Para el Domingo XVI de Tiempo Ordinario

Lucas nos presenta finalmente una anécdota perteneciente al fondo de las tradiciones recibidas por el evangelista en el círculo de sus discípulos, especialmente mujeres. Marta y María, hermanas de Lázaro, reciben en su casa al Señor.

El caso de Marta y María es aprovechado una vez más por Lucas para resaltar el valor de la escucha de la Palabra de Dios. Sin entrar en la teoría del valor de la contemplación sobre la acción, que se ha querido ver en las dos actitudes opuestas de Marta y María, lo cierto de la anécdota es que el Reino de Dios no puede dejarse distraer por una preocupación demasiado exclusiva por las realidades terrenas. Por otra parte, escuchar la Palabra de Dios es todo, menos ocasional.

Nos encontramos con un cuadro familiar en el que Jesús visita en su casa a unas amigas suyas. Ellas, Marta y María lo reciben en su casa. Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio para atender al huésped, y Jesús la reprende porque anda inquieta “con tantas cosas”… Marta no encuentra la colaboración de nadie. La hermana, en efecto, se ha sentado a los pies de Jesús y está ocupada completamente en la escucha de su palabra.

El Maestro no aprueba el afán, la agitación, la dispersión, el andar en mil direcciones “del ama de casa”. ¿Cuál es, pues, el error de Marta? El no entender que la llegada de Cristo significa, principalmente, la gran ocasión que no hay que perder, y por consiguiente la necesidad de sacrificar lo urgente a lo importante.

Pero el desfase en el comportamiento de Marta resulta, sobre todo, del contraste respecto a la postura asumida por la hermana. María, frente a Jesús, elige “recibirlo”, Marta, por el contrario, toma decididamente el camino del dar, del actuar; María se coloca en el plano del ser y le da la primacía a la escucha.

Marta se precipita a “hacer” y este “hacer” no parte de una escucha atenta de la palabra de Dios, por lo que corre el peligro de convertirse en un estéril girar en el vacío. Marta se limita, a pesar de todas sus buenas intenciones, a acoger a Jesús en su casa. María lo acoge “dentro de sí”, se hace recipiente suyo. Le ofrece hospitalidad en aquel espacio interior, secreto, que ha sido dispuesto por él, y que está reservado para él. Marta ofrece a Jesús cosas, María se ofrece a sí misma.

Según el juicio de Jesús, María ha elegido inmediatamente, “la mejor parte” (que, a pesar de las apariencias, no es la más cómoda: resulta mucho más fácil moverse que “entender la palabra”). Marta, desgraciadamente, que no quiere que falte nada al huésped importante, que pretende llegar a todo, acaba dejando pasar clamorosamente por alto “la única cosa necesaria”. Marta reclama a Jesús, no sabe lo que él prefiere. El problema es precisamente éste: descubrir poco a poco qué es lo que quiere Jesús de mí. Por eso es necesario parar, dejar el ir y venir, y sacar tiempo para escuchar la Palabra de Jesús y comprender cuál es realmente la voluntad de Dios sobre mi vida.

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Comentario del 16 de julio

En la predicación de Jesús no hay sólo palabras amables, aunque haya siempre buena noticia; también hay recriminaciones que recaen sobre enteras poblaciones en las que el Salvador se ha volcado con abundancia de dones sin obtener una respuesta adecuada. Es precisamente esta falta de respuesta ante su llamada a la conversión la que le hace reaccionar de este modo. La ingratitud acaba haciéndose merecedora de la maldición.

Corazaín y Betsaida eran aldeas próximas a Cafarnaún, la ciudad más populosa de aquel entorno geográfico de la región de Galilea, en la ribera del lago de Genesaret. Jesús parece haber iniciado aquí su actividad misionera. Son poblaciones en las que el profeta de Nazaret ha concentrado muchos esfuerzos y desplegado muchas energías: ciudades donde ha hecho casi todos sus milagros –puntualiza el evangelista-; obteniendo, sin embargo, escasos resultados, es decir, pocas adhesiones: ni se han dejado mover por sus palabras, ni por sus milagros. Seguía haciéndose realidad aquello de que nadie es profeta en su tierra. Y es esta falta de respuesta la que le hace clamar: ¡Ay de ti, Corazaín; ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza. Os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras.

Parece como si Jesús concediera a ciudades paganas como Tiro y Sidón mayor capacidad de conversión que a esas ciudades judías que han sido objeto de su predilección y preferencia, que no son sino el reflejo de la predilección del mismo Dios. Como ponen de manifiesto los datos evangélicos, Jesús acusó esta falta de respuesta por parte de ese pueblo que era el suyo, aquel al que él pertenecía por razón del nacimiento y al que había sido enviado en primer término, haciendo de este pueblo (el elegido) el inmediato destinatario de la Buena Noticia de la salvación. Y de tal manera acusa esta falta de respuesta que se permite compararles con ciudades como las fenicias Tiro y Sidón que, aun siendo paganas, estarían en mejor disposición de responder a la siembra de su mensaje. Por eso se harán dignas de un juicio más benigno en su día.

Pues el juicio será universal, pero para unos será más llevadero que para otros. Todos, tanto judíos como paganos y cristianos, hemos de comparecer en este juicio, porque todos tenemos capacidad para responder, dado que somos responsables, de unos bienes que nos han sido entregados con la vida para ser administrados. Y al responsable le toca responder de tales bienes ante su Dueño y Señor.

Tampoco Cafarnaún escapa a la recriminación: ¿Piensas escalar el cielo? –le dice Jesús dirigiéndose a ella-. Bajarás al abismo. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy. De nuevo invoca Jesús los milagros como motivo de credibilidad. Los ha hecho para eso, para despertar actos de fe y de adhesión; pero hasta acciones tan maravillosas y extraordinarias como éstas han resultado infructuosas. Esta esterilidad dice mucho de la cerrazón e ingratitud de ese pueblo colmado de las bendiciones de Dios, pero incapaz de reconocerlas. Realmente se ha convertido en un terreno estéril y baldío. Por eso merece la maldición de su benefactor.

No obstante, esa maldición no es la que recae sobre la serpiente del paraíso; aquí la maldición tiene el aspecto de un aviso saludable; porque, de mantenerse en esa actitud, tendrán el juicio que merece su incredulidad, un juicio más riguroso que el de los mismos incrédulos (=paganos), pues al que mucho se le dio más se le exigirá. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy. Sodoma, la ciudad arrasada por el fuego, no se sobrepuso a su catástrofe, no duró hasta hoy. Tampoco las ciudades galileas de Corazaín, Betsaida y Cafarnaún han durado hasta hoy. De Cafarnaún sólo quedan algunas ruinas, y de las otras dos ni eso, sólo quedan noticias de sus enclaves.

Si esto fue lo que merecieron oír de labios de Jesús aquellas ciudades ingratas a su actividad salvífica, ¿qué no mereceremos nosotros, a veinte siglos de distancia y tras tantos años de historia y pervivencia del cristianismo con sus múltiples cosechas y riegos de sangre martirial?

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Comentario del 15 de julio

Jesús continúa dando instrucciones a los que serán sus apóstoles: No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espadas. Y precisa: He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa. Son frases que oídas todavía hoy resultan impactantes, y eso incluso después de haberlas contrastado, matizado y contextualizado, es decir, después de haberles quitado hierro y filo.

A bote pronto, la primera frase venía a contradecir lo expresado por el predicador de las bienaventuranzas cuando dice: Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. ¿Es que Jesús no estaba entre los que merecían ser declarados dichosos por trabajar por la paz? ¿Es que él no era digno de ser llamado hijo de Dios? Porque si ha venido al mundo a sembrar espadas, no parece que pueda considerársele un pacífico trabajador de la paz. Por otro lado, ¿qué alcance puede tener esa paz que él mismo distribuye cuando le dice a la mujer sorprendida en adulterio: Yo tampoco te condeno; vete en paz y no peques más? ¿Y por qué enviar a sus apóstoles y representantes como portadores de paz cuando él declara de manera tan diáfana que no ha venido a la tierra a sembrar paz?

La frase que sigue no es una mera adición, sino más bien una explicación que quiere precisar lo que acaba de afirmar con tanta solidez. Parece querer referirnos el modo concreto en que él siembra espadas en la tierra, y lo hace enemistando a los miembros más próximos del círculo familiar, al hijo con su padre, a la hija con su madre o a la nuera con su suegra. Tampoco esta concreción amortigua el impacto y la rudeza de la primera afirmación; más bien, lo incrementa, acrecentando nuestra perplejidad. Jesús, el aliado del hombre, el prodigio de humanidad, el portador de un perdón sin límites, el mensajero de la Buena Noticia, el proclamador del Año de la misericordia, dice ahora haber venido a este mundo para enemistar al hijo con su padre o a la hija con su madre, algo que exige romper los lazos afectivos más poderosos, que son los que crea la propia naturaleza asociada a la crianza y a la educación.

Pero Jesús no se queda ahí, intentando deshacer posibles equívocos o matizar la crudeza de sus expresiones. Su discurso avanza de modo imparable hacia una cumbre: El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. En estas pocas palabras podemos encontrar la clave interpretativa (clave de bóveda) de toda su instrucción. Nada está por encima de él en el orden de la estimación, porque nada hay más estimable que él, ni siquiera el padre, la madre, el hijo o la hija que nos dio la naturaleza, o mejor, el mismo Dios por medio de ella; y no sólo el padre, la madre o los hijos, sino la propia vida. Por eso, el que no sea capaz de renunciar al amor de cualquiera de estas personas o de todas ellas en su conjunto por él, no será digno discípulo suyo, no le apreciará como debe ser apreciado, por encima de todos y de todo.

Las exigencias de Jesús nos sitúan ante alguien que reclama para sí una adhesión absoluta, porque se concede un valor singular, absoluto. Por algo (=alguien) tan valioso, uno tiene que estar dispuesto a perderlo todo, hasta la propia vida. Jesús lo expresa de diferentes maneras, porque ¿acaso no es él ese tesoro escondido por el que uno, que lo ha encontrado en un campo, va y vende todo lo que tiene por adquirirlo, o esa perla preciosa por la que un comerciante en perlas finas empeña todos sus bienes? Desde tales premisas no es extraño que se diga que el que no está dispuesto a perderlo todo por él no es digno de él, porque no le aprecia en su justo valor; pues nada de lo que pueda poseer en este mundo vale más él. Es una cuestión de valoración. Por él, la persona más valiosa con la que podemos encontrarnos en esta vida, uno tiene que estar dispuesto a coger su cruz, exactamente la misma cruz que llevó él, y seguirle por el mismo camino que él recorrió. Tal ha sido la actitud de tantos mártires que enfrentaron el martirio con la seguridad de haber encontrado en Cristo a la persona más estimable, y por lo mismo más valiosa, de sus vidas.

Desde el momento en que se constituye en valor absoluto, Jesús pasa a ser también signo de contradicción o factor de división: signo que pone al descubierto la actitud de muchos corazones que se posicionan ante él; factor de división entre los que se ponen de su parte y los que se ponen en su contra, entre los que se alistan en su bando o lo hacen en el bando contrario. Semejante división acaba instalándose en el seno de la misma familia, entre padres e hijos y entre hermanos; pues nadie puede competir en amor con un absoluto.

Esta experiencia se mantendrá más allá de su existencia histórica, en sus enviados, representantes y mediadores, porque el que les reciba a ellos como enviados de Jesús estará recibiendo a su representado y a su vez representante del que lo ha enviado a él: El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado. En resumen, en el apóstol (cristiano) estamos recibiendo al mismo Cristo que lo envía, y en Cristo a Dios Padre, que nos lo ha enviado a nosotros; luego en el apóstol estamos recibiendo al mismo Dios que debe ser amado sobre todas las cosas, puesto que es lo más amable que pueda pensarse. Por eso, la acogida que se dé al profeta por ser profeta, se estimará como acogida dada al mismo Dios y tendrá la recompensa debida (paga de profeta). Tampoco quedará sin recompensa la acción de dar de beber un vaso de agua fresca a un discípulo de Cristo por llevar el nombre de Cristo, pues con semejante acción se estará dando acogida al mismo Cristo en su discípulo. Y Dios sabe recompensar con infinita generosidad. No se le puede ganar en generosidad a Aquel que, por ser el sumo Bien, es lo más valioso y lo más apreciable.

En este punto acaban momentáneamente las instrucciones de Jesús a sus discípulos, sin que ello signifique que dé por concluida su enseñanza y predicación, que continuará por otros pueblos y ciudades.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Comentario del 14 de julio

El evangelio de hoy nos presenta el modelo del comportamiento cristiano mediante una parábola, que es respuesta a una pregunta: ¿Y quién es mi prójimo?: una pregunta que nace de la respuesta dada a otra pregunta: Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? La respuesta de Jesús a modo de conclusión es ésta: lo mismo que hizo el samaritano (de la parábola) con el apaleado del caminolo mismo, en una situación similar.

Conviene reparar en el verbo hacer; se trata de hacer y no simplemente de pensar hacer, de hablar de hacer, de proyectar hacer o de sentir deseos de hacer algo en favor del necesitado. Y hacer es acercarse al caídocurar sus heridas con los medios de que se dispone, montarle en su propia cabalgadurallevarle a una posada, pagarle al posadero por los cuidados que se le solicitan o los servicios prestados al malherido. El samaritano socorrista continuará su camino, porque la posada no es su meta y no puede detenerse; pero, a diferencia de los que habían pasado de largo, habrá dispuesto de tiempo y de ánimo para socorrer a ese hombre en situación de emergencia, habrá dispuesto de tiempo para la práctica de la misericordia.

Conviene advertir, sin embargo, la habilidad de Jesús para transformar un concepto que, en la formulación de la Ley y en la comprensión del letrado, es pasivo, en activo. ¿Qué decía la Ley? Si quieres heredar la vida eterna, cumple los mandamientos, es decir, ama al Señor, tu Dios con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu sery al prójimo como a ti mismo. Aquí, el prójimo se presenta como sujeto paciente, como objeto de amor: aquel a quien hay que amar, como a uno mismo. Decir: ¿Y quién es mi prójimo?, es lo mismo que decir: ¿A quién debo amar como a mí mismo para cumplir la Ley?

La pregunta es del letrado, y con ella –según el evangelio- pretende aparecer como justo. Luego parece esperar que Jesús le enumere a una serie de personas, próximas a él por razones de parentesco o de sintonía religiosa o política, a quienes ya suele amar: familiares, amigos, correligionarios, compañeros de profesión, judíos, incluso desamparados como huérfanos o viudas. La pregunta lleva implícita una exigencia de limitación: definir al prójimo es distinguirlo del no-prójimo y, por tanto, verse eximido de la obligación de amar a éste, puesto que no es mi prójimo. Pero Jesús transforma el concepto, pasando de la voz pasiva a la activa. Y lo hace con una parábola que se cierra con esta pregunta: ¿Cuál de estos tres personajes de la parábola (el samaritano, el sacerdote y el levita) te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?

En su respuesta, el letrado, arrastrado probablemente por el mismo relato del narrador de la parábola, no parece advertir la incongruencia de la pregunta. ¿No se trataba de saber quién era el prójimo a quién debemos convertir en objeto de nuestro amor? ¿Cómo dice ahora: ¿quién se portó como prójimo del caído?, haciendo “prójimo” no al salvado, sino al salvador, no al socorrido, sino al socorrista? Pero el letrado, sin la más mínima vacilación, responde: El que practicó la misericordia con él.

La respuesta es tan precisa que ya no cabe sino invitar a la imitación: Anda, haz tú lo mismo: sé prójimo del caído, aproximándote a él. No esperes siquiera a que él se aproxime a ti para pedirte la limosna de tu misericordia. Hay personas que no están siquiera en condiciones de dar ese paso. Hazte su prójimo, acercándote a socorrerle, y de esta manera lo convertirás en el prójimo a quien amas como a ti mismo; pues esto mismo es lo que desearías que hicieran contigo de estar en su lugar. Luego la pregunta: ¿Y quién es mi prójimo? acaba siendo sustituida por esta otra: ¿De quién debo yo ser prójimo? De todo aquel que esté necesitado de misericordia y se deje ver en mi camino. De antemano no puedo excluir, por tanto, a nadie de mi acción misericordiosa, aunque, dada mi limitación, no pueda llegar a todos los que están en situación de necesidad. Pero lo que no podemos es cerrar los ojos a los muchos indigentes con los que nos tropezamos a diario y que Dios, seguramente, pone en nuestro camino para que aportemos algún remedio.

Así debemos obrar si queremos heredar la vida eterna. Es evidente que toda obra de socorro tiene sus riesgos. También el samaritano podía haber caído en manos de bandidos mientras asistía al malherido; podía tratarse de un trampa urdida por malhechores, que se servían de un herido ficticio para cazar a incautos transeúntes. En tierra de atracadores, bandidos y estafadores, todo es posible. Pero el que escucha la voz imperiosa de la misericordia no repara en riesgos; más aún, los asume; porque ¿dónde no los hay? Y para asumir riesgos hay que dejar a un lado el exceso de prudencia que, por ser exceso, merece otros nombres como falta de valentía o arrojo. Y para hacer el bien, sobre todo en ciertas circunstancias, también se requiere coraje.

Aquel sacerdote y levita pudieron tener muchas razones para no hacer lo que hizo el samaritano, es decir, para no ser prójimos del apaleado: razones de tiempo (llegarían tarde al compromiso cultual), de prudencia (no era prudente detenerse en una cuneta para atender a un hombre abandonado a su penuria), de miedo (miedo a sufrir ellos mismos un nuevo ataque), de dignidad (un sacerdote no debía ocuparse en trabajos que no le correspondían), de pureza legal (estaban obligados a evitar los contactos que les hiciera incurrir en impureza). Pero ni siquiera estar razones justificativas consiguieron acallar el sentimiento de culpa que arrastraban consigo; porque al verlo, dieron un rodeo y pasaron de largo.

Ese rodeo es, sin duda, muy significativo. Seguramente no hubieran podido soportar la mirada lastimera y sufriente del herido. Quizá no quisieron comprobar la verdad de sus heridas, porque desmontaría el frágil y engañoso armazón de sus argumentos y pondría de manifiesto la falsedad de sus razones. Por eso, dieron un rodeo, que es lo que hacemos todos cuando no queremos enfrentar la realidad que nos sale al paso. Pero si nos atenemos al juicio de Jesús, no podemos sino descalificar la conducta de estos prohombres, para tener como modélica la del buen samaritano a quien su promotor presenta como ejemplar y modelo de conducta cristiana, invitando a su imitación: Anda, haz tú lo mismo, porque eso es lo que hay que hacer.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

¿Ya me lo sé?

En la formación que llevamos a cabo en Acción Católica General siempre decimos que hay que acercarse a los textos bíblicos como si fuera la primera vez que los leemos o escuchamos, porque (sobre todo con los pasajes más conocidos) corremos el peligro de pensar: “Ya me lo sé”, y no profundizar en ese texto, quedándonos normalmente con la interpretación más directa o habitual, la que primero nos sale, “la de siempre”, sin extraer nuevos contenidos y significados de la Palabra.

Algo así puede ocurrirnos con el Evangelio de este domingo: acabamos de escuchar la parábola del buen samaritano, muy conocida, y podríamos detenernos en lo habitual: La pregunta del letrado: ¿Quién es mi prójimo?; o si hacemos como el sacerdote o el levita y pasamos de largo ante los necesitados; o bien las palabras de Jesús: Anda, haz tú lo mismo… Y también seguramente sentiríamos el cargo de conciencia por las veces que no somos buenos samaritanos, el remordimiento por no ver en el otro a “mi prójimo”, y la gran dificultad en llevar a la práctica ese mandato de Jesús, casi inalcanzable. Y seguramente al salir estaríamos casi igual que antes de entrar.

Pero si prestamos atención a toda la Palabra de Dios que la liturgia nos propone para este domingo, descubrimos que antes de fijarnos en esos aspectos, la 1ª lectura nos invita a fijarnos en lo que puede ser el punto de apoyo para todo lo demás: el precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda ni inalcanzable… está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo.

Y aquí sí que surgen las preguntas que debemos hacernos:

Sinceramente, ¿pienso que el precepto del Señor es algo que me excede, que el listón está muy alto para que una persona normal pueda hacerlo suyo? ¿Siento que ser cristiano es algo excesivamente difícil, sólo al alcance de unos pocos escogidos?

De ahí la siguiente pregunta: ¿El precepto del Señor lo siento cercano a mí, a mi vida, a mis circunstancias personales, familiares, económicas… o es algo que me resulta ajeno a las mismas? ¿Pienso que una cosa es mi fe, y otra cosa es mi vida ordinaria, como compartimentos estancos?

Y como consecuencia viene la tercera pregunta: ¿Dónde “llevo” el precepto del Señor?

Porque lo podemos llevar en la mente, como un conocimiento más entre tantos que tenemos.

O lo podemos llevar sólo en la boca. Ahí es donde lo tenía el letrado del Evangelio, que era capaz de repetir perfectamente lo que está escrito en la Ley, pero sólo “de labios hacia fuera”.

O lo podemos llevar en el corazón, que designa el centro de la persona, lo más íntimo, su donde radican los sentimientos y emociones, y entonces el precepto del Señor no es algo ajeno a nosotros, ni algo impuesto, sino que forma parte de nuestro ser y por tanto está a nuestro alcance, es posible cumplirlo porque “nos sale del corazón”, como al samaritano de la parábola.

Aun así, podemos encontrarnos con que no sabemos cómo hacer que el precepto del Señor esté en nuestro corazón. Pero la 2ª lectura nos recordaba: Cristo Jesús es imagen de Dios invisible… Él es también la cabeza del cuerpo, de la Iglesia. Cristo es el verdadero Buen Samaritano, y nosotros somos miembros del cuerpo de Cristo, y necesitamos estar unidos a Él, nuestra cabeza, para poder seguirle incluso en lo que nos parece inalcanzable. Una unión que está a nuestro alcance, con la oración, la Eucaristía, la Reconciliación, la formación en los Equipos de Vida… junto con los demás miembros de la Iglesia, su cuerpo; y entonces su precepto comenzará a asentarse en nuestro corazón.

¿Cuándo escucho o leo algún pasaje bíblico conocido pienso “ya me lo sé”? ¿Presto atención a toda la Palabra de Dios que la liturgia nos propone el domingo? ¿Qué respondo a las preguntas anteriores? ¿Me siento miembro del cuerpo de Cristo que es la Iglesia, y que Él es mi Cabeza?

Es verdad que seguir de verdad a Cristo no es fácil, pero Él viene en nuestra ayuda. Unámonos a Él como Cabeza nuestra y recordemos las palabras del Papa Francisco en “Gaudete et exsultate” 11: “no se trata de desalentarse cuando uno contempla modelos de santidad que le parecen inalcanzables. Hay testimonios que son útiles para estimularnos y motivarnos, pero no para que tratemos de copiarlos, porque eso hasta podría alejarnos del camino único y diferente que el Señor tiene para nosotros. Lo que interesa es que cada creyente discierna su propio camino y saque a la luz lo mejor de sí”.

Comentario del 13 de julio

Jesús, como buen maestro, habla con frecuencia a sus discípulos, sin descartar el tema del discipulado, un tema que debía estar entre los preferidos en este espacio relacional: Un discípulo no es más que su maestro –les decía-, ni un esclavo más que su amo; ya le basta al discípulo con ser como su maestro, y al esclavo como su amo. Si al dueño de la casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados!

Mientras un discípulo permanece discípulo de su maestro, está en una relación de aprendizaje respecto de él. El maestro debe ser su referente y por él tiene que dejarse guiar. En este sentido un discípulo no puede ser más que su maestro, aunque pueda llegar a superar a su maestro en el futuro, una vez transcurrido el tiempo de su aprendizaje, como ha sucedido de hecho en tantos casos a lo largo de la historia. Lo mismo sucede con el esclavo o el criado, que están al servicio de su amo, y mientras se mantengan esclavo o criado, lo seguirán estando.

Pero este estado de cosas puede cambiar, y el esclavo dejar de serlo. Pero si al dueño de la casa lo han llamado Belzebú, ¡qué no dirán de los criados que están a su servicio o bajo su dominio! Y si a Jesús, el Maestro de Nazaret, lo perseguirán y llevarán al patíbulo, ¿qué cabe esperar que hagan con sus discípulos? Jesús previene a sus discípulos de lo que les espera y les habla con extrema claridad de su suerte, ligada a la suerte de su maestro, pues en cuanto discípulos pasarán a ser sus consortes en vida y destino. Serán sometidos a las mismas pruebas que su Maestro, porque no son más que su Maestro. Pero no deben tenerles miedo. Ellos, los que le han llamado Belzebú, tienen un poder muy limitado: no podrán mantener oculta la verdad que un día se descubrirá; aunque puedan matar el cuerpo, no podrán matar el alma; además, hay quien se ocupa de ellos mucho más que de esos gorriones que apenas valen unos cuartos.

Los hombres disponemos de capacidad no sólo para sufrir miedo, sino también para causarlo. De ciertos hombres podemos esperar las mayores acechanzas: un robo, una agresión, un asesinato, una calumnia, una negligencia imperdonable, una irresponsabilidad. Podrán incluso mantener oculta la verdad o disfrazar la realidad de un ropaje engañoso durante cierto tiempo; pero este empeño por encubrir la realidad no les servirá de nada, porque la verdad acabará saliendo a flote y poniendo al descubierto la mentira encubridora. Entonces se desvanecerán los efectos de la calumnia, la difamación o la maledicencia, y la verdad resplandecerá con todo su fulgor. Y lo que se ha dicho en privado o de noche se hará público y podrá ser proclamado como en pleno día o ser pregonado desde la azotea. Es lo que sucederá con las palabras y acciones de Jesús, que, por ser verdaderas, recibirán en su día la publicidad necesaria. Así, el mensaje del evangelio podrá ser oído en pleno día y desde los púlpitos; se hará público y notorio en ese mundo que quiere encerrarlo en las sacristías o en los museos que exponen a la vista recreativa de los curiosos objetos del pasado.

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Es evidente que los que dan muerte al cuerpo arrebatan la vida corpórea; pero ¿esta vida encierra toda vida? Para Jesús hay una vida, la del alma, que no pueden matar los que matan el cuerpo, pues esa vida no está al alcance de espadas, de balas o de hogueras. Si los mártires logran vencer el miedo a la muerte es porque tienen la certeza de que hay una vida que sobrevive a la muerte causada por quienes matan el cuerpo. Temed –añade Jesús- al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo.

¿Quién es el que puede causar semejante destrucción que afecta a la totalidad del ser humano? No podrá ser otro que el que ha dado ser a ese mismo ser, y con el ser la vida humana. Nada puede ser más temible que ese fuego aniquilante que afecta al hombre no sólo en su dimensión corpórea, sino también en su dimensión anímica. ¿Esto significa que Dios, nuestro Creador, debe ser también el objeto supremo de nuestro temor?

Tal vez; pero a lo que Jesús invita finalmente es a poner en Él nuestra confianza; porque si Dios se cuida hasta de creaturas tan insignificantes como esos gorriones que se venden por unos cuartos y que no caen al suelo sin que Él lo disponga, ¡cuánto más se cuidará de nosotros que tenemos contados hasta los cabellos de nuestra cabeza y que valemos mucho más que esos gorriones que vuelan a nuestro alrededor! La conclusión que podemos extraer de las palabras de Jesús es que estamos en buenas manos, esto es, que estamos en las manos de un Padre todopoderoso que no puede permitir nuestro daño irreversible, a no ser que nosotros nos empeñemos en infligírnoslo a nosotros mismos. Además, podemos contar con otro factor decisivo, podemos contar con él como aliado y amigo, y como intercesor; porque si somos capaces de ponernos de su parte ante los hombres, también él se pondrá de nuestra parte ante el Padre y Juez supremo.

Estemos, pues, de su parte para tenerle de nuestra parte. ¿Y quién puede ser mejor aliado para un maestro que su discípulo? Bastará con sentirnos discípulos de Jesús para estar no solamente con él, sino también de su parte, en las más diversas circunstancias de la vida.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Comentario del 12 de julio

Jesús sigue dando instrucciones a sus apóstoles, enviados para la misión: Mirad –les dice- que os mando como ovejas entre lobos; por eso sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas. Pero no os fieis de la gente, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa; así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles.

Aunque se hallen entre lobos, han de permanecer ovejas. No por encontrarse entre lobos, han de transformarse en lobos, respondiendo a la ferocidad de quienes les rodean y combaten con la misma ferocidad. Lo propio de las ovejas es la mansedumbre y la humildad, pero el hecho de estar entre lobos hace muy conveniente el uso de la sagacidad. Una cosa no está reñida con la otra. Pero la sagacidad les servirá para sortear peligros y escapar de trampas. El mismo Jesús hará uso de ella para escapar de las trampas dialécticas que le tienden con frecuencia sus adversarios, los fariseos. Sagacidad es perspicacia y sabiduría práctica para discernir las buenas o malas intenciones de los que acercan a nosotros con alguna propuesta. Sagacidad es inteligencia para saber responder en situaciones de apuro o para advertir la malicia de una proposición.

Esa misma sagacidad les tiene que prevenir frente a esa gente de la que no deben fiarse, porque buscarán su perdición, les denunciarán, les entregarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas, y los harán comparecer ante reyes y gobernadores, todo por causa de Jesús, el Cristo. No actuarán así contra ellos por ellos mismos, sino por lo que representan. El perseguido, el rechazado es Cristo: lo fue en su momento y lo seguirá siendo en sus representantes.

Yo soy Jesús, a quien tú persigues, oyó decir Saulo de Tarso. Y eso mismo se cumple siempre en toda persecución contra los cristianos. Si los cristianos son perseguidos, lo son por el hecho de ser cristianos, esto es, por encarnar lo cristiano: no por llevar unos apellidos, por ocupar un determinado rango social o por disponer de unas posesiones, sino por llevar una cruz o un distintivo cristiano, o por mostrarse partidario del Crucificado, el mismo que, viniendo a los suyos, no fue recibido por estos. La historia de las persecuciones nos muestra que lo que en realidad se persigue es “lo cristiano”, ya se encuentre en personas, signos, instituciones, edificios. Es el odio a lo cristiano lo que acaba desencadenando la persecución de los ungidos por el Espíritu de Cristo. Pero esta situación de rechazo en la que les colocará su condición de ungidos será al mismo tiempo la que les ofrezca la mejor ocasión para dar testimonio ante judíos y gentiles de lo que son: discípulos del Crucificado. No hay quizá ocasión más propicia para dar testimonio a favor de alguien que ésa en la que se está arriesgando la vida por él. Entonces, el testimonio adquiere mayor grado de verosimilitud y se hace más creíble.

Jesús detalla aún más sus instrucciones para esos tiempos de persecución que se anuncian: Cuando os arresten, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en su momento se os sugerirá lo que tenéis que decir; no seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. No son tiempos, ni foros, para discursos, ni para argumentaciones. Han de dejar atrás preocupaciones de este tipo. Aquí lo que importa no es el discurso, sino el testimonio. Por eso no han de estar preocupados por lo que puedan decir o por el modo en que puedan decirlo. Lo que importan no es su discurso, sino el del Espíritu Santo. Él será quien les sugiera lo que deban decir en ese momento; esta sugerencia tendrá un valor de persuasión muy superior a las más bellas composiciones retóricas que pudieran ensartarse. Para ello sólo se requiere atención al Espíritu y disponibilidad martirial.

En esta situación en la que impondrá su ley el odio acabarán saltando por los aires lazos tan sagrados como los que unen entre sí a padres e hijos o a hermanos. Los hermanos entregarán a sus hermanos para que los maten, los padres a los hijos; se rebelarán los hijos contra sus padres y los matarán. El panorama que dibuja Jesús es tenebroso, pero realista. La historia misma se encargará de demostrar la realidad de estos oscuros presagios. Cuesta entender que unos padres entreguen a sus hijos a la muerte o que unos hijos denuncien a sus padres como cristianos exponiéndoles a la pena capital. Pero el odio puede hacer realidad este prodigio de insensibilidad, insisto, como demuestra la historia de los relatos martiriales. El odio persigue la desaparición de su objeto, se encuentre donde se encuentre. Si lo que se odia es “lo cristiano”, aunque esto se encuentre en un padre o un hermano, puede que no repare siquiera en daños colaterales y en consideraciones de parentesco o afecto; pues el odio suele arrasar con todo lo que encuentra a su paso.

Todos os odiarán por mi nombre. He ahí la razón de ser de este odio: el nombre de Jesús. Porque el que odia este nombre, acabará odiando todo lo que lleva este nombre, que no es otro que el nombre de cristiano. Pero más allá del odio y sus estragos hay futuro: el que persevere hasta el final, se salvará. Tal es la recompensa de los que perseveran (fieles) hasta el final; y para perseverar hay que mantenerse fiel en medio de las dificultades y las persecuciones. He aquí, por tanto, la clave: la perseverancia hasta alcanzar la meta, hasta llegar al final. Jesús les asegura que no transcurrirá mucho tiempo hasta que llegue ese momento, el momento de la recompensa, que es también el momento de la vuelta del Hijo del hombre como Juez de vivos y muertos: Creedme, no terminaréis con las ciudades de Israel antes de que vuelva el Hijo del hombre. Pero el Hijo del hombre viene para cada uno en el momento de su muerte.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística