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Archive for the ‘Documentos reflexión’ Category

A mediados de junio surgió la noticia de que un reciente estudio llevado a cabo por investigadores noruegos señalaba que el cociente de inteligencia de la población ha comenzado a caer, y que la caída comenzó con las personas nacidas en el año 1975, a pesar de la universalización de la enseñanza y de disponer de más medios de formación. Según los autores del estudio, el motivo no es una cuestión genética, sino que se debe a aspectos como los cambios en la forma de enseñanza, o la pérdida del hábito de la lectura de libros en favor de la televisión y los ordenadores y dispositivos móviles. Al parecer, tal como anunciaban con cierto humor los titulares de prensa y locutores de informativos, “nos estamos volviendo más tontos”.

No hacía falta un estudio para darnos cuenta de que no sólo en cuanto al cociente de inteligencia, sino también en aspectos básicos y cotidianos de la vida, se percibe que son muchas las personas de todas las edades que actúan de modo impulsivo, primario, sin detenerse a pensar en las consecuencias, a veces muy graves e irreparables, de sus actos u omisiones. Y también se ven muchas personas que ante una dificultad o incluso un simple contratiempo se quedan paralizadas, sin capacidad de reacción, sin saber cómo actuar ni resolver el problema que se les ha presentado.

Ante esta realidad, necesitamos escuchar las palabras que en la 1ª lectura el autor del libro de los Proverbios pone en boca de la Sabiduría: Los inexpertos, que vengan aquí, voy a hablar a los faltos de juicio. Esta Sabiduría personificada prefigura a Jesucristo, pero en el Antiguo Testamento, la Sabiduría era un concepto que abarcaba múltiples aspectos, desde la destreza para realizar un trabajo manual, pasando por el acierto para desenvolverse en la vida familiar y social, hasta la capacidad intelectual. Por tanto, sabio no es el que conoce muchas cosas, sino el que se conoce a sí mismo y sabe estar ante los demás, ante las cosas y ante Dios (Introducción a los escritos sapienciales en “La Biblia” de La Casa de la Biblia).

Y para que podamos ser “sabios”, la Sabiduría ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa, que también es una figura del banquete Eucarístico.

Necesitamos ser “sabios” en la vida, y para ello el Señor viene a nuestro encuentro en la Eucaristía: El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. La Eucaristía es el modo privilegiado por el que el Señor habita en nuestro interior para darnos vida, para enseñarnos a “vivir”, para que seamos “sabios” conociéndonos a nosotros mismos y sabiendo actuar ante los demás, ante las cosas de la vida, y ante Dios.

El domingo pasado decíamos que sólo un pequeño porcentaje de quienes se declaran católicos participa habitualmente en la Eucaristía dominical, el banquete que el Señor nos prepara. De ahí que también tenemos que dejarnos cuestionar por las palabras de Jesús en el Evangelio: Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. No debe extrañarnos que no “sepamos vivir”, puesto que nos falta el alimento necesario y, como en el caso del estudio científico, lo hemos sustituido por otras actividades que nos vuelven “tontos”.

San Pablo, en la 2ª lectura, daba a los Efesios unos consejos que también debemos escuchar. Fijaos bien cómo andáis: Fijémonos a qué nos está conduciendo que la Eucaristía no sea el centro de nuestra vida. No seáis insensatos, sino sensatos: es de insensatos dejar voluntariamente de tomar este Alimento que es el mismo Cristo. Daos cuenta de lo que el Señor quiere: y lo que el Señor quiere es que tengamos vida: ya ahora quiere darnos “sabiduría” para vivir porque el que me come vivirá por mí, y además nos da la vida eterna porque el que come este pan vivirá para siempre.

¿Estoy de acuerdo con ese estudio sobre la caída del cociente intelectual? ¿“Sé vivir”? ¿La Eucaristía me hace crecer en “sabiduría”, me hace conocerme mejor a mí mismo, desenvolverme en la vida y afrontar decisiones y contratiempos, y sentirme habitado por el Señor, en su presencia?

Como pedía San Pablo, seamos sensatos, “sabios”: por nosotros y por tantos que no “saben vivir”. Que la Eucaristía sea el centro de nuestra vida, para mostrar en lo cotidiano que el Señor habita en nosotros, que es el verdadero Alimento para la vida del mundo, ya desde ahora y para siempre.

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• Hoy empezamos con el último versículo del Evangelio del domingo pasado (51), en cuyo comentario se decía algo sobre la expresión “carne” (51-56), que en estos versículos de hoy abunda más. Decía el comentario que “carne” es la misma palabraque en el capítulo 1 de Juan se refiere a la condición humana de Jesús (Jn 1,14). Portanto, no se debe entender como la substancia del organismo humano. Su significado apunta a la naturaleza humana, a la humanidad. Aquí, puesta en labios de Jesús, es para hablar de sí mismo en su condición mortal.

• Es una palabra que nos habla de encarnación: la persona del Hijo de Dios se ha hecho hombre y, “dándose”, nos ha dado “vida” (51).

• Lo mismo tenemos que decir de la palabra “sangre” (53-56): significa, también, elhombre entero en su condición natural, terrena. También significa la vida misma, de la que sólo Dios puede disponer.

• “Darnos a comer su carne” (52): el término “carne” ha sustituido el término “pan”. El pan, por tanto, era metáfora deldon de Dios que da vida.

• En relación con eso, “comer” significa acoger plenamente el don de Dios, vivir de la Palabra, vivir del Dios que se da Él mismo -muerte en la cruz- para que tengamos vida. Lo mismo podemos decir de “beber” (53ss). Se trata de la adhesión defe al Hijo de Dios que da su propia vida.

• “Los judíos” (5 2) -recordemos que el contexto de estos versículos es la sinagoga de Cafarnaún (Jn 6,17.24.59)- se oponen (52) al planteamiento de Jesús -a quien sólo ven como hombre, tal como argumentaban en el texto del domingo pasado, diciendo que conocían a su familia (Jn 6,41-42)-: según ellos, por la entrega de un hombre no se puede obtener la vida para siempre” (58). Yes que ellos no confiesan que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios; creerlo sería creer que el Hijo dispone de la vida (Jn 5,26).

• “Habita en mí y yo en él” (56): la relación que une indisociablemente “al Padre que vive” con el Hijo que vive “por el Padre” (57),es la misma relación que se establece entre el Hijo que da su vida y el creyente que lo acoge por la fe. Éste es el tema de estos versículos.

Algunas notas sobre la Eucaristía

* Este discurso de Jesús que Juan nos transmite en el capítulo 6 no es ningún relato de la institución de la Eucaristía que Jesús habría hecho en este momento, aunque, eso sí, usa un vocabulario sacramental. No debemos olvidar que en la redacción de los Evangelios, con la narración de los hechos y las palabras de Jesús que han llegado a cada comunidad, se mezcla la experiencia que está viviendo la propia comunidad cristiana, la cual celebra la Eucaristía cada domingo.

* Lo que sí ofrece este texto es el fruto queda la Eucaristía, porque es el mismo que da la fe. Es decir, la Eucaristía es la expresión privilegiada de la fe, entendida como acogida de Jesús, la Palabra encarnada, y la adhesión a Él. Y el fruto de la fe -y, por tanto, de la Eucaristía- es la vida nueva del discípulo, unido a Jesucristo.

* El cristiano, por tanto, no podrá prescindir de la Eucaristía, si realmente la ha descubierto como expresión de la fe y la vive impregnada de esa misma fe, que no es un conjunto de creencias sino, repitámoslo, la unión -o comunión- con Jesucristo, “enviado del Padre que vive” (57) o “pan que ha bajado del cielo” (58). La Eucaristía vivida asícambia la vida, da una vida nueva, una vida de discípulo -vale la pena recordar que Juan, en la Última Cena no narra la institución de la Eucaristía sino el lavatorio de los pies (Jn 13,1ss)- y da una “vida para siempre” (58):”yo lo resucitaré en el último día” (54)…

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Desde mi ser de mujer negra

Zoila Cueto Villamán

Soy una mujer negra campesina y religiosa, de la República Dominicana. Llegué a Colombia hace 29 años. Para mí fue una sorpresa estar en una ciudad como Bogotá con tan baja presencia de población afro, relegada por lo general a los barrios más pobres y marginales. Años después, la violenta escalada de los paramilitares provocó el desplazamiento de millones de personas hacia el interior del país, desde zonas como el Urabá. Los paramilitares actuaban como una fuerza irregular del Estado, con el patrocinio de grandes grupos económicos, como Chiquita Brands (reconocido por el Departamento de Justicia de EEUU), que se beneficiaban de la guerra al apoderarse de vastas regiones, entre ellas las pertenecientes históricamente a las Comunidades Tradicionales Negras. Gran parte de estos desplazados logró «ubicarse» en las periferias de las grandes ciudades, sobreviviendo en condiciones precarias, con el rebusque diario de los trabajos informales.

Como si no bastaran el desplazamiento sufrido y el asesinato de familiares, muchos de sus líderes populares fueron acusados de propiciar la violencia y enviados a la cárcel. Para entonces ya se utilizaba la modalidad de «falsos positivos», acusando a dirigentes de la Unión Patriótica y a civiles del común de ser los responsables de las masacres en el campo. Las mujeres afro, las esposas e hijos de estos acusados, llegaron a barrios como Palermo Sur, cercano a la cárcel La Picota.

Fue en ese contexto donde desarrollé mi trabajo misionero, acompañando principalmente a las esposas de los presos. Tratamos de recuperar la memoria histórica y colectiva desde el ser negras, para afianzar el espíritu de resistencia y superar las adversidades y la discriminación. Estas mujeres afro en su mayoría eran pobres, violentadas, desplazadas, sin acceso a educación ni servicios básicos, desempleadas y marginadas. Este proceso ayudó a identificar orígenes y sueños comunes. La fe del Pueblo Negro nos ayudó a rebelarnos ante la opresión para reivindicar nuestros legítimos derechos.

Hacia el 2000 me enviaron a Mosquera Nariño, en la costa pacífica, donde inicié otro trabajo con mujeres afro. Muchas de ellas golpeadas por la violencia, y con sus necesidades básicas insatisfechas. El Estado se reducía a la presencia militar, sin asumir ni solucionar los problemas reales de la comunidad. Como religiosa me tocó acompañar mujeres afectadas por la presencia paramilitar que, por ejemplo, les negaba la posibilidad de recoger y enterrar a los muertos; muchas veces tuvimos que recoger cadáveres flotando en el mar o en el río, con letreros de «prohibido recogerlo».

Iniciamos un proceso de reflexión sobre esta realidad inhumana y violenta a la luz de la palabra de Dios, desde una lectura popular y comprometida del mensaje cristiano. Surgió así el grupo «Mujeres por la dignidad de Mosquera-Nariño», que reflexionaba la experiencia de libertad y opresión, los derechos de las mujeres a la vida, la tierra, y cómo reivindicar sus legítimos derechos como ciudadanas.

Realizamos un trabajo étnico-territorial contra el machismo, exigiendo que escucharan las propuestas de las mujeres en cuanto a la participación en la vida ciudadana, la etnoeducación y el manejo de los recursos naturales y de los del Estado.

Unos años después fui asignada a Buenaventura, el puerto más importante de Colombia, marcado por las contradicciones entre la zona portuaria y la pobreza del resto de la ciudad, donde el 82% de la población afro es desempleada. En el 2007, con una violencia sistemática basada en torturas, masacres, desplazamientos y desapariciones contra las familias, los paramilitares provocaron en Buenaventura la destrucción del tejido social. Fue una estrategia maestra para posicionarse en el territorio y dominar la ciudad. Para la comunidad negra la familia extensa es uno de los pilares de su resistencia.

En 2011 iniciamos un proceso con las madres de las/los desaparecidos. El grupo se llama: «Mujeres entretejiendo voces por las y los desaparecidos de Buenaventura». Se caracterizó por su coraje y su valentía, ya que el solo hecho de reclamar a las autoridades por el paradero de los desaparecidos era arriesgarse a tortura o muerte. Una de sus iniciativas fueron los plantones de los jueves frente al centro administrativo. Nos iluminamos con la Palabra de Dios, sobre todo con el texto de 2Sam 21,1-14. Rispá nos daba motivación y nos alentó para reclamar nuestros derechos como madres. Les tensaba el alma para continuar de pie, con lluvia o sol: ahí estábamos con fotos de sus seres queridos desaparecidos.

Son voces de mujeres que claman frente a un gobierno sordo y ciego al que no le importa el sufrimiento de sus conciudadanos. En los rostros de estas mujeres mayores, con el peso de una historia dura de luchas y sufrimientos, se nota que no están derrotadas. Sus palabras son de aliento, para seguir reclamando hasta que las autoridades den respuesta. Reclaman justicia, saben que no puede haber justicia sin verdad, sin reparación de los daños cometidos y sin asegurar que no se volverán a repetir estos hechos. En sus oraciones y diálogos piden por otras mujeres que sufren en silencio por miedo a venir a la plaza pública a gritar por sus hijos/as desaparecidos.

Las mujeres negras, en Colombia y otras partes del mundo, nos sabemos poseedoras de un legado ancestral de siglos de lucha. El amor por nuestra causa nos ayuda a enfrentar las diversas formas de discriminación, marcadas por un racismo y sexismo estructurado. Denunciamos la marginalidad, que responde a un sistema económico excluyente que no terminó con la abolición legal de la esclavitud y que sigue generando inequidad y muerte. Dicen los obispos en el documento de Santo Domingo: «Tanto en la familia como en las comunidades eclesiales y en las organizaciones, las mujeres son quienes más comunican, sostienen y promueven la vida, la fe y los valores… Este reconocimiento choca escandalosamente con la frecuente realidad de su marginación, de los peligros a los que se somete su dignidad, y de la violencia de la que son objeto muchas veces. A quien da la vida y la defiende, le es negada una vida digna. La Iglesia se siente llamada a estar del lado de la vida y a defenderla en la mujer»(106).

En la Vida Religiosa las mujeres afro también hemos ido reivindicando nuestro derecho a la equidad. Recuerdo que en mi proceso de formación una religiosa de la comunidad me dijo que yo «era buena, tenía madera para ser una religiosa… pero que el único problema que tenía era ser negra». Me tocó la fibra más íntima y sagrada de la persona: mi identidad, mis raíces. Entré en un proceso de confusión que con el paso del tiempo me hizo plantar cara ante las acciones discriminatorias, especialmente en defensa de las mujeres afrodescendientes que acompaño en mi labor pastoral.

Las mujeres negras llevamos varios siglos construyendo paz. Nuestra palabra y acción se caracterizan por generar vida a pesar de la violencia recibida. Para que se continúen gestando cambios al interior de las sociedades, se requiere de nuestra parte asumir como nuestros los siguientes desafíos:

– seguir formándonos, para disminuir las brechas que nos separan de otras mujeres no-negras;

– afianzar los procesos identitarios, conocer nuestra historia, saber de dónde venimos;

– continuar sosteniendo los vínculos familiares, conservando la sabiduría ancestral y siendo el pilar que mantiene el acervo identitario y cultural;

– por naturaleza somos defensoras de los Derechos Humanos y de la vida. Nuestros aportes en la defensa de la vida siguen siendo hoy una necesidad;

– formarnos para la participación política y llegar a los escenarios en que se toman las decisiones, donde los hombres han acaparado la palabra;

– valorar y recuperar nuestro ser de mujeres negras, fortalecer nuestra autoestima, y que nuestro cuerpo sea un espacio de memoria e historia recreada.

Para terminar, quiero hacer un reconocimiento a todas aquellas mujeres negras que en América y el Caribe han aportado con sus vidas y sus luchas para que hoy sigamos construyendo historia y forjando ambientes propicios en los que las mujeres negras pobres, marginadas y excluidas, tengan, con todas las demás mujeres, la oportunidad de aportar sus vivencias y cambiar los prácticas de racismo e indiferencia que vivimos en nuestros países. Para lograr todo esto es necesario romper con los prejuicios y visiones excluyentes porque… no estamos aquí solamente para servir el café, arreglar las camas y hacer el trabajo de casa. Somos capaces de tomar decisiones, de hacer política, de dar sugerencias sin límite (Natalie, organización Afro Caribeña).

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Una de las cosas muy buenas que tenemos a nuestro alcance es lo que se conoce como “dieta mediterránea”, rica en frutas, verduras, pasta, arroz, frutos secos, legumbres, aceite de oliva, pescado y aves de corral… Sin embargo, a pesar de los enormes beneficios que esta dieta nos aporta, desde hace unos años se viene advirtiendo que se está produciendo un progresivo abandono de este tipo de alimentación, sustituyéndolo por grasas, azúcares, carnes procesadas… Esto, unido al sedentarismo y a la disminución de la práctica de ejercicio físico, está acarreando unas graves consecuencias: aumento alarmante de la obesidad, problemas cardiovasculares, incluso favorecimiento de algunos tipos de cáncer… Por eso, las autoridades sanitarias están haciendo un urgente llamamiento a recuperar la dieta mediterránea.

Aunque lo podemos constatar en nuestras parroquias todas las semanas, según el informe del Centro de Investigaciones Sociológicas de abril de 2018, aproximadamente el 68% de los españoles se declara “católico”; pero de ese 68%, sólo un 14% participa habitualmente en la Eucaristía dominical. El resto no participa casi nunca o, como mucho, algunas veces a lo largo del año. Podríamos decir que entre los católicos se está reproduciendo el mismo problema que con la alimentación: la gran mayoría ha abandonado la “dieta católica”, la Eucaristía.

Y esto también acarrea unas consecuencias, tanto a nivel individual como a nivel eclesial y social. A nivel individual, porque llega un momento de nuestra vida en que acabamos sintiéndonos como Elías en la 1ª lectura, que ante los problemas y la falta de esperanza, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte, diciendo: Basta ya, Señor… Sentimos que no podemos más y nuestra vida no tiene sentido.

A nivel eclesial, esto se traduce en un debilitamiento de parroquias, asociaciones, congregaciones y órdenes religiosas; falta vitalidad, disminuyen las vocaciones y las personas dispuestas a asumir compromisos evangelizadores, nos conformamos con mantener lo que tenemos, sin más Y a nivel social, esto favorece el crecimiento de la secularización, puesto que faltan católicos en la vida pública, que sean semillas del Reino en el corazón del mundo. Nuestra sociedad necesita de la presencia y el compromiso de los católicos porque como indica el Papa Francisco, en la medida en que Él logre reinar entre nosotros, la vida social será ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos. Tanto el anuncio como la experiencia cristiana tienden a provocar consecuencias sociales (E.G. 180).

Ante esta realidad, tienen que resonar con fuerza en nosotros las palabras de Jesús: Yo soy el pan de la vida… para que el hombre coma de Él y no muera. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. Necesitamos recuperar la “dieta católica”, la Eucaristía, que es infinitamente más que “oír misa los domingos y fiestas de guardar”. Como dijo Benedicto XVI en Sacramentum caritatis, es “Misterio que se ha de creer, que se ha de celebrar, y que se ha de vivir”. Requiere la participación consciente y activa, porque es encuentro personal con el mismo Jesucristo, que se hace presente en ella.

Y entonces, alimentados por la “dieta católica”, de la Eucaristía irán surgiendo Equipos de Vida parroquiales donde las personas se forman, oran y comparten la vida, aprendiendo a llevar a la práctica lo que hemos escuchado en la 2ª lectura: desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos… Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros..; y así, algunas personas de estos Equipos irán implicándose en diferentes áreas, tanto de la vida parroquial como de la vida social.

¿Cómo es mi alimentación, sigo la dieta mediterránea? ¿Cómo me alimento espiritualmente, sigo la “dieta católica”? ¿Cómo es mi participación en la Eucaristía? ¿Me hace sentir “fuerte” en el caminar diario? ¿Qué compromiso desarrollo, en la parroquia, en el resto de la Iglesia, o en la sociedad’

Necesitamos recuperar la “dieta católica”, no por precepto sino por necesidad. Como dijo el Papa Francisco: Es fundamental para nosotros comprender bien el valor y el significado de la Santa Misa. No podemos olvidar el gran número de cristianos que, en el mundo entero, en dos mil años de historia, han resistido hasta la muerte por defender la eucaristía; y cuántos, todavía hoy, arriesgan la vida para participar en la misa dominical. Es el mismo Jesús, para que el hombre como de él y no muera. No nos dejemos morir, ni a la Iglesia, ni a la sociedad, por no querer estar bien alimentados, por no querer participar y vivir la Eucaristía.

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• “Los judíos” (41).

– Aquí, Juan utiliza la expresión “los judíos”en lugar de “la gente” como hasta ahora. Eso indica que el contexto de la polémica es la sinagoga de Cafarnaún -adonde todos se han desplazado (Jn 6,17.24)-.

– La expresión “los judíos” sale muchas veces en Juan. Nunca se le da un sentido étnico (el pueblo judío como tal) sino religioso: son los representantes del pueblo de Israel que se oponen a la comunidad a la que pertenece el evangelista y a su fe en Jesús. Pero también expresa la oposición que el mismo Jesús halló en los dirigentes judíos. El marco de la confrontación, aunque es la sinagoga, a menudo es el templo (Jn 2,13-22; 5,10-18; 10,22-39).

• “Criticaban” (41). Es una crítica o murmuración que recuerda la que hacían contra Moisés los que recibieron el maná en el desierto: La comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto diciendo:”¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos alrededor de la olla de carne y comíamos pan hasta hartamos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda la comunidad (Ex 16,2-3). Allá, como aquí, la murmuración expresaba una falta de fe, negarse a aceptar lo que viene de Dios. Y lo que viene de Dios pasa por Moisés, en un caso, y es Jesús mismo, en el otro. No aceptarlo es no admitir que la fe es gratuita, que no se puede controlar, que es sorprendente. Y que, al mismo tiempo, compromete a asumir la propia responsabilidad para atravesar “el desierto” -la dureza de la vida para ganarse el pan-.

• “¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre”. (42).También en la escena del repartode los panes y los peces, la gente pretendía dominar a Jesús encasillándolo en los esquemas que tenían: Éste sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo (Jn 6,14), y lo querían tentar y retener proclamándolo rey (Jn 6,15). Ahora pretenden conocer el origen de Jesús (42). Es otra manera de dominarlo, de encasillarlo. Si aceptan que “ha bajado del cielo” (41), tienen que aceptar que no pueden dominarlo. Está en juego la acogida o el rechazo del Evangelio: La Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros (Jn 1, 14).

• “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado” (44). La fe también es don de Dios, tiene el origen el Padre, como el “enviado”. Dios, del mismo modo que tiene la iniciativa de salvarnos, tiene la iniciativa en nuestra respuesta, acoger la persona de Jesús. Eso es la fe -acoger la persona de Jesús-, no las creencias que nosotros mismos nos podamos construir.

• “Atraer”, en este versículo (44), no tiene nada que ver con un posible juego caprichoso del Padre, que atraería a unos y no a otros. La cita (45) del profeta Isaías (Is 54,13) ha sido corregida por Jesús, precisamente poniendo el”todos” y no “los hijos”, para evitar interpretaciones exclusivistas: la llamada de Dios es universal, no hay excepciones.

• Por otro lado, ni ese “atraer” ni la respuestade fe es una experiencia interiorista. La fe, fruto de la atracción del Padre, es entrar en la vida de Dios. Pero consiste en “escuchar” acoger la enseñanza (45) de la Escritura transmitida a Israel. “Escuchar” una voz que viene de fuera, no de dentro de uno mismo. Otra vez podemos tener presente que en Jesús la Palabra se ha hecho carne, se ha hecho hombre (Jn 1,1.14).

• Jesús se presenta Él mismo como “el pan de vida” (35.48), el pan de Dios, el verdadero alimento. Si para los judíos el verdadero alimento era la Ley, ahora tienen el alimento verdadero en la Palabra que se ha hecho carne (Jn 1,1.14). Es decir, el verdadero alimento se ha comprometido en la vida de quienes lo reciben. El verdadero alimento se ha hecho hombre de modo que compromete a quienes lo quieren recibir. La Ley, la Palabra, no es ideología: es una vida concreta. No se queda lejos, en el cielo, de manera que se le pueda hacer decir lo que convenga (=manipular): está con nosotros y dice lo que hace.

• “Mi carne” (51). “Carne” es la misma pala- bra que en el capítulo 1 de Juan se suele traducir por hombre (Jn 1,14). Por tanto, no sedebe entender como la sustancia del organismo humano. Su significado apunta a la naturaleza humana, a la humanidad. Aquí, puesta en labios de Jesús, es para hablar de sí mismo en su condición mortal. Es decir, el que da la vida -muerte y resurrección- por todos (50-51). La adhesión a su persona -“comer”- es nuestra vida, “la vida del mundo” (51).

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CUERPOS ENTRETEJIDOS DESDE LA RESISTENCIA

Sofía Chipana Quispe

En memoria de las ancestras, niñas, adolescentes y jóvenes mayas, que nos acompañan desde las estrellas, lunas, soles, montañas, mares, ríos, lagunas, flores, insectos, peces, reptiles y aves; que nos recuerdan que su sangre derramada clama: «nunca más un mundo sin nosotras» (Comandanta Ramona).

El tejido que ofrezco parte de las inspiraciones profundas de nuestro caminar como mujeres denominadas «indígenas», que se gestan desde diversos espacios donde reconstruimos nuestras historias violentadas e identidades enajenadas; en las que nos reconocemos parte de la historia común de nuestros territorios avasallados, expropiados, violentados y oprimidos, al igual que nuestros cuerpos.

Desde las sabidurías, espiritualidades y cosmovisiones heredadas de nuestras ancestras y ancestros, nos sentimos interrelacionadas con la comunidad de la vida que habitamos y que nos habita, no nos vemos como partecitas, sino como parte de las múltiples interrelaciones que se entretejen. Por ello nos preocupa y duele vivir en la desarmonía que arrastramos de generación en generación, hasta ver como natural o normal las realidades de violencia, opresión, dominación, exclusión, racismo, sexismo, xenofobia, que nos enferman y degradan como comunidad humana; pues el dolor se comparte de diversas maneras y tiene su repercusión en las otras comunidades de vida, ya que todas/os somos parte del gran tejido de la Vida.

Sin embargo, no podemos negar que las mujeres y el cosmos, cargamos en nuestros cuerpos huellas de las múltiples violencias que han desfigurado nuestro ser. Evocando rostros, cuerpos, palabras y sentires de mujeres… un dolor profundo que habita en muchas, es el machismo que se encubre en nombre de la tradición «cultural» y que ha naturalizado un modo de ser mujer, que con frecuencia se ha trasmitido por las madres a sus hijas como un mandato patriarcal de criar hijas buenas (sumisas), trabajadoras y obedientes. Realmente hay una fuerte interiorización de ese modo de ser mujer y cuesta desaprender lo aprendido, ya que anida junto al miedo que cierra las puertas de la confianza en una misma.

Pues ese modo de ser mujer en muchos pueblos también limita su participación en la organización de la comunidad, fortaleciendo así el predominio masculino en algunos servicios que vinculan a las comunidades con las organizaciones ampliadas y con las instancias de los estados, aun coloniales. Por ello, el feminismo comunitario de Bolivia y Guatemala plantean el entronque patriarcal, entre el patriarcado colonizador y el patriarcado ancestral. De modo que las mujeres «indígenas» en los diversos contextos se han asumido como seres que tienen que vivir en constante «sacrificio», a ver si por ello reciben reconocimiento, como si se tratara de una suerte de herencia, ya que muchas de nuestras ancestras, abuelas, madres, tías y hermanas, perdieron el poder sobre sí mismas, sobre sus cuerpos y su plena relación con el cosmos, por la que era posible cuidar sus ciclos generadores de vida.

El entronque patriarcal también ha otorgado ciertos poderes y derechos a mujeres «blancas», ya que el trabajo considerado como «doméstico», fue asignado a las mujeres «indígenas» a lo largo de estos más de quinientos años de conquista. Trabajo que en nuestros tiempos se puede considerar como una extensión colonialista, ya que el espacio del hogar urbano se presenta como un espacio civilizatorio donde se tiene que aprender las buenas «costumbres» de la alimentación, la limpieza, el cuidado de las/os niñas/os y de los buenos comportamientos. De modo que la enajenación de los cuerpos e identidades continúa, y los vejámenes sexuales, el maltrato, la humillación y la subordinación se ex- tienden en muchos espacios «blanqueados» de las sociedades.

En el afán de cortar con esas múltiples violencias y opresiones, muchas mujeres son explotadas en diversos trabajos, y en vez de dignificar sus familias, se alejan de ellas, incluso atravesando fronteras, acompañadas del sueño de que sus hijas e hijos «no sean como ellas», como si su vida no valiera.

Y pareciera que la vida de las mujeres «indígenas» no vale… No podemos ignorar la realidad de muchos cuerpos de niñas, adolescentes y jóvenes de nuestros pueblos que atraviesan diversos territorios, siendo traficadas, y se pierden en el abismo de la explotación sexual, como mercancía barata, de la que no pueden salir, porque las familias, sobre todo las madres, no tienen el apoyo de las instancias correspondientes, ni los recursos para recuperarlas.

Desde las realidades anteriormente compartidas, quiero hacer eco a las palabras de algunas mujeres y organizaciones que nos estudian, y que presentan nuestra realidad desde una triple opresión: por ser «mujeres, indígenas y pobres». Apreciación que de algún modo recoge lo que nuestras hermanas afrodescendientes que habitan en el territorio del norte plantearon: que no se podría comprender lo que se denomina género desde una sola opresión, la del varón hacia la mujer, ya que la realidad de las mujeres «negras» era muy diferente al de las mujeres «blancas», porque recaía en sus cuerpos el estigma «racial», que determinó su condición social, como pobres: sus vidas estaban marcadas por una historia común, la esclavitud.

No podemos negar que al igual que nuestras hermanas afrodescendientes, cargamos el estigma social sobre nuestros cuerpos, pues aún prevalece la concepción colonial de que somos seres «sin alma», por lo tanto inferiores, analfabetas, ignorantes, vinculadas al demonio y a la brujería, tanto en los diversos ámbitos de las sociedades «urbanas blanqueadas» como en los espacios eclesiales. Y con dolor, tenemos que admitir que esa concepción también llegó a nuestros contextos en las nuevas generaciones. Por lo tanto, somos consideradas como sujetos que hay que «civilizar y evangelizar».

Del mismo modo, algunos colectivos feministas, plantean que nuestra liberación sólo será posible si abandonamos nuestras prácticas culturales. Por lo que el desafío para algunos caminares feministas es asumir que no hay un solo modo de ser mujer, y que la opresión del patriarcado y machismo la vivimos de diversas maneras, y que no se limita sólo a las desigualdades entre hombres y mujeres, sino también a las diferencias y desigualdades que existen entre mujeres, entre hombres, y las desigualdades que genera el patriarcado capitalista.

Desde las comunidades de mujeres «indígenas», conectadas a las sabidurías y resistencias de nuestras ancestras/os, y a otras sabidurías que nos ayudan a seguir profundizando en nuestros propios pozos, estamos asumiendo como desafío los procesos de sanaciones integrales, como dirían las hermanas Xincas de Guatemala, de nuestros cuerpos territorios y de nuestra tierra territorio. Pues la sanación está conectada a nuestra medicina que acoge la integralidad de la vida que puede sentirse y vivirse desde nuestras espiritualidades, que conspiran con todo el cosmos. Por lo que defender nuestros territorios de las conquistas del capitalismo patriarcal, implica también romper la violencia y opresión de las mujeres. Ya que no es posible el Buen Vivir, si no hay un Buen Convivir.

De modo que cuando pedimos la palabra para denunciar las violencias que se ejercen sobre nuestro ser, que no se nos vea como una amenaza que hay que acallar y expulsar de las comunidades. Seguiremos denunciando el entroque patriarcal, ya que muchas de nuestras hermanas no sólo están siendo criminalizadas, amenazadas y asesinadas por el pa- triarcado capitalista y estatal, sino también por el patriarcado de los abuelos, padres, hermanos, esposos y compañeros.

Con todo, seguimos rastreando las resistencias de hermanas que habitan nuestros bellos territorios, que son sostenidas por sus vidas conectadas con la memoria de la ancestralidad, desde el canto, los tejidos, las ritualidades, las danzas, y las palabras sagradas, cual semillas que quieren seguir honrando la vida. Se trata de una gran red de vida compartida, a la que nos sumamos desde diversos lugares para que desde la sinergia de nuestros cuerpos que habitan en el cosmos y los otros cosmos, podamos quebrar todos los círculos de violencias y romper con las herencias coloniales, a fin de seguir tejiendo la vida con los hilos de diversos colores que se interrelacionan de manera recíproca, generando la armonía y el equilibrio necesario para la Vida en Plenitud, la Vida Digna, el Buen Vivir en nuestros territorios.

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Juan 6, 41-51

Los judíos murmuraban porque había dicho que era el pan bajado del cielo; y decían:
   —¿No es éste Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo dice que ha bajado del cielo?
Jesús les dijo:
   —No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré el último día. Los profetas han escrito que todos serán discípulos de Dios. Quien escucha al Padre y aprende vendrá a mí. No es que alguien haya visto al Padre, sino el que está junto al Padre; ése ha visto al Padre. Les aseguro que quien cree tiene vida eterna.
Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y murieron. Éste es el pan que baja del cielo, para que quien coma de él no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne.

 

1.- ¿Cuál de las dos naturalezas de Cristo me cuesta más visibilizar, la humana o la divina? ¿Comprendo que Jesús no es un hombre más, sino que es Dios? ¿Esto me ayuda a reconocer que es posible vivir e imitar la humanidad de Cristo? ¿Lo hago

2.- ¿Soy Cristiano porque tome la decisión de serlo, por una gran “idea”, o porque Dios mismo salió a mi encuentro, y me deje atraer por él? ¿Qué es lo que me atrae a Dios, y que lo diferencia de cualquier otra posesión

3.- ¿Cómo utilizo las facultades que Dios depósito en mí; inteligencia y voluntad? ¿Las uso para llegar a un conocimiento y amor más profundo de Dios, o me pierdo en cuestiones sin sentido

4.- ¿Si alguien me preguntara que es para mí creer, que le respondo? ¿Entiendo que creer es la seguridad de llegar a la vida eterna? ¿Existe en mi vida, momentos en que se ocasiona un divorcio entre lo que creo y lo que vivo? ¿Lo reconozco, y busco unir vida y Fe? ¿Lo hago pidiéndole a Dios que me ayude?

5.- ¿Qué significa para mí “comer” el Pan de Vida? ¿Pienso, y me imagino como sería el mundo sin su presencia encarnación, y presencia eucarística? ¿Soy agradecido entonces de este don de Dios que por amor permanece entre nosotros? ¿Respondo acercándome a él, al Sagrario, y a tantos lugares, y personas donde tambien se hace presente?

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