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Archive for the ‘Documentos reflexión’ Category

‘CAMBIASTE MI LUTO EN DANZA’ (Sal 29 (30), 12)
Esa “escuela de danzantes” que llamamos Cuaresma

Dolores Aleixandre

Biblioteca de l’École Biblique de los dominicos en Jerusalén: dos de mediodía, allá por abril del año 87. La sala desierta y yo sentada delante de una mesa llena de libros y diccionarios, con toda una tarde de estudio por delante y conectada, como único consuelo, a una emisora de música clásica a través de un pequeño transistor. Desde mi vocación frustrada de directora de orquesta y aprovechando la soledad, me puse a dirigir con la derecha la Sinfonía 40 de Mozart, mientras sostenía un libro con la otra mano. Al cabo de un rato, levanto los ojos y veo a un cura pakistaní, vecino habitual de mesa, parado en el umbral de la puerta mirando hacia mí con asombro. Como de lejos mis pequeños auriculares eran invisibles y sólo percibía el frenesí descontrolado de mi mano, debía pensar: “Esta pobre mujer, tantas horas aquí sentada, ha debido trastornarse un poco…”. Hice como que me rascaba la cabeza para disimular, suspendiendo en el acto el concierto. De entrada, me reí por dentro por lo ridículo de la situación, pero luego empecé a verla como una preciosa parábola: ¿y si la fe fuera la música interior a la que damos oído, que nos hace movernos con un determinado ritmo y a realizar unos gestos incomprensibles para quienes no la escuchan?. Y cuando decae nuestra danza ¿no será porque nos hemos desconectado de la frecuencia del Evangelio?

Recuerdo la anécdota al comenzar esta Cuaresma porque me sigue pareciendo que a este tiempo litúrgico le quedan resabios de las costumbres preconciliares y están presentes más componentes de “luto” que de danza. Es verdad que ya no nos dicen aquello de “Acuérdate de que eres polvo y en polvo te convertirás…”, ni vestimos los santos de morado, ni necesitamos tomar la bula (en el colegio nos advertían que no se podía decir “comprar” porque entonces era simonía, pecado con nombre propio que me resultaba a la vez amenazador e interesante). Quizá cantamos otras cosas en vez del “Perdón oh Dios mío, perdón y clemencia, perdón e indulgencia, perdón y piedad”, pero aún escucho en alguna parroquia el espantoso “No estés eternamente enojado” que sigue grabando en las conciencias la imagen de un dios enfurecido e iracundo, que se aplaca inexplicablemente cuando nos ve haciendo el Via Crucis o comiendo los viernes pescadilla en vez de pollo. 

Pero eso no son más que anécdotas intrascendentes, porque creo que hay algo que nos paraliza más es una excesiva y monotemática insistencia en los aspectos éticos del cristianismo, que hacen de él una cuestión fría y sin alegría. Comentando las consecuencias de fomentar casi únicamente los “imperativos” en vez de los “indicativos”, dice Klaus Berger: “Es probable, que esta “espiritualidad”, quizá no precisamente dichosa, requiera la ayuda que puede llegarle del modelo del amor y la alegría. Pues probablemente por eso hablan tanto los místicos del siglo XII de amor, de amistad, de abrazar y besar, de alegría contagiosa y de la ternura del corazón: porque la seriedad de la vida austera siempre corre el peligro de malograr el alegre mensaje del Evangelio.(…) Posiblemente son dos las expresiones fundamentales de la espiritualidad cristiana. Una está orientada al Viernes Santo, por mencionar un lugar común, y pone en el centro el pecado, la culpa, el juicio vicario sobre Jesús y la sentencia absolutoria. La otra está orientada hacia la Pascua y pone en el centro la alegría, la bienaventuranza, la transformación y la risa que tiene por objeto la muerte y el diablo. Y no se trata de contraponerlas entre sí, sino de reconocerlas como formas complementarias de piedad.” [“¿Qué es espiritualidad bíblica?. Fuentes de la mística cristiana.” Sal Terrae, Santander 2001, 202.204]

Vivir la Cuaresma desde la insistencia en nuestra necesidad de conversión como única “banda sonora”, puede tener el efecto contrario de lo que pretende y convertirnos (mira por donde…) en gente frustrada por no alcanzar tan altas metas de perfección o, siguiendo la metáfora de la danza, agarrotados tímidamente en un rincón de la sala de baile, torpes de pies y duros de oído para captar la música que intenta seducirnos con su ritmo, incapaces de aventurarnos en un movimiento que no sabemos dónde puede conducirnos.

“¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos? Se parecen a unos niños que, sentados en la plaza, gritan a otros: “Tocamos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis”. (Lc 7,31-32). Así se quejaba Jesús, tratando de sacudir, por medio de un refrán popular, la incapacidad de los que le oían para salir de su anquilosamiento y comenzar a moverse en otra dirección diferente de la que esclerotizaba su mente.

Aquí está de nuevo la Cuaresma, dándonos la buena noticia de que tenemos otra oportunidad para danzar, como la tuvo para dar fruto aquella higuera estéril de la parábola de Jesús (Mt 21,18-19). Otra vez resuena en nuestros oídos la invitación de la carta a los Hebreos: “Así pues, nosotros, rodeados de una nube tan densa de testigos, desprendámonos de cualquier carga y del pecado que nos acorrala; corramos con constancia la carrera que nos espera, fijos los ojos en el iniciador y consumador de la fe, en Jesús.” (Hb 12,1-2) El término griego archegós evoca al que va delante, al cabeza de fila, al que inicia la danza, podríamos traducir nosotros, sin equivocarnos demasiado.

Estas páginas van a tener como telón de fondo cinco lugares a los que nos convocan los evangelios domingos de Cuaresma: el desierto de Judea, la montaña de la transfiguración, el pozo de Siquem, la alberca de Siloé y la tumba de Lázaro. 

Son lecturas que nos sabemos de memoria (¿otra vez la samaritana? ¿otra vez el ciego de nacimiento? ¡Son larguísimas…!). De ahí la propuesta de aproximarnos a ellas solamente desde alguno de sus ángulos, sin la pretensión inútil de abarcarlas o agotarlas. Entraremos en cada escena por alguno de sus resquicios, tratando de escuchar la música que las habita, sin escapar de las notas desestabilizadoras que resuenan en ellas, aunque nos creen incomodidad y desconcierto. Asociamos espontáneamente la presencia de Jesús al perdón, la paz, la reconciliación o la misericordia y es cierto que en él encontramos centramiento, armonía y luz. Pero los textos que vamos a leer nos descubren que también lo excéntrico, lo paradójico, lo imprevisible, lo inconveniente o lo intempestivo pueden llevar “marcas” de su presencia y pueden movilizar lo mejor de nosotros mismos, con tal que nos dejemos llevar por su ritmo.

En algunos de esos “escenarios de danza” oiremos además otras voces que desde la poesía, la teología o la espiritualidad “eleven los decibelios” de la melodía evangélica y hagan irresistible en nosotros el deseo de danzar.

Aquí va, como pórtico, uno de esos textos:

BAILE DE LA OBEDIENCIA

Si estuviéramos contentos de ti, Señor,
no podríamos resistir a esa necesidad de danzar que desborda el mundo
y llegaríamos a adivinar
qué danza es la que te gusta hacernos danzar,
siguiendo los pasos de tu Providencia.

Porque pienso que debes estar cansado
de gente que hable siempre de servirte
con aire de capitanes;
de conocerte con ínfulas de profesor;
de alcanzarte a través de reglas de deporte;
de amarte como se ama un viejo matrimonio.

Y un día que deseabas otra cosa
inventaste a San Francisco
e hiciste de él tu juglar.
Y a nosotros nos corresponde dejarnos inventar
para ser gente alegre que dance su vida contigo.

Para ser buen bailarín contigo
no es preciso saber adónde lleva el baile.
Hay que seguir,
ser alegre,
ser ligero y, sobre todo, no mostrarse rígido.
No pedir explicaciones de los pasos que te gusta dar.
Hay que ser como una prolongación ágil y viva de ti mismo
y recibir de ti la transmisión del ritmo de la orquesta.
No hay por qué querer avanzar a toda costa
sino aceptar el dar la vuelta,
ir de lado,
saber detenerse y deslizarse en vez de caminar.
Y esto no sería más que una serie de pasos estúpidos
si la música no formara una armonía.

Pero olvidamos la música de tu Espíritu
y hacemos de nuestra vida un ejercicio de gimnasia;
olvidamos que en tus brazos se danza,
que tu santa voluntad es de una inconcebible fantasía,
y que no hay monotonía ni aburrimiento
más que para las viejas almas
que hacen de inmóvil fondo
en el alegre baile de tu amor.

Señor, muéstranos el puesto
que, en este romance eterno iniciado entre tú y nosotros,
debe tener el baile singular de nuestra obediencia.
Revélanos la gran orquesta de tus designios,
donde lo que permites toca notas extrañas
en la serenidad de lo que quieres.

Enséñanos a vestirnos cada día con nuestra condición humana
como un vestido de baile, que nos hará amar de ti
todo detalle como indispensable joya.
Haznos vivir nuestra vida,
no como un juego de ajedrez en el que todo se calcula,
no como un partido en el que todo es difícil,
no como un teorema que nos rompe la cabeza,
sino como una fiesta sin fin donde se renueva el encuentro contigo,
como un baile,
como una danza entre los brazos de tu gracia,
con la música universal del amor.

Señor, ven a invitarnos.

(Madeleine Delbrel)

1.- El desierto de las tentaciones (Mt 4,1-11). La danza de lo ex-céntrico

Para entender mejor el texto de las tentaciones y qué es lo que hay en él de qué ex-céntrico, necesitamos leer lo que le precede y lo que le sigue:

Su contexto inmediatamente anterior es el del bautismo de Jesús en el Jordán:

“Jesús, una vez bautizado, salió en seguida del agua. En esto se abrió el cielo y vio al Espíritu de Dios bajar como una paloma y posarse sobre él. Se oyó una voz del cielo: -Este es mi Hijo, a quien yo quiero, mi predilecto.” (Mt 3,16-17)

Y el texto que sigue a las tentaciones es éste: 

“Al enterarse de que habían detenido a Juan, Jesús se retiró a Galílea. Dejó Nazaret y se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombra de muerte, una luz les brilló. (Is 8, 23-9,1). Desde entonces empezó Jesús a proclamar: -Convertíos, que ya llega el reinado de Dios” (Mt 4,12-17)

La escena del bautismo, Jesús escucha la voz del Padre. Se trata del principal momento teofánico de su vida, junto con la transfiguración. Mateo se sirve de ellos para proclamar que la identidad de Jesús consiste en ser el Hijo amado del Padre. Esa es su identidad y en ella se le revela que su “código genético” consiste en ser el Hijo, el amado, el predilecto del Padre, el objeto de su complacencia. Y podemos entender su marcha al desierto movido por el Espíritu, como una necesidad imperiosa de “procesar” en el silencio y en la soledad esa revelación, de hacer sitio en su interioridad al deslumbramiento y al asombro. El significado del desierto no es prioritariamente el penitencial. “La llevaré al desierto y le hablaré al corazón” había dicho Oseas (2,16), convirtiendo el desierto en un lugar privilegiado de encuentro personal y de escucha de la Palabra. Jesús es conducido a él para acoger la Palabra escuchada en su corazón en el momento de su bautismo. Hablando desde nuestra psicología, podríamos decir que necesitaba tiempo para asentar en los cimientos de su ser una Palabra que le des-centraba para siempre de sí mismo y le situaba a la sombra de la ternura incondicional de Alguien mayor.

Los evangelistas presentan su estancia en el desierto como un tiempo de lucidez, haciéndonos ver que la relación filial de la que Jesús ha tomado plena conciencia ha iluminado de tal manera su mirada, que le ya era imposible confundir a Dios con los falsos ídolos que le presenta el tentador: un dios en busca de un mago y no de un Hijo; un dios contaminado por las vacías pretensiones de lo peor de la condición humana: poseer, brillar, hacer ostentación de poder, ejercer dominio.

En la escena de las tentaciones vemos a Jesús reaccionando lo mismo que a lo largo de toda su vida: aferrado y adherido afectivamente a lo que va descubriendo como el querer de su Padre: la vida abundante de los que ha venido a buscar y salvar. No ha venido a preocuparse de su propio pan, sino de preparar una mesa en la que todos puedan sentarse a comer. No ha venido a que le lleven en volandas los ángeles, a acaparar fama y “hacerse un nombre”, sino a dar a conocer el nombre del Padre y a llevar sobre sus hombros a los perdidos, como lleva un pastor a la oveja extraviada. No ha venido a poseer, a dominar o a ser el centro, sino a servir y dar la vida.

Lo que “salva” a Jesús de caer en los engaños del tentador es su ex-centricidad, su estar referido al Padre y a su Palabra, y desde ese Centro recibirá el impulso de abandonar del desierto, y se dejará llevar por la corriente de aproximación de Dios comenzada en la encarnación. A partir de ese momento, lo veremos caminando por Galilea, entrando en relación, anunciando el Reino, creando comunidad, buscando colaboradores, acercándose a la gente, contactando, entrando en casas, acogiendo, curando, enseñando:

“Jesús recorría Galilea entera, enseñando en aquellas sinagogas, proclamando la buena noticia del Reino y curando todo achaque y enfermedad del pueblo. Se hablaba de él en toda Siria: le traían enfermos con toda clase de enfermedades y dolores, endemoniados, epilépticos y paralíticos, y él los curaba. Lo seguían multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania.” (Mt 4, 23-25)

Mateo, tan aficionado a presentar el cumplimiento de las promesas proféticas, parece estarnos recordando las palabras de Isaías anunciando la llegada de los tiempos mesiánicos: “el niño jugará en el agujero del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente” (Is 11,8). La enfermedad y de la posesión diabólica eran ámbitos de impureza, de oscuridad y de muerte pero Jesús se introduce en ellos con la misma “inconsciencia” y falta de miedo del niño de la profecía de Isaías.

Como si el arresto de Juan, en vez de atemorizarle o silenciarle, le hubiera dado motivación y energía para ponerse a anunciar el Reino. Mateo no nos hablará de su miedo (“se hizo igual a nosotros menos en el pecado…”) hasta el huerto de Getsemaní (Mt 26,38).

Invitados a la danza de lo ex-céntrico

Giro y vuelta, parece proponernos el evangelio de este domingo: dad un brinco fuera del espacio estrecho y asfixiante de lo que os atrae como el remolino de un sumidero, y sólo os permite girar en círculo, repitiendo siempre las mismas ideas, las mismas preocupaciones, las mismas imágenes sobre vosotros y sobre Dios.

Escapad de ese falso centro que os promete la posesión de las cosas, reíos de vuestra propensión a trepar a los “aleros del templo” para atraer desde allí admiración o buena opinión de la gente, porque casi nadie levanta la mirada hacia arriba y prefiere mirar los escaparates o la TV.

No os empeñéis en plantar la banderita de vuestro nombre en la cima de algún monte, ni os fatiguéis aparentando parecer lo que no sois. Dejad que Jesús, el “archegós”, el iniciador de vuestra fe, os conduzca hacia el Dios a quien él conoció en el desierto: un Dios que no exige de vosotros proezas ni gestos espectaculares, sino solamente vuestra confianza y vuestro agradecimiento. Un Dios que os dirige su Palabra no para imponeros obligaciones o para denunciar vuestros pecados, sino para alimentaros y haceros crecer. Un Dios al que no encontraréis en los lugares de prepotencia o de la posesión, sino en los de la pobreza y la exclusión.

Dejaos bautizar por el nombre nuevo que El ha soñado para vosotros desde toda la eternidad. Acoged con asombro agradecido que os diga: Tú eres mi hijo, te he llamado por tu nombre, tu eres mío. Tu vida no está programada desde el mercado, ni eres una fotocopia del consumidor ejemplar, no eres un “ciudadano NIF”, ni un espectador, ni un súbdito del rey Euro. Eres alguien bendecido, eres mi hijo amado. No eres clónico de nadie, eres único y el Pastor te reconoce por tu nombre.

Y aprended también del Maestro a poneros en camino en dirección a los otros. Lo mismo que él, acortad distancias, tended manos, invertid en relaciones, haceos amigos, liberaos de cosas y enganchaos a personas, discurrid cómo incluir, incorporar y tejer redes y disfrutad al sentaros con otros en el banquete de la vida.

2.- El monte de la transfiguración (Mt 17,1-13). La danza de lo paradójico

El texto de la transfiguración en Mateo comienza por un dato significativo: “Seis días después… “Inevitablemente el lector se pregunta qué es lo que pudo ocurrir de tanta importancia seis días antes y se encuentra en el contexto anterior con el anuncio de la pasión:

“Desde entonces empezó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén, padecer mucho a manos de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día Entonces Pedro lo tomó aparte y empezó a increparlo: ?¡Líbrete Dios, Señor! ¡No te pasará a ti eso! Jesús se volvió y dijo a Pedro: ?¡Retírate, Satanás! Quieres hacerme caer. Piensas al modo humano, no según Dios. Entonces dijo a los discípulos: El que quiera venirse conmigo, que reniegue de sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque si uno quiere salvar su vida, la perderá; en cambio, el que pierde su vida por mí, la salvará. A ver, ¿de qué le sirve a uno ganar el mundo entero si malogra su vida? ¿Y qué podrá dar para recobrarla? Porque este Hombre va a venir entre sus ángeles con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto llegar a este Hombre como rey”. (Mt 16,21-28)

Este es el pórtico de entrada a la escena de la transfiguración y su función parece ser la de evocar el caos y la tiniebla anteriores al día primero en el que dijo Dios: “Que exista la luz . Y la luz existió. (Gen 1,3) .Este “guiño” del relato es una alusión clara a la definitiva Creación y presenta la transfiguración de Jesús como el Sábado definitivo. Pero además, el contexto del anuncio de la pasión y la resistencia de Pedro, nos recuerdan la imposibilidad de separar los aspectos luminosos de la existencia de los momentos oscuros, el dolor del gozo, la muerte de la resurrección. La contigüedad de las dos escenas parece comunicarnos la convicción pascual de que el inundado de Luz es precisamente aquel que consintió en atravesar la noche de la muerte y accedió a la ganancia por el extraño camino de la pérdida.

Pedro, y con él todos nosotros, intenta retener los momentos de ganancia (“hagamos tres tiendas aquí, donde te manifiestas resplandeciente, donde se escucha la voz del Padre y donde te rodean Moisés y Elías…”), lo mismo que poco antes había rechazado los de pérdida: “¡Líbrete Dios, Señor!” 

Invitados a la danza de lo paradójico

“¡Salid de vuestras tinieblas! Dejad atrás la seguridad del valle y emprended sin miedo la subida al monte, porque arriba os espera la luz!”. Esta podría ser la propuesta del evangelio de la transfiguración.

“Renunciad a vuestras ideas equivocadas sobre Dios y a lo que creéis que es pérdida o ganancia, abríos a la novedad absoluta de Jesús y de su Evangelio, atreveos a romper con vuestra búsqueda codiciosa y obsesiva de ganar, poseer, conservar y, en lugar de ello, arriesgaos en un camino inverso de pérdida, derroche y entrega, sin más garantía que Su palabra.

Estad dispuestos al vuelco radical que supone llegar a “pensar y sentir como Dios” y a conformar con los criterios del Evangelio vuestra idea de lo que es luz y oscuridad, salvar la vida o perderla. Comportaos como los verdaderos discípulos, disponeos a romper con vuestros viejos esquemas mentales, a cambiar de lenguaje y de significados, a cuestionar vuestra propia lógica y vuestras ideas aprendidas en otras escuelas. Prestad oído a la promesa de vuestro único Maestro: “Al que se venga conmigo, voy a llevarle a la “ganancia” por el extraño camino de la “pérdida”: ese es el camino mío y no conozco otro. La única condición que pongo al que quiera seguirme, es que esté dispuesto a fiarse de mí y de mi propia manera de salvar su vida, que sea capaz de confiármela, como yo la confío a Aquél de quien la recibo. La suya será siempre una vida sin garantía y sin pruebas, en el asombro siempre renovado de la confianza: por eso no puedo dar más motivos que el de “por mi causa”.

Permaneced en lo alto del monte “firmes como si viérais al Invisible” (He 11,27), hasta que la prioridad del Señor y su Reino polarice y relativice todo lo demás, hasta que vuestras pequeñas preocupaciones y temores vayan pasando a segundo término y la lógica de lo evidente se quede atrás. La luz de la transfiguración os atrae a una manera de creer en la que la fe no es una manera de saber o de comprender, sino la decisión de fiaros de Otro, y de exponer la vida entera a una Palabra que hará saltar los límites de vuestros oscuros hábitos y valoraciones.

Entrad en esa danza y vuestra vida entera se convertirá en una apuesta arriesgada, más allá de cualquier pretensión de poseer certezas definitivas.

En la plaza
Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado.

No es bueno
quedarse en la orilla
como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca.
Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha
de fluir y perderse,
encontrándose en el movimiento con que el gran corazón
de los hombres palpita extendido.

Como ese que vive ahí, ignoro en qué piso,
y le he visto bajar por unas escaleras
y adentrarse valientemente entre la multitud y perderse.
La gran masa pasaba. Pero era reconocible el diminuto corazón afluido.
Allí, ¿quién lo reconocería? Allí con esperanza, con resolución o con fe, con temeroso denuedo,
con silenciosa humildad, allí él también
transcurría.

Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.
Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,
un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano,
su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.
Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,
con los ojos extraños y la interrogación en la boca,
quisieras algo preguntar a tu imagen,
no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.

Entra despacio, como el bañista que, temeroso,
con mucho amor y recelo al agua,
introduce primero sus pies en la espuma,
y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide.
Y ahora con el agua en la cintura todavía no se confía.
Pero él extiende sus brazos, abre al fin sus dos brazos
Y se entrega completo.
Y allí fuerte se reconoce, y crece y se lanza,
y avanza y levanta espumas, y salta y confía,
y hiende y late en las aguas vivas, y canta, y es joven.

Así, entra con pies desnudos. Entra en el hervor, en la plaza.
Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo.
¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir
para ser él también el unánime corazón que le alcanza!

(Vicente Aleixandre)

3.- Un pozo en Samaría (Jn 4,1-45). La danza de lo imprevisible

“Quien viene de arriba está por encima de todos. Quien viene de la tierra es terreno y habla de cosas terrenas. Quien viene del cielo está por encima de todos. El atestigua lo que ha visto y oído, y nadie acepta su testimonio. Quien acepta su testimonio acredita que Dios es veraz. El enviado de Dios habla de las cosas divinas, pues Dios no da el Espíritu con medida. El Padre ama al Hijo y todo lo pone en sus manos. Quien cree en el Hijo tiene vida eterna. Quien no cree al Hijo, no verá la vida, pues lleva encima la ira de Dios.” (Jn 3,31-36)

Estas palabras puestas en boca de Jesús son el atrio que antecede al relato de su encuentro con la mujer de Samaria junto al pozo de Jacob. Juan contrapone, a nivel discursivo, dos ámbitos: el cielo y la tierra, las cosas divinas y las terrenas. Y es eso mismo lo que va a hacer a continuación a nivel narrativo en la escena de la samaritana.

La alusión al dueño del pozo, trae a la memoria la escena en la que Jacob vio en sueños una escalera que unía el cielo con la tierra. La comunicación entre “lo de arriba” y “lo de abajo” que parecía imposible, va a convertirse ahora en realidad y el hombre sentado en el brocal del pozo va a ser la escalera y el puente que comunique los dos ámbitos. 

La mujer llega al pozo ajena a lo que allí la espera y que nada, en la trivialidad de su vida cotidiana, hacía previsible: va por agua con el cántaro vacío para volverse con él lleno a su casa. No hay más expectativas, ni más planes, ni más deseos.

Pero lo imprevisible la está esperando junto aquel galileo sentado en el brocal del pozo que entabla conversación con ella sobre cosas banales, como para no asustarla: hablan de agua y de sed, de pozos y de viejas rencillas entre pueblos vecinos, cosas de todos los días. De pronto irrumpe el lenguaje de “las cosas de arriba”: el don, un agua que se convierte en manantial vivo, la promesa de una sed calmada para siempre, un Dios en búsqueda, fuera de los espacios estrechos de templos o santuarios.

La mujer se defiende e intenta mantenerse en un nivel de trivial superficialidad, huyendo de la irrupción de lo de arriba en su vida. Pero al final de la escena el cántaro que era símbolo de la pequeña capacidad que está dispuesta a ofrecer, se queda olvidado junto al pozo, inútil ya a la hora de contener un agua viva.

Como en tantas otras ocasiones, el evangelio nos sitúa ante un Jesús imprevisible, capaz de vencer la estrechez de nuestras expectativas a la hora de recibirle. Los evangelistas se encargarán¡ de poner de relieve esta presencia de los desmesurado e imprevisible que parece acompañar las actuaciones de Jesús, desbordando siempre lo que se esperaba de él: Ni los novios de Caná necesitaban tanto vino (Jn 26), ni los discípulos una pesca tan abundante que casi les revienta las redes (Lc 5,6); y para sostener las fuerzas de la gente que le había seguido al desierto bastaba un bocado de pan y pescado, no que sobraran doce cestos (Jn 6,13). El paralítico lo que quería era volver a andar, no esperaba volverse a casa libre de la carga de sus pecados, y Zaqueo, interesado solamente en ver el aspecto de Jesús, se le encontró metido en su casa y compartiendo su mesa (Lc 19); las mujeres sólo pretendían que alguien les descorriera la piedra del sepulcro para embalsamar un cadáver, pero se encontraron al Viviente saliéndoles al encuentro (Mt 28,1-10). 

Siempre el mismo derroche por su parte, y siempre la misma resistencia por la nuestra a la hora de ser adentrados en lo imprevisible. Y eso ya desde que Sara se reía por lo bajo, escéptica y reticente ante una promesa que desbordaba por arriba sus previsiones. 

Invitados a la danza de lo imprevisible

Abandonad vuestra rigidez entre los brazos del Danzante, dejaos llevar por él más allá de vuestros calculados movimientos, nos diría la samaritana: no temáis la hondura de su pozo, ni el empuje irresistible del manantial que salta hasta la vida eterna. Olvidad vuestro pequeño cántaro, vuestro raquítico sistema de pesas y medidas. 

Olvidaos de las pequeñas disputas en torno a montes y templos: ha llegado la hora de adorar en espíritu y en verdad y todos están llamados a hacerlo. No os quedéis únicamente en lo que ya sabéis de Jesús: recorred el proceso de intimidad al que también tenéis la dicha de estar invitados. Al principio yo no vi en él más que a un judío, pero él me fue conduciendo hasta descubrirle como Señor, Profeta, Mesías, como Aquel a quien siempre había estado esperando sin saberlo. Tened vosotros la osadía de nombrarle con nombres nuevos, con esos que no aparecerán nunca en los resecos manuales de vuestras estanterías.

Pero os lo aviso, estad prevenidos: él os puede estar esperando en cualquier lugar , en cualquier mediodía de vuestra vida cotidiana, precisamente cuando andabais enredados en pequeñas historias relacionales, en rencillas mutuas o en rancias ortodoxias en torno a rúbricas o privilegios. Si os detenéis a escucharle, estáis perdidos para siempre por que él al principio os pedirá algo sencillo: “dame de beber”, “llama a tu marido”… , pero al final, volveréis a vuestra casa sin agua y sin cántaro, y con la sed, antes desconocida, de atraer hacia él a la ciudad entera. 

Cuenta un apotegma de los padres del desierto que el abad Lot dijo una vez al abad José: “Padre, ayuno un poco. Oro y medito; trato de vivir en paz en lo que de mí depende; procuro purificar mis pensamientos. ¿Qué más puedo hacer?.

José se puso de pie y extendió sus manos hacia el cielo. Sus dedos se volvieron como diez llamas y dijo: ¡Si quieres, puedes ser todo fuego!

4.- Una alberca en Siloé (Jn 9): la danza de lo in-conveniente

La curación del ciego de nacimiento es un prodigio narrativo que requiere ser leído en su contexto inmediatamente anterior: se trata de una discusión de Jesús con los judíos (Jn 8,12-59) que comienza con su afirmación: “Yo soy la luz del mundo (8,12). En el diálogo que sigue, el verbo más repetido es hacer (8,28.29.34.39.40.41), unido al sustantivo obras (8, 39.41). Se trata de demostrar que es Jesús quien hace las obras de Dios, mientras que los judíos hacen las obras del diablo, su padre.

La escena de la curación del ciego es la ampliación narrativa de los temas enunciados anteriormente en forma discursiva. En el comienzo, y ante la pregunta de los discípulos acerca del motivo de la ceguera del hombre, Jesús responde: “Ha sucedido para que se revelen en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenéis que obrar en las obras del que me envió. Llegará la noche, cuando nadie pueda obrar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo (9, 3-5). A lo largo del relato, el verbo hacer aparece en los vv 6.11.14.16.26.33.

Lo que resulta sorprendente, y es aquí donde vamos a centrar la atención, es que sea el barro el medio extraño y claramente inadecuado empleado por Jesús para hacer su obra (que es la de Dios) de devolver la vista al ciego y para manifestarse él mismo como luz. El barro aparece cuatro veces en el texto, y siempre en manos de Jesús como complemento del verbo hacer ( Jn 9, 6.11.14. 15) y, aparte de la clara alusión al barro de la creación del Adam (cf Gen 2,7), quizá forme parte del humor que acompaña a todo el texto: es precisamente algo opaco y oscuro el instrumento para que el ciego recupere la vista y para que la luz vuelva a sus ojos. 

“El Señor está realizando una obra extraña” había dicho Isaías (Is 28,21), haciéndose eco de la extrañeza y el desconcierto que provoca la manera de actuar de Dios Y es que el empleo de medios inapropiados parece pertenecer, según los escritores bíblicos, a las costumbres de Dios: cumplió su promesa de darles una descendencia numerosa a través de la esterilidad de las matriarcas (Gen 17,16); envió a un tartamudo a negociar la salida de Israel Egipto (Ex 4,10) y fueron las ranas, las moscas y los mosquitos los encargados de agotar la paciencia del poderoso faraón (Ex 7-8). Para conseguir la victoria contra los amalecitas, Moisés, en vez de empuñar las armas, extendió los brazos para orar (Ex 17,11-12), la condición para vencer al poderoso ejército de los madianitas fue la disminución drástica de los soldados de Gedeón (Jue 7) y, para vencer a Goliat, David no se servirá de la lanza sino de las chinitas de su zurrón (1Sm 17).

Las acciones simbólicas de los profetas tienen que ver con frecuencia con cosas rotas, mal usadas, deterioradas o gastadas, especialmente en las de Jeremías: un cinturón inservible (Jer 13,1-11), una vasija que se estropea rota en manos del alfarero (Jer 18,1-10; un cántaro quebrado ante las murallas de Jerusalén (Jer 19). La garantía de la protección de Dios a Acaz cuando temblaba de miedo viendo Jerusalén sitiada, fue el anuncio que su joven esposa esperaba un hijo (Is 7). Y no será un ángel quien sacará de Babilonia a los exilados, sino la benevolencia del pagano Ciro (Esd 1).

No es de extrañar que los destinatarios de esas acciones reaccionen irritados cuando la manera de Dios a la hora de realizarlas no coincide con los métodos que les parecerían los adecuados:”¿Acaso dice la arcilla al artesano: -¿Qué estás haciendo? Tu vasija no tiene asas”(…) Y vosotros ¿vais a pedirme cuentas de mis hijos? ¿vais a darme instrucciones sobre la obra de mis manos? (Is 45,9-11)

El Nuevo Testamento acentúa desde su comienzo los medios tan poco “convenientes” que van a caracterizar las acciones de Dios y del propio Jesús: las cuatro únicas mujeres que aparecen en su árbol genealógico según Mateo, son una muestra del “barro” de que se sirvió Dios para modelar al Nuevo Adán: Tamar, recordada por su comportamiento incestuoso (Gen 38); Rahab, una prostituta de Jericó (Jos 2); Rut, una extranjera de Moab; la mujer de Urías, asociada al adulterio de David… (2Sm 11). Descendiendo de abuelas tan insólitas, ya no puede extrañarnos nada de lo que sigue: una cuadra en un descampado como “denominación de origen” del anunciado como “Salvador, Mesías y Señor” (Lc 2,1-20); desperdiciar treinta años trabajando oscuramente en un pueblo perdido y, a la hora de aparecer en público, mezclarse con la gentuza para bautizarse en el Jordán. 

Como predicadores de su evangelio elegirá a gente entendida solamente en barcas, peces o impuestos. Para convencer de la prioridad de “hacerse próximo” escoge a un samaritano, prototipo de los alejados (Lc 10,25-37); los modelos de fe que propone a su auditorio de intachables judíos serán una mujer impura por su flujo de sangre (Mc 5,34), una pagana, madre de una endemoniada (Mt 15,21-28) y un capitán del imperio invasor (Mt 8,10).

A los dispuestos a apedrear a la mujer acusada de adulterio no los disuade con un discurso brillante y convincente, sino inclinándose y escribiendo en el polvo (Jn 8); al ciego de Betsaida y a un sordomudo los cura aplicándoles su propia saliva (Mc 7,33; 8,23) y cura a un leproso realizando el gesto prohibido de tocarle.

Para hablar del Reino no acude al lenguaje erudito de los escribas, sino que narra cuentos poblados de personajes y elementos de la vida cotidiana: campesinos que siembran y cosechan, mujeres que amasan y encienden candiles, un pastor desvelado en busca de una oveja perdida, un padre asomándose al camino por si vuelve a casa el hijo que se le fue… 

Y además de todos estos intermediarios inadecuados, los medios para alcanzar el Reino tampoco parecen los más convenientes: la pérdida resulta ser el precio de la ganancia (Mc 8,35) y para ser significativo e importante hay que ponerse a aprender de los niños (Mt 18,3); en cambio, el poder, la influencia y la riqueza se revelan como factores de alto riesgo; la posesión no es fuente de alegría sino de pesadumbre (Mt 19,16-22) y la acumulación, objeto de irrisión y ridículo (Lc 12,16-21).

Invitados a la danza de lo in-conveniente

Aflojad la tensión de vuestras manos y dejad que se os escapen las riendas con las que intentáis controlar a Dios, podría decirnos el ciego de nacimiento. Liberaos de vuestra obsesión por fiscalizar los “cómos” y dominar los “porqués” de sus acciones: tampoco yo conseguí entender por qué untaba mis ojos con aquel barro espeso que parecía cegar aún más mis pupilas. Pero me fié de su palabra, me dirigí a tientas a la alberca de Siloé, me lavé y, junto con el barro, se fueron mis tinieblas y me vi sorprendido por la luz como en la primera mañana de la creación. Aceptad el desafío de creer que el barro puede ser portador de luz, confiad en las manos de quien lo aplica a vuestros ojos, reconoceos en la negativa farisea de aceptar que la luz pueda llegar por otro camino que no sea el de los propios candiles y lámparas.

Decidíos a creer que Alguien sabe mejor que vosotros qué es lo que os cura y lo que puede hacer luminosa vuestra vida y no os contentéis con conocerle solamente por el sonido de su voz y el roce de sus manos: porque él os sigue buscando para que podáis contemplar también el rostro del que procede toda luz.

Dad fe a la Palabra que os asegura que vuestras carencias y cegueras no os encierran definitivamente, sino que pueden ser puertas abiertas para el encuentro y entregad vuestra fe y vuestra adoración a Aquel que no pasará nunca de largo por las cunetas de vuestros caminos.

Un día, estaba sentado con Rodleigh, el jefe del grupo, en su caravana, hablando sobre los saltos de los trapecistas. Me dijo: “Como saltador, tengo que confiar por completo en mi portor. El público podría pensar que yo soy la gran estrella del trapecio, pero la verdadera estrella es Joe, mi portor. Tiene que estar allí para mí con una precisión instantánea, y agarrarme en el aire cuando voy a su encuentro después de saltar”. “~,Cuál es la clave?”, le pregunté. “El secreto”, me dijo Rodleigh, “es que el saltador no hace nada, y el portor lo hace todo. Cuando salto al encuentro de Joe, no tengo más que extender mis brazos y mis manos y esperar que él me agarre y me lleve con seguridad al trampolín”.

“Que tú no haces nada?”, pregunté sorprendido. “Nada”, repitió Rodleigh. “Lo peor que puede hacer el saltador es tratar de agarrar al portor. Yo no debo agarrar a Joe. Es él quien tiene que agarrarme. Si aprieto las muñecas de Joe, podría partírselas, o él podría partirme las mías, y esto tendría consecuencias fatales para los dos. El saltador tiene que volar, y el portor agarrar; y el saltador debe confiar, con los brazos extendidos, en que su portor esté allí en el momento preciso”.

Cuando Joe dijo esto con tanta convicción, en mi mente brillaron las palabras de Jesús: “Padre, en tus manos pongo mi Espíritu”. Morir es confiar en el portor. Podemos decir a los moribundos: “Dios se hará presente cuando deis el salto. No tratéis de agarrarlo; él os agarrará a Vosotros. Lo único que debéis hacer es extender Vuestros brazos y Vuestras manos y confiar, confiar, confiar”.

5.- La tumba de Lázaro (Jn 11). La danza de lo in-tempestivo

En el contexto anterior a la resurrección de Lázaro aparece de nuevo el tema de las obras, esta vez en relación con el verbo creer: “Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a mis obras y reconoceréis de que el Padre está en mí y yo en el Padre”. (Jn 10,38)

En la escena siguiente, Jesús va a realizar la obra por excelencia del Padre que es comunicar vida, y una vida que ya estaba en posesión de la muerte. Pero no es esa señal la que obtiene la fe de Marta, sino que la confesión creyente de ésta la antecede: “Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo” (11, 27), apoyada solamente en la afirmación de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida” (v. 25).

Estamos ante una fe proclamada “a destiempo” ya que su momento adecuado parecería ser el siguiente a la salida de Lázaro de la tumba. Pero entonces, parece decirnos Juan, ya no sería fe, porque lo propio de ésta es adelantarse y preceder a los signos.

Pero hay otro significativo destiempo (más bien contratiempo o llegada intempestiva ) en la narración: el del retraso de Jesús que, aunque sabía de la enfermedad de su amigo, “prolongó su estancia dos días en el lugar” (v.6) y además pronuncia una frase incomprensible ante sus discípulos: “Lázaro ha muerto. Y me alegro por vosotros de no estar allí, para que creáis” (v 15).

Existe por lo tanto para Jesús un “no estar” en el lugar adecuado (devolviendo la salud a Lázaro) que es ocasión de fe, y eso es más importante para él que el consuelo que hubiera dado con su presencia.

Realmente se merecía el reproche de Marta: “Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano…” (v 21) Marta no hace más que sumarse con voz femenina a la multitud de los que a lo largo de los siglos habían protestado, clamado y hasta casi insultado a un Dios acusado de impuntual.

Abraham, el primer creyente, fue también el primero en refunfuñar ante Dios, cansado ya de tanto retraso en la promesa de descendencia: “Señor, ¿de qué me sirven tus dones si soy estéril y Elezer de Damasco será el amo de mi casa? (Gen 15, 2). Y es que, la verdad, ni Sara ni él mismo iban estando ya para nada.

“Que se dé prisa, que apresure su obra para que la veamos; que se cumpla enseguida el plan del Santo de Israel para que lo comprobemos” (Is 5. 18), apremiaban los listillos contemporáneos de Isaías, y Jeremías, después de comprar un campo con el destierro ya encima, se encaraba abiertamente con Dios: “Estás viendo la ciudad ya en manos de los caldeos y en este momento vas tú y me dices: – ¡Cómprate un campo! (Jer 32, 25)

Habacuc fue el primero en preguntarle abiertamente: ¿Hasta cuándo pediré auxilio sin que me escuches? (Hab 1,2) y el impaciente Job tampoco se quedó corto en protestas.

En el NT tampoco los discípulos parecen estar muy de acuerdo con la medición de tiempos propia de Jesús: evidentemente, el durmiente que llevaban en la barca retrasó demasiado el momento de despertarse y calmar la tempestad (Mc 5,38); y cuando llegó aquella otra galerna, podía haber abreviado sus rezos en la montaña y acudir en su ayuda un poco antes (Mc 6, 46-50). Tampoco estuvo atinado de cálculo cuando se le fue la gente detrás: “El lugar es despoblado y la hora es avanzada” (Mc 6,35). O sea, mucha compasión, pero ni idea de que el tiempo pasa y ahora a ver cómo nos arreglamos para que coman. Y no digamos cuando le entró aquella prisa insensata por subir a Jerusalén, con la que estaba cayendo allí (Mc 10,32). En opinión de los de Emaús, los tres días pasados en la tumba eran ya más que suficientes para darles razón en su sospecha de que la promesa de resurrección no había sido más que una pretensión insensata (Lc 24, 21).

El tema del desajuste entre tiempos de Dios y tiempos humanos es reincidente en las parábolas: el amo no llegó hasta el tercer turno de vela (Lc 12, 38) y el novio se retrasó tanto, que el aceite de las lámparas estaba ya en las últimas (Mt 25,5).

Jesús es contundente y nunca aclara los cuándos de Dios ¡Estad en vela!, es lo único que recomienda (Mt 24,42) y, junto con eso la convicción de que la semilla crece sin que el que la sembró sepa cómo (Mc 4,27).

Invitados a la danza de lo in-tempestivo

Es Marta esta vez quien nos invita:

Dejad que sea Otro quien mida vuestros tiempos, ritmos y compases. Recordad que él llega a tiempo pero a su tiempo, no al vuestro, y tendréis que ser pacientes y convertir vuestra prisa en espera y vuestra impaciencia en vigilancia. Acostumbraos a su extraño lenguaje: si decís de alguien: “está muerto” él os dirá “está dormido” y os pedirá también vuestro consentimiento, no sólo ante sus retrasos, sino ante sus anticipaciones: porque en el grano de trigo podrido en tierra él está contemplando la espiga, y cuando una mujer grita de dolor, él escucha ya el llanto del niño que nace.

No temáis permanecer a su lado junto a las tumbas de vuestro mundo, unid vuestro llanto al suyo allí donde parece que la muerte ha puesto ya la última firma y gritad vuestra rebeldía ante su dominio. Pero creed también en la fuerza secreta de la compasión y de la insensata esperanza. Cuando yo le esperaba junto al lecho de Lázaro para ahuyentar su fiebre, él vino a destiempo, a la hora tardía en que creíamos no necesitarle. Y el que no llegó a tiempo para curar a mi hermano, ordenó retirar la piedra del sepulcro, pronunció su nombre y le ordenó con su poderosa voz: -“Lázaro, ¡ven afuera!”. Y todos supimos entonces que la última palabra la tenía aquel hombre en quien habitaba el poder de vencer a la muerte. Atreveos a jugar con él el juego de sus retrasos y de sus des-tiempos: apostad fuerte por la Palabra que os asegura que en él está la resurrección y la vida de todos los lázaros olvidados en las tumbas de la historia.

Alegraos de tener como Compañero de danza al Ex-céntrico y al Imprevisible, aunque os conduzca a un ritmo que os parezca paradójico, in-conveniente e intempestivo. Porque lo suyo es cambiar nuestro luto en danza, desatar nuestros sayales, como desató a Lázaro de sus vendas, y revestirnos de fiesta.

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• “Pedro, Santiago y Juan” (2) son testigos de algunos de los hechos más importantes de la vida de Jesús: la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,37), éste de la transfiguración, la oración en Getsemaní (Mc 14,33). También los vemos con Jesús reflexionando sobre la realidad (Mc 13,3).

• Los tres Apóstoles representan a la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios, el Pueblo que es interlocutor de Dios, que está en diálogo con Él, que lo “escucha” (7). En ellos se expresa que la Iglesia recibe del Padre, a través de los Apóstoles, la afirmación central de la fe: el hombre Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios (7).

• “Elías y Moisés”, que habían subido a la montaña para encontrarse con Dios, “conversando” (4) con Jesús en la “montaña alta” (2) parecen indicar que Jesús de Nazaret – que acaba de anunciar su pasión y muerte y resurrección (Mc 8,31)- es Dios mismo.

• Por tanto, la antigua alianza, la Ley y los Profetas, ha sido transfigurada (2): ya no son tablas de piedra; la nueva Ley es el mismo Jesús. Basta con “escucharlo” a Él, “solo con ellos” (8).

• “Escuchar” (7) a Jesús, el Profeta definitivo, es vida para la Iglesia y para cada discípulo: discípulo es quien “escucha” al “Maestro” (5).

• El “mandato” (9) de Jesús: ”No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos” alude, por un lado, al anuncio de la pasión-muerte- resurrección que acabamos de encontrar (8,31). E indica que sólo al final de todo el proceso, de todo el camino de Jesús, se podrá comprender quién es el Mesías de Dios, cuál es la manera de estar Dios con nosotros. 

• La experiencia de los tres Apóstoles, anticipación de la resurrección, les será una fuerza para el camino que tienen que recorrer, que será duro: a partir de ese momento, Jesús sólo encuentra dificultades; en este Evangelio de Marcos ya no hallamos más al Jesús exitoso que hemos visto en la primera parte (capítulos 1-8).

• Con esta fuerza ya no es necesario “estar aquí” (5), en la montaña. La vida, por dura que pueda ser (cruz, muerte … ), será vivida en otra perspectiva: la resurrección de Cristo lo transfigura todo, el pecado y la muerte no tendrán la última palabra sobre la vida de nadie.

Síntesis: Es un texto de una epifanía apocalíptica. La nube, la voz celestial, la presencia de Moisés y Elías evocan la manifestación de Dios en el Sinaí. El rostro resplandeciente y la túnica blanca recuerdan la visión del hijo del hombre de Dn 7. En Cristo, pues, se revela el Dios liberador de la esclavitud de Egipto, de la muerte de Elías, de la persecución helenista. En la transfiguración Jesús quiere que comprendan que la muerte no significa la ruina del hombre. Quien ha sido rechazado y ha dado la vida por el bien de los demás no fracasa definitivamente. Simón, (“el Piedra” = el obstinado), Santiago y Juan (“los Truenos” = los autoritarios) son los tres que presentan mayor resistencia al mensaje. Quiere darles la experiencia de su condición divina, significada por el color blanco luminoso, y la conversación con la Ley y los Profetas. Pedro no comprende, no ve la novedad de Jesús. Dios interpreta el hecho: “este es mi Hijo amado; escuchadle”.

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CARIDAD Y LIMOSNEO

Tercer apunte de Cuaresma

Fuerza es reconocer que la limosna tradicional no tiene hoy, que digamos, una muy buena prensa. Recomendada siempre por la Iglesia en Cuaresma, junto con la oración y el ayuno, esta famosa trilogía del Sermón de la montaña ha de volver al taller del Evangelio para recobrar su belleza y su fuerza originaria. Ha de expresarse en categorías culturales y sociales de nuestro tiempo para calar en la sensibilidad y en el comportamiento de los hombres de hoy. Volver a las fuentes, abrirse a los signos de los tiempos.

No son ni uno ni dos los que atacan despiadadamente o ponen en solfa a la limosna, alegando que es un modo farisaico de ofrecer por caridad menos de lo que se debe por justicia. Y puestos ya a cuestionarla, se insinúa, con saña sutil, que quien da una limosna se coloca ipso facto por encima del que la recibe, con lo que a este último, que ya era pobre, se le convierte ahora en humillado. Tendría que pedirle perdón el primero. Toma! Pues, aún resta por decir otro piropo: que, para muchos, el limosneo indiscriminado sabe Dios si contribuye a incrementar el alcoholismo y la droga. Dios no lo sabrá, pero yo sí lo sé, decía el portugués.

Vamos, por justicia, a darle una oportunidad a la limosna, para que ella se defienda atacando. ¿No será que a ustedes les caen mal, si no los pobres como tales, lo cual resultaría gordísimo, sí, al menos la riada de mendigos callejeros, que estropean, dicen, el rostro de nuestra ciudad? Esos que nos acosan, cuando no nos crispan, por calles y plazas, en las terrazas de asueto, y, no digamos, a las puertas de las iglesias.

Limosneo, no, pero

Que levante la mano quien no haya experimentado, en alguna medida, un visible malestar y hasta un deseo inconfesado de “quitarse a los pobres de encima”. Así las cosas, se impone, ante todo, establecer una clara distinción entre el pobre y el mendigo.

Empezando por este último, la primera limosna que hay que darles es la del respeto. Todo mendigo es pobre (salvo los granujas integrales, quizá por ello más indigentes aún) aunque no todo pobre sea mendigo. En el pobre contempla uno lo más humano del hombre, sin aditivos artificiales. En él te descubres a ti mismo, en tus carencias esenciales; y te imaginas tú en persona como mendigo potencial, que todo puede ocurrir.

¿Cómo darles limosna, sin ton ni son, inspirándonos en lo de “haz el bien y no mires a quién?” Siguen dándose casos de necesidades verdaderas e inmediatas, y, entonces, la limosna es un acierto. Por mi parte, ni ejerzo ni recomiendo esa práctica, sobre todo en ciudades donde hay centros asistenciales para dar comida y techo a los hoy llamados transeúntes, incluidos los mendigos profesionales.

En todo caso, yo me acuso de fruncir el ceño cuando me asaltan los mendigos, de negarles limosna con un silencio pétreo y con palabras no del todo amables; de sólo rascarme el bolsillo a la fuerza por salir del paso o por respeto humano, mezclado todo eso con una vaga compasión, que te deja hecho polvo, lo mismo si das que si niegas la limosna.

Y por eso, sin desdecirme de lo antedicho, me da paz haber contribuido, con algunas personas magníficas, a la creación de centros de acogida, donde pueden acudir día y noche los transeúntes, en busca de techo, alimento y otras oportunidades, a cargo de voluntarios sociales, movidos por el respeto y el amor.

Gracias a Dios y a ellos, nuestra sociedad va adquiriendo gradual y venturosamente un rostro más humano. Para seguir avanzando por el buen camino, hace falta un reequipamiento de valores y regar las raíces del corazón. Por ejemplo, acudiendo a la Biblia:

Isaías: “Parte tu pan con el hambriento, alberga al pobre sin abrigo, viste al desnudo y no vuelvas el rostro ante tu hermano. Entonces brillará tu luz como la aurora y se dejará ver pronto tu salud e irá delante de ti la justicia y detrás de ti la gloria de Yavé” (57, 7-8).

Jesús en el Sermón de la Montaña: “Cuando des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que la limosna sea oculta y el Padre, que ve lo oculto, te lo premiará” (Mt 6, 3-4)

Jesús en las Obras de misericordia: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos peregrino y te acogimos, desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el Rey les dirá: Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 37-40).

La limosna puede concebirse hoy como ayuda material y directa al prójimo necesitado y vergonzante, escondiendo la mano, como en el Sermón del Monte, casi pidiendo excusas al que la recibe. Pero, el camino más normal y extendido va siendo el de la ayuda asistencial a los indigentes en plural, ya sea con la atención primaria de alimento, techo y servicios sanitarios, que no admiten espera; ya, con otros horizontes, apoyando centros de acogida, comedores sociales y campañas pro damnificados. En ocasiones, esto último desencadena una explosión casi nuclear, como pudimos comprobar en las recientes inundaciones de Badajoz. Funciona el corazón, sacas la billetera, tiras del talonario y tacatá.

Se han impuesto, para bien, en este como en tantos otros campos, los agentes y los mediadores: Cáritas, Manos Unidas, Cruz Roja, ONGs innumerables, esparcidas por el mundo. Lo suyo es canalizar ayudas con efectividad, rapidez y conocimiento de causa. ¿Estamos practicando, entonces, una solidaridad sin rostro, una caridad anónima, sin los latidos cercanos de fraternidad? El peligro existe. Das tu número de cuenta, te anotan las transferencias mensuales y sigues en tus cosas. No es que eso esté mal; porque el bien ya se hace, sin que lo compruebe tan siquiera nuestra mano derecha.

Un ejército del bien

Vivimos en un mundo absolutamente otro y las muchedumbres famélicas del planeta asoman cada día las cuencas de sus ojos hundidos y la hiriente anatomía de sus vértebras, a la pequeña pantalla de nuestros comedores bien surtidos. Los vemos y bajamos los ojos, se aceleran los latidos del corazón. Ojos que ven, aunque sea por la tele, corazón que sí siente. ¿Y qué quedará de nuestros contactos, personales y cercanos, con los pobres-pobres? Pregúntenlo a las religiosas consagradas día y noche, aquí y en todo el mundo, a los ancianos, los enfermos, los contagiados de sida, los atendidos en centros de marginación; escuchen a los cientos de millares de voluntarios, cuidadores de inválidos, acompañantes de enfermos domésticos, encargados de niños minusválidos, de gentes abandonadas. Creo firmemente que una vastísima ola de solidaridad y de cercanía fraterna, empapada de savia cristiana y abierta a valores universales, está humedeciendo el alma de nuestra sociedad, la tierra del planeta. Hay más limosna que antes, y mejor que antes. No está prohibido irse monja. Ni apuntarse de voluntario.

– Oiga, no pensará usted que con eso se arregla la sociedad, se corrigen las injusticias, se cambian las estructuras de opresión.

– Claro que no! Tranquilo. Pero, sin solidaridad humana, sin caridad fraterna, sin apoyo mutuo, esos cambios nos llevarían a un mundo de robots. Cierto que hay que cambiar. Para eso sostenemos al Estado con sus presupuestos billonarios, con su inmensa maquinaria para el cambio social. La limosna, en sus mejores versiones, no sustituye a los gobiernos, los parlamentos, o los sindicatos. Pero las minorías más sensibles han mejorado siempre la sociedad y, con ella, a los gobernantes y sus leyes.

Antonio MONTERO
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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Arqueología de la diosa y de la religiosidad

José María Vigil

 

Historia de la evolución de nuestra religiosidad

Hasta hace unos cien años los pueblos de Occidente hemos pensado que el mundo tenía unos 6 000 años, los que relata la Biblia. Lo han creído científicos tan grandes y recientes como Newton y Kepler. Hoy sabemos que son 13 730 millones de años.

En el campo de la historia solemos pensar que ésta comenzó con Sumer, Mesopotamia y Egipto, hace unos 5 500 años. Todo lo anterior quedaría en la noche de los tiempos, sin valor para nosotros…

Obviamente, el ‘testimonio’ de la Biblia se remonta sólo hasta esas fechas; no nos dice nada sobre lo anterior; lo más antiguo de la Biblia surge ya bastante después del cambio radical de mentalidad que la revolución agraria provocó en la humanidad, y que además borró la memoria anterior. Por eso, lo que la ciencia hoy nos descubre de antes de esa época nos resulta muy valioso, porque es un pasado humano que nos puede decir mucho de nuestras raíces espirituales.

En efecto, lo que la antropología cultural y la arqueología han descubierto respecto a la religiosidad humana del tiempo del Paleolítico (conocemos más o menos hasta hace 70 000 años) es también nuestra «historia sagrada», que, sin duda, no puede dejar de estar presente en lo más hondo de nuestro subconsciente colectivo, en nuestra psiqué humana.

Varios milenios antes de que aparezcan Sumer y Egipto descubrimos un ser humano paleolítico con una religiosidad muy diferente a la que conocemos de los pueblos posteriores. Se trata de una religiosidad presidida por la veneración de la naturaleza concebida vagamente como Gran Diosa Madre, fuente de fecundidad y de vida, a la que los humanos se sienten profundamente vinculados. No hay dioses tribales, identitarios, de cada pueblo, sino una ‘divinidad’ femenina, materna, providente, que es representada universalmente en estatuillas de una mujer, madre, incluso en el acto del dar a luz o del amamantar. Decenas de miles de estas estatuillas testimonian la universalidad de esta visión religiosa asentada sin duda como un arquetipo en el instinto religioso de aquellos grupos humanos.

Es la Tierra, la naturaleza, sentida y considerada como divina, femenina y materna, que tanto da la vida como nos acoge en su seno con la muerte, y que se revela como ‘transcendente’, pero no hacia afuera o hacia un más allá del mundo, de sí misma, sino hacia adentro, hacia el misterio interior mismo de la realidad cósmica.

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p style=”text-align:justify;”>Esta religiosidad paleolítica pre-agraria no la descubrimos hoy como peculiaridad de algunos lugares concretos, sino como un (¿primer?) estadio
de la religiosidad humana que se ha dado en toda 
la extensión actualmente atribuida a la humanidad prehistórica: en las culturas indígenas, autóctonas, originarias, antes de ser afectadas por la revolución agraria y su consiguiente revolución urbana. Aún hoy, en todos los continentes se hallan todavía grupos humanos y pueblos indígenas que quedaron al margen de la revolución agraria y conservaron esa religiosidad humana originaria. Pues bien: en esa espiritualidad centrada en una naturaleza divina y materna hemos vivido mucho más tiempo que el que ha pasado desde que la abandonamos. Podríamos decir gráficamente que hemos pasado mucho más tiempo con diosa que con dios.

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p style=”text-align:justify;”>Uno de los lugares actualmente más documentados a este respecto es la Antigua Europa, puesto 
al descubierto por la arqueóloga Marija Gimbutas.
 Su trabajo sacó a la luz innumerables yacimientos arqueológicos en esa área, que evidencian la línea matrilineal de las civilizaciones a las que pertenecen, la ausencia de vestigios militares, sin muros de defensa, sin guerras ni conflictos, con notable equidad entre las clases sociales, florecientes en el arte, y siempre con esa religiosidad centrada en la naturaleza divina e ‘inmanente’. Anatolia, Creta, Macedonia, el Este de Centroeuropa… dan testimonio de esa larga época civilizacional caracterizada por este tipo de religiosidad. Es una zona exhaustivamente estudiada, que no parece ser una singularidad o excepción, sino que, al contrario, parece mostrar una estructura común de la religiosidad humana, que se conservó en todos los lugares que han quedado lejos de la revolución agraria, tanto en América como en África y Asia.

¿Qué nos hizo cambiar? ¿Dónde nos equivocamos?

Son varios los factores que posiblemente influyeron en nuestra evolución y nos desviaron.

  • Tal vez el primero sea el descubrimiento del cultivo de la tierra. En vez de cazar los animales en sus migraciones, y de recolectar frutos de manera itinerante, aprendimos a cultivar las plantas y domesticar los animales para alimentarnos. Dejamos de ser nómadas y nos hicimos sedentarios, vinculándonos a la tierra que comenzamos a trabajar.
  • Ello conllevó otra profunda transformación: dejamos de vivir en manadas o bandas y nos asentamos en aldeas, que con el éxito de la acumulación de excedentes agrarios, pronto pasaron a ser ciudades, y luego ciudades-estado, muchas de las cuales se constituyeron en cabezas de pequeños y de grandes imperios. Fue la revolución urbana. Estábamos pasando a vivir en sociedad, lo que según los antropólogos fue probablemente el trauma más difícil que hemos afrontado como especie: hubimos de reinventarnos. Por primera vez, tuvimos que ordenar la convivencia para pasar a ser una sociedad, creando el derecho para regular la propiedad, la familia, la autoridad… Pues bien, toda esa compleja organización la hicimos de hecho con las religiones, que aparecieron entonces precisamente; la religiosidad de la gran diosa madre quizá se vio desbordada por la revolución urbana.
  • Un tercer factor, decisivo, y sin embargo muy poco tenido en cuenta, fue el fenómeno de las invasiones arias y semitas, que se dieron, procedentes del sudeste asiático y de los desiertos siro-árabes (llamadas «indo-europeas»), en tres oleadas, a partir del 4 500 a.C. Las invasiones de los arios de las estepas del Sur de Siberia habían adoptado la agricultura y la ganadería, y habían domesticado al caballo; en un momento determinado, se lanzaron a la conquista de nuevas tierras, animados por una espiritualidad guerrera y dominadora, avasallando, destruyendo
e imponiendo su nueva visión religiosa de un Dios transcendente, separado de la naturaleza y dominador de la misma, guerrero, y sobre todo masculino, servido por sacerdotes y autoridades masculinas.

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p style=”text-align:justify;”>Tres fueron las oleadas de las invasiones a partir del 4 500 a.C., las de los kurgans y los arios por el norte del Cáucaso, y las de los semitas por el sur, por los desiertos siro-árabes. Los expertos antropólogos consideran que el testimonio de la espiritualidad guerrera que estos invasores impusieron a sangre y fuego nos ha llegado tanto por la literatura griega cuanto por el Antiguo Testamento. La Biblia judía –como las demás religiones de la época– surge dentro ya de esta nueva etapa espiritual humana de las religiones tribales, guerreras, de conquista, con dioses ahora masculinos, y «espirituales» (espíritus separados de la naturaleza), y con una visión de la naturaleza despojada de toda misteriosidad, como una naturaleza «fabricada» por Dios, meramente material, como un cúmulo de recursos a disposición de los humanos. Esta nueva comprensión de Dios propia de la revolución agraria y urbana, caló tan profundamente que borró de la memoria colectiva todo rastro de la anterior etapa espiritual, pasando a ser tenida como la primaria y original. Hoy sabemos bien que no lo es.


Cuestiones abiertas

En la actualidad la ciencia nos asegura que la vivencia espiritual primitiva que la Biblia recoge no es nuestra primera etapa religiosa humana, sino que antes hemos vivido otra anterior, muy diferente, y muy integrada con la Tierra; una religiosidad que, de haber perdurado, no nos hubiera traído al colapso ecológico actual. Esto cambia nuestros supuestos.

Y la constatación de que durante la mayor parte de aquel nuestro pasado remoto nos hemos relacionado con la dimensión transcendente de un modo encarnado en la naturaleza, percibiéndola femeninamente como Madre nutricia, providente y acogedora, no es una curiosidad científica, ni un dato irrelevante despreciable por haber sido ya olvidado de la memoria colectiva ancestral, sino que desafía nuestro axioma moderno de la masculinidad y la espiritualidad del Dios-theos, el «ente» en el que de hecho imaginamos depositada y personificada la dimensión divina de (toda) la realidad. Hasta en esta zona más honda de la religiosidad humana, las dimensiones masculina y femenina inciden decisivamente en la forma de entender, encarar y vivenciar tanto la realidad del mundo como a nosotros mismos.

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¿ANTICUADO EL AYUNO?
Segundo apunte de Cuaresma

Entre gentes de poca formación y de escasas prácticas religiosas  está muy difundida la idea de que, para ser buenos, hay que pasarlo mal y de que una  conducta recta lleva siempre consigo multitud de sinsabores y sufrimientos. A más santidad,  más cruz; a peor conducta, más placer. Estas personas, bautizadas y creyentes a su  manera, se confiesan católicos sin dificultad, conservan también a su modo una fe de la  infancia, mantienen frecuentes contactos con la Iglesia (bautizos, bodas, comuniones,  funerales, fiestas religiosas) y han oído campanas sobre la cruz de Cristo y las penitencias  de los santos; sobre la vía estrecha que conduce al Reino de los cielos. Pero si les  aseguras que son bienaventurados, o sea, felices, los pobres y los que lloran, no terminan  de creérselo.

Ni tampoco nosotros, al menos del todo. En una u otra medida nos ocurre a todos lo que  a los Apóstoles cuando Jesús les hablaba de que el Hijo del Hombre tenía que sufrir en  Jerusalén una muerte de cruz. “No quiera Dios, reaccionó Pedro, que esto te suceda” Por lo  que Jesús le reprendió y le llamó Satanás diciéndole: “Tú no sientes las cosas de Dios, sino  las de los hombres” (Mt 16, 21-23). En efecto, para los hombres es duro de pelar eso del  sufrimiento y de la muerte. Por eso el Señor, en todos los anuncios de la Pasión, terminaba  diciendo “al tercer día resucitará”.

El ayuno en la Biblia

La Cuaresma, bien lo sabemos, es un camino de penitencia y purificación hacia la  Pascua. Siempre con luz en el horizonte. Pero no cabe duda de que, desde los antiguos  profetas hasta el Bautista, y lo mismo Jesús y sus apóstoles, todos practicaron y  recomendaron el ayuno como camino de conversión y purificación, o de ofrenda a Dios sin  más, el caso de Jesús. El daba por descontado que los judíos de su tiempo practicaban el  ayuno, al decirles que, cuando lo hicieran, no se pusieran caritristes como los fariseos, sino  que se acicalaran y perfumaran (Mt 5,17). Cierto que sus discípulos ayunaban menos que  los de Juan Bautista (Lc 5,32), porque lo que más le iba a Jesús no era tanto la  materialidad de comer poco, cuanto otras renuncias más profundas y valiosas a las que se  referían también los profetas: “¿Sabéis qué ayuno quiero yo? Romper las ataduras de la  iniquidad etc…” (Is 58, 6-14).

Ayunar, para los israelitas, era un modo de prepararse a los acontecimientos santos, o  de propiciarse el favor de Dios, cuando el creyente humilde o el pueblo como tal se sentían,  por sus pecados, indignos de Él. El caso más señalado es el de Nínive, ciudad  prevaricadora, cuyos habitantes, al conjuro del profeta Jonás, desde el rey hasta los  animales, practicaron un ayuno integral arrepintiéndose de sus pecados, logrando así que  Dios también se arrepintiera de su propósito de exterminarlos (Cf. Jon 3).

Sin meternos en demasiadas honduras, puede decirse que el ayuno bíblico, sobre todo  en el Antiguo Testamento, no revestía el carácter de práctica ordinaria para educar la  voluntad y santificarse diariamente. Sí, en cambio, en la Historia de la Iglesia, donde los  monjes y las órdenes mendicantes lo practicaban como mortificación de los sentidos y  reparación por los pecados propios y ajenos, como imitación y comunión con la pasión  redentora de Jesucristo. En esta clave están pensadas todas las prácticas penitenciales,  incluidos los cilicios y disciplinas establecidos en las Reglas tradicionales de las Órdenes  religiosas.

El recuerdo de algunos excesos y, de las procesiones de disciplinantes, en la Edad  Media, junto con algunas corrientes de la sicología y de la antropología modernas, han  reducido notablemente también en la Iglesia este tipo de penitencias corporales, sin que  eso signifique que han perdido totalmente su sentido, ni un menosprecio hacia los que  todavía las practican. Siguen conmoviéndonos y edificándonos los que peregrinan a  Santiago, a Guadalupe o a otros santuarios, ya sea con los pies descalzos, ya hinchados y  sangrantes bajo las sandalias, tras recorridos extenuantes. Valga lo mismo para los  anónimos penitentes encapuchados que forman filas silenciosas, con una cruz a cuestas,  en las procesiones de Semana Santa, tras de los Cristos y las Dolorosas.

La penitencia cristiana

No es éste un tema sencillo, de los que se despachan de un plumazo. Después de la  Pasión dolorosa de Cristo, de todas sus palabras y ejemplos sobre el misterio de la Cruz;  después de una tradición de veinte siglos de espíritu y práctica penitencial en la Iglesia,  sería frívolo pasarse con armas y bagajes a las huestes de la posmodernidad, dando por  definitivo que el sufrimiento físico o moral carece de sentido y sumándonos alegres a la  cultura, no del bien-ser, sino del bien-estar. No ignoro que la sicología, la antropología, y  mucho más una teología más positiva de lo humano, tengan alguna palabra que decir en  esta materia.

De hecho, el ayuno obligatorio en la Iglesia ha quedado hoy reducido a dos días al año,  el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. La abstinencia de carne no es ni sombra de lo  que era y es sustituible por una obra buena todos los viernes no cuaresmales. Creo, no  obstante, que se mantienen por dos motivos, a mi juicio muy justificados, ambos con  carácter de signo: su sintonía con la gran tradición de la Iglesia y su denuncia simbólica de  que no sólo de pan vive el hombre. Bien; ¿y con esto queda abolida, arrumbada incluso, la dimensión penitencial de la vida cristiana? Contesto, en sentido contestatario, que  absolutamente no. Pienso más bien, que se nos dispensa de eso porque se nos exige  mucho más.

Ante todo, la Iglesia de hoy, con el profeta Joel y con Jesús, nos exige que rasguemos  nuestros corazones en lugar de nuestros vestidos; que ayunemos de nuestras malas obras,  en lugar de hacerlo de un pan que nos sobra y, para más inri, que nos engorda. El ayuno  no ha desaparecido del mundo. Lo que pasa es que se manifiesta con una de estas tres  fórmulas, tan actuales como inquietantes y extendidas: Una, el atroz ayuno involuntario de  una cuarta parte de la humanidad en la llamada geografía del hambre; dos, el ayuno  dietético de las y los que no quieren ganar peso, incluso hasta la anorexia; y tres, las  llamadas huelgas de hambre, con carácter de contestación y presión, ante acciones u  omisiones públicas que los abstinentes quieren modificar. Cada uno de estos tres ayunos  nos interpela a su manera: el hambre en el mundo para sacudir nuestra conciencia de  estómagos satisfechos; las dietas de adelgazamiento, en lo que tienen de legítimo y en lo  que encubren de obsesivo y egocéntrico; las huelgas de hambre, con sus motivaciones casi  siempre altruistas y sus excesos de autocastigo.

Austeridad solidaria

¿Saben qué modelos de ayuno pueden considerarse como más indicados para conjugar  la tradición judeocristiana con la sensibilidad de hoy o, mejor, con los signos de los  tiempos? Pues, considero acertados el Día del ayuno voluntario de “Manos Unidas”,  comiendo de ayuno y destinando el sobrante a la Campaña; o las cenas contra el hambre,  en las que se ofrece un menú frugal y se paga uno caro. Pero, lo más consistente y  significativo es adoptar la austeridad como estilo de vida, aunque se tengan medios para  más. Ayuno cristiano es la privación voluntaria, evangélica y solidaria, del consumo de  bienes materiales, a imitación del Maestro, en beneficio de los pobres y por vivencia  anticipada del Reino de Dios.

Antonio MONTERO
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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ORAR A TIEMPO Y A DESTIEMPO

Primer apunte de Cuaresma

La Cuaresma, pisándole los talones a la primavera, viene a brindarnos cada año la reiterada oportunidad del perdón y de la gracia; de resucitar el hombre nuevo, que anida en nosotros desde el Bautismo, pero que dormita, anémico, entre rutinas y desganas, entre la miopía espiritual y la esclerosis religiosa. ¡Cuánto necesitamos la sacudida y el empujón hacia adelante! Sabemos que la Cuaresma no es un periodo mágico, pues todas las fechas del calendario son momentos de gracia; pero ahora la Iglesia sacude las conciencias, la Palabra nos llama a conversión, el Espíritu agita nuestras ramas. Resuenan poderosas en estas semanas las palabras de los Profetas y calan, como lluvia mansa, las sentencias de Jesús en el Sermón de la Montaña, convidándonos a la oración, al ayuno y a la limosna. Vamos con la primera. Orar es hablar. Orante y orador tienen la misma raíz, el os oris latino que significa boca. Hablamos con nuestros semejantes, hablamos con Dios. El que no ora, el que no practica la oración, queda como mudo, encerrado en sí mismo, desconectado de Dios. Y no es que hagan falta palabras sonoras para entenderse con Él; eso es la oración vocal, el rezo; pero vale también, y a veces mejor, la mental, el enlace con Dios de corazón a corazón. En ambos casos, la oración es un ejercicio precioso de la fe, la esperanza y el amor; es la respiración del alma. Da pena que la oración nos resulte tantas veces empinada, como una carga pesada, como un esfuerzo en el vacío. Nos aturde el ruido de la calle y de la vida, nos confunden y turban por dentro los remolinos del alma y las desazones de nuestro corazón. Y no es que nos falte la nostalgia de Dios ni la sed del encuentro con Él. ¡Ah si lográsemos habitar en sus moradas, caminar en su presencia, disfrutar de su amistad! Por contra, oramos poco, cayendo en el círculo vicioso de los que padecen a la vez anemia e inapetencia. Necesitan alimentarse y tienen el estómago de punta. ¿Cómo romper el círculo vicioso, la pescadilla que se muerde la cola? Sólo entrando en las paradojas del Evangelio, en los misterios del Reino de Dios. En nuestro caso, pedir la gracia de orar, orar por nuestra oración. -Señor, ábreme los labios y mi boca proclamará tu alabanza.

El don de la oración

Digamos entonces, exagerando un tanto, que la oración no es cosa de hombres, sino otorgamiento gracioso de Dios. Entiéndase. Tampoco se trata de un monólogo divino, puesto que consiste en una comunicación suya con nosotros. ¿De quién es la iniciativa? De Dios, por supuesto, pero sin convertirnos en autómatas. Suya es la llamada, suya la gracia. Nuestra, la respuesta y no sin su ayuda. Sentir el deseo, experimentar la nostalgia de la oración, es ya un signo de la presencia divina en nosotros. Lo más frecuente es que Dios tome la iniciativa. “Hoy si escucháis la voz del Señor, no endurezcáis el corazón” (Sal 94). “Mira, que estoy a la puerta y llamo. Si alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré con él y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20). Habría que preguntarse, cuando se suprime, se acorta o se descuida la oración, hasta qué punto la valoramos, en qué medida la estamos impidiendo con el montaje ordinario de nuestros modos de vida. Hay que buscar, se nos dice, tiempo y espacio para la oración. Nadie discute esto en teoría. Los hombres y mujeres de especial consagración en la Iglesia incluyen la oración en su regla de vida. Jesús recomienda en el Sermón de la Montaña: “Cuando ores, entra en tu cámara y, cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que está en lo escondido, te recompensará” (Mt. 6,6). Nada se nos dice sobre la duración concreta de la plegaria, salvo la recomendación reiterada de Jesús y de sus Apóstoles de orar sin interrupción. San Pablo la recomienda cuatro veces, en sus Cartas a los Romanos y a los Tesalonicenses. Mas, la experiencia demuestra que no les resulta asequible el espíritu de oración continua, la presencia de Dios ininterrumpida, a quienes no introducen en su agenda diaria un espacio contemplativo, un tiempo para el encuentro exclusivo con Dios. Difícil encontrar hoy tiempo y espacio para la oración personal de muchos laicos, hombres y mujeres, y hasta de bastantes sacerdotes. Pero, cuando se descubre esta preciosa margarita, algo habría que hacer para comprarla.

Oración y oraciones

La experiencia propia de cada cual y lo que, sin espionaje, se observa en la existencia de los demás, nos convence cada día más de que no hay progreso en la vida cristiana sin un crecimiento paralelo en la oración, ni avanza tampoco la experiencia orante si no tiene por cobertura una impregnación de todo el comportamiento por el espíritu de las Bienaventuranzas. No se avienen entre sí el crecer en la oración, sin hacerlo en santidad, ni tampoco lo contrario. ¿Es lo mismo oración que oraciones? Líbreme Dios de alabar lo primero despreciando lo segundo. Oraciones son los salmos, el Padrenuestro, el Avemaría, las preces y los himnos del Oficio divino, la tradición devocional de la Iglesia. Son, las más de las veces, una ayuda impagable para la oración. Es muy de lamentar que, en las familias y en las catequesis, no se memoricen ya los modelos escritos e impresos de la Iglesia orante de siempre. Pero, ahora y aquí, quiero y debo hablar de la oración cristiana en su sentido más hondo y teologal. A saber: – Como experiencia personal de nuestra condición de hijos de Dios por el Bautismo, abiertos a la confianza plena en el Padre: “Mirad en qué medida nos ha amado el Padre, de modo que nos llamemos, y lo seamos realmente, hijos de Dios” (1Jn 2,1). – Como miembros de Cristo, hijos en el Hijo, incorporados por el Bautismo a su cuerpo resucitado: “Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones” (Ef 3,17). “Vivo yo, pero ya no soy yo; es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). – Como receptores del don del Espíritu, que habita, actúa y ora en nosotros: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rm 5,5); “Y por ser hijos, envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que grita: Abba, Padre” (Gal. 4,6).

Dios invade nuestra vida

La oración como experiencia, cultivo y desarrollo de nuestro ser cristiano, de nuestra comunión y comunicación con la Trinidad de Dios. Más que acercarnos a la realidad divina, es ésta la que nos inunda a nosotros, la que nos transforma y, consiguientemente, nos diviniza, en todo lo que somos, tenemos y hacemos. Una oración así informa todo el resto de la existencia. Sin milagros ni angelismos, de forma gradual, iluminando todos los reductos humanos de nuestra vida. Para aproximarnos a ella hemos de nutrirnos ante todo de la lectura creyente y meditada de la Escritura. “A Dios le hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras” (DV 25). Hemos de alimentarnos de la experiencia de los santos, alimentarnos con la Eucaristía, recitar en privado y en comunidad la Liturgia de las horas, practicar asiduamente la mortificación cristiana y el ejercicio de las virtudes. Oración y vida se reclaman mutuamente. Entran en este modelo de oración la alabanza, la acción de gracias, la reparación, la intercesión, la impetración humilde de los favores divinos, incluso de los más sencillos y materiales. Caben también los rezos tradicionales, las oraciones entrañables de nuestra infancia. La oración teologal y trinitaria es la que genera también más presencia de Dios en nuestras vidas, aunque esto es una limosna suya que Él otorga a sus pequeños, incluidos los mejores teólogos. Siempre se ha hablado de la vida de oración como de vida espiritual. Bien dicho, pero con tal que se entienda del Espíritu con mayúscula y no del mío personal, que vive de prestado en este asunto.

Antonio MONTERO
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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La oración colecta de hoy comienza así: Al celebrar un año más la santa Cuaresma… y podemos pensar que, al igual que ocurre con otras celebraciones que se repiten todos los años, ahora vamos a comenzar “lo mismo de siempre” y que “ya sabemos de qué va”. Pero la oración continúa así: Concédenos, Dios todopoderoso, avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud. Queda claro que la Cuaresma no es una mera repetición de “lo de siempre”: oraciones, ayunos, penitencias, Via Crucis… sino una invitación a acercarnos más y mejor al misterio de Cristo, al misterio que es Cristo. Porque aunque seamos cristianos “de toda la vida”, Cristo suscita en nosotros muchos interrogantes. Y si no es así, es que no estamos viviendo bien nuestra fe.

Por tanto, necesitamos marcarnos un objetivo para la Cuaresma: celebrarla “un año más”, pero que no sea “lo de todos los años”. Hoy comienza por tanto un tiempo privilegiado para centrarnos más en Cristo y ver qué nos cuestiona de Él, qué no entendemos. Es un tiempo para avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo, para buscar respuestas, para aclarar dudas, para unirnos más a Él.

Y la Palabra de Dios nos ayuda a plantearnos algunos interrogantes. En la 1ª lectura hemos escuchado el relato de la primera alianza entre Dios y los hombres: Yo hago un pacto con vosotros y vuestros descendientes. Y podemos preguntarnos: ¿Por qué Dios, sin necesitarlo, ha querido tener esta relación con el ser humano? ¿Por qué, a pesar de que el ser humano ha roto una y otra vez ese pacto, esa alianza, Dios siguió permaneciendo fiel y renovó su alianza con Abraham, con Moisés…? ¿Por qué quiso hacer una alianza nueva y eterna por medio de su Hijo? ¿A qué nos compromete?

En la 2ª lectura hemos escuchado que Cristo murió por los pecados… el inocente por los culpables… Y podemos preguntarnos: ¿Por qué tuvo que morir Cristo, no podía haber hecho las cosas de otro modo? Y también: ¿Por qué quiso morir, por qué aceptó la muerte de cruz?

Y en el Evangelio hemos escuchado que Jesús se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás. ¿Por qué Jesús se dejó tentar? Y después se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. ¿Por qué anunció sin cesar el Evangelio, a pesar de que tras un entusiasmo inicial el interés fue decayendo hasta terminar crucificado?

Todos estos interrogantes, y más, hacen necesario que aprovechemos la Cuaresma para avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo, para conocerle más, amarle mejor y seguirle con fidelidad.

Jesús nos suscita muchos interrogantes, pero no nos quedemos sólo mirándole a Él. Mirémonos también a nosotros y preguntémonos:

¿Cumplo yo el pacto, la alianza con Dios? ¿Soy fiel? ¿En qué ocasiones he roto la alianza con Dios?

Y si Cristo murió por los pecados, ¿soy consciente de mis pecados, o pienso que “como no robo ni mato” no tengo pecados? ¿Con qué frecuencia recibo el Sacramento de la Reconciliación?

Y si Jesús, como verdadero hombre, se dejó tentar, ¿tengo identificadas cuáles son mis tentaciones? ¿Lucho de verdad para no caer en ellas?

Y si Jesús proclamó el Evangelio: ¿Me siento llamado y enviado, a anunciar el Reino de Dios? ¿Cómo lo hago? ¿Sigo anunciando el Evangelio, aunque no me hagan caso?

La Cuaresma es el tiempo que se nos ofrece para despejar incógnitas respecto a Cristo, de modo que no olvidemos nuestro objetivo: celebrarla “un año más”, pero que no sea “lo de todos los años”. Aprovechémosla, porque como escuchábamos en la 2ª lectura del Miércoles de Ceniza, ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación. Que la Cuaresma sea para nosotros un tiempo favorable. Y tendremos la tentación de abandonar, de despistarnos pensando en las fiestas, en las vacaciones… pero entonces miremos a Jesús para vencer la tentación de no centrarnos en Él.

Y sobre todo vivamos con mayor profundidad la Eucaristía, porque como diremos en la última oración, alimenta la fe, consolida la esperanza y fortalece el amor. Alimentar, consolidar y fortalecer son tres verbos que resumen lo que necesitamos para vivir en plenitud el misterio de Cristo, que murió y resucitó por nuestra salvación.

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