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Archive for the ‘Espiritualidad’ Category

Trabajo y familia

El buen hijo de Dios trata de manifestarse (siempre) como tal. En la espiritualidad cristiana, ese empeño por ser siempreuno y el mismo, sin cambios, sin mutaciones, sin tener que disimular delante de nada ni de nadie, se ha venido a llamarunidad de vida. El mismo empeño con que uno se esfuerza por vivir la piedad en la Iglesia, lo aplica a luchar por practicar la caridad en casa o la laboriosidad en el trabajo. Un mismo fuego, el del Amor de Dios, hace arder todas las hogueras de la existencia cristiana.

En este sentido, resultan un testimonio particularmente negativo las personas que viven una doble vida. Cristianos reconocidos y aparentemente coherentes que tienen un trato injusto con sus trabajadores; o personas con cargos de importancia en la parroquia o en las comunidades cristianas que viven la vida familiar con evidente desapego y muy próximos a la desunión o a la infidelidad. Es muy dañino recibir mal de quien se espera lo mejor.

Un despliegue extraordinario de esa identidad de hijo de Dios, que vive en unidad de vida, se manifiesta en los dos contextos donde transcurre gran parte de la vida: el trabajo y la familia.

«Santificar el trabajo, santificarse con el trabajo, santificar a los demás, con el trabajo». Mediante esta tríada, san Josemaría resumía cómo debía ser la espiritualidad del trabajo. Santificar el trabajo o el estudio significa que se puede ser santo a través de ejercicio de cualquier trabajo, salvo aquellos que, al contravenir los mandamientos, van contra la ley de Dios. Cualquier labor, material o intelectual, es de suyo santificable: desde el trabajo de albañil en la construcción, hasta el de biólogo molecular, pasando por cualquiera de las miles de profesiones nobles que existen.
Santificarse con el trabajo hace referencia no tanto al objeto de la labor, sino al sujeto que trabaja. Al empeñarse en una determinada labor, me santifico. Santificarse con el trabajo significa realizar la tarea con esmero, compromiso y dedicación, no dejándola a medias o abandonándola por desánimo.

Finalmente, santificar a los demás con el trabajo admite, al menos, dos significados. El trabajo bien hecho, con empeño y buen humor, es instrumento de santificación de otras personas. En muchas ocasiones, el cristianismo se transmite por envidia; la envidia que da la alegría de un compañero de trabajo, así como la razón con la que aborda los problemas profesionales y personales. Se santifica a otros con el trabajo bien hecho porque es causa de admiración, y cuestiona a quien no sabe vivir de esa manera. El testimonio suscita la pregunta, y la pregunta acerca a muchas personas a Dios. Por otro lado, se santifica a otros con el trabajo a través del trato cotidiano con los correligionarios, de la amabilidad y confianza de hijo de Dios que uno es capaz de contagiar en los ambientes laborales. En definitiva, santificar a los demás con el trabajo guarda íntima relación con el apostolado, del que hablaré en el parágrafo siguiente.

Esta tríada puede ocupar espacio en nuestra conversación espiritual: si estudiamos con atención, si trabajamos con dedicación, si perdemos tiempo de las horas de trabajo, si nos empleamos en transmitir el amable rostro de Cristo a los compañeros, si buscamos hacer el ambiente más y más amable, o, por el contrario, es irrespirable… en fin, toda esa trama que conforma la única urdimbre de nuestra santificación en el estudio o en el mundo laboral.
Otro de los grandes «entornos» donde se desarrolla nuestra tarea —y muy unido al mundo del trabajo— es la familia. No es fácil entener que haya hombres piadosos, trabajadores ejemplares… que traten descuidadamente a sus hijos o con desprecio a sus cónyuges. La unidad de vida conforme a la caridad informa toda la existencia, también y especialmente la familia. No debería haber paréntesis o acontumbramientos en el ejercicio de la caridad.
Es muy probable que, mediante el acompañamiento espiritual, aprendamos a vivir en un continuo ajuste. Una familia es una realidad en permanente cambio: se pasa del enamoramiento al amor (de lo sensible a lo realmente fundado), nacen y crecen los hijos (y llega un momento en que abandonan el hogar), se plantea la decisiva cuestión de la paternidad responsable, cambian los horizontes profesionales, se crece en años (en defectos y en virtudes)… y finalmente, los esposos vuelven a estar juntos, «solos», con toda una vejez por delante, que en ocasiones no es fácil gestionar de modo alegre, disponible, servicial y abierto.
Tenemos que dejarnos ayudar para poder comprender mejor a nuestro cónyuge o a los hijos, en medio de este continuo fluir. Mediante el acompañamiento espiritual y el correcto discernimiento, sabremos en qué ocasiones es oportuno aplicar la corrección, o bien callarse (por amor). La ayuda espiritual muestra el camino para encajar las limitaciones propias y ajenas que aparecen con el paso del tiempo, así como el fomento de la esperanza sobrenatural cuando se resquebraja el ánimo por las dificultades de los hijos o por cualquier otra causa.

Cuenta conmigo, Fulgencio Espa

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Vocación

Nada hacía presagiar un final así. Estudiaba primero de carrera y andaba sobrada de ilusión por su reción estrenada vida universitaria. Durante varias jornadas, se celebró en una de las facultades un congreso sobre voluntariado y cooperación. A ella le interesó especialmente una de las conferencias, atraída no tanto por la ponencia, como por el hecho de haber sido invitada por uno de los chicos más guapos de la universidad.

Las palabras del ponente —acompañadas por una presentación informática con fotografías y vídeos— le impresionaron hondamente, tocándole lo más íntimo del alma. Se habló de pobreza y maltrato infantil, desnutrición y falta de compromiso; pero también de amor y de razones del corazón, de la luz del buen obrar, del olvido de uno mismo y de la entrega a los más necesitados.

Cuando terminaron las preguntas, se dio por concluida la ponencia, y nuestra protagonista salió entre lágrimas de la sala de conferencias, olvidando al chico y a sus amigas. Se acercó a la habitual estación de metro que le encaminaba a casa, preocupada, pensativa. Ya nada era igual, reconocerá más adelante. Todo había cambiad porque ese día ya no veía pobres, veía a Jesús en ellos; ya no veía gente, veía corazones que sufren o se alegran; ya no veía mis planes, sino los de Jesús sobre mí, que me llamaba a servir a los demás de un modo que nunca antes había imaginado. Se había abierto un nuevo horizonte: la entrega sin fisuras de toda mi vida.

Esta historia, por otra parte real, pone de manifiesto cuál es el lugar donde se desarrolla el diálogo de la vocación: la intimidad de la conciencia. En lo más profundo de uno mismo reverbera esa palabra mediante la cual Dios quiere indicarnos el camino para orientar nuestra vida. Sin embargo, esa palabra no siempre resuena con claridad y no es fácil distinguirla de otros discursos. Se duda sobre la autenticidad de esas mociones interiores, y surgen zozobras. Como para aquella chica, es decisivo para todos poder responder si verdaderamente será eso lo que Dios quiere.

Obtener una respuesta es lo más necesario de la existencia. La resolución del planteamiento vocacional se plantea fundamentalmente —aunque no en exclusividad— en la adolescencia y la juventud, momento en el cual se toma una orientación profesional y vital. ¿Qué quiero hacer con mi vida?
La dirección espiritual es testigo de este maravilloso conversar del hombre con Dios. Mediante la conversación espiritual, el director tiene una misión capital: ayudar al dirigido a conocerse y ser capaz de responder a la pregunta sobre su identidad (¿Quién soy?), motivar en él la inquietud de más (¿Quién quiero llegar a ser?) y confiarlo a un diálogo de intimidad con Dios, donde se cuestiona sobre quién quiere Él que llegue a ser. Mediante el acompañamiento espiritual, las almas se conocen y conforman sus horizontes vitales según Dios: si al principio tenían unas metas a la medida de sus posibilidades, ahora se abren a un futuro a la medida de las posibilidades de Dios mismo.
¿Quién quiere Dios que llegue a ser? El acompañado, en la sinceridad que le es propia, hará partícipe al director de las inquietudes que brotan en su interior. En este sentido, el respeto e incluso la veneración son las actitudes adecuadas para quien quiere acompañar almas. Lo honrado es dejar que la voz de Dios resuene, respetar siempre la libertad del otro, y no cuestionar en ningún caso sus esfuerzos o generosidad. Cada caminante siga su camino.
Cuando esto ocurre, y el alma del joven se siente urgida a más, poco a poco adquirirá certezas que le llevarán por uno y otro camino. Para llevar a cabo este discernimiento, tienen que intervenir en sus consideraciones —y también en la conversación espiritual— las tres potencias del alma: Memoria, inteligencia y voluntad (M. Costa, p. 213).

Para llegar a una conclusión cierta sobre el camino vocacional, lo primero es implicar a la memoria. Hacer una propia historia vocacional, íntima, y ponerla en común con el director espiritual, si se considera conveniente. Recordar con él, después de haberlo rezado con Dios, los principales hitos de la eventual llamada: cuándo y cómo me sentí llamado, por qué a este camino y no a otro, en qué contextos, cuántas veces, si fue ya de pequeño o de mayor… Para mirar de frente a la vocación, es necesario observar primero alrededor: pasado, presente y futuro.

El tenor vocacional de la oración de la memoria fue subrayado con bellas palabras por el Papa Francisco, durante la entrevista concedida a Antonio Spadaro. «La oración es para mí siempre una oración “memoriosa”, llena de memoria, de recuerdos, incluso de memoria de mi historia o de lo que el Señor ha hecho en su Iglesia o en una parroquia concreta», afirmaba el Papa. «Para mí, se trata de la memoria de que habla san Ignacio en la primera Semana de los Ejercicios, en el encuentro misericordioso con Cristo Crucificado. Y me pregunto: “¿Qué he hecho yo por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué debo hacer por Cristo?”». Estas preguntas, presentes en algún momento de nuestra vida, también son horizonte de diálogo para que nos puedan ayudar en la dirección espiritual. «Es la memoria de la que habla también Ignacio en la Contemplación para alcanzar amor, cuando nos pide que traigamos a la memoria los beneficios recibidos», concluía el Papa «pero, sobre todo, sé que el Señor me tiene en su memoria. Yo puedo olvidarme de Él, pero yo sé que Él jamás se olvida de mí».
En el proceso vocacional, del que es testigo el acompañamiento espiritual, intervienen —evidentemente— la inteligencia y la libertad. La inteligencia es aquella que tiene que comprender lo que sucede, separar lo verdadero de lo falso, y valorar cuanto considera oportuno. Esa inteligencia es una inteligencia purificada por la oración y por ese noble intento de morir a uno mismo (la abnegación), llegando a pensar según la gloria de Dios y no tanto en relación al propio bienestar. El papel del director espiritual es, por tanto, conducir al acompañado por caminos de oración intensa y sacrificio verdadero; llevar al dirigido al terreno de la sincera voluntad, para que elija libremente.

Para que la elección sea lo más certera posible, es deseable que se pondere en un período tranquilo. El acompañante espiritual tiene que ayudar al que discierne a alcanzar esa paz suficiente, y el dirigido debe confiarse al director para poder conseguir la serenidad que desea. «Llamo “período tranquilo” a aquel en que el alma no es agitada por espíritus diversos y hace uso libre y tranquilamente de las propias facultades naturales (San Ignacio). Sabias palabras —pondera Juan Bautista Torelló— que nada tienen que ver con tantas elucubraciones “altísimas” y alambicadísimas de espiritualidades mal entendidas» (J. B. Torelló, p. 189).

Hay que dejarse ayudar para alcanzar sosiego. La historia vocacional tiene que ir más allá de subidones puntuales o momentos de extraordinaria (y aparente) lucidez que van acompañados de cotidiana oscuridad. «Aquí no hay impulsos, ni arranques, ni entusiasmos, “sino la simple visión de la razón, iluminada por la fe, de que se trata de un estado de vida posible y deseable. Es una vocación —digamóslo así— en frío, sin ninguna o casi ninguna ‘razón del corazón’, por la cual el alma se decide a practicar la vida perfecta como consecuencia de una neta visión del modo en que le conviene servir al Señor” (Macourant)».
Puede sonar extraordinariamente frío, pero la experiencia demuestra que estas son las vocaciones más seguras. «Al comprender la excelencia de un estado sobrenatural en su esencia, se resuelve a seguirlo por completo y sin reservas, apoyándose en una esperanza también netamente sobrenatural (no en las propias fuerzas humanas, ¡siempre desproporcionadas!). Entraña esto la entrega de la libertad, el sacrificio sin medida de uno mismo, el riesgo absoluto en el misterio de la fe. Constituye esto el núcleo de toda verdadera vocación y de todo amor verdadero, que nace de un conocimiento que mueve a estima y decisión, y arrastra consigo —psicológicamente— al sentimiento: la entera personalidad crece ordenadamente; incluido el instinto, que se integra de una manera valiosa y sana».
El acompañamiento espiritual es testigo del milagro de la vocación, y debe extremar en este particular su respeto y admiración por el otro. El regalo de poder participar en el discernimiento vocacional es un don inmerecido: cuidarlo por la sinceridad y la confidencia no es solo una posibilidad, es una obligación, tanto para el acompañante como para el acompañado.

Cuenta conmigo, Fulgencio Espa

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Un corazón puro

«El cuerpo, por su peso, tiende a su lugar». Con esta afirmación san Agustín señala que cada cuerpo se dirige, por connaturalidad, al lugar que le es propio. «El peso no solo impulsa hacia abajo, sino al lugar de cada cosa. El fuego tira hacia arriba, la piedra, hacia abajo. Cada uno es movido por su peso y tiende a su lugar. El aceite, echado debajo del agua, se coloca sobre ella; el agua derramada encima del aciete se sumerge bajo el aceite; ambos obran conforme a sus pesos, y cada cual tiende a su lugar» (Confesiones 13, IX, 10).
Aún quedaba mucho para que Newton propusiera su modelo explicativo de la atracción de cuerpos, conocido por todos como gravitación universal. Para los antiguos, y Agustín es uno de ellos, los cuerpos se ven atraídos por similitud. El peso tiene que ver con la semejanza. El fuego, casi aéreo, tiende al aire; la piedra, materia terrestre, a la tierra firme.Simile simila sibi, lo similar atrae a lo similar. Cuando se desinfla un globo, el aire retorna a la atmósfera, en cambio, al vaciarse un saco de piedras, van al suelo. Simile simila sibi.
Esta explicación vale, según san Agustín, para el latir de nuestros deseos. Nuestro corazón es lelvado por aquello que finalmente ama. Pondus meum, amor meus, llegará a decir el padre de la Iglesia. Mi amor es mi peso. Pero ¿esto qué significa?
Si el corazón es egoísta, ama lo propio y se escudriña a sí mismo, acabará por «salirse con la suya»: buscar la propia voluntad, apartar a los demás, colocarse por encima de todos. Por más que haya decenas de prácticas, negaciones y actitudes que traten de sepultar toda esa iniquidad (deseo último), resulta imposible hacerlo si el corazón no es verdaderamente transformado. Todo corazón es, con el tiempo, un volcan en erupción, que emite gases nocivos o torrentes de gracia. Depende de lo que lleve dentro.
La tarea fundamental del cristiano, y especialmente de lo que hace referencia a nuestra vida íntima con Dios, es la transformación de nuestro corazón. El corazón que quiere sinceramente lo bueno, aunque esté salpicado por defectos y por fallos, por tropiezos e imperfecciones, siempre acaba encontrando su lugar en el amor. Un corazón puro.
El imperativo de Cristo es amar como él nos ha amado; aprender amar lo bueno; amar obrar el bien. No se puede vivir siempre contracorriente de unos mismo. La meta es modificar lo más íntimo del corazón, para querer de veras lo bueno, sin compostura, sin tapujos. Llegar a tal convencimiento de bien, a tal amor por lo bello, que sean ajenos a nuestro ánimo la envidia a los malvados o el mal obrar de los pecadores.
Somos hijos de Dios, nuestra vocación es amar (el bien). Pero también somos hijos de Adán, de es Adán que introdujo el pecado en el mundo. No debe extrañarnos que, junto a nuestro deseo por lo bello y por lo bueo, anide también la tentación de lo peor; la concupiscencia. Lo extraño es no tener cierta inclinación por lo malo o por lo erróneo. Soy capaz de los mayores errores y horrores, decía san Josemaría en una afirmación cargada de conocimiento propio y experiencia de lo que es el hombre.
El corazón es testigo de la batalla entre la siembra de Dios y la de su enemigo. Por naturaleza, el hombre está llamado a lo bello. Por la concupiscencia, se ve atraído, a la vez, por lo más bajo. Esa llamada interior da explicación de que el hombre descanse cuando llega al lugar que le corresponde (el amor sincero), y ande turbado y desasosegado cuando se abandona en manos del egoísmo y la concupiscencia. No fue creado para eso. Alma y corazón están inquietos cuando se hallan fuera de sitio, como el aceite está incómodo cuando es sepultado por el agua. Solo después de tiempo, alcanza su posición y descansa. «Las cosas menos ordenadas se hallan inquietas: se ordenan y descansan», continúa san Agustín. «Mi peso es mi amor (pondus meum, amor meus), él me lleva doquiera que soy llevado».

* * *

Para dejar a Dios vencer en nosotros, el corazón debe elevarse poco a poco, día a día, y la dirección espiritual es testigo de este ascenso del corazón hacia Dios, de la purificación del deseo. Los éxitos del corazón gozan de un lugar privilegiado en el coloqui espiritual, así como sus dificultades y tropiezos.
Más concretamente, si queremos llegar sinceramente a Dios, el corazón debe vaciarse de todo aquello que le ensucia. El Señor dijo: «bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8), subrayando que la pureza de corazón abre las puertas al sincero diálogo con Dios. No es extraño que en una sociedad dominada por el hedonismo y la sensualidad, sea difícil encontrar hombres y mujeres de oración. Solo son capaces de lo inmediato, de lo hipermanifiesto y sensible.
La virtud que hace relación a esta guarda del corazón es la santa pureza, y habla en realida de la posibilidad de amar sincera y absolutamente a Dios. El corazón que habita en la sensualidad, lo picante y lo morboso, pronto «tenderá a su sitio», haciendo obrar erráticamente en la sexualidad, en la mordaidad y en al crítica y envidia de las conductas de los demás. Hay mucho de morbo en las violentas críticas que se vierten en ambientes de ocio o de trabajo; tanto como en el peor de los locales de moda de diversión nocturna. En ambos casos, se produce el continuo brotar de corazones insatisfechos.
Guardamos el corazón porque somos de Dios. San Francisco de Sales explicaba a Filotea que custodiar el corazón es semejante a guardar el mejor cristal: es oportuno que esté separado de otros, por buenos que sean. Un pequeño roce puede significar su ruptura. La fruta, igualmente, va siempre separada: «por entera y sazonada que esté, se avería, si toca la una con la otra» (Introducción a la vida devota III, XIII).
Aun cuando seamos muy optimistas, es demasiado inocente pensar que la naturaleza humana haya cambiado tan radicalmente de entonces a ahora. Sigue siendo oportuno que los mejores corazones logren la prudencia y la distancia oportuna entre ellos, evitando confidencias inútiles o ponerse en situaciones de riesgo innecesario. «Hay ciertas familiaridades y pasiones indiscretas, frívolas y sensuales, las cuales, propiamente hablando, no violan la castidad», afirmaba el santo obispo de Ginebra. «No obstante, la debilitan la enflaquecen y empañan su hermosa blancura». Mal que nos pese, rara vez no estamos salpicados por estos pequeños descuidos, que se hacen notar en esos mensajes que escribimos, chats que tenemos, o relaciones que abrimos una y otra vez… y que nos cierran a amar de corazón a Dios y a los nuestros.
Santa Teresa de Calcuta aplicaba de un modo muy particular, incluso simpático, este conocimiento profundo de la naturaleza humana. «Las hermanas no debían sentarse junto a un hombre, aunque fuera sacerdote. Si el asiento de atrás tenía capacidad para cuatro personas, no podían sentarse  hombres, solo hermanas. Si tenía capacidad para tres personas, estaba claro: una hermana a la derecha, la Madre Tersa en el medio y el hombre a la izquierda. Dado que muchísimas de sus hermanas erna jóvenes indias guapas, alegres y encantadoras, aquello podía considerarse una prudente medida para evitar tentaciones. Lo divertido es que, en esos casos, era ella la que hacía de barrera protectora: se sentaba donde pudiera evitar cualquier tentación, aunque fuera de la imaginación». La razón que argüía para defender su modo de conducta es concluyente: «nadie ni nada, solía decir, debe interponerse entre vosotras y Jesús» (L. Maasburg, pp. 219-220).
Nada ni nadie debe interponerse entre nosotros y Jesús. No son pocas las ocasiones en que un mal uso de internet —el móvil— nos roba el corazón. Pienso no solo en quien gasta tiempo en páginas de índole pornográfico, sino sobre todo en el compulsivo uso de las redes sociales. la violación de la intimidad guarda también relación con lo íntimo del alma. Descubrir en el estado de cualquier red social nuestro yo más íntimo, compartir fotos inadecuadas, volcarse en los mentideros de la vida del prójimo y vivir esclavos del qué dirán (en el modo de hablar, de vestir, de escribir o de manifestarse) son expresiones diversas de la misma esclavitud del corazón.
Todo quebranto del corazón o dificultad en la pureza encuentra lugar en la conversación espiritual, así como también la rectitud con la que obramos las cosas. Si de corazón nos buscamos a nosotros mismos en lo que hacemos, es cuestión de tiempo que dejemos de servir a los demás para acabar sirviéndonos de ellos. Es oportuno hablar con el acompañante espiritual de la rectitud con que trabajamos o ayudamos en casa, y de cómo tratamos de buscar siempre al prójimo y olvidarnos de nosotros mismos. En esto, la rectitud del corazón tiene que ver con el olvido de uno mismo, y nos ayuda a no ser manipuladores de los demás.
En suma, podemos decir que hay necesidad de abrir nuestro corazón al director espiritual. No podía ser de otra manera. En ese corazón, a veces, habita la impureza; en otras, la falta de rectitud; la más de las veces, los desasosiegos; y en ocasiones, la añoranza de caminos que no son los propios. De todo eso podemos hablar, con la seguridad de que, siendo salvajemente sinceros, gozaremos de la extraordinaria ayuda del Dios que cambia los corazones.

Cuenta conmigo, Fulgencio Espa

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Morir a uno mismo

El 22 de diciembre de 1833, el beato John Henry Newman predicaba un sermón que sacudió las amodorradas conciencias de sus oyentes. «Sea cual sea vuestro estado, bueno será que os preguntéis, uno a uno “¿cómo sé yo que estoy en el buen camino? ¿Cómo sé que mi fe es auténtica, que no estoy dormido?”» (Sermones parroquiales, 1,p. 87).

Cuando un creyente confiesa su fe en un ambiente hostil, hay demasiadas evidencias como para llegar a afirmar que esté dormido, que su fe sea silente o mediocre. El alma permanece despierta porque no se acomoda a vivir ajena a la voluntad de Dios, porque no se resigna a pensar la vida como la mayoría materialista, lejos del Señor. «La misma profesión del Evangelio sería casi una evidencia de tener verdadera fe, porque tal profesión entre los paganos es casi seguro que implicaría persecución», prosigue el beato Newman. «De ahí que las Epístolas estén tan llenas de expresiones de alegría en el Señor Jesús y en la esperanza exultante de salvación. Los que habían padecido por Cristo bien podían sentirse seguros. “La tribulación produce la paciencia; la paciencia la virtud probada; la virtud probada, la esperanza” (Rm 5, 3-4). “En adelante, que nadie me importune, porque llevo en mi cuerpo las señales de Jesús” (Ga 6, 17). “Llevando siempre en nuestro cuerpo el morir de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo” (2Co 4, 10). “Y es firme nuestra esperanza acerca de vosotros, porque sabemos que así como sois solidarios en los padecimientos, también lo seréis en la consolación” (2Co 1, 7)» (pp. 91-92).

La pregunta que con razón se hace el predicador, y que también nos hacemos nosotros, es cómo conseguimos ponernos en la estela de estos primeros cristianos. ¿Cómo podemos tener nosotros esa misma fe, tan llena de vida? Ellos se sentían precarios, sin nada, heridos y perseguidos, pero también profundamente amados, llenos del Espíritu de Dios, y sabedores de un encargo sobrenatural: ser misioneros de la Palabra que salva. ¿Podremos nosotros en algún caso poder llegar a decir estas bellas palabras referidas a nuestras comunidades?

El modo para alcanzar esa identificación con Jesús, esa certeza de estar obedeciendo al plan divino, es el compromiso cierto por morir a uno mismo: la abnegación. «El que quiera venir en pos de mí», afirma nuestro Señor Jesucristo, «que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mc 8, 34). La muerte a uno mismo adquiere tintes dramáticos en otro de los pasajes evangélicos: «Si alguno viene a mí no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío» (Lc 14, 26-27).

En muchos ambientes, se ha negado el sentido de la mortificación, cuando en realidad es «un deber capital del cristiano» (p. 93). Es más, la negación a uno mismo «puede considerarse la prueba de si somos o no discípulos de Cristo, de si vivimos en un sueño que tomamos por fe y obediencia cristianas o estamos real y verdaderamente despiertos, vivos, con los pies en la tierra y en camino hacia el cielo. Los primeros cristianos fueron adelante entre renuncias, dando testimonio del Evangelio. ¿A qué hemos renunciado nosotros ahora que confesar el Evangelio no implica una renuncia? ¿En qué sentido cumplimos las palabras de Cristo? ¿Tenemos una idea clara de lo que significa «tomar la cruz»? (…) ¿Qué estamos haciendo que podamos afirmar que hacemos por Cristo, que nos redimió?».
Cada día. Cristo nos anima, aún más, nos ordena llevar su Cruz cada día. «La abnegación que es prueba de fe es una abnegación diaria». La vida cristiana no significa cambios radicales en estilo de vida o de oración. Eso puede ser el arranque de la existencia cristiana, pero el habitar como hijos de Dios requiere un empeño constante y diario, para poder irradiar su amor y vivir de la caridad de Dios. Poner a disposición de Dios todas nuestras fuerzas, todas nuestras potencias (memoria, inteligencia y voluntad) y todos nuestros sentidos, para que el Señor se luzca. Morir a uno mismo no tiene un objetivo macabro; al contrario, morir con Cristo es finalmente resucitar con Él a una vida donde «ya no habrá muerte, ni duelo ni llanto ni dolor» (Ap 21, 4).
Mortificarse encuentra su objeto en la pequeñez de cada instante. No es difícil concretar ese morir a uno mismo: basta detenerse a examinar nuestra cotidianidad y empeñarse en ella. Escuchemos nuevamente al beato Newman: «Así que tomar la cruz de Cristo no es un acto trascendental que se hace una vez para siempre; consiste en la práctica, una y otra vez, de pequeños deberes que no son agradables» (p. 94). Nuestra posible lista de sacriicios o mortificaciones, de la cual rendiremos cuenta eventualmente en la dirección espiritual, puede responder en primer lugar a esta pregunta: ¿Cómo afronto las contradicciones de cada día, los trabajos que me son más pesados?
En segundo lugar, las mortificaciones hacen referencia a ese morir a nosotros mismos en lo que no va. «Cualquiera que acostumbre a examinarse mínimamente conoce sus defectos (…). Unos son indolentes y amigos de la diversión, otros son apasionados y de mal carácter, el otro es vanidoso, aquel otro no controla la lengua, otros son débiles y no pueden aguantar que colegas ligeros se rían de ellos, otros viven atormentados por malas pasiones, de las que se avergüenzan por que no pueden vencer. Que cada uno piense cuál es su punto débil; ahí tiene la prueba que busca». La mortificación, en este sentido, es también vigilancia: conocemos nuestra debilidad y entrenamos nuestro cuerpo —y nuestra alma— para no caer cuando llega la tentación.

Por ejemplo, si sabemos que su hijo nos saca de quicio siempre que nos pide ayuda en el estudio, y acabamos faltándole a la caridad, ser mortificado en este punto será educar el carácter mediante pequeñas y constantes negaciones, de modo que poco a poco se domine ese mal genio. Esto se consigue tratando con personsa que cargan menos, aun cuando también sean tardas y lentas en actuar, pero no tanto como el propio hijo, o al menos no son tan débiles como para que pueda estallar con ellos el mal carácter. En este sentido, ayudarán sin lugar a dudas propósitos tales como tratar de conducir más sosegadamente, no sentarnos siempre en el autobús o en el metro (aunque vaya medio vacío), mortificar la lengua al insulto rápido, o no dejar a medias las tareas que también a nosotros nos cuestan mucho. Mediante esta abnegación de cada día, quizá con el paso del tiempo la prudencia aconseje volver a intentar explicar matemáticas al hijo que no sabe, protegidos ahora con la armadura del sacrificio. «Es bueno, por tanto, buscar por ti mismo negaciones todos los días», concluye el beato Newman; «y esto porque nuestro Señor te manda tomar tu cruz cada día, porque así das pruebas de sinceridad y porque al hacerlo fortaleces tu autodominio, y obtendrás un control habitual sobr eti mismo que será una defensa bien preparada para cuando llegue el momento de la tentación».
El horizonte de esos sacrificios no tienen que ser grandes planteamientos ni extraordinarias situaciones. «Ponte en pie por las mañanas con el propósito de que (con la gracia de Dios) el día no pase sin algún renunciamiento; algún renunciamiento en placeres y gustos sin importancia, si no hay ocasión de enfrentarse al pecado. Que el mismo levantarse de la cama sea un renunciamiento, que tus comidas sean un renunciamiento. Proponete ceder ante los demás en cosas sin importancia, cambiar tu nombre de ser en cosas menores, tomarte molestias (sin descuidar tus deberes) antes que quedarte ese día sin tu disciplina. Es el método del salmista que, según dice, es “golpeado cada día y castigado cada mañana” (Sal 73, 14). Es el método de san Pablo, que se dominaba: “castigo mi cuerpo y lo someto a servidumbre” (1Co 9, 27). Este es el gran efecto del ayuno» (pp. 95-96).
Todo este elenco de amoroso contrariarse —tanto en los sentidos como en lo interior— puede ser recogido en una lista que exprese, negro sobre blanco, el tenor de nuestra lucha. De este espíritu de abnegación y servicio, que se expresa en el cotidiano olvido de uno mismo, rendiremos cuenta en el acompañamiento espiritual, refiriendo si estamos sometidos a Dios nuestros antojos (cfr. 1Co 9, 27), o más bien somos sometidos por ellos.

Cuenta conmigo, Fulgencio Espa

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Eucaristía

«Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14). Vivió con nosotros en Belén, en Nazaret, a orillas de lago y en Genesaret. Por su resurrección, la divinidad habita corporalmente para siempre en la carne de Cristo, y sacramentalmente en el Pan de vida (cfr. Jn 6). El Verbo de Dios se ha hecho compañero y alimento para el camino: las dos cosas. En la Eucaristía está presente Jesucristo entero, en su cuerpo, sangre, alma y divinidad.
La celebración eucarística es «fuente y cumbre de la vida cristiana»,  todos los fieles tiene un papel propio en la celebración, porque cada cristiano se ofrece a sí mismo, de modo particular, concreto y personal (cfr. LG 11). El momento culmen de esta entrega es el Amén que sucede al «Por Cristo, con Él y en Él, a ti Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos». El creyente se asocia a la Trinidad entera por la palabra de su Amén, y por la sincera e interior entrega de todo su ser. En la entrega de Cristo se entrega el cristiano. La eficacia de la Misa está vinculada al misterio de oblación, de ofrenda de sí, de Cristo en la Cruz: el amor hasta el extremo.
La pregunta clave, pensando en el coloquio espiritual, es cómo he vivido la Santa Misa. Quizá normalmente no sea objeto de conversación, pero en ocasiones debe ocupar algo de nuestro tiempo. La celebración eucarística es la acción más importante de la Iglesia y del cristiano, y debe estar en continuo perfeccionamiento de amor. Mejoraremos nuestras participación eucarística si tratamos de participar de esta oblación, entregándonos a nosotros mismos.
Hay muchos modos de renovar el amor en la vivencia del Sagrado Misterio. En este sentido, la lectura de la parte dedicada a este sacramento en el Catecismo puede ser de utilidad extraordinaria para encontrar buenas ideas (cfr. CEC 1322-1419). Consideremos, al menos, dos aspectos sobre los que centrar nuestros esfuerzos, y que serían objeto de nuestra charla espiritual. Me refiero a la preparación de la Misa y a la acciónd e gracias.
Si queremos una práctica fructífera del sacramento eucarístico, conviene llegar a Misa unos minutos antes de su comienzo. Prepararse para el encuentro. Usar oraciones de larga tradición cristiana (u otras parecidas), donde santos como Ambrosio, Tomás de Aquino o Felipe Neri han considerado la grandeza de lo que va a suceder. Como en todo gran acontecimiento humano, sea del estilo que sea, la preparación no es accesoria, es necesaria. Causan tristeza las personas que continuamente y sin falta llegan tarde a Misa, incluso cuando vienen solas y son dueñas de su tiempo. Es importante no juzgar, pero también ser sincero: ¿Es posible vivir la Misa con estado exterior (e interior) de prisa y precipitación?
El Concilio Vaticano II habló de la necesidad de una actuosa participatio del fiel en la Eucaristía. Años después, Benedicto XVI daba algunas claves para poder entender esa participación activa de modo concreto y eficaz. «Una de ellas es ciertamente el espíritu de conversión continua que ha de caracterizar la vida de cada fiel. No se puede esperar una participación activa en la liturgia eucarística cuando se asiste superficialmente, sin antes examinar la propia vida. Favorece dicha disposición interior, por ejemplo, el recogimiento y el silencio, al menos unos instantes antes de comenzar la liturgia, el ayuno y, cuando sea necesario, la confesión sacramental» (SC 55). Junto a la preparación próxima de la Misa, Benedicto XVI sugiere otros aspectos que no deben ser olvidados por os creyentes: la confesión frecuente, el ayuno eucarístico y el silencio interior.
Por otra parte, la acción de gracias consiste en dedicar unos minutos a estar con Jesús, una vez acabada la Misa. Esta práctica está íntimamente vinculada a la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía y a la comunión, más que a la celebración misma. Jesús se queda en el pan, jesús se hace presente en el vino, Jesús es custodiado en nuestros Sagrarios y por unos minutos en nuestros cuerpos, en nuestros corazones. «La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico», afirma san Juan Pablo II, «Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración» (DC 3).
No todos estos aspectos deben ser repasados en cada dirección espiritual, pero sí es cierto que deberían estar presentes de forma periódica, porque hablan del cuidado del don más precioso: la celebración eucarística y la comunón. ¿Cómo ha sido durante las últimas semanas mi relación con Jesús Eucaristía? ¿Es mi participación en la Misa una participación activa? ¿Visito a Jesús en el Sagrario, con devoción, sinceramente? ¿Me olvido de que mora en los Sagrarios?

Cuenta conmigo, Fulgencio Espa

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Palabra de Dios

«La Palabra del Señor permanece para siempre» (1P 1, 25). Esa palabra ha quedado consignada en la Sagrada Escritura, así como en la Tradición de la Iglesia y el Magisterio. Me voy a centrar en dos aspectos esenciales para la vida del cristiano y que forman parte nuclear de la conversación con el director espiritual: me refiero a la Palabra de Dios y la Eucaristía.
En el año 2008, Benedicto XVI hablaba, al térmion del sínodo dedicado a la Palabra de Dios, de una «nueva evangelización, nueva escucha» (VD 122). «A imitación del gran Apóstol de los Gentiles, que fue transformado después de haer oído la voz del Señor (cfr. Hch 9, 1-30), escuchemos también nosotros la divina Palabra, que siempre nos interpela personalmente aquí y ahora». El Pontífice llamaba a sentir la palabra de Dios, a dejarla calar en los corazones para aspirar a la gran transformación interior de la que fue testigo Saulo de Tarso. «Dios habla e invita a su amistad» (DV 2), ha dicho el último Concilio… con tal de que queramos escucharle.

El lugar privilegiado de la Palabra de Dios es la liturgia, y especialmente la Misa. Hay que reconocer que no son pocas las veces en que nos distraemos durante la celebración, y cuando queremos darnos cuenta estamos ya de rodillas escuchando las palabras de la consagración. Es deseable preguntarnos por la incidencia real en nuestras vidas de las lecturas de la Misa. En este sentido, tiene mucho que ver la predicación que escuchamos, ya en la iglesia los domingos o días de diario, ya en meditaciones, retiros, encuentros, etc. ¿Hay alguna Palabra que, siendo de Dios, te haya golpeado especialmente en las últimas semanas? En relación a la predicación, ¿escuchaste algo que te hizo pensar, te impresionó o te ha acompañado en tu oración y en tus pensamientos durante estos días?

Una práctica deseable para el cristiano es la lectura diaria del evangelio que se lee en la Eucaristía. De ese modo, nos unimos a millones de personas que participan de la misma Misa en todo el mundo, y nos acercamos a la Palabra que Jesús dirige hoy a su Iglesia. Este acercamiento diario al evangelio no puede ser puramente especulativo, o sencillamente cumplidor; debemos intentar integrarnos en esa escena «como un personaje más» (Amigos de Dios, 222). Además, esa lectura nos ayudará a estar más atentos a la escucha de la Palabra divina durante la Misa, y su beneficio será indudablemente mayor.
Junto a la lectura del evangelio del día, y su eventual meditación, es oportuno dedicar unos minutos al conocimiento de la Escritura misma. Es posible que no sea necesario mucho tiempo (cinco minutos pueden bastar), pero sí mucha constancia. Durante la Edad Media existían los cursores bíblicos: eran aquellos que habían leído completa la Escritura. Quizá esa aspiración sea excesiva, pero sí está a la mano la lectura diaria del Nuevo Testamento. Un anhelo debe inspirar esta lectura: llegar a saber partes enteras de memoria, porque es la vida y ministerio de quien inspira absolutamente nuestras vidas: Jesucristo.
Un lugar privilegiado donde se encuentran vinculadas la palabra de Dios con el día a día es el rezo de la Liturgia de las Horas. La recitación, devota y atenta, de los salmos que componen el Oficio divino no es partrimonio exclusivo de los presbíteros. Como reza la introducción al breviario, «el Oficio es oración de todo el pueblo de Dios, ha sido dispuesto y preparado de suerte que puedan participar en él no solamente los clérigos, sino también los religiosos y los mismos laicos» (DC 1). Mediante su recitación, se detiene la actividad cotidiana para dirigirse a Dios, y se deja a su Palabra resonar en medio de las ocupaciones más sencillas. Quien tenga por costumbre recitar laudes o vísperas, periódicamente (no siempre) tendrá que pensar si lo hace con la atención debida, consciente de que con esos mismos salmos oraba el Salvador, Nuestro Señor Jesucristo.
No quiero detenerme más en la consideración de la Palabra de Dios en la existencia cristiana: la temática es casi infinita. La cuestión que es deseable aclarar, porque este libro es de índole eminentemente práctico, es su repercusión en la dirección espiritual. No resulta difícil, tal como se ha expuesto. Se trata de repasar, antes del encuentro con el director, qué incidencia ha tenido la Palabra de Dios en la propia existencia: lecturas que han llamado la atención y por qué, sugerencias que han nacido de su meditación, mociones interiores que han consolado nuestra alma en la contemplación de Cristo y su misericordia, aspectos nuevos que se nos han descubierto en la lectura de la Palabra divina, a pesar de haber pasado por ella mil veces.

Cuenta conmigo, Fulgencio Espa

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Presencia de Dios

«El verdadero cristiano —afirma el filósofo Von Hildebrand— no debería buscar ni anhelar otra cosa que Jesucristo, y postrado a Sus pies, escucharlo y decir: “Oh Jesús, sé que mi primera obligación es dejarme transformar por Ti, vaciar todo mi ser de las cosas del mundo para que Tú reines y Te despliegues en mí, para que fundido en Tu amor, yo vea todo en Tu luz y que viva y realice todo por Ti y en ti. Sé muy bien que solo si extiendo toda mi alma ante Ti, si escucho Tu voz divina, podrá obrarse en mí aquella transformación. Me propongo, cueste lo que cueste, crear espacio en mi vida sobre todo par aque entren los rayos suaves de Tu luz, y para que yo sea herido por Tu amor incomprensible”» (D. von Hildebrand, p. 103).

Tener un trato de intimidad con Dios significa encontrar un interlocutor en las cosas más pequeñas del día a día; vivir siempre acompañado y nunca encontrarse (absolutamente) solo. Saber que Dios está cerca transmite serenidad en los quehaceres cotidianos, alegría en las dificultades, esperanza en el sufrimiento y agradecimiento en los buenos momentos.

Para que eso se produzca, es necesario abrir hueco para Dios; hacer el propósito de buscarle cada día y en cada momento. Desde luego, lo central es dedicar un rato diario y exclusivo a Dios; pero ese fuego de amor que es la oración se alimenta con la hojarasca de la presencia continua de su amor durante la jornada.

Cuando una persona está enamorada, goza de la presencia de la amada aun cuando no se halle presente. En eso consiste precisamente este maravilloso estado: en la presencia continuada del ser querido; continua y operativa, porque mueve al amante a obrar de una determinada manera, buscando agradar a la otra persona, se encuentre o no delante.

En ocasiones, tenemos presente a Dios con extraordinaria facilidad, porque ha sucedido un acontecimiento por el cual estamos muy agradecidos, o bien porque estamos pasando unos momentos delicados, en que su presencia viene continuamente a la memoria.

Lo habitual, no obstante, es tener que luchar por no olvidarle. Es lógico que nos entreguemos a nuestros quehaceres… y no nos acordemos de Dios. Tenemos que pedirle que jamás nos olvidemos de Él. «No permitas, oh Jesús, que me olvide de mi primera tarea por las obligaciones que me asaltan a diario, y que mi vida se pierda en quehaceres aislados que tengo que resolver», podemos rezar cada uno en lo íntimo de la conciencia. «Tú Señor, que dijiste a Marta en cierta ocasión: “te afanas por muchas cosas, solo una es necesaria”. Envía a mi vida la sagrada sencillez, que sea rebosante del amoroso anhelo de Ti, que te aguarde con “las antorchas encendidas y ceñida la cintura”, que permanezca despierto ante Ti, y que todo lo demás no sea más que fruto de esta vida santa, solo exceso de aquel manantial inagotable (…). ¡No permitas que permanezca sordo a Tu voz en medio de tantos regalos de Tu amor!» (D. von Hildebrand, p. 103).

¿Cómo se obra la presencia de Dios? Hay cuatro modos de dirigirse a Él, y lo normal es que alguno prevalezca según la circunstancias concretas en las que nos encontremos: la acción de gracias, la petición, el desagravio (la petición de perdón por los pecados propios o ajenos) y la adoración. Cualquiera de estas cuatro puede estar presente en nuestro día a día, y todas ellas son regalo de Dios, que abre nuestro entendimiento, espabila nuestros oídos y nos ayuda a encontrarle.
La presencia de Dios tiene, a su vez, distintas formas de expresarse. Puede ser mediante un diálogo normal y (sobre)natural con dios, como quien habla con un amigo. En nuestro horizonte tiene que estar el sueño de contar siempre con Jesús para todo. Tú, ¿qué piensas?, podemos preguntarle cuando tengamos duda o zozobra; tener siempre presente su opinión, contar invariablemente con su gracia. Él nos conoce mejro que nosotros mismos, y está siempre más cerca (y más alto) de lo que imaginamos. Tu autem eras interior intimo meo et superior summo meo,decía san Agustín (Confesiones 3, VI, 11).
Además, la presencia de Dios se obra a través de esas pequeñas frases que son las jaculatorias, dardos lanzados a lo alto, palabras de cariño dirigidas a Jesús o a la Virgen. Las jaculatorias pueden ser frases de la Escritura con las que expresamos nuestro estado de ánimo: «Si quieres, puedes limpiarme» (Mc 1, 40); «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero» (Jn 21, 17); «Rabbuni, que vea» (Mc 10, 51); «Misericordia, Dios mío, por tu bondad» (Sal 50, 3). De algún modo, en la presencia de Dios se hace vivo el evangelio, porque en nuestras propias vidas tenemos sentimientos idénticos a los personajes evangélicos, incluso Jesús mismo: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz» (Lc 22, 41): «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). ¡Cuántas veces comulgamos con Jesús en nuestros padecimientos, cuando brotan en nuestro interior estas palabras de abandono en manos de Dios! Mediante estos pequeños dardos de amor, nos identificamos con Cristo y le hacemos partícipe de nuestra interioridad.
Las jaculatorias también pueden ser frases inventadas por nosotros mismos, u oraciones que aprendimos de pequeñitos y que nos vienen a la memoria en el momento menos pensado, o frases de la tradición cristiana cargadas de amor y de significado. «Muestra que eres Madre», han rezado generaciones de cristianos, pidiendo a la Virgen que se extreme en su bondad. ¡Muestra que eres Madre! podmeos decirle cada uno de nosotros al leer estas letras, y experimentar casi inmediatamente la ternura de su amor, la vigilancia amorosa de su mirada.
A la vista de todo este panorama, ¿de qué debemos hablar en la dirección espiritual?, ¿qué debo llevar preparado para esa conversión? Tenemos que poner en común con quien acompaña nuestra alma la eventual presencia o ausencia de Dios, si nos acordamos de Él durante el día, en qué ocasiones y en qué términos. Este tema tiene que estar presente en la dirección espiritual, y no de un modo genérico, sino concreto, específico, fruto de un sincero examen de conciencia. Igual que en los amores humanos, cuando se extingue la presencia, disminuye el amor, y es necesario conservarse siempre vigilantes para vivir en el deseo de agradar al otro. La dirección espiritual es un instrumento extraordinario para mantenernos despiertos para guardar el amor.

Cuenta conmigo, Fulgencio Espa

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