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Archive for the ‘Exégesis’ Category

Ya dijimos el pasado Domingo que la preocupación esencial de Marcos en la segunda parte de su Evangelio (cf. Mc 8,31-16,8), es la de presentar a Jesús como “el Hijo de Dios”. Sin embargo, Marcos tiene cuidado en demostrar que Jesús no ha venido al mundo para cumplir un destino de triunfos y de glorias humanas, sino para cumplir la voluntad del Padre y ofrecer su vida en donación de amor a los hombres. Es en este contexto donde debemos situar los tres anuncios hechos por Jesús acerca de su pasión y muerte (cf. Mc 8,31-33; 9,30-32; 10,32-34).

El texto que se nos propone en este Domingo es, precisamente, el segundo de esos anuncios.

El grupo ha dejado Cesarea de Filipos (donde Jesús, por primera vez, había hablado de su pasión y muerte, como leímos en el Evangelio del pasado Domingo), y ahora está atravesando Galilea. Muy probablemente, la marcha próxima a Jerusalén está en el horizonte de los discípulos y ellos tienen conciencia de que en Jerusalén se va a jugar la carta decisiva de este proyecto por el que habían decidido apostar. En esta fase, todos creen todavía que Jesús entrará en la ciudad como un Mesías político, poderoso e invencible, capaz de liberar a Israel, por la fuerza de las armas, del dominio romano.

A lo largo de esta “caminata hacia Jerusalén”, Jesús va catequizando a los discípulos, enseñándoles los valores del Reino y mostrándoles, con gestos concretos, que el proyecto del Padre no pasa por esquemas de poder y de dominio.

Nuestro texto forma parte de una de esas instrucciones a los discípulos. ¿Entenderán ellos la lógica de Dios y estarán dispuestos a embarcar, con Jesús, en la aventura del Reino?

El texto se divide en dos partes.

En la primera, Jesús anuncia su próxima pasión, en Jerusalén; en la segunda, Jesús enseña a los discípulos la lógica del Reino: el mayor, es aquel que se hace siervo de todos.

En la primera parte (vv. 30-32), Marcos pone en boca de Jesús un segundo anuncio de su pasión, muerte y resurrección, con palabras ligeramente diferentes a las del primer anuncio (cf. Mc 8,31-33), pero con el mismo contenido.

Las palabras de Jesús denotan tranquilidad y una serena aceptación de esos hechos que van a realizarse en un futuro próximo. Jesús recibió del Padre la misión de anunciar a los hombres un camino de realización, de felicidad sin fin; y él va a llevarlo

25o Domingo Tiempo Ordinario-B – 11 –

a cabo haciendo que se realice a través de la cruz. La serenidad de Jesús le viene de la total aceptación y de la absoluta conformidad con los planes del Padre.

Los discípulos se mantienen en un extraño silencio ante este anuncio. Marcos explica que no entienden el lenguaje de Jesús y que tienen miedo de preguntarle (v. 32). Las palabras de Jesús son claras; lo que no está claro, para la mentalidad de esos discípulos, es que el camino del Mesías tenga que pasar por la cruz y por la entrega de la vida. La muerte, en la perspectiva de los discípulos, no puede ser el camino hacia la victoria.

El “no entender” es, aquí, lo mismo que discrepancia: íntimamente, ellos discrepan del camino que Jesús eligió seguir, pues entienden que el camino de la cruz es un camino de fracaso. A pesar de discrepar con Jesús no se atreven a criticarlo. Probablemente recuerdan la dura reacción de Jesús cuando Pedro, después del primer anuncio de la pasión, le recomendó que no aceptase el proyecto del Padre (cf. Mc 8,32- 33).

La segunda parte (vv. 33-37) nos sitúa en Cafarnaún, “en casa” (¿será la casa de Pedro?). La escena comienza con una pregunta de Jesús: “¿Qué discutíais por el camino?” (v. 33). El contexto sugiere que Jesús sabe, claramente, cual había sido el tema de discusión. Probablemente captó alguna cosa de la conversación, y esperó la oportunidad, en la tranquilidad de la “casa”, para aclarar las cosas y para continuar la instrucción de los discípulos.

Sólo en este punto Marcos informa a sus lectores de que los discípulos habían discutido, por el camino, sobre “quién era el más importante” (v. 34). El problema de la jerarquización de los puestos y de las personas era un problema serio en la sociedad palestina de entonces. En las asambleas, en la sinagoga, en los banquetes, el “orden” de presentación de las personas estaba rigurosamente definido y, con frecuencia, se generaban conflictos irresolubles a causa de pretendidas infracciones al protocolo jerárquico. Los discípulos estaban profundamente imbuidos de esta lógica.

Una vez que se aproximaba el triunfo del Mesías e iban a ser distribuidos los puestos clave en la cadena de poder del reino mesiánico, convenía tener claro el esquema jerárquico. A pesar de lo que Jesús les había dicho poco antes acerca de su camino de cruz, los discípulos se negaban a abandonar sus propios sueños materiales y su lógica humana. Jesús ataca el problema de frente y con toda crudeza, pues lo que está en juego afecta a la esencia de su propuesta.

En la comunidad de Jesús no hay una cadena de grandeza, con unos en la cima y otros en la base. En la comunidad de Jesús, sólo es grande aquel que es capaz de servir y de ofrecer su vida a sus hermanos (v. 35). De esa forma, Jesús tira por tierra cualquier pretensión de poder, de dominio, de grandeza, en la comunidad del Reino. El discípulo que piense en términos de poder y de grandeza (esto es, según la lógica del mundo), esta subvirtiendo la lógica del Reino.

Jesús completa la instrucción a los discípulos con un gesto. Toma a un niño, lo pone en medio del grupo, le abraza e invita a los discípulos a acoger a los “niños”, pues quien acoge a un niño acoge al mismo Jesús y acoge al Padre (vv. 36-37). En la sociedad palestina de entonces, los niños eran seres sin derechos y que no contaban desde el punto de vista legal (hasta que no hubiesen hecho el “bar mitzvah”, la ceremonia que definía la pertenencia de un niño a la comunidad del Pueblo de Dios). Eran, por tanto, un símbolo de los débiles, de los pequeños, de los sin derechos, de los pobres, de los indefensos, de los insignificantes, de los marginados. Son esos, precisamente, a los que la comunidad de Jesús debe abrazar.

En el contexto de la conversación que Jesús está teniendo con los discípulos, el gesto de Jesús significa lo siguiente: el discípulo de Jesús es grande, no cuando tiene poder o autoridad sobre los otros, sino cuando abraza, cuando ama, cuando sirve a los pequeños, a los pobres, a los marginados, a aquellos que el mundo rechaza y abandona.

En el pequeño y en el pobre que la comunidad acoge, el mismo Jesús (que también fue pobre, débil, indefenso) se hace presente.

Los anuncios de la pasión testimonian que Jesús, desde muy temprano, tuvo conciencia de que la misión que el Padre le confiaba iba a pasar por la cruz. Por otro lado, la serenidad y la tranquilidad con la que hablaba de su destino de cruz, muestran una perfecta conformación con la voluntad del Padre y la voluntad de cumplir el guión de los proyectos de Dios. La postura de Jesús es la postura de alguien que vive según la “sabiduría de Dios”. Él nunca dirigió su vida según los intereses personales, nunca puso en primer lugar esquemas de egoísmo o de autosuficiencia, nunca se dejó tentar por sueños humanos de poder o de riqueza. Para él, el factor decisivo, el valor supremo fue siempre la voluntad del Padre, el proyecto de salvación que el Padre tenía para los hombres.

Nosotros, cristianos, un día nos adherimos a Jesús y aceptamos andar por el mismo camino que él recorrió.
¿Qué valor y qué significado tiene, para mí, esa voluntad de Dios que un día descubrí en mi vida? ¿Tenemos la misma disponibilidad de Jesús para vivir en fidelidad a los proyectos del Padre? ¿Qué es lo que dirige y condiciona nuestro caminar: nuestros intereses personales, o los proyectos de Dios?

En este episodio, los discípulos son un ejemplo clásico de quien piensa según la “sabiduría del mundo”. Cuando Jesús habla de servir y de dar la vida, ellos no están de acuerdo y se cierran en el silencio; y, luego en el camino, discuten unos con otros a causa de la satisfacción de sus apetitos de poder y de dominio. Lo que les preocupa no es el cumplimiento de la voluntad de Dios, sino la satisfacción de sus propios intereses, de sus sueños personales. La actitud de los discípulos muestra la dificultad que los hombres tienen para entender y acoger la lógica de Dios. Con todo, la reacción de Jesús ante todo esto es clara: quien quiera seguirle, tiene que cambiar la mentalidad, los esquemas de pensamiento, los valores egoístas y abrir su corazón a la voluntad de Dios, a las propuestas de Dios, a los retos de Dios. No es posible formar parte de la comunidad de Jesús, si no estamos dispuestos a realizar este proyecto.

El Evangelio de hoy nos invita a repensar nuestra forma de situarnos ante la sociedad, dentro de la propia comunidad cristiana. La instrucción de Jesús a los discípulos que el Evangelio de este Domingo nos presenta, es una denuncia de los juegos de poder, de las tentativas de dominio sobre los hermanos, de los sueños de grandeza, de las maniobras para conquistar honras y privilegios, de la búsqueda desenfrenada de títulos, de la caza de posiciones de prestigio. Esos comportamientos son todavía más graves cuando suceden dentro de la comunidad cristiana: se trata de comportamientos incompatibles con el seguimiento de Jesús. Nosotros, los seguidores de Jesús no podemos, de ninguna forma, pactar con la “sabiduría del mundo”; y una Iglesia que se organiza y estructura teniendo en cuenta los esquemas del mundo, no es la Iglesia de Jesús.

En nuestra sociedad, los primeros son los que tienen dinero, los que tienen poder, los que frecuentan las fiestas reseñadas en las revistas del corazón, los que visten según las exigencias de la moda, los que tienen éxito profesional, los que saben situarse en los valores políticamente correctos.

¿Y en la comunidad cristiana? ¿Quiénes son los primeros? Las palabras de Jesús no dejan lugar a dudas: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. En la comunidad cristiana, la única grandeza es la grandeza de quien, con humildad y sencillez, hace de la propia vida un servicio a los hermanos. En la comunidad cristiana no hay señores, ni grupos privilegiados, ni personas más importantes que otras, ni distinciones basadas en el dinero, en la belleza, en la cultura, en la posición social. En la comunidad cristiana hay hermanos iguales, a quienes la comunidad confía servicios diversos en vistas al bien común. Lo que nos debe mover es la voluntad de servir, de compartir con los hermanos los dones que Dios nos ha dado.

La actitud de servicio que Jesús pide a sus discípulos debe manifestarse, de forma especial, en la acogida de los pobres, de los débiles, de los humildes, de los marginados, de los sin derechos, de aquellos que no nos aportan reconocimiento público, de aquellos que no pueden pagarnos.

¿Seremos capaces de acoger y de amar a los que llevan una vida poco ejemplar, a los marginados, a los extranjeros, a los enfermos incurables, a los sidosos, a los deficientes, a los que nadie quiere y nadie ama?

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Después de invitar a los creyentes a la autenticidad y coherencia de fe (cf. St 1,2- 27) y de exhortarles a expresar la fe en actitudes concretas (cf. St 2,1-24), el autor de la Carta de Santiago enumera, en la tercera parte de la carta (cf. St 3,1-4,10), una serie de aspectos particulares que precisan de atención y de cuidado por parte de los creyentes.

Estos aspectos particulares tratados en la tercera parte de la carta son, ciertamente, cuestiones y situaciones que perjudicaban a las comunidades cristianas de origen judío a quienes la carta se dirige (y que no están circunscritas a Palestina, sino esparcidas por todo el mundo greco-romano, sobre todo en las regiones próximas de Palestina, como Siria, Egipto o Asia Menor).

El primer aspecto particular al que el autor se refiere, es el cuidado que hay que tener con la lengua (cf. St 3,1-12); el segundo, se refiere a la necesidad que tienen los creyentes de rechazar la “sabiduría del mundo” y de acoger la “sabiduría que viene de lo alto” (cf. St 3,13-18); el tercero, es un análisis sobre el origen de las discordias que envenenan la vida de las comunidades cristianas (cf. St 4,1-10). El texto que se nos propone, une algunos versículos del segundo con otros del tercer aspecto.

El objetivo del autor sigue siendo, también en esta tercera parte, purificar la existencia cristiana y exhortar a los creyentes para que no pierdan los valores cristianos auténticos.

La primera parte de nuestro texto (cf. St 3,16-18), exhorta a los creyentes a vivir de acuerdo con la “sabiduría de Dios”.

La “sabiduría del mundo” genera envidia, contiendas, falsedad (cf. St 3,14), rivalidad, desorden y toda clase de malas acciones (cf. St 3,16). Acaba por destruir la vida de la propia persona y por impedir la comunión de los hermanos. Se trata de una “sabiduría” incompatible con las exigencias de la adhesión a Cristo.

Al contrario, la “sabiduría de Dios” es “pura, pacífica, comprensiva y generosa, llena de misericordia y buenas obras, imparcial y sin hipocresía” (St 3,17). Son siete las “cualidades” de la “sabiduría” aquí enumeradas: dado que el número siete significa “perfección”, “plenitud”, el autor de la Carta de Santiago está, así, proponiendo a los creyentes un camino de perfección, de realización total, de vida plena. Si el cristiano quiere vivir en paz (esto es, en comunión) con Dios, debe acoger la “sabiduría de Dios” y actuar de acuerdo con ella en cada paso de su existencia.

En la segunda parte de nuestro texto (cf. St 4,1-3), el autor de la carta analiza las causas de la situación de conflicto y de discordia que se vive en muchas de las comunidades cristianas y que es incompatible con las exigencias del compromiso con Cristo. Eso se produce por el echo de que los creyentes no tienen, todavía, interiorizada la propuesta de Cristo. En lugar de hacer de su vida, como Cristo, un don de amor a los hermanos, y de traducir ese amor en gestos concretos de solidaridad, de servicio, de fraternidad, estos creyentes viven cerrados en su egoísmo y en su orgullo. Su corazón está dominado por la codicia, por la envidia, por la voluntad de sobreponerse a los otros. Y esas “pasiones” se traducen naturalmente, en el nivel de las relaciones comunitarias, en actitudes de lucha, de envidia, de rivalidad, de celos, de arrogancia, de ira. Viven de acuerdo con la “sabiduría del mundo” y no de acuerdo con la “sabiduría de Dios”.

Naturalmente, su oración no es atendida por Dios. Lo que ellos piden a Dios no es para satisfacer sus necesidades materiales, sino para satisfacer sus “pasiones”, su orgullo, su codicia, su deseo de imponerse sobre los hermanos. Una oración que se sustenta sobre bases egoístas, no puede ser escuchada por Dios.

El bautismo es, para todos los creyentes, el momento de la opción por Cristo y por la propuesta de vida nueva que él vino a presentar; es el momento en el que los creyentes eligen la “sabiduría de Dios” y pasan a dirigir su vida por los criterios de Dios. A partir de ese momento, la vida de los creyentes debe ser expresión de la vida de Dios, de los valores de Dios, del amor de Dios.

En un mundo que se construye, tantas veces, al margen de Dios, los cristianos deben ser los rostros de esa vida nueva que Dios quiere ofrecer al mundo.
¿Soy consciente de esa realidad?
¿He vivido de forma coherente con los compromisos que asumí el día de mi bautismo?

¿Los valores que conducen mi vida son los valores que brotan de la “sabiduría de Dios”?

Sin embargo, muchos bautizados continúan conduciendo su vida de acuerdo con la “sabiduría del mundo”. Pasan, con indiferencia, al lado de los desafíos que Dios les hace, se instalan en el egoísmo y en la autosuficiencia, viven para el “tener”, dejan que su existencia sea dirigida por criterios de ambición y de ganancia, rechazan hacer de su vida un compartir generoso con los hermanos.

El autor de la Carta de Santiago avisa: cuidado, pues la opción por la “sabiduría del mundo” no es un camino hacia la realización plena del hombre; sólo genera infelicidad, desorden, guerras, rivalidades, conflictos, muerte.
Nosotros, los cristianos, tenemos que estar permanentemente en un proceso de conversión para que la “sabiduría del mundo” no ocupe todo nuestro corazón y nos impida alcanzar la vida plena.

Cuando dirigimos nuestra vida por medio de la “sabiduría del mundo”, eso tiene consecuencias en las relaciones que establecemos con aquellos que caminan a nuestro lado. La ambición, la envidia, el orgullo, la competición, el egoísmo, crean divisiones y destruyen la comunidad.

¿Nuestras comunidades cristianas (o religiosas) dan testimonio de la “sabiduría de Dios” o de la “sabiduría del mundo”?
¿Las rivalidades, los celos, las críticas destructivas, la indiferencia, las palabras que hieren, las luchas por el poder, las tentativas de afirmación personal a costa del hermano, son compatibles con la “sabiduría de Dios” que elegimos el día de nuestro bautismo?

Una palabra sobre el tema de la oración, abordado en el último versículo de nuestro texto.
Cuando nuestro corazón está lleno de la “sabiduría del mundo”, nuestra oración no tiene sentido; se convierte en un monólogo egoísta, en una petición de cosas que están destinadas a satisfacer nuestras “pasiones”, nuestras ambiciones, nuestros intereses personales.

Antes de hablar con Dios, necesitamos cambiar nuestro corazón, reorganizar nuestros valores y nuestras prioridades, aprender a ver el mundo y la vida con los ojos de Dios. Sólo entonces nuestra oración tendrá sentido: será un diálogo de amor y de comunión, a través del cual escuchamos a Dios, percibimos sus planes, acogemos esa vida que él nos quiere ofrecer.

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El “Libro de la Sabiduría” es el más reciente de todos los libros del Antiguo Testamento (aparece durante el siglo I antes de Cristo). Su autor, un judío de lengua griega probablemente nacido y educado en la Diáspora (¿Alejandría?), expresándose en términos y conceptos del mundo helénico, hace el elogio de la “sabiduría” israelita, describe la suerte que le espera al “justo” y al “impío” en el más allá y muestra (con ejemplos sacados de la historia del Éxodo) las diversas suertes que tuvieron los paganos (idólatras) y los hebreos (fieles a Yahvé).

Estamos en Alejandría (Egipto), en un medio fuertemente helenizado. Las otras culturas, sobre todo la judía, son desvalorizadas y hostigadas. La enorme colonia judía residente en la ciudad conoce, sobre todo en los reinados de Ptolomeo Alejandrino (106-88 a. de C.) y de Ptolomeo Dionisio (80-52), una dura persecución. Los sabios helénicos procuran demostrar, por un lado, la superioridad de la cultura griega y, por otro, la incongruencia del judaísmo y de su propuesta de vida. Los judíos son forzados a dejar su fe, a “modernizarse” a abrirse a los brillantes valores de la cultura helénica.

En este ambiente es en el que el sabio autor del Libro de la Sabiduría decide defender los valores de la fe y de la cultura de su Pueblo. Su objetivo es doble: dirigiéndose a sus compatriotas judíos (sumergidos en el paganismo, en la idolatría, en la inmoralidad), les invita a redescubrir la fe de los padres y los valores judíos; dirigiéndose a los paganos, les invita a constatar lo absurdo de la idolatría y a adherirse a Yahvé, el verdadero y único Dios. Para unos y para otros, el autor pretende dejar esta enseñanza fundamental: sólo Yahvé garantiza la verdadera “sabiduría” y la verdadera felicidad.

El texto que se nos propone forma parte de la primera parte del libro (cf. Sab 1-5). Ahí, el autor reflexiona largamente y de forma pormenorizada sobre el destino de los “justos” y el destino de los “impíos”.

En la sección que va de Sab 1,16 a 2,24, el autor del Libro de la Sabiduría presenta el cuadro de la vida de los “impíos”. Después presenta los razonamientos de los “impíos” (cf. Sab 1,16-2,9) y sus reacciones de desprecio hacia los “justos” (cf. Sab 2,10-20), el sabio autor de esta reflexión comparte con sus lectores su crítica a las actitudes incoherentes de los “impíos” (cf. Sab 2,21-24). Mostrando el sinsentido de la conducta de los “impíos”, pretende mostrar a sus conciudadanos que vale la pena ser “justo” y mantenerse fiel a los valores tradicionales de la fe de Israel.

Esos “impíos” de los que habla el sabio autor de nuestro texto, son, ciertamente, los paganos hostiles, que se mofaban de las costumbres y de los valores religiosos judíos y que llevaban una vida de corrupción y de inmoralidad; pero son también, con toda certeza, los judíos apóstatas, que se habían dejado contaminar por la cultura griega, que habían abandonado las tradiciones de los antepasados y que consideraban a la religión judía como un conjunto de tradiciones obscurantistas, impropias de la “modernidad”.

La vida de esos “justos” que asumieron los valores de Dios y que, incluso en medio de la hostilidad general, intentan perseverar en sus valores y vivir de forma coherente con su fe, constituye una molestia y una dura interpelación para los “impíos”. La coherencia, la honestidad, la verticalidad, la fidelidad de los “justos”, constituye una permanente espina que incomoda a los “impíos” y que no les deja sentirse en paz con su conciencia.

La reacción de los “impíos” se presenta siempre en forma de persecución, de ultrajes, de torturas y, en última instancia, de asesinatos. Se trata de una realidad que los justos de todas las épocas conocen bien.

¿La vida de los “justos” estará, entonces, condenada al fracaso? ¿Valdrá la pena enfrentarse a los perseguidores y mantenerse fieles a Dios y a sus propuestas?

El texto que hoy se nos propone como primera lectura no responde a estas cuestiones; sin embargo, el autor del Libro de la Sabiduría dirá, más adelante, que la fidelidad del justo será recompensada y que su vida desembocará en esa vida plena y definitiva que Dios reserva a aquellos que siguen sus caminos.

Tras del enfrentamiento del “impío” y del “justo”, está el enfrentamiento entre la “sabiduría del mundo” y la “sabiduría de Dios”. Se trata de dos realidades en permanente choque de intereses y ante las cuales tenemos, tantas veces, que optar. ¿Para mí, cuál de estas dos realidades tiene más sentido? ¿Por cuál de ellas suelo optar?

¿A qué llamamos “sabiduría del mundo”? La “sabiduría del mundo” es la actitud de quien, cerrado en su orgullo y autosuficiencia, decide prescindir de Dios y de sus valores, de quien vive para el “tener”, de quien pone en primer lugar el dinero, el poder, el éxito, la fama, la ambición, los valores efímeros. Se trata de una “sabiduría” que, en lugar de conducir al hombre a su plena realización, le vuelve vacío, frustrado, deprimido, esclavo. Puede presentarse con los colores seductores de la felicidad efímera, con las exigencias de la filosofía de moda, con la aureola brillante de la intelectualidad, o con el brillo pasajero de los triunfos humanos; pero nunca dará al hombre una felicidad duradera.

¿Qué es la “sabiduría de Dios”? La “sabiduría de Dios” es la actitud de aquellos que han asumido e interiorizado las propuestas de Dios y se dejan conducir por ellas. Atentos a la voluntad y a los desafíos de Dios, intentan escucharle y seguir sus caminos; teniendo como modelo de vida a Jesucristo, viven su existencia en el amor y en el servicio a los hermanos; se comprometen en la construcción de un mundo más fraterno y luchan por la justicia y por la paz. Se trata de una “sabiduría” que no siempre es entendida por los hombres y que, muchas veces, es considerada como un refugio para los simples, los incapaces, los poco ambiciosos, los derrotados, aquellos que nunca conformarán el edificio social. Parece, muchas veces, que sólo genera sufrimiento, persecución, incomprensión, dolor, fracaso. Sin embargo, se trata de una “sabiduría” que conduce al hombre al encuentro con la verdadera felicidad, con la verdadera realización, con la vida plena.

Quien escoge la “sabiduría de Dios”, no tienen una vida fácil. Será incomprendido, calumniado, desautorizado, perseguido, torturado. Con todo, el sufrimiento no puede desanimar a los que eligen la “sabiduría de Dios”: la persecución es la consecuencia natural de su coherencia de vida. No debemos quedarnos preocupados cuando el mundo nos persigue; debemos preocuparnos cuando somos aplaudidos y adulados por aquellos que eligieron la “sabiduría del mundo”.

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El texto que hoy se nos propone, es un texto central en el Evangelio según Marcos. Nos presenta los últimos versículos de la primera parte (cf. Mc 8,27-30) y los primeros versículos de la segunda parte (cf. Mc 8,31-35) de este Evangelio.

La primera parte del Evangelio según Marcos (cf. Mc 1,14-8,30), tiene como objetivo fundamental conducir al descubrimiento de Jesús como el Mesías que proclama el Reino de Dios.

A lo largo de un recorrido que es más catequético que geográfico, los lectores del Evangelio son invitados a acompañar la revelación de Jesús, a escuchar sus palabras y su anuncio, a hacerse discípulos que se adhieren a su propuesta de salvación.

Este recorrido de descubrimiento del Mesías que el catequista Marcos nos propone termina en Mc 8,29-30, con la confesión mesiánica de Pedro, en Cesarea de Filipo (que es, evidentemente, la confesión que se espera de cada creyente, después de haber acompañado el itinerario de Jesús paso a paso): “tú eres el Mesías”.

Después, viene la segunda parte del Evangelio según Marcos (cf. Mc 8,31-16,8). En esta segunda parte, el objetivo del catequista Marcos es explicar que Jesús, además de ser el Mesías libertador, es también el “Hijo de Dios”.

Sin embargo, Jesús no vino al mundo para cumplir un destino de triunfos y de glorias humanas, sino para ofrecer su vida en donación de amor por los hombres.

Punto álgido de esta “catequesis” es la afirmación del centurión romano junto a la cruz (que Marcos invita a repetir, implícitamente, a sus cristianos): “realmente este hombre es el Hijo de Dios” (Mc 15,39).

Cesarea de Filipo, el marco geográfico donde el Evangelio de hoy nos sitúa, era una ciudad situada en el Norte de Galilea, cerca de las fuentes del río Jordán (en la zona de la actual Bânias). Había sido construida por Herodes de Filipos (hijo de Herodes el Grande) en el año 2 ó 3 a. de C., en honor del emperador Augusto.

Nuestro texto presenta, por tanto, dos partes bien distintas. En la primera, Pedro presta su voz a la comunidad de los discípulos y constata que Jesús es el Mesías libertador que Israel esperaba; en la segunda, Jesús explica a los discípulos que su misión mesiánica debe ser entendida a la luz de la cruz (esto es, como donación de la vida a los hombres, por amor).

La primera parte de nuestro texto (vv. 27-30) comienza con Jesús proponiendo una doble cuestión a los discípulos: ¿qué dice la gente de él y qué piensan sus mismos discípulos de él?

La opinión de los “hombres” ve a Jesús en continuidad con el pasado (“Juan Bautista”, “Elías”, o “alguno de los profetas”). No captan la condición única de Jesús, su novedad, su originalidad. Reconocen, únicamente, que Jesús es un hombre llamado por Dios y enviado al mundo con una misión, como los profetas del Antiguo Testamento. Pero no ven más allá de eso. En la perspectiva de los “hombres”, Jesús es, únicamente, un hombre bueno, justo, generoso, que escuchó la llamada de Dios y que se esforzó por ser un signo vivo de Dios, como tantos otros hombres antes que él (v. 28). Es mucho, pero no es suficiente: significa que los “hombres” no entendieron la novedad de Jesús, ni la profundidad de su misterio.

La opinión de los discípulos acerca de Jesús, va mucho más allá de la opinión común. Pedro, portavoz de la comunidad de los discípulos, resume el sentir de la comunidad del Reino cuando dice: “tú eres el Mesías” (v. 29). Decir que Jesús es el “Mesías” (el Cristo), significa decir que él es el libertador que Israel esperaba, enviado por Dios para liberar a su Pueblo y para ofrecerle la salvación definitiva.

La respuesta de Pedro era correcta. Pero, podía prestarse a graves equívocos, en un momento en el que el título de Mesías tenía unas connotaciones cargadas de esperanzas político-nacionalistas. Por eso, los discípulos reciben órdenes para no hablar de eso con nadie. Era necesario clarificar, depurar y completar la catequesis sobre el Mesías y su misión, para evitar peligrosos equívocos. Eso es lo que Jesús va a hacer a continuación.

En la segunda parte de nuestro texto (v. 31-35) hay dos cuestiones.

La primera (vv. 31-33), es la explicación dada por el mismo Jesús de que su mesianismo pasa por la cruz; la segunda (vv. 34-35), es una instrucción sobre el significado y las exigencias de ser discípulo de Jesús.

Jesús comienza, por tanto, anunciando que su camino va a pasar por el sufrimiento y por la muerte en cruz (vv. 31-33). No es una previsión aventurada: después del enfrentamiento de Jesús con los líderes judíos y después que estos rechazaran de forma absoluta la propuesta del Reino, es evidente que el judaísmo medita la eliminación física de Jesús. Jesús tiene conciencia de eso; sin embargo, no renuncia al proyecto del Reino y anuncia que pretende continuar presentando, hasta el fin, los planes del Padre.

Pedro no está de acuerdo con este final y se opone, decididamente, a que Jesús camine en dirección a su destino de cruz. La oposición de Pedro (y de los discípulos, pues Pedro continúa siendo el portavoz de la comunidad), significa que su comprensión del misterio de Jesús aún es muy imperfecta. Para él la misión del “mesías, Hijo de Dios” es una misión gloriosa y vencedora; y, en la lógica de Pedro, que es la lógica del mundo, la victoria no puede estar en la cruz y en la entrega de la vida.

Jesús se dirige a Pedro con alguna dureza, pues es necesario que los discípulos corrijan su perspectiva sobre él y sobre el plan del Padre que él viene a realizar. El plan de Dios no pasa por triunfos humanos, ni por esquemas de poder y de dominio; sino que el plan del Padre pasa por la entrega de la vida y por el amor hasta las últimas consecuencias (de la que la cruz es la expresión más radical).

Al pedir a Jesús que no se embarque en los proyectos del Padre, Pedro está repitiendo aquellas tentaciones que Jesús experimentó en el inicio de su ministerio (cf. Mc 1,13); por eso, Jesús responde a Pedro: “¡Quítate de mi vista, Satanás!”.

Las palabras de Pedro pretenden desviar a Jesús del cumplimiento de los planes del Padre, y Jesús no está dispuesto a transigir con ninguna propuesta que le impida realizar, con amor y fidelidad, los proyectos de Dios.

Después de anunciar su destino (que será cumplido, en obediencia al plan del Padre, en la donación de la propia vida en favor de los hombres), Jesús invita a sus discípulos a seguir un camino semejante. Quien quiera ser discípulo de Jesús, tiene que “renunciar a sí mismo”, “tomar su cruz” y seguirle por el camino del amor, de la entrega y de la donación de la vida.

¿Qué significa, exactamente, renunciar a uno mismo?

Significa renunciar a su egoísmo y autosuficiencia, para hacer de la vida un don a Dios y a los otros. El cristiano no puede vivir cerrado en sí mismo, preocupado únicamente por realizar sus sueños personales, sus proyectos de riqueza, de seguridad, de bienestar, de dominio, de éxito, de triunfo. El cristiano debe hacer de su vida un don generoso a Dios y a los hermanos. Sólo así podrá ser discípulo de Jesús y formar parte de la comunidad del Reino.

¿Qué significa “tomar la cruz” y seguir a Jesús?

La cruz es la expresión de un amor total, radical, que se da hasta la muerte. Significa la entrega de la propia vida por amor. “Tomar la cruz” y ser capaz de gastar la vida, de forma total y completa, por amor a Dios y para que los hermanos sean más felices.

Al final de esta instrucción, Jesús explica a los discípulos las razones por las cuales ellos deben abrazar la “lógica de la cruz”.

Les invita a comprender que ofrecer la vida por amor, no es perderla, sino ganarla. Quien es capas de dar la vida por Dios y por los hermanos, no ha fracasado, sino que ha ganado la vida eterna, la vida verdadera que Dios ofrece a quien vive de acuerdo con sus propuestas (v. 35).

¿Quién es Jesús? ¿Qué dicen “los hombres” de Jesús?
Muchos de nuestros contemporáneos ven en Jesús un hombre bueno, generoso, atento a los sufrimientos de los otros, que soñó con un mundo diferente; otros ven en Jesús a un admirable “maestro” de moral, que tenía una propuesta de vida “interesante”, pero que no consiguió imponer sus valores; algunos ven en Jesús a un admirable conductor de masas, que encendió la esperanza en los corazones de las multitudes carentes y huérfanas, pero que pasó de moda cuando las multitudes dejaron de interesarse por el fenómeno; otros, todavía, ven en Jesús a un revolucionario, ingenuo e inconsecuente, preocupado por construir una sociedad más justa y más libre, que intentó promover a los pobres y a los marginados y que fue eliminado por los poderosos, preocupados por mantener el “status quo”.
Estas visiones presentan a Jesús como “un hombre”, aunque “un hombre” excepcional, que dejó su marca en la historia y un recuerdo imborrable.
¿Jesús fue, únicamente, un “hombre” que dejó su huella en la historia, como tantos otros que la historia absorbió y digirió?

“¿Y vosotros, quien decís que soy yo?”
Es una pregunta que debe, de forma constante, resonar en nuestros oídos y en nuestro corazón. Responder a esta cuestión, no significa soltar lecciones de catequesis o tratados de teología, que no inquietan nuestro corazón, es intentar percibir cual es el lugar que Cristo ocupa en nuestra existencia.
Responder a esta cuestión nos obliga a pensar en el significado que Cristo tiene en nuestra vida, en la atención que prestamos a sus propuestas, en la importancia que sus valores asumen en nuestras opciones, en el esfuerzo que hacemos o que no hacemos para seguirle.

¿Quién es Cristo para mi? ¿Es el Mesías libertador, que el Padre envió para que viniera a mi encuentro con una propuesta de salvación y de vida plena?

El Evangelio de este Domingo sitúa frente a frente la lógica de los hombres (Pedro) y la lógica de Dios (Jesús).
La lógica de los hombres apuesta por el poder, el dominio, el triunfo, el éxito; nos garantiza que la vida sólo tiene sentido si estamos del lado de los vencedores, si tenemos dinero en abundancia, si somos reconocidos e incensados por las multitudes, si tenemos acceso a las fiestas donde se reúne la alta sociedad, si tenemos un lugar en el consejo de administración de alguna empresa.
La lógica de Dios apuesta por la entrega de la vida a Dios y a los hermanos; nos asegura que la vida sólo tiene sentido si asumimos los valores del Reino y vivimos en el amor, en el compartir, en el servicio, en la solidaridad, en la humildad, en la sencillez.
¿En mi vida de cada día, estas dos perspectivas se enfrentan, de igual a igual… Cual es mi elección?

¿En mi perspectiva, cual de estas dos propuestas representa un camino de fidelidad seguro y duradero?

Jesús se hizo uno de nosotros para realizar los planes del Padre y proponer a los hombres, a través del amor, del servicio, de la donación de la vida, el camino de la salvación, de la vida verdadera.
En este texto (como, también, en otros muchos), queda claramente expresada la fidelidad radical de Jesús a ese proyecto. Por eso, él no acepta que nada ni nadie niegue o le aparte del camino de la entrega de la vida: dar oídos a la lógica del mundo es olvidar los planes de Dios y, para Jesús, eso es una tentación diabólica que rechaza plenamente.
¿Qué significado tienen y qué lugar ocupan en mi vida los proyectos de Dios? ¿Me esfuerzo por descubrir la voluntad de Dios para mí y para el mundo? ¿Estoy atento a esos “signos de los tiempos” a través de los cuales Dios me interpela? ¿Soy capaz de acoger y de vivir con fidelidad y radicalidad las propuestas de Dios, incluso cuando son exigentes y van contra mis intereses y proyectos personales?

¿Quiénes son los verdaderos discípulos de Jesús?
Muchos de nosotros recibimos una catequesis que insistía en ritos, en fórmulas, en prácticas de piedad, en determinadas obligaciones legales, pero que dejaba en un segundo plano lo esencial: el seguimiento de Jesús.
La identidad cristiana se construye alrededor de Jesús y de su propuesta de vida. ¡Que ninguno de nosotros tenga dudas! Ser cristiano es mucho más que ser bautizado, estar casado por la iglesia, organizar la fiesta del santo patrono de la parroquia, o llevarse bien con el cura. Ser cristiano es, esencialmente, seguir a Jesús por el camino del amor y de la donación de la vida. El cristiano es aquel que hace de Jesús la referencia fundamental alrededor de la cual construye toda su existencia; y es aquel que renuncia a sí mismo y que toma la misma cruz de Jesús.

¿Qué es “renunciar a uno mismo”? Es no dejar que el egoísmo, el orgullo, la comodidad, la autosuficiencia dominen en la propia vida.
El seguidor de Jesús no vive cerrado en sí mismo, mirando para sí, indiferente a los dramas que suceden a su alrededor, insensible a las necesidades de los hermanos, alejado de las luchas y reivindicaciones de los demás hombres, sino que vive para Dios y en solidaridad, compartiendo y sirviendo a los hermanos.

¿Qué significa “tomar la cruz”? Es amar hasta las últimas consecuencias, hasta la muerte. El seguidor de Jesús es aquel que está dispuesto a dar la vida para que sus hermanos sean más libres y más felices. Por eso, el cristiano no tiene miedo de luchar contra la injusticia, la explotación, la miseria, el pecado, aunque eso signifique enfrentarse a la muerte, a la tortura, a las represalias de los poderosos.

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Continuamos la reflexión de esa “Carta de Santiago” que nos está acompañando durante los últimos domingos.

Se trata, según parece, de una carta enviada a los cristianos de origen judío, dispersos por el mundo greco-romano, sobre todo por las regiones próximas de Palestina, como Siria, Egipto o el Asia Menor.

El objetivo fundamental del autor es exhortar a los creyentes para que no pierdan los valores cristianos auténticos heredados del judaísmo a través de las enseñanzas de Cristo.

Nuestro texto pertenece a la segunda parte de la carta (cf. St 2,1-26). Ahí, el autor trata sobre los temas fundamentales: la fe que se concreta en el amor al prójimo, sin ningún tipo de discriminación o de acepción de personas (cf. St 2,1-13); la fe que se expresa, no a través de ritos formales o de palabras huecas, sino a través de acciones concretas en favor del hombre (cf. St 2,14-26).

En general, este capítulo invita a los creyentes a asumir una fe operativa, que se traduce en un compromiso social y comunitario.

Nuestro texto se refiere a la relación entre la fe y las obras. La tesis del autor de la Carta de Santiago, es que la fe sin obras no sirve para nada (vv. 14.17).

El tema de la relación entre la fe y las obras fue objeto de muchas discusiones en la Iglesia, sobre todo a partir del siglo XVI. Pablo, en la Carta a los Romanos, considera que “es la fe lo que justifica al hombre, independientemente de las obras de la Ley” (Rom 3,28); y esta afirmación de Pablo sirvió a Lutero para fundamentar su teología de la salvación por la fe: la salvación no depende de las acciones del hombre, sino que es un don gratuito e inmerecido que Dios, en su infinita misericordia, ofrece al hombre. Con todo, sirviéndose de la Carta de Santiago, muchos otros teólogos defendían que el hombre necesitaba realizar acciones concretas para llegar a la salvación, pues la fe sin obras no vale nada.

En verdad, el texto de la Carta de Santiago no surgió en el contexto de una polémica que contrapusiera la fe y las obras. El autor de la Carta de Santiago nunca estuvo interesado en decir que las obras son importantes y que la fe no tiene ningún valor. Lo que él quiere decir es que la fe tiene que traducirse en acciones concretas de compromiso con el mundo y con los hombres. Si eso no sucede, esa fe es solamente una declaración de buenas intenciones, que no pasa de ser una farsa sin valor y sin contenido

La adhesión a Jesús y a su proyecto (fe) significa que el hombre está dispuesto a acoger esa vida nueva y plena que Dios, gratuitamente y sin condiciones, le ofrece (salvación). Esa vida, interiorizada y asumida, tiene que transparentarse en gesto de amor, de solidaridad, de fraternidad, de servicio, de compartir, de perdón.

La vivencia de fe tiene, por tanto, que traducirse en la vida del día a día, especialmente en la forma como se vive la relación con esos hermanos con los que nos cruzamos por los caminos del mundo. Si eso no sucede, quiere decir que la fe (la adhesión a la propuesta de vida que Dios, gratuitamente, hace) es una mentira.

Los bonitos discursos que hacemos, los consejos muy sabios que damos, las teorías bien elaboradas que presentamos, las reflexiones muy piadosas que endosamos, no pasan de ser unas bellas palabras que pueden no significar nada.

Cuando un hermano tiene hambre, o no tiene vestido, o está sufriendo, es preciso ir a su encuentro y manifestarle, con gestos concretos, nuestro amor, nuestra solidaridad, nuestra fraternidad. Nuestra religión tiene que manifestarse en la vida y tiene que transparentarse en nuestros gestos.

¿Qué significa ser cristiano? ¿Nuestro compromiso cristiano es algo que se vive al nivel de la teoría o del compromiso vital?
Lo que caracteriza a un cristiano no es el conocimiento de bellas fórmulas que expresan una determinada ideología, ni el cumplimiento exacto de ritos vacíos y estériles, ni una anotación realizada en el libro de registros de bautismo de la parroquia, sino que es la adhesión a Cristo.

Adherirse a Cristo (fe), significa conformarse, a cada instante y en la propia vida, con los valores de Cristo, seguir a Cristo siguiendo sus pasos por el camino del amor a Dios y de la entrega total a los hermanos.
No se puede huir de esto: nuestro caminar cristiano no es un proceso teórico y abstracto concretado únicamente en el reino de las bellas palabras, sino que es un compromiso efectivo con Cristo que tiene que traducirse, a cada instante, en gestos concretos en favor de los hermanos.

¿Qué gestos son esos? Son los mismos gestos que Cristo realizó y que se convirtieron, a los ojos de sus conciudadanos, en un signo de Dios.
Cristo luchó por la justicia y por la verdad, denunció todo aquello que esclavizaba al hombre y le impedía ser feliz, fue al encuentro de los marginados y les mostró el amor de Dios, realizó gestos de servicio y de compartir, distribuyó perdón y paz, ofreció su propia vida para salvar a sus hermanos.

Así, quien sigue a Cristo tiene que luchar, objetivamente, contra las estructuras que generan injusticia y opresión; tiene que acoger y amar a aquellos que la sociedad margina y rechaza; tiene que denunciar a esa sociedad construida sobre esquemas de egoísmo y mostrar, con su testimonio, que sólo el compartir y el amor hacen al hombre feliz; tiene que romper la espiral de violencia y de odio y proponer la tolerancia y el amor…

A veces hay una profunda dicotomía, en nuestras comunidades cristianas, entre la fe y la vida.
Nuestro compromiso religioso se traduce en liturgias solemnísimas, en procesiones suntuosas, en la construcción de iglesias esplendorosas, en rituales fascinantes… y nada más. Después, en la vida de la comunidad, hay desunión, conflicto, falta de solidaridad, indiferencia ante las necesidades del hermano, críticas destructivas, palabras que hieren y apartan a los otros, gestos de arrogancia, falta de amor.

De acuerdo con las enseñanzas de la Carta de Santiago, ¿nuestra religión será verdadera si no se traduce en gestos concretos de amor y de fraternidad?

A veces, hay una profunda dicotomía, en nuestras vidas personales, entre fe y vida.
Nuestro compromiso cristiano se traduce en la participación en las eucaristías dominicales, en la ofrenda de importantes cantidades para las obras de la iglesia, en la participación destacada en manifestaciones públicas de religiosidad, en la pertenencia a movimientos eclesiales… y nada más. Después, en la vida diaria, practicamos injusticias, pactamos con esquemas de corrupción, tratamos con poca caridad a aquellos que viven a nuestro lado, pasamos indiferentes ante las necesidades y dolores de los hermanos, marginamos a aquellos que no nos caen bien, dimitimos de nuestras responsabilidades en la construcción de un mundo nuevo y mejor.

De acuerdo con las enseñanzas de la carta de Santiago, ¿nuestra religión será verdadera si no se traduce en gestos concretos de amor y de fraternidad?

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Nuestro texto pertenece al “Libro de la Consolación” del Deutero-Isaías (cf. Is 40-55). “Deutero-Isaías” es un nombre convencional con el que los biblistas designan a un profeta anónimo de la escuela de Isaías, que cumplió su misión profética en Babilonia, entre los exiliados judíos. Estamos en la fase final del Exilio, entre el año 550 y el 539 a. de C..

La misión del Deutero-Isaías es consolar a los exiliados judíos. En ese sentido, él comienza por anunciar la inminencia de la liberación y por comparar la salida de Babilonia con el antiguo éxodo, cuando Dios liberó a su Pueblo de la esclavitud de Egipto (cf. Is 40-48); después, anuncia la reconstrucción de Jerusalén, esa ciudad que la guerra redujo a cenizas, pero a la cual Dios va devolver la alegría y la paz sin fin (cf. Is 49-55).

En medio de esta propuesta “consoladora” aparecen, sin embargo, cuatro textos (cf. Is 42,1-9; 49,1-13; 50,4-11; 52,13-53,12) que se apartan un tanto de esta temática. Son cánticos que hablan de un personaje misterioso y enigmático, que los biblistas designan como el “Siervo de Yahvé”: es un predilecto de Yahvé, a quien Dios llamó, a quien confió una misión profética y a quien envió a los hombres de todo el mundo; su misión se cumple desde el sufrimiento y desde una entrega incondicional a la Palabra; el sufrimiento del profeta tiene un valor expiatorio y redentor, pues de él surgirá el perdón para el pecado del Pueblo; Dios aprecia el sacrificio de este “Siervo” y le recompensa, haciéndole triunfar frente sus detractores y adversarios.

¿Quién es este profeta? ¿Es Jeremías, paradigma del profeta que sufre a causa de la Palabra? ¿Es el mismo Deutero-Isaías, llamado a dar testimonio de la Palabra en el ambiente hostil del Exilio? ¿Es un profeta desconocido? ¿Es una figura colectiva, que representa al Pueblo exiliado, humillado, aplastado, pero que continúa dando testimonio de Dios, en medio de las naciones? ¿Es una figura representativa, que une el recuerdo de personajes históricos (patriarcas, Moisés, David, profetas) con figuras míticas, de forma que representa al Pueblo de Dios en su totalidad? No lo sabemos; sin embargo, la figura representada en esos poemas va a recibir una iluminación nueva a través de la luz de Jesucristo, de su vida, de su destino.

El texto que se nos propone, forma parte del tercer cántico del “siervo de Yahvé”.

El texto da la palabra a un personaje anónimo, llamado por Dios a transmitir a los hombres desanimados palabras de aliento y de esperanza (v. 4); y el profeta acoge esa llamada sin resistencia, sin discusión, en una entrega total a los designios de Dios (v. 5).

Por ser fiel a la llamada de Dios, el profeta conoció la prisión, la tortura, el sufrimiento (v. 6). El anuncio fiel de las propuestas que Dios tiene para el mundo y para los hombres provoca siempre enfrentamientos con las fuerzas de opresión y de muerte… Pero el profeta experimenta el socorro del Señor y, fortalecido por esa ayuda, puede enfrentarse a todas las contrariedades y dolores. No teme nada, pues confía plenamente en el Señor y sabe que no quedará confundido (v. 7-9).

La situación descrita en este poema sugiere la de un prisionero que, después de haber sido torturado y maltratado, espera el juicio que va a decidir su destino. Confiando plenamente en la ayuda del Señor, espera serenamente el momento en el que Dios le va a defender en el tribunal, confundiendo a sus adversarios.

Lo que más impresiona en este texto es la serenidad con la que el profeta, prisionero y sufriente, se enfrenta a su destino. Esa serenidad le viene, no de la inconsciencia, de la insensibilidad o de una imprudente indiferencia ante la muerte, sino de una total confianza en Dios que no falla y que no deja caer a aquellos a quienes ama.

No sabemos, efectivamente, quien es ese “siervo de Yahvé”, sin embargo, los primeros cristianos van a utilizar este texto como molde para interpretar el misterio de Jesús: él fue ese “Siervo de Dios” que vino al mundo para transmitir a los hombres la Palabra del Padre, que entró en confrontación con las fuerzas de opresión y de la injusticia, que fue torturado y maltratado porque su propuesta molestaba a los poderosos, que ofreció su vida para traer la salvación/liberación a los hombres.

Y la historia de Jesús, muerto por los hombres, pero al que Dios resucitó glorioso, confirma la esperanza del “Siervo de Yahvé”: quien confía en Dios y vive en fidelidad a sus propuestas, no quedará defraudado.
El ejemplo de Jesús muestra que una vida puesta al servicio de los proyectos de Dios no termina en fracaso, sino en resurrección que genera vida nueva.

Un de las cosas que sobresale en este “compartir vida” que el “Siervo de Yahvé” nos presenta, es la forma absoluta con la que se entrega a los proyectos de Dios. Ante la llamada de Dios, no se resiste, no discute, “no retrocede ni un paso”, sino que asume, con total obediencia y fidelidad, los desafíos que Dios le hace, incluso cuando tiene que andar un camino de sufrimiento y de muerte.
Para nosotros que vivimos inmersos en la cultura de la facilidad y de la comodidad, para nosotros que tenemos miedo a arriesgar, para nosotros que preferimos cerrarnos en nuestra “urna de cristal”, ordenada y segura, el “Siervo de Yahvé” constituye una poderosa interpelación.
Es necesario abrazar, con coraje y coherencia el proyecto que Dios nos confía, incluso cuando ese proyecto se realiza en medio de la oposición del mundo; es preciso dejarnos retar por Dios y acoger, con generosidad, las propuestas que él nos hace; es preciso que asumamos el papel que Dios nos llama a desempeñar y comprometernos en la transformación del mundo.

Otras de las cosas que sobresalen en este “compartir vida” que el “Siervo de Yahvé” realiza con nosotros, es su total confianza en Dios. Para él, Dios es, efectivamente, esa “roca segura” que se mantiene siempre firme y a la que el creyente se puede agarrar, incluso cuando todo lo demás parece hundirse.
La certeza de la fidelidad de Dios, de su presencia, de su amor debe permitirnos (como se lo permitió al “Siervo”) encarar la vida con serenidad y confianza. El creyente que confía en Dios, se siente seguro y protegido, como un niño en el regazo de su madre. De esa forma, el creyente podrá vivir libre del miedo, con el corazón en paz, y aceptando tranquilamente los retos que Dios le presenta.

El “Siervo” sufriente que pone su vida, íntegramente, al servicio del proyecto de Dios y de la salvación de los hombres nos muestra el camino: la vida, cuando se pone al servicio de la liberación de los pobres y de los oprimidos, no es una pérdida aunque parezca, en términos humanos, fracasada y sin sentido.
¿Tenemos el coraje de hacer de nuestra vida una entrega radical al proyecto de Dios y a la liberación de nuestros hermanos?
¿Qué nos impide todavía la aceptación de una opción de este tipo?
¿Tenemos conciencia de que, al escoger este camino, estamos generando vida nueva, para nosotros y para todos aquellos con quienes nos cruzamos por los caminos de este mundo?

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En la fase final de la “etapa de Galilea”, se multiplican las reacciones negativas contra Jesús y contra su proyecto, a pesar del rastro de vida nueva que él va dejando por las aldeas y ciudades por donde pasa.

Las últimas discusiones con los fariseos y con los doctores de la Ley a propósito de las cuestiones legales y de la “tradición de los antiguos” (cf. Mc 7,1-23), son una especie de gota de agua que rebosa el vaso y hace que Jesús abandone el territorio judío para refugiarse en territorio pagano.

En ese contexto es en el que Marcos habla de un viaje por Fenicia, que lleva a Jesús a pasar por los territorios de Tiro y de Sidón, ciudades de la franja costera oriental del mar Mediterráneo, en el actual Líbano (cf. Mc 7,24).

De regreso de esa incursión por Fenicia, Jesús dio un largo rodeo por el territorio pagano de la Decápolis (cf. Mc 7,31).

La Decápolis (“diez ciudades”) era el nombre dado al territorio situado en Palestina oriental que se extendía desde Damasco, al norte, hasta Filadelfia, al sur. El nombre servía para designar una liga de diez ciudades, que se formó después de la conquista de Palestina por los romanos, en el año 63 antes de Cristo.

Las “diez ciudades”, que formaban esta liga, eran helenísticas y no estaban sujetas las leyes judías. Las ciudades que integraban la Decápolis (así como los territorios circundantes a cada una de esas ciudades) estaban bajo la administración del legado romano de Siria. Era territorio pagano, considerado por los judíos completamente al margen de los caminos de la salvación.

En ese ambiente geográfico y humano se va a situar el episodio de la curación del sordomudo. El gesto de Jesús de curar a un sordomudo debe ser visto como un paso más en el anuncio de ese proyecto que Jesús ha propuesto por toda Galilea: el proyecto del Reino de Dios.

En un lugar no identificado de la región de la Decápolis, Jesús se encontró con un sordomudo. Las personas que lo trajeron suplican a Jesús “que le imponga las manos” (v. 32) En la secuencia Marcos describe, con abundancia de pormenores (algunos muy extraños) cómo Jesús curó al enfermo y le dio la posibilidad de comunicarse.

Con todo, después de leer la narración de este episodio, nos quedamos con la sensación de que Marcos quiere contarnos mucho más que la simple curación de un sordomudo. La descripción de Marcos, enriquecida con un número significativo de elementos simbólicos, es una catequesis sobre la misión de Jesús y sobre el papel que él desarrolla, en el sentido de hacer nacer al Hombre Nuevo.

Veamos, de forma esquemática, los elementos principales de esa catequesis que Marcos presenta:

1. En el centro de la escena está Jesús y el sordomudo (literalmente, “un sordo que, además, apenas podía hablar”).
Si el lenguaje es un medio privilegiado para comunicarse, para establecer relaciones, el sordomudo es un hombre que tiene dificultades para establecer lazos, en particular, para dialogar, para comunicarse.

Por otro lado, en un universo religioso que consideraba a las enfermedades físicas como consecuencia del pecado, el sordomudo es, de forma notoria, un “impuro”, un pecador y un maldito.
Finalmente, el sordomudo vive en el territorio pagano de la Decápolis: es, probablemente, uno de esos paganos que la teología judía consideraba al margen de la salvación.

En la catequesis de Marcos, este sordomudo representa a todos aquellos que viven cerrados en su mundo, en su pobre autosuficiencia, con lo oídos cerrados a las propuestas de Dios y el corazón cerrado también a la relación con los hermanos. Representa, además a aquellos que la teología oficial consideraba pecadores y malditos, incapaces de establecer una relación verdadera con Dios, de escuchar la Palabra de Dios y de vivir de forma coherente con los desafíos de Dios. Representa, asimismo, a esos “paganos” que los judíos despreciaban y que consideraban completamente alejados de los caminos de la salvación.

2. El encuentro con Jesús transforma radicalmente la vida de ese sordomudo. Jesús le abre los oídos y le suelta la lengua (v. 35), haciéndole capaz de comunicarse, de escuchar, de hablar, de compartir, de entrar en comunión.
En la historia de este sordomudo, Marcos representa la misión de Jesús, que vino a abrir los oídos y los corazones de los hombres, a la Palabra y a las propuesta de Dios y a la relación y al diálogo con los otros hombres.

El episodio nos recuerda, inmediatamente, el anuncio de Isaías en la primera lectura: “Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará” (Is 35,4-6).

Jesús es, efectivamente, el Dios que vino al encuentro de los hombres, a fin de liberarlos de las cadenas del egoísmo, de la comodidad, de la autosuficiencia, de los prejuicios religiosos que impiden la relación, el diálogo, la comunión con Dios y con los hermanos.

3. Aparentemente, no es el sordomudo quien tiene la iniciativa de encontrarse con Jesús (“le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar”; “le piden que le imponga las manos”, v. 32).
El sordomudo, instalado y acomodado a esa vida sin relación, no siente gran necesidad de abrir las ventanas de su corazón para el encuentro y para la comunión con Dios y con los hermanos. Es necesario que alguien le traiga, que lo presente a Jesús, que lo empuje hacia esa vida nueva de amor y de comunión. Ese es el papel de la comunidad cristiana. Los que ya han descubierto a Jesús, y se han dejado transformar por su Palabra, y aceptaron seguirle, deben dar testimonio de esa experiencia y retar a los otros hermanos para que vayan hacia el encuentro liberador con Jesús.

4. A solas con el sordomudo, Jesús realiza gestos significativos: le mete los dedos en los oídos, toma saliva y le toca con ella la lengua (v. 33).
Tocar con el dedo significaba transmitir poder; la saliva transmitía, se pensaba, la propia fuerza o la energía vital (equivale al soplo de Dios que transformó el barro inerte del primer hombre en un ser dotado de vida divina, cf. Gn 2,7). Así, Jesús transmitió al sordomudo su propia energía vital, dotándole de capacidad para ser un Hombre Nuevo, abierto a la comunión con Dios y a la relación con los otros hombres.

5. El gesto de Jesús de levantar los ojos al cielo (v. 34) debe ser entendido como un gesto de invocación a Dios. Para Jesús, los grandes momentos de toma de decisiones y del testimonio están siempre precedidos de un diálogo con el Padre. De esa forma, se hace evidente la ligazón estrecha entre Jesús y el Padre, entre la acción que Jesús realiza en medio de los hombres y los proyectos del Padre.

Los gestos de Jesús, en el sentido de dar vida al hombre, de liberarlo de su cerrazón y de su autosuficiencia, de abrirle a la relación, son gestos que tienen el aval del Padre y que se insertan en el proyecto salvador del Padre.

6. De acuerdo con Marcos, Jesús habría pronunciado la palabra “effetá” (“ábrete”), cuando abrió los oídos y desató la lengua del sordomudo. No se trata de una fórmula mágica, con especiales virtudes curativas. Es una invitación al hombre cerrado en su mundo personal a abrir el corazón a la vida nueva de la relación con Dios y con los hermanos. Es una invitación al sordomudo a salir de su cerrazón, de su comodidad, de su egoísmo, de su instalación, para hacer de su vida una historia de comunión con Dios y de compartir con los hermanos.

El proceso de transformación del sordomudo en un Hombre Nuevo, no es un proceso en el que sólo actúa Jesús y donde el hombre asume una actitud pasiva, sino que es un proceso que exige el compromiso activo y libre del hombre. Jesús hace sus propuestas, lanza desafíos, ofrece su Espíritu que transforma y renueva el corazón del hombre; pero el hombre tiene que acoger la propuesta, optar por Jesús y abrir el corazón a los retos de Dios.

7. Al final del relato de la curación del sordomudo, los testigos del acontecimiento dicen a propósito de Jesús: “Todo lo ha hecho bien” (v. 37). La expresión aparece como un eco de Gn 1,31 (“Y vio Dios todo lo que habla hecho; y era muy bueno”).
Al unir este relato con el relato de la creación del hombre, Marcos está dándonos la clave de lectura para entender la obra de Jesús: la acción de Jesús en el sentido de abrir el corazón de los hombres a la comunión con Dios y al amor a los hermanos, es una nueva creación. De esa acción nace un Hombre Nuevo, una nueva humanidad. Ese Hombre Nuevo es una creación “bien hecha” de Dios; el hombre, en la plenitud de sus potencialidades, ha sido creado para la vida eterna y verdadera.

El Evangelio de este Domingo nos asegura, una vez más, que el Dios en quien creemos es un Dios comprometido con nosotros, que apuesta por la renovación del hombre, para transformarlo, recrearlo, para hacerle llegar a la vida plena del Hombre Nuevo.

Este Dios, que abre los oídos de los sordos y suelta la lengua de los mundos, es un Dios lleno de amor, que no abandona a los hombres a su suerte ni les deja vivir adormilados en esquemas de comodidad y de instalación, sino que, a cada instante, viene a su encuentro, retándole para ir más allá, invitándole a alcanzar la plenitud de sus posibilidades y de sus potencialidades.

No olvidemos esta realidad: en nuestro viaje por la vida, no caminamos solos, arrastrando sin objetivo ninguno nuestra pequeñez, nuestra miseria, nuestra debilidad, sino que a lo largo de todo nuestro recorrido histórico, nuestro Dios va a nuestro lado, indicándonos, con amor, caminos que nos conduzcan a la felicidad y a la vida verdadera.

El sordomudo, incapaz de escuchar la Palabra de Dios, representa a esos hombres que viven cerrados a los proyectos y a los retos de Dios, ocupados en construir su vida de acuerdo con esquemas de egoísmo, de orgullo, de autosuficiencia, que no necesitan de Dios ni de sus propuestas.

El hombre de nuestro tiempo ya no gasta tiempo en negar a Dios, se limita a ignorarlo, sordo a sus desafíos y a sus indicaciones.
¿Que significan para mí las propuestas de Dios?
¿Doy oídos a las llamadas y desafíos de Dios, o a los valores y propuestas que el mundo me presenta?

¿Cuando tengo que realizar opciones, qué es lo que cuenta: las propuestas de Dios o las propuestas del mundo?

El sordomudo representa, también, a aquellos que no se preocupan de comunicar, de compartir la vida, de dialogar, de dejarse interpelar por los otros. Define la actitud de aquel que no necesita de los hermanos para nada, de quien vive instalado en sus certezas y en sus prejuicios, convencido de que es dueño absoluto de la verdad. Define la actitud de aquellos que no tienen tiempo ni disponibilidad para el hermano; define la actitud de quien no es tolerante, de quien no consigue comprender los errores y los fallos de los otros y no sabe perdonar.

Una vida de “sordera”, es una vida vacía, estéril, triste, egoísta, cerrada, sin amor. No es ese el camino por el que encontramos nuestra realización y nuestra felicidad.

El sordomudo representa, también, a aquellos que se cierran en el egoísmo y en la comodidad, indiferentes a las llamadas del mundo y de los hermanos.
Somos sordos cuando escuchamos los gritos de los injustamente tratados y nos desentendemos; somos sordos cuando toleramos estructuras que generan injusticia, miseria, sufrimiento y muerte; somos sordos cuando pactamos con los valores que hacen al hombre más esclavo y más dependiente; somos sordos cuando encogemos los hombros, indiferentes, frente a la guerra, al hambre, a la injusticia, a la enfermedad, al analfabetismo; somos sordos cuando tenemos vergüenza de testimoniar los valores en los que creemos; somos sordos cuando dimitimos de nuestras responsabilidades y dejamos que sean los otros los que se comprometan y se arriesguen; somos sordos cuando callamos por miedo, cobardía o cálculo; somos sordos cuando nos resignamos a vegetar en nuestro cómodo sofá, sin comprometernos en la construcción de un mundo nuevo.

Una vida cómodamente instalada en esta “sordera” no comprometida, ¿es una vida que vale la pena ser vivida?

La misión de Cristo consiste, precisamente, en abrir los ojos a los ciegos y desatar la lengua de los mudos. Él vino a abrirnos a la relación con Dios, al amor a los hermanos, al compromiso con el mundo.
Quien se adhiere a Cristo y quiere seguirle por el camino del amor a Dios y de la entrega a los hermanos, no puede resignarse a vivir cerrado a Dios y al mundo. El encuentro con Cristo nos saca de la mediocridad y nos despierta para el compromiso, para el empeño, para el testimonio; nos invita a salir de nuestro aislamiento y a establecer lazos familiares con Dios y con todos nuestros hermanos, sin excepción.

El sordomudo de nuestra historia fue traído y presentado a Jesús por otras personas. El detalle nos recuerda nuestro papel en el sentido de hacer de puente entre los hermanos que viven prisioneros de la “sordera” y la propuesta liberadora de Jesucristo.

No podemos quedarnos de brazos cruzados cuando alguno de nuestros hermanos se instala en esquemas de cerrazón, de egoísmo, de autosuficiencia, sino que, con nuestro testimonio, tenemos que presentarles esa propuesta libertadora que Cristo quiere ofrecer a todos los hombres.

Antes de curar al sordomudo, Jesús “elevó los ojos al cielo”. El gesto de Jesús nos recuerda que es preciso mantener siempre, en medio de la acción, la referencia a Dios. Es necesario que dialoguemos continuamente con Dios para descubrir sus proyectos, para percibir sus propuestas, para ser fieles a sus planes; es necesario tomar continuamente conciencia de que es Dios quien actúa en el mundo a través de nuestras acciones; es necesario que toda nuestra acción encuentre en Dios su razón última: si eso no sucede, rápidamente nuestra acción pierde su sentido.

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