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Archive for the ‘Exégesis’ Category

Lucas distribuye la comunicación en los dos primeros capítulos de su evangelio, el llamado “Evangelio de la infancia”, a modo de díptico: en un panel encontramos los acontecimientos en torno al nacimiento de Juan el Bautista, y, en el otro panel, lo referido a Jesús. Usando este tipo de paralelismo, recurso literario conocido en la literatura greco-romana, confronta a Juan y a Jesús, destacando la superioridad del segundo respecto al primero. A Juan se le dedica un espacio menor que a Jesús en la narración, lo que ayuda a subrayar este contraste.

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p style=”text-align:justify;”>La segunda tabla del primer “panel” del díptico se centra en el relato del nacimiento de Juan. Tras el anuncio a
 Zacarías y su reacción ante las palabras del ángel, llega el momento 
en que se cumple lo que había pro-
metido. La narración es sobria; simplemente se limita a decir que «al
 cumplirse el tiempo a Isabel, dio a
luz un hijo». El nacimiento de Jesús
estará rodeado de una gran cantidad de detalles que mostrarán la superioridad, también narrativa, de éste frente al Bautista.

Más que en el nacimiento de Juan, la atención del relato se centra en su circuncisión y los acontecimientos que la rodean. A los ocho días del parto, como era costumbre entre los judíos, llevaron al niño a ser circuncidado. Este era el momento en que habitualmente se imponía el nombre al recién nacido. Y así será en este caso. Por otra parte, no era frecuente que se le diera el nombre de su progenitor, por lo que llama la atención la insistencia de los familiares y vecinos de la pareja en que se llamase como el padre: Zacarías.

Tanto Isabel como Zacarías tienen claro que el niño se llamará Juan. La rotundidad con que se expresa Isabel: «no, se llamará Juan», como la detallada narración de la intervención de Zacarías, revelan la importancia del hecho de que los dos, cada uno de un modo, se ponen de acuerdo. De esta manera se quiere destacar que todo lo que sucede alrededor de este niño se debe a una intervención divina: anuncio, concepción en la vejez, nacimiento, coincidencia en la imposición del nombre. Desde el comienzo de su vida, Juan estará “tocado” por Dios, por su fuerza y su protección.

El ambiente de la escena es de alegría, que se desborda cuando Zacarías recupera el habla. Se cumple lo que había anunciado el ángel: «Tú te quedarás mudo y no podrás hablar hasta que se verifiquen estas cosas», y en ese momento Zacarías, que pasa de la duda a la fe, se puso a alabar y bendecir a Dios. A lo largo de todos los relatos de la infancia, tanto de Juan como de Jesús, la presencia de Dios se hace palpable. Él es quien inicia, guía y acompaña la historia. Nada sucede sin que él esté presente.

La reacción de los que están asistiendo a estos sucesos es de sorpresa y temor. Es la reacción típica ante la manifestación de lo sobrenatural. Por eso, cuando esta noticia se difundió, «muchos pensaban en su interior: ¿Qué va a ser de este niño?». Todo está narrado con la intención de destacar esta importante presencia de Dios, porque «la mano del Señor estaba con él». Con esta expresión se destaca que la vida del futuro profeta estará siempre bajo la protección y guía de Dios.

Apenas hay interés biográfico en la narración; el evangelista quiere destacar esta presencia especial de Dios en el Bautista. La futura grandeza de Juan se manifiesta ya en las circunstancias maravillosas ocurridas al inicio de su existencia. El lector está preparado para acoger su mensaje.

Óscar de la Fuente de la Fuente

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p style=”text-align:justify;”>La coincidencia de la solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista con un domingo nos depara la rarísima circunstancia (quizá única en todo el ciclo litúrgico) de tener como segunda lectura un pasaje de los Hechos de los Apóstoles, tomado en este caso 
del capítulo 13. Se trata de un 
fragmento del discurso pronun
ciado por Pablo en la sinagoga 
de Antioquía de Pisidia, en Asia 
Menor (actual Turquía), durante
 su primer viaje misionero. Evidentemente, el texto ha sido escogido para la liturgia de hoy por
la mención que se hace en él,
 con cierto detalle, del ministerio de Juan.

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p style=”text-align:justify;”>La figura histórica del Bautista nos es conocida no solo por fuentes cristianas (los cuatro Evangelios y el libro de los Hechos), sino también por un testimonio extrabíblico, el del historiador judío Flavio Josefo. Los textos del Nuevo Testamento, como el que ahora nos ocupa, subrayan habitualmente, al hablar de Juan, su papel de precursor de Jesús y, por tanto, su subordinación con respecto a este (cf. Jn 1,6- 8.15; 3,27-30).
 Lucas escenifica aquí un discurso de Pablo, en el que éste hace un primer anuncio de Jesucristo ante un auditorio compuesto por judíos (la escena se ambienta en una sinagoga). Por ello, es natural que aluda a la historia de Israel, y en concreto a las promesas hechas a David, presentando a Jesús como el Mesías anunciado: «Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús».

Ahora bien, antes de que llegara Cristo, apareció Juan, quien «predicó a todo Israel un bautismo de conversión». Este dato coincide fundamentalmente con lo que recogen los Evangelios canónicos (Mc 1,4-5; Mt 3,1-6; Lc 3,3). Lucas (por boca de Pablo) añade aquí que «cuan- do Juan estaba para concluir el curso de su vida, decía: “Yo no soy quien pensáis, pero, mirad, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies”». Como en los Evangelios, el Bautista afirma claramente que él no es el Mesías, sino que viene a prepararle el camino (cf. Jn 1, 19-23).

En cuanto a la frase sobre las sandalias, recogida en los cuatro Evangelios (Mc 1,7; Lc 3,16; Jn 1,27; y, con ligera variante, Mt 3,11), parece constituir una alusión al discipulado, pues correspondía al discípulo el desatar las sandalias del maestro y quitárselas cuando llegaba a casa fatigado del camino (no así lavarle los pies, que era tarea propia de los esclavos). Lo que está diciendo Juan con respecto a Jesús es, pues, algo así como «no soy digno de ser considerado su discípulo». De esta forma los evangelistas subrayan la primacía del Mesías sobre su precursor.

Pablo concluye declarando a sus oyentes, a los que llama «hermanos» (por su común pertenencia al judaísmo) e «hijos del linaje de Abrahán» –y añade «y todos vosotros los que teméis a Dios», con lo que tal vez se sugiere que en el auditorio había también prosélitos, o personas no judías que simpatizaban con la religión de Israel–, que «a nosotros se nos ha enviado esta palabra de salvación». El testimonio de Juan sobre Jesús es considerado, pues, parte integrante del anuncio de la buena noticia.

José Luis Vázquez Pérez, S.J.

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Este texto corresponde al segundo canto del siervo de Yahvé que se encuentra en el Deuteroisaías, los capítulos de Is 40 al 50 correspondientes a un profeta anónimo que escribe desde el exilio de Babilonia (s. VI a.C.). Se discute mucho sobre si estos cantos han de ser entendidos en referencia a un personaje individual o comunitario. Nuestro texto se refiere claramente a Israel (v.3), y desde esa perspectiva debe ser estudiado. Desde el principio son palabras dirigidas a las naciones (las islas y pueblos lejanos del v.1) por el siervo, en un discurso que no es de juicio ni un oráculo sino que es su propio testimonio sobre su llamada y su misión de llevar la salvación «hasta el confín de la tierra» (v.6).

El siervo, es decir, Israel, ha sido elegido por el Señor «desde el vientre materno, de las entrañas de mi madre» (v.1); una expresión que este profeta anónimo ya había utilizado para hablar del origen de la elección de Israel como inserta en la raíz de su existencia. Su vocación parece que tiene que ver con la proclamación de un mensa- je. La palabra de Dios que transmite es como una «espada afilada» (ver Heb 4,12; Ap 1,16; Ef 6,17) y como «flecha bruñida» que irá hacia las tierras lejanas. Pero por ahora la palabra está escondida en la sombra divina, en su aljaba (v.2). Dios inter- viene dirigiéndose a Israel y expresando que el fruto de su misión será la gloria de Dios (v.3). Sin embargo, no parece que en un primer momento haya tenido mucho éxito. Parece que ha elegido un camino equivocado que le llevó a gastar sus fuerzas para nada. De ello se lamenta el siervo como ya hizo el profeta Jeremías (Jer 15,10-18; 20,17-18). El aparente fracaso es la paradoja de la misión, aunque en lo profundo de su vida, sin él saberlo, el Señor lo defendía y lo custodiaba (v.4). Por eso, la «causa» y la «recompensa» del siervo no se puede encontrar sino en el Señor. También aquí, como en todo el mensaje bíblico, la gracia precede a la acción del creyente.

La misión tenía un primer horizonte dirigido a la conversión de Israel para mantenerlo unido al Señor. Es una tarea en la que habían trabajado profetas anteriores, desde el Isaías histórico en el s. VIII a.C. hasta Jeremías casi en la misma época que el Deuteroisaías. Esa predicación anterior no logró su objetivo y la respuesta negativa que encontró par parte del pueblo de Israel provocó el exilio, la situación en la que se encuentra nuestro profeta anónimo. Pero la misión sigue en pie y su horizonte se ensancha. Lo que va a llevar a cabo el siervo en nombre del Señor es «restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel» (v.6). Estamos ante el anuncio del fin del exilio, un tema central en el Deuteroisaías. Y en este caso el acontecimiento será un signo para todos los pueblos, «luz de las naciones», y así la noticia de la salvación de Israel llegará «hasta el confín de la tierra». Hay aquí un preludio evocativo de la misión del la Iglesia primitiva tal como es expresada en Hch 1, 8. Pero en la perspectiva del Nuevo Testamento no es solo el anuncio lo que llegará a todos los pueblos sino la realidad salvífica que se manifestó en Jesucristo.

Luis Fernando García Viana

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La imagen de la semilla y la siembra da unidad a uno de los pocos “discursos” que aparecen en el evangelio de Marcos (4,1-33). Tres parábolas, dos observaciones sobre la finalidad y exigencias de la enseñanza en parábolas y la explicación de la “parábola del sembrador”, forman esta breve sección. Como termina diciendo el narrador al final del bloque, Jesús anunció el mensaje «con muchas parábolas como éstas». Aquí se recogen solamente estas tres: el sembrador, el grano que crece por sí solo y el grano de mostaza. Este domingo se escuchan la segunda y la tercera.

Con una introducción similar: «Así es el reino de Dios», « ¿Con qué podemos comparar el reino de Dios?», el evangelista pone en la pista de que estas parábolas sirven para «dar a conocer los secretos del reino», completando los signos con los que Jesús hace realidad que el reino de Dios ya está actuando a través de su vida. Se trata, por tanto, de “parábolas del reino”.

La parábola de la semilla que crece por sí sola presenta un fuerte contraste entre la “inactividad” del sembrador, por una parte, y la “callada y oculta actividad” de la semilla, por otra. Aquel, siembra y recoge, pero durante el proceso de crecimiento de la semilla permanece al margen; nada tiene que hacer en este tiempo: «duerma o vele… sin que él sepa cómo». El centro de la parábola está en la semilla, en su proceso de crecimiento espontáneo y por sí misma. El sembrador es quien “pone en marcha” el proceso y quien, después de un tiempo, recoge el fruto de la semilla. Pero permanece pasivo cuando la semilla se va desarrollando.

En contraste con la figura del sembrador se presenta la semilla. En el silencio de la tierra, «germina y crece, sin que él sepa cómo». La concentración de verbos y expresiones señalan esta actividad: germina, crece, da fruto: hierba, espiga, trigo. El contraste destaca la fuerza interior de la semilla que, aunque no lo parezca, de un modo callado, casi imperceptible, es capaz de dar fruto en abundancia. Así es el reino de Dios: tal vez no lo percibimos, nos cuesta descubrir sus señales, pero está ahí, trabajando en medio de la realidad. Es reconfortante saber que, aunque de manera oculta y silenciosa, Dios va llevando adelante su plan de salvación con toda la humanidad.

El grano de mostaza era, en tiempos de Jesús, la semilla más pequeña de cuantas se conocían y, por eso, representaba un buen ejemplo para una nueva “parábola del reino”. Aquí se destaca fuertemente este hecho: «la semilla más pequeña de todas las semillas que hay sobre la tierra». Tras el contraste contemplado entre la semilla que crece por sí misma y el sembrador, ahora se espera un nuevo contraste iniciado con «la más pequeña de todas las semillas».

El crecimiento del grano de mostaza se muestra espectacular comparado con su pequeñez cuando es plantado. Tres imágenes destacan su crecimiento: «crece y se hace mayor que cualquier hortaliza», «hecha ramas grandes» y «los pájaros pueden anidar en sus ramas». El con- traste es superlativo: la semilla «más pequeña»

se hace «el más grande de todos los arbustos». Así es el reino de Dios: una semilla pequeña, apenas perceptible, pero que crece con una fuerza imparable. Dios está actuando en la realidad, una presencia oculta, callada, pero con una fuerza que manifestará su grandeza.

Ambas parábolas supusieron un fuerte mensaje de ánimo para las primeras comunidades cristianas. En medio de dificultades y sufrimientos, cuando parecía que el proyecto de Jesús no avanzaba, recordaron que el reino de Dios, a pesar de ser una realidad embrionaria, de forma callada dará un fruto abundante.

Óscar de la Fuente de la Fuente

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El capítulo 5 de la segunda carta a los Corintios comenzaba afirmando la convicción de que a nuestra vida en este cuerpo mortal le seguirá una morada eterna en los cielos (con esa frase terminaba la segunda lectura del domingo pasado). Pablo sugiere ahora que esa vida definitiva con Cristo es, en realidad, nuestra existencia más auténtica (cf. Col 3,1-4), nuestra verdadera «patria». Por eso, «mientras habitamos en el cuerpo, estamos desterrados lejos del Señor».

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p style=”text-align:justify;”>La imagen de la existencia humana en este mundo como un destierro, que se desarrolla aquí (cf. Heb 11,14-16), hará fortuna en la espiritualidad cristiana,
 desde la carta a Diogneto («[Los 
cristianos] están en toda patria
como en tierra extraña. […] Viven
en la tierra, pero su ciudadanía
está en el cielo») hasta Teresa de
Ávila («¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros!»). No me estoy refiriendo con ello a la concepción del cuerpo como «cárcel» del alma, idea de raigambre platónica que va más allá de lo afirmado por el apóstol.

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p style=”text-align:justify;”>Durante este exilio, continúa diciendo Pablo, «caminamos en fe y no en visión». Se contrapone, pues, el conocimiento imperfecto de Dios que tenemos mediante nuestra relación con él en esta vida (la «fe»)
 con el conocimiento pleno
que esperamos alcanzar
un día, en el encuentro
 definitivo (cf. 1 Cor 13,12).
 Ese conocimiento pleno
de Dios al que aspiramos 
se expresa con el término 
«visión» (cf. 1 Jn 3, 2), concepto que también tendrá
gran éxito en la teología
 posterior, desde Ireneo de Lyon hasta Tomás de Aquino (la «visión beatífica»).

Pablo, que sigue utilizando el plural (de modestia o sociativo), desearía que se invirtiera esa situación: «… preferimos ser desterrados del cuerpo y vivir junto al Señor» (cf. Flp 1,23). Sin embargo, tener que permanecer en esta vida no es para él motivo de abatimiento, pues por dos veces afirma que este camino lo hacemos «de buen ánimo» (tharroûntes). Porque lo que importa es que «en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarlo [al Señor]». Se da, por lo tanto, un giro de lo escatológico a lo «moral», en el sentido más radical del término: lo fundamental, en esta vida o en la otra, es vivir para Cristo, orientados a él.

Esto lleva a Pablo a insistir en el peso que tienen nuestras obras en esta vida: «Porque todos tenemos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir cada cual por lo que haya hecho mientras tenía este cuerpo, sea el bien o el mal». De modo que la argumentación concluye aludiendo a la creencia en el juicio universal, creencia que hunde sus raíces en el Antiguo Testamento (con la novedad de que el juez será Jesús, pues se habla de «comparecer ante el tribunal de Cristo») y que Pablo ha expresado en diversos pasajes de sus cartas (Rom 2,6; 1Cor 3,8; Ef 6,8), en concordancia con lo que nos transmiten otros textos neotestamentarios (Mt 16,27; 25,31-46; Ap 20,12; 22,12).

José Luis Vázquez Pérez, S.J.

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p style=”text-align:justify;”>Estamos ante un texto que es difícilmente comprensible si lo desconectamos de los versículos que le preceden en este capítulo 17. En ese texto anterior, utilizando
la alegoría de dos águilas
que simbolizan a Babilo
nia y Egipto, nos habla el
profeta Ezequiel de Jerusalén antes de su derrota y ocupación, y su tema
principal es el juicio que
venía sobre la ciudad. Todavía había tiempo para el arrepentimiento y evitar así la amenaza del desastre. Pero años más tarde, y aquí entramos ya en nuestro texto, cuando Jerusalén era una ciudad arruinada y devastada, el profeta pone cada vez más su atención en el futuro y expresa su esperanza de que Dios intervenga aportando su salvación para una situación que humanamente parecía sin salida. La figura del cedro y de la viña, que significan el pueblo de Israel y están presentes en las dos parte de este capítulo, relacionan la totalidad del mensaje de Ezequiel, la parte negativa y positiva de sus palabras.

Las palabras de la futura restauración ya no mencionan a los reyes de Egipto o Babilonia, sino que Dios es el único protagonista. Ezequiel declara que Dios arrancará una rama del alto cedro y la plantará, y una más tierna establecerá su raíz «en la cima de un monte elevado» (v.22). Allí florecerá el cedro, pájaros «de toda pluma» buscarán en él su refugio y pondrán en él sus nidos. Y los demás árboles del bosque reconocerán la soberanía de Dios sobre la naturaleza y su misericordia que se manifestará en los árboles florecidos (v.23-24).

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p style=”text-align:justify;”>La interpretación de este texto es clara. Se refiere al restablecimiento de Israel en su tierra en el futuro. Más específicamente, la rama del alto cedro se refiere a un futuro rey de la línea de David, cuyo trono, el «cedro noble», será establecido por Dios en el futuro. Y al restablecerse el trono real en Israel, las demás naciones, los «árboles silvestres», reconocerán el señorío del Dios de Israel, no solo sobre la naturaleza, sino sobre el curso de la historia humana.
La profecía tiene así un tono claro de esperanza, frente al tema del juicio de los versículos que le precedían. Pero no es solo el contenido de la profecía diferente, la situación de los que oyen el mensaje es también radicalmente distinta. Los que oyen la primera parte del mensaje tienen todavía la oportunidad del arrepentimiento y la conversión. Ahora, en la situación que está detrás de estos versículos del 22 al 24, el tiempo del arrepentimiento ha pasado, el pueblo elegido no tiene futuro desde una perspectiva humana, a no ser que Dios actúe movido por su misericordia. De forma que la imagen de la rama plantada por Dios está ex- presando su gracia en medio de su pueblo exiliado. El horizonte de esperanza y de gracia permanece un misterio en sus detalles, pero pone los cimientos de un futuro restaurador para el pueblo de Israel. En un primer momento, este oráculo alimentó la esperanza de una vuelta a la patria con la dinastía legítima renovada, más tarde se leyó como una profecía mesiánica. Así, el mensaje de esperanza se modula y se concreta a lo largo de la historia en función de las necesidades y el contexto que vivió el pueblo de Dios a lo largo de la historia.

Luis Fernando García Viana, S.J.

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Jesús comienza su auto-revelación como Mesías, Hijo de Dios, por medio de sus obras y palabras en Galilea. Exorcismos, curaciones, milagros, enseñanzas, encuentros con personas de todo tipo… jalonan sus primeros pasos. Desde el principio su misión no pasa inadvertida para muchos: sorpresa, admiración, incomprensión, recelos, aparecen en los rostros y las palabras de aquellos que entraban en contacto con él.

En contraste, Jerusalén aparece en el horizonte como lugar del rechazo, de la entrega, de la pasión. Y, por supuesto, de la resurrección. No es extraño que «unos escribas que habían bajado de Jerusalén» sean los que cuestionen la autoridad y el poder con el que Jesús enseña y actúa: «Expulsa a los demonios con el poder del príncipe de los demonios».

Marcos utiliza, en varias ocasiones, un recurso literario consistente en introducir un relato dentro de la narración de otro acontecimiento: por ejemplo, la curación de una mujer enferma se narra al interior del pasaje de la resurrección de la hija de Jairo (5,21-43). En el caso que nos ocupa, la controversia de Jesús con los escribas se intercala entre la llegada de sus familiares y las palabras que intercambia con ellos. El motivo de la incomprensión y la desconfianza se entrelazan en ambos episodios.

Los escribas hacen a Jesús una doble acusación: «Tiene dentro a Belzebú» y «expulsa los demonios con el poder del príncipe de los demonios». La actuación de Jesús contra las “fuerzas del mal” se debe, según ellos, a una posesión diabólica. Las curaciones y exorcismos que están contemplando, lejos de ser manifestación de la actuación salvadora de Dios, son señales de la presencia del mal de este mundo en las acciones de Jesús.

La respuesta de Jesús demuestra su error: «Satanás no puede estar contra sí mismo porque iría a su fin». Dos ejemplos – parábolas en paralelo ilustran esta tesis: el reino que estando dividido va a la perdición y la casa, los habitantes de la misma, que en una situación de división caminan hacia su propia destrucción.

Una tercera imagen refuerza la tesis apuntada, respondiendo a la segunda acusación: «expulsa los demonios con el poder del príncipe de los demonios». Solo después de inmovilizar a quien es más fuerte que uno mismo, se puede entrar en su casa y saquear sus bienes. Es lo que hace Jesús: “inmovilizar” al príncipe de los demonios para acabar con él. En resumen, no puede estar poseído por el poder del príncipe de las tinieblas y luchar contra sí mismo.

La dura condena con que amenaza a quienes están cuestionando la fuerza con la que actúa, «quien blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás», pone de relieve la gravedad de la acusación que han hecho. El perdón misericordioso de Dios, un perdón ilimitado, encuentra una única excepción, circunscrita al caso concreto que se contempla: aquellos que se niegan a reconocer que Jesús, el Hijo amado de Dios, está habitado por la fuerza del Espíritu Santo (Mc 1, 10-12).

Terminada la controversia, se retoma la escena del encuentro con su familia: «Tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». Un gesto, «miró a su alrededor a la gente», y unas palabras, dibujan los rasgos de la nueva familia de Jesús: «el que cumple la voluntad de Dios». La fidelidad a Dios, manifestada por la acción y la palabra de Jesús, alarga los lazos familiares. Poniendo en segundo plano a la familia de sangre, da importancia a la novedad que introduce el evangelio: por encima de todo, también de la familia, la fidelidad absoluta al Padre; en el centro, el Reino de Dios.

Oscar de La Fuente de La Fuente

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