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Archive for the ‘Espiritualidad’ Category

No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo -la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la arrogancia del dinero-, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, y su concupiscencia. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (1Jn 2, 15-17).

Sabemos que somos de Dios, y que el mundo entero yace en poder del Maligno (1Jn 5, 19).

En los versículos anteriores (12-14) del primer texto, el Apóstol nos recuerda nuestra victoria. Es como decirnos: “no temáis al mundo”, “somos hijos de vencedores”. Nos hará bien leerlos despaciosamente para tomar fuerzas. Hasta la ternura contenida en la expresión “Hijitos míos” (2, 18; 3, 7; 3, 18; 5, 21), es un suave aliento de fortaleza para prevenirnos contra el riesgo de asustarnos cuando comenzamos la lucha o cuando pensamos en ella.

Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo (Jn 16, 33).

Precisamente la memoria de la salvación recibida es la que nos constituye en creyentes y nos da fortaleza para la lucha contra el mundo. Es la hora del triunfo y de la glorificación de Jesús: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre”, “Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera” (Jn 12, 23. 31). El Príncipe de este mundo no tiene poder sobre Cristo (Jn 14, 30), porque ya está juzgado (Jn 16, 11). Esta memoria nos actualiza una realidad: nuestra victoria contra el mundo es la fe (1Jn 5, 4). Por tanto nos acercamos a la lucha contra el mundo con valentía, nos acercamos “en vencedores”, procurando cumplir el consejo de san Pablo: “Vigilad, manteneos firmes en la fe, sed vigilantes (viriliter agite) y valerosos” (1Cor 16, 13); sabiendo que podemos confiar al Señor todas nuestras preocupaciones, pues Él se ocupa de nosotros, aún cuando el diablo nos ronde (cf. 1Pe 5, 7-8). San Juan nos exhorta a no amar al mundo, a ese mundo autónomo de Dios, ese mundo que es objeto de posesión. El mundo, que fue creado para llevarnos a Dios, se convierte en “mundo” malo, prescindente del señorío de Cristo. Y esta degradación es hija de la concupiscencia: cuando el “deseo” deviene “concupiscencia”, entonces hablamos del “espíritu del mundo”.

El espíritu del mundo

Jesús nos previene contra este espíritu del mundo definiéndolo como el que ahoga la Palabra (Mt 13, 22), como padre de hijos mucho más astutos que los de la luz (Lc 16, 8). Este espíritu del mundo vuelca nuestro corazón concupiscente tras la carne, los ojos, la confianza orgullosa en los bienes (cf. Tim 6, 9; Jn 7, 18). El espíritu del mundo es padre de la incredulidad y de toda impiedad. Fue precisamente el dio de este mundo quien cegó su corazón (2Cor 4, 4), bajo el engaño de una sabiduría, que -en definitiva- no resultó más que una buena astucia de coyunturas, incapaz de trascender el margen del propio egoísmo: “¿Dónde está el sofista de este tiempo? ¿No ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo?” (1Cor 1, 20). “Sabiduría, sí, hablamos entre los perfectos; pero una sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo, condenados a perecer” (1Cor 2, 6). San Pablo insiste en el consejo: “Y no os amoldéis a este mundo” (rom 12, 2) más literalmente: “no entréis en los esquemas del mundo”.

Es la advertencia a quienes hemos pecado y conocido al Señor:

También vosotros un tiempo estabais muertos por vuestras culpas y pecados, cuando seguíais el proceder de este mundo, según el príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora actúa en los rebeldes contra Dios. Como ellos, también nosotros vivíamos en el pasado siguiendo las tendencias de la carne, obedeciendo los impulsos del instinto y de la imaginación… (Ef 2, 1-3).

Así como el pecado endurecía nuestro corazón haciéndonos inicuos, es más propio del espíritu del mundo volvernos vanidosos.

La vanidad

Esa enfermedad  del corazón, tan sutil, que los Padres del desierto la asemejaban a la cebolla porque, decían, es difícil llegar al núcleo de ella: se la va deshojando pero siempre queda algo. En el espacio de un corazón vanidoso tienen cabida esas versiones “eclesiásticas” de indisciplina y desobediencia que afean el rostro de nuestra madre, la Santa Iglesia. Busquemos detrás de cualquier postura eticista, ingenua, ironista, y nos encontraremos con un débil corazón vanidoso, que -en el fondo- pretende minimizar la conducción del pueblo fiel de Dios que le ha sido encomendado.

Estas actitudes llevan a los ya consabidos fracturismos de moda, factores de un Evangelio.

(…) desgarrado por querellas doctrinales, por polarizaciones ideológicas o por condenas recíprocas entre cristianos, al antojo de sus diferentes teorías sobre Cristo y sobre la Iglesia e incluso a causa de sus distintas concepciones de la sociedad y de las instituciones humanas (EN 77).

O, en ocasiones, actitudes de

(…) herir a los demás, sobre todo si son débiles en su fe, con afirmaciones que pueden ser claras para los iniciados, pero que pueden ser causa de perturbación o escándalo en los fieles, provocando una herida en sus almas (EN 79).

De esta manera se desgarra la Madre Iglesia… se atenta contra la “prueba de credibilidad” que Cristo nos encomendó: “que sean uno”.

En el interior mismo de la Iglesia -prototipo hasta ahora de lo sagrado e intangible, de lo único verdaderamente sólido y estable- se introduce la contestación y la crítica, la desunión entre los cristianos, el riesgo del secularismo y la politización del Evangelio, la desorientación de muchos, la pérdida de la propia identidad en la vida consagrada, el peligro de quebrar la unidad en la doctrina y la disciplina. ¡Y todo esto a nombre de Jesucristo y por fidelidad a su Evangelio!

Esta desorientación se acentúa cuando se la comunica indiscretamente, y se predica la desunión. Nos encontramos así con cristianos, sacerdotes y religiosos que

(…) se reúnen con un espíritu de crítica amarga hacia la Iglesia que estigmatizan como “institucional” y a la que se oponen como comunidades carismáticas, libres de estructuras, inspiradas únicamente en el Evangelio. Tienen, pues, como característica una evidente actitud de censura y de rechazo hacia las manifestaciones de la Iglesia: su jerarquía, sus signos. Contestan radicalmente esta Iglesia. En esta línea, su inspiración principal se convierte rápidamente en ideológica y no es raro que sean muy pronto presa de una opción política, de una corriente, y más tarde de un sistema, o de un partido, con el riesgo de ser instrumentalizados (EN 58).

Terminan por cuestionarse su pertenencia a la Iglesia, por sentir que su propio proyecto suple al proyecto de la Madre Iglesia (cf. EN 60). Optan por implantar la idea que ellos tienen de la Iglesia, pero no por “implantar la Iglesia” (EN 28).

Entre otros pecados mundanos contra la verdad de la Iglesia existe, en nuestro tiempo, algo así como una zona pecaminosa en la que fácilmente podemos caer: me refiero a los reduccionismos, a la inmanencia de los medios, a los tantísimos. Ya en su momento, Pablo VI, nos llamaba la atención al respecto. Con fruto podemos meditar lo que nos dice en los números 32, 33, 35, 37 y 58 de la Evangelii nuntiandi. Allí nos señala el campo de combate y el peligro:

Por eso, al predicar la liberación y al asociarme a aquellos que actúan y sufren por ella, la Iglesia no admite circunscribir su misión al solo terreno religioso, desinteresándose de los problemas temporales del hombre; sino que reafirma la primacía de su vocación espiritual, rechaza la substitución del anuncio del reino por la proclamación de las liberaciones humanas, y proclama también que su contribución a la liberación no sería completa si descuidan anunciar la salvación en Jesucristo (EN 34).

Quizá nos haga bien sufrir un poquito delante del Señor, pidiendo perdón, por tantas veces que, en nuestra tarea de Pastores, hemos pecado en este campo. El mal que hayamos hecho, probablemente por ingenuos, es un mal que se multiplica. Y si nos encontramos en falta, que el Señor nos conceda la gracia del espíritu de reparación y penitencia que nos lleve a una firme enmienda.

San Ignacio, en los Ejercicios, después de habernos hecho meditar sobre el pecado y sobre nuestros propios pecados, nos hace hacer los tres coloquios:

El primer coloquio a Nuestra Señor, para que me alcance gracia de su Hijo y Señor para tres cosas: la 1ª para que sienta interno conoscimiento de mis pecados y aborrecimiento del; la 2ª para que sienta el desorden de mis operaciones, para que aborresciendo me ordene y me enmiende; la 3ª, pedir conoscimiento del mundo, para que aborreciendo, aparte de mí las cosas mundanas y vanas, y con esto un Ave María (EE 63).

Luego hace hacer las mismas tres peticiones al Hijo y al Padre.

La actitud frente a mis pecados, frente al desorden de mis operaciones (que son mis raíces pecaminosas, mi pecado capital) y frente al mundo debe ser la misma: conocimiento y aborrecimiento. De allí nace la enmienda. Y, en este marco, precisamente se fragua esa actitud tan sólidamente cristiana: la capacidad de condena. El “sí-sí, no-no” que Jesús nos enseña implica una madurez espiritual que nos rescata de la superficialidad del necio de corazón. Un cristiano ha de saber qué cosas tiene que aceptar y qué cosas condenar. No se puede “dialogar” con el enemigo de nuestra salvación: hay que hacerle frente, yendo contra sus intenciones.

La Liturgia nos hace pedir: “Límpianos de las huellas de nuestra antigua vida de pecado” (oración de la tercera semana de Adviento). Podemos concluir la oración con esta petición, recordando que la gracia que pedimos está avalada por la promesa del mismo Señor: “Te arrancaré tu orgullosa arrogancia” (Sof 3, 11).

Francisco I. En Él solo la esperanza

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Es notorio en el Evangelio que el Señor alerta, corrige y reprende más a los que le son más cercanos: a los discípulos y entre ellos especialmente a Pedro. Y lo hace como para que quede claro que el ministerio es pura gracia, que no depende de los méritos del elegido para la misión y que ser corregido una y otra vez en ese ámbito de la elección gratuita y de la fidelidad definitiva por parte del Señor es signo de mayor misericordia.

Por eso vamos a meditar sobre nuestros pecados desde la perspectiva de la elección del Señor y de su llamada a la conversión y al seguimiento. El Señor es siempre más grande y cuando nos llama a la conversión, lejos de achicarnos, nos agiganta en su Reino. De la mano de la represión del Señor viene su misericordia abundante.

La primera confesión de Simón Pedro

Les propongo como primer punto de meditación el pasaje de Lucas sobre la vocación de los primeros discípulos y lo que llamo la primera confesión de Simón Pedro (5, 1-11). La escena se desarrolla en el ámbito de la evangelización. El Señor enseña a la multitud desde la barca de Simón y luego se los lleva más adentro, y allí les regala la primera pesca milagrosa. Al ver esto Simón Pedro se confiesa pecador. Y el Señor ahí mismo lo convierte en Pescador de hombres. Conversión y misión quedan así unidas en el corazón de Simón Pedro. El Señor acepta su “apártate de mí, que soy un hombre pecador” (v. 8), pero lo reorienta con su “no temas; desde ahora serás pescador de hombres” (v. 10).

De allí en más, Simón Pedro nunca separará estas dos dimensiones de su vida: siempre se confesará pecador y pescador. Sus pecados no lo harán renegar de la misión recibida (no se volverá un pecador aislado y ensimismado en su culpa). Su misión no le hará enmascarar su pecado, como les sucedía a los fariseos.

En esta gracia primera se funda luego toda corrección el Señor y toda nueva conversión. No hay verdadera conversión del pecado que no se extienda al ámbito de la misión, al deseo de convertir y ganar a otros para Aquel que nos perdonó y ganó a nosotros. La verdadera conversión siempre es apostólica, siempre es dejar de mirar “los propios intereses” para mirar los “intereses de Cristo Jesús”. Así como tampoco hay verdadera misión de evangelizar y ayudar a los demás a cumplir lo que Jesús nos enseñó que no parta de esta conciencia de que somos pecadores perdonados.

El Señor nos reprende nuestra “expulsividad” que proviene de nuestra falta de carisma

En la multiplicación de los panes, los discípulos le van con un planteo al Señor:

Estamos en despoblado y ya es muy tarde. Despídelos, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer (Mc 6, 35-36).

Es un planteo razonable, pero el Señor responde de manera inesperada: “Dadles vosotros de comer” (v. 37). Esta actitud “expulsiva” es característica de los discípulos y será corregida una y otra vez por el Señor. También querrán que “despida” rápido a la sirofenicia (Mt 15, 23) y “regañaban” a las mujeres que le acercaban los niños para que los bendijera (Mc 10,13). Por otro lado, vemos también por dónde iban los intereses de los discípulos al ver que muchas de sus discusiones giraban en torno a quién era el mayor. Con firmeza y con paciencia el Señor los va corrigiendo. Él no tiene apuros para despedir a la gente ni le molesta que se le acerquen. El Señor no pone límites al acercamiento de la gente, Él es el prójimo por excelencia, el que viene, el Dios con nosotros, el Dios que estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. El despojo que supone esta apertura del Señor, esta cercanía, este dejarse tocar por la gente que lo reclama y lo va como deshilachando, sacándole gracia tras gracia, es un despojo total que tendrá su expresión máxima en la Cruz pero que el Señor fue viviendo día a día. La conversión de nuestros pecados, de nuestro egoísmo apunta a este estar disponibles para los demás. La misión del pastor de “incluir” a todas las ovejas (también la de esos “otros rebaños” de los que habla el Señor) implica una verdadera conversión de nuestros egoísmos de modo que a la hora de la verdad estemos bien dispuestos para recibir a todos y no nos vayamos convirtiendo en explosivos por cuestiones de carácter o estrechez de miras.

Quizá a esta altura de la meditación convendría que como pastores revisemos qué problemas nos planteamos y cómo nos los planteamos, qué margen le dejamos al Señor; también si nuestras soluciones son de fe y de caridad o están más bien comandadas por una actitud de estrechez pastoral que tendría su expresión en el “que se las arreglen”. O por el contrario, es tal la ansiedad que despierta en nosotros el querer solucionarlo todo sin el Señor que termina siendo estéril preocupación lo que debió ser trabajo de servidor fiel.

El Señor nos reprende por los miedos que provienen de nuestra falta de fe

En el pasaje de la tempestad calmada, los discípulos despiertan al Señor con un grito de reclamo: “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?” El Señor, luego de calmar la tormenta, los calma a ellos con un reproche cariñoso y aleccionador: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?” (Mc 4, 35-41). De nuevo los calmará cuando se fatigaban remando con viento en contra, yendo hacia ellos por el agua: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo” (Mc 6, 50).

El Señor, reprochándoselo, les hace conectar su miedo con su falta de fe. Quiere persuadirlos de que Él es más que la prueba, que las dificultades, que la tentación. Pienso que esto se repite entre nosotros: por miedo caemos en pecado. Así por ejemplo, hay pastores que no cumplen su misión porque tienen miedo de caer en el autoritarismo. Otros, por temor a que pueda haber pecadores en su comunidad, cometen el pecado de no comprender y de no esperar. A veces, por miedo a no triunfar en la conducción, tratamos de sacarnos de encima al súbdito difícil. O por miedo a pesar un mal trago vamos tapando y dejando pasar cosas que luego se convierten en escándalo mayor.

El miedo hace ver fantasmas, hasta el punto de que a veces el Señor mismo es quien se nos aparece y lo confundimos con un fantasma. La fe, en cambio, nos serena y nos fortalece, evitando las reacciones compulsivas propias del miedo: tanto las de cobardía como las de temeridad (porque el miedo a veces se disfraza de bravura y nos hace cometer pecado de temeridad allí donde debió existir cautela evangélica; cf. Mc 14, 29, cuando el Señor corrige la temeridad de Pedro que afirma que nunca se escandalizará de él).

Cuando Pablo VI nos hablaba del esfuerzo orientado al anuncio del Evangelio a los hombres de nuestro tiempo, nos señalaba una de las realidades nuestras más notorias: “Exaltados por la esperanza, pero a la vez perturbados con frecuencia por el temor y la angustia” (EN 1). Esperanzas y temores se entrelazan incluso en nuestra vida de apóstoles, en los momentos en que hemos de decidir por modalidades de nuestro trabajo. No podemos arriesgarnos a decidir sin el discernimiento de esos temores y esperanzas, porque lo que se nos pide es nada menos que “en estos tiempos de incertidumbre y malestar cumplamos (nuestro ministerio sacerdotal) con creciente amor, celo y alegría” (EN 1), y esto no se improvisa.

Para nosotros, hombres de Iglesia, este planteo trasciende cualitativamente toda visión de las ciencias positivas, apelando a una visión original, a la misma originalidad del Evangelio. Encontrarnos con esta fuerza es el fin de estos Ejercicios. Reencontrarnos y consolarnos con “el mutuo consuelo de la fe común” (Rom 1, 12), abrevar nuestro corazón de apóstol en ella precisamente para recuperar la coherencia de nuestra misión, la cohesión como cuerpo apostólico, la consonancia de nuestro pesar con nuestro sentir y nuestro hacer.

Encontrarnos con nuestra fe, con la fe de nuestros padres, que es en sí misma liberadora sin necesidad de añadirle ningún aditamento, ningún calificativo. 

Esa fe que nos hace justos ante el Padre que nos creó, ante el Hijo que nos redimió y llamó a su seguimiento, ante el Espíritu que actúa directamente en nuestros corazones.

Esta fe que -a la hora de optar por decisiones concretas- nos llevará, bajo la unción del Espíritu, a un conocimiento claro de los límites de nuestro aporte, a ser inteligentes y sagaces en los medios que utilicemos, en fin, nos conducirá a la eficacia evangélica tan lejana de la inoperancia intimista como del descuelgue fácil.

Nuestra fe es revolucionaria, es fundante en sí misma.

Es una fe combativa, pero no con la combatividad de cualquier escaramuza, sino con la de un proyecto discernido bajo la guía del Espíritu para un mayor servicio a la Iglesia.

Y, por otro lado, el potencial liberador le viene no de ideologías sino precisamente de su contacto con lo santo: es hierofánica. Pensemos en la Virgen “intercesora”, en los santos, etc.

Por lo mismo que la fe es tan revolucionaria será continuamente tentada por el enemigo, aparentemente no para destruirla sino para debilitarla, hacerla inoperante, apartarla del contacto con el Santo, con el Señor de toda fe y toda vida. Y entonces vienen las posturas que, en teoría, nos parecen tan lejanas, pero que si examinamos nuestra práctica apostólica las veremos escondidas en nuestro corazón pecador. Esas posturas simplistas que nos eximen de la carga pastoral dura y constante. Revisemos algunas tentaciones.

Una de las tentaciones más serias, que aparta nuestro contacto con el Señor, es la conciencia de derrota. Frente a una fe combativa por definición, el enemigo, bajo ángel de luz, sembrará las semillas del pesimismo. Nadie puede emprender ninguna lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar, perdió de antemano la mitad de la batalla. El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz bandera de victoria. Esta fe combativa la vamos a aprender y alimentar entre los humildes. Durante estos Ejercicios vendrán a nuestra memoria muchas caras, las caras de la gente a nuestro cargo pastoral. La cara del humilde, la de aquel de una piedad sencilla, es siempre cara de triunfo y casi siempre la acompaña una cruz. En cambio, la cara del soberbio es siempre una cara de derrota. No acepta la cruz y quiere una resurrección fácil. Separa lo que Dios ha unido. Quiere ser como Dios.

El espíritu de derrota nos tienta a embarcarnos en causas perdedoras. Está ausente de él la ternura combativa que tiene la seriedad de un niño al santiguarse o la profundidad de una viejita al rezar sus oraciones. Eso es fe y esa es la vacuna contra el espíritu de derrota (1Jn 4, 4; 5, 4-5).

El Señor nos reprende por las debilidades que provienen de nuestra falta de esperanza

No faltó la oportunidad en que el Señor les hizo caer en la cuenta a los discípulos o aspirantes a discípulos que el sufrimiento que borra de cumplir la voluntad de Dios es condición esencial del Reino. A Pedro, que quiso quitar la cruz del Evangelio, el Señor le llegó a decir “Satanás”. Contemplamos el pasaje de Mc 8, 31-33 en el que el Señor reprende fuertemente a Pedro y le hace ver que así como hay pensamientos que le inspira el Padre, otros pensamientos “no son de Dios sino de los hombres”.

Sería tentación pensar que nuestra misión como pastores puede realizarse sin sufrimientos. Quizá la expresión de Pablo de sostener desde abajo la comunidad (la “hypomoné”) sea la cruz silenciosa que todo Pastor debe abrazar y saber que es tentación cualquier otra cruz que nos impida llevar esta, que es la esencial. A la cruz no se la inventa, ni siquiera se la encuentra como si fuera un fatalismo. Es el Señor quien nos la pone sobre el hombro -esa cruz que es yugo llevado de a dos, del cual Él lleva el mayor peso- y nos dice: “toma tu cruz y sígueme”. Para llevar la cruz el Pastor necesitará la fortaleza que viene de la esperanza y debe pedirla en la oración para tomar las decisiones necesarias, aunque sean impopulares, y magnanimidad para comenzar empresas difíciles en servicio de Dios nuestro Señor y para perseverar en ellas sin perder ánimo ante las contradicciones. Cuando no se lleva la cruz de nuestra misión tampoco se saborea la esperanza. Y caemos en la búsqueda de señales extraordinarias y hasta nos volvemos desmemoriados, como los discípulos de Emaús, de las señales de Dios en las pruebas y dificultades de la Iglesia a lo largo de la historia. En el pasaje de Emacs se ve cómo las cosas que los discípulos “esperaban” estaban en contradicción con la cruz del Señor. Cuando este les muestra que era necesario que el Mesías padeciera para entrar en la gloria (cf. Lc 24, 26), les comienza a arder el corazón con la verdadera esperanza, la que abraza la cruz.

El Señor nos reprocha nuestra incapacidad de velar con él

El Obispo es el que cuida la esperanza velando por su pueblo.

Cuando Pedro recomienda a sus presbíteros: “Pastoread el rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, mirad por él, no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere” (1Pe 5, 2), ese “episkopountes”, como encargo pastoral, refleja distintas actitudes espirituales: supervisar, vigilar y también velar.

Sin duda esta recomendación de Pedro tiene detrás el recuerdo del reproche que les hizo el Señor la noche del comienzo de la Pasión: “Simón, ¿duermes?” (Mc 14, 37-38). El Señor desea que velemos con Él.

Este velar puede tener distintos matices: una actitud espiritual es la del que pone el acento en supervisar al rebaño con una “mirada de conjunto”. Es el epískopo que está atento a cuidar todo aquello que mantiene la cohesión del rebaño.

Otra actitud espiritual es la del que pone el acento en vigilar “estando alerta ante los peligros”. Es el epískopo que como un atalaya, sabe dar la voz de alerta ante el peligro inminente.

Ambas actitudes hacen a la esencia de la misión episcopal y adquieren toda su fuerza desde la actitud que considero más esencial que consiste en velar. Una de las imágenes más fuertes de esta actitud es la del Éxodo, en la que se nos dice que Yahvé veló a su pueblo en la noche de Pascua, llamada por ello “la noche de vela”:

Fue la noche en que veló el Señor para sacarlos de la tierra de Egipto. Será la noche de vela, en honor del Señor, para los hijos de Israel por toda las generaciones (Éx 12, 42).

Lo que deseo es resaltar esa peculiar hondura que tiene el velar frente a un supervisar de manera más bien general o a una vigilancia más puntual.

Supervisar hace referencia más al cuidado de la doctrina y de las costumbres en su expresión y su práctica, en cambio velar dice más a cuidar que haya sal y luz en los corazones.

Vigilar habla de estar alerta al peligro inminente, velar, en cambio, habla de soportar con paciencia los procesos en los que el Señor va gestando la salvación de su pueblo.

Para vigilar basta con ser despierto, astuto, rápido. Para velar hay que tener además la mansedumbre, la paciencia y la constancia de la caridad probada.

Para supervisar hay que inspeccionarlo bien todo, sin descuidar los detalles, para velar hace falta saber ver lo esencial.

Supervisar y vigilar nos hablan de cierto control necesario. Velar, en cambio, nos habla de esperanza. 

La esperanza del Padre misericordioso que vela el proceso de los corazones de sus hijos, dejándolos hacer su propio camino -de prodigalidad o de cumplimiento- atento a preparar una Fiesta, para que, al regresar a la casa, encuentren el abrazo y el diálogo amoroso que necesitan.

Este velar en esperanza del epískopo se concreta en una oración de bendición (cf. Sal 63, 7; 119, 148), en la que intercede bendiciendo a sus hijos, como le dice Moisés a Aarón en esa bendición tan bella:

Esta es la fórmula con la que bendeciréis a los hijos de Israel:

“El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz”.

Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré (Nom 6, 24-27).

En esta oración, que es en sí misma “intérprete de la esperanza”, el velar manifiesta y consolida la parecía del obispo. Parecía que consiste en anunciar la fuerza del Evangelio de la Esperanza sin “hacer ineficaz la cruz de Cristo” (1Cor 1, 17).

Junto a las dos imágenes grandes que abren y cierran en su abrazo la historia de salvación -la de Yahvé que vela el gran éxodo del Pueblo de la alianza y el Padre misericordioso que vela el regreso a la casa de los hijos -tenemos otra imagen, más cercana y familiar, pero igual de fuerte: la de san José. En José encontramos al epískopo fiel y previsor puesto por el Señor al frente de su familia. Él es quien vela hasta en sueños al Niño y a su Madre, con la ternura del servidor fiel y discreto, que hace las veces del Padre. De ese velar profundo de José surge esa silenciosa mirada de conjunto, capaz de cuidar a su pequeño rebaño con medios pobres -él transforma un pesebre de animales en el Pesebre del Verbo encarnado-. De ese velar profundo brota también la mirada vigilante y astuta, que logró evitar todos los peligros que acechaban al Niño.

Recorriendo estas reprimendas del Señor veamos qué nos hace sentir Él a través de ellas… y reflexionemos sobre nosotros mismos para enmendarnos. Esta cercanía, este estar a tiro del Señor para que nos corrija, como Pedro, es señal de amistad con él y de celo apostólico.

Sería bueno terminar con un coloquio o diálogo sentido con el Señor, con Nuestra Señora o con Dios nuestro Padre ponderando su paciencia y grandeza de ánimo para soportarnos y corregirnos haciéndonos crecer siempre, sin nunca menospreciarnos ni alejarnos de su valoración y estima. Y llenos de contrición por nuestra dureza de mente y nuestra lentitud para comprenderlo le digamos como Pedro: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero”, y, proponiendo enmienda, sintamos que el Señor nos vuelve a entusiasmar y nos dice: “Apacienta mis ovejas” (Jn 21, 17).

Francisco I. En Él solo la esperanza

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Al comenzar los Ejercicios san Ignacio nos pone frente a Jesucristo nuestro Señor, Creador y Salvador nuestro:

El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue que el hombre tanto ha de usar dellas, cuanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse dellas, cuanto para ello le impiden. Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza de pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados.

Mirar al Señor

En este Principio y Fundamento, cuando nos habla de cuáles han de ser nuestras actitudes de criaturas salvadas y que buscan su salvación, Ignacio nos da la imagen de Cristo, creador y salvador nuestro. Y cuando nos presenta el programa de la indiferencia y de la discreta generosidad para elegir “lo que más nos conduce”, nos presenta al “Cristo siempre mayor”, al “Deus siempre mayor”, al “intimior intimo meo”. Esta imagen del “Deus siempre mayor” es la más propia de Ignacio, es la que nos saca de nosotros mismos y nos eleva a la alabanza, a la reverencia y al deseo de más seguimiento y de mejor servicio. Por este Señor y para él “el hombre es creado”.

Con la mirada de María

La mirada de María en el Magníficat puede ayudarnos a contemplar a este Señor siempre más grande. La dinámica del “magis” inspira el ritmo del Magníficat, que es el canto que la pequeñez entona a la Grandeza.

Esa grandeza del Señor, contemplada con los ojos puros de María, purifica nuestra mirada, nos purifica la memoria en sus dos movimientos: el de “recordar” y el de “desear”.

La mirada de nuestra Señora es combativa en el recordar: nada ensombrece ni mancha el pasado, las grandes cosas que el Señor hizo. Él la “miró con bondad en su pequeñez” y este amor primero es fundamento de toda su vida. Por eso la memoria de María es memoria agradecida.

Miramos con ella nuestros “principios” y pedimos la gracia de ver allí cómo “el Señor nos amó primero” (que en eso consiste el amor, como dice Juan).

A la luz de Cristo, “Imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura (…) Él es anterior a todo, y todo se mantiene en Él” (Col 1, 15.17), recordamos nuestros “principios”: nuestro principio en Dios, el principio de nuestra vida cristiana, el principio de nuestra vocación, el principio de nuestra vida sacerdotal y episcopal…

Sentimos la mirada del Señor en estos principios de nuestra vida, esa mirada que consolida, que funda. Y la sentimos rezando el Magníficat para que la mirada de María fortalezca la nuestra y en ella nos animemos a sostenerle la mirada al Señor.

El principio y fundamento de nuestra misión episopal

De manera especial, en este marco de acción de gracias del que brota la alabanza al Señor por los dones recibidos y la reverencia al Donante mismo, nos detenemos en el principio y fundamento de nuestra misión episcopal. Pedimos la gracia de vernos constituidos por ella de tal manera que, desde allí, nos reencontremos con el hecho de fe de ser creados y salvados por el mismo Señor que nos llama ahora a ejercitar la “indiferencia” y buscar la discreta generosidad del mayor servicio en esta misión específica.

El rechazo a la misión

En la meditación podrán ustedes sentir la necesidad de ubicar su momento personal frente a esta misión: las esperanzas y desesperanzas, ilusiones y desilusiones, desánimos, prejuicios… Les sugeriría que consideraran delante del Señor algunas frases que forman parte del “folclore de los presbíteros” y cuya consistencia es bueno constatar delante del Señor. Son solo algunas; cada uno agregará otras de su repertorio inédito, conforme el Señor los inspire en la oración:

Lo que en un comienzo quizá fue: “yo no soy para esto” puede haberse ido transformando en un “ya no estoy para esto”.

“Este pueblo, este presbiteriano, esta diócesis, me cansa con sus quejas y reclamos”.

“Quizá trabajaría con gusto si se dieran otras condiciones…”, “y las condiciones serían para mí…”.

En nuestra pequeñez se muestra su grandeza

La Revelación nos ha conservado, para nuestro consuelo, esa peculiar relación que se entabla entre el Señor y aquel a quien misiona: Moisés, Isaías, Jeremías, Juan Bautista, José. Todos ellos han sentido la indigencia de sus posibilidades ante el pedido del Señor:

¿Quién soy yo para acudir al faraón o para sacar a los hijos de Israel de Egipto? (Éx 3, 11); 

¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros (Is 6, 5);

¡Ay, Señor, Dios mío! Mira que no sé hablar, que solo soy un niño (Jer 1, 6);

Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí? (Mt 3, 14);

José, que resuelve repudiar a María en privado, así lo tenía planeado (cf. Mt 1, 19-20). Es la resistencia inicial (y permanente), el no poder comprender la magnitud del llamado, el miedo a la misión. Esta señal es de buen espíritu, sobre todo si no se queda allí y permite que la fuerza del Señor se exprese sobre esa debilidad y le dé consistencia, la funde:

Yo estoy contigo; y esta es la señal de que yo te envío: cuando saques al pueblo de Egipto, daréis culto a Dios en esta montaña (Éx 3, 12);

Al tocar esto tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado (Is 6, 7);

No digas que eres un niño, pues irás adonde yo te envíe y dirás lo que yo te ordene. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte (Jer 1, 7-8);

Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia (Mt 3,1 5);

José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo (Mt 1, 20).

Fundados en nuestra pertenencia a la Iglesia

El Señor, al darnos la misión, nos funda. y lo hace no con la funcional consistencia de quien da una ocupación o empleo cualquiera, sino con la fortaleza de su Espíritu, el cual, de tal modo nos hace pertenecer a esa misión, que nuestra identidad quedará sellada por ella.

Identificarse es pertenecer… pertenecer es participar en lo que Jesús funda, y Jesús nos funda en su Iglesia, en su santo pueblo fiel, para gloria del Padre. Nuestras frases folclóricas como obispos nacen quizá del mismo sentimiento que inspiraba los rechazos a la misión de Moisés, Isaías, Juan… Solo nos queda permitir que el Señor nos hable y ubique en su real dimensión nuestro miedo, nuestra pusilanimidad, nuestro egoísmo.

Formarse y radicarse en la Iglesia

Pablo VI, a propósito de las denominadas comunidades de base, nos da los criterios de fundación que Jesús quiso para su Iglesia. Estos criterios pueden ser luz para nuestra reflexión de hoy y el examinar de nuestra conciencia. La actitud fundacional básica es formarse en la Iglesia. Hombres radicados y fundados en la Iglesia: así nos quiere Jesús. Hombres que:

  • Buscan su alimento en la Palabra de Dios y no se dejan aprisionar por la polarización política o por las ideologías de moda, prontas a explotar su inmenso potencial humano;
  • Evitan la tentación siempre amenazadora de la contestación sistemática y del espíritu hipercrítico, bajo pretexto de autenticidad y de espíritu de colaboración;
  • Permanecen firmemente unidos a la Iglesia local en la que se insertan, y a la Iglesia universal, evitando así el peligro -muy real- de aislarse en sí mismos, de creerse, después, la única auténtica Iglesia de Cristo, y finalmente, de anatematizar a las otras comunidades (y hombres) eclesiales;
  • Guardan una sincera comunión con los Pastores que el Señor ha dado a su Iglesia y al Magisterio que el Espíritu de Cristo les ha confiado;
  • No se creen jamás el único destinatario o el único agente de evangelización, esto es, el único depositario del Evangelio; sino que, conscientes de que la Iglesia es mucho más vasta y diversificada, aceptan que la Iglesia se encarna en formas que no son las de ellos;
  • Crecen cada día en responsabilidad, celo, compromiso e irradiación misioneros; se muestran universalistas y no sectarios.

Memoria de nuestros mayores como defensa contra las doctrinas disolventes

El Señor que nos funda nos evoca, como dije anteriormente, la imagen del Señor siempre mayor que san Ignacio nos propone en el Principio y Fundamento. Meditemos y oremos hoy sobre este dejarnos fundar por el Señor y -a la vez- como pastores, ayudar a fundar en la misión encomendada: fundar corazones cristianos. Recuperemos la memoria de tantos celosos presbíteros y obispos que hemos conocido y que ya han visto el Rostro de Cristo (cf. Pastores groguis, 65). Esta memoria nos fortalecerá el corazón y nos defenderá de dejarnos seducir “por doctrinas complicadas y extrañas” (cf. He 13, 9), esas doctrinas que nada fundan sino que más bien son disolventes del sólido fundamento de un corazón sacerdotal; doctrinas que no alimentan al pueblo gil de Dios, y con las cuales adquieren actualidad las reflexiones del Dante: “No dijo Cristo a su primer convento: Id y predicad patrañas al mundo, sino que les dio la verdad del cimiento, y esta resonó en sus bocas, de tal modo que al luchar para encender la fe, del Evangelio hicieron escudo y lanza”. En cambio, en vez de escudo y lanza, las doctrinas seductoras y discrepantes, debilitan el corazón del santo pueblo fiel de Dios, pues “las orejuelas ignorantes vienen a pacer llenas de “viento””.

Repitámonos, como cobrando fuerzas con el recuerdo de tantos pastores que nos precedieron, la exhortación de la carta a los Hebreos:

En consecuencia: teniendo una nube tan ingente de testigos, corramos, con constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Recordad al que soportó tal oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado (Heb 12, 1-4).

Dimensión pastoral de nuestro estar fundamentados en Cristo

Jesús instauró el reino de Dios. Con su Palabra y su vida lo fundó de una mera irreversible: para nosotros pertenecer a Él es un valor indeclinable. Y a nosotros nos funda como pastores de su pueblo, así nos quiere. No podemos prescindir, al hablar de nuestro fundamento, de esta dimensión pastoral de nuestra vida.

Como María, una vez fundados en el amor misericordioso del Dios más grande, una vez consolidados en nuestra pequeñez por su mirada amorosa, una vez que hemos experimentado su salvación y las grandes cosas que hizo por nosotros, nos animamos a mirar la historia, a mirar al pueblo que nos fue confiado y a mirarlo con la mirada esperanzada de nuestra Señora.

Pienso que, en la meditación, nos puede ayudar ir recorriendo un documento pastoral, que es una verdadera convocatoria a dejarnos fundar nuevamente, como pastores, por Cristo nuestro Señor.

Por ello propongo algunos pasajes de la Evangelii nuntiandi. A la luz de esta doctrina, reflexionar sobre nosotros mismos para sacar algún provecho. Jesús mismo tiene una misión:

Proclamar de ciudad en ciudad, sobre todo a los más pobres, con frecuencia los más dispuestos, el gozoso anuncio del cumplimiento de las promesas y de la Alianza propuestas por Dios, tal es la misión para la que Jesús se declara enviado por el Padre; todo los aspectos de su Misterio -la misma Encarnación, los milagros, las enseñanzas, la convocación de sus discípulos, el envío de los Doce, la cruz y la resurrección, la continuidad de su presencia en medio de los suyos- forman parte de su actividad evangelizadora (EN 6).

Y, con su actividad evangelizadora, Cristo

(…) anuncia ante todo un reino, el reino de Dios; tan importante que, en relación con él, todo se convierte en “lo demás” que es dado por añadidura. Solamente el reino es, pues, lo absoluto y todo el resto es relativo (EN 8).

El Señor funda el reino; podremos seguir esta meditación contemplando las diversas manera con que Jesús describe

(…) la dicha de pertenecer a ese reino, una dicha paradójica hecha de cosas que el mundo rechaza, las exigencias del reino y su carta magna, los heraldos del reino, los misterios del mismo, sus hijos, la vigilancia y fidelidad requerida, a quien espera su llegada definitiva (EN 8).

El Señor nos funda en su reino, su Espíritu nos hace sentir la dicha de la pertenencia, que encierra el misterio de nuestra identidad.

Jesús funda una comunidad evangelizada y evangelizadora

Jesús funda una comunidad evangelizada y evangelizadora a la vez, pues

(…) quienes acogen con sinceridad la Buena Nueva, mediante tal acogida y la participación en la fe, se reúnen pues en el nombre de Jesús para buscar juntos el reino, construirlo, vivirlo. Ellos constituyen una comunidad que es a la vez evangelizadora. La buena nueva del reino que llega y que ya ha comenzado es para todos los hombres de todos los tiempos. Aquellos que ya la han recibido y que están reunidos en la comunidad de salvación pueden y deben comunicarla y difundirla (EN 13).

La dicha de nuestra vocación: evangelizar

Es que

(…) la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia; una tarea y misión que los cambios amplios y profundos de la sociedad actual hacen cada vez más urgentes. Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la Santa Misa, memorial de su Muerte y Resurrección gloriosa (EN 14).

En nuestro caso, la dicha de nuestra vocación, nuestra identidad como comunidad evangelizadora consiste en dejarnos convocar

(…) para proclamar con autoridad la Palabra de Dios, para reunir al pueblo de Dios que estaba disperso, para alimentar a este Pueblo con signos de la acción de Cristo que son los sacramentos, para ponerlo en el camino de la salvación, para mantenerlo en esa unidad de la que nosotros somos -a diferentes niveles- instrumentos activos y vivos, para animar sin cesar a esta comunidad reunida en torno a Cristo siguiendo la línea de su vocación más divina (EN 68).

Fundando corazones cristianos somos fundados y arraigados en Cristo

Es decir, nuestra misión, la que nos da miedo y nos lleva a pronunciar frases como las que mencioné al principio, es evangelizar, pastorear al pueblo fiel de Dios. Y esta misión nos funda en nuestra vocación… Jesús, al llamarnos a ella, nos funda en lo más honro de nuestro corazón: nos funda como pastores, que es nuestra identidad. En el ejercicio de nuestro ministerio estamos también colaborando con Cristo fundando corazones cristianos, y -a la vez- por ese mismo trabajo que hacemos, el Señor funda y arraiga nuestro corazón en el Suyo.

Piedad como valor religioso fundante, como hermenéutica fundamental de nuestra teología

Esta comunidad que Jesús funda

(…) sitúa al hombre objetivamente en relación con el plan de Dios, con su presencia viva, con su acción; hace hallar de nuevo el misterio de la Paternidad divina que sale al encuentro de la humanidad. En otras palabras, nuestra religión instauró efectivamente una relación auténtica y viviente con Dios (EN 53).

No puede estar ausente de esta nuestra tarea de fundar la unción nacida del contacto directo con la fidelidad del Señor de la Historia. Nuestra Teología debe ser piadosa si quiere ser fundaste, si pretende dejarse fundar por el Señor. Piedad que no resulta de un barniz a actitudes de reflexión o investigación previas. No, esta piedad es -por decirlo así- la hermenéutica fundamental de nuestra teología.  Es vida. Cuando -en nuestra vida cotidiana- sentimos la presencia de Dios no queda sino decir “Dios está aquí”, y cuando Dios está lo primero que hay que hacer es ponerse de rodillas.

Luego viene el intelecto humano a profundizar y explicar cómo está Dios allí. Aquello de las “fideos quaerens intellectum”, o de las anécdotas que nos relataban de los santos estudiando teología de rodillas. Para nosotros vale también el juicio del Papa cuando indica que

(…) la evangelización comprende la predicación del misterio del mal y de la búsqueda activa del bien. Predicación asimismo, y esta se hace cada vez más urgente, de la búsqueda del mismo Dios a través de la oración sobre todo de adoración y de acción de gracias, también a través de ese signo visible del encuentro con Dios que es la Iglesia de Jesucristo; comunión que a su vez expresa mediante la participación en esos otros signos Cristo viviente y operante en la Iglesia que son los sacramentos (EN 28).

En fin, no olvidar qué es aquello que estamos llamados a fundar y sobre lo cual dejarnos fundar por el Señor:

(…) la totalidad de la evangelización que, aparte de la predicación del mensaje, consiste en implantar la Iglesia la cual no existe sin este respiro de la vida sacramental culminante en la Eucaristía (ibíd.).

Francisco I, En Él solo la esperanza

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Quisiera comenzar con las palabras que usaron ustedes en el documento del final de siglo, cuyo tono de Magníficat es tan consolador:

Nos mueve antes que nada el deseo de dar gracias a Dios y de alabarle, porque, en medio de todo, “su misericordia llega a sus fieles de generación en generación” (Lc 1, 50). Nos sentimos también llamados a la conversión, impulsados a pedir y recibir el perdón de Dios y gozosos de renovar nuestra fe, nuestra esperanza en sus promesas.

Como en María, la acción de gracias -la adoración y la alabanza- funda nuestra memoria en la misericordia del Dios que nos sostiene, y la esperanza en Él nos pone en pie para combatir el buen combate de la fe y de la caridad para con nuestro pueblo.

Al comenzar los Ejercicios Espirituales es bueno insistir mucho en la oración, para que el Espíritu Santo, que sabe escribir e imprimir en nuestros corazones todo lo bueno, nos regale el don de la esperanza, y que nosotros seamos prontos para recibirlo. Esa esperanza que es más que el optimismo. La esperanza que no es bullanguera, que no le teme al silencio, que se arraiga como las raíces en el invierno. La esperanza es cierta, nos la da el Padre de la Verdad. Discierne lo bueno y lo malo. No rinde culto a lo óptimo (no cae en el optimismo) ni se cree segura en lo pésimo (no es pesimista). Porque la esperanza discierno entre el bien y el mal, es combativa; y combate sin ansiedad ni obcecación, con la firmeza de quien sabe que corre a una meta segura, como esperanzadamente lo dice el autor bíblico: “corramos, con constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia” (Heb 12, 1). Precisamente pedir una esperanza combativa es mi propuesta al comienzo de estos Ejercicios.

El Magníficat contra las actitudes de esperanza institucional

Como esta esperanza combativa es también obra de discernimiento, quizá nos sea útil recorrer actitudes desesperanzadas que a veces se anidan en el corazón de las Instituciones a las que pertenecemos. Estas actitudes desesperanzadas siguen los mismos escalones del antirreino: comienzan por ser poco pobres, siguen vanas y terminan empachadas de soberbia.

El Magníficat se canta en pobreza

El Señor despide a los ricos con las manos vacías. Muchas veces nuestra falta de esperanza es señal de riquezas escondidas, de falta de pobreza evangélica.

Ante la escasez de vocaciones, algunas veces hacemos diagnósticos de ricos, de ricos en la sabiduría de las ciencias antropológicas modernas, que con su aire de suficiencia y totalidad, nos alejan de la oración de súplica y ruego pobre al Dueño de la mies.

Ante la magnitud y la complejidad de los problemas que presenta el mundo moderno, la pobreza de las soluciones que están a nuestro alcance se disfraza de riqueza sin llegar muchas veces a percatarse de que se trata de una riqueza herrumbrosa, pues es una riqueza de solas críticas. Entonces optamos por la riqueza de lo negativo. En fin, así podríamos seguir enumerando. Estos indicios de nuestro apego a la riqueza sería bueno que en estos Ejercicios los sometamos a la oración, y que el Señor quiera despojarnos de estas actitudes que sonrisa en cuanto desesperanzadas, y que nos recuerde que la esperanza del Reino tiene dolor de parto.

El Magníficat se canta en pequeñez y humillación

En una tierra no arada por el dolor el fruto estará condenado a la inconsistencia (Lc 8, 13). Son muchas las vanidades que se nos filtran, pero la vanagloria más común entre nosotros, aunque parezca paradójico, es la del derrotismo. Y es vanagloria porque se prefiere ser general de los ejércitos derrotados,  a simple soldado de un escuadrón que, aunque diezmado, sigue luchando. ¡Cuántas verdes soñamos con planes expansionistas propios de generales derrotados! Curiosamente, en esos casos, negamos nuestra historia de Iglesia que es gloriosa porque es historia de sacrificios, de esperanzas, de lucha cotidiana. De una fe que se abrió paso en medio de recursos humanos muy precarios, que en vez de desalentar animaban a nuestros mayores. Porque su esperanza era más fuerte que las contradicciones.

El Magníficat se canta en humildad

la soberbia nos ha llevado algunas veces al desprecio de los medios humildes del Evangelio. Hay un párrafo de las Constituciones de la Compañía que se aplican muy bien a la Iglesia toda. Dice san Ignacio:

Porque la Compañía (la Iglesia), que no se ha instituido con medios humanos, no puede conservarse ni aumentarse con ellos, sino con la mano omnipotente de Cristo Dios y Señor nuestro; es menester en Él solo poner la ESPERANZA de que Él haya de conservar y llevar adelante lo que se dignó comenzar para su servicio y alabanza y ayuda de las ánimas (Const. 812).

Si el Señor nos regala el vivir esto que nos pide san Ignacio habremos llegado a la humildad de sentirnos mayordomos, pero no amos, humildes servidores, como nuestra Señora, y no príncipes. Y esta humildad se alimenta en el oprobio y el menosprecio, no en el halago y la autocomplacencia.

Quisiera proponerles el ejemplo evangélico de las vírgenes prudentes. Olfateo que allí hay una enseñanza que necesitamos como Iglesia. Ustedes recuerdan, las vírgenes prudentes se niegan a compartir su aceite, y esto hace que, en una lectura rápida e inadvertida, se las condene (se las llene de oprobios) por mezquinas y egoístas. Una lectura más profunda nos muestra la grandeza de su actitud, pues no repartían lo irrepartible, no arriesgaban lo inarriesgable: el encuentro con su Señor y el precio de ese encuentro. Quizá en la Iglesia oprobio y menosprecio nos sobrevenga si, por seguir al Señor, dejamos de “probar los bueyes”, de “comprar el campo”, y de “contraer nupcias” (Lc 14, 18-20). Y en el seguimiento del Señor nuestra humildad será pobre, porque estará muy cerca de saber “lo esencial”: lo que viene bien y lo que viene mal, sin perderse en los engaños de las riquezas. Y porque la vida de Dios en nosotros no es un lujo, sino el pan cotidiano, la cuidaremos con nuestra oración y penitencia. Ese espíritu de oración y penitencia, aun en las grandes adversidades, nos hará avizorar esperanzados el camino de Dios.

Jorge Bergoglio

En Él solo la esperanza

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Educar en y para la interioridad

Educar en y para la interioridad

EDUCAR EN Y PARA LA INTERIORIDAD

(Reflexiones desde San Agustín)

Santiago Sierra Rubio, OSA

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p style=”text-align:right;”>
Licenciado en Filosofía y profesor de Filosofía 


en el Estudio Teológico Agustiniano

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de los Negrales (Madrid)

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p style=”text-align:justify;”>Los criterios que rigen en nuestra sociedad son la utilidad y la eficacia, y las energías, hasta en el
campo educativo, se dirigen a crear hombres hábiles, eficientes y competitivos. A veces se educa para 
el éxito, para el triunfo, para lo espectacular; pero quizá se olvide el ser íntimo del hombre y haya 
demasiados hombres superficiales, vacíos por dentro, con poco o con nada que ofrecer a los demás. 
Decía Einstein: «La escuela debe tener siempre como objetivo que el joven salga de ella con una 
personalidad armoniosa, no como un especialista». Posiblemente los esfuerzos docentes deban 
encaminarse a la adquisición del arte de pensar de manera crítica y creativa y, por tanto, a que el 
alumno no sólo adquiera conocimientos sobre las cosas, sino a que busque la verdad por sí misma.
 Eso no va contra la cultura y al saber. San Agustín orienta a un saber y una cultura al servicio del ser 
humano y para
 la promoción de todo lo humano.

<

p style=”text-align:justify;”>Hablar de la interioridad hoy es una necesidad para ser uno mismo frente a la 
superficialidad y a la dispersión, porque la interioridad tiene mucho que ver con el
 reconocimiento personal y con el descubrimiento de nuestro ser más íntimo. Sin duda, el
 hombre actual necesita una nueva experiencia de la interioridad, necesita comenzar desde
 el recogimiento y el silencio e ir avanzando hasta llegar a una profunda vida de interioridad.
 Pero en Agustín la interioridad nos está hablando de potenciar el hombre interior, que es la 
sede de la verdad, frente al hombre exterior, que vive de los sentidos, que se rige por el
«me gusta» o el «me apetece». La interioridad agustiniana no se puede vulgarizar; no es la 
introspección psicológica. En la interioridad se entra dentro del yo, pero se entra con la luz
 valorativa de la que depende el sentido del yo. Esa luz es la invitación que se hace al yo a 
que realice en sí mismo la imagen de Dios, que es la vocación fundamental del hombre. El 
hombre se conoce a sí mismo en cuanto realiza su vocación fundamental, que es ser 
imagen de Dios e hijo de Dios. En el nivel más alto, interiorizarse viene a significar 
identificarse con Cristo, revestirse de la filiación de Cristo. Conocerse a sí mismo a este
 nivel, ser interior a sí mismo, es comprometerse en el dinamismo del Cuerpo de Cristo, del
 Cristo Total.

1.- AGUSTÍN, UN HOMBRE DE INTERIORIDAD

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p style=”text-align:justify;”>
Es en el hombre interior donde el ser humano encuentra su consistencia y su alimento.
 Por eso dice Agustín: «Sintamos, pues, hambre y sed de justicia, para ser saturados de 
ella, de la que ahora estamos hambrientos y sedientos. Seremos saciados de lo que ahora
 sentimos: hambre y sed. Sienta hambre y sed nuestro hombre interior, pues también él tiene 
su alimento y su bebida» (Sermón 53, 4). Pero la interioridad agustiniana es un modo de leer 
y de vivir el mensaje cristiano, es valorar el mundo interior, el corazón, donde nos 
encontramos con Dios, por eso la interioridad es imprescindible para la búsqueda de Dios, y 
nos debe llevar a analizar críticamente las motivaciones profundas, sabiendo que «sólo
 puede encender a los demás quien dentro de sí tiene fuego» (Comentario al Salmo 103, s.
2, 4). Dios habita en nosotros para ser advertido y reconocido como nuestra verdad y 
nuestra vida.
 Sin duda, Agustín es el hombre de la interioridad y desea que todos ahondemos en este
 mundo interior, porque es la única manera de que no nos olvidemos de nosotros mismos. 
Por eso Agustín amonesta: «¡Oh hombre!, ¿hasta cuándo vas a estar dando vueltas en
torno a la creación? Vuélvete a ti mismo, contémplate, sondéate, examínate» (Sermón
 52, 17).
 Será necesario, por tanto, ayudar a que todos entren en el santuario interior, y allí se
 examinen en profundidad: «Despereza tu conciencia, sube al tribunal de tu mente, no te
 perdones, examínate, te hable el interior del corazón, ve si te atreves a confesarte 
inocente» (Comentario al Salmo 101, 10). La verdad es que no es posible ocultarse a sí
 mismo por mucho tiempo: «¿Por qué quieres esconderte a ti mismo? Te hallas de espaldas
 a ti mismo, no te ves; haré que te veas. Lo que colocaste a la espalda, lo pondré delante de
 ti; y verás tu fealdad, no para corregirte, sino para avergonzarte» (Comentario al Salmo 
49, 28). Es posible que muchos vivan de espaldas a su propio ser y a su propia vocación, y 
todos sabemos que mi espalda es mi mitad olvidada y casi desconocida, colocarme a la
 espalda es no querer saber nada de mí mismo. La interioridad me obliga a tenerme en 
cuenta, a considerarme; en el fondo esta es la gran obra que realizó Ponticiano en el
 umbral mismo de la conversión de Agustín; así, al menos, lo ha experimentado él: «Narraba
 estas cosas Ponticiano, y mientras él hablaba, tú, Señor, me trastocabas a mí mismo, 
quitándome de mi espalda, adonde yo me había puesto para no verme, y poniéndome 
delante de mi rostro para que viese cuán feo era, cuán deforme y sucio, manchado y
 ulceroso. Veíame y llenábame de horror, pero no tenía adónde huir de mí mismo. Y si
 intentaba apartar la vista de mí, con la narración que me hacía Ponticiano, de nuevo me 
ponías frente a mí y me arrojabas contra mis ojos, para que descubriese mi iniquidad y la
 odiase. Bien la conocía, pero la disimulaba, y reprimía, y olvidaba» (Confesiones 8, 7, 16).
No hay que tener miedo a entrar en el interior, lo problemático será no entrar porque nos 
convertimos en huéspedes en la propia casa, viviendo como desterrados en la patria; entrar 
en el interior es intentar reintegrarse desde dentro, porque es ahí donde se vive y se tienen
 los grandes ideales: «¿Por qué miras alrededor de ti y no vuelves los ojos adentro de ti?
 Mírate bien por dentro, no salgas fuera de ti mismo» (Sermón 145, 3). 
En todos los tonos y siempre que tiene ocasión, Agustín invita a sus oyentes a que 
hagan la experiencia de la interioridad: «Retornad, hombres, de vuestras afecciones. 
¿Adónde vais? ¿Adónde corréis? ¿Adónde huís, no sólo de Dios, sino también de
 vosotros? Volved, prevaricadores, al corazón, escudriñad vuestro espíritu, pensad en los 
años eternos, encontrad la misericordia de Dios que tiene para con vosotros, contemplad
las obras de Dios: su camino está en el Santo» (Comentario al Salmo 76, 16). En el fondo,
 Agustín nos está diciendo que la carrera que tenemos que hacer tiene como meta nosotros
 mismos, y allí, estando en íntimo contacto con nosotros mismos y con Dios, hemos de
 procurar agradar al Señor en todo: «Recapacita; sé juez para ti en tu corazón. Procura que
 en lo secreto de tu aposento, en el fondo más íntimo de tu corazón, donde estás tú solo y
 Aquel que también ve, te desagrade allí la iniquidad para que agrades a Dios» (Comentario 
al Salmo 65, 22).
 La interioridad, tal como la propone y la ha vivido Agustín, nunca es una evasión porque
 las cosas nos van mal en el exterior, ni es un ir en busca de la soledad porque nos estorban
 los hombres: «Luego por eso tú intentabas conseguir la soledad y las alas, por eso te
 quejas al no poder tolerar la contradicción y la iniquidad de esta ciudad. Descansa con
 aquellos que están dentro contigo y no pretendas conseguir la soledad» (Comentario al
 Salmo 54, 15).

 

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p style=”text-align:justify;”>2.- EDUCAR PARA LA INTERIORIDAD ES OPTAR POR LA VERDAD


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p style=”text-align:justify;”>Educar para la interioridad tiene mucho que ver con educar
 para el silencio, la admiración, la libertad. El hombre interior es aquel que supera la
 superficialidad y llega a lo profundo de sí mismo. Agustín está convencido que el ser
 humano lo es más auténticamente cuanto más deja salir su originalidad, cuando es más él 
mismo, porque cada uno es único e irrepetible.
 El centro de la pedagogía agustiniana siempre es el hombre concreto, que oculta dentro 
de sí enormes tesoros, el más importante, sin duda, es Dios. Ciertamente para Agustín Dios 
habita en el interior de todo hombre: «Mas he aquí que él está donde se gusta la verdad: en
 lo más íntimo del corazón» (Confesiones 4, 12, 18). Dios constituye la intimidad más íntima
del hombre, es el hondón del hombre: «Porque tú estabas dentro de mí, más interior que lo 
más íntimo mío y más elevado que lo más sumo mío» (Confesiones 3, ó, 11).
Siempre en la educación, y en casi toda actividad del hombre, lo que manda es la
 verdad. Para Agustín la verdad es la única y principal aspiración de la vida humana, es el 
único negocio necesario en la vida del hombre, lo que merece la pena hacer bien, porque 
es el comienzo y el fin. La verdad enciende en el alma deseos del puerto seguro. La 
investigación de la verdad, su búsqueda, es, según Agustín, uno de los fines que persigue
 toda actividad humana, y a esto se dirige con todas sus fuerzas el hombre: «El fin del
 hombre es indagar la verdad como se debe: buscamos al hombre perfecto, pero hombre
 siempre» (Contra los académicos 1, 3, 9). De aquí que nuestra ocupación suprema sea el
caminar para encontrarnos con la verdad: «Creo que nuestra ocupación, no leve y
 superflua, sino necesaria y suprema, es buscar con todo empeño la verdad» (Contra los
académicos 3, 1, 1). Y esto porque «la verdad es inconmutable, la verdad es el pan que 
alimenta a las almas; sin menguar, trueca a quien la come; no es ella lo que se convierte en
 el que la come» (Comentario al Evangelio de Juan 41, 1).
 La verdad es un valor superior al mismo hombre, ella está por encima y más allá: «Te
 prometí demostrarte, si te acuerdas, que había algo que era mucho más sublime que
 nuestro espíritu y que nuestra razón. Aquí lo tienes: es la misma verdad. Abrázala, si 
puedes; goza de ella» (Del libre albedrío 2, 13, 35). De hecho Agustín llega a decir que 
cuando se busca la verdad lo que se busca es a Dios (Cfr. Comentario al Salmo 104, 3).


<

p style=”text-align:justify;”>Buscar la verdad para Agustín es obra de todo el hombre,
 no es esfuerzo sólo de la inteligencia, y alcanzar la verdad es alcanzar la completa posesión
de sí mismo, la plenitud. El amor nos arrastra a la búsqueda de la verdad y la consecución
 de la verdad es el premio del amor: «Si la sabiduría y la verdad no se aman con todas las 
fuerzas del espíritu, no se puede, en modo alguno, llegar a su conocimiento; pero si se
busca como se merece, no se retira ni se esconde a sus amantes… El amor es el que pide,
 y busca, y llama, y descubre, y el que, finalmente, permanece en los secretos revelados» 
(Las costumbres de la Iglesia I, 17, 32).
Es más, la verdad es la gran pasión del hombre, su alimento cotidiano: «¿Qué hay, 
exclama Agustín, que se ame con más pasión que la verdad?» (Comentario al Evangelio de
 Juan 26, 5). «La verdad es inconmutable, la verdad es el pan que alimenta a las almas» 
(Comentario al Evangelio de Juan 41, 1). Parece lógico, conociendo un poco la doctrina 
agustiniana, que el paso obligado para una búsqueda de la verdad con garantías de éxito,
 sea la interioridad; es decir, será en el hondón del hombre, en la intimidad más íntima 
donde la verdad se hace presente y, en cierta medida, se impone con fuerza irresistible:
 «Pues ¿adónde arriba todo pensador si no es a la verdad? La cual no se descubre a sí
misma mediante el discurso, sino es más bien la meta de toda dialéctica racional. Mírala
 como la armonía superior posible y vive en conformidad con ella. Confiesa que tú no eres la
 Verdad, pues ella no se busca a sí misma, mientras que tú le diste alcance por la 
investigación, no corriendo espacios, sino con el afecto espiritual, a fin de que el hombre 
interior concuerde con su huésped» (De la verdadera religión 39, 72). Este es el sentido de
la famosa frase: «no quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el 
hombre interior reside la verdad; y si hallares que tu naturaleza es mudable, trasciéndete a
 ti mismo, mas no olvides que, al remontarte sobre las cimas de tu ser, te elevas sobre tu 
alma, dotada de razón» (De la verdadera religión 39, 72), que es el mejor resumen de la 
doctrina de la interioridad trascendente agustiniana y donde se enraíza la doctrina del
 Maestro interior (Cfr. Del Maestro) capaz de fundamentar la relación interhumana.
 Es más, para alcanzar la verdad, se hace nuestra ayuda la misma verdad, aunque por
 parte del hombre será necesario un esfuerzo para purificarse, llevar una vida recta para 
poder encontrarse con la verdad, porque «la verdad no se capta con los ojos del cuerpo,
 sino con la mente purificada, y que toda alma con su posesión se hace dichosa y perfecta;
 que a su conocimiento nada se opone tanto como la corrupción de las costumbres y las 
falsas imágenes corpóreas, que mediante los sentidos externos se imprimen en nosotros,
 originadas del mundo sensible, y engendrando diversas opiniones y errores; que, por lo
 mismo, ante todo se debe sanar el alma, para contemplar el ejemplar inmutable de las
 cosas y la belleza incorruptible» (De la verdadera religión 3, 3). Para llegar a la verdad 
tenemos a nuestra disposición un doble camino: la autoridad y la razón, la religión y la 
filosofía (Cfr. Las dimensiones del alma 7. 12: Del orden 2, 5, 16), pero como en la conquista 
de la verdad el hombre encuentra muchas dificultades, Dios envió a su Hijo (Ctr. La ciudad
 de Dios 11, 2).
 La verdad es uno de los valores que es común por naturaleza y que tiende a hacerse de 
todos: «Por consiguiente, la verdad, que vemos ambos como una sola, y cada uno con 
nuestra propia inteligencia, ¿acaso no es común a los dos?» (Del libre albedrío 2, 10, 28). Es 
decir, la verdad nunca puede ser propiedad de nadie: «Cuando con rectitud de intención 
trata el alma de captar las cosas interiores y trascendentes, patrimonio común, no 
propiedad privada, de cuantos la aman y sin solicitud ni envidia, con casto amplexo, las 
poseen, entonces mira por su propio bien y por el bien de los demás» (La Trinidad
12, 10, 15).
La consecuencia inmediata de esta naturaleza común de la verdad es la necesidad de 
que sea comunicada porque es dada para disfrute de todos: «Por eso, Señor, son temibles 
tus juicios, porque tu verdad no es mía ni de aquél ni del de más allá, sino de todos
 nosotros, a cuya comunicación nos llama públicamente, advirtiéndonos terriblemente que 
no queramos poseerla privada, para no vernos de ella privados. Porque cualquiera que 
reclame para sí propio lo que tú propones para disfrutar de todo, y quiere hacer suyo lo que
 es de todos, será repelido del bien común hacia lo que es suyo, esto es, de la verdad a la 
mentira» (Confesiones 12, 25, 34). Para Agustín lo propio del hombre es la mentira, mientras 
que la verdad le pertenece a Dios y, si está en nosotros, es porque la hemos recibido de Él,
 pero sólo la verdad construye: «Cuando lo que se dice tiene de Él su origen, es útil para mí 
y para vosotros. Lo contrario, cuando viene del hombre, entonces es mentira. El hombre no 
tiene suyo propio sino mentira y pecado. Lo que hay en el
hombre de verdad y de justicia tiene su origen en aquella fuente que se debe en este 
destierro con ansia desear, para que, refrescados por ella como con unas gotas de rocío y
 confortados durante el tiempo de esta peregrinación, no muramos en el camino y podamos 
llegar al descanso y fruición plena de ella. Si, pues, el que dice mentira habla de lo suyo, el 
que dice verdad habla de lo que tiene de Dios» (Comentario al Evangelio de Juan 5, 1).
 Desde aquí se entiende que ser fiel a uno mismo, es ser fiel a la verdad, que siempre está 
identificada con lo más íntimo del mismo hombre.

3.- INTERIORIZACIÓN Y PERSONALIZACIÓN

<

p style=”text-align:justify;”>
Educar para la interioridad es educar para aprender a ser, es ayudar a que se 
personalice, es decir, que se vaya haciendo persona. Para Agustín la persona humana es 
un potencial abierto que ha de desplegarse; dentro del hombre está la luz interior de la
 verdad: «Mas cierto aviso que nos invita a pensar en Dios, a buscarlo, a desearlo sin 
tibieza, nos viene de la fuente misma de la Verdad. Aquel sol escondido irradia esta claridad
 en nuestros ojos interiores. De él procede toda verdad que sale de nuestra boca, incluso 
cuando por estar débiles o por abrir de repente nuestros ojos, al mirarlo con osadía y 
pretender abarcarlo en su entereza, quedamos deslumbrados, y aun entonces se manifiesta
 que Él es Dios perfecto sin mengua ni degradación en su ser» (De la vida feliz, 4, 35).
 La grandeza del hombre está en que es un ser referencial, sólo con relación a Dios se le
 puede comprender. Parece difícil hablar de la concepción agustiniana del hombre sin hacer 
referencia a la teología y es que la antropología agustiniana es religiosa. Toda su grandeza 
y dignidad está aquí. Por esto el hombre aspira a Dios: «Los hombres están, por lo general, 
ávidos de divinidad» (Epístola 137, 3, 12).
 Agustín considera al hombre como un ser complejo y misterioso, fuente de grandes
 riquezas naturales puestas en él por Dios en orden a la vida sobrenatural, mezcla de luz y
 tinieblas, de virtud y de pecado, que se encuentra a sí mismo y a Dios en lo más íntimo de 
su ser y que se redime bajo la acción amorosa, iluminativa y restauradora de la gracia; el
 hombre es un ser con vocación de eternidad y sólo Dios, su Creador, es mayor que él:
 «Dirígete, ¡oh alma!, menos preciando todo lo demás, o pasa por encima de todo y vete allá.
 No existe nada más eficaz que esta criatura que lleva el nombre de alma racional; no existe
 ser creado de mayor sublimidad; lo que existe superior a ella es ya el Creador. Allí tienes
 algo tú por razón de tu enfermedad y allí tienes algo también por razón de tu perfección.
 Que te saque Cristo de tu postración por su ser de hombre, y te guíe por su ser
 Dios-Hombre, y te eleve hasta su ser Dios» (Comentario al Evangelio de Juan 23, 6).
 Para Agustín el hombre es un ser siendo, una realidad inacabada; el hombre es sobre
todo quehacer, proyecto, por eso es necesario abrirse, vivir en la inquietud y nunca dar por 
terminada la tarea de la propia construcción. En el libro de nuestra historia falta por escribir 
un capítulo que resume y sintetiza los demás, porque el hombre es un ser siempre en
 camino, y, por tanto, que debe seguir avanzando, que no puede pararse en lo conseguido,
 y para ello necesita la ayuda de Dios: «Usa del mundo, no te dejes envolver por él. Sigue el
 camino que has comenzado; has venido para salir del mundo y no para quedarte en él. 
Eres un caminante; esta vida es un mesón; utiliza el dinero como utiliza el caminante en la
 posada la mesa, el vaso, la olla, la cama; para dejarlo, no para permanecer con él. Si lo
 haces así, levantad el corazón los que podéis hacerlo, y escuchadme: si lo hacéis así,
 llegarás a conseguir sus promesas. No es mucho para vosotros, porque es grande la ayuda 
de quien os ha llamado. El nos llamó, invoquémosle nosotros, digámosle: Nos has llamado,
 nosotros te invocamos; mira que hemos atendido a tu llamamiento; oye nuestros ruegos y 
llévanos al lugar que nos has prometido; concluye lo que has comenzado; no dejes perder
 tus dones, no abandones tu campo hasta que tus semillas sean recogidas en el granero» 
(Comentario al Evangelio de Juan 40, 10). Para Agustín, el hombre es un ser de conquista,
 un ser que vive en la noche y anhela la luz, pero es un ser «llamado a realizar aquella 
perfecta naturaleza en la que Dios le hizo y estaba antes de cometer el primer pecado» (De
 la verdadera Religión 46, 88). «El hombre es imagen de Dios, en cuanto es capaz de Dios y 
puede participar de él» (La Trinidad 14, 8, 11).
 Educar para la interioridad es educar para acoger lo más profundo del hombre e invitar a
la reflexión. Cuando el hombre es capaz de reflexionar sobre sí mismo, descubre en su 
interior un mundo lleno de riquezas: ve que el Dios creador le ha hecho partícipe de su vida 
sublime haciéndolo a su imagen y semejanza: «su naturaleza es sublime, pues es capaz y 
puede ser partícipe de una gran naturaleza» (La Trinidad 14, 4, 6). Pero a la vez descubre
 en su interior un mundo lleno de paradojas y de luchas que le hace sentirse miserable.


<

p style=”text-align:justify;”>Agustín no quiere que el hombre renuncie a ser él mismo para
ser otra cosa, lo que quiere es que sea plenamente él mismo, como ser humano, es decir,
 como potencial dinámico y autocreador que es dentro de sí algo irrepetible: «En mi corazón,
 donde yo soy lo que soy» (Confesiones 10, 3, 4). Este hombre va creciendo bajo la acción 
permanente del maestro interior, que habla y actúa directamente desde dentro de cada
 educando. Agustín es consciente que lo importante en la enseñanza no es el maestro, que
es solamente un instrumento, un punto de referencia, sino que, en este campo, lo 
fundamental es una actitud de escucha, por parte del alumno y del maestro, pero una 
escucha al Maestro interior, que es el que verdaderamente enseña siempre que se aprende
 algo. Reconocer que esta es la función que tenemos como educadores, es vivir en la
 humildad, saber situarse en el propio puesto y no pretender otras cosas; por eso, él dice: 
«Pero recuerda bien que aunque puedas aprender algo saludablemente por mi ministerio,
 te enseñará Aquel que es el Maestro interior del hombre interior, pues Él en tu corazón te 
hace ver que es verdad lo que se te dice» (Epístola 266, 4).

 

<

p style=”text-align:justify;”>4.- EL MAESTRO ESTÁ DENTRO


<

p style=”text-align:justify;”>Para Agustín, existe un único Maestro: Cristo Él nos enseña todo cuanto sabemos. La 
instrucción que Cristo nos da es en el interior, y será necesario un proceso de
 interiorización para poder participar de estas enseñanzas: «Mas qué haya en los cielos, lo 
enseñará aquel que por medio de los hombres y de sus signos nos advierte exteriormente,
 a fin de que, vueltos a Él interiormente, seamos instruidos. Amarle y conocerle constituye la
 vida bienaventurada, que todos predican buscar; mas pocos son los que se alegran de 
haberla verdaderamente encontrado» (Del maestro 14, 46).
Todo hombre consulta a este Maestro; él enseña al que habla y al que escucha una 
misma verdad; su presencia interior, es la presencia de la verdad, de la que habla Agustín 
frecuentemente; El es más interior que lo más interior nuestro (Cfr. Confesiones 3, 4, 11; La
verdadera religión 39, 72). Todos los hombres estamos hermanados en este mismo Maestro 
interior; es más, Agustín insiste en que todos somos condiscípulos en la gran escuela de 
este único Maestro; nadie debe creerse ya licenciado de ser escolar, ya que, renunciando a 
ser discípulos de esta escuela, nos quedamos en la oscuridad. Es este maestro el que 
habla por la boca de todos los maestros; es Él el que nos enseña en todas nuestras 
enseñanzas. Él es el Maestro, el gran Maestro, el único Maestro: «Vuestra caridad sabe
 cómo tenemos un Maestro único, bajo cuya autoridad somos todos condiscípulos. No por
hablaros yo desde un sitial más elevado soy vuestro maestro, no; hay un Maestro común, el
 que mora en nosotros, y acaba de hablaros» (Sermón 134, 1). Este maestro es el que 
ilumina la verdad: «Dios, que es luz, ilumina por sí mismo las mentes piadosas para que
 entiendan las cosas divinas que se dicen o muestran… y la ilumina por sí mismo, de suerte
 que no sólo aprovechando vea las cosas que se muestran por la verdad, sino la misma 
verdad» (Comentario al Salmo 118, 18, 4).
Agustín ve a Cristo como el maestro único y verdadero, el doctor que enseña, que desde
 la autenticidad comunica la verdad y que no puede engañarse ni engañar; lo suyo es una 
pedagogía de delicadeza y de profundidad, en comparación con la pedagogía de la ley, y
 que sólo cuando se le sigue, se llega a comprender toda la trascendencia de lo que nos 
dice: «El auténtico maestro, que a nadie adula y a nadie engaña; el verdadero doctor y a la
 vez salvador al que nos conduce el insoportable pedagogo, al hablar de las buenas obras…
 No lo dice Agustín, sino el Señor. ¿Qué dice el Señor? Sin mí nada podéis hacer… Dejaos
 guiar, pero corred también vosotros; dejaos guiar, pero seguid al guía, pues después de 
haberle seguido, será cierto aquello de que sin él nada podéis hacer» (Sermón 156, 13).
 Desde aquí Agustín tiene claro que tanto él como los que están escuchando son 
condiscípulos: «Lo más seguro, sin embargo, es que tanto nosotros que hablamos, como 
vosotros que escucháis, sepamos que somos condiscípulos del único maestro» (Sermón 
23, 2).
 La misión que tiene Agustín, es decir lo que el maestro auténtico le manda decir, el
 maestro presta su voz para que Cristo diga su mensaje: «Hablo a condiscípulos en la escuela del Señor. Tenemos un único maestro, en el que todos somos uno; quien, para 
evitar que podamos vanagloriarnos de nuestro magisterio, nos amonestó con estas
 palabras: “No dejéis que los hombres os llamen maestro, pues uno es vuestro maestro:
 Cristo”. Bajo la autoridad de este maestro, que tiene en el cielo su cátedra -pues hemos de
ser instruidos en sus escritos-, poned atención a lo poco que voy a decir, si me lo concede
 quien me manda hablaros. Quienes ya lo sabéis, recordadlo; quienes lo ignoráis,
 aprendedlo» (Sermón 270, 1).
 Este maestro, que tiene su cátedra en el Evangelio, habla a todos desde dentro: 
«Vuestra caridad sabe cómo tenemos un Maestro único, bajo cuya autoridad somos todos 
condiscípulos. No por hablaros yo desde un sitial más elevado soy vuestro maestro, no; hay
 un Maestro común, el que mora en nosotros y acaba de hablaros en el Evangelio a todos…,
 hablaba desde la cátedra del Evangelio» (Sermón 134, 1). 
La gran seguridad que tiene Agustín es que enseñando lo que ha dicho Cristo él no se 
equivoca, con la particularidad que no hay cosa mejor que hacer que esto: «Habiéndosele 
acercado, pues, sus discípulos, el Maestro único y verdadero les enseñaba diciéndoles lo
 que brevemente he recordado. También vosotros os habéis acercado a mí para que, con su 
ayuda, os hable y enseñe ¿Puedo hacer cosa mejor que enseñar lo que tan gran Maestro 
ha dicho?» (Sermón 53 A, 1).
 Cristo es el maestro bueno, el maestro profundamente humano que «acaricia, exhorta,
 amenaza» (Sermón 22, 3), pero humanísimo no al estilo humano, sino divino, porque enseña
 haciéndose uno, encarnándose, poniéndose a la altura de los que quiere enseñar para que 
lo vean realizado en su persona: «Veían en él a un maestro, un animador y consolador, un
 protector, pero humano, como se veían a sí mismos, y si esto no aparecía a sus ojos, lo
 consideraban ausente, siendo así que él está presente por doquier con su majestad. Es 
verdad, él los protegía, como la gallina a sus polluelos, según él se dignó afirmar; como la 
gallina, que, ante la debilidad de sus polluelos, también ella se hace débil. Como recordáis, 
son muchas las aves que vemos engendrar polluelos, pero no vemos que ninguna, salvo la
 gallina, se haga débil con sus polluelos. Esta es la razón por la que el Señor la tomó como 
punto de comparación; también él, en atención a nuestra debilidad, se dignó hacerse débil
 tomando la carne» (Sermón 264, 2). Lo mismo que la gallina y la madre se acomodan en
 todo a sus pequeños, como también lo hizo el Señor, así deben hacerlo también los
 educadores: «Por eso se hizo niño en medio de nosotros, como la madre que vela por sus 
hijos. ¿Es que resulta agradable balbucir palabras infantiles y entrecortadas si a ello no 
invita el amor? Y, con todo, los hombres desean tener hijos para hablarles de esa manera.
 Y la madre se complace más en dar a su pequeñito trocitos diminutos que en comer ella
 misma manjares más sólidos. Por tanto, no se aparte de tu mente la imagen de la gallina
 que cubre con sus plumas delicadas los tiernos polluelos y llama con su voz quebrada a sus
 crías que pían, mientras los otros, huyendo en su soberbia de sus blandas alas, resultan 
presas de las aves rapaces. Si a nuestra mente agrada penetrar en las verdades más 
recónditas, que no le desagrade comprender que la caridad, cuanto más obsequiosa se 
rebaja hasta las cosas más humildes, tanto más vigorosamente asciende hacia las
 realidades íntimas mediante la buena conciencia de no buscar entre aquellos a que se
 abajó ninguna otra cosa sino su salvación eterna» (La catequesis de los principiantes 
10, 15). «Por tanto, con la ayuda del Señor, os serviremos lo que él nos conceda, 
recordando y teniendo bien presente en el ánimo nuestro deber de servir, para hablaros no 
en calidad de maestro, sino de servidor; no a discípulos, sino a condiscípulos; porque 
tampoco a siervos, sino a consiervos. Sólo hay un maestro para todos» (Sermón 292, 1). 
Agustín nos invita a que juntos escuchemos a ese único maestro para aprender sus 
enseñanzas: «Escuchemos juntos; escuchemos juntos como condiscípulos en la única 
escuela del único maestro, Cristo; su cátedra está en el cielo, precisamente porque antes lo 
fue su cruz en la Tierra. Él nos enseñó el camino de la humildad para ascender después, 
visitando a quienes yacían en el abismo y elevando a quienes querían unirse a él» (Sermón 
240 A, 4). A la vez, para Agustín, después de la resurrección, Cristo no está en el quinto 
cielo desentendido de lo que pasa aquí en la Tierra con los hombres, sino que ha colocado 
su cátedra en el interior de cada uno de nosotros; ahí sigue enseñando, sigue hablando
 silenciosamente: «Volveos a vuestro interior y si sois fieles, allí encontraréis a Cristo. Él es 
quien os habla allí. Yo grito, pero él enseña con su silencio más que yo hablando. Yo hablo
 mediante el sonido de mi palabra; él habla interiormente infundiendo pensamientos de
 temor. Grabe él, pues, en vuestro interior las palabras que me atreví a deciros: “Vivid bien 
para no morir mal”. Puesto que hay fe en vuestro corazón y, en consecuencia, habita Cristo 
en él, él os enseñará lo que yo deseo proclamar» (Sermón 102, 2).
 Cristo es un maestro muy especial y es que enseña en todo momento, con cada uno de
 sus actos y dichos e, incluso, sin actos ni dichos, dado que es maestro por estructura, no
 por oficio: «Hasta cuando padecía nos estaba enseñando, como nos enseñó cuando fue 
tentado. Como te enseñó lo que debes responder al tentador en el momento de la
 tentación, de idéntica manera te enseñó lo que has de responder al perseguidor cuando 
seas juzgado» (Sermón 299 E, 2). Este mismo Señor es el que enseña ahora en el corazón 
de cada hombre: «mejor os enseñará quien habla dentro de vosotros incluso en ausencia 
mía, en quien pensáis devotamente, a quien recibisteis en el corazón, convirtiéndoos en
 templos suyos» (Sermón 293, 1). 
La genuina educación agustiniana va en la línea de la iluminación, no de la fuerza, «ya 
que nadie hace bien lo que hace a la fuerza, aunque sea bueno lo que hace» (Confesiones
1, 12, 19). A semejanza de Cristo, que «nada obró con violencia, sino todo con persuasión y
 consejo» (De la verdadera religión 16, 31).

5.- EDUCACIÓN Y AUTOCONCIENCIA

<

p style=”text-align:justify;”>
Agustín se inclina a una educación para la libertad, la comprensión y la responsabilidad
 mutua, y la educación al estilo agustiniano es sobre todo concienciación, es decir, despertar 
la autoconciencia para que el educando descubra por sí mismo la verdad y despliegue todo 
lo que contiene en su interior. Para que el hombre sea él mismo es necesario que viva
 conscientemente, y vivir conscientemente, entre otras cosas, será vivir conociéndose: «En 
gran estima suele tener el humano linaje la ciencia de las cosas terrenas y celestes; pero 
sin duda son más avisados los que a dicha ciencia prefieren el propio conocimiento. Más 
digna de alabanza es el alma conocedora de su debilidad que la de aquel que, 
desconociendo su condición enfermiza, avizora el curso de los astros en afanes de nuevos
 conocimientos con el fin de contrastar nuevas teorías, pero ignora la senda de su salvación 
y de su estabilidad. El que, movido por el fervor del Espíritu Santo, despertó ya en el Señor, 
y en su amor conoce la propia vileza, y, suspirando por la proximidad de Dios, experimenta 
su impotencia, e iluminado por el esplendor divino entra en sí y se encuentra a sí mismo,
 éste estará cierto de que su indigencia no puede anteponerse a la pureza de Dios» (La
 Trinidad 4, prólogo, 1). El propio conocimiento es prioritario, «¿cómo puede el alma conocer
 otra alma si se ignora a sí misma?» (La Trinidad 9, 3, 3). «Volved al corazón, ¿qué es eso de
ir lejos de vosotros y desaparecer de vuestra vista? ¿Qué es eso de ir por los caminos de la
 soledad y vida errante y vagabunda? Volved. ¿A dónde? Al Señor. Es pronto todavía.
 Vuelve primero a tu corazón; como en un destierro andas errante fuera de ti. ¿Te ignoras a 
ti mismo y vas en busca de quien te creó? Vuelve, vuelve al corazón y deja tu cuerpo, tu 
cuerpo es tu casa. Tu corazón siente también por tu cuerpo; pero tu cuerpo no siente lo que
 tu corazón. Deja también tu cuerpo y vuelve a tu corazón» (Comentario al Evangelio de 
Juan 18, 10). Parece que Agustín nos quiere decir que sólo podemos conocer de forma
 vivencial a Dios si entramos en el propio corazón: «Prevaricadores, volved al corazón y
 adheriros a Aquel que os ha creado. Manteneos en su compañía y alcanzaréis estabilidad. 
Descansad en Él y hallaréis sosiego. ¿Adónde vais por caminos impracticables? ¿Adónde 
vais? El bien que amáis procede de Él » (Confesiones 4, 12, 18). 
Por otra parte, según Agustín, sólo vive de verdad el que es fiel al propio mundo interior,
 es decir, el que es fiel a la verdad que habita dentro. Agustín invita a que eduquemos al
 hombre para la propia armonía interna, para la paz: «Si quieres ser artífice de la paz entre 
dos amigos tuyos en discordia, comienza a obrar la paz en ti mismo; debes purificarte 
interiormente, donde quizás combates contigo mismo una lucha cotidiana» (Sermón 53 A, 
12), que eduquemos para la libertad propia, es decir, para que sea él mismo, que es la meta
 principal del hombre. Dios mismo da la gracia para que el hombre consiga la plena libertad:
 «Mirad, pues, cómo la libertad de la voluntad se armoniza muy bien con la gracia, no va en
contra de ella. Pues la voluntad humana no obtiene la gracia con su libertad, sino más bien
 con la gracia de libertad, y para perseverar en ella, una gustosa permanencia e insuperable 
fortaleza» (De la corrección y de la gracia 8, 17). «El libre albedrío no es aniquilado, sino 
antes bien fortalecido por la gracia, pues la gracia sana la voluntad para conseguir que la
 justicia sea amada libremente» (Del espíritu y de la letra 30, 52).
 Educar en la interioridad es ayudar a vivir la autoconciencia; Agustín quiere que todos
 seamos condiscípulos, tiene miedo a entorpecer la labor del auténtico maestro: «Se nos 
denomina doctores, pero en muchas cosas buscamos nosotros un doctor y no deseamos
 ser tenidos por maestros. Es peligroso y ha sido prohibido por el Señor mismo… Lo más
 seguro, sin embargo, es que tanto nosotros que hablamos, como vosotros que escucháis, 
sepamos que todos somos condiscípulos del único maestro; es esto, sin duda, lo más
 exento de peligro; en consecuencia, conviene que nos escuchéis no como a maestros, sino 
como a condiscípulos vuestros» (Sermón 23, 1-2). 
Educar en la interioridad es ayudar a que se consulte esa luz interior, es cierto que los
 educadores pueden sugerir, pero el que enseña está dentro: «Los hombres pueden traer en 
cierto modo a la memoria las cosas mediante los signos que son las palabras, pero quien
 enseña es el único verdadero maestro, la misma verdad incorruptible, el único maestro 
interior. El se hizo también maestro exterior para llamarnos de lo exterior a lo interior, y 
tomando la forma de siervo, se dignó aparecer humilde a los que yacían, para que, al
 levantarse, se les mostrase su sublimidad» (Réplica a la carta llamada del Fundamento 36). 
No aprendemos del maestro exterior, aunque su labor no sea inútil, ya que tiene como 
función llamar la atención: «El sonido de nuestras palabras hiere el oído, pero el maestro
 está dentro. No penséis que alguno aprende algo del hombre. Podemos llamar la atención
 con el ruido de nuestra voz; pero si dentro no está el que enseñe, vano es nuestro sonido» 
(Comentario a la Epístola de Juan 3, 13). Las palabras del maestro exterior, nos mueven a 
consultar nuestro interior, y esta verdad interior, que es el mismo Cristo, se da a conocer a
 cada uno según la propia capacidad: «Comprendemos la multitud de cosas que penetran
 en nuestra inteligencia no consultando la voz exterior que nos habla, sino consultando 
interiormente la verdad que reina en el espíritu; las palabras tal vez nos mueven a 
consultar. Y esta verdad que es consultada y enseñada, es Cristo… Toda alma racional
 consulta a esta Sabiduría; mas ella revelase a cada alma tanto cuanto ésta sea capaz de 
recibir, en proporción de su buena o mala voluntad» (Del maestro 11, 38). Esto postula
 claramente una llamada a la interioridad tanto para los educandos como para los mismos
 educadores.

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p style=”text-align:justify;”>
La función del maestro no consiste en creer que él sólo posee
 la verdad y, por tanto, en querer ser centro y protagonista de toda acción educativa. El
 verdadero educador es consciente de lo secundario que es su papel. La educación o es
 autoeducación, o no es educación en absoluto, por eso dice Agustín: «No te hagas 
demasiado esclavo de la autoridad, sobre todo de la mía, que nada vale. Horacio dice:
 «Atrévete a saber», a fin de que la razón te subyugue antes que el miedo» (De la cuantidad
 del alma 23,41). Podemos decir que para Agustín el educando ha de ser él mismo, y el
 educador deberá respetar su ritmo y ayudarle a que piense por sí mismo ya que no es un 
vaso que hay que llenar, a lo sumo es una llama que hay que alumbrar; pero esto mismo 
hace que Agustín no puede ser partidario de una autoeducación en el sentido de una 
autonomía absoluta del proceso educativo; él reconoce expresamente la necesidad de la 
instrucción, de la educación y de la disciplina para que en el alumno la razón llegue a 
dominar sobre la sensibilidad y lo eterno sobre lo caduco: «Es débil todavía el alma que se
 rige por estos cinco sentidos y que obra según la ley de estos cinco maridos. Mas cuando 
le llega ya la aurora de la razón, si entonces recibe una óptima educación y la ciencia de la 
sabiduría, verá cómo toma la dirección, en lugar de aquellos cinco maridos, el solo
 verdadero y legítimo marido, y mejor que ellos, y que la rige mejor: la rige para la eternidad, 
y la cultiva para la eternidad, y la instruye para la eternidad. Estos cinco sentidos no nos
 rigen para la eternidad; sólo nos rigen en la apetencia u odio de los bienes temporales…» 
(Comentario al Evangelio de Juan, 15, 21). 
El educador invita y orienta a cada educando, pero, consciente que es desde dentro
 desde donde se educa, se preocupa por formar el hombre interior, que es el que vive según
 razón, según lo mejor de sí mismo, que es ser imagen de Dios; para formar este hombre
 interior es importante esforzarse por educar en actitudes y motivaciones. La misión que 
tiene el maestro externo es hacer posible el encuentro con la verdad, desde el propio 
conocimiento, que es la clave para el conocimiento de la realidad: «Y la causa principal de
 este error es que el hombre se desconoce a sí mismo. Para conocerse necesita estar muy 
avezado a separarse de la vida de los sentidos y replegarse en sí y vivir en contacto
 consigo mismo. Y esto lo consiguen solamente los que cauterizan con la soledad las llagas 
de las opiniones que el curso de la vida ordinaria imprime en ellos, o las curan con la
 medicina de las artes liberales. Así, el espíritu, replegado en sí mismo, comprende la
 hermosura del universo, el cual tomó su nombre de la unidad. Por tanto, no es dable ver 
aquella hermosura a las almas desparramadas en lo externo, cuya avidez engendra la 
indigencia, que sólo se logra evitar con el despego de la multitud. Y llamo multitud, no de 
hombres, sino de todas las cosas que abarcan nuestros sentidos» (Del orden 1, 1, 3-2, 4). 
Educar en la interioridad es educar en la libertad personal, invita a ser uno mismo, por 
eso dirá Agustín que en esta vida no se puede considerar feliz al que no profundiza y se 
conforma con la autoridad: «Mas a quienes contentándose sólo con la autoridad, se
 esfuerzan por alcanzar la práctica de una vida buena y morigerada, sea por desdén, sea 
por dificultad de imbuirse en las disciplinas liberales, no se cómo llamarlos bienaventurados 
en esta vida» (Del orden 2, 9, 26). Ser uno mismo es un deber porque todos somos distintos, 
cada uno tiene sus propios dones: «Hay, pues, muchos dones, y unos más excelsos y 
gloriosos que otros y para cada uno su don particular» (Sobre la santa virginidad 46, 46). 
Desde las reflexiones que hemos visto es posible que ahora podamos hablar sobre qué 
estrategias podemos seguir para transmitir esta doctrina. Es decir, ahora nos tocaría 
abordar las concretizaciones educativas, desde el qué queremos, es decir, qué tipo de 
hombre o mujer estamos proyectando, y qué tipo deberíamos proyectar, hasta la reflexión
 sobre los valores y actitudes que estamos potenciando, cómo ayudamos a superar en
 nuestro centro la superficialidad y el individualismo en el que vivimos comúnmente y en el 
que han nacido y crecen nuestros alumnos…

RELIGIÓN Y CULTURA 198-99. Págs. 573-601

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