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Archive for the ‘Exégesis’ Category

Pensaban que recibirían más

El mensaje de la Palabra de este domingo se sitúa en contra de nuestra tendencia natural a compararnos con los demás, ya sea para lamentarnos de nuestra peor situación con respecto a la de otros, ya sea para conformarnos con nuestra posición superior respecto a la desgracia de otros. A veces parece que vivimos más la vida de los demás que la nuestra propia. Esto es al menos lo que se intuye en la reacción de los trabajadores contratados al comienzo del día, cuando ven recibir su paga a los últimos contratados: pensaban que recibirían más. Pero lo que regula las relaciones laborales no sirve para de nir la lógica de la relación con Dios. La situación espiritual de los demás no es el baremo adecuado para determinar la nuestra. Hay que captar la verdad del poema de León Felipe: «Nadie fue ayer, ni va hoy, ni irá mañana hacia Dios por este mismo camino que yo voy…».

El primer mensaje de la parábola no consiste, por tanto, en valorar el modo de actuar de Dios, que sabe bien lo que tiene que hacer, sino en fijarse en la reacción de quienes no han sabido agradecer el haber sido contratados: «¿no nos ajustamos en un denario?, ¿vas a tener tú envidia, porque yo soy bueno?». De este modo, la parábola nos provoca a reconocer nuestra verdad ante Dios y a discernir cuál es la viña que nos reserva a cada uno de nosotros, ese pedazo de tierra que si no trabajamos nosotros se quedará sin labrar.

Esta disposición fundamental de nuestra vida ante Dios nos marca con la disponibilidad, la humildad y la entrega que pide la fe, y determina al mismo tiempo nuestra actitud general ante la vida. 

Las actitudes fundamentales de nuestro corazón quedan moldeadas de manera decisiva por la fe, de manera que orientan nuestra posición ante la vida y nuestras reacciones ante sus problemas. Por eso nos resulta hoy más difícil entender esta parábola, porque otras actitudes diferentes han arraigado en nuestro corazón. Nos hemos acostumbrado a valorar las cosas en virtud de lo que pagamos por ellas, y así nos hemos hecho insensibles para apreciar  los pequeños esfuerzos que hacen los demás. Reclamamos enseguida los derechos que nos asisten sobre las cosas, olvidándonos de la responsabilidad y del esfuerzo que estos derechos implican en nuestro compromiso. Poner como criterio la rentabilidad y tener en el corazón una lista de reclamaciones impide adoptar una decidida voluntad de ocupar nuestro lugar en la transformación del mundo. A veces parece que queremos la recompensa antes del esfuerzo, o que la meta se nos debe sin recorrer el camino.

Además, en segundo lugar, esta parábola nos pide una reflexión sobre el misterio de la gracia de Dios. Porque todo lo que recibimos de Dios, desde el don de la vida hasta nuestras cualidades personales, el Señor nos lo concede gratuitamente, es decir, sin ningún mérito por nuestra parte. La acción de Dios, sin embargo, no anula la necesidad de la acción humana; es verdad que los criterios de rentabilidad que impone nuestra sociedad no sirven para comprender nuestra relación con Dios, pero eso no justifica la inacción, el mínimo esfuerzo, el buscar ser contratados sólo a la última hora porque al nal todos reciben la misma paga.

La ayuda de Dios no anula la tarea del hombre. Tendemos a pensar que cuanto más actúa Dios, menos tenemos que actuar nosotros; pero ocurre exactamente al contrario: la mayor acción humana supone una mayor acción de Dios. De manera que la gratuidad moviliza, mientras que medir estrictamente nuestras fuerzas nos paraliza. En nuestro trato con los demás, en nuestras tareas dentro de la Iglesia, en la puesta en práctica de los compromisos de nuestra fe, etc., no podemos andar midiendo nuestro esfuerzo, sino mostrar generosidad y desprendimiento. Sólo un mayor compromiso es señal de una mayor cercanía de la gracia de Dios que nos elige y nos fortalece.

Juan Serna Cruz

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Un buen número de las parábolas de Jesús utilizan imágenes extraídas de la vida cotidiana, con un lenguaje sencillo y popular. Típico de este género literario es introducir elementos que contrastan entre sí, provocando suspense y generando especial interés en el oyente. A través de estos contrastes se pone de relieve el sentido hondo de su enseñanza. Así sucede en el caso de la “parábola de los obreros de la viña”.

El relato describe una situación frecuente en la época. El propietario de una viña sale a la plaza para contratar jornaleros. En un tiempo en que la tierra estaba en manos de unos pocos, una buena parte del pueblo esperaba cada día encontrar alguien que les contratara. Así sucede en esta ocasión.

Al amanecer el dueño de la viña se ajustaba en un salario con los jornaleros que necesitaba y les enviaba a sus tierras. El jornal de un denario era el salario “normal” de un campesino, lo suficiente para que él y su familia pasaran el día. Salir a media mañana y contratar más trabajadores era frecuente. Aquí llama la atención que con estos nuevos jornaleros no se ajusta en ningún salario: solo les dice que «pagará lo que sea justo».

Resulta poco normal y sorprende que saliera de nuevo a mediodía y a primera hora de la tarde para seguir contratando jornaleros; con estos tam- poco se arregla en el salario que les iba a pagar. Se va generando una cierta expectativa: si con los primeros se ajustó en un denario, ¿cuánto recibi- rán estos que van a trabajar menos horas?

Lo que resulta absolutamente inverosímil es que a media tarde el dueño de la viña salga a contratar nuevos operarios. ¡Apenas trabajarían una hora! El diálogo que establece con ellos sirve de contraste con los llamados a primera hora. «Nadie nos ha contratado», le dicen. El oyente pensaría en personas poco hábiles para el trabajo, débiles y, en cierto modo, desvalidos, en los que nadie se jaba a la hora de contratar. Eran los que sobraban cada día, los descartados. Sin embargo, también ellos tienen un trabajo en la viña.

Al caer la tarde llega el momento de pagar a cada uno, como era costumbre. Comienza por los últimos que reciben un denario: han trabajado poco, pero con su salario podrán mantener a su familia un día más. El resto de jornaleros esperarían recibir más: a mayor trabajo, mayor paga. Sin embargo, y este es el punto central de la parábola, todos, incluso los que habían trabajado todo el día, reciben también un denario. Jornaleros y oyentes quedarían sorprendidos: no es justo que se pague igual a los que han trabajado poco que a los que «han soportado el peso del día y del calor».

La respuesta del señor de la viña desborda con un doble argumento las pretensio- nes de estos trabajadores. Si con ellos se había ajustado en un denario, eso es lo que debían recibir. No hace ninguna injusticia con ellos: cobran lo estipulado. Y, además, si el dueño de la viña quiere pagar lo mismo al resto de trabajadores, ¿qué le impide hacer lo que desea con su dinero?

Si él quiere ser bueno, ¿por qué no va a serlo? Aquellos jornaleros no habían comprendido la bondad y misericordia del dueño de la viña que quiso regalar a todos aquello que necesitaban para vivir. Los que escuchaban a Jesús no terminaban de entender la nueva dinámica del Reino, que no se apoya en la reciprocidad humana sino en la justicia de Dios: amor, bondad, misericordia con todos, sin medida, sin esperar nada a cambio. Nosotros, ¿lo habremos comprendido?

Óscar de la Fuente de la Fuente

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La comunidad de Filipos fue la primera fundada por Pablo en suelo europeo, en el curso de su segundo viaje apostólico (cf. Hch 16, 11-40), y parece que el apóstol mantuvo con ella una relación muy estrecha. Por eso, la carta a los Filipenses (única misiva paulina a esta comunidad que se nos ha conservado), de la que leeremos varios fragmentos en este domingo y en los tres siguientes, está especialmente cargada de afecto y de comentarios personales. El tono conmovedor de esta epístola se acentúa por el hecho de haber sido redactada en una cárcel (cf. Flp 1,13: «… estoy preso por Cristo»), probablemente en Éfeso en el año 56 o 57.

Pablo está en prisión y sabe que el desenlace de su proceso podría ser una condena a muerte, pero eso no da la impresión de intimidarle mucho: «Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte». Nos parece escuchar aquí un eco del texto de Romanos que se leía el domingo pasado: «Ya vivamos, ya muramos, somos del Señor». En la frase que sigue, se nos revela más claramente el fundamento de esa indiferencia: «Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir». Como le ocurrirá siglos después a Teresa de Jesús («que muero porque no muero»), la vida eterna junto al Señor atrae a Pablo de tal manera que la posibilidad de morir le resulta halagüeña: «… deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor». Sin embargo, es consciente de que el seguir viviendo le permitiría continuar realizando un trabajo apostólico fructífero, en primer lugar con los mismos filipenses: «… quedarme en esta vida, veo que es más necesario para vosotros». El dilema entre su propio bienestar y el servicio a las comunidades cristianas parece resolverse en favor de esta última opción en los versículos 25 y 26, que han sido suprimidos en la lectura litúrgica: «Convencido de esto, siento que me quedaré y estaré a vuestro lado, para vuestro progreso en la alegría y en la fe, de modo que el orgullo que en Cristo Jesús sentís rebose cuando me encuentre de nuevo entre vosotros».

Pablo se siente, pues, inclinado a continuar su labor apostólica en cuanto sea liberado de la prisión, y espera y desea volver a ver de nuevo a sus queridos cristianos de Filipos. Sin embargo, independientemente de que este deseo llegue o no a realizarse, lo importante es –concluye el apóstol– que los filipenses lleven «una vida digna del evangelio de Cristo». La palabra «evangelio» no se re ere aquí a los relatos escritos sobre la vida de Jesús, que aún no existían en ese momento, sino, en su sentido más etimológico, a la «buena noticia» de Cristo, al anuncio de su vida, muerte y resurrección. Para la comunidad de Filipos, como para cualquiera de nuestras asambleas cristianas, lo fundamental es vivir conforme a la buena noticia de Jesús.

José Luis Vázquez Pérez, S.J.

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Con el capítulo 55 se cierra la segunda parte del libro de Isaías, el llamado DeuteroIsaías, que en grandes trazos suele datarse como el mensaje profético dirigido a los desterrados en Babilonia, que viven la tragedia humana y teológica del exilio. En concreto, los versículos que hoy leemos encabezan el epílogo (55,6-13) de ese mensaje de esperanza que irrumpía sorpresivamente con las palabras «Consolad, consolad a mi pueblo…» (Is 40,1). También al final de este bloque literario se exhorta con reiterados imperativos a creer y confiar en la acción de Dios. Era difícil, si no imposible, para los exiliados creer que Yahvé se podía acordar de ellos y que pudieran pensar en otras posibilidades, en nuevas oportunidades, que no fuera interpretada su situación como cumplimiento indefectible de un castigo irreversible.

Por eso el texto supone una llamada a la conversión con un matiz temporal (mientras se le encuentra, mientras está cerca) que no es tanto la urgencia del ahora o nunca -el tiempo se acaba- cuanto que intenta convencer de que todavía es tiempo. Yahvé no ha dictado la última palabra de sentencia, el juicio inapelable. No es tarea fácil generar expectativas de futuro en las personas que se rinden a la realidad circundante, cuando todo habla del abandono de Dios y surge el resignado “esto es lo que hay”. Isaías busca romper esa cúpula de cristal que nos encierra, y encierra a Dios, en un pasado que lastra el presente. Todavía hay tiempo, hay futuro si se busca a Dios y se le invoca, si nos ponemos en camino. Esa búsqueda nos permitirá encontrar con un nuevo Dios «rico en perdón». Precisamente es ese perdón, si creemos en él, el que nos posibilita ponernos en camino (tenemos oportunidades pues el castigo no es la última palabra) y lo que nos encontramos al final del mismo (buscamos y nos atrae ese Dios sorpresivo cuya esencia es perdón).

La experiencia del perdón como posibilidad de construir futuro nos sitúa ante un dios totalmente distinto a la imagen que Israel tenía de Yahvé en la experiencia del exilio. Así, en la segunda parte del texto es Dios mismo, no ya el profeta, el que interviene para dejar claro que sus planes no son nuestros planes, «vuestros caminos, no son mis caminos». Dios se presenta como radicalmente distinto (como dista el cielo de la tierra) e invita a dejar atrás los lógicos y comprensibles esquemas y concepciones de la divinidad. Sobre esta distinta manera de ser, pensar, actuar… de Dios, la parábola de los viñadores de la última hora que hoy presenta el evangelio resulta pedagógicamente demole- dora (en el sentido de que rompe e cazmente nuestros esquemas, nuestras expectativas de cómo es y cómo tiene que ser Dios).

Pero no conviene olvidar que entre esos modos nuevos que Dios anuncia, el DeuteroIsaías ha ido presentando la gura del Siervo de Yahvé (véase por ejemplo el texto de Is 52,13-53,12), como nueva presencia salví ca de Dios en medio de su pueblo. Lo cual supone una matización importante al imperativo de «buscad al Señor». No se trata de buscarlo donde siempre lo hemos encontrado. Ahora está más cerca de lo que pensamos en nuestra vivencia de exilio y de aparente silencio de Dios. Pues también hoy nuestra cultura de secularización en la que nos desenvolvemos puede ser interpretada como de alejamiento de Dios, y, sin embargo puede ser que Dios siga presente y nos siga invitando a buscarle por camino distintos.

José Javier Pardo Izal, S.J.

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La última parte del “discurso a la comunidad” abunda en el tema del perdón de los pecados. Es evidente que en las primeras comunidades se produjeron conflictos y enfrentamientos, que hicieron necesario recordar que el perdón de las ofensas es una clave fundamental en las relaciones comunitarias.

Pedro, actuando una vez más como “portavoz” de los discípulos, introduce el tema sobre el perdón y sus límites: « ¿Cuántas veces hay que perdonar si el hermano te ofende?». Algunas escuelas rabínicas planteaban la necesidad de perdonar hasta tres veces. Pedro, lejos de una postura “cicatera”, va más allá de la práctica habitual: ¿el límite estaría en siete veces?, ¿sería su ciente un perdón tan sobreabundante?

La respuesta de Jesús va más allá. El perdón ha de ser ilimitado, infinito, absoluto. El perdón no tiene restricciones: siempre, en todo momento y ante cualquier circunstancia hay que estar dispuestos al perdón. La propuesta de Jesús es increíble, inverosímil: «hasta setenta veces siete», es decir, ¡siempre! Para ilustrar este perdón ilimitado, Jesús propone una parábola en tres escenas.

Una serie de contrastes llaman la atención del oyente: la misericordia del rey frente a la dureza de corazón del “siervo sin entrañas”; la paciencia frente a la exigencia de pagar; la abismal diferencia entre las deudas de cada uno de los siervos; la reacción del siervo a quien se le perdona mucho frente a la reacción de los otros compañeros…

La primera escena. Un rey quiere saldar la deuda que un siervo ha contraído con él. La cantidad adeudada es inimaginable. Se puede pensar que sería imposible para un siervo restituir tal suma de dinero. El rey decide hacer justicia acorde a lo que establecía la ley: quien no podía pagar una deuda sería vendido como esclavo y, si fuera necesario, también su familia, hasta que pudiera pagar.

El deudor suplica paciencia y se compromete a devolver lo adeudado. La parábola da un giro radical. El rey no solo tiene paciencia con el siervo, sino que además le perdona todo: «tuvo misericordia de él y le perdonó la deuda». La necesidad, la situación de desvalimiento del siervo, provocan la misericordia del rey que le perdona sin esperar nada a cambio.

La segunda escena establece el contraste. El deudor se convierte ahora en acreedor de una deuda que, comparada con la anterior, era insignificante. Como antes hizo el rey, el siervo exige que su compañero le pague. También en este caso, el deudor suplica paciencia y se compromete a pagar. Sin embargo, la reacción del siervo es radicalmente opuesta a la del rey: no tiene misericordia y, lejos de perdonar, entrega a su compañero a la justicia hasta que pague todo lo que le debe.

La tercera escena. Los compañeros y el rey se indignan ante la falta de comprensión de este siervo inmisericorde. ¿Cómo es posible que, después de haber sido perdonado de una deuda inimaginable, no sea capaz de perdonar una cantidad insignificante? La reacción del rey, ahora, será la que legalmente correspondía: entregar al siervo a la justicia hasta pagar toda la deuda.

El foco de atención se sitúa en la reacción del siervo que no ha sido capaz de ejercitar la misericordia y el perdón, rasgos distintivos de Dios, que perdona siempre con un perdón infinito. Es necesario perdonar siempre, sin medida, como el rey a aquel “siervo sin entrañas”. Si Dios se comporta así con nosotros, con un amor desbordante, inmerecido, no podemos sino hacer lo mismo con nuestros hermanos. ¿Siete veces?, no; «setenta veces siete», porque el perdón de Dios no tiene fin.

Óscar de la Fuente de la Fuente

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Proclamamos en la liturgia de hoy un último fragmento de la carta a los Romanos, perteneciente, como en los dos domingos anteriores, a la sección final de la epístola; en esta parte parenética, Pablo exhorta a los cristianos de Roma a vivir en el amor, haciendo hincapié en la caridad que ha de reinar en la comunidad de los creyentes. El pasaje de hoy tiene como contexto más inmediato una recomendación del apóstol sobre la relación entre los «fuertes» y los «débiles» en la fe.

Según parece, en la comunidad de Roma había personas más escrupulosas, las cuales se creían obligadas a realizar ciertas prácticas que entendían como religiosas (los «débiles en la fe»), y otras personas, los «fuertes en la fe», que se sentían con más libertad para prescindir de tales costumbres. En concreto, parece tratarse aquí de la abstinencia de determinados alimentos en días señalados (práctica ascética conocida tanto en el judaísmo como en el paganismo). Ante esta diversidad de actitudes, Pablo invita al respeto y a la caridad mutua («El que come, no desprecie al que no come; y el que no come, no juzgue al que come»). El apóstol presupone que tanto unos como otros actúan tratando de agradar a Dios: «El que se preocupa de observar un día, se preocupa por causa del Señor; el que come, come por el Señor, pues da gracias a Dios; y el que no come, no come por el Señor y da gracias a Dios». Justamente a continuación viene el texto que hoy leemos.

Lo interesante es que Pablo se eleva, como hace con frecuencia, desde una situación particular, potencialmente con ictiva, de la comunidad a un principio más general, de validez universal: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor». El domingo pasado escuchábamos la segun- da parte del mandamiento del amor («Amarás a tu prójimo como a ti mismo»); ahora Pablo parece recordarnos que esa caridad fraterna tiene su fundamento en la primera parte del mandamiento, en el amor a Dios. Es el vínculo profundo que tenemos con Jesucristo el que nos hace vivir amando, comprendiendo y respetando a nuestro prójimo.

Jesús es el Señor de nuestras vidas, y lo es de forma radical. Lo definitivo de este señorío de Cristo se hace patente al mencionar la muerte, piedra de toque de toda antropología: «Ya vivamos, ya muramos, somos del Señor». La resurrección no es un tema especí co en la carta a los Romanos, como lo fue en 1 Corintios, pero Pablo alude a ella ahora, al referirse al misterio pascual como fundamento de toda la existencia cristiana: «Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos».

José Luis Vázquez Pérez, S.J.

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En el elenco de temas que va repasando el libro de Ben Sira como literatura sapiencial, la liturgia nos propone hoy unos versículos centrados en el tratamiento del rencor. La lectura conjunta de esta perícopa con el evangelio de este domingo, Mt 18,21-35, con la del siervo inmisericorde, refuerza la motivación hacia el perdón como elemento que ayuda a romper la dinámica de encerramiento en sí mismo que genera el pecado. El rencor y la ira provocan el deseo de venganza y generan una espiral de violencia que claramente se enfrenta a la justicia divina. Esta perspectiva teológica (“Dios se opone a la venganza”) es la que prevalece en el texto. Pero algunas de sus afirmaciones dan pie a una cierta reflexión antropológica sobre el rencor, si bien, por la pretensión didáctica de este tipo de literatura, se carga las tintas contra el prototipo negativo: «el pecador los posee (el furor y la cólera)». Pero bien podemos pensar y apuntar que el pecador es poseído por el rencor y la ira, y que es él la primera víctima de la maldad de estos sentimientos. No son pocos los testimonios de víctimas de violencia y terrorismo que han iniciado procesos de reconciliación desde la necesidad de cortar con dinámicas autodestructivas alentadas por el rencor.

La motivación primera y dominante en la mentalidad veterotestamentaria es claramente el poder de Dios y que «del vengativo se vengará el Señor». Hoy juzgamos este razonamiento como una motivación desde el miedo y tal vez nos convenza más la segunda motivación que nos presenta el texto de hoy: la coherencia humana y personal. Es decir, desde la máxima de igualdad de derechos y por coherencia, ¿cómo puede una persona no perdonar a los otros y pretender el perdón de Dios para sí (Eclo 28,4)? En esta línea insiste el evangelio, si bien en positivo, « ¿no debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?».

El texto del Eclesiástico añade una doble motivación que no está tan presente en nuestro imaginario veterotestamentario: «piensa en tu muerte y guarda los mandamientos». Se abre así una vía más positiva que ponga freno a la ira. Por una parte, se alude a la muerte, que es momento en el que Dios pondrá todas las cosas en orden, con su justo valor. Humanamente, la evocación de este momento supone una invitación a pensar en lo que de verdad merece la pena: al nal de la vida ¿qué nos va a quedar? Se trata de una invitación a relativizar lo que hoy valoramos como grandes afrentas y que, vistas desde el momento de nuestra muerte, pierden gravedad, y la pena es no haber buscado el perdón y la reconciliación. Por otra parte, la mención de “recordar” los mandamientos, que en el paralelismo retórico propio de la poesía hebrea se pone en relación con la alianza del Señor, supone un recordatorio a los momentos del perdón de Yahvé con el pueblo de Israel, y toca la bra más íntima, pues el perdón ha de ser un rasgo presente en el “pueblo de Alianza” ya que es el pueblo del perdón. La referencia a los mandamientos evoca, entro otros textos, Lv 19, 18: «No te vengarás ni guardarás rencor contra los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Se anticipa así lo que, de forma más explícita y más elaborada, presentará el NT y el mensaje al que Jesús dará cumplimiento.

José Javier Pardo Izal, S.J.

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