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Archive for the ‘Exégesis’ Category

La segunda parte del Evangelio de Marcos comienza con un anuncio de la Pasión, puesto en boca de Jesús (cf. Mc 8,31-32). A estas alturas, los discípulos ya habían percibido que Jesús era el Mesías libertador que Israel esperaba (cf. Mc 8,29); más aún, crían que la misión mesiánica de Jesús se debía concretar en un triunfo militar sobre los opresores romanos. Marcos va a explicar a los creyentes, a quien el Evangelio se destina, que el proyecto mesiánico de Jesús no se va a concretar en triunfos humanos, sino en la cruz, esto es, en el amor y en la donación de la vida.

El relato de la transfiguración de Jesús es precedido del primer anuncio de la pasión (cf. Mc 8,31-33) y de una instrucción sobre las actitudes propias del discípulo (invitado a renunciar a sí mismo, a tomar su cruz y a seguir a Jesús en su camino de amor y de entrega de la vida, (cf. Mc 8,34-38). Después de haber oído hablar del “camino de la cruz” y de haber constatado aquello que Jesús pide a los que le quieren seguir, los discípulos están desanimados y frustrados, pues la aventura por la que apostaron parece encaminarse hacia un rotundo fracaso; ven esfumarse, en esa cruz que será plantada en una colina de Jerusalén, sus sueños de gloria, de honras, de triunfos y se preguntan si vale la pena seguir a un maestro que nada más puede ofrecer la muerte en cruz.

En este contexto Marcos sitúa el episodio de la transfiguración. La escena constituye una palabra de ánimo para los discípulos (y para los creyentes, en general), pues en ella se manifiesta la gloria de Jesús y se atestigua que él es, a pesar de la cruz que se acerca, el Hijo amado de Dios. Los discípulos reciben, así, la garantía de que el proyecto que Jesús presenta es un proyecto que viene de Dios; y, a pesar de sus propias dudas, reciben un complemento de esperanza que les permite “embarcarse” y apostar por ese proyecto.

Literariamente, la narración de la transfiguración es una teofanía, o sea, una manifestación de Dios. Por tanto, el autor del relato va a poner en escena todos los ingredientes que, en el imaginario judío, acompañan las manifestaciones de Dios (y que encontramos casi siempre presentes en los relatos teofánicos del Antiguo Testamento): el monte, la voz del cielo, las apariciones, los vestidos relucientes, la nube, el mismo miedo y la perturbación de aquellos que presencian el encuentro con lo divino.

Esto quiere decir lo siguiente: no estamos ante un relato fotográfico de acontecimientos, sino ante una catequesis (construida de acuerdo con el imaginario judío) destinada a enseñar que Jesús es el Hijo amado de Dios, que trae a los hombres un proyecto que viene de Dios.

Esta página de catequesis, destinada a enseñar que Jesús es el Hijo de Dios y que el proyecto que él propone viene de Dios, está construida sobre elementos simbólicos sacados del Antiguo Testamento.

¿Que elementos son esos?

El monte, nos sitúa en un contexto de revelación: es siempre en un monte donde Dios se revela; y, en especial, es en la cima de un monte en la que hace una alianza con su Pueblo.

La mudanza del rostro y los vestidos relucientes, muy blancos, recuerdan el resplandor de Moisés, al descender del Sinaí (cf. Ex 34,29), después de encontrarse con Dios y de recibir las tablas de la Ley.

La nube, por su parte, indica la presencia de Dios: era en la nube donde Dios manifestaba su presencia, cuando conducía a su Pueblo a través del desierto (cf. Ex 40,35; Nm 9,18.22; 10,34).

Moisés y Elías representan la Ley y los Profetas (que anuncian a Jesús y que permiten entenderle); además de eso, son personajes que, de acuerdo con la catequesis judía, debían aparecer el “día del Señor”, cuando se manifestase la salvación definitiva (cf. Dt 18,15-18; Mal 3,22-23).

El temor y la perturbación de los discípulos es la reacción lógica de cualquier hombre o mujer, ante la manifestación de grandeza, de omnipotencia y de majestad de Dios (cf. Ex 19,16; 20,18-21).

Las tiendas parecen aludir a la “fiesta de las tiendas”, en que se celebraba el tiempo del éxodo, cuando el Pueblo de Dios habitó en “tiendas”, en el desierto.

El mensaje fundamental, amasado con todos estos elementos, pretende decir quien es Jesús.

Recorriendo la simbología del Antiguo Testamento, el autor deja claro que Jesús es el Hijo amado de Dios, en quien se manifiesta la gloria del Padre. Él es, también, ese Mesías libertador y salvador esperado por Israel, anunciado por la Ley (Moisés) y por los Profetas (Elías). Más aún: él es un nuevo Moisés, esto es, aquel a través de quien el propio Dios da a su Pueblo la nueva ley y a través de quien Dios propone a los hombres una nueva Alianza.

De la acción liberadora de Jesús, el nuevo Moisés, nacerá un nuevo Pueblo de Dios. Con ese nuevo Pueblo, Dios va a hacer una nueva Alianza; y va a recorrer con él los caminos de la historia, conduciéndolo a través del “desierto” que conduce de la esclavitud a la libertad.

Esta presentación tiene como destinatarios a los discípulos de Jesús (ese grupo desanimado y frustrado porque en el horizonte próximo de su líder está la cruz y porque el maestro exige de los discípulos que acepten recorrer un camino semejante). Apunta hacia la resurrección, aquí anunciada por la gloria de Dios que se manifiesta en Jesús, por los “vestidos relucientes, muy blancos” (que recuerdan la túnica blanca del “joven” sentado junto al sepulcro de Jesús y que anuncia a las mujeres la resurrección (cf. Mc 16,5), y por la recomendación final de Jesús (“No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos”, Mc 9,9): les dice que la cruz no tendrá la última palabra, pues al final del camino de Jesús (y, consecuentemente, de los discípulos que siguen a Jesús) está la resurrección, la vida plena, la victoria sobre la muerte.

Una palabra final para el deseo, manifestado por Pedro, de construir tres tiendas en la cima del monte, como si pretendiese quedarse en aquél lugar.

El detalle puede significar que los discípulos querían quedarse en ese momento de revelación gloriosa, ignorando el destino del sufrimiento de Jesús. Jesús no responde a la propuesta: él sabe que el proyecto de Dios, ese proyecto de construir un nuevo Pueblo de Dios y lo conduce de la esclavitud a la libertad, tienen que pasar por el camino de la donación de la vida, de entrega total, del amor hasta las últimas consecuencias.

La reflexión puede hacerse partiendo de las siguientes cuestiones:

La cuestión fundamental expresada en el episodio de la transfiguración, está en la revelación de Jesús como el Hijo amado de Dios, que va a hacer realidad el proyecto salvador y liberador del Padre en favor de los hombres a través de la donación de la vida, de la entrega total de sí mismo por amor.

Por la transfiguración de Jesús, Dios demuestra a los creyentes de todas las épocas y lugares que una existencia hecha don, no es un fracaso, aunque termine en la cruz. La vida plena y definitiva espera, en el final del camino, a todos aquellos que, como Jesús, sean capaces de poner su vida al servicio de los hermanos.

En verdad, los hombres de nuestro tiempo tienen alguna dificultad para percibir esta lógica. Para muchos de nuestros hermanos, la vida plena no está en el amor llevado hasta las últimas consecuencias (hasta la donación total de la vida), sino en la preocupación egoísta por sus intereses personales, por su pequeño mundo privado; no está en el servicio sencillo y humilde en favor de los hermanos (sobre todo de los más débiles, de los más marginados, de los más infelices), más en asegurar para sí una dosis generosa de poder, de influencia, de autoridad, de dominio, de la sensación de pertenecerá a la categoría de los vencedores; no está en una vida vivida como don, con humildad y sencillez, sino en una vida hecha un juego complicado de conquista de honras, de glorias, de éxitos.
¿De verdad, dónde está la realización plena del hombre?
¿Quién tiene razón: Dios o los esquemas humanos que hoy dominan en el mundo y que nos imponen una lógica diferente de la del Evangelio?

A veces somos tentados por el desánimo, porque no percibimos el alcance de los planes de Dios; nos parece que siguiendo la lógica de Dios, seremos siempre perdedores y fracasados, que nunca integraremos la élite de los señores del mundo y que nunca llegaremos a conquistar el reconocimiento de aquellos que caminan a nuestro lado

La transfiguración de Jesús nos grita, desde lo alto de aquel monte: no os desaniméis, pues la lógica de Dios no conduce al fracaso, sino a la resurrección, a la vida definitiva, a la felicidad sin fin.

Los tres discípulos, testigos de la transfiguración, parecen no tener mucha voluntad de “descender a tierra” y enfrentarse al mundo y a los problemas de los hombres. Representan a todos aquellos que viven con los ojos puestos en el cielo, alejados de la realidad concreta del mundo, sin voluntad de intervenir para renovarlo y transformarlo. Sin embargo, ser seguidor de Jesús obliga a “bajar al mundo” para testimoniar a los hombres, incluso contracorriente, que la realización auténtica está en la donación de la vida; obliga a mezclarnos con el mundo, con sus problemas y dramas, a fin de aportar nuestra contribución para el surgimiento de un mundo más justo y más feliz. La religión no es un opio que nos adormece, sino un compromiso con Dios, que se hace compromiso de amor con el mundo y con los hombres.

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Cuando Pablo escribe a los Romanos, está terminando su tercer viaje misionero y se prepara para ir a Jerusalén. Había terminado su misión en oriente (cf. Rom 15,19-20) y quería llevar el Evangelio al occidente. Dirigiéndose por carta a los Romanos, Pablo aprovecha para contactar con la comunidad cristiana de Roma y para presentar a sus miembros los principales problemas que le preocupaban (entre los cuales sobresalía la cuestión de la unidad, un problema muy presente en la comunidad cristiana de Roma, afectada por algunos problemas de relación entre judeo-cristianos y pagano- cristianos). Estamos en el año 57 ó 58.

En la primera parte de la Carta a los Romanos (cf. Rom 1,18-11,36), Pablo va a llamar la atención a los cristianos divididos para que vean que el Evangelio es la fuerza que congrega y que salva a todo creyente, sin distinción de judío, griego o romano. Aunque, el pecado sea una realidad universal, que afecta a todos los hombres (cf. Rom 1,1-3,20), la “justicia de Dios” da vida a todos, sin distinción (cf. Rom3,1-5,11); y es en Jesucristo donde esa vida se comunica y transforma al hombre (cf. Rom 5,12-8,39). Los creyentes deben, por tanto, hacer la experiencia del amor de Dios que les une y alegrarse por ese plan de salvación que Dios quiere ofrecer a todos. Acoger la salvación que Dios ofrece, identificarse con Jesús y recorrer con él el camino del amor a Dios y de la entrega a los hermanos (vida “según el Espíritu”) no es, sin embargo, un camino fácil, de triunfos y de éxitos humanos; sino que es un camino que es preciso recorrer, muchas veces, en el dolor, en el sufrimiento y en la renuncia, enfrentándose a las fuerzas de la muerte, de la opresión, del egoísmo y de la injusticia.

A pesar de las barreras que es necesario vencer, de las nubes amenazadoras y de los mil desafíos que, día a día, le asaltan al creyente que sigue los caminos de Jesús, el cristiano puede y debe confiar en el éxito final. ¿Por qué?

En este himno de triunfo, apasionado y optimista, que exalta el amor de Dios (cf. Rom 8,31-39), Pablo dice a los cristianos por qué deben tener confianza en el triunfo final.

La razón para la esperanza de los cristianos está en la certeza de que Dios ama a todos sus hijos con un amor inmenso y eterno. Él envía al mundo a Jesucristo, el Hijo único de Dios, que nos enseñó el camino de la vida plena y de la felicidad sin fin, que luchó hasta la muerte contra todo lo que oprimía y esclavizaba al hombre, es la “prueba” del inmenso amor de Dios por nosotros (v. 32).

Ahora, si Dios nos ama de esa forma tan intensa y tan total, nada ni nadie nos puede acusar, condenar, destruir o hacer mal. Es Dios “quien nos justifica” (v. 33), quiere decir, es Dios quien, en su inmensa bondad pronuncia sobre nosotros un veredicto de gracia y de perdón, a pesar de nuestras faltas e infidelidades. Nadie nos condena pues el propio Dios (el único que podría hacerlo) escogió salvarnos, aunque no lo mereciéramos.

Siendo esto así, el cristiano debe enfrentarse a la vida con serenidad y esperanza, confiando totalmente en el amor de Dios.

Para Pablo, hay una constatación increíble, que no cesa de admirarle: Dios nos ama con un amor profundo, total, radical, que nada ni nadie consigue apagar o eliminar. Ese amor vino a nuestro encuentro en Jesucristo, asumió nuestra existencia y la transformó, capacitándonos para caminar al encuentro de la vida eterna. Ahora, antes de nada, es este descubrimiento el que Pablo nos invita a hacer.

En los momentos de crisis, de desilusión, de persecución, de orfandad, cuando parece que todo el mundo está contra nosotros y que no entiende nuestra lucha y nuestro propósito, la Palabra de Dios grita: “no tengáis miedo; Dios os ama”.

Descubrir ese amor, nos da el coraje necesario para enfrentarnos a la vida con serenidad, con tranquilidad y con el corazón lleno de paz. El creyente es aquel hombre o mujer que no tiene miedo de nada porque está consciente de que Dios le ama y que le ofrece, acontezca lo que acontezca, la vida en plenitud. Puede, por tanto, entregar su vida como donación, correr riesgos en la lucha por la paz y por la justicia, enfrentarse a los poderes de la opresión y de la muerte, porque confía en Dios que le ama y que le salva.

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La primera lectura de hoy forma parte de un bloque de textos a los que se da el nombre literario de “tradiciones patriarcales” (cf. Gn 12-36). Se trata de un conjunto de relatos singulares, originariamente independientes unos de otros, sin gran unidad y sin carácter de documento histórico. En esos capítulos aparecen, de forma indiferenciada, “mitos de los orígenes” (describen la “toma de posesión” de un lugar por el patriarca del clan), “leyendas cultuales” (narraban cómo un dios se había aparecido en ese lugar al patriarca del clan), indicaciones más o menos concretas sobre la vida de los clanes nómadas que circulaban por Palestina durante el 2o milenio, y reflexiones teológicas posteriores destinadas a presentar a los creyentes israelitas modelos de vida y de fe.

El relato del sacrificio de Isaac (Gn 22) es una “leyenda cultual”. Nació, probablemente, en un santuario del sur del país, mucho antes de que los patriarcas bíblicos se hubieran instalado en la zona. La leyenda primitiva contaba cómo en un lugar sagrado (el texto sugiere que ese lugar se llamaría “El Yreêh”) el dios allí adorado había salvado a un niño destinado a ser ofrecido en sacrificio (en el mundo de los cananeos, los sacrificios humanos eran relativamente frecuentes). A partir de ahí, en ese lugar, los sacrificios de niños habrían sido sustituidos por sacrificios de animales. Fue esa la primera etapa de la tradición que hoy se nos presenta.

En una segunda fase, esta historia primitiva fue aplicada a la figura de Abraham, cuando el clan de Abraham se instaló en la zona. El padre cananeo de la primitiva historia, que llevaba al hijo para ser ofrecido en sacrificio, fue identificado con el patriarca Abraham. La tradición acabó por englobar en un solo clan el de Abraham y el clan de Isaac. Isaac se convirtió así en el hijo destinado al sacrificio del que hablaba la vieja leyenda pre-israelítica.

En una tercera fase, los teólogos elohístas (siglo VIIIo antes de Cristo) aceptaron la antigua leyenda cultual y la pusieron al servicio de su catequesis. En la reflexión de los catequistas de Israel, la antigua leyenda cultual de “El Yreêh” se convirtió en una catequesis sobre una “prueba” en la que el justo Abraham manifestó su obediencia radical y su confianza en Elohím.

Por último, un redactor pos-elohísta añadió al texto otros elementos de carácter teológico. Fue, ciertamente, el que unió la leyenda del sacrificio de Isaac con el monte santo de los sacrificios del Templo de Jerusalén; fue él, también, el que añadió a la historia la idea de que el comportamiento de Abraham para con Dios mereció una recompensa y que esa recompensa, en el futuro, se derramaría sobre los descendientes de Abraham.

En el inicio de la narración (v. 1) aparece un verbo que presidirá todo el relato y va a definir el sentido que los catequistas elohístas atribuían a esta historia: el verbo “poner a prueba” (en hebreo “nassah”).

En el Antiguo Testamento, este verbo concuerda, con frecuencia, con los significados de “examinar”, “experimentar”, “demostrar”, “testar”. Luego se define lo que está en juego: Dios va a “someter a Abraham a una prueba”.

La idea de que Dios somete a su Pueblo o a los individuos particulares a “pruebas” es relativamente frecuente en el Antiguo Testamento. Estas “pruebas” sirven, normalmente, para que Dios pueda conocer el corazón de su Pueblo y porbar su fidelidad (cf. Dt 8,2). Son una forma que Dios tiene para comprobar que tal comunidad o tal persona es digna y es capaz de vivir una relación de especial comunión e intimidad con él. Abraham, con todo, no sabe que está siendo “probado”.

La “prueba” a la que Abraham es sometido es especialmente dramática: Yahvé le pide que tome a Isaac, su único hijo y lo ofrezca en holocausto sobre un monte (v. 2). Isaac no es, solamente, el hijo único y amado de Abraham, si sólo fuera eso ya sería suficiente para hacer esta “prueba” tremendamente dura; pero Isaac es, también, el heredero de la promesa que Dios, continuamente, renovó a Abraham.

Isaac es la garantía de un futuro, de una descendencia numerosa que tomará posesión de la tierra; es la garantía de esas promesas que darán sentido a la peregrinación de Abraham desde que Dios le mandó dejar su tierra, su familia y la casa de sus padres. Abraham se encuentra ante un Dios que parece volver a tomar lo que ya había dado y cuya palabra de hoy parece desmentir la de ayer.

¿Por qué ese cambio de planes? ¿Cuáles son, en realidad, los designios de Dios? ¿Se puede confiar en un Dios que cambia de ideas de esta forma? ¿La apuesta de Abraham al dejarlo todo (cf. Gn 12) y aceptar el reto que Dios le hace, fue una buena opción? La verdadera “prueba” es esta. Es el absurdo de una exigencia que niega la propia historia de salvación; es el continuar esperando en un Dios que, en un instante, parece querer destruir los sueños que él mismo había generado; es continuar confiando en un Dios que se contradice y que parece, de repente, olvidar todo lo que había prometido; es el impás, la oscuridad, el sufrimiento en que Abraham de repente se halla; es el ser invitado a lanzarse a ciegas por un camino oscuro e incomprensible.

¿Cómo va a reaccionar Abraham ante esta tremenda “prueba”? De principio a fin, Abraham no abre la boca a no ser para decir “aquí estoy” (v. 1-11), expresión de disponibilidad total delante de Dios. Por lo demás, Abraham no discute, no argumenta, no intenta obtener respuestas para ese drama incomprensible que parece hipotecar todo lo que Dios le había prometido. Abraham procede, nada más. Se levanta de madrugada, prepara las cosas para el holocausto, se pone en camino. Ya en el “monte del sacrificio”, Abraham construye el altar, ata a la víctima y coge el cuchillo para matar al hijo. El silencio de Abraham, la inmediatez de la respuesta y la forma de actuar, muestran la entrega, la confianza absoluta en Dios, la obediencia llevada hasta las últimas consecuencias.

Recorrido el largo y angustioso camino de la “prueba”, llega finalmente el momento en el que Dios, a través de la voz de su mensajero, hace balance y constata el resultado. La “prueba” ha acabado: todo el comportamiento de Abraham a lo largo de esta “crisis” testimonia que “teme al Señor” (v. 12). La expresión, frecuente en el Antiguo Testamento, traduce, por un lado, la reverencia y el respeto y, por otro lado, la pronta obediencia a la voluntad divina, la confianza inamovible en Dios que no falla, la humilde renuncia a los propios criterios, la adhesión incondicional a la voluntad de Dios, la aceptación plena de las proposiciones y mandamientos de Dios.

Nuestra historia termina con una referencia a la “recompensa” ofrecida por Dios. La obediencia de Abraham generará plenitud de vida y de dones divinos (bendición), una descendencia numerosa “como las estrellas del cielo o como la arena de la playa” y la posesión de la tierra (v. 17). Lo más interesante es la indicación de que la obediencia del “justo” Abraham tendrá alcance universal y producirá bendición para “todas las naciones de la tierra”.

En esta “catequesis” la intención fundamental del autor no es decirnos quién es Dios y cómo actúa (por eso, no preguntamos al texto si, en realidad, los métodos de Dios pasan por someter al hombre a pruebas inhumanas). La historia del sacrificio de Isaac está destinada, sobre todo, a proponernos la actitud que el creyente debe asumir ante Dios. Abraham es presentado como el prototipo de creyente ideal, que sabe escuchar a Dios y acoger sus proyectos con obediencia incondicional, con confianza total. Incluso aunque las propuestas de Dios resulten incomprensibles o que los retos de Dios interfieran con los proyectos del hombre, el creyente ideal debe acoger los planes de Dios y realizarlos con fidelidad. Fue para dejar esta enseñanza a sus con ciudadanos, lección que sirve, naturalmente, para los creyentes de todos los tiempo, para lo que los teólogos elohístas fueron a buscar esta vieja leyenda.

El comportamiento que Abraham tiene en esta “crisis” revela, antes de nada, el lugar absolutamente central que Dios ocupa en su existencia. Dios es, para Abraham, el valor máximo, la prioridad fundamental; por eso, Abraham se muestra dispuesto a hacer a Dios un don total e irrevocable de sí mismo, de su familia, de su futuro, de sus sueños, de sus aspiraciones, de sus proyectos, de sus intereses. Para Abraham, nada cuenta tanto como los planes de Dios, cuando estos están en juego.

En la vida del hombre de nuestro tiempo, no siempre Dios ocupa el lugar central que le es debido. Con frecuencia, el dinero, el poder, la carrera profesional, el reconocimiento social, ocupan el lugar de Dios y condicionan nuestras opciones, nuestros intereses, los valores que nos orientan. Abraham, el creyente para quien Dios es la coordenada fundamental alrededor de la cual toda la vida se construye, nos invita, en esta Cuaresma, a revisar nuestras prioridades y a dar a Dios el lugar que se merece.

En su relación con Dios, el creyente Abraham manifiesta una amplia gama de “cualidades”, reverencia, respeto, humildad, disponibilidad, obediencia, confianza, amor, fe, que le definen como el creyente “ideal”, el modelo para los creyentes de todos los tiempos. En este tiempo de preparación para la Pascua, son estas las “cualidades” que se nos proponen. Es necesario que realicemos un camino de conversión que nos haga estar más atentos y disponibles para acoger y para vivir en fidelidad los planes de Dios.

El creyente Abraham nos enseña, también, a confiar en Dios, incluso cuando todo parece caerse a nuestro alrededor y cuando los caminos de Dios se revelan extraños e incomprensibles. Cuando nuestros proyectos se desmoronan, cuando las nubes negras de la guerra, de la violencia, de la opresión se levantan en el horizonte de nuestra existencia, cuando el sufrimiento nos lleva a la desesperación, es preciso continuar caminando con serenidad, confiando en ese Dios que es nuestra esperanza y que tiene un proyecto de vida plena para nosotros y para el mundo.

La idea de que la obediencia de Abraham es fuente de vida para él, para su familia y para “todas la naciones de la tierra”, debe ser una especie de “sello de garantía” que atestigua la validez de este camino. Hacer de Dios el centro de la propia existencia es renunciar a los propios criterios e intereses para cumplir los planes de Dios; no es una esclavitud, sino un camino que nos garantiza (a nosotros y a nuestros hermanos) el acceso a la vida plena y verdadera.

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El Evangelio de Marcos comienza con una introducción (cf. Mc 1,2-13) destinada a presentar a Jesús. En tres cuadros iniciales, Marcos nos dice que Jesús es aquel que viene a “bautizar en Espíritu” (cf. Mc 1,2-8), el Hijo amado, sobre quien el Padre derrama el Espíritu y a quien envía en misión entre los hombres (cf. Mc 1,9-11), el Mesías que se enfrenta y vence al mal que oprime a los hombres, a fin de hacer surgir un mundo nuevo y una nueva humanidad (cf. Mc 1,12-13).

La primera parte del texto que se nos propone hoy como segunda lectura nos presenta el tercero de esos cuadros. Nos sitúa en un “desierto” no identificado, no lejos del lugar donde Jesús fue bautizado por Juan Bautista.

Después de este tríptico introductorio, entramos en la primera parte del Evangelio (cf. Mc 1,14-8,30). Ahí Marcos va a describir la acción de Jesús, el Mesías que el Padre envió al mundo para anunciar a los hombres una realidad nueva llamada “Reino de Dios”.

En la segunda parte del texto que hoy se nos propone, tenemos un “sumario-anuncio” de la predicación inaugural de Jesús sobre el “Reino” (cf. Mc 1,14-15). El texto nos sitúa en Galilea, región septentrional de Palestina, zona en permanente contacto con el mundo pagano y, por tanto, considerada al margen de la historia de la salvación.

Tenemos entonces, como primera escena: el episodio de la tentación de Jesús en el desierto (vv. 12-13). Más que una descripción fotográfica de acontecimientos concretos, se trata de una catequesis. Está cargada de símbolos, que es preciso descodificar para entender el mensaje propuesto.

El desierto es, en la teología de Israel, el lugar privilegiado del encuentro con Dios; fue en el desierto donde el Pueblo experimentó el amor y la solicitud de Yahvé y fue en el desierto donde Yahvé propuso a Israel una Alianza. Con todo, el desierto es, también, el lugar de la “prueba”, de la “tentación”; fue en el desierto donde Israel tuvo que optar y fue en el desierto, también, donde Israel sintió, varias veces, la tentación de elegir caminos contrarios a los propuestos por Dios. Es al “desierto” a donde va Jesús y, por tanto, el “lugar” del encuentro con Dios y del discernimiento de sus proyectos; y es el “lugar” de la prueba, donde se enfrenta con la tentación de abandonar a Dios y de seguir otros caminos.

En ese “desierto”, Jesús se quedó “cuarenta días” (v. 13a). El número “cuarenta” es bastante frecuente en el Antiguo Testamento. Muchas veces se refiere al tiempo de la marcha del Pueblo de Israel por el desierto, desde que dejó la tierra de esclavitud hasta entrar en la tierra de la libertad; pero también es usado para significar “toda la vida” (la esperanza media de vida, en la época, rondaba los cuarenta años). Debe ser entendido con el sentido de “toda la vida” o, en tal caso, “todo el tiempo que duró la marcha”.

Durante ese tiempo, Jesús fue “tentado por Satanás” (V.13b). La palabra “satanás” designaba, originariamente, al adversario que, en el contexto de un juicio, representaba a la acusación (cf. Sal 109,6). Más tarde la palabra va a pasar a designar a un personaje que integraba la corte celeste y que acusaba al hombre delante de Dios (cf. Job 1,6-12). En la época de Jesús, “satanás” ya no era considerado como un personaje de la corte celeste, sino como un espíritu malo, enemigo del hombre, que procuraba destruir al hombre y frustrar los planes de Dios. Es con este sentido con el que va a aparecer aquí. “Satanás” representa a un personaje que va a intentar empujar a Jesús a olvidar los planes de Dios y a hacer elecciones personales, que estén en contradicción con los proyectos del Padre.

Al relatar las tentaciones de “Satanás”, es probable que Marcos estuviese pensando, en concreto, en tentaciones de poder y de mesianismo político. El desierto era, tradicionalmente, el lugar de refugio de los agitadores y de los rebeldes con pretensiones mesiánicas. La tentación pretende, por tanto, inducir a Jesús a dirigirse por un camino de poder, de autoridad, de violencia, de mesianismo político, frustrando los proyectos de Dios que pasaban por un mesianismo marcado por el amor incondicional, por el servicio sencillo y humilde, por la entrega de la vida.

La referencia a las “fieras” que rodeaban a Jesús y a los “ángeles” que le servían (v. 13c), debe aludir a ciertas interpretaciones de Gn 2-3, muy en boga en los ambientes rabínicos, en el siglo Io.

Algunos “maestros” de Israel enseñaban que Adán, el primer hombre, vivía en el paraíso en paz completa con todos los animales y que los ángeles estaban a su alrededor para servirle, pero, cuando Adán escogió el camino de la autosuficiencia y se volvió contra Dios, se rompió esa armonía original, los animales se volvieron enemigos del hombre y hasta los ángeles dejaron de servirle. La catequesis de los “rabinos” añadía todavía que, cuando el Mesías llegase, surgiría un mundo armonioso, sin violencia y sin conflicto, donde hasta los animales feroces vivirían en paz con el hombre. Sería el regreso de la armonía original, el plan original de Dios para los hombres y para el mundo. Y eso es lo que Marcos está surgiéndonos aquí: con Jesús, llegó ese tiempo mesiánico de paz sin fin, llegó el tiempo de que el mundo regrese a aquella armonía que era el plan inicial de Dios. Habría, también, una intención de establecer un paralelo entre Adán y Jesús: Adán, cedió ante la tentación al elegir caminos contrarios a los de Dios, y esto produjo enemistad, violencia, conflicto, esclavitud, sufrimiento; Jesús, eligió vivir en la más completa fidelidad a los proyectos de Dios e hizo nacer un mundo nuevo, de armonía, de paz, de amor, de felicidad sin fin.

En síntesis: tenemos aquí una catequesis sobre las opciones de Jesús. Marcos sugiere que, a lo largo de toda su existencia (“cuarenta días”), Jesús se enfrentó a dos caminos, con dos propuestas de vida: o vivir en la fidelidad a los proyectos del Padre, haciendo de su vida una entrega de amor, o frustrar los planes de Dios, dirigiéndose por un camino mesiánico de poder, de violencia, de autoridad, de despotismo, a imagen de los grandes de este mundo. Jesús eligió vivir en la obediencia a las propuestas del Padre; de su opción, va a surgir un mundo de paz y de armonía, un mundo nuevo que reproduce el plan original de Dios.

En la segunda parte del Evangelio de este Domingo (v. 14-15), tenemos otra escena. Marcos nos transporta a Galilea, donde Jesús aparece haciendo realidad ese plan salvador del Padre que, en la escena anterior, decidió cumplir.

Jesús comienza, precisamente, anunciando que “ha llegado el tiempo”. ¿Qué “tiempo” es ese? Es el “tiempo” del “Reino de Dios”. La expresión, tan frecuente en el Evangelio según Marcos, nos lleva a uno de los grandes sueños del Pueblo de Dios.

La catequesis de Israel (como igualmente sucedía con la reflexión teológica de otros pueblos de Creciente Fértil) se refería, con frecuencia, a Yahvé como rey que, sentado en su trono, gobernaba a su Pueblo. Cuando Israel pasó a tener reyes terrenos, esos eran considerados, solamente, como hombres escogidos y ungidos por Yahvé para gobernar al Pueblo, haciendo las veces del verdadero rey que era Dios. El ejemplo más típico de un rey/siervo de Yahvé, que gobierna a Israel en su nombre, sometiéndose en todo a su voluntad, fue David. El recuerdo de este rey ideal y del tiempo ideal de paz y de felicidad en el que Yahvé reinaba (a través de David) sobre su pueblo, va a marcar toda la historia futura de Israel.

En las épocas de crisis y de frustración nacional, cuando reyes mediocres conducían a la nación por caminos de muerte y de desgracia, el Pueblo soñaba con el regreso a los tiempos gloriosos de David. Los profetas, a su vez, van a alimentar la esperanza del Pueblo anunciando la llegada de un tiempo, en el futuro, en el que Yahvé va a alimentar la esperanza del Pueblo anunciando la llegada de un tiempo en el que él volverá a reinar sobre Israel y restablecerá la situación ideal de la época de David.

Esa misión, en la perspectiva profética, será confiada a un “ungido” que Dios enviará a su Pueblo. Ese “ungido” (en hebreo “mesías”, en griego “cristo”) establecerá un tiempo de paz, de justicia, de abundancia, de felicidad sin fin, esto es, el tiempo del “reinado de Dios”.

El “Reino de Dios” es, por tanto, una noción que resume la esperanza de Israel en un mundo nuevo, de paz y de abundancia, preparado por Dios para su Pueblo. Esta esperanza está muy viva en el corazón de Israel en la época en la que Jesús aparece diciendo: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios”. Ciertas afirmaciones de Jesús, transmitidas por los Evangelios sinópticos, muestran que tenía conciencia de estar personalmente ligado al Reino y de que la llegada del Reino dependía de su acción. Jesús comienza, precisamente, la construcción de ese “Reino” pidiendo a sus contemporáneos la conversión (“metanoia”) y la acogida de la Buena Noticia (“evangelio”).

“Convertirse” significaba transformar la mentalidad y los comportamientos, asumir una nueva actitud de base, reformular los valores que orientan la propia vida. Es reordenar la vida, de modo que Dios pase a estar en el centro de la existencia del hombre y ocupe siempre el primer lugar. En la perspectiva de Jesús, no es posible que ese mundo nuevo de amor y de paz se haga realidad sin que el hombre renuncie al egoísmo, al orgullo, a la autosuficiencia y pase a escuchar, de nuevo, a Dios.

“Creer” no es, solamente, aceptar un conjunto de verdades intelectuales; sino que es, sobre todo, adherirse a la persona de Jesús, escuchar su propuesta, acogerla en el corazón, hacer de ella la guía de la propia vida. “Aceptar” y escuchar esa “Buena Noticia” de salvación y de liberación (“evangelio”) que Jesús propone es hacer de ella el centro alrededor dela cual se construye toda la existencia.

“Conversión” y “adhesión al proyecto de Jesús” son dos caras de una misma moneda: la construcción de un hombre nuevo, con una nueva mentalidad, con nuevos valores, con una postura vital enteramente nueva. Entonces, sí tendremos un mundo nuevo, el “Reino de Dios”.

El cuadro de la “tentación en el desierto” nos habla de que Jesús, a lo largo de su vida, tuvo que realizar opciones. Tuvo que escoger entre vivir en fidelidad a los proyectos del Padre y hacer de su vida un regalo de amor, o frustrar los planes de Dios y dirigir su vida por caminos de egoísmo, de poder, de autosuficiencia. Jesús eligió vivir, de forma total, absoluta, hasta la donación de la vida, en obediencia a los planes del Padre. Los discípulos de Jesús se enfrentan, a cada instante con las mismas opciones. Seguir a Jesús es atender a los proyectos de Dios y cumplirlos fielmente, haciendo de la propia vida una entrega de amor y un servicio a los hermanos. ¿Estoy dispuesto a recorrer ese camino?

Al disponerse a cumplir completamente el proyecto de salvación que el Padre tenía para los hombres, Jesús comenzó a construir un mundo nuevo, de armonía, de justicia, de reconciliación, de amor y de paz. A ese mundo nuevo, Jesús le llamaba “Reino de Dios”. Nosotros nos adherimos a ese proyecto y nos comprometemos con él el día en el que elegimos ser seguidores de Jesús.
¿Nuestro compromiso por la construcción del “Reino de Dios” ha sido coherente y consecuente? ¿Incluso contra corriente, intentamos ser profetas del amor, testigos de la justicia, servidores de la reconciliación, constructores de la paz?

Para que el “Reino de Dios” se haga una realidad, ¿qué es necesario hacer? En la perspectiva de Jesús, el “Reino de Dios” exige, antes de nada, la “conversión”. “Convertirse” es, sobre todo, renunciar a los caminos del egoísmo y de la autosuficiencia y resituar la propia vida en Dios, de forma que Dios y sus proyectos sean siempre nuestra prioridad máxima. Implica, naturalmente, cambiar nuestra mentalidad, nuestros valores, nuestras actitudes, nuestra forma de situarnos ante Dios, ante el mundo y ante los demás. Exige que seamos capaces de renunciar al egoísmo, al orgullo, a la autosuficiencia, a la comodidad y que volvamos a escuchar a Dios y sus propuestas.

¿De qué nos tenemos que “convertir”, en lo personal, en lo institucional, para que se manifieste, realmente, ese Reino de Dios tan esperado?

De acuerdo con la Palabra de Dios que se nos propone, el “Reino de Dios” exige, también, “creer” en el Evangelio. “Creer” no es, en el lenguaje del Nuevo Testamento, la aceptación de ciertas afirmaciones teóricas o la concordancia con un conjunto de definiciones a propósito de Dios, de Jesús o de la Iglesia; sino que es, sobre todo, una adhesión total a la persona de Jesús y a su proyecto de vida. Con su persona, con sus palabras, con sus gestos y actitudes, Jesús propone a los hombres, a todos los hombres, una vida de amor total, de donación incondicional, de servicio humilde, de perdón sin límites. El “discípulo” es alguien que está dispuesto a escuchar la llamada de Jesús, a acogerla en el corazón y a seguirle por el camino del amor y de la entrega de la vida. ¿Estoy dispuesto a acoger su llamada y a recorrer el camino del “discípulo”?

La llamada a formar parte de la comunidad del “Reino”, no es algo reservado exclusivamente a un grupo selecto de personas, con una misión especial en el mundo y en la Iglesia; sino que es algo que Dios dirige a cada hombre y a cada mujer, sin excepción. Todos los bautizados son llamados a ser discípulos de Jesús, a “convertirse”, a “creer en el Evangelio”, a seguir a Jesús por ese camino de amor y de entrega de la vida. Esa llamada es radical e incondicional: exige que el “Reino” se convierta en el valor fundamental, en la prioridad, en el principal objetivo del discípulo.

El “Reino” es una realidad que Jesús comenzó y que ya está, decisivamente, implantada en nuestra historia. No tiene fronteras materiales; se está concretando a través de los gestos de bondad, de servicio, de entrega, de amor gratuito que se producen a nuestro alrededor (muchas veces, incluso fuera de las fronteras institucionales de la “Iglesia”) y que son un signo visible del amor de Dios en nuestras vidas. No es una realidad que construimos de una vez, sino que es una realidad siempre en construcción, siempre por hacer, hasta su realización última, al final de los tiempos, cuando el egoísmo y el pecado desaparezcan para siempre. Cada día que pasa, tenemos que renovar el compromiso con el “Reino” y empeñarnos en su edificación.

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Los primeros once capítulos del Libro del Génesis presentan un conjunto de tradiciones sobre el origen del mundo y de los hombres. Construidos con datos heterogéneos, estos capítulos describen una “prehistoria” que transcurre en un mundo ideal antes de que las etnias, las naciones, la política o las clases sociales separasen a los hombres. Los episodios que componen este bloque no son informaciones de hechos históricos concretos, sucedidos en la aurora de la humanidad. Son leyendas y mitos, muchas veces con extraordinarias semejanzas literarias con las leyendas y mitos de otros pueblos del Creciente Fértil (lo que llamamos Mesopotamia). Naturalmente, los catequistas de Israel convirtieron esos mitos, adaptándolos, los modificaron y los pusieron al servicio de la transmisión de su propia fe. A través de esos mitos y leyendas, los teólogos de Israel expusieron sus convicciones y sus descubrimientos sobre Dios, sobre el hombre y sobre el mundo.

El texto que hoy se nos propone forma parte de una sección que abarca Gn 6,1- 9,17. Es la historia de un cataclismo acuático, que habría eliminado a toda la humanidad, excepto a Noé y a su familia. La historia del diluvio, presentada en esta sección, ¿deberá ser considerada como un reportaje de acontecimientos concretos?

Para algunos, el diluvio bíblico podría estar relacionado con el fin de la era glaciar, cuando la fusión de los hielos provocó grandes avenidas de agua que invadieron las tierras habitadas y dejaron profundos signos en la memoria colectiva de los pueblos. Pero lo más probable es que el diluvio descrito en los textos del Génesis (y que es casi una copia exacta de ciertos textos mesopotámicos que presentan el mismo tema) se refiera a una de las innumerables inundaciones del Tigris y del Eúfrates. La arqueología da además, cuenta de varias inundaciones especialmente catastróficas en esa parte del mundo entre el 4.000 y el 2.800 antes de Cristo. Es probable que el texto bíblico evoque esa realidad. No se trata, en cualquier caso, de un diluvio universal; pero, con el tiempo, la fantasía popular habría hecho de esas inundaciones un “castigo universal” que afectó a toda la humanidad. El autor bíblico, conocedor de esas leyendas antiguas, va a utilizarlas como telón de fondo para hacer catequesis y transmitir un mensaje religioso.

Los catequistas yahvistas y sacerdotales querían enseñar al Pueblo que Yahvé no se queda con los brazos cruzados cuando los hombres se van por caminos de corrupción y de pecado. Con ese propósito, echaron mano de esa vieja leyenda mesopotámica del diluvio, que hablaba de una catástrofe universal enviada por los dioses para castigar los pecados de los hombres. Pero, porque Dios no castiga a ciegas a buenos y a malos, a justos e injustos, los autores van a proponer la historia del justo Noé y de su familia, salvados por Dios de la catástrofe.

Nuestro texto nos sitúa en la fase inmediatamente posterior al diluvio, cuando ya había dejado de llover y cuando Noé y su familia ya habían desembarcado en tierra firme.

Los supervivientes construyeron un altar y ofrecieron holocaustos sobre él; a su vez, el Señor Dios se comprometió a no castigar más a los “vivientes” de forma tan radical (cf. Gn 8,13-22), bendijo a Noé y a su familia (cf. Gn 9,1-7) e hizo una Alianza con ellos.

Nuestro texto nos propone los términos de una Alianza, ofrecida por Yahvé a la nueva humanidad (representada por Noé y su familia, presente y futura) y a todos los seres creados (representados por los animales que salían del Arca). En ella, Dios se compromete a destruir su “arco de guerra” y garantiza la perennidad del orden cósmico.

La Alianza con Noé se presenta, por tanto, como una Alianza completamente diferente de la Alianza hecha con Abraham, o de la Alianza hecha con Israel en el Sinaí, o de cualquier otra Alianza que Yahvé hace con los hombres. En las otras Alianzas, un individuo o un Pueblo eran llamados a una relación de comunión con Dios y aceptaban o no ese desafío; si el individuo o el Pueblo no aceptaban, no habría relación y, por tanto, no habría Alianza. Al contrario, la Alianza de Yahvé con Noé no implica ninguna adhesión o reconocimiento por parte del hombre, ni implica ninguna promesa, por parte del hombre en el sentido de no volver a andar por caminos de corrupción y de pecado. La Alianza que Yahvé hace con Noé aparece, así, como un puro don de Dios, fruto de su amor y de su misericordia. Es una Alianza incondicional y sin contrapartidas, que surge exclusivamente de la bondad y generosidad de Dios.

El signo de esta Alianza será el arco iris. En hebreo, la misma palabra (“qeshet”) designa al “arco iris” y al “arco de guerra”. Jugando con esta duplicidad, el teólogo sacerdotal autor de este texto, sugiere que Yahvé colgó en la pared del horizonte su “arco de guerra”, para demostrar al hombre sus intenciones pacíficas. El “arco iris”, signo bello y misterioso que toca el cielo y la tierra, es el “arco” de Yahvé, a través del cual la bondad de Dios abraza al mundo y a los hombres. El “arco iris” es así, para el teólogo sacerdotal, un signo que sugiere la voluntad que Dios tiene de ofrecer la paz a toda la creación.

Evidentemente, no fue Dios quien envió el diluvio para castigar a los hombres. Los catequistas de Israel utilizaron la vieja leyenda mesopotámica para enseñar que el pecado es algo incompatible con Dios y con los proyectos de Dios para el hombre y para el mundo; por eso, cuando el odio, la violencia, el egoísmo, el orgullo, la prepotencia llenan el mundo y producen la infidelidad de los hombres, Dios tiene que intervenir para corregir el rumbo de la humanidad.

Esta catequesis nos recuerda, en el inicio de nuestro camino cuaresmal, que el pecado no es una realidad que pueda coexistir con esa vida nueva que Dios nos quiere ofrecer y que es nuestra vocación fundamental. El pecado destruye la vida y asesina la felicidad del hombre; por eso, tiene que ser eliminado de nuestra existencia.

El sentido general del texto que se nos propone apunta, con todo, en dirección a la esperanza. La Alianza que Dios hizo con Noé y con toda la humanidad, es totalmente gratuita e incondicional, que no depende del arrepentimiento del hombre o de las contrapartidas que el hombre pueda ofrecer a Dios. En los términos de esta Alianza se revela un Dios que se niega a hacer la guerra al hombre, que le bendice y le abraza, que le ama incluso cuando recorre caminos de pecado e infidelidad.
En esta Cuaresma, estamos invitados a hacer esta experiencia de un Dios que nos ama a pesar de nuestras infidelidades; y estamos invitados, también, a dejar que el amor de Dios nos transforme y nos haga renacer a una vida nueva.

La lógica del amor de Dios, amor incondicional, total, universal, que se derrama incluso sobre los que no se lo merecen, nos invita a repensar nuestra forma de vivir la vida y de tratar a nuestros hermanos.
¿Podremos sentirnos hijos de este Dios cuando utilizamos una lógica de venganza, de intolerancia, de incomprensión ante las fragilidades y limitaciones de los hermanos?
¿Podremos sentirnos hijos de este Dios cuando respondemos con una violencia mayor a aquellos que consideramos malos y violentos?
Tal vez este tiempo de Cuaresma que en estos días iniciamos sea un tiempo propicio para repensar nuestras actitudes y para convertirnos a la lógica del amor incondicional, a la lógica de Dios.

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Los primeros once capítulos del Libro del Génesis presentan un conjunto de tradiciones sobre el origen del mundo y de los hombres. Construidos con datos heterogéneos, estos capítulos describen una “prehistoria” que transcurre en un mundo ideal antes de que las etnias, las naciones, la política o las clases sociales separasen a los hombres. Los episodios que componen este bloque no son informaciones de hechos históricos concretos, sucedidos en la aurora de la humanidad. Son leyendas y mitos, muchas veces con extraordinarias semejanzas literarias con las leyendas y mitos de otros pueblos del Creciente Fértil (lo que llamamos Mesopotamia). Naturalmente, los catequistas de Israel convirtieron esos mitos, adaptándolos, los modificaron y los pusieron al servicio de la transmisión de su propia fe. A través de esos mitos y leyendas, los teólogos de Israel expusieron sus convicciones y sus descubrimientos sobre Dios, sobre el hombre y sobre el mundo.

El texto que hoy se nos propone forma parte de una sección que abarca Gn 6,1- 9,17. Es la historia de un cataclismo acuático, que habría eliminado a toda la humanidad, excepto a Noé y a su familia. La historia del diluvio, presentada en esta sección, ¿deberá ser considerada como un reportaje de acontecimientos concretos?

Para algunos, el diluvio bíblico podría estar relacionado con el fin de la era glaciar, cuando la fusión de los hielos provocó grandes avenidas de agua que invadieron las tierras habitadas y dejaron profundos signos en la memoria colectiva de los pueblos. Pero lo más probable es que el diluvio descrito en los textos del Génesis (y que es casi una copia exacta de ciertos textos mesopotámicos que presentan el mismo tema) se refiera a una de las innumerables inundaciones del Tigris y del Eúfrates. La arqueología da además, cuenta de varias inundaciones especialmente catastróficas en esa parte del mundo entre el 4.000 y el 2.800 antes de Cristo. Es probable que el texto bíblico evoque esa realidad. No se trata, en cualquier caso, de un diluvio universal; pero, con el tiempo, la fantasía popular habría hecho de esas inundaciones un “castigo universal” que afectó a toda la humanidad. El autor bíblico, conocedor de esas leyendas antiguas, va a utilizarlas como telón de fondo para hacer catequesis y transmitir un mensaje religioso.

Los catequistas yahvistas y sacerdotales querían enseñar al Pueblo que Yahvé no se queda con los brazos cruzados cuando los hombres se van por caminos de corrupción y de pecado. Con ese propósito, echaron mano de esa vieja leyenda mesopotámica del diluvio, que hablaba de una catástrofe universal enviada por los dioses para castigar los pecados de los hombres. Pero, porque Dios no castiga a ciegas a buenos y a malos, a justos e injustos, los autores van a proponer la historia del justo Noé y de su familia, salvados por Dios de la catástrofe.

Nuestro texto nos sitúa en la fase inmediatamente posterior al diluvio, cuando ya había dejado de llover y cuando Noé y su familia ya habían desembarcado en tierra firme.

Los supervivientes construyeron un altar y ofrecieron holocaustos sobre él; a su vez, el Señor Dios se comprometió a no castigar más a los “vivientes” de forma tan radical (cf. Gn 8,13-22), bendijo a Noé y a su familia (cf. Gn 9,1-7) e hizo una Alianza con ellos.

Nuestro texto nos propone los términos de una Alianza, ofrecida por Yahvé a la nueva humanidad (representada por Noé y su familia, presente y futura) y a todos los seres creados (representados por los animales que salían del Arca). En ella, Dios se compromete a destruir su “arco de guerra” y garantiza la perennidad del orden cósmico.

La Alianza con Noé se presenta, por tanto, como una Alianza completamente diferente de la Alianza hecha con Abraham, o de la Alianza hecha con Israel en el Sinaí, o de cualquier otra Alianza que Yahvé hace con los hombres. En las otras Alianzas, un individuo o un Pueblo eran llamados a una relación de comunión con Dios y aceptaban o no ese desafío; si el individuo o el Pueblo no aceptaban, no habría relación y, por tanto, no habría Alianza. Al contrario, la Alianza de Yahvé con Noé no implica ninguna adhesión o reconocimiento por parte del hombre, ni implica ninguna promesa, por parte del hombre en el sentido de no volver a andar por caminos de corrupción y de pecado. La Alianza que Yahvé hace con Noé aparece, así, como un puro don de Dios, fruto de su amor y de su misericordia. Es una Alianza incondicional y sin contrapartidas, que surge exclusivamente de la bondad y generosidad de Dios.

El signo de esta Alianza será el arco iris. En hebreo, la misma palabra (“qeshet”) designa al “arco iris” y al “arco de guerra”. Jugando con esta duplicidad, el teólogo sacerdotal autor de este texto, sugiere que Yahvé colgó en la pared del horizonte su “arco de guerra”, para demostrar al hombre sus intenciones pacíficas. El “arco iris”, signo bello y misterioso que toca el cielo y la tierra, es el “arco” de Yahvé, a través del cual la bondad de Dios abraza al mundo y a los hombres. El “arco iris” es así, para el teólogo sacerdotal, un signo que sugiere la voluntad que Dios tiene de ofrecer la paz a toda la creación.

Evidentemente, no fue Dios quien envió el diluvio para castigar a los hombres. Los catequistas de Israel utilizaron la vieja leyenda mesopotámica para enseñar que el pecado es algo incompatible con Dios y con los proyectos de Dios para el hombre y para el mundo; por eso, cuando el odio, la violencia, el egoísmo, el orgullo,

la prepotencia llenan el mundo y producen la infidelidad de los hombres, Dios tiene que intervenir para corregir el rumbo de la humanidad.
Esta catequesis nos recuerda, en el inicio de nuestro camino cuaresmal, que el pecado no es una realidad que pueda coexistir con esa vida nueva que Dios nos quiere ofrecer y que es nuestra vocación fundamental. El pecado destruye la vida y asesina la felicidad del hombre; por eso, tiene que ser eliminado de nuestra existencia.

El sentido general del texto que se nos propone apunta, con todo, en dirección a la esperanza. La Alianza que Dios hizo con Noé y con toda la humanidad, es totalmente gratuita e incondicional, que no depende del arrepentimiento del hombre o de las contrapartidas que el hombre pueda ofrecer a Dios. En los términos de esta Alianza se revela un Dios que se niega a hacer la guerra al hombre, que le bendice y le abraza, que le ama incluso cuando recorre caminos de pecado e infidelidad.
En esta Cuaresma, estamos invitados a hacer esta experiencia de un Dios que nos ama a pesar de nuestras infidelidades; y estamos invitados, también, a dejar que el amor de Dios nos transforme y nos haga renacer a una vida nueva.

La lógica del amor de Dios, amor incondicional, total, universal, que se derrama incluso sobre los que no se lo merecen, nos invita a repensar nuestra forma de vivir la vida y de tratar a nuestros hermanos.
¿Podremos sentirnos hijos de este Dios cuando utilizamos una lógica de venganza, de intolerancia, de incomprensión ante las fragilidades y limitaciones de los hermanos?
¿Podremos sentirnos hijos de este Dios cuando respondemos con una violencia mayor a aquellos que consideramos malos y violentos?
Tal vez este tiempo de Cuaresma que en estos días iniciamos sea un tiempo propicio para repensar nuestras actitudes y para convertirnos a la lógica del amor incondicional, a la lógica de Dios.

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En el episodio que el Evangelio de hoy se nos propone, Jesús continúa cumpliendo la misión que el Padre le confió y anunciando el “Reino”. La propuesta de que “Reino” se convierta en una realidad en el mundo y en la vida de los hombres, no sólo con las palabras, sino también con las acciones de Jesús.

La escena sitúa a Jesús frente a un leproso, en un lugar no señalado. La primera lectura de este Domingo nos dio cuenta de la situación social y religiosa del leproso. Para la ideología oficial, el leproso era un pecador y un maldito, víctima de un particularmente doloroso castigo de Dios. Su condición le excluía de la comunidad y le impedía asistir a la asamblea del Pueblo de Dios. Tenía que vivir en descampado, andar andrajoso y avisar, a gritos, sobre su estado de impureza, a fin de que nadie se aproximase a él. No tenía acceso al Templo, ni siquiera a la ciudad santa de Jerusalén, a fin de no mancillar, con su impureza, el lugar sagrado.

El leproso era el prototipo de marginado, de excluido, de segregado. Su condición le apartaba, no solo de la comunidad de los hombres, sino también del propio Dios.

Un leproso, esto es, un hombre enfermo, marginado de la comunidad santa del Pueblo de Dios, considerado pecador y maldito, “se acerca a Jesús”. Probablemente habían llegado hasta él ecos del anuncio del “Reino” y la predicación de Jesús le había abierto un horizonte de esperanza. El deseo de salir de la situación de miseria y de marginalidad en la que estaba metido, vence el miedo de infringir esta Ley y se acerca a Jesús, sin respetar las distancias que un leproso debía mantener con las personas sanas. El hecho da cuenta de su desesperación y muestra su decisión de cambiar su triste situación.

Una vez ante Jesús, el leproso es humilde, pero insistente (“suplicándole de rodillas”, v. 40), ya que el encuentro con Jesús es una oportunidad de liberación que no puede desperdiciar. Lo que pretende de Jesús, no es solamente ser curado, sino ser “purificado” de esa enfermedad que le hace impuro e indigno de pertenecer a la comunidad de Dios y a la comunidad de los hombres (“si quieres puedes “limpiarme”, v. 40; el verbo griego “katharidzô” aquí utilizado, no debe traducirse como “curar”, sino como “purificar” o “limpiar”). Él confía en el poder de Jesús, sabe que sólo Jesús puede ayudarle a superar su triste situación de miseria, de aislamiento y de indignidad.

La reacción de Jesús es extraña, por lo menos de acuerdo con los patrones judíos. En lugar de apartarse del leproso y de acusarle de infringir la Ley, Jesús le mira “sintiendo lástima”, extiende la mano y le toca (v. 41).

El verbo “sentir lástima” (“compadecerse”) es aplicado, en la literatura neotestamentaria, sólo a Dios y a Jesús. Habitualmente es usado en contextos donde se refiere a la ternura de Dios hacia los hombres. Jesús es presentado, así, como el Dios con un corazón lleno de amor por sus hijos, que “siente lástima”, que se “compadece” de la miseria y del sufrimiento de los hombres.

Después, el amor de Dios hecho presente en Jesús, va a manifestarse en un gesto concreto hacia el leproso. Jesús extiende la mano y le toca. Es, evidentemente, un gesto “humano” que manifiesta la bondad y la solidaridad de Jesús para con el hombre; pero el gesto de extender la mano tiene un profundo significado teológico, pues es el gesto que acompaña, en la historia del Éxodo, las acciones liberadoras de Dios en favor de su Pueblo (cf. Ex 3,20; 6,8; 8,1; 9,22; 10,12; 14,16. 21. 26-27; etc.). El amor de Dios se manifiesta como gesto libertador, que salva al hombre leproso de la esclavitud en la que la enfermedad le había encerrado.

Por otro lado, al tocar al leproso, Jesús está infringiendo la Ley. De esa forma denuncia una Ley que creaba marginación y exclusión. Jesús, con la autoridad que le viene de Dios, muestra que la marginación impuesta por la Ley no expresa la voluntad de Dios. El gesto de tocar al leproso muestra que la distinción entre puro e impuro consagrada por la Ley no viene de Dios y no transmite la lógica de Dios; muestra que Dios no discrimina a nadie, que ama y ofrece la libertad a todos sus hijos y que a todos invita a formar parte de la familia del “Reino”, la nueva humanidad.

La respuesta verbal de Jesús (“Quiero: queda limpio”, v. 41), no añade nada; pero confirma su gesto. Muestra, con palabras, que desde el punto de vista de Dios el leproso no es un marginado, un pecador condenado, un hombre indigno, sino un hijo amado a quien Dios quiere ofrecer la salvación y la vida plena.

La purificación del leproso significa, en primer lugar, que el “Reino de Dios” ha llegado en medio de los hombres y anuncia la irrupción de ese mundo nuevo del cual Dios quiere barrer el sufrimiento, la marginación, la exclusión.

La purificación del leproso, también, desmonta la teología oficial que consideraba al leproso como un maldito. No es verdad, parece decir el gesto de Jesús, que el leproso sea un impuro, un abandonado por la misericordia de Dios, un prisionero del pecado, abandonado por Dios en las manos de las fuerzas demoníacas. La misericordia, la bondad, la ternura de Dios se derraman sobre el leproso en el gesto salvador de Jesús diciéndole: “Dios te ama y quiere salvarte”.

La purificación del leproso significa, finalmente, que el Reino de Dios no pacta con racismos de ninguna especie: no hay buenos y malos, enfermos y sanos, hijos y desgraciados, incluidos y excluidos; hay solamente personas con dignidad, que no deben, en ningún caso, ser privados de los derechos más elementales, y mucho menos en el nombre de Dios.

Consumada la purificación del leproso, Jesús le recomienda vehementemente que no diga nada a nadie (v. 44). Esta recomendación de Jesús aparece varias veces en el Evangelio según Marcos (cf. Mc 1,34; 5,43; 7,36; 7,36; etc.). Probablemente, es un dato histórico, que resulta del hecho de que Jesús no quiere generar equívocos o ser aceptado por razones erróneas. De acuerdo con Mt 11,5 la curación de los leprosos era una acción del Mesías; así, el gesto de Jesús le define como el Mesías esperado. Sin embargo, en una Palestina en plena fiebre mesiánica, Jesús pretende evitar un título que tiene algo de ambiguo, por estar ligado a las perspectivas nacionalistas y a los sueños de lucha política en contra del invasor romano. Jesús no quiere echar más leña al fuego de la esperanza mesiánica, pues tiene conciencia de que su mesianismo no pasa por un trono político (como soñaban las multitudes), sino por la cruz. Jesús es el Mesías, pero el Mesías-Siervo, que viene al encuentro de los hombres para transmitirles el proyecto salvador del Padre y para liberarles de las cadenas de la opresión. Su camino pasa por el sufrimiento y por la muerte. Su trono es la cruz, expresión máxima de una vida hecha amor y entrega.

Al leproso purificado, Jesús le envía presentarse a los sacerdotes (v. 44). Según la Ley, el leproso sólo podía ser reintegrado en la comunidad religiosa después de que su curación hubiera sido confirmada por el sacerdote en funciones en el Templo. Sin embargo, Jesús añade: “para que conste”.

Dado que la curación de un leproso sólo podía ser realizada por Dios y era, por eso, un signo mesiánico, el hecho debía servir a los líderes del Pueblo para concluir que el Mesías había llegado y que el “Reino de Dios” estaba presente en medio del mundo.

El leproso purificado debía, por tanto, ser un “testigo” de la presencia de Dios en medio de su Pueblo y una señal de que los nuevos tiempos habían llegado.

A pesar de las evidencias, los líderes judíos estaban demasiado encerrados en sus certezas, prejuicios y privilegios y rechazaban siempre acoger la novedad de Dios, la novedad del Reino.

El texto termina con la indicación de que el leproso purificado “empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones”, a pesar del silencio que Jesús le impusiera. Marcos quiere, probablemente, sugerir que quien experimenta el poder integrador y salvador de Jesús se convierte necesariamente en profeta y en testimonio del amor y de la bondad de Dios.

• Nuestro texto nos habla de un Dios lleno de amor, de bondad y de ternura, que se hace hombre y que desciende al encuentro de sus hijos, que les presenta propuestas de vida nueva y que les invita a vivir en comunión con él y a formar parte de su familia. Es un Dios que no excluye a nadie y que no acepta que, en su nombre, se inventen sistemas de discriminación o de marginación de los hermanos.

A veces hay personas (casi siempre bien intencionadas) que inventan mecanismo de exclusión, de segregación, de sufrimiento, en nombre de un dios severo, intolerante, distante, incapaz de comprender las limitaciones y fragilidades humanas. Se trata de un atentado contra Dios. El Dios al que estamos invitados a descubrir, a amar, a testimoniar en el mundo, es el Dios de Jesucristo, esto es, ese Dios que viene al encuentro de cada hombre, que se compadece de su sufrimiento, que le da la mano con ternura, que le purifica, que le ofrece una nueva vida y que le integra en la comunidad del “Reino” (en esa familia donde todos caben y donde todos son hijos amados de Dios).

• La actitud de Jesús en relación con el leproso (y con los otros excluidos de la sociedad de su tiempo) es una actitud de proximidad, de solidaridad, de aceptación. Jesús no está preocupado por lo que es política o religiosamente correcto, o por la indignidad de la persona, o por el peligro que representa para un cierto orden social. Solamente ve en cada hombre a un hermano al que Dios llama y a quien es preciso tender la mano y amar.

¿Cómo tratamos a los excluidos de la sociedad o de la Iglesia? ¿Intentamos integrarlos y acogerlos (a los extranjeros, a los marginados, a los pecadores, a los “diferentes”) o ayudamos a perpetuar mecanismos de exclusión y de discriminación?

• El gesto de Jesús de tender la mano y tocar al leproso es un gesto provocador, que denuncia una Ley inicua, generadora de discriminación, de exclusión y de sufrimiento. Con la autoridad de Dios, le retira cualquier valor a esa Ley y sugiere que, desde el punto de vista de Dios, esa Ley no tiene ningún significado. Hoy tenemos leyes (unas escritas en nuestros códigos legales civiles o religiosos, otras que no están escritas pero que son consagradas por la moda o por lo políticamente correcto) que son generadoras de marginalización y de sufrimiento. Como Jesús, no podemos conformarnos con esas leyes y mucho menos pactar con ellas nuestros comportamientos para con nuestros hermanos.

• El Evangelio de este Domingo ofrece a nuestra consideración la actitud de los líderes judíos. Cómodamente instalados en lo alto de sus certezas y prejuicios perpetúan, en el nombre de Dios, un sistema religioso que genera sufrimiento y miseria y no se dejan cuestionar por la novedad de Dios. Están tan seguros y convencidos de sus verdades particulares que cierran totalmente el corazón a Jesús y no se corrigen ante sus propuestas. El sin sentido de esta actitud debe alertarnos sobre la necesidad que tenemos de no instalarnos y de abrir el corazón a los desafíos de Dios.

• El leproso, a pesar de la prohibición de Jesús, “empezó a divulgar el hecho”. Marcos sugiere, de esta forma, que el encuentro con Jesús transforma de tal manera la vida del hombre, que no puede callar la alegría por la novedad que Cristo ha introducido en su vida y tiene que dar testimonio. ¿Somos capaces de testimoniar, en medio del mundo, la liberación que Cristo nos ha traído?

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