Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Exégesis’ Category

El Evangelio de hoy viene a continuación del que reflexionamos el pasado Domingo: el profeta Juan Bautista indica, con gran detalle y a grupos concretos, cómo proceder para recorrer ese camino de “metanoia” y cómo preparar la “venida del Señor”.

Situar a las personas ante la pregunta “¿qué hacemos nosotros?”, es habitual en Lucas (cf. Hch 2,37; 16,30; 22,10): sugiere una apertura a la propuesta de salvación que viene de Dios.

Juan Bautista propone, entonces, tres actitudes concretas para quien quiere hace la experiencia de conversión y de encuentro con el Señor que viene:

– al pueblo en general, Juan Bautista le recomienda sensibilidad ante las necesidades de quien nada tiene y compartir los bienes;
– a los publicanos, les pide que no exploten, que no se dejen arrastrar por criterios de enriquecimiento ilícito, que no despojen ilegalmente a los más pobres;

– a los soldados, les pide que no utilicen la violencia, que no abusen de su poder contra los débiles e indefensos.

Juan Bautista pone de relieve los “crímenes contra el hermano”: todo aquello que atente contra la vida de un sólo hombre es un crimen contra Dios; quien lo comete, está cerrando el corazón de su vida a la propuesta liberadora que Cristo vino a traer.

En la segunda parte del Evangelio (vv. 15-18), Juan Bautista anuncia la llegada del bautismo en el Espíritu Santo, contrapuesto al bautismo “en agua” de Juan.

El bautismo de Juan es, únicamente, una propuesta de conversión; el bautismo de Jesús consiste en recibir esa vida de Dios que actúa en el corazón del hombre, transforma al hombre viejo en hombre nuevo, hace del hombre egoísta y cerrado en sí mismo un hombre nuevo, capaz de compartir al vida y amar como Jesús.

Se hace, aquí, referencia a esa transformación que Cristo operará en el corazón de todos los que estén dispuestos a acoger su propuesta de liberación: comenzará, para ellos, una nueva vida, una vida purificada (fuego), una vida donde el pecado y el egoísmo sean eliminados, una vida según Dios.

Para Lucas, este anuncio del profeta Juan se realizará plenamente el día de Pentecostés.

Elementos para la reflexión y actualización de la Palabra:

“¿Qué hacemos nosotros?”. La expresión revela la actitud correcta de quien está abierto a la interpelación del Evangelio.
Se sugiere aquí la disponibilidad para cuestionar la propia vida, primer paso para una efectiva toma de conciencia de lo que es necesario cambiar.

Los bienes que tenemos a nuestra disposición son siempre un don de Dios y, por tanto, pertenecen a todos: nadie tiene derecho a apropiárselos en su beneficio exclusivo.
Las desigualdades, la ceguera que nos lleva a cerrar el corazón a los gritos de quien vive por debajo de lo que corresponde a la dignidad humana, el egoísmo que nos impide compartir con quien nada tiene, son obstáculos infranqueables que impiden al Señor nacer en medio de nosotros.

¿Nuestras comunidades y nosotros mismos damos testimonio de este compartir que es signo del Reino propuesto por Jesús?

Los publicanos eran aquellos que extorsionaban con sus préstamos, despojando a los más pobres y enriqueciéndose de forma ilícita.
¿Qué decir de los modernos esquemas inmorales (a veces lícitos, pero inmorales) de enriquecimiento rápido?

¿Qué decir de la corrupción, del blanqueo de dinero sucio, de la evasión de impuestos, de las tasas exageradas cobradas por ciertos servicios, de los fraudes?
¿Será posible perjudicar conscientemente a un hermano o a la comunidad entera y acoger “al Señor que viene”?

“No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie”. ¿Y los actos de violencia, que tantas veces afectan a inocentes y derraman sangre o, al menos, provocan sufrimiento e injusticia? ¿Y los actos gratuitos de terrorismo, aunque estén adornados por la lucha por la liberación?

¿Y la explotación de aquél que trabaja, el rechazo de un salario justo o la explotación de inmigrantes?
¿Y las prepotencias que se comenten en los tribunales, en las distribuciones públicas, en la propia casa y, tantas veces, en nuestras mismas iglesias?

¿Con este panorama, es posible acoger a Jesús?

Ser cristiano y ser bautizado en el Espíritu, quiere decir, ser portador de esa vida de Dios que nos permite dar testimonio de Jesús y de su propuesta salvadora.
¿Qué es lo que dirige nuestro caminar y motiva nuestras opciones: el Espíritu o nuestro egoísmo y comodidad?

Anuncios

Read Full Post »

Pablo, en prisión, recibió la ayuda fraterna de los filipenses. En reconocimiento de su generosidad les escribe una carta en la que manifiesta su afecto por la comunidad cristiana de Filipos.

Después de dar gracias a Dios por la respuesta de los Filipenses al anuncio del Evangelio (cf. Flp 1,11), de informar a la comunidad sobre su situación personal (cf. Flp 1,12- 26), de dirigir exhortaciones varias a la comunidad (cf. Flp 1,27-2,18), de dar noticias sobre Timoteo y Epafrodito (cfr. Flp 2,19-30) y de denunciar las acusaciones que le hacían sus adversarios (cf. Flp 3,1-21), Pablo, consciente de que no todo era perfecto todavía en esa comunidad ejemplar, presenta un conjunto de recomendaciones diversas de carácter práctico. Este texto contiene algunas de esas recomendaciones.

La primera y más importante recomendación de Pablo es una invitación a la alegría.

Se trata de algo tan fundamental, que Pablo repite dos veces en el espacio de un versículo: “alegraos”.

La palabra aquí utilizada (el verbo “khairô”), nos evoca esa “alegría” (“khara”) que los ángeles anuncian a los pastores, a propósito del nacimiento de Jesús en Belén.

Es, por tanto, una alegría que surge de la presencia salvadora del Señor Jesús en medio de los hombres.

Después, Pablo señala otras recomendaciones: la bondad, la confianza, la oración (de súplica y de acción de gracias).

Son estas algunas de las actitudes que deben acompañar al cristiano que espera la venida próxima del Señor: alegría porque su liberación plena está a punto de llegar; tolerancia y mansedumbre para con los hermanos; serena confianza en Dios; diálogo con Dios, agradeciendo los dones y presentándole los sufrimientos y dificultades.

La reflexión de este texto puede tocar los siguientes aspectos:

La alegría, constitutiva de la experiencia cristiana, debe estar especialmente presente en este tiempo de espera del Señor. No es una alegría que nace de los éxitos deportivos de nuestro equipo, ni de nuestro éxito profesional, ni del aumento de nuestra cuenta bancaria, sino que es una alegría por la presencia inminente del Señor en nuestras vidas, como propuesta liberadora. Es la certeza de la presencia liberadora del Señor la que nuestra alegría debe anunciar a los hombres nuestros hermanos.

La bondad y la indulgencia con la que acogemos a los que nos rodean tienen que ser, también, distintivos de quien espera al Señor.
¿Será posible que Dios nazca cuando el camino de nuestro corazón está cerrado con las cadenas de la intolerancia, de la prepotencia, de la incomprensión?

La espera del Señor se hace, también, un diálogo continuo con él.
No es posible estar disponible para acogerle, cuando somos indiferentes y no compartimos con él, a cada instante, nuestras alegrías y dificultades, nuestros sueños y nuestras esperanzas.
No es posible acoger a alguien con quien no nos comunicamos y de quien no nos sentimos cercanos.

Read Full Post »

El profeta Sofonías predica en Jerusalén, durante la primera fase del reinado de Josías (siglo VII antes de Cristo). En las décadas anteriores al rey impío Manasés abrió el país a las costumbres de los pueblos vecinos, erigió altares a los dioses extranjeros (llegando a poner en el templo de Jerusalén la imagen de la diosa Astarté), se dedicó a la adivinación y a la magia y multiplicó las injusticias, sobre todo contra los más pobres y débiles. Después, subió al trono el rey Josías, que quiso alterar este estado de cosas y promover una verdadera reforma religiosa; sin embargo, en la época en la que Sofonías ejerce su ministerio profético, los errores de Manasés todavía se hacen sentir.

En este contexto, Sofonías ataca la idolatría cultural, las injusticias, el materialismo, la despreocupación religiosa, los abusos de autoridad: todo este cuadro configura una situación de grave infidelidad a la “alianza”; Dios no va a pactar con esta situación, dice el profeta.

Sin embargo, la intención de Sofonías no es únicamente anunciar el castigo. Su mensaje es, antes que nada, una llamada a la conversión, primer paso para la salvación. Lo que el profeta pide a su Pueblo es que vuelva de nuevo a Yahvé, asuma sus responsabilidades para con Dios y viva de acuerdo con los compromisos asumidos en el ámbito de la “alianza”.

El texto que vamos a leer, sin embargo, está incluido en las “promesas de salvación”: ahí el profeta traza el cuadro de ese tiempo nuevo de alegría y de felicidad, que ha de llegar tras la conversión de Judá.

El texto que hoy se nos propone, es una invitación a la alegría, porque fue revocada la sentencia que condenaba a Judá. El amor de Dios por su Pueblo, vencerá.

A partir de ahora, Dios residirá en medio de su Pueblo; y esa nueva comunión entre Yahvé y Judá, es una garantía de seguridad, de felicidad y de vida en plenitud.

El amor de Dios, ese amor que nada consigue apagar, va a renovar el corazón del Pueblo y a hacer que Judá vuelva por los caminos de la “alianza”; y el mismo Dios se alegrará con esa transformación.

La reflexión y actualización de la Palabra, puede hacerse alrededor de los siguientes puntos:

Nunca está de más subrayar la esencia de Dios: el amor. En este texto, el amor de Dios no sólo introduce en la relación con el Pueblo una dimensión de perdón, sino que ese amor hace todavía más: provoca la propia conversión del Pueblo. Esta conciencia de que Dios nos ama, mucho más allá de nuestras faltas y debilidades, y que su amor nos transforma, nos hace menos egoístas y más humanos, es una de las más bellas constataciones que los creyentes pueden hacer.

Lo que renueva el mundo y lo transforma, no es el miedo, sino el amor.
El miedo provoca inseguridad, pesimismo, angustia, sufrimiento, bloqueo; el amor es el que hace crecer, es el que crea dinamismos de superación, es el que nos hace más humanos, es el que nos hace confiar, es el que potencia el encuentro y la comunión.

Debemos tener esto bien presente cuando seamos llamados a anunciar el Evangelio y a proclamar la propuesta de salvación que Dios hace a los hombres.

También es necesario subrayar la constatación de que Dios no se cansa de venir a nuestro encuentro y de habitar en medio de nosotros. Él tiene una propuesta de salvación que quiere presentarnos, a toda costa.

¿No es esta una constatación consoladora frente a las dificultades, las angustias, las inseguridades que día a día amenazan a nuestra existencia?

Finalmente, conviene hacer notar la llamada a la alegría.
La constatación de que Dios nos ama y que habita en medio de nosotros con una propuesta de salvación y de felicidad para todos los que lo acogen, no puede provocar sino una inmensa alegría en el corazón de los creyentes.
¿Damos siempre testimonio de esa alegría?
¿Son nuestras comunidades espacios donde se nota la alegría por el amor y por la presencia de Dios?

Read Full Post »

El texto que se nos propone hoy, pertenece al “Evangelio de la Infancia” en la versión de Lucas. De acuerdo con los biblistas actuales, los textos del “Evangelio de la Infancia” pertenecen a un género literario especial, llamado homologuía. Este género, no pretende ser un relato periodístico e histórico de acontecimientos; sino que es, sobretodo, una catequesis destinada a proclamar ciertas realidades salvíficas (que Jesús es el Mesías, que él viene de Dios, que él es el “Dios con nosotros”). Se desenvuelve en forma de narración y recurre a las técnicas del midrash hagádico (una técnica de lectura y de interpretación del texto sagrado usada por los rabinos judíos de la época de Jesús).
La homologuía utiliza y mezcla tipologías (hechos y personas del Antiguo Testamento, encuentran su correspondencia en hechos y personas del Nuevo Testamento) y apariciones apocalípticas (ángeles, apariciones, sueños) para hacer avanzar la narración y para explicitar determinada catequesis sobre Jesús.

El Evangelio que hemos escuchado, debe ser entendido a esta luz: no interesa, pues, tanto comprobar los hechos históricos, cuanto percibir lo que la catequesis cristiana primitiva nos enseña, a través de estas narraciones, sobre Jesús.

La escena nos sitúa en una aldea de Galilea, llamada Nazaret. Galilea, región al norte de Palestina, alrededor del lago de Tiberíades, era considerada por los judíos una tierra lejana y extraña, en permanente contacto con poblaciones paganas y donde se practicaba una religión heterodoxa, influenciada por las costumbres y por las tradiciones paganas. De ahí la convicción de los maestros judíos de Jerusalén de que “de Galilea no puede venir nada bueno”. En cuanto a Nazaret, era una aldea pobre e ignorada, nunca nombrad a en la historia religiosa judía y, por tanto (de acuerdo con la mentalidad judía), completamente al margen de los caminos de Dios y de la salvación.

María, la joven de Nazaret que está en el centro de este episodio, era “una virgen desposada con un hombre llamado José”. El matrimonio hebreo consideraba el compromiso matrimonial en dos etapas: había una primera fase, en la cual los novios se prometían uno a otro (los “esponsales”); sólo en una segunda fase surgía el compromiso definitivo (las ceremonias del matrimonio propiamente dicho). Entre los “esponsales” y el rito del matrimonio, pasaba un tiempo más o menos largo, durante el cual cualquiera de las partes podía volverse atrás, aunque sufriendo una pena. Durante los “esponsales”, los novios no vivían en común; pero el compromiso que los dos asumían tenía ya un carácter estable, de tal forma que, si nacía un hijo, este era considerado hijo legítimo de ambos. La Ley de Moisés consideraba la infidelidad de la “prometida” como una ofensa semejante a la infidelidad de la esposa (cf. Dt 22,23-27). Y la unión entre los dos “prometidos” sólo podía disolverse con la fórmula jurídica del divorcio. José y María estaban, por tanto, en situación de “prometidos”: aún no habían celebrado el matrimonio, pero ya habían celebrado los “esponsales”.

Después de la presentación del “ambiente” de la escena, Lucas presenta el diálogo entre María y el ángel.

La conversación comienza con la salutación del ángel. En boca de este, se ponen términos y expresiones con resonancia vétero-testamentaria, ligados a contextos de elección, de vocación y de misión. Así el término “ave” (en griego, “kaire”) con el que el ángel se dirige a María, es algo más que un saludo: resuena el eco de los anuncios de salvación a la “hija de Sión”, una figura frágil y delicada que personifica al Pueblo de Israel, en cuya flaqueza se presenta y representa esa salvación ofrecida por Dios y que Israel debe testimoniar ante los otros pueblos (cf. 2 Re 19,21-28; Is 1,8; 12,6; Jer 4,31; Sof 3,14-17). La expresión “llena de gracia”, significa que María es objeto de la predilección y del amor de Dios. La otra expresión “el Señor está contigo”, es una expresión que aparece con frecuencia ligada a los relatos de vocación del Antiguo Testamento (cf. Ex 3,12, vocación de Moisés; Jz 6,12, vocación de Gedeón;Jer 1,8.19, vocación de Jeremías) y que sirve para asegurar al “llamado” la asistencia de Dios en la misión que se le pide. Estamos, por tanto, ante el “relato de vocación” de María: la visita del ángel es para presentar a la joven de Nazaret una propuesta de parte de Dios. Esa propuesta va a exigir una respuesta clara de María.

¿Cuál es, entonces, el papel propuesto a María en el proyecto de Dios?

A María, Dios le propone que acepte ser la madre de un “hijo” especial. De ese “hijo” se dice, en primer lugar, que se llamará “Jesús”. El nombre significa “Dios salva”. Además de esto, ese “hijo” es presentado por el ángel como el “Hijo del Altísimo”, que heredará “el trono de su padre David” y cuyo reinado “no tendrá fin”. Las palabras del ángel nos llevan a “S 7 y a la propmesa hecha por Dios al rey David a través del profeta Natán. Ese “hijo” es descrito en los mismos términos en los que la teología de Israel describía al “mesías” libertador. Lo que se propone a María es, pues, que ella acepte ser la madre de ese “mesías” que Israel esperaba, el libertador enviado por Dios a su Pueblo para ofrecerle la vida y la salvación definitivas.

¿Cómo responde María al plan de Dios?

La respuesta de María comienza con una objeción. La objeción forma siempre parte de los relatos de vocación del Antiguo Testamento (cf. Ex 3,11; 6,30; Is 6,5; Jer 1,6). Es una reacción natural del “llamado”, asustado con la perspectiva del compromiso de algo que le sobrepasa; pero es, sobre todo, una forma de mostrar la grandeza y el poder de Dios que, a pesar de la fragilidad y de las limitaciones de los “llamados”, hace de ellos instrumentos de su salvación en medio de los hombres y del mundo.

Ante la “objeción”, el ángel garantiza a María que el Espíritu Santo vendrá sobre ella y la cubrirá con su sombra. Este Espíritu es el mismo que fue derramado sobre los jueces (Otniel – cf. Jc 3,10; Gedeón – cf. Jc ,34; Jefté – cf. Jc 11,29; Sansón – cf. Jc 14,6), sobre los reyes (Saul – cf. 1 S 11,6; David – cf. 1 S 16,13), sobre los profetas (cf. Maria, a profetisa hermana de Aarón – cf. Ex 15,20; los ancianos de Israel – cf. Nm 11,25-26; Ezequiel – cf. Ez 2,1; 3,12; el Trito- Isaías – cf. Is 61,1), en fin de aquellos que pudiesen ser una presencia eficaz de salvación de Dios en medio del mundo. La “sombra” o “nube” nos lleva, también, a la “columna de nube” (cf. Ex 13,21) que acompañaba el caminar del Pueblo de Dios en marcha por el desierto, indicando el camino hacia la Tierra Prometida de la libertad y de la vida nueva. La cuestión es la siguiente:

a pesar de la fragilidad de María, Dios va, a través de ella, a hacerse presente en el mundo para ofrecer la salvación a todos los hombres.

El relato termina con la respuesta final de María: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Decir que es la “sierva” significa, más que humildad, reconocimiento de que es elegía de Dios y aceptar esa elección, con todo lo que ella implica, pues, en el Antiguo Testamento, ser “siervo del Señor” es un título de gloria, reservado a aquellos que Dios escogió, que él reservó para su servicio y que él envió al mundo con una misión (esa designación aparece, por ejemplo, en el Deutero-Isaías, cf. Is 42,1; 49,3; 50,10; 52,13; 53,2.11, en referencia a la figura enigmática del “siervo de Yahvé”). De esta forma, María reconoce que Dios la escoge, acepta con disponibilidad esa elección y manifiesta su disposición a cumplir con fidelidad, el proyecto de Dios.

Para la reflexión y el compartir, considerad los siguientes elementos:

La liturgia de este día afirma, de forma clara, que Dios ama a los hombre y tiene un proyecto de vida plena para ofrecerles. ¿Cómo ese Dios, lleno de amor por sus hijos, introduce en la historia humana y concreta, día a día, esa oferta de salvación? La historia de María de Nazaret (como la de tantos otros “llamados”) responde, de forma clara, a esta cuestión: es a través de hombres y mujeres atentos a los proyectos de Dios y de corazón disponible para el servicio de los hermanos, como Dios actúa en el mundo, como manifiesta a los hombres su amor, como invita a cada persona a recorrer los caminos de la fidelidad y de la realización plena.

¿Pensamos, alguna vez, que es a través de nuestros gestos de amor, de compartir y de servicio como Dios se hace presente en el mundo y lo transforma?

Otra cuestión es la de los instrumentos de los que Dios se sirve para realizar sus planes..María era una mujer joven de una aldea pequeña “Galilea de los paganos” de donde no podía “salir nada bueno”. No consta que tuviese una significativa preparación intelectual, extraordinarios conocimientos teológicos, o amigos poderosos en círculos de poder y de influencia de la Palestina de entonces. A pesar de eso, fue escogida por Dios para desempeñar un papel primordial en la etapa más significativa de la historia de la salvación. La historia vocacional de María deja claro que, en la perspectiva de Dios, no son el poder, la riqueza, la importancia o visibilidad social lo que determinan la capacidad de llevar a cabo una misión. Dios actúa a través de hombres y mujeres, independientemente de sus cualidades humanas. Lo que es decisivo es la disponibilidad y el amor con el que se acogen y testimonian las propuestas de Dios.

Ante las llamadas de Dios al compromiso, ¿cuál debe ser la respuesta del hombre? Es ahí donde podemos mirarnos en el ejemplo de María. Confrontada con los planes de Dios, María responde con un “sí” total e incondicional. Naturalmente, ella tenía su programa de vida y sus proyectos personales; pero, ante la llamada de Dios, esos proyectos personales pasan con naturalidad y sin dramas a un plano secundario. En la actitud de María no hay ninguna señal de egoísmo, de comodidad, de orgullo, sino que hay una entrega total en las manos de Dios y una acogida radical a sus caminos. El testimonio de María es un testimonio que nos cuestiona, que nos interpela fuertemente.

¿Qué actitud asumimos ante los proyectos de Dios: los acogemos sin reservas, con amor y disponibilidad, en una actitud de entrega total a Dios, o tomamos una actitud egoísta de defensa intransigente de nuestros proyectos personales y de nuestros intereses egoístas?

¿Es posible entregarse tan ciegamente a Dios, sin reservas, sin medir los pros y los contras? ¿Cómo se llega a esta confianza incondicional en Dios y en sus proyectos? Naturalmente, no se llega a esta confianza ciega en Dios y en sus planes sin una vida de diálogo, de comunión, de intimidad con Dios. María de Nazaret fue, ciertamente, una mujer para quien Dios ocupaba el primer lugar y era la prioridad fundamental. María de Nazaret fue, en verdad, una persona de oración y de fe, que hizo la experiencia de encuentro con Dios y aprendió a confiar totalmente en él.

En medio de la agitación de todos los días, ¿encuentro tiempo y disponibilidad para escuchar a Dios, para vivir en comunión con él, para intentar percibir sus señales en las indicaciones que él me da día a día?

Read Full Post »

El texto de hoy viene a continuación del “evangelio de la infancia”, en la versión lucana. Aquí comienza, oficialmente, el Evangelio, esto es, el anuncio de la Buena Nueva de Jesús.

Antes de comenzar a describir la acción liberadora y salvadora de Jesús en medio de los hombres, Lucas va a presentar a Juan Bautista, el profeta que vino a preparar la llegada del mesías de Dios.

Lucas, como compete a alguien que “todo lo investigó cuidadosamente desde el origen” (Lc 1,3), comienza situando el cuadro de Juan Bautista en su encuadre histórico. Nombra a siete personajes (desde el emperador Tiberio César hasta el sumo sacerdote Caifás), en un esfuerzo por situar en el tiempo los acontecimiento de la salvación (estamos alrededor de los años 27 / 28).

Sugiere, así, que la aventura del Dios que viene al encuentro de los hombres para presentarles un proyecto de salvación y de felicidad, no es una leyenda, perdida en las brumas del tiempo y en la memoria de los hombres, sino que es una historia concreta, con acontecimientos concretos, que pueden ser ligados a un determinado momento histórico y a una tierra concreta.

En un segundo momento, Lucas presenta la figura de Juan Bautista. Él es “la voz que grita en el desierto” y que invita a preparar los caminos del corazón para que Jesús, el mesías de Dios, pueda venir al encuentro de cada hombre.

Lucas comienza sugiriendo que la misión profética de Juan es cosa de Dios: la vocación de Juan es presentada con las mismas palabras que la vocación de Jeremías(cf. Jr 1,1, en el texto griego), para marcar el carácter profético de Juan: predica a “la orilla del río Jordán” (Mateo y Marcos, lo sitúan en el desierto). Se trata de una región bastante poblada, sobre todo después de las edificaciones de Herodes y de Arquéalo.

El anuncio profético de Juan se dirige a los hombres, invitados a acoger al mesías que está a punto de aparecer en el mundo.

Finalmente, se centra en el ámbito de su misión: Juan “proclama un bautismo de conversión (“baptisma metanoias”), para la remisión de los pecados”. La palabra “metanoias” sugiere una revolución total de la mentalidad que lleva a una transformación completa de la forma de pensar y de actuar.

Para acoger al mesías que está por llegar, es necesario un proceso de conversión que lleva a cambiar la vida, las prioridades, los valores; el mesías sólo podrá asentarse en los corazones verdaderamente transformados.

El Evangelio de hoy termina con una cita tomada del Deutero-Isaías (cf. Is 40,3-5), que sirve para anunciar a los exiliados en Babilonia la liberación y el regreso a casa, en un nuevo y triunfal éxodo. Lucas sugiere, de esta forma, que está llegando la liberación: es necesario, sin embargo, que los destinatarios del proyecto libertador de Dios acepten andar por ese camino, dejarse transformar y que acojan “la salvación de Dios”.

Elementos para la reflexión y la actualización de la Palabra:

Juan es el profeta cuyo anuncio prepara el corazón de los hombres para acoger al mesías.
La dimensión profética está siempre presente en la comunidad de los bautizados. A todos nosotros, constituidos profetas por el bautismo, nos llama Dios a dar testimonio de que el Señor viene y a preparar los caminos por medio de los cuales Jesús ha de llegar al corazón del mundo y de los hombres.

Preparar el camino del Señor significa realizar una conversión urgente, que elimine el egoísmo, que destruya los esquemas de injusticia y de opresión, que aleje las cadenas que mantienen a los hombres prisioneros del pecado. Preparar el camino del Señor significa reorientar la vida hacia Dios, de forma que Dios y sus valores pasen a ocupar el primer lugar en nuestro corazón y en nuestras prioridades de vida.

Ese proceso de conversión es un verdadero éxodo, que nos transportará desde la tierra de la opresión hasta la tierra nueva de la libertad, de la gracia y de la paz. Solo quien acepta recorrer ese “camino” experimentará la “salvación de Dios”.

La preocupación de Lucas por situar concretamente, en el espacio y en el tiempo los acontecimientos de la salvación atrae nuestra atención hacia los profetas que anunciaban la “venida del Señor”, en el sentido de encarnar su anuncio en el contexto cultural y político donde están insertos, e ir al encuentro del hombre concreto, con su lenguaje, con sus problemas concretos, con sus aspiraciones, con sus dramas, sueños y esperanzas. El lenguaje con el que el profeta anuncia la salvación, no puede ser un lenguaje desencarnado, sino que tiene que ser un lenguaje vivo, interpelante.

Read Full Post »

La Carta a los Filipenses es, tal vez, la más afectuosa de las cartas de Pablo. Está dirigida a una comunidad con la que Pablo se encariñó, que amaba a Pablo, que le ayudaba y que se preocupaba de él.

En el momento en el que escribe, Pablo está en prisión (¿en Éfeso?). De los Filipenses recibió dinero y el envío de Epafrodito, un miembro de la comunidad, encargado de ayudar a Pablo en todo lo que fuese necesario. De regreso a Filipos, Pablo agradece, da noticias, informa a la comunidad sobre su propia suerte y exhorta a los filipenses a la fidelidad al Evangelio, a través de Epafrodito.

El texto de la segunda lectura forma parte de “la acción de gracias” con la que Pablo inicia la carta: agradece a Dios la fidelidad de los filipenses y su empeño en la difusión del Evangelio.

Pablo comienza manifestando su asombro por el empeño de los filipenses en la difusión del Evangelio y en la ayuda a aquellos que se comprometen en el anuncio de la Buena Nueva (y de forma especial al mismo Pablo, prisionero por causa de su testimonio).

Pablo siente una gran ternura por esta comunidad atenta a las necesidades de los evangelizadores, solidaria con todos los que dan su vida por el Evangelio.

Después, Pablo pide a Dios que aumente la caridad de los filipenses (a pesar de ser una comunidad modelo, no todo es perfecto: Pablo tiene que pedir a dos señoras que hagan las paces y no dividan a la comunidad (cf. Flp 4,2-3).

La vivencia de la caridad es fundamental para que los filipenses puedan aguardar, puros e irreprensibles, el día de la venida del Señor.

La reflexión sobre el texto de la segunda lectura puede tener en cuenta los siguientes aspectos:

La esencia de la Iglesia de Jesús es ser misionera. “Id y anunciad”, dice Jesús. Para que Jesús venga, para que su propuesta de salvación llegue a todos los pueblos de la tierra, es necesario este compromiso continuo con la evangelización.

¿Nuestras comunidades sienten este imperativo misionero? ¿Están atentas a las necesidades y son solidarias con aquellos que dan su vida por el Evangelio? ¿Acogemos con ternura y cariño en nuestra comunidad a los catequistas de niños, jóvenes y adultos?

Sólo es posible acoger, con un corazón puro e irreprensible, al Señor que viene si la caridad es, entre nosotros, una realidad viva.
Pero, frecuentemente, la vida de nuestras comunidades cristianas está marcada por las divisiones, por las murmuraciones, por las luchas de poder, por los intentos de manipulación, por los intereses mezquinos y egoístas, por guerras de sacristía.

¿Será posible “esperar con corazón puro e irreprensible al Señor que viene” en un contexto de división?
¿Será posible que la comunidad sea el espacio donde Jesús nace, si no se aceptan a las personas y especialmente a los pequeños y a los pobres?

Es posible que nuestra comunidad no sea, todavía, un modelo de perfección: somos un grupo de hermanos con nuestros límites y defectos. Sin desánimo, debemos tener presente que somos una comunidad “en camino”, en proceso de construcción. Lo que importa es que sepamos acoger al Señor que viene y dejar que él nos lleve a la plenitud de la vida y del amor.

Read Full Post »

El “Libro de Baruc” es un texto de autor desconocido, aunque se presente como redactado por Baruc, “secretario” de Jeremías, durante el exilio de Babilonia (cf. Ba 1,1-2). La crítica interna revela (tanto por los datos personales que no cuadran con aquello que conocemos de Jeremías, como por el desarrollo de las ideas y de las perspectivas que son, claramente, posteriores a la época del exilio) que es imposible atribuir esta obra al “secretario” de Jeremías. Lo más probable es que sea un texto escrito durante el siglo II antes de Cristo, en la diáspora judía. El autor invita a los habitantes de Jerusalén a celebrar una liturgia penitencial y les exhorta a la reconciliación con Yahvé.

El texto que se nos propone se encuentra inserto en la cuarta parte del libro, integrado dentro de una exhortación y consolación dirigida a Jerusalén, muy del estilo del Deutero- Isaías. Después de invitar a la confesión de los pecados (cf. Ba 1,15-3,8), el autor manifiesta la certeza de que Israel, iluminado por la luz de la sabiduría, volverá al “temor de Dios” (cf. Ba 3,9- 4,4). Le sigue el perdón; por eso, el profeta invita a Jerusalén a tener coraje (cf. Ba 4,5-37) y a alegrarse por la actitud misericordiosa de Yahvé, en favor de su Pueblo pecador (cf. Ba 5,1-9).

El profeta comienza comparando la Jerusalén infiel con una mujer de luto, desanimada y afligida, sin razones para tener esperanza. Sin embargo, el mensaje fundamental de este texto es: “ese tiempo de luto ya ha terminado; Dios te ha perdonado todas tus faltas y quiere devolverte la vida y la esperanza”.

Para dar cuerpo a esa promesa de un futuro nuevo, el autor habla del regreso de los “hijos” exiliados, utilizando el lenguaje del Deutero-Isaías y presentando ese regreso como un nuevo éxodo de la tierra de la esclavitud hasta la Jerusalén nueva de la justicia y de la piedad. Tal acción es fruto, únicamente, del amor de Dios, siempre dispuesto a perdonar el alejamiento de los hijos rebeldes y a reiniciar con ellos una historia de liberación y de salvación.

La reflexión sobre este texto puede hacerse de acuerdo con las siguientes coordenadas:

El Adviento es un tiempo favorable para el éxodo desde la tierra de la esclavitud hasta la tierra de la libertad. En este tiempo somos confrontados, de una forma especial, con las cadenas que aún nos atan, e invitados a recorrer ese camino de regreso que la bondad y la ternura de Dios va a allanar, a fin de que podamos regresar a la ciudad nueva de la alegría y de la libertad. En términos personales, ¿cuáles son las esclavitudes que todavía nos aprisionan y nos impiden acoger al Señor que viene?

¿Nuestras comunidades son, verdaderamente, oasis de justicia, de fraternidad, de comunión, de solidaridad y de servicio? ¿Que tendremos que hacer, en el ámbito comunitario, para acoger el don de Dios y hacer realidad la ciudad de la justicia y de la piedad?

Contempla a tus hijos… están llenos de alegría porque Dios se acordó de ellos” (Ba 5,5). En esta atmósfera de alegría y de confianza serena en la acción salvadora de nuestro Dios es en la que estamos invitados a vivir este tiempo de cambio y a preparar la venida del Señor a nuestras vidas.

Read Full Post »

Older Posts »

A %d blogueros les gusta esto: