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Archive for the ‘Exégesis’ Category

El Discurso parabólico (Mt 13) naliza con tres breves parábolas: dos construidas en paralelo (el tesoro y la perla escondida) y una tercera, a la que se le añade una explicación. Las tres son introducidas del mismo modo: «El Reino de los cielos es semejante a…». Una nueva referencia al tema de comprender las parábolas y una comparación cierran el Discurso.

Las dos primeras presentan el mismo esquema: una introducción que narra la situación inicial: un hombre encuentra un tesoro – un cambista busca perlas preciosas; y una segunda parte en la que se describe la reacción de ambos personajes cuando encuentran, tanto el tesoro como la perla: van a vender todo lo que tienen y compran el campo y la perla buscada. En esta segunda parte es donde se encuentra el mensaje central de ambas parábolas.

El Reino de los cielos es como ese tesoro escondido que, quien lo encuentra, con alegría deja todo lo demás, haciendo de él el centro y sentido de su vida. No importa lo que deja, las renuncias que pueda suponer, porque no hay nada tan valioso como el Reino de Dios. Las parábolas exhortan y motivan al discípulo para comprometerse definitivamente en la tarea de construir el Reino, no como renuncia, sino con alegría por lo que se acoge. Al joven rico le faltó, precisamente, descubrir este auténtico tesoro (Mt 19,21).

La primera parte de las dos parábolas presenta una diferencia significativa. Mientras en la primera el protagonista encuentra el tesoro escondido, en la segunda, el comerciante busca la perla más preciosa. Dos acciones distintas que ponen de manifiesto dos realidades complementarias. Dios es quien pone a nuestro alcance su Reino, el don más grande que nos ha dado, manifestado en su Hijo Jesús. Dios nos regala el mejor y más grande tesoro. El hombre que lo encuentra no puede más que alegrarse y acogerlo en su vida.

Pero, al mismo tiempo, el hombre busca el Reino de Dios, busca encontrar la ganancia mayor. El regalo que Dios nos hace supone, a la vez, un esfuerzo, una tarea, una búsqueda. Dios sale a nuestro encuentro cuando nosotros lo estamos buscando; el Reino es don y tarea.

La parábola de la red que se echa en el mar, con la explicación que la acompaña, es cercana a la del trigo y la cizaña. En ambos casos el bien y el mal están juntos: trigo y cizaña, peces buenos y peces malos. A diferencia de la primera, la de la red no se centra en la paciencia del dueño del campo, la oportunidad de conversión que Dios regala al hombre para abandonar el mal y acoger el bien.

Más bien debe ser leída en clave escatológica: el juicio al nal de los tiempos. Aquí solo se hace referencia a lo que sucederá con los malos: «serán echados al fuego, donde será el llanto y el rechinar de dientes». De este modo, apelando al juicio-castigo, se exhorta al oyente a un comportamiento conforme al Reino que le ha sido regalado. La amenaza se convierte en invitación a vivir según las enseñanzas de Jesús.

Al concluir el Discurso vuelve a aparecer el comprender todo lo que Jesús ha enseñado (su predicación en parábolas). No se trata de un entendimiento intelectual, sino de una comprensión que se manifiesta en la vida, en el comportamiento exigido por la presencia del Reino. Las parábolas no son solo ejemplos ilustrativos de una realidad, sino, sobre todo, narraciones que mueven y que comprometen a una vida nueva según el modelo de Jesús, parábola viva de Dios.

Óscar de la Fuente de la Fuente

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El pasaje de Romanos que proclamamos como segunda lectura este domingo sigue directamente al del domingo pasado, en el que Pablo nos invitaba a reconocer la acción del Espíritu Santo en nuestros corazones. El texto de hoy comienza con una frase que puede resultarnos llamativa: «A los que aman a Dios todo les sirve para el bien». Evidentemente, no es que todas las experiencias que vivimos los cristianos sean buenas –algunas son claramente dañinas–, pero Dios coopera con nosotros incluso en las circunstancias más hostiles; por eso, ninguna experiencia, por negativa que sea, puede separar al creyente del amor que Dios le tiene, como expresará Pablo en la conclusión de este capítulo 8.

Los cristianos son descritos como aquellos «a los cuales [Dios] ha llamado conforme a su designio». El designio (próthesis) divino es la salvación, que consiste en la identificación con Cristo: «A los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos». Todo ser humano es, en cuanto criatura, imagen de Dios, del Dios Trinidad (cf. Gn 1,27), pero Pablo concreta aún más: el cristiano está llamado a ser un alter Christus, a reproducir en su vida lo más elmente posible las actitudes de Jesús. Así, el Hijo unigénito se ha convertido, por la encarnación, en el primogénito (prōtótokon) de muchos hermanos, destinados a reproducir su imagen en el mundo.

Acto seguido, Pablo desarrolla y explicita ese designio salvífico de Dios, y lo hace mediante una breve concatenación de cuatro elementos, que recuerda –de un modo muy esquemático– al himno que sirve de obertura a la carta a los Efesios (Ef 1,3-14): «A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justi có; a los que justificó, los glorificó». La predestinación divina (no en el sentido calvinista, pues aquí se habla exclusivamente de predestinación a la salvación) se traduce en primer lugar en «llamada».

A lo largo de las cartas paulinas, observamos una y otra vez cómo el apóstol expresa en términos de «llamada» tanto su experiencia personal de Dios (Rom 1,1; Gal 1,15; etc.) como la vida cristiana en general (Rom 1,6s; 1 Cor 1,9; Ef 4,1; etc.). Esta vocación a la fe y a la vida en Cristo tiene dos efectos: la «justificación» (es decir, la reconciliación del hombre pecador con Dios, tema central de esta carta a los Romanos) y la «glorificación», la participación ya desde ahora en la gloria que Dios nos tiene destinada.

José Luis Vázquez Pérez, S.J.

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No podemos obviar el tono propagandístico de este texto dentro del contexto histórico del reinado de Salomón y como parte de la literatura deuteronomista redactada para legitimar la monarquía. Los capítulos precedentes (1 Re 1-2) narran las intrigas familiares, con asesinatos fratricidas incluidos, a la hora de suceder a David en el trono. Sin embargo los capítulos 3-8 cambian la perspectiva y se convierten en una apología del rey y de su actividad al frente del país (su gestión administrativa, constructora, relaciones internacionales… al frente de las 12 tribus, no todas igual de conformes con el actual régimen y que acabará tras la muerte de Salomón con la división en dos reinos: 1 Re 12). Es precisamente en los discursos del rey y en las oraciones dirigidas a YHWH, o en las respuestas puestas en boca de Dios, donde se distingue más claramente la mano de los cronistas reales, funcionarios de la monarquía, dando un juicio favorable de rey y legitimando su acción. Con todo, esa finalidad propagandística no resta valor al contenido ni a las formulaciones concretas de la oración del rey que hoy leemos como Palabra de Dios.

La oración de petición de la lectura de este domingo se escenifica como un sueño (modo habitual de teofanía en el primitivo Israel) que Salomón tiene en una de sus peregrinaciones a Gabaón, en aquel momento santuario oficial. Fruto de ese sueño o vinculado a él, Salomón decide sacrificar en Jerusalén trasladando así la “oficialidad” de un santuario al de Jerusalén, lo que suponía una centralización del culto, aspecto conflictivo para parte de las tribus de Israel. El sueño como tal tiene dos partes, o es presentado como un diálogo: la invitación de Dios a la petición (v. 5); oración de petición de Salomón (v. 6-9); y respuesta complacida de Dios (vv. 10-14). La teología deuteronomista está presente en el concepto de fidelidad de Dios y el reconocimiento de la iniciativa divina en la sucesión de Salomón. Esa fidelidad de Dios debe ser correspondida con la fidelidad del rey, y la oración de Salomón sigue esos cánones: reconocimiento de Dios y petición desinteresada de ser “gobernante sabio y justo”. Esa justicia será la que permita la prosperidad del pueblo.

Más allá de conocimientos amplios, la sabiduría del rey o del gobernante de turno supone «discernimiento para escuchar y gobernar», es decir, poner en el centro de la acción política las necesidades de los otros. El juicio salomónico (1 Re 3,16-28), que todos tenemos en mente y que es continuación de nuestro relato como buen ejemplo de la gracia otorgada por Dios, ante las dos madres que reclaman al hijo vivo ante el cadáver del niño muerto, tiene su clave en la capacidad de discernir el sufrimiento de la madre a la “que se le conmovieron las entrañas” (v. 26). Y el nal de ese relato concluye “dentro de él había una sabiduría divina con la que hacer justicia”. No nos resulta evidente esa unión de inteligencia y justicia, pues en nuestra sociedad del conocimiento, en la que consideramos un gran logro la inteligencia arti cial, la injusticia gana terrero. El mensaje de este pasaje apunta en otra dirección: no hay sabiduría sin discernimiento, ni discernimiento que no atienda y busque la justicia.

José Javier Pérez Izal, S.J.

DOMINGO 17o DEL T.O.

 

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Fiel a su estilo didáctico y catequético, Mateo repite el mismo esquema en los tres anuncios de la pasión, muerte y resurrección, realizados por Jesús en el camino hacia Jerusalén: anuncio – reacción de los discípulos – enseñanza sobre el seguimiento. Así sucede con el tercero y último, del que en esta esta se proclama solamente la reacción de los discípulos y la enseñanza de Jesús. Es un momento importante porque se encuentra ya en la última etapa del camino, muy cercanos a la ciudad, meta de su destino.

Si tuviéramos que resumir en una frase la reacción de los discípulos, ésta podría ser: ¡No se enteran de nada! En este caso, la incomprensión de las palabras del Maestro se refleja en la petición que realiza la madre de los Zebedeos (en nombre de sus hijos) y en la posterior indignación del resto con respecto a los dos hermanos. El hecho de que aquí sea la madre de Santiago y Juan la que pide los mejores puestos para ellos cuando se instaure el Reino de Dios (en Marcos son ellos los que tienen esta pretensión), probablemente se debe a que el evangelista quiso atenuar la visión negativa que sobre ellos se podría tener al presentar, una vez más, su incomprensión ante las palabras de Jesús.

La reacción de los discípulos (tanto de los Zebedeos y su madre, como del grupo) corresponde al anuncio de la resurrección, más que a la perspectiva de la pasión y muerte. Ante la cercanía del triunfo definitivo y la visión del Reinado de Dios, los dos hermanos quieren posicionarse y conseguir los mejores puestos junto a él. Una petición muy normal, aunque dirá Jesús que equivocada, teniendo en cuenta que ellos forman parte del grupo más íntimo (junto con Pedro). El enojo con que reacciona el resto responde a la misma pretensión: también ellos quieren un buen lugar en el futuro glorioso que les aguarda.

Sin embargo, Jesús les devuelve, una vez más, a la realidad: el camino de la resurrección pasa por la pasión y la cruz. «Beber la copa de amargura que Jesús ha de beber» recuerda a los discípulos que el sufrimiento forma parte del seguimiento, que su destino es el que ellos tendrán que asumir. «Beber la copa de amargura» es entrar en comunión con la entrega de la vida, en obediencia a la voluntad del Padre. Aunque ellos se muestran dispuestos a «beber esta copa de amargura», el puesto a la derecha o a la izquierda está reservado a quienes el Padre se lo quiera conceder.

Señor, te damos gracias por la fe que trajiste a nuestras tierras. Que esa misma fe, por intercesión de Santiago, se mantenga y se renueve al hilo de los signos de los tiempos y nos dé frutos de solidaridad y fraternidad para todos los que vivimos en ellas.

La enseñanza recupera instrucciones que los discípulos ya han recibido anteriormente: los mejores puestos, el servicio, dar la vida… Aquí se utiliza un doble paralelismo para manifestar el contraste entre lo que debe caracterizar a la comunidad de los discípulos, frente a lo que es habitual en el mundo: los jefes someten – los primeros han de ser esclavos; los grandes ejercen su autoridad – los grandes deben ser siervos. Una vez más, descubrimos la inversión de valores propia del Reino de Dios: los primeros son últimos; los últimos, primeros.

El modelo que han de seguir es del «Hijo del hombre, que no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos» (= muchos, con sentido de totalidad). La actitud esencial de la vida de Jesús es obedecer la voluntad del Padre, como siervo que entrega su vida para dar vida. Y éste es el camino de los discípulos; una enseñanza vital que cuesta mucho entender, pero que es la dinámica del Reino.

Óscar de la Fuente de la Fuente

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La liturgia de la festividad del apóstol Santiago nos propone como segunda lectura este pasaje de la segunda carta a los Corintios. En la «correspondencia corintia», una de las preocupaciones de Pablo es la de justificar la legitimidad de su apostolado, frente a las duras críticas que, al parecer, habían proliferado en aquella comunidad. Tal es el contexto inmediato del texto que escuchamos hoy. Así, poco antes, Pablo afirmaba con toda claridad que «no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús» (versículo 5).

Este apostolado no es una empresa puramente humana, sino que tiene su origen en Dios. Pablo lo expresa con célebre metáfora: «Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros». El tesoro (el anuncio de Jesucristo) brilla a través del barro de la fragilidad, de las inevitables limitaciones de los seres humanos concretos escogidos por Dios para el apostolado.

En los siguientes versículos continúa describiendo, a través de una serie de antítesis (con vocabulario procedente en parte de la lucha atlética), los sufrimientos inherentes al ministerio apostólico: «Atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados». Y concluye: «Llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo».

La identificación bautismal con Cristo muerto y resucitado, de la que Pablo había hablado en el capítulo 6, caracteriza, pues, no solo la vida del discípulo, sino también la actividad del apóstol: «Mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De este modo, la muerte actúa en nosotros, y la vida en vosotros».

Esta dialéctica de muerte y vida, con la carga de sufrimiento que inevitablemente conlleva, no quita al apóstol libertad para anunciar el mensaje recibido, sino todo lo contrario. Apoyándose en Sal 116,10 (citado según la Septuaginta, como es habitual en él), Pablo a rma con claridad la parresía de la que debe hacer gala quien ha recibido la misión de anunciar a Cristo: «Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: “Creí, por eso hablé”, también nosotros creemos y por eso hablamos». Todo ello desde la con anza en Dios («sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros con Jesús») y teniendo como horizonte último el servicio evangelizador: «Pues todo es para vuestro bien, afín de que cuantos más reciban la gracia, mayor sea el agradecimiento, para gloria de Dios».

Humildad, identificación con el Cristo sufriente, libertad de espíritu, servicio… son, hoy como ayer, las marcas del verdadero apóstol, ya se trate de Pablo, Santiago el Mayor o cualquiera que ejerza con autenticidad esta misión en nombre de Jesús.

José Luis Vázquez Pérez, S.J.

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La selección de versículos de la lectura de hoy presenta un cosido que busca presentar una síntesis del seguidor de Jesucristo que fue Santiago, el hijo de Zebedeo. Como vimos en las lecturas de los domingos del tiempo pascual, para el libro de Hch el “testimonio” es una categoría estructurante, tanto literariamente (la obra está organizada en tres partes: testimonio en Jerusalén; testimonio en Judea y Samaría, y testimonio hasta los confines de la tierra), como teológicamente (la vida de las personas individuales y la vida de las comunidades son testimonio ad intra y ad extra de la acción del Espíritu Santo). Aunque hoy nos jamos en el testimonio de una persona concreta, Santiago, sigue siendo una llamada al testimonio comunitario: la comunidad que sostiene con su vida y suscita personas que dan testimonio creíble de Jesús. En medio de nuestros tiempos de individualismo cultural podríamos parafrasear la expresión de Rahner, el testimonio cristiano del siglo XXI o es testimonio comunitario o no será. Nuestras comunidades deben hacer posible que surjan personalidades recias capaces de llegar hasta ser vidas martiriales.

La lectura de hoy parte de esta constatación «los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor y hacían muchos signos y prodigios». La valentía, la osadía de creer en el evangelio no puede disociarse del atrevimiento de un testimonio con acciones simbólicas que conllevan un cuestionamiento. También en nuestros días hay causas que requieren la audacia del testimonio que se manifiesta como denuncia ante el incumplimiento de tratados políticos que atentan contra la comunidad (y por comunidad podemos entender “cohesión social”, sea nacional sea internacional), como es ejemplo el incumplimiento de acuerdos con respecto a las personas refugiadas.

Ni Jesús ni sus discípulos se oponen por principio a las autoridades legítimas, pero su delidad está en otra parte, aunque les complique la vida. Su obediencia es a Dios. Será ese testimonio el que genere la oposición de las autoridades que acabaron con Santiago, como acabaron con la vida de Jesús. El Sanedrín y el sumo sacerdote se sienten incómodos ante el testimonio de los cristianos: «queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre». Aquellos primeros cristianos tenían claro: hay que obedecer primero a Dios, hay que ser honestos con la verdad, con la realidad, aunque ello lleve a plantar cara a las culturas de muerte y mentira. Hay que obedecer a ese Dios «que resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis», obedecer a ese Dios que pone vida donde el hombre siembra muerte.

En último término, el testimonio por el Espíritu puede llevar a la oposición al mal hasta el punto extremo de la muerte violenta, el martirio. En este caso, Santiago ejecutado por Herodes Agripa I (ca. 42 d.C.).

Santiago, del que no se había hablado todavía en el libro de Hch, excepto en la lista general de Hch 1,13, pudo ser un predicador especialmente activo señalándose como representativo en la comunidad de Jerusalén. Y vuelve a establecerse el paralelismo Jesús y sus apóstoles. Jesús encontró la oposición de las fuerzas religiosas y fue ejecutado por las fuerzas políticas; los apóstoles, al ser fieles a Jesús y su evangelio, encuentran similar oposición y sufren su mismo destino. La memoria de Santiago nos acerca hoy a aquellas comunidades cristianas en situaciones de clara persecución que viven testimonio valiente y, en algunos casos, sufren martirio de muerte.

José Javier Pardo Izal, S.J.

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Tres nuevas parábolas del Reino continúan el Discurso parabólico: el trigo y la cizaña, el grano de mostaza, y la levadura. Las tres están introducidas por la expresión: «El Reino de los cielos es semejante a…». La primera, la más larga de las tres, recoge también la imagen de la siembra; las siguientes están construidas en paralelo, aunque con acentos diferentes. Como en el caso del sembrador, la del trigo y la cizaña también va acompañada de una explicación que Jesús dirige a los discípulos en privado. De nuevo encontramos, probablemente, una actualización de la parábola a la situación que está viviendo la comunidad de Mateo.

La experiencia de que tras sembrar un campo con buena semilla nacieran en medio también malas hierbas (la cizaña) era habitual. Lo extraño en la parábola es la reacción del señor de la casa: en lugar de tratar de acabar con la cizaña antes de que ahogue y contamine toda la cosecha de trigo, decide dejar que crezcan juntas y separarlas cuando esté maduro el fruto: entonces la cizaña será arrojada al fuego. Esta actuación insólita da la clave de interpretación de la parábola.

Las semillas del Reino que Dios ha esparcido en el mundo conviven en la historia con las semillas del mal. El hombre está llamado a dar buen fruto, aunque no siempre es así. Como el dueño de la casa en la parábola, Dios tiene paciencia con todos y regala una y otra vez la oportunidad para que madure un buen fruto. Es la misericordia de Dios que «hace llover sobre justos y pecadores», que espera con paciencia porque el Reino de los cielos va adelante y su desarrollo es imparable.

La explicación ofrece otra orientación a la parábola. Ya no está centrada en la paciente misericordia de Dios, sino en la perspectiva escatológica del juicio final, y por eso el elemento central será la cizaña y la condena por no haber dado buen fruto. Comienza con una interpretación de cada uno de los elementos que han aparecido en la narración. A través de ellos se va perfilando el carácter escatológico de la parábola, utilizando imágenes y lenguaje típicos de la apocalíptica.

Los hijos del mal, la cizaña, recibirán el castigo eterno consecuencia de sus obras, de no ajustar su vida a la voluntad de Dios, apartándose de caminar según el Reino y su justicia. La parábola se convierte en una exhortación a los discípulos y a las comunidades a mantenerse en el seguimiento y a vivir según el estilo del Evangelio.

Las parábolas del grano de mostaza y de la levadura están construidas en paralelo con un mensaje complementario. En ambas resalta el contraste entre la pequeñez e insignificancia (un grano de mostaza y una pizca de levadura) y el resultado final (una gran planta, como un árbol, y una enorme cantidad de masa fermentada). El grano de mostaza que produce un gran árbol es la imagen del Reino de los cielos que crece de modo imparable y, poco a poco, se va haciendo realidad con una gran fuerza transformadora.

Con la levadura, más que en el crecimiento, se fija en la acción oculta que realiza. Una mujer mezcla la levadura con la masa y de un modo imperceptible va haciendo que todo fermente y da un resultado sorprendente. Así es el Reino de los cielos: no se nota su llegada, pero es una fuerza callada que va dando fruto y camina hacia su plenitud. Así ha de ser el discípulo, oculto en la masa, transformando la realidad desde su interior, calladamente, pero haciendo imparable el crecimiento del Reino.

Óscar de la Fuente de la Fuente

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