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Archive for the ‘Espíritu Santo’ Category

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Temor de Dios

Ven, Espíritu Santo, y derrama sobre nosotros el don de TEMOR DE DIOS

Ángel Moreno

 

En un primer momento, la interpretación del significado de este don puede alimentar reacciones religiosas naturales de miedo ante Aquel que puede castigar, porque es Todopoderoso y, atribuyéndole reacciones a la manera de los humanos, se piensa que si se le ofende y tiene poder, puede responder de forma airada, vengativa, de la que no se puede huir ni esconderse, porque Él lo ve todo, lo sabe todo. Esta interpretación dista mucho de lo que significa el don de Temor de Dios del Espíritu Santo.

Se trata de un temor filial, reverencial, que evita ser temerario por excesiva seguridad en uno mismo. Es camino de humildad, de ser conscientes de la naturaleza frágil, pero a su vez con la certeza del acompañamiento de quien ha prometido estar a nuestro lado.

Si recordamos las palabras de Jesús, que dice explícitamente: “El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho. Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14, 26-27), la explicación del don de Temor de Dios y su vivencia deberán ser compatibles con el Evangelio.

Es diferente tener un corazón contrito, humilde, confiado, que estar atemorizado. El don del Espíritu mueve a dolor por haber ofendido a Dios, deja sentir la ingratitud que supone el pecado, la desobediencia a su voluntad. Pero siempre debe ser un sentimiento sereno, por la certeza de la misericordia divina.

El don de Temor de Dios, don del Espíritu, es muy necesario en todo tiempo para no errar en el trato con Dios, proyectando sobre Él deísmos que confunden y apartan de la fe. Actualmente, se justifica el exilio que algunos deciden de abandonar la Iglesia, en razón de la imagen terrible que se ha predicado de Dios. Sin caer en otra posible manipulación, como sería presentar a un dios bonachón, el Espíritu nos concede la respuesta de mantener una actitud de respeto y de confianza, a la vez, de temor a la propia debilidad y de amor.

El don de Temor significa responsabilidad en la administración de los dones recibidos y preocupación por ser solidarios con ellos y fieles a la gracia. “Queridos míos, purifiquémonos de toda mancha de la carne y del espíritu, consumando la santificación en el temor de Dios» (2 Cor 7, 1).

“¡Ven, Espíritu Santo, infúndenos el don de Temor de Dios!”

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Piedad

Ven, Espíritu Santo, y derrama sobre nosotros el don de PIEDAD

Ángel Moreno

 

Por el don de piedad nos hacemos conscientes de nuestra identidad de hijos adoptivos de Dios y de la fraternidad humana. Hijos en el Hijo, creados a imagen del Primogénito por el Hálito divino. Esta identidad, por gracia del Espíritu, se explicita en actitud dócil y respetuosa para con Dios y en gestos entrañables y solidarios para con los hermanos.

Por el don de piedad, el corazón de piedra se convierte en corazón de carne. “Yo les daré un solo corazón y pondré en ellos un espíritu nuevo: quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que caminen según mis preceptos, observen mis normas y las pongan en práctica, y así sean mi pueblo y yo sea su Dios.” (Ez 11, 19-20)

Ternura de Dios infundida en el corazón humano, entrañas divinas, prolongadas por los gestos piadosos de todos los que han sido hechos a imagen del Creador. Y ningún gesto más piadoso que el de María, la mujer que acogió en su seno al Verbo, que ella tomó carne, y de ella nació y por ella fue amamantado. El Hijo amado de Dios creció en el regazo de la Nazarena, balbuceó las primeras palabras ante la mirada silenciosa y contemplativa de María. Murió en la presencia fuerte de la Mujer bendita, que recibió el cuerpo yacente de Jesús con el dolor de una nueva maternidad.

La Piedad se aplica a María, el sexto dolor, y en ella recibimos la enseñanza de cómo relacionarnos con quien amó tanto al mundo que le entregó a su Hijo, y con los que han sido redimidos por la sangre redentora.

Por el don de Piedad se vence todo inclinación intolerante, violenta, impaciente, y se reacciona con ternura, amabilidad, comprensión, perdón. Es el don que hace posible la convivencia por los sentimientos compasivos, fraternos, que nacen de la experiencia de llamar “Padre” a Dios, y de tratarlo como dador del don de la vida, participación sagrada que los humanos tenemos en Aquel que es la Vida.

Estamos invitados a acrecentar la civilización del amor, de la belleza, de la bondad, y no hay forma más elocuente de hacerlo que convertirnos en prolongadores, por gestos religiosos y humanitarios, de la vocación y mandamiento que nos dio Jesús, nuestro hermano mayor.

“¡Ven, Espíritu Santo, infúndenos el don de Piedad!”

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Ciencia

Ven, Espíritu Santo, y derrama sobre nosotros el don de CIENCIA

Ángel Moreno

 

Si por el don de Sabiduría llegamos al conocimiento de los misterios divinos, del Amor creador, por el don de Ciencia se nos concede valorar rectamente las realidades temporales, la creación.

Los juicios de valor sobre los hechos, los acontecimientos, los medios, suelen estar afectados por ideologías, partidismos, intereses, parcialidades subjetivas, deformación…

El relativismo, la cultura actual, los afanes políticos, las corrientes de pensamiento dominante suelen determinar el modo de comprender, de estimar o de rechazar las distintas realidades.

Cabe acoger o rechazar la revelación, someterla a los criterios humanos o aceptarla como luz que ilumina toda la historia.

“La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron” (Jn 1, 9-11).

Jesús, en diversas ocasiones, advierte del riesgo de pensar según el mundo y no según Dios. A su vez, nos promete el regalo del Espíritu de la Verdad, que nos guiará a la verdad plena. Don que debemos pedir y acoger, para obrar con rectitud de corazón y con la mayor objetividad.

“Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros.” (Jn 14, 16-17)

La verdad nos hace libres. Por la presencia del Espíritu en el corazón de los creyentes es posible permanecer con criterio diferente, en un ambiente hostil, sin caer en posiciones fundamentalistas, sino como servidores de la verdad. “Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio” (Jn 15, 26-27).

Por el don de Ciencia se nos concede el detector para discernir la verdad de la mentira, y se nos hace posible estimar la creación entera como criaturas, descubrir la belleza y armonía que contiene todo lo creado, sin caer en ninguna idolatría.

“¡Ven, Espíritu Santo, y concédenos el Don de CIENCIA”!

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Consejo

Ven, Espíritu Santo, y derrama sobre nosotros el don de CONSEJO

Ángel Moreno

 

El don de Consejo es necesario para saber elegir en el día a día lo que Dios quiere, no sólo lo que es lícito, sino lo que es mejor; es tener el discernimiento interior para optar por “lo bueno, por lo que le agrada a Dios, por lo perfecto” (Rm 12, 2). De este don depende la conciencia formada y recta, la delicadeza y sensibilidad de la misma conciencia.

Gracias al Don de Consejo, se apuesta por la voluntad divina, se sigue la insinuación del Espíritu. El salmista “bendice al Señor que le aconseja, que hasta de noche le instruye internamente” (Sal 16 [15], 7).

 

San Pablo, después de su conversión, da testimonio de cómo siguió la directriz del Espíritu: “Cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que lo anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia…” (Gal 1, 15-17).

 

Por la obediencia al don de Consejo se acierta en la elección de forma de vida, en el discernimiento de la vocación. Para seguir la insinuación del Espíritu Santo se debe permanecer atento a los signos que acompañan sus sugerencias; Él es el Abogado, el Defensor, el Paráclito.

 

El Espíritu actúa sin violencia y es fiel. No se impone, a pesar de que no cesa en su acompañamiento. No compite, pero se deja notar por la paz del corazón. No abandona, aunque se tarde en percibirlo. Es como el ojo de la conciencia, el oído del corazón, la luz en el horizonte, hacia donde se deben dirigir los pasos.

 

En el bautismo se nos concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo mediante sus dones (CIC 1266). Por la Confirmación se “aumentan en nosotros los dones del Espíritu Santo” (CIC 1302). El Espíritu se comunica a través de mediaciones. “En la formación de la conciencia, la Palabra de Dios es la luz de nuestro caminar; es preciso que la asimilemos en la fe y la oración, y la pongamos en práctica. Es necesario también examinar nuestra conciencia en relación con la Cruz del Señor. Estamos asistidos por los dones del Espíritu Santo, ayudados por el testimonio o los consejos de otros y guiados por la enseñanza autorizada de la Iglesia.” (CIC 1785)

 

¡”Ven, Espíritu Santo, e infúndenos el don de CONSEJO”!

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Entendimiento

“Ven, Espíritu Santo, y derrama sobre nosotros el don de ENTENDIMIENTO”

Ángel Moreno

 

El don de Entendimiento abre al conocimiento creyente de los Misterios de la Salvación, traspasa la frontera de lo natural y comprende lo que subyace y se encierra en cada una de las verdades de nuestra fe; fortalece el don de la fe.

Sorprende hasta qué extremo es necesario este don del Espíritu. Ni María, la madre de Jesús, ni San José comprendieron la respuesta de Jesús, cuando lo encontraron en el templo, en Jerusalén (Lc 2, 50). 

Constantemente, Jesús se encontraba con que no se comprendían sus palabras. Por ejemplo, ante la pregunta que le hicieron: “«¿Quién eres tú?» Jesús les respondió: «Desde el principio, lo que os estoy diciendo. Mucho podría hablar de vosotros y juzgar pero el que me ha enviado es veraz, y lo que le he oído a él es lo que hablo al mundo». No comprendieron que les hablaba del Padre.” (Jn 8, 25-27).

La adhesión a Jesucristo como Hijo de Dios es por fe, por don del Espíritu. Cuando Jesús preguntó a los suyos: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Replicando, Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.» (Mt 16, 15-17)

Desde nuestra naturaleza y esfuerzo podemos investigar sobre las verdades reveladas, y llegar a objetivar los datos bíblicos con apoyo arqueológico, filológico o histórico, pero la opción de seguir a Jesucristo como Señor, Hijo de Dios, no es posible sin el don de la fe, sin el don de Entendimiento, por el que se nos da una comprensión distinta, teologal, de la revelación, y por el que se llega a la oblación de la mente, sin dejar de ser coherente con la razón.

Jesús les dijo a los dos discípulos de Emaús: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas!» (Lc 24, 25). Y en tantos momentos nos sentiremos nosotros incluidos en la torpeza de querer interpretar las cosas de Dios desde nuestra razón. Y al no comprenderlas, hasta podemos justificar el éxodo de la fe.

“¡Ven, Espíritu Santo, ilumina los corazones de tus fieles con tu luz!” Sólo así podremos gustar lo que trasciende a toda sabiduría humana y permanecer en la certeza de lo que no podemos abarcar, pero sí aceptar y gustar.

El Don del Entendimiento fortalece el don de la fe, le presta la fuerza del testigo. No se arredra, ni se acompleja, porque comprende la verdad que encierran las palabras humanas con las que se explica el misterio divino.

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Sabiduría

“Ven, Espíritu Santo, y derrama sobre nosotros el don de SABIDURÍA”

Ángel Moreno

 

“Mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa  del Padre, «que oísteis de mí: Que Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días».” (Act 1, 4-5)

 

Semana de intensa oración, de súplica ecuménica, en comunión con toda la Iglesia, en obediencia al mandato de Jesús, para que sigan sucediendo las maravillas de Pentecostés.

 

La oración continua de estos días la podemos repetir estando en casa y yendo de camino, es muy sencilla y esperanzadora: “Ven, Espíritu Santo”.

 

Pidamos que Él nos dé el don de Sabiduría, que es el afianzamiento en el Amor de caridad, en el amor que Jesús solicitó a Simón Pedro –“¿Me amas?”-, el amor con el que Él nos ha amado, el amor divino.

 

Cuando escuchamos de Jesús que nos ama con el amor con el que Él ha sido amado (Jn 15, 9), nos sentimos sobrepasados. Y cuando nos pide que nos amemos con el mismo amor con el que somos amados (Jn 13, 34), nos sentimos como el apóstol, sin poder igualarnos a quien es el Amor.

 

Sólo con el don de Sabiduría, don del Espíritu Santo, es posible responder adecuadamente al mandamiento de Jesús: “Que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15, 12). En esto conocerán que somos cristianos.

 

San Pablo nos anima, desde su propia experiencia: “La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.” (Rm 5, 5)

 

Sobrecoge la opción de Dios por el hombre. Era inimaginable que el amor de Dios se manifestara como lo ha hecho, entregando a su Hijo al mundo por amor. Dios es fiel, no se retracta de su promesa. Jesucristo es el testigo fiel, y nos ha prometido el don de su Espíritu.

 

Iconos de Pascua

Semana del Cenáculo

“Ven, Espíritu Santo, y derrama sobre nosotros el don de SABIDURÍA.”

 

“Mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa  del Padre, «que oísteis de mí: Que Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días».” (Act 1, 4-5)

 

Semana de intensa oración, de súplica ecuménica, en comunión con toda la Iglesia, en obediencia al mandato de Jesús, para que sigan sucediendo las maravillas de Pentecostés.

 

La oración continua de estos días la podemos repetir estando en casa y yendo de camino, es muy sencilla y esperanzadora: “Ven, Espíritu Santo”.

 

Pidamos que Él nos dé el don de Sabiduría, que es el afianzamiento en el Amor de caridad, en el amor que Jesús solicitó a Simón Pedro –“¿Me amas?”-, el amor con el que Él nos ha amado, el amor divino.

 

Cuando escuchamos de Jesús que nos ama con el amor con el que Él ha sido amado (Jn 15, 9), nos sentimos sobrepasados. Y cuando nos pide que nos amemos con el mismo amor con el que somos amados (Jn 13, 34), nos sentimos como el apóstol, sin poder igualarnos a quien es el Amor.

 

Sólo con el don de Sabiduría, don del Espíritu Santo, es posible responder adecuadamente al mandamiento de Jesús: “Que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15, 12). En esto conocerán que somos cristianos.

 

San Pablo nos anima, desde su propia experiencia: “La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.” (Rm 5, 5)

 

Sobrecoge la opción de Dios por el hombre. Era inimaginable que el amor de Dios se manifestara como lo ha hecho, entregando a su Hijo al mundo por amor. Dios es fiel, no se retracta de su promesa. Jesucristo es el testigo fiel, y nos ha prometido el don de su Espíritu.

 

“Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Rm 8, 38-39)

 

¡Ven, Espíritu Santo, y enciende en nosotros el fuego de tu Amor!

 

“Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Rm 8, 38-39)

 

¡Ven, Espíritu Santo, y enciende en nosotros el fuego de tu Amor!

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