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Archive for the ‘Documentos reflexión’ Category

• Las pinceladas con las que el evangelista pinta este cuadro, diciendo lo que sucede en torno al nacimiento del hijo de Isabel, muestra que este nacimiento es obra de Dios, porque se cumple lo que el ángel había anunciado a Zacarías (Lc 1,5-25): la alegría “de los vecinos” que “la felicitaban” (58), la imposición del nombre (60.63), la recuperación del habla de Zacarías (64), la presencia del Espíritu (80).

•“El Señor le había mostrado su amor-misericordia” (58): se trata de la misericordia de Dios. Hace falta recordar que Isabel era estéril. Esto, en su cultura, suponía ser despreciada como mujer. Por esto Dios ha sido misericordioso con ella dándole un hijo. Dios se recuerda de los más pequeños, es misericordioso con los pobres, con los despreciados. El nombre de “Juan” (60.63),precisamente, significa que Dios ha mostrado su favor.

• Zacarías, el padre de Juan, es presentado como sacerdote del templo de Jerusalén (Lc 1,5). Por otra parte, elevangelista parece que quiere que nos recuerde algunos personajes bíblicos, especialmente Abraham, el primero de los patriarcas de Israel. Por ejemplo, en la respuesta que ambos personajes dan ante la revelación divina que los anuncia la descendencia: ¿Cómo puedo sa- ber que será así? Yo ya soy viejo y mi mujer también es de edad adelantada (Lc 1,18); Señor, Dios, ¿cómo puedo saber yo que la debo poseer? (Gn 15,8).

• En este paralelismo se expresa que Dios ha sido misericordioso, no sólo con Isabel, sino en Israel. Y el ministerio de Juan se dirigirá a Israel, anunciando la misericordia de Dios y ofreciendo un bautismo de conversión (Lc 3,1-20).

• La pregunta de la gente: “Qué va a ser este niño?” (66), abre expectativas para descubrirlo en el mismo evangelio más adelante (Lc 3, 1ss). Ahora todo el mundo tiene claro que “la mano del Señor estaba con él” (66), que tiene el favor y la protección de Dios (Hechos 11, 21).

• Juan, que pertenece todavía al tiempo de Israel, inaugura el tiempo de Jesús. Lucas lo pone en labios de Jesús más adelante: El tiempo de la Ley y de los Profetas ha durado hasta Juan. Desde entonces es anunciada la buena nueva del Reino de Dios, y todo el mundo se esfuerza por entrar (Lc 16, 16).

• Hay una voluntad explícita de los evangelistas a mostrar, a la vez, la continuidad y la discontinuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. En la presentación conjunta de Juan y Jesús, de sus nacimientos y de los orígenes de las respectivas misiones, hay una expresión de esta voluntad: los dos nacen y actúan“en el Espíritu” (80); pero Jesús empieza cuando acaba Juan (Lc 3, 20-21; 16, 16).

• El último versículo de este texto tiene muchos paralelos con otros aplicados a Jesús en este mismo evangelio de Lucas: “El niño crecía y se fortalecía, se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios le acompañaba (Lc 2,40); Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura, y en gracia ante Dios y los hombres (Lc 2, 52).

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Vinicio Buitrago

Cada vez son menos fuertes las voces que afirman que las tareas domésticas son cosas de mujeres. Los supuestos de que parten han invocado la división sexual del trabajo, un argumento antropológico según el cual en la era de las cavernas los hombres salían a cazar y las mujeres quedaban en la manada al cuidado de los hijos y las hijas –entonces comunes– y de la preparación de los alimentos. Según este argumento, la división sexual del trabajo responde a una conveniencia, y no se trataría de algo intrínseco a la naturaleza de hombres y mujeres.

Desde la psicología se naturalizó dicha división sexual del trabajo. Se planteó que los hombres tenemos más predisposición a la exploración del entorno, relacionado con un mayor desarrollo del hemisferio izquierdo del cerebro. Por su parte las mujeres –como el extremo opuesto de los hombres, lo cual también es cuestionable– tendrían más desarrollado el hemisferio derecho, lo que las dotaría de mayores capacidades para la comunicación, y por tanto para la interacción empática con otras personas. Además, las mujeres desarrollarían durante el embarazo un instinto maternal, lo que las colocaría en una situación de idoneidad absoluta para el cuidado de las niñas y los niños. Siguiendo el hilo de esos argumentos, los hombres, al no disponer de tal instinto maternal, no serían aptos para el cuidado de esos niños y niñas. Es necesario aclarar que la falacia de estos planteamientos quedó establecida desde hace más de 30 años en la psicología actual.

Pese a la superación de estos prejuicios pseudo-científicos, argumentos como éstos se siguen explotando desde el ámbito religioso como una manera de mostrar evidencia científica del designio divino de la división sexual del trabajo, que habría quedado establecida en el momento en que Adán y Eva fueron expulsados del Jardín del Edén: «Con trabajo sacarás de la tierra tu alimento» (Gen 3,17). A la mujer le anuncia la multiplicación de los dolores de parto; ni una palabra sobre el trabajo: éste es pues algo que corresponde a Adán, y por extensión a los hombres.

Sin embargo, la realidad ha sido que en todas las épocas las mujeres también han sacado el alimento con trabajo, aun cuando ellas no siempre lo tengan claro y no siempre lo reporten. Véase por ejemplo el caso del campo nicaragüense, en el que, cuando los técnicos preguntan quién trabaja la tierra, las mujeres responden que sus maridos. No toman en cuenta que en gran medida ellas atienden el huerto, que también genera ingreso económico. Tampoco los técnicos reflejan el trabajo de las mujeres en las estadísticas sobre el trabajo en el campo; esto que podemos observar de primera mano en nuestro país, ha quedado documentado por Marilyn Waring desde 1988 en la realidad de las mujeres de un entorno tan lejano como Nueva Zelanda.

En la sociedad industrial, en la que se ha consolidado la división sexual del trabajo en el imaginario social, también ha quedado probada la falacia de la incapacidad –o menor rendimiento– de las mujeres en los trabajos de hombres: cada vez que ha habido guerras, las mujeres han echado a andar las fábricas.

Estos trabajos de hombre no sólo son reflejo de una división arbitraria de funciones entre hombres y mujeres en los planos público y del hogar, sino que están marcados jerárquicamente, estando el trabajo del hombre en el polo social y económicamente reconocido. Las estadísticas económicas mundiales se siguen calculando sobre la base del trabajo que se realiza fuera del hogar, no asignando ningún valor al trabajo reproductivo (el doméstico y el de cuidados).

Después de la segunda guerra mundial, estando los hombres de vuelta del frente de batalla, el sistema intentó hacer retornar a las mujeres al hogar, pero ya fue imposible. Desde entonces al presente, las mujeres cada vez se han incorporado más al empleo, ese trabajo que se realiza fuera del hogar y que históricamente ha sido asignado a los hombres. Las razones son obvias: implica un salario, vacaciones pagadas, horarios reglamentados, seguro social y jubilación, entre otras importantes prestaciones, todo lo cual fortalece la autonomía de quien tiene acceso a él. Sin embargo no han sido relevadas del trabajo doméstico y de cuidados. En ese escenario las mujeres realizan doble jornada, o triple si se agrega el trabajo comunitario (cf. Caroline Moser en Mendoza, R. El género y los enfoques de desarrollo).

Los hombres no se han involucrado mayormente en el trabajo reproductivo. También aquí hay razones obvias: el trabajo doméstico no es fuente de prestigio ni de ningún tipo de poder, más que el de hacerse necesario para la sobrevivencia de otras personas.

La doble jornada y el no involucramiento de los hombres en las tareas reproductivas ha tenido un doble impacto en las mujeres. El no poder desvincularse del trabajo reproductivo –por la creencia ancestral de que es connatural a ellas–, les resta tiempo para sí mismas, que podrían utilizar para capacitarse y actualizarse profesionalmente. Muchas mujeres lo hacen, pero para ello deben invertir mucho más tiempo que los hombres. Asimismo, la doble jornada y la falta de apoyo de los hombres en el ámbito doméstico, lleva a las mujeres a aceptar, cuando no a buscar deliberadamente, trabajos a tiempo parcial y precarizados, lo que se refleja en un menor salario nominal, menores prestaciones sociales y menores posibilidades de alcanzar puestos de dirección, todo lo cual son derechos legítimos de todo trabajador/a.

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en 2015, a nivel mundial, la posibilidad de que las mujeres participen en el mercado laboral sigue siendo 27 puntos porcentuales menor que la de los hombres. La tasa mundial de desempleo de las mujeres es el 6.2% (un punto porcentual más alto que en los hombres). El 40% del trabajo que realizan las mujeres no aporta al seguro social, lo cual indica el alto porcentaje de informalidad de su trabajo.

Siempre siguiendo datos de la OIT, a nivel mun- dial las mujeres dedican 2 veces más tiempo que los hombres al trabajo reproductivo: las mujeres casi 5 horas por día, en tanto que los hombres 1 hora y media, para una brecha promedio de 3 horas y 45 minutos, brecha que crece en países en desarrollo, como América Latina. Un efecto inmediato de la cantidad de tiempo que hombres y mujeres dedican al trabajo reproductivo es el tiempo disponible para realizar trabajo remunerado: en los países en desarrollo las mujeres dedican a éste 5 horas y media y los hombres 7 horas. Es decir que en promedio los hombres dedican una jornada laboral estándar al empleo, mientras que las mujeres, en promedio, disponen del tiempo de un empleo a medio tiempo. No está de más insistir en que hablamos de promedios, pues hay variaciones de país a país, del campo a la ciudad y entre grupos étnicos, por citar sólo unos ejemplos de ejes de privilegio y discriminación.

En relación a 1995 ha habido una reducción de la brecha del tiempo que hombres y mujeres dedican al trabajo reproductivo, más concretamente en lo concerniente a la realización de tareas domésticas (lavar, cocinar…), no así en el caso del tiempo dedicado al cuidado de hijos/as, realizado casi exclusivamente por las mujeres.

Los hombres que hemos iniciado procesos de cuestionamiento de nuestras masculinidades hemos tenido en la división sexual del trabajo un punto de reflexión muy importante y un aspecto en el cual comprometernos. Veo dos niveles en nuestra incorporación a las tareas domésticas y de cuidado. En primer lugar, es un asunto de justicia social: si las mujeres realizan trabajo remunerado y reproductivo, es justo que los hombres también estemos en los dos tipos de trabajo. Más aun, cuando no hay argumento científico que justifique que los hombres no podamos realizar tareas domésticas ni de cuidados.

También veo otro nivel o perspectiva, aunque menos evidente: revalorizar el trabajo doméstico y de cuidados es importante para el crecimiento personal –de hombres y mujeres–: cuando desarrollamos la habilidad de realizar tareas domésticas crecemos en autonomía; cuando desarrollamos la habilidad de cuidar de otras personas desarrollamos la empatía y el sentido de solidaridad.

En el caso concreto de los hombres, creo que nosotros ganamos al incorporar en el conjunto de nuestras destrezas aquellas que tienen que ver con el ámbito reproductivo, y con ello, los valores que el sistema ha asignado a lo femenino: la capacidad de amar, la empatía, etc. Esto, que sucede en el plano personal, puede tener efectos en el ámbito más global contribuyendo a una cultura de paz.

Como hombre creo que es importante tener en cuenta esta dimensión de recuperación de lo femenino –un valor en nuestras vidas–, y también su dimensión de justicia, no como «una ayuda», sino por corresponsabilidad.

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La “historia” del nacimiento de Juan en Lc 1 se ha prestado mucho a la piedad o, por el contrario, es una de las cuestiones históricas más debatidas. En realidad la descripción del nacimiento de Juan se hace en paralelo con la de Jesús, pero con las diferencias pertinentes. No podemos menos de notar lo escueto que es el evangelista para narrar el “nacimiento” de Juan (Lc 1.57-58) en dos versículos, mientras que al nacimiento de Jesús le dedica veinte (Lc 2,1-20). Las consecuencias del nacimiento de Juan y la imposición de su nombre se explican como contrarréplica a la escena del anuncio de su nacimiento y a la mudez de su padre Zacarías. Zacarías debe hablar y escribir para dimensionar el nombre divino y el papel que el niño ha de tener. Lo extraño y curioso es que Lucas concede menos peso al nacimiento de Juan y mucho más al rito judío de la circuncisión y la imposición del nombre (vv. 59-66), mientras que en el caso de Jesús sucede al contrario: el nacimiento y sus consecuencias tienen un peso extraordinario y del rito judío de la circuncisión le basta con una simple evocación (Lc 2,21). Además, se subraya que la imposición del nombre corresponde al padre de la criatura, en el caso de Juan. Pero en el caso de Jesús se le encomienda a María (Lc 1,31). Estas diferencias, sin duda, marcan la teología de lo que Lucas quiere expresar: aunque son dos anuncios y nacimiento paralelos, lo de Jesús es distinto de lo de Juan el hijo de un sacerdote.

Algunos autores no están seguros de que en tiempos de Jesús la imposición del nombre se realizara en el momento de la circuncisión, va que en el AT parece que era en el momento del nacimiento (Cf Gn 21,3). En todo caso, la afirmación de Zacarías: ¡Juan es su nombre! pretendería explicar que la vida de Juan estaría en manos de Dios y no de sus padres o de su familia. Según la tradición que Lucas recoge, Zacarías era de familia sacerdotal, como sabemos, y el futuro de este niño debería ser el mismo: servir al culto y el templo; tenía derecho. Pero como se quiere poner de manifiesto en Lc 1,80, este niño no será sacerdote, sino profeta, aunque un profeta muy especial: en el desierto y llamando a un bautismo de conversión a todo Israel. ¿Qué es histórico en todo esto? No lo sabemos, porque la verdad es que el nacimiento no ocupa mucho interés; casi todo se centra en poner el nombre previo acuerdo entre Isabel y Zacarías después, con la tablilla; todo para contradecir a la gente e imponer un nombre que no sabemos que viene “del cielo”, como el de Jesús, pero lo parece, según la estética de nuestro narrador.

¿Qué significar Juan? Un nombre es muy importante en la Biblia. El nombre es todo un programa, un diseño de vida… Jesús significa “Dios salva o es mi salvador” y su vida estará dedicada a la salvación. Juan (Yóhanan) viene a significar: “Dios es propicio o Dios se ha apiadado” o bien, “Dios es misericordia”. Desde esta explicación y significado es cómo podemos entender el canto del Benedictus que Lucas ha puesto a continuación, donde la visita de Dios a su pueblo es la idea que exhorta a bendecir y a alabar a Dios. Este cántico de Zacarías, sin duda compuesto de Lucas, con todas las resonancias de los cantos del AT viene a mostrar que toda la historia del pueblo de las promesas no ha sido en vano y que ha llegado el momento en que Dios, de nuevo, estará con los suyos. Juan, pues, tiene esa misión en su nombre mismo: anunciar que Dios ha de llegar para visitar, liberar… es lo que hará Jesús, quien con su nombre y su vida ha de llevar a cumplimiento lodo el proyecto salvador de Dios.

Fray Miguel de Burgos Núñez

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En una serie norteamericana de televisión, hablando de un personaje, se dijo: “Es católico, por lo que está lleno de culpas”. Y en un artículo sobre el rey Felipe II, también católico, se hacía referencia a “un sentimiento de culpa derivado de su fuerte religiosidad”. De hecho, una de las fórmulas del acto penitencial al comenzar la Eucaristía dice: por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Lamentablemente, demasiado a menudo se ha presentado la fe católica como una carga, un conjunto de normas morales y preceptos unidos a la imagen de un Dios juez y castigador, con amenazas de condenación. No es de extrañar que la fe católica se perciba como algo que oprime a las personas y generándoles conflictos internos, a veces muy graves.

Durante mucho tiempo en la Iglesia se ha insistido en la última frase de la 2ª lectura de hoy: Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho en esta vida. No hay que negar la verdad de esta frase, ni hay que caer en un “buenismo” pensando que Dios es un Padre consentidor que terminará perdonándolo todo. Pero desde una visión rigorista de la fe, al escuchar estas palabras nos empeñamos en hacer y hacer y hacer para evitar el “castigo”, y entonces caemos en el pelagianismo, una antigua herejía que afirmaba que el hombre, por sí mismo, sólo ejercitando las virtudes morales y religiosas contenidas en los Evangelios, podía evitar el pecado y conquistar la vida eterna, sin necesidad de la Gracia.

Como indica el Papa Francisco en su exhortación apostólica Gaudete et exsultate, aún hoy los corazones de muchos cristianos, quizá sin darse cuenta, se dejan seducir por estas propuestas engañosas (35). De este modo nos convertimos en “los nuevos pelagianos”: Todavía hay cristianos que se empeñan en seguir [el camino] de la justificación por las propias fuerzas (57); y esto tiene unas consecuencias: por pensar que todo depende del esfuerzo humano encauzado por normas y estructuras eclesiales, complicamos el Evangelio y nos volvemos esclavos (59).

Y como experimentamos que no podemos cumplir todo lo que el Evangelio nos pide, y pecamos, surgen en nosotros esos fuertes sentimientos de culpa por no estar “a la altura” de lo que pensamos que se nos exige. Además de “pelagianos”, nos sentiremos “culpables”.

Sin embargo, la fe católica es liberadora, porque la Iglesia enseñó reiteradas veces que no somos justificados por nuestras obras o por nuestros esfuerzos, sino por la Gracia del Señor que toma la iniciativa (52). Y desde esta perspectiva no debemos olvidarnos del comienzo de la 2ª lectura: Siempre tenemos confianza. Una confianza que no se basa en nosotros y nuestras fuerzas y empeños, sino lo que Jesús nos ha dicho en el Evangelio: que el Reino de Dios es como esa semilla que un hombre echa en tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. O como el grano de mostaza, que al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después, brota, se hace más alta que las demás hortalizas… Estas semillas tienen en sí mismas la capacidad de germinar, no es el sembrador quien lo hace; del mismo modo, el Reino de Dios tiene en sí mismo la capacidad de crecer, y aunque Dios ha querido contar con nosotros, su crecimiento no depende de nuestros empeños y esfuerzos.

Es verdad que todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo… Pero no seamos pelagianos: si mientras vivimos hemos procurado sembrar lo mejor que hemos sabido, si no hay frutos podremos sentirnos decepcionados, pero no culpables, porque que haya o no fruto no es cosa nuestra, sino de Dios, como decía la 1ª lectura. Yo soy el Señor… que seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos. 

¿La fe católica me genera sentimientos de culpa, o la siento como liberadora? ¿Caigo en el pelagianismo? ¿Cómo evalúo mi “siembra” del Reino? ¿Confío en la Gracia de Dios?

No seamos “pelagianos y culpables”. Como dice el Papa, si no advertimos nuestra realidad concreta y limitada, tampoco podremos ver los pasos reales y posibles que el Señor nos pide en cada momento (50). Se trata de ofrecernos a Él, de entregarle nuestras capacidades y nuestra creatividad, para que su don gratuito crezca y se desarrolle en nosotros (56), como esa semilla que crece ella sola, sin que nosotros sepamos cómo.

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• La parábola de la semilla que crece ella sola (26.29) muestra la fuerza del Reino: Jesús la siembra con su acción evangelizadora, y Dios le abre paso de modo oculto y paradójico. Esta convicción se añade a otra: el Reino llegará a su plenitud (29).

• Tanto la iniciativa como el cumplimiento del Reino están en manos de aquel”hombre” (26.29). La realización concreta,sin embargo, pasa por cada persona que va creciendo y dando frutos (27-28). Es una realización que se da en un proceso.

• La parábola del grano de mostaza (31-32) -como la de la levadura, que Marcos omite(Mt 13,33 y Lc 13, 20-21)-, acentúa el contraste entre la pequeñez de los inicios del Reino de Dios y la grandeza que vendrá. Expresa lo que ya están viviendo los discípulos: la actividad de Jesús ha empezado de modo muy sencillo, pero en ella ya se encuentra el vigor del Reino, presente en sus hechos y en sus palabras. Y eso llena a los discípulos de la esperanza de que llegará un momento en que Dios establecerá plenamente su Reino.

• El descubrimiento de la fuerza actual del Reino de Dios en acciones concretas, en la sencillez de actitudes llenas de humanidad, en palabras que hacen bien a quienes las escuchan… es la experiencia que realizamos en la Revisión de Vida o en la práctica de escribir en el Cuaderno de Vida. Es decir, mirando con los ojos de la fe la vida de las personas que nos rodean, convencidos de que el Reino ya está entre nosotros (Lc 17,21). Yo era racista y ahora estoy dandoclases de lengua a los trabajadores inmigrantes que llegan, constataba un joven alhacer balance de su paso por la JOC(Juventud Obrera Cristiana). A él, la fe lehabía abierto los ojos para mirar a las personas de un modo distinto. Los demás de su grupo, en este hecho experimentaban que el Reino de Dios está aquí y tiene la fuerza de un árbol que “echa ramas tangrandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas” (32).

• Esta parábola del grano de mostaza, a cualquier judío que orase habitualmente con los salmos y conociese bien a los profetas, le recordaría varios textos del AT. Por ejemplo, la frase relativa a los pájaros que anidan en las ramas del árbol nos conduce al libro de los Salmos. En él encontramos este versículo: junto a ellos habitan las avesdel cielo, y entre sus frondas se oye su canto (Sal 104[103],12). Si leemos el salmo entero, descubriremos una preciosa página de alabanza a Dios que tiene mucho en común con himnos de alabanza a las divinidades de otros pueblos vecinos de Israel.

• También hay paralelos en los profetas. Y es interesante detenerse en ellos, porque nos confirman en la esperanza del Reino de Dios que Él mismo planta, que Él hace crecer. Por ejemplo, Ezequiel presenta la restauración de Israel como el comienzo de la era mesiánica, y lo hace con la imagen de un cedro que Dios ha plantado: Echará ramas, se pondrá frondoso y llegará a ser un cedro magnífico; anidarán en él todos los pájaros, y a la sombra de su ramaje anidarán todas las aves (Ez 17,22-23). Lo mismo hallamos en el profeta Daniel (Dn 4,9.18). Jesús, para decir la parábola, toma una planta mucho más pequeña, que no se impone por su presencia como se puede imponer un gran cedro. El Reino de Dios no se impone por la fuerza ni se impone por tener una imagen (sea una imagen de poder, o de fidelidad a las esencias culturales… o, al contrario, imagen de simpatía, de modernidad…).

• El texto termina con un resumen de la actividad de Jesús (33): evangelizar, es decir,anunciar la Buena Nueva de que Dios sigue actuando, dando vida, venciendo sobre el pecado y la muerte. Invitando, por ello mismo, a unirse a su dinámica, a poner la pro- pia vida al servicio del Reino.

• Sin embargo, al hacer este resumen de la acción evangelizadora de Jesús, el texto acaba recordando la constatación que ya había hecho anteriormente (Mc 4,12): que notodos son capaces de escuchar (34). “A susdiscípulos”, aquellos que quieren escuchar, Jesús se lo explica todo (34).

• Este detalle nos muestra la importancia de ser “discípulo” de Jesús: ser discípulo de Jesús es escucharlo. Escuchar y acoger. Se trata de actitudes humanas básicas, sin las que Jesús no puede ser comprendido. Una vez más hay que decirlo: ser cristiano no es una cuestión ideológica, es seguir a una persona. Quizá tenemos que releer y dejarnos cuestionar por lo que Jesús ha dicho un poco antes: Atención a lo que estáis oyendo (Mc 4,24).

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Martha Palacios

Este tema puede ser tratado como un asunto técnico centrado en el proceso metodológico que conlleva definir políticas públicas: identificación y análisis del problema, formular la política, adoptar la decisión, implantar y evaluar la política. Sin embargo, aquí se parte de que es un asunto socio-político.

Las políticas públicas son asuntos de gobiernos, conjuntos de decisiones que se traducen en acciones estratégicamente seleccionadas de acuerdo a una visión sobre la realidad y una escala de valores. Buscan responder a problemas o necesidades sociales puestas en agenda. Es decir, su atención es imprescindible porque afectan evidentemente a la sociedad en su conjunto o a «determinados sectores».

Tienen carácter público por la extensión de su influencia y por ser promulgadas por un ente estatal, que en teoría representa el interés común. Hay políticas de distintos tipos: económicas (fiscales, monetarias, de empleo, producción, inversión energética); sociales (salud, educación, seguridad social, igualdad de género) y otras (defensa, política exterior…).

Con frecuencia, para que exista respuesta gubernamental de ese tipo, se requiere la movilización y la lucha de las personas afectadas, como ha sucedido con las mujeres, que históricamente hemos estado en desventaja: menor acceso al trabajo remunerado, exclusión de recursos productivos (tierra, créditos, asistencia técnica); salarios menores aunque tengamos mayor educación; viviendo violencia en sus distintas manifestaciones, incluyendo la extrema al arrebatarnos la vida; con insuficiente participación y/o representación política; responsable casi en exclusiva de la crianza y cuidado del hogar y la familia.

En otras ocasiones las políticas se definen por compromisos internacionales adquiridos por los Estados, como sucedió con el auge de políticas de género en la década de los años 90 del siglo pasado. Previo a esto, el programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, entre los 60 y 70, impulsó propuestas para favorecer fundamentalmente el crecimiento económico de países considerados «sub-desarrollados», por su dependencia económica, escaso nivel tecnológico, dedicación a las actividades primarias (agricultura, ganadería, extracción de minerales), desconociendo las causas históricas de dicha situación.

En esa preocupación por estimular la generación de capital, se percibió a las mujeres como un recurso humano sub-utilizado, que por su interés en el cuidado de sus familias, podría ser aprovechado para elevar la producción. Obviamente esa consideración desvaloriza el trabajo doméstico e invisibiliza las múltiples estrategias de las mujeres para obtener recursos. Surgió el primer enfoque de integración de las mujeres al mundo productivo lucrativo, denominado «Mujer en el desarrollo». Incluso, para analizar y resaltar el papel de las mujeres la ONU consagró el año 1975 y una década (1975-1985) a las mujeres.

En el mismo seno de Naciones Unidas, mujeres funcionarias valoraron como insuficiente esa iniciativa que incrementaba el trabajo de las mujeres, considerando imprescindible adoptar una mirada degénero, reconocer la existencia de relaciones de poder entre hombres y mujeres en la sociedad y en sus hogares, por la supremacía masculina prevaleciente.

Se difundieron así conceptos como intereses prácticos de las mujeres (todo lo relativo a sus responsabilidades de amas de casa y madres); intereses estratégicos (aquellas condiciones que mejoren sus posiciones sociales, económicas y políticas); los vínculos entre estos intereses con el mundo privado y mundo público. Es innegable la influencia en estos cambios conceptuales del movimiento de mujeres, en particular del feminista, que desde mucho tiempo atrás ha luchado por la transformación del sistema patriarcal y por dar poder a las mujeres.

En 1995 se celebra la IV Conferencia Mundial sobre la mujer. 189 gobiernos firmaron la Declaración y Plataforma de Acción de Beijín en la que se incluyó la creación de mecanismos institucionales para el adelanto de la mujer. Esto significaba, entre otras acciones, que debía incorporarse en los órganos gubernamentales una perspectiva de igualdad entre los géneros e introducirla en todas las legislaciones, políticas, planes y programas (transversalizar).

Con el supuesto fin de cumplir los compromisos adquiridos, en la mayoría de nuestros países se crearon ministerios o institutos de la mujer, legislaciones para la igualdad de oportunidades de las mujeres, y para prevenir y penalizar la violencia contra las mujeres, creando tribunales especializados. Además se impulsó la formulación de otras políticas públicas (productivas) con el enfoque de género, a fin de que mujeres y hombres accedieran en términos igualitarios a los bienes y servicios públicos, para garantizar el ejercicio de los derechos ciudadanos en todos los órdenes.

Se ha reconocido internacionalmente que las teorías de género –base de estos avances– tienen un enfoque crítico e histórico de la sociedad humana, arraigado en la reflexión feminista y provisto de una concepción de desarrollo y democracia como procesos centrados en los seres humanos, con una clara base ética cuyo valor esencial es la igualdad.

Pero hay que recordar que los Estados, como instituciones políticas básicas de una sociedad, son parte del sistema patriarcal vigente en América Latina y el mundo, y desarrollan mecanismos e instituciones para mantener y reproducir dicho sistema, reduciendo legislaciones y políticas definidas a respuestas formales, para responder por un lado a la movilización de las mujeres por sus reivindicaciones y por otro, para cumplir con lo «políticamente correcto» en virtud de los compromisos adquiridos internacionalmente.

En 2015, veinte años después de la Conferencia de Beijín, análisis de organismos como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) indican que «se han constatado resistencias políticas y culturales a la igualdad de género, inercias institucionales, falta de asignación de recursos y muchas veces de voluntad política. Estos elementos han obstaculizado las transformaciones necesarias para garantizar el ejercicio pleno de los derechos de las mujeres y eliminar las brechas de desigualdad». En otras palabras, los avances son poco satisfactorios.

Nuevamente, la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible y sus Objetivos de Desarrollo Sostenible, asumida por los gobiernos en la Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y Caribe, incorpora compromisos de incluir en políticas y programas nacionales, subnacionales y locales de igualdad, derechos de las mujeres y desarrollo sostenible.

Esto nos remite a expresiones del feminismo en nuestra región, como el feminismo de la decolonialidad del pensamiento y la vida, y el feminismo comunitario, que en el día a día forjan nuevas visiones y relaciones entre las personas. Se critica al feminismo desarrollado en América Latina a la luz de paradigmas euro-norcéntricos, desconociendo la realidad de las mujeres negras, indígenas, campesinas, lesbianas, carenciadas. Además se hace notar que los discursos feministas han sido «tomados» por los organismos multilaterales y de cooperación, cooptando organizaciones de mujeres y acentuando lo técnico sobre lo socio-político.

Si bien los organismos y la cooperación internacional asumen hoy el concepto de interseccionalidad para el análisis y la intervención social, reconociendo múltiples formas de discriminación vividas por mujeres en las que se entretejen diversas identidades subalternas, en sociedades patriarcales, racistas, homofóbicas, heteronormativas, clasistas, difícilmente eso garantiza el desarrollo de políticas públicas como un proceso de «abajo hacia arriba», en el que no haya políticas sin la visión y participación de las mujeres.

Desde el feminismo decolonial y comunitario se propone valorar nuestras historias subalternas, personales y colectivas, unirnos y comprometernos con los movimientos autónomos que en la región llevan a cabo procesos de descolonización y restitución de raíces, teniendo la posibilidad de otros significados de interpretación de la vida y la vida colectiva. Desmontar los procesos de socialización vigentes, para no ser femeninas ni masculinos, sino mujeres y hombres con historia y cultura propia. Reconceptualizar el par complementario hombre-mujer desde nosotras las subordinadas, y construir un equilibrio, una armonía en la comunidad y en la sociedad (Paredes, 2014). Con seguridad, el plazo para lograrlo llevará generaciones, pues implica objetivos utópicos, pero puede darse la victoria de las pequeñas revoluciones diarias. Para ello hay que trabajar en distintos espacios, en el entramado de lo político y la casa, para construir un proyecto común, si dejamos de lado los intereses que nos invaden y colonizan.

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“¡Arrepentíos, porque está cerca el reino de los cielos!” (Mt 4,17). El sermón de la montaña suena como un comunicado gubernamental en tiempos de crisis. Se propone en él una reconversión, un restablecimiento de la carta fundamental del Reino. Pero ¿quiénes son los elegidos del pueblo? Ante Jesús, hombres y mujeres sin importancia, de quienes no se espera que se sienten un día en los bancos de la corte real, gentes sencillas en las que no confiaría nadie para emprender una reconversión económica o política. Hay que ser Jesucristo para comenzar su reinado apoyándose en ellos…

Entre ellos, los hay que lloran, porque han sido golpeados por el dolor. Otros pertenecen al grupo de los que, en tono de conmiseración, son llamados dulces, misericordiosos… Algunos parecen quizá más interesados por la renovación de la sociedad: tienen hambre y sed de justicia, pero han optado por las soluciones pacíficas, quieren la paz y no el conflicto… Una cosa es cierta: todos están aquí con lo que Jesús llama “un corazón pobre”, una disponibilidad total, una confianza casi demasiado ingenua en el futuro, una especie de fe que no entiende de cálculos.

Jesús los mira; él ya sabe que los insultarán por su causa, que se dirá toda clase de maldades sobre ellos, que los perseguirán, como fueron per- seguidos los profetas, desde el momento en que no se plieguen al orden establecido. Pero he aquí que el discurso del trono se transforma en felicitaciones, en bienaventuranzas y en palabras de aliento. El rey está en las antípodas de esos políticos que sólo tienen en los labios palabras pesimistas o inconscientes; toma en sus manos a esos pobres que están con él y los pone en pie para que afronten su tarea. Antes, incluso, de que hayan hecho nada, ¡los declara bienaventurados!

Ciertamente, llegará el momento en que habrá que precisar la tarea que les ha sido encomendada, y el sermón de la montaña subrayará sus exigencias fundamentales, pero, por el momento, el rey se dirige a su auditorio en medio de la alegría. ¡El Reino es suyo! El Reino es ofrecido como un don, como una gracia, y los pobres cumplirán nueva ley por fidelidad a esta gracia, no por su aptitud.

La conversión evangélica está contenida entera en esta pobreza y en esta alegría. A la medida de su deseo, los pobres recibirán la tierra prometida y la paz; nada podrá privarles de ellas si permanecen fieles a su pobreza. El Reino está en el corazón del hombre, y la alegría de los pobres es la de un corazón limpio que ya ve a Dios.

En la montaña, aquel día, unos hombres vieron a Dios. Vieron a un hombre que les decía: “¡Bienaventurados!” Y, como comprendieron que aquel hombre les hablaba al corazón, reconocieron desde el principio que hablaba en nombre de Dios.

Te damos gracias,
Dios y Padre nuestro,
Señor del cielo y de la tierra,
porque en tu benevolencia,
has descubierto tu misterio
a los humildes y a los pobres.
No es a los poderosos imbuidos de sí mismos
a quienes prometes la tierra,
sino a los dulces y buenos para con sus hermanos.
A tu lado,
la pobreza es riqueza,
y el que te lo entrega todo, recibe tu Reino centuplicado.
La felicidad sustituye a las lágrimas,
y los corazones misericordiosos son transfigurados
porque se les da la paz como herencia.

Bendito seas, Padre
por tu Reino, tierra nueva,
y por Jesucristo, tu Hijo,
que vino a buscar y a salvar a los que estaban perdidos.
El invitó a seguirle
a los que arrastraban penosamente su carga;
él cargó con la cruz de lodos ellos
y los condujo hasta el reposo.
Pero él, antes de gozar de ese reposo y de esa paz,
se hizo pobre, despojándose de todo,
y llevó su misericordia al extremo de perdonar
y entregar su vida por quienes lo entregaban.

Escucha nuestra oración:
haz que, siguiendo a Cristo,
nos hagamos también sencillos y pacíficos.
Conserva a tu Iglesia en la dicha
del don que le has dado:
haz que prodigue generosamente sus riquezas
entre los hombres que tienen hambre y sed de ti.
Que tu pueblo, cada día,
conozca la alegría perfecta cantándote a ti,
Padre nuestro, tal como Jesús te ha revelado,
y bendiciendo a tu Hijo
tal como tu amor nos lo ha dado.

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