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Archive for the ‘Exégesis’ Category

El “discurso escatológico”, en el evangelio de Mateo, naliza con una escena grandiosa: el juicio nal a las naciones. Después de la descripción de los signos e indicios que evocan la venida de nitiva del Hijo del hombre y de la insistente invitación a la vigilancia y a tener un comportamiento adecuado a quien vive en la espera activa del Reino futuro, el discurso termina con la descripción del acontecimiento anunciado: el juicio final. Es, además, la última predicación pública de Jesús, ya que a continuación se adentrará en los momentos decisivos de la pasión, muerte y resurrección.

La escena se describe de un modo solemne. El Hijo del hombre, a quien identi camos con Jesús, viene sobre las nubes, rodeado de ángeles, sentado en su trono de gloria; tiene ante él al conjunto de las naciones, a quienes separa en dos grupos. Más que ante una parábola, como se suele considerar habitualmente, nos encontramos ante una visión profética, al estilo de los escritos apocalípticos. Este marco sirve para resaltar el objetivo de esta venida definitiva al nal de los tiempos: realizar el juicio Este acto judicial se divide en dos momentos sucesivos: el juicio a los “benditos” y el juicio a los “malditos”. Ambas escenas son paralelas, plagadas de repeticiones que sirven para reforzar el sentido de lo que sucederá al fin de los tiempos. Al presentar al juez soberano como «un pastor que separa a las ovejas de los cabritos» pone de manifiesto que el juicio del que se habla es un juicio de salvación: igual que Dios ha querido cuidar siempre de su rebaño, protegiéndole y guiándole a buenos pastos, así el juez de las naciones quiere llevar adelante su obra de salvación. No obstante, la condenación permanece como una posibilidad real.

El esquema utilizado es el mismo para ambos momentos del juicio: una declaración por parte del rey, una pregunta por parte de los juzgados, y una explicación que realiza, nuevamente, el rey. Los que están sentados a la derecha del trono son declarados «benditos» e invitados a «tomar posesión del reino preparado». La razón de esta bendición se expresa a través de una serie de ejemplos de acciones de carácter “humanitario”, que han realizado con el mismo Jesús.

La pregunta de los justos deja constancia de su sorpresa: ¿Cuándo hicieron eso?, ¿cuándo han visto así a Jesús y le han atendido? El criterio que fundamenta este juicio es que Jesús se identifica con «los hermanos más pequeños». Esta es la clave: Jesús está en ellos, en los últimos, los marginados, los desheredados… Esta identidad es, además, un principio de acción. Por eso, cada vez que practicaron la misericordia con los más necesitados, lo hicieron con Jesús.

El juicio a los “malditos” repite las mismas claves. Ellos son condenados al fuego eterno, porque no practicaron con Jesús la misericordia. También preguntan como los anteriores: ¿cuándo sucedió eso? Y la razón es la misma: «Cuando no lo hicisteis con uno de estos mis hermanos pequeños». Es significativo que el criterio no es solamente “hacer mal a los otros”, sino también “omitir hacer el bien”. «No dar de comer, no dar de beber», “mirar para otro lado”, ser indiferentes al sufrimiento humano… eso también es motivo de condena por parte de Jesús.

El ejercicio práctico de la misericordia es la piedra de toque de nuestra experiencia creyente. No podemos descuidar el compromiso con  los más pobres y despreciados, con los descartados, porque en ello nos jugamos la entrada al banquete del Reino.

Óscar de la Fuente de la Fuente

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La liturgia de la solemnidad de Cristo Rey, con la que culmina el año litúrgico, nos propone como segunda lectura un pasaje de la primera carta de san Pablo a los Corintios. Pertenece al extenso capítulo 15 de esta epístola, sección en la que el apóstol aborda la última de las varias cuestiones que resultaban problemáticas para la comunidad de Corinto, y sin duda la más fundamental de todas: la resurrección de los muertos.

En los versículos inmediatamente anteriores, Pablo había afirmado muy tajantemente lo absurdo de un cristianismo sin fe en la resurrección: «Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido […]. Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solo en esta vida, somos los más desgraciados». Sin embargo –continúa el apóstol–, no es así en absoluto: Cristo ha resucitado y es primicia (aparchē) de los que duermen (conocida imagen para hablar de la muerte). La resurrección del Señor es, por lo tanto, promesa y garantía de nuestra resurrección de la muerte.

En el versículo siguiente, Pablo sugiere de modo muy escueto la comparación entre Cristo y Adán, que desarrollará con más amplitud poco después (1 Cor 15,45-49) y sobre todo en Rom 5,12-21: «Pues lo mismo que en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados». Ahora bien, esta universalidad de la resurrección («todos serán vivificados») no excluye una jerarquía («cada uno en su puesto»), que se detalla a continuación: «… primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo, en su venida; después el final, cuando Cristo entregue el reino a Dios Padre, cuando haya aniquilado todo principado, poder y fuerza».

Comienza con esta frase (v. 24) la parte del texto que tiene que ver más directamente con la solemnidad de hoy, desde el momento en que Pablo a rma que al nal de los tiempos Cristo entregará el reino al Padre. El reinado de Cristo sobre el mundo se concibe aquí como una batalla escatológica contra las fuerzas que se oponen al reino de Dios, con una cita implícita de un salmo mesiánico (Sal 110,1): «Pues Cristo tiene que reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la muerte».

La muerte, podríamos decir, ha sido ya vencida por Cristo en su resurrección, pero todavía tiene poder sobre los seres humanos. Cuando este último enemigo sea derrotado de manera definitiva, «entonces también el mismo Hijo se someterá al que se lo había sometido todo. Así Dios lo será todo en todos» (cf. Ef 4,6; Flp 3,21; Col 3,11). Este es el horizonte de plenitud de nitiva al que nos in- vita a dirigir nuestra mirada la liturgia de hoy.

José Luis Vázquez Pérez, S.J.

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La tercera parte del libro de Ezequiel, capítulos 33-48, contienen el mensaje de esperanza que sigue a los oráculos de castigo de Judá (primera parte capítulos 1-24), y a los consabidos oráculos contra las naciones (segunda parte del libro, capítulos 25-32). Al recuperar la palabra tras los tiempos de cumplimiento del desastre anunciado con la invasión de Judá por los babilonios y la destrucción de Jerusalén (véase el comentario a la primera lectura del domingo 23º al capítulo 33), el ministerio profético de Ezequiel se torna anuncio esperanzador, lo cual no quiere decir incauto. La salvación llega, pero no indiscriminadamente, como si el futuro prometido igualara todo el pasado y todas las conductas tuvieran el mismo valor o todas las personas tuvieran la misma responsabilidad ante el sufrimiento generado. La comprensión de Ez 34, a la luz de la común interpretación del evangelio de este domingo como “parábola del juicio final” en clave individual, puede hacernos perder una cierta graduación ante las responsabilidades colectivas y grupales frente a las dinámicas o estructuras generadoras de injusticia y destrucción.

El capítulo 34, a la par que una promesa y un mensaje de salvación, sigue conteniendo una carga de juicio y condena, muy especialmente contra los dirigentes del pueblo, que han abusado de su poder y han conducido al pueblo a la desgracia. La imagen utilizada es la de los pastores (para los dirigentes) y el rebaño (para el pueblo que, bien entendido, no sufre el juicio de forma generalizada). En la primera parte del capítulo, 34,1-16, el proceso que se sigue es más una acusación colectiva que busca depurar responsabilidades que un proceso judicial individualizado. Ezequiel identifica a los pastores con los reyes y gobernantes que, buscando su propio interés, lejos de cuidar y desvelarse por los débiles, han explotado al pueblo que ha acabado por sufrir la dispersión y ha sido devorado. De hecho, el oráculo ya cumple lo que anuncia, pues es en sí mismo una denuncia («me voy a enfrentar con los pastores»: 34,10) y se promete que Dios mismo va a ocupar el lugar de esos pastores («buscaré a mi rebaño y lo cuidaré»), siendo la palabra profética parte de ese cuidado y de esa guía («vendaré a las heridas, fortaleceré a la enferma»: 34,16).

En la segunda parte del capítulo (versículos 17-31) pasa a un juicio dentro del propio rebaño, pero también en este caso se trata de un juicio de colectivos. También dentro del pueblo se puede distinguir «entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío»: 34, 17 (el hecho de que el texto litúrgico acabe aquí puede llevar a pensar que se trata de un “juicio personalizado” además del juicio colectivo). En realidad, el texto matiza que dentro del pueblo hay grupos ricos y fuertes (carneros y machos cabríos) que son también responsables del mal, que causan daño y que no pueden confundirse con las ovejas que son víctimas y sufren injusticias («yo mismo juzgaré entre la oveja robusta y la oveja flaca»: 34, 20). Yahvé se pone al frente del rebaño, pero empezando por apacentar a las más débiles, lo cual comienza por oponerse a las injusticias de las más ovejas más gordas, que no les basta con pacer en buenos pastos sino que pisotean el resto de los pastizales, quitando así la comida al resto del rebaño o dejándoles «restos pisoteados» (34,18-19). Dios como pastor que apacienta, en el texto de Ezequiel, y como rey que juzga, en el evangelio de Mateo, deja claro de que parte de quién está.

José Javier Pardo Izal, S.J.

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La “parábola de los talentos” comparte con las dos anteriores, “el criado el y sensato” y “las jóvenes necias y las sensatas”, un esquema y un mensaje similares: la urgencia de unas actitudes y un comportamiento correcto conforme a la espera de la venida definitiva del Hijo del hombre. No se puede abandonar una vigilancia activa y responsable porque el n de los tiempos llegará, pero no sabemos el día ni la hora.

Como sucede en otras ocasiones, también se puede distribuir la narración de “la parábola de los talentos” en tres escenas. En primer lugar se describe la situación, presentando los personajes y situando la acción hasta la marcha del señor. El número tres vuelve a ser importante ya que son tres los criados que reciben una suma diferente. La disposición de la parábola, “in crescendo”, ya indica que la centralidad de lo que sucede estará en torno al tercero de los criados. El reparto de los talentos se hace dando «a cada uno según su capacidad».

La segunda escena se desarrolla con gran agilidad. En el momento en que el señor se ha marchado, los criados que han recibido más se ponen a “trabajar” con sus talentos. Son personajes diligentes y responsables, y rápidamente consiguen doblar la cantidad que habían recibido: uno cinco talentos y el otro dos. En contraste con ellos, el criado a quien se ha con ado un talento decide enterrarlo a la espera de que regrese su señor. Ninguno de los tres conoce cuándo volverá, pero sus actitudes son diferentes.

La tercera escena es la más desarrollada. Después de mucho tiempo el señor regresa y reúne a los criados para que le rindan cuentas sobre lo que han hecho con aquello que les había con ado. Se acentúa, de nuevo, el carácter imprevisto del regreso del señor de la casa, aunque aquí se da más importancia al hecho del encuentro con los criados tras mucho tiempo, imagen del juicio nal, que a la espera activa ante el retraso de su llegada, como sucede en la parábola anterior.

Los primeros criados rinden cuentas. El esquema es el mismo, incluso se repiten las mismas expresiones: devuelven lo que habían recibido y dan al señor lo que han ganado. El dueño de la casa les felicita y les invita a «entrar en el gozo de su señor». No se trata de comparar cuánto ha ganado cada uno; lo que recompensa el señor es el hecho de haber sido responsables y lograr una ganancia con lo que tenían.

El tercer criado se convierte en el centro de la narración. Ya sabemos que, en lugar de trabajar con lo que le habían con ado, prefirió enterrar su talento «por miedo a su señor». Lo único que puede hacer es devolvérselo sin ningún rendimiento. La reacción del señor es la contraria a la que tuvo con los criados anteriores porque éste no ha querido hacer producir lo que le confiaron. De nuevo hay que insistir, no es la cantidad lo que importa, sino el hecho de haber intentado lograr el más mínimo interés. No podrá, por tanto, gozar de la recompensa que han alcanzado los otros.

Mateo vuelve a insistir en la urgencia de vivir una espera activa, vigilante, ante la llegada del fin de los tiempos. No importa si ésta será inminente o se retrasará; lo decisivo es “poner a producir” los talentos, dar buenos frutos, vivir el estilo de vida nueva que Jesús he enseñado. El presente es tiempo de responsabilidad, de trabajo, espacio en el que dar fruto; es el tiempo en el que vivir conforme a la voluntad de Dios.

Óscar de la Fuente de la Fuente

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La segunda lectura de hoy es continuación directa de la que escuchábamos la semana pasada. Siguiendo con su reflexión sobre la resurrección de los muertos y la Parusía, Pablo pasa a hablar a los tesalonicenses de cuál debe ser la actitud de los cristianos ante esa (entonces considerada inminente) venida de nitiva del Señor. El texto, pues, enlaza muy bien con el ambiente que impregna la liturgia en estos domingos de final y comienzo del año cristiano.

El apóstol comienza afirmando que, en lo referente al tiempo y a las circunstancias de la venida de Cristo, «no necesitáis que os escriba, pues vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche». En los evangelios sinópticos, redactados años después de esta carta, encontramos a rmaciones semejantes, tanto sobre el desconocimiento del momento concreto en que terminará el mundo (Mc 13,32-33; Mt 24,36) como sobre el carácter imprevisible y sorprendente de este acontecimiento (Mc 13,34-36; Mt 24,37-40; Lc 17,26-35; 21,34-36), incluso con la misma imagen del ladrón (Mt 24,43; Lc 12,39; cf. Ap 3,3; 16,15).

El versículo 3 insiste en esta misma idea, con una nueva comparación: la de la llegada inesperada de los dolores de parto a la mujer encinta. Esto sucederá «cuando estén diciendo “paz y seguridad”», es decir, cuando menos se lo esperen; entonces «les sobrevendrá la ruina […] y no podrán escapar». Frente a esta tercera persona de plural (que hace referencia seguramente a los no creyentes), Pablo pasa en el versículo 4 a la segunda de plural, interpelando directamente a los tesalonicenses: «Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, para que ese día os sorprenda como un ladrón; porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas».

La mención del «día» (ya sin el complemento «del Señor») permite al apóstol introducir un nuevo campo metafórico (luz/tinieblas, noche/día), muy utilizado en la Sagrada Escritura. Hay también un nuevo y sutil cambio de persona gramatical, de la segunda («sois hijos de la luz») a la primera de plural («no somos de la noche»). Pablo se asocia así afectivamente a sus lectores y continúa haciéndolo con una nueva metáfora (muy relacionada con la de noche/día), con la que concluye la lectura litúrgica de hoy: «Así pues, no nos entreguemos al sueño como los demás, sino estemos en vela  y vivamos sobriamente» (cf. Rom 13,11-12).

Vemos cómo este texto paulino, muy articulado literariamente, con sus cambios de persona gramatical y su riqueza de imágenes (ladrón, dolores de parto, luz/tinieblas, sueño/ vigilia), culmina precisamente en esa invitación a velar (grēgoréō), muy repetida en las diversas tradiciones neotestamentarias (Mt 24,42; 25,13; Mc 13,35.37; 1 Cor 16,13; Col 4,2; 1 Pe 5,8; Ap 3,2-3; 16,15) y que va a constituir algo así como el leitmotiv del ya próximo tiempo de Adviento.

José Luiz Vázquez Pérez, S.J.

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Como todo acervo de sabiduría popular, también el libro de Proverbios contiene materiales compilados a lo largo de muchos siglos de la historia de Israel y de diferentes orígenes, incluyendo las culturas circundantes. El cierre de la composición y redacción del libro es situado hacia el siglo II a.C. y, sea en esa época sea en las etapas históricas cuando se gestaron las distintas piezas de sabiduría que contiene el libro, reflejan un contexto cultural androcéntrico del que difícilmente nos podemos abstraer, aunque ése debe ser el intento si queremos decir una palabra sobre este texto en nuestros días, donde la igualdad de géneros es punto de partida obligado.

Nos puede ser de ayuda partir del contexto literario, ya que los capítulos 30-31 forman el epílogo del libro de Proverbios y presentan una serie de enigmas en torno a la sabiduría. Así, dando continuidad a Sab 6,12-16, que leíamos el domingo pasado (véase el comentario correspondiente), se trata de una descripción personificada de la Sabiduría (en Sab 6,12-16 era la sabiduría como mujer admirable y digna de ser amada, aquí se trata de una mujer fuerte, que gobierna con virtud). Más en concreto, el capítulo 31 presenta a la Sabiduría, o mejor a la Mujer Sabia, bajo dos aspectos: como madre y consejera de reyes (31,1-9); y como la mujer que administra ejemplarmente en sus ámbitos de responsabilidad (31,10-31, que formalmente es una unidad como un poema acróstico utilizando las 22 letras del alfabeto hebreo).

Algunos autores ven en este poema la instrucción de una madre a su hija; otros, las enseñanzas nales del maestro de sabiduría a sus discípulos sobre la elección de una “buena esposa” (retomando la contraposición la Sabiduría y Doña Necedad de Prov 9 y decantando la elección fuera de toda duda). Sin descartar esos posibles contextos de origen, admitimos que hoy no nos sirven, ni siquiera subrayando que la mujer del poema asume ámbitos asociados a los varones en una cultura patriarcal (compra y vende campos 31,16 y administra una familia extensa incluyendo a los siervos). Más bien tenemos que situarnos en un contexto hermenéutico distinto: el de una metáfora femenina para representar la divinidad, la Mujer Fuerte como ejemplar para varones y mujeres, y que por el uso de sus talentos (en la línea del evangelio de este domingo) es inspiración para las personas que asumen responsabilidades.

Desde esta perspectiva, los valores que nos propone la lectura son enseñanzas como modelo de humanidad, para ellas y ellos: laboriosidad, responsabilidad, confianza… Y muy especialmente por el temor de Dios (31,30, que supone una inclusión con 1,7, donde se a rma como principio de la sabiduría) y la enseñanza de la sabiduría que conduce a la bondad y a la atención del pobre y necesitado (31,20.26). Por lo tanto, la pregunta y la búsqueda no es por una mujer hacendosa y ejemplar -« ¿quién la hallará?»-. La pregunta está dirigida a suscitar el deseo de la persona sabia, a encaminar los pasos del que busca la sabiduría para que encuentre en la Mujer Fuerte los rasgos propios de la experiencia religiosa temor y respeto de Dios como actitud ante lo más valioso en la vida, que conducen a regirse y a responsabilizarse de los demás como familia propia, talentos imperecederos que tenemos que poner en juego y que nos traerán ganancias sin pérdidas (31,12).

José Javier Pardo Izal, S.J.

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Después del enfrentamiento con los líderes del pueblo, Jesús abandona las inmediaciones del Templo y se dirige al Monte de los olivos. Allí,  en compañía de los discípulos, contemplando el edificio del Templo y todo lo que le rodeaba, pronuncia el quinto y último de los grandes discursos que jalonan el evangelio de Mateo: el “discurso escatológico”. Construido sobre la base de Marcos 13, anuncia la venida definitiva del Hijo del hombre para el juicio final y lo que esto significa para el hombre.

El anuncio de la llegada inminente del final de los tiempos y la instauración de nitiva del Reinado de Dios provocó en las primeras generaciones cristianas una cierta “relajación” en su vivencia del evangelio porque, ¿para qué preocuparse de otras cosas si el juicio final y la venida del Hijo del hombre estaban al caer? Sin embargo, su retraso provocó la necesidad de explicar bien el sentido de las palabras de Jesús y las exigencias que de ellas se derivaban. El Reino llegará, es una realidad incontestable, pero ante la incertidumbre del momento es necesario prepararse bien.

La parábola de las diez jóvenes, cinco sensatas y cinco necias, forma parte de un conjunto de tres parábolas que invitan a la vigilancia y al comportamiento correcto ante lo imprevisible de la venida de nitiva del Hijo del hombre: la parábola del criado el y sensato, la de las jóvenes sensatas y las necias, y la parábola de los talentos.

La segunda de estas parábolas, la de las diez jóvenes, se desarrolla en dos escenas precedidas de una introducción que centra la narración. La presentación de las diez jóvenes, cinco sensatas y cinco necias, pone en la pista de que el desenlace de la historia va a ser diferente para unas y otras. En esta descripción aparece el primer dato relevante: la venida del novio, al que esperan, se retrasa. Lo que parecía inminente cuando preparaban sus lámparas aún no llega. Lo relevante no es que a causa del cansancio se duerman y no estén vigilantes, sino el hecho de cómo han preparado sus lámparas para la espera del novio, cuando este tarda en llegar.

La primera escena tiene lugar cuando, en medio de la noche, se anuncia de repente la llegada del novio. Las jóvenes se disponen a esperarlo, pero no todas están bien preparadas: cinco de ellas no han llevado aceite su ciente y sus lámparas comienzan a apagarse. No han sido previsoras. Las otras cinco, que se habían provisto de aceite su ciente, no pueden darles de lo suyo porque no habría para todas. Es mejor que vayan a la ciudad a comprar más.

Mientras éstas han marchado, se desarrolla la segunda escena: el novio llega y las jóvenes que lo esperaban, porque habían preparado sus lámparas con su ciente aceite, entran al banquete de boda. Cuando vuelven las otras cinco encuentran la puerta cerrada y se quedan fuera. En la petición que hacen vuelven a resonar palabras que ya se han escuchado: «No todo el que me dice: “¡Señor, señor!”, entrará en el Reino de los cielos».

La sentencia conclusiva pone de relieve el sentido de la parábola: es necesario estar preparados para acoger la venida de nitiva del Hijo del hombre. Se trata de una espera activa, dispuestos a hacer la voluntad del Padre. Dios no niega su oferta a tomar parte en el banquete del Reino, pero lo importante es, como recuerda Mateo, la respuesta que da el hombre a esta invitación. Estar preparado y vigilante significa vivir, poner en práctica lo que Jesús ha enseñado: «escuchar la palabra de Dios y cumplirla».

Óscar de la Fuente de la Fuente

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