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Archive for the ‘Cuentos y relatos’ Category

La violencia en familia

“Si me tocas suave y dulcemente,
Si me miras y me sonríes,
Si me escuchas algunas veces, antes de hablar tú…
Yo creceré, creceré de verdad.”
Bradley

Miguel es el más pequeño de cuatro hermanos, pertenece a una familia de clase media alta con un cierto nivel cultural y religioso. Su madre es una mujer bastante exigente con una especie de obsesión por cumplir y “hacer cumplir” a sus hijos sus propias normas morales.

Miguel, mientras era pequeño, fue un niño dócil, inteligente, alegre y abierto; no creaba ningún problema en la familia. Fue en la adolescencia, en la relación con su grupo de amigos y amigas cuando empezó a darse cuenta de que en él había algo diferente a los otros; le gustaba más estar con los chicos que con las chicas. Aunque esto en esa edad puede ser muy natural, poco a poco sentía también atracción sexual hacia ellos.

Comenzó una lucha en su interior y un gran desasosiego. Se hacía preguntas: “¿Por qué no soy como los demás?”, “¿quién soy yo?”. Se sentía inferior. Se recluyó en sí mismo y su carácter cambió. No podía estudiar y se volvió violento en sus respuestas.

Sus padres le preguntaban, pero el silencio era su respuesta. Un día, no pudiendo soportar más la tensión, decidió contarles la causa de su angustia. La reacción, sobre todo de su madre fue de indignación, rechazo e intolerancia. No quisieron escuchar ni preguntar más. Le decían que era el ambiente de los amigos el que le habría influído y que todo eso era reprochable y una depravación que no se podía consentir en una familia como la suya.

A partir de este momento su sufrimiento aumentó, se sintió solo e incomprendido y supo que no podía contar con ellos. Al poco tiempo entró en una crisis de ansiedad y depresión. Sus padres le convencieron para que fuera a un psiquiatra, pues pensaban que con una terapia se le cambiarían todas esas ideas. Él accedió solo por no contrariarlos más.

En los encuentros con el psiquiatra apenas hablaba. Tuvo la suerte de encontrarse con un gran profesional que supo empatizar con él. Poco a poco, Miguel empezó a sentir que alguien le escuchaba y que penetraba en su interior, comprendiendo su angustia y su problema. Fue abriendo su alma, rompió el dique que tanto le aprisionaba y llorando amargamente expresó que se sentía como una basura y con un gran sentimiento de culpa.

En la terapia planificaron un proceso de discernimiento, enfrentándose a su realidad sin temor. Fue largo pero con un final en el que vio claramente que era homosexual, que tenía que enfrentarse a aceptarlo y sobre todo a aceptarse a sí mismo con su peculiaridad. Como persona salió fortalecido y con una paz interior.

Unos días después sus padres fueron a visitar al psiquiatra, y quedaron sorprendidos cuando este les explicó: “vuestro hijo no tiene ningún problema con su identidad sexual; su principal fuente de sufrimiento y lo que le ha llevado a la depresión ha sido sentirse incomprendido por su familia, pensar que había dejado de ser amado y valorado”.

Ya recuperado, Miguel siguió sus estudios. Cuando terminó, comprendió que tanto su familia como su entorno social le impedían realizarse como persona. Se fue al extranjero y allí encontró trabajo. El precio que pagó fue alto al dejar sus lazos afectivos y su país. Fue la única salida que encontró para poder sentirse en armonía consigo mismo.

REFLEXIÓN

La idea equivocada de que ser homosexual es anti-natural y una patología aberrante ha creado un prejuicio social que impide a muchas personas vivir aceptando su realidad y ser felices. Ha creado en muchos casos trastornos mentales al no saber resolver el conflicto. La homosexualidad es una característica más del ser humano aunque se dé en porcentajes más pequeños. La orientación sexual no determina la valía de las personas.

INTERROGANTES

• ¿Podemos ignorar este problema como si no existiese?

•¿Le damos en nuestra sociedad más importancia a los conceptos que a las personas?

•¿Deberíamos informarnos mejor sobre este hecho?

• El caso que ilustramos tuvo un final positivo debido a las características de este chico, pues era psicológicamente fuerte, y la ayuda acertada que recibió. Pero, ¿qué final podría haber tenido si no se hubiesen dado estas condiciones como ocurre en muchos casos?

•¿Podemos describir este caso como violencia de la familia?

•¿Cómo se hubiera sentido Miguel si sus padres le hubiesen comprendido y ayudado dejando a un lado los prejuicios y conceptos?

Conchita Calderón Aguilar

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Dios estaba en el cielo mirando cómo actuaban los hombres en la tierra. Entre ellos reinaba la desolación.

—Más de cinco millones de seres humanos son pocos para alcanzar la magnificencia divina del amor, suspiró el Señor.

El padre vio a tantos humanos en guerra, esposos y esposas que no completaban sus carencias, ricos y pobres apartados, sanos y enfermos distantes, libres y esclavos separados, que un buen día reunió un ejército de ángeles y les dijo:

—¿Veis a los seres humanos? ¡Necesitan ayuda! Tendréis que bajar vosotros a la tierra.

—¿Nosotros? —dijeron los ángeles ilusionados, asustados y emocionados, pero llenos de fe.

—Sí, vosotros sois los indicados. Nadie más podría cumplir esta tarea. ¡Escuchadme bien! Cuando creé al hombre, lo hice a imagen y semejanza mía, pero con talentos especiales para cada uno. Permití diferencias entre ellos para que juntos formaran el reino. Así lo planeé. Unos alcanzarían riquezas para compartir con los pobres. Otros gozarían de buena salud para cuidar a los enfermos. Unos serian sabios y otros muy simples para procurar entre ellos sentimientos de amor, admiración y respeto. Los buenos tendrían que rezar por los que actuaran como si fueran malos. El paciente toleraría al neurótico… En fin, mis planes deben cumplirse para que el hombre goce, desde la tierra, la felicidad eterna. Y para hacerlo, ¡ustedes bajarán con ellos!

—¿De qué se trata? —preguntaron inquietos los ángeles.

Entonces el Señor les explicó su deber:

—Como los hombres se han olvidado de que los hice distintos para que se complementaran unos a otros y así formaran el cuerpo de mi hijo amado. Como parece que no se dan cuenta de que los quiero diferentes para lograr la perfección, bajaréis vosotros con francas distinciones.

Y dio a cada uno su tarea:

—Tú tendrás memoria y concentración de excelencia: serás ciego.

—Tú —dijo al segundo— serás elocuente con tu cuerpo y muy creativo para expresarte: serás sordomudo.

—Tú tendrás pensamientos profundos, escribirás libros, serás poeta: tendrás parálisis cerebral.

—A ti te daré el don del amor y serás su persona, habrá muchos otros como tú en toda la tierra y no habrá distinción de raza porque tendrán la cara, los ojos, las manos y el cuerpo como si fueran hermanos de sangre: tendrás Síndrome de Down.

—Tú serás muy bajo de estatura y tu simpatía y sentido del humor llegarán hasta el cielo: serás enano.

—Tú disfrutarás de la creación tal como lo planee para los hombres: tendrás discapacidad intelectual y mientras otros se preocupan por los avances científicos y tecnológicos, tú disfrutarás mirando a una hormiga, una flor. Serás feliz, muy feliz porque amarás a todos y no harás juicios de ninguno.

—Tú vivirás en la tierra, pero tu mente se mantendrá en el cielo; preferirás escuchar mi voz a la de los hombres: tendrás autismo.

—Tú serás hábil como ninguno, te faltarán los brazos y harás todo con las piernas y la boca”.

Al último ángel le dijo:

—Tú serás un genio; te quitaré las alas antes de llegar a la tierra y bajarás con la espalda ahuecada; los hombres repararán tu cuerpo, pero tendrás que ingeniártelas para triunfar. Tendrás mielomeningocele que significa ‘miel que vino del cielo’.

Los ángeles se sintieron felices con la distinción del Señor, pero les causaba enorme pena tener que apartarse del cielo para cumplir su misión.

—¿Cuánto tiempo viviremos sin verte? —preguntaron—. ¿Cuánto tiempo lejos de ti?

—No os preocupéis, —dijo Dios—estaré con vosotros todos los días. Además, esto durará sólo entre 60 y 80 años terrenales.

—Está bien, padre. Será como dices, 80 años son un instante en el reloj eterno. Aquí nos vemos dentro de un rato —dijeron los ángeles al unísono y bajaron a la tierra emocionados,

Cada uno llegó al vientre de una madre, y ahí se formaron durante 6, 7, 8, ó 9 meses. Al nacer fueron recibidos con profundo dolor, causaron miedo y angustia. Algunos padres rehusaron la tarea; otros la asumieron enfadados; otros se echaron culpas hasta disolver su matrimonio y otros más lloraron con amor y aceptaron el deber.

Sea cual fuere el caso, como los ángeles saben su misión, y sus virtudes son la fe, la esperanza y la caridad, además de otras, todas gobernadas por el amor, ellos han sabido perdonar, y con paciencia pasan la vida iluminando a todo aquel que los ha querido amar.

 

            Siguen bajando ángeles a la tierra con espíritus superiores en cuerpos limitados y seguirán llegando mientras haya humanidad en el planeta. Dios quiere que estén entre nosotros para darnos la oportunidad de trabajar con ellos, para aprender de ellos. Y trabajar es servir; servir es vivir y vivir es amar; porque la vida se nos dio para eso. Y el que no vive para servir; no sirve para vivir

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Un hombre que pasaba por el bosque vio un zorro que había perdido sus patas, por lo que se preguntaba cómo podría sobrevivir,

Entonces vio llegar a un tigre que llevaba una presa en su boca. El tigre ya se había hartado y dejó el resto de la carne para el zorro.

Al día siguiente Dios volvió a alimentar al zorro por medio del mismo tigre. El hombre comenzó a maravillarse de la inmensa bondad de Dios, y se dijo a sí mismo:

— Voy también yo a quedarme en un rincón confiando plenamente en el Señor y éste me dará cuanto necesito.

Así lo hizo durante muchos días, pero no sucedió nada y el pobre hombre ya estaba casi a las puertas de la muerte cuando oyó una voz que le decía:

— Oh, tú que te hallas en la senda del error, abre tus ojos a la verdad, sigue el ejemplo del tigre y deja ya de imitar al pobre zorro mutilado.

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El paquete de galletas

A una estación de trenes llega una señora muy elegante. En la ventanilla le informan que el tren viene retrasado y que tardará aproximadamente una hora en llegar a la estación. Un poco fastidiada no le queda más que esperar. Va al puesto de diarios y compra una revista, un paquete de galletas y un refresco. Preparada así para la forzosa espera, se sienta en uno de los largos bancos del andén.

Mientras hojea la revista, un joven de color se sienta a su lado y sin decir una palabra, estira la mano, toma el paquete de galletas, lo abre y después de sacar una, lo deja sobre la banca y comienza a comerse la galleta despreocupadamente.

La mujer está indignada. No quiere ser grosera, pero tampoco hacer como si nada hubiera pasado; así que, con gesto ampuloso, toma del paquete otra galleta que exhibe frente al joven y se la come mirándolo fijamente. Por toda respuesta, el joven sonríe y… toma otra galleta! La señora, con ostensibles señales de fastidio, toma otra y se la come sosteniendo otra vez la mirada en el muchacho.

El diálogo de miradas y sonrisas continúa entre galleta y galleta. La señora cada vez más irritada, el muchacho cada vez más divertido.

Finalmente, la señora se da cuenta de que en el paquete queda sólo la última galletita.

-No podrá ser tan caradura” -piensa, y se queda esperando mirando alternativamente al joven y a la galleta.

Con calma, el muchacho alarga la mano, toma la galleta y, con mucha suavidad, la parte. Con su sonrisa más amorosa le ofrece la mitad a la señora.

– ¡Gracias! – dice ella tomando con rudeza la media galleta.

– De nada – contesta el joven sonriendo angelical mientras se come su mitad.

El tren llega. Furiosa, la señora se levanta toma sus cosas y sube al tren. Al arrancar, desde el vagón ve al muchacho todavía sentado en el banco del andén y piensa: “Insolente”. Siente la boca reseca por la ira. Abre su bolso para sacar la lata del refresco y se sorprende al encontrar, bien cenado, su paquete de galletas… Intacto!

Sólo entonces percibió lo equivocada que estaba. Había olvidado que sus galletas estaban dentro de su bolso y se había comido las del joven.

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Hace muchísimos años cada familia de Israel que esperaba un bebé soñaba con que su niño fuera un bebé muy especial, diferentes a todos los demás. Este niño tan especial era una promesa que Dios le había dado a su pueblo muchos años atrás, cuando los profetas escribieron que un Salvador y Libertador nacería en Israel y los liberaría a todos de la esclavitud.

Fueron pasando los años y los siglos y cada mamá esperaba tener ese bebé 

Nadie sabía cuando nacería el niño, por eso todos los esperaban muy ansiosos. 

El profeta Miqueas reveló el lugar preciso donde el niño iba a nacer; ese lugar era un pueblito muy pequeño llamado Belén. 

Pero pasaron muchísimos años y el bebé no llegaba, ya la gente se estaba olvidando de la promesa, cuando el profeta Daniel muy preocupado por este tema escribió que el ángel Gabriel le había indicado el tiempo exacto en que nacería el Gran Libertador. 

Lamentablemente sus palabras proféticas no fueron bien entendidas por su pueblo en esa época, dado que estaban muy dispersos y vivían en cautiverio. 

Pasó el tiempo y el ángel Gabriel volvió a aparecer, pero esta vez para visitar a una joven, y le trajo noticias muy importantes del cielo. 

Esta joven vivía en una aldea llamada Nazaret, era una joven muy bondadosa, de corazón puro y su nombre era María. 

El ángel Gabriel se acercó a ella y le dijo: “Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú entre las mujeres”. 

María no entendía muy bien lo que eso significaba, por eso el ángel Gabriel le habló con voz muy suave y le dijo: “No temas María, porque has hallado gracia delante de Dios, y concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quién pondrás por nombre Jesús” 

“El será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin”. 

María ya estaba casada con José pero todavía no vivían juntos. Ahora decimos que una pareja está comprometida cuando prometen su amor pero todavía no viven juntos. En esa época se casaban y vivían separados el primer año mientras juntaban dinero y todo lo necesario para luego vivir juntos. 

José era un hombre muy pobre. Él era carpintero y como tal seguramente habrá sido un hombre muy musculoso y fuerte. 

Cuando José se dio cuenta que ella iba a tener un hijo se entristeció mucho. 

¡Se imaginan! 

Él sabía que ese hijo no podría ser de él, dado que si bien era su esposa todavía no vivían juntos. No entendía como su amada lo había engañado. 

Según las leyes de la época, si una mujer engañaba a su marido debían matarla. José sufrió mucho pensando en que iba a hacer. 

El amaba demasiado a María de manera que decidió no denunciarla. A cambio de eso pensó en irse una noche a escondidas y abandonarla. Esta actitud de José hubiera sido muy mal vista por su pueblo. A simple vista significaría que José la había dejado embarazada y se habría fugado. 

Estas cosas no le importaron a José, realmente amaba mucho a María y a pesar de su sufrimiento no quería que la gente hablara mal de ella. 

Cuando José estaba a punto de irse el ángel Gabriel apareció en sus sueños y le explicó todo lo que iba a ocurrir. Le dijo que no tuviera temor y que confiara en María, porque el bebé que ella esperaba sería el “Salvador” 

¡Qué día! 

Cuántas cosas habrían pasado por la cabeza de José en ese momento. Había sido elegido por Dios para ser el papá del Mesías. 

¡Qué responsabilidad!

María y José serían los padres del hijo de Dios. Ellos no eran superhombres, no tenían dinero, eran personas como lo somos nosotros pero que tenían algo muy especial: Ellos conocían sus limitaciones y entregaban sus vidas totalmente a Dios y gracias a esa actitud de humildad ante la vida Dios los iba a capacitar en todo momento para criar a su hijo. 

Dios confiaba en ellos y ellos dependían de Dios.

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“Cierto día se organizó en el pueblo una gran fiesta. Todo estaba preparado para el gran evento. En la plaza del pueblo habían construido un gran barril para el vino. Se habían puesto todos de acuerdo en que cada uno iba a llevar una botella de vino para verterla en el gran barril, y así disponer de abundante bebida para la fiesta.
Se acercaba la noche, y Juan, viendo que llegaba la hora de partir hacia la plaza, tomó su botella vacía para llenarla con vino de su barril. Pero de pronto lo asaltó un pensamiento: “Yo soy muy pobre, y para mí es un sacrificio muy grande comprar el poco vino que hay en mi casa. ¿Por qué tengo que llevar igual que todos los demás? Voy a hacer una cosa: llenaré mi botella con agua, y cuando llegue a la plaza la verteré en el barril, así todos verán que hago mi aporte, y no vaciaré mi barril de vino. De todos modos somos muchos, y mi poquitito de agua se mezclará con el vino de los demás y nadie notará la falta”.
Así lo hizo. Llegada la noche, se acercó ante la vista de todos los vecinos y vació el contenido de su botella en el barril de la plaza. Nadie sospechó nada. Todo el resto del pueblo fue aportando su parte de vino en el gran barril.
Comenzó la fiesta, la música, la danza. Y cuando llegó la hora de servir el vino ¡oh sorpresa! Abrieron la canilla del barril y… ¡salió solamente agua cristalina!. ¿Quién iba a pensar que a todos se les iba a ocurrir pensar lo mismo que Juan? Y todos los del pueblo, avergonzados, agacharon la cabeza y se retiraron a sus casas. Y la fiesta se terminó.”
En la tarea misionera todos aportamos nuestro granito de arena y, por pequeño que parezca nuestro aporte, es importante. Todos tenemos un papel que jugar en la tarea evangelizadora, pequeño o grande, pero el nuestro, y nadie puede hacerlo por nosotros.

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Las tres rejas

El joven discípulo de un filósofo sabio llega a casa de éste y le dice: 

– Oye maestro, un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia… 

– ¡Espera! -lo interrumpe el filósofo-. ¿Ya hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme? – ¿Las tres rejas? 

– Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto? 

– No. Lo oí comentar a unos vecinos. 

– Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que quieres decirme, ¿es bueno para alguien? 

– No, en realidad no. Al contrario… 

– ¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta? – A decir verdad, no. 

– Entonces -dijo el sabio sonriendo-, si no es verdadero, ni bueno ni necesario, sepultémoslo en el olvido. 

En el campamento, lo que se dice, se cuenta, se habla de los demás, es muy importante, como en cualquier grupo que tiene que vivir un tiempo juntos y donde se establecen relaciones humanas. Pero no sólo en el campamento. También el colegio, y en casa, y en la pandilla de amigos… Lo que se dice puede tener, muchas veces, consecuencias muy serias. El consejo del sabio es siempre muy importante para la convivencia. Y en realidad, para todas las circunstancias. No digas lo que no sabes si es o no verdad, lo que no es bueno para nadie ni lo que no es necesario. Ayudarás a crear muy buen ambiente en el grupo y en todo el campamento.

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