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Archive for the ‘Documentos reflexión’ Category

El deseo de felicidad es quizá la aspiración más honda y persistente del ser humano. Ningún hombre se sustrae a él. Todos nuestros pensamientos, deseos y acciones están impregnados de este anhelo. Por eso encentran resonancia en nuestro corazón palabras como las que hemos escuchado: Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor o dichosos vosotros los que ahora tenéis hambre…, o cuando os excluyan. Por eso somos tan fácilmente engañables; porque cualquier oferta (aún aparente o irreal) de felicidad nos atrae y nos seduce. Por eso sufrimos tantas decepciones en la vida. ¡Y cuántas ofertas de felicidad en esta sociedad de consumo! Pero la mayoría de las veces son “ofertas de placer”, no de felicidad; porque con frecuencia se confunde la felicidad con el placer. El placer sacia momentáneamente al hombre, pero acrecienta su apetito y provoca una sensación de infelicidad que puede acabar produciendo hastío, el sentimiento del sin-sentido, la náusea de la que hablaron nuestros filósofos existencialistas.

En realidad, tras el apetito sensible (visual, gustativo, táctil) se esconde un apetito de trascendencia (de vida, de amor) que nada de lo que vemos, gustamos, oímos o tocamos puede saciar por sí mismo.

La oferta de felicidad que hace Jesús es de otro género. Es compatible con las carencias que implican la pobreza, el hambre, el llanto y la exclusión. Vive del presenteque otorga la confianza en Dios; pero se sustenta en el futuro al que nos abre la promesa del Señor y del que se espera la saciedad, la posesión incomparable del Reino, el consuelo, la recompensa celeste.

Las bienaventuranzas de Jesús (en parte, realidad dichosa; en parte promesa de dicha; porque si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos tan desgraciados como los demás hombres), ya habían sido anticipadas en cierto modo en Jeremías, por ejemplo, cuando dice: Bendito (=dichoso) quien confía en el Señor… será como un árbol plantado junto al agua… en año de sequía no deja de dar fruto; pues la confianza en el Señor le mantendrá fructífero. Y su contrario: Maldito quien confía en el hombre… apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en la estepa… habitará la aridez del desierto.

Jesús proclamaba: Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Dichosos los pobres, dichosos incluso en vuestra carencia de pan, de techo, de vestido, de cultura, de salud, etc., porque el Reino ha comenzado a ser vuestro (vuestros, los dones de Dios en el que habéis puesto vuestra confianza) y un día será enteramente vuestro. Es la gran recompensa del cielo que esperan a los odiados, excluidos, proscritos por causa del Hijo del hombre. Por eso, porque les espera esta recompensa deben alegrarse y saltar de gozo ese día, a saber, el día de la exclusión o de la persecución.

El que espera vive ya, en el presente, un anticipo de la realidad futura, esto es, de la libertad, de la felicidad, de la vida que se espera. Por eso, dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Pero ¡ay de vosotros, los que estáis saciados, o los que ahora reís, porque tendréis hambre y porque lloraréis! Tras esta imprecación se esconde una promesa de infelicidad (o malaventuranza) que tendría que generar alarma si somos sensibles a las palabras de Jesús. A nosotros, los saciados de pan se nos encomienda la tarea de saciar el hambre de muchos hambrientos, anticipando así en el presente la bienaventuranza de Jesús: porque quedaréis saciados. A los pobres les podemos negar el dinero, amparándonos en el mal uso que pudieran hacer de él; lo que no podemos es negarles el pan (la comida) que a nosotros nos sobra.

Hoy se celebra la jornada mundial contra el hambre de Manos Unidas: Contra el hambre, defiende la tierra: esa tierra que Dios ha puesto en nuestras manos para sacar de ella nuestro sustento: fruto de la tierra y del trabajo del hombre. La unión de estos dos elementos, tierra cultivable y trabajo cultivador, hacen posible el milagro de la fructificación y del desarrollo. Ofrecer tierra y medios para el cultivo es un camino más duradero y eficaz para hacer frente al problema del hambre. Por eso, esta opción por ofrecer medios, más que frutos, parece la más adecuada, siempre que la urgencia de la situación no obligue a proporcionar el sustento, sin el cual no es posible el trabajo de la tierra.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

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Criticando a los curas y a los obispos, una persona afirmó: “Se inventan un «amigo», en el que ni ellos mismos creen, para aprovecharse de la credulidad de la gente”. Como señala el Catecismo Católico para Adultos de la Conferencia Episcopal Alemana, desde los comienzos de la Iglesia ha habido quien ha puesto en duda lo que afirma la fe cristiana, viéndola como una simple proyección de deseos y anhelos, como ofrecer un simple consuelo u “opio” del pueblo para no afrontar la dura realidad de la existencia y la presencia del mal y el dolor, o como un instrumento de control y dominación al servicio del poder político, con el que la Iglesia se alía buscando su propio interés.

La Palabra de Dios en este domingo nos invita a reflexionar acerca de nuestra fe cristiana, porque también los cristianos a veces dudamos de lo que afirma la fe de la Iglesia. Unas veces, la experiencia del dolor propio o ajeno o el “silencio” de Dios ante nuestras oraciones provoca que vivamos amargados, sin esperanza, que “seamos cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua” (EG 6). Otras veces, el mero hecho de dejarnos llevar por los criterios y valores dominantes hacen que, bajo una apariencia religiosa, en la práctica vivamos como si Dios no existiera. Con estas actitudes, desmentimos la afirmación central de nuestra fe: que Cristo ha resucitado, y que este hecho da sentido y configura la totalidad de nuestra existencia, abriéndola a la vida eterna.

Pero como ha afirmado San Pablo en la 2ª lectura: si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido. Si en la práctica no creemos la afirmación de la Resurrección de Cristo, o esta afirmación no tiene incidencia real sobre nosotros, ¿para qué orar? ¿Para qué esforzarnos en llevar una vida según el Evangelio? Si sólo vemos en Jesús a una buena persona que dijo cosas bonitas pero que murió hace 2.000 años, nos ocurrirá lo que también dice San Pablo: Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados, porque la fe en Cristo queda como un simple sueño.

¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos, nos recuerda con fuerza San Pablo. ¿Por qué creemos esto? El Nuevo Testamento no describe el hecho mismo de la resurrección, ni afirma que alguna persona viera ese momento: ¿De dónde sacamos esta certeza? De los testimonios de los discípulos, mujeres y hombres, a quienes Cristo Resucitado se apareció.

Estas experiencias de encuentro con el Resucitado, narradas de diferentes formas, y la reacción de los discípulos, sólo resultan comprensibles si realmente reconocieron en el Resucitado al mismo Jesús que habían conocido en carne mortal, aunque ahora se les muestra revestido de gloria. Y por esa experiencia real no dudaron en anunciar la Buena Noticia, dando testimonio de la misma incluso hasta aceptar su propia muerte por afirmar que Cristo ha resucitado

Apoyándonos en estos y otros testimonios, cada cristiano está llamado vivir su propia experiencia de encuentro con el Resucitado para que su fe resulte creíble. Y la fe cristiana conlleva un proceso, como el que vivieron los discípulos, dispuestos a salir de nuestros esquemas “cerrados” en lo tangible y material; y la fe cristiana también supone un cambio de criterios y modos de conducta, como el que ellos vivieron, asumiendo el proyecto de vida de las Bienaventuranzas, que abarca todas las dimensiones de nuestra existencia como discípulos y apóstoles, viviéndolo en santidad.

¿Sé responder cuando alguien dice que la religión es el “opio del pueblo”, o un instrumento de poder, o cuestionan la resurrección de Jesucristo? ¿Soy de esos cristianos de “Cuaresma sin Pascua”? ¿Por qué creo en la Resurrección de Jesús? ¿He tenido experiencia de encuentro con Él?

No debemos escondernos ante aquéllos que cuestionan nuestra fe, ni ante los acontecimientos y circunstancias que parecen desmentir lo que afirma el Evangelio. Debemos verlos como retos para profundizar y robustecer nuestra fe. Mostraremos que “no nos hemos inventado a un amigo imaginario” ni estamos buscando un modo de consolarnos si, aun contemplando o sufriendo la pobreza, el hambre, el llanto, el odio, la exclusión… nos mantenemos como “árboles plantados junto al agua” (1ª lectura), sin perder la esperanza, no por nuestra fuerza interior, sino porque verdaderamente Cristo ha resucitado.

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Remito al comentario del ocho de enero sobre Mc 6, 34-44, que nos refiere el primer relato de la multiplicación de los panes. Mc 8, 1-10 nos ofrece un segundo relato que apenas difiere del primero. Pero el evangelista lo presenta como una nueva multiplicación de panes y peces. Es lo que da a entender cuando dice: Por aquellos días, estando de nuevo (πάλιν) reunida mucha gente y no teniendo qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y si les despido en ayunas, van a desfallecer por el camino.

De nuevo se habla de muchedumbre y de nuevo se invoca la compasión como motivo de la actuación de Jesús en esas circunstancias. Pero en este caso no se dice que Jesús vea a la gente como ovejas sin pastor, sino como personas en riesgo de desfallecer por el camino si se les despide en ayunas. También los discípulos advierten la desproporción entre los medios y los fines: ¿De dónde sacar pan aquí, en despoblado, para saciar a tantos? Pues sólo disponían de siete panes. De nuevo el mandato de Jesús de tomar asiento en el suelo, su acción de gracias sobre los panes y su partición y repartición, tarea en la que colaboran sus discípulos, que son quienes sirven los panes partidos a la gente. Los inmediatos colaboradores son también los más inmediatos testigos del hecho milagroso. Y a nos panes se añadieron unos cuantos peces, que también fueron bendecidos y repartidos. El relato subraya nuevamente la saciedad de la gente tras haber comido y las sobras recogidas, hasta llenar siete canastas, a pesar de la gran cantidad de comensales, unos cuatro mil.

Sea una nueva multiplicación, sea un segundo relato de la misma multiplicación, lo cierto es que se usa el mismo esquema narrativo y se presta a una interpretación similar; por eso acabo de remitir a mi anterior comentario. El relato nos invita no sólo a la admiración del hecho sorprendente y maravilloso, sino también a la colaboración con el agente de semejante hecho de compasión y beneficencia. Dios nos quiere como colaboradores de sus portentosas obras, no sólo repartiendo lo que él pone en nuestras manos, sino también poniendo en sus manos lo que él puso previamente en las nuestras, es decir, lo que ya tenemos en nuestro poder. He ahí la base para el milagro, pues Dios puede multiplicar con extrema celeridad nuestros escasos recursos. Mediando la caridad y el poder de Dios, lo posible ser hará real si le proporcionamos los escasos bienes de que disponemos. Y el efecto de esta conjunción de fuerzas y medios será siempre la saciedad de los beneficiarios. Que el Señor nos encuentre disponibles para que se obre el milagro.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

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Yendo Jesús de camino, mientras atravesaba la Decápolis (Galilea), le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar, un sordomudo, y le piden que le imponga las manos. Piensan que semejante imposición de manos va a tener un efecto curativo o milagroso. En su narración, el evangelista no nos dice que le impusiera las manos, sino que le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua, al tiempo que pronunciaba una palabra, fijando la mirada en el cielo y suspirando: Effetá, que significa ábrete. Aquella palabra acompañada del gesto tuvo un efecto instantáneo: al momento se le abrieron los oídos y se le soltó la traba de la lengua, y hablaba sin dificultad. Todos los impedimentos habían desaparecido.

Aquel hecho, realmente asombroso, no podía mantenerse envuelto en un silencio complaciente. Los testigos del acontecimiento sintieron la imperiosa necesidad de divulgarlo, a pesar de las serias advertencias de Jesús, que les mandó que no lo dijeran a nadie. Pero de nada sirvieron, porque ellos lo proclamaban con más insistencia. Y el asombro les llevaba a la exaltación del que había protagonizado el hecho asombroso. Decían: Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos. Desatar los impedimentos de los impedidos, liberar a los cautivos era una buena acción, aunque no todos lo vieron así. Algunos, en esas acciones liberadoras y benéficas no vieron sino una encubierta y maléfica coalición con el demonio. Pero los que se dejaban asombrar sencillamente por esas acciones maravillosas no veían otra cosa que manifestaciones de poder y de bondad.

Ábrete, la palabra pronunciada por Jesús en presencia del sordomudo, es realmente una palabra grandiosa y liberadora: ábrete a la trascendencia, a lo que está por encima de ti; ábrete a Dios, que quiere comunicar contigo; ábrete a la realidad que se te manifiesta; ábrete al conocimiento que se ofrece a tu inteligencia; ábrete al prójimo, que te complementa y te enriquece, ábrete a sus razones y a sus sufrimientos; ábrete a la inmensidad del universo que te circunda; ábrete a la luz, proceda de donde proceda; ábrete a la vida mientras dé de sí y deja abierta una vía en el seno de la misma muerte; ábrete a la Buena Noticia; no te cierres, ni te encierres, ábrete. El que se encierra, permanece ciego, sordo y mudo. Ábrete a la vida que Cristo te ofrece y promete.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

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Después de haber elegido de entre sus discípulos a Doce para que estuvieran con él, ahora designa a setenta y dos para enviarlos por delante a esos lugares y pueblos adonde pensaba ir él. Luego les envía para que preparen de algún modo su llegada a tales lugares. Y les envía como obreros: pocos para una mies tan abundante; y con una petición a quien es Dueño de todo, incluida la mies: que mande obreros a su mies, puesto que el envío de tales obreros depende esencialmente de Él, aunque también de quienes han de estar dispuestos a poner sus manos, su boca y su inteligencia al servicio de esta misión. En cuanto obreros, merecerán su salario, pero éste no rebasa los límites de la subsistencia diaria: la comida y la bebida que tengan en la casa que les haya acogido. No se hace referencia a otro tipo de salario que el que da para el sustento diario.

Y al tiempo que les envía: ¡Poneos en camino!, les da ciertas instrucciones: Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Han de ir con la conciencia de ser sólo corderos, aunque se hallen en medio de lobos y sientan las garras y fauces de esos lobos muy cerca de ellos. Nunca deben perder la mansedumbre propia de los corderos, por muy hostil que se les presente el ambiente que les rodee. El cordero ha de estar dispuesto a ser llevado al matadero. Pero han de saber que en los lugares a que son enviados se encontrarán con lobos que les enseñarán los dientes. No por eso deben detenerse ni dejar de anunciar que el Reino de los cielos está cerca.

Jesús entiende que la misión de tales discípulos no requiere de otros medios: ni talega, ni alforja, ni sandalias de repuesto. Todo eso acabaría estorbándolos. ¿Para qué quieren talega o alforja si la casa que les acoja les proporcionará lo necesario para ese día: techo y comida? Les prohíbe incluso que se detengan a saludar a nadie por el camino. El anuncio del Reino no permite “detenciones” ni distracciones en su ejercicio. Su único objetivo debe ser llegar cuanto antes a esos lugares que se les ha asignado para la misión. No debe haber otras paradas con otros objetivos que les desviarían de esta finalidad: anunciar la cercanía del Reino.

Nada más llegar a su destino han de dar (y, por tanto, también desear) la paz, y esa paz o conjunto de bienes mesiánicos, descansará sobre todos los hombres y mujeres de paz que habiten en esa casa o lugar. Sólo la gente de paz recibirá la paz que ellos portan. Si allí no hubiera gente de paz, se produciría un efecto-rechazo y la paz que ellos intentaban darles volvería a sus donantes. En el pueblo en que sean bien recibidos, han de aceptar con gratitud la comida que les ofrezcan (porque el obrero merece su salario), pero sin olvidar aquello para lo que han llegado a ese lugar: para anunciar que el Reino de los cielos está cerca y para significarlo en la curación de los enfermos que haya. Pero cuando no los reciban deberán hacer un acto público de desagravio. Saldrán a la plaza y dirán: Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros, como haciendo ver que no quieren nada con aquellos ingratos que han rechazado el don de Dios que les llega por su medio. Pero deben saber, a pesar de su persistente sordera, que, lo quieran o no lo quieran admitir, el Reino de Dios está cerca. Semejante rechazo no quedará sin consecuencias: aquel día le será más llevadero a Sodoma que a ese pueblo. Y todos sabían lo que le había ocurrido al pueblo de Sodoma.

¿Por qué concede Jesús tanta importancia a este anuncio que tiene el tono de un pregón? ¿Por qué deben saber esos pueblos que el Reino de Dios está cerca? ¿Qué puede significar para sus vidas la aceptación de semejante noticia? La cercanía del Reino no puede desconectarse de la actividad mesiánica del mismo Jesús en medio de su pueblo. La implantación del Reino no es otra cosa que la presencia benéfica (salvífica) del Salvador que hace sentir su efecto salvífico ya en el mundo. La cercanía del Reino de Dios es la cercanía del mismo Dios en su Hijo encarnado, la cercanía de Dios en la humanidad de Jesucristo. Acoger este anuncio es acogerle a él y acoger su mensaje, su perdón y su salvación. Y acoger el don salvífico de Dios que se hace presente en su humanidad es muy importante. Ese don transformará al hombre, le convertirá en habitante del Reino y le hará vivir en la paz, el amor, la justicia, la misericordia, la fraternidad y el gozo que imperan en ese Reino.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

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• El género literario de la Bienaventuranza es clásico en la Biblia para expresar la felicidad que proviene de Dios(1Re 10,8; Sal 1,1).

• Jesús se dirige al grupo de “sus discípulos” (20) en presencia de mucha gen- te venida de todas partes, en especial de lugares del extranjero –“Tiro y Sidón” (17) son dos ciudades importantes de la costa fenicia, fuera de los límites de Israel–. De esta manera Lucas da un mensaje a la Iglesia, “sus discípulos”, a la que se ha incorporado gente de todo el mundo. Y el mensaje es para “felicitarles” o para advertirles.

• Con la contraposición entre las bienaventuranzas (22-23) y las amenazas (24-26), Lucas presenta el Reino de Dios como la inversión de la situación actual: Dios opta por darse, por dar su Reino, a quienes ahora y aquí se encuentran en necesidad. Y es una opción que no puede justificar de ninguna forma esta situación injusta: por ello aparecen enseguida y en paralelo las amenazas a los“ricos, hartos…”. Se trata de transfor- marlo todo ahora y aquí.

• Jesús se dirige a sus discípulos: “los pobres”, los que “tienen hambre”, los que “lloran”, los “odiados por su causa” (20-22). Para ellos la salvación“ahora” ya ha llegado en Jesús: el Reino es “vuestro”. Dios “ahora” ya está con ellos, pobre con ellos, crucificado con ellos. Así, Dios mismo pone de manifiesto la injusticia: en la cruz de Jesús queda denunciado todo el mal que sufren los pobres.

• El Evangelio de Lucas es especialmente sensible a la predilección de Jesús, que es la de Dios, por los pobres (Lc 4,18; 7,22; 14,13.21; 16,19-26; 19,8).

• “Llegará un día” (23) que el Reino será de ellos en plenitud. La resurrección de Cristo será la de ellos. De aquí que el discípulo pueda “alegrarse y hacer fiesta” (23), no porque sean pobres, no porque sufran … sino porque en esa situación viven los que están en el camino de Jesús, el camino del Dios-amor, el camino del amor de los hermanos. Son “dichosos” porque Dios está a su lado.

• Las amenazas (24-26) también están dirigidas a “vosotros” (24.25.26). Quiere decir que en la misma comunidad de los discípulos a la que se dirige Lucas, hay algunos que con los años, han olvidado el origen de su camino de seguimiento de Jesús. Ya no siguen un camino: se han instalado en una religión. Por otra parte, tienen el corazón ocupado en ellos mismos -en sus riquezas- y no dejan lugar a los otros, ni a Dios. Cuando las riquezas son el consuelo de una persona, la encierran en sí misma y llegan a ocupar toda su vida.

• Los “¡Ayes!” contra los ricos no aparecen en Mateo. Las Bienaventuranzas y los Ayes los encontramos también en el Magnificat (Lc 1,51-53) o en la parábola de Lázaro (Lc 16,19). Son palabras que resuena como advertencia y amenaza: toda confianza puesta en la riqueza es engañosa (Lc 12,19). Pero también es una llamada a convertirse y dirigir nuestra misericordia hacia los más débiles (Lc 6,36).

• En todo caso, Lucas recuerda a todos los discípulos, los primeros y los segundos, que no se deben dejar seducir por las riquezas ni vivir satisfechos de si mismos e indiferentes a las necesidades de los demás. En otro lugar del Evangelio de Lucas, Jesús dice: “no podéis servir a la vez Dios y al dinero” (Lc 16,13).

• La cuarta amenaza (26) advierte al discípulo que debe temer a los halagos. Porque son una mala señal. El camino de Jesús no es el del éxito según el mundo. Cuando una mirada al mundo nos dice que no hay justicia para todos, los elo- gios a los cristianos indican de qué lado estamos (o quieren que estemos).

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Decía Jesús a la gente: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro, lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. La frase en sí misma requiere de una explicación complementaria, y Jesús la da cuando sus discípulos, ya en casa, se la piden. El Maestro aclara que lo que entra de fuera no hace impuro al hombre, porque no entra en el corazón, sino en el vientre; y el evangelista puntualiza: Con esto declaraba puros todos los alimentos.

Por tanto, cuando Jesús hablaba de lo de fuera se estaba refiriendo a alimentos que entran en el canal digestivo, se metabolizan y se desechan en la letrina. Ninguno de estos alimentos puede considerarse impuro, a diferencia de lo que pensaba un judío formado en la mentalidad levítica de la antigua ley. Según esta mentalidad existían alimentos puros e impuros, y los impuros estaban prohibidos para un judío observante de la ley. Pero Jesús corrige esta mentalidad. Para él, la impureza no radica en los alimentos, que sólo llegan al vientre, pero que no tocan el corazón. La impureza no se contrae por un contacto meramente externo; tiene que tocar el corazón. Porque si el interior del hombre no queda involucrado no puede hablarse ni de pureza ni de impureza. Para que se dé una u otra tiene que verse afectado el corazón del hombre, esto es, su interioridad.

Por eso, dirá a continuación: Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro. Es lo que sale de dentro lo que hace impuro al hombre.

Jesús enumera un elenco de maldades que van desde los simples, aunque malos, propósitos hasta los actos manifiestamente deshonestos como fornicaciones, robos y homicidios, desde disposiciones y actitudes como la codicia, la envidia o el orgullo, hasta actos concretos de injusticia, fraude o desenfreno. Pero el hecho de que salgan de dentro no significa que no tengan su origen o causa detonante fuera, porque de fuera llegan las tentaciones o las malas influencias y fuera están también los objetos desencadenantes de la codicia, la lujuria o el robo.

Es evidente que para que la tentación tenga eficacia debe ser acogida en el interior. El fruto siempre sale de dentro, pero la semilla que da origen al fruto viene de fuera. No obstante, para que eche raíces y germine la semilla tiene que entrar en el seno adecuado; si no entra en el corazón, seguirá siendo algo exterior, que no mancha propiamente al hombre porque no le toca interiormente. Luego si lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre, sólo pueden hacerle impuro las cosas que han logrado entrar en su corazón, porque el mismo hombre les ha dado cabida. Y una vez concebida la maldad, podrá engendrar las maldades reseñadas: fornicaciones, injusticias, fraudes, homicidios, frivolidades, desenfreno. Se trata siempre de maldades que tienen su matriz en el interior del hombre y cuyo parto requiere de una previa concepción. Tanto las buenas como las malas acciones suelen seguir un proceso: primero se conciben y luego se ejecutan. Por eso salen de dentro, aunque lo que sale de dentro antes haya sido sembrado. Que el Señor nos permita recibir la semilla del bien y rechazar la del mal para engendrar únicamente buenas obras.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

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