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Archive for the ‘Documentos reflexión’ Category

«El reino de Dios es como un amo que salió muy de mañana a contratar obreros para su viña. Convino con los obreros en un denario al día, y los envió a su viña. Fue también a las nueve de la mañana, vio a otros que estaban parados en la plaza y les dijo: Id también vosotros a la viña, yo os daré lo que sea justo. Y fueron. De nuevo fue hacia el mediodía, y otra vez a las tres de la tarde, e hizo lo mismo. Volvió por fin hacia las cinco de la tarde, encontró a otros que estaban parados y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día sin hacer nada? Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a la viña. Al caer la tarde dijo el dueño de la viña a su administrador: Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros. Vinieron los de las cinco de la tarde y recibieron un denario cada uno. Al llegar los primeros, pensaron que cobrarían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno. Y, al tomarlo, murmuraban contra el amo diciendo: Esos últimos han trabajado una sola hora y los has igualado a nosotros, que hemos soportado el peso del día y el calor. Él respondió a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No convinimos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Pero yo quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No puedo hacer lo que quiera con lo mío? ¿O ves con malos ojos el que yo sea bueno? Así pues, los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos».

Mateo 20, 1-16

Comentario del Evangelio

Los cristianos, por el hecho de serlo, tenemos que estar atentos a lo que les pasa a otras personas, para poder ayudarlas, para escucharlas, para vivir con ellas lo bueno y lo no tan bueno que pasa en la vida de todos.

Pero a veces estamos pendientes de los demás de una forma que no es la adecuada. A veces estamos pendientes de lo que hacen otras personas para echarles en cara lo que hacen mal, o para comparar lo que hacemos nosotros con lo que hacen ellos, para ver quien es el mejor de los dos.

Y es que a veces aparece la versión envidiosa de nosotros, la versión que está todo el día midiendo lo que hacen los demás. Si nos fiajmos en Jesús, seguro que podemos cambiar.

Para hacer vida el Evangelio

• Escribe una situación de tu vida en el que le hayas cogido algo de manía a una persona.

• ¿Cómo te sentías? ¿Te hacía todo esto mejor persona? ¿Cómo quiere Dios que nos fijemos en otras personas?

• Escribe un compromiso que te ayude a confiar más en las personas.

Oración

Ayúdanos, Señor Jesús, a ser misioneros,
a ofrecer a todos tu amistad, tu Proyecto,
el amor de Dios Padre.

La paga la tenemos asegurada,
una buena paga para todos.
La mejor que podríamos soñar:
ser hijos tuyos,
formar parte de tu familia.
Todos percibiremos el mismo salario,
tanto los que desde su más tierna infancia
ya se implicaron en tu seguimiento,

y en tu Proyecto como los que lo hicieron
a última hora.

Todos recibiremos la misma recompensa,
porque Tú eres don generoso.
Gracias, Señor Jesús,

por tu manera de ser,
por tu amor universal,
por tu preferencia por los últimos.
Gracias porque Tú confías en todos.

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● Podemos comparar esta parábola con la del hijo pródigo. Ambas tienen muchas semejanzas.

● Uno de los puntos culminantes de las dos parábolas está en la recriminación que en una hace al hijo mayor y en la otra a los que se pusieron a trabajar a primera hora que protestan por la manera de actuar el dueño de la viña.

● Tanto el hijo mayor como los jornaleros de primera hora ambos piensan que son víctimas de una injusticia.

● Estos reproches reflejan la manera de pensar de los fariseos cuando Jesús acoge a los pecadores.

● Es la manera de pesar, a lo mejor, de los que entonces y ahora se creen o nos creemos buenos.

● Desconcierta la forma de proceder el dueño de la viña.

● En primer lugar llama la atención su insistencia en ir a la plaza en busca de los que no tenían trabajo, va incluso cuando la jornada se está terminando.

● También nos interpela su modo de proceder al final de la jornada pagando primero a los últimos.

● Aquí se cumple aquello de “los primeros serán los últimos y los últimos los primeros”.

● Y por último la paga que da a los jornaleros. A todos les paga con el mismo salario.

● Esta parábola nos sitúa en nuestras relaciones con Dios no en un plano comercial. Dios es don, gracia.

● Este es quizás el punto central de la parábola que nos muestra la bondad de Dios. Dios además de justo es tremendamente generoso.

● Como dice Isaías en boca de Dios “mis caminos no son vuestros caminos”. Dios nos desconcierta.

● La respuesta del dueño de la viña, de Dios, expresa lo que piensa Jesús sobre la imagen que Él tiene de Dios: Dios es amor, bondad, misericordia, compasión.

● Toda una muy buena noticia para el mundo que nunca nos debemos cansar de anunciar. Ciertamente Dios es compasivo y misericordioso como nunca podríamos imaginar.

● En esta parábola Jesús no pretende darnos una lección de justicia social. Sino que nos muestra la manera de ser de Dios, muy diferente a como nosotros la concebimos.

● Jesús en esta parábola se autodefiende de los que le criticaban por el comportamiento que tenía con los pecadores. Y por tanto la parábola es una crítica contra los que se escandalizaban de que el amor sea totalmente gratuito, de que la salvación se ofrezca a los alejados, a los pecadores.

● Dios llama a todos a trabajar en su viña: a mayores y jóvenes, a débiles y a fuertes, a hombre y mujeres, a religiosos y a laicos.

● Sólo el hecho de ser llamados por Dios a trabajar en su viña, en su Proyecto es todo un honor, es la mejor de las pagas.

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La visita del Papa Francisco a Colombia ha puesto de relieve algo muy sabido: las diferencias ante los acuerdos de paz y lo difícil que es perdonar. Las lecturas de este domingo hablan del perdón. No a grandes niveles, sino a nivel individual y personal, que es el que afecta a la inmensa mayoría de las personas.

Argumentos para perdonar (1ª lectura: Eclesiástico 27,33-28,9)

La primera lectura está tomada del libro del Eclesiástico, que es el único de todo el Antiguo Testamento cuyo autor conocemos: Jesús ben Sira (siglo II a.C.). Un hombre culto y estudioso, que dedicó gran parte de su vida a reflexionar sobre la recta relación con Dios y con el prójimo. En su obra trata infinidad de temas, generalmente de forma concisa y proverbial, que no se presta a una lectura precipitada. Eso ocurre con la de hoy a propósito del rencor y el perdón.

El punto de partida es desconcertante. La persona rencorosa y vengativa está generalmente convencida de llevar razón, de que su rencor y su odio están justificados. Ben Sira le obliga a olvidarse del enemigo y pensar en sí mismo: “Tú también eres pecador, te sientes pecador en muchos casos, y deseas que Dios te perdone”. Pero este perdón será imposible mientras no perdones la ofensa de tu prójimo, le guardes rencor, no tengas compasión de él. Porque «del vengativo se vengará el Señor».

Si lo anterior no basta para superar el odio y el deseo de venganza, Ben Sira añade dos sugerencias:

1) piensa en el momento de la muerte; ¿te gustaría llegar a él lleno de rencor o con la alegría de haber perdonado?

2) recuerda los mandamientos y la alianza con el Señor, que animan a no enojarse con el prójimo y a perdonarle. [En lenguaje cristiano: piensa en la enseñanza y el ejemplo de Jesús, que mandó amar a los enemigos y murió perdonando a los que lo mataban.]

Pedro y Lamec

Lo que dice Ben Sira de forma densa se puede enseñar de forma amena, a través de una historieta. Es lo que hace el evangelio de Mateo en una parábola exclusiva suya (no se encuentra en Marcos ni Lucas).

El relato empieza con una pregunta de Pedro. Jesús ha dicho a los discípulos lo que deben hacer «cuando un hermano peca» (domingo pasado). Pedro plantea la cuestión de forma más personal: «Si mi hermano peca contra mí», «si mi hermano me ofende». ¿Qué se hace en este caso? Un patriarca anterior al diluvio, Lamec, tenía muy clara la respuesta:

«Por un cardenal mataré a un hombre,
a un joven por una cicatriz.
Si la venganza de Caín valía por siete,
la de Lamec valdrá por setenta y siete»
(Génesis 4,23-24).

Pedro sabe que Jesús no es como Lamec. Pero imagina que el perdón tiene un límite, no se puede exagerar. Por eso, dándoselas de generoso, pregunta: «¿Cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?» Toma como modelo contrario a Caín: si él se vengó siete veces, yo perdono siete veces.

Jesús le indica que debe tomar como modelo contrario a Lamec: si él se vengó setenta y siete veces, perdona tú setenta y siete veces. (La traducción litúrgica, que es la más habitual, dice «setenta veces siete»; pero el texto griego se puede traducir también por setenta y siete, como referencia a Lamec). En cualquier hipótesis, el sentido es claro: no existe límite para el perdón, siempre hay que perdonar.

La parábola (Mt 18,21-35)

Para justificarlo propone la parábola de los dos deudores. La historia está muy bien construida, con tres escenas: la primera y tercera se desarrollan en la corte, en presencia del rey; la segunda, en la calle.

1ª escena (en la corte): el rey y un deudor. Se subraya:

1) La enormidad de la deuda; diez mil talentos equivaldrían a 60 millones de denarios, equivalente a 60 millones de jornales.

2) Las duras consecuencias para el deudor, al que venden con toda su familia y posesiones.

3) Su angustia y búsqueda de solución: ten paciencia.

4) La bondad del monarca, que, en vez de esperar con paciencia, le perdona toda la deuda.

2ª escena (en la calle): está construida en fuerte contraste con la anterior.

1) Los protagonistas son dos iguales, no un monarca y un súbdito.

2) La deuda, cien denarios, es ridícula en comparación con los 60 millones.

3) Mientras el rey se limita a exigir, el acreedor se comporta con extrema dureza: «agarrándolo, lo estrangulaba».

4) Cuando escucha la misma petición de paciencia que él ha hecho al rey, en vez de perdonar a su compañero lo mete en la cárcel.

3ª escena (en la corte): los compañeros, el rey y el primer deudor.

1) La conducta del deudor-acreedor escandaliza e indigna a sus compañeros, que lo denuncian al rey. Este detalle, que puede pasar desapercibido, es muy importante: a veces, cuando una persona se niega a perdonar, intentamos defenderla; sin embargo, sabiendo lo mucho que a esa persona le ha perdonado Dios, no es tan fácil justificar su postura.

2) La frase clave es: «¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”

Con esto Jesús no sólo ofrece una justificación teológica del perdón, sino también el camino que lo facilita. Si consideramos la ofensa ajena como algo que se produce exclusivamente entre otro y yo, siempre encontraré motivos para no perdonar. Pero si inserto esa ofensa en el contexto más amplio de mis relaciones con Dios, de todo lo que le debemos y Él nos ha perdonado, el perdón del prójimo brota como algo natural y espontáneo. Si ni siquiera así se produce el perdón, habrá que recordar las severas palabras finales de la parábola, muy interesantes porque indican también en qué consiste perdonar setenta y siete veces: en perdonar de corazón.

La diferencia entre la 1ª lectura y el evangelio

Ben Sira enfoca el perdón como un requisito esencial para ser perdonados por Dios. La parábola del evangelio nos recuerda lo mucho que Dios nos ha perdonado, que debe ser el motivo para perdonar a los demás.

José Luis Sicre

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Algunas personas creyentes suelen tener problemas de conciencia porque, ante determinadas ofensas recibidas, dicen: “Yo perdono, pero me cuesta mucho olvidar”. Suelo responderles que no deben angustiarse por ello, porque lo más importante es sentir el deseo de querer perdonar, aunque por circunstancias les resulte difícil olvidar la ofensa recibida.

El tema del perdón siempre es delicado. La pregunta que en el Evangelio Pedro hace a Jesús: Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? es muy humana y muy lógica, porque todos experimentamos que tenemos un límite de aguante para las ofensas.

Unas veces decimos que tenemos un límite de aguante porque el propio orgullo nos hace creer que somos “merecedores” de ser considerados “la parte ofendida”, como un “privilegio” que nos sitúa por encima del ofensor y así tenemos derecho a exigirle una reparación conveniente; y además, nos da la ocasión para estar recordando y reprochando permanentemente al ofensor lo que nos hizo.
Pero otras veces experimentamos ese límite para nuestro aguante porque la ofensa recibida ha sido muy grave, y nos ha dejado heridas profundas e irreparables. Nos cuesta olvidar, y vemos esa falta de olvido como un impedimento para perdonar. Por eso la respuesta de Jesús: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete, suele generarnos sentimientos encontrados y mala conciencia.

Pero Dios no nos pide imposibles. La Palabra de Dios nos está pidiendo que “perdonemos” aunque nos cueste olvidar, y por eso indicaba la 1ª lectura: Perdona la ofensa a tu prójimo… Y para poder perdonar aunque nos cueste olvidar, el autor sagrado hace un llamamiento a renunciar al rencor y a la venganza: El furor y la cólera son odiosos… Del vengativo se vengará el Señor… ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?

Y Jesús, con la parábola del siervo sin entrañas, nos enseña que El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. El señor de la parábola no ha olvidado que el siervo le debe diez mil talentos; pero aunque le cueste olvidar esa enorme deuda, tiene compasión de él.

Para dar los pasos necesarios para perdonar aunque nos cueste olvidar, la Palabra de Dios nos invita a recordar que nosotros también somos “ofensores” y, por tanto, estamos necesitados de perdón, tanto por parte de otros como sobre todo de Dios: Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas, decía el Eclesiástico; ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? hemos escuchado en el Evangelio.

Por eso Jesús ha dicho que debemos perdonar hasta setenta veces siete, porque así es como actúa Dios con nosotros. Y como dice el Catecismo de la Iglesia Católica (2840): este desbordamiento de misericordia no puede penetrar en nuestro corazón mientras no hayamos perdonado a los que nos han ofendido. Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre.

Por eso, aunque nos cueste olvidar, el Señor nos ha recomendado perdonar de corazón al hermano, porque el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión (2843). Aunque nos cueste olvidar, hemos de ir purificando la memoria, transformando el rencor y los deseos de venganza en intercesión por quienes nos han ofendido.

¿En alguna ocasión he dicho “perdono pero me cuesta olvidar”? ¿Guardo rencor y deseos de venganza hacia alguien? ¿Entiendo la necesidad de perdonar aunque me cueste? ¿Soy consciente de haber ofendido a alguien y de estar necesitado de perdón? ¿Me he sentido perdonado por Dios? ¿Pido ayuda al Espíritu Santo para interceder por quienes me han ofendido?
El Señor siempre nos perdona y por eso nos invita a perdonar de corazón. Y es cierto que esta exigencia es imposible para el hombre, pero todo es posible para Dios. Sólo el Espíritu Santo puede hacer nuestros los mismos sentimientos de Cristo Jesús, para sentirnos perdonados por Dios y, por Él, ofrecer el perdón a los que nos han ofendido, aunque nos cueste olvidar, porque así reflejaremos el amor infinito y misericordioso de Dios, ya que el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado (2844).

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● Si la corrección es necesaria en la vida de la comunidad, como se nos decía el domingo pasado, el perdón también es una de las características que deben darse en toda comunidad cristiana.

● Pedro, seguramente, ha oído a Jesús hablar del perdón y quiere una norma concreta a la que atenerse.

● Le dice a Jesús si tiene que perdonar hasta siete veces siete, o sea muchas; con lo que ya supera lo que decían los maestros judíos.

● Pero la respuesta de Jesús no pone número, límite al perdón sino que dice que hay que perdonar siempre.

● Y como explicación Jesús les cuenta la parábola.

● Al rey de la parábola, al ver postrado a sus pies al siervo, se le conmueven las entrañas, se llena de compasión y perdona toda su deuda, que era una cantidad astronómica.

● Según Flavio Josefo el talento vale diez mil denarios; luego diez mil talentos suman cien millones de denarios. El jornal de un obrero era de un denario al día.

● Este siervo perdonado no es capaz de hacer lo mismo con un compañero que le debe una cantidad ridícula: cien denarios.

● La diferencia entre ambos es que el rey tiene compasión y el siervo no. Éste será condenado por no tener compasión.

● Jesús nos propone un perdón sin medida, sin límites o sea: siempre.

● Y esto ¿porqué? ¿Dónde se apoya Jesús para pedir un perdón tan grande?

● Simplemente porque esa es la manera de actuar de Dios que es “compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en clemencia… no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas”.

● En el relato se nos muestra la forma de actuar Dios con nosotros y al mismo tiempo se nos describe nuestra manera de hacer.

● También nosotros hemos sido agraciados con el perdón de Dios. Y como Dios nos ha perdonado lo lógico es que nosotros también nos perdonemos.

● Si nosotros no perdonamos no podemos pedirle a Dios que nos perdone.

● Bueno es que recordemos aquella máxima de la Palabra de Dios: “con la medida con que midáis, con esa medida seréis medidos”.

● Perdonar no es nada fácil, requiere valentía y sobre todo la ayuda de Dios.

● Sabiendo lo difícil que nos resulta perdonar Jesús nos pide que a diario se lo pidamos a Dios, en la oración del Padrenuestro: ”perdona nuestra ofensas como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido”.

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La formación de los discípulos

A partir del primer anuncio de la pasión-resurrección y de la confesión de Pedro, Jesús se centra en la formación de sus discípulos. No sólo mediante un discurso, como en el c.18, sino a través de los diversos acontecimientos que se van presentando. Los temas podemos agruparlos en tres apartados:

  • 1. Los peligros del discípulo:

    * ambición (18,1-5)
    * escándalo (18,6-9)
    * despreocupación por los pequeños (18,10-14)

    2. Las obligaciones del discípulo:

    * corrección fraterna (18,15-20)
    * perdón (18,21-35)

    3. El desconcierto del discípulo:

    * ante el matrimonio (19,3-12)
    * ante los niños (19,13-15)
    * ante la riqueza (19,16-29)
    * ante la recompensa (19,30-20,16)

La corrección fraterna

Como punto de partida es muy válida la primera lectura, tomada del profeta Ezequiel. Cuando alguien se porta de forma indebida, lo normal es criticarlo, procurando que la persona no se entere de nuestra crítica. Sin embargo, Dios advierte al profeta que no puede cometer ese error. Su misión no es criticar por la espalda, sino dirigirse al malvado y animarlo a cambiar de conducta.

En la misma línea debemos entender el evangelio de hoy, que se dirige a los apóstoles y a los responsables posteriores de las comunidades. No pueden permanecer indiferentes, deben procurar el cambio de la persona. Pero es posible que ésta se muestre reacia y no acepte la corrección. Por eso se sugieren cuatro pasos:

  • 1) tratar el tema entre los dos;
  • 2) si no se atiene a razones, se llama a otro o a otros testigos;
  • 3) si sigue sin hacer caso, se acude a toda la comunidad;
  • 4) si ni siquiera entonces se atiene a razones, hay que considerarlo «como un gentil o un publicano».

    La novedad del evangelio radica en que no se acude en tercera instancia a los «grandes», sino a toda la comunidad, subrayando el carácter democrático de la vivencia cristiana.

    Hay un punto de difícil interpretación: ¿qué significa la frase final, «considéralo como un gentil o un publicano»? Generalmente la interpretamos como un rechazo total de esa persona. Pero no es tan claro, si tenemos en cuenta que Jesús era el «amigo de publicanos» y que siempre mostró una actitud positiva ante los paganos. Por consiguiente, quizá la última frase debamos entenderla en sentido positivo: incluso cuando parece que esa persona es insalvable, sigue considerándola como alguien que en algún momento puede aceptar a Jesús y volver a él. Esta debe ser la actitud personal: «considéralo», aunque la comunidad haya debido tomar una actitud disciplinaria más dura.

    ¿Qué valor tiene la decisión tomada en estos casos? Un valor absoluto. Por eso, se añaden unas palabras muy parecidas a las dichas a Pedro poco antes, pero dirigidas ahora a todos los discípulos y a toda la comunidad: «Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.» La decisión adoptada por ellos será refrendada por Dios en el cielo.

    Relacionado con este tema están las frases finales. Generalmente se los aplica a la oración y a la presencia de Cristo en general. Pero, dado lo anterior y lo que sigue, parece importante relacionar esta oración y esta presencia de Cristo con los temas de la corrección y del perdón.

    El conjunto podríamos explicarlo del modo siguiente. La corrección fraterna y la decisión comunitaria sobre un individuo son algo muy delicado. Hace falta luz, hallar las palabras adecuadas, el momento justo, paciencia. Todo esto es imposible sin oración. Jesús da por supuesto -quizá supone mucho- que esta oración va a darse. Y anima a los discípulos asegurándoles la ayuda del Padre, ya que El estará presente. Esta interpretación no excluye la otra, más amplia, de la oración y la presencia de Cristo en general. Lo importante es no olvidar la oración y la presencia de Jesús en el difícil momento de la reconciliación.

José Luis Sicre

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Muchas personas expresan su preocupación, sobre todo respecto a sus hijos mayores, porque no hacen caso a lo que les intentan transmitir, principalmente en temas de fe. Algunos, desde esa preocupación, piensan constantemente cómo podrían conseguirlo. Pero otros han renunciado a seguir intentándolo porque “¿para qué, si no me van a hacer caso?”; aun así, les queda siempre dentro esa preocupación. Y a veces se sorprenden cuando les digo que intenten dejar de preocuparse: que como padres tienen derecho a decir lo que creen que deben decir, pero que no son responsables de la respuesta que sus hijos den a lo que ellos les transmiten, porque ya son mayores y han de tomar sus propias decisiones.

Esa preocupación afecta no sólo a padres respecto a sus hijos, sino también a curas, religiosos y laicos respecto a quienes son receptores de su acción pastoral. Con la mejor voluntad, porque queremos para otros lo que para nosotros es “un tesoro”, la fe cristiana, no sólo intentamos transmitirles lo que supone creer en Cristo Resucitado, sino que deseamos también convencerles. Y cuando ese convencimiento no se produce, nos preocupamos y pensamos que “algo estamos haciendo mal” porque no nos hacen caso.

Sin embargo, la Palabra de Dios en este domingo nos ayuda a ver que lo único que tiene que preocuparnos es tener la certeza de que lo que decimos a otros no lo decimos por nuestro propio interés o capricho, sino de parte de Dios, como el profeta Ezequiel: Te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte.

Para ayudarnos a tener esa certeza, el Señor en el Evangelio nos ha propuesto también que esas palabras que decimos de su parte no sean simplemente “nuestras” ideas y creencias, sino que sean las palabras “de la Iglesia”: Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos… Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos… Si no les hace caso, díselo a la comunidad… El cristiano no debe hablar de fe con otros a título individual, sino que siempre ha de transmitir la fe de la Iglesia.

Y una vez tenemos esta certeza, la Palabra de Dios nos invita a desarrollar una “sana despreocupación” respecto a la reacción que los demás puedan tener cuando les transmitimos algo referente a Dios, algo de la fe de la Iglesia. Así, en la 1ª lectura, el Señor dice a Ezequiel: Si tú pones en guardia al malvado, para que cambie de conducta, si no cambia de conducta, él morirá por su culpa, pero tú has salvado la vida. Y en el Evangelio Jesús ha dicho: Si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. No se trata de despreciar y no querer saber nada, o de ser indiferentes respecto a la suerte de los otros, sino de respetar su libertad y sus procesos y, además, liberarnos de una carga de angustia e inquietud que no nos corresponde asumir.

Como hemos dicho al principio, lo que decimos lo hacemos con la mejor voluntad, porque quisiéramos que otros compartieran el tesoro que es la fe en Cristo Resucitado. Pero tenemos que tener presente lo que san Pablo ha indicado en la 2ª lectura: A nadie le debáis nada, más que amor… Uno que ama a su prójimo no le hace daño. El verdadero amor a los otros es lo que ha de movernos; por amor, tenemos que respetar la reacción de los otros; y, por amor, debemos asumir una “sana despreocupación”, porque como también dijo San Pablo (1Cor 13, 47): el amor es comprensivo… no lleva cuentas… Una “sana despreocupación” que, como hemos dicho, no es indiferencia, porque el amor que nos mueve espera sin límites, aguanta sin límites, y nunca da a nadie por perdido para Dios.

¿He sufrido o sufro esa experiencia de que no me hagan caso cuando hablo de Dios? ¿Cómo reacciono? ¿Tengo la certeza de hablar desde la fe de la Iglesia, o intento transmitir mis creencias personales? ¿Soy capaz de asumir una “sana despreocupación”? ¿Hablo por y con amor?
Es lógico que queramos que otros compartan el tesoro que da sentido a nuestra vida: la fe en Cristo Resucitado, pero debemos hacer las cosas como Él: proponiendo, nunca imponiendo ni queriendo convencer. Y sobre todo, recordando lo que dijo el Papa Benedicto XVI en Dios es amor (31.c): El cristiano sabe cuándo es tiempo de hablar de Dios y cuando es oportuno callar sobre Él, dejando que hable sólo el amor.

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