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Archive for the ‘Ejercicios Espirituales’ Category

OBJETIVOS:

  • Profundizar en el conocimiento de los compañeros.
  • Crear un clima de sintonía afectiva entre los miembros del grupo.

 

DESARROLLO DE LA ACTIVIDAD:

Trabajo personal y trabajo en plenario.

 

TIEMPO APROXIMADO: 30 minutos.

 

MATERIAL NECESARIO: Hoja de cuestionario individual. Árbol grande en papel (unos dos metros) con los nombres de todos los jóvenes o sus fotos.

 

Cuestionario: «Vas a rellenar el cuestionario siguiente. Para ello debes buscar entre los miembros del grupo uno que reúna las características que se piden en la pregunta. Pero… ¡Atención! No repitas dos veces el mismo nombre en todo el cuestionario. Y consulta con el interesado la respuesta. Si ya sabías algo de antes es preferible que no pongas ese nombre y descubras otro con la misma característica. ¡Animo! ¡Y a la búsqueda! Tienes unos 5 minutos».

 

BUSCA ENTRE LOS MIEMBROS DEL GRUPO UNA PERSONA:

 

  1. Que toque un instrumento musical
  2. Que tenga algún pasatiempo poco corriente
  3. Que le gusten más las Matemáticas que la Historia (Sociales)
  4. Que le desagrade la música rock
  5. Que haya leído un libro en las dos últimas semanas
  6. Que cumpla los años en el mismo mes que tú
  7. Que hable o entienda medianamente un idioma que no se da en clase
  8. Que tuviese ganas de comenzar el curso
  9. Que haga colecciones de sellos
  10. Que haya llamado alguna vez a un programa de radio para dar su voto a alguna canción
  11. Que el programa de televisión que más le guste sea el mismo que más te gusta a ti.
  12. Que tenga el mismo número de hermanos y hermanas que tienes tú
  13. Que tenga como color favorito el mismo que a ti te gusta más
  14. Que no tenga televisión en casa o, si la tiene, que no la vea porque no le gusta

15.Que haya salido fuera de México por más de tres días

 

YA SIN CONSULTAR CON NADIE RESPONDE A LAS SIGUIENTES PREGUNTAS

 

  1. Señala una persona del grupo a quien te gustaría conocer más
  2. Una persona a la que no conocías antes de ahora y te cayó bien nada más verla
  3. A la que conocías de una manera superficial pero te está llamando la atención positivamente estos días

Orientaciones metodológicas

 

Primer paso: Los jóvenes rellenan personalmente el cuestionario. Conviene insistirles en lo que señala la encuesta, que traten de descubrir más que poner lo que ya saben. Del mismo modo, se les invita a que no copien al compañero, que el objetivo es que para cada una de las preguntas salga el mayor número de nombres diferentes entre toda la clase.

Se dejan unos 10 a 15 minutos. Si alguno termina antes de tiempo, se le invita a poner dos nombres en cada pregunta pero sin repetir ninguno de los que ya tiene.

Para rellenar esta encuesta los alumnos necesitan moverse, preguntar… Esto supone un cierto desorden durante el tiempo que dura este primer paso.

No debe preocuparnos demasiado porque efectivamente se trata de una actividad de búsqueda.

 

Segundo paso: Una vez rellenada la encuesta, ponemos en común las preguntas 17, 18 y 16, por ese orden.

Conviene que intervenga el mayor número posible de jóvenes para que la riqueza de nombres que se oigan sea grande.

Tanto la pregunta 17 como la 18 persiguen reforzar la imagen positiva en las personas nombradas.

Si el grupo es nuevo como tal, es importante este mensaje afectivo por el momento en que se hace, cuando aún no se han bajado las defensas ni ha disminuido la inseguridad ante los otros.

Caso de que el grupo sea conocido, puede significar un comienzo para deshacer los malentendidos que suelen darse entre dos personas o servir para aclarar que tal compañero «ya no me es indiferente».

La pregunta 16 es una llamada a la apertura. El animador apunta a las personas cuyos nombres se repiten más. Y está atento para que en el tercer paso del ejercicio salgan sus nombres

 

 

Tercer paso: el árbol

 

En gran grupo, y usando lo que hemos descubierto en el primer paso, y también todo lo que sabemos de las personas, tratamos de dar una visión panorámica de cada uno de una manera salteada.

El árbol con los nombres o las fotos de cada uño de los chicos y chicas debe estar en un lugar visible. Es importante que sea de gran tamaño, de forma que se vea desde lejos.

Para esta parte del ejercicio empleamos unos 15 minutos.

Nos organizamos de la siguiente forma:

 

  1. El tutor pide un voluntario que con la regla indica un nombre del árbol mientras señala a cualquiera de la clase que diga cinco cosas que conoce sobre la persona del árbol (manera de ser, cualidades, gustos … ).

 

NO SE PUEDEN DECIR ASPECTOS NEGATIVOS NI DEBEN SER TAMPOCO ASPECTOS PURAMENTE ESCOLARES. Y esto durante todo el ejercicio.

 

  1. Si el joven señalado acierta a decir las 5 cosas, y son reales a juicio del interesado, el acertante pasa a dirigir el ejercicio, preguntando a cualquier otro.

Caso de no acertar las 5, completamos entre todos las características.

El mismo voluntario anterior sigue dirigiendo el ejercicio hasta que alguien acierte los cinco aspectos de la nueva persona que se propone.

 

  1. Tanto si se aciertan las cinco cosas como si no, se invita a la clase a decir todos los aspectos y detalles positivos que conocen del interesado (gustos, personalidad… ). No se dicen aspectos negativos o defectos.

 

  1. El interesado termina haciendo un resumen

 

  • de aquello que le han dicho y que él considera no sólo cierto sino también importante en su persona;
  • de lo que le han dicho que no es exacto a su modo de ver;
  • de lo que no se ha dicho y sin embargo él cree que es importante para comprenderle (una cualidad que se han olvidado, algo que él valora mucho, una idea que tiene muy clara en su vida… ).

 

  1. Después de un tiempo a base de voluntarios se abre una fase para que, ya sin voluntario, cada uno pueda preguntar al resto de la clase por un determinado muchacho al que conoce poco. Como antes la clase va diciendo los aspectos que saben de su persona y el interesado hace la síntesis. Esta última fase es un buen momento para que interroguen a los que han apuntado en la pregunta 16, si anteriormente su nombre no ha salido.

 

A tener en cuenta…

 

  1. El hecho de que las preguntas del Cuestionario sean originales es intencionado. El tutor puede añadir otras adaptadas a la edad o ambiente de los chicos, pero conviene respetar la originalidad. Lo hacemos así porque al ser aspectos marginales nos descubren facetas ocultas que frecuentemente escapan a la situación escolar. Además, dan al ejercicio un aire desenfadado que será necesario en el tercer paso.

 

  1. En cuanto al juego del árbol, al no poder decir las aspectos negativos resulta relajante y gratificante para la persona, que escucha sobre sí aspectos agradables. A veces las personas nos apreciamos poco a nosotros mismos porque quienes tenemos a nuestro alrededor no explicitan nuestros valores. En este sentido, el ejercicio institucionaliza esa valoración positiva y puede ser una buena fórmula para crecer en la confianza en uno mismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONOCES A ALGUIÉN QUE…

No se baño hoy.

 

 

 

Sea divertido/a, alegre, y original. Juegue fútbol. Tenga promedio de 9.00. Más le agradeces estar aquí y dile gracias.
Esté dispuesto amar y ser amado.

 

 

Cumpla años en este mes. Use “Colgate” y jabón “Zest”. Sea tímido/a pero simpático/a y dale un abrazo. Tenga 5 letras su nombre.
Sea atractivo cómo amigo/a.

 

 

No haya nacido en la ciudad de México. Sea una locura química, por no tener nada físico. Sepa bailar y baila con él/la. Esté sonriendo en este instante.
Divierta a los demás.

 

Sea irresistible. Venga de otra colonia. Fue tu amigo más intimo durante algún tiempo. Admiras por sus cualidades y humor.
Piense en los demás y dile que lo/a quieres.

 

Deprimido, triste, apático y hazlo reír.

 

Con quien menos hayas convivido, platicado. No le guste ser centro de atención y hazle un gesto de amistad. Encuentre placer al enfrentar la vida.

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“Habiéndose enterado los fariseos de que Jesús habla dejado callados a los saduceos, se acercaron a él. Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó, para ponerlo a prueba: —Maestro, ¿cuáles el mandamiento más grande de la ley?- Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Evangelio de san Mateo 2-2, 34-39.)

¿Qué son fundamentalmente las personas?

Con cierta frecuencia visito a un preso en la cárcel estatal de Illinois, aquí en los Estados Unidos. No me inclino porque sean puestos en libertad todos los presos que hay en esa cárcel, pero me siento mal emocional mente, cuando veo a unos seres humanos encerrados en las celdas. Conviene saber que en nuestras prisiones estadounidenses se maltrata a más del 90% de los presos, come si fueran niños. En la terminología del análisis transaccional, ellos piensan de sí mismos “que no están bien”, pero piensan que “usted tampoco está bien”. Hay un fuerte y vengativo Papillón mental, que los hace exclamar: “¡Pégame y verás cómo te queda tu preciosa naricita!”. Los presos más violentos son trasladados con fuertes cinturones de cuero, en donde van clavadas tremendas esposas de acero. La mayoría de aquellos que he visto son descarados, insolentes y desafiantes con los musculosos vigilantes encargados de conducirlos. Un día yo estaba siguiendo el proceso rutinario de visitas a la prisión (o sea: me estaban interrogando, investigando, analizando con rayos X y registrando por medio de un formulario). Junto a mí estaba una señora negra, de edad madura, que iba a visitar a su nieto. Era tan extremadamente amable y bondadosa con todos los que la rodeaban, que no pude aguantarme las ganas de comentarle: “Señora, tengo que decirle una cosa: me parece que usted vive lo que yo predico. Usted es muy cariñosa con las personas. Apuesto a que usted le da gran alegría al mundo”. Me sonrió y me dio las gracias. Luego me dijo: “Padre, es que yo soy cristiana. En mi mundo no hay extraños, sólo hermanos y hermanas. Es cierto que a algunos de ellos no los he tratado todavía personalmente”. Instintivamente reconocí aquella actitud en su modo de ser y su comportamiento. Entonces le dije: ‘Usted sí cree eso que me ha dicho, ¿verdad?’. Ella me respondió sencilla y dulcemente: “Sí, padre”. En cambio, el preso que visité ese día era el reverso de la medalla: tenía una actitud total- mente distinta respecto de la humanidad. Me contó la conducta infrahumana de muchos presos y su desconfianza general hacia los demás. Su lema parecía ser: “Nunca confíes en nadie y lleva siempre contigo una pistola”.

La actitud hacia uno mismo es la cosa más importante que uno puede llevar en la cabeza. Enseguida viene, en importancia, el modo como vemos a los demás. Por supuesto, siempre que hablamos de los demás y de nuestra actitud hacia ellos, inmediatamente hacemos distinciones: “Algunos me caen bien; otros, no. Algunos son simpáticos; otros, no”. Más aún, existe en nosotros un instinto general acerca de los demás. Hay un prejuicio que nos hace afirmar: “La gente es así”, hasta que nos demuestren lo contrario. ¿Cómo calificaría tu actitud-jurado a los demás: la gente es fundamentalmente buena o mala, egoísta o amorosa, cruel o amable, honrada o mentirosa, dominante o miedosa, manipuladora o generosa, etc. etc.? Escoge uno o más calificativos, pero deja que tus opiniones broten espontáneamente de tu corazón y no del repertorio de res- puestas memorizadas que guardas en tu cabeza. Responde desde el verdadero “tú” y no desde el “tú” ideal.

Debo confesar a ustedes que en mis esfuerzos de introspección e investigación de mis actitudes personales, esta actitud mía hacia los demás es la que necesita más trabajo de revisión de mi parte. Las personas, como la señora negra que me encontré en la prisión estatal, me dan verdadera envidia. Cuando yo llegue a tener su edad, quisiera ser como ella: quisiera pensar que todos, aun aquellos que no conozco, son mis hermanos y hermanas.

Por supuesto que debemos darnos cuenta de los extremos. Hay personas de mejillas sonrosadas, ingenuas y cándidas. Parece que les chorrea todavía el agua del bautismo. Hay otras personas con cara de amargura o de cinismo. Cuando miramos de reojo a los demás, sospechamos y casi estamos seguros de que están podridos hasta la raíz… Pero éstos son los extremos. La mayoría de nosotros vamos dando bandazos y tropezones de un lado para otro y vamos buscando una posición intermedia.

Origen de nuestra actitud hacia los demás

Las primeras actitudes que los niños heredan, generalmente las reciben de sus padres, comunicadas “por ósmosis”. Cuando éramos niños y nos entreteníamos con nuestros juguetes, oíamos que nuestros padres hablaban de los demás. Escuchábamos sus conversaciones sobre las personas de la oficina, de la familia, del vecindario… Nos enviaban, así, mensajes implícitos-explícitos, que se nos grababan en nuestras “cintas paternales”. Estas “cintas paternales” tienden a reproducirse insistente, aunque suavemente, en nuestra cabeza, por el resto de nuestra vida. Y si en estas cintas grabadas hay mensajes que nos parecen perjudiciales, debemos hacer un esfuerzo consciente por borrarlos.

Además de brotar de esta fuente paternal, nuestras actitudes se apoyan también en nuestra experiencia personal. Seguramente recordamos a aquel presumido fortachón en el patio de la escuela; o el ridículo que hicimos una vez ante nuestros compañeros de primaria; o la decepción traumática que nos causó un supuesto amigo; o el ataque o abuso de que fuimos objeto cuando éramos niños… Todas esas experiencias quizá sembraron en nosotros la semilla de la sospecha y la desconfianza, que no son fáciles de desarraigar. Todos hemos tenido experiencias desagradables con los demás, que se han quedado almacenadas en nuestros bancos de memoria.

El desarrollo psicológico propio también influye profundamente en nuestra visión de los demás. En el curso normal del crecimiento, el primer grado del desarrollo del niño conlleva un apego o dependencia, El niño se apega profundamente (primariamente) a su madre, de tal manera, que ella es la fuente indispensable de su seguridad, alegría y afirmación. Después de este período, el niño generalmente se inclina hacia su padre para buscar un guía. En este período el niño busca y necesita la aprobación de su padre y teme su desaprobación y rechazo. Viene enseguida un período de separación, durante el cual el joven- cito deja la protección y dirección de sus padres y se con- vierte en su propio padre y madre… En esta forma, durante el primer escalón, los padres les dan raíces a sus hijos; y en el último, les han de ofrecer alas, con las cuales puedan abandonar el nido de la seguridad y aventurarse hacia sus propias vidas independientes.

Si la persona no supera estas etapas someramente de- lineadas, pasará gran parte de su vida buscando las piezas que le faltan. Dicha persona se volverá, quizá, demasiado dependiente de la aprobación y tranquilidad que le den los demás, o puede permanecer indecisa y necesitada de que la lleven gratis por la vida, mientras ella se abandona a los juicios y decisiones de los demás. Hay personas que parecen pozos sin fondo: experimentan una insaciable necesidad de que los demás los apoyen o un incontrolable temor por una supuesta inferioridad ante los demás. Pues bien, en cualquiera de los casos, nuestra actitud hacia los demás tiene profundas raíces en el suelo de nuestra vida joven. Como lo he insinuado, los niños maltratados físicamente llegan a su madurez, irritados y cargados de violentas venganzas. Aquellos que han tenido una familia unida, que los ha apoyado y les ha comunicado su afecto, llegarán a su madurez plenamente equipados con raíces y con alas, listos para bendecir a los demás y ser bendecidos por ellos. “Nuestra vida está determinada por aquellos que nos aman y por aquellos que se rehúsan a amarnos”.

La visión clave de los demás

La vida, el mensaje y la persona de Jesús nos entrega a los cristianos una visión clave que nos invita a ser canales de amor los unos con los otros. “Dios es amor” y nos creó con un acto de amor. Toda bondad es, de alguna manera, comunicativa de sí misma. En el acto de crear, la bondad de Dios se comunicó a sí misma. A partir de nuestra experiencia sabemos lo que significa esta comunicación de la bondad. Un buen chiste, una receta de cocina, una buena noticia…, instintivamente nos invitan a comunicarlos. Lo mismo sucede con el amor: el instinto es comunicarlo. Pues bien, nuestro Padre Dios, al experimentar en sí mismo el éxtasis del amor y la felicidad, quiso compartir con nosotros su felicidad y aun su propio hogar. El ha planeado todo esto desde la eternidad y nos ha escogido a cada uno de nosotros para que seamos los receptores especiales de su amor. Nuestro Padre Dios nos ha querido y nos ha amado, y por esa sola razón cada uno de nosotros ha sido concebido y ha nacido en este mundo.

Desde el principio ha existido un sistema de arterias y de venas para llevar el amor de Dios a todas las partes de la familia humana, que es la familia de Dios. Sin embargo, algo, de algún modo ha salido mal. Lo llamamos “pecado original”. El pecado y el egoísmo, el odio y el homicidio…, llegaron a formar parte de nuestra herencia humana. Pero el llamamiento de Dios no ha dejado de ser el mismo, a pesar de todo. Jesús nos enseña claramente:

“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas” (Evangelio de san Mateo 22, 37-40).

En la visión cristiana, estos dos mandamientos están íntimamente eslabonados. No puedo pronunciar mi “sí” al amor de Dios, a menos que pronuncie también mi “sí” al amor de todos y cada uno de los miembros de la familia humana de Dios. Charles Péguy, poeta francés, dijo que, si tratáramos de presentarnos solos ante Dios, él nos haría algunas preguntas desconcertantes: “¿Dónde están tus hermanos y hermanas? ¿Por qué no los trajiste contigo? ¿No viniste solo, verdad?’… El “sí” de amor que exige cada uno de los mandamientos es inseparable del otro “sí”. Jesús lo dijo muy claramente. No podemos negarle a nadie nuestro amor.

“Han oído ustedes que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos. Porque, si ustedes aman a los que los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen eso mismo los publicanos? Y si saludan tan sólo a sus herma- nos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen eso mismo los paganos? (Evangelio de san Mateo 5, 43-47)

Los dos “sí” del amor son inseparables. De hecho, Jesús nunca habla del amor a Dios sin añadir la segunda parte del gran mandamiento, es decir, el amor al prójimo. Más aún, excepto cuando habla del gran mandamiento mismo, Jesús no habla explícitamente del amor a Dios. Nos enseña que Dios toma como hecho a sí mismo lo que hagamos con el último de sus hijos. Nos enseña, además, que no debemos ofrecerle nuestros dones a Dios, sino hasta que nos hayamos reconciliado unos con otros (Evangelio de san Mateo 5, 23-26). Finalmente, Jesús insiste en que no podemos esperar que Dios nos perdone nuestros pecados, a menos que nosotros estemos preparados para perdonar a los que nos han ofendido (Evangelio de san Mateo 6, 12). En el mensaje y en la visión clave de Jesús el principal lugar de encuentro con Dios es en los demás: nuestras familias, nuestros vecinos, nuestros conocidos ¡y nuestros enemigos!

Dice una tonadilla irlandesa:

“Es una gloria completa vivir con los santos de arriba a quienes amamos. Pero es cosa muy distinta vivir con santos de abajo, demasiado conocidos”.

Y es cierto: es difícil vivir con algunas personas…, pero tratemos de amarlas. Aquellos que aman de verdad se ocupan de la gente y seguramente ven en las personas aquello que yo no veo.

Dos personas en cada uno de nosotros

Estoy convencido de que mi compromiso cristiano me pide amar a los demás por ellos mismos y no a pesar de ellos mismos. Me parece que este enfoque nos capacita para amar a las personas claramente desagradables. Pienso que en realidad hay dos personas diferentes en cada uno de nosotros, en cada uno de aquellos que nos encontramos. Una de estas dos personas está ofendida, herida y enfadada; es una persona detestable, que muestra diferentes aspectos externos; es una persona generalmente influenciada por rasgos odiosos… Probablemente a esta persona nos referimos con nuestras críticas mordaces y sarcasmos, con nuestras ridiculizaciones y enojos. Pero existe, además, en cada uno de nosotros una persona buena y decente, solícita y cariñosa… Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, y esta semejanza nunca ha sido totalmente destruida. La benévola atención, el amor y la comprensión ponen de manifiesto a esta bella y amorosa persona.

Poco después de haber sido ordenado sacerdote, me ofrecí a dar un retiro de ocho días a un grupo de sacerdotes. Me sentí seguro en el momento de aceptar la invitación que me hacían: “¡Predica y viajarás!”… Pero cuando llegó la hora de iniciar el retiro y estaba yo de pie, fuera de la capilla, viendo desfilar ante mí a las personas a quienes yo les iba a proponer el retiro, me quedé frío…

Había dos obispos y el más joven de los sacerdotes participantes parecía unos quince años mayor que yo. Con los ojos desorbitados los iba mirando: me parecían confiados y dignos de la más respetuosa veneración. Cuando acepté la invitación, pensé que las tenía todas conmigo, pero ya cuan- do la suerte estaba echada, yo me sentía inseguro. El anciano sacerdote encargado de la casa de retiro estaba junto a mí, cerca de la puerta de la capilla… Pasábamos revista a las tropas y él me sonrió cuando el último sacerdote entró a la capilla.

-¿Cómo te sientes?- me preguntó.

-¡Asustado!- le respondí con espontánea y total honradez.

-¿Por qué?

-¿Cómo que por qué? ¿Está usted bromeando?… ¿No los vio?…

-¡Hombre! Si ellos necesitan lo único que todos necesitamos: un poco de amor y comprensión.

-Pero a mí no me parece que estos compañeros estén haciendo cola para que les den amor y comprensión… ¿De veras está usted seguro de que eso es lo que necesitan?…

-Sí, estoy seguro -me dijo con una sonrisa de conocedor y con un guiño amistoso.

Y comenzó el retiro… Durante la primera plática yo sentía la boca seca, las manos frías y sudorosas… En la expresión de la cara de mis oyentes yo leía esta pregunta- “¿De dónde habrán sacado a este niño?” Juraría que escuchaba sus pensamientos: “Hijito, todavía está fresco en tus manos el óleo de la ordenación… Cuando hayas rodado más por las difíciles carreteras de la vida y hayas recorrido un buen kilometraje, vuelve y te escucharemos”…

Terminé esta primera conferencia y lo único que yo sentía es que yo me había equivocado rotundamente: que me debía haber apuntado para las misiones extranjeras, en lugar de andar presumiendo con dar retiros a personas importantes… Sin embargo, aun en ese primer día del retiro, los sacerdotes empezaron a venir a consultarme en privado… ¡Yo no podía creerlo! … Eran tan buenos y humildes, y algunos parecía que estaban sumamente lastimados… Uno, ya grande de edad, de pelo blanco, me abrió su alma atribulada, como si fuera un chiquillo, que habla con su padre. Pensé para mis adentros: “Cuando yo tenga tus años, ojalá que tenga también por lo menos la mitad de tu humildad, del conocimiento de ti mismo y de la apertura que tú tienes”… Cuando el retiro terminó, indudablemente sabía yo la verdad.

Siempre será cierto que todos necesitamos un poco de amor y de comprensión, y que el amor y la comprensión hacen brotar en nosotros toda la bondad y todos los dones con los que cada uno de nosotros ha sido bendecido por nuestro Padre Dios. Probablemente también es cierto que nosotros mismos no podemos conocer la profundidad de nuestra propia bondad y los dones que Dios nos ha concedido, hasta que otra persona nos ame y haga salir de nosotros esas cualidades. La siguiente poesía se le atribuye a Roy Croft:

Te amo no sólo por lo que eres,
sino por lo que soy,
cuando estoy contigo.

Te amo no sólo por lo que has hecho de ti,
sino por lo que estás haciendo de mí

Te amo por la parte de mí
que tú has hecho brotar

Te amo porque pones tu mano
dentro de mi colmado corazón
y pasas por alto la debilidad y tonterías
que no puedes remediar,
y entonces miras mi oscuridad
y sacas a la luz todas las hermosas posesiones,
que nadie había mirado nunca
y que eran difíciles de hallar.

Te amo porque con la madera de mi vida
me ayudas a construir no una taberna, sino un templo.

Al terminar el trabajo de mi jornada diaria,
no me recibes con reproches sino con canciones.

Te amo porque para hacerme bueno
has hecho más que la religión,
y para hacerme feliz has hecho más que el destino.

Jesús: su comprensión y su amor

Estoy convencido de que Jesús amó a las personas de su pueblo con un amor comprensivo. Y estoy convencido de que en la misma forma nos ama a ti y a mí. Ese amor comprensivo no es ciego, al contrario, tiene una vista estupenda, porque alcanza a ver bajo las apariencias cómo cumplimos sus mandamientos: “Que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Juan 13, 34).

Jesús hace que broten de lo profundo de las personas la bondad y los dones sepultados en ellas. Con la misma seguridad con que hizo salir de la tumba a Lázaro, muerto hacía cuatro días, así también, amando a los proscritos y marginados, a los solitarios y vencidos, los hace volver a la plenitud de la vida.

Zaqueo era “un enano” e indudablemente más de una vez se había subido a un árbol para ver mejor alguna cosa. Era físicamente pequeño y, sin embargo, era el jefe de los publicanos de Jericó, un rico recaudador de impuestos, hábil en arrancarles el dinero a sus compañeros judíos, para entregárselo al pomposo emperador romano. A nadie le caía bien. Seguramente que ni a ti ni a mí nos hubiera simpatizado tampoco. Sin embargo, un día, cuando Jesús avanzaba lentamente con la multitud que lo seguía, Zaqueo fue a subirse entre las ramas de una higuera, precisamente para alcanzar a ver a ese Jesús. Nunca soñó Zaqueo lo que le iba a pasar. Se quedó pasmado cuando vio que Jesús se dirigía hacia la higuera en donde él estaba.

Zaqueo escuchó estas increíbles palabras: “Oye, Zaqueo, quisiera quedarme hoy en la noche aquí en Jericó. ¿Podría quedarme en tu casa?’ (Evangelio de san Lucas 19, 1-10). El corazón de aquel hombrecillo latía acelerada- mente. Se decía interiormente: “El quiere estar conmigo”… Es obvio que la multitud no compartía el gozo alborotado de Zaqueo. El Evangelio dice que la gente “comenzó a rezongar”. Entonces Zaqueo brincó del árbol y en medio de su inexplicable alegría prometió dar la mitad de sus bienes a los pobres y devolver el cuádruplo a quien hubiera estafado. Entonces Jesús le aseguró al hombrecillo que la salvación había llegado a su casa ese día, porque el Hijo del hombre había venido “para buscar y salvar a los que estaban perdidos”. La bondad y los dones de Zaqueo estaban enterrados y al contacto de Jesús y de su amor comprensivo, salieron a la luz. Aquel hombrecito y su mundo no volvieron a ser lo que habían sido.

Magdala era una pequeña población situada en la costa occidental del mar de Galilea. Era muy conocida ahí una prostituta, llamada María, a quien frecuentemente se identifica como la mujer que se introdujo de repente en un banquete que Simón, el fariseo, ofrecía a Jesús, y que lloró a los pies del Señor. Sin embargo, no hay fundamento en el Evangelio para hacer dicha identificación, o sea, no hay razones para decir que la prostituta del banquete era María Magdalena. Sin embargo, tanto Marcos (16, 9), como Lucas (8, 2), afirman que Jesús había arrojado de ella siete demonios… Pues bien, sea lo que fuere, María Magdalena acompañó frecuentemente al Señor para ayudarle en todo lo que hiciera falta. La comprensión amorosa de Jesús hizo brotar de ella a una persona buena y hermosa, que lo amó en una forma total. Ella estuvo al pie de la cruz cuando Jesús moría (Evangelio de san Mateo 27, 56). No faltarían allí los comentarios de algunos que conocían su pasado y le gritaban: “¡María!, ¿qué estás haciendo ahí?… ¡Ya sabemos quién eres!” Pero María era mucho más fuerte que todos los vituperios del mundo.

María Magdalena asistió al apresurado sepelio de Jesús (Evangelio de san Mateo 27, 61). Ella descubrió que la tumba estaba vacía, el domingo de resurrección (Mateo 28, 1-10). La importancia de María Magdalena en toda la narración de la resurrección es clarísima en el Evangelio de san Juan (20, 1-18). Da la impresión de que ella fue la primera en ver a Jesús resucitado. Como en Zaqueo, en esta gran mujer el amor de Jesús hizo brotar unas profundidades de fortaleza y una vehemente lealtad en el amor. Zaqueo, María Magdalena e incontables personas más podemos decir de verdad a Jesús: “Te amo por lo que estás haciendo de mí… Te amo por la parte de mí que has hecho brotar… Te amo porque pasas por alto la debilidad y tonterías que no puedes remediar y entonces miras mi oscuridad y sacas a la luz todas las hermosas posesiones que nadie había mirado nunca y que eran difíciles de hallar”.

El principio del amor: la empatía

Me parece que la llave del éxito en el ver y amar a los demás radica en la empatía. La empatía empieza con un escuchar atento y un captar intuitivo de lo único exclusivo que es la otra persona. La empatía hace una sola pregunta: “¿Cómo eres tú?’ Se mete dentro de la piel de la otra persona, se pone en su lugar, ve y experimenta la realidad como la otra persona lo hace. Finalmente, la empatía no regaña, sino comprende… “Sí, te escucho”… Repito: la esencia de la empatía consiste en escuchar y vivir en lugar de la otra persona su experiencia vital. Y tiene un precio: necesita uno salir de uno mismo temporalmente, de los pensamientos y sentimientos propios, de los propios valores y creencias. Cuando empatizo contigo, salgo de donde estoy y voy a estar contigo, donde tú estás.

Carl Rogers sugiere que nuestra experiencia de la condición humana se parece mucho a los sentimientos de la persona que ha caído en un pozo profundo… seco. El hombre atrapado en el pozo, no puede salir de él, de modo que se pone desesperadamente a golpear las paredes, esperando contra toda esperanza que alguien lo oiga y se dé cuenta de su situación.

Finalmente, después de aporrear largo rato la pared del pozo, escucha un toquido desde el exterior… “¡Ya me oyó alguien!”… Y siente una explosión de alegría. “¡Gracias, Dios mío, porque finalmente alguien sabe dónde estoy¡”. Rogers dice que cuando alguien de veras nos escucha y nos demuestra su comprensión, sentimos la misma explosión agradecida de alivio: “¡Gracias, Dios mío! ¡Finalmente alguien sabe dónde estoy! ¡Finalmente alguien sabe cómo soy!”.

La experiencia de la mayoría de la gente parece indicar que no hay entre nosotros muchos realmente buenos para escuchar. Cuando tratamos de compartir con otros lo que somos, la mayoría de las personas se precipitan hacia nosotros y nos reducen tanto a nosotros como a nuestra comunicación a un solo problema, que proceden a resolver. Se ofrecen voluntariamente a decirnos lo que tenemos que hacer. Otras veces, parece que dudan de la sinceridad de nuestra comunicación: “Bueno, en realidad no quieres decir eso, ¿verdad?” En otras ocasiones se suben a la parra y nos cuentan largamente lo que ellos mismos han pasado; nos aseguran que ellos ya han vivido ampliamente lo que nosotros apenas estamos experimentando… Ninguna de estas formas significa escuchar con empatía. Yo sé que tú de veras me estás escuchando, cuando la ex- presión de tu rostro registra mis pensamientos actuales, cuando tu voz y tu lenguaje me dicen: “¿De veras así eres tú?… Te escucho”. Quien escucha con empatía no juzga ni critica ni dirige. En el actuar con empatía abandonamos nuestras propias posiciones y percepciones y la mayor parte de nuestros prejuicios. Nuestra concentración se entrega a vivir en lugar de la otra persona su propia experiencia. Rompemos la fijación en nosotros mismos, salimos de nosotros mismos y nos metemos en los pensamientos, sentimientos y situaciones vitales de la otra persona. Una vez que nos hemos identificado con la otra persona en la forma dicha, estamos satisfaciendo esa necesidad primaria que todos tenemos de conseguir a alguien que comprenda cómo somos. “Todo lo que ellos necesitan -me dijo el sacerdote anciano- es un poco de comprensión y de amor”. Sólo después de sumergirnos nosotros mismos en la experiencia de la empatía, podremos saber lo que tenemos que ser, decir o hacer para conseguir el bienestar y la felicidad de la otra persona. Amar es un arte. No hay decisiones automáticas ni fórmulas fijas y definitivas, para responder a las necesidades de la otra persona. Tendremos que ser rudos o tiernos, tendremos que hablar o estar callados, o bastará que nos sentemos al lado de esa persona o que le dejemos el lujo de su soledad. Sólo la persona que practica la empatía puede conocer a fondo este arte.

Los dos dones esenciales del amor

En un caso concreto, ¿qué podría pedirnos el amor?… Hay dos dones indispensables, que son siempre parte del amor. Podemos estar seguros de que estos dones son necesarios. El primero es el don de sí mismo, por medio de la revelación de sí mismo, a los demás. Los demás dones del amor (flores, joyas, dulces, cigarros …) son expresiones simbólicas de uno mismo. Si no te doy mi verdadero y auténtico yo, no te estoy dando nada. Lo único que te he comunicado ha sido apariencia y ficción. Te he propuesto una adivinanza. El segundo don esencial del amor es la afirmación del valor de la otra persona. Si voy a amarte, debo de alguna manera apreciarte y reflejarte por tu bondad y belleza individual. Yo no puedo entenderme contigo sin hacer alguna contribución positiva o negativa a tu imagen, que es tan importante. Tampoco puedo entenderme contigo sin sacar algún aumento o pérdida en mi propia valía personal. Somos espejos los unos de los otros. Nos percibimos a nosotros mismos en la retroalimentación de las reacciones del otro. Continuamente estamos contribuyendo en forma positiva o negativa con nuestras propias reacciones a la imagen del otro. Yo puedo saber que soy valioso única- mente en el espejo de tu cara sonriente, únicamente en el amable tono de tu voz y en el delicado contacto de tu mano. Y tú, por tu parte, puedes comprender lo que vales únicamente en mi rostro, en mi voz y en mi contacto. “Todo lo que ellos necesitan es un poco de comprensión y de amor”…

Como resumen: los ojos del amor ven en cada uno de los demás, no a una, sino a dos personas: a la lastimada y enojada, así como a la buena y talentosa. En esta forma amó Jesús a personas como Zaqueo y María Magdalena y a los doce apóstoles, para que tuvieran plenitud de vida. El preludio esencial para el amor es siempre la empatía, que quiebra nuestra propia fijación, centrada en nosotros mismos y proporciona a la otra persona el inestimable y agradable sentimiento de ser comprendida. Cuando con nuestra empatía escuchamos y ofrecemos el corazón, debemos ir adelante para responder a las necesidades con- cretas de aquellas personas a quienes amamos. Las dos necesidades concretas de las que podemos estar seguros son: el don de nosotros mismos, mediante la revelación propia a los demás, y el don de nuestra afirmación del valor de la otra persona.

Al principio de este capítulo llenamos una respuesta acerca de lo que pensábamos que la gente es, mediante la siguiente fórmula: “La gente fundamentalmente es (esto)”. Una respuesta segura es que la gente es necesitada. Podremos quizá ocultar indefinidamente nuestra necesidad de ser comprendidos y amados, pero todos estamos sedientos de que nos comprendan y hambrientos de que nos amen. Solamente saciando nuestra sed por medio de la comprensión y nuestra hambre por medio del amor, podremos llegar a ser la persona plenamente viva que el Señor nos ha llamado a ser. Esta es la forma como Jesús nos ve y su visión clave nos invita a utilizar este mismo modo de vernos los unos a los otros.

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Estimado Padre,

Me parece que esta es la primera vez que le escribo unas líneas, no encuentro ninguna razón para saber porqué no lo había hecho antes, creo que lo más acertado es lo que usted dice: “cada cosa a su tiempo”.      

Lo que si sé es que me resulta muy difícil manejar las situaciones cuando alguien juega el mismo juego que yo, y con esto no quiero decir que esté jugando con usted, me refiero a que en muchas ocasiones (no en todas) usted sabe lo que estoy pensando y usa las mismas tácticas que yo para que me acerque a usted, es por eso que a veces me tardo tanto en contarle “mis penas”.

El que me abrí me decía usted que sabía que yo me sentía celosa de su amistad con otras personas, en partes sí y en partes no; sí porque como la mayoría de las personas queremos atención personalizada en todo momento y no porque yo sé que no me había acercado porque entonces habría alguien que me diría las cosas sin tratarme como a una pieza de cristal y ese alguien obviamente sería usted.

También tengo que reconocer que no coincido con algunas ideas locas que a veces se le trepan a la cabeza y que cuando se enoja me molesta que no quiera oír razones, pero lo entiendo, no es fácil trabajar con esa bola de pubertos que lo rodean. Pero eso me hace reconocer aún más su humanidad y la lucha constante que libra, no puedo confirmar sus puntos buenos ni sus puntos malos, pero aprendo de su capacidad para relacionarse y por lo tanto comunicar (cuando quiere, porque de que se cierra, se cierra) y esa capacidad ha reconocido en mí a una mujer, que se negaba salir, que coqueteaba por vanidad y que escondía sentimientos.

No soy muy fácil de tratar, pero tampoco usted, así que eso me parece un reto y creo que para usted también y es mejor aún cuando ese reto es para reblandecer este dormido corazón y todavía mejor cuando la otra parte (usted) tiene una mente ágil y abierta.

Gracias, gracias por no ser como todos esperamos.

                                                          Alguien a quien le cuesta relacionarse con ud.

Reflexionar:

  1. ¿Qué pretende la persona que escribe con esta carta?
  2. ¿Qué dificultades encuentra la persona para relacionarse y abrirse?
  3. ¿Qué prejuicios tiene la persona para acercarse y relacionarse?
  4. ¿Qué dificultades tienes tú para relacionarte con el guía espiritual y los demás del grupo?
  5. ¿Cómo se define la persona que escribe y como define su reto personal en el porvenir?
  6. ¿Cuál es tu reto a futuro en el grupo?

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Objetivo: Aprender que la visión que tengo de los demás depende de mi manera de enfrentar y ver los asuntos.

Lectura o relato del Cuento

Se dice que hace tiempo, en un pequeño y lejano pueblo, había una casa abandonada. Cierto día, un perrito buscando refugio del sol, logró meterse por un agujero de una de las puertas de dicha casa. El perrito subió lentamente las viejas escaleras de madera. Al terminar de subir las escaleras se topó con una puerta semiabierta; lentamente se adentró en el cuarto. Para su sorpresa, se dio cuenta que dentro de ese cuarto había mil perritos más observándolo tan fijamente como él los observaba a ellos. El perrito comenzó a mover la cola y a levantar sus orejas poco a poco. Los mil perritos hicieron lo mismo. Posteriormente sonrió y le ladró alegremente a uno de ellos. ¡El perrito se quedó sorprendido al ver que los mil perritos también le sonreían y ladraban alegremente con él! Cuando el perrito salió del cuarto se quedó pensando: -¡Qué lugar tan agradable! ¡Voy a venir más seguido a visitarlo!

Tiempo después, otro perro callejero entró al mismo sitio y se encontró entrando al mismo cuarto. Pero a diferencia del primero, este perro al ver a los otros mil perritos del cuarto se sintió amenazado ya que lo estaban viendo de una manera agresiva. Posteriormente empezó a gruñir; obviamente vio como los mil perritos le gruñían a él. Comenzó a ladrarles ferozmente y los otros mil perritos le ladraron también. Cuando salió del cuarto pensó: -¡Qué lugar tan horrible es éste! ¡Nunca más volveré a entrar allí!

Ya afuera tornó la cabeza y vio, en el frente de dicha casa, un viejo letrero que decía: “La casa de los mil espejos”.

Reflexionar:

1.- Leer y comentar después este relato. ¿Qué nos dice? ¿Qué conclusiones sacamos

2.- El relato terminaba con este aserto anónimo: “No somos responsables de la cara que tenemos, somos responsables de la cara que ponemos”. ¿Estamos de acuerdo? Ponemos ejemplos de lo que hemos visto en otros o de nuestra propia experiencia.

3.- Recordar otra frase: “A partir de los cuarenta años, cada uno de nosotros somos responsables de la cara que tenemos”. 0 sea: vamos configurando nuestro rostro según lo que hemos vivido… ¿Cómo queremos que sea nuestro rostro? ¿Qué podemos hacer ahora para ello?

4.- ¿Qué tiene a que ver este relato con nuestro grupo?

5.- ¿Cómo vemos a los demás? ¿Qué imagen proyectamos sobre los demás?

6.- ¿Qué tengo o tenía adentro de mi corazón que he proyectado: ¿quería mandar? Vi gente que quería mandar; ¿quería ser líder? Vi gente que amenazaba mi liderazgo; ? ¿Soy mitotero o mitotera? Vi gente que amenazaba con chismes; … vi proyectada mi imagen de…

7.- ¿Qué pienso hacer para un camino nuevo? ¿cómo voy a demostrar esto?

8.- ¿Estoy dispuesto a perdonar y a ser perdonando? ¿cómo voy a demostrar esto?

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Objetivo: Centrar la visión de uno mismo en una perspectiva cristiana

MOTIVACIÓN: Ejercicio de Imaginación: La silla vacía (un experimento)

Ponte en una posición cómoda, en la silla o en el suelo. Cierra los ojos. Suelta tus músculos, relaja tu cuerpo y cierra los ojos. Respira suavemente, inhala… y exhala… inhala… y exhala… inhala… y exhala… inhala… y exhala… inhala… y exhala… huye de los ruidos exteriores y entra en tu interior…, escucha tu corazón…siente cómo palpita en todo tu cuerpo, en tus sienes… en tus manos… en tu pecho… entra en él…

Imagínate una silla a unos tres metros de distancia de ti. Fíjate, por favor, en el aspecto de la silla, su peso, su anchura, su color. Fíjate también en el tipo de silla de que se trata: con respaldo recto o no, si es o no mecedora, tapizada, de madera… Cuando logres que la silla se convierta en algo vívido en tu imaginación, haz que alguien a quién tú conoces muy bien, salga de entre los bastidores de tu imaginación y se siente en la silla. Por favor, mira con mucho cuidado a esta persona y fíjate en el modo como te mira. Debes tomar nota de tu “captación sensorial” de esa persona: física (corporal) – emocional – y –perceptual. Todas tus experiencias previas con esta persona o “captación sensorial” tuya. Todo lo que has juzgado anteriormente acerca de esta persona -reacciones previas emocionales, recuerdos almacenados de pasadas experiencias con esta persona- todo esto plasmará y coloreará tu reacción y contribuirá ella.

Al terminar de captar estas reacciones, mira como la primera persona se levanta y se va. Luego una segunda persona, a quien tú conoces muy bien, viene y se sienta en la misma silla. Otra vez tú, conscientemente, registras tu “captación sensorial” de esta segunda persona.

Puedes comparar esta captación con la primera.

Cuando termines con estas dos personas, deja que una tercera entre al escenario y se siente en la silla, cara a cara contigo: ¡esa persona eres tú mismo!… Fíjate y aumenta cada vez más tu conciencia de la “captación sensorial” de ti mismo. Fíjate y recuerda la reacción inmediata que tienes ante ti mismo: cálida o fría, molesta o agradable, alegre o dolorosa, atractiva o repulsiva… Lo principal que hay que conservar es tu reacción de “captación sensorial” ante las tres personas mencionadas, la última de las cuales eres tú mismo.

Toma conciencia de ese sentimiento… siente la sangre cómo vitaliza y cómo se llenan de aire tus pulmones… respira suavemente, inhala y exhala… inhala y exhala… inhala y exhala… inhala y exhala… inhala y exhala… siente los ruidos exteriores, vuelve lentamente a la sala, y abre lentamente tus ojos… y acostúmbrate a la luz, estírate si así te sientes mejor…

Comentario:

* ¿Qué nos pareció el ejercicio?

* ¿Cómo nos sentimos?

* ¿De qué nos sirvió el ejercicio?

Ahora recuerda:

* ¿Te gustaste a ti mismo o te disgustaste?

* ¿Te sentiste cálido y amistoso, iluminado o ensombrecido por la imagen de ti mismo?

* ¿Qué te gustaría haberte dicho a ti mismo?

* ¿Qué te estaba diciendo el lenguaje de la cara y del cuerpo del “otro tú”?

Aporte a la reflexión:

El ejercicio que acabas de realizar es un esfuerzo por descubrir la imagen de ti mismo. Imaginar a las primeras dos personas sólo te sirvió de entrenamiento para que te fueras acostumbrando a la “captación sensorial”. La prueba real fue la reacción que experimentaste ante ti mismo. Tus pensamientos y tus juicios, tus sentimientos y tus re- cuerdos de ti mismo, todo ello alimentó Y determinó tu reacción.

La primera vez que hice este experimento, mi “otro yo” parecía dudoso e incómodo, como si se estuviera reprimiendo para evitar que lo criticaran. Instintivamente me sentí apenado por él. Repentinamente empecé a comprender que yo siempre había sido mi propio critico más constante y más severo. Yo nunca he sido capaz de revisar mis propias actuaciones. No he podido verme en una película o escucharme en una grabación. Siempre me ha costado trabajo leer lo que he escrito. El crítico que hay en mí siempre ha estado comentando: “¿Por qué dijiste eso? ¿Por qué no usaste otra ilustración? Tu voz tiene un tono muy alto y es nasal. Esa idea no fluye con claridad”. Cuando, después de la fantasía de la silla, caí en 1a cuenta de ello, me pedí perdón: “¡Hombre, perdóname! Yo nunca he sido de veras un amigo. Sólo he sido un crítico negativo. De ahora en adelante trataré de se, tu amigo. Me fijaré en tus cualidades y te las diré, y también tus debilidades. Me fijaré en tus talentos y tu bondad y también en tus defectos y limitaciones”…

La más importante actitud y sus efectos

Es indiscutible que la actitud de uno mismo para consigo mismo es la más importante de todas nuestras actitudes. Comparamos hace tiempo nuestras actitudes con los lentes de nuestra mente. Continuando con esta comparación, los lentes o la actitud que uno tiene hacia sí mismo, siempre están puestos sobre los ojos de nuestra mente. Los otros lentes o actitudes pueden o no estar sobrepuestos, cuando estamos reaccionando ante algo. Pero los lentes con que nos vemos a nosotros mismos siempre afectarán favorable o desfavorablemente el modo como vemos todo lo demás. De acuerdo con el asunto de que se trate, nuestras diferentes actitudes siempre están listas para interpretar, evaluar y dictar una respuesta apropiada. Pero ésta, con la que nos vemos a nosotros, siempre estará afectando todas nuestras actitudes, coloreando el modo como yo el modo como vemos cada parte de la realidad. Repetimos: indudablemente es la actitud fundamental de todos y, cada uno de nosotros.

Quizá la función más crítica, que es el resultado de la actitud hacia uno mismo, es ésta: cada uno de nosotros proyecta su propia imagen. Por ejemplo: si yo me percibo como un perdedor, actuaré como un perdedor; me acercaré a una persona desconocida o a una situación desconocida con mentalidad de perdedor. Todas mis esperanzas están coloreadas por esta percepción de mí mismo, como perdedor, y como sabemos, con mucha frecuencia la esperanza es la madre del resultado. La expectación del fracaso da a luz nuestros fracasos actuales, y ya cuando de hecho perdemos o fallamos, nos confirmamos en nuestra actitud derrotista: “¿Ya ves? Te dije que no eras bueno para eso. Has fallado otra vez”… Tremendo círculo vicioso…

Un cuento del folklore de los indios estadounidenses ilustra muy claramente esta verdad. Un indio encontró un huevo de águila, que se había caído de su nido y no se había roto. Como no pudo hallar el nido, el indio colocó el huevo en el nido de una gallina clueca, en la pradera. La gallina incubó el huevo; y aquel aguilucho, recién nacido, con sus proverbiales ojos penetrantes vio el mundo por primera vez… Y siguió mirando aquel mundo de gallinas y aprendió a hacer lo que ellas hacían: a escarbar la tierra, a picotear por aquí y por allá, a buscar granos y cáscaras. De vez en cuando se elevaba unos cuantos metros por encima de la tierra y luego descendía. Imitaba y aceptaba la rutina diaria de las gallinas de la pradera, que estaban ligadas a la tierra. Y así pasó la mayor parte de su vida.

Pero, dice el cuento, un día un águila sobrevoló los corrales de las gallinas. Entonces, aquella vieja águila, que seguía pensando que era gallina, miró hacia arriba aterrada y con admiración, mientras que aquel enorme pájaro se cernía por el cielo. “¿Qué es esto?”, jadeó asombrada. Una de las gallinas más viejas le dijo: “Yo ya he visto eso antes: es un águila, el más orgulloso, el más fuerte y magnífico de todos los pájaros… Pero no se te ocurra soñar que tú podrías ser como ella… Tú eres una de nosotras: una gallina de la pradera” … Y aquella pobre águila, impedida por esa creencia, vivió y murió pensando que era una gallina de la pradera…

Moraleja: así vivimos y morimos nosotros. Nuestra vida está determinada por el modo como nos percibimos a nosotros mismos. Las actitudes más importantes por medio de las cuales nos percibimos y evaluamos, nos dicen quiénes somos y describen el comportamiento adecuado para esa persona que nos dicen que somos. Vivimos y morimos de acuerdo con la percepción de nosotros mismos.

DINÁMICA DE LOS “ROTULOS”

Objetivo:

  • Tomar conciencia de los efectos de la actitud hacia nosotros mismos y que tal actitud determina no sólo la forma como actuaremos nosotros, sino también la forma como los demás van a actuar con nosotros.
  • Experimentar las presiones que ejercen las expectativas acerca de los diversos “roles” o funciones.
  • Mostrar los efectos de dichas expectativas en el comportamiento individual dentro de un grupo. Examinar los efectos que las mencionadas expectativas producen en el funcionamiento total de un grupo.  

Tiempo: 10 minutos.

Material: Etiquetas adhesivas (una por participante), cada uno de las cuales tiene que llevar uno de los siguientes “rótulos”. La frase tiene que estar previamente escrita antes de la dinámica. Las frases pueden ser:

“Apréciame”                             “Ignórame”                   “Aconséjame”

“Búrlate de mí”                         “Enséñame”                 “Ten compasión de mí”

“Ríete de mí”                            “Ayúdame”                   “Respétame”

“Dame una patata”                   “Sonríeme”                   Hazme caso a lo que te digo”

“Tócame la espalda”                “Juega conmigo”         “Hazme cariñito”

“Toma las distancias                “Felicítame                  “Mírame fijamente…”

“Mueve la cabeza como negación“

Desarrollo:

  1. Algunos animadores pegan en la frente de los participantes una etiqueta con una frase previamente escrita en ella, procurando que nadie pueda ver su propio rótulo.
  2. A continuación el animador hacer ver a todos que deben reaccionar para con los demás miembros del grupo, conforme a lo que aparece escrito en los respectivos rótulos, pero sin formular nunca lo que figura en ellos, porque esto deberá ser adivinado por el interesado en función de las reacciones que observe en los demás hacia él / ella. Cada uno tratará a los demás como lo dice la etiqueta, pero siempre con moderación y respeto.
  3. Por último se hace un plenario para que cada cual exprese lo que ha sentido ante las reacciones de los demás miembros del grupo.

Comentario:

* ¿Qué nos pareció el ejercicio?

* ¿Cómo nos sentimos?

* ¿De qué nos sirvió el ejercicio?

  1. El animador podrá resumir los papeles desempeñados.

Comediante:                 Ríete de mí

Consejero:                    Haz caso a lo que te digo

Desamparado:              Ayúdame

Perdedor:                     Ten compasión de mí

Insignificante:               Ignórame

Estúpido:                      Búrlate de mí

Persona importante:     Respétame

Ignorante:                     Enséñame

Necesitado de afecto: Apréciame

Inseguro:                       Aconséjame

 

Aporte a la reflexión:

Hay todavía otro efecto muy importante de la actitud hacia nosotros mismos. Tal actitud determina no sólo la forma como actuaremos nosotros, sino también la forma como los demás van a actuar con nosotros. Quizá en la primaria nos hicieron aquella travesura de colgarnos un letrero en la espalda, que decía: “Dame una patada”… Claro, nuestros compañeros nos dieron la patada… Pues bien, es cierto que nuestra actitud hacia nosotros mismos, el modo como nos percibimos, redacta un mensaje o letrero. Ese letrero que llevamos en la frente es un anuncio de quiénes somos. Les dice a los demás quiénes somos y los invita a reaccionar en una forma de-terminada.. Como nuestros compañeros en la primaria, la gente nos trata de acuerdo con ese letrero. Si mi letrero dice que yo no valgo mucho, conseguiré tantita atención, poquito respeto y apoyo. Y, al contrario, si el letrero redactado por mis actitudes hacia mí mismo, dice que yo soy una persona que merece respeto, seré tratado con respeto.

A esto que hemos escrito hay que añadir una nota referente a ese “letrero”, que mantenemos delante de nosotros y que refleja nuestras actitudes hacia nosotros mismos. Conscientemente podemos simular públicamente una personalidad que desmiente lo que en realidad pensamos y sentimos acerca de nosotros mismos. Podemos disfrazar nuestra ansiedad con una manifestación externa de arrogancia. Podemos aparentar seguridad, cuando por dentro estamos temblando de miedo… Con todo y eso, no iremos lejos, porque la mayor parte de la gente mira a través de nuestras máscaras transparentes. Hay un sexto sentido que nos hace descubrir si la persona está siendo genuina o si está adoptando una pose. Podríamos preguntarle a la persona que presume: “¿A quién estás tratando de convencer, a ti o a nosotros?”… De mil maneras subconscientes podemos tratar de ocultar -y de revelar públicamente-, las imágenes que tenemos de nosotros mismos. Como si tuviéramos colgado un letrero para que todos lo vieran, decimos a los demás en forma patente lo que realmente pensamos de nosotros mismos. La gente lee esos letreros nuestros, indiscretos y reveladores, y nos trata de acuerdo con lo que han leído.

La intuición humana puede ser tan precisa, que da miedo. La gente es mucho más perspicaz de lo que nosotros suponemos. Por todo esto, cuando las personas llevan sus problemas ante un consejero y le preguntan cómo pueden cambiar a los demás con quienes tratan, escuchan casi siempre este consejo: “Cambia tú primero, cambia primero tus actitudes hacia ti mismo, y los demás cambiarán (casi) automáticamente contigo“.

Amor a sí mismo y amor a los demás

Es un hecho que no podemos amar a los demás, si no nos amamos a nosotros mismos. El mandamiento del Señor es que amemos al prójimo como nos amamos a nosotros mismos. Una versión psicológica de este mandamiento podría ser la siguiente: “Ámate a ti mismo y podrás amar a tu prójimo”. El Jesús que yo conozco nos insiste en que dejemos nuestras balanzas, en que dejemos de medir lo que entra y lo que sale, en que hagamos del amor la regla y el motivo de nuestra vida. “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado”. Más aún, Jesús nos asegura: “Si hacen ustedes esto, serán muy felices” (Evangelio de san Juan 13, 17). Sin embargo, es crucial comprobar que nuestra actitud hacia nosotros mismos regula nuestra capacidad activa de amar a los demás. Lo difícil es que sólo en la medida en que nos amemos a nosotros mismos, podremos amar verdaderamente a los demás e incluso a Dios.

Si nuestra actitud hacia nosotros mismos es mutilante, nuestra capacidad para amar se disminuye proporcionalmente. Tener una pobre imagen de uno mismo es algo tan doloroso como una sangrienta guerra civil dentro de uno mismo. Esa pobre imagen magnetiza toda nuestra atención hacia nosotros mismos y nos permite muy poca libertad para salir hacia los demás. Cuando tenemos un dolor, aunque sea algo tan sencillo (!) como un dolor de muelas, nuestra disponibilidad hacia los demás se reduce. Si nuestra actitud hacia nosotros mismos nos deja con un dolor como de vacío, no tendremos ni fuerza n¡ deseos de salir hacia los demás. En cambio, a medida que nuestra actitud hacia nosotros mismos se hace más positiva y resistente, nuestro dolor se reduce en esa medida, y entonces somos más libres para descubrir las necesidades de las personas que nos rodean y para responder a ellas. Brevemente: mientras mejor sea la imagen de uno mismo, mayor será la capacidad para amar. Y al contrario, mientras más grande sea la distracción que tengamos por el dolor, tanto más pequeña será nuestra capacidad para ocuparnos de los demás y para amarlos.

Voy a ilustrar esta verdad con un recuerdo de mi pasado. Una brillante mañana de septiembre, en una escuela para muchachos, empezó mi carrera como maestro. Los maestros novatos habíamos recibido instrucciones para que fuéramos tan eficientes como los negociantes: hábiles, claros, simpáticos, inspiradores… Nos advirtieron que no empezáramos a sonreír sino hasta Navidad. En otra forma, los bribones adolescentes se nos subirían a las barbas. Y recuerdo esa mañana de septiembre…, cuando sentía fuertes mareos y la vaga esperanza de recordar mi nombre… Todo aquel primer año de enseñanza, que fue un verdadero bautismo de fuego para mí, la única pregunta que me importaba era ésta: “¿Qué tal lo estaré haciendo?”… Mi interés por enseñar bien y mantener la disciplina se centraban en mi deseo de triunfar como maestro. Estaba tan preocupado en captar y responder a las necesidades de mi propia inseguridad, que mi capacidad para comprender las necesidades de mis alumnos y para responder a ellas estaba reducida al mínimo.

Pero gradualmente me fui dando cuenta de que en realidad yo era un maestro competente (¡modestia aparte!). A medida que ganaba confianza en mí mismo, mis ansiedades internas sobre mi éxito personal y el temor a fracasar fueron disminuyendo. Así, mi capacidad para atender a las necesidades e intereses de los alumnos fue creciendo proporcionalmente. Sentí entonces que, de la pregunta centrada en mí mismo: “¿Cómo lo estaré haciendo?”, me desplazaba hacia la pregunta más amorosa: “¿Cómo les está yendo a ustedes, mis alumnos?”.

Exactamente lo mismo pasa con nuestra actitud hacia nosotros mismos. Si enfocamos principalmente nuestras limitaciones, si recordamos vívidamente nuestros fracasos y vemos en nosotros únicamente los valores dudosos, entonces nos preocuparemos sólo de nosotros mismos. Siempre nos estaremos preocupando nerviosamente: “¿Cómo lo estoy haciendo?”… La ansiedad interna, el sentimiento de inferioridad, el temor de fracasar, nos dejarán muy poca libertad y disponibilidad para descubrir las necesidades de los demás y responder a ellas. Pero, a medida que en forma lenta y segura vayamos tomando una actitud más saludable hacia nosotros mismos, lograremos aumentar nuestra capacidad para ocuparnos de aquellos a quienes Jesús nos pidió que amemos.

Lista de mis cualidades agradables

Estoy convencido personalmente de que solamente amándome de veras a mí mismo, seré capaz de amar a mi prójimo y a mi Dios. Y este amor es la ambición de mi vida. A él se lo he apostado todo. Por eso trato de equilibrar mis esfuerzos por atender a las necesidades de los demás y contribuir al Reino de Dios, con el trabajo mío consciente de incrementar mi propia imagen. Lo que más profundamente deseo es, con la gracia de Dios, hacer de mi vida un acto de amor. Y sé que el primer paso indispensable es amarme a mí mismo, reconocer y apreciar los singulares dones personales que Dios me ha concedido. Por eso he hecho una lista alfabética de todo lo que me gusta de mí mismo. Incluye todo, desde el color de mis ojos y mi amor a la música, hasta la profunda e instintiva compasión que siento por aquellos que sufren.

Guardo mi lista en el cajón central de mi escritorio por dos razones: está cerca y a la mano para leerla cuando me siento deprimido. Además, la tengo a la mano para añadir alguna nueva cualidad que descubro. La segunda razón parecerá graciosa. Yo les digo a los demás que en el cajón central de mi escritorio hay una lista que, en caso de que yo muera repentinamente, les servirá para redactar mi semblanza… Esta lista me sirve, además, en otros casos. A veces me viene a ver una persona que sufre problemas debidos a actitudes mutilantes consigo misma. Les sugiero entonces que escriban una lista como la mía. Cuando se asombran y me dicen que no les estoy hablando en serio, saco mi lista, se la enseño y los dejo que la lean (¡En mi lista tengo unas trescientas anotaciones!… )

Asimismo, cuando las personas me echan una flor, mi reacción espontánea, medio en broma, medio en serio, es pedirles que me expliquen “la flor”: “Porque me ayudará a aumentar el aprecio a mí mismo y mi gratitud a Dios, que ha sido tan bueno conmigo”. La línea fundamental es ésta: mi única oportunidad para amarlos a ustedes y a Dios se basa en mi habilidad para apreciarme y amarme a mí mismo y por eso me empeño en esto. Amarnos a nosotros mismos es nuestra única oportunidad para tener una vi- da feliz. Más aún, si una persona se ama de veras a sí misma, no habrá muchas cosas que puedan hacerla infeliz. Esa persona vivirá internamente aislada en contra de la aspereza y la crítica malévola. Podrá aceptar y gozar de veras el amor de los demás. Como remate de todo esto: si de veras me amo a mí mismo, veinticuatro horas al día estaré con una persona que me gusta.

Por otra parte, si no me amo a mí mismo, casi nada puede o podrá hacerme feliz. Sentiré que la crítica me despedaza, porque en secreto creo que me la merezco. No seré capaz de aceptar los cumplidos, ni el ofrecimiento de amor que me hagan los demás, porque pensaré: “Si de verdad me conocieras, no me amarías”. Si la gente insiste en amarme, voy a tener que preguntarles por qué me quieren y averiguar sus puntos de vista. Las oscuras sombras y las distorsiones de una actitud mutilante hacia mí mismo y el modo como yo me percibo a mí mismo decolorarán y distorsionarán todo lo que yo vea. No me cansaré de repetir que para mí es obvio que una actitud sana de aprecio a sí mismo es esencial para tener un alma llena de paz y para lograr una vida feliz.

El peligro del amor propio o del orgullo

Podríamos preguntarnos en este punto: “¿Puede una persona amarse a sí misma demasiado?”’. Me atrevo a afirmar, casi sin temor a equivocarme: “¡No!”. En cambio, estar centrado en sí mismo no es producto del amor a sí mismo, sino del dolor; es el resultado de una imagen pobre de sí mismo. Supongamos. que una persona centrada en sí misma tiene un dolor de muelas o un dolor de vacío interno. Esta pobre persona intenta llenar el vacío doloroso con presunción, con impresionantes contactos sociales, con poses autoritarias en todos los asuntos, grandes y pequeños. Lo que parece exceso de amor a sí mismo, de hecho manifiesta una ausencia de amor a sí mismo. Erích Fromm prueba muy bien que el egoísmo y el amor verdadero de sí mismo se oponen radicalmente. No se desliza uno impensadamente desde el aprecio verdadero de uno mismo hasta la trampa del egoísmo. En realidad, cuanto mayor sea el aprecio de uno mismo, menos peligro habrá de caer en el egoísmo.

Entre el amor a sí mismo y la virtud cristiana de la humildad no hay una oposición. San Ambrosio propuso que “la perfecta expresión de la humildad” se encuentra en el “Magnificat” de María, la madre de Jesús. Según el Evangelio, el marco era el siguiente: Isabel, prima de María, iba a dar a luz a su hijo (Juan el Bautista). Era una costumbre judía que todas las parientas fueran a visitar a la futura madre, para ofrecerle su ayuda en el tiempo del parto. Me imagino yo que María, además de querer ayudar a Isabel, quería compartir con ella el secreto de su propio vientre. Sea de esto lo que fuere, María, poco después del mensaje del ángel a ella, se puso en camino desde Nazaret hasta Aim Karim, suburbio de Jerusalén, situado al suroeste de la capital. Cuando llegó María, Isabel se sorprendió. “¿Por qué este honor de que la madre de mi Señor venga a mí?”.

Podemos representarnos la escena: María se arroja calurosamente en brazos de su prima y exclama: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Santo es su nombre”. (Evangelio de san Lucas 1, 46-49)

En estas palabras, san Ambrosio encontró “la perfecta expresión de la humildad” … Lo primero que implica la virtud de la humildad es un agradecimiento sincero de todos los dones de Dios. En segundo lugar, reconoce que todos estos dones son precisamente dones. Nadie puede reclamarle a Dios. Todos los dones que nos hace proceden totalmente de su bondad y no de nuestros merecimientos. Por su exclusivísima sonrisa, Dios nos ha dotado a cada uno de nosotros con ciertos dones exclusivos que nadie, aun- que nos conozca bien, podría conocer. Nadie sabe todo aquello en que nuestro Padre nos ha bendecido. Y si nosotros no hemos apreciado estos singulares dones, de veras hemos sido muy ingratos con nuestro generoso y buen Dios. Un maestro sabio y anciano enseñaba un día a un grupo de jóvenes y fogosos estudiantes. Les dijo que fueran a buscar junto al camino una florcita ignorada. Les pidió que estudiaran un rato la flor. “Consigan una lupa y estudien las delicadas venas de los pétalos y fíjense en los matices del color. Adviertan también la simetría de los pétalos. . . Y recuerden, si ustedes no hubieran encontrado y admirado esta flor, ella hubiera quedado en el olvido”… Cuando regresaron a clase, después de cumplir la tarea, el anciano maestro observó: “Las personas son como las flores: cada quien ha sido cuidadosamente hecho y singularmente dotado. Pero…, tú tienes que emplear tu tiempo con ellos para que ellos sepan esto. Y hay mucha gente ignorada y no apreciada, porque no hay quien se ocupe de ellos y admire lo singulares que son”. Pues en un sentido muy verdadero, cada uno de nosotros es una obra maestra única de Dios.

El único y singular tú

Obviamente -y espero que mi sugerencia no se interprete como narcisismo- el lugar y la persona con quien hay que comenzar es con uno mismo. Carl Jung dice que todos sabemos lo que dijo Jesús sobre el modo de tratar al último de sus hijos… Pero a continuación Jung pregunta: “¿Qué pasaría si tú descubrieras que ese último hijo de Dios fueras tú?… ¿Si te juzgaran a ti como el último de sus hijos únicamente por lo bien que te hubieras apreciado y amado a ti mismo, te darían una espléndida sentencia absolutoria?”.

El verdadero aprecio de nuestra singularidad personal nos lo ofrece a cada uno de nosotros la verdad que nos libera de esos penosos e inacabables combates. Dios nos dice a cada uno de nosotros: “Tú eres único e individual. Exclusivamente tú desde toda la eternidad; y en toda ella sólo habrá un tú a quien yo amo con amor eterno. Yo no enriquezco mis ideas ni tampoco las empobrezco. Por eso el pensamiento de ti ha estado siempre en mí. Y tu imagen siempre ha tenido un lugar acogedor y especial en mi corazón. Yo te he otorgado un papel muy importante que realizar en mi mundo. Tú tienes un mensaje único, que transmitir; una canción única, que cantar; un acto de amor único, que entregar… Este mensaje, esta canción, este acto de amor, te han sido con-fiados a ti, en exclusiva, a tu individual y único tú”.

La palabra de Dios nos lo asegura:

“Había muchos mundos posibles que yo hubiera podido haber creado. Podría haber hecho un mundo sin ti… Pero, ¿no te das cuenta de que yo no quiero un mundo sin ti? Un mundo sin ti hubiera sido incompleto para mí. Tú eres el hijo de mi corazón, la delicia de mis pensamientos, la niña de mis ojos. Por supuesto yo hubiera podido hacerte diferente: más alto, más bajo…, de diferente nacionalidad y con otra cultura, con un conjunto distinto de dones… Pero yo no quería un tú diferente. Este “tú” es el que yo amo… Exactamente como cada granito de arena en la playa del mar, como cada copo de nieve que cae en invierno tiene su composición y estructura propia y única, así tú estás compuesto y estructurado única y exclusivamente, como ningún otro ser humano. Este “tú” es el que yo amo y siempre he amado y siempre amaré. Si tú pudieras bajar un día a tus profundidades internas y sentir que tú eres una persona a quien solamente su madre podría amar…, recuerda mis palabras: “Aunque una madre se olvidara del hijo de sus entrañas, yo nunca me olvidaré de ti” (Isaías 49, 15).

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  • Es necesario reconocer, al finalizar este retiro, que a lo largo de nuestra vida hemos sentido el soplo de la gracia de Dios. Pero durante estos tres días fue necesario hacerles experimentar un momento de Gratuidad por la respuesta al llamado que cada uno recibió del Señor respondiéndole a Él con muchas ganas y sacrificio.
  • Durante estos tres días de completo abandono a las manos de Dios han descubierto la presencia de Dios desde sus primeros latidos en el vientre de sus madres hasta este día…
  • Pero antes de regresar a nuestros hogares y luego de experimentar en nosotros la grandeza de Dios… es necesario evaluar nuestro retiro.
  • Desde el comienzo de nuestro retiro te invitamos a abandonarte en Dios ¿Fue difícil abandonarse y disponerse plenamente en las manos de Dios?
  • ¿Cómo pueden evaluar este retiro de gratuidad… han vivido algo similar, sintieron que el mismo Señor agradece de su trabajo vivido a lo largo de este año?
  • ¿Que rescatan de este retiro?
  • Antes emprender nuestro rumbo a nuestras casas es necesario finalizar a la orilla del ALTAR agradeciendo al Señor por la oportunidad que nos regaló este día donde vivimos íntimamente en las manos de nuestro Padre Celestial.

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El hijo mayor estaba en el campo y, al volver y acercarse a la casa, oyó la música y los bailes. Llamó a uno de los criados y le preguntó qué significaba aquello.

Y éste le contestó: Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el ternero cebado porque lo ha recobrado sano.

El se enfadó y no quiso entrar y su padre salió y se puso a convencerlo.

Él contestó a su padre: Hace ya muchos años que te sirvo sin desobedecer jamás tus órdenes, y nunca me diste ni un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos.

Pero llega este hijo tuyo, que se ha gastado tu patrimonio con prostitutas, y tú le matas el ternero cebado.

El padre le respondió: Hijo, tu estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero tenemos que alegrarnos y hacer fiesta porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido encontrado.

El hijo mayor sirve, obedece las órdenes del Padre, pero… no con amor desinteresado. Vive en casa del Padre, pero interiormente está lejos del Padre.

A veces en el mundo hay más hijos mayores: hombres rectos que por afuera trabajan y cumplen sus obligaciones, se ven buenos, sin embargo, interiormente llevan esta vida como una carga, esperan que todo se les admire y agradezca, están llenos de amargura, orgullo, egoísmo, resentimiento, celos y envidia. Estos hombres tampoco pueden encontrar la verdadera felicidad.

 

Reflexiona

¿Vivo yo como el hijo mayor?

¿Tengo el valor de reconocer que a veces mi buena conducta, no es tan transparente como parece o quisiera?

¿Me arrepiento de esto?

¿Cómo puedo curarme, si tantas veces he tratado con mis propias fuerzas de cambiar?

Solo puedo ser curado desde arriba, desde Dios. Si para mí es imposible, para Dios no hay nada imposible.

EL GRAN AMOR DE DIOS

 

Los dos hijos necesitan el perdón de Dios, el sanar. Los dos necesitan volver a casa. Los dos necesitan el abrazo de un Padre misericordioso.

El Padre nunca compara a sus dos hijos, los ama por igual. Si todos los hombres tenemos por igual el amor de Dios ¿por qué vivimos comparándonos unos con otros?

Tu felicidad verdadera proviene de saber que eres HIJO de Dios, que El te ama infinitamente, de una manera gratuita y que siempre tiene los brazos abiertos para recibirte de regreso.

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