).

La venida a Jesús de los “gentiles”, es presentada como un objetivo importante de la misión de Jesús: marca su “hora”. La muerte y la resurrección “da mucho fruto”, “atrae a todos”. Este “atrae a todos” se opone al “queda infecundo”. El fruto de la Pascua de Jesús es éste: la reunión de “todos” en la unidad.

Lo que se dice de Jesús con la parábola del grano de trigo se aplica del mismo modo al creyente: el desprendimiento de sí mismo, el dar la vida, fructificará en vida eterna. Seguir a Jesús para “ver” es seguirlo hasta la cruz-glorificación. Sólo desde ahí podemos creer: Dichosos los que crean sin haber visto [Jn 20, 29].

ASÍ ES MI VIDA

Como copo de nieve
que se derrite en el cuenco de otras manos,
así es mi vida cuando Tú la alientas.

Como grano de trigo sembrado en tierra
que revienta al amparo de la humedad y el calor,
así es mi vida cuando Tú la acunas.

Como levadura insignificante a la vista
que se mezcla con la masa y toda ella fermenta,
así es mi vida cuando Tú la amasas.

Cómo árbol seco tras el invierno
que florece en primavera dando vida,
así es mi vida cuando tu savia me renueva.

Como libro de estantería olvidado
que se convierte en buena noticia cuando se usa,
así es mi vida cuando Tú la tomas.

Como arcilla en manos de alfarero que adquiere forma,
figura y belleza, así es mi vida cuando Tú la trabajas.

F. Uribarri; Al viento del Espíritu; p. 158.

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MAERTENS-FRISQUE

Al comenzar la Cuaresma, la Iglesia invita a los cristianos reunidos en asamblea a discernir mejor la intención fundamental que les anima. El camino de la salvación por el que Jesucristo ha orientado a cada uno le exige un reajuste permanente. El pecado, que sigue haciendo acto de presencia aquí abajo, amenaza continuamente con poner en tela de juicio la rectitud de la fe. 

Las tentaciones del desierto siguen teniendo actualidad. Tienen que ver con los cristianos conscientes de sus responsabilidades en el pueblo de Dios y con los que ceden ante las distintas formas del materialismo contemporáneo. La labor del Tentador es a veces discreta, pero no hay terreno alguno que quede fuera de su alcance. En el momento en que la Iglesia se reforma a sí misma-no sin esfuerzo, por otra parte-para responder con más fuerza y lucidez a los desafíos del paganismo moderno, es urgente que los cristianos revisen su percepción del designio de Dios y conozcan mejor los peligros de degradación a que puede llevarlos la acción del Tentador.

– LA TENTACIÓN DEL HOMBRE PAGANO

En su búsqueda de la felicidad, el hombre sigue espontáneamente las sendas seguras. Busca lo sólido, lo estable, lo inmutable y lo previsible. Rechaza el tiempo, la movilidad de la historia, porque le acarrean el sufrimiento, el fracaso, la insensatez. Todo lo que hay de constante y de cíclico en la naturaleza, fuera del hombre y en sí mismo, representa aparentemente un acceso muy fácil a la felicidad a la que aspira. 

En la medida en que precede al hombre, el “orden” natural puede ser captado teóricamente como el signo de la benevolencia del Dios trascendente y constituir, por consiguiente, el punto de apoyo de una auténtica acción de gracias. Pero ese signo es ambiguo por cuanto no distingue claramente al Creador de la creación. Cuando Dios es concebido como el principio de un orden de naturalezas, muy bien puede parecer estar a la altura y al alcance de las posibilidades del hombre. 

Por ahí es por donde se infiltra la tentación… ¿Por qué no habría de actuar el hombre como un dios? Darse a sí mismo la salvación es mucho más confortante que esperarla de la iniciativa providente de Dios. Por eso mismo el hombre, tentado siempre de confundir al Creador con la creación, ha caído con tanta frecuencia en todas las formas de la idolatría y de la magia.

Para el hombre moderno, esta tentación de independencia respecto a Dios adquiere un aspecto nuevo. Su cada vez más amplio dominio de la naturaleza hace al hombre cada vez más insensible al hecho de que la naturaleza precede al hombre. La naturaleza ya no tiene interés para él sino en cuanto sujeta a su poder para transformarla y humanizarla. No tiene siquiera necesidad de rechazar el tiempo o la movilidad de la historia, puesto que es capaz de dominarlas y de ponerlas al servicio de sus proyectos. Por eso la tentación específica del hombre moderno es el ateísmo. Ya no es necesario tender la mano hacia Dios. Dios ha muerto… No necesita existir para que la humanidad siga su proceso de perfeccionamiento.

– LA TENTACIÓN DEL HOMBRE JUDÍO. 

Con Abraham y el pueblo que constituye su hombre judío descendencia se produce un giro decisivo. Israel no trata ya de anular el tiempo, no prescinde ya de la historia. Para él, el acontecimiento, la historia humana, en su carácter imprevisible, único e irreversible, acondiciona el lugar privilegiado en donde se elabora la salvación a la que aspira desde lo más profundo de sí mismo. 

El acontecimiento de la fe supera de forma radical la tentación del hombre pagano. En efecto, ya no es posible Confundir al Creador y a su creación cuando se reconoce la iniciativa providente de Dios, ante todo en la historia más concreta y los acontecimientos que van señalando su camino. El Dios de Israel es el señor absoluto de una historia que se sustrae al poder del hombre; es el Ser trascendente, eminentemente personal, que interviene con toda libertad en la vida cotidiana de su pueblo. Entre el Creador y su creación se descubre una sima que ya es infranqueable. 

En el régimen de la fe, el hombre judío no trata ya de divinizarse o de atentar contra Dios. La tentación que experimenta presenta dos caras. Es más sutil y surge dentro del marco concreto de la Alianza y de la elección de Israel. Primera cara de esa tentación: si Dios elige para Sí un pueblo entre todos los demás, ¿no es normal que le garantice seguridades y bienes abundantes? Y si no colma de bienes a su pueblo ya desde ahora, por razón de la infidelidad, al menos lo hará en los últimos tiempos de la salvación. Por otro lado, para asegurar su seguridad en: el tiempo presente, muchos judíos continúan haciéndose acreedores a los favores de las divinidades paganas… La segunda cara de la tentación de Israel es específica de la actitud del hombre judío: al pactar la alianza con Israel, Yahvé espera del hombre judío la fidelidad de un contratante. Pero ¿cómo dar cuerpo a la fidelidad requerida? ¿Utilizando sus propios recursos o esperando también de Dios esa fidelidad, como un. don esperable? Extraviado frecuentemente por el primer camino, Israel ha montado una fidelidad de estructura humana y, por consiguiente, inadecuada, una fidelidad que, además, separaba del resto y otorgaba unos derechos. 

Israel hubiera podido vencer esta tentación suya característica viviendo profundamente la realidad de una religión de la Espera, una religión que podía hacer presentir la superación que experimenta, dentro del orden de la fe, toda estructura de forma humana. La Virgen, porque no tiene pecado, fue sin duda la única creyente de la antigua Alianza que encajó perfectamente en una religión de la Espera. Abierta, a la Alianza definitiva, pudo traer a la vida al Salvador esperado.

– LA VICTORIA DE JESÚS SOBRE LAS TENTACIONES DEL DESIERTO.

Para los autores neotestamentarios, las tentaciones de Jesús en el desierto están estrechamente relacionadas con las tentaciones que experimentó el pueblo elegido en el desierto y que se consideran típicas de toda su historia. Pero ahora, por primera vez, la victoria no es ya del Maligno. En Jesús se ha cumplido perfectamente el régimen de la fe y ha quedado definitivamente descartado todo peligro de corrupción.

Al cabo de un ayuno de cuarenta días, Jesús tiene hambre, pero se niega a servirse de sus poderes mesiánicos en su propio beneficio, por legítimo que fuese. Y Jesús se niega, además, a inaugurar el anuncio de la Buena Nueva mediante una demostración de poder: no se lanzará desde el pináculo del Templo. El Reino no se fundamenta sobre una acción deslumbradora. Jesús, finalmente, podría garantizar al pueblo elegido la dominación sobre el universo; pero lo que establece es el Reino de Dios, y este Reino no necesita ninguna movilización de poderes humanos.

En una palabra, Jesús vence la tentación más radical que pueda presentarse dentro del régimen de la fe: la de recurrir a los recursos humanos para establecer la fidelidad exigida por la Alianza, la de ligar la realización del destino del hombre con una realización humana, cualquiera que esta sea. Una victoria paradójica, puesto que, humanamente hablando, presentará todos los síntomas del fracaso.

En el momento de comenzar su ministerio público se le invita a Jesús a reiterar la elección decisiva de su vida de hombre, la que anima y domina la rectitud de todos sus actos particulares: “Padre, hágase tu voluntad”. Esta pobreza radical nos ofrece el verdadero rostro del régimen de la fe inaugurado en Abraham. Jesús de Nazaret salva al hombre porque en su misma humanidad puede vincular válidamente al hombre con Dios; pero esa posibilidad no le viene de que haya acudido a los recursos puramente humanos, le viene exclusivamente de que es el Hijo de Dios. Su situación eterna de Hijo respecto al Padre tiene resonancias inevitables al nivel de su humanidad.

– LA VICTORIA DE LA IGLESIA SOBRE LAS TENTACIONES DEL DESIERTO. 

Una vez vencidas, ¿las tentaciones del desierto han quedado definitivamente abrogadas o siguen acosando a la Iglesia? ¿La victoria de Cristo no es automáticamente la de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, en toda la dimensión de su identidad con El? 

La realidad ya la conocemos: estas mismas tentaciones no dejarán de comprometer a la iglesia. Y eso porque están ligadas, en Jesús, a una experiencia humana, cuya última faceta quedó desvelada con la muerte en la cruz. Si bien en Jesús no hay connivencia alguna subjetiva con el mal, su misión encierra, sin embargo, la experiencia humana de la ineficacia y del fracaso.

Pues bien: desde este punto de vista no ha cambiado nada para la Iglesia. Segura de la victoria de Cristo, la Iglesia prosigue aquí abajo una misión que es la exacta prolongación de la de Cristo. La experiencia humana de la Iglesia presenta continuamente una aparente ineficacia.

Satanás, el gran vencido de la Resurrección, sigue conservando la posibilidad de tentar a la Iglesia. Es fácil para él intentar sacar partido, aquí abajo, del vínculo que existe entre una misión de salvación universal y la experiencia que la Iglesia obtiene humanamente. Satanás invita constantemente a la Iglesia a invertir su misión y a no contar más que con medios humanos. pero, al igual que su Maestro, la Iglesia puede salir siempre victoriosa de esta tentación.

La victoria de la Iglesia sobre las tentaciones del desierto está constantemente garantizada por el renacimiento en ella de la Palabra. En la medida misma en que se deja imbuir por la Palabra, el cristiano participa por su parte de esa victoria; por el contrario, en la medida en que el cristiano permanece en pecado, cede por su parte a esas tentaciones. Nunca puede el cristiano rendir a Jesucristo un testimonio perfectamente conforme con el Evangelio que vive en el corazón de la Iglesia. La victoria sobre las tentaciones sigue siendo, para cada uno, una victoria que hay que estar ganando siempre. Pero el cristiano tiene confianza: esa victoria “escatológica’ que le precede será suya si se apoya en la Palabra para ajustarse cada vez más a ella. El poder de Satanás ha quedado definitivamente quebrantado.

Esta tensión caracteriza no solo la vida de cada cristiano, sino también la vida de la Institución eclesial, puesto que, por una parte, su rostro y su desarrollo dependen de los hombres pecadores que la componen. La Iglesia no se reduce a la suma de los bautizados, sino que es también esa suma. Los cristianos pueden cometer faltas colectivas muy graves; ahí está la Historia para enseñárnoslo. La división entre los cristianos es una de ellas.

Sin embargo, ningún pecado colectivo cometido en la Iglesia empaña la santidad victoriosa de la Iglesia, que es la de su Señor. Al contrario, esa santidad victoriosa, sigue siendo en ella la fuente viva de una “reforma” permanente, tanto para la Institución como para los individuos. Bebiendo en esa fuente es como la Iglesia y sus miembros adaptarán cada vez más su voluntad a la de Jesucristo.

 

– LAS TENTACIONES DEL APOSTOLADO.

El apostolado es por excelencia la labor colectiva de los cristianos. ¿Cuales son, pues, las tentaciones que acechan a la vida apostólica? El Evangelio del día las específica bien claramente.

Nada puede obligar a Jesús a cerrarse en su propio interés. Su ejemplo sitúa necesariamente a todo apostolado auténtico bajo el signo del desinterés total. ¡Que nunca pueda ser confundido el Reino con las realidades de este mundo, por respetables que sean! En este terreno, la tentación es a veces muy sutil: cuando la Institución eclesial tiende a presentarse a sí misma como una obra asistencial, un instrumento de revolución social, un organismo de sanos esparcimientos, el peligro de confusionismos no tiene nada de ilusorio.

Jesús se niega a plegarse a los prestigios fáciles de la propaganda y del ascendiente sobre las multitudes. Hay que liberar, no seducir o conquistar. El testimonio de la fe que salva no puede ser al mismo tiempo una violación de las libertades. El apóstol debe marginar, por consiguiente, la búsqueda del éxito. 

Satanás provoca en Jesús la ambición, que es la suprema tentación. Y ceder a la ambición es aceptar una verdadera corrupción del mensaje, puesto que la religión queda absorbida por el deseo de poder. Con su valiente resistencia a este último asalto, Jesús condena por anticipado el clericalismo en todas sus formas. La promoción de lo espiritual está más asegurada mediante una liberación de lo temporal que mediante una tutela desconsiderada. El Reino no es de este mundo. A condición de reconocerlo así, puede ser en el seno mismo de este mundo la fuente de un dinamismo siempre nuevo, en una incesante postura crítica frente a todo orden establecido.

Este apostolado evangélico, puro de toda aleación, exige del apóstol un continuo reajuste, Situar a la Iglesia en estado de misión, al comienzo de la Cuaresma, significa empujar a todos los cristianos a descubrir en sí mismos los peligros de una alienación de los valores espirituales. Su esfuerzo colectivo para superar esos peligros contribuirá a dar cuerpo al gran signo de gracias que el mundo, llegado ya a edad adulta, espera de la Iglesia.

– LA ACOGIDA DE LA PALABRA Y LA VICTORIA SOBRE LAS TENTACIONES.

Este primer domingo de Cuaresma hace un llamamiento al cristiano para que considere la importancia de una confrontación permanente de su vida con la Palabra. Quien desea incorporarse al orden de la fe, establecerse en él y comulgar con la victoria de Cristo sobre el Tentador, no debe dejar de estar nunca en actitud receptiva de una Palabra que le precede, le rodea, le da fuerza y un impulso profundo.

La preparación de una comunidad creyente en el misterio de Pascua implica una iniciación cada vez más profunda en la historia de la salvación. La proclamación de la Palabra es la que constituye el núcleo de esa iniciación, a condición, naturalmente, de que esa proclamación esté sólidamente vinculada al testimonio vivo que los cristianos tienen que dar de su fe en el terreno de obrar diario.

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Déjate sembrar

Sentido de esta etapa

Esta es la última etapa de nuestra peregrinación. Han sido muchas vivencias durante estas semanas, muchos pensamientos, muchos propósitos. Ahora es el momento de la opción. ¿Estamos dispuestos a seguir a Jesús con autenticidad? ¿Estamos dispuestos a vivir en serio la vida que nos propone? ¿Estamos dispuestos a cogernos de su mano y caminar con Él? La respuesta parece sencilla, seguro que pronto nos sale el Sí, pero no perdamos de vista la cruz como el horizonte de nuestro seguimiento, pues solamente desde ella podremos arraigar nuestro corazón en el corazón de Cristo. No huyamos del proceso de la siembra en nosotros, pues solamente así lograremos dar el fruto que Él desea.

Guía de la Palabra de Dios

Jr 31, 31-34: “… escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”

Hb 5, 7-9: “Y aun siendo Hijo, aprendió sufriendo a obedecer”

Evangelio: Jn 12, 20-33

Entre los que habían venido a celebrar la esta había algunos griegos; estos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: «Señor, queremos ver a Jesús». Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glori cado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en erra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.

El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna.

El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?:

“Padre, líbrame de esta hora”. Pero si por esto he venido, para esta hora: Padre, glori ca tu nombre».

Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo». La gente que estaba allí y lo oyó, decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».

Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

Comienza a dar fruto de esperanza

Estamos llegando al final de esta peregrinación. Durante todo este tiempo hemos hecho un viaje, sobre todo, al interior de nosotros mismos. Hemos descubierto ataduras que nos impiden caminar con libertad, tentaciones que nos invitaban a la comodidad de pensar en nuestro bienestar, algunas cosas con las que llenábamos nuestro corazón y ocupaban el lugar que solamente corresponde a Jesús, Luz verdadera que nos ayuda a caminar. En esta última etapa debemos recorrerla con la mirada puesta en la meta: Cristo Resucitado, pero siendo conscientes de la cruz, camino que conduce a la Vida.

Jesús ha de morir si quiere “dar fruto”. Su muerte es la muerte de la que procede todo “fruto”. Una muerte salvadora, de la que brota la vida eterna. Para poder comprender esto, Jesús nos presenta una sencilla parábola pero con un gran significado, la rutina de una semilla. Más que grandes discursos utiliza una sencilla imagen, la del trigo que da mucho más fruto después que muere. La semilla se pudre y muere en los recovecos del suelo, pero con gran asombro, aparece viva sobre los surcos y de convierte en una dorada espiga con muchos granos nuevos.

Jesús nos invita a seguirle en esa entrega total. No se trata con conformarnos en vivir una vida a medias, sino en tener una actitud de confianza plena y sin reservas a la salvación. Y para aprender esta actitud fundamental en el camino del seguimiento Jesús nos la enseña no sólo con palabras sino con su misma vida, muerte y resurrección. “Nadie tiene mayor amor que quien da la vida por los que ama”. El que entrega su vida por los demás ama de verás, se olvida de su propio interés y de su propia seguridad y lucha por una vida digna y libre para todos.

El grano que quiera seguir como grano, que le tenga miedo a la humedad, que no esté dispuesto a desaparecer como grano, ¿cómo ha de dar fruto? Si el grano muere, nacerá una nueva planta, dará abundante fruto. Todos nosotros tenemos semillas de vida que pueden germinar solo cuando se enfrentan a la posibilidad de ser enterradas, para que en el proceso de muerte y descomposición la semilla se convierta en una mul plicación de vida. Pero este proceso solo será posible si lo fundamentamos en la confianza en la vida eterna prometida.

«Jesús ha llevado al mundo una esperanza nueva y lo ha hecho como la semilla: se ha hecho pequeño pequeño, como un grano de trigo; ha dejado su gloria celeste para venir entre nosotros: ha “caído en la tierra”. Pero todavía no era suficiente. Para dar fruto Jesús ha vivido el amor hasta el fondo, dejándose romper por la muerte como una semilla se deja romper bajo tierra. Precisamente allí, en el punto extremo de su abajamiento —que es también el punto más alto del amor— ha germinado la esperanza. Si alguno de vosotros pregunta: “¿Cómo nace la esperanza?”. “De la cruz. Mira la cruz, mira al Cristo Crucificado y de allí te llegará la esperanza que ya no desaparece, esa que dura hasta la vida eterna”. Y esta esperanza ha germinado precisamente por la fuerza del amor: porque es el amor que «todo lo espera. Todo lo soporta» (1 Corin os 13, 7), el amor que es la vida de Dios ha renovado todo lo que ha alcanzado. Así, en Pascua, Jesús ha transformado, tomándolo sobre sí, nuestro pecado en perdón. Pero escuchad bien cómo es la transformación que hace la Pascua: Jesús ha transformado nuestro pecado en perdón, nuestra muerte en resurrección, nuestro miedo en confianza. Es por esto porque allí, en la cruz, ha nacido y renace siempre nuestra esperanza; es por esto que con Jesús cada oscuridad nuestra puede ser transformada en luz, toda derrota en victoria, toda desilusión en esperanza. Toda: sí, toda. La esperanza supera todo, porque nace del amor de Jesús que se ha hecho como el grano de trigo en la tierra y ha muerto para dar vida y de esa vida plena de amor viene la esperanza.

Cuando elegimos la esperanza de Jesús, poco a poco descubrimos que la forma de vivir vencedora es la de la semilla, la del amor humilde. No hay otro camino para vencer el mal y dar esperanza al mundo. Pero vosotros podéis decirme: “¡No, es una lógica perdedora!”. Parecería así, que sea una lógica perdedora, porque quien ama pierde poder. ¿Habéis pensando en esto? Quien ama pierde poder, quien dona, se despoja de algo y amar es un don. En realidad la lógica de la semilla que muere, del amor humilde, es el camino de Dios, y solo esta da fruto. Lo vemos también en nosotros: poseer empuja siempre a querer otra cosa. He obtenido una cosa para mí y enseguida quiero una más grande, y así sucesivamente, y no estoy nunca satisfecho. ¡Esa es una sed fea! Cuando más enes, más quieres. Quien es voraz no está nunca saciado. Y Jesús lo dice de forma clara: «El que ama su vida, la pierde» (Juan 12, 25). Tú eres voraz, buscas tener muchas cosas pero… perderás todo, también tu vida, es decir: quien ama lo propio y vive por sus intereses se hincha solo de sí mismo y pierde. Quien acepta, sin embargo, está disponible y sirve, vive a la forma de Dios: entonces es vencedor, se salva a sí mismo y a los otros: se convierte en semilla de esperanza para el mundo. Pero es bonito ayudar a los otros, servir a los otros… ¡Quizá nos cansaremos! Pero la vida es así y el corazón se llena de alegría y de esperanza. Esto es amor y esperanza juntos: servir y dar.» (Papa Francisco, Audiencia del 12-04-2017)

Diario del peregrino

Ver

• Sin duda la esperanza va muy asociada a la felicidad. La mayor esperanza de alguien es tener una vida feliz.

¿En qué basas tu esperanza? ¿cómo nace en ti?

• En nuestra sociedad hay valores y contravalores que ayudan a vivir la Esperanza. Si tuvieras que abrir un debate sobre dónde cada uno fundamenta su anhelo de esperanza cuáles piensas que serían sus respuestas.

Juzgar

• «Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza. Para nosotros, que vivimos desde siempre con el concepto cristiano de Dios y nos hemos acostumbrado a él, el tener esperanza, que proviene del encuentro real con este Dios, resulta ya casi imperceptible». (Spe Salvi, 3)

• Solo puede ser una buena semilla aquel que espera convertirse en espiga.

• Busca un momento de oración personal con el Evangelio de este Domingo y descubre las llamadas que Jesús te hace:

El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna.

El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará.

Actuar

• La Esperanza en Cristo supone un estilo de vida concreta. ¿Qué puedo cambiar para vivirla con mayor profundidad y autenticidad?

• Y a nivel comunitario, ¿cómo podemos hacer que nuestras parroquias sean transmisoras de esta Esperanza, sobre todo a las personas que no se acercan a ella?

Recursos para el camino

Canto: Bienaventuranzas (Kairoi)

Felices somos en la pobreza,
si en nuestras manos hay amor de Dios,
si nos abrimos a la esperanza,
si trabajamos en hacer el bien.
Felices somos en la humildad si,
como niños, sabemos vivir,
será nuestra heredad la erra, la tierra.

SI EL GRANO DE TRIGO
NO MUERE EN LA TIERRA
ES IMPOSIBLE QUE NAZCA FRUTO.
AQUEL QUE DA

SU VIDA PARA LOS DEMAS
TENDRÁ SIEMPRE AL SEÑOR

Felices somos si compar mos,
si nuestro tiempo es para los demás:
para quien vive en la tristeza
y para quien camina en soledad.
Felices somos si damos amor,
si en nuestras manos hay sinceridad,
podremos siempre mira
y ver a Dios, y ver a Dios.

 

Película: Cartas al Padre Jacob

Año: 2009.
Duración: 74 min.
Género: Drama.
Interpretación: Kaarina Hazard (Leila), Heikki Nousiainen (padre Jacob), Jukka Keinonen (cartero), Esko Roine (Vankilan).
Guión: Klaus Härö y Jaana Makkonen.
Producción: Lasse Saarinen y Ristro Salomaaa.
Música: Dani Strömback.

Sinopsis

Leila es una mujer que, después de haber sido condenada a cadena perpetua, es indultada, y le ofrecen trabajo como ayudante de Jacob, un anciano cura rural ciego. Su trabajo consiste básicamente en responder a las cartas que los eles le escriben al sacerdote pidiéndole ayuda y consejo. Esta labor que para el cura es vital, a Leila, en cambio, le parece una tarea estéril; en consecuencia, la relación entre ambos personajes es bastante tensa. Pero llega un momento en que Jacob deja de recibir cartas y, entonces, siente que su vida ha perdido todo sen do, un hecho que no pasará indiferente para el desenlace de la película.

• Será un camino par cularmente difícil para Leila, una persona endurecida por la vida. ¿Hay cambios?

• La oración ene una fuerza insospechada, y no deja de cuestionar el alcance que puede tener la plegaria de un corazón lleno del amor de Dios.

• Resulta impactante observar cómo el egoísmo y la desconfianza le cierran a una persona sicamente sana cualquier posibilidad de encuentro, mientras que, ciego y limitado por la vejez, el Padre Jacob no deja de abrir las puertas a las almas que reclaman su consejo y oración.

• El final de la vida del sacerdote ¿una noche o oscura o más bien un resituarse en su carta más importante, la misma Leila?

Para reflexionar y compartir en grupo

• ¿Cuál es el sentido de la vida para ambos personajes?

• ¿Qué significa para la oración? ¿Rezas? ¿Cómo lo haces? ¿Rezas por los demás?

• ¿En qué momentos de tu vida has sentido la mano protectora de Dios?

• ¿Qué recuerdos de tu historia personal te hacen sufrir? ¿Cómo podrías curar estas heridas?

• ¿Qué buscas cuando llevas a cabo alguna acción servicial o carita va? ¿Por qué lo haces?

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Al surgir las Pléyades, descendientes de Atlas, empieza la siega, y cuando se ocultan, da comienzo la labranza. A partir de ese momento, están escondidas durante 40 noches y 40 días y de nuevo, al completarse el año, empiezan a aparecer cuando se afila la hoz» (Hesíodo, Los trabajos y los días). La Biblia está troceada en cuarentenas: llovió durante 40 días sobre la Tierra y fue el diluvio; Saúl reinó 40 años; Israel anduvo por el desierto otros tantos; la Virgen subió al templo para purificarse 40 días después de haber dado a luz; Jesús se fue al desierto a pasar el mismo número de días para prepararse antes de emprender su vida de predicador; Cristo subió al cielo 40 días después de su resurrección… 

En la Biblia, la cuarentena simboliza las maravillas obradas por Dios con el pueblo elegido y con sus protagonistas. La cuaresma imita los 40 días que pasó Moisés en el desierto sin comer ni beber; la cuarentena de Elías, quien, reconfortado misteriosamente, mantuvo el ánimo de los israelitas en el desierto; y la de Jesús, que también permaneció ayunando y haciendo oración en el desierto, en donde fue tentado por el diablo de 1.000 maneras diferentes. Transcurridos los 40 días, se fue a iniciar su vida pública de predicación. 

Las cuarentenas no sólo son una cuestión bíblica. Aún en nuestros días, cuando un barco atraca en algún puerto, sus pasajeros, si están afectados por una enfermedad no identificada, son sometidos a cuarentena antes de poder desembarcar. La cuaresma, tal como la conocemos en la actualidad, empezó a fraguarse en el siglo IV. Desde los inicios, tuvo un marcado acento de preparación al bautismo, rito de paso para participar en la Pascua de Cristo.

La cuaresma es un tiempo de ayuno, abstinencia y limosna, para pelear contra las tentaciones y vencerlas. Aborrecer el cuerpo es tenerlo por capital enemigo y de lo que se trata es de perseguirlo con discreción, fatigarlo y castigarlo, «y en ninguna cosa hacerle placer». El ayuno, las vigilias, las peregrinaciones, el cilicio, las flagelaciones y otras prácticas penitenciales tienen la finalidad de mantener a raya los instintos libidinosos de la carne para hacerse acreedores de la gracia salvadora de Dios, «viviendo moderada, justa y piadosamente en el presente siglo» (San Pablo).

«A la gente le mola lo nuevo, lo de nunca. La cuaresma ya tiene moho; yo oía hablar de eso a mi madre, a mi abuela, al cura», comentó el taxista cuando le dije que los españoles hablaban más del ramadán musulmán que de la cuaresma. Y continuó: «Lo hacen porque está de moda hablar de esas cosas; seguramente piensan que olvidando lo suyo defienden mejor a los otros. En mi, casa los viernes de cuaresma no se come carne porque así lo aprendí de mis padres desde siempre. Ni siquiera puedo decir que lo haya aprendido de niño. Nací con ello. Mis hijos y mis nietos hacen lo mismo. Todos somos católicos y mantenemos las tradiciones católicas. Para poder comer carne se compraba la bula que concedía indulgencias». La lucha fratricida entre creyentes a raíz de las indulgencias supuso el resquebrajamiento del mundo cristiano de entonces (Lutero, Alemania, 2005. Dir. Eric Hill). 

El hombre moderno vendió su alma al diablo para llegar a ser un creador (Goethe, Fausto), y proclamó la muerte de Dios (Nietzsche, Así habla Zaratustra). Entonces, delante del cadáver divino, se proclamó a sí mismo creador, pero su maravillosa creación empezó a devorar y a destruir todo lo que al hombre era más querido (M. Shelle, Frankenstein). A pesar de todo, creyó que habitaba el mejor de los mundos y que había encontrado la felicidad (A. Huxley, Un mundo feliz). El tiempo pasó, y él mismo se convirtió en monstruo (Kafka, Metamorfosis), se vació completamente (T. Mann, La montaña mágica), y se dio asco (Sastre, La náusea). Entonces, el hombre descubrió con amargura que es un ser caído, expulsado del paraíso y arrojado en el mundo, cuyo horizonte existencial es la muerte, límite y punto final de todo (M. Heidegger, Ser y tiempo). 

A pesar de todo, el hombre sigue siendo el ser del límite y, por lo tanto, un ser abierto a lo que pueda haber más allá del límite: el misterio (E. Trías, La razón limítrofe). Tal vez el afán por desvelar este misterio sea la travesía del desierto de nuestra sociedad. Y puesto que el corazón tiene razones que la razón no entiende, el hombre de nuestros días vuelve a Dios, aunque sea fuera de toda iglesia y de toda institución. Después de todo, y como siempre, la posmodernidad se ve obligada a hacer un lugar en su vida a Dios, al alma y a la libertad, aunque para ello tenga que «suprimir el saber para dejar sitio a la fe», como Kant (Crítica de la razón pura). 

Las modas cambian, los gustos también; los hombres nacen, crecen y mueren, pero la naturaleza humana sigue ahí. «Natura non facit saltus» (la naturaleza no da saltos), decían los latinos. Un filósofo popular me dijo lo mismo de una manera mucho más inteligible para el hombre cibernético de la era del botellón: «El hombre desde que es hombre, cuarta arriba cuarta abajo, ha meado siempre por el ombligo. Y, con un poco de suerte, puede que, al menos por un poco más de tiempo, siga haciéndolo a pesar de la luz eléctrica». 

Hoy la limosna se practica fundamentalmente con ocasión de catástrofes, de temblores de tierra y de sequías que condenan a morir de hambre a miles de personas del Tercer Mundo. Los jóvenes practican la penitencia con alegría cuando se enrolan en movimientos de cooperación para ayudar graciosamente a los más necesitados. 

Pero también hacen abstinencia y ayunan esos millones de seres humanos que hacen dieta para estar delgados, para mantener la silueta, conservar la figura; todos los que no comen jamón ni chorizo ni mantequilla, ni una fabada asturiana, ni yogures que no sean light, ni beben leche entera. La anorexia es una prueba del rigorismo moderno, del desprecio al cuerpo en aras de la imagen. Todos practican la abstinencia y el ayuno con más frecuencia y con más rigor que lo practicaban los fieles cristianos cuando la cuaresma era la cuaresma. 

Mucha gente, cuando sale rendida y agotada del trabajo, va y se arroja en los brazos de acero de una máquina y se cruje viva durante una hora o dos para transformar su cuerpo, mejorar su imagen y hacerse aceptar por la sociedad. Los expertos dicen que el sufrimiento, el esfuerzo y la renuncia son elementos importantes en la construcción de la propia identidad.

¿Para qué quieren llevar cilicio y darse disciplinas los que llevan una argolla en la punta de la lengua o en los genitales; los que van cargados de cadenas, arrastrándolas día y noche, como una procesión de condenados? ¿Para qué quieren más peregrinaciones a lugares santos aquéllos que, los viernes después del trabajo, peregrinan a la torre, a la casa de la playa o al chalet de la sierra y han de estar cuatro o cinco horas en la caravana? ¿Para qué van a pasarse horas de rodillas con los brazos en cruz los hombres y las mujeres que se someten a operaciones, a veces, de riesgo, para eliminar las arrugas, para sacudirse de encima unos kilos? ¿Para qué quieren ir a confesarse, como era costumbre preceptiva hacerlo, al menos, una vez al año y comulgar por Pascua florida, todas esas personas que van a la televisión a proclamar delante de toda España: «te quiero; soy homosexual y tengo novio; te puse los cuernos; soy el rey de los astados; te zurré la badana porque tenía miedo a perderte»?

Los antiguos practicaban la cuaresma para disfrutar en el cielo de las cualidades de los cuerpos gloriosos; los posmodernos practican su cuaresma particular para lucir, aquí en la Tierra, un palmito celestial. 

MANUEL MANDIANES

Manuel Mandianes es antropólogo del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y escritor.

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Desde luego las cosas han cambiado. Las abstinencias de los viernes, por ejemplo, resultan a menudo poco significativas. Y los pequeños o grandes sacrificios no tienen muy buena prensa, y además no se sabe exactamente para qué sirven y si tienen suficiente sentido. 

Pero a pesar de que las cosas hayan cambiado, las palabras que se nos dirán durante los días de Cuaresma seguirán siendo llamadas a hacer de este tiempo un tiempo “especial”, un tiempo con entidad propia. Un tiempo para consolidar la fe y la vida cristiana, un tiempo para que la celebración central de la Pascua nos encuentre un poco más cristianos. 

Habrá que plantearse, por tanto, qué debemos hacer en este tiempo de Cuaresma, cómo debemos vivirlo. 

 

– El sentido de este tiempo LIMOSNA ORACIÓN AYUNO 

La Cuaresma es el tiempo de preparación de la Pascua. En su origen, lo que lo caracterizaba de modo peculiar era el hecho de ser el tiempo de preparación más directa e inmediata de los que querían recibir el bautismo, que se celebraba en la Vigilia pascual. 

Asimismo, era el tiempo en que los pecadores -los que habían actuado rompiendo de forma decisiva la comunión con Dios y la Iglesia- hacían penitencia para ser reconciliados el Jueves Santo y poder celebrar de nuevo la Pascua con toda la comunidad. Nosotros, ni tenemos que bautizarnos ni -probablemente- somos pecadores que hayamos roto decisivamente la comunión con Dios y la Iglesia. Pero sin embargo el sentido de nuestra Cuaresma no debería estar muy lejos del que tenía para los que se preparaban para el bautismo o la reconciliación. 

Porque sin duda es importante que, durante un tiempo concreto del año, nos digamos a nosotros mismos: “Yo fui bautizado, yo llevo en mí la marca de Jesús, yo estoy sumergido en su vida nueva. Todo eso, ¿se nota realmente? ¿no debería notarse más? ¿en qué podría notarse más?”. Y decirnos también: “Desde luego mi vida no está exenta de infidelidades. ¿Soy consciente de ello? ¿Soy capaz de ponerme ante Dios y pedir perdón?” La Cuaresma es el tiempo de preparación para la Pascua. Durante los días de la muerte y la resurrección de Jesús, y durante la cincuentena que les sigue, fijaremos nuestros ojos en el camino nuevo que Jesús nos ha abierto con su fidelidad, y daremos gracias. Pero para que ello sea auténtico y verdadero, por nuestra parte, por parte de nuestro modo de vivir, deberemos llegar a la celebración pascual habiendo reforzado el seguimiento de este camino nuevo: habiendo renovado la fe y el compromiso de nuestro bautismo, y habiendo caminado hacia la reconciliación con Dios. A eso nos invita la Cuaresma. Sin pretender en la mayoría de los casos grandes cambios espectaculares en nuestra vida -¡bastante conocemos nuestras limitaciones!-, pero sí esforzándonos para que este tiempo no pase como si nada. 

– ¿Cómo hacerlo? 

Se trata de consolidar la fe y la vida cristiana, de darle impulso. Eso puede parecer quizá muy general pero conviene recordarlo. Debemos decirnos a nosotros mismos que somos cristianos, que queremos serlo más, y que creemos firmemente que Jesucristo ha abierto en medio de nuestra historia el único camino que es absolutamente valioso. Y debemos mirar nuestra vida, hacer examen de conciencia, descubrir con limpieza de corazón qué nuevos pasos podríamos quizá dar. 

Es necesario, asimismo, que los sacerdotes y demás responsables de las comunidades sepan ofrecer elementos que ayuden a esa consolidación e impulso. Por ahí debe andar la predicación de los domingos, por ahí deben ir los actos extraordinarios que acostumbran a organizarse en este tiempo (sea de forma global o acercándose a algún aspecto concreto). 

Pero puede haber también algo más: algunas actuaciones peculiares que nos indiquen que nos encontramos en un tiempo peculiar. Lo que antes era la abstinencia o la no asistencia a espectáculos. 

Tradicionalmente, y en el mismo evangelio, se señalan tres actuaciones concretas: la limosna, la oración y el ayuno. El Miércoles de Ceniza leemos precisamente el fragmento del evangelio de Mateo (6,1-18) en el que Jesús habla de las tres. Valora esas prácticas, pero señala también el sentido que deben tener para que sean valiosas: no debe ser algo que se hace porque toca o para quedar tranquilo, sino que tiene que salir de dentro, tiene que ser la expresión del deseo de renovar la fe y la vida cristiana. 

¿Qué significa, ahora, la limosna, la oración y el ayuno? ¿Cómo pueden vivirse cuando está para terminar el siglo XX? 

 

– La limosna 

La limosna es dar dinero a los que pasan necesidad. 

Lo cual sigue teniendo actualmente -y más aún en momentos de crisis económica- todo su valor. Si bien la mendicidad de la calle provoca normalmente desconfianza, en cambio sí que hay que plantearse seriamente, con motivo de la Cuaresma, nuestra propia aportación a las acciones de servicio a los necesitados: Cáritas, Tercer mundo, o cualquier otra. Teniendo en cuenta que, si es verdad que todos sufrimos las consecuencias de la crisis, también lo es que unos las sufren mucho más que otros… 

La limosna tiene también otro nivel: la limosna de tiempo. Es decir, el dar una parte del propio tiempo como servicio para alguien que lo necesite: sea ayudando a una persona que vive sola, o visitando a un enfermo o a través de alguna institución que pida voluntariado. Y también, ayudando en campañas de sensibilización y otras actividades semejantes. Finalmente, está también un tercer nivel: el que se refiere a las causas de la pobreza y de la desigualdad social. Limosna será también trabajar para que esta sociedad y este sistema cambien, de modo que no aumente cada vez más la separación entre los que tienen y los que no tienen. Lo que significa plantearse y actuar en la organización económica, social, política. Por lo menos, si no hay otras posibilidades, permaneciendo atentos, informados, sensibilizados ante el tema. 

– La oración 

La oración, el espacio de silencio ante Dios, es un elemento decisivo para reforzar por dentro la fe y la vida cristiana. Habría que buscar, en esta Cuaresma, momentos para hacer presente ante el Señor nuestras ansias y esperanzas de cada día, nuestra petición de ayuda y de perdón, nuestro deseo de fidelidad al Evangelio. Dependerá de las posibilidades de tiempo y de tranquilidad de cada uno, pero en cualquier caso habría que esforzarse por encontrar esos espacios. 

Otra forma muy útil de oración consiste en la lectura de los evangelios, o de los salmos. Eso también dependerá, claro está, de las posibilidades de cada uno. Pero, por ejemplo, uno podría proponerse leer durante esta Cuaresma el evangelio de Marcos: se trata de un texto fácil de leer, ágil y vivo, y constituye un buen acercamiento a la persona de Jesús. 

Finalmente, otro buen propósito para este tiempo sería la participación en la Eucaristía diaria (todos los días o algunos). 

 

– El ayuno 

Este apartado es sin duda el más complicado de los tres. Para muchos, resulta difícil encontrar qué sentido tiene privarse de cosas -de comida, de ir al cine, o de lo que sea- simplemente por motivos religiosos, “para agradar a Dios” o para pedir su benevolencia hacia nosotros. 

Sin embargo, no sería ningún progreso, ni humanamente ni cristianamente, abandonar sin más la práctica de la privación voluntaria. Porque vivimos en una civilización que funciona teniendo como ídolo el consumo, la facilidad y el confort, y que como consecuencia anula la capacidad humana de esfuerzo, de creatividad, de búsqueda. De modo que resulta especialmente importante combatir ese ídolo, para que los hombre podamos seguir siendo hombres, y para que los cristianos podamos seguir siendo cristianos. Es decir, para que podamos seguir afirmando que los valores más importantes no son el tener y el ir tirando, sino el caminar, el ser persona, el amar. Para que podamos seguir diciendo, en definitiva, que el valor más importante es Dios. 

El combate contra ese ídolo se realiza por medio de la privación voluntaria: diciendo que me niego a consumir todo lo que esta civilización me ofrece y para ello me privo, por ejemplo, de un rato fácil ante el televisor, o me privo de comprarme ese vestido, o me privo de aquella comida. 

Y ello, en primer lugar, como signo y recuerdo del valor más alto que me sostiene, que es Dios (y por eso, el ayuno que tradicionalmente la Iglesia observó con mayor fuerza y que ahora convendría recuperar, es el que se celebra en expectación de la mayor revelación de Dios, la Pascua de Jesucristo: el ayuno que va desde la celebración del Viernes a la Vigilia pascual). Luego, como protesta personal contra la absolutización del consumo y de la facilidad. Finalmente, como forma de cultivar los valores que deben fundamentar mi vida, sea teniendo más tiempo para orar o para leer o para hablar con los de casa, sea dedicando el dinero que no gasto a alguna causa de servicio a los demás. 

J. LLIGADAS

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Iniciamos la Cuaresma, que nos prepara para la celebración jubilosa de la Pascua. La Cuaresma empieza con la ceniza y se acabará con el fuego, la luz y el agua de la vigilia pascual. Eso significa que algo tiene que ser quemado y destruido en nosotros con el fin de dar paso a la novedad de la vida pascual con Cristo.

Mientras el celebrante impone la ceniza pronuncia una de estas dos fórmulas: “Convertíos y creed en el evangelio”, o bien “Recuerda, hombre, que eres polvo, y que al polvo volverás,”. Si la segunda fórmula expresa la caducidad de la vida y nos invita implícitamente a hacer un buen uso de ella, la primera nos estimula a la conversión y a la aceptación del evangelio.

Durante la Cuaresma “subimos a Jerusalén”. Este camino hacia Jerusalén, que los evangelistas presentan cómo el coronamiento del itinerario de Jesús sobre la tierra, constituye el modelo de la vida cristiana, comprometido en el seguimiento del Maestro en el camino de la cruz.

Jesús dirige a los hombres y mujeres de hoy esta invitación de “subir a Jerusalén”, cómo lo hizo a los apóstoles. Y lo hace especialmente por la Cuaresma, tiempo favorable para convertirse y para reencontrar la plena comunión con Él participando íntimamente del misterio de su muerte y de su resurrección.

En la larga tradición de la Iglesia los cristianos han vivido la Cuaresma como un tiempo de plegaria. La oración es absolutamente necesaria para la vida de fe, esperanza y caridad en medio de nuestro mundo. La plegaria nos abre a Dios y nos introduce en el trato con Él y en su experiencia. Los hombres y las mujeres de hoy necesitamos disfrutar de la experiencia de Dios a fin de que nuestra vida tenga sentido y alcancemos la felicidad. La plegaria personal y comunitaria más generosa durante este tiempo cuaresmal predispone a alcanzar aquella experiencia en nuestra vida.

También es muy tradicional durante la Cuaresma la práctica del ayuno. El ayuno no es una práctica que implique desprecio del propio cuerpo o de los alimentos. Frente a las cosas creadas, el hombre tiene que adoptar la actitud de gerente y tiene que hacer uso de esos bienes de acuerdo con la voluntad del Creador. El ayuno tendríamos que practicarlo, hoy como nunca, porque en medio de la sociedad de consumo tendríamos que llevar una vida mucho más sobria y austera.

La tercera práctica cuaresmal es el amor. Los conflictos innumerables que desgarran a la humanidad han cavado fosos de odio y violencia entre los pueblos. Eso también se produce a veces entre grupos de un mismo país. Y las promesas de paz, formuladas por todo el mundo, a menudo se revelan ineficaces.

Juan Pablo II nos recuerda que “la única vía de paz es el perdón”. Aceptar y otorgar el perdón hace posible una nueva calidad de relaciones entre los hombres, interrumpe la espiral del odio y de la venganza y rompe las cadenas del mal que cierran el corazón de los enemigos. Para las naciones en búsqueda de reconciliación y para todas las personas que desean una convivencia pacífica entre los individuos y los pueblos, no hay ninguna otra vía que ésta: el perdón recibido y ofrecido.

Un corazón reconciliado con Dios y con el prójimo es un corazón generoso. La limosna es una práctica cuaresmal, que no consiste sólo en dar lo que es superfluo para tranquilizar la propia conciencia, sino en hacerse cargo de la miseria presente en el mundo. Conviene recordar las palabras del apóstol Juan: “Si alguien que posee bienes en este mundo ve a su hermano que pasa necesidad y le cierra las entrañas, como puede habitar el amor de Dios en su interior?”

Lluís Martínez Sistach,
arzobispo metropolitano de Tarragona

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